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domingo, 13 de diciembre de 2020

TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 2ª parte

 

Defensores chinos lanzando un proyectil incendiario
mediante un pào chē. Por la distribución de los lanzadores
podemos hacernos una idea de que las cifras de los mismos
narradas en las crónicas eran bastante exageradas

Bien, prosigamos con la cosa fundibularia...

Como ya sabemos, los plobos guelelos del Celeste Impelio fueron los primeros en estrenar estas máquinas a las que dieron diseños de diversos tipos, desde el ligero torbellino a modelos más pesados como el tigre agazapado o las variantes móviles emplazadas sobre armazones rodantes. La difusión del fundíbulo comenzó por obra y gracia de los mongoles, unos sujetos sumamente aguerridos que, aunque habituados a combatir en campo abierto, cuando llegó la hora de asediar ciudades no tuvieron problemas para adaptarse y emplear la tormentaria usada por sus enemigos. De hecho, alcanzaron tal pericia en su manejo que no tardaron mucho en convertirse en consumados maestros, hasta el extremo de que los habitantes de las poblaciones que tenían noticia de la proximidad de un ejército mongol o, simplemente, sospechaban que podían ser objeto de un asedio, salían en tromba a talar todos los árboles en un radio de 6 u 8 km., así como retirar cualquier piedra susceptible de convertirse en un proyectil para sus máquinas. Y al parecer esta táctica tuvo sus resultados ya que hay constancia de que los mongoles se vieron en la necesidad de usar bolas fabricadas con madera de morera empapada en agua para endurecerlas ante la falta de cualquier pedrusco decente. También empleaban bolas de barro cocido para que, en caso de fallar, impactaran contra el suelo y se rompieran en pedazos, impidiendo así que el enemigo las usara contra ellos. Astutos, ¿que no?

La situación inversa: los mongoles atacan la ciudad de Kiev
con un artefacto similar al de la ilustración anterior. Mientras los
defensores procuraban neutralizar las máquinas enemigas, los
atacantes intentaban minar las defensas del castillo matando a
la guarnición y destruyendo sus dependencias interiores

¿Que por qué motivo se dedicaban a talar cualquier árbol medianamente decente? Porque el fundíbulo tenía una notable ventaja sobre la compleja maquinaria de torsión usada por griegos y, posteriormente, romanos, y consistía en algo tan simple como el hecho de no precisar de madera con determinados niveles de secado para fabricarla. Como ya vimos en los artículos dedicados a la tormentaria de torsión, estas máquinas eran sumamente complejas de fabricar, teniendo que considerar de forma muy meticulosa las dimensiones de cada pieza y, sobre todo, el secado de las mismas para impedir que la enorme tensión que debían soportar no las doblase o las partiese. Más aún, como vimos en la entrada anterior, en caso de usarse bambú era preferible que estuviera verde, y el hecho de no requerir un secado previo facilitaba tanto su fabricación como su transporte, que en el caso del fundíbulo de tracción podía obviarse si se construían in situ. Así, del mismo modo que las balistas, cheirobalistras, escorpiones y onagros se llevaban de un sitio a otro desmontados y necesitaban una serie de manipulaciones previas a su emplazamiento y puesta en marcha, para fabricar un fundíbulo bastaban unos cuantos troncos de bambú o, caso de usar madera normal, cortarla, desbastarla y formar el armazón uniendo las piezas con clavos o cuerdas ya que en este caso no había que soportar tensiones ni nada semejante, solo su propio peso. Lo único que debían llevar previsto era la honda y el gancho de hierro que se colocaba en el extremo de la viga. Por eso eliminaban la arboleda susceptible de ser usada para fabricar máquinas de este tipo, y en caso de no llevar en el tren de bagajes varias de ellas previstas los sitiadores lo tenían chungo.

Tropas mongolas asediando una ciudad china. A la izquierda vemos
un fundíbulo

Por lo demás, los mongoles no se devanaron los sesos creando nuevos modelos, ni siquiera perfeccionando los creados por los chinos. Se limitaron a copiarlos de cabo a rabo ya que, para el uso que les daban, eran perfectamente válidos. Básicamente, su empleo táctico consistía en emplazar ante una muralla una batería compuesta por varios fundíbulos- hay constancia de haber usado hasta 30 de ellos-, e iniciar un bombardeo de saturación contra los defensores que se movían por los adarves y las dependencias interiores. Como respuesta, la guarnición hacía lo propio, llegando a construir plataformas en las murallas para hostigar las máquinas de los enemigos de forma que se podría hablar de un "fuego de contrabatería" en toda regla, lanzándose mutuamente tanto bolaños como vasijas incendiarias. Al parecer, la precisión que tanto unos como otros alcanzaban con sus máquinas llegaba al extremo de apuntar y destruir objetivos concretos. O sea, que no se trataba de enterrar en piedras al enemigo, sino en acertar en blancos previamente seleccionados que podían ser incluso mandamases que eran identificados por su indumentaria o lo engalanados que se presentaban en el combate.

Un ejemplo conocido de este nivel de precisión es el del asedio a la ciudad coreana de Pak So, cuando un bolaño pasó muy cerca del general Kim Kyong-son chafando a varios de sus acompañantes. El general, que presenciaba el bombardeo en plan asiático, o sea, sentado en un catrecillo de campaña totalmente impávido e hierático, vio como el proyectil enemigo casi lo deja en el sitio, acertando en los guardias que lo escoltaban. Cuando le sugirieron que mejor se quitaba de en medio, Kyong-son replicó que "eso sería lo correcto pero, si me muevo, los corazones de todos los soldados también se moverán". Le echó valor, las cosas como son. En cualquier caso, ya vemos que los torbellinos eran pequeñajos pero sumamente matones, y el sereno valor de Kyong-son no valió para impedir que los mongoles se apoderasen finalmente de toda la península de Corea en 1273, que fue usada como trampolín para su siguiente conquista: Japón.

Pero los honolables guelelos del mikado ya conocían estas máquinas, precisamente de las visitas que llevaron a cabo a la sufrida Corea allá por el siglo VII, posiblemente las que vimos en la entrada anterior descrita por Mozi (ilustración de la izquierda). Sin embargo, parece ser que en aquella ocasión no le dieron importancia a los fundíbulos por la sencilla razón de que sus tácticas de asedio se basaban ante todo en el bloqueo y el asalto, cortando posibles fuentes de suministro de agua o lanzando proyectiles incendiarios con grandes ballestas. Obviamente, tanto en Corea como entre los conflictos entre daimyo en el Japón las tropas niponas no tuvieron ocasión de comprobar la efectividad de los fundíbulos porque eran los atacantes, ergo se ceñían a sus tácticas habituales. Pero los intentos de invasión por parte de los mongoles durante el último cuarto del siglo XIII mostraron a los honolables guelelos del mikado que aquellas máquinas eran dignas de ser tenidas en cuenta ya que, antes incluso de desembarcar, los bombardearon con proyectiles explosivos a base de pólvora lanzados desde las mismas naves.

Nave de la dinastía Song armada con un fundíbulo. Con barcos
muy semejantes llevarían a cabo los mongoles la invasión a Japón,
donde usaron las máquinas para atacar a los defensores desde los
mismos barcos

Con todo, las crónicas de la época no manifiestan de forma incuestionable cómo y de qué forma hicieron uso los japoneses de estas máquinas ya que, aunque en muchas de ellas se cita la muerte de enemigos mediante piedras, no se especifica qué tipo de artefacto las lanzó, pudiendo referirse incluso a pedruscos arrojados a mano desde lo alto de una muralla que acertaron a algunos de los atacantes y les reventaron la cabeza como un huevo. La primera noticia donde no caben dudas al respecto nos llega de una época bastante tardía ya que data de la Guerra de Onin, concretamente del año 1468, cuando en otras partes del mundo la artillería pirobalística casi se había adueñado de los arsenales militares. Al parecer, el fundíbulo no fue tomado de los mongoles, sino que procedía del comercio entre Japón y China, es decir fue en realidad introducido por artesanos que los habían visto en el continente durante sus viajes de trabajo para la venta de armas a los plobos guelelos del Celeste Impelio.

La citada referencia aparece en el Hezikan Nichiroku, una especie de diario que llevaba un monje zen llamado Unzen Taigyoku que igual te hablaba de armamento que de formas de componer ramos de flores chulos o de preparar el té como Buda manda. En uno de sus apuntes del año arriba mencionado cita a un artesano natural de la provincia de Yamato que construyó una máquina para lanzar piedras denominada hassekiboku. El artefacto en cuestión podía lanzar piedras de 12 kin de peso (7,2 kg.) a una distancia de 300 pasos, lo que demostraría que, como en el caso de los fundíbulos chinos, su uso era ante todo antipersonal. Por desgracia, el monje solo dejó constancia de la máquina y su nombre, pero no nos legó un dibujito para poder conocer su aspecto, así como alguna descripción de la misma. De hecho, no hay ningún testimonio gráfico de los fundíbulos de tracción usados por los japoneses, si bien lo más lógico es que fuesen copias más o menos exactas de los usados por los chinos. Eso de copiarse unos a otros creo que lo inventaron los orientales.

Esquema de una bomba de trueno que nos muestra su composición.
Este modelo en concreto era de mayor tamaño, por lo que a la caña
de bambú se le añadían un asa y una rueda para facilitar su transporte

Y a igual que chinos y mongoles, los honolables guelelos del mikado hicieron uso en cantidad de proyectiles explosivos denominados pi-li-pao, que viene a querer decir bomba de trueno. Estos proyectiles ya se empleaban en el siglo XI lanzados por grandes ballestas si bien se pudo comprobar que funcionaban estupendamente con los fundíbulos. Como podemos ver en la ilustración, constaban de una caña de bambú con una longitud que comprendiese dos o tres nudos y unos 4 cm. de diámetro en cuyo interior se colocaba una mecha que asomaba por un orificio en el centro de la caña para transmitir el fuego a la substancia explosiva. Esta consistía en una mezcla de fragmentos de porcelana y entre 1,3 y 1,8 kilos de pólvora que eran empaquetados alrededor de la caña a base de capas de papel hasta formar una bola. Finalmente, se aplicaba al envoltorio una capa de pólvora mezclada con alguna substancia adherente para que al explotar creara una bola de fuego que provocase el pánico entre los enemigos mientras que sembraban alrededor su peculiar metralla. Sus efectos eran básicamente los de un metrallero, y los fragmentos de porcelana, afilados como cuchillas de afeitar, debían producir unas heridas bastante chungas. Cualquiera que se haya cortado con el borde de una taza rota sabrá en seguida de qué va la cosa porque los cortes tan limpios sangran una cosa mala y, además, es muy complicado cortar la hemorragia como no sea suturando de inmediato.

Aguerridas ciudadanas niponas ayudando a sus maromos a repeler
el asalto enemigo. Como vemos, las bravas hembras tolosanas que
escabecharon al fiero Montfort tuvieron su contrapartida oriental
Así pues, este tipo de proyectil era especialmente útil si era usado por los defensores de un castillo ya que, lanzados contra formaciones de atacantes, sus efectos serían contundentes, y provocarían un número de bajas nada despreciable. Por lo demás, hay constancia de que se recurría a mujeres y jovencitos para manejar los fundíbulos en caso de asedio, colaborando así en la defensa y permitiendo que los hombres de las dotaciones se sumaran a sus compañeros para rechazar a los asaltantes o para mantenerlos a raya con arcos o arcabuces. Obviamente, el impulso que lograban era inferior al obtenido por los hombres, logrando alcances de solo un tercio sobre los 300 pasos mencionados anteriormente, pero considerando las distancias a las que se situaban los atacantes eran suficientes para liquidarlos de una pedrada o llevarse a varios de ellos por delante con una de sus eficaces bombas de trueno. Por lo demás, a pesar de que inicialmente los japoneses no mostraron especial interés por los fundíbulos de tracción, fue el país dónde más tiempo estuvieron en uso debido ante todo a la escasez de artillería. La última noticia acerca de estas máquinas aparece en el asedio al castillo de Osaka en 1614.

Sin embargo, en la expansión de estas máquinas hacia Occidente no estuvieron involucrados ni los mongoles, a pesar de sus intentos por extenderse hacia Europa, ni mucho menos los japoneses, que preferían quedarse encerrados en sus islas degollándose mutuamente sin que nadie les molestase. Pero de eso hablaremos en la tercera parte, así que toca esperar un poco para saber el final de la historia.

Hale, he dicho

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TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 1ª parte


Una muy optimista recreación de una batería de fundíbulos ya que limitan el número de tiradores a apenas dos hombres, y según vemos los pedruscos que aparecen a la derecha de la imagen no creo que los pudieran lanzar a más de medio metro. No obstante, la apariencia de las máquinas está muy lograda y nos permite ver de forma muy realista su manejo. Como vemos, y según comentamos en la entrada anterior, la tracción vertical limitaba en gran forma las prestaciones de la máquina ya que había un tope que no se podía traspasar: el puñetero suelo

sábado, 21 de noviembre de 2020

TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 1ª parte

 

Recreación del fundíbulo con el que las bravas hembras tolosanas mandaron al puñetero infierno al desmedido Simón de Montfort, cuando le acertaron de lleno con un bolaño que le reventó la cabeza como un huevo durante el férreo asedio mediante el que pretendía apoderarse de la ciudad

Como ya saben, de vez en cuando doy un repasillo en busca de artículos que deban ser actualizados, y el referente a los fundíbulos, trabucos o trabuquetes (de los nombres ya hablaremos más despacio en su momento) es uno de ellos. Estudiamos estos chismes hace ya nada menos que casi un... decenio...😭(carajo, el enemigo inexorable y tal...). Sí, criaturillas, casi un decenio. Concretamente, nueve años y medio. De verdad, estas cosas me dejan el ánimo más mustio que un político obligado a dimitir tras descubrírsele diez casos de acoso sessuá, cuarenta y ocho untadas de mano, dieciséis maletines de arcano contenido y 813 mariscadas que le han puesto el ácido úrico a niveles estratosféricos. En fin, así son las cosas, queramos o no. Bueno, a lo que vamos...

Mozi (c. 468 a.C. - c. 391 a.C.) ilustrando a sus discípulos

Mientras que en el mundo antiguo la tormentaria dedicada al lanzamiento de proyectiles, ya fueran dardos o piedras, se basaba en máquinas de torsión, los plobos guelelos del Celeste Impelio optaron por algo mucho más simple, sin mecanismos de ningún tipo y muy fácil de construir basado en el brazo de palanca. Como vimos en su momento, las BALLISTAS y sus derivadas eran unos artefactos increíblemente complejos, que requerían de meticulosos cálculos en las dimensiones de sus piezas para obtener, no ya un rendimiento adecuado, sino simplemente que funcionasen. Sin embargo, los ingenios diseñados en la remotísima China eran de una simplicidad tan pasmosa que cualquier cuñado podría fabricar uno sin apenas desgastar su sesera mononeuronal. La primera referencia de estos artefactos aparecen en el Mozi, un texto datado hacia el siglo V a.C. que contiene un compendio de temas bastante variopintos, desde cuestiones meramente filosóficas o didácticas a estrategia, fortificación y maquinaria de guerra. El Mozi, cuyo autor era un filósofo del mismo nombre, no indica que fuese él mismo quién inventó el ingenio que nos ocupa, sino simplemente se limita a detallarlo por lo que la paternidad del chisme en cuestión es un misterio misterioso.

La descripción que Mozi nos legó detalla un armazón cuadrangular de unos 4 metros de alto, de los cuales alrededor de 1,2 metros eran enterrados en el suelo para afianzar la máquina e impedir que se moviera cada vez que era disparada. El brazo o viga estaba formado por un haz de cañas de bambú de unos 10 metros unidos por cuerdas, y giraba con la ayuda de dos ruedas de carro y un eje sustentado por el armazón. De la longitud total de la viga, ¾ de la misma estaban por delante del eje mientras que el cuarto restante estaba por detrás y era donde se encontraban las sogas de las que la dotación de la máquina tiraba. En el otro extremo se colocaba una honda de unos 80 cm. de largo que acogería el proyectil, un bolaño o una vasija con alguna porquería incendiaria de las que los chinos tanto sabían. Veamos una recreación de la misma de mi autoría en base a la descripción del ingenio en cuestión.

Como podemos ver, se trata de una estructura bastante básica, formada por maderos o troncos que servían de soporte al corazón del invento: la viga. Suponemos que las ruedas eran usadas para servir de sostén al haz de cañas, donde estarían sólidamente unidas con cuerdas ya que, como sabemos, estas no podían ser perforadas so pena de perder su resistencia. Usando dos ruedas, una a cada lado, la robustez del conjunto permitiría darle un uso constante sin tener que andar con reparaciones o desajustes continuos. En el extremo vemos la honda, cuyo lazo sería enganchado en la muesca que se aprecia al final del haz, mientras que en el lado opuesto se colocarían tantas sogas como hombres dotaban la máquina que, por cierto, recibía el nombre genérico de pào, que viene a querer decir "arma". Este modelo sería, por decirlo de algún modo, la base sobre el que se crearon posteriormente diversas variantes según el uso que se les quería dar.

El tipo más básico era el llamado torbellino o xuànfēng pào, una máquina ligera que constaba de un poste clavado en el suelo y que tenía en su parte superior un soporte en forma de H que podía girar 360º sobre dicho poste, por lo que no estaba obligado a cambiar de posición cada vez que era necesario apuntar a un objetivo distinto. Como podemos ver en la ilustración de la derecha, procedente de un tratado militar titulado Wŭ jīng zŏng yào (c. 1040), su viga consistía en una única caña de bambú que, en vez de recurrir a las ruedas para sujetarla al armazón como hemos visto en el descrito por Mozi, atravesaba un cilindro de madera que a su vez actuaba como eje. Una viga formada por una sola caña nos hace suponer que estaba destinada a batir blancos pequeños, o sea, al personal que correteaba por los adarves de las fortificaciones o, gracias a su trayectoria parabólica, a introducir en el interior pequeñas vasijas incendiarias para ir ablandando la moral de los defensores. El torbellino debía alcanzar una cadencia de tiro bastante alta. Sus proyectiles, de poco peso, solo requerían que el jefe de la pieza lo colocase en la bolsa de la honda, girase la máquina hacia el banco seleccionado y dar la orden de tirar. Para obtener un rendimiento adecuado, los hombres que componían las dotaciones de estos chismes, fueran del tamaño que fueran, debían tener ante todo una coordinación perfecta para que la tracción fuese uniforme, ergo se aprovechase el cien por cien de su fuerza para obtener el alcance deseado.

Una variante más compleja del torbellino era el dú jiăo xuànfēng pào que, como se puede ver,  no se clavaba en el suelo, sino que se sustentaba sobre un pequeño armazón aunque manteniendo su capacidad para girar en cualquier dirección. Por su viga, similar a la del tipo anterior, podemos deducir que no estaba concebido para arrojar proyectiles más pesados sino que, posiblemente, su armazón estuviese ideado para emplazar la máquina en lugares donde no se podía clavar el poste debido a la consistencia del suelo, o quizás para poder cambiarlo de posición con más rapidez, sin tener que estar cavando un nuevo hoyo cada vez que había que moverlo. Por el uso que los chinos daban a estas máquinas, que por cierto usaban por decenas durante sus asedios, parece ser que basaban su uso táctico en una buena movilidad para batir diferentes objetivos según la necesidad de cada momento. Al ser armas anti-personal, obviamente la posición de sus blancos no era estática como las murallas de castillos y ciudades que batirían siglos más tarde los grandes fundíbulos de contrapeso, así que basaban su arsenal en una elevada cantidad de artefactos ligeros con gran capacidad de movimiento.


Hay evidencias sobradas para afirmar que la movilidad era una necesidad en el uso táctico de los fundíbulos de tracción. En las ilustraciones superiores tenemos tres ejemplos que lo demuestran con creces. De izquierda a derecha tenemos un pào chē, un torbellino sobre ruedas que aparece en el Wŭ jīng zŏng yào. A continuación vemos otro modelo, en este caso un senpū shahō provisto de un pequeño parapeto para defender a la dotación de la máquina y, finalmente, un wo chē pào. Estos dos últimos aparecen en el Wŭbèi zhì, un tratado de tecnología militar consistente en una recopilación de otras obras llevada a cabo en 1621 por un militar de la dinastía Ming llamado Máo Yuányí. En puridad, las tres máquinas eran torbellinos, variando únicamente el modelo de carro. En todo caso, es evidente que estos chismes gozaban de bastante popularidad por su facilidad para transportarlos y moverlos de un sitio a otro una vez iniciado el asedio. Lo único que había que hacer una vez emplazados era calzar las ruedas para bloquearlos e impedir que se movieran tras cada lanzamiento. Al mantener la capacidad de giro del torbellino, solo cuando era preciso desplazarlos se quitarían los calzos.

Otra prueba de que los 
torbellinos eran ante todo armas anti-personal es que se construyeron baterías de hasta cinco unidades llamadas xuànfēng wŭ pào, y que estarían destinadas a concentrar los disparos en lugares concretos o bien contra grupos de tropas. Una andanada de vasijas incendiarias bien colocada en el interior de una fortaleza cuyas dependencias estaban fabricadas todas de madera tendría unos efectos sumamente persuasivos. Por el lado opuesto, podrían resultar muy útiles para intentar incendiar las máquinas de los sitiadores. Debido a su trayectoria parabólica, se desaconsejaba emplazar cualquier máquina de este tipo en las torres, debiendo situarse en el suelo para obtener la precisión deseada. Para dirigir el tiro se colocaba un observador en el adarve que, tras un primer disparo de prueba, indicaba las correcciones que había que hacer en cuando a alcance y trayectoria. Para lo segundo bastaba girar la máquina, pero lo curioso era como calculaban el alcance. Obviamente, es imposible coordinar a un grupo de hombres para que tirasen con una determinada fuerza. O sea, no valía decir "¡killo, tirá una mijilla má flojo!" si había que acortar la distancia porque el concepto de "mijilla" varía según la persona, por lo que toda la dotación jalaba de la cuerda empleando el máximo de su fuerza. ¿Cómo pues variar el alcance? Pues quitando o añadiendo hombres. Fácil, ¿qué no? Por otro lado, parece ser que el arma anti-personal más popular eran bodoques que, caso de no acertar y partirle la jeta a un enemigo, se hacían añicos contra el suelo, por lo que no podían ser reaprovechados por el adversario.

Una versión de potencia media era el "tigre agazapado", un fundíbulo instalado sobre un armazón triangular que, según el Wŭ jīng zŏng yào, apareció durante la dinastía Song (960-1279). Básicamente, podríamos decir que es una versión aligerada del fundíbulo de cuatro patas que tendría más estabilidad que los torbellinos pero, al mismo tiempo, requeriría poco esfuerzo a la hora de cambiarlo de posición y, por su forma, la distribución de la energía ejercida durante el momento de la tracción no haría necesario anclarlo al suelo, lo que lógicamente repercutiría en su movilidad. Bien, grosso modo, estos ingenios constituían el arsenal de los plobos guelelos del Celeste Impelio que, como hemo visto, estaban bastante bien pertrechados en lo que a tormentaria se refiere si bien la tecnología de la época no les permitía lanzar grandes pesos, por lo que estas armas se veían limitadas a, como se ha dicho, un uso ante todo anti-personal, así como para hostigar y destruir objetivos a pequeña escala: máquinas enemigas, manteletes o incluso parapetos para despejar murallas de defensores, pero en modo alguno tenían la potencia necesaria para abrir una brecha en una muralla.

En cuanto al número de hombres que servían cada máquina, así como la forma de efectuar la tracción, hay dos teorías que pueden ser válidas en ambos casos. En lo tocante a las dotaciones, en la guerra que la dinastía Tang (608-907) mantuvo contra el reino vecino de Goguryeo, que abarcaba aproximadamente el sur de Manchuria y la península de Corea, se menciona que los chinos usaron fundíbulos sobre ruedas servidos por 200 hombres, que aunque bajitos y canijos son muchos hombres para tirar de las cuerdas a pesar de que, como hemos visto en las ilustraciones anteriores, siempre aparecen un gran número de ellas en los extremos de las vigas. De hecho, resultarían excesivas en máquinas ligeras como los torbellinos por la sencilla razón de que no cabe tanta gente debajo de un fundíbulo tan pequeño. Si nos basamos en la representación gráfica más antigua que se conoce, procedente de un fresco datado hacia el siglo VIII del palacio de Panjakent, en la Sogdiana (actual Tayikistán), vemos un fundíbulo de cuatro patas cuya dotación es de seis hombres que, indudablemente, ejercen una tracción vertical. Con esta media docena de tiradores y usando un proyectil de entre unos 5 y 10 kilos podían alcanzar una distancia de incluso 300 metros. Así pues, ¿para qué servirían los 184 plobos guelelos del Celeste Impelio restantes?

Ante todo, hay que tener en cuenta que no se especifica qué cometido tenía cada uno de ellos. Es posible pues que formaran cuadrillas con una misión concreta: unos hacían acopio de bolaños, otros podrían encargarse de preparar las vasijas incendiarias, otros tirarían del carro y, finalmente, otros serían los destinados a jalar como energúmenos, pudiendo incluso haber más de un grupo destinado a ello para poder relevarse. Ya vemos que el uso táctico que daban a estos chismes se basaba ante todo en lo que hoy se conoce como fuego de saturación, o sea, emplazar muchas máquinas y hacerlas funcionar a tope para causar el mayor número posible de bajas, por lo que tras un largo rato pegando tirones el personal empezaría a acusar cansancio. En pruebas efectuadas con el fundíbulo de tracción que se expone en el castillo de Caerphilly, en la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), una máquina de unas proporciones notablemente superiores a las que tratamos, se ha alcanzado una cadencia de seis lanzamientos por minuto, o sea, uno cada diez segundos. Por lo tanto, no sería extraño que un fundíbulo chino, salvo el tipo descrito por Mozi que era de mayores proporciones, pudiera doblar dicha cadencia. Pegar doce tirones al minuto durante una hora debía dejar al personal con los brazos echando humo y los trapecios y el cuello con unas agujetas fastuosas, por lo que no es ninguna insensatez dar por sentado que, al menos, habría un par de grupos para irse relevando. 
De hecho, en representaciones gráficas más modernas como las que aparecen en la Biblia Maciejowski (c.1240) o en el LIBER AD HONOREM AVGVSTI (1196) de Petrus de Ebulo (ilustración de la izquierda) se ve un número similar de tiradores por lo que es evidente que, en ese sentido, las cosas permanecieron igual durante siglos, y los fundíbulos ligeros requerían una dotación poco numerosa.

En lo tocante a la tracción, aunque se suele dar por sentado que era por norma en sentido vertical, no se debe desechar la teoría de que también podría hacerse en sentido horizontal, al menos en las máquinas más grandes que, por razones obvias, precisaban de un mayor número de servidores. Si observamos el "tigre agazapado" que mostramos anteriormente, veremos que el haz de cuerdas pasa por detrás del armazón, lo que obligaría a tirar horizontalmente y hacia adelante. En representaciones gráficas posteriores, como la que vemos a la derecha, nos encontramos con que en la Edad Media también se tenía en cuenta esa opción. El bajorrelieve que mostramos es posiblemente el fragmento del lateral de un sarcófago que se conserva en la iglesia de Saint Nazaire, en Carcassonne, y muestra la escena de un asedio donde hemos enmarcado un fundíbulo de tracción.  Se considera que dicha escena representa el cerco de Tolosa donde Simón de Monfort fue aliñado de una certera pedrada, por lo que es muy posible que el fragmento fuese de su sarcófago, y el fundíbulo el mismo que se usó para acabar con su existencia terrenal. Como vemos, los operarios de la máquina tiran también en sentido horizontal y hacia atrás en este caso. ¿Qué motivos habría para ello?

Es bastante básico. Los hombres que tiran en vertical deben dejarse caer para obtener una energía mucho mayor que la que imprimirían sólo con sus brazos. Sería una forma, digamos, de actuar como contrapesos. Si pones a diez ciudadanos de 70 kilos jalando de sus respectivas sogas, pues tenemos un contrapeso de 700 kilos que permitiría lanzar un proyectil ligero a bastante distancia. Pero el movimiento del cuerpo al tirar los obligaría a agacharse, como se ve claramente en el fresco del 
palacio de Panjakent, por lo que necesitarían mucho espacio para ello. Y si los hombres se separan, los situados más lejos de la vertical del extremo de la viga desperdiciarían parte de la energía que producen por tirar en ángulo como vemos en la figura A. Pero si pasamos el haz de cuerdas por debajo de un travesaño del armazón y los hombres se distribuyen formando un abanico como en la figura B, la energía no se desperdiciará porque la tracción de la viga seguirá siendo en sentido vertical, pero impulsada por otra que a su vez es horizontal y dando igual el sentido de la misma, o sea, hacia adelante o hacia atrás. Por otro lado, al tirar horizontalmente no solo se requiere menos espacio ya que los operarios, a lo sumo, tendrían que dar solo un paso atrás, sino que las cuerdas podrían ser más largas y cada una podría ocuparse con más de un hombre sin que se estorbasen, lo que sí ocurriría si a una cuerda vertical se le añaden dos ramales: los tiradores estarían tan juntos que apenas podrían moverse con comodidad. 

Pero la tracción horizontal no solo permitiría hacer uso de más personal y, por ende, obtener más energía, sino que el recorrido de la viga sería mayor, cosa que repercutiría positivamente en el alcance ya que el aprovechamiento de dicha energía sería también mayor al estar más tiempo bajo la acción de la misma. Y como más de uno igual no se aclara con esto, pues veamos el gráfico de la derecha. La viga de la que tira la cuerda roja en sentido vertical tiene un recorrido de aproximadamente 62º o poco más hasta que la honda suelte el proyectil. Los tiradores, aunque se agachen hasta dar con el culo en el suelo, no podrán hacer que la viga gire mucho más porque ni las cuerdas dan más de sí ni les queda recorrido para aumentar el radio de giro. Sin embargo, la viga de la que tira la cuerda verde, aunque la tracción sigue siendo en sentido vertical, los que tiran de ella lo hacen horizontalmente (insisto, da igual que sea hacia adelante o hacia atrás) y, al poder aprovechar al máximo el espacio disponible debajo y dentro del armazón, logran un recorrido de unos 94º o más hasta que se produzca la suelta del proyectil, o sea, un tercio superior al giro conseguido con la tracción vertical. ¿Se entiende ahora mejor? Espero que sí, porque no sé cómo explicarlo más claramente. 
En resumen: tracción vertical = menos alcance, tracción horizontal = más alcance, incluso si el fundíbulo es servido por el mismo número de hombres y cargado con proyectiles del mismo peso.

Bien, con esto creo que queda aclarado el origen de este tipo de máquinas, así como su desarrollo en su país de origen. Por mera cuestión de vecindad, los mongoles no tardaron mucho en copiar la tecnología de los plobos guelelos del Celeste Impelio, que rápidamente se pusieron al mismo nivel de estos y, en menor grado, los japoneses si bien el uso del fundíbulo parece que no fue muy popular entre ellos. Posteriormente y a raíz de la expansión de los musulmanes, estos también bebieron largo y tendido de los conocimientos procedentes de China, que a su vez pasaron a Occidente tanto por la invasión a la Península Ibérica en 711 como por la visita de los cruzados a Tierra Santa a finales del siglo XI, donde tuvieron ocasión de llevar a cabo intensos cambios de impresiones a golpe de bolaño entre unos y otros. Pero eso lo dejamos para la próxima, que por hoy ya he tecleado bastante.

En fin, ahí queda eso.

Hale, he dicho

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Ashigaru japoneses durante un asedio en el contexto de la Guerra de Ōnin (1467-1477). Como vemos, los sitiadores están batiendo el interior de una ciudad arrojando bombas de trueno con dos fundíbulos de tracción cuyos servidores tiran de las cuerdas en sentido horizontal y hacia atrás. Obsérvese como la máquina que aparece en segundo término acaba de soltar el proyectil, y el elevado ángulo de giro que se logra cuando se tira de las cuerdas horizontalmente. Por cierto que los japoneses, a pesar de que no fueron especialmente entusiastas con los fundíbulos, fueron los que más tiempo los mantuvieron en uso. Pero de eso ya hablamos en la próxima entrada

sábado, 11 de abril de 2020

Tormentaria. El ESCORPIÓN


Probos BALLISTARII dando estopa al enemigo. En primer término vemos un SCORPIO, y tras él una BALLISTA. De
esta ya hablaremos en su momento

Retornemos al pasado unos 24 siglos, pero para seguir hablando de artefactos que disparaban cosas chungas contra la integridad física del personal porque, como es de todos sabido, si para algo redobla su ingenio el hombre no es para encontrar vacunas contra bichos coronarios, o para paliar el hambre en el mundo, ni siquiera para algo tan necesario como librarnos de los cuñados, sino para aniquilarnos entre nosotros mismos hasta que no quede títere con cabeza. Por otro lado, hace trillones de eones que no dedicamos un artículo a la tormentaria, que es un tema interesante y enjundioso y, al cabo, fue con lo que nuestros ancestros se masacraron bonitamente durante siglos y siglos hasta la aparición de las armas de fuego, y aún tras la puesta en servicio de las primeras bombardas, los fundíbulos y manganas seguían dando guerra porque, aparte de eficaces, eran obviamente muchísimo más baratos de construir y no era necesario pagar con oro de buena ley los servicios de los pocos artilleros que conocían los entresijos de la fabricación de las armas y la pólvora, arcanos conocimientos que guardaban con más celo que el virgo de sus hijas. Sus hijas solteras, naturalmente. 

Gastraphetes, el ancestro de gran parte de la maquinaria
de guerra del mundo antiguo
Bien, a lo que vamos... Las primeras máquinas capaces de lanzar proyectiles a grandes distancias fueron las que empleaban mecanismos de torsión. El principio del arco, llevado a su máximo exponente en el mundo antiguo con el gastraphetes, no daba para muchas virguerías comparado con la rotunda contundencia de las katapaltai (traducible como atraviesaescudos), las catapultas que podían lanzar bolaños de varios kilos a distancia hasta entonces inconcebibles, mucho más allá del alcance de los arcos enemigos lo que permitía apiolarlos sañudamente sin correr ningún riesgo. Al parecer, que como es habitual en estas cosas es complicado llegar al fondo del tema porque las fuentes de la época se suelen contradecir con cierta frecuencia, fueron los ingenieros de Dionisio I, tirano de Siracusa, los que inventaron las primeras máquinas de torsión si bien sus resultados no fueron en principio especialmente brillantes. Y no por torpeza o falta de enjundia sesera, sino porque se tenían que basar en el antiquísimo sistema de prueba y error hasta que, con el paso del tiempo, los que les sucedieron se dieron cuenta de que este tipo de máquinas requería más técnica y más matemáticas que un simple arco, y que había que calcular cuidadosamente el diseño, las dimensiones y hasta la composición de las cuerdas que hacían de resorte para obtener un resultado satisfactorio según qué proyectil- piedras o dardos-, así como su longitud y su peso. Es decir, una euzytonoi, una máquina destinada a lanzar dardos, tenía unas proporciones distintas en función de la longitud de dicho dardo, que eran concretamente de una novena parte de dicha longitud. 

SCORPIO de la lápida de Gaio Vedennio Moderato, c. 100 d.C.
Todas las  dimensiones de cada pieza se basaban en múltiplos o fracciones de esa proporción, y en el caso de las palíntonoi, las lanzadoras de piedras, había incluso que recurrir a fórmulas matemáticas con raíces cúbicas con el peso del proyectil y el diámetro de las cuerdas. En resumen, que si alguien piensa que para fabricar uno de estos chismes bastaban unas sogas y poner a una cuadrilla de carpinteros a unir unos tablones de cualquier forma se equivoca. Fabricar una catapulta era una obra de ingeniería que solo unos pocos eran capaces de llevar a cabo, y solo los pocos que podían pagar sus servicios eran los que podrían apiolar enemigos y arrasar sus murallas sin comprometer a medio ejército tomando las ciudades o fortificaciones lanzando escalas. En cualquier caso y para finalizar este introito, que tiempo habrá de dar pelos y señales sobre el proceso evolutivo de este tipo de armas, tras su cuestionable éxito en manos de los ingenieros de Dionisio parece ser que fue bajo el reinado de Filipo II, el autor de los días del megalómano Alejandro, cuando estas máquinas pudieron ofrecer un rendimiento verdaderamente notable. Sí, ya sé que debería hacerlo al revés, primero hablar de la evolución de estas máquinas y luego dar detalles de cada una, pero entonces esto sería un blog ordenado y metódico y, como saben de sobra los que me siguen, lo mío es regodearme en una vorágine caótica, que es mi medio natural. Así pues, bástenos saber de momento cómo y cuándo surgieron las máquinas de torsión para hablar de la que más me gusta de todas: el escorpión, que era pequeñito y juguetón pero con muy mala leche. De hecho, Ateneo el Mecánico relataba como Agesístrato, un ingeniero griego que vivió en el siglo I a.C. alcanzó la asombrosa distancia de 647 metros con una catapulta para dardos de 3 palmos (69,4 cm., la medida más habitual en este tipo de máquinas entre los griegos junto a la de 2 codos, 92,5 cm.), así que no eran para tomarlos a broma.

El general Schramm, en el centro de la imagen con un pickelhaube,
mostrando a un sorprendido káiser Guillermo una de sus réplicas
El escorpión o, dicho con propiedad, el SCORPIO que conocemos actualmente se debe por un lado a la descripción de la máquina que hizo Vitrubio en su obra DE ARCHITECTVRA. No obstante, ya había pruebas de la existencia de estas máquinas, como la vista frontal de una de ellas que aparece en la lápida de Gaio Vedennio Moderato, un ingeniero militar cuya tumba está datada hacia el 100 d.C. y que muestra a la perfección su morfología. Por otro lado, son testimonio de sus escritos los ejemplares hallados en Caminreal, Ampurias y Cremona que muestran que, en efecto, el probo historiador no nos metió un camelo en plan Canal Historia. Los primeros en llevar a cabo un intento de reconstrucción de esta máquina fueron los generales Guillaume Henri-Dufour y Jean-Baptiste Verchère de Reffye por encargo de Napoleón III (Dios maldiga a su malvado y enano tío), pero el que logró elaborar una réplica que, además de fiel al texto de Vitrubio funcionaba perfectamente fue, como no, un tedesco, el general Erwin Schramm, que además de militar era un competente arqueólogo. Este probo recreacionista no solo reprodujo el SCORPIO de Vitrubio, sino también la catapulta de repetición que describió Filón de Alejandría y hasta un aerotonon, una máquina para lanzar piedras muy parecida al SCORPIO

En lo referente al nombre, la única referencia que he encontrado procede de mi paisano Isidoro, que en sus "Etimologías" afirma que un SCORPIO "es una saeta envenenada que se dispara con arco o con máquina de guerra y que inocula su veneno al hombre que hiere" (Etimologías, XVIII, 8). En todo caso, lo cierto es que varios autores la citan con ese nombre, como Amiano Marcelino, Livio, Salustio o el mismo Gaio Julio César en su "Guerra de las Galias". O sea, que no se trata del típico nombre inventado en nuestros días por denominarlos de alguna forma, como ocurrió con la falcata, sino  que en su época ya era conocida como SCORPIO. Su aspecto general podemos verlo a la izquierda. La máquina se compone de tres partes: la COLVMELLA BASIS, es decir, la base o armazón que la sustenta y que era la única que no se veía sujeta a las estrictas proporciones de tamaño;  el CANALICVLVS, el carril donde se colocaba el dardo y los mecanismos de disparo y, finalmente, el CAPITVLVM, el bastidor o estructura donde se hallaban las cuerdas y las palas.

A la derecha podemos ver las distintas partes en que se dividía el armazón sobre el que descansaba la máquina en sí y que, obviamente, era fácilmente desmontable para su transporte. De hecho, según Vitrubio las legiones tenían una dotación de 55 SCORPIONIS. Este tipo de base era, por decirlo de algún modo, un modelo estándar que valía para otro tipo de máquinas. Estaba formada por tres largueros que se apoyaban en el suelo (BASIS IN SOLO) que a su vez se apuntalaban con su respectivo CAPREOLI (soporte) sobre la COLVMELLA (columnita), por lo general de forma hexagonal. Tanto el poste central como los largueros estaban embutidos en el PLINTHOS (zócalo). En el extremo superior de la COLVMELLA tenemos la CAPVT COLVMELLA (cabeza de la columnita), una pieza de hierro en forma de U donde se fijaba la caña de la máquina. Para regular el ángulo de tiro vemos en la parte posterior el SVBIECTIO (colocado debajo, en referencia a la columna posterior), un larguero que se deslizaba en la COLVMELLA, así como la POSTERIOR MINOR COLVMNA (columna menor trasera). Moviendo ambas piezas el tirador podía apuntar sin problemas. Esta última estaba unida a la caña mediante el CHELONIVM (enchufe, caja de conexión), una caja de madera (también podía ser de metal) en la que estaba articulada por un pasador. Me apuesto mis magnificentes ex-barbas (me las he tenido que rapar tras décadas haciéndome compañía por las jodidas mascarillas) a que los nombres de las piezas no hay cuñado que las sepa, de modo que a saco con ellos. 

A la izquierda podemos ver la morfología del CANALICVLVS que, siguiendo las reglas de proporciones antes mencionada, debería tener 19 veces 1/9 del largo del proyectil (ya son ganas de enredarse, carajo), por lo que si la máquina es para un dardo de 3 palmos el CANALICVLVS debería medir aproximadamente 146 cm. En la figura A tenemos el CANALICVLVS en cuestión, formado a su vez por esta pieza haciendo de base del conjunto y con dos BACCULÆ a cada lado. O sea, una puñetera caja acanalada. Pero no debemos pasar por alto las cuñas que tienen las BACCULÆ por sus caras internas para formar un encastre en cola de milano para fijar la pieza que vemos en la figura B, el CANALIS FVNDVS, que es donde se colocará el dardo. Así mismo, en esta pieza estarán instalados los mecanismos de disparo y de carga de la máquina.

Obsérvese que la parte trasera del bastidor tiene una hendidura en forma
semicircular para impedir que la pala lo golpease al disparar
Veamos una vista de perfil del SCORPIO para entender su funcionamiento. Esta ilustración está basada en la réplica que hizo Schramm del ejemplar hallado en Caminreal. En la parte trasera tenemos las palancas de carga que accionan un torno (luego lo veremos en otro gráfico con detalle). Como vemos, lleva una a cada lado, tras las cuales es posible que tuvieran un piñón con su correspondiente trinquete como medida extra de seguridad. Las poleas tenían varios orificios por donde se iban alternando las palancas como los cabrestantes para las anclas de los veleros de antaño. La flecha negra señala una cremallera (llevaba una en cada costado) donde actuaba otro trinquete (flecha amarilla) conectado al mecanismo de disparo (flecha roja). Una vez que dicho mecanismo alcanzaba su tope se armaba con un dardo y se procedía a apuntar el arma. Tenían más precisión de lo que parece, que conste. Una muralla bien guarnecida con SCORPIONIS podía provocar cuantiosas bajas en un ejército atacante, y no solo por su alcance, sino por la tremenda potencia que podían desarrollar. Un guerrero sin ningún tipo de armadura podía ser atravesado de parte a parte por el dardo y, de paso, liquidar también al que iba tras él. Veamos el mecanismo de disparo con detalle...


En la parte trasera vemos la SVCVLA (torno) con las poleas y, entre estas y el armazón, los piñones con su trinquete. Podemos apreciar igualmente la cremallera que recorría la caña por ambos lados y donde el trinquete del mecanismo lo bloqueaba cada vez que retrocedía un golpe de polea. El mecanismo en cuestión era bastante básico, pero tan eficiente que perduró durante siglos sin la más mínima modificación. El corazón del mismo era la EPITOXIS (garra), llamada comúnmente como la "serpiente", que era una uña bífida que bloqueba la cuerda. La serpiente estaba sujeta por dos soportes y un pasador a una placa base que transcurría por la caña. Para cargar, o sea, armar la cuerda, el tirador empujaba la serpiente por su parte trasera y la enganchaba. A continuación la bloqueaba con  la MANVCLA (palanca/disparador). En la figura A del detalle superior vemos el mecanismo montado. Si nos fijamos, podemos apreciar que los dientes de la serpiente están redondeados porque, en este caso, no ocurría como con la ballestas, en las que una nuez bloqueaba la verga y la liberaba al girar, sino que la "dejaba ir" por su propia fuerza en el momento en que le faltaba el apoyo trasero de la MANVCLA, que al girarla hacia atrás permitía a la serpiente levantarse de morro y soltar la cuerda (figura B). Para recargar solo había que liberar los trinquetes y hacer avanzar todo el mecanismo hasta la cuerda, la cual por cierto no debía tocar la caña para evitar un desgaste prematuro, sino quedar levemente por encima.

Y ahí tenemos una vista frontal del CAPITVLVM, el bastidor que contenía el mecanismo de torsión. Básicamente se componía de dos TABVLÆ, dos tablas colocadas en la parte superior e inferior donde se practicaban los FORAMINIS (orificios) por donde pasarían las madejas de cuerda. Las TABVLÆ estaban unidas por cuatro tablas o puntales que, en la reconstrucción que vemos, estaban enteramente forradas de planchas de hierro unidas con remaches pasantes. El espacio que quedaba entre las dos tablas centrales eral la DIOPTERA (ventana), por donde salía el dardo y el tirador podía apuntar. En cuanto a las laterales, como dijimos anteriormente, por su parte trasera tenían sendos rebajes semicirculares para que las palas no lo golpeasen al disparar ya que podían partirse fácilmente. La madera para fabricar el bastidor debía ser muy dura y resistente para soportar las tremendas tensiones a las que se veía sometido, y a pesar de ello aún las reforzaban con planchas de hierro o bronce para que no saltaran en pedazos así que ya podemos imaginar que estos chismes no eran para jugar los fines de semana. El diámetro de los orificios venía marcado por la proporción de 1/9, por lo que para disparar un dardo estándar romano de 2,5 pies (77 cm) debían tener aproximadamente 69,5 cm. El resto de piezas lo conforman los BRACCHII (brazos, que debían tener una largo de 7 veces 1/9 de la longitud del dardo) y cuatro MODIOLVS (taza, por su forma) de bronce que eran los que sujetaban las madejas de cuerdas.

Han aparecido decenas de estas piezas con diversas formas, al menos siete tipologías distintas aunque de diferentes tamaños en base a la máquina donde estaban instaladas incluyendo BALLISTÆ para lanzar piedras porque, como ya hemos comentado, el sistema era el mismo para todas. Básicamente era una pieza de bronce fundido con un diámetro que debía ajustarse al FORAMEN de cada TABVLA. En la figura A vemos la pieza de perfil donde se aprecia un reborde inferior que era lo que permitía ajustarla al orificio, así como las dos muescas en las que se colocaba el pasador que bloqueaba las cuerdas. En la figura B tenemos una vista superior de la MODIOLVS en la que, junto al pasador, vemos varios orificios. No eran para fijar la pieza a la TABVLA, sino para regular el ajuste, como se explicará ahora. En la figura C está lo que podríamos llamar contra-chapa, una pieza cuadrada que sí era la que se fijaba a la TABVLA para impedir que la presión ejercida por las cuerdas hundiera literalmente el MODIOLVS en la madera. O sea, era para reducir la presión específica sobre la TABVLA mediante una superficie mayor. Bien, como vemos en la contra-chapa, esta lleva una serie de orificios que coinciden con los del MODIOLVS de forma que cuando, tras un uso continuado, las cuerdas perdían tensión, se removía el o los pasadores como el que vemos junto a la figura A y se giraba un punto o dos hasta lograr darle de nuevo la tensión necesaria. Han aparecido MODIOLVS desde con apenas cuatro orificios hasta una decena, así que cada máquina requeriría una ajuste más o menos fino. Por lo general, los de más orificios corresponden por su diámetro a máquinas de mayor tamaño.

Otro sistema, más antiguo al parecer, es el que vemos a la izquierda. En este caso, la regulación se hacía girando el MODIOLVS y bloqueándolo con la ayuda de un trinquete, como vemos en la figura A. En la figura B tenemos la misma pieza de perfil, y aunque en apariencia parezca un sistema más racional y cómodo que el de los pasadores, es posible que acabase siendo desechado por llegar un momento en que los dientes o el trinquete no soportasen la tensión, o se hundieran demasiado en la TABVLA. En lo tocante a las cuerdas, la opinión unánime era que el material más adecuado era el tendón animal excepto el cerdo, y de todos los tendones eran preferibles los de las patas de los ciervos y los cuellos de los toros por ser especialmente resistentes y elásticos. Para los SCORPIONIS no se recomendaba el uso de crin de caballo que, sin embargo, era más idóneo para las BALLISTÆ. Pero, a falta de tendones, el material más cotizado era el pelo de mujer. Según Herón de Alejandría, el pelo femenino, fino, largo y resistente, gozaba además de una gran elasticidad debido a la costumbre de aceitárselo para tenerlo brillante, lo que mantenía el cabello, aparte de vistoso, en un inmejorable estado, ofreciendo unos resultados que, aunque no alcanzaban a los tendones, eran más que satisfactorios. Obviamente, estas cuerdas no tenían  nudos. Se elaboraban formando una sola pieza unida formando una madeja que, según el requerimiento de la máquina donde iría destinada tendría una determinada longitud que le permitiría tener un número de vueltas específico. Al parecer, las cuerdas se encargaban a artesanos civiles aunque el resto de la máquina la fabricaran los carpinteros, herreros y fundidores del ejército. La diferencia de usar tendón a usar crin era más que notable. La hazaña antes mencionada respecto al ingeniero Agesístrato la logró con cuerdas de tendones. La réplica de Schramm solo alcanzó la mitad de alcance precisamente por haber usado cuerdas de crin, así que la diferencia entre un material y otro era notable.

Y para acabar, los proyectiles. En la figura A vemos la configuración habitual: un asta de forma fusiforme con la culata afilada en ángulo para encajarla en la serpiente del disparador. Como vemos, estaba provista de tres estabilizadores que podían estar fabricados de madera o cuero. La punta es el típico cuadrillo con cubo de enmangue fijado al astil con una pasador o clavo de bronce. Toda la pieza salía a base de martillear una barra de hierro en una matriz para darle al cubo su forma cónica y a la punta de pirámide cuadrangular o triangular. Parece ser que estas últimas eran las habituales en los dardos de pequeño tamaño, o sea, los de tres palmos griegos o 2,5 pies romanos. Se han hecho pruebas con las réplicas disponibles y a 38 metros podían dejar seco a un probo ciudadano armado con una LORICA SEGMENTATA fabricada con chapa de 1,25 mm. de grosor, atravesando la coraza con la suficiente profundidad como para alcanzar órganos vitales (véase el detalle superior).  Si no llevaba coraza atravesaba al que fuera y a tres cuñados más. Ojo, y con cuerdas de crin. Cabe suponer que si hubiesen sido de tendones el alcance y la penetración habrían sido mayores. La figura B presenta un peculiar tipo de dardo aparecidos en Qsar Ibrim, cerca de Abu Simbel, en Alesia y en Vindolanda.

En la parte superior vemos las cuatro fases de construcción de un cuadrillo.
Debajo, a la izquierda, tenemos una muestra del proceso para obtener el
cubo de enmangue gracias a una matriz. A la derecha tenemos un cuadrillo
de punta cuadrangular que, por su tamaño, debió haber sido usado en un
SCORPIO de 3 palmos o de 2,5 pies romanos
Como vemos, al astil B1, fabricado con una madera blanda se le han practicado tres cortes longitudinales para recibir el tramo B2, en este caso de madera más dura, cuya parte posterior tenía tres aletas que encajaban en en las ranuras. El cuadrillo B3 se embutía como solía hacerse en muchos casos para que, al extraer el dardo, la punta se quedase dentro. En B4 tenemos una vista en sección del dardo que nos ocupa. Hay diversas teorías al respecto, todas igualmente válidas. Una afirma que la idea podía ser tener una provisión de astiles con una longitud estándar y luego añadir el segundo tramo ya preparados para disponer de dardos más o menos largos según la necesidad. Otra sugiere que podría ser para que, con la fuerza del impacto, el astil principal se rompiera, quedando dentro del cuerpo el cuadrillo y el tramo secundario. Una última opina que este sistema permitía recuperar los astiles de los heridos y muertos tras el combate para reutilizarlos. En fin, que cada cual se quede con la teoría que más le guste. Ah, por cierto, los SCORPIONIS no solo usaban estos dardos, sino también faláricas para propagar incendios en las defensas y fortificaciones sitiadas.

Y, antes de acabar, una pequeña muestra de los efectos de estos dardos tras un rebusco en mi archivo de osamentas perjudicadas. Ambas imágenes proceden de durotriges celtas apiolados en el CASTRVM de Maiden Hill, cerca de Dorchester, por las tropas de Tito Flavio Vespasiano en el 43 d.C. En la superior se aprecia perfectamente un cuadrillo que se alojó en la espina dorsal del sujeto, y por la posición que tiene debieron escabecharlo cuando había recordado que se había dejado el cocido en el fuego y se estaba largando a toda leche. La segunda imagen es aún más gráfica ya que muestra el limpio orificio que le abrió un cuadrillo en el hueso temporal, herida que sin duda produciría una muerte instantánea. Lo extraño son los desperfectos en la parte frontal, donde faltan los senos nasales, el esfenoides, parte del frontal, la órbita e incluso del maxilar. Igual no palmó ipso-facto y alguien lo remató reventándole la cabeza con una piedra, o vete a saber. En todo caso, no vivió para contarlo, eso es más que evidente. 

Bueno, criaturas, esto es todo. En posteriores artículos ya iremos ampliando la gama de armamento de estos probos greco-romanos. Ah, por cierto, un detallito chorra. El término tormentaria que usamos actualmente para mencionar las armas de guerra de forma genérica en realidad procede del latín TORMENTVM, o sea, cuerda, que era con lo que se fabricaban las máquinas de torsión.

En fin, ahí queda eso. Que les aproveche, amén.

Hale, he dicho



Dos servidores de un SCORPIO durante un asedio. Según se deduce del gesto de uno de ellos, las municiones se están
acabando y encima el OPTIO les mete bulla.