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lunes, 9 de enero de 2023

JUSTA A PIE. REGLAS Y EVOLUCIÓN

 

Dos probos homicidas se disponen a darse estopa ante la concurrencia, formada en este caso por personajes de elevado rango. Por ello podemos inferir que se trata de un duelo judicial, y no un mero espectáculo de masas para lucir fuerza y destreza. Observen la barrera que, a modo de "ring" medieval, limita el espacio disponible para machacarse bonitamente


La cosa se pone calentita, y uno de los jueces tiene que intervenir
para separar a los justadores. Va armado de punta en blanco por si
alguno de ellos se revuelve furioso y le asesta un golpe o para
evitar que un molinete con uno de los picos de cuervo que manejan
le alcance por error y lo deje en el sitio

Como todo ejercicio marcial, la justa a pie precisaba de unas reglas o normas para impedir o, al menos, limitar el fogoso ímpetu de los contendientes. En este caso quizás con más motivos que la justa a caballo en la que, salvo cuando se formaba la mêlée, los lances se solventaban en una embestida sin dar lugar al contacto físico. Los dos jinetes se acometían, procuraban estampar sus lanzas en la zona más ventajosa del adversario y ahí acababa todo. O se ganaba, o se perdía o se empataba, pero no podían volver grupas y empezar a darse trastazos salvo que se contemplara esa posibilidad. Pero la justa a pie, debido precisamente a su origen en los juicios de Dios, daban lugar a un combate cuerpo a cuerpo entre dos hombres que previamente se habían retado. Dicho reto podía deberse a un mero afán por demostrar al universo que se era más diestro que el adversario si este era un afamado BELLATOR o, en muchas ocasiones, para solventar malquerencias o viejas rencillas aprovechando el torneo. Sea como fuere, es evidente que en ambos casos había que atar corto a los dos combatientes para que no terminaran matándose entre ellos. Al cabo, si un apacible jugador de parchís puede acabar estampando el tablero en el cráneo de su contrincante porque le ha comido ficha tres veces seguidas, imaginen lo que podría ocurrir si estos fulanos se calentaban más de la cuenta cuando sentían que los golpes del adversario le estaban haciendo quedar en ridículo ante la concurrencia.

Miniatura del "Libro de los Torneos" de René de Anjou que muestra
al duque de Borbón examinando una lista de escudos que le presenta
el heraldo del duque de Bretaña para que elija dos caballeros y dos
escuderos que deberán actuar como jueces en la próxima justa.
Obsérvense los moretones que lucen las jetas del personal, consecuencia
de diversos encuentros

Por otro lado, estos linajudos homicidas eran hombres curtidos que se sabían mil triquiñuelas para hacer la pascua a los enemigos, ya fuese en una batalla campal o en una palestra. Hombres curtidos que, como los púgiles veteranos le meten el pulgar en el ojo al contrincante sin que el arbitro se de cuenta, pues golpeaban donde más daño podían hacer sin importarles naturalmente que el otro quedase lisiado o saliera maltrecho del lance. Lo importante era ganar y punto. Y, por cierto, mejor nos olvidamos de la versión heroica de estos simulacros de la guerra en los que primaba la caballerosidad y los buenos modales; eso queda muy guay en las novelas de Walter Scott y en las edulcoradas filmaciones yankees de los años 50, pero la realidad era distinta. Ya veíamos en la foto de cierre del articulillo anterior como uno de los combatientes no dudaba en estampar un pie en la rodilla del contrario, de modo que ya pueden imaginar la de fullerías que se perpetraban. Como es más que evidente, o estos combates se regían por una serie de normas o cada lid acabaría de mala manera en el momento en que los justadores se cabreasen y sacaran a relucir su amplio surtido de marrullerías. En resumen, había que cumplir unas reglas si no se quería acabar expulsado del torneo por alevoso y mal caballero, con el desdoro que ello suponía ya que se quedaba señalado en todo el planeta como un bellaco, una mala persona más ruin que un cuñado y, lo peor de todo, más traidor que un político.

Bien, ante todo debemos considerar que no había un decálogo uniforme para este tipo de justa, o sea, no había una serie de normas de obligado cumplimiento que fuesen inamovibles a lo largo del tiempo y el país. Antes al contrario, salvo algunas reglas, digamos, fijas, lo cierto es que en cada torneo los organizadores dictaban las que consideraban más oportunas. Sea como fuere, bien es verdad que la norma era generalmente procurar evitar que la fogosidad de los justadores no convirtieran el espectáculo en una riña tabernaria, y que la integridad física de los mismos estuviera razonablemente protegida. 

Así pues, en primer lugar se llevaba a cabo el desafío, por el que los justadores elegían a los campeones con los que deseaban medirse. Esto viene a ser algo básicamente igual a los actuales pugilatos en los que el aspirante al título reta al campeón para arrebatarle la corona si bien en este caso no se luchaba por una bolsa de varios millones de dólares, sino por ganar fama al vencer al, hasta aquel momento, invicto paladín. Dicho desafío tenía lugar en los días previos al torneo. Los lista de los participantes se exponían en el lugar donde tendría lugar el evento, y cada cual retaría al que le diese la gana. El heraldo de cada caballero tocaba con una espuela un escudo que, según el color, informaba de qué tipo de combate deseaba llevar a cabo, así como el tipo de armas. Para las justas a caballo se colocaban dos escudos, uno de color dorado y otro de plata. En caso de tocar el primero, las armas serían de guerra; en caso de tocar el segundo, armas de cortesía. Para las justas a pie se procedía de forma similar, pero con escudos negros y marrones (ilustración de la derecha). Los primeros indicaban combate con una barrera interpuesta entre los justadores (ahora explicaremos lo de la barrera), y los segundos significaban una lid armados con una lanza y protegidos por la tarja. Tras romper las lanzas contra el adversario se continuaría con mandobles y, si los organizadores así lo disponían, con dagas como última fase del combate. Esta primera fase con lanza y tarja hace suponer que, probablemente, el encuentro a pie tenía lugar tras un lance inicial a caballo, y es posible que fuese el heredero directo del combate judicial de toda la vida. En todo caso, esta forma de justa perduró hasta principios del siglo XVI, conviviendo hasta esa época con el combate a pie mondo y lirondo.

Combate con picas con la barrera por medio. Obsérvese que los
justadores no llevan armadas las piernas. Una vez que lograsen
romper sus armas contra el adversario se pasaría a luchar con
espadas
En lo tocante a las normas, las que se podían considerar como generales en cualquier torneo eran las siguientes. Ante todo, estaba prohibido golpear por debajo del cinturón. Como ya se comentó en el articulillo anterior, aún empleando armas de cortesía, un impacto con armas como la alabarda, el mayal, la bisarma o el alcón podían reventarle la pierna a cualquiera, e incluso estando protegida por la armadura podrían sufrirse lesiones muy graves que, como poco, garantizaban una cojera de por vida. El arreglo de fracturas no era algo tan simple como en nuestros días, y un fémur o una tibia astillados, para no hablar de una rótula convertida en comida para peces, dejaban al lesionado con secuelas vitalicias. Con todo, y a pesar de que el armamento era previamente revisado por los jueces, parece ser que no era raro que los justadores intentasen colar un arma cortante y punzante, dándole dos higas la cosa caballeresca con tal de chinchar al adversario. Obviamente, si esto se descubría el infractor era eliminado de inmediato del torneo, pero si ya había hecho buen uso de su arma podía ser tarde.

Del mismo modo, estaba prohibido golpear en otro sitio que no fuera el yelmo, por lo que habitualmente no se permitía usar penachos o cimeras ya que estos podían dificultar a los jueces la apreciación del golpe, de los que había que alcanzar cinco en el yelmo del adversario para obtener la victoria. Tampoco se podían usar las dos manos para manejar una espada de una mano, golpear con el plano de la hoja o reemplazar el arma si esta se rompía salvo si era al golpear al adversario. Solo en ese caso se le permitía sustituirla por otra. Y, por supuesto, los guanteletes que permitieran bloquear el arma propia, como ya vimos en el artículo anterior. Tampoco se podían usar ingenios para bloquear el arma del contrario ni, en resumen, nada que diera ventaja a un justador sobre otro.


En cuanto a la aparición de la barrera, elemento que ya se ha mencionado varias veces, parece que ya se usaba a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, si bien su generalización no tuvo lugar hasta mediados del siglo siguiente. La barrera era básicamente similar a la usada por los justadores a caballo, si bien en este caso no tenía como misión impedir que los jinetes se empotrasen literalmente uno contra otro en un choque frontal, sino para mantener a los combatientes a una distancia que impidiera, aparte de las marrullerías ya comentadas, que en un calentón de la sangre se enzarzaran en un combate cuerpo a cuerpo cerrado y acabaran masacrándose bonitamente. La barrera, además, impedía o hacía más difícil golpear por debajo del cinturón debido a su altura, de alrededor de 90 cm. como vemos en la lámina superior, y permitía por ello a los justadores desprenderse de las protecciones de las piernas para gozar de mayor movilidad y conservando en todo caso las escarcelas. En este caso, se muestra un combate con espada de una mano. A ambos lados, junto a los postes, dos jueces vigilan el lance junto a sendas cestas con espadas de repuesto, quizás para sustituir las que se pudieran romper durante el combate.

El uso de la barrera también conllevaba una serie de normas añadidas, como la prohibición de golpearla, acercarse demasiado a la misma para acortar peligrosamente la distancia, tocarla con el cuerpo o apoyarse en ella. Antes de la existencia de este accesorio, parece ser que en algunos torneos se recurría a jueces provistos de una cuerda con nudos equidistantes a dos pies de distancia para, en cualquier momento, comprobar si los justadores se estaban aproximando peligrosamente uno a otro, momento en que el juez les ordenaría separarse. Si uno de los contendientes hacía oídos sordos al requerimiento, pues era eliminado sin más historias. Finalmente, tampoco se permitía esquivar los golpes con fintas o retrocediendo. En la justa a pie solo se podía detener el golpe propinado por el contrario ya fuese con el escudo o con el arma, es decir, o se atacaba o se defendía, pero de virguerías para demostrar su agilidad y reflejos, nada de nada. Los caballeros de pro debían resistir los embates del enemigo sí o sí con toda su energía. Al cabo, tener agilidad no demostraba ser diestro con las armas o lo suficientemente fuerte como para manejarlas con soltura. Un canijo birrioso se podía escurrir como una anguila ante los ataques de un enemigo más cualificado, por lo que dedicarse a esquivar sus golpes hasta agotarlo no se consideraba como algo propio de un caballero que, en teoría, iba a la guerra a luchar, no a hacer el figura.

Y en lo referente a los recintos destinados a la justa a pie, por lo general consistían en un área cuadrangular formada por una barrera de madera o de postes unidos con sogas. Dicho recinto tenía partes movibles para permitir el acceso de los justadores. Esta tipología se mantuvo mientras existieron los torneos. No obstante, cada vez se impuso más el uso de barreras dobles como la que vemos en la ilustración de la derecha. Esta distribución tenía varios cometidos. Ante todo, impedir que la plebe, enfervorecida por la lid, intentase de algún modo interferir en la pelea. Con este pasillo central se mantenían a una distancia prudencial sin que pudieran hacer otra cosa que berrear animando a su combatiente preferido por el que habían apostado a su cuñado y a su suegra. Y, por otro lado, permitía a los asistentes de los jueces distribuirse por todo el contorno del recinto manteniéndose a una distancia prudencial de los justadores, que cegados por la furia podían asestar un mal golpe a cualquiera que se moviese cerca de ellos. Con todo, y para cortar de inmediato cualquier conato de apasionamiento bélico, vemos a varios hombres de armas provistos de largos bastones dentro del recinto, dispuestos a intervenir en caso de necesidad e interponerse entre los justadores. En cuando a los jueces, lo habitual era situarlos en una posición elevada, en un palco o tribuna, desde donde podían gozar de un campo visual más amplio.

En fin, criaturas, así eran las justas a pie. A finales del siglo XVI, la guerra había cambiado lo suficiente como para hacer que los torneos pasasen a ser meras demostraciones de destreza ecuestre y poco más, y la introducción en los campos de batalla de nuevas armas condenó a la obsolescencia el armamento medieval. La aparición de la esgrima y las espadas roperas hicieron que combatir a pie se convirtiera en algo totalmente distinto, donde las armaduras, los escudos y los montantes ya carecían de sentido. Como es habitual, todo tiene su principio y su fin.

Hale, he dicho

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jueves, 29 de diciembre de 2022

JUSTA A PIE. ORIGEN Y ARMAMENTO

 

Fotograma de la película "Destino de caballero" (2001), de la que solo se salvan sus escenas de lucha caballeresca. En este caso vemos al pseudo-Von Liechtenstein dándose estopa con otro caballero durante una justa a pie. Anacronismos y chorraditas menores aparte, la escena está aceptablemente representada. Obsérvese que ambos contrincantes carecen de protección en las piernas. Ya veremos el motivo

Por norma, los torneos y demás exhibiciones marciales se asocian con los combates a caballo en los que dos jinetes se embisten como cabrones en celo lanza en ristre. El brutal encuentro se saldaba por lo general con al menos una lanza convertida en astillas y uno de los contendientes en el suelo. Es justo reconocer que debía ser un espectáculo magnífico, y que semejante despliegue de fuerza y destreza resultaría cautivador en una época en la que la gente se aburría soberanamente, con las epidemias, el hambre y la muerte como distracciones cotidianas. 

Justa tradicional a caballo en la que se enfrentaban dos oponentes

Como ya sabemos, los torneos surgieron como una forma de entrenamiento para no oxidarse durante los períodos de paz, si bien fueron evolucionando como una mera exhibición de destreza y excusa para celebrar algo celebrable. Sea como fuere, desde sus inicios solo se concebía el combate entre jinetes, bien entre grupos, bien singulares, ya que estaban en cierto modo supeditados al uso táctico de los caballeros en el campo de batalla, uséase, luchar a caballo. Ojo, esto no quiere decir que los belicosos BELLATORES de la época solo supieran combatir a lomos de sus carísimos pencos ya que, por razones obvias, si estos palmaban atravesados por las lanzas enemigas, su jinete se tenía que buscar la vida ya que no podía adquirir otra montura en plena batalla. En todo caso, ya sabemos que el entrenamiento de estos probos homicidas contemplaba cualquier tipo de arma en cualquier terreno, que no era plan de bajarse del caballo y quedarse cruzado de brazos.

Miniatura del Códice Manesse (c. 1304) que nos muestra
una mêlée en plan cafre. No era raro que varios participantes
salieran maltrechos de estos lances

Pero, como decimos, la versión lúdica de la guerra solo consideraba adecuados los enfrentamientos a caballo, y los vencedores de los torneos eran los que rompían más lanzas o descabalgaban a su oponente. No fue hasta los albores del siglo XV cuando surgió la versión de combates a pie, pero la escasa documentación histórica al respecto no nos permite saber con exactitud cómo, cuándo y por qué se introdujo este tipo de justa en los torneos, dominados hasta aquel momento por los jinetes aupados en enormes bridones que los convertían en carros de combate cárnicos. Con todo, la opinión más generalizada es que surgieron a raíz de los duelos judiciales, una costumbre heredada de los pueblos germánicos por la que se dirimían las diferencias de opinión mediante combate singular. Es lo que en España se dio en llamar juicios de Dios. Se daba por sentado que el poseedor de la verdad jamás podría ser derrotado por un felón o un cuñado, sin detenerse a cuestionar el resultado de la lid por el hecho de que el vencedor medía dos metros, pesaba 140 kilos y era capaz de levantar en vilo un pollino o descabezar a un toro de un tajo de espada, mientras que su oponente, el hipotético defensor de su honra, no pasaba del metro sesenta y con su espada no podría decapitar ni un gato anoréxico. El vencedor en juicio de Dios era el que tenía la razón sí o sí y punto.

Carga de caballería pesada. Hay que reconocer que verse venir
encima esa masa debía resultar extremadamente inquietante.
Solo las tropas profesionales eran capaces de aguantar firmes
y esperar el momento del contacto sin salir pitando del campo de
batalla con el rabo entre las patas

Bien, se supone que de ahí surgieron las justas a pie pero, ¿por qué se sumaron a los festejos marciales de la época? La teoría más comúnmente aceptada es que se debió simplemente a los cambios en los usos de la guerra. En el siglo XV, la caballería había dejado de ser el arma decisiva que fue antaño, cuando una masa de jinetes era capaz de arrollar a una hueste de villanos reciclados en infantería de circunstancias que se meaban encima al verse venir sobre ellos una masa de carne y acero que, sin duda, los aplastaría como cucarachas. Las cosas cambiaron bastante con la progresiva introducción de hombres de armas profesionales en los ejércitos de la época que eran contratados como mercenarios. Los lansquenetes alemanes y los Reisläufer suizos no solo no salían echando leches ante una carga de caballos coraza, sino que los esperaban sin inmutarse enfilando hacia ellos sus armas enastadas. En semejante escenario, los otrora invencibles caballeros no tenían otra opción que echar pie a tierra y combatir a pie con las mismas armas que la infantería si querían volver al terruño razonablemente enteros. Más aún, en algunas batallas se optaba por apear a los caballeros para luchar a pie si se consideraba que ello reportaba una ventaja táctica.

Bien, estas serían, grosso modo, las circunstancias que dieron lugar a la introducción de las justas a pie en los torneos. Según los escasos testimonios gráficos que han llegado a nosotros, podríamos deducir que, inicialmente, la justa a pie era la continuación de la misma a caballo. También debemos tener en cuenta la posibilidad de que los justadores optasen por combatir a pie o a caballo antes del torneo, cuando se elegía a quiénes retar para lucir su destreza con las armas. Un ejemplo lo tenemos en uno de los precisos e ilustrativos dibujos de la obra "The Pageants of Richard Beauchamp", conde de Warwick, dándose estopa en un torneo celebrado en Verona con el famoso condottiero Pandolfo Malatesta, el Lobo de Rímini, cuando iba camino de Tierra Santa en 1408. En la ilustración vemos al conde armado con un ahlspiess, mientras que su oponente blande un alcón. En el suelo se pueden ver restos de lanzas usadas en un lance a caballo anterior, y en los lados aparecen los escuderos de ambos sujetando sus espadas por la punta, dando a entender con ello que no intervendrían en la lid para ayudar a sus señores. Finalmente, debemos reparar en el detalle de que los dos personajes visten arneses de guerra, no armaduras con piezas adaptadas a las justas a caballo que ya se empezaron a fabricar a finales del siglo XIII. Empecemos pues por dar cuenta del armamento defensivo empleado en este tipo de justa.

Parece ser que, al menos en sus comienzos, la justa a pie se llevaba a cabo con estos arneses, suponemos que por algo tan básico como la protección corporal de los contendientes que se batían el cobre con armas de guerra que, llegado el caso, podían hacer bastante daño. Aquí no entraban en juego lanzas bordonas con puntas jostradas, sino armamento de filo y punta. La miniatura de la izquierda es bastante elocuente al respecto. Un caballero se arma para un torneo, pero parece que se dispone a entrar en batalla. El escudero ya le ha puesto las piezas de las piernas, que sujeta al jaco con cordones de cuero. Esta prenda es la misma que se usa en combate: un jubón de cuero con malla en las zonas más susceptibles de ser vulneradas por las armas del enemigo: axilas y caras internas de los brazos. Sobre la mesa podemos ver el resto de su panoplia, que incluye un gran bacinete, y su armamento ofensivo compuesto por una alabarda y un ahlspiess. Esto nos deja claro que los trastazos que se propinaban justando a pie no eran ninguna tontería, y un puntazo bien colocado con una de estas armas podía dejarlo a uno listo de papeles.

La pieza más significativa de la panoplia del justador a pie era el yelmo, y por dos motivos: ante todo, porque los golpes que más puntuaban eran los que se dirigían a esa parte del cuerpo, por lo que obviamente sería donde se recibirían la mayoría de los trastazos. Y segundo, porque debía permitir un campo visual lo más amplio posible, obviamente dentro de las limitaciones que supone llevar la cabeza enlatada en uno de esos chismes. La tipología que alcanzó más difusión fue el bacinete en su versión más tardía, o sea, el sucesor del bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos, que podemos ver a la derecha, ofrecían una muy buena protección en cuello y cabeza, de modo que un mazazo o un golpe con un martillo de guerra no lograra alcanzar la anatomía de su usuario. Además, su superficie redondeada y pulida era ideal para desviar golpes o puntazos. 

Para mejorar el campo visual, además de las OCVLARIA tradicionales vemos que todo el visor estaba provisto de numerosos orificios que permitían tanto la renovación de aire como la visibilidad. Su pequeño tamaño impediría penetrar las moharras de las armas enastadas, las puntas de las espadas o incluso de las dagas. Algunos modelos, como los que vemos a la izquierda, solo disponían de angostos orificios rectangulares para mejorar aún más su nivel del protección. Por otro lado, las gorgueras se fijaban al peto, como era habitual en los yelmos para justar a caballo, lo que aumentaba la solidez del conjunto yelmo-coraza. Y precisamente la gorguera hacía que el peso de estos chismes- bastante elevado por cierto- reposara sobre los hombros del combatiente, y no directamente sobre la cabeza. Esto producía, como es lógico, que los golpes fueran absorbidos por la armadura, y no por la cabeza, como ocurriría en el caso de un bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos se mantuvieron operativos a lo largo del siglo XV y en los primeros años del XVI.

El heredero del bacinete fue el almete, surgido en la primera mitad del siglo XVI y ganando popularidad a partir de la segunda mitad de ese siglo. Los modelos iniciales tenían bastante semejanza con sus predecesores si bien el visor tenía formas angulosas y una disposición en fuelle como el que vemos a la izquierda. Ese diseño proporcionaba una resistencia estructural mucho mayor que los visores redondeados y, además, desviaban con más facilidad los golpes dirigidos a la cara. Los ejemplares más sofisticados, como el de la derecha, tenían el cuello articulado, lo que les proporcionaba una movilidad muy superior y que venía bastante bien para controlar los movimientos de un enemigo con el que se combatía cuerpo a cuerpo. Lógicamente, varias piezas significaba una solidez inferior a la de una gorguera de una sola pieza, pero las ventajas superaban los inconvenientes. Lo más reseñable de estos yelmos eran sus visores, que disponían de dos o tres capas de protección que se quitaban o añadían a voluntad. Estas bufas, como se ve en el ejemplar de la derecha, estaban ideadas para aumentar o disminuir el número de orificios del visor en función al arma que usaba el enemigo. La calva se coronaba con un crestón destinado a soportar o desviar tajos dirigidos a la cabeza. Finalmente, eran más ligeros que los bacinetes, detalle de importancia cuando había que llevar ese trasto encima un buen rato.

En lo tocante a las armaduras, también se diseñaron modelos destinados exclusivamente para la justa a pie. El más reseñable es la armadura de tonelete, una tipología que estuvo en uso entre el último cuarto del siglo XV y la primera mitad del XVI. Estaba dotada de un faldón acampanado que cubría las piernas hasta aproximadamente la altura de las rodillas. Esta pieza podía ser fabricada como accesorio para un arnés convencional que se ponía o se quitaba según conviniera o, en el caso de ciudadanos pudientes, formar un conjunto elaborado ex-profeso para este tipo de justa. La función de este peculiar faldón era ante todo proteger la parte trasera de las piernas que, como sabemos, estaban descubiertas ya que en circunstancias normales estarían sobre la silla de montar. Pero en la justa a pie un golpe podía acabar acertando en el sitio más inesperado, y un tajo con un mandoble en la parte trasera de un muslo podría fracturar el fémur sin problemas o producir un corte fastuoso aunque la hoja no estuviera afilada. Al cabo, la energía desarrollada por un arma de semejante tamaño no era moco de pavo. En la foto de la izquierda vemos un ejemplar bastante conocido, fabricado en Greenwich en 1520 para Enrique VIII. Ojo, solo el tonelete, el resto son partes de otros arneses. De hecho, vemos que en el talón de las grebas hay sendas aberturas para dar salida a las espuelas que se ceñían en los escarpes. Aparte de eso, como vemos, el tonelete esta formado por nueve launas superpuestas que permitía cierta flexibilidad. Está fabricado en dos mitades unidas a ambos costados, mediante correas en el derecho y bisagras en el izquierdo.

El culmen de los arneses para la justa a pie consistió en diseños que eran todo un alarde de "tetris metalúrgico", elaborando ejemplares que cubrían totalmente la anatomía del fulano que se enlataba en ellos. El más conocido es, sin duda, uno que perteneció a Enrique VIII y que no llegó a terminarse por completo ya que las normas para el torneo para el que estaba destinado, a celebrar en Francia, fueron cambiadas (más adelante hablamos de las reglas y tal), así que se quedó sin estrenar. Sea como fuere, podemos admirar la destreza de Martin van Royne, el maestro armero que fabricó esa maravilla y fue capaz de ensamblar las 235 piezas de que se compone el arnés que, conforme a los usos de la época, contiene determinadas partes que se forjaban imitando prendas de moda, como los escarpes con forma de zapato o la enorme bragueta. Aparte de esto, son dignas de mención las hileras de launas que cubren las corvas y las caras internas de los codos, la parte trasera de los muslos y las nalgas. No sé si moverse en ese trasto de más de 46'5 kilos era fácil y no producía rozaduras, pero solo el hecho de fabricarlo ya denota el talento del armero que lo hizo.

Sin embargo, la pieza más peculiar de este arnés, que también tuvo cierta difusión a partir de finales del primer cuarto del siglo XVI, es el guantelete de la mano derecha. Como se puede ver, las launas que cubren los dedos se alargan de forma que, al cerrar la mano, envolverían por completo el puño, pudiéndose cerrar encajando la última launa con un pivote que surgía de la parte interna de la muñeca. En la foto de la izquierda podemos ver dos ejemplares que nos permiten apreciar con todo detalle la morfología de estos curiosos guanteletes, cuyos pulgares están repujados imitando la forma de un dedo normal, con su uña y todo. Al parecer, estas piezas fueron causa de bastante controversia,  aunque no hay unanimidad al respecto precisamente por la falta de información sobre estos lances.

Uno de los motivos para declarar vencido a un combatiente era, como ya podemos imaginar, ser desarmado. Si su contrincante podía asestarle un golpe lo bastante potente a su arma como para arrancársela de la mano, la justa terminaba para él, así que a algún armero se le ocurrió diseñar esta virguería que, literalmente, impedía soltar el arma aunque se quisiera. Obviamente, el que usase uno de estos guanteletes jugaba con ventaja, por lo que no era raro que los jueces de la justa los prohibiesen. A la derecha vemos otros dos ejemplares que, en este caso, tienen repujados todos los dedos imitando una mano. El de la derecha, perteneciente a un arnés del vizconde de Turenne, está datado en 1527, siendo el más antiguo que se conoce, aunque no por ello debemos pensar que no se fabricaron anteriormente. El guantelete empuña una espada y nos permite ver el ajuste a la misma, e incluso se aprecia una lazada de cuero para asegurar la cruceta. Por otro lado, se supone que los golpes propinados con uno de estos chismes en la mano podrían alcanzar una potencia mayor que con una manopla convencional. Sea como fuere, lo cierto es que sería imposible desarmar a un fulano que llevase puesto uno de esos guanteletes, por lo que cabe imaginar que, caso de no prohibirse, ambos contendientes tendrían que usarlos para que uno no estuviese en desventaja respecto a otro.

Bien, esto es lo más relevante respecto al equipo habitual en las justas a pie. El armamento era el que empleaba la infantería, tanto armas enastadas como espadas de una mano y mano y media, mandobles, mazas, hachas, martillos o incluso dagas. De hecho, hasta hay constancia del uso de un arma propia de villanos como el mayal. La miniatura procede del "Freydal" (c. principio del siglo XVI), una historia inacabada en la que el personaje homónimo cuenta sus batallitas y que, en realidad, están tomadas de las protagonizadas por el emperador Maximiliano I en los torneos en los que tomó parte. Como vemos, los dos adversarios se están aporreando bonitamente con mayales como si de husitas cabreados se tratase. Cabe suponer que, en casos como este, se consideraba la opción de que un caballero descabalgado tuviese que echar mano al arma de un infante ya que, como es lógico, los mayales no formaban parte de la selecta panoplia de estos probos homicidas. Del mismo modo, adquirían gran destreza con bisarmas, alabardas, gujas, roconas y demás armamento enastado que figuraba en el extenso catálogo de objetos dañinos de la época.

También se hizo uso de lanzas y picas, estas últimas sobre todo a partir del segundo cuarto del siglo XVI, cuando se convirtieron en el arma principal de la infantería. Según las teorías que se han formado a raíz de los testimonios gráficos de la época, parece ser que el primer lance de la justa a pie con estas armas era la continuación de un enfrentamiento previo a caballo. Una vez completado, se echaba pie a tierra y se acometían con estas armas usando las tarjas para aumentar su protección. En el caso de usar lanzas, estas podían arrojarse contra el adversario. El paso siguiente, una vez rotas las picas y en el caso de que ambos combatientes permanecieran en pie, solía ser un lance final con mandobles. El uso de determinadas armas especialmente contundentes podría hacer recomendable vestir armaduras como la de tonelete, para evitar que en el fragor de la lucha se asestara algún golpe- intencionado o no- que pudiera hacer verdadero daño. Recordemos que las escarcelas convencionales solo protegían la parte delantera de los muslos, mientras que la trasera y las nalgas quedaban expuestas.

Por otro lado, no debemos olvidar que las justas no las protagonizaban timoratos ciudadanos que se asustaban con solo ver un cuchillo de cocina, sino hombres bragados con superávit de testosterona que tenían como oficio enviar el mayor número posible de almas a San Pedro. Por lo tanto, no era raro que su fogosidad y su mala leche aumentase a medida que avanzaba el combate, y en muchas ocasiones la justa degeneraba en un enfrentamiento similar al que tenía lugar en una guerra. De hecho, cuando los participantes seleccionaban los adversarios que deseaban retar, así cómo el tipo de combate en concreto, podían elegirse armas a todo trance, o sea, cortantes y punzantes, por lo que había que protegerse hasta las pestañas, por si acaso. Más aún, incluso en el caso de usar armas embotadas, una alabarda provista de una cabeza de dos o tres kilos de peso manejada por un ciudadano fornido que alcanzaba una pierna o, peor aún, una rodilla, tenía todas las papeletas para dejar cojo de por vida al adversario. De hecho, un puntazo con la pica de una de estas armas podía penetrar por una rendija del yelmo, escabechando a su habitante en un periquete o dejándolo bastante perjudicado.

Bueno, como hoy toca almuerzo con la autora de mis días, que se pirra por los festejos familieros que yo detesto profundamente, en vez de actualizar todo el discurso dividiremos este tema en dos partes. En la siguiente entrada se hablará de las reglas y demás cuestiones relacionadas con las normas de este tipo de justa, de modo que con esto terminamos por hoy.

Hale, he dicho

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Dos caballeros se dan estopa a martillazos, unas armas que, como sabemos, tenían una contundencia devastadora y eran capaces de penetrar en una armadura cuando se golpeaba con el pico. En esta ilustración podemos ver cómo se protegen con las mismas tarjas empleadas para justar a caballo. Por cierto, reparen en la coz que el fulano del penacho gordo le acaba de endilgar en el menisco al cuñado del plumero canijo. Malas artes, ¿qué no?


jueves, 25 de agosto de 2022

TROPAS OBSOLETAS DE LA GRAN GUERRA. LA CABALLERÍA ALEMANA

 

Ulano alemán, distinguible de otras unidades por su característico tschapka y su casaca con dos hileras de botones. Hasta la unificación del ejército alemán, eran las únicas unidades de caballería que usaban lanza

En los albores del siglo XX y al igual que en todos los estados mayores de Occidente, en Alemania aún se tenía claro que la caballería era un arma de vital importancia en cualquier ejército decente. En sus juegos de guerra librados en las salas de banderas, la caballería era más polivalente que una navaja suiza: podía irrumpir de forma inesperada al inicio de la batalla y sembrar el desconcierto en las filas enemigas, podían realizar fulgurantes maniobras envolventes para atacar de flanco a la infantería o cortar sus líneas de abastecimiento, podía- y ese era quizás su principal cometido- llevar a cabo labores de exploración cuyo resultado sería determinante a la hora de decidir el despliegue táctico de las tropas propias y, por supuesto, podían y debían perseguir al enemigo en fuga para exterminarlos bonitamente y para que los supervivientes contaran a sus cuñados el mal rato que habían pasado, y que lo más sensato era largarse con viento fresco. Está de más decir que todas esas teorías se fueron al garete en agosto de 1914, cuando las nuevas armas dejaron claro que la época de las cargas gloriosas y de la gallarda caballería acababa de entrar en un ocaso que, sin prisa pero sin pausa, daría término al arma más temida y decisiva en los campos de batalla durante siglos.

Tras la Unificación de Alemania en 1871, una veintena de estados residuo del antiguo Sacro Imperio acordaron formar una nueva y poderosa nación bajo la égida del reino más importante de todos, Prusia, que además era el que traía consigo la tradición militar de mayor peso. Con el nuevo país surgió un nuevo ejército que, por razones obvias, había que reorganizar de cabo a rabo bajo un solo mando y con el mismo reglamento y armamento para todos. A la derecha podemos ver la gran extensión del nuevo imperio, que se vio aumentado por la anexión de Alsacia y Lorena tras la aplastante derrota que infligieron a los gabachos (Dios maldiga al enano corso) en la breve Guerra Franco-Prusiana, en la que a los tedescos les bastaron diez meses para poner las peras a cuarto al en teoría mejor ejército de Europa. Tras la Gran Guerra perdieron parte de Silesia y parte de Prusia, y tras la 2ª Guerra Mundial vieron como las dos terceras partes de Prusia Oriental fueron a parar a manos de los polacos.

De izquierda a derecha, los cuatro tipos de jinetes del ejército
alemán: Coracero, ulano, dragón y húsar. Todos conservaron sus
uniformes, distintivos y demás zarandajas, pero tanto el armamento
como su despliegue en el campo de batalla sería idéntico para todos
El nuevo Ejército Imperial traía tras de sí una larga y gloriosa tradición en lo concerniente a la caballería. Desde tiempos de los reitres en el siglo XVII, en todas las guerras que estos belicosos homínidos mantuvieron por toda la Europa dejaron bien claro que sus habilidades ecuestres no tenían nada que envidiar a las del resto del continente incluyendo la formidable caballería del enano corso (Dios lo maldiga una vez más) durante el nefasto período en que semejante mini-psicópata ostentó el poder, llevando consigo la muerte y la destrucción a todas partes. Y, como las demás naciones de la época, disponía de regimientos de caballería de línea formados por coraceros y ulanos, así como de caballería ligera con dragones y húsares. Los primeros estaban destinados ante todo a llevar a cabo cargas en orden cerrado armados con espadas y lanzas respectivamente contra cuadros de infantería, mientras que a los segundos se les confió la misión de acudir velozmente a prestar ayuda a unidades comprometidas, echando pie a tierra y combatiendo con armas de fuego, y a los húsares la exploración, labores como mensajeros y persecución del enemigo. Sus armas eran el sable y la tercerola. Por lo demás, siendo la caballería el arma aristocrática por excelencia, su oficialidad procedía principalmente de la nobleza tedesca, a la que eso de luchar a pie se le antojaba una vulgaridad y tal. 

Sin embargo, en 1890 los mandamases dieron un giro radical al concepto táctico de la caballería. A partir de aquel momento, todos los regimientos serían válidos para cumplir cualquier misión, ya fuese propia de caballería de línea o de caballería ligera, y todos estarían dotados del mismo armamento. Así pues, mientras que los demás ejércitos seguían manteniendo el uso táctico tradicional de cada unidad y sus respectivas panoplias, los tedescos optaron por unificar toda la caballería. La idea, que en sí era totalmente revolucionaria, permitía no depender de la presencia de tal o cual regimiento para una misión concreta, sino que cualquiera de ellos podría desempeñar cualquier acción sin problema. Y para ello, nada mejor que dotar a sus regimientos de una panoplia más extensa posible, con la lanza como arma principal y la espada y la carabina como secundarias. ¿Qué por qué la lanza, un arma casi olvidada por aquella época que solo seguían usando los regimientos de ulanos? Ahora lo veremos.

Tres Jäger a principios de la guerra. En la espalda portan sus carabinas
Mauser 1898AZ, y como prenda de cabeza usan sus característicos
tschako. Sus uniformes, como era tradicional, eran de color verde
en vez del gris de campaña del resto del ejército
En todo caso, la cuestión es que el nuevo concepto pergeñado por las eminencias grises del Ejército Imperial, la caballería "... debe buscar resolver sus misiones de manera ofensiva, y solo cuando la lanza esté fuera de lugar se recurrirá a la carabina." A esa agresiva doctrina habría que añadir que "ningún escuadrón debe esperar a ser atacado, sino que siempre debe atacar al enemigo primero". No obstante, el entrenamiento de los jinetes para combatir a pie y al uso de armas de fuego iba poco más allá de lo testimonial, centrándose ante todo en el manejo de la lanza y de la espada. Como complemento en el caso de precisar de tropas de apoyo a pie se agregó a cada división de caballería un batallón de Jäger (cazadores), tropas de uso mixto que ya eran usadas desde mucho tiempo atrás por todos los ejércitos de Europa y cuyo uso táctico consistía en emplear sus pencos para trasladarse rápidamente donde fuera necesario y, una vez allí, descabalgar y combatir como si de infantería se tratase. O sea, que se podría decir que en realidad eran infantería a caballo que usaban a estos animalitos para tener más flexibilidad y rapidez de movimiento.

Atípica imagen de un grupo de húsares con lanzas durante la
Kaisermanöver celebrada en 1913, en la que los tedescos, en vista
de que la cosa se estaba poniendo calentita, quisieron mostrar a los 
observadores militares foráneos que estaban preparados para la fiesta
Bien, la cuestión es que, como hemos dicho, la lanza se convirtió en el arma principal de la caballería. Esto convertía a todos los regimientos en unidades de ulanos independientemente de que conservaran sus uniformes y demás atributos, pero el uso de la lanza fue impuesto por Prusia conforme a su nueva doctrina de crear una caballería todo-uso, la Einheitskavallerie (literalmente, unidad de caballería), considerando la lanza como un arma mucho más eficiente de cara al tipo de combate planteado en los manuales y que, al menos en teoría, daría una clara ventaja contra tropas a caballo armadas con espadas o sables, así como de infantería con fusiles y bayonetas. Para ello se introdujo un nuevo modelo que mandó al trastero de las maestranzas militares todos los modelos que estaban en servicio hasta el momento, dando lugar a la Stahlrohrlanze 1890 (lanza de tubo de acero 1890), una soberbia pieza obtenida de un tubo sin soldaduras de una sola pieza como la que posteriormente adoptó el ejército español, precisamente basado en este modelo. En la foto inferior podemos ver el resultado de las modificaciones efectuadas en 1893, que fue la que se convirtió en el arma definitiva:



En la parte superior tenemos una vista general de la lanza, que tenía una longitud total de 320 cm., de los que 12'6 correspondían a la moharra con forma de pirámide cuadrangular, lo que la hacía especialmente sólida. Su peso era de 2'12 kg., y en la parte central del asta se aprecia un encordado de cáñamo para facilitar el agarre, así como un disco que actuaba como tope para la mano. Sin embargo, este tipo de punta estaba más bien concebida para penetrar en corazas de jinetes y, al carecer de filos, no resultaba tan eficaz como pueda parecer contra una infantería cuya ropa y correajes podían desviarla. Con todo, es evidente que un lanzazo de lleno en el cuerpo a toda velocidad convertía al enemigo en un pinchito moruno. Más abajo podemos ver la punta y los cáncamos para fijar el gallardete- seis inicialmente y luego reducidos a cuatro- que se fijaba mediante unos ojales y una corregüela consistente en un simple cordón anudado en los extremos, como podemos observar en el detalle de la izquierda. Por último, en la parte inferior tenemos un primer plano de la punta. Los gallardetes, aunque tradicionalmente se usaban en combate, a aquellas alturas habían quedado relegados a las paradas y entrenamientos. A la hora de batirse el cobre eran desmontados. Por otro lado, los cáncamos resultaron ser en todo momento un inconveniente ya que actuaban como un arpón al penetrar en el cuerpo de los enemigos, dificultando en muchos casos la extracción del arma que, a plena carrera, podía significar perderla o verse con el hombro dislocado. Por lo demás, la lanza estaba provista de un regatón que durante las marchas reposaba en uno de los dos porta-regatones fijados en cada estribo (foto A), mientras el brazo reposaba en el portalanza (foto B). Debajo vemos las distintas banderolas de diversas unidades que, como los uniformes e insignias, siguieron conservando durante todo el conflicto.

La lanza no era en sí un arma más letal que una espada. Al cabo, producía una herida punzante similar con la diferencia de que, en el caso de la lanza, no se producía la temible curvatura de la hoja de la espada que, al penetrar en el cuerpo de la víctima, producía unos destrozos tremebundos en el interior del cuerpo. Por lo tanto, en puridad, una estocada era de facto incluso más mortífera que un lanzazo. Sin embargo, la lanza tenía dos ventajas: era un arma más sólida y con un alcance mayor. Su desventaja principal salía a relucir cuando los jinetes se veían envueltos en una mêlée, bien con infantería, bien con otros jinetes, pero en ese momento siempre se podía mandar la lanza a hacer puñetas y meter mano a la espada.

Las nuevas Einheitskavallerie de los tedescos se olvidaron de los sables y adoptaron únicamente espadas si bien se emplearon dos modelos. A los coraceros se les asignó la Pallasch modelo 1883 (foto A), un arma con una hoja de 82 cm. provista de dos acanaladuras que se extendían hasta la punta de la misma. La longitud total era de 110 cm. Su empuñadura de bronce (foto superior izqda.) estaba provista de tres generosos gavilanes para proteger la mano del jinete, y para facilitar su agarre estaba fabricada de cuero encordado con un torzal de alambre. Disponía de una lazada de cuero para asegurar el dedo índice, y un guardapolvo de ante en la parte inferior de la empuñadura. La vaina, fabricada enteramente de acero pavonado, tenía una única abrazadera con una argolla.



Al resto de unidades- dragones, húsares y ulanos- las equiparon con la formidable Kavalleriedegen 1889 (espada de caballería, foto B), un arma de aspecto masivo con una hoja de 82 cm., una longitud total de 95 cm. y un peso de 900 gramos, pero provista de una peculiar hoja con la punta en forma de pluma, especialmente concebida para estoquear sañudamente al personal. La empuñadura (foto de la izquierda), estaba fabricada de baquelita y se fijaba mediante dos tornillos pasantes. La espiga iba remachada en la monterilla. Las guarniciones eran de acero, formando una cazoleta con el águila prusiana decorando el conjunto. Tenía un apoyo para el pulgar y en la empuñadura un rebaje para afianzar el dedo índice, y en las guarniciones se colocaba el fiador formado por una cinta de lona beige con seis listas marrones rematada por una borla blanca. Su misma morfología, con esa acusada curvatura, indica que estaba diseñada para enfilarla hacia los enemigos sin tener que forzar la muñeca. Por lo demás, en la base de la empuñadura vemos el guardapolvo. La vaina era igual a la del otro modelo. 

Cuando no se llevaba colgando del prendedor del uniforme, la espada era asegurada en un tahalí en la montura. En la foto de la derecha podemos ver su aspecto. Tras ella se ve perfectamente la bolsa de herrajes habitual en los pertrechos de la caballería, conteniendo herraduras de repuesto y los clavos para las mismas.

Sin embargo, y a pesar de que su uso como arma secundaria hacía a la espada en teoría un arma recomendable, lo cierto es que su uso fue tan residual que a partir de julio de 1915 empezaron a ser retiradas del servicio. La cuestión es que las espadas, aunque inmejorables a la hora de llevar a cabo una carga en masa, no eran especialmente útiles cuando se formaba una mêlée, donde era más fácil descargar tajos cuando los enemigos estaban literalmente encima. Una estocada era más difícil de propinar por falta de espacio, mientras que un sablazo de arriba abajo sobre la cabeza del infante pegajoso era definitivo. De hecho, parece ser que muchas unidades optaron por afilar sus espadas sin más historias. Por otro lado, muchos jinetes procuraban agenciarse una pistola que, aunque no formaba parte de su armamento reglamentario, a la hora de verse comprometidos en un combate cerrado era un arma mucho más adecuada y resolutiva: un balazo en plena jeta y a otra cosa, mariposa. 

Ulano empuñando su espada modelo 1889. Tras su muslo vemos
la carabina enfundada y protegida por una cubierta que impedía
tanto la entrada de agua o suciedad como que se cayera por algún
motivo. La soga que la rodea es la cuerda de amarre propia de
las unidades de caballería para que los pencos no se largaran con
viento fresco en cuando les quitaban el cabezal y el bocado
En cuanto al arma de fuego auxiliar, inicialmente se adoptó la carabina Mauser modelo 1888 en calibre 8x57 mm. (abajo, foto superior), un arma derivada del fusil que fue la primera arma de repetición alemana. Con una capacidad de 5 cartuchos, fue introducida en noviembre de 1891 como carabina para unidades de caballería tras la fusión de todas las unidades de dicha arma. El sistema de carga era mediante clips que, una vez agotados, caían por la parte inferior del cargador de forma similar al Carcano 1891, y su diseño estaba claramente indicado para ser usado por jinetes. Su longitud era de 94'5 cm., y el cañón quedaba totalmente oculto por un guardamanos que se prolongaba hasta la boca del mismo. La palanca del cerrojo carecía de la típica bola, y tenía una forma aplanada para evitar enganchones a la hora de manejar el arma a caballo. Era transportada en una funda de cuero en el lado derecho de la silla, si bien este accesorio fue desapareciendo hasta que lo habitual era ver al personal con la carabina terciada a la espalda, para lo cual disponían de una correa que permitía ajustarla al cuerpo y no fuese golpeando los lomos. El jinete llevaba seis cartucheras con capacidad para cuatro clips, lo que suponía una dotación de 120 cartuchos.


Dos jinetes del Landwehr patrullando en algún lugar de la
retaguardia. Ambos muestran sendas carabinas modelo 88
La sustitución del modelo 1888 por el mucho más eficiente Geherh 1898 supuso la introducción de la carabina 1898 AZ (arriba, foto inferior), acrónimo de algo tan absolutamente impronunciable como Aufpflanz und Zusammensetzvorrichtung, que traducido sin que a uno se le colapse la lengua viene a querer decir "con raíl para bayoneta y gancho de apilar". En este caso, apilar quiere decir formar pabellones. La bayoneta de dotación era el modelo 1884/98 que vemos debajo del arma. Esta carabina, de donde luego surgió la archifamosísima a nivel galáctico KAR 98 K, tenía una longitud de 109 cm., un peso de 3'5 kg. y se alimentaba mediante peines de 5 cartuchos del mismo calibre que el modelo anterior. No obstante, la carabina 88 no desapareció del mapa. A lo largo de todo el conflicto, muchas unidades de segundo escalón, del Landwehr, el Landsturm y la Ersatz la siguieron manteniendo en dotación, que las más modernas eran para los que estaban en el frente, como está mandado. Por cierto, para aquellos a los que esos palabros les suenen a chino o, mejor dicho, a alemán, el Landwehr era la milicia nacional nutrida por reservistas, el Landsturm lo formaban unidades de segundo escalón, o sea, algo así como el batallón de los torpes hispanos, y la Ersatz se nutría de hombres en edad militar pero que por cuestiones de tipo familiar, económico o lesiones que no eran totalmente incapacitantes quedaban como reserva.

Un Zug del 1er. Rgto. de Dragones de la Guardia en el campo
de maniobras
Bien, esta era la caballería con que contaba Alemania en 1914. Cuando empezó la fiesta, el Ejército Imperial disponía de 146 regimientos de los que 110 estaban operativos, 33 de reserva, 2 pertenecían al Landwehr y uno de Ersatz. De los 110 regimientos en activo, 66 se distribuyeron para formar 33 brigadas de caballería que, a su vez, formaron 11 divisiones bajo la denominación de Höerer Kavallerie-Kommandeur (Comando Superior de Caballería) que, obviamente, carecían de unidades de apoyo convencionales, por lo que se les agregaron a cada una un batallón de Jäger como fuerza de apoyo de infantería con una compañía de ametralladoras, una Artillerie Abteilung (Sección de Artillería) formada por tres baterías de seis cañones de campaña de 7,7 cm. cada una más las unidades habituales de apoyo de cualquier unidad moderna: transmisiones, ingenieros, transportes, etc. En cuanto a los efectivos por regimiento, eran de 36 oficiales, 688 suboficiales, clases y tropa, 709 caballos y otros 60 para tirar de toda la impedimenta, que iba desde un carro médico a los destinados al forraje para darle a los pencos gasofa en forma de paja y grano. Cada regimiento estaba formado por cuatro escuadrones en activo más uno que permanecía acantonado en Alemania para cuestiones administrativas y de instrucción. Cada escuadrón estaba formado por cuatro Züge (pelotones), siendo pues la unidad básica el Zug formado por entre 22 y 24 hombres al mando de un teniente. El escuadrón lo mandaba un rittmeister ( capitán de caballería. Literalmente, experto en caballos).

Escuadrón de dragones aprendiendo a partirse la crisma con estilo.
El dominio de la hípica era tan importante como el de las armas, y
los jinetes practicaban continuamente para saltar obstáculos, zanjas
o desenvolverse subiendo o bajando terraplenes
En cuanto al personal, como ya comentamos más arriba, la oficialidad se nutría ante todo de hombres pertenecientes a la aristocracia. De hecho, la caballería y la marina de guerra acaparaban la mayor parte de los jóvenes de la nobleza deseosos de palmarla como auténticos y verdaderos héroes germanos. Recordemos que, por ejemplo, el archifamoso freiherr Von Richthofen era rittmeister de un regimiento de ulanos, y siempre lució su uniforme con dos hileras de botones aunque trocase su corcel de carne y hueso por un Pegaso de madera y tela. El resto- suboficiales, clases y tropa- procedían de los quintos que, por razones obvias, eran seleccionados entre los hombres criados en ambientes rurales porque los capitalinos no sabían ni por qué lado del caballo había que auparse, con lo que se ahorraban tiempo de adiestramiento. La edad para ingresar a filas era a partir de los 20 años y la duración del servicio de tres, o sea, uno más que en cualquier otra arma o cuerpo. El motivo era evidente: el período de adiestramiento de un jinete era superior al de un infante o un artillero, por lo que su aprovechamiento debía extenderse para que fuese rentable. Tras licenciarse quedaba agregado durante otros cuatro años en la reserva, y finalmente eran incluidos en el Landwehr que le correspondiese hasta los 45 años.

Un jinete alemán hacia 1917. Como vemos, ya no lleva espada,
y la funda de la carabina ha sido eliminada
Cuando empezó la fiesta, la caballería tenía asignado un protagonismo de primera clase en el Plan Schlieffen. Basándose en su potencia y movilidad, su misión consistía en flanquear por el ala izquierda al ejército gabacho penetrando por Bélgica con la intervención de cuatro Höerer Kavallerie-Kommandeur. Lo malo es que cuando el sesudo Alfred, graf Von Schlieffen trazó su minucioso plan para barrer del mapa a los odiados y odiosos gabachos aún no se concebía que la guerra tradicional estaba a punto de pasar a la historia. De hecho, Schlieffen palmó año y medio ante de empezar la guerra, así que solo podía transmitir cambios en su plan invocando su belicoso espíritu con una ouija de esas que aún estaban por inventar. Las acciones de guerra de la caballería como tal fueron menguando a medida que avanzaba el tiempo, y al decir avanzar el tiempo hablamos de meses. Poco a poco, tal como ocurrió con la caballería gabacha, los gallardos jinetes fueron apeados de sus pencos, les plantaron en el cráneo un casco que no tenía nada que ver con sus elegantes tocados de coraceros, ulanos y húsares, y los metieron en zanjas fangosas a pegar tiros. El resto, cada vez menos, fueron destinados a misiones de exploración, mensajería, vigilancia en la retaguardia, conducción de prisioneros y, en resumen, nada que ver con eso de pinchar enemigos con sus magníficas lanzas.

Un regimiento de coraceros parte hacia el frente en agosto
de 1914 jaleados por la multitud, que los animaba a convertir
a los gabachos en brochetas. No habría muchas más despedidas
similares, y los caballos acabarían en muchos casos en las
cocinas de los regimientos para suplir la falta de carne
En fin, los jinetes tedescos sufrieron el mismo destino de sus colegas de otros ejércitos. No obstante, se resistieron heroicamente a pasar a la historia por mucha artillería y muchas ametralladoras que se desplegaran en los campos de batalla, y en la siguiente matanza mundial aún tuvieron ocasión de probar su valor en no pocas ocasiones. Pero la caballería ya estaba condenada a la extinción. Para curar a un caballo hace falta un veterinario, mientras que para reparar un camión solo hace falta un manitas si la avería no es muy chunga. Un caballo necesita forraje, grano y cuidados, y un vehículo se conforma con gasofa y echarle aceite de vez en cuando. En fin, que los animales ya iban sobrando, y tardaron en desaparecer de los ejércitos el tiempo que tardó la tecnología en buscarles un sustituto.

Hale, he dicho

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