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domingo, 17 de octubre de 2021

FLAMMPANZER III

 


Hagamos un breve receso con el tema de los barreminas, que tampoco viene bien saturarnos de lo mismo durante mucho tiempo y, al final, acaba uno aburrido. Por lo tanto, antes de culminar la pequeña monografía minera con el Crab, vamos a dedicarle un articulillo a este chisme, que desde siempre me ha llamado poderosamente la atención, el Flammpanzer III o, dicho con propiedad, el Panzerkampfwagen III (Flamm) Sd.Kfz.141/3. Por cierto, aprovecho para aclarar un detalle chorra, pero que muchos desconocen: el acrónimo ese de Sd.Kfz. que suele aparecer al final de cualquier vehículo tedesco. Son simplemente las iniciales de Sonderkraftfahrzeug, un palabro impronunciable que viene a querer decir "vehículo para usos especiales" y que el ejército alemán asignaba a todo aquello que tuviera de dos ruedas en adelante. O sea, que independientemente de su denominación oficial, como en este caso, tenía una numeración aparte ya fuera una moto, un camión con o sin orugas, un carro de combate, etc.

Sherman desincrustando a los honolables guelelos del mikado
de sus posiciones en Okinawa. Los yankees también captaron
rápidamente la utilidad de estos chismes para acabar con
enemigos especialmente correosos

Bien, como ya vimos en los artículos que se han dedicado a los lanzallamas, desde que se empezaron a emplear en la Gran Guerra de la mano de los tedescos fueron ganando popularidad, sobre todo entre los yankees. Como ya se comentó en su momento, los lanzallamas no solo ejercen un poderoso efecto psicológico entre los enemigos porque, animales que somos al fin y al cabo, el fuego nos produce un temor instintivo, y más cuando sabemos encima que palmarla achicharrado es sumamente desagradable. A ello debemos sumar su indudable eficacia sobre tropas protegidas por pequeñas fortificaciones, búnkeres o incluso trincheras. Un proyectil impacta sobre ellos y, salvo que sea de grueso calibre, no les hace ni cosquillas. Acertar a tiros por las estrechas troneras de un bunker no es fácil, y puedes matar o herir a un enemigo, pero no a todos. Una bala no puede trazar una elegante curva en el aire como la "bala mágica" de Kennedy para colarse en una trinchera, pero una llamarada entra por todas partes, se introduce por todos los recovecos y no hace falta que alcance al enemigo y lo mate por la acción directa del fuego. Si penetra en un bunker, aunque sea espacioso y disponga de más de una cámara de combate, la temperatura que alcanza la llama puede cocer literalmente a sus ocupantes en un periquete, y si no los mata cocidos o quemados los mata por asfixia, pero no por el humo, sino porque el fuego quema el oxígeno que hay en el interior, dejándolo sin aire respirable el tiempo suficiente para sofocar al personal. Por lo tanto, nada mejor que un lanzallamas para eliminar o, al menos, hacer huir a los defensores de una posición especialmente correosa que, ante la presencia de atacantes con lanzallamas, decidían que ese día no tocaba verse convertido en una momia carbonizada y se largaban echando leches.

Bunker del frente de Madrid. La única forma de desalojar a
sus defensores era arrojando una o varias granadas por la
tronera o achicharrándolos con una lengua de fuego que
les calcinaría hasta los botones de las braguetas
La 2ª Guerra Mundial dejaría atrás la guerra de posiciones estáticas del conflicto anterior y, al mismo tiempo, las fortificaciones de campaña se habían perfeccionado de forma incomparable. Los viejos refugios a base de troncos y/o raíles de ferrocarril cubiertos de tierra o sacos terreros no serían nada comparados con las poderosas casamatas de hormigón, y salvo el héroe que sale en las pelis arrastrándose como un gusano mientras las balas silban sobre su persona hasta que, finalmente, logra lanzar dentro una granada o un paquete explosivo, sería un poco bastante complicado neutralizar a los defensores de la fortificación. Por otro lado, el zapador no solo lo tenía igualmente difícil, sino que su sola presencia en el frente lo convertían de inmediato en el objetivo preferente de los tiradores enemigos, por lo que la mejor forma de cercenar la amenaza de la fortificación era instalar el lanzallamas dentro de un carro de combate, invulnerable a las armas ligeras de la infantería y que solo con cañones anticarro podía ser detenido... si el enemigo disponía de ellos en aquel momento, naturalmente.

Como ya vimos en su momento, la idea de instalar un lanzallamas en un carro de combate fue de los italianos. El ciudadano Benito los estrenó en su grandiosa hazaña de Etiopía en 1936- en aquella época, las actuales Etiopía, Somalia y Eritrea- derrotando a cuantiosos y fieros guerreros melaninos del rey de reyes armados con lanzas y demás armamento de última generación. Tras la gloriosa empresa etíope fueron enviados a la guerra española, donde en vez de guerreros melaninos había españoles descoloridos que, en vez de lanzas, usaban armas modernas, si bien la aparición de aquel chisme causó furor, eso es innegable. Los tedescos no tardaron mucho en coger uno de los PzKpfw I enviados con la Legión Cóndor al mando del cuadriculado coronel Wilhelm, ritter Von Thoma y acoplarle un lanzallamas portátil, concretamente un Kleine Flammenwerfer sustituyendo la ametralladora derecha. Obviamente, aquel chisme no podía competir con el CV-33 LF italiano (foto superior derecha), provisto de un depósito remolcado con capacidad para 520 litros de mezcla inflamable, así que la cosa no fue a más. En todo caso, los tedescos ya habían captado la idea, y tras el intento de apaño de circunstancias fallido no tardaron mucho en desarrollar algo más eficaz
.

PzKpfw I del Panzergruppe Drohne repartiendo calor en
algún lugar de la cálida España

No habían pasado ni dos meses del regreso de la Legión Cóndor a Alemania cuando ya estaba rumiando como adaptar carros de combate convencionales para su uso como lanzallamas. El que marcó, por decirlo de algún modo, la doctrina de estas máquinas fue el teniente coronel de Ingenieros Olbrich, del Departamento de Diseño Automotor del Ejército, que en un informe emitido en junio de 1939 ya analizaba concienzudamente todos los pormenores que debían tenerse en cuenta para hacer que uno de estos chismes diera un resultado satisfactorio e incinerase al mayor número posible de ciudadanos enemigos. Básicamente, los aspectos a tener en cuenta eran la morfología de la boca del lanzador, el caudal de combustible, la dirección y velocidad del viento en el momento de lanzar el chorro, la relación entre el diámetro y la longitud del tubo que llevaba el combustible desde el depósito al lanzador y la parábola que describía el chorro ardiente desde que salía del lanzallamas hasta tocar el suelo. Aunque esto pueda parecernos hoy de una obviedad palmaria, hace 80 años no estaba tan claro. De hecho, ya vemos como la tortilla de patatas tiene más años que el hilo negro y aún se debate intensamente si debe o no llevar cebolla, así que con los pormenores de un arma novedosa, pues más motivos de controversia, como está mandado.

Uno de los primeros carros lanzallamas eficaces: el PzKpfw II
(F), un enano con más peligro que un cuñado sediento.
Obsérvense los lanzadores orientables situados a ambos lados
de la proa del vehículo, con capacidad para efectuar unos
80 lanzamientos de 2 o 3 segundos de duración

En las pruebas que se llevaron a cabo a lo largo de aquel año llegaron a conclusiones bastante determinantes. La más elemental era que para evitar pérdida de presión por posibles fugas desde el depósito de propelente al de combustible, lo mejor era que ambos estuvieran lo más cerca posible el uno del otro. Por otro lado, pudieron comprobar que insuflar más presión solo servía para aumentar la velocidad del chorro, pero no su alcance, que estaba condicionado por el diámetro de la boca del lanzador. Finalmente, les quedó claro que más alcance implicaba un notable gasto de combustible que limitaba sobremanera la autonomía operativa del vehículo y, de hecho, en las pruebas realizadas comprobaron que no había forma de superar los 80 metros de distancia en condiciones óptimas, o sea, sin viento que desviase o frenase el chorro de combustible y disparando cuando el vehículo estaba detenido ya que, de lo contrario, el alcance podía verse reducido un 50%. Tras devanarse adecuadamente la sesera, llegaron a la conclusión de que lo más racional era instalar depósitos del mayor tamaño posible, de forma que les dieran una autonomía capaz de efectuar el máximo posible de lanzamientos de unos 50 metros de distancia. A medida que fuesen mostrando sus prestaciones, ya irían haciendo las modificaciones oportunas para mejorar el rendimiento en lo posible.

B2 (F) en acción
Así pues, y tras emplear los PzKpfw I y II (ya hablaremos de esos un año de estos), en mayo de 1941 se planteó al mismísimo ciudadano Adolf la posibilidad de usar carros gabachos B1 bis (Dios maldiga al enano corso), unos vehículos potentes, protegidos por un grueso blindaje y muy bien armados que habían caído ante los Panzer tedescos por algo tan chorra como por el hecho de que los gabachos seguían anclados en el concepto de la Gran Guerra basado en el binomio infante-carro de apoyo, mientras que los alemanes pasaban de esperar a la infantería y penetraban a toda velocidad en las posiciones enemigas. Sea como fuere, lo cierto es que la Wehrmacht se apoderó de ciertas cantidades de carros gabachos de todo tipo, desde los B1 bis a los Somua o los R-35 que, está de más decirlo, fueron incorporados a su parque acorazado. El  ciudadano Adolf había ordenado que 24 unidades del B1 bis, denominados por sus nuevos dueños como PzKpfw B2, serían recicladas en B2 Flamme-Wagen, palabro abreviado con una (F), formando dos compañías, cada una de las cuales contaba con tres unidades del B1 convencional como apoyo artillero. Estas dos unidades, formadas el 20 de junio, serían enviadas al Frente Oriental de inmediato para que no se perdieran la inauguración de la Operación Barbarroja.

Un B2 (F) inutilizado cerca de Arnhem, en Holanda, en
septiembre de 1944

El B2 (F) era un vehículo ciertamente poderoso a pesar de su aspecto un tanto desfasado y ser feo de castigo. El lanzallamas había sido instalado en la barbeta donde llevaba emplazado el cañón principal de 75 mm., pero el carro seguía manteniendo una capacidad defensiva y ofensiva más que aceptable gracias al cañón secundario de 47 mm. y la ametralladora coaxial instalados en la torreta. Su blindaje frontal oscilaba entre los 40 y 60 mm., 60 mm. en los costados y 55 mm. en la parte trasera. El de la torreta no se quedaba atrás: 55 mm. en el frontal- más el espesor del escudo del cañón- y 45 mm. en los costados y la parte trasera. Aunque inicialmente el lanzamiento se efectuaba mediante un depósito de nitrógeno comprimido, posteriormente se sustituyó por una bomba accionada por un motor de dos tiempos J10 en base a un detalle muy importante pero que hasta el momento nadie parecía haber considerado: a medida que el depósito de propelente se iba vaciando, por razones obvias la presión disminuía, ergo el alcance del chorro también. Por el contrario, una bomba impulsaba el líquido a la misma presión en todo momento, por lo que mandaron los depósitos de nitrógeno a hacer puñetas ya que, además, eran susceptibles de sufrir fugas. Tengamos en cuenta que las juntas tóricas actuales no son las de 80 años. Finalmente, se equipó al carro con un lanzallamas instalado por la firma Koebe y un depósito de combustible blindado de 30 mm. de espesor cuyo contenido era a base de, posiblemente, petróleo espesado con alquitrán. Situado en la parte trasera del casco, debía tener capacidad para efectuar al menos 200 lanzamientos de una distancia entre 40 y 45 metros. En total se fabricaron 60 unidades del B2 (F) provisto con bomba de presión, y estuvieron dando guerra hasta prácticamente el final de la ídem.

Vista superior del casco de un modelo M. La flecha señala las pletinas
que mantenían separado el Vorpanzer del casco para aumentar su
eficacia. El sistema para el escudo del cañón era parecido
Bien, estos son los antecedentes del protagonista del articulillo de hoy. El Flammpanzer III (lo denominaremos de ese modo para evitarnos palabros interminables y siglas incomprensibles) estaba basado en el PzKpfw III Ausfürung M, un vehículo que, en sí, era una mejora de la versión anterior, la L, y que había sido adaptado para aumentar la capacidad de vadeo hasta los 130 cm. (medio metro más de las versiones anteriores) mediante la colocación de un nuevo tubo escape provisto de una válvula que impedía la entrada de agua. Así mismo, se habían añadido juntas tóricas de goma en periscopios, escotillas, la junta de la antena abatible situada en el costado derecho, los MP-Klappen, unos portillos para disparar armas ligeras situados en la parte trasera de la torreta y, en resumen, cualquier sitio por donde pudiera filtrarse agua, especialmente los que antes no se habían tenido en cuenta si estaban justo por encima del nivel de vadeo máximo de 80 cm. de los modelos anteriores. 

Vistas delantera y trasera de un PzKpfw III Ausf. M. En la foto superior vemos como la parte baja de la proa estaba protegida por un fragmento de cadena, como era habitual en los carros alemanes. En el Vorpanzer que rodea el visor del piloto podemos ver el rebaje para el visor KFF 2. En la foto inferior tenemos un primer plano del nuevo tubo de escape que permitía vadear un 50% más de profundidad



Primer plano de la torreta que nos permite ver con detalle el Vorpanzer
del casco y el escudo del cañón, así como los tubos lanza-humos
A ello había que añadir que el modelo M estaba armado con el excelente cañón Kw.K 39 L/60 de 50 mm. y seis tubos para botes de humo (tres a cada lado de la torreta) y, lo más importante, al igual que su predecesor, el modelo L, el escudo del cañón y la parte superior de la proa habían sido reforzados con el Vorpanzer, una plancha de blindaje extra de 20 mm. de espesor que convertía esas zonas en impenetrables para la munición perforante de hasta 75 mm. a distancias normales de combate. Pero la aportación verdaderamente importante del Vorpanzer es que partía del concepto de blindaje espaciado, o sea, separado unos centímetros del vehículo, lo que impedía que las cada vez más eficaces cargas huecas pudieran penetrar en el interior del mismo con su chorro de gas que lo calcinaba absolutamente todo. Así, la carga detonaba contra el Vorpanzer, pero el chorro de gas era detenido por el blindaje del carro. Con el mismo fin, también era habitual añadirles el Schürzen, unos faldones de 5 mm. de espesor que se colgaban los costados y los laterales y la trasera de la torreta con unos soportes.

Más aún, el Panzer III era una máquina que casi desde sus comienzos había sido dotada de chorraditas de las que carecían otros carros enemigos. Por ejemplo, el piloto contaba con un visor convencional de ranura, pero protegida por un grueso cristal antibalas (fig. A). Si las cosas se ponían verdaderamente chungas y un proyectil o un fragmento de metralla impactaba contra el cristal y lo astillaba, dificultando o impidiendo la visión, el piloto cerraba la mirilla y recurría al Kampfwagen Fahrer Fernrohr 2 (fig. B) o, en plan abreviado, KFF 2 (periscopio para conductor de vehículos de combate), un sistema de prismáticos binoculares sin aumentos que proporcionaban un campo visual de 65º. El KFF 2 son esos dos orificios que se ven sobre el visor normal del piloto y que puede que muchos cuñados se mueran de ganas por saber para qué leches servían. Por lo demás, el Vorpanzer tenía este accesorio en cuenta y estaba recortado de forma que no impedía su uso. Del mismo modo, el ametrallador también tenía un visor de puntería que es el orificio similar que vemos en la rótula donde se instalaba la MG-34 de proa. Se trata del Kugel Zielfernrohr 2 (visor telescópico para rótula) o KZF 2 (fig. C), un visor prismático de 1'8 aumentos con capacidad de graduación de hasta 200 metros. Su campo de visión era de 18º y, al contrario de como tenían que apuntar otros artilleros de proa, no se tenían que guiar por la munición trazadora, sino que podía apuntar con precisión hacia cualquier objetivo. En la figura D vemos el retículo del visor. Por cierto, esto tampoco creo que sea del dominio de sus hermanos políticos, así que no tengan piedad. 

Flammpanzer III en prácticas. Como salta a la vista, la densa
humareda negra delataba su posición ipso-facto
Bien, este modelo es el que continuaría la saga de carros lanzallamas tedescos. El origen del modelo M data de 1942, cuando se decidió cancelar la producción del modelo K y, a cambio, mejorar las prestaciones del modelo L que hemos comentado más arriba. Su precio, sin contar el armamento, ascendía a 96.183 marcos, lo que lo convertía en una máquina bastante asequible. Aquel mismo año, la factoría MIAG, de Braunsweig, envió un centenar de carros desarmados a la Waggonfabrik Wegmann AG de Kassel-Rothenditmold para su conversión en carros lanzallamas y el propósito de enviarlos a cremar hijos del padrecito Iósif en Stalingrado. El proyecto estuvo a punto de irse al garete porque en enero de 1943 y con la industria armera desbordada de trabajo, el bien amado Ministro de Armamento Albert Speer le dijo al ciudadano Adolf que era más que probable que los plazos de entrega y la misma conclusión de los vehículos estaba más que complicada, por no decir cuasi imposible. De hecho, para aquel mismo mes estaba comprometida la entrega de las 20 primeras unidades, seguidas de 45 en febrero y 35 en marzo. Sin embargo, alguien debió apretar las clavijas al personal porque, aunque con un mes de retraso, en febrero se entregaron 65 unidades, o sea, las comprometidas en enero más las del mes en curso, otras 34 en marzo y una más en el mes de abril que se debió quedar despistada.

Para resultar efectivo, un Flammpanzer debía aproximarse a unos
de 40 metros del objetivo, y colijo que los defensores de un bunker
debían decidir que lo mejor era largarse antes de que esa máquina
los calcinase con su lengua de fuego porque las armas de las que
disponían no servían de nada contra el monstruo
Los cambios que experimentó el carro fueron lógicamente notables, sobre todo en el interior ya que su aspecto externo había sido sutilmente disfrazado, ocultando la boquilla del lanzador dentro de un tubo de 150 cm. de largo y 12 de diámetro, lo que lo hacía pasar por su cañón de 50 mm. reglamentario. El armamento secundario, las dos MG-34 coaxial y de proa, permanecieron tal cual con una dotación de 3.750 cartuchos distribuidos en 25 bolsas con cintas de 150 cartuchos perforantes SmK, por lo que además de perforar pellejos de ciudadanos enemigos podía perforar el delgado blindaje de algunos vehículos ligeros. Por cierto que, en vista de que el carro iría petado de mezcla inflamable, aumentaron la provisión de extintores de tres a cinco, dos en el exterior y tres en el interior, aunque colijo que si esa porquería echaba a arder no la apagaba ni todo lo que cayó en el Diluvio de golpe. Por lo demás, la tripulación del casco permaneció inalterable: el piloto y el ametrallador, que además manejaba un aparato de radio Funkgërat 5.

Flammpanzer perteneciente a la 26ª División Acorazada capturado
por los yankees en Italia en 1943. Como podemos apreciar, solo
estando muy cerca se puede ver que no se trata de un carro normal
Obviamente, el cambio radical se efectuó en la torreta, cuyos tres tripulantes desaparecieron para dejar solo al comandante del carro que, además, asumía la misión de manejar el lanzallamas y la ametralladora coaxial. Este se alimentaba mediante dos depósitos de 510 litros situados en la base de la torreta, adaptándose al perfil de la misma para dejar libre el espacio central donde el comandante del carro se situaba para manejarlo. Para ello disponía de una manivela que permitía el movimiento vertical del lanzador de entre -10º y +20º y otra para el giro manual de la torreta, que lógicamente era de 360º. Esto permitía abarcar todo el perímetro alrededor del carro, y no verse limitado, como el caso del Panzer II a 180º o, en el del B2, al mínimo ángulo que le permitía su posición en la barbeta de proa. Además, facilitaba una técnica que ya se comentó en su día, y era rociar de mezcla inflamable el objetivo para no delatar sus intenciones y, a continuación, bastaba una breve llamarada para desencadenar el infierno.

Flammpanzer III agazapado en un bosque. Como vemos, está
equipado con un Schürzen que protege sus costados. La flecha
señala la varilla de puntería, que podemos ver algo mejor en
el detalle. No obstante, con estos chismes tampoco hacía
falta alardear de una precisión prodigiosa
El lanzallamas, instalado por la Koebe, así cómo el sistema de conexión con el depósito, era el mismo del B2. Un pedal liberaba la salida del chorro a través de una boquilla de 14 mm., impulsado por un motor de dos tiempos con una potencia de 28 CV Auto Union ZW1101 fabricado por la DKW y que generaba una presión de entre 15 y 17 atmósferas. El consumo era de 7'8 litros por segundo, y la mezcla se inflamaba mediante bujías incandescentes Smit o, si quieren apabullar a quien ya sabemos, Smitskerzen. Para apuntar, inicialmente se colocó sobre el manguito del falso cañón una chapa en forma de V que, posteriormente, se sustituyó por una varilla con marcaciones que el tirador podía calcular alineándolas con una escala pintada en el cristal del visor frontal de la cúpula. El alcance del chorro era de entre 50 y 60 metros dependiendo de la temperatura del combustible, independientemente de que si las condiciones externas no eran propicias podía ser menor.

En esta foto podemos apreciar el aspecto del chorro ardiente
con toda claridad, si la típica humareda negra
Una vez que las cien unidades fueron entregadas se distribuyeron conforme a una directiva emitida el 25 de enero de 1943 por la que los carros lanzallamas se incorporarían a una división como una Panzer-Abteilung Stabskompanie normal si bien en este caso se les conocía como Panzer-Flamm-Zug. Anteriormente eran agrupados en batallones independientes que eran enviados donde se consideraba oportuno, cumplían su misión y se largaban. Sin embargo, bajo esta nueva distribución las divisiones que lograran hacerse con estos vehículos dispondrían de secciones formadas por siete carros. A principios de mayo se llevó a cabo el reparto de la siguiente forma: 28 unidades fueron destinadas a la 28ª División Grossdeutschland, 15 a la 6ª División Acorazada, 14 a las divisiones acorazadas 1ª, 24ª y 26ª, y 7 unidades a las divisiones acorazadas 14ª y 16ª. Se dejó una unidad para prácticas, y siete de los enviados a la 1ª División Acorazada se retiraron al ejército de reserva el 31 de octubre de 1943, mientras que trece de los asignados a la Grossdeutschland se mandaron a la 11ª División Acorazada entre mayo y junio de aquel mismo año, que había que repartir con equidad y no dejarles por norma el mejor bocado a las élites.

Solo cuando lograban acercarse a su objetivo es cuando estas
máquinas eran absolutamente terroríficas. El problema era
avanzar en un frente donde el enemigo hubiese podido
desplegar carros de combate, porque en ese caso lo tenían crudo
Bueno, criaturas, así se crearon estas peculiares máquinas que, todo hay que decirlo, ni remotamente pudieron cambiar el curso de la guerra ni de nada. De hecho, sus bajas a lo largo de 1943 fue bastante inquietantes, nada menos que 60 unidades entre marzo y diciembre de ese año, cuando aún tenían por delante otro año y medio de guerra y sin posibilidad de reponer la pérdidas. Su actuación en Italia y el Frente Oriental no fue especialmente brillante porque tenían que operar por sistema bajo la protección de otros carros y siempre y cuando el terreno les fuera propicio, y mientras que los alemanes destruían un Sherman o un T-34, sus enemigos construían 50, pero para ellos la pérdida de un Tiger o un Panther ya era motivo de duelo. Por otro lado, con este tipo de armas suele pasar lo mismo: una vez superado el efecto sorpresa, salvo que se disponga de un número muy elevado de ellas para mantener la presión no se tarda mucho en encontrarles los puntos flacos y diezmarlas. Más posibilidades tuvieron los carros lanzallamas yankees en el Pacífico, donde los carros de los honolables guelelos del mikado eran escasos y malos y no eran rivales para los Sherman. En resumen, el Flammpanzer III fue un arma a mi entender demasiado limitada por las condiciones del frente en Europa, y contra enemigos con una capacidad industrial tan abrumadora que hoy día sigue siendo para mí un misterio misterioso cómo no pudieron acabar con el ciudadano Adolf mucho antes. Sea como fuere la última acción donde fueron vistos fue en Budapest, donde la Flamm-Panzer-Kompanie 351 formada por 10 carros actuó desde el 6 de enero hasta el 10 de abril de 1945, momento en el que apenas les quedaban cuatro unidades operativas y una averiada. Las opciones del Flammpanzer III las retrató de forma escueta pero contundente el mismo Guderian: "Reconociendo sus pocas posibilidades de uso, especialmente en el sector meridional del Frente Oriental, el regimiento está utilizando principalmente los Flammpanzer restantes para la guarnición de poblaciones, junto a otros carros armados con cañones". En resumen, acojonar, acojonaban una cosa mala, pero sus resultados no fueron ni remotamente los esperados.

Se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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Dos tripulantes de un Flammpanzer III bicheando en el interior del vehículo. Obsérvese la varilla de puntería sobre el manguito del falso cañón

viernes, 19 de abril de 2019

NEGRILLOS. Las improvisaciones: el Panzer lanzallamas


Uno de los prototipos de PzKpfw I provisto con un lanzallamas de lanza larga. Como podemos imaginar, los hipotéticos
ocupantes de la trinchera sobre la que abre fuego quedarían convertidos en torreznos si previamente no habían puesto
tierra de por medio a toda velocidad

Guastori italiano en acción. Se aprecia perfectamente el traje de amianto
que lo protege de las llamas. En el detalle, un lanciafiamme 1935
Sí, también se pensó que no sería mala idea quitarle a uno de estos chismes sus Dreyse y plantarles un lanzallamas para achicharrar bonitamente milicianos bien atrincherados o protegidos por casamatas, de donde solo se podía sacar al personal tirándoles bombas de mano por las troneras o convirtiéndolas en hornos crematorios de hormigón. En realidad, en este caso no se inventó nada nuevo ya que, como se comentó en su día, los CV-33 fueron los primeros vehículos acorazados en ser equipados con lanzallamas, siendo estrenados contra las "tropas de élite" del rey de reyes en Etiopía y usados en España para corroborar que no solo valían para exterminar ejércitos nutridos por desnutridos ciudadanos melaninos armados con lanzas, sino también contra ciudadanos caucásicos bien pertrechados con armas modernas. De hecho, aunque el tema de los lanzallamas es por lo general bastante desconocido en nuestro conflicto, el inefable Benito proveyó al ejército nacional con una generosa partida de 531 lanciafiamme modelo 1935 como el que vemos en el detalle de la foto de la izquierda. Este artefacto estaba formado por dos depósitos, uno de propelente que contenía 6 litros de nitrógeno y otro de combustible con una capacidad de 11,8 litros a razón de 9 partes de gasoil por 1 de gasolina. Su alcance oscilaba por los 20-23 metros y su autonomía era de 20 segundos. Con los lanzallamas se enviaron además 105 trajes de amianto ya que los guastori (ingenieros de asalto) que los manejaban debían protegerse con ellos más la máscara antigás, aditamentos ambos que eran un coñazo y que limitaban bastante tanto la movilidad como la capacidad visual de sus usuarios. 

Legionarios recargando el depósito de un lanzallamas
siguiendo las indicaciones de un instructor de la
Legión Cóndor, que es el fulano que lleva boina
En las entradas que se han ido dedicando al uso de estos artefactos hemos tenido ocasión de comprobar que el miedo atávico a palmar envuelto en llamas, cosa que debe ser extremadamente desagradable, surte entre las filas enemigas un eficaz efecto psicológico además del más que obvio canguelo por ser alcanzado por un chorro de petróleo inflamado. Nada mejor para despejar de enemigos correosos y renuentes a desalojar sus posiciones como el tufo que desprendían, y por este motivo hacer que empezasen a cuestionarse seriamente la necesidad de mantener sus puestos a ultranza como si de un subsecretario puesto a dedo se tratase. Finalmente, bastaba ver al cuñado más cercano dando alaridos convertido en una antorcha humana para que, de forma unánime, decidieran que lo más sensato era dejar el heroísmo para otro día y largarse de allí cagando leches. En resumidas cuentas, el ejército nacional debió tomar nota de las experiencias de los italianos en Etiopía y los tedescos en el Frente Occidental durante la Gran Guerra porque la cosa es que mostraron bastante interés en obtener lanzallamas que, sin duda, les vendrían de perlas para enviar al paraíso comunista a más de un miliciano recalcitrante. El ciudadano Adolf, más rácano que el inefable Benito, fue bastante menos generoso a la hora de enviar material de este tipo. En total se recibieron 129 lanzallamas, 9 a través de la Legión Cóndor y los 120 restantes suministrados por la empresa HISMA que, como sabemos, se dedicaba a enviar material de forma soterrada al ejército nacional. Los enviados por la Legión Cóndor, 4 Flammenwerfer 35 y 5 modelos pesados de trinchera se entregaron a la Legión para que fueran adiestrados en su manejo en la base de Las Arguijuelas, en Cáceres.

En las fotos de la izquierda podemos ver a dos de los 30 legionarios destinados por el general Varela a la misteriosa base extremeña, donde fueron enviados bajo el mando de uno de sus oficiales para recibir el adiestramiento adecuado por parte del Gruppe Drohne del picajoso Von Thoma. En la imagen superior vemos como dos legionarios avanzan en plan dragón vengativo soltando llamaradas por el campo de maniobras seguidos de cerca por un instructor tedesco. En la foto inferior vemos a ambos personajes más de cerca en una imagen que nos recuerda enormemente a las de la Gran Guerra, cuando las parejas de pioniere alemanes avanzaban por los dédalos de trincheras limpiándolas de enemigos. En este caso, el legionario que empuña la lanza dirige el chorro de fuego hacia una hipotética posición enemiga para freír a sus ocupantes de forma inmisericorde imaginando que son los cuñados que le esperan en retaguardia. Por cierto que el modelo alemán, aunque con una capacidad similar al italiano, pesaba unos 9 kilos más (27 contra 35'8 kg.) si bien su alcance era mayor, entre 25 y 30 metros. El combustible consistía en una porquería llamada Flammöl 19, un compuesto a base de alquitrán y gasolina que hacía la mezcla más densa y, por ello, podía obtener un mayor alcance. 

Bien, con estos datos ya vemos que, aunque el uso del lanzallamas no se prodigó mucho en el conflicto, al menos sí te tuvo conciencia de la importancia de este tipo de armas y, por ello, el ejército nacional se proveyó de una cantidad de unidades nada despreciable y se preocupó de que las mejores tropas de que disponía, la Legión, fueran los encargados de su manejo llegado el caso. Al parecer, la misión principal que se les encomendaría si era necesario sería la de acompañar a las compañías de choque para desalojar posiciones o fortificaciones enemigas. No obstante, no hay constancia de las acciones en las que pudieran haber intervenido. 



Flammenwerfer 35. El depósito pequeño era
para el propelente a base de nitrógeno
Bueno, con esta introducción ya podemos hacernos una idea del tema, así que vamos a lo que vamos, los Panzer lanzallamas. Solo la existencia de testimonios gráficos y algún que otro informe nos permiten conocer la existencia de estos vehículos. Sin embargo, los datos disponibles son tan escasos, cuando no incluso contradictorios, que es prácticamente imposible saber de ellos poco más que, al menos, se modificaron dos PzKpfw I, uno del modelo A y otro del B, y ni siquiera se puede afirmar si llegaron a entrar en combate o se quedaron en meros proyectos. Por no saber, ni siquiera ha llegado a nosotros de quién partió la idea, si fue de un español o de algún tedesco del Gruppe Drohne, o si la fuente de inspiración fue el CV-33 italiano. Según Molina Franco, se recurrió a un modelo A al que se sustituyó una de las ametralladoras por un lanzallamas (se supone que un Flammewerfer 35) colocando el depósito en el interior del vehículo. Afirma que fue usado de forma experimental en la Escuela de Carros de Casarrubuelos, dependiente de la Legión, y que no llegó a entrar en combate. Sin embargo, los testimonios fotográficos dejan claro que hubo dos tipos diferentes.


Imagen del segundo prototipo basado en un PzKpfw I A que, por su situación
en una columna de carros, podría hacernos pensar que forma parte de una
unidad de combate. Sin embargo, no hay constancia documental de que
entraran en acción. Sobre el motor vemos a un augusto cochino que tiene
toda la pinta de convertirse en una suculenta cena para el personal
Otro autor, en este caso Artemio Mortera, asegura que en una época tan temprana como octubre de 1936, o sea, recién llegados a España, ya se habían modificados dos PzKpfw I adaptándoles un Flammenwerfer 35, pero sin especificar qué versión de carro aunque por la época tenían que pertenecer a la primera remesa de 38 unidades del modelo A llegados a Sevilla el 7 de ese mismo mes. Francamente, dudo que se acometiese esa modificación usando dos carros en aquel momento siendo mucho más necesarios para otros menesteres que para probarlos como lanzallamas. Lo lógico a mi entender es que, en todo caso, se hubiese empleado uno y en vista de los resultados decidir si se modificaba alguno más. Sea como fuere, estos vehículos los localiza en Las Arguijuelas, lo que sí casa con la ubicación del primer contingente de PzKpfw I recibidos, como ya se explicó en su momento pero, como en el caso anterior, menciona la modificación partiendo de un solo modelo cuando sabemos que fueron uno del A y otro del B, estos últimos llegados en noviembre, o sea, después de la fecha que menciona Mortera. Así pues, y en vista de la confusión y las contradicciones existentes, nos limitaremos a dar cuenta de los detalles de los dos carros que conocemos en base a las escasas imágenes que tenemos de ellos.


Por las fotos disponibles sabemos que uno de ellos, concretamente el modelo B, estaba equipado con un lanzallamas provisto de una lanza corta, tal como vemos en la imagen de la derecha. Para protegerla de los disparos enemigos se colocó un protector blindado con perforaciones en la parte inferior y superior para evitar recalentamientos y se anuló la ametralladora de la tronera izquierda, posiblemente para impedir que al cortarse el chorro de combustible la dañase. Además, al escaso alcance de estos lanzallamas hay que añadir que cuando el propelente empezaba a agotarse perdía presión, por lo que dicho alcance disminuía de forma progresiva y, por ende, llegaría un momento en que las llamaradas finales se cortarían peligrosamente cerca de la torreta. Con el viento de cara podría incluso penetrar en el interior de la misma. De ahí tal vez que, como vemos, la tronera fue soldada. Lo curioso es que los dos personajes que se ven trapicheando en la torreta son miembros del Gruppe Drohne, así que igual fue una idea de los tedescos y por eso nadie protestó en esta ocasión del agujero que quedaba vacío en la tronera mientras que no pararon de dar la murga por la ventanita de puntería del Panzer Breda que, como sabemos, sí fue una idea española. En la foto inferior vemos ese mismo vehículo haciendo prácticas, y se aprecia el escaso alcance del chorro de fuego.


La escasa longitud del lanzador fue posiblemente el motivo por el que se desarrolló el otro prototipo con una lanza larga, en esta ocasión en el modelo A que mostramos anteriormente y que podemos ver en la foto de la izquierda en plena acción en un campo de pruebas. La lanza larga permitía conservar la ametralladora izquierda, lo que obviamente mejoraba las prestaciones del vehículo al poder emplear un arma u otra según las necesidades del momento. Su uso táctico sería más básico que la sesera mononeuronal de un político: el lanzallamas desalojaba al enemigo de casamatas y/o trincheras, y los que no quedaban convertidos en momias carbonizadas serían exterminados bonitamente con la ametralladora. 


Sin embargo, la escasa autonomía del lanzallamas que llevaban a bordo limitaba mucho la capacidad de acción de este ingenio. El reducido espacio interior no permitía almacenar un depósito de más tamaño, y la recarga del mismo no era cuestión de dos minutos ya que, además del combustible, había que reponer el propelente con el añadido de que la carga debía tener una presión determinada para obtener un rendimiento adecuado. En resumen, que su intervención se limitaría a soltar una media de ocho o diez descargas de dos segundos de duración y se acabó lo que se daba. El modelo que conservaba una ametralladora podría seguir en combate, pero el otro no tenía más opción que dar media vuelta y retornar a sus líneas a recargar. En fin, que aquel chisme no era ninguna maravilla. En las láminas de la derecha podemos ver de forma más clara el aspecto de los dos prototipos. Imagino que para el conductor sería bastante molesto tener que manejar el carro mientras soltaba sus chorros de fuego a pesar de contar con la protección de los cristales blindados del visor frontal. 


PzKpfw I A en acción contra las defensas que rodeaban el perímetro de
Tobruk en 1941
Y prácticamente nada más se sabe sobre estas dos máquinas. De la misma forma que aparecieron sin que se tenga noticia de sus orígenes, a finales de 1937 pasaron a ser historia. No obstante, parece ser que los tedescos tomaron buena nota de las experiencias obtenidas con ellos, porque en un informe enviado a Berlín con fecha 30 de marzo de 1939, apenas dos días antes de que Franco emitiese su lacónico comunicado informando de que la fiesta había terminado, se daba cumplida cuenta de la posibilidad de instalar un lanzallamas en la tronera derecha de la torreta conservando la ametralladora de la izquierda. Así mismo, se insistía en la importancia de que se pudiera obtener un alcance mayor para ofender a más distancia al enemigo sin que este pudiera permanecer peligrosamente cerca del carro y dejarlo fuera de combate. Y ciertamente no relegaron al olvido las experiencias del Gruppe Drohne, porque la 5 Leichte División que servía en el Afrikakorps hizo precisamente lo que ya se había probado en España, acoplar un Flammenwerfer 35 en las torretas de varios PzKpfw I A para desalojar las fortificaciones de los british (Dios maldiga a Nelson) en Tobruk, naciendo así una saga de carros lanzallamas tedescos que dieron guerra toda la ídem. No sabremos si la idea fue española y los hombres de Von Thoma se limitaron a dejar constancia del invento o si, como podría sugerir la foto en la que aparecen dos de ellos instalando el lanzallamas en la torreta del primer prototipo, fue una ocurrencia de los alemanes precisamente para desalojar posiciones en un terreno especialmente escarpado como el hispano. Sea como fuere, lo cierto es que la experiencia del Gruppe Drohne en España dejó huella en ese sentido.


Teniente y legionär ante los PzKpfw I del Gruppe Drohne. La experiencia
aportada por sus miembros resultó de una importancia vital para el ejército
alemán de la misma forma que los pilotos de la Legión Cóndor adquirieron
y desarrollaron técnicas de combate que permitieron a la Luftwaffe hacerse
los amos del cotarro hasta que la superioridad aérea aliada pudo más que
su veteranía.
Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. A lo largo de estas entradas hemos podido conocer desde la gestación hasta el parto y los primeros pasos de estas criaturillas metálicas. Como ya comentamos en su momento, su vida operativa en España se alargó hasta los años 50 cuando, con la llegada de material yankee, se pudieron dar de baja tanto los Negrillos y sus versiones de mando como los PzKpfw IV, además de los Sturmgeschütz III G y los T-26 rusos que se mantuvieron operativos tras el final de la contienda. Todas estas máquinas fueron la semilla de la futura arma acorazada española, y de las experiencias obtenidas durante el conflicto civil se pudo cambiar de cabo a rabo el concepto táctico del carro de combate para guerras futuras. Bueno, de un futuro inmediato, porque apenas cinco meses más tarde el ciudadano Adolf desencadenó el mayor conflicto jamás conocido en el que sorprendió a propios y extraños gracias a las novedosas doctrinas del ejército alemán y al empleo táctico propugnado por Guderian, que les permitió aplastar literalmente a todos los ejércitos que les hicieron frente durante el comienzo de la guerra. En cuanto a la aportación del padrecito Iósif, ya hablaremos de ella en su momento porque también permitió marcar un antes y un después en muchos aspectos.

Ah, por cierto, al cansino de Von Thoma lo despacharon de vuelta a casa con una Medalla Militar Individual nada menos, y eso que no entró en combate durante su estancia en España. Es la segunda condecoración más importante que se puede obtener, solo superada por la Cruz Laureada de San Fernando, de modo que no se pudo quejar del trato recibido. 

Y colorín colorado, esta historia se ha terminado.

Hale, he dicho

Monografía completa pinchando exactamente aquí: AQUÍ


Naturalmente, los pequeños Negrillos tuvieron que pagar un elevado precio por su escasa protección cuando se tuvieron
que enfrentar con enemigos mucho más poderosos. La foto nos muestra uno de ellos puesto fuera de combate por un T-26
en la Casa de Campo, en Madrid. Otros muchos sufrieron un destino similar

sábado, 20 de junio de 2015

El primer carro lanzallamas




Apostaría mis regias barbas a que al leer el título de la entrada más de uno daba por sentado que, como no, el primer carro lanzallamas era alemán. Pues no, nada de alemán. Para asombro de vuecedes, fue un invento de los italianos, unos sujetos que desde la caída de su imperio no han dado mucho que hablar militarmente hablando. Sin embargo, en este caso fueron los primeros en poner en liza un vehículo acorazado provisto de calcinadores portátiles, idea esta que, está de más decirlo, copiaron rápidamente los tedescos si bien de sus inventos ya tocará hablar en mejor ocasión. Hoy se merece una entrada para él solito el pequeño CV-33 que inauguró esta adaptación de una de las armas más terroríficas que han entrado en combate hasta nuestros días: los lanzallamas. Bueno, al grano...

Limpiando una trinchera enemiga
Según vimos en la entrada dedicada a estas armas, los lanzallamas se mostraron especialmente eficaces a la hora de desincrustar a los enemigos de sus fortificaciones a las que se agarraban como garrapata en pellejo perruno. Al ser prácticamente invulnerables al armamento convencional, solo restaba hacerles ver que, o salían echando leches de sus refugios, o serían bonitamente cremados a base de rociadas de gasofa ardiente. Obviamente, los portadores de los lanzallamas corrían sus riesgos ya que los enemigos no se quedaban embobados esperando a que los convirtiesen en torreznos, y el nivel de exposición que debían sufrir para alcanzar las angostas troneras de las casamatas era muy elevado, y muchos de ellos palmaron como héroes acribillados a tiros o volados en pedazos en plena acción a base de granadas de mano .

Benito, en pleno éxtasis místico, discursea a las tropas
encaramado en un CV-33 adoptando una de sus
características poses heroicas durante
la campaña de Etiopía
Tras los felices 20 y con la llegada de la década de los 30, mientras que los germanos rumiaban mil venganzas bíblicas por la humillación sufrida tras su derrota en 1918, los únicos europeos que andaban metidos en fregados internacionales eran los italianos los cuales, guiados por el inefable duce, pretendían hacer ver al mundo que resurgían de sus cenizas y que una nueva era imperial se estaba gestando. Para ello, qué mejor que invadir un país birrioso con un ejército del neolítico como era el de Etiopía, al cual arrollaron en una campaña de siete meses que abarcó desde octubre de 1935 a mayo del año siguiente. Y en este contexto es donde se desarrolló el invento en cuestión aprovechando un pequeño carro de asalto cuyas características veremos a continuación.

Carden Loyd Mk. VI
En 1929, el Regio Esercito adquirió veinticinco vehículos acorazados ligeros Carden Loyd Mk. VI para su evaluación. Eran lo que se suele denominar vulgarmente como "tanquetas", o sea, unos pequeños blindados provistos de armamento ligero destinados a la exploración y reconocimiento o a llevar a cabo avances fulgurantes con el apoyo de la infantería, rompiendo las líneas enemigas e infiltrándose entre las mismas aprovechando su velocidad y la mínima defensa que proporcionaba a su tripulación el blindaje del vehículo, capaz de detener solo el fuego de armas ligeras como fusiles o ametralladoras. Básicamente, era el mismo concepto que se había mostrado tan eficaz en la Gran Guerra, cuando las oleadas de pequeños Renault FT lograban colarse entre las posiciones alemanas seguidos de su infantería.

CV-33 versión II
El Carden Loyd fue adoptado por el ejército italiano bajo la denominación de CV-29, o sea, Carro Veloce modelo 29. No obstante, inspirados en el diseño británico se encargó a la Fiat y a la Ansaldo la creación de un vehículo similar pero de producción nacional a fin de no depender de suministros foráneos. Al fin y al cabo, una de las obsesiones de Benito era implantar una autarquía que permitiera a Italia auto-suministrarse de todo lo habido y por haber. En 1933 vio la luz la criatura, la cual recibió la denominación de CV-33; su precio era de 89.980 liras de la época. Básicamente, este chisme estaba diseñado bajo los mismos conceptos que el Carden Loyd: motor trasero y una cámara central donde iban el conductor y el jefe de carro-tirador. En la parte delantera se ubicaba la transmisión del motor ya que la rueda tractora iba en esa parte del carro. No obstante, mientras que la cámara de combate del modelo británico iba abierta por el techo, la del vehículo italiano estaba provista de escotillas que mejoraban la seguridad de sus tripulantes. Es obvio que debía resultar enormemente desagradable ver caer en el interior del mismo una granada enemiga, por lo que el aditamento fue muy bienvenido. 

CV-33 versión I armados con una sola ametralladora
Inicialmente, el CV-33 iba armado con una ametralladora Fiat mod. 14 de 6,4 mm. en la versión I, y con dos máquinas gemelas de la misma marca modelo 35 de 8 mm. en la versión II. El blindaje era más que suficiente para protegerse del armamento ligero enemigo: 13,5 mm. en las partes frontales y 8,5 en las laterales. Dicho blindaje lo conformaban planchas remachadas a un armazón. El peso en orden de combate era de 3.400 kg. que eran movidos por un motor Fiat de 4 cilindros y 43 CV de potencia, lo que le permitía circular a unos 40 km/h. por carretera y a unos 15 km/h. campo a través. Su depósito de combustible tenía una capacidad de 67 litros, lo que le daba una autonomía de 120 km. aproximadamente dependiendo del terreno. Gastaba una burrada, pero la gasofa no estaba tan cara en aquellos tiempos. 

En plena acción
En 1935 fue cuando se ideó el acoplarle un lanzallamas a un carro de la versión II sustituyendo la ametralladora del lado exterior por la boca del mismo. De ese modo, el carro mantenía una buena capacidad ofensiva con la máquina que le quedaba, y tenía la posibilidad de expulsar a los enemigos resguardados en fortificaciones sin tener que exponerse al fuego de los mismos. Para identificar esta versión se le añadieron las letras LF (lanciafiamme). Su estreno tuvo lugar el 17 de abril de 1936 en Etiopía, logrando un demoledor efecto psicológico contra las tropas del rey de reyes si bien para eso tampoco hacían falta muchas virguerías ya que muchos de ellos iban a combatir con lanzas.

CV-33 LF
La primera versión iba provista de un depósito de 520 litros de capacidad colocado en un remolque. El contenido era de un 70% de petróleo y un 30% de aceite a fin de aumentar la viscosidad de la mezcla, la cual era lanzada mediante una bomba conectada al motor del vehículo y que le proporcionaba un alcance de unos 60 metros en condiciones óptimas, o sea, sin viento en contra y con el vehículo detenido. La autonomía del depósito daba para unos dos minutos y medio de fuego, lo que se traduciría en 75 ráfagas de 2 segundos, duración esta que era la habitual cuando se manejaban estos chismes.

La imagen muestra un CV-33 LF equipado con un depósito
de una capacidad evidentemente superior a 60 litros, quizás
producto de una modificación posterior para aumentar su
autonomía de fuego durante la Segunda Guerra Mundial
El remolque, con un peso total de 830 kg., iba provisto de dos ruedas impinchables de goma maciza y de una manguera corrugada- necesaria para que la aspiración de la bomba no la aplastase- que conducía la mezcla inflamable a la boca de fuego, la cual se iniciaba mediante tres bujías colocadas en la boquilla. Estaba blindado con chapas de 8,5 mm. de espesor. Sin embargo, el remolque limitaba mucho la maniobrabilidad del vehículo ya que le restaba capacidad de vadeo de trincheras y de franqueo de obstáculos verticales, así como una notable disminución del radio de giro. Por otro lado, en caso de tener que combatir en terrenos abruptos se podía convertir en una verdadera rémora por lo que se diseñó un depósito en forma de bidón con una capacidad de 60 litros que se colocaba justo detrás de la cámara de combate por si era necesario sustituir el remolque según vemos en la foto superior. Obviamente, la autonomía de fuego se veía enormemente reducida en este caso. 

Al parecer, según la obra "Blindados italianos en el ejército de Franco", la idea de eliminar el remolque en favor del bidón surgió durante la guerra civil española, posiblemente por lo complicado del terreno en el que se tenían que desenvolver estos carros, muy distinto al que habían conocido durante la guerra de Etiopía. Así pues, en diciembre de 1938 se cursó una petición a la fábrica de artillería de Trubia para la construcción de ocho de estos depósitos. Posteriormente se fabricaron unos tanques prismáticos menos voluminosos y que sobresalían menos del vehículo a fin de no romper la baja silueta del mismo, los cuales tenían la misma capacidad e iban ubicados en el mismo sitio según vemos en la imagen de arriba. Aunque la significativa reducción de autonomía del lanzallamas era un inconveniente, esta solución se acabó imponiendo al pesado y engorroso remolque.

CV-33 LF en acción durante la guerra civil española
tripulado por dos miembros del CTV
A pesar de sus muchas limitaciones, el CV-33 LF fue el germen que sirvió de inspiración a los modelos de carros lanzallamas creados por alemanes, ingleses y norteamericanos los cuales fueron de una importancia vital para desalojar las fortificaciones de la Línea Maginot, la Muralla del Atlántico y la Línea Sigfrido y los laberintos de túneles y fortificaciones japonesas de las islas del Pacífico respectivamente. En España, el CV-33 LF estuvo presente desde los primeros momentos del conflicto ya que en octubre de 1936 llegaron tres unidades que formaron una sección de carros lanzallamas agregada a la compañía al mando del capitán Vidal-Cuadras, la cual actuó en el sector de Navalcarnero, en el frente de Madrid. Ya en la Segunda Guerra Mundial sirvieron en el norte de África y en los Balcanes principalmente, si bien para aquella época era un vehículo totalmente obsoleto y presa fácil de las armas contra-carro de la infantería enemiga, por no hablar de los carros de combate en uso en aquel momento. En todo caso, al menos sirvieron de ejemplo a seguir, que ya es bastante. De hecho, en un conflicto como el de Vietnam, en el que los yankees pusieron en juego lo más sofisticado de su carísimo y avanzado arsenal, aún se mantenía vigente el concepto de carro lanzallamas.

Bueno, no creo que olvide nada relevante, así que vale por hoy.

Hale, he dicho

La ilustración muestra un CV-33 LF en pleno proceso de repostaje. Como vemos, el remolque tenía en su parte trasera
una tapa blindada tras la que se encontraba una manivela y una goma para bombear el combustible al depósito. En
la parte delantera se aprecia el tubo que conectaba el remolque con la bomba que llevaba la mezcla incendiaria hasta
la boca de fuego.