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sábado, 6 de julio de 2024

PARTES DEL CASTILLO: ALBACARA

 

Vista aérea del castillo de Peracense, en la provincia de Teruel, que por si no lo saben, existe. En la imagen se puede apreciar la extensa albacara y, a la derecha, el castillo propiamente dicho.

Hace ya dos eras geológicas que no disertamos sobre castillos, de modo que va siendo hora de elaborar un articulillo sobre el tema, aunque no sea especialmente enjundioso porque, como saben, la llegada del estío y la joía caló me reblandece la cosa esa que habita dentro de mi cráneo. Así pues, hablaremos de los albacares, parte muy importante de los castillos medievales y que, por lo general, solemos pasar por alto cuando visitamos uno de ellos. Además, no es plan de que un cuñado nos sorprenda con el palabro y nos humille delante de toda la familia. Bien, para ponernos en contexto, procedamos con un breve

INTROITO

Castillo de Olvera (Cádiz), encaramado en un peñasco y cuyo
acceso se encuentra al final de un empinado y serpenteante
sendero por el que solo cabe un hombre de frente. Como es
obvio, no necesitaba una guarnición numerosa para defenderlo

Según su ubicación sobre el terreno, los castillos no solo servían para albergar una guarnición militar destinada a complicar la existencia de una hueste dispuesta a adentrarse en territorio ajeno. Aunque en la Península, debido a su abrupta orografía (recuerden que España es el segundo país más montañoso de Europa tras Suiza), abundan los castillos roqueros, nidos de águilas absolutamente inexpugnables y que solo podían ser rendidos por hambre y/o sed, cuando los aljibes se vaciaban y los defensores empezaban a devorarse unos a otros, muchos otros se edificaban en posiciones que, aunque ventajosas para su defensa, eran mucho más accesibles. Estos castillos, de dimensiones más amplias y con capacidad para albergar guarniciones más numerosas, podían servir de refugio a los pobladores de la comarca, de forma que, cuando se detectaban movimientos de tropas en las fronteras, los siempre sufridos ciudadanos rurales tuvieran un lugar donde refugiarse y poner la honra de sus mujeres e hijas, sus bienes muebles y sus ganados a salvo de las ávidas zarpas de los invasores, ya fueran los participantes de una aceifa agarena o una cabalgada cristiana.

Reconstrucción de una mota castral, donde vemos la torre del
señor feudal y la mínima población que se refugiaba tras la
empalizada. La defensa del reducto se veía mejorada con un
foso húmedo que se inundaba mediante un alquezar conectado
con el río cercano

Ojo, esta función secundaria de refugio para civiles no solo se dio en la Península, sino en toda la Europa si bien, en este caso, el enemigo no era un moro deseoso de saquear a destajo, sino el noble del feudo vecino que se dedicaba a expoliar a todo quisque, bien por ganas de chinchar, por pura necesidad para calentar el puchero o por añejos odios de cuyo origen nadie se acordaba ya. En este caso hablamos de las motas castrales, pequeñas poblaciones o aldeas defendidas por una simple empalizada y un foso que eran defendidos por las exiguas guarniciones de la torre construida sobre un montículo, ya fuera natural o artificial. Cuando comenzaba la jornada, los habitantes salían a trabajar sus tierras y a pastorear con sus ganados, que obviamente permanecían a buen recaudo durante las noches. Cuando atardecía, todos volvían a casa, izaban el puente levadizo y cerraban la puerta de la empalizada para impedir visitas non gratas. Sea como fuere, y como ya se explicó en su día, la mota castral apenas tuvo difusión en la Península salvo en algunas zonas lindantes con la Marca Hispánica.

Este era el último acto de cualquier saqueo de manual. Obviamente,
no era lo mismo verte dentro de tu casa en llamas que ver de lejos
como quemaban tu casa aunque aún te quedasen 3 lustros de
hipoteca por delante
Bien, la cosa es que el estado de guerra permanente que se dio en la Península durante siglos obligó a crear fortificaciones específicas en las que dar cabida a los pobladores o la gente que vivía cerca de las fronteras que, por razones obvias, eran por sistema las más expuestas a sufrir en sus enjutas carnes las violencias y los saqueos del vecino, independientemente de que adorase a Alláh o a Dios nuestro Señor, que siendo el mismo hay que ver la de siglos que llevamos matándonos por eso. La cosa es que el peligro de que la aceifa o cabalgada anual se llevara por delante el esfuerzo de años, más la posibilidad de verse pasado a cuchillo o esclavizado, obligó a diseñar espacios seguros donde los pobladores de alquerías, granjas o asentamientos cercanos tuvieran un lugar donde refugiarse y donde los hombres, gente ruda habituada a la guerra, podían sumarse a la guarnición usando como armas sus aperos de labranza. No olvidemos que las horcas, mayales, zapapicos, hachas y guadañas eran unos chismes temibles en manos de estos ciudadanos que, además, eran extremadamente diestros en su manejo. Así surgió la albacara.

Castillo de Medellín (Badajoz), situado al NE de la población. Dotado
de un antemuro del que ya queda poco, el interior estaba claramente
dividido en dos partes por un muro diafragma: la situada al oeste,
sombreada de verde, era la albacara. La oriental, de rojo, era el patio
de armas del castillo. La flecha señala la posición de la puerta de acceso
Albacara o albácar es un palabro de origen árabe, concretamente de al-baqqāra, que viene a significar la vaquería, tomando las reses vacunas como término genérico para cualquier ganado, ya fuese bobino, caprino, ovino o cuñadino. La albacara, contrariamente a las motas castrales, permanecían desocupadas mientras no hubiera peligro de un ataque, y se pueden ver tanto en castillos cristianos como en los hisn agarenos. Cuando la paz reinaba en el mundo y tal, para lo más que se usaban, caso de no haber espacio disponible en otra zona del recinto, era para construir en ellas cuadras y corrales de donde se suministraba a la guarnición de carne fresca, pero nada más. Sin embargo, en cuanto algún mensajero traía noticias chungas o las atalayas lanzaban ahumadas para alertar de la presencia de enemigos, todos los habitantes de la zona de influencia del castillo salían echando leches hacia el mismo con los bienes que podían llevar consigo y, lo más preciado de todo, el ganado y/o las reservas de grano, tocino, encurtidos y demás provisiones con las que llenar el buche mientras pasaba la tormenta.

No necesariamente se construía la albacara al mismo tiempo que el castillo. En la Península, donde por lo general se reformaban las fortalezas agarenas tomadas por los cristianos, podían estar inicialmente conformadas como un castillo mondo y lirondo. Sin embargo, cuando la zona empezaba a repoblarse, uno de los factores más importantes para incentivar al personal era, precisamente, ofrecerles protección asegurada en una fortificación guarnecida por belicosos freires de alguna orden militar o los hombres de armas del noble al que había sido concedida la tenencia. Así pues, llegado el caso, se procedía a construir una muralla anexa a la del castillo para dar cabida a la albacara pero, eso sí, siempre separada del patio de armas que albergaba la zona militar del mismo. A la derecha tenemos otro ejemplo, en este caso el castillo de Feria. Como ven, la distribución es idéntica a la de Medellín con las salvedades de la morfología del recinto ya que este se tenía que adaptar a la orografía del terreno. Y, al igual que el caso anterior, vemos la zona militar de rojo, el muro diafragma con la torre del homenaje en el centro y, de verde, la albacara. Obviamente, su muralla disponía de torres de flanqueo y adarve para su mejor defensa, ya que el ataque podía venir desde cualquier sitio llegado el caso.

Veamos un ejemplo más, por si alguno aún no lo tiene claro. En la ortofoto podemos ver el castillo de Trujillo, situado en un cerro al norte de la ciudad. Es un hisn andalusí en toda regla provisto de varias albarranas y accesos directos defendidos por torres. El castillo, sombreado de rojo, fue edificado con anterioridad a la albacara, por lo que en este caso no tenemos el muro diafragma habitual, sino la muralla norte del recinto separándolo de la albacara que vemos sombreada de verde, en un amplio espacio totalmente despejado. Además, se construyó con su propia entrada, que vemos señalada con una flecha también de verde, en la muralla oeste, embutida entre dos potentes torres. El acceso al castillo se hace por la puerta original, situada al sur (flecha roja). Por lo demás, veremos que es habitual que las cisternas o, al menos, las de más capacidad, se encuentren en la zona militar ya que, siendo el último reducto defensivo, era el que debía disponer de las mayores reservas de agua. Por otro lado, estando los albacares vacíos la mayor parte del tiempo, tampoco se consideraría importante cavar un aljibe, siendo más fácil fabricar pequeñas albercas de superficie.

Concluimos con otro detalle que puede que más de uno se esté preguntando: ¿por qué la albacara siempre esta separada de la zona militar, aunque fuera construida al mismo tiempo que el castillo? Observen ese plano. Pertenece al castillo de Noudar, en el distrito de Beja (Portugal), y literalmente pegado a la frontera española. Vean el pequeño tamaño del recinto del castillo comparado con la enorme albacara que, como se aprecia por los restos de cimientos, cuando el peligro agareno se alejó dio lugar a una pequeña ciudad con su muralla. Los agarenos se habían ido, pero los castellanos estaban al acecho. Obviamente, había que mantener bien diferenciadas las zonas de uso civil del militar.

Pero, incluso en tiempos anteriores, una avalancha de labriegos acojonados podía incluir a espías alevosos que se infiltraban en el interior del castillo para informar a los suyos. No era complicado dejar caer un cacho papel desde la muralla con un plano acerca de la situación de poternas, puntos débiles, etc., por lo que es más que evidente que los civiles no debían tener ni puñetera idea de la distribución de la zona militar y el reducto. En la foto de la izquierda pueden ver el patio de armas del castillo de Feria visto desde el muro diafragma, que además sirve de acceso a la torre. En la esquina izquierda se encuentra el aljibe principal a ras del suelo. Esa zona debía permanecer siempre en el más absoluto secreto.

Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Así pues, ya saben por qué hay castillos que parece que tienen dos patios de armas cuando, en realidad, solo tienen uno. Lo otro es la albacara.

Hale, he dicho

Albacara del castillo de Burgalimar, en Baños de la Encina (Jaén), antes de su restauración. En primer término vemos la torre y parte del muro diafragma que separaban la alcazaba del resto del recinto que, en este caso, se construyó todo ex-novo

miércoles, 13 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 2ª PARTE

 

Mercaderes nubios pasando el puesto fronterizo establecido en la fortaleza de Semna Occidental. Solo los mercaderes y los mensajeros podían cruzar hacia el norte, pero no más allá de Mirgissa, donde podían vender sus cargamentos a los tratantes egipcios. Obsérvese la coracha que baja desde la muralla hasta el Nilo para asegurarse el suministro de agua en caso de asedio

Escena de un asedio representada en la tumba de Khety I. Como
vemos, la fortaleza ha sido representada de forma muy esquemática
y solo nos permite hacernos una idea de su aspecto general
Bueno, como la conjuntiva parece que tiene menos "itis" y me casi no me pican los ojos cuando fijo la vista, prosigamos. No obstante, antes de empezar debemos hacer una aclaración aclaratoria para aclarar lo referente a las medidas que iremos desgranando en este artículo ya que la totalidad de los restos que se conservan están, en el mejor de los casos, bastante mermados en sus estructuras, cuando no prácticamente en los cimientos. Esto ha permitido saber con cierta exactitud la superficie de sus recintos, la longitud de sus murallas o el grosor de las mismas, pero nada en lo tocante a la altura, que se ha deducido de forma aproximada en base a la anchura de paramentos, muros, etc. Por otro lado, las representaciones gráficas de la época no son fiables para deducir tamaños ya que están fuera de escala, así que solo han valido para tener una idea aproximada de la morfología de estas fortificaciones, así como de determinados elementos defensivos como la merlatura que coronaba las murallas. Así pues, recordemos en todo momento que cuando decimos que tal muralla o recinto tenía tal altura hablamos de cifras muy aproximadas, pero en modo alguno exactas como lo puedan ser la anchura o extensión de las diversas estructuras que se mencionarán.

Dicho esto, en la entrada anterior ya cometamos los orígenes de las fortificaciones faraónicas, así como los materiales de construcción usados en las mismas, por lo que ahora toca meternos en los entresijos de su

DISEÑO Y ELEMENTOS DEFENSIVOS

A la derecha vemos la fortaleza de Semna Occidental, y frente a ella
la de Kumma. Ambas cerraban literalmente el paso en ese sector del Nilo
Los castillos de los faraones eran recintos de tamaño más que respetable. De hecho, bastante mayores que un castillo convencional de la Edad Media. Los motivos podrían ser varios, a saber: ante todo, hablamos de fortificaciones situadas en lugares muy comprometidos, fronterizos con los nubios con los que anduvieron a la greña durante siglos. Obviamente, para defender las fronteras era necesario disponer de contingentes de tropas numerosos, así como de espacio para albergar refuerzos en caso de ser necesarios. Por otro lado, estos castillos eran también almacenes donde se guardaban, no solo las provisiones y bastimentos para la guarnición, sino también los bienes procedentes de la Nubia que debían ser puestos a buen recaudo hasta que llegase el momento de enviarlos a la metrópoli, especialmente el oro y el cobre. Finalmente, cabe suponer que, caso de intentar un asedio, los nubios no juntaban a cuatro compadres para formar un ejército, sino que debían organizar una hueste respetable a la vista de las formidables fortificaciones con que los egipcios protegieron sus fronteras.

Básicamente, hablamos de recintos que podemos dividir en dos tipos: los emplazados en las llanuras junto al Nilo y los situados en elevaciones del terreno. Los primeros eran mucho mayores y, por norma, rodeados por fosos de considerables dimensiones ya que hablamos en cavas de unos 3 a 5 metros de profundas y de hasta 7 o 9 metros de ancho. En una época en que la poliorcética aún estaba prácticamente en pañales, debemos suponer que los asedios solo se solucionaban de dos formas: o sentándose a esperar a que los defensores se empezasen a comer unos a otros, lo que no debía ser frecuente a la vista de las grandes cantidades de grano que almacenaban y muchas de ellas con el Nilo junto a sus murallas, o tomándolas por asalto, como vemos representado en muchos testimonios gráficos. Pero como algunos dibujitos valdrán más que una extensa filípica, mejor vamos explicando sobre ejemplos conocidos y así nos aclaramos antes y mejor...

A la derecha tenemos un plano de la fortaleza de Semna Occidental, situada en un promontorio en la orilla oeste del Nilo. Fue construida en el 8º año del reinado de Senusret III y se apoyaba con las fortalezas de Semna Meridional y Kumma, separadas unas de otras menos de dos kilómetros. Como vemos, se trata de un  amplio  recinto en forma de L con una superficie total de 7.856,5 m². Para darle consistencia al edificio el terreno se niveló con escombros de granito. En A y A' aparecen las puertas principales, mientras que en B se encuentra la puerta  del río. Por lo general, estas fortalezas tenían una o dos puertas mirando hacia tierra y otras tantas al Nilo, usadas como muelle de carga y como coracha de agua para asegurarse el suministro del líquido elemento. Semna estaba rodeada por un foso por los lados sur, oeste y norte, quedando el sector oriental protegido por el río. La muralla no era para tomarla a broma: fabricada con ladrillo crudo, su espesor oscilaba entre los 5 y los 8 metros y se le calcula una altura aproximada de nada menos que 14 metros, lo mismo que un edificio de cinco pisos aproximadamente. Como vemos, salvo en el lado oriental, en el resto de la muralla se reparten varias torres en cuyo extremo se ensanchan para dar cabida a más defensores. En el detalle vemos que actuaban básicamente como albarranas ya que, proyectadas varios metros por delante de la muralla, podían cubrir las zonas situadas junto a la base de la misma. Pero lo más significativo, y que es un elemento común en todas las fortalezas de la frontera nubia, son los resaltes que dan a las murallas un aspecto dentado y que son hasta la fecha motivo de enjundiosos debates ya que, al no existir la parte superior de los mismos, se dan diversas teorías sobre su utilidad.

La explicación que se dio cuando se comenzaron a estudiar estas fortalezas entre finales del siglo XIX y principios del XX era que se trataba de torres de flanqueo. Pero su pequeño tamaño, así como la escasa distancia entre unas y otras, por lo general inferior a los 5 metros, pronto hizo pensar que una serie de torres tan cercanas y que apenas dejaban sitio para, a lo sumo, dos hombres, eran inviables. De hecho, para que un defensor pudiera hostigar a un asaltante pegado a la muralla tendría literalmente que volcar medio cuerpo entre las almenas, lo que no era precisamente aconsejable cuando los arqueros enemigos estarían a la caza de cualquier tontaina que asomase la cabeza. Como vemos en el gráfico, el arquero situado en la supuesta torre lo tendría muy complicado para hostigar a los atacantes que se aproximasen a la muralla. Así pues, surgió la teoría de que, en realidad, se trataba de simples contrafuertes como el que vemos a la izquierda, que ocuparían una altura equivalente a unos ⅔ de la altura total. El hecho de que estos contrafuertes no tuvieran trabazón con la muralla y que en caso de colapsarse no afectase en nada la solidez de la misma parece una teoría más cercana a la realidad.

No obstante, algunos autores han sugerido una tercera posibilidad, y es que fuesen pilares para sustentar estructuras voladizas similares a los cadalsos medievales. Al ser el ladrillo mucho más pesado que las estructuras lignarias de dichos cadalsos, en vez de ménsulas requerirían algo más resistente, que en este caso serían precisamente los pilares de ladrillo. La opción de los voladizos la vemos plasmada en el gráfico A de la ilustración de la derecha. Los pilares permitirían darles una base sólida y en el suelo, fabricado de madera, se abrirían buheras entre pilar y pilar para arrojar sobre los enemigos cualquier porquería disponible. No obstante, hay una cuarta teoría, que es la que vemos en la figura B. Ya que el escaso espacio entre contrafuertes se convertiría en un refugio para los asaltantes, para impedirlo se colocarían pequeños balcones a modo de ladroneras sustentados por troncos y puntales con su correspondiente buhera en el suelo. De ese modo, el espacio muerto entre contrafuertes sería adecuadamente protegido ya que, obviamente, servían de protección a los enemigos que lograran alcanzarlos ya que quedarían a resguardo del fuego de flanqueo procedentes de las torres, que solían distar entre 20 y 50 metros unas de otras, o sea, dentro del campo de tiro eficaz de cualquier arco de la época.

LOS FOSOS

Aparte de sus generosas dimensiones ya mencionadas anteriormente, tenían unas características que los hacían especialmente eficaces ante unos enemigos que solo dispondrían de escalas para intentar un asalto. Veamos el gráfico de la izquierda, correspondiente a la fortaleza de Buhen que, como ya se comentó, es la que ha salido mejor parada al cabo de los siglos y ha permitido conocer mejor este tipo de fortificaciones. En primer lugar vemos un murete de escasa altura ante el cual se extiende un talud de varios metros de largo. Este primer obstáculo tenía dos funciones: una, impedir que la arena entrase en el foso. Considerando que el viento mueve cantidades masivas de la misma en aquella zona, tendrían que estar cada dos por tres paleando arena para impedir que quedase cegado en poco tiempo. Y por otro lado, el talud impedía a los atacantes ver el foso, que quedaba oculto tras el mismo. Los que se acercasen al castillo solo verían la muralla, pero al llegar al murete se quedarían con la jeta a cuadros al ver que no solo había un foso, sino unas torres que, a modo de barrefosos o caponeras, aniquilaría a todo aquel que se atreviese a bajar al mismo. Y además de las caponeras, todo el perímetro estaba provisto de un antemuro desde donde también podrían hostigar a los agresores. Como vemos en el detalle, las aspilleras eran de una tipología única: cada una de ellas se dividía en tres ramales para dar mayor ángulo de tiro a los arqueros y, además, disponían de dos niveles, o sea, seis aspilleras en total: las tres superiores cubrían el murete o el glacis dependiendo de si estaban situadas en el antemuro o la muralla, y las inferiores cubrirían la liza y el fondo del foso en el mismo caso. En resumen, pasar del foso era bastante complicado ya que, además, se tenía por norma chapar las escarpas y las contraescarpas con ladrillos para impedir a los asaltantes trepar por ellas, precisando necesariamente de escaleras que, como ya podemos imaginar, retrasaría el asalto y los dejaría a merced de los arqueros que defendían la fortaleza.

LAS PUERTAS

Sin duda, eran las estructuras más formidables. De hecho, eran talmente similares a las barbacanas medievales, por lo que podrían continuar la resistencia aún en el caso de ver la fortaleza invadida por los enemigos. La que vemos a la derecha es una reconstrucción de la puerta de tierra de Buhen, que disponía de dos más de menor tamaño en el sector del río. La ilustración procede de las primeras excavaciones, por lo que vemos los misteriosos salientes de la muralla con forma de torres. Bien, como vemos, la puerta estaba formada por un recinto con forma de U que avanzaba entre 15 y 25 metros de la muralla principal. En su extremo exterior vemos como el pasillo se estrecha, dejando apenas unos tres metros de ancho para pasar y, de ese modo, dificultar una invasión en masa. Pero la invasión lo tenía crudo porque a partir de ahí se encontraban con una empinada rampa y varias puertas consecutivas, incluyendo en algunos casos, como por ejemplo en Buhen, un foso o salto de lobo con un puente levadizo en la parte central del pasillo, tras el cual había otras dos puertas más. En el grabado se puede ver la puerta que daba acceso a la liza, lo que permitiría a los defensores tanto ocuparla en caso de ataque como evacuarla en caso de verse desbordados. Este que vemos no era un diseño único, habiendo variantes como, por ejemplo, estar proyectadas más hacia el interior que hacia el exterior y con el pasillo de acceso formando un embudo cada vez más estrecho a medida que se avanzaba.

En cuanto a las puertas del río, a la izquierda podemos ver su aspecto, en esta ocasión también las pertenecientes de Buhen. Como vemos, se trata de sendas puertas de pasillo con acceso directo como la principal, pero de menor tamaño. De cada puerta sale un muelle destinado a facilitar la carga y descarga de las naves, así como para asegurarse el suministro de agua. Para impedir que los enemigos se infiltrasen en el reducido espacio que quedaba entre la muralla y el río, en algunas fortalezas se construían corachas que cerraban literalmente el paso y que resultaban infranqueables ya que solían tener entre dos y tres metros de espesor y seis de altura. Como complemento, estas fortalezas también disponían de postigos para facilitar el paso de tropas de un punto a otro y, en el caso de grandes recintos como Buhen o Mirgissa, que eran en realidad asentamientos fortificados con una ciudadela interior, para que la población pudiera salir y entrar del mismo sin que se produjeran aglomeraciones en las puertas principales que, recordemos, eran solo una o dos a lo sumo. Hablamos de murallas que, como la de Buhen alcanzaron un perímetro de 1,6 km., lo que la convertía en una población con un tamaño más que decente para la época. Su misión no solo era dar protección a colonos, tratantes y demás probos hijos de Amón para sus trapicheos con los nubios sin que se vieran asaltados por partidas de bandidos, sino también para alojar tropas de refuerzo en caso de necesidad. En fin, ya vemos que no se diferenciaban gran cosa, por no decir nada, de cualquier estructura similar de la Edad Media.

DEPENDENCIAS INTERNAS

Una fortaleza egipcia disponía todo un complejo de dependencias en su interior incluyendo el templo de turno, que la cosa religiosa siempre la tenían muy presente y no era plan de cabrear al extenso panteón patrio por no dedicarle las preces adecuadas. Básicamente, podemos dividirlas en varias partes bien definidas: en primer lugar estarían las dependencias del comandante de la guarnición que, en una sociedad profundamente clasista como la egipcia, es evidente que dispondría de todas las comodidades imaginables, como si estuviera en su palacio de Tebas. En realidad, era la mejor forma de tenerlos contentitos y, por ende, alejados de corruptelas, alevosías o ambas cosas. En cuanto a las tropas, como ya podemos imaginar, no disponían de tantas comodidades. 

En el gráfico de la derecha podemos ver el aspecto de los cuarteles y que es similar en las fortalezas donde han aparecido este tipo de recintos. En la figura 1 vemos un plano que nos muestra su distribución: formaban un rectángulo de 8 x 5 metros dividido de la siguiente forma: En A tenemos un espacio común que serviría para esparcimiento de la tropa, para cocinar o contarse chistes verdes. B y B' eran los dormitorios con una superficie interior de 5 x 2 metros. No sabemos cuántos hombres los ocupaban, pero teniendo en cuenta la época y las condiciones de vida de esta gente igual metían a cuatro en cada habitación. Los muros estaban fabricados de ladrillo, con un grosor de 50 cm. En la figura 2 podemos ver una recreación de su apariencia. Se ha representado con una segunda planta, a la que se accedería por las escalas que vemos apoyadas en el muro. Así mismo, podrían tener una salida por el techo con la finalidad de que, caso de ser invadidos, tener una salida de emergencia para moverse por el recinto de un lado a otro a fin de prolongar la defensa. Por lo demás, estas dependencias se agrupaban en manzanas, o sea, dos filas de cuarteles adosados por los muros traseros.

Otra parte importante eran los graneros, donde no solo se almacenaba el que serviría de alimento a la tropa, sino el que sería enviado a la metrópoli. Afortunadamente, tenemos cantidad de testimonios gráficos hallados en los frescos que adornan tumbas y templos, así que en este caso no creo que podamos tener dudas al respecto. A la izquierda tenemos un par de ellas que muestran escenas similares: mientras los esclavos proceden al llenado de los silos, los capataces y contables llevan un control riguroso de las cantidades que se almacenan. Al parecer, una vez terminada la operación se sellaban las puertas para impedir robos, y cada vez que había que sacar o meter más grano el capataz rompía los sellos para acceder al interior, sellos que eran nuevamente colocados cuando se acababa la faena. Estos sellos eran simples galletas de barro fresco que unían los extremos de la soga con que se cerraban las puertas. En el sello se estampaba el cartucho con el nombre del faraón. Por lo demás, como vemos en ambas ilustraciones, podían ser abovedados o con el techo raso si bien en ambos casos las escaleras dejan claro que se accedía a ellos desde la parte superior.

Por último, quedarían por mencionar los almacenes. En ellos se guardaba todo lo que no era grano: cerveza, salazones, dátiles y provisiones de todo tipo, además de servir de armería y posiblemente de talleres. No obstante, parece ser que había un SANCTA SANCTORVM cuya custodia era de vital importancia: la dependencia donde se guardaba el oro que en lengua egipcia se denominaba "casa de plata". Su existencia está corroborada por multitud de impresiones en tablillas de barro y, concretamente en el caso de Uronarti, estaba formada por un patio rectangular con tres dependencias paralelas estrechas y largas adosadas a los cuarteles. Imagino que en el patio se contabilizaba la pasta gansa, mientras que en las dependencias se guardaba bajo siete llaves hasta que llegase la hora en embarcarlo hacia el norte.

Por último, solo nos resta mencionar las atalayas, de cuya existencia hay testimonios gráficos que nos permiten conocer su morfología e incluso su distribución interior. En el centro, arriba, vemos una tablilla procedente del cementerio real de Abidos, mientras que la figurita de marfil inferior, de solo 4,9 cm. de alta, representa un edificio prácticamente idéntico datado hacia el 3100 a.C., por lo que podemos suponer que este tipo de torre, aparte de tener un diseño más antiguo que Noé, permaneció invariable durante siglos. A la izquierda hemos recreado su aspecto original, con un cuerpo cónico rematado por la típica merlatura ondulada egipcia. El acceso, como es habitual en este tipo de torres aisladas, estaba a una considerable altura y solo se podía llegar al mismo mediante una escala de cuerda que sería retirada en caso de peligro. El interior estaría dividido en tres plantas separadas mediante entresuelos de madera. La baja sería el almacén y las otras dos los alojamientos de la guarnición. Para pasar de una a otra, así como a la azotea, se valdrían de simples trampillas y escalas de mano. Estas torres se encontrarían diseminadas por el territorio para, como es de rigor, avisar a las fortificaciones principales de posibles movimientos sospechosos de tropas enemigas.

Bueno, creo que con esto ya podemos conocer un poco más las desconocidas fortificaciones construidas por los egipcios hace miles de años, cuando en Europa aún andaban a garrotazos y metidos en chozas que, a lo sumo, rodearían con burdos muros de lajas de piedra. Otro día hablaremos de la organización de las tropas que servían en estas fortalezas, y así tenemos todo el repertorio necesario para chafarle la tarde a esos cuñados que se han visto los documentales de Canal Historia donde siempre sale un experto que no lo conocen ni en su casa revelándonos detalles tan sorprendentes que no se entiende como se le pasaron por alto a Emery, Petrie, Borchardt, Lawrence etc.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONANDAS:



Recreación de Buhen obra de J.C. Golvin vista desde el lado oeste. Obsérvese la magnificencia de la puerta principal, el foso y la ciudadela interior, provista también de su correspondiente foso y un antemuro. Así mismo, merece la pena reparar en las pequeñas corachas que aparecen a ambos lados, al fondo del recinto, que impedían el paso a la zona portuaria de la fortificación. Salta a la vista que no tiene nada que envidiar a cualquier plaza fuerte medieval o incluso posterior. Su superficie alcanzó 2,7 Ha., y su muralla exterior tenía 5 metros de espesor y entre 10 y 14 metros de altura

jueves, 7 de enero de 2021

LOS CASTILLOS DE LOS FARAONES 1ª parte

 

Reconstrucción de la fortaleza de Uronarti, en la región de la Segunda Catarata. Este castillo, salvado por su posición de verse sumergido en las aguas del lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán, fue construido posiblemente por el faraón Senusret III (Sesostris según la denominación griega), de la XII Dinastía. Como se puede ver, por su aspecto no tenía nada que envidiar a las más complejas fortalezas medievales

Sí, sí, castillos faraónicos. Pero castillos de verdad, no empalizadas o pequeños reductos a base de pedruscos apilados. Castillos que, como vemos en la imagen de cabecera, tenían unas dimensiones y unos elementos defensivos dignos del más sofisticado castillo medieval. Con todo, lo cierto es que tenemos tan inculcado el binomio castillo-Edad Media que, por lo general, la mayoría asimila ese tipo de fortificación con un período concreto de la historia cuando, en realidad, son más antiguos que la tos. De hecho, la representación más antigua que se reconoce es la que vemos a la derecha, una pequeña pieza de arcilla de apenas 10 cm. de alto hallada en una tumba en Abadiyeh, a pocos kilómetros al este de Beirut. En la misma se ven las jetas de dos guardias que más bien parecen alienígenas por sus rasgos- cabe suponer que la erosión y los siglos han hecho sus efectos- asomándose por las almenas de lo que sería una muralla. Esa pieza está datada entre los años 3500-3200 a.C., por lo que hablamos de una fortificación con nada menos que 5.500 años de nada, o sea, mil años anterior a la pirámide de Keops o, más correctamente dicho, Jufu. Y, obviamente, la supuesta fortificación de la muestra no sería la primera que se construyó, por lo que podemos tener claro que el origen de las fortalezas en esa zona del planeta era muy anterior, cuando ni siquiera existía Egipto ni sus hieráticos faraones endogámicos.

Valga pues esta breve introducción para ponernos en contexto y desechar los estereotipos que, seguramente, más de uno tiene incrustados en el cerebro porque, ante todo, debemos tener claros dos conceptos, a saber: uno, que los pueblos expansionistas se han dedicado a ocupar territorios vecinos. Y dos, que para mantener el dominio sobre dichos territorios hace falta una constante presencia militar la cual solo se asegura con la construcción de fortificaciones que les permitan mantenerse a salvo de sus enojados nuevos vasallos, deseosos de tener la primera ocasión para rebanarles el pescuezo de oreja a oreja. Siendo pues los egipcios unos imperialistas de primera clase, es evidente que desde que se alejaron unos kilómetros de su benéfico Nilo ya tuvieron que devanarse la sesera para planificar una red de fortalezas y atalayas que controlasen tanto los territorios conquistados como los intentos de sus pobladores por echarlos a patadas en buena hora.

Reproducción de una inscripción hallada en una roca en Gebel
Sheik  que da noticia de una invasión llevada a cabo por Dyer, 3er. faraón
de la I Dinastía, contra la segunda catarata en territorio nubio. A la derecha
aparecen varios enemigos ahogados bajo el barco del faraón, y a la izquierda
un caudillo nubio maniatado. Es evidente que los ojos de los faraones miraban
hacia el sur desde siempre


Aunque el tiempo y la abrasiva acción de la arena impulsada por el viento, así como el expolio de siglos han reducido a la mínima expresión los restos de los castillos faraónicos, aparte de los que quedaron sepultados en el lago Nasser tras la construcción de la presa de Asuán entre 1959 y 1970, estos probos imperialistas tuvieron la gentileza de legarnos infinidad de testimonios gráficos y escritos donde nos dan con bastante lujo de detalles muchos aspectos referentes a sus cuestiones militares, por lo que la recreación de sus fortalezas es a veces más fácil que la de una de hace apenas seis o siete siglos. Más aún, no solo nos han llegado sus nombres, sino su situación geográfica e incluso los nombres y desempeños de sus comandantes. Los egipcios, obsesionados con demostrar al resto del planeta los logros de sus gobernantes, plasmaron en piedra, arcilla, pergamino y papiro todo lo habido y por haber, y gracias a su climatología más reseca que el ojo de un tuerto han llegado a nuestros días escritos que en Europa se habrían desintegrado hace siglos y siglos. Así pues, y con los datos de que disponemos y gracias a las concienzudas campañas arqueológicas llevadas a cabo desde finales del siglo XIX, veremos los detalles más relevantes de las impresionantes fortificaciones con que los egipcios defendieron su imperio de los enemigos del divino faraón.

Amanemhat I, fundador de la XII Dinastía

Bien, por meras razones de espacio y porque esto no es una enciclopedia, vamos a ceñirnos al momento en que comienza de verdad el expansionismo egipcio. Los interesados en la evolución de esta civilización desde tiempos predinásticos tienen mogollón de información en la red, así que nos ocuparemos de la parte que nos interesa, que comenzó durante el Imperio Medio, concretamente con el advenimiento de la XII Dinastía fundada por el faraón Amanemhat I hacia el año 1991 a.C. Hasta aquel momento, Egipto tenía tres fronteras, a saber: al nordeste, en la Península del Sinaí, estaban los asirios y los hicsos, que eran tenidos a raya desde tiempos anteriores por una línea fortificada que recibía el nombre de "Caminos de Horus". El advenimiento de Amanemhat I supuso un importante refuerzo con la construcción de una serie de nuevas fortalezas que comprendían las "Murallas del Príncipe" (según otras fuentes, "del Gobernante"). Al oeste las fronteras era un tanto difusas. El desierto occidental que se extendía entre Egipto y Libia era una zona muerta donde los súbditos del faraón se adentraban y creaban sus asentamientos en los oasis, dónde el único peligro que corrían eran las incursiones de pequeñas partidas de bandidos libios que se limitaban a rapiñar lo que podían y se largaban. Para proteger a los colonos se crearon ciudades fortificadas donde pudieran mantenerse a salvo de las depredaciones que los libios llevaban a cabo pero, en cualquier caso, no eran unos enemigos tan temibles como los asirios, un pueblo mucho más organizado y complejo en todos los sentidos.

Senusret I, 2º faraón de la XII Dinastía y principal
instigador del expansionismo egipcio hacia Nubia

Finalmente tenemos la frontera sur, que era la verdaderamente jugosa y donde, de hecho, se edificó la primera fortaleza allá por la I Dinastía, concretamente en la isla de Elefantina. En el sur estaba Nubia, y en Nubia había oro, cobre, madera- de la que Egipto era muy pobre y de mala calidad- y, en resumen, recursos naturales en cantidad incluyendo esclavos para aumentar la población currante de los faraones. No obstante, a lo largo del tiempo no siempre mantuvieron un continuo estado de guerra, sino que hubo períodos de, digamos, tensa calma en los que el comercio entre los nubios del sur y los egipcios del norte era bastante fecundo aprovechando la magnífica red de comunicación que suponía el Nilo. La ocupación de los invasores egipcios llegó en la época que nos ocupa hasta la segunda catarata, pero eso no supuso ningún problema ya que se construyeron muelles fluviales en los que se comerciaba entre ambos bandos, siendo transportadas las mercancías por tierra catarata arriba o catarata abajo y, a continuación, cada mochuelo a su olivo. Obviamente, este territorio, así cómo las vías comerciales, había que defenderlos, y para ello se construyeron una serie de fortalezas en las que, además de disponer de tropas, servían como depósitos para el control de los metales, grano, vino y demás mercaderías. El impulsor de esta expansión fue Senusret I, que tuvo clarísimo que si quería seguir recibiendo oro y cobre tenía que rascarse el bolsillo y edificar las fortificaciones necesarias para tener a los nubios a raya.

Senusret III

El primer punto a fortificar fue la zona situada en el extremo norte de la segunda catarata, siendo la principal fortaleza Buhen, seguida por las de Aniba, Kubban e Ikkur, todas ellas construidas bajo un patrón similar. A estas hay que añadir la base de Mirgissa, construida por Senusret II y que disponía de un complejo de edificios destinados al trasiego de mercancías en una amplia plataforma de carga destinada a evitar la segunda catarata. Posteriormente, bajo el reinado de Senusret III, se mejoraron las defensas de las anteriores y se construyeron otras nuevas más al sur, poco antes de la tercera catarata. Hablamos de una densa línea fortificada que agrupaba en un espacio relativamente reducido al menos seis fortificaciones: Kumma, Uronarti, Shalfak, Askut y dos denominadas como Semna al sur y al oeste. En la ilustración inferior podrán ver un mapa con la máxima extensión del imperio en tiempos de Ramsés II- o sea, el Imperio Nuevo- y en el detalle la zona que nos ocupa entre la segunda y la tercera catarata.



Funcionario controlando el almacenamiento de grano, misión que
también llevaban a cabo en los silos dispuestos en los castillos para
evitar robos
Bien, con esta breve reseña creo que bastará para ponernos en contexto y tener una aproximación de la época que nos ocupa y, lo más importante, comprobar que, en efecto, los faraones fueron unos grandes constructores de fortificaciones con la finalidad de mantener los territorios ocupados, así como la defensa de los mercaderes e incluso como puestos de tránsito para las mercancías que eran transportadas a la metrópoli, especialmente los metales que eran minuciosamente contabilizados por funcionarios del estado a los que no se les escapaba ni medio grano de polvo de oro oculto tras la muela del juicio del defraudador de turno, porque si algo infalible tenían los egipcios eran sus sistemas de contabilidad, precisos y fieles como ningún funcionario moderno podría igualar con muchísimos más medios. Estos probos funcionarios se plantaban delante de una caravana de trigo y tomaban nota hasta del grano que se caía de los puñeteros sacos, y tenían la autoridad necesaria para poner las peras a cuarto a los trincones de turno.

Y dicho esto, pasemos pues a la enjundia de esta entrada: ¿cómo eran los castillos de los faraones? ¿Cómo los construían? ¿Qué tenían de especiales? Veamos...

LOS MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN

Aunque la piedra abundaba en Egipto, parece ser que la reservaban para obras de otro tipo, léase templos, palacios y, sobre todo, las enigmáticas pirámides. Para el resto de construcciones usaban ladrillos de adobe, que eran capaces de producir por miles y miles como si tal cosa. De hecho, salvo la fortaleza de Buhen, hecha con una piedra basta, el resto de ellas fueron construidas con ladrillos. 

Para su elaboración solo eran necesarios tres ingredientes: arcilla, paja y agua. La paja era imprescindible ya que no cocían los adobes en hornos, sino al sol, por lo que era imprescindible añadirle la paja en la masa para impedir que se resquebrajasen. Por otro lado, compensaba la tensión capaz de soportar cada ladrillo ya que un tallo de paja es muy frágil si se dobla, pero extraordinariamente resistente ante la tracción, por lo que se puede decir que actuaba de forma similar a los redondos corrugados que se usan actualmente en las estructuras de hormigón armado. De este modo, los adobes eran resistentes tanto a la presión, ya que debían soportar moles de decenas de miles de ellos, y a la tensión, impidiendo así que los bordes se desmoronasen fácilmente. En el grabado de la derecha, procedente de una pintura mural la tumba de Rejmira, un influyente noble que ejerció diversos cargos durante la XVIII Dinastía, siendo gobernador de Tebas, donde fue enterrado, y visir de Thutmosis III y Amenhotep II, vemos en la parte superior izquierda como dos operarios, seguramente esclavos o prisioneros de guerra, recogen agua de un depósito y la llevan hasta la parte central de la escena, donde sus compañeros preparan un pocillo para hacer la mezcla pisándola. Otro operario los va alineando una vez que extrae las piezas del molde, y el resto se dedican a acarrearlos a su destino. 

Por otro lado, el ladrillo tenía una innegable ventaja, y es que se fabricaba a pie de obra. No era como la piedra, que había que acarrearla desde muy lejos con el costo y el trabajo que podemos imaginar, por lo que ésta solo se usaba como pavimento y/o para construir la base de las murallas- colocada a hueso, o sea, sin argamasa- con dos posibles finalidades: una, prevenir el minado en caso de asedio, y la otra proteger los paramentos de la arena que, impulsada por el viento, era como un chorro abrasivo capaz de devorar cualquier material. Para impedirlo, parece ser que también se solían revocar los paramentos con gruesas capas de yeso. En un territorio donde la lluvia era escasita no requeriría mucho mantenimiento a causa de la humedad. A la izquierda vemos un molde para fabricar ladrillos, así como uno ya terminado. En el centro del mismo aparece un cartucho con el nombre del faraón, que para eso era el dueño y señor de todo y debía quedar claro en el reinado de cuál de ellos se fabricó el ladrillo. Esta sana costumbre nos ha permitido datar con precisión obras que, de otro modo, habría sido imposible situar en el tiempo.

Los ladrillos egipcios eran de generosas dimensiones. Los que se han encontrado en Buhen son de 37 x 18 x 12 cm., y para aliviar la presión que ejercían sobre las capas inferiores se intercalaban esteras de juncos cada seis o siete hiladas, a las que se añadían vigas de madera colocadas en sentido perpendicular al de las hileras de ladrillos, todo ello para repartir el enorme peso que semejante masa de adobes podía ejercer sobre la estructura ya que hablamos de murallas de varios metros de espesor y aún más metros de altura. En todo caso, estos probos imperialistas no tenían problemas si había que fabricar cientos de miles de ladrillos para edificar una de sus fortalezas. Para eso disponían de mano de obra esclava en cantidad que, animada por los estimulantes latigazos de los capataces, trabajaban de sol a sol como máquinas y, encima, sin darse nunca de baja. En la foto de la derecha podemos ver una escena en la que un operario está precisamente a punto de sacar un ladrillo del molde para ponerlo a secar, lo que en el ardiente clima de la zona no se llevaba más que un par de días a lo sumo.

Bueno, me temo que con esto acabamos por hoy. Llevo ya varios días con una fastuosa conjuntivitis que me han traído por anticipado los Reyes Magos a pesar de que les dije que sé que son los padres, pero lo han preferido al carbón habitual. En cuanto me alivie un poco proseguimos con las técnicas constructivas y los sistemas defensivos, que como dije al comienzo eran dignos de castillo de Viollet-le-Duc.

Hale, he dicho

viernes, 16 de octubre de 2020

CALABOZOS Y MAZMORRAS. LA REALIDAD

 

Torre de Dalibor, en el castillo de Praga y llamada así por su primer huésped, Dalibor de Kozojedy. Este probo delincuente fue invitado a un "todo incluido" por acaudillar una revuelta de siervos en 1498. Obviamente, la mazmorra no es lo que vemos, sino lo que está debajo del pequeño brocal que aparece en el centro y desde donde los reos eran descolgados mediante una soga y una polea. Fue usada como prisión hasta el siglo XVIII

Bueno, prosigamos...

En la entrada anterior ya pudimos ver que la Edad Media no era, a nivel jurídico, el páramo lleno de arbitrariedades que la mayoría suele tener en el magín. Había leyes que cumplir, y el personal podía pleitear con los nobles e incluso con la corona sin tener que preocuparse como hoy de que te lapiden en las redes sociales. De hecho, en los archivos de protocolos hay toneladas y toneladas de legajos en los que se dan pelos y señales de los a veces interminables procesos que se mantuvieron en esa época entre gente de todo tipo de pelaje. Obviamente se perpetraron infamias por intereses económicos o políticos como el expolio del Temple de la misma forma que hoy día se fabrican pruebas falsas para acabar con la reputación de alguien molesto para el poder, pero eso ha sido, es y será parte de nuestra existencia y solo acabará cuando el último humano se deje caer junto a un árbol y deje de respirar. Eso es lo que hay, sí o sí, y es tan inexorable como la falta de moral de los políticos.

Cuando salen a relucir las mazmorras medievales esta es la imagen que,
indefectiblemente, aparece en las mentes del personal
Bien, como ya desmontamos el mito, veamos hoy cuál era la realidad, porque no podemos andar diciendo que la Tierra es plana con una foto de la misma tomada desde la luna ya que sería poco creíble, y los cuñados se descojonarían en nuestras jetas por falta de argumentos para sustentar que el mito es más falso que Judas. 
Antes de nada conviene clasificar los distintos tipos de candidatos a ser encerrados. Básicamente podemos distinguir tres clases bien diferenciadas: los presos de guerra, los políticos y los delincuentes comunes. Los primeros no eran criminales, sino gente honorable que por ser derrotados y apresados no merecían recibir maltrato alguno. Por lo tanto, como ya se ha comentado, mientras la familia reunía el rescate se limitaban a mantenerlos a buen recaudo en un castillo donde podía incluso gozar de cierta libertad de movimientos. El preso empeñaba su palabra en que no haría ninguna travesura y esperaba pacientemente la llegada de los dineros alojado en una dependencia razonablemente confortable. No pasaría frío ni hambre, entre otras cosas porque, por un lado, no interesaba devolverlo en mal estado, lo que podría en entredicho la honorabilidad del que lo mantenía preso; por otro lado se tenía en cuenta el QVID PRO QVO, y no era plan de que, al cabo de un tiempo, diera la casualidad de que el antiguo cautivo se convertía en carcelero de su antiguo guardián y, obviamente, le daría un trato similar al recibido.

En cuanto al preso político las cosas variaban porque su cautiverio y posibilidades de liberación no dependían ni de un rescate ni de un código penal, sino de la voluntad del monarca. Ha habido presos políticos de todos los pelajes: reyes destronados, príncipes ansiosos de heredar la corona antes de tiempo, nobles rebeldes ávidos de poder, eclesiásticos celosos con los que cuestionaban su autoridad espiritual y secular y, naturalmente, pelagatos que por cualquier motivo se convertían en héroes del pueblo y que amenazaban la estabilidad del reino. Ser un preso político no garantizaba necesariamente gozar de determinados privilegios durante su encierro, y podían verse linajudos cautivos languideciendo en míseros tugurios si el encono de su carcelero lo relegaba a la condición de sujeto non grato cuyo deceso de forma más o menos natural era muy deseable. Obviamente, un encierro riguroso ayudaría a solventar el problema. No obstante, lo habitual era dar al cautivo unas condiciones de vida conforme a su rango. 
Por ejemplo, a la derecha tenemos la alcoba del palacio de Sintra en la permaneció hasta su muerte Alfonso VI de Portugal tras ser derrocado por su propio hermano, Pedro II. Como vemos, es un alojamiento como el que cualquier rey usaría en circunstancias normales. 

Por citar a otro preso político de postín veamos el lugar de encierro del desmedido César Borgia en el castillo de Chinchilla, donde no fue metido en un hoyo, sino en la planta superior de la torre del homenaje, una sala que, aunque no era un resort de lujo, al menos permitía la entrada de luz natural y disfrutaba de un espacio interior razonablemente amplio. La torre, de 40 metros de altura al nivel de la azotea y unos muros de 4'2 metros de grosor, tenía solo dos cámaras con una superficie de 6 metros de lado. La superior se cerraba con una bóveda de nada menos que 12 metros de altura, el equivalente a una casa de cuatro pisos que no la haría precisamente acogedora (posiblemente estaría partida con uno o dos entresuelos de madera), pero mejor eso que un pozo. Si buscamos a un preso foráneo podemos señalar a Ranulf Flambard, obispo de Durham, que fue el primer huésped de la Torre Blanca, germen de la Torre de Londres. Este personaje, que por lo visto era profundamente detestado por todo el mundo incluyendo a sus cuñados por su arrogancia y despotismo, fue acusado de malversación por Enrique I y enviado a la Torre para quitarlo de en medio si bien su encierro no fue precisamente penoso ya que tenía una asignación diaria para su sustento de dos chelines, que era mucho más de lo que ganaba 
de jornal un currante en aquella época. 

La torre Cradle, construida por Eduardo III en la muralla sur de la Torre
de Londres. En su interior había dos cámaras como la del grabado
que fueron usadas como cárcel si bien su uso primigenio no era tal,
sino más bien una especie de trastero o almacén por lo que se ve
Como ya podrán imaginar, los presos políticos categoría pelagatos lo tenían francamente negro y esos eran los que acababan con sus míseras osamentas en los peores antros del reino para borrarlos de la memoria del personal hasta que, pasado un tiempo razonable, se les echaba cualquier tósigo en la bazofia cotidiana o, simplemente, se les dejaba palmar de hambre. Luego bastaba con meterlos en un hoyo discretamente o, mejor aún, tapiar la cámara y olvidarse para siempre de que allí estuvo Fulano. Aquí, no obstante, nos surge un pequeño escollo porque las prisiones de los personajes de fuste son conocidas, pero las de estos famosetes medievales no han llegado por lo general a nosotros, y menos aún el lugar concreto donde fueron recluidos. Las crónicas no se han molestado en registrar esos datos, así que nos han dejado
IN ALBIS al respecto. 

Cámara subterránea de la Torre Flint, en la esquina SE de la Torre de
Londres, donde pasó una temporada Edward Courtenay por orden de
Enrique VIII. Como vemos, es una simple dependencia multiusos, por
darle un nombre actualizado. La cosa es que no era una mazmorra ad hoc
Al mismo nivel que los pelagatos políticos podríamos situar los suplantadores de príncipes o nobles que, dados por muertos y enterrados, aparecían al cabo del tiempo asegurando que eran los verdaderos personajes contando las historias más variopintas acerca de sus penurias pasadas y de cómo el destino había permitido que pudieran retornar para reclamar lo que, en teoría, les pertenecía, y daban lugar a no pocas asonadas por parte de un pueblo que, por lo general, solía ver con simpatía a estas supuestas víctimas de la implacable arbitrariedad regia. Un buen ejemplo de suplantador ya lo citamos en el artículo sobre los desdichados hijos de Eduardo IV de Inglaterra, recluidos y posteriormente asesinados en la Torre de Londres supuestamente por su archimalvado tío Ricardo de Gloucester. Nos referimos a Perkin Warbeck, un listo que, gracias a su parecido físico con el ya extinto Eduardo, se hizo pasar por Ricardo de Shrewsbury, el segundón de la desdichada pareja de hermanos víctimas de su taimado tío. Este pseudo-príncipe, apoyado por nobles deseosos de trocar su ayuda por favores, incordió lo suyo durante varios años hasta que, finalmente, pudieron echarle el guante y mandarlo a la Torre. Eso sí, en este caso no se preocuparon de crear un mártir ya que el mismo Warbeck acabó reconociendo públicamente, de buen o mal grado, que era un falsario de tomo y lomo, por lo que no hizo falta meterlo en conserva en una mazmorra y lo colgaron en Tyburn para que no incordiara más y, de paso, advertir a posibles pseudo-herederos que era más saludable dedicarse a la cría de champiñones.

Preso a la espera de juicio. Metido en una dependencia del castillo
y aherrojado al muro ni podía escapar ni nadie podía liberarlo

Y finalmente llegamos al que, en cierto modo, es el verdadero protagonista de esta historia: el delincuente común. Estos eran los destinados a los lúgubres calabozos que, según la mitología popular, eran los huéspedes eternos de las mil y una dependencias de cualquier castillo. Entre los camelos del vulgo, las milongas de juglares y contadores de cuentos más los imaginativos autores de novelas del romanticismo se crearon estos ergástulos donde se iban marchitando como una mata de rábanos a pleno sol en agosto. Asesinos, ladrones, falsificadores, violadores, consentidores, proxenetas, pederastas y demás fauna había en todas partes, pero no por ello sus crímenes quedaban impunes, que para eso los alguaciles disponían de medios adecuados para trincarlos y llevarlos en presencia de los corregidores para que les pusieran las peras a cuarto. Y como no había cárceles ni se concebía la construcción ex profeso de edificios para esta finalidad, pues mientras se incoaba el proceso les echaban los hierros y lo metían en cualquier sitio donde no pudiera escapar ni "ser escapado".

Brocal de una supuesta mazmorra en el castillo de La Mota. Se encuentra
en el interior de una torre esquinera en cuyos muros se abren
varios vanos incluyendo cámaras de tiro de troneras para batir el foso. Este
pozo valdría como prisión, pero por su posición en el recinto sería posiblemente
un pañol donde mantener la pólvora seca y a salvo de incendios
Tanto ha llegado a calar esta leyenda en las mentes del personal que prácticamente la totalidad de autores que han estudiado el tema han llegado de forma unánime a la misma conclusión: antes de dar por sentado que una dependencia fue construida como prisión, desde el primer momento hay que considerar una serie de factores que lo dejen claro de forma cuasi inapelable ya que no hay fuentes documentales que así lo certifiquen. Este asunto debía carecer de interés en su época como para dejar constancia de su construcción, así que la única guía es la observación de cada dependencia ya que, por otro lado, tampoco han pasado a la historia las prisiones de los criminales vulgares, sino solo las de personajes de cierta relevancia. De ahí que Prospero Mérimée, que además de escribir novelas chulas fue entre 1833 y 1852 Inspector General de Monumentos Históricos, advirtiese sensatamente en las Instrucciones del Comité Histórico de Arte y Monumentos que "debemos advertir a nuestros lectores que tengan cuidado con las tradiciones locales unidas a las mazmorras subterráneas. 
Con demasiada frecuencia se dan colores atroces a la Edad Media, y la imaginación acepta con demasiada facilidad las escenas de terror que los novelistas sitúan en tales lugares. ¡Cuántos sótanos y almacenes no se han tomado por horribles mazmorras! ¡Cuántos huesos y restos de cocinas no han sido considerados como restos de las víctimas de la tiranía feudal!". Como vemos, ya por aquel entonces se tenía bastante claro que eso de los terribles tugurios infernales eran un camelo.

La afirmación de mesié Mérimée (¿cómo carajo se pueden poner dos acentos en la misma palabra?) era tan acertada que en la misma capital gabacha (Dios maldiga al enano corso) tenían ejemplos como el que vemos a la derecha. Se trata de una cámara situada en el subsuelo de una torre de la Bastilla, habiendo varias de ellas en el recinto. Como vemos, la cámara, a la que se accedía por una angosta escalera de caracol, consta de una bóveda con una aspillera que daba al foso y estaba circunvalada por una acera de apenas un metro de ancho. En el centro, un cono invertido con un desagüe. Si esto había sido concebido como calabozo habría sido sin duda un engendro del más refinado sadismo, porque vivir en un metro de suelo y pensar que si te duermes y caes en el hoyo ya no sales de ahí volvería loco al más pintado en pocas semanas. ¿Qué sentido tendría semejante ocurrencia digna de película de psicópatas de esos que un mal día se levantan oyendo voces? Ninguno. Para acabar con la psique de un preso basta meterlo en un pozo en la más absoluta oscuridad sin necesidad de tanto refinamiento y, por otro lado, ¿qué se ganaba haciendo perder la chaveta a alguien? La explicación nos la dio Viollet-le-Duc: eran neveros, y precisamente el hecho de que hubiera más de uno confirmaría que, de ese modo, se dispondría de hielo para enfriar bebidas, sorbetes o cualquier otra cosa durante todo el año. Obviamente, todo el mundo había pensado que, una vez más, se trataba de la enésima muestra de perversidad medieval.

Una curiosa pseudo-mazmorra, en este caso situada en una pequeña
dependencia a la derecha del altar de la iglesia de San Miguel, en el
castillo de Turégano y que hemos marcado de verde. Aquí estuvo dos
años el architraidor Antonio Pérez y, como salta a la vista, es seguro
que a nadie se le ocurrió construir ahí un calabozo. Simplemente se
usó esa habitación porque era la más adecuada. Pues como este
caso son la mayoría de las mazmorras consideradas como tales
En la década de los 90 del pasado sigo, el profesor de arqueología experimental de la universidad de Nueva York James R. Mathieu ya sentó en cierto modo las bases para llevar a cabo una inspección inicial que permitiera intuir si una determinada dependencia había sido construida
AB INITIO como cárcel o, simplemente, se trataba de una habitación más. Fijó un criterio bastante básico de tres puntos que, al menos, eran una base de partida: debía tener poca o ninguna iluminación, un solo acceso y carecer de chimenea, que podría ser un medio para proporcionar ayuda al recluso en forma de armas o herramientas que le facilitaran la huida. A estos tres puntos se podría añadir un cuarto: la existencia de huecos para uno o más alamudes en la parte exterior de la puerta. Como se explicó en su momento, todas las puertas de un castillo estaban concebidas para ser cerradas desde dentro menos, naturalmente, las destinadas a contener algo o alguien que no debía salir del interior. Pero esto tampoco es determinante por una razón bastante simple: podía ser la cámara de caudales del castillo que, como centro administrativo de un territorio, podría acumular importantes cantidades de dinero procedentes de las alcabalas y tributos que había que mantener a buen recaudo hasta que llegase la hora de enviarlas a las chancillerías. Una combinación bastante viable sería una dependencia superior que sería donde curraban los contables y escribanos y otra al mismo nivel o, mejor aún, subterránea, donde era imposible que entrara cualquier persona ajena al castillo.

De hecho, incluso las dependencias situadas bajo o sobre las puertas de acceso a las fortificaciones, en muchos casos identificadas como calabozos, también han sido desmentidas. Las primeras eran los pozos de los mecanismos de determinados tipos de puentes levadizos que reunían las tres condiciones señaladas por Mathieu: sin luz, con un solo acceso y obviamente sin chimenea (en esta entrada podrán verlo claramente). Las segundas, pues lo mismo: cámaras para mecanismos de puentes y, en este caso, también de rastrillos. Al final, solo habría un elemento que indicaría que una determinada dependencia estaba concebida para un uso carcelario independientemente de que, si no era preciso recurrir a ella como cárcel, se pudiera emplear para cualquier otra cosa como guardar el brandy del bueno durante las visitas de la familia política: las letrinas. Obviamente, en una cámara subterránea más bien de pequeñas dimensiones no pintaba nada una letrina, por lo que estos inodoros medievales eran una prueba que garantizaba de forma más fehaciente un uso carcelario, más que la ausencia de chimeneas o que el cierre quedase por fuera. En el plano de la derecha tenemos un buen ejemplo: la mazmorra de pozo del castillo de Dirleton, en Escocia. Se trata de un tipo de prisión de dos niveles, uno superior para hombres libres o de cierto estatus y otro inferior al que se accedía por una simple abertura en el suelo de la cámara superior, la cual se cerraba mediante una reja o una losa asegurada con una barra de hierro o similar. Este pozo, que como se ve estaba en parte excavado en la roca, disponía de una letrina en el nicho que aparece al fondo y que desaguaría en una fosa séptica, por lo que sus emanaciones llenarían la celda de un hedor muy irritante.

Planta baja de la Gran Torre del castillo de Warkworth, en Northumberland.
En esta cámara se encontraba la contaduría, y la trampilla que vemos en el
suelo daba acceso a un pequeño sótano donde se guardaban los dineros
Bien, estos eran los tipos de huéspedes de los calabozos medievales y el tipo de prisión que por su rango se les solía asignar. Pero conviene también que
 analicemos por qué se relacionan las lúgubres mazmorras con los castillos como si estos edificios fueran los únicos donde se encerraba al personal. El castillo no solo era un recinto militar, sino también el centro administrativo y judicial de una determinada porción de territorio. Además de alojar una guarnición, en el mismo se llevaba a cabo la recaudación de impuestos y la administración de justicia que era llevada a cabo por jueces designados por la corona. Podía tener potestad para juzgar el noble que ostentase la tenencia o el feudo, el alcaide en quien delegaba el noble o corregidores o adelantados nombrados por el rey. Cada país tenía sus normas al respecto. En las ciudades había audiencias con sus jueces, escribanos, guardias y demás personal, aparte de las dependencias donde custodiar a los presuntos. Por ejemplo, en la Sevilla renacentista había una Real Audiencia por donde pasó el mismísimo Cervantes que tenía los calabozos en un recinto separado que, al parecer, comunicaba con las dependencias judiciales mediante un pasadizo subterráneo para impedir que, en un momento dado, los compadres del reo pudieran liberarlo cuando era conducido desde la prisión ante el juez. Sin embargo, en los villorrios y poblados que en aquellos tiempos estaban en mitad de la nada, era el castillo el que debía cumplir ese cometido.

Un juicio en la Edad Media. Los dos compadres de la derecha
tienen pinta de perdedores innatos, no sé por qué...

Como es lógico, a un criminal no era posible mandarlo a una ciudad situada a dos o tres días de camino, así que se le enviaba al castillo a ser juzgado por la persona competente para ello. Como ya vimos, el reo quedaba en custodia si se consideraba adecuado mientras que se incoaba el proceso, y para ello se recurría a cualquier dependencia donde no solo no pudiera escapar, sino también donde sus familiares y colegas no pudieran sacarlo. Sótanos, silos, cisternas, pozos o la cámara de una torre se prestaban para ello, y si el fulano era considerado especialmente peligroso se le aherrojaba y santas pascuas. Una vez juzgado se le aplicaba la pena y ahí terminaba la historia. Igual pasaban meses o años antes de que fuera necesario volver a recurrir a una de estas mazmorras de circunstancias, por lo que construir una dependencia ex-profeso no era necesario salvo que por la densidad de población, que obviamente repercutiría en el índice de delitos, el uso de una o más dependencias para fines carcelarios obligase a disponer de calabozos exclusivamente destinados a este fin. Y no olvidemos un detalle importante: los presos en espera de juicio no podían ser sometidos
SINE DIE al rigor de esos terroríficos calabozos, entre otras cosas porque si no era declarado culpable o, de serlo, era condenado al pago de una simple multa, haberlo tenido semanas o meses en un sitio semejante era contrario a las leyes. Por lo tanto, podríamos incluso dar por hecho que, aunque con un mobiliario espartano y un simple jergón, su permanencia en prisión no sería el infierno en vida que solemos imaginar, sino un breve período que a nosotros se nos antoja espantoso porque no concebimos un trato semejante  a un presunto (bueno, en las cárceles tailandesas o sudamericanas sí) mientras que a ellos solo le suponía una incomodidad de circunstancias.

Mazmorra de la Torre Melusina, en el castillo de Fougères. En su interior, casi
lleno de escombros, aparecieron varias balas de cañón y multitud de huesos que
luego se comprobó eran de animales. No obstante, bastaron para dar pábulo a
las leyendas de turno. Con todo, en algún momento fue usada como cárcel
ya que dispone de una mínima entrada de aire y una letrina
En resumen, con esto ya creo que quedan despejadas las dudas respecto al mito mitológico de las lóbregas mazmorras donde la gente eran simplemente abandonada hasta palmarla debido a la pésima alimentación y las enfermedades derivadas de vivir en un ambiente totalmente insalubre, aparte de los efectos psicológicos producidos por el aislamiento y la oscuridad. Hemos visto cómo las dependencias de un castillo podían ser usadas como calabozos de circunstancias, que eran la inmensa mayoría, por lo que solo nos resta mostrar algunos casos, pocos en comparación con el resto, de prisiones construidas ex-profeso, lo que, insistimos, no significa que las penas de privación de libertad fueran la norma sino, simplemente, se tenían en cuenta para disponer de un lugar seguro para impedir fugas o bien donde alojar a esos presos políticos que, en este caso, sí se veían relegados a largos períodos de internamiento que a veces eran de por vida. Pero, no lo olvidemos, estos eran la excepción, no la regla y, como hemos visto, lo habitual por su rango era alojarlos en cámaras o dependencias medianamente confortables. Por lo tanto, las opciones se reducen a simples ergástulos para la custodia de delincuentes en espera de juicio, y hubo nobles o reyes que prefirieron en algunos casos disponer de dependencias idóneas para ello en vez de conformarse, como hacía la mayoría, con meter al presunto en cualquier parte.

En primer lugar veamos un tribunal capitalino, o sea, una audiencia como podría haberla en cualquier población europea en la que, como hemos dicho, los calabozos tenían exactamente el mismo fin que los actuales en los juzgados: custodiar al preso hasta que sea juzgado. Para ilustrarnos veamos la distribución del tribunal eclesiástico de Sens, donde se juzgaba al clero bajo la jurisdicción del arzobispo de la archidiócesis. Las flechas negras indican la entrada al edificio y, girando a la derecha, el paso a un amplio salón donde se encontraban los calabozos. La flecha roja marca la escalera que conducía a la primera planta, donde estaba la sala del tribunal. En azul tenemos los cuatro calabozos distribuidos de la siguiente forma: el 1 era independiente del resto. Tenía su propia entrada y junto a él vemos una pequeña cámara marcada de verde en la que un guardia podía escuchar lo que hablaba el preso a través de una pequeña abertura fuera de la vista del mismo. Esta estancia tendría posiblemente la misión de servir de apostadero en caso de que el preso recibiera una visita y poder estar al tanto si tramaba algo. Luego están los calabozos 2, 3 y 4, situados sucesivamente. El 2 podría ser más bien una habitación de paso porque en el suelo, pintado de gris, vemos una trampilla que daba a una mazmorra subterránea que disponía de entrada de luz y letrina. No sería raro que estuviese reservada para sujetos especialmente inquietos o que no conviniera mezclar con otros presos que seguramente compartirían los calabozos superiores, lo bastante amplios como para albergar a varios de ellos. Por cierto que las paredes de los calabozos superiores están llenas de las típicas inscripciones carcelarias que se han datado entre los siglos XIII y XV. Sin embargo, en el subterráneo no hay apenas rastros de presencia humana, por lo que es posible que se usara solo en contadas ocasiones. En fin, como vemos, no difieren mucho de cualquier juzgado moderno.

En cuanto a mazmorras que puedan ser identificadas sin ningún género de dudas, me temo que nos tenemos que salir de España, donde ni se tiene noticia de ninguna ni tampoco que hayan existido si bien, por desgracia, hay demasiados castillos en ruinas como para comprobarlo de forma fehaciente. Así pues, toca migrar y mirar a los vecinos del norte, donde podemos encontrar uno de los mejores ejemplos de este tipo de prisión. Se trata del castillo de Pierrefonds, comenzado a construir en 1396 por orden del duque de Orleans, hermano de Carlos VI. Como vemos en el plano, constaba de dos cámaras superpuestas en la planta baja de una torre. La superior disponía de letrina y dos angostas entradas de luz que, como se puede observar, estaban al final de una empinada rampa. La inferior era lo que algunos autores denominan una mazmorra de botella por su evidente similitud con esos recipientes. Tenía un único acceso por el "tapón de la botella" que, una vez cerrado con una losa asegurada con una barra de hierro y un candado, dejaba el antro sumido en la oscuridad más absoluta. Con todo, dejarlo abierto no facilitaría mucho la fuga ya que, como vemos en la escala, tenía unos seis metros de altura imposibles de salvar. Para estancias más prolongadas se había previsto una letrina. Hay más de una prisión de este tipo en el citado castillo, una de ellas con un profundo pozo en el centro lo que hace pensar que, en ese caso, la mazmorra inferior no era usada como cárcel ya que dicho pozo suministraba agua al castillo, agua que podía ser fácilmente contaminada por el preso vaciando vejiga e intestinos a mansalva en el pozo. Por cierto que en la letrina de una de estas torres apareció el esqueleto de una mujer sin que se sepa si acabó ahí motu proprio o se cayó mientras daba de vientre. Chungo, ¿que no? Por cierto, en España podemos encontrar alguna que otra "prisión de botella", como la del castillo de los Sarmiento, en Fuentes de Valpero (Palencia) y, si no recuerdo mal, en el de Montemolín (Badajoz). Pero volvemos al eterno dilema: ¿mazmorras o silos usados eventualmente como mazmorra? Más bien lo segundo. O, en puridad, auténticas y verdaderas mazmorras ya que casi con seguridad su uso original fue el de despensa ya que no solo carecen de luz, sino de letrinas o entradas de aire. Son compartimentos totalmente estancos, ideales para la conservación de alimentos.

Este tipo de prisión doble también se ve en la brumosa Albión, donde las denominan "pit prisons", prisiones de pozo, y la existencia de una planta superior más confortable o, mejor dicho, menos inmunda que la inferior hace suponer que esta estaba destinada a hombres libres, mientras que la inferior, absolutamente desagradable, era para los siervos. Un ejemplo sería el que mostramos en el plano de la derecha que se encuentra en el castillo de Comlongol, en Escocia. La estancia se halla en el interior del grueso muro del salón principal y, como vemos, lo forma una cámara superior sin más entrada de aire o luz que la puerta en recodo y una estrecha dependencia inferior a la que se accede por una trampilla. Como está mandado, las dudas sobre su uso surgen de inmediato porque, ¿no había otro sitio para poner una mazmorra que junto al salón principal? Aparte de su uso eventual como cárcel, ¿no sería más lógico que se tratara de una despensa con su bodega o almacén para salazones y encurtidos? En resumen: cómo no se trate de casos tan evidentes como los de los castillos de 
Pierrefonds o Dirleton siempre habrá decenas de explicaciones sobre la existencia de estos antros antes que su uso carcelario que, insistimos, en caso de serlos debían habitarse durante períodos bastante breves porque nadie resiste mucho metido en un agujero negro como la pez. 

Aunque podamos detallar algún que otro ejemplo más, con lo mostrado ya tenemos una idea bastante clara de cómo eran los escasos ejemplares que perduran de mazmorras indudablemente construidas con la finalidad de encerrar probos criminales. Lo que desconocemos es la duración de su encierro si bien no debemos olvidar que, caso de ser un enemigo del estado, su permanencia podía alargarse más de lo necesario. Por lo tanto, ha llegado el momento de las

CONCLUSIONES

Prisión de Eduardo II de Inglaterra en el castillo de Berkeley, donde
fue asesinado en 1327. Con todo, el alojamiento no tiene nada que ver
con calabozos saturados de humedad y miasmas
Es indudable que en la Edad Media, como en cualquier período de la historia, fue necesario encerrar a los delincuentes. Como hemos visto, la inexistencia de penas de prisión que no aparecieron hasta después del Renacimiento no hacía necesaria la construcción de cárceles, usándose como calabozo de circunstancias cualquier dependencia del consistorio o castillo donde se administraba justicia. Solo en los casos ya detallados de prisioneros de guerra y presos políticos era cuando sí se consideraba la posibilidad de largos encierros si bien muchos de ellos, debido al rango del cautivo, no se practicaban en míseros tabucos sino en cámaras de torres o similares. No hay ningún testimonio de que se encerrase a alguna persona sin más y durante tiempo indefinido en esos pozos negros que acabarían con la vida del huésped en poco tiempo, y si se hizo tendría más que ver con venganzas de tipo personal que por cuestiones legales.

Por otro lado, el binomio castillo-mazmorra siniestra no aparece hasta mucho más tarde, cuando las penas de prisión aparecen en los códigos penales y se hace necesario construir cárceles para una población reclusa cada vez mayor. ¿Y qué mejor sitio para encerrar al personal que un castillo sin uso desde hacía cien o doscientos años y que con poco dinero podía adaptarse para ello? Ya tenemos el primer eslabón que une los castillos con las mazmorras sin que nadie se percate al parecer de que dichas mazmorras fueron construidas o procedían de reformas posteriores a la Edad Media. A la derecha tenemos una mazmorra de la abadía de Mont Saint Michel, concretamente donde estuvo preso durante varios años en el más absoluto aislamiento Armand Barbès, un revolucionario socialista acusado de rebelión y asesinato. ¿Que cómo una abadía sirvió de cárcel al enésimo "salvador del mundo"? Porque Luis XIV la recicló en prisión política y, tras la Revolución francesa, se convirtió en una Bastilla marítima que por su situación era un emplazamiento perfecto para tener al personal non grato bien lejos. En su momento de mayor auge durante las movidas revolucionarias del siglo XIX llegó a albergar a 14.000 reos en condiciones peores que en la Edad Media, y tras ser visitada por personajes como Victor Hugo, tiempo faltó para rematar la formación del citado binomio de castillo = cárcel horrenda.

Castillo de San Jorge, sede del Santo Oficio en Sevilla. Ojo, no nos confundamos.
Este castillo no era una cárcel, sino un centro administrativo donde había
muchas más dependencias de todo tipo que calabozos
¿Qué nos queda entonces del mito? Solo la existencia de presos políticos, entre los que debemos incluir los arrestados por el Santo Oficio. Los herejes eran también enemigos de los estados oficialmente católicos, por lo que era necesario separar las ovejas negras de resto del rebaño. Desde el siniestro Muro de la inquisición de Tolosa al castillo de San Jorge hispalense, estos centros de detención era donde se dirimía mediante persuasivos interrogatorios la ortodoxia del personal que, caso de no ser demostrable, implicarían penas de tipo pecuniario, combinadas a veces con privación de libertad que, en estos casos, no era considerado como un castigo penal en sí, sino como un período de purgación y sacrificio para limpiar el alma de tentaciones heréticas. Los herejes contumaces y los relapsos, como sabemos, eran tenidos por imposibles y entregados a la justicia secular para su eliminación física ya que el Santo Oficio no podía condenar a la pena capital ni ejecutarla. Solo los monarcas tenían autoridad sobre la vida y la muerte de sus súbditos. 

Acceso y plano de planta de la mazmorra de la Torre de César
en el castillo de Warwick
Sin embargo, el mito no muere porque la mayoría de la gente desconoce todo lo explicado en estas dos entradas y porque, para colmo, en los castillos donde existe cualquier tugurio con pinta cochambrosa tardan 0,3 nanosegundos en colocar en la puerta el letrerito de "mazmorra", que eso da mogollón de morbo, y más a los críos que a los padres. Y si añaden algunos instrumentos de tortura burdamente remedados, más aún. Los nenes contemplan ensimismados el pseudo-potro imaginando al profe de matemáticas berreando mientras un verdugo con sobrepeso lo estira al cuadrado, y el padre de los nenes sueña embelesado confundiendo el maniquí del reo con el cuñado que se liquidó de un trago la reserva de Vega-Sicilia que tenía preparada para las Navidades. Incluso se hacen visitas teatralizadas que están tan de moda para darle más "autenticidad" a la cosa con probos ciudadanos recreacionistas interpretando a implacables verdugos mientras otros emulan la pareja de cautivos eternamente colgados de un muro que, con su chispeante ingenio, nos hacía llorar de risa el impagable y inolvidable Forges. Por ejemplo, en el castillo de Warwick, las mazmorras que visita el personal pagando un suplemento de 10 libras sobre el precio de la entrada- hasta te garantizan que el día de la visita lloverá para dar más morbo- ni son mazmorras ni nada que se le parezca. Es un simple teatrillo para críos donde se remeda de forma grotesca por lo que he visto en fotos,- lo malvadísimos que eran los jueces medievales. La verdadera mazmorra se encuentra en la Torre de César, y esta no se visita porque es un simple agujero cerrado con una reja. Pero, por desgracia, como visitar rejas mohosas no da dinero, pues montan la función en otra zona del castillo, donde por 26 libras te prometen pasar un día inolvidable en plan Disneylandia medieval. 

En fin, con esto terminamos. No creo que queden ya dudas al respecto y que desde ahora sepamos distinguir entre el mito y la realidad, así que ya tienen material para irritar sobremanera al cuñado sabihondo que se ha visto tropocientos documentales de Canal Historia donde cuentan lo terribles que eran los calabozos y mazmorras medievales.

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho

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Pseudo-mazmorras del alcázar de Niebla, donde la exposición de varios chismes de tortura ya hacen
creer a los visitantes que los Guzmán no tenían nada mejor que hacer que convertir su hermoso castillo
en una academia donde se daban másteres de verduguez y sadismo. Estas dependencias, situadas bajo la liza, eran almacenes y pañoles de munición que, para facilitar su transporte hacia diversas zonas del
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rápidamente municiones a las piezas emplazadas en el antemuro. El resto no son más que patrañas para
atraer turistas, y si alguna vez se encerró a alguien ahí bastó aherrojarlo en cualquier muro el tiempo
necesario para que el señor conde de Niebla lo despachara