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jueves, 25 de agosto de 2022

TROPAS OBSOLETAS DE LA GRAN GUERRA. LA CABALLERÍA ALEMANA

 

Ulano alemán, distinguible de otras unidades por su característico tschapka y su casaca con dos hileras de botones. Hasta la unificación del ejército alemán, eran las únicas unidades de caballería que usaban lanza

En los albores del siglo XX y al igual que en todos los estados mayores de Occidente, en Alemania aún se tenía claro que la caballería era un arma de vital importancia en cualquier ejército decente. En sus juegos de guerra librados en las salas de banderas, la caballería era más polivalente que una navaja suiza: podía irrumpir de forma inesperada al inicio de la batalla y sembrar el desconcierto en las filas enemigas, podían realizar fulgurantes maniobras envolventes para atacar de flanco a la infantería o cortar sus líneas de abastecimiento, podía- y ese era quizás su principal cometido- llevar a cabo labores de exploración cuyo resultado sería determinante a la hora de decidir el despliegue táctico de las tropas propias y, por supuesto, podían y debían perseguir al enemigo en fuga para exterminarlos bonitamente y para que los supervivientes contaran a sus cuñados el mal rato que habían pasado, y que lo más sensato era largarse con viento fresco. Está de más decir que todas esas teorías se fueron al garete en agosto de 1914, cuando las nuevas armas dejaron claro que la época de las cargas gloriosas y de la gallarda caballería acababa de entrar en un ocaso que, sin prisa pero sin pausa, daría término al arma más temida y decisiva en los campos de batalla durante siglos.

Tras la Unificación de Alemania en 1871, una veintena de estados residuo del antiguo Sacro Imperio acordaron formar una nueva y poderosa nación bajo la égida del reino más importante de todos, Prusia, que además era el que traía consigo la tradición militar de mayor peso. Con el nuevo país surgió un nuevo ejército que, por razones obvias, había que reorganizar de cabo a rabo bajo un solo mando y con el mismo reglamento y armamento para todos. A la derecha podemos ver la gran extensión del nuevo imperio, que se vio aumentado por la anexión de Alsacia y Lorena tras la aplastante derrota que infligieron a los gabachos (Dios maldiga al enano corso) en la breve Guerra Franco-Prusiana, en la que a los tedescos les bastaron diez meses para poner las peras a cuarto al en teoría mejor ejército de Europa. Tras la Gran Guerra perdieron parte de Silesia y parte de Prusia, y tras la 2ª Guerra Mundial vieron como las dos terceras partes de Prusia Oriental fueron a parar a manos de los polacos.

De izquierda a derecha, los cuatro tipos de jinetes del ejército
alemán: Coracero, ulano, dragón y húsar. Todos conservaron sus
uniformes, distintivos y demás zarandajas, pero tanto el armamento
como su despliegue en el campo de batalla sería idéntico para todos
El nuevo Ejército Imperial traía tras de sí una larga y gloriosa tradición en lo concerniente a la caballería. Desde tiempos de los reitres en el siglo XVII, en todas las guerras que estos belicosos homínidos mantuvieron por toda la Europa dejaron bien claro que sus habilidades ecuestres no tenían nada que envidiar a las del resto del continente incluyendo la formidable caballería del enano corso (Dios lo maldiga una vez más) durante el nefasto período en que semejante mini-psicópata ostentó el poder, llevando consigo la muerte y la destrucción a todas partes. Y, como las demás naciones de la época, disponía de regimientos de caballería de línea formados por coraceros y ulanos, así como de caballería ligera con dragones y húsares. Los primeros estaban destinados ante todo a llevar a cabo cargas en orden cerrado armados con espadas y lanzas respectivamente contra cuadros de infantería, mientras que a los segundos se les confió la misión de acudir velozmente a prestar ayuda a unidades comprometidas, echando pie a tierra y combatiendo con armas de fuego, y a los húsares la exploración, labores como mensajeros y persecución del enemigo. Sus armas eran el sable y la tercerola. Por lo demás, siendo la caballería el arma aristocrática por excelencia, su oficialidad procedía principalmente de la nobleza tedesca, a la que eso de luchar a pie se le antojaba una vulgaridad y tal. 

Sin embargo, en 1890 los mandamases dieron un giro radical al concepto táctico de la caballería. A partir de aquel momento, todos los regimientos serían válidos para cumplir cualquier misión, ya fuese propia de caballería de línea o de caballería ligera, y todos estarían dotados del mismo armamento. Así pues, mientras que los demás ejércitos seguían manteniendo el uso táctico tradicional de cada unidad y sus respectivas panoplias, los tedescos optaron por unificar toda la caballería. La idea, que en sí era totalmente revolucionaria, permitía no depender de la presencia de tal o cual regimiento para una misión concreta, sino que cualquiera de ellos podría desempeñar cualquier acción sin problema. Y para ello, nada mejor que dotar a sus regimientos de una panoplia más extensa posible, con la lanza como arma principal y la espada y la carabina como secundarias. ¿Qué por qué la lanza, un arma casi olvidada por aquella época que solo seguían usando los regimientos de ulanos? Ahora lo veremos.

Tres Jäger a principios de la guerra. En la espalda portan sus carabinas
Mauser 1898AZ, y como prenda de cabeza usan sus característicos
tschako. Sus uniformes, como era tradicional, eran de color verde
en vez del gris de campaña del resto del ejército
En todo caso, la cuestión es que el nuevo concepto pergeñado por las eminencias grises del Ejército Imperial, la caballería "... debe buscar resolver sus misiones de manera ofensiva, y solo cuando la lanza esté fuera de lugar se recurrirá a la carabina." A esa agresiva doctrina habría que añadir que "ningún escuadrón debe esperar a ser atacado, sino que siempre debe atacar al enemigo primero". No obstante, el entrenamiento de los jinetes para combatir a pie y al uso de armas de fuego iba poco más allá de lo testimonial, centrándose ante todo en el manejo de la lanza y de la espada. Como complemento en el caso de precisar de tropas de apoyo a pie se agregó a cada división de caballería un batallón de Jäger (cazadores), tropas de uso mixto que ya eran usadas desde mucho tiempo atrás por todos los ejércitos de Europa y cuyo uso táctico consistía en emplear sus pencos para trasladarse rápidamente donde fuera necesario y, una vez allí, descabalgar y combatir como si de infantería se tratase. O sea, que se podría decir que en realidad eran infantería a caballo que usaban a estos animalitos para tener más flexibilidad y rapidez de movimiento.

Atípica imagen de un grupo de húsares con lanzas durante la
Kaisermanöver celebrada en 1913, en la que los tedescos, en vista
de que la cosa se estaba poniendo calentita, quisieron mostrar a los 
observadores militares foráneos que estaban preparados para la fiesta
Bien, la cuestión es que, como hemos dicho, la lanza se convirtió en el arma principal de la caballería. Esto convertía a todos los regimientos en unidades de ulanos independientemente de que conservaran sus uniformes y demás atributos, pero el uso de la lanza fue impuesto por Prusia conforme a su nueva doctrina de crear una caballería todo-uso, la Einheitskavallerie (literalmente, unidad de caballería), considerando la lanza como un arma mucho más eficiente de cara al tipo de combate planteado en los manuales y que, al menos en teoría, daría una clara ventaja contra tropas a caballo armadas con espadas o sables, así como de infantería con fusiles y bayonetas. Para ello se introdujo un nuevo modelo que mandó al trastero de las maestranzas militares todos los modelos que estaban en servicio hasta el momento, dando lugar a la Stahlrohrlanze 1890 (lanza de tubo de acero 1890), una soberbia pieza obtenida de un tubo sin soldaduras de una sola pieza como la que posteriormente adoptó el ejército español, precisamente basado en este modelo. En la foto inferior podemos ver el resultado de las modificaciones efectuadas en 1893, que fue la que se convirtió en el arma definitiva:



En la parte superior tenemos una vista general de la lanza, que tenía una longitud total de 320 cm., de los que 12'6 correspondían a la moharra con forma de pirámide cuadrangular, lo que la hacía especialmente sólida. Su peso era de 2'12 kg., y en la parte central del asta se aprecia un encordado de cáñamo para facilitar el agarre, así como un disco que actuaba como tope para la mano. Sin embargo, este tipo de punta estaba más bien concebida para penetrar en corazas de jinetes y, al carecer de filos, no resultaba tan eficaz como pueda parecer contra una infantería cuya ropa y correajes podían desviarla. Con todo, es evidente que un lanzazo de lleno en el cuerpo a toda velocidad convertía al enemigo en un pinchito moruno. Más abajo podemos ver la punta y los cáncamos para fijar el gallardete- seis inicialmente y luego reducidos a cuatro- que se fijaba mediante unos ojales y una corregüela consistente en un simple cordón anudado en los extremos, como podemos observar en el detalle de la izquierda. Por último, en la parte inferior tenemos un primer plano de la punta. Los gallardetes, aunque tradicionalmente se usaban en combate, a aquellas alturas habían quedado relegados a las paradas y entrenamientos. A la hora de batirse el cobre eran desmontados. Por otro lado, los cáncamos resultaron ser en todo momento un inconveniente ya que actuaban como un arpón al penetrar en el cuerpo de los enemigos, dificultando en muchos casos la extracción del arma que, a plena carrera, podía significar perderla o verse con el hombro dislocado. Por lo demás, la lanza estaba provista de un regatón que durante las marchas reposaba en uno de los dos porta-regatones fijados en cada estribo (foto A), mientras el brazo reposaba en el portalanza (foto B). Debajo vemos las distintas banderolas de diversas unidades que, como los uniformes e insignias, siguieron conservando durante todo el conflicto.

La lanza no era en sí un arma más letal que una espada. Al cabo, producía una herida punzante similar con la diferencia de que, en el caso de la lanza, no se producía la temible curvatura de la hoja de la espada que, al penetrar en el cuerpo de la víctima, producía unos destrozos tremebundos en el interior del cuerpo. Por lo tanto, en puridad, una estocada era de facto incluso más mortífera que un lanzazo. Sin embargo, la lanza tenía dos ventajas: era un arma más sólida y con un alcance mayor. Su desventaja principal salía a relucir cuando los jinetes se veían envueltos en una mêlée, bien con infantería, bien con otros jinetes, pero en ese momento siempre se podía mandar la lanza a hacer puñetas y meter mano a la espada.

Las nuevas Einheitskavallerie de los tedescos se olvidaron de los sables y adoptaron únicamente espadas si bien se emplearon dos modelos. A los coraceros se les asignó la Pallasch modelo 1883 (foto A), un arma con una hoja de 82 cm. provista de dos acanaladuras que se extendían hasta la punta de la misma. La longitud total era de 110 cm. Su empuñadura de bronce (foto superior izqda.) estaba provista de tres generosos gavilanes para proteger la mano del jinete, y para facilitar su agarre estaba fabricada de cuero encordado con un torzal de alambre. Disponía de una lazada de cuero para asegurar el dedo índice, y un guardapolvo de ante en la parte inferior de la empuñadura. La vaina, fabricada enteramente de acero pavonado, tenía una única abrazadera con una argolla.



Al resto de unidades- dragones, húsares y ulanos- las equiparon con la formidable Kavalleriedegen 1889 (espada de caballería, foto B), un arma de aspecto masivo con una hoja de 82 cm., una longitud total de 95 cm. y un peso de 900 gramos, pero provista de una peculiar hoja con la punta en forma de pluma, especialmente concebida para estoquear sañudamente al personal. La empuñadura (foto de la izquierda), estaba fabricada de baquelita y se fijaba mediante dos tornillos pasantes. La espiga iba remachada en la monterilla. Las guarniciones eran de acero, formando una cazoleta con el águila prusiana decorando el conjunto. Tenía un apoyo para el pulgar y en la empuñadura un rebaje para afianzar el dedo índice, y en las guarniciones se colocaba el fiador formado por una cinta de lona beige con seis listas marrones rematada por una borla blanca. Su misma morfología, con esa acusada curvatura, indica que estaba diseñada para enfilarla hacia los enemigos sin tener que forzar la muñeca. Por lo demás, en la base de la empuñadura vemos el guardapolvo. La vaina era igual a la del otro modelo. 

Cuando no se llevaba colgando del prendedor del uniforme, la espada era asegurada en un tahalí en la montura. En la foto de la derecha podemos ver su aspecto. Tras ella se ve perfectamente la bolsa de herrajes habitual en los pertrechos de la caballería, conteniendo herraduras de repuesto y los clavos para las mismas.

Sin embargo, y a pesar de que su uso como arma secundaria hacía a la espada en teoría un arma recomendable, lo cierto es que su uso fue tan residual que a partir de julio de 1915 empezaron a ser retiradas del servicio. La cuestión es que las espadas, aunque inmejorables a la hora de llevar a cabo una carga en masa, no eran especialmente útiles cuando se formaba una mêlée, donde era más fácil descargar tajos cuando los enemigos estaban literalmente encima. Una estocada era más difícil de propinar por falta de espacio, mientras que un sablazo de arriba abajo sobre la cabeza del infante pegajoso era definitivo. De hecho, parece ser que muchas unidades optaron por afilar sus espadas sin más historias. Por otro lado, muchos jinetes procuraban agenciarse una pistola que, aunque no formaba parte de su armamento reglamentario, a la hora de verse comprometidos en un combate cerrado era un arma mucho más adecuada y resolutiva: un balazo en plena jeta y a otra cosa, mariposa. 

Ulano empuñando su espada modelo 1889. Tras su muslo vemos
la carabina enfundada y protegida por una cubierta que impedía
tanto la entrada de agua o suciedad como que se cayera por algún
motivo. La soga que la rodea es la cuerda de amarre propia de
las unidades de caballería para que los pencos no se largaran con
viento fresco en cuando les quitaban el cabezal y el bocado
En cuanto al arma de fuego auxiliar, inicialmente se adoptó la carabina Mauser modelo 1888 en calibre 8x57 mm. (abajo, foto superior), un arma derivada del fusil que fue la primera arma de repetición alemana. Con una capacidad de 5 cartuchos, fue introducida en noviembre de 1891 como carabina para unidades de caballería tras la fusión de todas las unidades de dicha arma. El sistema de carga era mediante clips que, una vez agotados, caían por la parte inferior del cargador de forma similar al Carcano 1891, y su diseño estaba claramente indicado para ser usado por jinetes. Su longitud era de 94'5 cm., y el cañón quedaba totalmente oculto por un guardamanos que se prolongaba hasta la boca del mismo. La palanca del cerrojo carecía de la típica bola, y tenía una forma aplanada para evitar enganchones a la hora de manejar el arma a caballo. Era transportada en una funda de cuero en el lado derecho de la silla, si bien este accesorio fue desapareciendo hasta que lo habitual era ver al personal con la carabina terciada a la espalda, para lo cual disponían de una correa que permitía ajustarla al cuerpo y no fuese golpeando los lomos. El jinete llevaba seis cartucheras con capacidad para cuatro clips, lo que suponía una dotación de 120 cartuchos.


Dos jinetes del Landwehr patrullando en algún lugar de la
retaguardia. Ambos muestran sendas carabinas modelo 88
La sustitución del modelo 1888 por el mucho más eficiente Geherh 1898 supuso la introducción de la carabina 1898 AZ (arriba, foto inferior), acrónimo de algo tan absolutamente impronunciable como Aufpflanz und Zusammensetzvorrichtung, que traducido sin que a uno se le colapse la lengua viene a querer decir "con raíl para bayoneta y gancho de apilar". En este caso, apilar quiere decir formar pabellones. La bayoneta de dotación era el modelo 1884/98 que vemos debajo del arma. Esta carabina, de donde luego surgió la archifamosísima a nivel galáctico KAR 98 K, tenía una longitud de 109 cm., un peso de 3'5 kg. y se alimentaba mediante peines de 5 cartuchos del mismo calibre que el modelo anterior. No obstante, la carabina 88 no desapareció del mapa. A lo largo de todo el conflicto, muchas unidades de segundo escalón, del Landwehr, el Landsturm y la Ersatz la siguieron manteniendo en dotación, que las más modernas eran para los que estaban en el frente, como está mandado. Por cierto, para aquellos a los que esos palabros les suenen a chino o, mejor dicho, a alemán, el Landwehr era la milicia nacional nutrida por reservistas, el Landsturm lo formaban unidades de segundo escalón, o sea, algo así como el batallón de los torpes hispanos, y la Ersatz se nutría de hombres en edad militar pero que por cuestiones de tipo familiar, económico o lesiones que no eran totalmente incapacitantes quedaban como reserva.

Un Zug del 1er. Rgto. de Dragones de la Guardia en el campo
de maniobras
Bien, esta era la caballería con que contaba Alemania en 1914. Cuando empezó la fiesta, el Ejército Imperial disponía de 146 regimientos de los que 110 estaban operativos, 33 de reserva, 2 pertenecían al Landwehr y uno de Ersatz. De los 110 regimientos en activo, 66 se distribuyeron para formar 33 brigadas de caballería que, a su vez, formaron 11 divisiones bajo la denominación de Höerer Kavallerie-Kommandeur (Comando Superior de Caballería) que, obviamente, carecían de unidades de apoyo convencionales, por lo que se les agregaron a cada una un batallón de Jäger como fuerza de apoyo de infantería con una compañía de ametralladoras, una Artillerie Abteilung (Sección de Artillería) formada por tres baterías de seis cañones de campaña de 7,7 cm. cada una más las unidades habituales de apoyo de cualquier unidad moderna: transmisiones, ingenieros, transportes, etc. En cuanto a los efectivos por regimiento, eran de 36 oficiales, 688 suboficiales, clases y tropa, 709 caballos y otros 60 para tirar de toda la impedimenta, que iba desde un carro médico a los destinados al forraje para darle a los pencos gasofa en forma de paja y grano. Cada regimiento estaba formado por cuatro escuadrones en activo más uno que permanecía acantonado en Alemania para cuestiones administrativas y de instrucción. Cada escuadrón estaba formado por cuatro Züge (pelotones), siendo pues la unidad básica el Zug formado por entre 22 y 24 hombres al mando de un teniente. El escuadrón lo mandaba un rittmeister ( capitán de caballería. Literalmente, experto en caballos).

Escuadrón de dragones aprendiendo a partirse la crisma con estilo.
El dominio de la hípica era tan importante como el de las armas, y
los jinetes practicaban continuamente para saltar obstáculos, zanjas
o desenvolverse subiendo o bajando terraplenes
En cuanto al personal, como ya comentamos más arriba, la oficialidad se nutría ante todo de hombres pertenecientes a la aristocracia. De hecho, la caballería y la marina de guerra acaparaban la mayor parte de los jóvenes de la nobleza deseosos de palmarla como auténticos y verdaderos héroes germanos. Recordemos que, por ejemplo, el archifamoso freiherr Von Richthofen era rittmeister de un regimiento de ulanos, y siempre lució su uniforme con dos hileras de botones aunque trocase su corcel de carne y hueso por un Pegaso de madera y tela. El resto- suboficiales, clases y tropa- procedían de los quintos que, por razones obvias, eran seleccionados entre los hombres criados en ambientes rurales porque los capitalinos no sabían ni por qué lado del caballo había que auparse, con lo que se ahorraban tiempo de adiestramiento. La edad para ingresar a filas era a partir de los 20 años y la duración del servicio de tres, o sea, uno más que en cualquier otra arma o cuerpo. El motivo era evidente: el período de adiestramiento de un jinete era superior al de un infante o un artillero, por lo que su aprovechamiento debía extenderse para que fuese rentable. Tras licenciarse quedaba agregado durante otros cuatro años en la reserva, y finalmente eran incluidos en el Landwehr que le correspondiese hasta los 45 años.

Un jinete alemán hacia 1917. Como vemos, ya no lleva espada,
y la funda de la carabina ha sido eliminada
Cuando empezó la fiesta, la caballería tenía asignado un protagonismo de primera clase en el Plan Schlieffen. Basándose en su potencia y movilidad, su misión consistía en flanquear por el ala izquierda al ejército gabacho penetrando por Bélgica con la intervención de cuatro Höerer Kavallerie-Kommandeur. Lo malo es que cuando el sesudo Alfred, graf Von Schlieffen trazó su minucioso plan para barrer del mapa a los odiados y odiosos gabachos aún no se concebía que la guerra tradicional estaba a punto de pasar a la historia. De hecho, Schlieffen palmó año y medio ante de empezar la guerra, así que solo podía transmitir cambios en su plan invocando su belicoso espíritu con una ouija de esas que aún estaban por inventar. Las acciones de guerra de la caballería como tal fueron menguando a medida que avanzaba el tiempo, y al decir avanzar el tiempo hablamos de meses. Poco a poco, tal como ocurrió con la caballería gabacha, los gallardos jinetes fueron apeados de sus pencos, les plantaron en el cráneo un casco que no tenía nada que ver con sus elegantes tocados de coraceros, ulanos y húsares, y los metieron en zanjas fangosas a pegar tiros. El resto, cada vez menos, fueron destinados a misiones de exploración, mensajería, vigilancia en la retaguardia, conducción de prisioneros y, en resumen, nada que ver con eso de pinchar enemigos con sus magníficas lanzas.

Un regimiento de coraceros parte hacia el frente en agosto
de 1914 jaleados por la multitud, que los animaba a convertir
a los gabachos en brochetas. No habría muchas más despedidas
similares, y los caballos acabarían en muchos casos en las
cocinas de los regimientos para suplir la falta de carne
En fin, los jinetes tedescos sufrieron el mismo destino de sus colegas de otros ejércitos. No obstante, se resistieron heroicamente a pasar a la historia por mucha artillería y muchas ametralladoras que se desplegaran en los campos de batalla, y en la siguiente matanza mundial aún tuvieron ocasión de probar su valor en no pocas ocasiones. Pero la caballería ya estaba condenada a la extinción. Para curar a un caballo hace falta un veterinario, mientras que para reparar un camión solo hace falta un manitas si la avería no es muy chunga. Un caballo necesita forraje, grano y cuidados, y un vehículo se conforma con gasofa y echarle aceite de vez en cuando. En fin, que los animales ya iban sobrando, y tardaron en desaparecer de los ejércitos el tiempo que tardó la tecnología en buscarles un sustituto.

Hale, he dicho

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jueves, 13 de septiembre de 2018

Tropas obsoletas de la Gran Guerra. Dragones franceses


Destacamento de dragones del ejército francés cruzando una población belga a comienzos de la guerra

Dragones de finales del siglo XIX dedicados a sus prácticas cotidianas
con el sable y la lanza
Hace unos meses iniciamos una serie de entradas dedicadas a las tropas obsoletas que combatieron en la Gran Guerra, sin haberse enterado al parecer de que los tiempos en que las guerras eran gloriosas y el personal siempre palmaba casi sin enterarse de un aséptico tiro en el corazón habían pasado a la historia para siempre jamás. Como vimos en dicha entrada, los brillantes regimientos de coraceros marcharon al frente dando por sentado que los malvados tedescos saldrían echando leches con solo atisbar en la distancia el fulgor de sus corazas y sus cascos bruñidos destelleando al sol matutino. Pero los tedescos no solo no salieron echando leches, sino que hicieron uso de sus más de 12.000 ametralladoras para convencerlos de que se bajaran de sus gallardos pencos, se despojaran de sus suntuosas armas y se enterraran en las asquerosas trincheras llenas de fango y ratas, como todo el mundo. Aquello supuso un trauma gordísimo  para los gabachos (Dios maldiga al enano corso), que jamás podían imaginar que las grandilocuentes arengas de sus mandamases eran más falsas que las promesas de un político, y que ya nadie se batiría en retirada por muy guapos que acudiesen al campo del honor. Incomprensiblemente, la lección que debían haber aprendido en la breve pero intensa guerra Franco-Prusiana debería haberles hecho prever que las cosas estaban cambiando a una velocidad inquietante, pero ellos seguían en sus trece con sus corazas bruñidas, sus vistosos uniformes pantalones rojos incluidos y sus cascos como los que se usaban en tiempos del tiránico enano pichicorto. En resumen, estaban más trasnochados que Drácula. Y no solo conservaban sus regimientos de coraceros, sino también de húsares, cazadores y, por supuesto, dragones, que son de los que hablaremos hoy.

Dragón de la Guardia Imperial del enano. Obsérvese
que por aquella época no usaban sable, sino la espada
mod. Año XII la caballería de línea. Así mismo, en vez
de tercerola porta un fusil Año IX como el de
la infantería más su bayoneta para combatir a pie
Grosso modo, los dragones eran, por decirlo de una forma simple y sin complicaciones, infantería a caballo. Su origen, que se remontaba al siglo XVII- algunos autores lo adelantan al siglo XVI- se debió simplemente a la necesidad de desplazar unidades de infantería con la máxima rapidez posible a los puntos en que era necesario apoyar a las tropas que mostraban síntomas de empezar a flaquear. Así pues, cuando el enlace del mandamás les hacía llegar la orden, montaban en sus pencos y salían a toda pastilla a echar una mano al regimiento tal o al batallón cual, porque desde la colina donde el jefe atisbaba el panorama se veía claramente que serían arrollados de un momento a otro. La llegada de tropas de refresco no solo podía servir para rechazar a los enemigos, sino para hacer subir la decaída moral de sus compañeros, que veían que no los dejaban tirados. Pero los dragones no se limitaban a actuar como refuerzos y, una vez consolidada la posición, largarse con viento fresco sino que, llegado el caso y si lograban poner al enemigo en fuga, explotar el éxito y, aupándose en sus caballos, echar mano a la espada y perseguirlos para acuchillarlos bonitamente y que no dieran más guerra o, si era necesario, incluso cargar contra la infantería enemiga como cualquier unidad de caballería.

De arriba abajo: modelo 1807, modelo 1812 y modelo 1823
En tiempos del enano se habían convertido en una caballería ligera con misiones similares a los húsares, pero con la salvedad de que, además de la espada y el fusil con que iban armados, a cuatro regimientos de dragones se les añadió una lanza con lo mirada puesta en Rusia, donde su Grande Armée de saqueadores de tumbas y violadores de monjas no tenía tropas adecuadas para ofender a los fieros cosacos. El arma entregada inicialmente era la lanza modelo 1807, destinada en realidad a los lanceros polacos al servicio del enano. Era un lanza provista de una moharra de 25,5 cm. de largo y de sección cruciforme con un tope en su base con forma de champiñón para impedir una penetración excesiva, pero fue sustituida en 1812 por un modelo un poco más corto pero más pesado que superaba los 3,2 kg y una moharra de 21 cm. Como dicho modelo no acababa de convencer al personal, en 1823 se diseñó un nuevo modelo más corto y ligero con una moharra de sección triangular de solo 12,7 cm. de longitud, pero con unas barretas de enmangue mucho más largas para proteger el asta de los tajos de las armas enemigas. 


Dragón de finales del siglo XIX. En la mano
lleva la lanza modelo 1890 con asta de bambú
Finalmente, hacia el último cuarto del siglo XIX la tendencia era fabricar las astas de bambú macho, mucho más resistente y flexible que las maderas tradicionales, pero las dificultades para disponer del dichoso bambú alargaron la implantación de dicho modelo hasta nada menos que 1890. En este caso, su moharra de 15 cm. volvía a recuperar la forma cuadrangular de sus antecesoras pero, como ya sabemos, el bambú no se puede perforar para introducir remaches, por lo que dicha moharra estaba atornillada a un cubo de enmangue provisto de un pequeño tope de forma discoidal y los botones para sujetar la banderola. No obstante, y ante la permanente dificultad para obtener el bambú necesario para dotar a sus brillantes regimientos de caballería, a los gabachos no les quedó más remedio que optar por algo tan vulgar y chabacano como el acero, que sus ancestrales enemigos, los malvados prusianos y los españoles anclados en la Edad Media y el Santo Oficio ya usaban. Así pues, llorando amargamente porque las lanzas de bambú eran muchísimo más elegantes, no les quedó más remedio que diseñar un nuevo modelo cuya asta estaba fabricada con tubo sin soldadura y armada con una moharra de sección triangular de apenas 12,4 cm. de largo, quizás con la caballerosa intención de hacer poca pupa al enemigo. Al final de la misma llevaba un disco de tope como su elegante antecesora y, por aquello de darle un toque de distinción, la empuñadura consistía en una envuelta o funda de cuero en cuya parte superior tenía una anilla para abrochar en la misma el porta-lanza. En la foto inferior podemos ver el modelo 1913 en toda su extensión de 297 cm.  Su peso era de 2,17 kilos y la fabricaba la Manufactura d'Armes de Châtellerault. No obstante, y a pesar de su aspecto más bien birrioso, algunos la consideraban como un arma temible si se sabía manejar. Sea como fuere, lo cierto es que se dejó de fabricar en 1915, y el resto de la contienda transcurrió con las unidades servidas hasta la fecha.


En el detalle podemos ver claramente la moharra de este modelo. La eficacia del disco tope fue rápidamente cuestionada
por su pequeño tamaño, que de poco servía ante el empuje de un caballo lanzado al galope


Foto tomada en París el 4 de agosto de 1914, apenas comenzada la fiesta. En
la misma vemos un escuadrón de dragones camino del frente luciendo su
anacrónico aspecto. Cuatro regimientos estaban acantonados en la capital
Bien, la cuestión es que, como hemos visto en este largo introito, a partir de los conflictos del enano corso con el resto del planeta se acabó por armar a los dragones con lanzas, teniendo en ellos una herramienta todo uso para desempeñar cualquier cometido en el campo de batalla: cargas convencionales, misiones de exploración, escolta, escaramuceo, apoyo a otras unidades de infantería combatiendo tanto a pie como a caballo y persecución del enemigo. Y así llegamos al pacífico y apacible siglo XX, con los gabachos pensando que las guerras seguían siendo unos debates un tanto exaltados entre dos bandos pero, eso sí, manteniendo la caballerosidad en todo momento y, por supuesto, no desperdiciando la ocasión para deslumbrar a las damas con sus vistosos uniformes, con cascos bruñidos, charreteras de hilo de oro o plata y hebillas y botonaduras de latón que destellaban a kilómetros de distancia.


Curiosa postal coloreada que muestra la sección de ametralladoras de un
regimiento de dragones haciendo prácticas de tiro. Se hace un tanto extraño
ver a unos probos ciudadanos vestidos como sus bisabuelos en
Waterloo manejando armamento moderno
Al estallar la contienda, el ejército gabacho disponía de la, en teoría, mejor y más nutrida caballería de los ejércitos en liza. En el caso que nos ocupa, nada menos que 32 regimientos de dragones distribuidos en distintas divisiones de caballería. Debido al problema con las lanzas de bambú, de los 32 regimientos solo seis estaban equipados con el modelo 1890, mientras que los 26 restantes usaban el nuevo modelo 1913 de acero. Cada división estaba formada por tres brigadas que, por lo general, combinaban unidades de dragones y coraceros salvo en el caso de las divisiones 2ª, 5ª, 8ª y 10ª, cuyos efectivos eran enteramente de dragones. Una brigada estaba formada a su vez por dos regimientos más una sección de ametralladoras. Además, cada división contaba con su propia brigada de artillería formada por dos baterías, un grupo ciclista formado por tres secciones de cazadores y una de ingenieros y, finalmente, un destacamento de comunicaciones. 


Patrulla de dragones explorando en busca de enemigos. Esta foto nos permite apreciar el aspecto del casco con la
funda protectora. Por detrás asoma el penacho de crin. En este caso van desprovistos de lanzas

En cuanto al resto del armamento podemos verlo a la izquierda. Aparte de la dichosa lanza, lo componían el sable de caballería ligera modelo 1822 que, como vemos, tenía ya casi un siglo a cuestas y aún estaría en servicio varios años más. Como todas las armas blancas del ejército francés, además de bonita y elegante era sólida y bastante eficiente. A su guarnición de bronce se añadía una hoja levemente curvada de 93 cm. de largo y 3,1 cm. de ancho. A partir de 1840 se le añadió un guardapolvo de piel de búfalo. La vaina, fabricada de acero niquelado, disponía de una única anilla para prenderla tanto del fiador como de la silla, tal como vemos en la foto, mediante un gancho. Para evitar destellos y un excesivo deterioro de la misma se protegía con una funda de cuero color avellana. Y como arma de fuego, la misma carabina de caballería Berthier modelo 1892 calibre 8×50R Lebel que ya vimos en la entrada dedicada a los coraceros, pero lógicamente sin el rebaje que hubo que hacerle en la culata para disparar con la coraza puesta. A eso, añadirle la bayoneta que vemos debajo de la carabina para cuando había que pringarse como la infantería. Se trata del modelo 1892, una robusta arma provista de una hoja de 40 cm. con anchas acanaladuras y el galluelo habitual en muchas de las bayonetas de su época. Para los que lo desconozcan, el galluelo servía para trabar y, llegado el caso, partir la hoja de la bayoneta enemiga durante el cuerpo a cuerpo. Eso de que era para hacer de tope y no pringar de sangre el cañón es la enésima chorrada más falsa que el curriculum de un político. La longitud total del la misma era de 51,4 cm. Los cornetas y oficiales usaban el revólver modelo 1892 en lugar de la carabina.


Patrulla de dragones escoltando prisioneros de guerra a retaguardia, una de las labores habituales de este tipo de tropas.
La foto debió tomarse en las primeras semanas de la guerra ya que, según podemos observar, aún conservan las hombreras
trenzadas y los distintivos de las mangas muy vistosos


Como vemos, no iban precisamente desarmados al combate si bien pronto tuvieron que comprobar que los tiempos de los sables y las lanzas estaban quedando obsoletos a una velocidad preocupante, para no hablar del resto del equipo, que estaba más anticuado que los pantalones de campana. A la derecha vemos el casco modelo 1874 que, en aquel momento, era el mismo para coraceros y dragones. En la foto A lo podemos ver sin los aditamentos propios que tanto contribuían a darle realce: el penacho sobre la cresta de la foto B y el plumero que se colocaba en el portaplumas situado en el lado izquierdo. Dicho plumero (foto C) era escarlata excepto para el coronel del regimiento, que usaba plumas blancas de garza, el personal del cuartel general, que lo llevaban tricolor, y los músicos, en cuyo caso era de color rojo y blanco. Como vemos en la imagen, se fijaba al casco mediante un clip a presión de forma que podía colocarse para paradas y demás eventos militares, eliminándose a la hora de irse a pegar tiros. El penacho del crestón fue definitivamente eliminado. Solo permaneció inalterable la larga crin de caballo que pendía de dicho crestón y que asomaba por un agujero practicado en la cubierta de tela de la foto D, puesta en servicio en 1901 más que nada para preservar el casco del deterioro propio del uso cotidiano. Además de la color caqui que vemos en la imagen se fabricó una en azul oscuro. Con todo, ya en tiempos del enano se fabricaron cubiertas protectoras de este tipo con el mismo fin salvo que, durante la Gran Guerra, su uso se hizo obligatorio al revés, o sea, se quitaba cuando se estaba en retaguardia y se ponía cuando se marchaban al frente porque un casco semejante se convertiría en objetivo de los tiradores enemigos nada más presentarse en las trincheras. Aparte de todo lo comentado, el interior tenía la típica guarnición de cuero formada por siete lengüetas que se regulaban de la forma tradicional mediante un cordón. El ala que cubría la nuca también estaba forrada de cuero en su interior.


El uniforme era igualmente anacrónico porque a la guerra había que ir vestido como Dios manda. De izquierda a derecha vemos en primer lugar el uniforme de tropa y suboficiales que constaba de guerrera azul, los consabidos pantalones rojos sin los cuales Francia dejaría de existir y botas de montar. Del cinturón pende una cartuchera para la munición de la carabina, que, como recordaremos, se alimentaba con peines de tres cartuchos. La correa que cruza el pecho era para la cantimplora, y el casco va cubierto con la funda protectora. El fulano del centro pertenece al grupo ciclista que, como no tenía penco en el que cargar los chismes, tenía que llevar un macuto y el capote enrollado cruzándole el pecho. En vez de botas de montar lleva calcetines altos y botas de media caña, y la cabeza se la cubre con un gorro cuartelero. Finalmente, a la derecha vemos a un dragón con su elegante capote con esclavina prácticamente igual que el que se usaba en tiempos del enano. La tradición y la elegancia ante todo, qué carajo...


Escuadrón de dragones cruzando una población, obviamente en retaguardia ya que tanto los oficiales como la tropa lleva
el plumero lateral en el casco y las charreteras en los hombros. Había que dar buena imagen ante el paisanaje, supongo...

Los oficiales vestían de forma similar pero variaba el color de la guerrera, que en este caso era negra. A la derecha podemos ver en primer lugar a un capitán con uniforme de diario que, en este caso, sí lleva el plumero lateral en el casco ya que no había peligro de que le volasen los sesos ante una referencia de tiro tan vistosa. En los hombros lleva las tradicionales charreteras a las que tan aficionados han sido siempre los gabachos- aún las usan en desfiles y demás saros-. El de la derecha es un ayudante que, en vez de botas, calza unas polainas. La ilustración nos permite además apreciar la apariencia de la vaina del sable con su cubierta de cuero y los correajes que, así como la funda de la pistola, eran de cuero bruñido y teñido de negro. Como prenda de cabeza alternativa podían usar un gorro cuartelero o un quepis, si bien a la vista del escalofriante número de bajas producidas en las trincheras por heridas en la cabeza se dejaban de chorradas y se calaban el casco, que aunque no era tan sólido como un Adrian, al menos evitaba más de un chichón.


Naturalmente, en cuanto el personal se percató de lo desagradable que podía ser que a uno lo vieran desde la gran puñeta, se tomaron medidas drásticas para reducir al máximo la visibilidad de las tropas. En la figura izquierda podemos ver a un soldado de 1ª clase que, si lo comparamos con los anteriores, ya ha experimentado substanciosos cambios si bien estos no afectaron de forma uniforme a todas las unidades de dragones, más que nada en función del destino que tuvieran. En este caso vemos que a nuestro hombre le han quitado sus pantalones rojos que, como ya dijimos, sin ellos Francia se vaporizaría en un nanosegundo y, a cambio, le han proporcionado unos espantosos calzones de pana marrón. Las polainas han sido sustituidas por vendas y las hombreras de hilo plateado han desaparecido. Así mismo, el distintivo de rango se ha visto reducido a la mínima expresión, una pequeña barra roja terciada en la bocamanga, y los botones de latón han sido descosidos para poner en su lugar una botonadura civil de color oscuro. También el casco ha sufrido una notable modificación ya que su elegante y emblemático crestón de bronce ha sido desmontado. Estos cambios se llevaron en una época tan temprana como finales de 1914, así que podemos imaginar que las cosas no estaban para lucirse mucho en la línea del frente. En cuanto al de la derecha, se trata de un suboficial que prácticamente ya no conserva casi nada de su antiguo uniforme. Viste la guerrera azul horizonte de la infantería, los pantalones rojos que aún estaban vigentes en 1915 y sin los cuales, como era de todos sabido, Francia sería aplastada por un meteorito o algo similar, y su carabina Berthier de caballería ha sido cambiada por un fusil Lebel con su bayoneta Rosalie. Del mismo modo, el correaje es el propio de la infantería. Así fue como se uniformó a las unidades de dragones que fueron definitivamente apeadas de sus pencos, o bien cuando debían pasar largas temporadas en el frente combatiendo como infantería monda y lironda.


La inutilidad del uniforme tradicional en un campo de batalla moderno y la necesidad de unificar al máximo la indumentaria por meras cuestiones de tipo logístico y económico hizo que los dragones acabaran, tal como vemos en la foto de la derecha, con la misma indumentaria que la infantería casco incluido. Salvo las botas, que se conservaban si había que montar a caballo, el resto era igual al resto del ejército. Puede que alguno se pregunte qué sentido tenía conservar la lanza a esas alturas, y la verdad es que no tenía mucho lógica ir cargando con ese chisme salvo en caso de toparse con alguna patrulla enemiga y que se abalanzasen sobre ellos con rapidez fulgurante para convertirlos en pinchitos morunos. Lo cierto es que, a pesar de todo, las lanzas y los sables siguieron en activo hasta el final de la contienda.


Un testimonio gráfico lo tenemos en la foto de la izquierda, tomada a principios de abril de 1918. Se trata del 9º Rgto. de dragones camino a su retaguardia tras haber intervenido en Roye, en el contexto de la Operación Michael. No fue una simple escaramuza, porque en apenas quince días palmaron o fueron heridos casi medio millón de hombres, que no es moco de pavo. No obstante, en esta acción las unidades de caballería francesas combatieron como infantería aunque los vemos de vuelta con sus pencos y sus lanzas. 

En fin, criaturas, ya vemos que estas tropas obsoletas dieron guerra como pudieron o les dejaron. Pero a pesar de que la Gran Guerra supuso el fin de sus vistosos uniformes, sus gallardos jacos, sus lanzas y sus sables, muchas de estas unidades perduraron en el tiempo de la misma forma que vemos en el ejército español regimientos de caballería que, eso sí, solo les queda el nombre y las hazañas del pasado, porque van montados en carros de combate, que ciertamente son más seguros que ir paseándose por el frente en la grupa de un caballo por mucha lanza y mucho sable que se lleve encima.

Bueno, ya seguiremos con más antiguallas bélicas.

Hale, he dicho

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Tropas obsoletas de la Gran Guerra. Coraceros franceses


Debía ser desolador para tan aguerridos jinetes verse relegados a combatir en una trinchera en vez de encontrar una
muerte heroica en una gloriosa carga de caballería, pero nadie dijo que en el mundo reinase la justicia

jueves, 12 de octubre de 2017

Tropas obsoletas en la Gran Guerra. Coraceros franceses


Escuadrón de coraceros durante el último cuarto del siglo XIX. Como se puede ver, su atuendo es básicamente
el mismo que lucieron sus abuelos cuando combatieron con el enano corso (Dios lo maldiga por siempre jamás, amén)


Postal amorosa muy de moda en aquellos años
en la que un bravo dragón suspira por su amada,
que es la señorita que flota sonriente mirando
al infinito en un paisaje idílico como los que
usaban Bouguereau o Waterhouse. Obviamente,
la realidad fue muy distinta
Hace ya algún tiempo, y a raíz de las entradas dedicadas al centenario de la Gran Guerra, surgió la posibilidad de elaborar una serie de artículos acerca de las unidades totalmente desfasadas con que los ejércitos en liza comenzaron la misma. Como ya sabemos, los estados mayores mantenían un absurdo conservadurismo que cerraba casi de forma sistemática las opciones a cualquier tipo de modernización que, a la vista de lo acontecido en la Guerra Ruso-Japonesa, era más que necesaria llevar a cabo. Sin embargo, y a pesar del ambiente pre-bélico que se vivía en Europa desde los albores del siglo XX, el personal seguía en la inopia, dando por sentado que cualquier conflicto inminente se desarrollaría de forma más o menos similar a los habidos durante la segunda mitad del siglo anterior, es decir, gallardas cargas de caballería, gloriosas cargas de bayonetas entre cuadros de infantería y algún que otro cañonazo para darle un poco de morbo a la cosa. Y todo ello, naturalmente, encuadrado en hermosos paisajes con prados llenos de flores y con los caídos muriendo con una sonrisa desfallecida mientras que le piden a su cuñado que no deje de informar a su amada Rosalie, Elfriede, Jane o Antonella que ha palmado con su nombre en los labios. Naturalmente, esa era la visión de una guerra idealizada que aún primaba entre la población civil, porque los que tuvieron que vivir las matanzas producidas por el enano corso y las que tuvieron lugar posteriormente sabían que las cosas eran totalmente distintas. En todo caso, a las pocas semanas de comenzar la guerra se dieron cuenta de que no había prados floridos, que el personal se moría de formas muy desagradables y dolorosas, y que los cielos soleados y los días cálidos serían sustituidos por cielos plomizos, frío, humedad, lluvia, fango y miles de cadáveres insepultos que desprendían un hedor insoportable a kilómetros a la redonda. En fin, que la guerra había dejado de ser una aventura heroica a la que las tropas partían llenas de brío  y alegría, con flores entregadas por gentiles señoritas adornando los correajes. A cambio, se trocó en un apocalipsis muy, pero que muy irritante.


Regimiento de coraceros partiendo hacia el frente en París, muy contentitos ellos por ser despedidos por hermosas
damiselas que los contemplan como si fueran el caballero Bayardo. En menos de dos meses se les borró la sonrisa
de sus mostachudas jetas cuando vieron el desolador panorama que se presentaba ante ellos

Fotografía coloreada que muestra a varios artilleros durante la Guerra
Franco-Prusiana vistiendo sus amados pantalones rojos
Obviamente, esta inesperada forma de guerra cogió a los estados mayores con el paso cambiado, y no tuvieron que pasar muchas semanas para darse cuenta de que algunos sus brillantes regimientos estaban más trasnochados que Drácula, costaban un pastizal mantenerlos y, lo que era peor, no servían prácticamente para otra cosa que explorar, llevar a cabo misiones de enlace, escolta de prisioneros, vigilancia y poco más. De todo el amplio surtido de tropas obsoletas he decidido comenzar por las de los gabachos (Dios maldiga al enano corso), pero no porque me caigan especialmente mal, que me caen, sino porque son indudablemente la más preclara muestra del más pertinaz inmovilismo. A título de curiosidad y para hacernos una idea, recordemos la historia de los famosos pantalones rojos que el ejército francés vestía desde 1829. El origen de esta prenda no tenía mucho que ver con dar más vistosidad a sus uniformes, que ya de por sí lo eran desde mucho antes, sino para potenciar la industria del tinte, concretamente el obtenido de la raíz de la rubia roja (rubia tinctorum) para hacer la competencia a los british, que eran los que cortaban el bacalao en esas cuestiones por aquella época. 

Degradación pública del capitán Alfred Dreyfus antes de ser
enviado a hacer puñetas a la isla del Diablo. Su espinoso
proceso supuso un gran revulsivo tanto en la sociedad como
el ejército francés
A principios del siglo XX estaba ya más que claro que el alcance de las armas que disparaban munición con pólvora nitrocelulósica hacían cada vez más peligroso vestir uniformes especialmente vistosos, por lo que todos los países europeos empezaron a eliminar los colores vivos por otros más adecuados para pasar lo más desapercibidos posible en el campo de batalla. Sin embargo, el ejército francés fue desechando todas las propuestas que se hicieron en base a que los colores ofrecidos siempre tenían parecido con el de tal o cual ejército, así que siguieron con sus puñeteros pantalones rojos. El tema de la uniformidad llegó incluso a convertirse en una cuestión política a raíz del caso Dreyfus, que fue acusado de traición y enviado a la isla del Diablo en 1899 tras un farragoso proceso que enfrentó a la opinión pública con las altas esferas del ejército por su evidente manipulación de los hechos y su anti-semitismo desaforado (Dreyfus era judío). Fruto de estas disputas entre los partidos de derechas, que apoyaban al ejército, y los de izquierdas, que eran anti-militaristas, surgieron las opiniones más disparatadas, como la propalada por el diario Echo de París, que insistía en que suprimir los pantalones rojos era un complot urdido por los masones, o la exaltada afirmación de Eugène Etienne, ministro de Guerra en 1913, que es una muestra palmaria del pensamiento de la época:

-¿Suprimir los pantalones rojos? ¡Nunca! ¡Los pantalones rojos son Francia!

Coracero vigilando carabina en mano. Un blanco perfecto
para un francotirador
Increíble, ¿no? O sea, que la esencia de la nación se resumía en el color de los pantalones, y eso que su predecesor, Adolphe Messymi, había asegurado apenas dos años antes que "aquella absurda obcecación por mantener colores vistosos tendría crueles consecuencias", lo cual no solo era bastante sensato, sino que además debió ser tenido en cuenta ya que Messymi, además de político, había sido militar, o sea, que sabía de lo que hablaba. En cualquier caso, la cuestión es que los pantalones rojos entraron en combate a pesar de que en agosto de 1914 ya decidieron cambiar el color de los uniformes por el azul horizonte que todos conocemos, si bien no fue hasta abril de 1915 cuando se ordenó distribuirlos de forma generalizada. 



Bien, creo que con este introito ya nos podemos hacer una clara idea de la mentalidad de los gabachos que, a aquellas alturas, aún seguían viviendo de las glorias napoleónicas a pesar de la contundente derrota que les infligieron los prusianos en 1870, y eso que partieron al frente con sus emblemáticos y patrióticos pantalones rojos para palmar como héroes. En la ilustración de la derecha podemos ver la indumentaria de las tropas de infantería del ejército francés a comienzos de la guerra. De izquierda a derecha tenemos un soldado de la infantería regular, uno de infantería de montaña, un zuavo- unas tropas de origen colonial que databan del siglo anterior-, y un legionario cuyo uniforme solo se diferencia del de la infantería regular en el típico fajín propio de estas unidades. 

Sin embargo, donde era más evidente la obsolescencia de este ejército no estaba en los dichosos pantalones, sino en la gran cantidad de unidades de caballería que debían echar mucho de menos al enano corso y que, además, conservaban una indumentaria prácticamente igual a la de un siglo antes. Es más que evidente que en los desfiles molarían una bestialidad, pero a la hora de sumergirse en la vorágine de la guerra moderna no tenían mucha razón de ser. Veamos sus efectivos y demás detalles...


Coraceros



Coracero francés en 1914. Obsérvese que lleva la espada en el lado
derecho de la silla, dejando el izquierdo para la funda de la carabina.
Debido a la coraza no les resultaba cómodo portarla en bandolera a
la espalda, como era habitual en las tropas a caballo. No obstante,
se ven fotos en que llevaban las armas invertidas, o sea, la espada
en su posición tradicional, a la izquierda, y la carabina a la derecha.
Igual es que eran zurdos, digo yo...
La joya de la corona de la caballería gabacha que tantos triunfos dio al enano seguía en la brecha, y hasta conservaban sus corazas y sus elegantes cascos en combate. Los coraceros franceses eran en aquella época los únicos que mantenían la coraza para el servicio activo, mientras que habían sido desechadas por las unidades similares de otras naciones porque, a aquellas alturas, estaba muy claro que no servían de nada ante una bala de fusil moderno. A comienzos del conflicto permanecían en activo 12 regimientos que a su vez estaban encuadrados en brigadas de dos regimientos cada una, y estas distribuidas a su vez en seis divisiones de caballería, la 1ª, la 3ª, la 4ª, la 6º, la 7ª y la 9ª. En noviembre de 1914 y a la vista de como estaba el patio, se formaron los denominados Grupos Ligeros con efectivos de estos regimientos y el añadido de compañías de ciclistas que, en la práctica, no eran más que infantería monda y lironda. De hecho, acabaron denominándolos como coraceros a pie, siendo despojados de sus elegantes uniformes para vestirlos como infantes corrientes y molientes. En 1916, los últimos seis regimientos que aún conservaban sus briosos pencos fueron descabalgados, y mientras que a los jinetes los reciclaban en infantería a sus monturas los enviaron a tirar de cañones, que era un oficio indigno para tan gallardos corceles. 


Destacamento de coraceros escoltando camino de la retaguardia a un contingente de prisioneros alemanes. Este era
uno de los escasos cometidos que podían llevar a cabo sin que los tedescos los barrieran del mapa  con sus Maxims

Como vemos en la ilustración anterior, poco se diferencian de sus abuelos napoleónicos salvo en el arma larga, en este caso una carabina Berthier modelo 1890 como la que vemos en la foto de la derecha, un arma de calibre 8x50R con capacidad para peines de tres cartuchos. Esta carabina, por la escasa longitud del cañón que sobresalía de la caja, no podía montar la bayoneta que, además, era irrelevante para tropas que combatían a caballo y de forma muy circunstancial echando pie a tierra. Para facilitar su manejo con el casco puesto se le había eliminado el montecarlo (la carrillera de la culata donde se apoya la cara) ya que el barbuquejo formado por una correa de cuero forrada de escamas de bronce no permitía apoyar la mejilla según vemos en la foto superior, y se le añadió una cantonera de cuero en lugar de las habituales de acero para impedir que resbalase por la pulida superficie de la coraza. Por lo demás, era un arma robusta, bien concebida y, por buscarle un defecto, mencionaremos su escasa capacidad de carga que fue aumentada en versiones posteriores hasta los 5 cartuchos, si bien en este caso fueron destinadas a artilleros, gendarmes, etc. Los oficiales, suboficiales, cornetas y servidores de ametralladoras estaban armados con el revólver Lebel modelo 1892.


En cuanto a la espada, era una versión del antiguo modelo Año XI puesta en servicio en 1854. Como todas las espadas de la caballería gabacha, era un arma soberbia, de aspecto impresionante, provista de dos generosas acanaladuras en su hoja de 92 cm. de largo. Básicamente era la misma arma que la del Año XI solo que con la hoja 5 cm. más corta.


Abanderado de un regimiento rodeado por su escolta. Como vemos, el penacho lateral de los cascos ya no se usaba

En cuanto al uniforme, estaba basado en cánones similares al usado en tiempos del enano. Lo más significativo fue la sustitución de los calzones de piel blanca por otros de tela roja, así como la eliminación de las botas altas por unas polainas que permitían no tener que cambiar de calzado para llevar a cabo las labores cuarteleras, bastando con despojarse de las mismas para quedarse con unos botines de media caña más cómodos y adecuados para esos menesteres. Por otro lado, el forro de la coraza, que como vimos en la entrada dedicada a los coraceros formaba parte de la misma, se cambió por una especie de jubón de piel con las bocamangas, el cuello y la cinturilla rojos. Y como ir provistos de aditamentos bruñidos que eran visibles a mucha distancia no era nada recomendable, pues se proveyó al personal de unas fundas de tela caqui para los cascos que permitían mantener fuera el penacho de crin típico de estas unidades. En cuanto a las corazas, a la vista del peligro que representaba su meticuloso bruñido, las mismas tropas optaron por dejar de pulirlas y, en algunos casos, incluso llegaron a cubrirlas con una arpillera o con unos chalecos acolchados. Por último, se les añadió una cartuchera para 30 cartuchos que iba sujeta al cinturón de la coraza. En la ilustración superior podemos ver el aspecto de las prendas mencionadas.


Regimiento de coraceros durante un descanso. Podemos ver como los hombres que se han despojado de sus corazas
llevan el jubón sobre la guerrera, así como los gorros cuarteleros en sustitución de los cascos de acero que descansan
sobre las corazas que vemos en el suelo. El suboficial que aparece en el centro nos permite ver el aspecto general del uniforme con todos sus aditamentos incluyendo las tradicionales charreteras rojas. Demasiado elegantes para
una guerra moderna, ¿no?

Las corazas también experimentaron algunos cambios si bien con el mero fin de simplificar su producción y abaratarlas. El modelo resultante fue el 1891 que vemos a la derecha que, básicamente, había perdido los remaches que adornaban todo el contorno, quedando estos reducidos a la mínima expresión. El cinturón, que falta en el ejemplar de la foto, era de cuero negro en vez del blanco usado en tiempos del enano, y el perfil del peto era más anguloso para desviar con más facilidad las bayonetas y los proyectiles enemigos, si bien en aquellos tiempos eso era ya irrelevante como no fuera una bala perdida que venía dando tumbos desde dos o tres kilómetros. Del mismo modo, las bolas de los metralleros o los cascos de metralla de la artillería la atravesaban como mantequilla, así que no tardaron mucho en mandar a paseo tan ancestral aditamento porque, simplemente, tenían la misma utilidad que un político en el congreso. No obstante, a pesar de que las tropas dejaron de usarlas por ser más un engorro que otra cosa, no fueron oficialmente dadas de baja hasta octubre de 1915.


Grupo de coraceros. Obsérvense las pequeñas cartucheras para la mínima dotación de cartuchos de que disponían.
Se daba por hecho que el empleo de las armas de fuego sería circunstancial. Se pueden apreciar también con bastante
claridad las polainas que sustituyeron a las tradicionales botas altas

Dos coraceros ayudando a un camarada herido a comienzos
de la guerra. La coraza no debió detener la bala ya que se la
están quitando para curarle la herida
En fin, así es como desaparecieron estas famosas unidades que fueron el terror de los campos de batalla durante décadas. Como es evidente, debieron ser suprimidos muchos años antes y dedicar sus efectivos y sus costosos equipos a fines más prácticos, pero ya hemos visto sobradamente que la mentalidad de los milites de aquellos tiempos no estaba por la innovación. Pero los gabachos no solo entraron en guerra con este tipo de tropas obsoletas, sino con bastantes más que veremos en otra entrada, así que hasta aquí llegamos por hoy.





Hale, he dicho

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Coraceros
Coraceros 2ª parte. Las corazas
Coraceros 3ª parte. Espadas


Aunque la imagen parece corresponder a otra época, es de 1914