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domingo, 10 de marzo de 2019

YELMOS VIKINGOS (Los de verdad)


Probos ciudadanos recreacionistas haciendo de cuñados vikingos cabreados. Como salta a la vista, en la imagen se
atisban menos cuernos que en un monasterio trapense

Bien, prosiguiendo con los protectores craneales de estos legendarios nórdicos dedicados al latrocinio como si de políticos se tratara, hoy veremos las diferentes tipologías de yelmos que usaban para impedir que las armas enemigas les dejasen la bóveda craneana severamente perjudicada. Como pudimos ver en la entrada anterior, las alas y los cuernos brillaban por su ausencia, y los yelmos al uso no diferían demasiado de los que se empleaban en otras zonas de la Europa altomedieval. Pero antes de entrar a fondo en la cuestión, hagamos un breve introito que nos permitirán entender mejor el motivo de algunos de los tópicos más propalados acerca de esta gente.

Rapiña, secuestro y asesinatos eran el resultado de
una visita de un félag de vikingos
Puede que muchos vean a los vikingos como una especie de raza aparte que surgieron de las tenebrosas tierras septentrionales de Europa movidos con el único fin de robar a mansalva para, tras rapiñar hasta el tuétano a sus víctimas, retornar en sus elegantes naves para repartirse el botín y gastarlo bonitamente a la espera de organizar otra incursión al año siguiente. A FURORE NORMANNORVM LIBERA NOS DOMINE, de la furia de los hombres del norte líbranos, Señor, salmodiaban los frailes en sus beaterios, los curas en las misas y la gente cuando veían que llegaba la primavera y, con el cambio de estación, una más que probable visita de mangantes embarcados deseosos de dejarlos en pelota picada. Pero la cosa es que, en realidad, antes de que vieran que el pillaje era una buena forma de trincar pasta, los vikingos ya se dedicaban a comerciar entre ellos y con las poblaciones situadas en las zonas costeras del Atlántico. Porque los vikingos no eran una nación en sí mismos, ni un estado gobernado por un monarca. Eran un amasijo de grupos tribales de raza nórdica dirigidos por régulos que habitaban en lo que hoy son Suecia, Noruega y Dinamarca. O sea, que antes del comienzo de la conocida como Era Vikinga ya habían establecido contacto con otras culturas con las que establecieron relaciones comerciales que, como es lógico, les llevó también al intercambio de conocimientos de tipo militar, así como de armas y demás pertrechos adecuados para discutir con el vecino teniendo más probabilidades de salirse con la suya.

Recreación de la costa de Lindisfarne en el siglo VIII, cuando quedó
inaugurada la Era Vikinga con su concienzudo saqueo
Esta Era Vikinga fue el resultado de una explosión demográfica que obligó a los pueblos escandinavos al noble arte de repartir la riqueza en base al conocido aforismo de "lo tuyo es mío y lo mío también". A finales del siglo VIII, concretamente en junio de 793, es cuando muchos historiadores marcan el comienzo de esta peculiar era histórica con el ataque y saqueo de un monasterio situado en Lindisfarne, una pequeña isla situada a kilómetro y medio de la costa nordeste de la brumosa isla de Albión (Dios maldiga a Nelson). A partir de ahí y durante algo más de dos siglos y medio se expandieron como una puñetera plaga, apoderándose de muchas tierras de la citada isla además de Islandia y parte de Vilandia, la actual Terranova, e Irlanda. Pero, además, aumentaron su radio de acción saqueando a destajo por toda la costa atlántica e incluso llegaron al Mediterráneo. Por tierra migraron a través de la actual Rusia hasta Bizancio, donde incluso formaron una unidad de élite como guardia personal del basileus, la Guardia Varega, que perduró hasta la extinción del Imperio de Oriente. El final de esta era tuvo lugar a raíz de la derrota de Harald Harhraada en la batalla del puente de Stamford en 1066, derrotado y muerto por el ejército anglosajón al mando de Harold Godwinson. Así pues, como ya podemos imaginar, a lo largo de ese tiempo tuvieron ocasión de comprar, robar o copiar yelmos de muchos tipos hasta el extremo de que, al día de hoy, no se puede decir con exactitud que hubiese diversos modelos o incluso que creasen una tipología autóctona y exclusiva de ellos. 


Aspecto que tendrían la gran mayoría
de los vikingos que saquearon las costas
de Europa. Lo más que se podían pagar
para protegerse era un simple escudo
Bien, con esta breve exposición podemos ir haciéndonos una idea del cómo y el por qué esta gente se puso tan belicosa. Pero debemos además tener en cuenta que esa imagen de guerrero armado hasta los dientes también es un tópico bastante extendido y, como es lógico, más falso que el currículum vitæ de un político. En realidad, la panoplia del malvado saqueador nórdico era bastante básica: un escudo, sin el cual sus probabilidades de supervivencia eran más bien escasas, una espada y/o un hacha, un scramasax y una lanza. De hecho, esta mínima panoplia se ve retratada tanto en las representaciones artísticas de la época como en crónicas de probos historiadores nada dudosos de parcialidad como el persa Ibn Miskawayh (932–1030), que afirmaba que “luchaban con una lanza y un escudo, y llevaban una espada, una lanza y una daga", o sea, lo mínimo que se despachaba.


El yelmo era una pieza relativamente escasa, y aún más las cotas de malla, cuyo uso estaba prácticamente reservado a faltriqueras rebosantes de monedas de oro de buena ley. Por un códice legal franco, la LEX RIBVARIA  (c. siglo VII), se sabe que un yelmo costaba lo mismo que el escudo, la espada y la lanza juntos, y que una loriga costaba el doble que un casco, por lo que es más que evidente que pocos podrían pagárselos. Una loriga costaba 12 SOLIDVS, un yelmo, 6 SOLIDVS; una espada con su vaina, 7 SOLIDVS, el mismo precio de un caballo, mientras que un escudo y una lanza solo costaban 2 SOLIDVS. El SOLIDVS era una moneda de oro creada por el emperador Diocleciano que, en la época y el territorio que nos ocupa, tenía en un valor equivalente a una vaca. La mayoría de los vikingos eran sujetos que, por su condición de hombres libres, podían usar armas tanto para defender sus posesiones como para arrebatar las de otro, pero se las tenía que pagar él. Y si era, como lo eran la mayoría, hombres dedicados a la ganadería y la agricultura en unas tierras de por sí bastante asquerosillas que no daban mucho rendimiento que digamos, pues tenemos que pocos se podían costear un armamento de postín salvo los más ricos, o sea, los reyezuelos, los régulos tribales y sus allegados, los llamados jarls, que constituían una especie de nobleza nutrida por los hombres más ricos, terratenientes con medios para organizar incluso una pequeña flota y un hirð, una mesnada  a sueldo formada por hirðmenn (en singular, hirðmaðr), hombres pertenecientes a lo que entendemos como casta de guerreros, militares profesionales que vivían del oficio de las armas sirviendo a los mandamases de su territorio.

Y esta sería la apariencia de un vikingo pudiente
Por todo lo dicho podremos entender por qué han llegado a nosotros tan pocos ejemplares, y por qué en los ajuares funerarios que han aparecido suelen brillar por su ausencia. En resumen, que llevamos la torta de años imaginando hordas de vikingos con sus cascos alados o astados y resulta que, de todos los componentes de un félag o hermandad- nombre que recibían los grupos de vikingos que se apuntaban a una incursión-, solo el caudillo y los hirðmenn iban con sus cráneos debidamente protegidos. El resto se tenía que conformar con llevar la cabeza descubierta o, a lo sumo, con gorros de cuero o pieles salvo que en alguna movida anterior hubiesen tenido suerte y trincasen alguno del enemigo o, al menos, los dineros necesarios para adquirirlo al volver a casa. Debido a esto es por lo que no es fácil hablar de un yelmo vikingo propiamente dicho ya que debía ser bastante frecuente que usaran los procedentes de botines obtenidos en los lugares más variopintos, aparte de que en el resto de Europa no es que hubiese una variedad abrumadora de modelos, sino todo lo contrario.

El que a mi modo de ver es el germen de lo que conocemos como yelmo vikingo es el conocido como casco de Valsgärde, una singular pieza de la Era Vendel datada entre los siglos VI y VII. Valsgärde es una granja situada a escasa distancia de Upsala, en Suecia, que desde el siglo XVI ocupa lo que antaño fue un importante centro político y religioso de la zona. El yelmo apareció en los años 20 del pasado siglo formando parte del ajuar funerario de una de las tumbas que se excavaron en aquel momento y que se supone debió pertenecer a un personaje de cierta importancia o incluso de la realeza local. Aunque no es posible saber quién fue su propietario, basta contemplar la réplica que vemos en la imagen de la derecha para deducir que no era de un pelagatos cualquiera.

Probo ciudadano recreacionista con una réplica de otro de los
yelmos hallados en Valsgärde
Este casco estaba formado por una estructura de bronce en la que se añadieron láminas de hierro repujado con escenas de guerreros que, curiosamente, llevan en la cabeza unos cascos con algo que pueden parecer cuernos pero que, en realidad, representan las alas de Hugin y Munin, los cuervos del dios Odín. La parte superior del rostro estaba protegida por un visor rematado en su parte superior por unas "cejas" de bronce con forma de serpientes que, cabe suponer, además de la mera función ornamental buscaba aumentar la protección contra los golpes de armas tanto cortantes con contundentes. En la parte superior del yelmo vemos una pronunciada cresta, también de bronce y destinada a impedir que un hacha enemiga se hundiese el cráneo del dueño. Como complemento, un camal de malla envolvía todo el yelmo, protegiendo de ese modo la nuca, la parte inferior del rostro y el cuello de su portador de los golpes de filo. No se sabe cómo era ni de qué estaba fabricada la guarnición de este tipo de cascos, pero se supone que podía ser algo similar a lo que usaban los romanos, una especie de forro interior de grueso fieltro o cuero pegado directamente a las paredes internas del yelmo; otra posibilidad es que no llevasen guarnición, y que el ajuste a la cabeza se hiciera con una cofia acolchada que, además, serviría para amortiguar los golpes. 


Otro yelmo de la Era Vendel contemporáneo al Valsgärde podemos verlo en la réplica de la derecha. En este caso, el camal de malla estaba sustituido por dos carrilleras que algunos autores proponen que son una herencia de los últimos yelmos usados por los romanos. En la parte trasera y a modo de cubrenucas tiene tres anchas láminas metálicas unidas mediante argollas o bisagras a la banda circular del yelmo. En este caso se trataría también de un diseño que no sería precisamente barato, y que estaría reservado a los nobles o hirðmenn con medios económicos suficientes para pagarlos. Por cierto que una de las formas con que los nobles tenían contentitos a sus hirðmenn era a base de regalarles joyas y armas, objetos que los vikingos valoraban especialmente y que no solo les permitía gozar de una posición económica superior, sino también de marcar su estatus propio de guerrero, que eso siempre venía bien para tener a raya al personal. Por otro lado, los régulos obtenían así una fidelidad monolítica, que nunca estaba de más disponer de tropas fieles para quitar a posibles aspirantes al mando las ganas de conspirar, y aumentar su fama de generosos, por lo que nunca le faltarían hombres a la hora de organizar una de sus incursiones.

Por lo tanto, y tomando como posible origen el ejemplar de Valsgärde, el único que ha aparecido hasta ahora razonablemente completo y que está considerado como de origen vikingo es el yelmo de Gjermundbu, hallado en 1943 en un túmulo funerario en Ringerike, Noruega. La tumba debía haber pertenecido a un tipo adinerado, seguramente un noble, ya que en el ajuar de la misma aparecieron además dos espadas, dos hachas, dos moharras de lanza (las astas vete a saber cuándo se pudrieron), unos estribos y una loriga. El yelmo, fabricado enteramente de hierro, apareció apareció fragmentado en nueve piezas que pudieron ser unidas, más o menos, para reconstruir la pieza añadiendo los cachos que le faltaban. El casco, datado hacia el último cuarto del siglo IX, era, como podemos ver en la foto, una versión "económica" del ejemplar de Valsgärde. Al igual que este, un visor protegía los ojos y la parte superior del rostro de su dueño, y la parte posterior de la cabeza quedaba cubierta por un cubrenucas de malla unido al yelmo mediante los orificios que lo bordean. En la foto de la derecha podemos ver una de las tropocientas réplicas que se han hecho del mismo y que nos permiten ver mejor cuál debía ser su aspecto antes de caerse a pedazos por el óxido.

El yelmo estaba formado por un cerco que actuaba como soporte de todo el conjunto. Por la parte interior se fijaban dos tiras formando una cruz, cubriendo los huecos entre ellas con chapas triangulares debidamente curvadas para adaptarse a la forma del casco. Estas chapas se fijaban mediante remaches con otras cuatro tiras, estas remachadas por la parte exterior al cerco base y a las tiras interiores. Finalmente se añadía el visor y la malla trasera. La parte superior se cerraba mediante un pequeño disco al que se le añadía una espiga puntiaguda que, en algunos casos, podría ser hueca para añadirle un penacho de crin de caballo. En cuanto a la decoración, queda reducida a la mínima expresión con una hilera de incisiones en la parte superior del visor. Así pues, grosso modo podemos decir que, hasta el día de hoy, esta tipología es la única que se considera como genuinamente vikinga o, al menos, vikinga tanto en cuanto no han aparecido restos o ejemplares completos en otras zonas que nos hagan suponer que también podría tomarse como un préstamo de otras culturas. 

A partir del siglo X se generaliza el uso del yelmo cónico fabricado en una sola pieza. Estos yelmos, con una bóveda bastante alta y pronunciada para desviar con más facilidad los tajos y golpes de las armas enemigas, podían estar provistos de una barra nasal que formaba parte solidaria del mismo o bien añadida. Este último caso es el que vemos a la izquierda, concretamente el conocido yelmo de San Wenceslao. Este yelmo, que actualmente se expone en el castillo de Praga, perteneció al duque Wenceslao de Bohemia, que fue alevosamente apiolado por su malvado hermano Boleslav en septiembre de 938. Por ser un hombre extremadamente devoto fue canonizado y elevado nada menos que a la categoría de patrono de Chequia. El yelmo, como vemos en el detalle central, estaba formado por un casco sacado de una sola pieza al que se le añadió una fina banda en el borde, siendo su pieza más relevante la barra nasal formada en forma de cruz. En ella tiene grabado un Cristo crucificado. A la derecha tenemos una réplica que puede valernos para tener una visión más general de esta tipología, que se llevaría con una cofia acolchada para proteger la cabeza o incluso un almófar.


En la foto de la derecha tenemos otros dos yelmos habituales entre los vikingos. El primero es el yelmo de Poznan, datado hacia el siglo XI y construido en una sola pieza incluyendo la barra nasal. Obsérvense los orificios en el borde inferior del yelmo, lo que hace pensar que estaban destinados a sustentar una guarnición de lengüetas o quizás un reborde de cuero que llevaría unido un camal. Debemos también reparar en su acentuada conicidad, que es habitual de ver en las representaciones artísticas de la época. A la derecha podemos ver una réplica de un Spangenhelm formado por varias piezas que lo hacían más fácil de fabricar y, por ende, más barato. El sistema es similar al yelmo de Gjermundbu: una banda circular sobre la que se remachaban las demás piezas, en este caso cuatro tiras exteriores a las que se unían por el interior cuatro chapas triangulares. En el frontal tiene su correspondiente barra nasal que, aunque por su nombre pueda inducir a pensar que solo protegían la nariz, en muchos casos, por su longitud, protegían todo el rostro.


Una variante típicamente nórdica la podemos ver a la izquierda. En este caso se trata de un Spangenhelm con las abultadas cejas en forma de serpientes. En esta réplica podemos ver como un reborde de cuero servía para ajustarlo mejor a la cabeza, que está cubierta por un almófar. Estas cejas permiten atribuir a los vikingos yelmos que, aunque de tipologías habituales en Europa, eran propias de ellos. De hecho, se han encontrado barras nasales formando una sola pieza con estas piezas que en su día estaban unidas a yelmos que han desaparecido. Una de ellas fue hallada en el cofre de herramientas de un herrero danés de Tjele, y datada entre 950 y 975. Cabe pensar que se trataba de una pieza ya terminada y pendiente de añadir a un casco. Está fabricada de hierro con una fina lámina de bronce incrustada en las cejas. Otro hallazgo aislado tuvo lugar en Lokrume, en la isla de Gotland, datado entre 950 y 1000. Esta pieza tenía un acabado más suntuoso, con incrustaciones de plata formando lacerías y con tiras de cobre transversales. En realidad, su mal estado de conservación no permite saber si eran solo unas cejas con su barra nasal o parte de un visor pero, en cualquier caso, al menos nos da una pista para, como dijimos anteriormente, situar determinados hallazgos. Con todo, a partir del siglo XI las decoraciones empezaron a reducirse hasta la mínima expresión, con estriados levemente marcados y no mucho más. 


El tipo más básico es el yelmo de Giecz, datado en el siglo XI y formado por cuatro chapas triangulares remachadas directamente unas con otras, sin tiras ni nervaduras, de manera que formaban el casco una vez unidas. A continuación se remachaban a su vez a una banda circular que, como en los casos anteriores podía estar provista de un camal. Recordemos que la malla era una buena protección contra un arma de corte como hachas o espadas, pero no contra el golpe que propinaba, así como contra armas contundentes como las mazas. Es decir, que el camal impedía que le rebanasen la jeta o, simplemente, que le separasen la cabeza del cuerpo. Pero de lo que no le libraba era de que le partiesen la cara en mil cachos de un mazazo o, peor aún, que lo dejaran en el sitio con las cervicales hechas puré de un hachazo en la nuca. En cuando al cierre en la parte superior se efectuaba con el disco y la espiga puntiaguda que vimos antes, o bien con un fino cilindro que permitiese fijar un penacho de crin. Hay quien sugiere que esta tipología podría ser una importación procedente de los pueblos eslavos y que por su facilidad de construcción y bajo precio bien pudo ser adoptado por vikingos menos pudientes. 


Por añadir una variante más, a la izquierda tenemos un Spangenhelm al que se le han añadido dos carrilleras. El cubrenucas de malla está fijado en la mitad trasera del casco y de las carrilleras, una forma económica de obtener una protección más eficaz. Es más que probable que este añadido fuera una simple mejora, un "extra", como diríamos actualmente, que se le ocurrió a algún herrero para aumentar la protección de los poseedores de este tipo de yelmos. Para fijar las carrilleras bastaba unirlas con unas anillas al casco, tal como aparece en la foto, o si se quería un acabado más fino ponerle unas bisagras. Debajo del casco, como en sus hermanos, tendría su rudimentaria guarnición formada por un relleno de piel que, junto a la cofia que vestía el guerrero, le daría una buena protección contra los brutales testarazos con recibiría en la cabeza. Debemos recordar que un golpe propinado con una maza o un hacha tenían una energía cinética sobrada para hundir la chapa del yelmo, por lo que si no se llevaba una capa acolchada debajo se tenían todas las papeletas para verse tirado con una fractura de cráneo y medio cerebro desmigajado. 


Hirðmaðr provisto de un armamento defensivo de lujo si lo
comparamos con el de sus colegas pobretones. Estos serían los
que tendrían más probabilidades de volver enteros para el
reparto del botín
Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Como hemos visto, los yelmos vikingos no se diferenciaban en gran cosa, cuando no decir que en nada, de los usados por los francos, los anglosajones y en otras partes de Europa. Del mismo modo, hemos podido enterarnos de que estos sujetos no disponían mayoritariamente de una panoplia medianamente amplia, y quizás por ello preferían atacar poblaciones en las que sabían que no había tropas capaces de hacerles frente. Ya sabemos que en algunas de sus incursiones les dieron para el pelo y tuvieron que batirse en retirada, incluyendo a los que alcanzaron Terranova. Estos, tras intentar establecer un asentamiento estable, tuvieron que optar por levar anclas y largarse de vuelta a Islandia debido al constante acoso de los nativos, que supongo no disponían de un armamento especialmente sofisticado sino más bien del paleolítico. Pero poco se puede hacer cuando la mayor parte del félag estaba nutrido por hombres que solo disponían de un escudo para protegerse de las lluvias de flechas y las hachas y cuchillos de sílex de los indios o como queramos llamarlos. 

En fin, no creo que se me olvide nada importante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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miércoles, 6 de marzo de 2019

¿QUIÉN INVENTÓ LOS YELMOS VIKINGOS?


Probos ciudadanos recreacionistas con la verdadera indumentaria usada por los vikingos. Como podemos apreciar,
no se vislumbran cuernos por ninguna parte, y si los hay están discretamente ocultos, ya me entienden...

El famoso "Yelmo de Waterloo", hallado en el Támesis en 1868 y datado
entre el 150 y el 50 a.C. Fabricado de bronce, está considerado como una
pieza destinada a fines meramente ceremoniales
Entre los muchos tópicos extendidos por el mundo y que de tanto repetirlos prácticamente todos dan por ciertos es que los yelmos usados por los vikingos tenían cuernos como si de consentidores de mancebías se tratara o incluso alas, como el famoso galo Astérix cuyas aventuras han hecho las delicias de millones de críos incluido yo (cuando era crío, naturalmente). Sin embargo, lo de los yelmos astados o alados es más falso que las promesas electorales de un político, y la realidad es que estos belicosos ciudadanos, más dados a vivir del latrocinio y el pillaje que a ganarse las habichuelas de formas más honestas, no tenían más cuernos que los que en un momento dado les pusieran sus respectivas cónyuges ni más alas que las de los capones que devoraban con hambre canina al volver de sus correrías. 


Dios del lingote, un pequeño ídolo de  bronce
datado hacia el siglo XII a.C. hallado en
Enkomi, Chipre. Como vemos, en su casco
luce dos cuernos
La cosa es que, curiosamente, mientras que los pueblos micénicos sí usaban yelmos decorados con pequeños cuernecillos, los hombres del norte no se paseaban por ahí dando cornadas, y hay constancia de que hasta en Japón o en la Europa de la baja Edad Media se empleaban como distintivo o cimera en los yelmos. Los cuernos, símbolo de poder, decoran las divinas testas de algunas deidades paganas, y se han hallado ejemplares ceremoniales de yelmos provistos de protuberancias que se consideran como tales pero lo cierto es que, como hemos comentado anteriormente, en el caso de los vikingos es el enésimo camelo repetido un trillón de veces, ergo es aceptado como verdadero. En fin, dicho lo dicho, y para derribar el falso mito, dedicaremos esta entrada a estudiar de dónde surgió eso de que los yelmos usados por los vikingos estaban por norma provistos de estos aditamentos córneos o alados. Así podremos darle un disgusto tremendo a ese cuñado que se gastó una pasta gansa cuando adquirió en "Milanuncios" una supuesta réplica provista de unos cuernos enormes o unas alas dignas de un buitre leonado y lo muestra orgullosamente a las visitas colocado en la repisa de la chimenea del salón. Ojo, no le de un avenate y se lo ponga para agredirnos en plan victorino furioso al saberse engañado.

Bien, como tantos otros camelos históricos, este también surgió en el siglo XIX, cuando el romanticismo se empeñaba en ciscarse en la Historia de verdad para propalar mitos que, aunque con una base cierta en algunos casos, en realidad eran de forma mayoritaria meras leyendas que, eso sí, solían resultar bastante molonas. Los responsables o, al menos, los iniciadores del caso que nos ocupa fueron artistas alemanes y eslavos que, siguiendo la moda de la época, se zambullían de lleno en las leyendas y mitos nórdicos, que daban morbo a un personal que pagaba de buen grado por obras que representaban escenas del glorioso y, a la par, legendario pasado de los pueblos del norte. Uno de ellos fue Johan August Malmström (1829-1901), un prolífico pintor sueco que, como hijo de su época, pintaba unos cuadros chulísimos de la muerte representando temas de la mitología nórdica, bosques nemorosos con hadas, escenas de críos verdaderamente deleitosas y cosas así. A la izquierda podemos ver su obra titulada "El mensajero de Ælla ante los hijos de Ragnar Lodbrok" (sí, el mismo de la serie televisiva), pintado en 1857. En la escena vemos que el mensajero lleva en la cabeza un yelmo con unas alas más propias de un Odín que de un simple recadero, pero bueno... No obstante, el ambiente general de la escena sí es bastante acertado, las cosas como son.

Lo de las alas ya venía de antes, concretamente de un predecesor de Malmström, Peter von Cornelius (1783-1867), un pintor que, aunque la mayor parte de su obra consistió en temas bíblicos y frescos para decorar iglesias con los que alcanzó una notable fama, también dedicó varias obras a recrear estos mitos germánicos. Este hombre, imbuido de un profundo sentimiento nacionalista y patriótico, desarrolló un estilo sencillo y propio de la corriente artística a la que pertenecía, los Nazarenos, un grupo romanticista alemán que pretendía hacer resurgir el arte cristiano de la Edad Media. En el tema que nos ocupa, a la derecha podemos ver una de sus creaciones. Representa al alevoso Hagen de Tronek, el que asesinó a traición a Sigfrido clavándole su lanza por la espalda mientras bebía de una fuente. La escena nos lo muestra arrojando el tesoro del difunto al Rin tras dar muerte al héroe.  Como vemos, el personaje aparece enteramente armado de una forma pseudo-histórica y con la cabeza cubierta también por un yelmo con alas.


Otro artista al que también debemos el favor de poder decorar con alas nuestros yelmos de vikingos fue Julius Schnorr von Carolsfeld (1794-1872), coetáneo de Cornelius y perteneciente también al grupo de los Nazarenos. Pintor igualmente muy cotizado en su época, al igual que su colega llegó a ponerse al servicio de Luis I de Baviera, recibiendo el encargo de decorar la Residenz del monarca en Munich, la capital de su reino, a base de frescos inspirados en temas legendarios germánicos. El que vemos a la izquierda, ejecutado en 1848, representa "La lucha ante las escaleras" en el Nibelungensaele. Como podemos apreciar, su estilo es muy similar al de Cornelius, y entre los combatientes se ven varios en cuyos cascos lucen las alas de rigor. 

En fin, ya vemos de donde surgieron las alas en cuestión. Simplemente fueron consecuencia de una idea infundada que, indudablemente, daba un aspecto más heroico a los personajes, pero que en modo alguno estaba basada en datos históricos de la misma forma que el parecido con la realidad de las panoplias de armas que recrearon ambos artistas en sus obras era pura coincidencia. Sea como fuere, lo cierto es que lo de las alas fue tomado como artículo de fe, y desde entonces no han faltado ilustradores y artistas de todo tipo que no las hayan incluido en sus obras referencias a esta temática. Pero si las alas son un aditamento emblemático, mucho más lo son los cuernos. Si le decimos a un crío, a un cuñado o incluso a un político que nos dibuje un vikingo me apuesto una docena de torrijas a que todos pondrán cuernos en sus yelmos. En este caso, la idea provino de un solo hombre,  Carl Emil Doepler (1824-1905), un probo tedesco bastante polifacético ya que, además de pintor, era ilustrador y diseñador de vestuario.

Este hombre fue el encargado de crear el atrezzo para el estreno en el primer Festival de Bayreuth, celebrado en 1876, de la ópera wagneriana "El anillo de los nibelungos", y aprovechó la coyuntura para inventar lo de los cuernos, que en este caso puso en los yelmos de los figurantes como los que vemos en la foto de la derecha. Al parecer, fue el mismo Wagner el que insistió en que el vestuario fuese algo que representara fielmente la apariencia de los pueblos germánicos. Según una carta que le envió en diciembre de 1874 dándole instrucciones al respecto, le decía que lo que necesitaba era "nada menos que un retrato característico compuesto de figuras individuales y con detalles personales extraordinariamente vívidos de un período de cultura no solo alejado de nuestra época sino que no tiene asociación con ninguna experiencia conocida". 


Wotan, según el boceto de Doepler para el estreno.
En este caso lleva alas, que para eso es un dios
Wagner quería ante todo dar el mayor realismo a los personajes siguiendo la pauta de aquel momento, marcada por una búsqueda extrema del rigor histórico en los vestuarios y decorados de las obras de teatro y las óperas. Los dos personajes más señalados de esta corriente eran Franz Dingelstedt, director de la Ópera de la Corte de Viena desde 1867 y el duque Jorge II de Sajonia-Meiningen, un aristócrata que dedicó gran parte de su vida al mecenazgo y la producción artística teatral y musical. Mientras que el primero procuraba dar además de rigor un gran impacto visual a sus creaciones, el duque, un erudito historiador y notable dibujante y pintor, daba a sus producciones tal grado de verosimilitud que incluso hacía que los actores vistieran armaduras auténticas cuando actuaban. Por todo ello, Wagner insistió a Doepler en que no hiciera mucho caso a las representaciones mitológicas de Cornelius, von Carolsfeld o Malmström porque no le parecían en modo alguno fiables a  pesar de haberse empeñado al máximo en reflejar la apariencia medieval de los nibelungos.

Otro de los bocetos originales de Doepler, en este
caso el vestuario para Hunding, uno de los
personajes de la obra. Obsérvese que tanto la espada
como el puñal son de tipologías etruscas
Así pues, en vez de seguir la estela de los pintores románticos del momento le exhortaba a centrarse en los historiadores romanos que, a su modo de ver, hacía ya siglos habían tenido contacto o información de primera mano con los pueblos germánicos. Doepler tomó buena nota y se empapó de todas las fuentes habidas y por haber sin caer en la cuenta de un detalle, y es que las referencias históricas a las que recurrió daban cuenta de una indumentaria de tipo ceremonial propia de druidas, sacerdotes o régulos tribales, y no la empleada en realidad en combate por guerreros. Es más, en algunos casos debió confundir churras con merinas porque llegó a dar por válidas panoplias y objetos ceremoniales de pueblos que no tenían nada que ver con los germanos como, por ejemplo, los etruscos, los aqueos o, como comentábamos al principios, los micénicos. Al parecer, a Wagner no le agradaron los bocetos que le presentó inicialmente Doepler, por lo que se hicieron algunos cambios que tampoco acabaron de convencer al compositor porque representaban justamente lo contrario que tenía in mente. Incluso Cósima, la mujer de Wagner, se mostraba claramente insatisfecha porque, según anotó en su diario, los bocetos de Doepler se habían mostrado como "una fantasía arqueológica en detrimento de elementos trágicos y míticos", añadiendo que le "gustaría algo más simple, más primitivo". Sin embargo, la cuestión es que los cuernos quedaron oficialmente inventados, y desde entonces han quedado unidos de forma indeleble en el imaginario popular a estos fieros mangantes del norte.

En fin, criaturas, de este modo nació y se empezó a divulgar la creencia de que los vikingos decoraban sus yelmos con alas y cuernos. Todo proviene de la imaginación de pintores del romanticismo alemán y de errores de interpretación de un diseñador de vestuario pero bueno, cosas más pintorescas se han visto. Y con esto concluimos por hoy. En la próxima entrada veremos como eran en realidad los cascos de estos ciudadanos nórdicos, y de paso nos servirá para actualizar a fondo una entrada bastante generalista que ya se publicó hace ocho años (carajo, como pasa el tiempo, etc...)

Hale, he dicho

Continuación dando un leve cornada aquí

lunes, 22 de febrero de 2016

Hachas de bronce


Fundidores de la Edad del Bronce en pleno proceso de fabricación. En el
suelo se ven varios moldes dispuestos a recibir la colada.
No me negarán vuecedes que la idea de alear cobre con un poco de estaño para obtener así un material más resistente debió tener lugar mediante inspiración divina o por asesoramiento de un ciudadano de Raticulín venido desde las estrellas para ayudarnos a evolucionar. Porque, las cosas como son, si a cualquiera de nosotros nos ponen a buscar cobre, obtener el metal y, para colmo, idear la forma de endurecerlo, preferimos echar mano a un pedrusco y buscarnos la vida sin más. Hablamos de hechos acaecidos hace cinco mil años, que conste, y cincuenta siglos son mogollón de siglos, qué carajo. En la Europa, el bronce llegó hacia el segundo milenio antes de los años de Cristo a través de las tierras bañadas por el mar Egeo procedente de Oriente Próximo, y se extendió por todo el continente porque eso de fabricar herramientas y armas que resistieran un trato mucho más duro sin estropearse era toda una novedad. Obviamente, no es este lugar para meternos en las procelosas profundidades de todo lo concerniente a la Edad del Bronce, ni tampoco en los entresijos de su desarrollo en cada lugar de la Europa, por lo que nos limitaremos a detallar el proceso evolutivo de uno de los instrumentos que, independientemente de su función como herramienta, pronto adquirió personalidad propia como arma: el hacha. Ah, una aclaración antes de comenzar: esta entrada pretende reseñar las distintas tipologías de una forma un tanto generalizada debido a que sería imposible entrar a fondo en cada una ya que, de hecho, solo en España hay tipificadas más de sesenta en base a mínimas diferencias en cuanto a detalles de su forma o dimensiones que, en sí, no son determinantes a la hora de diferenciarlas por sus cualidades o su funcionalidad. Advertido esto, al grano pues...


En algún momento de la historia, alguien se debió dar cuenta de que las hachas-herramienta eran quizás demasiado pesadas para su uso bélico, por lo que se diseñaron piezas mucho más pequeñas, algunas de escasos centímetros de longitud y que, aunque no valían ni para afilar un lápiz, eran tremendamente efectivas a la hora de hundir los cráneos enemigos o desgarrar sus míseras carnes y enviarlos así al otro mundo con más eficacia. No obstante, su morfología inicial era básicamente una copia de las viejas hachas de piedra en lo referente a su sistema de fijación al mango. Hablamos de las hachas planas, un diseño extremadamente básico que solo requería para su obtención un molde de una sola valva, generalmente tallado en piedra. A la derecha tenemos algunos ejemplos de hachas de bronce de este tipo comparadas con una fabricada con diorita, una piedra casi tan dura como la jeta de los políticos y que está solo un punto por debajo de la del diamante. La manufactura de estas hachas de diorita pulida debía suponer días y días y más días de trabajo para darle forma y el posterior pulido, un proceso infinitamente más largo que el del bronce el cual, una vez construido el molde, solo era necesario fundir el metal en un crisol para empezar a fabricar hachas en serie.



A la izquierda podemos ver un par de moldes destinados a la elaboración de esta tipología. Al carecer de resaltes o pestañas, no era preciso, como ya se adelantó más arriba, recurrir a moldes bivalvos. Bastaba un seno tallado en un bloque de piedra como el que vemos en la parte inferior y llenarlo de metal fundido. Ese molde, como podemos ver, contiene varios senos, destinados a fabricar hachas de diversas medidas. Arriba a la izquierda tenemos uno fabricado de arcilla y arena que, obviamente, era muchísimo más fácil de construir, si bien era también mucho más frágil. En este caso era preciso fabricar una pieza original para obtener dicho molde, para lo cual podía recurrirse a modelarla con arcilla, tallarla en madera o incluso en piedra. Para completar el hacha se fabricaba un mango de algún tipo de madera especialmente dura y densa, como el roble o el nogal, y se le abría una caja donde era introducida la hoja para, a continuación, fijarla mediante tiras de cuero crudo o de fibras vegetales. Este tipo de hachas ya se fabricaba en Europa allá por el 2000 a.C., y en algunos casos, como una de las que hemos ilustrado, estaban decoradas con motivos geométricos grabados en la misma.




Sin embargo, estas hachas tenían un inconveniente de difícil solución: tras aporrear varios cráneos, el metal se abría paso en la caja practicada en el mango y la hoja iba retrocediendo hasta que solo la parte del filo sobresalía del mismo. Por ello, a algún lumbreras de la época se le ocurrió una forma de poder establecer un tope que fuera cuasi imposible de vencer por muchos cuñados que se apiolasen en un arrebato de furia por la titularidad de las tierras circundantes o el liderazgo de la tribu. Dicha solución fue añadir unas pestañas o salientes en los bordes de la hoja, según vemos en la figura A para, de esa forma, poder acoplarla en un mango en el que previamente se habría abierto una horquilla tal como aparece en la figura B. De ese modo, el talón de la hoja- cuya vista trasera podemos ver junto a la figura A- queda apoyado contra la zona bulbosa del mango, extraído de la bifurcación de una rama tal como vimos en la entrada dedicada a las hachas egipcias, por lo que sería imposible que dicha hoja retrocediera por mucho que se golpease. Una vez acoplada en su sitio se inmovilizaba con las habituales tiras de cuero crudo y el resultado sería un arma tal como aparece en la figura C. En cuanto a su fabricación, habría que recurrir a moldes bivalvos para que las pestañas estuvieran presentes en ambas caras de la hoja. En la figura D podemos ver el aspecto que tendría uno de estos moldes fabricados con arcilla y arena. Los orificios sería para ajustar las dos partes del mismo durante la colada. En cuanto a la datación de esta tipología, se suelen encuadrar hacia el 1800 a.C.




Una variante de esta tipología podemos verla en la lámina de la izquierda. Como se puede apreciar, las pestañas están mucho más desarrolladas, de forma que envuelven en gran parte la horquilla del mango. Cabe pensar que la intencionalidad de esta modificación estaba encaminada a bloquear aún más la hoja ya que las pestañas que hemos visto en el párrafo anterior podrían acabar desgastando la horquilla del mango con el uso. Al ser más envolventes se aminoraba de forma notable la fricción del metal contra la madera, y con ello el desgaste progresivo que quizás obligaba cada cierto tiempo a reponer la envoltura de tiras de cuero o incluso el mango si el desgaste había sido excesivo. 




La evolución de esta tipología condujo al hacha de talón, de la que tenemos varios ejemplos en la lámina de la derecha. Su característica principal radicaba en estaban provistas de un tope de forma que no solo apoyaban en la parte final de la horquilla del mango, sino también al inicio de esta. Era, por así decirlo, como un cubo de enmangue con los laterales abiertos, según se puede ver con claridad en la lámina del párrafo siguiente. Sus dimensiones iban desde pequeñas hojas de solo 8 cm. de largo a ejemplares más grandes, de 20 ó 25 cm. Hay infinidad de variantes de estas hachas, si bien las más representativas son las que vemos en la ilustración: lisas o con una, dos o tres nervaduras más o menos marcadas que contribuían a hacerlas más livianas. 



Esta tipología apareció en Europa durante el Bronce Medio, si bien conviene hacer notar que las dataciones son muy relativas porque la expansión de cada nuevo modelo avanzaba de forma diferente según en qué dirección. Por otro lado, dichas dataciones están basadas en los ejemplares hallados, lo que no significa por ello que tal o cual tipología no hubiese llegado a ese lugar en concreto uno o más siglos antes. En lo referente a la morfología de estas hachas, queda cada vez más patente que su destino era ser usadas en la guerra, ya que ni su tamaño ni la amplitud de su filo la habilitaban para otra cosa que no fuera producir heridas, las cuales podían ser francamente bestiales llegado el caso.



Los problemas de fijación de las hojas debieron persistir ya que el sistema de talón se vio mejorado con la adición de una o dos anillas en los cantos. Cabe pues pensar que el punto flaco de los diseños anteriores consistía en el forzamiento de la hoja hacia arriba y hacia abajo a la hora de golpear, lo que las acababa desajustando o rompiendo la fina horquilla que las sujetaba al mango. Estas anillas, tal como se puede apreciar en la lámina de la derecha, impedían ese cabeceo o, al menos, lo aminoraban en mayor o menor grado. Su fabricación conllevaba una complejidad añadida por las anillas de marras, obligando a fabricar moldes más elaborados como el que vemos en el detalle, construido en bronce. Se puede observar la pestaña y la ranura que bordean respectivamente cada mitad del molde para, una vez encajadas ambas partes, lograr una simetría total en la pieza tras la colada, lo que denota el alto nivel de precisión que alcanzaban las técnicas metalúrgicas de la época.



Hacia el año 1000 a.C. se logró finalmente un sistema de fijación verdaderamente eficaz. Aunque los sumerios ya habían fabricado hacia el 2450 a.C hachas con cubo de enmangue, parece ser que debieron patentarla y el invento no trascendió hasta Occidente porque aquí se adoptó un sistema diferente y, aunque mucho más eficaz que lo visto hasta ahora, no alcanzaba el perfeccionamiento de los orientales que, al cabo, es el mismo que se sigue usando actualmente. Como vemos, se trata de una hoja ahuecada que era enchufada en un apéndice del mango. Dicho apéndice no es la horquilla utilizada hasta aquel momento, sino completamente macizo. Esto no solo aumentaba notoriamente su resistencia, sino que repartía el esfuerzo sin apenas desgaste. Para asegurar la hoja al mango se ayudaban con una o dos anillas ya que, como podemos suponer, su montaje a presión no sería lo suficientemente sólido ante las dilataciones y contracciones de la madera a causa de la temperatura y la humedad.



Naturalmente, este nuevo tipo de hoja presentaba un problema serio en lo referente a la confección de moldes ya que la pieza resultante debía ser hueca en parte. Sin embargo, nuestros sesudos ancestros supieron resolverlo sin problemas. Echemos un vistazo al gráfico de la derecha para verlo con claridad. Ahí tenemos un molde de arcilla- podía ser también de bronce como el que vimos más arriba- formado por dos valvas A y B provistas de orificios para ajustar ambas mitades. Una vez bien unidas las dos partes del molde se introducía el tapón C, el cual tenía dos cometidos: uno, hacer que el metal no llenara la parte que debía ir hueca, y dos, actuar como bebedero a través de los orificios que vemos en el detalle superior. De ese modo, el bronce fundido llenaría todo el molde manteniendo la parte hueca gracias al tapón de marras. Una vez enfriado el metal se extraía, o se rompía si era preciso, tanto el tapón como el molde y ya solo restaba eliminar las rebabas y pulir la pieza. Conviene concretar que los moldes debían calentarse previamente a la realización de la colada ya que, de no hacerlo así, al contactar el metal fundido con una superficie fría daba lugar a una pieza defectuosa, llena de imperfecciones y con burbujas de aire en su interior, lo que obviamente debilitaba la hoja. Por ello, los fundidores acercaban los moldes a los crisoles para que se fueran calentando y obtener de ese modo un producto final adecuado.



Bien, con lo mostrado ya podemos tener una idea más clara de la evolución de estas hachas que, hasta la llegada del hierro, dieron bastante guerra. De hecho, algunos restos encontrados dan fe de que su contundencia era la misma que la de un hacha medieval sobre cuerpos desprovistos de defensas como yelmos o corazas. He extraído de mi colección de cráneos perjudicados algunos ejemplos bastante gráficos como testimonio de que, en efecto recibir un hachazo con cualquiera de los ejemplares mostrados no solo era muy enojoso, sino incluso letal. Los dos de la izquierda corresponden a dos críos que, al parecer, fueron sacrificados para que los dioses no inundaran el asentamiento donde vivían, situado cerca del lago Constanza, cercano a la actual frontera de Alemania con Suiza. El de la izquierda muestra un tremendo tajo en el parietal derecho, mientras que el otro pudo ser asesinado de un hachazo o golpeado con una maza o similar. Ambos formaban parte de una especie de anillo protector colocado alrededor de su aldea, y están datados hacia el primer milenio antes de Cristo. El otro es de un antiguo vasallo de un régulo local que debió acudir a la llamada a las armas de su señor y fue apiolado de la forma tan drástica que se aprecia en la foto. Un hachazo en mitad del cráneo lo finiquitó sin más. Fue hallado en su tumba, cerca de Millau (Francia), y está datado entre el 2500 y el 1800 a.C. Como creo que ha quedado patente, estas armas no eran para tomarlas a broma. 

Bueno, con esto concluyo. Hora de llenar el buche, así que me despido y tal.

Hale, he dicho




viernes, 16 de enero de 2015

Tópicos vikingos 2ª parte. Los berserkers


Esos ciudadanos de aspecto tan desaforado que parecen unos funcionarios a los que acaban de comunicar que les rebajan el sueldo un 5% más y que, de paso, que se olviden de las pagas extras hasta el próximo lustro, eran los que dieron pie al tópico mencionado en la entrada anterior referente a los vikingos cubiertos de pieles y bastante proclives a la violencia más extrema. 

Ya sabemos que cada camelo tiene un punto de verdad en su origen que, a base de pasar de boca en boca se va transfigurando al gusto de cada narrador hasta que, finalmente, el bulo no tiene nada que ver con la realidad si bien, como digo, se partió de un hecho cierto. Este es el caso de estos peludos aulladores conocidos en su época como berserkers o berserkrs, que gozaron de gran predicamento en la sociedad pre-cristiana vikinga, cuando todos creían a pie juntillas que los berserkers eran los hijos predilectos de Odín, el dios supremo de los vikingos.  

La primera noticia que se tiene de ellos, aunque cabe suponer que ya existían de antes, data de un a canción del siglo IX titulado "El poema del cuervo", y en el mismo se narra la existencia de unos hombres vestidos con pieles de oso y de lobo al servicio del rey Harald Fairhair que luchaban de una forma tan enloquecida que la denominaban bärsärkargang, lo que significa tirándose de los pelos. Esto ya denota de por sí que no eran precisamente unos sujetos dados a la morigeración o a la prudencia. De hecho, combatían con tal furia que en la saga Yslinga se les comparaba con perros o con lobos poseídos por la ferocidad más desmedida, avanzando sin reparar en defenderse de los golpes que les dirigían los enemigos y sin que nada pudiera detenerlos, llevados por tal paroxismo incontrolable que hasta mordían los bordes de sus escudos tal como vemos en la imagen superior, en la que vemos unas piezas de ajedrez de origen escandinavo datadas hacia el siglo XII y que fueron encontradas en Uig, en la isla de Lewis (Islas Hébridas). 

Batalla de Svöldr, librada entre septiembre de 999
y el año 1000
Esta forma tan radical de combatir hasta extremos inhumados les dio fama de poseer poderes ocultos concedidos por Odín si bien, cuando les sobrevenía el avenate y por ejemplo iban embarcados, tenían que dirigirse rápidamente a la costa para desembarcar y luchar como locos contra los árboles o las rocas ya que, de lo contrario, arremetían contra sus propios compañeros y organizaban un caos bestial en la nave. Es evidente que los berserkers eran colocados por norma en primera línea durante las batallas terrestres o en la proa de los barcos si el combate era en el mar. Pero el estado de locura asesina que los poseía podía volverse contra ellos ya que en sus momentos de furia desaforada perdían la noción de todo, incluyendo en qué lugar se encontraban. De ese modo podían ocurrir hechos tan surrealistas como los que tuvieron lugar hacia el año 1000 durante la batalla cerca a la isla de Svöldr, en la que los berserkers embarcados en la nave del rey Olaf de Noruega, olvidando que estaban en el mar, avanzaron con tal denuedo hacia el enemigo que se cayeron al agua y se ahogaron como auténticos memos enloquecidos. 

Sin embargo y a pesar de su capacidad para escabechar enemigos de forma inmisericorde, los berserkers no estaban bien vistos ni siquiera entre los suyos. Sus compañeros los detestaban por ser fuente de problemas o incluso por agredirles o matarlos cuando les sobrevenía el ataque de furia incontrolable. Por otro lado, su desmedida afición al pillaje y a violar mujeres llegaba a tales extremos que resultaba repulsiva hasta a los suyos. En realidad, eran considerados como unos sujetos brutales, peligrosos e incluso tarados mentales. De hecho, se podría decir que eran tolerados porque en batalla eran ciertamente de una efectividad fuera de toda duda, y su sola presencia dando aullidos y avanzando a pesar de las heridas recibidas sin mostrar miedo ni dolor acoquinaban a los enemigos más valerosos y le encogían el ombligo al más pintado.

En pleno avenate
Ahora bien, ¿a qué se debía este peculiar comportamiento en determinados hombres? Porque hay que dejar claro que los berserkers no eran una tropa a la que se adiestraba psicológicamente para alcanzar esos niveles de ansia homicida y de furia, sino que, por así decirlo, ya nacían con esos "dones". Las explicaciones y teorías son de lo más variopintas, como no podía ser menos. Algunos autores afirman que, en realidad, ese estado de paranoia lo alcanzaban mediante el consumo de determinadas drogas alucinógenas contenidas en hongos como la amanita muscaria, esa seta tan bonita que siempre ponen en las ilustraciones de cuentos de gnomos pero que, en realidad, es más peligrosa que un macaco histérico con una ametralladora en la mano. Otros suponen que simplemente bebían hasta alcanzar un estado de embriaguez tan bestial que los volvía locos perdidos. Otros, sin embargo, dan por sentado que los berserkers eran miembros de determinadas familias que padecían taras genéticas como paranoia o incluso epilepsia, de donde provendría, según dichos autores, la costumbre de morder el borde metálico del escudo. Del mismo modo, muchos de ellos se tenían por licántropos como era el caso de un tal Ulfr, conocido entre sus colegas y cuñados como Kveld Ulfr, el lobo del crepúsculo, el cual se ponía a aullar como loco en cuanto se hacía de noche y, faltaría más, se metamorfoseaba en lobo. Por otro lado, se tiene constancia de familias enteras que eran considerados berserkers; tenemos por ejemplo el caso de un hombre cuyos doce hijos eran también berserkers, así como otro caso que aparece en la saga Volsunga y que narra como un tal Sigmund y su hijo Sinfjotli vestían pieles de lobo y aullaban como ellos cuando atacaban. En cualquier caso, lo que si está claro es que los efectos de esnifar setas raras o de un ataque de furia producido por una paranoia acojonante, período conocido entre esta gente como berserkersgang, tenían un tiempo de duración determinado ya que su invencibilidad se mantenía mientras duraban dichos efectos pero, cuando remitían, podían ser apresados o muertos sin más.

Dos cuñados dándose estopa en un holmgang a causa
del pertinaz empeño de uno de ellos en beberse todo
el güisqui durante las visitas del sábado noche
El final de los berserkrs llegó con el cristianismo, que los relegó a la condición de demonios impíos y acabaron siendo considerados como fuera de la ley en 1015 por el rey Erik de Noruega. Pero lo que quizás fuese más determinante que la mera cuestión religiosa era el abuso que los berserkers hacían de una costumbre denominada como holmgång, la cual consistía en una serie de normas para dirimir cuestiones personales mediante la celebración de un duelo en el que el retador requería al retado a personarse para responder de la ofensa o disputa que fuera, teniendo este último que dar cuenta de lo que se le acusaba en persona o bien mediante un campeón en caso de no poder hacerlo por sí mismo debido a la edad, enfermedad o manifiesta inferioridad física debido a mutilaciones, defectos físicos, etc. Así pues, y como el vencedor se quedaba con los bienes, la mujer, las hijas y las esclavas núbiles del vencido, pues era una forma muy fácil para un enloquecido berserker de apoderarse de todo basando su requerimiento en cualquier chorrada o supuesta ofensa. Está de más decir que las clases sociales altas, las poseedoras de riquezas, eran el objetivo habitual de estos furibundos ciudadanos ya que en pleno ataque de furia eran, como se ha dicho, imposibles de derrotar ya que no sentían dolor o miedo. Cabe pues suponer que la presión de la nobleza sobre los monarcas debió tener bastante influencia en la eliminación de esta peculiar casta de guerreros.

Solo nos resta mencionar el origen del término berserker que, como está mandado, tiene diversas teorías. La más aceptada y que, además, es la más lógica, es la que indica que el palabro es una combinación de ber (oso) y serkr (capa), de donde se obtiene directamente el berserker que ya conocemos, teoría que además se ve corroborada por el hecho de que en las sagas se menciona que se cubrían con pieles de oso, o que combatían con la fuerza de un oso. Otra teoría afirma que berserker proviene de berr (desnudo) y otra acepción de serkr, que en este caso sería camisa. Pero se me antoja absurdo y contradictorio que se diga que un berserker era un señor que iba desnudo en camisa, ¿no? En fin, que cada cual se quede con la que prefiera. Y como curiosidad curiosa final, un dato bastante interesante: en inglés antiguo se denominaba a los osos con la palabra beorn, proveniente del sueco björn o, en noruego, bjǿrn, las cuales, como sabemos, son actualmente nombres propios en los países eslavos. Sin embargo, en aquellos remotos tiempos, tanto björn como bjǿrn tomaron el significado de hombre libre, noble y, finalmente el título de barón que en inglés se escribe como en español, pero sin acento.

En fin, ya seguiremos con más tópicos de vikingos típicos.

Hale, he dicho

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