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viernes, 10 de marzo de 2023

HERIDAS DE GUERRA. EXTRACCIÓN DE FLECHAS Y VIROTES

 

HAROLD REX INTERFECTVS EST, que en román paladino viene a querer decir "Al rey Harold se lo han cargado". Harold palmó en Hastings a consecuencia de un flechazo en el ojo que lo dejó listo de papeles. Ahí lo ven, intentando extraer la flecha. Vano intento, porque la extracción hacía aún más daño

En las pelis, principales propaladoras de camelos, es habitual ver caer redondo al suelo al fulano que le meten un flechazo, como si más bien le hubieran metido una bala en el cerebro. Más raramente, el herido parte el asta para impedir que se le clave más o no le estorbe para seguir combatiendo. Bueno, sírvanse borrar de sus magines todas las chorradas que han visto en las películas y todos los embustes propalados por sus cuñados. Mienten como bellacos, de modo que vamos a ponernos al día en lo tocante a una de las facetas más importantes de la cirugía militar tanto en cuanto las heridas de flecha eran, desde los tiempos más remotos, causa de multitud de bajas entre los ejércitos en liza.

Antes y después de la avería ocular
No se sabe cuándo se empezó a desarrollar una técnica quirúrgica para la extracción de estos proyectiles, pero es lógico pensar que su uso militar debió aguzar el ingenio del personal para idear una metodología razonablemente eficaz. Dejando de lado los evidentes riesgos de sepsis y/o tétanos, era evidente que dejar un cuerpo extraño paseándose por los recovecos del organismo no era nada recomendable, y ya los antiguos griegos habían evolucionado lo suficiente como para crear escuela y, además, diseñar los instrumentos quirúrgicos adecuados para facilitar las extracciones, así como el tratamiento a seguir con los heridos para lograr su recuperación. Todos conocemos las reconstrucciones forenses que se han llevado a cabo para devolver al fiero y desmedido Filipo II su aspecto cuando aún habitaba en su envoltura carnal, y muestra le herida que le provocó la enucleación del ojo derecho por una flechazo recibido durante el cerco a la ciudad de Metone en 354 a.C. Como vemos en la foto, la flecha penetró por el arco superciliar de arriba abajo. Parece ser que lo cazaron mientras inspeccionaba las murallas enemigas, así que el flechazo partió del adarve. Cabe suponer que al ojo se lo reventó
 la flecha allí mismo, pero extraer la punta en una zona donde bien pudo quedarse la punta incrustada en el hueso no era cosa baladí. Sin embargo, dicha punta se extrajo y la herida sanó satisfactoriamente aunque le dejara el careto con un aspecto un tanto desagradable. Pero antes de entrar en el meollo de la cuestión, quizás convenga aclarar cómo era una herida de flecha y sus efectos.

Orificio de entrada de un proyectil de arma de fuego en el muslo
de un ciudadano, posiblemente de un calibre de arma corta. Como
podemos ver, no resulta muy aparatoso y apenas sangra
Aunque hoy día se han hecho estudios que comparan los efectos de un flechazo a los de un disparo con postas, colijo que es la enésima gilipollez pseudo-científica para justificar subvenciones. Los efectos de una posta- o una bala cualquiera- se basan en la transmisión de la energía cinética que alcanza gracias a su velocidad y su peso, que al impactar contra un cuerpo producen un trauma y, una vez dentro, lesiones en tejidos musculares, tendones, ligamentos o huesos. Pero, salvo que el destrozo sea importante o se vean alcanzados vasos sanguíneos de los gordos u órganos vitales, no es definitivamente incapacitante. Un proyectil moderno en sí no produce daños una vez que se detiene, y lo que acusa el herido es el trauma producido por el golpe y los daños en músculos y huesos. De hecho, una vez recuperado del shock inicial y administrado algún opiáceo para calmar el dolor, el herido puede incluso seguir operativo una vez realizada una primera cura. Ojo, hablamos de un disparo con munición normal, no un postazo a bocajarro que le arranca un brazo a cualquiera. Por otro lado, si la herida es un sedal que solo ha hecho carne, sin tocar nada importante, lo que queda es una molestia que se mitiga con analgésicos (doy fe). Sin embargo, una punta de flecha es más malvada.

Herida causada por una punta de caza moderna. Estas puntas están
afiladas literalmente como navajas barberas, por lo que si la herida
se hubiese producido en la cara interna del muslo podría haberle
seccionado la safena o la femoral y adiós muy buenas
Un proyectil, aunque sea disparado por una ballesta de torno, no llega ni de lejos a acumular la energía cinética de uno disparado por un arma de fuego salvo que sea uno de esos calibres enanos que matan poquísimo. Sin embargo, su coeficiente balístico es muy superior, lo que le permite atravesar defensas corporales que no acusarían los golpes o puntazos de otro tipo de armas. Más aún: mientras que un chaleco antibalas moderno detiene una bala disparada por un poderoso .357 Magnum, no servirá de nada contra una flecha, que atravesará las placas de Kevlar. Su escasa energía no provocará un shock al ceder su energía al cuerpo, e incluso en el fragor del combate puede que el herido ni se entere salvo que le acierten en algún sitio chungo. Mientras penetra, la punta producirá distintos efectos según su morfología. Un pasador o un cuadrillo serían lo menos malo y lo más parecido a una bala ya que su carencia de filos produciría un orificio más o menos limpio. Aún más, si el proyectil solo hacía carne y no se incrustaba en un hueso, incluso sería posible extraerlo dando un tirón del astil, si bien eso solía ser contraproducente como luego veremos.

Fémur perforado por una punta barbada. Obsérvese el astillamiento
longitudinal que produjo la presión del proyectil sobre el hueso. En
estos casos, la extracción se complicaba extraordinariamente
Pero si la punta es una barbada en cualquiera de sus variantes, la cosa es distinta. Una barbada producirá un corte limpio de masa muscular, tendones, ligamentos, vasos sanguíneos y todo lo que pille. Por esa razón, provocará una intensa hemorragia aún sin llegar a interesar una vena o una arteria importante. Y cuando por fin se detiene, se podría decir que es cuando comenzaba lo peor. El herido se ve con una cuchilla dentro de su cuerpo. Una cuchilla que seguirá produciendo daños cada vez que se mueve, con el consiguiente riesgo de que dañe algún órgano, víscera o vaso sanguíneo momentáneamente ileso. Y, además, produce un dolor bastante enojoso cada vez que el astil se mueve. El herido ni se atreve a pestañear, y procura salirse del campo de batalla a la espera de recibir ayuda o intentar hacerse una cura. Lo tiene crudo, la verdad. La punta le ha metido en el cuerpo tierra (recordemos que los arqueros solían clavar en el suelo su dotación de flechas para acelerar la cadencia de tiro), óxido o cardenillo si se trata de una punta de bronce. Recordemos que el cardenillo es venenoso y, aunque no se suela mencionar, no era raro que impregnaran sus flechas con porquerías varias.

Probo matasanos procurando extraer una punta de flecha del
muslo del héroe de turno. Obsérvese el fórceps con que intenta
sacar el proyectil. Su diseño permaneció inalterable durante siglos
Naturalmente, al herido ni se le ocurre extraer la flecha. El más mínimo tirón hace que las barbas se claven en la carne, provocando un dolor absolutamente lacerante. Además, sabe que es habitual que las puntas no estén fijadas a los astiles con un remache pasante, sino pegadas con cera o algún pegamento orgánico de la época. Esa práctica no solo estaba destinada a abaratar los costes de fabricación, sino también a que, en caso de querer sacar la punta, esta se desprendiera del astil y se quedase dentro, complicando mucho más la extracción. Y, por si fuera poco, los estabilizadores solían pegarse describiendo una leve curvatura helicoidal respecto al eje del astil para imprimir un giro a la flecha, algo similar al efecto que produce el estriado de un cañón. Esta disposición aumentaba la precisión en el vuelo, pero tenía un efecto secundario muy desagradable: la punta entraba en el cuerpo girando, por lo que el desgarro producido era aún más grave. En resumen, esta sería de forma muy resumida la lista de consecuencias de un flechazo, a los que debemos añadir los derivados de las infecciones, gangrenas, septicemias y demás cosas chungas incluyendo palmarla rápidamente.

Bien, lo que hemos descrito es, grosso modo, una herida de flecha. Ya en su día se publicó una articulillo donde dábamos cuenta de la evolución de estos artefactos, pero no estaría de más plasmar aquí un breve recordatorio. De izquierda a derecha tenemos un mínimo compendio de las tipologías más representativas, ya que a lo largo de la historia se fue formando un catálogo extensísimo. En primer lugar tenemos una punta de arponcillo, un diseño propio de la Península Ibérica usado por nuestros ancestros y fabricada con bronce fundido o hierro. Observen el cruel y pequeño arpón que impedía su extracción, mientras que sus dos filos harían una buena escabechina en las carnes de la víctima. La siguiente es una punta barbada que creo no requiere comentarios. Imaginar esa cosa hincada en cualquier parte de nuestra anatomía da grima. La siguiente es otra tipología de barbada que, aunque en apariencia sea menos terrorífica, podía causar más dificultades para extraerla debido a la extensión de las puntas hacia fuera, lo que requeriría una intervención más compleja. Finalmente, tenemos la típica punta "todo uso" lanceolada que, dentro de lo malo, era lo menos dañino, al menos de cara a una extracción.

A continuación podemos ver una muestra de cuadrillos y pasadores, puntas muy difundidas en la Edad Media para vulnerar las defensas corporales del enemigo, especialmente las armaduras de placas. Se trata de puntas con cubo de enmangue o pedúnculo (la del extremo derecho) con sección piramidal o cónica. Obviamente, su capacidad de penetración era muy superior, y concretamente los pasadores estaban concebidos para colarse entre las anillas de las lorigas. Estos modelos, debido a sus aguzadas puntas, solían partirse al impactar con algún hueso, lo que provocaba que, aunque la punta se extrajera exitosamente, quedase dentro un resto que podía provocar y, de hecho, provocaba, una infección más las lesiones subsiguientes. Como ya podemos imaginar, llevar a cabo una intervención para localizar una partícula metálica en aquella época era una mera utopía. Por lo tanto, se dejaba allí y solo tocaba encomendarse a San Sebastián, patrón de los asaeteados. Más aún, se han encontrado puntas con orificios aparentemente inútiles en sus cubos de enmangue ya que no servirían para alojar un remache ni nada por el estilo. Se ha deducido pues que su misión era sujetar fragmentos de hierro que se desprendían al penetrar en el cuerpo, por lo que si no te mataban de mismo flechazo se aseguraban de que la septicemia o el tétanos posterior te mandase a la fosa.

Bien, hecho este pequeño compendio flechero para ponernos en contexto, vayamos sin más demora al meollo de la cuestión: ¿cómo se extraían las puñeteras puntas?

Curioso diorama a tamaño natural que nos muestra al ciudadano Súsruta
hurgando en el ojo de un probo paciente, que es moralmente apoyado en
tan difícil trance por su compadre y su  cuñado para ver si lo dejaban tuerto
Las primeras referencias acerca de métodos para la extracción de flechas las tenemos en el Súsruta Samhita, una compilación de tratamientos médicos para los males más dispares y cirugía desarrollados por Acharya Súsruta, un probo matasanos hindú considerado como el padre de la cirugía que vivió allá por el siglo VI a.C. Este sesudo ciudadano practicaba las extracciones realizando incisiones en la carne según el tipo de punta, optando si era preciso por empujarlas hasta que salieran por el lado opuesto ya que, de ese modo, se evitaban intervenciones extremadamente agresivas que se solían realizar en vivo. Por lo visto, hasta operaba cataratas como quien pone una tirita, de modo que su talento queda fuera de toda duda.

Cabe suponer que los conocimientos del Súsruta éste pudieron llegar a Europa gracias al megalómano Alejandro, porque hasta su excursión a los confines del mundo nadie tenía noticia de lo que se cocía en el Lejano Oriente. Ojo, esto es una conjetura mía, porque en la Ilíada- cuya datación es aún tema de intensos debates- ya aparece la figura del ιατρός (iatrós, médico), que asistía a los aqueos heridos por los troyanos extrayendo las flechas y aplicándoles emplastos a base de yerbajos que aliviaban el dolor. Los griegos temían sobre todo a las flechas envenenadas usadas por los escitas, que tenían la fea costumbre de embadurnar sus proyectiles con un tósigo fabricado a base de veneno de serpientes mezclado con la carne podrida de esos animalitos tan repelentes, y todo ello combinado con excrementos humanos. La porquería esa la enterraban en estiércol y la dejaban fermentar hasta que el nivel de descomposición la hacía especialmente mortífera. Con todo, colijo que tanta floritura era prescindible, porque para inocular un tétanos de antología no hacía falta tanta parafernalia. A la derecha tenemos un grabado decimonónico que nos muestra a Macaón, hijo de Asclepio y corregente con su hermano Poladirio de la ciudad-estado de Tricca, en Tesalia, extrayendo la flecha que el alevoso Pándaro incrustó en el cuerpo de Menelao. Macaón, que aunaba a su faceta de monarca la de matasanos, es una figura un tanto legendaria, pero el hecho de ser mencionado como un 
ιατρός especialmente hábil es un claro indicio de que el tratamiento y curación de este tipo de heridas eran ya cosa común en la Europa de la época.

Arquero escita y τοξόται (toxotai, arquero) cretense
Sea como fuere, parece ser que el σκυτικον τοξικός (skytikon toxikós, veneno escita) tenía unos efectos absolutamente desagradables, ya que provocaba una necrosis de los tejidos- seguramente por el veneno de la serpiente-, acompañada de hinchazón en las extremidades, vómitos y convulsiones. Si el afectado no palmaba en pocas horas, pues los ejércitos de bacterias contenidas en la caquita que formaba parte de la fórmula desencadenaban una gangrena gaseosa que lo remataba en dos o tres días. En fin, algo muy desagradable. Por cierto que el término “tóxico” proviene precisamente del veneno usado por los escitas, que lo lanzaban con sus arcos, τόξo (tóxo, arco en griego). En todo caso, y en prevención de la existencia del puñetero veneno, tras la extracción de la punta se succionaba la herida para intentar eliminarlo. Sí, tal como sale en las pelis cuando al memo de turno le pica la serpiente malvada que pasaba por allí. 

Bien, aunque se supone que el hindú Súsruta ya disponía de una amplia panoplia de instrumental quirúrgico, la noticia del más antiguo que se conoce procede también de Grecia. Se trata de la “cuchara de Diocles” (κυαθίσκος τομ Διοκλέους, kyathískos toý Diokléoys) que podemos ver a la derecha. Ojo, es una reconstrucción del instrumento basada en la descripción del mismo que dio Aulo Cornelio Celso (c. 25 a.C.- 50 d.C.), porque no se tiene constancia de la existencia de ningún ejemplar original y, de hecho, algunas fuentes incluso niegan la existencia de ese chisme. No obstante, no veo motivo para pensar que Celso se entretenía contando camelos en sus escritos, pa qué mentí... Diocles era un afamado médico natural de la isla de Caristo que, al parecer, fue el que extrajo a Filipo la flecha que lo dejó tuerto, probablemente con el instrumento que mostramos. Como vemos, tenía el extremo ensanchado y con forma cóncavo-convexa, con unos labios en la parte cóncava (Fig. A) cuya misión era envolver las barbas de la flecha para impedir que se clavaran en la carne al tirar de ella. La punta de la misma se introducía en el orificio que vemos en el extremo de la cuchara para tirar de la punta sin necesidad de otro instrumento o fórceps. En la figura B podemos ver el reverso o parte convexa. 

Ojo, alcanzar la punta a extraer no era precisamente fácil ni indoloro. Primero había que localizar la posición del objeto, para lo que habría que hurgar en la herida con una sonda hasta saber exactamente su trayectoria y si se había clavado en un hueso ya que, de ser así, la extracción se debía llevar a cabo con otros métodos. Si era viable, entonces se abría un poco la herida y se separaban los bordes de la misma para introducir la cuchara, atrapar la flecha y, finalmente, extraerla. Esta operación podía durar pocos minutos, pero colijo que los alaridos del herido debían oírse en la Atlántida por lo menos. No obstante, es más que evidente que la cuchara de Diocles permitía una extracción menos cruenta y evitaba desgarros y/o lesiones internas muchísimo peores que el hecho de agrandar limpiamente la herida para facilitar el uso de la dichosa cuchara. Por cierto, este instrumento podía emplearse tanto si la punta conservaba el astil como si este se había desprendido al intentar sacar la flecha en plan compadre, que era lo habitual. Pero, por otro lado, los que reconstruyeron el instrumento parece ser que no tuvieron en cuenta un detallito, y es que cada flecha podía tener una anchura distinta. Ello obligaría a llevar encima cucharas de varios tamaños o, lo que se me antoja más probable, una única cuchara articulada como si de unas tijeras se tratase, de forma que los labios de la parte cóncava pudieran envolver cualquier punta y, apretando firmemente los dedales, tirar de ella. En resumen, un chisme como el que vemos en la ilustración, mezcla de cuchara y fórceps y que ha sido recreado por este menda.

Con todo, florituras quirúrgicas aparte, el instrumental básico del mundo antiguo para este tipo de intervenciones es el que vemos en la foto. Un escalpelo, un cuchillo, unos separadores, un fórceps y unas tijeras. Con eso, más la abrumadora dosis de dolor lacerante, se solían ventilar la mayoría de extracciones que, en muchos casos, terminaban de mala manera si el médico tenía más de tundidor de mejillas que de galeno y se le daba mejor rasurar jetas o sacar muelas que puntas de flechas, y todo ello sin contar los efectos secundarios derivados de una casi segura infección. Porque sabemos que al macedonio Alejandro también lo hirió una flecha, como a su padre, a Menelao o al mismo Macaón, pero lo que desconocemos, entre otras cosas porque nadie lo mencionó en su día, es la cantidad de fulanos que palmaron por un flechazo, bien porque la punta seccionó una arteria y se vació en dos minutos, bien porque le atravesaron la cabeza de lado a lado y ahí ya no había nada que operar, o bien porque una septicemia, una gangrena o un tétanos galopante lo remató antes de una semana.

El excelso Celso aplicando unas ventosas para extraer los malos
humores, de cuyo equilibrio dependía la buena salud
Con el paso del tiempo y el chorreo de ciudadanos heridos por flechas, es obvio que la técnica para extraerlas fue evolucionando sin prisa pero sin pausa. Buena prueba de ello es la obra de Celso DE RE MEDICA LIBRI OCTO (en román paladino, Los Ocho Libros de Medicina), en la que dedica un capítulo del séptimo volumen a la extracción de puntas de flecha, glandes de plomo y piedras arrojadas por hondas y escorpiones. Sin embargo, fue Pablo de Egina (625-690), un sesudo médico bizantino, el primero que dedicó un estudio en profundidad a este tema, especificando el método a seguir según el tipo de punta lo que, junto a la situación de la herida y lo que la flecha había profundizado, podría hacer conveniente practicar la expulsión antes que la extracción, sobre todo si el astil permanecía unido a la punta. Por lo tanto, en base a la exploración realizada por el médico como acto previo a la intervención quirúrgica a realizar, si se apreciaba que la flecha casi había atravesado el cuerpo o una extremidad del herido, o incluso era evidente que la punta casi había aflorado o roto la piel del lado opuesto, no había lugar a dudas: se procedía a empujarla por el lado del orificio de entrada. Esto permitía eliminar la malvada flecha con un mínimo de berridos y de destrozos extras en la anatomía del sujeto, que se veía con un sedal menos cruento que la escabechina necesaria para una extracción convencional. Solo en caso de haber interesado un vaso importante o, por supuesto, un órgano de los que hacen falta para seguir vivo, las cosas se complicaban, pero eso ya se sale de nuestro tema, que es las extracciones en sí.

En el caso de que el astil se hubiera desprendido y la posición de la flecha aconsejaban la extirpación, previamente había que averiguar el sistema de fijación de la punta al mismo para saber cómo actuar. Si se trataba de una punta con pedúnculo como la de la ilustración de la derecha, se recurría a un PROPVLSORIVM (empujador), que era la sonda que vemos en la figura A. Previamente se abría la herida con los separadores para localizar el pedúnculo, tras lo cual se insertaba este en el extremo del PROPVLSORIVM y se empujaba con un movimiento seco y rápido para abreviar el trance. Si se trataba de una punta con cubo de enmangue, se empujaba con un PROPVLSORIVM (Fig. B) que, en vez de tener la punta hueca, tenía un cono que se ajustaba al diámetro del cubo y, una vez aflorada la punta, se empujaba del mismo modo que hemos explicado antes o se ayudaban haciendo uso de un fórceps. La intervención se remataba con la aplicación de los emplastos habituales y se dejaba la herida abierta para que supurase la pus que se produciría en poco tiempo. Si el sujeto podía con la infección, saldría vivo del brete y en poco tiempo estaría nuevamente operativo luciendo un chirlo más en su anatomía. Por cierto que, antes de iniciar la eliminación de la flecha, Pablo recomendaba ligar los vasos sanguíneos interesados, técnica que empezó a desarrollar Galeno. Obviamente, la sutura de los mismos era un procedimiento menos irritante que la aplicación de cauterio habitual hasta entonces.

En caso de que la situación de la punta no permitiera su expulsión se recurría a la extracción, lo que era preciso cuando dicha punta había tocado hueso y era imposible empujarla, o bien cuando se había detenido a punto de herir algún órgano o vaso sanguíneo importante. En cualquier caso, como se ha dicho, en primer lugar se ligaban los vasos sanguíneos interesados, tras lo cual se procedía a abrir la herida y buscar la punta. Una vez localizada y en vista de su morfología, se procedía a extraerla, bien usando la cuchara de Diocles o los instrumentos que vemos en la ilustración, dos sondas rematadas por sendas cucharillas de forma angular que se colocaban a ambos lados de la flecha para impedir que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba de la misma con la ayuda de un fórceps. Como ayuda a la extracción, antes de empezar a tirar se procuraba romper las puntas de las barbas o se cubrían con unos tubitos metálicos, siempre buscando que no dañaran aún más la zona herida. Por cierto que, en caso de que se sospechase que la flecha estuviera envenenada, aparte de succionar la herida se eliminaba el tejido afectado, lo que supongo daría lugar a otra sesión de berridos muy desagradables. 

Y si la punta se había incrustado en un hueso, pues la sesión de berridos se vería alargada, porque antes de iniciar la extracción en sí había que liberar la flecha. Para ello, lo habitual era romper cuidadosamente los bordes del orificio con un cincel. Un hueso vivo "atrapa" cualquier cosa que se clave en él, dificultando su enormemente la liberación del objeto. Por ese motivo, en caso de que la punta estuviera profundamente clavada, no quedaba otra opción que romperlo y, tras sacarla, tratar la herida como una fractura independientemente de las lesiones producidas en la carne. Si por el contrario la flecha no había profundizado demasiado, se podía intentar sacarla sin dañar el hueso según el método que vemos a la derecha, que nos muestra una barbada clavada en un fémur. En estos casos, el cirujano procuraba deslizar un fino alambre o un cordel provistos de un lazo corredizo por delante de las barbas y, ayudado con un fórceps, sacar la punta del hueso. Una vez liberada se procedería como una extracción normal según hemos explicado. Está de más decir que todo este proceso debía ser increíblemente doloroso, y la consecución del mismo no era cuestión de dos minutos porque había que actuar en todo momento despacio y con cuidado de no hacer más daño del que ya había provocado la maldita flecha.

CORDA FORTIS BALLISTÆ
La llegada del medioevo supuso una involución en temas médicos. La prohibición por parte de la Iglesia de estudiar en cadáveres y la reclusión en los SCRIPTORIA de los beaterios de las obras de los autores del mundo antiguo, así como la prohibición de ejercer la medicina a los frailes que eran los únicos que tenían acceso a dichas obras, hizo que todo el conocimiento atesorado por hombres como Galeno o Pablo de Egina quedara relegado al olvido. Las hemorragias volvieron a tratarse con la aplicación de cauterio y, para los casos de extracciones un poco complejas, se limitaban a dejar la herida abierta, serrando el astil un poco por encima de la herida en caso de que este no se hubiera desprendido. Tras varios días, la misma infección ya había reblandecido los tejidos de forma que sacar la punta era menos complicado, aunque el herido tenía todas las papeletas para palmarla por una septicemia de caballo o un tétanos a lo bestia. La mínima asepsia de antaño fue simplemente olvidada, y el riesgo de contraer cualquier enfermedad chunga notablemente elevado. No obstante, uno de los más destacados continuadores de la ciencia olvidada durante la Edad Media fue Henri de Mondeville (c. 1260-1316), que fue de los primeros médicos occidentales en recuperar la teoría de realizar las extracciones cuanto antes para alejar en lo posible el riesgo de infecciones. Además, parece ser que fue el creador del método que muchos toman como un camelo de la época y que consistía en extraer flechas con la ayuda de una ballesta como vemos en la lámina de la izquierda.

Otro cirujano que llevó a cabo un impulso notable en lo referente a las extracciones de flechas fue John Bradmore, que vivió durante la segunda mitad del siglo XIV y murió en 1412. Bradmore fue el autor de PHILOMENA, un tratado de cirugía bastante innovador, y gracias a sus habilidades como orfebre diseñó un extractor fue que usado hasta tiempos modernos. Consistía en una sonda partida en dos por cuyo interior corría un vástago que abría la punta a medida que se atornillaba. Así, una vez escaldada la herida con aceite hirviendo y aplicando el cauterio para cerrar los vasos afectados, introducía el extractor por el cubo de enmangue de la punta y lo abría hasta que la presión lo bloqueaba por completo, pudiendo tirar de la flecha o, en este caso, del cuadrillo, sin temor a dejarlo atrás. Con este chisme fue con el que pudo curar a Enrique V, al que uno de estos cuadrillos se le incrustó en plena jeta en la batalla de Shrewsbury, en 1403. Finalmente, dejaba la herida abierta para que drenada introduciendo un tampón impregnado con esencia de trementina.

Este instrumento también era válido para la extracción de puntas barbadas. Como vemos en la lámina de la izquierda, bastaba con embutir los cañones de dos plumas en las barbas, algo similar a la técnica de los clásicos que, en vez de plumas, usaban finos tubos de metal. De esta forma se impedía que las barbas se clavaran en la carne mientras se tiraba del extractor hasta sacar la punta. A continuación se procedía de la misma forma que la descrita en el párrafo anterior para sanear la herida y aminorar en lo posible el riesgo de infección.

Litografía de Hans von Gensdorff que muestra
a un cirujano hurgando con una sonda en el pecho
de un herido buscando la punta de flecha
Con todo, no fue hasta la llegada del Renacimiento cuando se pudieron recuperar las obras de los clásicos, así como de los hebreos y agarenos que las habían usado para aprender y mejorar sus técnicas. El más aventajado de todos los médicos de su época fue Ambroise Paré (1510-1590), del que ya hemos hablado en alguna ocasión y que es considerado como padre de la cirugía moderna. Paré fue el que, entre otras cosas, recuperó la ligazón de vasos antes de iniciar la intervención para aminorar las hemorragias que, hasta aquel momento, aún se seguían tratando con cauterio. Del mismo modo, impulsó el saneamiento de la herida mediante escarificación y una irrigación a base de aguardiente y vinagre en detrimento del cauterio al uso en la época. Obviamente, los tratamientos de Paré no estaban al alcance de todo el mundo, y menos de la abnegada y sufrida tropa de la época, pero al menos sentó las bases que marcaron la evolución para el tratamiento de este tipo de heridas. Los avances de Paré se debieron, entre otras cosas, a la realización de autopsias y estudios de cadáveres que, supongo llevaría a cabo en secreto para no caer en el entredicho eclesiástico. En aquella época, cualquier práctica contraria a los dogmas ya sabemos como podía terminar. Pero que nadie crea que con la llegada de las armas de fuego y la extinción progresiva de las ballestas en los campos de batalla se terminó la historia de las heridas por flechas.

De hecho, aún quedaban en el planeta probos homínidos cuya escasa tecnología les obligaba a continuar dependiendo de arcos y flechas para defenderse, como quedó patente en las guerras mantenidas por los yankees para robar sus tierras a los nativos en el Nuevo Mundo. De hecho, los médicos militares del ejército USA tuvieron que seguir haciendo frente a este tipo de heridas cada vez que sus tropas tenían un violento cambio de impresiones con las belicosas tribus que se resistían a someterse al ojo blanco. Por ello, las doctrinas y métodos de Pablo de Egina se mantuvieron vigentes siglos después de que su creador se largara de este atribulado mundo, siendo seguidas sobre todo por el coronel Joseph Bill, un afamado cirujano castrense que se puede decir que calcó los tratamientos de Pablo de Egina, sobre todo en lo referente a abreviar al máximo la extracción, la localización e identificación de la flecha, la apertura de la herida para facilitar la extracción e incluso el uso de los dedos en vez de sondas para ubicarlas correctamente antes de iniciar la intervención. Hasta diseñó un nuevo tipo de fórceps especialmente robusto para facilitar la extracción de flechas incrustadas en huesos que podemos ver en la ilustración de la izquierda. Ese chisme podía abrazar con gran fuerza cualquier tipo de punta independientemente del sistema de fijación al astil y tirar con fuerza del mismo para desincrustar la punta. 

Y la historia aún no acabaría aquí. Durante la 2ª Guerra Mundial, aún se produjeron unas 5.000 bajas entre los aliados que combatieron en Asia y se enfrentaron a tribus hostiles, y en Vietnam también pudieron probar lo irritante que es un flechazo cuando algún panoli era víctima de una trampa para bobos o de cualquier camboyano o vietnamita cabreado por haber visto su aldea reducida a pavesas a causa del napalm. En fin, incluso hoy día se siguen tratando heridas de flecha entre los aficionados al tiro con arco y, por supuesto, a la caza con arco, que a veces dicen que confunden a un venado con su cuñado para darle matarile sin tener que pasar por los tribunales. Y, por supuesto, las producidas por miembros de unidades de élite que prefieren el arco al silenciador para aplicar una muerte silenciosa pero eficaz a sus enemigos. En fin, estas heridas aún tienen mucho recorrido por delante.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

martes, 19 de enero de 2016

Heridas de guerra: ensañamiento y remate II


Detalle de la batalla de Dornach (1499) que muestra como las tropas suizas persiguen y rematan a los heridos

Escena de una batalla de "Der Weisskunig". El que caía en ese marasmo
no se volvía a levantar.
Bueno, tras limpiar concienzudamente la pantalla y el teclado de los restos de vísceras y cerebros de la entrada anterior, proseguiremos dando un somero repaso a las escabechinas con que nuestros belicosos ancestros dirimían sus diferentes puntos de vista. En la entrada de hoy estudiaremos los restos que indican como eran rematados los caídos en combate, así como un detalle que merece la pena reparar en él, y no es otro que la rápida acumulación de heridas perimortem. Me explico: cuando alguien recibe una herida de cierta gravedad cae y es rematado, lo que implicarían dos heridas, tres a lo sumo. Sin embargo, ya hemos visto que se producían incluso más de una decena, y eso que no han quedado rastro de las recibidas en las partes blandas del cuerpo, lo que supondría que un caído podría acumular quince, veinte o más golpes antes de ser definitivamente dado de baja. ¿Cómo era posible ensañarse de esa forma con alguien? Solo encuentro una explicación, y no es otra que se juntaban varios para masacrar a uno solo. Esto desterraría la errónea creencia por parte de muchos de que en las batallas se enfrentaban los adversarios por parejas, como vemos en las películas, y que lo cierto es que el combate era una vorágine de muerte y mala leche en donde todos luchaban contra todos, y si uno veía que un camarada acababa de abrir la cabeza a un enemigo aprovechaba y le endilgaba un tajo con su espada mientras que otro compañero le clavaba la pica de su alabarda en la ingle y otro más descargaba su maza contra el cráneo. Resultado, cuatro heridas tremendas antes de que al occiso le diese tiempo siquiera a declararse muerto. Veamos un ejemplo...

El cráneo que aparece en la parte inferior de la ilustración recibió seis heridas, pero tres de ellas son las verdaderamente significativas: en primer lugar tenemos una hendidura cuadrangular en el parietal izquierdo, producido con seguridad con el pico de un martillo de guerra. Esa herida ya era mortal de por sí. Luego tenemos un tajo de espada que le cercenó el occipital y que, al igual que la anterior, era mortal y de efectos fulminantes porque alcanzaría el bulbo raquídeo. Pero aún hubo tiempo de asestar un tercer golpe fatal que vemos a la derecha: un tajo propinado con una alabarda le "afeitó" literalmente la cara, segándosela desde la órbita izquierda hacia abajo y arrancando el arco cigomático, el maxilar superior izquierdo, la apófisis frontal del mismo lado y, en definitiva, media jeta. El corte empieza en la línea de puntos, y terminaría en el cuello. Pero la cuestión es que, por los ángulos de estos tres golpes, podríamos dar por sentado que los recibió antes de caer en una sucesión muy rápida, siendo el de la alabarda el último por razones obvias. En definitiva, a este desdichado lo aliñaron en un periquete sin haber tenido la más mínima oportunidad.

También vemos bastantes casos que muestran una herida más o menos grave y otra absolutamente definitiva, como es el caso de la derecha. Según podemos observar, el cráneo presenta una hendidura de 6 cm. de largo por 5 mm. de ancho en el parietal izquierdo que, por su ángulo, fue producida por detrás. El arma fue una alabarda o un arma similar ya que la hendidura no muestra un corte limpio, propio de armas afiladas, sino todo lo contrario. Los 6 cm. de largo demuestran que fue un golpe asestado con el pico de la misma, no con la hoja. Cuando el hombre cayó boca abajo, prácticamente muerto antes de tocar el suelo, su enemigo lo remató con otro golpe, esta vez con la hoja de su arma, que le cercenó el occipital hasta más allá del foramen magnum, o sea, le cortó la cabeza por la mitad.

A la izquierda vemos otro caso similar: una hendidura de 73 mm. de largo por 7 de ancho prácticamente idéntica a la que hemos visto en el párrafo anterior. Sin embargo, en este caso el remate se efectuó con la pica de la alabarda, introduciéndola por la parte trasera del cuello, bajo la base del cráneo, y empujando hacia arriba. Es el boquete que aparece a la derecha del foramen magnum. Como vemos, se repite la misma pauta: herida muy grave o mortal y remate en el instante en que el herido cae al suelo o en los momentos inmediatamente posteriores a la conclusión de la batalla. No obstante, me inclino a pensar que el remate debía ser inmediato ya que alguien con un pico de alabarda metido en el cráneo no vivía el tiempo suficiente para que un enemigo pensara que le quedaba un hálito de vida tras el combate.

Y buena prueba de que se aseguraban el deceso del caído es el ejemplo de la derecha, que muestra un tremendo tajo de espada que se llevó literalmente la tapa de los sesos. Luego, un golpe postrero de alabarda le hizo el mismo "afeitado" que vimos anteriormente y que le arrancó media cara como si tal cosa. Y digo arrancó y no cortó porque las alabardas no presentaban filo, o al menos no un filo similar al de una espada. Estas armas hendían como consecuencia de su propia masa y la energía cinética que le imprimía el que la empuñaba, por lo que el destrozo era aún mayor. Es como la cornada de un toro, producida con un asta totalmente roma pero que penetra como si fuera un cuchillo en mantequilla a causa de la enorme fuerza que le imprime el animal.

En cualquier caso, lo que sí es evidente es que a los caídos los remataban sin más contemplaciones. En una época en que los heridos propios eran un incordio no se iban a parar a cuidar a los ajenos, así que los pasaportaban sin más historias de forma rápida y expeditiva para, aparte de dejar de escucharlos berrear, poder expoliar sus cadáveres antes de que otro colega se apoderada de sus pertenencias, costumbre esta habitual sin reparar en categorías sociales. Al enemigo muerto se le dejaba en cueros, y sus armas, vestimenta y demás cosas aprovechables cambiaban de mano rápidamente. El muerto al hoyo y el vivo al bollo, era lo que había.Y, como vemos en la ilustración superior, este ciudadano solo presentaba una herida en la cabeza, y no es otra que una similar a la anterior producida con la pica de una alabarda. Es un tipo de herida bastante recurrente, propia además de gente que conocía su oficio y sabían donde había que hincar el hierro para producir una muerte instantánea sin tener ni idea de anatomía. Pero clavando en ese sitio en dirección hacia el centro de la cabeza se alcanza el cerebelo, situado justo debajo del cerebro, y adiós muy buenas en el tiempo que dura un pestañeo.

Esta muestra un remate similar a pesar de que, previamente, le reventaron todo el lado izquierdo de la cabeza (la hendidura que vemos el occipital es consecuencia del golpe principal, o sea, una grieta producida por la presión). Sin embargo, también presenta una hendidura junto al foramen magnum, si bien en este caso es muy pequeña y con forma cuadrangular. El arma que la produjo no podía ser otra que un martillo de Lucerna, un arma muy usada por los suizos y provista, como vemos en la imagen, de una larga y fina pica de sección romboidal o cuadrangular. Y, también como en los ejemplos anteriores, la hendidura muestra que el ángulo del golpe fue en dirección al cerebelo. En definitiva, perdieron el tiempo rematando a este desgraciado porque el boquete que tenía era complicado de curar.

Escena de la batalla de Calven (1499). En primer
término vemos como un peón remata a un caballero
caído asestándole un hachazo en la cabeza
En fin, dilectos lectores, las guerras siempre han sido unos eventos sumamente desagradables, y participar en una batalla no tenía nada que ver con los tópicos que la mayoría suele tener presente: caballerosidad, gallardía, etc. No, nada de eso. En las batallas medievales, como se ha dado cumplida cuenta en las entradas dedicadas a estas cuestiones tan sanguinarias, no se respetaba a nadie, y solo los más diestros, los más fuertes y los más listillos eran los que salían vivos del brete. También los que chaqueteaban y se largaban del campo del honor antes de empezar la fiesta, pero esos mejor no volvían a casa porque, de hacerlo así, los prebostes se encargarían de hacerle saber que eso de poner tierra de por medio y dejar en la estacada a los compañeros estaba muy feo y, sin más prolegómenos, lo colgaban de un árbol por menguado, cobarde, traidor y bellaco. Pero lo que sí creo que ha quedado claro es que el ensañamiento y el remate eran las pautas habituales por aquello de que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto, y el que era exterminado no volvería a presentar batalla con toda certeza.

Bueno, hora de irme a sobar, que mañana es solo martes.


Rematando heridos que, en este caso, no son simples peones sino caballeros. A pesar de ello, los enemigos, aún siendo
de su mismo rango, no dudan en finiquitarlos sin ningún tipo de miramientos, como hizo Enrique V en Azincourt



domingo, 17 de enero de 2016

Heridas de guerra: ensañamiento y remate I


"Mala guerra", dibujo de Hans Holbein el Joven que muestra de forma bastante realista la furia desplegada
por los combatientes

Uno de los referentes más conocidos es la Biblia
Maciejowski, que nos enseña con toda su crudeza los
efectos de las armas de la época
Que en las guerras medievales no se andaban con tonterías es algo de todos sabido, así como el amplio despliegue de ferocidad inusitada que tenía lugar cuando dos grupos más o menos numerosos de ciudadanos con diferentes opiniones se reunían para debatir sobre ellas. Colijo que en esos intensos debates tenía lugar una explosiva mezcla de testiculina combinada a partes iguales con miedo, ira y odio, lo que daba lugar a un pertinaz deseo de convertir al enemigo en una pulpa sanguinolenta. A lo largo de las entradas dedicadas a las heridas de guerra hemos ido estudiando los efectos producidos por determinadas armas gracias a las osamentas que han llegado a nuestros días y que nos han mostrado la tremebunda eficacia con que nuestros ancestros se escabechaban gallardamente en el campo del honor. Desafortunadamente, dichas osamentas siempre han procedido de hallazgos de fosas comunes foráneas ya que aquí, en la España que durante siglos ha sido testigo de todo tipo de matanzas, nadie parece haberse molestado en buscar los restos de los que combatieron tan sañudamente. Así pues, no nos que quedado más remedio que recurrir a los difuntos de Towton, Visby, Upsala, Dornach o algún que otro probo ciudadano suelto que ha aparecido despistado en alguna tumba sin nombre. No obstante, eso no nos supone ningún inconveniente ya que un hachazo tenía los mismos efectos en Zamora que en las afueras de Varsovia y, salvo cuando se trata de armas muy concretas, las osamentas halladas valen para todo. Son osamentas polivalentes, como es obvio.

Conocido cráneo procedente de la
fosa común de Towton que tuvo
que ser reconstruido por completo.
Al perder el soporte de la carne por
la putrefacción quedó hecho pedazos
a causa de sus diez heridas.
Sin embargo, el motivo de esta entrada no estará encaminado en concreto a los efectos producidos por el armamento medieval, sino más bien a la forma en que se usaba en determinadas circunstancias. Porque si algo he podido constatar a lo largo de las muchas horas dedicadas al estudio de estos escabrosos pero interesantes temas es que era cosa habitual no dar por muerto a nadie hasta que estaba 100% muerto. O sea, que las osamentas que se han ido rescatando mostraban por norma un elevado número de heridas más o menos graves, lo que es un testimonio palmario de que si alguien era abatido no se levantaba más. Dicho de otro modo: si uno era herido y no aguantaba en pie sin dejar de combatir, los enemigos se abalanzarían contra él y lo despedazarían casi literalmente. ¿Qué motivaba este ensañamiento? Como es evidente, la mezcla explosiva que mencionamos más arriba, que inducía a desfogar toda la furia, el odio y el miedo acumulados contra todo aquel que quedase a merced de sus adversarios. En resumen: no había piedad, y si alguien era herido y salía vivo del brete era porque había podido aguantar el dolor estoicamente y no le habían abandonado las fuerzas.

Si nos paramos a dejar de lado los
tópicos habituales, vemos que
muchas tropas combatían sin
ningún tipo de protección corporal
como, por ejemplo, los lansquenetes
Por otro lado, me llama la atención el elevado número de heridas producidas en la cabeza que, en teoría al menos, siempre ha sido la parte del cuerpo más protegida aún en los peones más misérrimos. Sin embargo, es habitual ver en esa zona una acumulación tremenda de lesiones, lo que nos indica que los enemigos tenían clarísimo que era allí donde había que golpear para finiquitar al caído. Desconocemos como es lógico las muertes causadas por heridas producidas en las zonas blandas del cuerpo que, obviamente, serían muchísimas, pero no deja de ser llamativo que, por ejemplo, los restos hallados en Towton mostrasen un 33% de heridas en los huesos del tronco y las extremidades mientras que el 96% de los mismos mostraban heridas en el cráneo, o que las cabezas halladas en Gornach tuvieran una media de cuatro heridas, sobrepasando la decena en algunos casos. Por todo ello debemos de dejar de lado la creencia sistemática de que todos los combatientes acudían a la llamada de las armas equipados con buenos yelmos ya que, de hecho, incluso podemos comprobar en multitud de representaciones gráficas de la época que esto no era así. Un ejemplo lo tenemos a la derecha, donde vemos a un lansquenete portando solo su armamento ofensivo. Sin embargo, su cuerpo está completamente expuesto a las armas del enemigo. Bastaría un puntazo en un muslo para perforar la femoral y aliñar al tedesco en menos de dos minutos.

Detalle del folio 219 de la Crónica de Lucerna que muestra
la batalla de Murten (1480). Como vemos, los cadáveres han
sido bastante maltratados
Y dentro de este elevado porcentaje de heridas en la cabeza podemos además observar otro detalle, y es que hay multitud de casos en que aparecen más de una que serían mortales de necesidad y, además, de efectos fulminantes. O sea, que no se conformaban con asestar un golpe definitivo sino que añadían alguno más de propina, por si acaso. En definitiva, no se buscaba dejar fuera de combate al enemigo sino más bien machacarlo literalmente. Además, veremos como hay determinadas heridas que se repiten a la hora de ver sus efectos, lo que sería un indicio de algún tipo de pauta o norma a la hora de rematar a los caídos para que sigan caídos para siempre jamás. En fin, vale ya de tanto introito y vayamos al grano.

Ahí tenemos el primer ejemplo. Se trata de un probo ciudadano de entre 40 y 60 añitos de nada que presenta una enorme brecha en la zona inferior del parietal izquierdo, producida posiblemente por el pico trasero de una alabarda. En rojo vemos algunas de las 11 heridas restantes que se observaron en el mismo, unas en scalp y otra en forma de hendiduras producidas ambas por espadas. Las heridas en scalp, para los que las desconozcan, son heridas en las que el arma saca literalmente una loncha de cuero cabelludo y a veces, como en este caso, una lasca de hueso. Todo esto podemos traducirlo de la siguiente forma: el sujeto recibió una herida en alguna parte del cuerpo que le hizo caer. Posiblemente, las de la cabeza también pero, una vez caído o desfallecido, alguien lo remató con el golpe final que lo dejó en el sitio. En todo caso, lo significativo es que recibió la friolera de DOCE heridas en la cabeza- cuatro de ellas infligidas por detrás-, y puede que alguna más en el cuerpo. Eso es ensañamiento alevoso, carajo.

Este otro ejemplo presenta tres heridas, todas mortales, en un sujeto de edad similar al anterior. Sin embargo, el que causó la primera de ellas no debió darse por satisfecho y le propinó otras dos igual de contundentes. Por sus dimensiones cabe suponer que usó una alabarda que, empuñada con ambas manos, era como golpear como un hacha. Dos de las heridas están en el lado derecho de la cabeza, y la otra en el opuesto. Como vemos, son asaz expeditivas y dos de ellas sobraban ya que cualquiera de ellas no solo es mortal de necesidad, sino absolutamente fulminante.

Otro ejemplo más, en este caso de un difunto de unos 40 años. que, además del boquete que salta a la vista, recibió otras cinco heridas más, tres de las cuales están marcadas en rojo en la foto de la izquierda. Pero este difunto, tras caer al suelo en posición de decúbito supino, o sea, boca arriba, recibió otra más que, según apreciamos en la imagen de la derecha, marcada en rojo, le cercenó media cabeza. Cabe preguntarse para qué le asestaron este golpe bestial si cuando cayó debía tener media sesera fuera de la cabeza.

Y otros cuatro más para que no se diga. El cráneo A perteneció a un hombre muy joven, de entre 15 y 20 años. La línea de puntos muestra el ángulo del tremendo corte que le infligió una alabarda enemiga. Previamente había recibido dos más, una de ellas el arco superciliar derecho. En B1 tenemos una vista trasera de la cabeza de un hombre también joven, de entre 20 y 30 años, que recibió cinco heridas, dos de ellas fatales. La que vemos en este caso correspondería a un tajo de espada o alabarda cuando el sujeto estaba tumbado o con la cabeza inclinada hacia abajo, mientras que la que vemos en B2 procede a todas luces de la pica de una alabarda, clavada en el cogote cuando el fulano estaba tumbado y, casi con seguridad, muerto. La herida que vemos en C es una más de las cinco que recibió. Una podemos verla un poco más atrás, mientras que la otra fue un bestial tajo que le cercenó literalmente la jeta desde la órbita derecha hasta el cuello. La que vemos en la parte superior podría haber sido causada por el pico trasero de una alabarda clavado hasta la hoja. De ahí que el orificio tenga forma romboidal con largas aberturas en ambos extremos. Sin embargo, y a pesar de ser mortal y fulminante, cuando cayó al suelo aún le cortaron la cabeza por la mitad. Este tipo de heridas aparece con bastante profusión en los restos de la batalla de Dornach (1499). De hecho, es similar a la que vemos en D1 marcada con una línea, y debió ser la que aliñó definitivamente a ese sujeto de edad mediana que recibió un total de once heridas en la cabeza, parte de las cuales podemos ver además del puntazo propinado por el pico de un martillo de guerra. En D2 tenemos el mismo cráneo visto desde arriba con las señales de cortes marcadas en rojo

Por otro lado, llama la atención la cantidad de heridas recibidas por detrás, lo que indicaría dos opciones: una, que el sujeto estaba tumbado boca abajo, agonizante o muerto. Y dos, que fue atacado por la espalda en plena vorágine, donde se recibían golpes desde cualquier sitio. Un ejemplo sería la que vemos a la izquierda, en forma de corte limpio producido por una espada. Ese tajo debió alcanzar seguramente las cervicales- vemos que el ángulo de corte es hacia abajo-, y con ello una muerte instantánea. Esa herida fue la definitiva de las cuatro que recibió en total en la cabeza.

Fragmento de una miniatura del segundo volumen del
Chronicon Helvetiæ en la que vemos a un alabardero
caído a punto de ser rematado con un tajo de espada en
la cabeza.
Estos ejemplos nos han mostrado lo comentado en el introito inicial, y es que nadie se libraba de ser masacrado aunque cayera con la cabeza literalmente reventada a golpes. Naturalmente, a estas heridas habría que añadir las producidas en el tronco, de las que no ha quedado rastro pero que también se producirían con profusión, más las amputaciones de miembros que acabarían con la vida del personal en escasos minutos debido a las hemorragias producidas. Queda patente pues que había un especial ensañamiento hacia los heridos, que quedaban a merced de sus enemigos sin posibilidad de recibir un mínimo de misericordia hacia ellos. Es de todos sabido que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto y, al parecer, estos ciudadanos lo tenían tan claro que no dejaban lugar a dudas en ese aspecto. 

Bueno, mañana seguiremos, que es hora del yantar y eso es sagrado.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: como las osamentas mostradas estaban bastante averiadas las he completado con la parte que les falta para que el lector pueda hacerse una idea clara de lo que está viendo.


Continuación de la entrada pinchando aquí