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jueves, 15 de agosto de 2013

Martillos de guerra. Fabricación



Aquí vemos como un noble regatea con un armero acerca del precio del martillo que le ofrece. No debía ser
mal oficio en una época en que el desgaste sufrido por las armas era constante. Bueno, me temo que eso ha 

pasado desde tiempos de Caín, cuando pilló de oferta la quijada de asno. Junto al armero vemos a
 su primogénito, el cual aprende el arte del regateo y, por su expresión vivaz y exquisitos modales, se 
ve que llegará muy lejos el puñetero crío y hará florecer aún más la empresa familiar.
Ilustración de © Eduardo Gutiérrez García



Efectos de una "trepanación" llevada a cabo en el
parietal de un combatiente inglés en la batalla
de Towton. Su enemigo le hurgó en el cerebro con el
pico de su martillo y, por el tamaño del orificio, cabe
suponer que se lo metió hasta el fondo.
Bien, ya solo nos resta ver como eran construidos estas armas que, por su terrible eficacia, dieron muchos quebraderos de cabeza (nunca mejor dicho) a las víctimas de su contundencia. Como ya podemos suponer, la elaboración de un martillo tenía que reunir ante todo una más que notable robustez debido al uso que se le iba a dar. No siempre la víctima era un peón mal armado al que se le podía incrustar literalmente la parte contundente del martillo en mitad del cráneo al ir desprovisto de un yelmo y, de hecho, considerando la época en que estuvieron en activo y según hemos podido ver en la evolución de estas armas, en realidad la mayoría de las veces en que se usaba era contra yelmos o piezas de la armadura en general. Otrosí, los yelmos de los siglos XVI y XVII ya disfrutaban de una notable calidad que, debido a los avances de la metalurgia, eran cada vez más difíciles de vulnerar por lo que los picos debían a su vez tener mejor temple para no verlos convertidos en un sacacorchos al primer envite o, lo que era peor, verse con el mango en la mano y el resto del arma tirado en el suelo por haberse partido en dos. Debía ser una experiencia muy irritante pasar por semejante brete ya que esos instantes de estupor podían ser suficientes para que un enemigo, cabreado al ver que habías apiolado dos minutos antes a su cuñado preferido, decidiera diseccionarte el hígado con la pica de su alabarda. Algo muy, pero que muy desagradable.

Bueno, veamos pues los métodos para la fabricación de estos chismes en función de cada época. Antes de entrar en materia, una aclaración: las recreaciones que verán a continuación están basadas en modelos existentes que se conservan en museos o colecciones privadas. O sea, que dichas tipologías no son producto de mi imaginación. Quiero aclararlo no sea que algún "experto" piense que me las invento y tal...


Bien, a la izquierda tenemos un martillo de la tipología más primitiva que correspondería a la segunda mitad del siglo XIII y la primera del XIV aproximadamente. Como vemos, las piezas necesarias para fabricarlo eran las mínimas: una cabeza de armas, un mango y un casquillo para el mismo. En este caso, la cabeza de armas A ha sido provista de unas pequeñas barretas de enmangue soldadas a la misma. Tienen una forma un poco curvada para adaptarse al mango B, el cual es de sección circular y se ha obtenido de una buena rama de roble, nogal u olivo (donde hubiera olivos, naturalmente), maderas muy duras y resistentes. Finalmente, en C aparece un casquillo fabricado de hierro o bronce para rematar el mango. El orificio que vemos en el mismo es para fijarlo mediante un remache pasante o unas tachuelas. Estas tachuelas, obtenidas mediante forja, tenían una apariencia muy similar a la de los actuales clavos de herradura.



A la derecha tenemos el martillo ya terminado. Como vemos, se trata de un arma bastante básica, así que no pasaría mucho tiempo hasta que se empezaron a percatar de ciertas carencias. La primera de ellas residía en el mango: su sección circular no facilitaba un buen empuñe. Alguno dirá que precisamente esa sección es la mar de cómoda, pero hay que pensar que aquí no se busca la comodidad en sí, sino una combinación equilibrada entre esta y la eficacia. Así pues, para una mano sudorosa y pringada en sangre era más fácil sujetar un mango con suaves aristas que no molestaban pero mejoraban el agarre, o sea, una sección cuadrangular o hexagonal. Así mismo, ese mango desprovisto de protección era fácil de partir de un tajo de espada, así que había que reforzarlo. Por lo tanto, la siguiente tipología ya corrigió esos defectos. 



A la derecha tenemos los ingredientes para elaborar un martillo  del tipo más evolucionado que correspondería al siglo XV. En A vemos un dibujo en planta y sección de la cabeza de armas, la cual se forjaba en una sola pieza. A parte contundente se le daba por lo general una forma cuadrangular, bien en cuadrado o, como en este caso, romboidal. Su superficie podía ser lisa o cuadrillada para impedir que resbalase por superficies metálicas. La acanaladura que vemos en un color más oscuro es un rebaje donde quedará encastrada en la barreta de enmangue D. Estas cabezas de armas eran macizas, o sea, carecían de orificio de enmangue, por lo que la sujeción al mango era a través de la citada barreta, a la cual quedaba fijada por un remache pasante o bien un tornillo con un pequeño peto en cada lado. En B tenemos la pequeña pica que remataba el arma, la cual era remachada o soldada a la barreta de enmangue por su parte superior. En C aparece el casquillo que remataba el mango y que a veces disponía también de un pequeño peto. Finalmente, en E vemos el mango de sección cuadrangular o hexagonal.


Paso 1
A la izquierda tenemos el primer paso para montarlo: el vástago de la pica es introducido en la parte superior de la barreta de enmangue y remachada a la misma. Obviamente, este sistema es más débil que la soldadura, pero facilita la reparación en caso de rotura de la pica.


Paso 2
A la derecha tenemos el siguiente paso. En el mismo vemos como la cabeza de armas, gracias a su acanaladura, se encaja a la perfección en las barretas de enmangue. Es notable, cuando se pueden ver fotos de alta resolución, la precisión milimétrica con que trabajaban los armeros de la época. Que nadie piense por un momento que la cabeza de armas tenía la más mínima holgura, porque se equivoca. Quedaba literalmente bloqueada y más cuando ambas piezas eran unidas mediante un remache pasante o, como aparece en el croquis, un tornillo cuyas cabezas son pequeños petos. Imagino que para impedir que se aflojaran eran apretados en caliente, de forma que al enfriarse el metal éste se contraía y quedaba hecho un bloque. Vamos, que ni con "3 en 1" se aflojaban...


Paso 3
Y por último se  colocaba el casquillo en el extremo inferior del mango, se aseguraba mediante un remacha y se unía al conjunto formado por las barretas de enmangue con su pica y su cabeza de armas. A la izquierda vemos el resultado. La sujeción se realizaba mediante remaches pasantes, para lo cual previamente se calentaban al rojo para facilitar el remachado, o con tachuelas. Obviamente, estas no proporcionaban la misma solidez que los remaches. Para mejorar aún más la protección del mango se solían añadir dos barretas más en las caras opuestas, si bien estas solo iban clavadas en la madera sin cumplir otra función que reforzarla contra posibles cortes. Para su colocación bastaba realizar dos rebajes o mortajas en las que ambas piezas quedaban embutidas para a continuación ser clavadas. Por lo demás, aparte del montaje descrito, se le podía añadir un gancho para colgarlo del cinturón o el arzón de la silla de montar, tachonar el mango para mejorar su agarre, encordar la parte de la empuñadura con el mismo fin o añadir un fiador en el extremo del mango. Esto, como en todas las armas de la época, iban en función de los gustos de cada cual.


A lo largo del siglo XVI los mangos de madera fueron desechados y se optó por fabricar estas armas enteramente de metal, tal como fuimos viendo en las entradas sobre la evolución de las mismas. En éste caso, el número de piezas a montar disminuía bastante como vemos en la ilustración de la derecha: por un lado tenemos el mango A fabricado enteramente de hierro al que se le solía dar secciones diversas: cuadrangular, espiral, combinaciones de ambas, etc. En todo caso, la más escasa era la circular por una sencilla razón: eran mucho más difíciles y complejas de fabricar en aquella época por falta de medios adecuados, o sea, tornos con la suficiente precisión para ello. En el extremo del mango se practicaba un orificio para fijar la cabeza de armas B, la que, como vemos, está forjada en una sola pieza y a la que se ha perforado un orificio cuadrado para fijarla al mango mediante un remache pasante o un tornillo que podía ir grabado o tener las formas más diversas. Finalmente vemos dos pequeños varaescudos marcados con la letra C que darán protección a la mano. El superior irá soldado al mango y el inferior remachado al extremo del mismo. El espacio destinado a la empuñadura podrá ir encordado con cordel de tela, cuero, torzal de alambre o forrado con piel o tela. Por último, aprovechando el mismo remache que sujeta la cabeza de armas al mango se podría fijar un gancho para colgar el arma, tal como vimos en algunas fotos mostradas en las entradas anteriores. 



Por último, conviene mencionar los martillos de guerra fabricados en Europa Oriental ya que su morfología, como vimos en su momento, difería en algunos aspecto respecto a sus hermanos occidentales. A la izquierda podemos ver un nazdiak con las piezas de que se componía: el mango, en este caso siempre de madera y de sección circular que, curiosamente, nunca solía ir reforzado con barretas como las vistas en las tipologías de Occidente. La cabeza de armas, que por norma iba provista de un orificio de enmangue y cuya fijación al mango no era mediante remaches o tornillos, sino por las dos pequeñas pletinas que vemos en el croquis. Estas piezas, que solían ir ricamente repujadas o con incrustaciones de oro, plata o bronce, abrazaban la cabeza de armas y eran fijadas al mango mediante remaches pasantes. Por último vemos dos casquillos que se instalaban en los extremos del mango y cuyas longitudes solían a veces ser similar a la de la cabeza de armas. Finalmente, el mango era forrado de piel o telas como la seda o el terciopelo y, ocasionalmente, el conjunto era tachonado para mejorar el agarre. 


Cabeza de armas fabricada en Italia hacia 1575
Metropolitan Museum of Art, Nueva York
Como colofón a esta serie de entradas quisiera compartir algunas reflexiones que he ido realizando mientras las confeccionaba. Como ya se puede suponer, he recabado decenas de fotos para documentarlas lo mejor posible, lo que me ha permitido corroborar lo que ya sabía, y es que el nivel de perfeccionamiento técnico de los armeros europeos no tenía nada que envidiar al de un artesano de nuestros días y más si consideramos que ellos no disponían de los modernos medios y herramientas de que ellos disponen. No es lo mismo fabricar una cabeza de armas mediante fundición para luego templarla mediante un tratamiento térmico en un sofisticado horno eléctrico y repasarla con una herramienta a motor (desbarbadoras, pulidoras, etc.), que elaborar una pieza, algunas de complejísimo acabado como la de la foto superior, partiendo de un simple cacho de hierro y darle forma a golpe de fragua, martillo, limas y buriles. 



Basta observar el preciso encaje de la cabeza de armas del hacha de petos de la foto de la izquierda para tener una clara idea de la forma de trabajar de esta gente. Y en este caso no se trata de un arma de lujo, como la de la imagen superior, sino de una pieza sin ornatos de ningún tipo destinada a la guerra, y no a pasearla en las paradas y saraos de la época. Fíjense vuecedes en la unión que señala la flecha y que muestra el perfecto encaje entre la barreta de enmangue y la acanaladura de la cabeza de armas. ¿Lo ven, no? Pues eso está hecho a golpe de lima. Pero no de una estupenda lima de Bellota o Stanley, sino una fabricada por el mismo herrero con el dentado hecho a mano y templada de forma que sea capaz de arrancar viruta al acero. Así pues, ruegovos que, cuando contemplen una pieza de estas, dediquen un poco de tiempo a observar los acabados tras deleitarse con la contemplación del conjunto. Casi con seguridad, disfrutarán más con esos pequeños detalles que llegan a asombrarlo a uno. Son armas en las que han quedado las marcas indelebles de los combates en los que participaron y ni están melladas, ni se ve atisbo alguno de fatiga del material a pesar de la infinidad de trastazos que dieron y recibieron. 


Fabricante de limas medieval
Por otro lado, obviamente, este pequeño trabajo queda aún lejos de lo que sería ideal teniendo en cuenta que, hasta ahora, no creo que haya nada tan detallado y extenso a nivel divulgativo (y no tan divulgativo a la vista de que he tenido que recurrir a fuentes en inglés en un 99% de las veces)  en lengua española sobre este tipo de armas. Por desgracia, lo que se encuentra en la red es casi en su totalidad el típico "copia y pega" que se extiende como una plaga bíblica sin que nadie se moleste, no ya en añadir o corregir algún dato, sino ni en cambiar siquiera una coma de sitio. Cierto es que podría haberme extendido un poco más, pero siempre he preferido hacer mis entradas más digeribles y de una extensión razonable ya que considero que, habiendo muchos profanos en la materia que me leen con regularidad, tampoco es plan de ponerse en plan tesis doctoral porque eso aburre y hastía al más pintado, y más en una época en que la gente cada vez se detiene menos a deleitarse con la lectura, y se navega por la red como si se pilotara una de esas lanchas de carreras que, más que navegar, vuelan sobre el agua. En todo caso, sería de agradecer a mis lectores habituales que intentaran divulgar en otros foros esta serie de entradas a fin de que estas peculiares y fascinantes armas puedan ser más conocidas por la peña ya que hay muchos, a la vista de las imágenes y comentarios que se ven en San Google, que piensan que un martillo de guerra es como esas cosas que suelen blandir los héroes de los videojuegos. 



Ah, lo olvidaba... a continuación dejo un pequeño glosario con la denominación de estas armas en diversos idiomas a fin de que, caso de que alguno quiera indagar por su cuenta, sepa qué poner en la maldita barra del buscador.

Español: Martillo de guerra, martillo de armas.
Inglés: War hammer (separado, que sino salen videojuegos a manta. Mejor poner detrás la coletilla weapon o medieval weapon)
Alemán: Streithammer, krieghammer, reiterhammer, ritter hammer, dolchstreithammer (en todos los casos conviene añadir la coletilla waffe, 0 mittelalte waffe por si acaso se despista el Google)
Francés: Marteau d'armes
Italiano: Martello d'armi, picco d'armi
Polaco: Mlot bojowy como denominación genérica. Las tipologías, como se vio en la entrada anterior: nazdiak y obuch

Y otra cosa más: las armas cuyas cabezas lleven un hacha en vez de una parte contundente no son martillos de guerra. El pico de cuervo, el bec de corbin, el poleaxe o poll-axe no son martillos de guerra. El czekan polaco, que en vez de pico lleva un hacha, tampoco es un martillo de guerra. Esos martillos en plan "Thor magnificente" que aparecen en San Google no son martillos de guerra. Para que se pueda asignar esta denominación a un arma debe cumplir impepinablemente los siguientes preceptos:

1. Su cabeza de armas debe estar conformada por una parte contundente, bien en forma de martillo convencional, bien con dientes para producir heridas abiertas, y un pico en su lado opuesto. En su parte superior puede ir provisto de una pica.
2. La longitud de su mango no debe exceder de los 60 cm. o poco más en las tipologías occidentales, mientras que en las orientales llegan a los 80 aproximadamente. Todo lo que sobrepase esas longitudes, aunque su cabeza sea como la de un martillo,  ya son otros tipo de armas de las que se hablará en otra serie de entradas que se publicarán a lo largo de este mes.

Bueno, colorín colorado, esta entrada se ha acabado. Amén y tal.

Hale, he dicho...


Martillo de guerra pasando satisfactoriamente la ITV de armamento a la vista de los boquetes que ha abierto
en el yelmo-test provisto de almófar homologado con la norma iso 9000. Si bajo el yelmo hubiese un cráneo de ciudadano es muy probable que éste sufriese un repentino dolor de cabeza de imprevisibles consecuencias


viernes, 9 de agosto de 2013

Martillos de guerra. Evolución, 2ª parte



Dos reitres a los que sus siniestros todenkopf ocultan las sonrisas torvas en sus jetas
ante la inminente perspectiva de destruir bonitamente cráneos enemigos con sus martillos de guerra.


Bueno, en esta entrada proseguiremos con la evolución experimentada por estas armas en Europa Oriental, la cual tomó un camino diferente a la de los países occidentales desde inicios del siglo XVII aproximadamente. Su morfología experimentó una serie de cambios debidos ante todo a la proximidad en aquellos tiempos del imperio otomano, tomando de ellos el gusto por los grabados y unos acabados más sofisticados que los de sus parientes occidentales, por lo general mucho más austeros. 


Pero, además, en países como Hungría, Polonia o los principados fronterizos con el imperio otomano como Valaquia o Transilvania, el martillo de guerra pasó a convertirse en un símbolo de poder o de autoridad como en occidente lo era la bengala. De hecho, en muchos casos los mangos de estos martillos se alargaron hasta el extremo de poder ser usados como si de un bastón de tratara. Un ejemplo lo tenemos en el grabado de la derecha en el que aparece un noble polaco que porta un martillo provisto de un larguísimo mango escoltado por dos hajducy (sing., hajduk), que eran unos militares destinados entre otras cosas al acompañamiento y guarda de personajes de relevancia.


Noble húngaro usando un
martillo como bastón
Así pues, como digo, a inicios del siglo XVI los martillos de origen alemán o italiano usados hasta aquel momento dieron paso a dos tipologías de creación propia basada más en los modelos usados por los turcos, que a su vez los importaron desde la India, y que serán los protagonistas de esta entrada. Veamos pues...

El que más se asemejaba a sus parientes occidentales era el nazdiak, término procedente del turco y que viene a significar "penetrar", por lo que ya podemos hacernos una idea de su cometido. Su cabeza de armas era básicamente similar a las occidentales: un largo pico ligeramente curvado, generalmente de sección cruciforme debido a los vaceos que llevaba en cada una de sus cuatro caras, y una parte contundente reducida a la mínima expresión con sección cuadrangular o hexagonal. 



A la derecha tenemos un ejemplar de nazdiak que muestra sus principales características: un mango largo, de más de 70 u 80 cm. de longitud acoplado en la cabeza de armas mediante un orificio practicado en la misma. Para asegurarla lleva a dos lados sendas pequeñas pletinas de enmangue fijadas mediante remaches pasantes. Pero esta muestra sería la de un nazdiak digamos, baratucho. Los que usaban los nobles contenían ciertas diferencias.


Las cuales podemos ver en el ejemplar de la izquierda que, como vemos, es harina de otro costal. Una de sus principales diferencias radica en el mango que, aparte de sobresalir bastante sobre la cabeza de armas, va decorado en algunas zonas con partes metálicas repujadas en oro, platao bronce. La parte de madera que quedaba a la vista se forraba con seda o terciopelo. Respecto a los fabricados en Polonia, en todos los casos iban provistos de mangos de madera con la sección generalmente cilíndrica, mientras que en Hungría, y otras zonas podían ser ocasionalmente metálicos. En la foto inferior podemos ver un pequeño surtidos de esta tipología:






Como podemos observar, las cabezas de armas son muy similares. El enmangue se puede ver con más detalle en la foto de la derecha y otro detalle habitual lo tenemos en la imagen central, en la que aparece un martillo cuyo mango está tachonado con tachuelas tanto para decorarlo como para mejorar su agarre por la zona inferior. En otros se optaba por forrar de piel o tela la empuñadura, o bien embutiendo en el mango un manguito metálico generalmente repujado.


La otra variante era el obuch, un martillo básicamente igual al nazdiak pero con una diferencia substancial en el pico consistente en que la curvatura de los mismos era tan exagerada que la punta quedaba mirando hacia el mango. Su origen es incuestionablemente oriental, tal como lo demuestra el ejemplar de la derecha, de fabricación turca o persa de principios del siglo XIX y que contiene todas las características típicas del obuch: mango largo para usarlo como bastón, pico muy curvado y martillo relegado al mínimo.



Para compararlo tenemos estos dos ejemplares de origen húngaro y polaco. El de la imagen superior tiene el pico curvado hacia el mango, mientras el inferior forma una S. Ambas morfologías eran las habituales y las que daban nombre a esta tipología en concreto. O sea, que un obuch tenía por necesidad que tener el pico con una de esas dos formas para recibir esa denominación. Ante las visión de ese pico tan exageradamente curvado más de uno se preguntará qué sentido tenía, ya que obviamente anulaba su capacidad ofensiva. Bien, la teoría más generalizada es que eran así para ser usados como bastón. Pero si nos fijamos en el ejemplar superior de la foto, salta a la vista que no se trata de un martillo de gala, sino un arma de guerra sin ningún tipo de ornato. Así pues, me inclino a pensar que dicha curva no tenía otro fin que trabar las riendas de los caballos enemigos, impidiéndoles así maniobrar y quedar a merced de los infantes. El de la foto inferior sería un perfeccionamiento del anterior, ya que su morfología permitiría trabar tanto a riendas como a jinetes sin perder su capacidad para perforar corazas.

Veamos la foto inferior...




Los dos ejemplares de la izquierda son de origen húngaro y polaco respectivamente. El segundo va provisto además de una pequeña pica y un peto en vez de martillo. En el centro tenemos un ejemplar húngaro en el que podemos ver un detalle curioso, y es que lo que parece un cubo de enmangue no es tal, sino un tubo metálico en el que va embutido el mango para que el enmangue en la cabeza de armas sea más robusto y, muy importante, no se vea afectado por los cambios de humedad, que hinchan o encogen la madera. En cuanto a los ejemplares de la derecha, ambos son de origen turco y, como vemos, su similitud con los anteriores los hace parecer de la misma tipología.



Húsar polaco empuñando
un nazdiak
Estas dos tipologías estuvieron en uso hasta el siglo XVIII en manos generalmente de los húsares alados y los hajducy mostrados más arriba. En otras zonas más orientales, tales como Turquía, Persia o incluso la India, su vida operativa se alargó hasta el siglo XIX. Como dato curioso en lo tocante a la demoledora efectividad de estas armas, al igual que en España había ordenanzas que prohibían en los siglos XVII y XVIII el uso en lugares públicos de broqueles y dagas, en Polonia estaba terminantemente prohibido portar martillos salvo en estado de guerra. Sin embargo, parece que estas normas no las cumplía nadie. De hecho, el Sejm (el parlamento polaco) dictó en 1578, 1601 y 1620 normas al respecto, imponiendo incluso severas multas a los infractores. Pero fue inútil, y era irritantemente frecuente ver como en las tabernas o hasta en el mismo parlamento o los tribunales se dirimían las disputas a martillazo limpio como en España se echaba mano a la vizcaína y se cosían bonitamente a puñaladas por una mala mirada o por cuestionar la pureza de sangre del personal. En la catedral de Gniezno incluso había un cartel en lugar bien visible en el que se amenazaba con la excomunión a todo aquel que entrase en el templo armado con un martillo así que, como vemos, los desperfectos causados entre el personal con estas armas obligaban a tomar medidas extremas, si bien con poco o ningún éxito.

Bien, con esto concluimos. He decidido no incluir en estas entradas armas con una morfología similar pero con un uso diferente, como por ejemplo los alcones (sin H), los picos de cuervo, las poleaxes o los czekan. Así pues, en su momento se publicarán una serie de entradas ex-profeso para ellas. En lo referente a los martillos de guerra, en breve colgaré una última entrada en la que se detallarán los métodos constructivos según las diferentes morfologías y alguna que otra curiosidad al respecto.

Bueno, no creo que se me olvide nada, sino, pues ya me acordaré, digo yo.

Hale, he dicho

Continuación dando un somero martillazo justamente aquí.

Martillo de guerra combinado con una pistola con llave de mecha. Obsérvese el pico de sección triangular,
una morfología muy adecuada para hendir chapas de corazas o yelmos gracias a su borde superior
cortante. El lado contundente es similar a los bec de corbin de dos manos, ideal para
producir heridas en desgarro.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Martillos de guerra. Evolución



Violento cambio de impresiones entre dos hombres de armas, uno de los cuales parece firmemente decidido a probar la calidad del bacinete de su enemigo con el pico del
martillo que empuña. Se masca la tensión, ¿no?

Ilustración de © Eduardo Gutiérrez García


Bueno, prosigamos...

Los martillos de guerra sufrieron una evolución paralela a la del armamento defensivo. Es como ocurre actualmente con la constante lucha entre la coraza de los carros de combate y las municiones capaces de perforarlas. Las primeras aumentan su resistencia y las segundas siempre intentando superar su resistencia. En la época en que, según vimos en la entrada anterior, el martillo comenzó a extenderse por Europa, el armamento defensivo era bastante variopinto. Desde un simple capacete o un capiello bajo el que se vestía un almófar mohoso en la testa de un miliciano, a sofisticadas y carísimas lórigas que cubrían todo el cuerpo de los caballeros y hombres de armas, pasando por perpuntes de mayor o menor calidad. Así pues, la morfología necesaria para vulnerar esas defensas abarcaban por igual le necesidad de contundencia y de hendir. Veamos por qué...



A la izquierda tenemos la que quizás sea la tipología más antigua que se conoce en Europa, y que casaría con el que muestra la efigie funeraria del ignoto caballero de la iglesia de Malvern. Se trata de un arma bastante rudimentaria y tosca fabricada en una sola pieza y provista de una especie de cachas de madera en los dos tercios del mango, al final del cual se observa un orificio para un fiador. La cabeza de armas tiene a un lado un pico y al otro un martillo, siendo ambas partes del mismo tamaño. 

Pero cabe suponer que era necesario refinarla un poco más para hacer de esta arma algo verdaderamente resolutivo y, sobre todo, apta para eliminar a cualquier tipo de enemigo en cualquier circunstancia, especialmente en los combates más cerrados en los que las largas espadas servían de poco. Por desgracia, no hay ejemplares de transición en los que podamos basarnos para tener claro cuando comenzaron a tener lugar estos cambios, así que tenemos que guiarnos por las representaciones artísticas de la época.



A la derecha tenemos un retablo que representa la Resurrección de Cristo, obra de Jaime Serra realizada entre 1361 y 1362 y ubicado en el monasterio del Santo Sepulcro de Zaragoza. Según podemos observar dentro del óvalo blanco, uno de los guardias durmientes del sepulcro porta un martillo que ya muestra algunas diferencias respecto a la tipología anterior: ha sido dotado de una pica en su extremo superior y el martillo ha ganado en tamaño y ha cambiado de forma. El que vemos aquí tiene una sección cuadrangular con aristas en cada ángulo, una morfología muy adecuada para, además de obtener contundencia, producir heridas abiertas muy susceptibles de convertirse en un foco de infecciones para el que las recibe. Así pues, podríamos decir que entre la primera tipología y la que vemos aquí habría transcurrido un lapso de unos cien años aproximadamente, en los cuales se produjeron los cambios señalados.



Pocas diferencias surgieron en los cien años siguientes, por lo que parece que el personal se lo tomó con cierta tranquilidad. A la izquierda tenemos un ejemplar francés datado hacia 1450 que, salta a la vista, en poco difiere del que aparece en el retablo de Serra. Solo el pico muestra algunas diferencias, ganando en masa y una forma de cuchilla. Se trata de un arma robusta, con una parte contundente muy adecuada para producir fracturas óseas y desgarros en peones y milicianos provistos de mal armamento defensivo o, simplemente, sin el mismo. El pico permite perforar la chapa de las cada vez más extendidas armaduras de placas o desmallar las lórigas. Y la pica superior va de perlas para introducirla entre las rendijas de las armaduras o los estrechos visores de los yelmos. 

Sin embargo, a pesar de su robustez estas armas tenían un punto flaco, que era el mango de madera. Aunque estaban fabricados de maderas resistentes como el roble o el nogal, un tajo de una espada o cualquier otro tipo de arma cortante podía dejarlo a uno desarmado el tiempo suficiente para que un peón cabreado por ver que sus cuñados seguían aún vivos en plena batalla le metiera la pica de su alabarda bajo el sobaco y le escabechase en un avemaría. 



De ahí que se las dotase de barretas de enmangue, tal como podemos ver en ese ejemplar de la derecha, fabricado en Italia en 1510. Aunque su cabeza de armas es prácticamente igual que el mostrado más arriba a pesar de ser unos 60 años más antiguo, éste ya cuenta con mejoras para impedir que el mango se vea partido en dos. Así pues, en dos de sus caras se le han añadido dos largas barretas que llegan hasta la empuñadura, lo cual sirve además para reforzar la sujeción de la cabeza de armas al mango.


Estos mangos, generalmente de sección hexagonal, eran a veces reforzados incluso en cuatro de sus caras para asegurar su solidez. A la izquierda tenemos un ejemplo bastante ilustrativo: aparte de las dos barretas de enmangue ha sido provisto de otras dos que no están fijadas a la cabeza de armas, sino solo al mango con el único propósito de protegerlo. Todas están fijadas mediante tachuelas, y no por remaches pasantes a fin de no debilitar la madera por un exceso de perforaciones. Hay que tener en cuenta que el esfuerzo que soportaban estas armas era notable, golpeando constantemente sobre superficies duras salvo las ocasiones en que pillaban por medio la jeta de un miliciano despistado y le arrancaban media cara de un golpe.



Pero aún se idearon medios más resolutivos para proteger el mango sin que variara prácticamente nada la cabeza de armas. A la derecha tenemos un martillo cuyo mango ha sido enteramente recubierto por chapa de hierro en sus cuatro caras. Hay pocos ejemplares similares que yo sepa, supongo que a causa de ser un sistema bastante complicado ya que había que elaborar la chapa, que en aquellos tiempos era un proceso lento y delicado. Recordemos que las laminadoras estaban por inventar aún.

Así que lo más fácil era fabricar el mango enteramente metálico, con lo que se proporcionaba al arma una solidez a toda prueba, eran prácticamente indestructibles y no suponían un incremento notable en su peso. Así pues, durante la primera mitad del siglo XVI, en la que la nueva tipología convivió con la antigua, poco a poco los primeros fueron relegando al olvido a los segundos, favoreciendo la progresiva desaparición de los mangos de madera para ser fabricados con hierro de diversas secciones: cuadrados, redondos, en espiral o combinaciones de todos ellos. Al mismo tiempo, la parte contundente de las cabezas de armas fueron perdiendo masa ya que las tropas de la época, lejos de parecerse a los añejos milicianos mal armados, contaban con protecciones de calidad. Debido a ello, ganó protagonismo el pico, que era la parte capaz de hendir los yelmos y corazas de aquel momento. 



A la izquierda tenemos un ejemplar fabricado hacia 1530 que puede ilustrarnos perfectamente. Si observamos la cabeza de armas, podemos ver que ya hay diferencias substanciales con la tipología anterior. El martillo ha sido notablemente reducido de tamaño mientras el pico se ha alargado y ha adoptado una forma prismática cuadrangular, muy adecuada para hendir metal. En la misma cabeza se ha acoplado un largo gancho para colgar el arma del arzón de la silla de montar o del cinturón. Y en cuanto a la empuñadura, se trata de una pieza engrosada a base de unas cachas de madera envueltas en materiales diversos: terciopelo, seda, piel, un cordel o torzal de alambre, bien de plata o de acero. Por ambos extremos va cerrada por sendos varaescudos que mejoran el agarre, y en el superior vemos una pequeña uña destinada a mi entender a trabar las hojas de las espadas enemigas. 

A partir de ese momento ya no hubo variaciones salvo algunas muy localizadas en diversas zonas en función más de estilos o modas que de funcionalidad. En la imagen inferior podemos ver varios ejemplares de diversa procedencia datables entre inicios del siglo XV hasta la primera mitad del XVI y en los que se pueden observar los rasgos comunes de todos ellos a partir de la desaparición de los mangos de madera y el agrandamiento del pico. Solo sería mencionable el hecho de que algunos carecen del gancho para el arzón, lo que indicaría que eran piezas fabricadas para combatir a pie.





Todos estos martillos son de origen alemán o italiano. Están colocados en orden cronológico, tal como se ha dicho, siendo especialmente reseñables el primero de la izquierda y el gran martillo central, un ejemplar con una descomunal cabeza de armas fabricado en Alemania en el siglo XVI. Ojo, es para ser usado con dos manos, aunque su mango mide poco más de un metro. El otro ejemplar que llama la atención es una pieza cuya cabeza de armas está claramente inspirada en los picos de cuervo (bec de corbin), los cuales iban provistos de un asta para dos manos. Las cuatro aristas que sustituyen a la parte contundente estaba destinada a producir heridas abiertas y tremendos desgarros. 




Así pues, a partir de ese momento ya no se producen más variaciones en los países occidentales salvo una peculiar excepción creada en Alemania y cuya vida operativa se extendió a lo largo del siglo XV e inicios del XVI. Hablamos de un martillo provisto de una curiosa cabeza de armas en forma de puño que agarra una especie de cincel, siendo el extremo romo el martillo y el opuesto el pico. A la derecha podemos verlo. El puño estaba siempre fabricado con bronce, y el pico de acero. Cabe suponer que la pieza de bronce era vaciada alrededor de dicho pico a fin de que quedara perfectamente embutido. El mango, en este caso, es de madera si bien se conserva algún ejemplar fabricado de acero. Por otro lado y según se desprende de los ejemplares que se conservan, así como las representaciones artísticas de la época, no iban provistos de gancho de arzón. Sus medidas eran las convencionales para este tipo de armas: alrededor de los 50-60 cm. de largo y entre los 1.500 y 2.000 gramos de peso. Eran armas muy contundentes gracias a la masa que aportaba el bronce, si bien no ofrecían la resistencia de los tipos provistos de barretas de enmangue ya que la tipología que mostramos siempre se engarzaba al mango mediante un cubo. Puede que ese detalle no favoreciera su difusión. En cuanto a su denominación, parece ser que eran llamados con un palabro difícilmente pronunciable para un humano hispano: dolchstreithammer, que viene a querer decir algo así como martillo de combate con daga o algo por el estilo. En cualquier caso, es indudable que eran chulísimos de la muerte. Abajo dejo algunas fotos de los mismos para deleite de la peña y sufrimiento de los que no podemos poseer uno.






Como conclusión a esta entrada, un par de martillos digamos, exóticos. Porque, como en todo, siempre había lugar a la creatividad o a la fabricación de piezas exclusivas con las que sus propietarios indicaban claramente al resto de los humanos que eran más chulos y, sobre todo, más ricos que los demás.





A la izquierda tenemos un curioso ejemplar fabricado en bronce mediante una técnica similar a los dolchstreithammer que hemos visto más arriba, solo que en este caso la cabeza de armas muestra dos cabezas de monstruos de cuyas fauces emergen el pico y el martillo, en este caso dentado. Del cuerpo de bronce emerge un gancho de arzón. Esta pieza, de origen alemán, está datada hacia la segunda mitad el siglo XV. Las letras que vemos escritas en una espiral a lo largo del cubo de enmangue dicen: Ave Maria Gratia Plena Helf Maria. El ejemplar de la derecha, de manufactura similar, muestra también un animal monstruoso, en este caso un dragón al parecer, está fabricado en Venecia entre finales del siglo XV y principios del XVI. La morfología de la cabeza de armas, o sea, el pico y la parte contundente, es prácticamente idéntica a la de los martillos normales de ese período, como vimos al comienzo de la entrada. 

Bueno, con esto vale de momento. La próxima entrada tratará de la evolución sufrida por estas armas a partir del siglo XVI en los países del este de Europa.

Hale, he dicho...



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Retablo del altar de la iglesia de los dominicos de Dormunt, obra de Derick Baegert (c.1475). En el detalle
podemos observar el dolchstreithammer que porta en la cintura uno de los sayones que, en plena reyerta
 con sus compinches, se están jugando las ropas de Cristo.

miércoles, 31 de julio de 2013

El martillo de guerra. Orígenes



Como introito, una explícita ilustración que muestra a un cruzado tedesco apiolando a un husita. Estas armas tenían una contundencia demoledora entre peones y milicianos mal armados
Ilustración de © Eduardo Gutiérrez García


Si hay un continente en el planeta cuyos habitantes no han dejado de masacrarse desde que la historia se sume en las brumas del tiempo ha sido Europa. Igual es por algo genético, pero la cuestión es que somos un tanto agresivos desde antes de los tiempos de Noé, y me temo que así seguiremos hasta que el infierno se congele o nos exterminemos bonitamente unos a otros. Debido a ello, podríamos afirmar que ha sido en Europa donde la tecnología bélica ha ido avanzando más deprisa, cosa lógica si consideramos que para ganar guerras son necesarias, además de buenas tropas con grandes dosis de testiculina, armas eficaces para vencer al enemigo y quitarle las ganas de batallar en una larga temporada y, ya puestos, arrebatarle sus territorios, que al cabo las guerras han sido siempre un métodos para robar a gran escala.

Así pues, en los diversos tratados sobre las armas y su evolución a través del tiempo vemos que han sido las protagonistas de las vida cotidiana durante siglos. Diversos autores y estudiosos como Oakeshott, Geibig o Petersen se han dedicado a estudiar profundamente y a clasificar las diversas tipologías de la que fue la reina de las armas: la espada. Por otro lado, hay bastantes trabajos sobre armas enastadas, mazas, arquería de todo tipo y hasta del armamento de circunstancias surgido por la necesidad de armar a milicianos con medios económicos escasos o nulos, aprovechando para ello todo tipo de utillaje agrícola y del que se ha tratado bastante a fondo en éste blog. 

Sin embargo, hay un arma que, curiosamente, entraña ciertos misterios en lo tocante a sus orígenes. Un buen día apareció en los campos de batalla y, a la vista de su demoledora eficacia, permaneció activo hasta tiempos tan recientes como el siglo XIX. Hablo, naturalmente, del martillo de guerra o, como algunos lo denominan en español, martillo de armas si bien éste último término me parece inadecuado. Primero por ser un galicismo derivado del francés marteau d'armes, y segundo porque estimo más acertado especificar su cometido, o sea, para la guerra. Cuestiones semánticas aparte, sí es cierto por otro lado que hay bastante ambigüedad en lo tocante a la denominación de este tipo de arma tanto en español como en otros idiomas. Pero vayamos por partes y de forma ordenada, que si no esto quedará como un churro de entrada. Así pues, empezaremos por los orígenes, como está mandado.

Mientras que vemos representado todo tipo de armamento tanto en los manuscritos como en efigies funerarias, etc. datados hacia finales de la Edad Media, curiosamente no hay la más mínima referencia a los martillos de guerra en obras tan reveladoras como la Biblia Maciejowski o el Códice Manesse. De la primera ya realicé en su día una serie de entradas estudiando detenidamente todas y cada una de las armas que aparecen en sus iluminaciones, y no hay ni una sola en la que aparezcan martillos. Lo más aproximado que podemos ver son unos picos en manos de peones que los usan para abrir una brecha en las murallas y, aunque hay quienes consideran que podrían ser los ancestros de los martillos, francamente creo que no tienen absolutamente nada que ver ya que en obras posteriores ni se le cita ni vuelve a ser representado y, quizás lo más significativo, en ningún caso aparece usado como arma, sino como herramienta. Veamos las imágenes inferiores...








Ahí tenemos los fragmentos de las cinco veces que aparecen estos picos en las iluminaciones de la biblia. Como ya he dicho, siempre usados como herramienta de zapa. Solo hay una ilustración en la que aparece un chisme similar utilizado para hundir el cráneo a un ciudadano, y es la que vemos a la izquierda. En realidad, la escena representa a Caín apiolando a su hermano Abel. Curiosamente, no usa la tradicional mandíbula asnal sino una herramienta agrícola, una especie de azada o algo así y que, por razones obvias, no podemos considerar como un ancestro de los martillos de guerra. Así pues, y considerando que esta obra se concluyó hacia el año 1250, podríamos decir que en esa época aún no eran unas armas de uso común o, al menos, no en Francia, donde se elaboró la biblia de marras.





Por mencionar otra obra similar, el Códice Manesse (c. 1305-1340), en sus 138 ilustraciones solo aparece algo que nos recuerda a un martillo de guerra, y es el que porta el escudero o heraldo que sigue al caballero victorioso del fragmento que vemos a la derecha. Pero, ¿es en verdad un arma o una simple herramienta? Por su tamaño más bien parece lo segundo y, además, es clavadito a los martillos usados aún hoy día por los carpinteros, con la lengüeta bífida para arrancar clavos. En definitiva, no hay ni rastro de estas armas, ni aparecen en los tratados de esgrima de la época como el "Manuscrito de la Torre", en los que sin embargo sí se muestran con profusión espadas, dagas, lanzas y hachas de petos. 




Así que, visto lo visto, ¿de dónde proceden estas armas? No hay constancia de su creación y posterior evolución en Europa, así que solo queda una posibilidad, y no es otra que su origen radica en otro continente. Concretamente en Asia. A esta conclusión se puede llegar tanto por lo dicho como por la representación más antigua que se conoce en la que aparece este tipo de armas, datada hacia mediados del siglo XIII, que no es otra que una efigie funeraria de un caballero cuyo nombre se pierde en la memoria del tiempo pero que, sin embargo, en vez de la típica espada que solemos ver en estos monumentos, sostiene con su mano derecha un martillo de guerra, el cual reposa sobre su hombro. A la izquierda podemos ver la misma, ubicada en la iglesia prioral de Malvern, en Worcestershire (Reino Unido), datada hacia 1250, o sea, curiosamente la misma época en que se elaboró la biblia Maciejowski.




Martillo turco
¿Y qué pinta éste caballero desconocido con un arma tan peculiar e igualmente desconocida a mediados del siglo XIII en Europa? Pues solo cabe una explicación razonablemente lógica: se trataría de un cruzado que, al retornar al terruño, se trajo consigo esa arma como botín de guerra y le tomó tanto apego que hasta quiso que le acompañara al Más Allá. Quizás se tratase de un botín de guerra arrebatado a un enemigo infiel. Y ahí es donde tendríamos la primera pista sobre su origen. Es más que evidente que los cruzados, además de tener violentos cambios de impresiones con los ciudadanos de Palestina y Galilea, adoptaron también muchas de sus costumbres incluyendo algunas armas. A la derecha tenemos un martillo otomano que, como vemos, se compone de una parte contundente y un pico con una acusada curvatura la cual se endereza prácticamente en la punta del mismo. El motivo de ésta peculiar morfología ya lo estudiaremos en otra entrada dedicada ex-profeso a ello. Así pues, ¿es el martillo de guerra un arma de origen turco? Pues parece ser que no, sino que más bien los turcos también lo tomaron prestado de unos señores que vivían aún más hacia oriente.




Ankus hindú
Y estos no podían ser otros que los indios, los cuales usaban unos peculiares martillos denominados zaghnal y que se asemejan bastante a los ankus usados desde tiempos inmemoriales por los conductores de elefantes en la India. A la izquierda podemos ver uno de ellos y, si lo comparamos con el turco, veremos que, en efecto, son muy similares en cuanto al pico. Pero el ankus carece de parte contundente ya que, como es lógico, no era precisa para guiar a un paquidermo de guerra. Así pues, creo que no sería ningún disparate pensar que, en algún momento de la historia y ya que ese pico tan curvado no era el más idóneo para golpear, a alguien se le ocurrió dotar a los ankus de los guías con un martillo para convertir estos útiles en armas, de forma que valiesen tanto para conducir elefantes como para combatir y rechazar a los enemigos que intentaran descabalgarlo de su monumental montura bélica. 





Zaghnal indio
Y para corroborarlo, solo hay que echar un vistazo a un zaghnal como el que aparece a la derecha, que es una tipología bastante común. En su evolución como arma vemos que el pico se ha ensanchado para aumentar su contundencia, pero conserva la pequeña pica superior. Y como martillo lleva una curiosa figurita de bronce que representa precisamente a un pequeño elefante. 

Así pues, esa sería la razón por la que estas armas irrumpieron en Europa sin que hubiera una serie de tipologías iniciales, como ocurre con las espadas, dagas y las armas enastadas. Llegaron procedentes de Tierra Santa y se extendieron por toda Europa: en la zona occidental, a través de los cruzados que retornaban por mar a su tierra. En la zona oriental, por la misma causa, pero además es probable que por la cercanía terrestre entre el imperio otomano y países como Hungría, Chequia, Rumanía, etc.


Unas de las primeras referencias gráficas de éste tipo de armas aparecen curiosamente en España hacia la segunda mitad del siglo XIV, concrétamente en la iglesia de Santa María de Rubió, por lo que cabe suponer que durante ese siglo ya se habían extendido por toda Europa. Sin embargo, su difusión no gozó de la misma popularidad en todas partes. En España, a pesar de que por lo dicho podría haber sido un territorio donde se extendió con profusión, parece que no fue así. Ni en los museos ni en las armerías hay apenas ejemplares de estas armas, y si los hay son de manufactura extranjera. Concrétamente, en la Armería del Palacio Real solo consta en su inventario un martillo de guerra el cual va provisto de una pica oculta en el mango que emerge al sacudir con fuerza el arma, quedando bloqueada por un resorte. Sin embargo, en los museos de Inglaterra, Francia o Alemania abundan enormemente, y los ejemplares de época que se conservan son prácticamente todos originarios de talleres italianos o tedescos. En cuando a los países del este de Europa, el martillo no solo tuvo una enorme difusión, sino que incluso se convirtió en un símbolo de mando, apareciendo en manos de personajes de relevancia. 




En definitiva, en Europa occidental hay bastantes contradicciones en lo tocante a esta arma. Es como si los caballeros y nobles la hubiesen usado apreciando sus cualidades, pero al mismo tiempo prefiriendo ocultarlo como si se tratara de un arma vil. De ahí que prácticamente no haya un solo retrato en el que aparezca en manos de personas de alcurnia, mientras que sí podemos verlo en bastantes cuadros pero formando parte del armamento de peones o gente de baja estofa, especialmente en obras referentes a la vida de Cristo y en el que los sayones y soldados que lo prenden y mortifican suelen portar alguno. De todos los cuadros que he ido localizando en este tiempo, aparece en contadísimas ocasiones relacionado con nobles, como ya he dicho. Una es la conocidísima obra de Ucello "La batalla de San Romano", en la que un jinete hace ademán de estar a punto de golpear con un martillo de una tipología más bien primitiva, contemporánea a la obra (1462). Otra es un retrato de Francesco d'Este, obra de Rogier van der Weyden. Como podemos ver, lleva en la mano un pequeño martillo y un anillo, los cuales se supone representan en este retrato símbolos de poder. Recordemos que la Casa D'Este ostentaba el ducado de Urbino y era una de las familias más influyentes y poderosas de Italia. Un caso más lo tendríamos en el retrato de Moritz von Sachsen que vimos en la entrada preliminar y, a partir de ahí, poca cosa podemos encontrar. Los nobles y militares occidentales, especialmente los españoles, preferían aparecer en los retratos con la espada, arma noble por antonomasia y, a partir del Renacimiento, casi siempre con una bengala.



Pero si nos trasladamos al este de Europa, la cosa cambia. Allí sí parece que gustaban de hacer gala de sus ostentosos martillos de guerra, y monarcas, nobles y militares de rango solían retratarse con uno de ellos en la mano. Algunos tenían un mango tan largo que eran incluso usados como una especie de bastón. Ahí tenemos un ejemplo: se trata del conde Emérico Thököly, un príncipe de Transilvania enemigo de los Habsburgo el cual aparece retratado con un martillo. Hay bastantes ejemplos similares en la iconografía de esa zona de Europa, así que no deja pues de resultar un tanto contradictorio que en unas zonas haya sido considerado con un arma digna de monarcas y en otras no haya apenas referencias de la misma siendo, como he dicho, un caso peculiar el de España, un país donde desde siempre ha sido uno de los más importantes centros productores de las mismas. Sin embargo, como ya he comentado, la producción de martillos fue casi exclusiva de Italia y Alemania para el suministro a los países de occidente.




Ilustración del siglo XIX que
muestra tropas turcas
Así pues, de todo lo dicho podemos conjeturar que el martillo de guerra apareció en Europa en algún momento del siglo XIII de la mano de cruzados que lo importaron de Tierra Santa, sufriendo a partir de ese momento una evolución distinta a la de su lugar de origen como consecuencia de las diferencias entre el armamento defensivo de ambas zonas del mundo. Por las mismas razones, su vida operativa fue mucho más corta en Europa que en Oriente debido a la proliferación de las armas de fuego que, usadas de forma masiva en occidente, condenaron a la obsolescencia a la mayoría de las armas usadas durante la Edad Media y el posterior Renacimiento. Por esa causa, el martillo de guerra sucumbió ante el imparable progreso bélico a finales del siglo XVII o inicios del XVIII en manos de reitres y tropas similares. En Europa del este se alargó un poco más la existencia de los martillos por ser símbolo de poder de la nobleza y una de las armas que portaban los húsares alados polacos, permaneciendo operativos hasta finales del siglo XVIII. Y en Turquía o en la India, de donde proceden, se alargó hasta el siglo XIX, obviamente por no haber tenido esas zonas la rápida difusión que tuvieron en Europa las armas de fuego. De hecho, cuando aquí ya se usaban armas de retrocarga allá seguían con las llaves de chispa.

Bien, con esto creo que más o menos ya podemos tener claro el origen de esta peculiar arma. En la próxima entrada hablaremos de su evolución a lo largo del tiempo y como tanto su morfología como los materiales con que se fabricaban fueron cambiando a medida que el armamento defensivo era cada vez más robusto e impenetrable.

Hale, he dicho...

Continuación de la entrada pinchando aquí


Caballero renacentista armado con un martillo de guerra