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viernes, 21 de agosto de 2020

HATAMOTO, LA ÉLITE SAMURAI


El daimyo ha llegado a su castillo. Todos le rinden pleitesía rodilla en tierra. En primer término vemos a sus hatamoto,
sus hombres de confianza

Como hemos ido viendo a lo largo de los artículos dedicados a estos aguerridos ciudadanos, la sociedad japonesa ha sido desde siempre un conjunto de individuos jerarquizados hasta el tuétano. En la época que nos ocupa, desde el shogun para abajo todos y cada uno de los vasallos de los daimyo tenían encomendada una misión en la que estaban claramente señalados sus cometidos, así como sus limitaciones. Un vasallo, fuese cual fuese su rango dentro del organigrama dentro del personal al servicio del daimyo, tenía un estatus perfectamente definido, y sus atribuciones tenían un máximo y un mínimo que no podía rebasar en ningún caso. Si era hacia abajo se deshonraba porque se rebajaba, y si era hacia arriba también se deshonraba porque ponía en evidencia a los que estaban por encima de él. No obstante, existía una meritocracia que permitía medrar a los que, por su inteligencia y/o su arrojo lograban sobresalir de entre sus iguales y ser bienquisto por el daimyo o el shogun, logrando elevar su rango o incluso lograr convertirse en un señor feudal como Buda manda.


Tokugawa Ieyasu, primer shogun de su dinastía, planifica la batalla de
Sekigahara en el maku. A su alrededor vemos a sus hatamoto
Por otro lado, los vínculos de lealtad establecidos entre los samurai y los daimyo a los que servían, así como entre estos y el shogun creo que se escapan a la mentalidad Occidental tanto en cuanto nos puede resultar paradójico o incongruente que unos ciudadanos capaces de abrirse en canal por una simple sugerencia de su señor o incluso motu proprio por considerar que no ha cumplido con su deber, por otro lado cambiaban de bando como quien se muda de calzoncillos, y estas alevosías no solo tenían lugar entre señores y samurai, sino también entre los familiares del daimyo incluyendo sus propios hijos. En resumen, en el Japón medieval todo el mundo quería medrar a costa de chinchar al vecino y, si era posible y parafraseando al inefable visir Iznogud, ser el shogun en lugar del shogun. Como es obvio, los daimyo tuvieron bastante claro que su seguridad personal podía verse en serio peligro si una buena untada, una simple ofensa o una mala palabra hacia alguno de los samurai a su servicio o de los kerai (los criados en el mismo sentido de la Europa medieval). Para conjurar dicho peligro, que podía llegar en forma de atentado aprovechando cualquier circunstancia óptima para ello, surgieron los hatamoto, un grupo selecto de hombres cuya lealtad hacia el shogun o el daimyo era más monolítica que el Himalaya, generalmente basada en un juramento de fidelidad y que, curiosamente, no solían nutrirse de entre la familia cercana, sino de los samurai que le servían. 


Hatamoto bajo la bandera de su señor
El término hatamoto surgió durante el Período Sengoku, la interminable guerra civil que azotó el Japón desde 1467 hasta 1568 y en la que los daimyo no paraban de batallar entre ellos y cambiar de bando constantemente. Originariamante, hatamoto no era un palabro que designase a un grupo de ciudadanos sino un lugar, concretamente "bajo la bandera", en referencia al sitio donde el señor feudal de turno ordenaba clavar el pendón en el honjin, el otero donde generalmente solía instalar su puesto de mando antes de la batalla y desde donde podría controlar el movimiento de las tropas e impartir las órdenes oportunas. Así pues, por asimilación, los hombres de confianza del daimyo que se situaban tras él bajo la bandera eran los hatamoto, los hombres en los que el señor feudal depositaba toda su confianza. En batalla, los hatamoto no solo vigilaban que un repentino ataque enemigo invadiese el honjin, sino que debían formar una muralla humana para impedir que las flechas o los disparos acabasen con su vida. Si las cosas se torcían y era preciso largarse y ceder el campo del honor al adversario, ellos cubrían la retirada del daimyo, dando la vida si hacía falta para detener a los perseguidores. Pero los hatamoto no se limitaban a actuar solo en caso de guerra, sino también cuando reinaba la paz. De hecho, una vez instaurado el shogunato de Tokugawa Ieyasu en 1603 hubo un prologado período de estabilidad que convirtió a los hatamoto más en vasallos dedicados a cuestiones domésticas que militares.


Tokugawa Ieyasu rodeado por sus hatamoto, tanto a pie como a caballo.
En el centro destaca su o uma jirushi, su insignia personal
Bien, básicamente ya sabemos qué eran los hatamoto pero, ¿de dónde procedían? ¿En qué se basaba un daimyo para elegir a tal o cual samurai? Ante todo, buscaban miembros de clanes vinculados con su familia, a ser posible desde generaciones atrás. Aunque ya sabemos que se podía romper, un juramento de lealtad por parte de uno de estos probos homicidas solía ser garantía suficiente para depositar su confianza en el posible aspirante. También se recurría a hijos de samurai caídos en batalla como una forma de compensar a su valeroso progenitor. No obstante, y para curarse en salud y no les diera por cambiar de señor, era habitual que la familia del nuevo hatamoto también jurase lealtad al daimyo. Así, si alguien salía por los Cerros de Úbeda implicaba al resto del clan. En el caso de los shogun, sus hatamoto eran daimyo o samurai de elevado rango, por lo general los mismos aliados que le habían ayudado a auparse en lo más alto. Obviamente, eran hombres que además de estatus gozaban de unas rentas bastante jugosas, no inferiores de 10.000 koku. Un koku era el arroz que consumía un hombre al año. Con esto se perseguían dos fines: uno, que el daimyo no tuviese ganas de picar más alto y rebelarse contra el shogun; y dos, que gracias a sus rentas pudieran poner en armas a un determinado número de samurai. Básicamente era un sistema similar al feudalismo europeo: el noble vive de las rentas gracias a las tierras que le da la corona por sus servicios, y a cambio debe aportar tropas si es requerido a ello.


Castillo de Edo. Construido en 1457 por Ōda Dōkan, un daimyo del clan
Minamoto, se convirtió en un inmenso complejo de 16 km² y fue sede del
shogunato hasta su extinción
Los hatamoto que servían a un daimyo, como es lógico, disfrutaban de unas rentas más bajas, en este caso de entre 9.500 y 100 koku. La enorme diferencia de unos a otros marcaría el estatus del hatamoto que, como no podía ser menos, variaba enormemente en función del cargo que ostentase cada cual. Con todo, y para evitar aspiraciones por parte del ambiciosillo de turno y le diese por invadir al vecino, se generalizó la norma de que los hatamoto con rentas inferiores a 500 koku se les entregasen en metálico. Esto hizo que, al dejar de tener que vivir en el campo, optaran por mudarse al castillo del daimyo, donde quedaban alojados con su familia. De ese modo se mataban dos pájaros de un tiro: se eliminaban riesgos de posibles rebeliones y se tenía controlado al personal que, por muy leal que fuese, siempre podía cambiar de opinión. Desde luego, la vida de esta gente debía ser la leche de estrasante, siempre pendientes de que Fulano o Mengano salieran por peteneras.


Fotograma de "Kagemusha, la sombra del guerrero" (1980), magistral cinta
de Kurosawa que es obligatorio ver unas 72 veces. En la escena vemos como
el poderoso daimyo Shingen Takeda da el visto bueno para aceptar a un
ladrón como su doble. Esta práctica era bastante habitual si bien, como se
comenta, lo propio es que esa misión recayera en un hatamoto
Bien, con lo visto hasta ahora, más de uno pensará que el concepto de fidelidad de estos personajes era más frágil que el fémur de una mariposa, y que si los hatamoto eran los más fiables, cómo serían los menos fiables. Pero, y esto ya se ha comentado otras veces, pretender juzgar la mentalidad de estos orientales bajo nuestra escala de valores es misión imposible. Eran como eran y punto. Igual se dejaban sacar la piel a tiras, o se ofrecían a actuar como kagemusha (sombra del guerrero, un doble para atraer sobre su persona el fuego enemigo), o no dudaban en matar a toda su familia si su señor se lo ordenaba que podían cambiarse las tornas por cuestiones que para nosotros serían baladíes. Por ejemplo, si el daimyo abrazaba una secta del budismo distinta a la de uno de sus vasallos, o si cambiaba de bando y su apoyo iba a parar a otro aspirante al shogunato. Y todo porque igual ese hatamoto era un fiel seguidor de otra secta, o por lazos familiares todo su clan estaba unido al aspirante a shogun traicionado por su señor. En fin, era lo que había. Los daimyo buscaban afanosamente aumentar su influencia política y militar, así como las tierras bajo su control y, del mismo modo, los samurai a su servicio también tenían sus ambiciones y sus ganas de medrar, como está mandado.


El daimyo se acaba de apoderar de una fortaleza. Junto a él camina su karō,
mientras le siguen los mensajeros que se distinguen por sus vistosos
sashimono con los colores de su señor
Ahora bien, los hatamoto no eran ni mucho menos una organización o grupo homogéneo, ni debemos verlos como una simple guardia personal porque sus atribuciones eran mucho más amplias y siempre dentro de un complejo organigrama meticulosamente detallado donde cada cual, como hemos dicho, tenía un cometido muy concreto. Así, el hatamoto más importante era el karō, que era el rango más elevado que se podía alcanzar al servicio de un daimyo. Por lo general, el karō gozaba de la confianza más absoluta, hasta el extremo de ser el que quedaba al mando del castillo y el territorio del daimyo cuando este tenía que ausentarse por cualquier motivo. De hecho, era habitual que el señor confiara más en su karō que en su propia familia, de quiénes podía esperar alguna que otra alevosía. Este cargo lo convertía de facto en su mano derecha tanto en el campo de batalla como en las cuestiones domésticas en tiempo de paz, por lo que su capacidad debía abarcar cuestiones tan dispares como la milicia o la administración de las tierras de su señor, la administración de justicia o la lista de cuñados que debían cometer seppuku a primeros de año.


Hora de ponerse en marcha. Los bugyō debían ante todo estar preparados
para cualquier contingencia, y tenerlo todo dispuesto para partir de inmediato
en cuanto recibieran la orden
Pero, lógicamente, el karō no podía abarcar tanto sin ayuda de nadie. Por debajo de él estaban los bugyō, un pequeño ejército de supervisores que, al igual que el karō, permanecían junto al daimyo en el honjin durante la batalla como parte de su estado mayor (o sea, bajo la bandera) mientras que, una vez concluida la guerra, dedicaban sus quehaceres al buen gobierno de la hacienda de su señor. De hecho, había bugyō para todo. El más relevante era el ikusa bugyō, un inspector del ejército del daimyo responsable de que las tropas funcionaran como una máquina bien engrasada y, si era necesario, ayudaría tanto a su señor como al karō a la hora de tomar decisiones sobre la estrategia a seguir en la masacre de rigor. Por debajo estaba el maku bugyō, encargado del transporte, construcción y mantenimiento del maku o ibaku, las pantallas de tela donde el daimyo instalaba su cuartel general en campaña. En lo referente a las armas, estaban los yari bugyō, yumi bugyō, teppō bugyō y yoroi bugyō, inspectores de las lanzas, los arcos, los arcabuces y las armaduras respectivamente. Pero no solo de los hatamoto, sino de todas las tropas del daimyo. Su cometido era, como ya podemos imaginar, vigilar su estado de conservación, reponer o mandar reparar las armas averiadas o indicar las que debían adquirirse para reponer las que por uso o desgaste ya quedaban inservibles. Ciertamente, con la llegada de la paz durante el Período Edo, eso de tener a un hatamoto dedicado exclusivamente a inspeccionar el estado de unos cuantos cientos de lanzas todo el año suena a muermo, y que más lógico sería tener, en toco caso, un inspector para todo el armamento. Pero, insisto una vez más, eso sería lo razonable bajo nuestra forma de ver las cosas, que no tienen nada que ver con la de los nipones.


Un hatamoto permanecía toda su vida al servicio de su daimyo salvo
si palmaba en combate u obtenía un feudo del shogun. En caso
contrario, se vería como el probo homicida de la foto, calvo y con
unas cuantas canas tras décadas de servicio a su señor
De hecho, los bugyō no acaban aquí. Por un lado estaba el hata bugyō, el inspector de las banderas que, aparte de mimarlas y cuidarlas, era el que durante la batalla tenía como misión transmitir mediante señales las órdenes impartidas por el daimyo a las tropas en liza. También había un shogdu bugyō encargado de controlar todo lo que no fueran armas, o sea, los pertrechos propios de un ejército, y un hyōro bugyō que era el intendente, uséase, el encargado de las provisiones tanto de hombres como de animales, estando además a cargo de la adquisición de arroz, forraje y supongo que sushi en cantidad, así como de su almacenamiento y conservación tanto en los almacenes del castillo como durante los desplazamientos en campaña. El hyōro bugyō tenía a sus órdenes al konida bugyō cuya misión era supervisar todo lo concerniente al transporte de vituallas y bastimentos tanto en acémilas como en carros, vituallas que una vez en destino pasaban a manos del daidokoro bugyō que se encargaba de las cocinas. Finalmente, si el feudo de un daimyo estaba en zona costera y poseía naves pues, como no podía ser menos, nombraba a un inspector de los barcos, el fune bugyō. Como ya vemos, no dejaban absolutamente nada al azar, y esa legión de inspectores hasta venía de perlas, por si algo fallaba, para averiguar de inmediato quién era el responsable y a quién se le indicaría amablemente que su señor estaba irritado por su incuria, por lo que lo más adecuado era cometer seppuku para lavar su afrenta y partir a los campos celestiales de Buda con las tripas colgando pero, eso sí, con la honra a salvo.


Yūhitsu contabilizando los trofeos tras la batalla. La escena muestra como
toma nota de los yelmos que le han presentado. Imagino que las cabezas
que iban dentro estarían en el salón de belleza, poniéndolas presentables
Un rango bastante peculiar era el del yokome o ikusa metsuke, de categoría similar a la de los bugyō. El yokome era, por llamarlo de algún modo, la versión oriental de los prebostes europeos, que tendrían sus homólogos actuales en la policía militar. Por lo tanto, su misión era vigilar el comportamiento de las tropas y mantener una férrea disciplina tanto en la guerra como en la paz, que ya sabemos que los hombres de sangre ardiente se ponen a veces muy pesaditos cuando no tienen nada mejor que hacer que contarse batallitas. Debía hacer constar tanto los actos de cobardía como los heroicos para informar al daimyo quiénes se habían señalado en combate por ser unos cobardicas o por tenerlos bien puestos, pero su misión más importante era llevar rigurosamente la contabilidad de las cabezas. Como ya vimos en su momento, era costumbre entre los samurai cercenar la cabeza de sus enemigos y presentarla bien aseada y peinada en una ceremonia que tenía lugar tras la batalla- si la ganaban, naturalmente-, y en la que se vanagloriaban de haber derrotado al bravo Fulano o al invencible Mengano. Como es obvio, más de uno intentaría colar alguna cabeza de ashigaru de estrangis haciéndola pasar por la del gran guerrero enemigo, o bien la del gran guerrero que, en realidad, él no había logrado vencer, sino que había caído acribillado a tiros y aprovechó la coyuntura para cortarle la cabeza y atribuirse la victoria. Para controlar de forma exhaustiva todo ello estaba el yokome que, asistido por el yūhitsu (secretario), formaban una especie de consejo de guerra en el que, además de la contabilidad de las cabezas, se dirimía si el samurai que se las atribuía decía la verdad, y no gracias al falso testimonio de sus cuñados hábilmente sobornados con un tonel de sake.


Los hatamoto esperan al daimyo. En el centro vemos los guardias a caballo.
Delante, los mensajeros y en los flancos los guardias de a pie
Bien, este era el rol de los mandamases del hatamoto. Por debajo de ellos estaba el gundan, la mesnada en sí. La componía la uma mawari (guardias a caballo) que, al ser hatamoto de más rango y, por ende, con rentas más jugosas, además de sus personas colaboraban con una pequeña tropa de samurai o ashigaru en base a su poder adquisitivo. No obstante, los seguidores de este hatamoto eran agregados a las tropas regulares, no pudiendo formar parte de la elitista unidad. Al mismo nivel que los guardias a caballo estaban los tsukai-ban, los mensajeros.  Los aficionados a las pelis de samurai habrán visto más de una vez cómo un jinete portando una enorme sashimono o un horo en la espalda galopa a toda prisa por el campo de batalla. Su misión era comunicar de viva voz las órdenes que, por su complejidad o extensión, no era posible transmitir haciendo señales desde el honjin. La palabra de un mensajero debía ser considerada como una orden personal, directa e indiscutible del daimyo, y en alguna que otra ocasión algún oficial optó por no acatarla alegando que el jefe chocheaba o no estaba al tanto de la situación en un determinado punto en el campo de batalla. Como suele pasar desde tiempos de Caín, si la desobediencia salía bien y daba la victoria, el transgresor podía salir bien parado. Sino, ya sabemos como solucionaban estos probos orientales los errores porque en esos casos no se hacían preguntas, ya me entienden...


El enemigo pretende irrumpir en el honjin. En ese momento, todos los
hatamoto actúan como impulsados por un resorte y rodean a su señor,
formando una muralla humana. Muchos murieron defendiendo la
vida de su daimyo, lo que era el honor más honorable de la galaxia
Los últimos del escalafón entre los hatamoto eran los kojūninban, los guardias a pie. Eran los samurai de menos rango si bien su estatus era muy superior al de la infantería regular. Por su cercanía, eran generalmente los que defendían directamente el honjin, y para diferenciarlos de los demás infantes solían mantener una uniformidad que permitiera diferenciarlos del resto del personal. Para ello, vestían armaduras similares y, en el caso de los guardias de un shogun, para resultar aún más visibles usaban armaduras idénticas con el kabuto (el casco), los sode (las hombreras) y los haidate (las escarcelas) lacadas en oro, que para eso servían al mandamás del Japón. El número de efectivos tanto de los guardias a caballo como a pie estaban en consonancia con el poder adquisitivo del daimyo al que servían si bien los shogun, a los que le sobraba la pasta, disponían de varios grupos de 50 jinetes, cada uno al mando de un kashira, mientras que la guardia de a pie la nutrían varios grupos de 20 hombres, cada uno al mando de un kōjunin kashira.


Un koshō junto al daimyo, siempre atento para cumplir el más mínimo
deseo de su señor
Bueno, este pequeño galimatías eran los hatamoto, los hombres más selectos destinados a guardar al daimyo y a dar su vida por él. Solo resta mencionar a los koshō (pajes), mozalbetes que entraban a servir como hatamoto desde la adolescencia y que, por razones obvias, se acababan convirtiendo en los más leales al llegar a la edad adulta por el constante contacto personal con su señor, que se traducía con el tiempo en verdadero afecto. Las causas para poder convertirse en koshō eran muy diversas: para acoger al hijo de un leal servidor muerto en batalla, como una especie de rehén entregado por uno de sus vasallos como muestra de fidelidad o incluso procedente de la familia de otro daimyo aliado, como prueba de buena fe. Servir como koshō no solo era algo honorable aunque le tocara de vez en cuando acatar alguna orden desagradable ya que le permitiría adquirir una educación de primera clase en artes marciales y, con el tiempo, ascender de posición. Ya comentamos al principio que estos ciudadanos valoraban en gran medida la meritocracia, y tener la oportunidad de distinguirse en combate o, ya puestos, salvar la vida de su señor, podía suponer no solo verse convertido en bugyō o karō, sino incluso en daimyo.


Hijikata Toshizo, uno de los últimos hatamoto.
No deja de resultar pintoresca su indumentaria
occidental con el wakizashi asomando bajo
la levita. Palmó de un balazo en junio de 1869,
durante la Guerra Boshin
En fin, criaturas, estos fueron los selectos hatamoto. A lo largo del Período Edo, la ausencia de conflictos los acabó convirtiendo en funcionarios, dejando atrás su faceta bélica mientras que los daimyo fueron prescindiendo de ellos porque les interesaba más vivir bajo la sombra del shogun en los castillos de Osaka o Edo, por lo que los hatamoto solo subsistieron al servicio del shogun hasta que en 1868 se dio término al régimen del shogunato con la Guerra Boshin, por la que el poder regresaba a manos del emperador. Los otrora poderosos samurai pasaron a la historia para ceder su influencia a los políticos y los militares. 

Y colorín colorado, la historia de los hatamoto ha terminado.

Hale, he dicho

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El daimyo en su estrado flanqueado por dos koshō que, cuando lleguen a la edad adulta, servirán a su señor hasta
las últimas consecuencias. 

miércoles, 12 de febrero de 2020

ASHIGARU, LA INFANTERÍA PLEBEYA


Contingente de ashigaru armados con lanzas. Estas tropas, surgidas de los campesinos del más bajo nivel social,
lograron convertirse en piezas fundamentales en los ejércitos de los daimyo

Cuando vemos una película ambientada en el Japón medieval, puede que muchos piensen que los ejércitos que aparecen en las batallitas que tienen lugar se nutrían exclusivamente de samurai. Total, todos llevan armaduras, todos llevan en la espalda el sashimono que los distinguía de las tropas enemigas y todos usaban un armamento similar. En resumen, la impresión que dan es que en Japón había más samurai que políticos en España ya que había suficientes para formar mogollón de ejércitos de miles de hombres con los que los daimyo se dedicaron durante décadas y décadas a masacrarse bonitamente. Sin embargo, la realidad es que los efectivos de samurai con pedigree eran los menos, afirmación ante la que cualquier cuñado ahíto de documentales de Canal Historia levantaría la ceja perplejo. ¿Quiénes formaban entonces el grueso de los vistosos ejércitos nipones? Pues los ashigaru que ya mencionamos en la entrada anterior. Los "pies ligeros" que eran básicamente una réplica de los milicianos medievales europeos, o sea, campesinos que acudían a la llamada de las armas para sumarse al pequeño contingente de samurai para defender el territorio o bien hacerle una visita al daimyo vecino y dejarle el cortijo arrasado hasta los cimientos. Veamos pues en qué consistían los ashigaru y como, con el paso del tiempo, se acabaron convirtiendo en unos elementos fundamentales en los ejércitos de la época.

El emperador Tenmu (c.631-186)
La necesidad de formar ejércitos razonablemente numerosos contando con la población ya la planteó el emperador Tenmu a principios de su reinado, a partir del último cuarto del siglo VII. Pero por aquel entonces el estado no disponían de infraestructuras ni medios para establecer un sistema de reclutamiento, y menos aún para controlar que los llamados a filas acudieran en su momento a prestar servicio militar. El pueblo se preocupaba más por dedicar todos sus hombres útiles a sus labores, y el personal pasaba del tema y desertaban sin que nadie pudiera evitarlo. Total, que a la vista del fracaso obtenido por lograr disponer un ejército como Buda manda, Tenmu les hizo dos higas y se olvidó del tema. Así pues, se tuvieron que conformar con recurrir a los terratenientes con medios económicos suficientes como para disponer de un caballo y armas- los primeros samurai- y que además pudieran aportar campesinos de sus tierras o incluso aumentar sus efectivos contratando los de otros dominios. 


Genin escoltando a su señor. Como vemos,
está provisto de armadura y va armado con
espada y naginata cuya hoja lleva cubierta
con una funda de cuero
Los que por lazos de parentesco y fidelidad al clan del samurai eran considerados como hombres de confianza eran denominados genin, asistentes del guerrero, cuya misión principal era transportar toda la impedimenta del samurai al que servían y, llegado el caso, prestarle su ayuda en el campo de batalla si la vida de este corría peligro. Además, debían ir recolectando las cabezas cortadas por su señor para la ya conocida ceremonia de presentación tras la batalla para darse postín y tal. Hay que considerar que, en aquella época y según el código de conducta de estos probos orientales, la guerra era una especie de duelo personal entre los samurai de un bando y otro, y no dos masas de combatientes que se abalanzaban como carneros en celo para darse estopa con saña bíblica. Si por su valor y dedicación se hacían merecedores de ello, un genin podía verse elevado al rango de samurai con lo que ello conllevaba. Pero el resto de la infantería estaba formada por labriegos cuya fidelidad era más que cuestionable, mal armados y peor entrenados, por lo que no era raro que si la campaña se alargaba más de la cuenta tomasen las de Villadiego y dejasen a su señor/contratador tirado. En realidad, estos hombres eran lo más bajo del escalafón social del Japón, gente sin los elevados principios morales y éticos y demás zarandajas a los que les daba una higa todo lo que no fuera intentar trincar algo de botín si, tras la batalla, su bando era el vencedor. Así, no era raro que se dedicaran al pillaje e incluso a rematar a los samurai heridos para expoliarlos, robándoles sus armas, armaduras, etc.


De izquierda a derecha vemos a Noda Shirô, Koshirô Hyôgo y Kusunoki
Masatsura bajo una lluvia de flechas. Obviamente no salieron con vida
del brete
La primera vez que aparece en las crónicas el término ashigaru es en la batalla de Shijōnawate, librada en febrero de 1348 en el contexto de las Guerras Nanboku-chō que enfrentó a las dos facciones lideradas por sendos emperadores, el del Norte y el del Sur. En las crónicas de la batalla de cita a los shashu no ashigaru, que eran contingentes de arqueros que habían copiado el sistema mongol aprendido de estos cuando invadieron Japón un siglo antes. Hasta aquel momento el arquero por antonomasia era el samurai, cuya destreza con el arco era incluso más valorada que con la espada. Pero el samurai a caballo solo podía ofender a un enemigo en concreto, mientras que los shashu no ashigaru, disparando andanadas de flechas contra la masa atacante, especialmente la caballería enemiga, resultaban devastadores. La ilustración de la derecha nos muestra de forma bastante gráfica como la densa lluvia de flechas acabó dando la victoria a la Corte del Norte, con varios samurai muertos a causa de los proyectiles y a tres de sus líderes que no saben ya donde meterse para esquivarlos.


Ashigaru durante la Guerra de Onin. Como vemos, ofrecen
un aspecto deplorable, armados con simples cañas de bambú
afiladas e incuso uno que ha atado una hoz a una caña
En el sigo XV y tras el estallido de la sangrienta Guerra de Onin y el posterior Período de los Estados Combatientes en los que los daimyo acabaron con el bofuku de los shogun, estaba ya más que claro que la única forma de disponer de tropas suficientes era reclutando a campesinos que nutriesen de forma notable los ejércitos de los daimyo. Sin embargo, su fidelidad y su rendimiento en combate seguían siendo más que cuestionables. Si se les echaba encima la época de la cosecha se largaban sin dar explicaciones, su entrenamiento seguía siendo más que deficiente y, lo peor de todo, que no tenían el más mínimo reparo a la hora de cambiar de bando, y mientras una campaña la hacían bajo la bandera de una daimyo podían hacer la siguiente bajo la de otro si este les ofrecía unos jugosos incentivos. Como vemos, aumentar el número de efectivos de un ejército con semejante morralla no tenía mucho sentido, y la única forma de conseguir tropas fiables que, además, fuesen verdaderamente útiles en el campo de batalla era estableciendo lazos de fidelidad entre los daimyo y sus tropas y proporcionarles tanto las armas como el adiestramiento adecuados para hacer de ellos verdaderos soldados y no una banda de chusma dedicada ante todo al pillaje.


Dos armaduras originales de ashigaru del siglo XV. En el detalle central
vemos un tipo de protección más básico para la cara, consistente en un
protector de hierro que cubría frente y mejillas y se anudaba en el cogote
El primer paso para fidelizar a los ashigaru y, tanto o más importante, crear un espíritu de cuerpo, fueron las okashi gusaku, las armaduras en préstamo. Eran unas armaduras básicas, consistentes en una coraza o do lisa formada por láminas de hierro y provistas de faldones o kitsazuri que les protegían la parte superior de los muslos. Para protegerse los brazos usaban unas kote, unas mangas cubiertas en parte por placas metálicas, y las piernas se las protegían con suneate, unas grebas de hierro atadas sobre unas polainas de tela o kaihan. Para la cabeza era habitual el uso del jingasa, el típico sombrero cónico oriental que, en este caso, se fabricaba de hierro y se proveía de un cubrenucas de tela para proteger el cogote del sol si bien algunos se protegían con kabuto sencillos. Los daimyo con más medios económicos hacían pintar su mon en el peto, y algunos incluso mandaban lacar todas las armaduras del mismo color. De ese modo se lograba una uniformidad que siempre ayudaba a igualar a los hombres y aumentar los lazos que les unían a su señor.


Los tres tipos de armas en que se especializó la
infantería: lanza, arco y arcabuz
Con todo, la infantería de la época no solo se nutría de ashigaru, sino también de ji-samurai, hombres pertenecientes a un rango inferior a los samurai normales cuyos medios económicos les obligaban a trabajar a tiempo parcial como labradores y solo acudían a la llamada a las arma cuando el daimyo los convocaba. El constante y voraz afán expansionista de estos últimos obligó a muchos ji-samurai a optar por dedicarse por entero a la milicia o, por el contrario, pasar del tema y ejercer exclusivamente como granjeros. En caso de decidirse por la vida militar ingresaron en los ejércitos de los daimyo como ashigaru, abandonando sus aldeas y yéndose a vivir a los castillos de los grandes señores para sumarse a la guarnición de los mismos. Así, entre los ashigaru y los jin-samurai acabaron formando una competente fuerza de infantería que, además, se vio cada vez más especializada mediante la división de hombres en base al tipo de arma que usaban, arqueros, lanceros y, a partir de mediados del siglo XVI, arcabuceros. De hecho, estas tropas acabaron siendo decisivas en los campos de batalla hasta el extremo de que su importancia superaba notablemente a la de los samurai.


Arigashu pertenecientes al zori tori de un samurai cuidan y dan de comer
al penco de su señor. Como vemos, uno le ofrece el grano directamente
de su jingasa
Con los ashigaru ocurrió algo similar. Como su permanencia en filas se limitaba al tiempo de la campaña y, a pesar de los avances en los medios de reclutamiento, aún seguían alistándose los oportunistas de siempre que solo buscaban medrar a base de pillaje y expolio de cadáveres, los daimyo con medios suficientes se inclinaron por disponer de un contingente de ashigaru de élite que permanecían todo el año sujetos a filas. En realidad, para estos hombres era una oportunidad de mejorar su estatus social y olvidarse de acabar artríticos hasta la cejas por pasarse media vida en los campos de arroz. Los que lograban destacar y presentar alguna que otra cabeza a su señor tenían muchas opciones para ser elevados de rango y ser nombrados samurai, lo que conllevaba además obtener un feudo. El inicio de su carrera era como genin para, a base de méritos, lograr un puesto en el zori tori, un cuerpo de asistentes personales de un samurai de alto rango o el daimyo compuesto por sus ashigaru personales incluyendo el portador de sandalias- que aunque parezca una chorrada era uno de los cargos más anhelados-, el portador del yari, la lanza del señor, el del nobori, la bandera del mismo, y un ordenanza que igual valía como camarero, para ayudarle a armarse o para darle un masaje en el pescuezo con cremita y tal.


Teppo ko gashira con el bastón de bambú
propio de su rango. Lo que parece una ristra
de chorizos alrededor del cuello es en realidad
una bolsa con las raciones diarias de arroz
Los cuadros de infantería eran puestos bajo el mando de un samurai de confianza del daimyo que, por lo general, solía imponer una disciplina férrea entre su gente.  Estos samurai estaban distribuidos en una escala jerárquica perfectamente organizada para un mejor control de las tropas en el campo de batalla y, ante todo, organizar el entrenamiento que les permitiría rendir al máximo. Así pues, las unidades de ashigaru de un ejército estaban al mando de un arigashu taisho, hombres de la máxima confianza del daimyo ya que bajo ellos tenían tanto a los arqueros como los lanceros como los arcabuceros. Por debajo de ellos estaban los ashigaru  kashira, al mando de unidades equivalentes en efectivos a los de una compañía de infantería moderna, por lo general 150 hombres divididos en dos tipos de armas, V. gr. 75 arqueros y 75 arcabuceros. Finalmente estaban los  los ashigaru ko kashira, lugartenientes de los anteriores  que tenían bajo su mando a 30 hombres. Otro oficial era el teppo ko gashira, encargado exclusivamente de las escuadras de arcabuceros formadas por cinco de ellos más un arquero cuya misión eran mantener un mínimo de potencia de fuego o alejar a posibles enemigos mientras que sus compañeros recargaban. El distintivo de mando de los ko gashira era una caña de bambú por lo general lacada de rojo a modo de bastón de mando en cuyo interior llevaba una baqueta especialmente sólida para usarla como repuesto en caso de que a alguno de sus hombres se le partiera la suya. 


Escuadra de arcabuceros protegidos por manteletes. Estas unidades
se convirtieron en armas decisivas a partir de mediados del siglo XVI
Este elevado nivel de especialización se logró por mediación de Toyotomi Hideyoshi, cuyo padre había servido como ashigaru bajo Oda Nobuhide, padre de Oda Nobunaga, pertenecientes al famoso clan de daimyo de la provincia de Owari. Hideyoshi, que logró unificar el Japón durante el período Sengoku, tenía bastante claro que si permitía que otros daimyo lograban acumular tropas bien armadas y entrenadas como habían hecho Nobunaga, jamás lograría someter a los poderosos señores feudales deseosos de adueñarse de los territorios de sus vecinos y más allá. Así pues, en 1588 emitió un edicto, la Caza de las Espadas, mediante el cual los ashigaru que se enrolaban a tiempo parcial tenían prohibido abandonar los campos y portar armas. Por lo tanto, los daimyo se veían en la coyuntura de sumar el máximo posible de campesinos a sus ejércitos a costa de dejar los campos abandonados, lo que no se podían permitir porque eran la base del sustento tanto familiar como del personal a su servicio y sus tropas. 


Samurai rodeado por su guardia personal formada por otros samurai de rango
inferior y ashigaru. A los lados se pueden ver los porteadores que el Edicto
de Separación impedía usar como combatientes
No obstante, y precisamente para evitar maniobras por parte de los taimados daimyo que intentasen eludir la norma, Hideyoshi añadió en 1591 el Edicto de Separación, una segunda ley por la que se prohibía que los vasallos de los señores feudales cambiasen de estado. O sea, que un campesino ya no podría dejar de serlo bajo pena de muerte de la misma forma que un ashigaru no podía volver a sus labores rurales. Por lo tanto, los campesinos solo podían servir en un ejército como trabajadores, es decir, ejerciendo de porteadores, forrajeadores, carpinteros, leñadores o, en resumen, cualquier actividad que no implicase tomar las armas. Takeda Shingen llegó incluso a hacer uso de sus mineros- su clan explotaba varias minas de oro- para usarlos como tuneladores durante los asedios para minar las muralla, así que ya vemos que siempre hubo opciones para sacarles provecho a los currantes de cada feudo si bien para cuestiones puramente militares estuvieron vedados para siempre. 


Ashigaru portando el hata jirushi y el uma-jirushi de su señor.
Esto suponía un gran honor para los miembro del zori tori
El sucesor de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu, pudo llegar a culmminar la implantación definitiva del Edicto de Separación, labor que no fue nada fácil precisamente por las constantes fullerías de los daimyo para escaquearse de la norma. Pero por aquel tiempo, los ashigaru ya habían logrado ascender de estatus, siendo considerados como samurai de rango inferior. Su nivel de especialización permitió incluso establecer sistemas de respuesta rápida en cuanto algún señor tenía noticia de que sus dominios estaban bajo amenaza. Para ello, desde antes de la Caza de las Espadas los ashigaru acudían a sus labores cotidianas en el campo dejando las lanzas clavadas en el suelo junto a un par de sandalias de paja, pendientes del sonido de la horagai, una bocina hecha con una caracola que era la señal de acudir a los puntos de reunión y aprestarse a la defensa. Takeda Shingen estableció incluso un sofisticado sistema de atalayas de madera conocidas como noroshi, que eran unas torres en cuya parte superior se suspendía un recipiente con material combustible que se elevaba sobre un mástil y que era visible a gran distancia. O sea, un sistema básicamente idéntico al de las almenaras hispanas. Estas noroshi estaban distribuidas por toda la frontera de su feudo y llegaban hasta Kofu, la capital del mismo, siendo complementadas por mensajeros a caballo que recorrían una determinada comarca para poner sobre aviso al personal. Con este sistema, Takeda podía multiplicar por diez los efectivos de las guarniciones permanentes de sus castillos en muy poco tiempo. Ese tipo de actuaciones fueron precisamente las que obligaron a Hideyoshi y a su sucesor Ieyasu a imponer el Decreto de Separación, porque de no ser así cualquier daimyo podía formar un ejército de miles de hombres entre sus tropas fijas y las provisionales sacadas de los campos de arroz.

Bien, con esto ya podemos hacernos una idea de qué fueron los ashigaru y de la importancia que llegaron a tener pese a surgir de simples campesinos. Para lo referente a los distintos tipo de tropas y su organización ya dedicaremos otro artículo para poder estudiarlos con detenimiento.

Bueno, de momento vale por hoy.

Hale, he dicho


Un samurai acosado por varios ashigaru dispuestos a dejarlo en cueros tras darle muerte. Los otrora invencibles
y respetados samurai acabaron siendo  muy a su pesar uno más en el campo de batalla ante una infantería capacitada

viernes, 7 de febrero de 2020

ENSEÑAS Y HERÁLDICA DE LOS SAMURAI

Fotograma de "Ran" (1985), obra maestra de Akira Kurosawa que nos ofrece, entre otras cosas, el increíble espectáculo
visual de un ejército compuesto por samurai y ashigaru con las banderas de su señor Hidetora Ichimonji y sus ambiciosos
hijos Taro Takatora y Jiro Masatora. El que no haya visto aún esta cinta está en pecado mortal, lo sepa

Como ya vimos en su día, la heráldica surgió en Europa como una mera necesidad para identificarse en la vorágine del combate y no darle excusas a cualquier cuñado para que te estampase su hacha en plena jeta aduciendo que ibas vestido como el caudillo enemigo. De esa necesidad surgió la ciencia que acabó convirtiéndose con el paso del tiempo en una forma de mostrar tanto a amigos como enemigos que los ancestros propios no solo los tenían bien puestos, sino que eran bienquistos por los monarcas y gozaban de su confianza. En puridad, podríamos incluso afirmar que la heráldica es algo universal ya que cualquiera que reúna a cuatro compadres para ir a la guerra necesita ser reconocido por propios y ajenos, y hasta la tribu más perdida de África, Asia o Sudamérica también tenían que recurrir desde los tiempos más remotos a insignias que hicieran saber a los enemigos con quienes se jugaban los cuartos, ya fuesen las calaveras de los abuelos pintadas de rosa chicle, el pellejo de un antílope albino o un cacho trapo con alguna chorrada pintada en el mismo. 

Samurai escoltado por un sirviente a pie que
porta una bandera con su blasón
En lo tocante a la heráldica japonesa podríamos decir que, básicamente, está basada en principios similares a la europea si bien difiere de forma radical en lo tocante a mobiliario, diseño e incluso la forma de presentar los distintivos familiares ya que, mientras en Europa se recurría al escudo para identificarse, en Japón tuvieron que buscar otras soluciones ya que ellos no usaban esos chismes tan prácticos. Por otro lado, aunque en los albores de la heráldica europea no había normas respecto al diseño y cada guerrero pintaba en su escudo lo que le daba la gana, posteriormente no solo se convirtió en una ciencia con una reglas tan estrictas que solo los reyes de armas eran capaces de interpretar cada mueble, símbolo y color de un blasón, sino que solo los monarcas tenían potestad para otorgarlos y, llegado el caso, añadir o modificar el contenido del escudo de armas. Sin embargo, en el Japón no hubo unas normas tan estrictas y, de hecho, llegó un momento en que cualquier pelagatos podía elaborarse su distintivo familiar, cosa que en Europa se consideraba y se considera un fraude, cuando no un delito. En fin, basta de introitos y vamos al grano, que para luego es tarde.

La ilustración muestra un carro donde viaja el mismo emperador durante
la Rebelión de Heiji. En el carro viajan él y la emperatriz huyendo del
palacio imperial escoltados por varios samurai
Curiosamente, el origen de la heráldica en el Japón no se inició con fines bélicos, sino para identificar a los mensajeros. Los primeros emperadores del Japón hacían uso de su distintivo personal, el mon, que era pintado en un estandarte que portaban sus mensajeros cuando viajaban al continente a resolver temas diplomáticos con sus vecinos de la China. Los ejemplos más primitivos datan del Período Nara (710-784), de donde se conservan ilustraciones en las que aparecen carros para los mensajeros y funcionarios imperiales decorados con un diseño consistente en una estrella rodeada de otras ocho que, a simple vista, parecen un flor de ocho pétalos. El mon era el distintivo familiar de los personajes de cierta relevancia, el equivalente, por buscarle un símil comprensible, al escudo de armas de un linaje europeo. Sin embargo, carecían de la complejidad de los blasones occidentales en lo tocante a diseños y colores y, de hecho, ni siquiera estaban sujetos a otro cometido que como distintivo en sí. En el Japón no se hacía uso de torres, castillos o edificios de cualquier tipo, formas geométricas complejas ni objetos de lo más variopinto, y en lo referente a los animales eran muy escasos. Se limitaban a adoptar un diseño elegante pero básico, generalmente inspirado en motivos florales, cuerpos celestes y formas geométricas simples. 

Kiku no go mon, el emblema por antonomasia de la
monarquía japonesa y, desde 2005 de la nación
No había unas normas fijas en lo tocante al color, e incluso había veces en que ni siquiera se recurría al mon en batalla, sino que se limitaban a decorar sus banderas con unos colores que hicieran un contraste significativamente visible para, simplemente, saber quiénes eran los amigos y quiénes los enemigos. Solo había un mon que permanecía inalterable, y era el del emperador, el kiku no go mon, el archifamoso crisantemo de 16 pétalos que, según algunos estudiosos, es en realidad una representación idealizada o esquemática del sol en la que los pétalos de la flor serían los rayos. La flor de 16 pétalos era de uso exclusivo para el emperador, mientras que el heredero usaba uno con 14 pétalos. A partir de 1871, tras la Restauración Meiji, quedó totalmente prohibido que nadie usase un mon que pudiera ser confundido con el crisantemo imperial. Solo un vasallo del emperador tuvo el privilegio de usar ese símbolo, el valeroso Kusunoki Masashige, que palmó heroicamente en 1336 en la batalla de Minatogawa sin que su lealtad hacia el emperador Go Daigo cediera ni medio adarme, yendo voluntariamente a una muerte segura por obedecer a su señor. Por ello, Go Daigo concedió a su familia usar como distintivo el kikusi mon, el crisantemo en el agua, simbolizando con ello que gracias a Masashige el crisantemo real se mantuvo a flote. Este es el único caso, que se sepa, en el que un determinado distintivo familiar fue concedido por el mikado.

Dos tipos de hata jirushi
Esta necesidad de recurrir a un símbolo identificativo surgió en el siglo X con la instauración de los shogun. A lo largo de casi dos siglos, las familias de terratenientes estuvieron dándose las del tigre para, poco y poco, batallando unos contra otros, fueron cayendo los aspirantes a hacerse con el poder y relegar al emperador a una mera figura decorativa hasta que a finales del siglo XII solo quedaron dos: los Taira y los Minamoto. Después de varios enfrentamientos, fueron los Minamoto los que lograron el triunfo y, con ello, el anhelado título de shogun en 1192, régimen dictatorial que se mantuvo hasta el siglo XVI. En aquella época y como ya se ha comentado, el uso del mon en batalla no era obligado, y se solía recurrir a enseñas que bastasen para identificar a los buenos de los cuñados. En este caso se empleaban los hata jirushi, una bandera mucho más larga que ancha que pendían de un travesaño colocado en el extremo de una larga asta, bien embutido en un lado o bien en forma de cruz, algo así como los lábaros usados por los emperadores romanos. Estas banderas eran portadas por el hata sashi, un samurai que, a modo de heraldo o abanderado, cabalgaba o corría tras su señor para señalar en todo momento, tanto a amigos como enemigos, dónde se encontraba. Y además del mon o un color liso determinado adornado con franjas que hicieran contraste, algunos señores solían optar por escribir con tinta negra oraciones a los shinto kami- los dioses-, por los que más vocación sentían o incluso exhortaciones o proclamas al valor o a alguna de sus hazañas. En esto, como vemos, a pesar de que por aquel entonces Europa y Japón se desconocían por completo, había una coincidencia bastante peculiar ya que por estos lares se recurría a adornar las banderas con imágenes sagradas de Jesucristo, la Virgen, ángeles o el santo de turno.

A la derecha vemos con más precisión el hata jirushi de
Takezaki Suenaga: una bandera en la que aparece su mon en
la parte superior sobre fondo blanco y el tercio inferior de
color azul. El mon consiste en tres losanges huecos sobre el
ideograma "yoshi", que significa "viejo"
El hata jirushi tenía más utilidades además de informar al planeta entero de que su dueño estaba presente en la batalla, sino también después de la misma. Por ejemplo, era costumbre de los samurai colgar el hata jirushi con su mon de las murallas de un castillo o una ciudad tomada y en la que él en concreto había sido el primero en coronarla y hacer frente a los defensores. Por otro lado, se empleaba en la ceremonia de presentación de las cabezas de los enemigos a los que había derrotado, truculenta costumbre de estos honolables guelelos del mikado. Como creo que ya se ha comentado alguna vez, los samurai encargaban limpiar y peinar las cabezas de sus enemigos para presentarlas a su señor para ganar prestigio y, de paso, alguna recompensa. En dicha presentación se colocaba junto a los trofeos el hata sashi con la bandera y los testigos que diesen fe de la hazaña. En la ilustración izquierda vemos el hata sashi trotando tras su señor, Takezaki Suenaga, un samurai vasallo de Muto Kagesuke que se distinguió durante la invasión mongol a Japón en 1274 y hasta mandó elaborar el conocido Mōko Shūrai Ekotoba, un pergamino en plan Tapiz de Bayeux donde se detallaban sus hazañas para presentarlas al shogun y recibir una recompensa por ello.

Ibaku donde el daimyo se zampa una paella de marisco con sus colegas
En esta misma época también se generalizó la costumbre de decorar con el mon el ibaku o maku. El ibaku era unas pantallas de tela que, a modo de zona reservada, permitían al comandante de un ejército o un señor reunirse con sus hombres de confianza o, simplemente, pegarse un siestazo mortífero aislado de miradas indiscretas. De hecho, el término con que se denominó al régimen de los shogun, bakufu, proviene precisamente de estos pabellones sin techo. Lo instituyó el primer shogun, Minamoto Yoritomo en 1192, y significa precisamente "el gobierno detrás de la cortina". El ibaku, claramente distinguible en la cima de algún otero cercano, era perfectamente visible tanto por las tropas del noble de turno como por las enemigas. Al parecer, con el paso de tiempo se tomó la costumbre de bordar o pintar el mon cada vez más grande, para que a nadie le quedase duda de que allí estaba el cuartel general del mandamás.

También para identificarse ante propios y extraños era habitual pintar el mon en los manteletes con que los arqueros se protegían de los proyectiles enemigos, sobre todo en los asedios. A medida que pasaba el tiempo, los ejércitos de los señores feudales crecían en efectivos, disminuyendo comparativamente el número de hombres a caballo en favor de la infantería, más barata de mantener y con un uso táctico más flexible en el campo de batalla. En el caso de la ilustración de la izquierda, correspondiente a una batalla de las Guerras Genpei entre los clanes Minamoto y Taira, vemos el mon de los primeros, la flor de la genciana, otros con franjas horizontales y algunas exhortaciones de tipo religioso para que el kami de turno se apiade de sus miserables almas de devoradores de sushi y los deje irse al cielo si palman como auténticos y verdaderos héroes a mayor gloria de su señor.

Y por último, señalar que también era costumbre bordar el mon en la espalda del jinbaori, el típico sobretodo sin mangas que usaban los samurais de alto rango. También podía aparecer en el kabuto (el casco), por lo general encima de la visera. En todo caso, insistimos en que el uso de mon no estaba en modo alguno reglado por las estrictas normas de la heráldica occidental, y su diseño no obedecía más que al capricho de su dueño, que podía buscar en él un símbolo alegórico relacionado con su clan, sus antepasados o alguna hazaña notable realizada por él o por alguno de sus ancestros. Por poner un ejemplo para que nos sirva de orientación a la hora de valorar los motivos para crear un mon, sirva el de Kumagai Naozane, que aunque inicialmente estaba al servicio del clan Taira se pasó secretamente al bando de los Minamoto (el tema de la tan tatareada lealtad del samurai es bastante cuestionable a ojos de los occidentales). Tras la derrota de Minamoto Yoritomo en Ishibashiyama en 1180, Naozane recibió la orden de buscar al enemigo vencido, que encontró oculto en un árbol. Para no delatar a su nuevo señor, agitó las ramas con su arco y salieron dos palomas volando espantadas, pudiendo así justificar a sus acompañantes que allí no había nadie escondido. De ahí que adoptase como mon dos palomas y el nombre de Hachiman Dai Bosatu, un emperador deificado al que atribuían a las palomas ser sus mensajeras. O sea, que nada que ver con los castillos, torres, leones y demás mobiliario habitual con la heráldica occidental. 

Los usos de la guerra y los efectivos habituales de los ejércitos empezaron a variar hacia mediados del siglo XV, empezando por la dificultad de llevar cada samurai su correspondiente hata shasi junto a él. Los combates eran cada vez menos a nivel individual y más formando masas de hombres cuya identificación se complicaba enormemente, así que hubo que idear nuevas formas para reconocerse unos a otros más allá de los hata jirushi de siempre, que quedó relegado al papel de identificar a todo un ejército, y no a nivel individual de cada combatiente. O sea, se convirtieron en la enseña global de todos los efectivos de la hueste por lo que para señalarse individualmente se optó por distintivos más pequeños y, de paso, menos engorrosos. Inicialmente se crearon los sode jirushi, unos pequeños banderines con el mon del samurai que se colocaban sobre las hombreras de las armaduras. Del mismo modo otro optaron por los kasa jirushi, la insignia del casco, que se colocaba en la parte delantera sobre su cimera personal o colgando de una anilla en la parte trasera del kabuto (véanse las figuras de la ilustración superior). Las tropas que seguían a estos samurai de más rango adoptaron las mismas insignias, por lo que sería el primer tipo de uniformidad en los ejércitos japoneses.  

Ashigaru armado de naginata, tanto
y wakizashi (c. 1470)
En el último cuarto del siglo XV surge el Sengoku Jidai, el Período de los Estados Combatientes, en el que los daimyo (grandes nombres) empiezan a luchar entre ellos para aumentar sus dominios ante la cada vez mayor falta de autoridad de los shogun. Este constante estado de guerra civil obligó a reclutar más tropas que, aunque ajenas a la casta de guerreros por antonomasia, los samurai, llegado el caso podían dar tanta guerra o más. Eran los ashigaru (pies ligeros), tropas de infantería a sueldo que igual valían para manejar una naginata que para disparar un arcabuz cuando las armas de fuego llegaron a Japón de manos de los portugueses. Los ashigaru eran un símil de los mercenarios suizos en Europa: se apuntaban al que pagaba más y mejor, de modo que a los daimyo no les quedó más remedio que tratarlos generosamente si no querían verlos en la siguiente campaña haciéndoles frente. Y para ello, nada mejor que proveerlos de un armamento defensivo que los pusiera contentitos así que tuvieron que rascarse el bolsillo para equiparlos con las okashi gusoku, armaduras cedidas en concepto de préstamo mientras permanecieran a su servicio. Como es obvio, un ejército que ya contaba con miles de hombres necesitaba imperiosamente medios para que el comandante del mismo supiera quiénes eran los que se movían en el campo de batalla, y los pequeños banderines colgando del casco no servían de nada en la distancia.  

Los ejércitos ya no eran una masa informe que se abalanzaba sin más contra el enemigo. Ahora se dividía en cuadros nutridos por hombres provistos con armamento de diversos tipos: lanceros, arqueros y arcabuceros, aparte de la caballería formada por contingentes de samurai. El comandante del ejército debía saber organizar aquellos miles de hombres para que la batalla no acabara como el rosario de la aurora, así que hubo que crear la figura del hata bugyo, el encargado de las banderas, cuya misión era controlar en todo momento que las enseñas de cada unidad estaban donde debían estar. Para ello disponía de un contingente de varios cientos de hata sashi, los abanderados, provistos de estandartes de diversos colores que, además, podían llevar el mon del daimyo. En todo caso, lo importante era saber quién era quién para impartir las órdenes a la unidad adecuada. Para facilitar la visión se creó el nobori, un tipo de bandera similar a la hata jirushi pero de mayor tamaño que, por lo general, el abanderado llevaba en un soporte de cuero atado a la cintura o a la espalda. A veces, su enorme tamaño obligaba a que le acompañasen dos asistentes que, como vemos en la ilustración superior, sujetaban el estandarte con cuerdas para que ni bandera ni abanderado salieran volando si se levantaba un vetarrón importante. En todo caso, lo aparatoso y molesto de su tamaño hizo que finalmente se usaran solo para identificar unidades de gran tamaño o, simplemente, para poner varias en fila ante el enemigo y acojonarlo un poco.

El nobori acabó convirtiéndose más en un objeto decorativo, y se recurrió a algo más simple y, al mismo tiempo, más útil porque si el portador del nobori palmaba y nadie se podía hacer cargo del estandarte, la unidad quedaba "invisible" para el comandante del ejército. Así pues, se introdujo un nuevo tipo de enseña de menor tamaño destinada a ser llevada por todos y cada uno de los componentes de la tropa. Era el sashimono, que es quizás el distintivo que todo el mundo identifica con el Japón medieval. El sashimono era inicialmente como un hata jirushi, pero de un tamaño muy inferior que se colocaba en un soporte en la espalda del combatiente, ya fuera samurai o ashigaru. Cada unidad tenía su color propio, que generalmente se elegía entre los cinco "colores de la suerte": rojo, azul, amarillo, blanco y negro, a los que se podían añadir franjas de diversos colores si era preciso o el mon del daimyo. Para colocarlo se ponía a la espalda un soporte de madera lacada provisto de dos cordones que se pasaban bajo las axilas y se anudaban sólidamente a dos argollas situadas en el peto de la armadura como podemos ver en el gráfico de la derecha.

Este accesorio no solo permitía identificar fácilmente a cada unidad por presentar en la distancia una vistosa masa de un mismo color, sino que ofrecía ante el enemigo un espectáculo que podía hacer que a más de uno le entrasen ganas de volver a casa sin perder un minuto. No pasó mucho tiempo hasta que se empezaron a adoptar también formas tridimensionales como abanicos, calabazas, sombrillas, serpentinas, penachos de plumas, discos y, en fin, una miríada de diseños para personalizar cada vez más cada unidad y cada ejército.

Las enseñas de los daimyo también sufrieron cambios. A principios del siglo XVII tenían la costumbre de adoptar de forma mayoritaria dos banderas: el o uma jirushi, o gran estandarte, y el ko uma jirushi o estandarte menor. Igual eran un nobori tradicional o recurrían, al igual que en el caso de los sashimono, a diseños tridimensionales con formas similares, fabricados con maderas ligera y telas y que tuvieran un significado simbólico para el personaje en cuestión. De hecho, podían juntar varios de estos estandartes que se situaban en el ibaku como si fuera una especie de santuario castrense. En ellos se podían ver sombrillas, ramas, cuerpos celestes, las dichosas calabazas, oraciones e invocaciones, etc. Por cierto que el primero en usar el hi no maru, el disco rojo que representa al sol y que se acabó convirtiendo en la bandera del Japón fue Takeda Shingen, aunque su gran estandarte era una bandera azul con una cita de Sun Tzu, el famoso estratega chino, que decía: "Rápido como el viento, mortal como el fuego, silencioso como el bosque y estable como la montaña". En estos casos, los abanderados eran por lo general ashigaru por ser uno de los principales objetivos de los samurai con ganas de hacer méritos ya que cortarles la cabeza y presentarla a su señor era un acto simbólico que venía a significar que había decapitado al comandante del ejército enemigo, así que si el hata sashi caía descabezado no solía haber muchos candidatos a sustituirlo salvo otro ashigaru que, llevando a cabo este acto de valor, podía verse recompensado e incluso elevado de rango social.

Pero la enseña de más categoría para los samurai al servicio de un daimyo de postín era el horo. Estos hombres, que formaban parte de lo más selecto de los vasallos del señor feudal, solían formar parte de su escolta personal o actuaban como mensajeros en batalla, diferenciándose del resto portando el horo en vez de un sashimono. Este peculiar aditamento estaba formado por un oikago (manda cojones el palabro), un armazón de mimbre como el que vemos a la derecha. Se sujetaba a la espalda del mismo modo que el sashimono convencional. Sobre el... oikago (💩😂) ese se colocaba el horo, que era una especie de capa provista de varias cintas para unirla al armazón. Cuando el samurai cabalgaba se llenaba de aire, dándole un aspecto vistoso muy útil sobre todo cuando actuaban como mensajeros. Obviamente, el color y demás decoración eran por lo general los del daimyo al que servían. Como utilidad extra parece ser que eran razonablemente eficaces para detener flechas que le vinieran por la espalda, pero para eso ya llevaban su armadura. Como inconveniente, cada ve que se llenaban de aire esos chismes era como llevar un paracaídas cuando uno llega al suelo: tiraba para atrás una cosa mala. Portar un horo era signo de distinción, y los daimyo más poderosos proveían a los samurai de sus escoltas con prendas de vistosos colores para darse pisto. Oda Nobunaga tenía a sus órdenes dos unidades de élite que se diferenciaban por usar un horo rojo o negro, mientras que los miembros del tsukai ban (cuerpo de mensajeros) solían usar colores muy brillantes para identificarlos mejor en el desempeño de su misión. El rango de los portadores de un horo llegaba al extremo de que, caso de caer en combate, su matador envolvía su cabeza en el mismo para la presentación de cabezas ritual tras cada batalla.

Samurai cabalgando con el horo hinchado de aire. No debía ser nada
cómodo llevar esa cosa en la espalda, y menos si había que combatir
Con todo, y como ya comentamos al principio del artículo, la obtención de un mon no dependía de la voluntad del emperador como ocurriría en Europa, dónde sólo los monarcas tienen potestad para ello, encargando a un rey de armas la elaboración del blasón en base a los méritos del agraciado. Como hemos visto, en el Japón cada cual adoptaba la simbología que quería, le añadía o le quitaba motivos y colores, e incluso a partir del siglo XVII los plebeyos empezaron a agenciarse sus propios mon. Parece ser que la iniciativa partió de los actores del teatro kabuki que, desde siempre, ha sido uno de los espectáculos más populares en el Japón. Sin embargo, cuando representaban alguna obra recreando la vida de algún noble estaba prohibido que pusieran en su ropa el mon del mismo, cuyo uso era absolutamente personal e intransferible. De ahí que, para no restar verosimilitud al atrezzo, optasen por inventar un mon para cada personaje hasta el extremo de que, con el paso del tiempo, se convirtieran en el blasón de diversas dinastías de actores. De hecho, hacia finales del siglo XVIII había ya registrados 64 mon por parte de los actores más relevantes de Edo. Y como a todo el mundo le gusta darse pisto, pues los mercaderes y gente con cierto nivel económico no dudaron en gastarse un dinero en la obtención de un mon para su familia, que eso de pasearse con una flor de loto bordada en el lomo daba mucho morbo. 

Bueno, criaturas, ya me he enrollado bastante. Si van al Japón podrán asombrar a los hijos del mikado con sus conocimientos nobiliarios, de modo que igual los convidan a sake del bueno. Por cierto, ¿se han fijado que las banderolas que suelen usar los concesionarios de automóviles son talmente como los norobi japoneses? Si no han caído, ya tienen algo más para humillar a sus abyectos cuñados.

Hale, he dicho