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miércoles, 4 de agosto de 2021

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA GRAN GUERRA. ESTADOS UNIDOS


Probo homicida yankee posando con su Springfield 1903 equipado
con un visor Winchester A5

Durante estas semanas de letargo he aprovechado para repasar algunas etiquetas y, entre otras cosas, veo que se echa en falta una serie dedicada al armamento de los francotiradores. Hemos hablado con pelos y señales de los ardides y apostaderos sutilmente camuflados en el entorno para escabechar más y mejor a los enemigos pasando desapercibidos, hemos hablado del armamento usado por los primeros francotiradores allá por el siglo XIX, pero no hemos dedicado nada a los fusiles y visores que usaron estos probos homicidas con sangre de horchata durante la Gran Guerra donde, como sabemos, tuvieron cuatro largos años para aprender todo lo aprendible y, de ese modo, acumular conocimientos para futuros conflictos. Es más que evidente que eso de que un solo ciudadano-tirador pudiera aplastar contra el suelo a toda una compañía sin que nadie tuviera valor para separar la nariz del suelo y dejarlos en tan incómoda posición durante horas era bastante rentable, y no hablemos de los fastuosos efectos que ejercían sobre la moral de la tropa cuando, en la aparente seguridad de las trincheras, veían caer a un colega literalmente fulminado para, un segundo después, oír el sonido del disparo. El occiso había bajado la guardia durante los tres segundos que se consideraban necesarios para que un francotirador avistase su cabeza, que sobresalía un poco sobre el parapeto, apuntase y apretase el gatillo. Como es evidente, los que habían presenciado tan luctuoso suceso se quedaban bastante mohínos, especialmente los que tenían que quitar los restos de sesera del difunto de la pared de la trinchera y llegaban a la conclusión de que aquella guerra era, como todas, un asco. En fin, vamos al grano y, como es habitual, empezaremos por el final, o sea, por los últimos en sumarse a la fiesta, los yankees (Dios maldiga a Hearst).

Francotirador alemán. Armado con uno de los mejores fusiles del mundo
equipados con una óptica insuperable, tras tres años de guerra habían
desarrollado una técnica que dejó a los yankees un poco inquietos

Los sobrinos del tío Sam no llegaron a Europa sin saber lo que se cocía allí si bien no se esperaban que el Frente Occidental fuera un sitio tan desagradable. Antes de eso, con el único ejército moderno que se habían batido el cobre fue con el español, aprovechando que nuestro otrora inmenso imperio estaba en las últimas, y con la nación totalmente agotada tras décadas de guerras civiles, revoluciones y demás desastres que nos llevaron a la ruina. No obstante, poco les faltó para tener que reembarcar a sus tropas cuando se vieron las caras con los exhaustos soldados hispanos en las Lomas de San Juan, pero eso es otra historia. Lo cierto es que estos WASP llegaron al Viejo Continente para corroborar que los tedescos era más peligrosos que las tribus indias, que tenían cientos de miles de hombres esperando la ocasión de aliñarlos con sus enormes cañones, sus mortíferas ametralladoras y, por supuesto, sus francotiradores que, provistos de fusiles Mauser equipados con visores con la mejor tecnología del momento, llevaban ya más de tres años sembrando de cadáveres las trincheras enemigas. No obstante, los yankees ya habían tomado buena nota de lo útil que eran los francotiradores, como vimos en las entradas dedicadas a los sharpshooters de su guerra civil que los convirtió en realidad en el primer ejército en hacer uso masivo de tiradores selectos. Obviamente, les hacía falta una buena guerra para ponerse al día, porque siendo como eran pioneros en el uso de este tipo de tropas, la verdad es que se habían dormido en los laureles, empezando por el fusil.

Tropas españolas en Cuba armadas con el Mauser 1893. Estos
hombres no eran las tribus con que estaban habituados a luchar,
y cualquier hispano canijo y depauperado le daba cien vueltas
a estos anglosajones que, aún hoy día, para neutralizar a un
tirador enemigo solicitan un ataque aéreo que cuesta millones

En la guerra de Cuba ya pudieron comprobar que el Mauser usado por los españoles le daba cien vueltas al Krag-Jorgensen en calibre 30-40 Krag, cuyas prestaciones- tanto del arma como de la munición- eran claramente inferiores. Así pues, llegaron a la conclusión de que no merecía la pena inventar nada, sino limitarse a seguir los mismos baremos que el fusil enemigo, el Mauser. No deja de ser curioso que un país que ha sido y es el paraíso de las armas de fuego tuviese que pagar a la firma tedesca los royalties correspondientes por fabricar un fusil con un cerrojo, un mecanismo de cierre y una alimentación por peines, y encima cuando tuvieron que enfrentarse a ellos. Así nació el Springfield 1903, declarado como fusil reglamentario el 19 de junio de aquel mismo año. Estaba recamarado para el espléndido 30-06 que, sin duda, es uno de los mejores calibre militares de la historia y actualmente protagonista de la mayoría de lances de caza mayor por sus excelencias, así como por la variedad de tipos de proyectil que carga. No obstante, inicialmente se había pensado en mantener operativo el 30-40 Krag que, sin embargo, mostró unas prestaciones muy pobres en el cañón de 30 pulgadas que armaba el fusil. Se acortó hasta las 24 pulgadas, pero los resultados seguían siendo bastante birriosos, así que se optó por un nuevo cartucho, el 30-03 que, con algunas modificaciones, dio paso finalmente al 30-06 con bala puntiaguda que todos conocemos. El nuevo calibre disparaba una bala de menor peso a más velocidad, lo que daba como resultado una trayectoria más tensa y una energía cinética mayor, o sea, que mataba más. No nos extenderemos más sobre el fusil en cuestión ya que en la red hay información sobrada sobre el mismo, y para no aportar nada reseñable pues mejor nos centramos en otras cuestiones, empezando por la madre del cordero: los visores.

Ambrose Swasey (1846-1937) y Worcester Warner (1846-1929)

Años antes de que empezara el conflicto, los yankees ya se habían preocupado de actualizar el visor para sus tiradores. Como vimos en su momento, la guerra civil dio ocasión para empezar a fabricar los primeros ejemplares de visión directa, o sea, los visores que todos conocemos con varias lentes dentro de un tubo, y a principios del siglo XX la tecnología en cuestiones de óptica había avanzado enormemente, sobre todo en Alemania y Austria (cómo no...). Sin embargo, el país que más uso había dado a estos chismes se encontraba en plena sequía en ese aspecto, y cuando apareció su nuevo y fabuloso fusil no disponían de gran cosa para equipar a sus tiradores selectos. De hecho, cuando aún estaba operativo el Krag-Jorgensen ya habían empezado a tantear posibilidades, pero la cuestión es que, salvo que recurrieran al mercado exterior, no disponían de gran cosa. Para un país dónde la industria armera era un referente mundial sería bastante paradójico tener que contactar con los representantes de las firmas europeas, así que se aviaron con lo que tenían en aquel momento, un visor prismático diseñado por Ambrose Swasey, que junto a Worcester Reed Warner habían fundado en 1880 una empresa dedicada a la fabricación de maquinaria de precisión y de instrumentos astronómicos.

El visor empezó a desarrollarse en 1900, buscando ante todo un modelo compacto, sin nada que ver con aquellos tubos casi tan largos como el cañón del arma que habían usado sus padres en la Guerra de Secesión. Pero para obtener un visor más corto había que renunciar a los modelos de visión directa porque la tecnología en óptica disponible en yankeelandia no daba para muchas virguerías, así que optaron por un diseño de visor prismático, es decir, con lentes que reflejaban la imagen. ¿Qué de qué va eso? Pues es el mismo principio que los gemelos o prismáticos que usan vuecedes en las playas para, disimuladamente y sin que la parienta se percate, atisbar las lozanas y tersas carnes de las consumidoras de gimnasios, hormonas e implantes de silicona para parecer chicas de cómic en vez de chicas humanas si bien, justo es reconocerlo, mientras sigan en el gimnasio, sigan consumiendo porquerías y sigan metiéndose implantes están como un tren, pa qué mentí... Así pues, un visor prismático ofrecía la gran ventaja de ser en efecto muchísimo más compacto que uno de visión directa, pero a cambio de una serie de inconvenientes bastante enojosos que detallaremos más adelante. 

El desarrollo del proyecto se llevó a cabo con los técnicos de la Warner & Swasey Co. y el Arsenal de Frankford hasta dar con el modelo definitivo en 1908 tras ser probados por tiradores expertos y dar cada uno su parecer al respecto. Ciertamente, no despertó un entusiasmo especialmente fervoroso, pero era lo que había y a eso era a lo que debían ceñirse. Como vemos en la foto del párrafo anterior, el visor consistía en una caja de bronce donde se alojaban las lentes y con un corto visor en cada extremo. La montura estaba bien concebida, ya que constaba de una pletina con cola de milano y dos muescas de engarce e iba instalada en el costado izquierdo del arma mediante tres tornillos. El visor se encajaba en la montura mediante un brazo provisto de una pestaña (círculo rojo) que, mediante un resorte, encajaba en una de las muescas de la montura (flechas amarillas), si bien este sistema se mostró poco fiable y en muchas ocasiones se optó por añadirle uno o dos tornillos de cabeza moleteada para lograr un bloqueo más sólido. Cada visor llevaba grabado en la montura el número de serie del arma al que había sido asignado (véase detalle del óvalo blanco), costumbre bastante inteligente para no variar la precisión del visor si pasa de un arma a otra. 

Los fusiles seleccionados para francotirador eran los denominados como "star gauged", o sea, armas cuyo cañón había sido verificado con instrumentos de alta precisión para comprobar la uniformidad del calibre, la rectitud del ánima y el estriado, armas estas que a partir de 1921 se empezaron a marcar con una estrella de seis puntas en la boca del cañón para diferenciarlas del resto (foto de la derecha). Inicialmente se solicitaron a la Springfield Armory mil unidades de ellos con destino a los tiradores selectos con la intención de suministrar dos unidades por compañía de infantería y dos por escuadrón de caballería. Debemos tener en cuenta un detalle no mencionado antes, y es que el acortamiento del cañón de 30 a 24 pulgadas permitió suministrar el mismo fusil a la infantería y la caballería sin necesidad de, como era habitual, fabricar una versión más corta para los segundos, lo que facilitaba enormemente las cuestiones de tipo logístico.

Bien, la criatura resultante fue el Telescopic Musket Sight mod. 1908 (Mira Telescópica para Mosquetón modelo 1908), que salía por cierto por un precio exorbitante: nada menos que 80 dólares, cuatro veces más que el precio del fusil. Veamos su funcionamiento para humillar al cuñado que porque se gastó 6.000 pavos en un Zeiss para no acertarle ni a un mamut a 20 metros se cree que lo sabe todo sobre visores.


En la foto superior podemos ver el visor montado en el arma. Como ventaja principal tenemos dos detalles: uno, que al estar la montura en el costado izquierdo permitía usar las miras del fusil, lo que siempre era un alivio si el visor se estropeaba o el blanco estaba tan cerca que la imagen obtenida era borrosa; y dos, que por la misma razón se podía recargar usando los peines de cinco cartuchos, que era más rápido y cómodo que tener que introducirlos uno a uno, sobre todo cuando los enemigos te han localizado y te están friendo a tiros. Sin embargo, el visor pesaba 1.020 gramos, lo que era un poco bastante molesto debido a que tendía a desestabilizar el arma hacia el lado izquierdo. 

En cuanto a sus prestaciones, tenía 6 aumentos fijos, un foco de 20 mm. y un retículo cruciforme de cabello de ángel que podemos ver a la derecha. Las tres rayas que aparecen en el cuadrante superior izquierdo son un rudimentario telémetro para calcular la distancia del objetivo en base a un hombre de una estatura, según el manual de instrucciones, de 68 pulgadas de alto (172 cm.). La de la izquierda es para 1.000 yardas, la del centro para 1.500 y la de la derecha para 2.000. Pero el sistema de prismas y la prestaciones en general del visor adolecían una serie de problemas que no se manifestaron hasta que llegó la hora de usarlos fuera de los campos de tiro, como suele pasar. Y para comprenderlo mejor, un breve párrafo didáctico sobre este tema que es válido para cualquier visor.

Los visores prismáticos son mucho más delicados que los de visión directa ya que las lentes tienen más facilidad para desajustarse a causa de los golpes y el mal trato habitual en campaña. Por otro lado, un foco de 20 mm. proporciona un campo de visión más amplio- 9'6 metros a 100 yardas (90 metros) en este caso-, pero disminuye la luminosidad de lo que vemos a través del visor, defecto que aumenta notablemente en el caso de los visores prismáticos. Esto se traduce en que para obtener una imagen razonablemente clara es necesario que luzca un sol espléndido, y de no ser así la toma de puntería es complicada, y más si la luz ambiental es escasa. Finalmente, sus 6 aumentos eran excesivos para un aparato especialmente susceptible a acumular mugre, sobre todo la procedente del esmalte negro con que se pintaba el cuerpo de bronce del mismo. Debido a que el retículo estaba grabado en una lente del visor, una simple pelusa se convertía en una especie de jaramago gigante, y una mota de polvo en un pedrusco. En fin, que la calidad de visión que ofrecía era simplemente un churro, y más si consideramos el pastizal que costaba. 

Por otro lado, los dispositivos ópticos prismáticos tienen una distancia visual muy corta, en este caso de solo 3'8 cm. del ojo. A modo de ejemplo, recuerden que cuando usan unos gemelos hay que ponerlos muy cerca de los ojos para evitar la visión de túnel. Esta distancia visual tan corta se traducía en un casi seguro castañazo en el ojo en el momento del disparo a causa del retroceso, por lo que se había provisto al visor de un protector de caucho. Sin embargo, aún contando con el protector a nadie le entusiasma un golpe en un ojo, lo que significaba que el tirador alejaba en muchos casos la cara del visor, empeorando así su ya de por sí deficiente calidad visual. Aclarado este punto, veamos los mecanismos para regular este chisme.



En este caso, las dos ruedas que vemos no actuaban sobre el retículo, que como hemos dicho estaba fijo en una lente, sino sobre el conjunto del visor, de la misma forma de sus abuelos de la guerra civil, o sea, el visor pivotaba sobre la parte delantera, elevándose o descendiendo la parte trasera; para graduar la deriva, pues lo mismo, pero de izquierda a derecha. En la foto principal vemos el ocular de goma, ya bastante perjudicado por los años, el cuerpo de bronce que albergaba las lentes con el esmalte bastante descascarillado, y marcado con la flecha amarilla un tornillo de bloqueo añadido a posteriori para reforzar la unión del visor con la montura. Pasemos al detalle. La rueda grande es para regular el alcance con un máximo de 3.000 yardas. Para girarla se aflojaba la contratuerca (flecha blanca) y se situaba la distancia en la muesca que vemos en el círculo rojo. Luego se bloqueaba volviendo a apretar la contratuerca. La deriva, pues lo mismo, pero sin contratuerca. Bastaba colocar la posición deseada en la flecha del otro círculo rojo. En la parte superior del cuerpo del visor (foto de la derecha) vemos una chapa de latón con una guía de correcciones rápidas para compensar la deriva lateral a izquierda o derecha según el viento, así cómo una corrección del alcance. Como podrán imaginar, los tiradores expertos se fiaban más de su instinto que de las indicaciones del fabricante. De hecho, incluso el ocular de goma era modificado o simplemente eliminado por muchos de ellos, un poco aburridos de verse con el ojo como un tomate cada vez que pegaban un tiro.

Vista superior del arma que nos permite apreciar con toda claridad la posición del visor. Como vemos, la ventana de expulsión y la ranura para el peine de munición están totalmente despejadas, facilitando la recarga. Sin embargo, como ya se ha dicho, el peso del visor desestabilizaba el arma y, además, impedía accionar la aleta del seguro (flecha blanca). La flecha azul señala la anilla de enfoque, que como sabemos hay que regular según quien lo use

Bien, estas son las características y el funcionamiento de este peculiar visor, del que se fabricaron 2.075 unidades entre 1908 y 1912 si bien parece ser que solo 1.550 de ellas llegaron a ser instaladas en sus respectivos fusiles. Pero, como está mandado, no pasó mucho tiempo antes de que los militares sugirieran una serie de cambios a la vista de los inconvenientes que presentaba el modelo inicial. En primer lugar se redujeron levemente los aumentos, que se quedaron en 5'2. Esta reducción de 8 décimas permitió obtener un poco más de luminosidad, que era el talón de Aquiles del Warner & Swasey. Para asegurar el protector de caucho del ocular, que en el modelo inicial entraba a presión, se añadió un casquillo roscado, y el mismo ocular fue notablemente modificado, como podemos ver en la foto inferior. Esta nueva morfología aminoraba el golpe que, inexorablemente, recibía el tirador tras cada disparo, pero el maldito ocular actuaba como una ventosa, y en las primeras pruebas a más de uno casi le saca el ojo del chupetón. No obstante, el problema se subsanó añadiendo un par de orificios para que entrase aire y anulase el efecto ventosa. Finalmente, la contratuerca de la rueda de regulación de altura se cambió por un modelo cruciforme que es claramente visible en la imagen. Por lo demás, el visor seguía siendo básicamente el mismo salvo en un detalle substancial, el precio, que se rebajó hasta los 58 dólares si bien seguía siendo excesivamente costoso. El nuevo modelo recibió la denominación oficial de Telescopic Musket Sight mod. 1913.



Por lo demás, el visor se servía en un estuche de cuero que podía transportarse colgando del cinturón del correaje o bien mediante una correa, colgado del hombro. A la derecha tenemos un ejemplar de cada modelo. La foto A pertenece al de 1908, y como se puede observar lleva en el interior de la solapa un pequeño bolsillo donde se alojaba una herramienta para desmontar el visor. La foto B es la funda del modelo de 1913, y solo se diferencia de la anterior en la ubicación del bolsillo del útil, que podemos ver en la cara exterior. La producción total del modelo 1913 alcanzó las 5.041 unidades, de las que fueron instaladas 4.000 que, en este caso, no recibieron el punzonado con el número de serie del arma al que fueron asignados. En total se vendieron al ejército yankee 7.116 unidades, incluyendo los visores adquiridos en 1906 para pruebas. 

Curiosamente, no solo el ejército yankee hizo uso del 
Warner & Swasey 1913. Alrededor de unas 3.000 unidades fueron adquiridas por la Commonwealth que las 500 se instalaron en su fusil Ross tal como vemos en la foto de la izquierda. El Ross no era lo que se dice un arma robusta, por lo que no dio un resultado aceptable en la asquerosa guerra de trincheras pero, sin embargo, el rendimiento del visor sí les resultó satisfactorio y, de hecho, aún estaban operativos en el siguiente conflicto, en el que entraron en acción instalados en el fusil Pattern 14. En cuanto a los yankees, a la vista de lo visto, optaron por irlos retirando del servicio, siendo definitivamente dados de baja a mediados de los años 20. Los supervivientes fueron vendidos en surplus para usarlos en armas destinadas al tiro deportivo.

Pershing haciendo el gamba en Méjico. De él dijo Villa que
"...vino aquí como un águila y se fue como una gallina mojada".
Vamos, que se cubrió de gloria...
Como curiosidad, debemos añadir que el 
Warner & Swasey no se estrenó en la Gran Guerra, sino unos años antes, concretamente en el violento cambio de impresiones que mantuvieron los yankees con los mejicanos de Pancho Villa entre marzo de 1916 y febrero de 1917 como respuesta a la llamada batalla de Columbus, donde el revolucionario se salió con la suya y liquidó a más WASP's de los que su orgullo de anglosajones podía tolerar. Diez mil hombres al mando del insufrible y arrogante John Pershing entraron en territorio mejicano para dar caza a Villa sin que por cierto lograran atraparlo y, de hecho, fueron derrotados en todos y cada uno de los enfrentamientos que mantuvieron con sus tropas irregulares, así que ya vemos que la preparación del ejército yankee para un conflicto como el que se libraba en Europa no era precisamente el más adecuado. Sin embargo, como decimos, fue durante esa guerra no declarada cuando una unidad, los Lingler's Sharpshooters, hicieron sus pinitos con sus flamantes fusiles Springfield equipados con visor. 

Pero el accesorio más significativo fue el silenciador que, desde 1910, estaban desarrollando, lo cual sí que era toda una novedad para la época ya que estos supresores de sonido son la herramienta más eficaz para impedir que el tirador pueda ser localizado. Inicialmente se probó el modelo fabricado por la Maxim Silent Firearms Co., propiedad del hijo de prolífico creador de ametralladoras. Este supresor, muy avanzado para la época, contenía varias cámaras deflectoras en espiral que retenían los gases de la deflagración, pero que producía un sobrecalentamiento del tubo. Por otro lado, la reducción era de dos tercios del sonido producido por el disparo, lo que se consideró insuficiente.



Primer plano del silenciador Maxim
En la foto superior podemos ver un Springfield 1903 con el visor Warner & Swasey y el silenciador Maxim que, como se puede apreciar, tenía un diseño sumamente práctico ya que una vez instalado quedaba en una posición excéntrica, lo que no anulaba la posibilidad de usar las miras abiertas. La Maxim llevaba ya tiempo comercializando silenciadores para tiradores deportivos interesados en conservar su aparato auditivo en el mejor estado posible- recordemos que aún no se usaban auriculares protectores- especialmente para disparar armas de calibre .22 en el jardín de casa sin que el vecino saliera protestando. Así pues, para no tener que gastar dinero en enviar el arma a un tornero para que le fabricase un paso de rosca, junto al silenciador se servían una serie de piezas con las que podía ser fácilmente acoplado al arma sin tener que realizar ninguna modificación en la misma. En este caso, bastaba desmontar el punto de mira, colocar un manguito por la parte trasera del mismo, dos medios casquillos que al ser apretados con el manguito formaban una cubierta con el extremo roscado, y ahí era donde se colocaba el supresor, tras lo cual el punto de mira se volvía a colocar en su sitio. El precio del mismo era de 8'50 dólares, y hasta preveía la colocación de la bayoneta situando el ojo de la misma en un saliente que podemos ver en la parte inferior del tubo. 
Sin embargo, el ejército no lo consideró adecuado y, aunque durante el año 1912 se probaron modelos de las firmas  Corumboef y Moore, finalmente se desechó la compra de este accesorio que, bien desarrollado, habría resultado una inmejorable herramienta en el campo de batalla. Finalmente, las unidades adquiridas para las pruebas fueron destinadas a los entrenamientos de la Guardia Nacional.

Y mientras el ejército seguía intentando sacar partido al más que cuestionable Warner & Swasey, la Infantería de Marina optó por tomar camino por su cuenta y se dedicó a buscar otro modelo más eficiente y, sobre todo, más robusto. El modelo elegido fue el Winchester A5 (foto de la derecha), un visor comercial de visión directa que había salido al mercado en 1910 destinado al tiro deportivo y que, además, era más barato que el otro modelo, apenas 27 dólares más 3'50 de la funda de transporte. Su aspecto no difería demasiado de aquellos primitivos visores empleados por los sharpshooters. De hecho, tenía una longitud de 40,3 cm. y un diámetro de 20 mm., pero era especialmente sólido ya que el tubo partía de una barra maciza de acero perforada y torneada, por lo que no se habían empleado plegadoras ni soldaduras para darle forma. Sus prestaciones eran las habituales: 5 aumentos, un retículo fijo de cabello de ángel  y, para su centrado, disponía de dos grandes torretas con capacidad para modificar la elevación y la deriva con 1 MOA por clik, o sea, 1 pulgada a 100 yardas. 

Springfield 1903 con el visor Winchester. Como se puede observar, la parte superior del guardamanos tenía que ser rebajada para instalarle la base de la montura


Su campo de visión era similar al modelo prismático ya que tenían el mismo foco, 20 mm., pero al ser de visión directa su luminosidad era manifiestamente mejor. Sin embargo, este visor tenía una serie de peculiaridades que también lo convertían en una RARA AVIS en lo tocante a visores de uso militar. Como vemos en la foto, el tubo era flotante, o sea, como sus abuelos de los sharpshooters en los que el retículo estaba fijo en una lente y lo que se movía era el visor. En la foto de la derecha podemos verlo mejor. Las dos uñas fijadas mediante un tornillo son la referencia donde deben colocarse las muescas de las torretas según la distancia y deriva deseadas. En el lado opuesto de cada torreta habrá un tetón con un muelle en su interior para mantener firme el tubo, que se moverá de un lado a otro conforme manipulemos dichas torretas. En la base delantera hay una anilla con el interior cónico, de forma que el tubo pueda variar de ángulo sin doblarse, y con unos pequeños tetones para impedir que dicho tubo gire, cambiando con ello el punto de impacto.

Como se ve en las fotos, las bases carecen de tornillos de bloqueo. Este sistema de bases, fabricadas por la Mann-Neider, estaba inspirado en el que empleaba la firma tedesca Goerz y, aunque pueda parecer que carecen de la fiabilidad necesaria para un arma militar, la realidad es que proporcionaban un anclaje bastante sólido. Si nos fijamos en la foto de la izquierda, veremos que la cola de milano estaba fresada formando un trapecio con la parte más ancha hacia adelante. Para montar el visor solo había que introducir las bases y empujar a tope, bastando su ajuste para inmovilizar el visor. Pero cada vez que se efectuaba un disparo, la inercia empujaba el visor hacia adelante, aumentando así el bloqueo. Asombrosamente básico, pero bastante eficiente. Para desmontar el visor bastaba empujarlo hacia atrás hasta extraerlo, sin más historias.

Otra particularidad era que, al disparar, el tubo se deslizaba por las anillas hacia adelante. Aunque su campo ocular era un poco mayor que el del Warner & Swasey, apenas alcanzaba los 5 cm., lo que podía dar más de un golpe en la ceja al tirador. Además, su posición en el arma obligaba a usar una carrillera de cuero para ajustar la cara a la culata (ver foto inferior). Así, cuando se producía el disparo, el tubo avanzaba de forma que dejaba más espacio para manipular el cerrojo y, además, permitía activar el seguro a voluntad. Antes de volver a hacer puntería había que tirar para atrás del visor y devolverlo a su posición original. No era precisamente un adelanto tecnológico ya que, caso de tener que repetir el tiro con rapidez, se perdía la oportunidad de escabechar al enemigo, pero eso era lo que había y, además, en este caso la recarga de munición sí había que efectuarla cartucho a cartucho porque el visor estaba justo encima de la ventana de expulsión. Sea como fuere, la cosa es que las ópticas yankees estaban por aquella época a años luz de los fabulosos visores fabricados por tedescos y austriacos, equiparables en calidad a un visor moderno.



Aunque el visor tampoco despertó un entusiasmo desmesurado por las razones expuestas, en plena guerra no había mucho donde elegir, y las prestaciones del Winchester eran en todo caso superiores a las del 
Warner & Swasey del ejército. Así pues, cuando los yankees se sumaron a la fiesta adquirieron 500 visores que no tuvieron apenas tiempo de mostrar sus prestaciones en combate. A titulo orientativo, el estándar de la época requería que el arma fuese capaz de acertar en la cabeza de un hombre a 200 yardas y en el cuerpo a 400, lo que tampoco era para tirar cohetes a la vista de la mortífera precisión de los francotiradores enemigos. En 1928, la Lyman Gun Sight Co. compró los derechos del A5 a la Winchester, siguiendo en producción durante varios años más hasta la 2ª Guerra Mundial. Para terminar, en la foto de la derecha podemos ver la funda de transporte, provista de una correa para llevarla en bandolera. La tapa era deslizable, y en el interior traía impresa de fábrica una lista de correcciones rápidas similar a la del Warner & Swasey.

El mortífero Davis (1888-1828). Palmó durante
una operación para solucionarle un problema
pulmonar derivado de haber respirado gas en
la guerra
En fin, con esto terminamos. Imagino que más de uno se habrá quedado un tanto perplejo ante los modelos de visor presentados, dando por hecho que los yankees dispondrían de material de lo más novedoso, pero ya hemos visto que no fue así. No obstante, su cometido como francotiradores tras pasar por las escuelas de tiro de los british (Dios maldiga a Nelson) les permitió demostrar su capacidad. Recordemos que, al fin y al cabo, los yankees procedían de un país donde se rinde culto a las armas, y muchos de ellos eran gente de campo que aprendían a disparar antes de echar los dientes. De hecho, se dio más de un caso de tiradores que hicieron gala de una precisión asombrosa disparando con las miras abiertas del fusil, como el soldado Herman Davis, perteneciente al 113 Bon. de Infantería y que, sin la ayuda del visor, liquidó a pelo a los cuatro servidores de una ametralladora tedesca a nada menos que 900 metros de distancia. Davis, que tenía ya 30 años cuando se alistó, preguntó a sus colegas por qué no callaban de una puñetera vez a la dichosa máquina, a lo que le respondieron que estaba a 1.000 yardas de distancia, demasiado lejos para acertarles. Davis replicó que "esa es una buena distancia de tiro", encaró su Springfield y escabechó a los cuatro tedescos en un avemaría. El Davis este debía tener la vista de un águila como poco y, naturalmente, le dieron mogollón de medallas, faltaría más.

En fin, vale por ahora. No creo haberme dejado atrás, pero si así ha sido, pues ya lo arreglaré si me acuerdo.

Hale, he dicho

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Tirador yankee con su Springfield 1903 provisto de un visor Warner & Swasey modelo 1913. Obsérvese la culata pintada de camuflaje, lo que denota que los sobrinos del tío Sam aprendieron pronto que en el Frente Occidental las cosas no estaban para bromas, y que los "huns", como llamaban a los tedescos, tenían más peligro que Toro Sentado y todos sus cuñados juntos

domingo, 3 de noviembre de 2019

Q-SHIPS


Escenas como esta se repetirían centenares de veces entre 1914 y 1918. Por la magnitud de la explosión tiene toda la
pinta de que el mercante ha sido alcanzado por un torpedo lanzado en superficie y ha partido en dos la nave enemiga

No deja de causar perplejidad que un país como Inglaterra (Dios maldiga a Nelson mogollón de veces), que forjó su imperio a base de robar, piratear y saquear al resto del planeta y que hasta ennoblecía a escoria que cualquier país civilizado mandaría a la horca, se quedaran con la jeta a cuadros cuando los U-boote tedescos empezaron a mandarles a pique sus mercantes, y más cuando tuvieron, como es habitual en esos isleños, la peregrina idea de que imponer un bloqueo naval a Alemania quedaría sin respuesta porque ellos son los más guays de la galaxia. Bien, hecha esta cariñosa referencia a nuestros enemigos de toda la vida junto con los gabachos (Dios maldiga al enano corso), vamos al grano. Puede que muchos desconozcan qué es eso de un Q-ship, o sea, un barco Q, así que antes de entrar a fondo en la materia convendrá aclararlo para los que no estén al tanto del tema. Veamos pues...

El U-9, un barco botado en 1910 y que ya tenía unas prestaciones que lo
hacían temible ante un enemigo que no sabía como hacer frente a este
tipo de naves
La Gran Guerra, como es de todos sabido, fue la génesis de las armas modernas que actualmente se emplean para masacrarse más y mejor. Y, en el caso que nos ocupa, supuso el despegue del submarino, un artefacto que ya llevaba dos siglos inventado y que, como se ha mostrado en un par de artículos, ya hicieron sus pinitos en la Guerra de la Independencia yankee y la Guerra de Secesión entre los yankees y los malvados rebeldes esclavistas del sur, aunque quedó claro que le faltaban unos cuantos hervores para dar de sí todo su potencial. Esos hervores llegaron en los primeros años del siglo XX, cuando la tecnología permitió que pudieran pasearse por el mar razonablemente bien armados, navegar sumergidos algo más que el largo de una piscina y, lo más importante, no irse al fondo como una piedra por cualquier chorrada. No obstante, a pesar de que luego se convirtieron en ambas guerras en la primera potencia en lo tocante a submarinos, a comienzos del siglo los tedescos aún no consideraban estos chismes como naves verdaderamente ofensivas, sino más bien un medio disuasorio para proteger las aguas propias. El mismo almirante Tirpitz, mandamás supremo de la Reichsmarineamt por aquella época, incluso se negaba a fomentar la proliferación de los Unterseeboot, palabro de donde proviene el conocido acrónimo U-boot que todos conocemos. Solo la amenaza de que las demás potencias europeas les estaban tomando la delantera en este tema hizo que se dejaran de chorradas y se pusieran todos manos a la obra para obtener una flota submarina decente.

El U-38 en plena acción, conminando a los tripulantes del velero mercante
que se larguen echando leches o se van a pique con su barco
Bien, cuando comenzaron las hostilidades en agosto de 1914, los tedescos apenas disponían de una pequeña flota de 26 U-boote, cuatro de los cuales eran los primeros que se habían construido entre 1906 y 1912 y se usaban solo para prácticas. De hecho, sus enemigos iban muy por delante en la fabricación de submarinos: los gabachos disponían de nada menos que 73 unidades, los abominables british 64, y hasta la por aquel entonces neolítica Rusia les superaba con 29 naves. Pero, ojo, aunque los tedescos estaban en una teórica desventaja, nada más lejos de la realidad tanto en cuanto las prestaciones de sus U-boote superaban con creces a las naves enemigas. Por ejemplo, mientras que los amados súbditos del káiser fabricaban submarinos con una cubierta acorazada sobre el casco de presión, los demás no tenían previsto nada semejante. Esto implicaba que su capacidad para sumergirse era mucho mayor, alcanzar mucha más profundidad e incluso resistir impactos que habrían sido fatales para sus adversarios. Más aún, aunque los submarinos tedescos operativos en 1914 eran en su mayoría naves con motores de queroseno, una autonomía bastante birriosa y un armamento aún más limitado (dos lanzatorpedos a proa y dos a popa que salían ya cargados de la base, más dos torpedos de repuesto para los tubos de proa, o sea, seis en total), los british, que al cabo eran los más afectados en cuestiones navales, tenían en dotación unos torpedos tan pésimos que era habitual que se fuesen al fondo nada más dispararlos o, peor aún, que ni siquiera explotaban al impactar contra los buques enemigos. Y como arma de cubierta llevaban un cañón de 12 pulgadas que obligatoriamente tenían que disparar orientado hacia proa porque si se les ocurría hacerlo de costado el retroceso podía hacer volcar la nave. Y a todo esto, sumarle que tanto la autonomía como la velocidad de los U-boote superaba a la de los enemigos, y que antes de 1918 podían sumergirse en apenas 40 o 45 segundos, tiempo que lograron rebajar a solo 30 segundos a finales del conflicto.


El Antwerp, uno de los primeros Q-ships
Como vemos, los british tenían motivos de sobra para preocuparse aunque las verdaderas prestaciones de los U-boote no las conocían pero, en todo caso, optaron por curarse en salud y mandar la flota a Scapa Flow por si las moscas. Por otro lado, ni Churchill, en aquel momento Primer Lord del Almirantazgo (era un cargo político, no militar) ni el almirante John Fisher, Primer Lord del Mar (justo lo contrario, o sea, era un cargo militar) podían imaginar que el káiser ordenara atacar a las pobres e indefensas naves mercantes porque eso estaba muy feo y no era propio de países civilizados. De hecho, incluso en la marina tedesca había quien miraba con malos ojos esas prácticas tan poco caballerosas pero, tal como quedó demostrado, la época de las batallas entre caballeros eran historia (en realidad jamás ha habido una guerra caballerosa, pero bueno...). La cuestión es que, en realidad, los que abrieron la Caja de Pandora fueron los british imponiendo un férreo bloqueo naval por un lado y, por otro y a la vista de que no disponían de nada eficaz para contrarrestar la amenaza de los submarinos enemigos, empezaron a preparar pequeños mercantes, pesqueros, arrastreros, vapores, veleros y, en fin, cualquier cosa que flotase pudiera ser armada con algunos cañones y hacer lo que mejor sabe un inglés: actuar como un auténtico y verdadero pirata. Así surgieron los Q-ships.


La tripulación del U-9. En el centro, con las manos cruzadas, aparece su
comandante, el kapitänleutnant Otto Weddingen. Estos probos súbditos del
káiser bajaron los humos a los british de forma radical
El término Q-ship no se empezó a usar de forma oficial hasta finales de 1916, al parecer por tener su base principal en el puerto irlandés de Queenstown. Hasta aquel momento, la armada los denominaba como "buques señuelo" o "barcos misteriosos". Y ambas denominaciones eran de lo más acertado porque la idea consistía simplemente en engañar a los submarinos tedescos haciéndoles creer que se trataban de inofensivos barcos mercantes, la presa más jugosa para mandar al abismo y chinchar bonitamente a los isleños. Porque la triste realidad es que la todopoderosa Navy, con sus magníficos acorazados, cruceros y demás naves de gran porte no tenían nada con qué combatir a estos taimados y sigilosos enemigos subacuáticos. Eran pequeños, iban bien armados y eran ilocalizables cuando se sumergían. Hasta 1916 no empezó a llegar la tecnología necesaria para ello con el hidrófono, pero esos chismes tenían un alcance muy limitado, apenas 1 o 2 millas, mientras que el torpedo alemán de prestaciones más birriosas tenía un alcance de 2 km. a 32 nudos de velocidad, y de 2'6 km. a 27 nudos, por lo que antes de que lo detectaran podía mandar un regalo en forma de puro con entre 136 y 200 kilos de trinitrotolueno. Además, el hidrófono localizaba la presencia del submarino, pero no su posición. Para ello había que colocar tres naves y triangularla por su señal, y para ello tenían que parar máquinas porque el ruido de las hélices interfería una burrada. Y, para colmo, sus minas y torpedos podían mandar a hacer gárgaras a cualquier barco enemigo. El primer toque de atención lo recibieron apenas siete semanas después de entrar en guerra, cuando los arrogantes british recibieron la noticia de que un submarino tedesco, el U-9, había hundido en menos de una hora a tres de sus cruceros: el Aboukir, el Hogue y el Cressy. Se les debió indigestar el té con plum cake de calabacines y boniatos, porque no podían imaginar que una de aquellas bañeras subacuáticas hubiese podido acabar nada menos que con tres naves de superficie en un periquete.


Pequeño mercante en pleno proceso de reconversión para hacer de él un
Q-ship. Estos barcos, que no merecían un torpedo y podían ser hundidos
fácilmente a cañonazos, eran el señuelo perfecto hasta que los tedescos
se dieron cuenta de que tenían más peligro que un cuñado sediento
Ante semejante panorama, lo mejor que se les ocurrió fue echar mano de barcos de pequeño tamaño que, como una lombriz en el anzuelo, atrajesen de forma irresistible a los comandantes de los U-boote y los hiciera salir de las profundidades para, conforme a la Ley de Capturas, abordarlos y comprobar su nacionalidad y el manifiesto de su carga ya que, aunque navegasen bajo la bandera de un país neutral, caso de tener como destino un país enemigo era irremisiblemente hundido. La dotación de torpedos de los submarinos a comienzos de la guerra era más bien escasa, por lo general apenas seis unidades que reservaban para enfrentarse a naves de guerra y de cuyo uso debían dar cuenta al retornar a base, por lo que preferían usar el cañón de cubierta para, una vez que la tripulación del mercante abandonase el barco, echarlo a pique a cañonazos o colocando cargas explosivas en la víctima aspirante a pecio perpetuo. Por lo tanto, la estrategia consistía en engañar a los submarinos  haciéndolos emerger una vez que comprobaban que lo que tenían delante era un jugoso mercante de cualquier tipo. En el momento en que salían a la superficie, mostraban de forma inmediata el armamento que llevaban a bordo y se liaban a cañonazos antes de que al sorprendido comandante le diese tiempo de hacer uso de su armamento de cubierta, de lanzarles un torpedo o de sumergirse, para lo cual necesitaban de casi un minuto durante el cual una tripulación bien entrenada podía endilgarle varios cañonazos.


El Farnborough, un vapor de tres islas fuertemente artillado al
mando del capitán Campbell, uno de los más famosos comandantes de
Q-ships. En la imagen superior vemos su aspecto original, con las cruces
señalando la posición de su armamento. Debajo, después de ser disfrazado
El 2 de noviembre de 1914 los british decidieron iniciar el bloqueo, lo que fue replicado por los tedescos tres días más tarde declarando los mares que rodeaban las islas como zona de guerra submarina, y la cosa es que no tardarían mucho en poner en servicio naves con la autonomía necesaria para plantarse en la costa escocesa sin problemas. Además, estaban bastante cabreados porque un mercante al que uno de sus submarinos iba a inspeccionar lo embistió, por lo que se autorizó a usar torpedos si creían que había riesgo para la nave. Y para poner las cosas más complicadas, en febrero de 1915 los tedescos se dejaron de escrúpulos y optaron por lo más cómodo: atacar sin previo aviso, o sea, no se molestarían en asomarse a la superficie, instarlos a detenerse mediante un disparo por la proa, abordarlos, etc. sino que, sin más historias, emergerían y harían uso del o los cañones de cubierta, por lo general de 8'8 y/o 10'5 cm., más que suficiente para mandar al fondo a cualquier mercante con un disparo colocado en la línea de flotación. La opción B era que si sospechaban algo raro no se andasen con miramientos, les lanzaran un torpedo y santas pascuas. Así pues, comenzó una peculiar carrera de engaños y fullerías navales en la que los Q-ships ideaban formas de tentar al enemigo, mientras que el enemigo se volvía cada vez más desconfiado y se iba aprendiendo todos los trucos para no dejarse engañar. 


Cañón de 12 libras oculto en un bote salvavidas falso. Como
vemos en la foto inferior, el bote se separaba en dos mitades
para abrir fuego por ambas bandas
A finales de noviembre de 1914, los british tenían listo el primer Q-ship, el Victoria, cuya vida operativa fue bastante breve ya que no fue capaz de dar con un solo U-boot por lo que al cabo de un mes lo mandaron a hacer puñetas. Lo sucedió el Antwerp, un barco armado con dos cañones de 12 libras que tampoco dio el resultado que se esperaba porque, simplemente, presentaba un aspecto sospechoso a los comandantes de los U-boote. El capitán del Antwerp, el teniente comandante Godfrey Herbert, abogó por el uso de un tipo de barco denominado "de tres islas", unos mercantes de tres o cuatro mil toneladas llamados así por tener toldillas de proa y popa y con el puente de mando en el centro de la nave. Este concepto de barco era especialmente apoyado por el vicealmirante Lewis Bayly, responsable del South-Western Approaches (zona marítima que comprende el suroeste de las islas), que era precisamente donde más mercantes eran hundidos. Sus amplias bodegas permitían acumular combustible, pertrechos, municiones y provisiones para travesías de hasta un mes de duración, disponían de espacio para instalar artillería en cantidad y, lo más importante, eran lo suficientemente grandes como para poner los dientes largos al comandante de un submarino, pero no tanto como para malgastar un torpedo. O sea, el Q-ship ideal para hacer salir a la superficie al enemigo y atacarlo con el armamento de cubierta. No obstante, la armada recurrió como ya se ha dicho a todo lo que pudiera facilitar la ardua tarea de engañar a los cada vez más sagaces tedescos, e incluso ofrecían la suculenta cifra de 1.000 libras como gratificación a los tripulantes de un Q-ship que lograse hundir un U-boot. Además, por la obvia peligrosidad de su trabajo recibían una prima, la Hard Lying Money, de 6 chelines diarios para el mandamás, 2,5 para los suboficiales y 2 para la marinería.

Con todo, su primera victoria tardó un poco en producirse. No fue hasta el 23 de junio de 1915 cuando el Taranaki, un arrastrero reciclado en Q-ship al mando del teniente comandante Edwards en combinación con el submarino C-24 al mando del teniente Taylor, lograron hundir al U-40 en la costa este de Escocia. La primera victoria de un Q-ship en solitario tuvo lugar un mes más tarde, el 24 de julio, cuando el Prince Charles al mando del teniente Wardlaw aliñó al U-36 en la costa norte de las Hébridas abriendo fuego a menos de 600 metros y echándolo a pique tras recibir varios impactos. Eso sí, el palmarés del U-36 era de lujo: en mayo capturó a dos barcos y hundió otro, los tres de países neutrales, y en el mes siguiente hundió otros trece y capturó uno más. Como se ve, la diferencia entre la relación operatividad-eficacia de unos y otros era apabullante.


Otro ingenioso subterfugio, en este caso un lanzador de
bombas anti-submarinas oculto bajo una escotilla de pozo
falsa. Bastaba quitar la lona y abatir las mamparas para
ponerlo en orden de combate
Los ardides se basaban en una sofisticada tramoya y una tripulación que, vestida de paisano, debía aparentar en todo momento que eran atribulados marinos muy acojonados ante la presencia del submarino. Se recurría a cualquier cosa: cubiertas falsas, mamparos plegables, cabinas de cubierta también falsas y, por supuesto, banderas de otros países. A medida que los british ideaban una nueva puñetería los tedescos no solo se tornaban más cautos, sino que podían complicarles la vida a los tripulantes del Q-ship ya que los alemanes los consideraban como franc-tireurs, francotiradores, un ejército irregular creado por los gabachos durante la Guerra Franco-Prusiana que iban sin uniforme y actuaban al margen de las normas establecidas, por lo que podían liquidar a toda la tripulación sin perpetrar por ello un crimen de guerra. De ahí que se ordenara a los comandantes de los Q-ships que justo antes de abrir fuego izasen el White Ensing (Pabellón Blanco), la bandera de combate de la Royal Navy. Para agilizar el proceso y no dar ni medio segundo de tiempo al enemigo, algunos Q-ship tenían unido el cierre de uno de los cañones a la cuerda de la bandera para no olvidar izarla con la tensión del momento y, a medida que aprestaban la pieza, enarbolaban la misma. Para no dar oportunidades al enemigo, los artilleros se seleccionaban entre lo más granado de la armada ya que apenas disponían de un minuto o menos para efectuar un mínimo de tres disparos que, a ser posible, impactasen todos en la nave enemiga.


Un Q-ship ha logrado hundir un submarino tedesco. Estos encuentros se
saldaban de forma satisfactoria al que reaccionaba con más presteza. Era
una partida siniestra que duraba un par de minutos como mucho y en la que
lo que se jugaba el personal era la vida
Básicamente, la táctica que usaban consistía en que cuando el submarino hacía acto de presencia, parte de la tripulación simulaba huir echando al agua los botes salvavidas a toda prisa y de forma tan realista que, al parecer, en un caso incluso llevaban una jaula con un loro de peluche dentro que, en la distancia, aparentaba ser la atribulada mascota del barco. Era los que denominaban "grupos de pánico", que remarían para no colocarse entre el Q-ship y el submarino y no estorbar cuando sus colegas abrieran fuego. El resto de la tripulación que quedaba a bordo eran los artilleros y parte del personal no combatiente que era empleado para ayudar a desmontar la tramoya. Si el comandante del submarino se tragaba el anzuelo, se aproximaría al Q-ship para asegurar el tiro o bien perseguiría a los botes (en teoría el mercante señuelo estaría vacío de personal en ese momento) para trincar a la tripulación y poder identificar tanto el barco como el contenido del mismo. En ese lapso de tiempo, los botes maniobrarían para obligar al submarino a ofrecer el costado al Q-ship, momento en que saldría a relucir la artillería y abrirían fuego. 


Artilleros del Antwerp disparando un cañón de 12 libras emplazado sobre
una cabina de cubierta. Las paredes aparecen abatidas para permitir abrir
fuego en cualquier dirección. Como podemos ver, visten de paisano
En otras ocasiones, el señuelo simulaba una huida navegando en zigzag mientras que con una tobera de falso vapor hacían creer al comandante del submarino que los observaba por el periscopio que iban a toda maquina cuando, en realidad, lo que hacían era ir cada vez más despacio para permitir que les alcanzara. Un mercante de vapor podía alcanzar una velocidad de 10 nudos o algo más, mientras que el submarino no pasaba de 8 o 10 nudos en inmersión, así que había que dejarse pillar. Lógicamente, los tedescos no eran tontos y también tenían sus trucos, como hacer las aproximaciones por popa para no ponerse a tiro de los cañones enemigos y, si no lo tenían claro, preparaban un torpedo con el tubo ya inundado y listo para lanzarlo si una vez en superficie y en plena actuación el comandante alemán notaba algo raro. Precisamente para aminorar el riesgo de ser alcanzados por un torpedo, los Q-ship eran por norma barcos con muy poco calado con la esperanza de que pasasen por debajo de la quilla sin llegar a impactar. Porque un torpedo era un arma de efectos incuestionables: si hacía diana mandaba al abismo al barco sí o sí. De hecho, para intentar retrasar el hundimiento muchos Q-ships llenaban el espacio disponible en las bodegas con toneles y cubas vacíos, madera o, en resumen, cualquier cosa que lo mantuviese a flote al menos el tiempo necesario para poder disparar al submarino y hundirlo o dañarlo gravemente. 


El C-24, uno de los pocos submarinos que logró acabar con un U-boot
También llegaron a probar ataques combinados de Q-ship con submarinos propios como el que citamos antes entre el Taranaki y el C-24. Mediante un cable telefónico mantenían el contacto entre ambos cuando sospechaban de la presencia de un U-boot. Una vez que este daba la cara, el Q-ship informaba de que estaba siendo atacado, y en ese momento el submarino british emergía y hacía lo propio por lo que el tedesco se vería atrapado entre dos fuegos. No obstante, esa táctica apenas se usó porque no demostró ser verdaderamente eficaz y era imposible de llevar a cabo cuando el mar se movía un poco, para no hablar de cuando hacía mal tiempo ya que era muy difícil mantener el contacto telefónico. Por otro lado, los comandantes de los Q-ships se veían obligados a cambiar de disfraz constantemente. Si habían estado patrullando una zona durante una serie de días no podían volver a la misma mostrando el mismo aspecto ya que pondría en guardia al submarino más despistado. ¿Qué hacía un mercante solitario dando vueltas por allí sabiendo el peligro que corría? Así pues, pintaban el casco de otro color, cambiaban de posición las cabinas falsas o le daban a las cubiertas otro aspecto tendiendo lonas como si fueran mamparos, artificio este que solía darles problemas si se levantaba viento porque flameaban y el subterfugio era visible a gran distancia, por lo que el comandante del U-boot que pudiera estarlos observando no lo dudaría: torpedo y a otra cosa, mariposa.


Un cañón oculto tras una lona sobre el puente de mando del Baralong, cuyo
comandante llevó a cabo una de las mayores villanías de la Royal Navy
En fin, más o menos así eran y así actuaban los Q-ships. Cuando en 1917 se impusieron los convoyes, estas naves señuelo dejaron de tener sentido si bien se mantuvieron operativas el resto del conflicto incluyendo los PQ, patrulleras de la Royal Navy susceptibles de ser usadas como Q-ships por su facilidad para ser "disfrazadas". Su reducido tamaño, de unas 1.250 toneladas de registro bruto, era ideal para que los comandantes tedescos hicieran palmitas cuando les echaban la vista encima ya que eran los típicos mercantes dignos de ser hundidos a mayor gloria del káiser. Pero estas naves eran unos huesos muy duros de roer: alcanzaban los 20 nudos de velocidad, iban fuertemente armados con cañones de 4 pulgadas y 12 libras y su escaso calado, de apenas 2,4 metros, les permitía tener muchas posibilidades de salir ilesos de un ataque con torpedos. 


La goleta Mary B. Mitchell, un Q-ship que se enfrentó con el U-17 en junio
de 1917. El submarino abrió fuego a 4.500 metros, lo que demuestra que a
aquellas alturas de la guerra no se fiaban ni de una beatífica morsa. En esta
ocasión y tras un intenso intercambio de disparos la cosa acabó en empate
debido a la nula visibilidad. Ambos barcos salieron ilesos
Con todo, como se ha dicho ya, los convoyes se convirtieron en la principal herramienta para proteger el tráfico marítimo que, no obstante, costó a los aliados la friolera de 11.948.702 de toneladas enviadas al fondo del mar en forma de 6.394 naves.  A cambio, los Q-ships solo lograron hundir 12 submarinos de los 187 que perdió Alemania en toda la guerra, y causaron daños de diversa consideración a otros 60 que, naturalmente, fueron reparados y puestos nuevamente en servicio. Como vemos, un balance sumamente magro por no decir ridículo a pesar del empeño puesto en este tipo de naves, del riesgo que corrieron sus tripulantes y de las sumas de dinero invertidas en su compra, armado y mantenimiento. De hecho, en fechas tan tardías como abril de 1918 aún se alistaron seis veleros equipados con un motor auxiliar cada uno para no verse inmovilizados en caso de una calma chicha y que iban armados con dos cañones de 12 libras, uno de 4 pulgadas y un obús de 7'5 pulgadas. En todo caso, los encuentros entre Q-ships y U-boote eran cada vez más escasos ya que los primeros eran ya empleados principalmente para escoltar convoyes, y en 1918 solo tuvieron lugar once encuentros entre submarinos alemanes y Q-ships. El último fue el 30 de julio de aquel año, y salió triunfante el U-boot.

Los convoyes tampoco pudieron acabar con la amenaza de
los U-boote. En este caso vemos al U-93 a punto de mandar
al fondo a una goleta. Estos barcos, que en muchas ocasiones
se quedaban atrás si el viento no era propicio, se convirtieron
en una presa fácil en cuanto se quedaban solos en el mar
En fin, creo que con esto ya tenemos un avance general de lo que fueron los Q-ships y del papel que desempeñaron en la guerra naval. Por cierto que los british aprendieron poco de ello, mientras que los tedescos tomaron buena nota de todo para volver a las andadas en el siguiente conflicto, en las que sus "manadas de lobos" siguieron contaminando el océano con cientos de miles de toneladas de acero, fuel-oil y munición de todas clases y cebando a los peces con miles de marineros, dejando un reguero de osamentas roídas por todo el Atlántico. En otra entrada ya hablaremos con más detenimiento del armamento y demás chorraditas interesantes sobre estos barcos. Por cierto, para los amantes de las estadísticas: el porcentaje más elevado de pérdidas de U-boote, un 40% nada menos, fueron provocados por accidentes o por causas desconocidas. El siguiente, un 20%, por las minas. Los 12 hundidos por los Q-ships apenas llegaron a un 7%. En cuanto a los Q-ships, no se sabe con exactitud la cifra de unidades operativas ya que hasta 1917 no hubo un mando generalizado que se encargase de las operaciones de estos barcos, por lo que se dieron muchos casos de capitanes que requisaban un mercante que les parecía chulo y se limitaban a disfrazarlo y trasladar el armamento a bordo. Digamos que tenían pocas limitaciones a la hora de acometer sus misiones, y se movían de un lado a otro según su intuición. En cualquier caso, las cifras oscilan entre los 113 y casi 200 unidades, de las que se perdieron 59 en total. De ellas, 36 fueron hundidas combatiendo contra los U-boote, 6 se fueron a pique por accidentes, 16 por torpedos o minas, y una fue capturada por los tedescos.

Bueno, con esto vale de momento. Ya seguiremos hablando de las andanzas de estos barcos y de la guerra contra los mercantes que, las cosas como son, fue de todo menos caballerosa y honorable. Más aún, las fechorías que se perpetraron dejó claro que las guerras las ganaba el que ponía más cadáveres sobre el tapete, y que tampoco servía de nada perdonar hoy la vida de un enemigo que mañana no dudaría en liquidarte sin pararse a pensar que le permitiste seguir vivo.

Hale, he dicho


Uno menos...