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jueves, 21 de enero de 2021

TRAMPAS PARA BOBOS. ESTACAS PUNJI

 

Dos sonrientes charlies plantando mogollón de estacas a la espera de que algún yankee despistado le de por pasearse por ahí. Eran efectivas y no costaban un duro, o sea, el arma cuasi perfecta

Si alguna vez nos preguntan por el paradigma de la ley del máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo o costo, sin lugar a dudas debemos responder que son las estacas punji. Mientras que los yankees tenían que invertir literalmente millones de dólares en liquidar a un probo vietcong canijo y su bicicleta mohosa que circulaba por la Ruta Ho Chi Minh, ese mismo probo vietcong podía mandar al hospital una temporada, cuando no directamente a la fosa, a un probo imperialista yankee con un puñado de cañas de bambú que no le habían costado más que el trabajo de sacarle punta. Y a eso, sumarle el devastador efecto psicológico que ejercía sobre los compadres del yankee el oír a este berreando como gorrino en día de matanza y viendo como una o varias estacas ensangrentadas sobresalían de sus botas o sus pantalones. Colijo que si a la mayoría nos da bastante repeluco que nos pongan una inyección en el culete, pues que te claven un palo en cualquier punto de la anatomía debe dar mucho más repullo, y más de uno preferiría recibir un disparo antes que verse como Drácula al final de la peli o con una bayoneta en la barriga. 

Trampa de pozo para lobos localizada en Baviera

En realidad, eso de cavar un pozo y llenarlo de palos afilados es de mucho antes de los tiempos de Noé. Algún HOMO SAPIENS tuvo la ocurrencia para no tener que jugarse el pellejo a la hora de cazar a un poderoso búfalo o incluso a un fiero oso, cuya carne es al parecer muy sabrosa. Bastaba con preparar la trampa y, haciendo mucho jaleo y tal, obligar a animal a encaminarse por un determinado sendero donde lo esperaba el pozo mortal. Cuando caía, su propio peso lo empalaba en las estacas, y solo había que rematarlo a lanzazos y pedradas o, simplemente, esperar a que palmara desangrado. Cabe suponer que no debió pasar mucho tiempo hasta que los humanos se percataran de que estos pozos también tenían uso militar, en aquella época limitados a conflictos tribales por el control de un determinado territorio o, posiblemente, incluso para defender la entrada de la cueva de la inopinada visita de algún cuñado que, atraído por el penetrante aroma de una chuleta de mamut a la brasa, intentaba colarse a gorronear un poco.

Haciendo acopio de planchas erizadas de piquetas de hierro

Sea como fuere, lo cierto es que eso de preparar trampas ocultas con porquerías punzantes dentro se convirtió en costumbre hasta que en Europa, más evolucionados en la cosa bélica que el resto del mundo, empezaron a matarse a nivel industrial con armas más sofisticadas y con estrategias que permitían obviar viles artimañas. Además, a la vista de la magnitud de los ejércitos que empezaron a moverse en el continente, cavar un pozo con capacidad para toda una hueste era un poco complicado, así que se dejaron de lado. Sin embargo, en Asia y África se siguieron empleando estas trampas si bien con fines venatorios, lo que no era óbice para desecharlas cuando había que hacer ver al vecino que su visita no era bien recibida, y se le instaba a que se largase por donde había venido. Estas trampas serían las abuelas de las tristemente célebres estacas punji que tanto dieron que hablar y tantas suelas agujerearon en el interminable conflicto de Indochina y, tras darle las del tigre a los gabachos (Dios maldiga al enano corso), Vietnam, donde le dieron también las del tigre a los imperialistas yankees autoproclamados líderes del mundo libre por haber ayudado a mandar a hacer gárgaras al ciudadano Adolf apenas 20 años antes.

Prisioneros gabachos tras la humillante derrota de Dien Bien Phu,
librada entre marzo y mayo de 1954. Se les trasladó a los campos
de prisioneros situados en la frontera china, a más de 600 km. de distancia,
en un paseo de 40 días de duración. Muchos se quedaron en el camino

Bien, dicho esto imagino que ya nadie tendrá dudas acerca del origen de estas cruentas trampas pero, ¿de dónde salió eso de punji? Como no podía ser menos, hay varias teorías. Una afirma que lo tomaron los british (Dios maldiga a Nelson) hacia 1872, siendo un término originario del tibetano-birmano con el que designaban a las cañas de bambú con que los nativos de Bengala sembraban los pozos para cazar tigres y demás fieras. Otra afirma que las usaron los kachin, un pueblo vecino de Birmania, pero no contra los tigres, sino contra los british. Sea como fuere, lo cierto es que punji era el nombre que le daban a las cañas de bambú afiladas para ser usadas como trampa, y que el palabro fue importado por los hijos de la Gran Bretaña, que para eso fueron los primeros europeos en conocerlas. Por otro lado, los que las sufrieron en sus propias carnes antes que nadie no fueron los yankees, sino los gabachos, como ya comentamos más arriba.

Desembarco de los yankees en Da Nang el 8 de marzo de 1965. Lo
último que imaginarían era que una década más tarde tendrían que salir
de allí por patas a pesar de su abrumador poder militar

Aunque la popularización de estas trampas para bobos fue obra de los primeros, lo cierto es que los segundos ya tuvieron ocasión de comprobar lo desagradables que eran durante el conflicto que, entre 1946 y 1954, mantuvieron con la otrora apacible colonia de Extremo Oriente convertida en un avispero comunista. Indochina, que comprendía Laos, Camboya y Vietnam, fue el penúltimo reducto colonial francés, y tras ocho años de cruenta guerra optaron por largarse en buena hora porque aquello no valía la sangre y el dinero que llevaba costado, y con Ho Chi Minh y sus muchachos a un paso de sus aliados chinos y soviéticos estaba claro que tenían ya poco futuro por aquellos lares por mucho que insistieran en que Saigón era el París del Lejano Oriente. La llegada de los sobrinos del tío Sam para poner freno a la expansión comunista por aquellos lares obligó al Vietcong a recurrir a todo lo imaginable para hacerles frente ante la descomunal diferencia de capacidad tecnológica y militar, así que las ancestrales estacas retomaron un siniestro protagonismo en el momento en que los yankees, chorreando seguridad en sí mismos por ser los líderes del mundo libre y tal, empezaron a caer en las trampas tendidas por los malvados esbirros del comunismo y verse agujereados por simples palos. Aquel ardid tan básico empezó a poner de los nervios al personal, porque cuando patrullaban por la jungla no sabían si el paso siguiente sería el paso que les conduciría del Más Acá al Más Allá o, en el mejor de los casos, al hospital con uno o varios agujeros en sus pellejos. En fin, ya vale de introito y vamos al grano de una vez...

En primer lugar debemos desechar dos tópicos, a saber: durante el conflicto, el término "punji stick", estaca punji en cristiano, fue más generalista. Ya no solo eran cañas de bambú afiladas y con la punta endurecida con fuego (foto 1), sino también simples palos igualmente afilados y endurecidos (foto 2), así como finas piquetas de hierro armadas con un arponcillo en el extremo para dificultar, cuando no imposibilitar, su extracción (foto 3). Según el tipo de trampa se usaban indistintamente unos u otros, o incluso combinaciones de ellos según se aprecia en algunas fotos de trampas descubiertas a tiempo por los yankees. Y para aumentar sus nocivos efectos tanto en los organismos como en las psiques del personal, embadurnaban las estacas con heces humanas, estiércol y, en un alarde de sádico refinamiento, mierda de cuñado, la más letal de todas. El otro tópico desechable es que el Vietcong poco menos que había sembrado todo Vietnam del Sur con sus trampas para bobos, pero lo cierto es que estaban distribuidas de forma muy específica y con bastante mala leche, aprovechando al máximo sus ínfimos recursos para sacarles el máximo partido.

Una LZ ideal para sembrarla de trampas: libre de árboles, pero con una
espesa cobertura de hierba que llega por encima de las rodillas y que impide
ver el suelo donde hay decenas de pozos preparados para dar la bienvenida

Por lo tanto, buscaban los lugares óptimos para ello, e instalaban un tipo determinado de trampa según el lugar como veremos más adelante. En todo caso, los sitios habituales eran los senderos practicables en la jungla, los canales y arrozales por donde circulaban las patrullas yankees, las proximidades de las aldeas o incluso las chozas donde mantenían depósitos de armas, municiones y pertrechos, los túneles donde se aventuraban los sufridos ratas y, sobre todo, las LZ (Landing Zone), las zonas donde solían tomar tierra los helicópteros UH-1 para descargar a toda prisa al personal cuando llevaban a cabo algún tipo de ofensiva o para transportar refuerzos a una posición comprometida. En esos casos, rodeaban la LZ con pozos y, cuando se producía el desembarco de tropas, abrían fuego para obligar a los hombres a desperdigarse a toda velocidad en dirección a la jungla en busca de refugio. Obviamente, cuando te están friendo a tiros nadie se preocupa de caminar cuidadosamente sin perder de vista el suelo, por lo que las víctimas de las trampas en situaciones de ese tipo aumentaban de forma notable, lo que obligaba a evacuarlos en el viaje de regreso de la siguiente oleada. La visión de los heridos afectaba como es lógico la moral de los recién llegados, por lo que los efectos de las puñeteras estacas era aún mayor. Por un lado, habían producido varias bajas, y por otro, sus colegas se acojonaban aún más imaginando qué les esperaría en la espesura de la selva. Más aún: si la LZ se encontraba en una zona cubierta por hierba de una altura respetable, los vietcong incluso plantaban estacas del grosor y la longitud adecuados- de hasta 1,80 metros de largo a veces- para perforar la fina chapa de aluminio de los Huey cuando tomaban tierra, llegando a herir de gravedad a los sufridos pasajeros que, antes siquiera de poderse bajar del helicóptero, ya sentían en sus imperialistas culos los efectos de las dichosas estacas.

Canal donde asoman algunas estacas. Esquivarlas suponía plantar
el pie precisamente donde estaba la verdadera trampa

Por otro lado, los charlies habían desarrollado una refinada capacidad de engaño a la hora de despistar a sus enemigos. Sabedores de que los yankees aumentaban cada vez más las precauciones cuando se movían por zonas susceptibles de topar con una de estas trampas, solían colocar algunas que pudieran ser descubiertas con cierta facilidad, ni tan ocultas como para pasar desapercibidas, pero ni tan descaradas que indujesen a sospechas. Alguna punta asomando en la superficie de un canal como consecuencia de una bajada del nivel del agua... un pozo cuyo camuflaje dejaba a la vista una pequeña parte de la estructura de cañas que lo ocultaba... en resumen, pseudo-trampas que hacían que el personal se relajase dando por sentado que ya no habría peligro. Pero de eso nada. Las verdaderas trampas estaban precisamente donde cualquiera las pondría, pero como descubrir las falsas había hecho bajar la guardia a las tropas, pues caían como gazapos. En la última parte del artículo veremos con más detalle qué tipos de heridas producían así cómo el tratamiento a seguir con ellas, pero lo cierto es que las más leves causaban una baja que suponía un mínimo de dos o tres semanas lejos del frente. Así pues, un mísero cacho de palo embadurnado de mierda era capaz de inutilizar a un soldado cuyo entrenamiento, armas y equipo costaban miles de dólares, más el gasto médico y el infalible shock psicológico causado tanto en el herido como en sus compañeros. Y, ojo, hablamos de las heridas más frecuentes producidas en las extremidades inferiores pero, aunque en menor porcentaje, también las sufrieron en el tronco, los brazos y la cabeza, aparte de los que palmaron sin más. Lo dicho, el arma cuasi perfecta.

A los yankees se les olvidaba de inmediato lo de "conquistar corazones
y mentes" en cuando se ponían nerviosos y hacían pagar a la población
civil sus supuestas traiciones. Eso solo les sirvió para ganarse más enemigos

Veamos a continuación los tipos más habituales porque, como ya podrán suponer, estas trampas podían adoptar infinitas formas, tantas como magines de los malvados charlies había en el planeta. Además, ni siquiera se tenían que molestar en arriesgarse a buscar las cañas o los palos para preparar las trampas. Como tenían acojonados a todos los habitantes de las aldeas del Sur, los obligaban a colaborar con una determinada cuota a modo de "impuesto revolucionario" si no querían verlos aparecer con sus monos negros y su armamento chino o ruso y fusilar al jefe del poblado y sus compadres. 

Vietnamitas haciendo acopio de bambú para cumplir su cuota de cañas
con el Vietcong de su sector
Así pues, se limitaban a decirles qué cantidad debían cosechar y le indicaban un punto donde debían depositarla. Ellos se encargarían de recogerla al amparo de la noche, cuando los yankees dormían el sueño de los justos y nadie se atrevía a internarse en la jungla ni para cobrar una Primitiva con bote de los gordos. No olvidemos que el Vietcong había implantado un régimen de terror sumamente eficaz que convertía a los desdichados vietnamitas del sur en víctimas de los dos bandos: el Vietcong los obligaba a colaborar bajo pena de muerte, y los yankees y el ARVN (el ejército regular de Vietnam del Sur) los consideraban por ello traidores y no dudaban en quemarles las aldeas, las cosechas y, de paso, cargarse a los que consideraban responsables de la supuesta traición. En fin, esas sí que fueron verdaderas víctimas inocentes del todo y castigadas por todos.

TRAMPAS DE POZO

Obviamente, eran las más habituales. Bastaba cavar un pozo cúbico de unos 40 cm. de lado y 60 de profundidad que, en caso de que el terreno fuera poco consistente, se forraba con un cajón hueco de madera para impedir que un desprendimiento estropease la trampa. No obstante, las dimensiones podían variar en base al emplazamiento o al simple arbitrio del que la preparaba. En el fondo se clavaban varias estacas, ya fueran cañas, palos o piquetas, generalmente de entre 30 y 60 cm. de longitud (foto A). Una vez clavadas las estacas, el pozo se cubría con un entramado de cañas y una estera de juncos que, finalmente, quedaba oculta con maleza, hojarasca o, si el terreno era propicio, con barro (foto B). La cuestión era que bajo ningún concepto el enemigo pudiera sospechar que allí había un hoyo que podía darle a cualquiera un disgusto de los gordos.

Una variante de esta trampa era un pozo de mayor tamaño que estaba cubierto por una tapa basculante. Como vemos en el gráfico, tenía una longitud de cuatro metros y dos y medio de profundo, por lo que el desdichado que se cayera ahí lo tenía crudo, y sus compañeros se encontraban en un verdadero problema para sacarlo sin herirse ellos mismos. La tapa oscilaba sobre un eje que, a su vez, estaba bloqueado por una caña transversal que actuaba como bloqueo, pero que se partía en cuanto sentía el peso de un hombre sobre ella. Cuando se pisaba, el travesaño se rompía, la tapa giraba y el pozo se tragaba a la víctima. Y lo peor era que, gracias a sus generosas dimensiones, podían caer dos o más hombres si eran tan imprudentes como para caminar demasiado cerca unos de otros. 

Una variación de esta trampa basculante la podemos ver a la derecha. En este caso, el paseante de turno pisaría una plataforma de madera que, debido a su peso, giraría sobre un eje, elevando otra plataforma erizada de punjis. La víctima, al resbalar hacia abajo, no sería alcanzando en las piernas, sino que las estacas o piquetas se le clavarían en el abdomen, el pecho o incluso la cara. Este tipo de trampas ya eran mucho más serias, y no hablamos de piernas o pies perforados, sino de heridas incisivas que podían alcanzar una gran profundidad y, por ende, interesar algún órgano vital. Uséase, que podía dejar listo de papeles al desgraciado que la pisase. Si las estacas alcanzaban el pecho y perforaban uno o los dos pulmones, un neumotórax podría liquidarlo en menos que canta un gallo, y todo ello sin contar con las heces que entrarían en la máquina de respirar y que se propagarían por su interior con las consecuencias que podemos imaginar. En resumen, aunque lo habitual era que las estacas punji provocaran heridas relativamente leves, lo cierto es que algunas trampas podían producir la muerte sin dar siquiera tiempo a evacuar al herido.

Aparte de lo que llevamos visto, el esquivar un pozo no implicaba en modo alguno verse a salvo porque los taimados esbirros del Vietcong ponían a veces varias trampas consecutivas, como vemos en la foto A. En la foto B podemos apreciar con más detalle el cuidadoso entramado a base de cañas con que cubrían los pozos, suficientemente fuerte para soportar el peso de una esterilla de juncos y una cobertura de maleza, tierra o barro sin problemas, pero que cedería ante la masa de un yankee de Alabama de 80 kilos más los 30 del equipo, las municiones y las armas, exceso que, por cierto, contribuía a clavarse las estacas aún más profundamente. En la foto C vemos un pozo descubierto con las asquerosas estacas apuntando hacia arriba como los colmillos de una mala bestia ávida de carne de imperialista defensor de la democracia y tal.

La contrapartida a pequeña escala eran las denominadas "trampas para osos", por su similitud a un artificio similar usado por los tramperos del Nuevo Mundo. Como podemos ver, era un pequeño pozo donde se colocaban dos tablas erizadas de piquetas que, al pisarlas, se cerraban hacia el interior, clavándose profundamente en la pantorrilla del soldado. Para aumentar sus efectos, las tablas podían unirse con un alambre de forma que, al pisarlo, el mismo peso del hombre hacía que las tablas se cerraran aún con más fuerza, como si de un cepo se tratase. Si encima añadían otra piqueta más en el fondo del pozo, pues los efectos eran aún más terribles. En el detalle vemos una foto que muestra cómo un pie podía verse atrapado en las piquetas. Como protección ante estas trampas, algunos yankees recurrían a las latas de las raciones de combate. Eliminaban las tapas de la lata y las abrían en sentido longitudinal, creando así una rudimentaria greba que se colocaban en la pantorrilla. Esta defensa era de utilidad si el pozo era poco profundo o en vez de piquetas se usaban cañas o palos, pero de no ser así el daño estaba garantizado.

Para terminar con el surtido de trampas de pozo veamos la que se me antoja como más cruelmente refinada y que mostramos a la izquierda. En un pozo normal se introducía una estructura metálica a base de varillas soldadas y sujetas a una base de madera de donde emergía una piqueta. En la parte superior del armazón se añadían otras seis piquetas barbadas orientadas hacia abajo. El "mecanismo" era más básico que los estudios de un político: el que metía la pata se veía con el pie atravesado, y si tiraba hacia arriba se clavaría las piquetas de la parte superior en la pantorrilla. Al que cayera en esa trampa solo se le podría liberar si se cortaban las malditas piquetas, y de no disponer de herramientas para ello tendrían que evacuarlo al hospital con el chisme ese unido a la pierna. Supongo que a la víctima lo pondrían hasta las cejas de morfina para soportar el traslado sin que los alaridos se oyeran en Indonesia como poco.

TRAMPAS DE SUPERFICIE

Cuando el terreno era propicio por la abundancia de maleza o a la hora de cruzar canales o cualquier curso fluvial, eran especialmente eficaces las planchas erizadas de piquetas. Las turbias aguas llenas de lodo impedían ver más allá de la superficie, y cualquier vado o sendero cortado por un canal era susceptible de poner varias de estas trampas como la que aparece en el detalle de la foto de la derecha. Eran simples tablas de buen grosor o, mejor aún, unas chapas de hierro donde se soldaban las piquetas barbadas. De ese modo no se volcarían con la corriente y permanecerían siempre erguidas. Como se puede ver, la densidad de las piquetas haría que si alguien las pisaba se vería con el pie perforado en al menos dos o tres sitios.

Y si el curso fluvial estaba cruzado por una pasarela, pues la cortaban por el centro de forma que se partiese con el peso de varios hombres. En ese momento, todos los que se encontrasen sobre la pasarela irían de cabeza al agua, cayendo sobre las estacas repartidas alrededor. En la mayoría de los casos, estas trampas se encontraban en canales que podían subir o bajar de nivel de un día para otro ya que formaban parte del sistema de regadío del país, por lo que tenían que tomar dos precauciones para el caso de que una repentina bajada no dejase las estacas a la vista. Una era bloquear el portillo que regulaba el paso del agua. La otra era cubrir con barro las estacas, por lo que estas quedarían invisibles pero sin perder eficacia ya que un cuerpo al caer no se vería amortiguado por la capa de fango. 

TRAMPAS COLGANTES

La que vemos a la derecha se usaba por aquellos lares para la caza del tigre, al parecer. Estaba construida con una pesada estructura de ramas o cañas gruesas donde eran atadas varias estacas con las puntas hacia abajo. Una vez lista, se suspendía de cualquier árbol cuyas ramas se encontrasen situadas justo encima de un sendero frecuentado por los yankees. La trampa la accionaba el que encabezase la patrulla tirando sin darse cuenta del alambre que cruzaba el sendero (foto A). Al instante, el alambre tiraría de la pieza de madera que mantenía la trampa elevada (foto B), y esta caería de inmediato (foto C) hasta detenerse a escasa distancia del suelo (foto D). Como podemos apreciar, las estacas usadas en estas trampas eran de una longitud generosa, por lo que si el que había activado la trampa se daba cuenta y se tiraba al suelo sería igualmente alcanzado. 

Otra, también usada desde tiempos inmemoriales, era una trampa de péndulo cuyo sistema de accionamiento era similar al anterior. La diferencia radicaba en que, en vez de tener una caída vertical, la trampa descendía de un lado a otro, cruzando el sendero. En este caso se usaban pesadas masas erizadas de estacas (foto A), bloques de hierro macizo igualmente erizados de piquetas barbadas (foto B) o incluso enormes pelotas de barro en donde se incrustaban las estacas antes de que se secara. A más peso, más rápido caían sobre el candidato a víctima. Si se daban las circunstancias idóneas podían instalarse de forma que cayesen desde delante, longitudinalmente al sendero, por lo que podrían golpear a más de un hombre. Obviamente, en este caso también se producirían heridas mortales. Las trampas colgantes añadían un plus de angustia existencial a los yankees que no podían ir como los camaleones, con un ojo mirando al suelo y con otro a las ramas de los árboles.

Bien, básicamente, este era el surtido de trampas habituales, y como vemos no era precisamente escaso. De hecho, podríamos añadir un par de ellas más. La primera la vemos a la derecha. Era lo que lo yankees denominaban una "bamboo whip", látigo de bambú, y los british una "puerta malaya". No hace falta un largo discurso para entender su funcionamiento: una gruesa caña de bambú era colocada entre dos árboles que harían las veces de resorte. Al flexionar la caña hacia atrás, en el momento en que se liberase el retén que la mantenía sujeta los dos árboles la empujarían violentamente hacia adelante al recuperar su verticalidad. En el extremo ya vemos la sorpresa: una plataforma de tablas erizada de estacas y piquetas. A capricho del que preparaba la trampa, esta podía impactar en las piernas o el cuerpo del que la
activase pero, en todo caso, conste que si golpeaba en el cuerpo tenía todas las papeletas para dejar a un fulano en el sitio convertido en un acerico. ¿Recuerdan la peli de "Acorralado"? Pues esta trampa es la que usa el enloquecido y muy cabreado John Rambo para dejar fuera de combate a uno de sus perseguidores, en este caso con las piernas atravesadas por las puñeteras estacas.
 
La otra era una trampa que actuaba por gravedad. Como vemos en las fotos, se instalaban en las puertas de las chozas susceptibles de ser registradas por las patrullas que buscaban depósitos de armas y municiones que el Vietcong obligaba, de buen o mal grado, a almacenar en las aldeas bajo su control. En la foto A vemos a un probo imperialista a punto de entrar en una choza. Tironcito del alambre y la T erizada de estacas se le estampaba en la barriga. La foto B nos muestra la misma trampa ya desactivada, y si nos fijamos bien veremos que las cinco hileras de estacas están formadas por parejas, para chinchar más y mejor. Estas trampas no requerían la acción de ningún resorte ya que su propio peso bastaba para producir los efectos deseados con un simple movimiento pendular.

Bien, y visto lo visto, ¿de qué medios disponía el ejército más poderoso del mundo para esquivar o protegerse de este amplio surtido de putaditas? Pues prácticamente ninguno. No eran detectables con la ayuda de perros ya que estaban fabricadas con materiales "ecológicos", no eran visibles a simple vista, y solo las que se activaban mediante un alambre o hilo de nylon podrían preverse siempre y cuando el que encabezaba la patrulla los viese a tiempo. Pero lo cierto es que algo tan simple como un puñetero hoyo lleno de palos pasaba más desapercibido que un B-52 volando a 15 km. de altura. Aparte de la capacidad de observación, la desconfianza y la suerte, la única herramienta que les pudieron facilitar fueron suelas blindadas, aparte de las grebas de circunstancias que se las fabricaban con latas, pero que a los mandamases nunca se les ocurrió producir bajo un diseño adecuado.

Cuando USA entró en guerra, las botas reglamentarias eran el mismo modelo de cuero usado en la 2ª Guerra Mundial. Pronto quedó claro que el ambiente húmedo y las condiciones del terreno eran totalmente inadecuadas para ese tipo de calzado, así que se recurrió a la bota modelo 1945, un modelo para climas tropicales destinadas a la guerra del Pacífico que no llegaron a entrar en combate. No obstante, las existencias que ya se habían fabricado eran escasas como para equipar a todo el personal y, por otro lado, llevaban ya dos décadas almacenadas por lo que no tardaron mucho en deteriorarse, y más teniendo en cuenta el clima de Vietnam. Así pues, se recurrió a un nuevo diseño llevado a cabo en 1944 por el sargento Raymond Dobie que, aparte de tener partes de cuero y partes de loneta, su suela estaba especialmente concebida para impedir la acumulación de barro gracias al dibujo de los tacos tipo Vibram que se unían al resto del calzado mediante un proceso de vulcanizado que impedía que la suela acabara separada de la bota. Como vemos en la foto de la derecha, las condiciones ambientales ponían a prueba el calzado más resistente, a lo que había que añadir el moho producido por la humedad.

Así pues, se puso en producción la bota diseñada por el sargento Dobie, que entró en servicio como Bota de Jungla modelo 1966 (foto A), cuya puntera y talón eran de cuero mientras que la caña estaba fabricada de loneta de algodón, más un refuerzo de nylon en los tobillos. Para facilitar la evacuación de agua del interior de la bota disponía de los drenajes que vemos en el detalle y en el óvalo blanco. En la parte inferior podemos ver el dibujo de la suela. También con vistas a favorecer en lo posible la aireación del pie, este modelo disponía de unas plantillas Saran, un material a base de cloruro de polivinilideno o,
 abreviado, PVDC, que formaba capas que facilitaban la circulación del aire. Pero, obviamente, estas pijadas solo servían para tener un calzado razonablemente cómodo, pero que podía ser atravesado sin problemas. Así pues, se diseñaron unas plantillas para sustituir a las originales que podemos ver en las fotos B (cara superior) y C (cara inferior). En su interior había una serie de láminas de acero inoxidable que, al menos, podrían detener una estaca o una piqueta, pero si estas apuntaban a las pantorrillas o cualquier otro sitio no había nada que hacer. Las botas equipadas con estas plantillas llevaban en la parte superior de la lengüeta la leyenda "spike protective",  que podemos traducir como "protección contra pinchos".

Pero, como decimos, las estacas podían alcanzar los sitios más increíbles, desde perforar la zona peritoneal o el recto penetrando por el ano a producir heridas en el abdomen, el pecho, el rostro y hasta casos de perforación del paladar al penetrar la estaca bajo el mentón. Da tela de repeluco, ¿qué no? No obstante, las zonas afectadas más habituales eran los pies y las piernas, que en muchas ocasiones se venían atravesados de lado a lado tal como podemos ver en las fotos A y A', donde además se aprecian los orificios de entrada y salida, así como las finas estacas que produjeron las heridas. También podía darse el caso, como ya se ha comentado, de ser literalmente empalado al caer en un pozo de los grandes y palmarla allí mismo, como el probo cadáver de la foto B.

Una de las cosas que influían de forma favorable en la moral de los
yankees eran los tiempos razonablemente breves desde que eran
heridos hasta ser evacuados, así como la certeza de saber que en
retaguardia disponían de los mejores hospitales. Los charlies, si
acaso, una camilla en una enfermería medieval bajo tierra y gracias
En cualquier caso, las estacas punji cumplían su misión de forma eficaz y segura. Los heridos eran tratados con una antitetánica que solían inyectar los sanitarios in situ y, caso de no disponer de ellas, pues se las ponían nada más ingresar en el hospital. El tratamiento era bastante básico: tras la aplicación de anestesia local en caso de heridas leves, o raquídea o general dependiendo de la zona afectada si era de más gravedad, se practicaba un desbridamiento para eliminar restos de tejido irrecuperable y limpieza de caca comunista y demás porquerías, sutura y chute de dosis de 600.000 unidades de penicilina y 500 mg. de estreptomicina dos veces al día durante cinco días. Si la estaca había perforado una articulación y se requería una intervención quirúrgica de más envergadura, chute intravenoso de entre 20 y 30 millones de unidades de penicilina durante tres días seguido de las dosis intramusculares normales de cinco días. Resumiendo: salvo contadas excepciones en que la estaca hubiese producido un daño permanente o cuyas secuelas incapacitasen al herido, la media de estancia hospitalaria era de 12 días, tras los cuales se pasaba a un período de convalecencia de entre 7 y 10 días antes de ser enviados de nuevo a sus respectivas unidades sumamente compungidos ante la perspectiva de volver a caer en uno de aquellos pozos malditos.

En fin, no creo que olvide ningún detalle relevante, y con todo este tocho tienen lectura para deleitarse largo y tendido. Como conclusión y a título de curiosidad curiosa chincha-cuñados, comentar que Collin Powell,  el que fue Secretario de Estado durante la presidencia de Bush hijo, se vio con un pie atravesado durante su estancia en Vietnam siendo un joven capitán asesor del ARVN. La estaca estaba embadurnada de estiércol de búfalo, lo que le provocó que en menos de media hora el pie se le pusiera como un globo, apenas pudiera caminar y tomara un preocupante color morado. Cuando finalmente fue evacuado, al ver el panorama, el médico que lo trató no se anduvo con medias tintas para eliminar la mierda de búfalo: cogió una gasa, la enrolló en un palito y la metió en la herida como si de una baqueta se tratase. Luego, chutes masivos de antibióticos y santas pascuas. En la foto de la derecha podemos ver al capitán Powell con su impoluto uniforme, cuando no podría ni imaginar lo impresionante que sería su carrera como militar y político, alcanzando puestos que nunca antes había logrado un negro en el país donde hubo una guerra para liberar de la esclavitud a los negros y poder putearlos en total libertad. Manda cojones los líderes del "Mundo Libre", y que en la época de la foto de Powell los negros podían ser enviados a "combatir por su país", pero se les negaba el derecho a voto en los estados sureños porque si se ponían chulos los del Klan ya se encargaban de convencerlos que votar era una chorrada.

Bueno, ya'tá...

Hale, he dicho

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jueves, 10 de agosto de 2017

Curiosidades. Armas de asesinato


Armas con que solían equipar a los agentes del SOE. Abajo del todo vemos un hatpin de asesinato

Cualquiera que lea el título pensará que es una perogrullada de primera clase ya que, como todos sabemos, las armas están ideadas para asesinar ciudadanos, enemigos y, por supuesto, cuñados. Sin embargo, dentro de toda la gama de armas adecuadas para aliñar al personal las hay más aparatosas, válidas para ser empleadas en cualquier circunstancia, y las hay más discretas, pensadas para darle boleta al adversario de forma taimada, sutil, alevosa y silenciosa. Armas creadas exclusivamente para ser usadas en callejones procelosos, en sórdidas habitaciones de espías desalmados o incluso en el lujoso toilette del Ritz de París o en el retrete de la fonda de la tía Severiana, la más selecta de la aldea.

Comandos británicos aprendiendo a manejar con
eficacia el Fairbairn-Sykes, en este caso intentando
seccionar la carótida
Puede que alguno me diga que eso no es ninguna novedad, que a finales de la Edad Media ya se idearon los estiletes, el arma propia de asesinos de las que ha hablamos en su día y que, ciertamente, dieron un buen servicio en las cortes renacentistas cuando era preciso quitar de en medio a un embajador excesivamente cotilla, a un enemigo político que se estaba poniendo muy pesadito o, por qué no, a un clérigo que tenía más interés por los asuntos del siglo que por los espirituales, desde simples párrocos a pontífices.

Pero, cuestiones de crímenes de estado aparte y como ya hemos detallado en varias entradas, a raíz de la Gran Guerra se desarrollaron una serie de armas destinadas a la cruenta y feroz guerra de trincheras, sobre todo cuchillos y dagas adecuados para apuñalar con saña bíblica al enemigo cuando se daba un golpe de mano en plena noche o cuando un ataque convencional acababa en una matanza dantesca en la estrechez de las trincheras. Fue precisamente la necesidad de disponer de armas eficaces para matar de forma rápida y silenciosa lo que hizo que durante los años 20 los milites, que se aburrían como galápagos en sus salas de banderas, se dedicasen a estudiar con detenimiento tanto la creación de tropas cada vez más especializadas para actuar de forma contundente y rápida como los arditi italianos o las sturmtruppen tedescas y, de paso, diseñar armas cada vez más refinadas para dar matarile al enemigo. Así nacieron los que hoy conocemos como comandos, que durante la Segunda Matanza Mundial dieron tanto que hablar a raíz de sus operaciones tras las líneas germanas en la Francia ocupada y cuya finalidad era especialmente el sabotaje y el asesinato tanto de militares como de supuestos o probados espías, colaboracionistas, etc.

Surtido de puñeterías usado por los instructores del SOE
Y para ello, como podemos imaginar, no podían pasearse por el mundo con un cuchillo de cocina o un hacha, sino con sutiles armas capaces de dejar en el sitio al más pintado y, además, ser tan discretas que incluso podrían pasar desapercibidas en un cacheo en plena calle o, ya puestos, incluso tras una detención y posterior traslado a un centro de internamiento o un campo de prisioneros. Los pioneros en el estudio y desarrollo de operaciones de este tipo, así como de las armas adecuadas para ello fueron los comandos y el SOE (Special Operations Executive) británicos (Dios maldiga a Nelson) y el OSS (Office of Strategic Services) de los yankees.  Así pues, esta entrada la dedicaremos a ver algunas de esas curiosas armas con las que los agentes infiltrados tras las líneas alemanas hicieron cantidad de puñeterías de la forma más alevosa posible, que ya sabemos que en la guerra vale todo salvo usar cuñados contra el enemigo porque eso está prohibido por la Convención de Ginebra y está considerado como crimen de guerra.

Hasta pipas asesinas idearon, para que además de matarte
el tabaco te matara el punzón que iba dentro de la boquilla
Antes de empezar debemos tener en cuenta un detalle. Este tipo de armas no tenían nada que ver con cuchillos especializados como el Fairbairn-Sykes o los cuchillos con nudilleras que ya hemos visto. O sea, carecían de hojas convencionales lo suficientemente afiladas como para producir hemorragias lo bastante abundosas como para producir un shock hipovolémico en cuestión de segundos. Antes al contrario, estas armas asesinas eran simples punzones provistos de hojas de sección triangular, romboidal o incluso cilíndrica, lo que conllevaba un problema añadido que no era cosa baladí, ya que carecían de la capacidad de letal de los cuchillos antes mencionados por la simple razón de que era muy difícil perforar en un forcejeo una carótida o una radial, así que no quedaba más remedio que lanzar el puntazo a los dos únicos sitios donde se podría aliñar a la víctima en un periquete: en los ojos o en los oídos, llegando así al cerebro sin problemas. Pero eso no era fácil y requería una gran decisión y sangre fría ya que no es lo mismo apuñalar sañudamente a un enemigo en el fragor del combate que ir por la calle, cruzarse con un ciudadano, darle las buenas tardse y, nada más pasar de largo, volverse, agarrarlo por la barbilla y meterle medio palmo de acero por una oreja.

Pero no todo eran inconvenientes. De hecho, en los estudios que se llevaron a cabo tras la guerra acerca de las heridas de bayoneta se pudo corroborar que los modelos con hoja, o sea, el cuchillo-bayoneta, producía unas heridas menos profundas que las de cubo como, por ejemplo, las del Mosin-Nagant ruso. Al parecer, las primeras tenían una capacidad de penetración inferior por lo que el uso de armas con una hoja literalmente como una aguja tendrían, al menos en teoría, más facilidad para alcanzar órganos vitales en la fracción de segundo disponible para acabar con la víctima. Además, en caso de apuñalar a un enemigo en una zona cubierta de ropa había más probabilidades de penetrar hasta el interior del cuerpo que si se usaba una hoja convencional, así que tuvieron claro que lo suyo era diseñar armas que eran talmente punzones. Da repeluco, ¿que no? En fin, aclarado este punto vamos sin más historias al asunto...

Bueno, el primero que vamos a ver es un chisme más básico que el cerebro de un político y que, curiosamente, ya tenía sus antecedentes como arma defensiva desde hacía bastantes años. Hablamos de los hatpins, los alfileres de sombrero que usaban las mujeres a finales del siglo XIX y a principios del XX para sujetarse sus tocados y que no salieran volando. Estos alfileres, fabricados tanto de metal como de madera, hueso y otros materiales similares, estaban rematados con adornos más o menos elaborados de latón, plata o incluso oro, siempre dependiendo del poder adquisitivo de la dueña del sombrero. Bien, pues ya a comienzos del siglo XX y según vemos en la ilustración de la derecha, se alentaba al uso de estos alfileres, algunos de más de 25 cm. de largo, para deshacerse de algún alevoso malhechor que quisiera robarles o, peor aún, ultrajarlas vilmente. Según vemos en las fotos, mientras el villano ataca a traición a la dama esta agarra uno de sus alfileres (era habitual llevar dos o tres dependiendo del tipo de sombrero) y, girándose, le asesta un puntazo en plena jeta. El dolor producido más el factor sorpresa harán el resto ya que el villano soltará a su presa, la cual podrá salir echando leches dando alaridos en busca de ayuda. 

Bien, pues estos hatpins fueron adoptados como arma de asesinato en la forma que vemos en la ilustración de la derecha. Como se puede apreciar, el típico remate de adorno ha sido sustituido por una empuñadura en forma de perilla plana fabricada con aluminio en la que se ha embutido una hoja de acero aguzadísima de sección triangular y de 20,3 cm. de largo. La longitud total del arma era de 23 cm., y estaba provista de una funda de cuero con una o dos presillas a fin de sujetarla al brazo o a la pierna. La forma de empuñar el arma era tal como vemos en el dibujo, y ciertamente sus 20 cm. de acero eran suficientes para meterlos por una oreja y sacar la punta por la otra. Qué desagradable, ¿no? Cabe suponer que sus efectos serían fulminantes ya que el mismo forcejeo de la víctima contribuiría a aumentar los daños en la sesera.

Una variante de los hatpins era el modelo que vemos a la derecha, que nos recuerda un poco a las dagas de puño Robbins que ya estudiamos en su momento si bien en este caso las anillas eran simplemente la empuñadura, sin ningún cometido ofensivo. Dichas anillas eran para los dedos índice, corazón y anular, lo que permitía un sólido agarre y una notable potencia de empuje para clavar su hoja de 13 cm. de largo. Para hacerla más discreta y que no despidiese posibles reflejos que delatasen al asesino los anillos, fabricados de aluminio, estaban pintados de tonos oscuros mientras que la hoja era pavonada de negro.

A la derecha tenemos otra tipología. En este caso se trata de dos estiletes fabricados de una sola pieza de acero, el superior con una longitud total de 165 mm. mientras que el inferior es un poco mayor, 178 mm. La sección de sus aguzadas hojas es triangular mientras que las empuñaduras son, en el modelo superior, cuadrangular, y en el inferior ovalada. En ambos casos están rematadas con una protuberancia en forma de champiñón para permitir imprimir una energía suficiente en caso de empuñarlas tal como vemos en el dibujo, o sea, como un picahielos. En semejante posición era bastante factible introducir la hoja por un ojo, atravesando la fina pared del esfenoides (parte trasera de la cuenca orbital) y llegando al cerebro en un periquete. 

Por último, a la derecha podemos ver otros dos tipos aún más básicos pero no por ello menos eficaces. Se trata de dos punzones de 25,5 cm. de largo en los que, tal como podemos apreciar, actúan como empuñaduras sendos cordeles enrollados en un extremo lo cual facilita el empuñe por engrosar el arma, muy fina de por sí, y mejora el agarre en caso de tener la mano húmeda de sudor o manchada de sangre. Pero lo más curioso son las lazadas que salen del encordado. La más pequeña era para introducir el dedo pulgar, y la grande para envolver la mano de forma que el agarre fuese aún más sólido de cara tanto a efectuar un apuñalamiento más contundente como para facilitar la extracción, para lo cual el modelo de la derecha tiene el extremo superior terminado en forma de gancho, lo que dificultaría aún más la pérdida del arma.

En fin, creo que con los modelos presentados podemos hacernos una clara idea de en qué consistían este tipo de armas. A modo de conclusión citaremos una serie de lápices y plumas en cuyo interior se escondían agujas de pequeñas dimensiones y que, en un alarde de imaginación, disponían de mina de grafito o de tinta para pasar sin problemas cualquier tipo de registro. En caso de necesidad bastaba romper un extremo, quedando a la vista la punta del punzón, hincárselo al que lo había apresado en un ojo y largarse como si tal cosa. El no va más es la virguería que vemos a la izquierda, construida por una empresa filipina para su venta a título particular a los yankees. Consistía en un chisme con apariencia de bolígrafo mondo y lirondo que, en realidad, albergaba en su interior una hoja que convertía el boli en una navaja de mariposa. Esto no es en sí un arma de asesinato sino más bien de supervivencia, pero por lo curioso de la misma no he querido dejarla pasar de largo.

En fin, como vemos no hace falta disponer de armas sofisticadas para acabar con la miserable existencia de un enemigo correoso. Solo era necesario tener la decisión para actuar sin contemplaciones y ser capaz de reprimir los forcejeos de la víctima mientras la puñalada hacía efecto ya que, paradójicamente, era mucho más efectivo seccionar una carótida que traspasar la masa cerebral de lado a lado. En todo caso, los efectos de ese tipo de heridas pueden verlas en la entrada que se dedicó al Fairbairn-Sykes.

Bueno, por hoy ya vale.

Hale, he dicho


miércoles, 4 de enero de 2017

Tirachinas bélicos: la catapulta Leach-Gamage



Como ya comentamos en la entrada que se dedicó a los morteros de trinchera, el comienzo de la Gran Guerra pilló a los aliados sin armas adecuadas para ofender a un enemigo que se había enterrado literalmente en unas trincheras magníficamente diseñadas y construidas. Ante la palmaria escasez de morteros, tanto british como gabachos (Dios maldiga etc., etc...) se veían enfrentados a un serio problema por razones obvias: la única forma de hacerle la puñeta a un señor que circula por una zanja es introducir un explosivo dentro de la zanja y, como no dispongo de armas de tiro parabólico, el señor de la zanja sigue circulando por ella mientras que sus colegas, que sí disponen de esas armas, se dedican a machacarme bonitamente a mí y a mis conmilitones antes y después del desayuno. Chungo, ¿no?

Secuencia de lanzamiento de una jam-tin. Como salta a la vista, la
distancia obtenida no es precisamente para lanzar cohetes
Aunque pueda parecer una chorrada, la carencia de un determinado tipo de arma estaba poniendo las cosas francamente preocupantes a los aliados. Un cañón puede acertar en una trinchera, pero acertar a una estrecha zanja de apenas metro y medio o menos de ancho era un pelín complejo para una pieza situada a varios kilómetros de distancia. Era pues evidente que lo sensato, caso de no disponer de morteros, sería arrojar granadas de mano, pero ni los soldados más forzudos eran capaces de lanzar una de ellas a más de 35 ó 40 metros de distancia, y menos aún de pasarse horas arrojando una tras otra porque se les cansaba el brazo una cosa mala. En definitiva, que mientras se fabricaban los morteros de trinchera necesarios y en la cantidad requerida podrían pasar aún semanas o meses que serían bastante complicados de sobrellevar ante un enemigo bien pertrechado de armas de este tipo.

Réplicas de balistas construidas por Schramm. Se muestran en el
Saalburg Museum de Hesse, en Alemania. El ejemplar construido por
el profesor de Cambridge debía ser similar al de la izquierda
Así las cosas, un profesor de historia de Cambridge tuvo la idea de desempolvar los viejos tratados de Vegecio para intentar reconstruir una balista romana y poder disponer de ese modo de un arma barata y eficaz para suplir, al menos de forma temporal, la carencia de morteros. Esto no debe causar extrañeza a nadie porque no fue precisamente el primero al que se le ocurrió resucitar la tormentaria de antaño ya que, a finales del siglo XIX, un ingeniero militar alemán por nombre Erwin Schramm ya hizo sus pinitos al respecto en incluso llevó a cabo alguna demostración ante el káiser Guillermo. Así pues, este probo docente envió los planos y todos los datos necesarios para la construcción de la balista a un oficial del Regimiento de Cambridgeshire, destinado en el sector de Ypres. El oficial presentó el proyecto al coronel del regimiento y, a la vista de como estaban las cosas por allí, decidieron acometer la empresa a pesar de que el trasto aquel no era precisamente un juguete ya que sus dimensiones eran notables: alrededor de 2,10 metros de alto y más de 250 kilos de peso. Una vez construida comenzaron a efectuar pruebas pero, o el profesor de historia olvidó enviar el manual de instrucciones, o aquel chisme no era nada fácil de manejar porque no eran capaces de acertar ni una sola vez. Quizás deberían haber intentado, ya que el espiritismo estaba tan de moda por aquellas fechas, invocar a algún artillero romano para que les orientase, pero la cosa es que la balista rediviva fue un fracaso completo.

Catapulta Leach-Gamage que se conserva en el Memorial Museum
de Canberra, Australia
Sin embargo, no solo el profe de historia se preocupaba por las carencias del ejército del Gracioso de Su Majestad. En octubre de 1914 se personó en el despacho de Louis Jackson en el Departamento de Guerra un arquitecto llamado Claude Pemberton Leach que había diseñado un curioso artefacto claramente inspirado en los tirachinas empleados por los nenes para apiolar indefensos pajaritos, destrozar cristales del vecindario o, por indicación expresa de sus progenitores, saltarle un ojo al cuñado más despreciable. Hablamos, naturalmente, de esos tirachinas en forma de Y que todos hemos usado hasta la llegada de las video-consolas y demás chismes modernos que tienen a los críos totalmente aplatanados y carbonizándose las retinas delante de una pantalla. En plan triunfante, Leach juró por sus ancestros al funcionario aquel que había efectuado pruebas con una máquina construida por él mismo y que había logrado lanzar una pelota de golf a 200 yardas, unos 180 metros, lo cual tampoco era ningún alarde porque un jugador de golf profesional es capaz de lanzarla más lejos. No obstante, a Jackson no le pareció la idea ningún dislate y le pidió que llevara a cabo las reformas necesarias para aumentar la potencia del chisme aquel, y que una vez logrado fuese a verle de nuevo.

Los almacenes Gamage hacia los años 20
Leach no tenía los medios para efectuar las mejoras pedidas por Jackson, así que se presentó en el departamento de Ciclismo, Deportes y Sastrería en General de los grandes almacenes Gamage, que al parecer eran como un Cortinglé pero a lo bestia y tan bien surtido que se podía adquirir desde una aguja de coser hasta una pianola pasando por fertilizante para el tiesto de gladiolos o incluso el féretro para el abuelo. Al cabo de unos meses, concretamente el  22 de mayo de 1915, Leach presentó la máquina ya perfeccionada para solicitar su patente, la cual le fue concedida un año más tarde por aquello de la maldita burocracia. No obstante, la fabricación de la catapulta ya había comenzado porque, según las leyes de los british, un invento podía producirse si estaba destinado a emplearse en el extranjero independientemente de que, una vez concluidos los trámites pertinentes, se reembolsaran al dueño de la patente los haberes derivados de su fabricación con efecto retroactivo.




El chisme en cuestión podemos verlo en el gráfico superior. Se trataba de un simple armazón en forma de Y provisto de unos haces de tiras caucho unidos en el centro por una bolsa confeccionada de lona. Para tensarla tenía instalado en el larguero una caja de engranajes provista de un trinquete y un manubrio con el que se estiraban los haces de caucho mediante un cable de acero. Una vez alcanzado el grado de tensión necesario se colocaba una bomba de mano jam tin o una granada de bola nº 15, que eran las únicas granadas disponibles en aquel momento, se encendía la mecha y se accionaba la palanca que liberaba la bolsa. A continuación se repetía la misma operación sin preocuparse de otra cosa que no fuera la rotura de las tiras de caucho las cuales, debido sobre todo a la acción degradante del sol, se deterioraban con bastante rapidez . En cuanto al mecanismo de disparo podemos verlo en la ilustración superior derecha. Se trataba de un simple gancho unido a un retén pivotante que, al descender, lo liberaba, permitiéndole girar y soltando a su vez la bolsa con la granada dentro. Aunque podía dispararse a mano, hay imágenes en las que se ve como uno de los servidores de la catapulta prefiere golpear la pieza con un palo, quizás para evitarse un doloroso latigazo si alguna tira de goma se rompía en aquel instante.

El precio de la catapulta era de 6 libras, 17 chelines y 6 peniques, lo que no la hacía especialmente barata si tenemos en cuenta que tampoco usaba materiales raros. Para amantes de las comparaciones, un sargento mayor de infantería cobraba en aquella época 5 chelines y 2 peniques diarios. Por otro lado, la máquina era muy ligera, apenas unos 25 kilos, y para su manejo solo precisaba de dos hombres: uno para darle a la manivela y otro para colocar y encender las granadas. En las imágenes inferiores podemos ver una secuencia completa de lanzamiento:


En la foto A vemos como uno de los servidores agarra la bolsa con una especie de bichero para traerla de vuelta. En la B podemos ver como engancha la bolsa con el gancho. La foto C muestra al otro servidor dándole a la manivela. En la D, los haces han alcanzado el punto de tensión máximo y se coloca la bomba. La foto E muestra el instante del lanzamiento y, por último, en la F se ve marcada por la flecha la explosión de la jam tin tras la casucha sobre la que se están llevando a cabo las pruebas. Si se usaba una bomba nº 15 se le montaba una mecha de 9 segundos ya que la destinada al lanzamiento manual era de solo 5 y explotaba antes de alcanzar el blanco. De hecho, invertía 4,5 segundos en volar unos 70 metros. A la derecha podemos ver un ejemplar de ese tipo de granada que conserva el capuchón protector de la mecha, la cual podía encenderse con un simple frictor o una colilla. Estas granadas tenían un peso de 780 gramos de los que 156 eran la carga explosiva a base de amonal.


Cargando la catapulta con una jam tin. Obsérvense los sacos terreros
colocados en el extremo de la máquina para aminorar el desplazamiento
hacia adelante que experimentaba por la acción de las tiras de caucho al
ser liberadas
Una vez recibido el placet del Departamento de Guerra, la catapulta fue enviada a la Sección Exprimental de Hythe y puesta en manos del capitán Todhunter para que llevara a cabo las pruebas oportunas antes de darle el visto bueno final si bien, como comentamos anteriormente, la firma Gamage ya las estaba fabricando y enviando al frente Occidental. Las modificaciones sugeridas por Todhunter fueron, en primer lugar, adjuntar un manual de instrucciones para que el personal no tuviera que pasarse dos días haciendo pruebas en plena batalla. Así mismo modificó la bolsa, aconsejando que se enviaran a Francia las necesarias para sustituir las que estuvieran en servicio y, para mejorar su potencia, se aumentó el número de tiras de caucho de las seis originales a doce por cada lado con un diámetro de media pulgada cada una, o sea, 1,27 cm. Con ese número de tiras se había logrado lanzar un objeto de 510 gramos a una distancia de 145 metros dando a la catapulta un ángulo de 35º. Además, Todhunter señaló que sería aconsejable colocar un inclinómetro en un costado de la máquina para poder calcular con precisión las distancias ya que en modo alguno se debía tensar más o menos la catapulta para lograr más o menos alcance, sino que se debían quitar tiras de caucho en todo caso, colocando entonces la máquina con el ángulo necesario. A título orientativo, con una inclinación de 41,5º era como se obtenía el alcance máximo, unos 180 metros.


Disparando la catapulta con la ayuda de un
palo. En este caso la máquina va a ser
cargada con una bomba nº 15
Una vez en servicio, la catapulta de Leach consiguió ser un arma razonablemente precisa y suplió como pudo la ausencia de los tan solicitados morteros, pero a pesar de todo no lograron encontrar con una solución a su verdadero punto flaco: las tiras de caucho. Porque no solo se deterioraban rápidamente por la acción del sol, sino que además iban alargándose a medida que se usaban hasta que llegaba un momento en que perdían totalmente la elasticidad requerida, mermando por ello su alcance y su precisión. Se llegó a la conclusión de que la única forma de impedir la degradación del material sería vulcanizándolo, pero si se sometía al caucho a este proceso lo volvía excesivamente rígido, así que, finalmente, debieron optar por seguir usando el caucho puro y cambiar las tiras cada vez que fuera preciso. Aunque se fabricaron diversas sustancias que, en teoría, podían alargar la vida operativa del caucho, la realidad es que no sirvieron de nada. Así pues, solo restaba cuidarlas al máximo a base de mantenerlas limpias, sin restos de grasa o aceite y, sobre todo, vigilando que no se fuesen enrollando sobre sí mismas. Durante las pruebas en Hythe, el capitán Todhunter reparó precisamente en este detalle, y se percató de que era habitual que el caucho se fuese rizando solo, por lo que cada tira podía tener una longitud diferente al cabo de varios disparos. Aparte de eso, el deterioro aumentaba de forma notable.


Imagen que muestra la granada en el aire tras ser lanzada
Por otro lado, la escasa velocidad que este sistema de tiras de caucho imprimía a los proyectiles más las mechas humeantes hacían posible verlas venir, por lo que los germanos tenían tiempo de sobra en muchas ocasiones para salir echando leches y ponerse a cubierto. Otra cosa era cuando actuaban de noche ya que, siendo un arma prácticamente silenciosa cuyo único sonido era el latigazo que se producía en el momento de soltar las gomas, era muy difícil localizar su posición y, más aún, ver venir la bomba. Con todo, a mediados de 1915 ya se dejaron de producir si bien las unidades en servicio aún permanecieron activas hasta mediados del año siguiente aunque, curiosamente, en algunos casos solo se usaban para lanzar a los alemanes mensajes insultantes metidos en bolas de barro. En total se fabricaron 3.152 ejemplares, un número respetable si consideramos que la catapulta Leach-Gamage fue la única de este tipo en servicio en el ejército británico. No obstante, se diseñaron otros modelos que no llegaron a entrar en producción. Por último, y a título de curiosidad, en mayo de 1916, cuando estas armas ya estaban totalmente obsoletas, el Departamento para la Guerra de Trincheras destinó 300 unidades para entrenamiento de tropas en Gran Bretaña, quizás pensando que si la guerra se alarga demasiado igual habría que volver a emplearlas, por lo que no sería mala idea que las tropas conocieran su empleo.

En fin, ya está. Más adelante hablaremos de otras catapultas igualmente peculiares.

Hale, he dicho