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domingo, 7 de julio de 2019

Puylaurens, el último refugio


Impresionante vista aérea del castillo de Puylaurens encaramado sobre el monte Ardu. Las guías turísticas dicen que desde
la base de la roca se tardan 15 minutos en subir, pero debe ser un camelo para que el personal no se acojone, acuda y,
una vez allí, acometan el arduo ascenso. Fumadores, corazones averiados y ciudadanos con sobrepeso, mejor se quedan
en los merenderos que hay junto a la taquilla fumándose un cigarrito o comiéndose unos filetitos empanados

Lotario di Segni, Inocencio III para los amigos y promotor
de la Cruzada Albigense que acabó con la pujanza del
catarismo aunque sus rescoldos aún duraron un siglo más
Ya hemos hablado anteriormente de algunas de las fortificaciones que los cátaros usaron como refugio y/o santuario durante la larga y sangrienta cruzada albigense. Estas fortalezas, situadas en el corazón del Rasés, eran nidos de águilas en los que tanto el rey de Francia como los nobles que apoyaban la aniquilación de los infectados, despectivo término con que se solían referir a estos sufridos herejes, veían como sus mesnadas se estrellaban una vez tras otra contra ellas, y solo a base de dinero, esfuerzo y con el constante acoso con que poco a poco la Inquisición los acorralaba en las ciudades de la Occitania pudieron ir apoderándose de ellas. Como hemos visto en los artículos dedicados a este tema, los cátaros contaban con la ayuda de los faidits, nobles pertenecientes a la más rancia nobleza del Languedoc que, contrariamente a la proverbial mansedumbre de los buenos hombres, eran extremadamente belicosos, gente fiera habituados a los trabajos de la guerra desde que apenas salían de la infancia y, además, muy cabreados por verse esquilmados por los cruzados, la Iglesia y los reyes de Francia. Sus tierras y castillos habían ido a parar a manos de sus enemigos, y solo en casos excepcionales podían conservar algo de su antiguo patrimonio a base de rendir pleito de homenaje a nobles de más rango o al rey de Aragón, que solía mirar para otro lado de vez en cuando para chinchar a su colega gabacho.

Montségur, otro castillo cómodo y accesible no apto para asmáticos
Tras la caída de Montségur en marzo de 1244, a los atribulados herejes solo les quedaban dos reductos razonablemente seguros en lo que antaño había sido poco menos que el patio trasero de su casa, Quéribus y Puylaurens, aparte de las cuevas del Sabarthès, ubicadas en lo más profundo y más salvaje del Rasés, donde ni los hombres de armas del senescal de Carcassonne se atrevían a adentrarse. En resumen, lo tenían bastante chungo. Los inquisidores habían establecido una red de chivatos tan tupida que no escaparía ni un chanquete herético, los vecinos que antaño les mostraban simpatía o incluso les apoyaban no solo se cambiaban de acera con tal de no cruzarse con un infectado, sino que daban media vuelta y salían echando leches a denunciarlo a los Predicadores que, sin prisa pero sin pausa, habían sabido inculcar auténtico miedo entre el personal a base de multas, penas de prisión, penitencias o, peor aún, acabar en el Muro (la prisión del Santo Oficio en Tolosa) de por vida. 

En fin, el panorama era de lo más desalentador. Del final de Quéribus ya hablamos largo y tendido en su momento, así que hoy toca Puylaurens, el último refugio de esto probos herejes en el Languedoc. 

Flanco sur del castillo. En la foto se aprecia el zizagueante y empinado
sendero que conduce al acceso principal. Al final del mismo se pueden
ver los restos de la barbacana que lo defendía
La historia de este castillo es, como la de sus hermanos occitanos, compleja y difícil de seguir en muchas ocasiones. En las fuentes que podemos consultar no es raro encontrar contradicciones, lagunas en el tiempo, fechas alteradas y, en resumen, datos que nos resultan bastante complicados de corroborar, así que nos ceñiremos a lo que, a mi entender, es lo más fiable en lo tocante a este peculiar castillo. Y dicho esto, al grano que para luego es tarde.

No se sabe quién fortificó el risco donde actualmente vemos el castillo de Puylaurens si bien se le atribuye un origen muy antiguo, de la época galo-romana. Es probable que, inicialmente, fuese una simple atalaya para controlar el paso de Campérié, en el camino que une Perpiñán con Foix. Su etimología no ofrece dudas ya que en documentos del siglo X se cita el lugar como CASTRVM PODIO LAVRENTI, el castillo de la montaña del laurel, que en occitano se traducía como puèg laurenç. Actualmente el risco de 697 metros de altura donde se yergue recibe el nombre de Mont Ardu, el Monte Difícil, así que ya nos podemos imaginar que llegar arriba no era un paseo agradable, y menos si los ocupantes del castillo te esperaban para recibirte como si fueras un cuñado de visita dominical. 

El conde Sunifredo (915-968) 
Aunque no hay datos al respecto, cabe suponer que Puylaurens tuvo gran importancia durante los conflictos entre visigodos y la posterior formación de la monarquía carolingia porque ya aparece a mediados del siglo X, concretamente en 958 cuando Sunifredo II, conde de Cerdaña y Besalú y señor de Fenouillet, dona a Pons, abad de Saint-Michael de Cuxa, el valle de Boulzane incluyendo el castillo, donde parece ser que ya existía o que se edificó una iglesia consagrada a Saint-Laurent, San Lorenzo, como obviamente no podía ser menos. En 1162, la comarca pasa a estar bajo el dominio del rey de Aragón si bien los señores de Fenouillet conservan el castillo en feudo hasta que en 1209, con el comienzo de la Cruzada Albigense, empieza la persecución tanto de los herejes como de todos los que de una forma u otra los apoyan.


Blasón de los Fenouillet
En 1203, Ava, señora de Fenouillet recién enviudada de Hugues de Saissac y, por lo visto, fiel seguidora del catarismo, ya debía presentir que las cosas se iban a poner bastante chungas. En efecto, apenas un año más tarde ve como le arrebatan sus dominios en favor de Dalmau de Creixell, un caballero aragonés al servicio de Pedro II. En 1209 y a fin de hacer valer sus derechos y recuperar sus tierras se larga con su hijo Peire,  de unos nueve o diez años, a rendir pleito de homenaje a Aymeri III, vizconde de Narbona y enemigo poco entusiasta de los cátaros, pero no le quedaba otra que posicionarse a favor de los cruzados. Estando bajo la protección del narbonese, los Fenouillet pudieron recuperar de momento sus dominios. Veinte años más tarde, Ava de Fenouillet se desprende de su miserable envoltura carnal y, siendo noble, imagino que algún perfecto le impartiría el CONSOLAMENTVM antes de palmarla para no tener que volver a reencarnarse más, y su hijo Peire, ya con unos 30 años, se ha convertido en un combativo noble que se había casado al menos unos nueve o diez años antes con Giraude o Geralda de Calders, que también era cátara. Al parecer, durante sus algaras había corrido las tierras de Nuño Sánchez, señor del Rosellón, y siendo como era un faidit en potencia prefirió ceder el señorío de Fenouillet antes de verlo confiscado, de modo que así mataba dos pájaros de un tiro. La verdad es que no tengo del todo claro si este hombre llegó a ser un cátaro convencido o, simplemente, se dedicó a ir de un lado a otro conforme le interesase más, porque la cosa es que cuando murió en el verano de 1243 fue enterrado en el cementerio de la comandancia templaria de Mas-Dieu, por lo que habría abjurado de su fe herética y de alguna forma estaba vinculado a la orden si bien no sabemos de qué modo ya que se desconoce si estaba viudo, en cuyo caso sí podía ser miembro de pleno derecho. Sea como fuere, la cosa es que los Saissac ya no eran los dueños de Puylaurens.

Blasón de los Barbeira
Sin embargo, el cambio de dueño parece que no afectó a sus ocupantes porque un faidit fue puesto al frente de la fortaleza, concretamente Chabert de Barbeira que, como recordaremos, fue el defensor de Quéribus. Por este motivo, Puylaurens no cerró sus puertas a todos los infectados que acudían en busca de refugio. Se tiene constancia de que Benoit de Termes, heresiarca del Rasés, habitó en el castillo varios años, entre 1233 y 1241, falleciendo en el mismo. Hacia el final del verano de 1242 (según otras fuentes en 1246), un caballero llamado Pons-Roger de Salses escoltó hasta Puylayrens a un grupo de cátaros encabezados por Peire Paraire, un perfecto que había ejercido como diácono en Frontiers-Cabardès, una población fundada en 1203 por Sicard de Puylaurens (se refiere a la ciudad, situada a unos 88 km. al norte del castillo) y Olivier de Saissac, y a la que Ava de Fenouillet logró asociar a su hijo Peire, que tendría apenas tres o cuatro años en aquel momento. La cuestión es que Puylaurens solo ejerció de refugio temporal de todos los infectados que, ante la creciente inseguridad del territorio y el acoso constante, buscaban un sitio donde poder ponerse a salvo de los hombres de armas del senescal de Carcassonne para, posteriormente, buscar una ruta de escape hacia cualquier zona donde no hubiera peligro. Muchos, la mayoría, se largaron a Lombardía. De hecho, mientras que en 1250 había más de 200 perfectos en el Languedoc, en los 40 años siguientes, entre 1259 y 1299, el número de estos se ve reducido a apenas a 35.

Plato del día, barbecue cathare. Cientos y cientos de estos controvertidos
herejes acabaron en las piras por negarse a abjurar. Al considerar la muerte
como una liberación definitiva de este perro mundo, preferían pasar un mal
rato con tal de no tener que volver por aquí jamás de los jamases
Pero Puylaurens, afortunadamente para sus ocupantes, no se vio sometido a un férreo asedio ni a tener que elegir entre abjurar de su fe o arder como teas. Aunque algunas fuentes afirman que en 1250 pasó definitivamente a manos del rey de Francia, es más probable que la caída de Puylaurens tuvieran lugar cinco años más tarde, seguramente tras la caída de Quéribus a manos del senescal de Carcassonne. A partir de aquel momento ya no quedaban más sitios donde meterse, y es más que obvio que Puylaurens estaba el siguiente en la lista del senescal. Es posible incluso que Chabert de Barbeira se viese obligado a entregar la plaza tras la caída de Quéribus. En cualquier caso, en 1255 Puylaurens pasó definitivamente a manos de Luis IX y el último refugio de los cátaros se fue al garete. Tres años después con la firma del Tratado de Corbeil en mayo de 1258 en el cual y entre otras cosas Jaime I renunciaba a los castillos de Termes, Niort, Quéribus, Peyrepertuse y Puylaurens, que pasaban a ser la frontera sur de Francia. A cambio, Luis IX renunciaba a sus derechos sobre los condados de Barcelona, el Rosellón y Cerdaña.

Luis IX con su madre Blanca de Castilla, que ejerció la regencia con mano
de hierro durante la minoría de edad del monarca. Logró acabar con la
amenaza de la herejía para dedicarse a masacrar agarenos en Tierra Santa
y, finalmente, palmarla miserablemente en Túnez de disentería en 1270
Aquí acaba la historia de Puylaurens como castillo cátaro, pero en modo alguno su vida operativa. Al convertirse en un enclave de gran importancia estratégica, en 1260 Luis IX mandó mejorar sus defensas y guarnecerlo con 25 hombres de armas al mando de Odon de Monteuil porque, tratados aparte, los reyes de Aragón y Francia se seguían haciendo amables visitas de vez en cuando para recordarse mutuamente que se caían fatal. De esta época datan la torre del homenaje, las torres y murallas que se conservan actualmente y la torre situada en el extremo sudoeste, conocida posteriormente como la Torre de la Dama Blanca (luego contaremos el origen de este nombre). Tras la muerte del rey Luis su hijo Felipe, III de su nombre, prosiguió con las obras de fortificación, que duraron hasta 1285. A principios del siglo XVI se dio forma a su característico sendero en zigzag, quedando el conjunto con el aspecto con que lo conocemos hoy día. Su ocaso comenzó a raíz del Tratado de los Pirineos (1659), que desplazó la frontera francesa más hacia el sur, por lo que su importancia estratégica era ya irrelevante, y más tratándose de un castillo medieval en una época en que la artillería se había enseñoreado de los campos de batalla y los asedios. No obstante, siguió manteniéndose una pequeña guarnición nutrida principalmente de veteranos ya un poco inútiles para servicios normales hasta que, finalmente, con la llegada de la Revolución en 1789 fue definitivamente abandonado. Como dato curioso añadir que Puylaurens, que no pudo ser conquistado ni por el mismísimo Simón de Monfort, que lo intentó una vez durante la cruzada aunque sin éxito, fue tomado y ocupado temporalmente por tropas españolas en 1635 en el contexto de la Guerra Franco-Española (1635-1659). Para chulos nosotros, qué carajo...

Bien, esto es lo que hemos podido asacar sobre esta singular fortaleza, verdadero paradigma de los castillos roqueros porque solo imaginar como debieron desenvolverse los albañiles que lo construyeron produce vértigo, moviéndose prácticamente sobre el vacío para colocar piedras de varios quintales de peso sobre andamios a base de palos y pasarelas de madera en los que lo mejor era no mirar nunca hacia abajo. Pasemos ahora a dar una somera descripción del recinto con sus partes más relevantes ya que en la red hay mogollón de fotos para recrearse largo y tendido. Veamos...


Bien, empecemos por el principio, que es lo más razonable. Antes de llegar al castillo hay que subir por el sendero en zigzag que da repeluco solo verlo en foto. Los nueve muros, como avanzamos anteriormente, son un añadido del siglo XVI. Su misión no era otra que frenar o ralentizar a hipotéticos asaltantes y obligarlos a subir poco menos que en fila india, con lo que su ímpetu quedaría tan mermado que con pocos defensores situados en la barbacana podrían pararlos en seco. Avenates patrioteros aparte, parece ser que la única vez que fue ocupado se debió a que la mitad de la guarnición estaba en la población costera de Leucate cuando un pequeño ejército español de 800 hombres logró apoderarse del castillo en 1635, así que de poco sirvió en eta ocasión el enrevesado y traicionero camino de ascenso.


Si logramos coronar el cerro sin escupir el hígado en cualquier sitio, nos encontramos con la barbacana, un pequeño recinto formado por una camisa que en su época estaría almenada y con un adarve construido de madera para su defensa. Si observamos el plano superior, junto a donde hemos puesto la letra B hay un pequeño tramo del muro que se introduce en el recinto y que creo que es un postigo. No he podido dar con ninguna foto que lo muestre claramente, pero tampoco hace falta echarle imaginación porque ese rehundido no pinta nada en semejante sitio salvo eliminar ángulos de visión desde el exterior que delaten la presencia del postigo. En todo caso, para escaparse por semejante sitio ya había que echarle testiculina, las cosas como son. Bien, una vez que traspasamos la barbacana nos contramos con el acceso principal, una puerta con arco rebajado protegida por una buhedera que también vale, llegado el caso, como buzón matafuegos. La muralla donde se abre la puerta está flanqueada por el noroeste por la del reducto, así que llegar solo era toparse con un obstáculo más.


Tras la puerta nos encontramos un pequeño patio que da acceso al patio de armas. La foto, que puede inducir a engaño, muestra la puerta de acceso sobre la cual vemos el arco donde se abre la buhedera más su correspondiente parapeto. El engaño o efecto óptico puede hacer pensar que las aspilleras que se ven en primer término se abren en el muro donde está la puerta, pero en realidad están en el interior del muro del patio. Para despejar dudas he marcado de rojo los límites del vano de la puerta que, además, presenta el hueco del alamud en el lado izquierdo de la foto. Esta obra debió llevarse a cabo durante la campaña emprendida por Luis IX, y ciertamente suponía una dificultad extra en caso de que los asaltantes lograran traspasar la puerta principal del recinto, que solo podría ser eliminada metiéndole fuego porque en el escaso espacio disponible en el sendero y en el interior de la barbacana lo más que cabría sería un pequeño ariete.


Esta imagen corresponde al interior del patio. En el muro vemos las aspilleras que en la foto anterior hemos visto por dentro. Con esta obra tendríamos tres obstáculos difícilmente salvables antes de poder entrar en la fortaleza propiamente dicha, y aún una vez alcanzado el patio de armas las dificultades para seguir avanzando no menguaban ni un ápice. Francamente, no es habitual ver castillos que de por sí sean complicados de conquistar solo por su posición geográfica y que, además, contengan tal cúmulo de obras defensivas para ponerlo aún más difícil.



Esta vista aérea nos permite apreciar mejor el patio de armas, un amplio recinto en forma de trapecio irregular de unos 1.500 m² de superficie que se extiende en dirección este-oeste. En su época, además de las dos dependencias de fábrica de las que quedan algunos restos, el contorno del recinto estaría ocupado con otras de madera adosadas a la muralla, como era habitual. El círculo señala el postigo del lado este (véase el detalle), donde imagino tendrían un paracaídas en un armario junto a la puerta porque, como se puede ver, la salida daba directamente al vacío. La flecha señala la escalera que permitía acceder al estrecho adarve por el que se llegaba a la puerta del reducto. Para ponerlo aún más difícil, el adarve estaba cortado y solo se podía cruzar mediante una pasarela que era retirada desde el interior. Las murallas, como vemos, no son especialmente gruesas, apenas 120 cm. porque, simplemente, era imposible adosar máquinas de batir, por su posición y su altitud quedaban fuera del ángulo de tiro de los fundíbulos, y su base rocosa hacía literalmente imposible el minado. Igual tocando todos a una varias trompetas lograban derribarlas, aunque creo que después de lo de Jericó semejante hazaña no se ha vuelto a repetir.


En esa otra foto vemos el acceso al reducto.  En primer término vemos el muro del patio interior con sus aspilleras abocinadas, y a la derecha una barandilla de la pasarela de madera que conduce a la puerta, que como la de acceso principal también estaba defendida por una buhedera. El reducto se componía de una amalgama de dependencias unidas unas a otras de forma que da la impresión de haber sido construidas en épocas distintas, formando un conjunto bastante poco homogéneo. Bajo una de ellas se encuentra la cisterna que permitía el suministro de agua en caso de que el enemigo lograra apoderarse del patio de armas. El reducto era de por sí un castillo dentro del castillo, y hasta el acceso al adarve solo podía llevarse a cabo desde el mismo. Por cierto, aunque visto desde el aire pueda parecer que había patinillos interiores o espacios abiertos, no era así. La realidad es que todo el reducto estaba compartimentado en dos niveles al menos, y por supuesto techado dando lugar con ello a dependencias entre los edificios principales: la torre del homenaje y las dos torres redondas. Hay mogollón de fotos en la red donde pueden darse espléndidos garbeos virtuales para corroborarlo.



En esa vertiginosa foto cenital nos podemos hacer una idea del interior del reducto. En la parte inferior vemos la Torre de la Dama Blanca, que debe su nombre al espectro- un castillo sin fantasma es como unas gambas sin zumo de cebada helaíto der tó- de Blanca de Borbón, la desdichada tataranieta de Luis IX que fue casada con Pedro I, el taimado y vesánico monarca de Castilla. Puede que todos se pregunten qué leches pinta ahí la phantasma de la pobre doña Blanca, a la que le pilla un poco lejos el castillo gaditano donde fue vilmente apiolaba, pero la cosa es que, según cuentan, en algún momento de su breve vida antes de ser enviada a Castilla pernoctó o vivió unos días en Puylaurens. En todo caso, como está mandado, de vez en cuando dicen que se la ve dándose un garbeo por las murallas envuelta en un halo vaporoso y tal, como no podía ser menos. Bueno, ectoplasmas regios aparte, en rojo hemos marcado el estrecho pasadizo donde se encuentran las letrinas del castillo, cuya morfología no deja de ser también un tanto peculiar.



Ahí tenemos las letrinas, que tras un buen tramo empotradas en la muralla caen en la ladera oeste del risco. Dos de ellas son como que aparece en el detalle inferior, unas meras abertura sin apoyo ni nada por el estilo. O sea, había que apalancarse en cuclillas y si te pillaba en plena tormenta o cayendo una nevada de antología supongo que el personal optaría por orinales antes que salir ahí en plena noche y palmarla de una pulmonía. La del detalle superior es un tabuco abierto en el grosor de la muralla que quizás en su época tuviese algún asiento de madera o similar. En fin, que no son precisamente inodoros de diseño.


Para terminar, algo verdaderamente inusual: un tubo de voz o, al menos, eso afirman. En uno de los muros de la Torre de la Dama Blanca, junto a una nervadura de la bóveda, se ve una acanaladura tallada en la piedra que, según vemos en el detalle inferior, se pierde en dirección a la planta superior de la torre. Cabe suponer que contendría un tubo de cobre porque así, sin más, no creo que sirviese de mucho, y bastaría un simple agujero en el techo para, dando un berrido, hacerse oír por el que estaba abajo. A mí, si les digo la verdad, más bien me parece un tubo destinado a recoger el agua de lluvia de la azotea para conducirla a la cisterna del reducto, que se me antoja más práctico que tomarse tanto trabajo para chismorrear sin tener que andar subiendo y bajando escaleras. En fin, no he logrado encontrar ninguna foto que muestre el recorrido íntegro de la acanaladura en el muro, así que me limito a exponer la impresión que me causa y que, ciertamente, no coincide con algo tan sofisticado e inservible para la época. Más me inclino a pensar que los gabachos han querido ver algo único en innovador antes que algo tan corriente como un conducto de aguas pluviales y darle así ese matiz de exclusividad a su castillo.

Bueno, criaturas, ya me he enrollado en demasía. Con lo expuesto creo que, aparte de la cosa histórica, podemos hacernos una idea de cómo era esta peculiar fortaleza. Si no me pillase tan lejísimos y no me diese tanta pereza me animaría a visitar todos los castillos cátaros que, ciertamente, deben ser espectaculares tanto por su morfología como por el entorno donde se encuentran pero, en fin, también me gustaría ir a la luna pero lo que no pué sé no pué sé, y ademá é imposible.

Hale, he dicho

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CASTILLOS CÁTAROS



jueves, 26 de octubre de 2017

La masacre de Avignonet


"La masacre de los legados en Avignonet" (1960), obra de Jacques Fauché. A pesar de su estilo modernista, el
autor supo captar y transmitir la brutal escena

Es más que probable que los que nos leen no hayan oído hablar en sus vidas de Avignonet, una pequeña población occitana de apenas 1.500 habitantes situada en lo que antaño era la vasta comarca del Aude, que formaba parte de los dominios del poderoso condado de Tolosa. Sin embargo, en esa apacible ciudad tuvo lugar a mediados del siglo XIII un luctuoso hecho que modificó la historia en muchos aspectos. Sí, no es una exageración, como veremos en esta entrada. De hecho, ya sabemos que muchos sucesos en apariencia irrelevantes han dado lugar a acontecimientos que desviaron el curso de la historia, y este fue uno de ellos.

Vista panorámica de Avignonet. Sobre el conjunto de la población destaca
la torre de la iglesia de Ntra. Sra. de los Milagros, que se comenzó a
construir en 1385
En entradas anteriores ya hemos hablado acerca de la terrible vorágine que sumió a la Occitania por la proliferación del catarismo entre gran parte de sus habitantes, así como de algunos de sus más renombrados protagonistas en la represión que se llevó a cabo para erradicar la herejía, como el cruel abad de Cîteaux o el desmedido Simón de Montfort, el León de la Cruzada. En dichos relatos se dio cuenta de la extrema fiereza que mostraron los cruzados para exterminar esta secta herética, para lo que tuvieron carta blanca tanto del pontificado como de los monarcas más afectados por la misma, los reyes de Francia y Aragón. 


Sello de Raymond VII de Saint-Gilles
(1197-1249)
Sin embargo, cometeríamos una injusticia si omitiéramos determinados actos de venganza llevados a cabo por algunos buenos hombres, como se denominaban a sí mismos los cátaros, y sobre todo por creyentes que eran miembros de la más linajuda aristocracia occitana y que, precisamente por su condición de nobles, tenían muy difícil eso de someterse a los dictados de Roma y de la inquisición de Tolosa, y mucho más el dejarse conducir como borregos a las piras que con que los inquisidores pretendían limpiar de infectados los otrora extensos dominios de los condes de Tolosa, la poderosa familia de los Saint-Gilles que pasaron de ser miembros destacados de la I Cruzada predicada por el papa Urbano para liberar Tierra Santa de los agarenos a poco menos que unos proscritos en sus propias tierras, muy menguadas por cierto debido a los constantes conflictos con el papado y la corona de Francia. En la época que nos ocupa, el conde Raymond VII de Saint-Gilles estaba pagando muy caro su empeño en querer estar a buenas tanto con los faidits, los nobles despojados de sus bienes por su pertenencia a la secta, como con el papa Gregorio IX y la implacable Blanca de Castilla, madre del futuro rey San Luis y a la sazón regente de Francia durante la minoría de edad del príncipe.

Lucio III
Para ponernos en antecedentes deberemos remontarnos a 1231, cuando el papa Gregorio decide abolir la inquisición episcopal creada en 1184 por Lucio III mediante la publicación de la bula AD ABOLENDAM para combatir el pujante catarismo, así como otras sectas heréticas cuya proliferación empezaba a resultar preocupante. En dicha bula señalaba claramente quiénes eran los enemigos a batir, que no eran pocos, condenando "...con anatema perpetuo a los cátaros y patarinos, y a aquellos se se llaman a sí mismos con el falso nombre de Humillados o Pobres de Lyon, a los Pasaginos, Josefinos y Arnaldistas". Con todo, los verdaderamente peligrosos para el pontífice eran los cátaros por ser los que empezaron a destacarse de las demás sectas, llegando al punto de que poblaciones enteras se habían convertido a la herejía. Pero ante los escasos, por no decir nulos, resultados, Gregorio, un hombre de naturaleza enérgica, decidió atacar por derecho la infección, como denominaban a la herejía cátara, publicando la bula EXCOMMVNICAMVS, por la que la inquisición, nutrida por la Orden de Predicadores (luego dominicos en honor a su fundador Domingo de Guzmán), pasaba de estar a las órdenes de obispos timoratos, volubles e incluso simpatizantes de los herejes, a estar bajo el control directo de Roma.


Gregorio IX departiendo con un
franciscano, orden de la que fue
protector por la gran amistad que
le unió con su fundador, Francisco
de Asís, al que él mismo canonizó
el 16 de julio de 1228
Esto supuso la llegada de una nueva hornada de inquisidores que ya no estaban por la labor de convencer, como pretendía Domingo de Guzmán, sino de erradicar como fuera la herejía. De hecho, el mismo Domingo acabó tan harto de los interminables e infructuosos debates que mantenía con los heresiarcas cátaros que acabó soltando una rotunda sentencia antes de mandarlos a hacer puñetas: "Allí donde no prevalece la convicción prevalecerá el bastón", lo que ya dice mucho del santo castellano tanto en cuanto puso todo su empeño en convencer a los buenos hombres de que su fe era una herejía de tomo y lomo, y que eso de afirmar que Satanás era el verdadero hijo de Dios y que Jesucristo no era un hombre de carne y hueso, sino una especie de figuración, un espejismo que vino a soltar cuatro palabras bonitas, estaba muy feo. Pero su empeño fue inútil, lo que obligó a Roma a adoptar medidas más expeditivas.

Honorio III aprobando la regla de la Orden de los Predicadores.
Postrado ante el pontífice aparece Domingo de Guzmán
Así pues, fueron enviados a la Occitania varios predicadores para restablecer el orden en el Santo Oficio con instrucciones muy concretas del papa Gregorio, entre las que destacaban apretarle las tuercas al voluble conde Raymond y, ante todo, erradicar como fuera a los cátaros, bien enviándolos a la puñetera hoguera o al Muro, la siniestra prisión de la Inquisición de Tolosa. Los elegidos para esta tarea fueron Peire Seila, Arnaud Cathala, Guillaume Pelhison, Pierre d'Ales y Guillaume Arnaud, a los que luego se sumó un franciscano llamado Etienne de Saint-Thibery, cuya misión fue inicialmente la de sujetar un poco el excesivo celo mostrado por sus colegas y, por otro lado, aprovechar la fama de hombres dialogantes y afables que tenían los miembros de su orden, mucho menos severa que los predicadores, para intentar meter por vereda a los irreductibles herejes. Ciertamente, la actuación de los inquisidores levantó ampollas desde el primer momento porque arramblaron con todo y con todos, estableciendo una eficaz red de EXPLORATORIS, o sea, chivatos, que cobraban una prima de dos marcos de plata por cada denuncia que llegase a buen fin, bien con el denunciado convertido en torrezno o emparedado en el Muro. Pero lo que cabreó de verdad al personal fue que retomaron procesos inconclusos que, debido a la permisividad y/o la pasividad de la antigua inquisición episcopal, habían sido archivados sin concluir. Y como tras tantos años muchos de los imputados ya habían palmado y estaban criando malvas, pues no dudaron en desenterrar sus osamentas y quemarlas en plaza pública si el difunto era encontrado culpable de herejía, lo que solía ocurrir casi siempre ya que los cráneos descarnados tenían bastante complicado el poder desarrollar una defensa eficiente o proclamar alegatos en pro de su inocencia. Para llevar a cabo tan absurda y aberrante práctica, los inquisidores se valieron del canon nº 11 del Sínodo de Arlés, en el que se decía de forma clara y concisa que "los cuerpos de los herejes y de sus creyentes serán exhumados y entregados al juez secular", por lo que mientras estuviera vigente dicho canon tenían toda la potestad para actuar de semejante forma. La gente se cabreó de tal modo que empezaron a ir de noche a los cementerios a desenterrar hasta a sus cuñados para volver a darles tierra en lugares secretos, lejos de las garras de los predicadores.

Catedral de Saint-Etienne, en Tolosa
En fin, por no alargar más este preámbulo, que es una historia larga y sangrienta, diremos que la inquisición logró establecer un régimen de terror de tal envergadura que nadie se sentía a salvo de ser denunciado, y no ya por los EXPLORATORIS que se movían como hurones por todas partes, sino incluso por familiares que, de ese modo, veían la forma de despejar sospechas sobre ellos mismos. En fin, una situación bastante irritante a la que ni el conde de Tolosa ni los obispos de Carcassonne o Albi podían poner freno porque los predicadores solo debían dar cuenta de sus actos a Roma, y Roma solo quería acabar de una vez por todas con la infección. Y así llegamos a la primavera de 1242, cuando se empieza a gestar esta tragedia de funestas consecuencias.

Entre los cientos de legajos depositados en la catedral de Saint-Etienne de Tolosa, cuartel general del Santo Oficio, había varios de ellos que procedían de antiguos procesos inconclusos de la región de Lauragais que el antiguo obispo de la diócesis tolosana había enterrado en los archivos a pesar de que el párroco de Avignonet le advertía de que aquello era un verdadero nido de infectados, y que no solo no eran perseguidos, sino aceptados de buen grado por el resto de la población y por los prebostes del conde Raymond. En fin, un cachondeo. Así pues, era evidente que había que retomar aquellos procesos y juzgar a todos los que figuraban en los expedientes, ya estuviesen vivitos y coleando o más muertos que Carracuca. 

Murallas de Avignonet. Es de lo poco que subsiste de
la época que nos ocupa
Para llevar a cabo la tarea fueron designados Guillaume Arnaud y Etienne de Saint-Thibery, que además de pasar por Avignonet debían acudir a Saissac, Sorese, Laurac y algunas poblaciones más para dejar aquel tema zanjado. Junto a los inquisidores irían, como era habitual, una serie de acompañantes, funcionarios y criados que formaban una pequeña comitiva de once personas en total. Los componentes de la misma eran fray Bernard de Roquefort y fray Gaesias d'Aure, ambos predicadores, fray Raymond Carbonnier, franciscano, Raymond Escribe, archidiácono de Lezat acompañado de un clérigo de su congregación llamado Bernard, el prior de Avignonet y, por último, Pierre Arnaud, notario y funcionario de vital importancia para dar fe y actuar como secretario durante los procesos más dos bedeles llamados Fourtaine y Azema. La idea era llegar a Avignonet la víspera del día de la Ascensión, o sea, el 28 de mayo.

Probo ciudadano recreacionista interpretando a
Péire Roger de Mirapeis. En su escudo luce
el blasón familiar
El día 20, un correo del obispado de Tolosa llegó a Avignonet (ambas poblaciones están a unos 40 km. de distancia) para informar al preboste de la próxima llegada de los inquisidores y su séquito a fin de que dispusiera todo lo necesario tanto para alojarlos como para llevar a cabo los procesos. El preboste era Raimon d'Alfaro, casado con una hermana bastarda del conde de Tolosa y hereje contumaz que vio en aquel aviso una señal del Dios, o Satanás, o del que fuera, para tomarse cumplida venganza, especialmente en la persona de Guillaume Arnaud por haber sido uno de los principales instigadores de los procesos a los muertos. D'Alfaro era además un fanático de tomo y lomo que, a pesar de haber abrazado el catarismo, eso de ir por la vida de bondadoso no le apetecía nada de nada. En cuanto se largó el correo hizo llamar a Jordan du Mas, su sargento de armas, para que saliese a toda leche al castillo de Bram en busca de Guilhem de Planha, uno de los hombres de confianza de Péire Roger de Mirapeis (Pierre-Roger de Mirepoix en francés), co-señor de Montségur junto a su suegro Raimon de Perelha, creyente acérrimo, faidit despojado de prácticamente todos sus dominios y enemigo desaforado de Roma, del rey de Francia y, naturalmente, del Santo Oficio. Le encargó que citase a Planha en el bosque de Antioquía, un paraje situado a poca distancia al SE de Payra sur l'Hers, una aldea que estaba prácticamente a la misma distancia de ambas poblaciones, unos 30 km. aproximadamente.

Blanca de Castilla. Hija de Alfonso VIII y de Leonor
de Plantagenet ejerció la regencia con mano de hierro
 a raíz de la temprana muerte de su marido, Luis VIII 
Hay cierta controversia acerca de si el conde de Tolosa estuvo en el ajo, y algunos historiadores afirman que la orden de acabar con los inquisidores partió de él pero, la verdad, yo me sumo a los que opinan que no participó en nada o, a lo sumo, que si sabía algo no se dio por enterado, y que d'Alfaro actuó por su cuenta dando por hecho que el crimen quedaría impune. Saint-Gilles estaba en aquella época tan presionado por todas partes que verse metido en semejante complot contra el Santo Oficio era la escusa perfecta para que sus enemigos, la corona francesa y el papa, se abalanzasen como lobos para acabar definitivamente con él. Así pues, la entrevista que mantuvo d'Alfaro con Guilhem de Planha debió ser bajo su responsabilidad, y en ella se limitó a pedirle que informara de todo al señor de Mirapeis para que acudiera a Avignonet a darse el gustazo de apiolar a aquella tropa de inquisidores.

Vista aérea del castillo de Montségur. Los restos que se
conservan actualmente son producto de ampliaciones
posteriores a la época que nos ocupa. En aquel momento,
el castillo consistía en la torre y un pequeño patio de armas
Mirapeis estaba recluido en el castillo de Montségur junto a una pequeña guarnición y una población de herejes que habían convertido aquel nido de águilas en una especie de Jerusalén cátara a base de construir cabañas en la parte norte del cerro, el único sitio donde había espacio disponible para establecer un mínimo poblado. De hecho, un grupo de damas nobles convertidas al catarismo tenían allí montado su chiringuito espiritual incluyendo a su propia mujer, Filipa, y a su hermana Azalaïs. Además estaban su suegra, Corba Hunaud de Lanta, y Esclermonda, hermana de Filipa e hija también de Raimon de Perelha. Montségur era también la residencia permanente del heresiarca de Tolosa, Bertrand Marty, que solo salía de allí cuando iba a predicar a otras poblaciones de la zona y siempre escoltado por mercenarios profesionales porque los inquisidores tenían sueños húmedos con solo imaginarlo aullando en una pira. El día 26 de mayo, Planha llegó a Montségur a dar cuenta de todo, y está de más decir que cuando informó a su señor de la visita que esperaban en Avignonet casi le da un síncope de alegría al fiero Mirapeis.

Montségur en una postal antigua. Cansa solo imaginar como sería la subida
para llegar a la cima
Cuando este comunicó la noticia a su gente pidiendo voluntarios para tomar parte en la fiesta hubo bofetadas para apuntarse. Al final tuvo que elegirlos él mismo porque, de no ser así, el castillo se quedaba sin defensa. Por cierto que el heresiarca no se molestó siquiera en intentar persuadir a Mirapeis de que eso de asesinar probos inquisidores, por muy malvados que fueran, estaba mal, y contravenía los más sagrados dogmas de su fe. Sin embargo, Marty optó por ponerse a mirar al infinito y pasar del tema, quizás porque sabía que Mirapeis no le haría puñetero caso. No obstante, sea como fuere, la cosa es que no intervino ni para bien ni para mal. Por lo demás, tras la selección de personal para el atentado se formó una pequeña hueste de 15 caballeros entre los que se incluían sus sobrinos Oth y Alzieu de Massabrac, apenas unos adolescentes, y 40 hombres de armas. La verdad es que 55 guerreros para apiolar a menos de una decena de curas y tres funcionarios era un poco exagerado, pero tal vez pensó en que podría darse de narices con la gente del senescal del conde de Tolosa o el de Carcassonne, que en aquellos tiempos estaba ya en manos de la corona francesa. En todo caso, el día 27 los 55 miembros del contingente se dispusieron para partir hacia Avignonet, que estaba a un buen paseo. Unos 65 o 70 km. si nos basamos en las carreteras modernas, pero valgan como referencia porque en aquella zona no creo que los trazados hayan variado mucho a lo largo de los siglos debido a lo abrupto del terreno.

Restos de la casa solariega donde pernoctaron los
inquisidores a su llegada a Avignonet
El día 28 por la tarde, víspera del día de la Ascensión, la comitiva de inquisidores llegaba puntualmente a Avignonet, donde fueron recibidos por el preboste y conducidos a una amplia estancia situada en un extremo de la casona que servía tanto de vivienda a d'Alfaro como de cuartel y de sede de la magistratura local. Una vez aposentados les sirvieron una buena cena para alegrarles la jornada, momento que aprovechó el preboste para sacarles información sobre sus movimientos. Ni Arnaud ni Saint-Thibery sospecharon lo más mínimo, así que le contaron que tras Avignonet tenían previsto dirigirse a Les Casses y Saint-Felix para proseguir la ronda de procesos pendientes. Tras la cena volvieron al aposento a descansar, que al día siguiente tenían mucha faena por delante. Pero lo que no sabían es que sus carreras religiosas estaban a punto de concluir de forma un tanto repentina y, sobre todo, desagradable.


Gaja la Selve
Mirapeis y su gente esperaban en el bosque de Antioquía el aviso de la llegada de la comitiva a Avignonet, y mientras duraba la espera se les sumaron otros 25 hombres de armas procedentes de la cercana Gaja la Selve por si algún fraile sacaba una pistola desintegradora y se ponía chulo con ellos. Manda cojones más de 75 hombres armados de punta en blanco para acabar con unos cuantos frailes, lo que por otro lado quizás sea una muestra del miedo que en el fondo inspiraban a todo el mundo. En fin, la cosa es que cuando d'Alfaro fue informado por un criado que el personal roncaba a pierna suelta, mandó a Guillaume-Arnaud de Golairan, uno de sus hombres de confianza, a que fuera a dar aviso a Mirapeis. La distancia entre Avignonet y el bosque de Antioquía era de unos 1o o 15 km. más o menos, por lo que tenían tiempo de sobra para llegar en plena noche y no dejar títere con cabeza. Recordemos que en aquella época la gente se acostaba con las gallinas y no como ahora, que con la caja tonta nadie se va a la piltra antes de las 11 o las 12 de la noche. Mirapeis dividió su mesnada en dos grupos: uno de 30 hombres al mando de tres faidits llamados Balaguier, Bernard de Saint-Martin y Guillaume Lahille, que serían los que perpetrarían el atentado, mientras que él se quedaría con el resto a esperarlos y, llegado el caso, cubrirles la retirada por si alguien se había ido de la lengua y había informado a los senescales de Tolosa o Carcassonne del complot y se presentaban allí con sus hombres de armas. Antes de que partieran le hizo un encargo muy especial a Jean de Acermat, un criado de su total confianza:

-Recuerda lo que te he dicho: debes traerme la cabeza de Arnaud. No dejes de traérmela porque será el trofeo de esta jornada, mi copa triunfal.

Grabado que muestra la masacre a manos de la
gente de Mirapeis. En la parte superior, los frailes
asesinados se presentan ante la Virgen con la
palma del martirio en la mano.
No se andaba con tonterías Mirapeis por muy cátaro que fuese, ¿verdad? Cuando llegaron a Avignonet entraron en la ciudad por un postigo que les habían abierto para que pudieran entrar sin levantar sospechas. Golairan indicó a los conjurados que dentro les esperaba d'Alfaro, al que podrían identificar por vestir un perpunte blanco, junto a una veintena de vecinos que se habían sumado a la fiesta. Desde luego, los inquisidores levantaban pasiones entre el personal. Seguro que para ir a la guerra contra el inglés no se apuntaban tantos, los muy hideputas. 

El preboste condujo a aquel pequeño ejército por las calles oscuras y vacías de la ciudad hasta la casona donde se alojaban los inquisidores. Provistos de antorchas les señaló la puerta de la estancia que, como era costumbre en la época, estaba cerrada por dentro con su alamud. Tres hombres provistos de hachas se plantaron ante ella y la emprendieron a golpes para echarla abajo. Naturalmente, el estruendo hizo saltar a los durmientes de sus piltras sin saber a qué venía aquello. Por supuesto, en cuando la puerta cayó hecha pedazos se dieron cuenta de la que se les venía encima. Una tromba de desaforados herejes entró en la estancia y se abalanzaron contra los indefensos frailes, que imagino que no esperaban alcanzar la palma del martirio de aquella forma tan inopinada. Ni la mitad de los asesinos pudieron llegar a actuar porque no cabían en la estancia, pero los que entraron se sobraban y se bastaban para machacar a los inquisidores, cebándose con ellos a golpes de maza y de hacha aunque tampoco pudieron ofrecer la más mínima resistencia. Cuando todo se hubo consumado aquello parecía el patio de una carnicería, todo inundado de sangre y de cuerpos destrozados.

Vista de Payra sur l'Hers. En sus cercanía estaba el lugar conocido como
bosque de Antiquía, llamado así al parecer por la existencia de una torre o
un viejo castro que dieron por asimilar a la Antioquía de Tierra Santa
A continuación, los asesinos registraron las dos arcas que llevaban consigo los difuntos inquisidores para llevarse algún recuerdo de tan gloriosa jornada. El botín fue bastante magro ya que, aparte de los legajos con los expedientes de los procesos, que fueron destruidos allí mismo, solo pudieron aprovechar alguna ropa de cama, un candelabro y un par de libros de horas. Tras el vil expolio salieron todos muy contentitos por la hazaña. D'Alfaro acompañó a la gente de Mirapeis al postigo por donde habían entrado y allí terminó la fiesta. Al amanecer del día 29, el grupo estaba de vuelta en el bosque de Antioquía, donde Mirapeis esperaba ansioso el resultado del crimen. En cuanto vio aparecer a su gente saltó en busca de Jean de Acermat a reclamarle la cabeza de Arnaud, pero este le respondió que no había podido traerla porque había quedado destrozada a mazazos, lo que enojó enormemente a su señor.

-¡Necio!- bramó Mirapeis furioso-. ¡Habría mandado engarzar con oro los trozos y podría haberla usado como copa durante el resto de mi vida!

Además, de hereje, fetichista y un sádico de tomo y lomo, ¿no? En todo caso, se quedó sin su anhelado trofeo.

Mapa donde podemos seguir el itinerario seguido por Mirapeis y demás
herejes para darle matarile a los probos inquisidores
La noticia del crimen fue, como dirían hoy día, un trending topic de esos, pero bastante dispar. Mientras que los cadáveres eran llevados a Tolosa para ser enterrados y tratados como mártires, el rey de Francia y el papa lo tomaron como una declaración de guerra total. Por otro lado los seguidores de los herejes vieron la oportunidad para librarse de una vez de las presiones del francés. Hasta el mismo Saint-Guilles se apuntó a la revuelta esperando así sacudirse de encima a sus enconados enemigos con la ayuda del rey Enrique III de Inglaterra, que aprovechaba para hacerle la pascua al francés cada vez que tenía ocasión. Pero las cosas no salieron como esperaban. Saint-Gilles fue excomulgado por fray Ferrier, inquisidor de Carcassonne, que además lo puso en entredicho como perjuro y salteador de caminos. Y de paso, tanto al conde como al vizconde de Bèziers, a Olivier de Termes y, en definitiva, a todos los más allegados al conde y que, por ello, pensaba que estarían en el ajo. Y, para colmo, el rey inglés fue derrotado en Taillebourg cuando acudía en ayuda de Saint-Guilles, que tuvo finalmente que doblegarse al rey Luis y aceptar lo que llevaba años intentando evitar, que no era otra cosa que el cumplimiento del Tratado de Meaux (1229) mediante el cual se estipulaban, entre otras cosas, que al carecer de hijos varones sus dominios irían a parar a su hija Juana que, casada con Alfonso, hermano del rey Luis, se convertiría en conde de Tolosa a su muerte, por lo que los ancestrales dominios de la familia Saint-Gilles serían finalmente fagocitados por la corona francesa.

Ilustración de la Canción de la Cruzada Albigense en la que se refleja
la masacre de Avignonet
Y en cuando a las consecuencias del atentado para los cátaros, no pudieron ser peores. El crimen fue la gota que colmó el vaso, y el rey Luis ordenó acabar con el principal santuario cátaro, Montségur, siendo el principio del fin de la controvertida secta. El 16 de marzo de 1244, casi dos años después de la masacre de Avignonet, los inquisidores fueron sobradamente vengados por Hugues d'Arcis, el senescal real. Por cierto que tanto Guillaume Arnaud como Etienne de Saint-Thibery fueron beatificados como mártires por la fe, así que debieron disfrutar como enanos viendo como más de 200 cátaros eran quemados en la ladera de Montségur por negarse a abjurar de su fe. Sin embargo, Péire Roger de Mirapeis, el verdadero cerebro del atentado, salió vivo del brete e incluso logró que d'Arcis amnistiara a los que participaron en el crimen, si bien no se sabe cómo lo consiguió. En todo caso la cuestión es que, mientras sus correligionarios se convertían en pavesas y su suegro Raimon de Perelha era apresado aún sin haber tomado parte en el atentado, él se largó bonitamente. No se sabe casi nada de su existencia posterior, salvo que murió hacia 1284, fecha esta que a mi entender es un tanto cuestionable ya que, de ser cierta, este sujeto fue un Matusalén para su época ya que habría palmado con unos 90 años.

En fin, así fue como se perpetró la cruel e innecesaria matanza ya que no sirvió para detener la autoridad del Santo Oficio, y mucho menos para acojonar a los inquisidores.

Hale, he dicho


miércoles, 5 de octubre de 2016

Minerve, la primera cremación en masa de cátaros


Vista de Minerve. En primer término a la izquierda se conserva una de las torres del antiguo castillo que defendió la
ciudad y del que prácticamente no quedan restos en nuestros días


Ya en su día se habló del asedio y posterior matanza habida en Béziers durante el verano de 1209 en el contexto de la cruzada albigense. En dicha entrada narramos como el cruel abad de Cîteaux Arnaud Amalric se despachó a gusto con propios y extraños, no dejando títere con cabeza sin detenerse a averiguar quienes eran herejes y quienes buenos católicos. Así mismo, pudimos ver como aquella ignominiosa masacre no fue sino el comienzo de una larga lista de asedios y matanzas con que los cruzados al mando de Simón de Monfort, uno de los personajes más siniestros de este periodo, fueron lenta pero implacablemente arrinconando a los controvertidos cátaros hasta arrinconarlos en su santuario de Montségur y, finalmente, acabar con los reductos de Quéribus y Puylaurens, verdaderos nidos de águila que, a pesar de su privilegiada posición estratégica, no pudieron resistir el acoso de sus enemigos. Así pues, y  para ir dando cuenta del destino que fueron sufriendo los distintos enclaves cátaros a lo largo de la sangrienta cruzada, hoy hablaremos con más detalle del asedio de Minerve del cual en su día ya anticipamos algo. Bueno, al grano pues...

Minerva, o Menérba en occitano, ya existía en tiempos del imperio carolingio, apareciendo en algunos documentos de la época como PAGVS MINERBENSIS, o sea, la aldea de Minerva. Posteriormente se edificó un castillo que, originariamente, dependía del condado de Carcassonne para, a partir de 1179, pasar a ser un feudo vasallo del reino de Aragón. En la época que nos ocupa, principios del siglo XIII, el señor del lugar era Guilhem o Guillaume- otros dicen que Guiraud- IV, vizconde de Minerva, el cual debía tener su fe católica más tambaleante que la honra de un político ya que convirtió su ciudad en un asilo para los cátaros y los faidits que huían de las escabechinas perpetradas por Montfort y el siempre deseoso de impartir escarmientos sonados, el abad de Cîteaux. 

Vista de Minerve desde el sur. La flecha roja marca la única
torre que queda del antiguo castillo. La blanca, los restos de
la cerca urbana. Como se ve, a pesar de los profundos
barrancos que separan la ciudad de su entorno, esta está en
una posición nada ventajosa.
La posición geográfica de Minerva le garantizaba en teoría un alto grado de inexpugnabilidad. Situada en la confluencia de los ríos Brian y Cesse, estaba rodeada por todas partes menos por el norte de un profundo barranco que actuaba como foso natural. De hecho, la parte septentrional solo ofrecía un frente de menos de 30 metros defendidos por el castillo, considerado como uno de los más fuertes de la zona. Sin embargo, el emplazamiento de la población no era ni remotamente tan ventajoso. Si observamos la imagen inferior, veremos marcados en rojo dos sectores situados al este y el oeste del espolón pétreo sobre el que se asienta el caserío urbano; ambos son dos padrastros que se elevan a una cota notablemente superior, por lo que eran ideales para emplazar en ellos máquinas con las que triturar a golpe de bolaño tanto las casas como las murallas con casi total impunidad ya que el angosto pasillo de salida de la ciudad, del mismo modo que impedía a los enemigos entrar en tromba por el mismo, también dificultaba a los defensores salir en espolonada para intentar romper el bloqueo.



Restos de la coracha que permitía acceder
al pozo de Saint-Rustique
El otro punto flaco lo constituía el agua. Los ríos Brian y Cesse, que vemos marcados en azul, se solían secar en la estación estival. De hecho, en la foto que mostramos, tomada en junio de 2015, los cauces están como un ripio, por lo que el suministro de agua durante el verano dependía del llamado pozo de Saint-Rustique, un manantial conectado a la cerca urbana mediante una coracha de aguada que vemos marcado en amarillo. Estando pues los cauces secos, el aprovisionamiento de agua dependería de la que hubiese almacenada en aquel momento en las cisternas de la ciudad y, una vez agotadas, solo quedaría el pozo para mantener tanto a los 200 miembros de la guarnición como a los vecinos. En fin, no eran unas expectativas especialmente halagüeñas, pero cabe suponer que el vizconde Guilhem confiaba en que los profundos barrancos que mantenían Minerve aislada de su entorno ayudarían a convencer a Montfort de que lo mejor era largarse enhorabuena de allí en busca de una presa más fácil. Obviamente, el buen vizconde no sabía con quién se estaba jugando los cuartos.

Restos de una de las puertas de la ciudad, a
la que se accedía tras subir por una
empinada rampa
Pero, al parecer, los motivos por los que Guilhem de Minerve se había ganado a pulso ponerse el primero de la lista de objetivos a batir no solo eran por haber abierto las puertas de su ciudad a todos los herejes que pasaban por allí, sino por haber llevado a cabo algunas cabalgadas contra las tierras del vizcondado de Narbona, cuyos cónsules y vecindario en general no eran precisamente proclives a colaborar con los infectados. De ahí que clamaran pidiendo ayuda a Montfort para que les librara de aquella mosca cojonera que les estaba arruinando las cosechas. Montfort no lo dudó mucho, y menos cuando le entregaron una jugosa suma de dinero a modo de incentivo; a ello añadieron tropas formadas por la milicia urbana, los cuales acudieron muy contentitos a poder ir a manifestarle su enfado al puñetero vizconde.

Así pues, a comienzos de junio de 1210, una hueste de unos 6.000 hombres se puso en marcha hacia Minerve deseando ponerle las peras  cuarto a los minervenses. Además de la milicia de Narbona al mando del vizconde Aymeri, contaban con un contingente formado por gascones a sueldo al mando de Gui de Lucé, hombres de armas y varios caballeros que estaban al servicio de Montfort como Robert de Mauvoisin, Pierre de Richebourg, Jean de Monteil, Ferrin d'Yssi y Ancel de Coètivi, además del mismo hijo de Montfort, Amalric. Y, naturalmente, no podía faltar el brazo eclesiástico para darle solemnidad a la futura matanza, por lo que también se apuntaron a la fiesta el inefable Arnaud Amalric y un tal Thedise, canónigo de Gennes. El día 15 se estableció el cerco, distribuyéndose la hueste de la siguiente forma: Montfort se situó al este de la ciudad; Gui de Lucé y sus gascones al oeste; el vizconde de Narbona junto a sus hombres de armas y la milicia urbana, al norte, el único sitio vulnerable. El resto de la hueste situó su campamento al sur. Obviamente, los  barrancos que rodeaban Minerve impedían por completo intentar un asalto, pero los padrastros mencionados anteriormente permitían emplazar máquinas para, poco a poco, ir minando tanto la moral de los defensores como la resistencia de las murallas, por lo que lo más adecuado y menos costoso era simplemente bombardear la ciudad sin descanso hasta que el vizconde decidiera poner fin al suplicio. Para ello se fabricaron cuatro fundíbulos, siendo emplazados cada uno de ellos en un campamento. El mayor de todos, situado en el sector de Montfort, había sido bautizado con cierta dosis de humor negro como Malvoisine, Malvecino, y su misión era moler a pedradas la coracha de aguada sin la cual la ciudad estaría perdida. 

Réplica de un fundíbulo basado en el que ilustró Villard de
Honnecourt (1200-1250). Uno de estos chismes podía lanzar
un bolaño de cien kilos a más de 200 metros de distancia,
desarrollando una energía cinética devastadora
La situación se puso bastante mal desde que comenzó el bombardeo ya que los fundíbulos pronto empezaron a causar estragos en las murallas. Por otro lado, aquel año había sido especialmente seco y las reservas de agua estaban bajo mínimos, empeorando las cosas el hecho de que el Malvecino acertaba con siniestra precisión en la coracha que, si era destruida, supondría el final porque cercenaría la única fuente de suministro disponible. Con todo, no era Gilhem de Minerve hombre que se amilanase así como así, por lo que pidió voluntarios para llevar a cabo una espolonada para intentar destruir los fundíbulos. Al cabo de doce días de asedio, durante la noche del domingo 27, una pequeña pero aguerrida mesnada salió de las murallas provistas de cestas llenas de estopa empapada en grasa con la intención de destruir al Malvecino, que era la máquina que más peligro entrañaba. Pero la espolonada resultó infructuosa ya que las tropas de Montfort debían dormir como las liebres, con un ojo abierto, y, dándose cuenta de la treta, lograron rechazar a los atacantes y apagar el fuego sin que este lograra dañar gravemente el ingenio. Tras llevar a cabo las reparaciones pertinentes, el Malvecino retomó su machaconeo contra la coracha.

Pozo de Saint-Rustique. Sobre el mismo se
ven los restos de la coracha de aguada
Así las cosas y a la vista de que, además del agua, también empezaban a escasear peligrosamente las provisiones, tras siete semanas de asedio el vizconde decidió enviar un emisario a intentar una capitulación honrosa. Sabiendo como las gastaban Montfort y el abad de Cîteaux, debió tener claro que, si esperaba a que la situación se tornase desesperada, ninguno de los dos se avendría a pactar nada. Se limitarían a esperar que la ciudad cayese como fruta madura para, a continuación, repetir las dantescas escenas de Bèziers y no dejar títere con cabeza. Al parecer, Montfort dijo al emisario que antes de darle una respuesta debería consultarlo con el abad de Cîteaux, el cual no pareció dispuesto a ensañarse con los infectados alegando que, aunque deseaba fervientemente la aniquilación de los enemigos de Jesucristo, por su condición de abad no podía dictaminar sobre la vida de la población, actitud esta que no se entiende muy bien a la vista de la masacre realizada apenas un año antes por las tropas bajo su mando en Bèziers. Así pues, decidió que lo mejor sería comunicar las condiciones verbalmente para, llegado el caso, romper lo tratado si estas no se cumplían a rajatabla y, si se terciaba, entrar a saco en la ciudad iniciando otra matanza.

Réplica de un fundíbulo situado en
las proximidades de Minerve
Finalmente, hizo venir al emisario para comunicarle las condiciones de la capitulación las cuales, por cierto, eran mucho más benevolentes de lo que cabría esperar quizás porque el vizconde hizo saber a Montfort que aceptaría de buen grado las capitulaciones que dictase. En primer lugar se concedía la vida a Guilhem de Minerve, a la guarnición del castillo y a todos los católicos de la población aunque hubiese constancia de que habían encubierto herejes. Por otro lado, se entregaba a Montfort el mando de la plaza y, finalmente, se accedía a perdonar la vida de los herejes siempre y cuando se aviniesen a retractarse. En este punto intervino Robert de Mauvoisin que, muy cabreado, dijo que ellos habían ido allí para exterminar a los herejes, no a repartir mercedes, y que todos aceptarían retractarse con tal de salvar sus heréticos pellejos de las llamas. Sin embargo, Arnaud Amalric, que conocía el paño, le replicó que no se preocupase porque pocos o ninguno se avendría a abjurar de su fe.

-Rassurez vous, vous n'avez rien à craindre, parce que peu se convertiront- le dijo el abad al fiero Mauvoisin y, en efecto, no tuvo que preocuparse porque, con su típico fervor, ante las exhortaciones para hacerlos volver al seno de la Iglesia los cátaros le respondieron que iba a abjurar su abuela.

Vista de uno de los barrancos que mantenían a Minerve
aislada. Obsérvese la imposibilidad de llevar a cabo
un asalto
El 22 de julio, los cruzados hicieron su entrada en Minerve entonando un Te Deum para darle solemnidad a la cosa. Al frente de la hueste victoriosa cabalgaba Simon de Montfort tras su estandarte rojo con un león rampante de plata. La comitiva fue hasta la iglesia para, a continuación, izar en el campanario el pendón de la cruzada y el del nuevo señor de la ciudad, que entre una cosa y otra había multiplicado sus dominios de forma notable. Tras la toma de posesión del castillo, Gui, abad de Vaux-fernai se presentó en una de las casas donde habían encerrado a los herejes. Los hombres habían sido puestos a buen recaudo en una, mientras que las mujeres esperaban su destino en otra. Como era de esperar, a los cátaros le dieron varias higas heréticas las exhortaciones del abad, y ante su manifiesto fracaso el mismo Montfort intentó hacerles ver sus errores; además, les advirtió a modo de ultimátum que, de persistir en su actitud, acabarían convertidos en torreznos.

Cátaros sacados de una ciudad camino del suplicio. Tras
el asedio de Minerve esta escena se hizo inquietantemente
habitual
Tampoco hicieron efecto las amenazas de Montfort salvo en tres mujeres que, ante la perspectiva de arder como teas, decidieron que lo más sensato era pasar del tema herético y mandar a hacer puñetas a sus correligionarios. Así mismo, una cuarta mujer se libró por los pelos, abjurando cuando ya estaba en la pira. Se trataba de Mahaut de Garland, una noble dama emparentada con las casas reales de Francia e Inglaterra y madre de Bouchard de Marly, un ferviente católico que había preferido largarse a Tierra Santa a degollar moros en vez de quedarse en casa masacrando herejes. Pero el resto, entre 140 y 180 cátaros, fueron llevados a la que fue la primera cremación en masa de la cruzada albigense. Está de más decir que los herejes sobrellevaron el suplicio con su habitual entereza si bien el espectáculo sirvió de escarmiento para los demás habitantes de Minerve ya que, a la vista de la dantesca escena, muchos de ellos que aún no tenían claro lo de hacerse buenos católicos sufrieron un repentino arrebato de fe y proclamaron su inquebrantable fidelidad a la Santa Iglesia, faltaría más. El que salió mejor parado de la quema fue Gilhem de Minerve ya que las condiciones de la rendición le concedían la vida. En un arrebato de generosidad, Montfort le concedió algunas tierras en su recién obtenido condado de Béziers, recompensa esta que, finalmente, parece ser que no llegó a obtener. 

En fin, esta es la historia del asedio de Minerve. El éxito del mismo surtió el efecto deseado ya que los nobles occitanos ya sabían a qué atenerse si se prestaban a ayudar de algún modo a los herejes. No obstante, a los cátaros no les impresionó lo más mínimo y, a pesar de ser la primera vez que se llevaba a cabo una matanza semejante entre ellos, no dieron ni un paso atrás aún sabiendo que el precedente sentado no les iba a poner las cosas fáciles. Como colofón, a la derecha podemos ver la estela que se yergue en Minerve en recuerdo de los herejes incinerados. En la parte superior se encuentra la silueta de una paloma, plumífero especialmente reverenciado por los cátaros ya que para ellos, al igual que para los católicos, representaba al Espíritu Santo. Curiosamente, era además un bicho muy apreciado a nivel material en la Occitania ya que sus excrementos eran muy valorados como fertilizantes y, por otro lado, actuaban como eficaces mensajeras. Al parecer era bastante frecuente mantener palomares atestados de estos pájaros que, llegado el caso, incluso podían ser una buena fuente de proteínas en caso de asedio.

Bueno, esto es lo que hay.

Hale, he dicho