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sábado, 3 de septiembre de 2022

BOCKSCAR, EL GRAN DESCONOCIDO

 

El "Bockscar" con su tripulación original, que en la misión sobre Nagasaki fue asignada al "The Great Artiste", que lo acompañó con todo el instrumental destinado a medir la explosión. Marcado con una X vemos al capitán Frederick Carl Bock, de cuyo apellido tomó el B-29 su nombre: "Bockscar", el "Vagón de Bock". Es habitual verlo escrito como "Bock's Car", con genitivo sajón, pero su denominación real era la indicada en primer lugar

Cualquier cuñado conoce el nombre "Enola Gay", recordado por sus siniestras connotaciones apocalípticas y no por Mrs. Enola Gay Tibbets, nacida Haggard, engendradora del coronel Paul Warfield Tibbets, también recordado por ser el que "lanzó" la primera bomba atómica cuando, en realidad, nadie se entera de que Tibbets pilotó el avión, pero el que pulsó el botón que liberaba la Little Boy para iniciar la Era Atómica fue el mayor Ferebee. Hasta las suegras beatas debaten con el cura en el confesionario acerca del "Enola Gay", de Tibbets o de Ferebee, pero ni el tato menciona nunca al "Bockscar", a Sweeney o Beaham. Más aún, mientras que el "Enola Gay" se apropiaba de la primicia nuclear y a Tibbets le endilgaron la Cruz de Servicios Distinguidos nada más aterrizar sin novedad en Tinian tras su exitosa misión, el "Bockscar" quedó relegado cuasi al olvido, y la Special Mission 16, como se designó al segundo ataque, estuvo plagada de errores, tanto humanos como mecánicos, aparte de sufrir diversas contingencias meteorológicas. Todo este compendio de gafadas hicieron que la misión no terminase en un desastre de puro milagro. Así pues, y ya que el mes pasado se cumplió el septuagésimo séptimo aniversario del lanzamiento de las dos bombas, qué menos que dedicarle un articulillo al olvidado segundón de esta tenebrosa historia, el B-29 "Bockscar".

INTROITO

Víctimas de los ataques a Hiroshima y Nagasaki,
carbonizadas en una fracción de segundo

A pesar de los años transcurridos, el dilema acerca del uso de armas nucleares aún sigue sigue siendo motivo de apasionados debates. Yo paso de debatir nada porque tengo la sana costumbre de ver las cosas bajo el prisma de la época, y no conforme a nuestros valores y principios actuales en los que un ataque nuclear sobre un objetivo civil se vería como algo aberrante. Sin embargo, si nos ponemos en el pellejo de los contendientes de la época debemos considerar una serie de factores que, actualmente, los buenistas y pacifistas de turno no quieren reconocer o, simplemente, no saben un carajo sobre los mismos.

1. Los sobrinos del tío Sam fueron atacados sin previo aviso y sin previa declaración de guerra. Obviamente, estaban un poco bastante deseosos de tomarse cumplida venganza, y más cuando, a lo largo del conflicto, tuvieron ocasión de comprobar tanto en sus propias carnes como en las de sus aliados la mala leche que gastaban los honolables guelelos del mikado, sobre todo con los prisioneros de guerra.

Víctimas de los bombardeos de Hamburgo (foto A)
y Dresde (Fotos B y C), cocidos como huevos por las
altísimas temperaturas alcanzadas por la tormenta
de fuego. Obsérvese que, aunque en algún caso la carne
se ha desprendido de los huesos, ni la ropa ni el pelo
les ardió. Resumen, fueron tan víctimas como los
nipones aunque lo que los mató fuese distinto

2. Tuvieron claro que si para defender islas mohosas como Iwo Jima u Okinawa no dudaron en sacrificar decenas de miles de vidas luchando hasta el último hombre, cuando llegase la hora de invadir Japón aquello sería dantesco. Es más que evidente que en aquella guerra solo se podría cantar victoria si se ocupaba el territorio enemigo y se aniquilaba literalmente a su ejército, como hubo que hacer con los tedescos, así que con los honolables guelelos del mikado con más razón aún. Los mandamases yankees ya habían calculado alrededor de medio millón de bajas propias o incluso más solo para apoderarse de Japón, y ese era un precio que la opinión pública no estaría dispuesto a pagar, por lo que todo el esfuerzo y el gasto en vidas y material de los años anteriores habrían sido en vano.

3. Los megaguays de estos tiempos braman y echan espumarajos cuando se mencionan los dos ataques nucleares, pero ni se inmutan cuando salen a relucir matanzas con armamento convencional como las de Hamburgo, Dresde, Coventry, el mismo Tokio, etc., donde palmaron decenas de miles de personas con la diferencia de que, en vez de ser vaporizados en una milésima de segundo, se cocieron vivos a causa de la tormentas de fuego desencadenadas. ¿Y las víctimas de las quemaduras y la radiación?, objetarán echando fuego por los ojos. Sí- respondo- las mismas que palmaron incineradas por el fósforo y el napalm, más los que arrastraron secuelas por ello de por vida. Por otro lado, si las poblaciones europeas no quedaron literalmente arrasadas hasta el suelo no fue porque recibieran menos castigo, sino porque sus edificios estaban construidos con ladrillos y cemento, mientras que la inmensa mayoría del caserío japonés era de madera, entre otras cosas por el tema sísmico. Por lo tanto, una bomba de 500 kg. dejaba un edificio de Inglaterra o Alemania hecho una birria, pero una casa japonesa simplemente la volatilizaba y no dejaba de ella ni rastro.

y 4. Los Estados Juntitos tenían que terminar la guerra de una vez. El ciudadano Adolf ya era historia, y no se podían permitir continuar en un segundo frente de forma indefinida ante un enemigo tenaz e incapaz de asimilar que no tenían ya nada que hacer. Por mera cuestión de economía en medios y en vidas humanas, era preferible asestar uno o dos golpes rotundos y acabar la fiesta con unas decenas de miles de muertos de un bando que proseguir SINE DIE acumulando cientos de miles, cuando no millones, de ambas partes.

PRELIMINARES

Truman durante la emisión del mensaje a la nación y, soterradamente,
a Hirohito. Como se puede ver, está filmado en su camarote
del USS Augusta

Truman recibió la noticia del exitoso bombardeo de Hiroshima cuando estaba a punto de llegar a su país a bordo del USS Augusta tras la celebración de la Conferencia de Postdam. A las 22:30 de aquel 6 de agosto de 1945 emitió un mensaje informando al personal de que unas horas antes se había consumado la venganza por el alevoso ataque perpetrado en Pearl Harbor en diciembre de 1941, y que disponían de más artefactos para dejar Japón convertido en una escombrera radiactiva si no se rendían sin más historias. De hecho, podría decirse que el mensaje iba en realidad dirigido a los belicosos miembros del gobierno dirigido por Kantarō Suzuki, que se empeñaban en resistir a toda costa y que presionaban sin descanso a Hirohito, que en teoría era el que tenía la última palabra. No obstante, en Japón aún no se sabía qué era lo que había ocurrido. Doce horas después del ataque, el sobelano celestial estaba un poco en babia porque se limitaron a informarle de que una bomba especial había dejado Hiroshima convertida en un solar lleno de honolables ciudadanos achichalados.

Octavilla como las que se lanzaron por millones antes del segundo
ataque, advirtiendo a los honolables súbditos del mikado que ser
bombardeado por un arma nuclear era algo muy desagradable.
Bueno, pues ni caso...
Aquella misma noche, la radio de Tokio informó que hacia las 08:20 de aquel día un grupo de bombarderos B-29 habían efectuado un ataque contra Hiroshima a base de bombas explosivas e incendiarias, pero sin entrar en cuantificar los daños. La cosa es que Hiroshima no había sido una ciudad especialmente castigada por los bombardeos yankees, por lo que su situación geográfica en una gran llanura haría más contundentes los efectos de la onda expansiva en una ciudad construida en su mayor parte con madera. Los yankees daban por sentado que la visión de la ciudad literalmente arrasada hasta el suelo daría que pensar a los honolables guelelos del mikado, pero el problema era que los honolables guelelos del mikado pensaban de una forma diametralmente opuesta a la de un occidental, por lo que ver Hiroshima reciclada en campo de balompié gigante les daba una higa. Una gente que pensaban que el valor de la vida frente al cumplimiento del deber tiene el peso de una pluma no se acojonaba por una ciudad totalmente destruida. En resumen, el gobierno nipón no aceptó la oferta de Truman.

El general Leslie Richard Groves (1897-1970), director
del Proyecto Manhattan y, tal vez, el principal fautor de
la victoria sobre Japón

Pero, independientemente de las cuestiones a nivel diplomático, lo cierto es que los militares tenían otra visión de las cosas. Truman consideraba el uso de las armas nucleares como un mal necesario. De hecho, tras el ataque a Nagasaki afirmó que "... ciertamente, lamento la necesidad de aniquilar poblaciones enteras debido a la terquedad de los líderes de una nación [...], y no lo haré hasta que sea absolutamente necesario. Mi objetivo es salvar tantas vidas estadounidenses como sea posible, pero también tengo un sentimiento humano por las mujeres y los niños del Japón". Está de más decir que los militares implicados en el Proyecto Manhattan no compartían esa empatía presidencial hacia los nipones, empezando por el general Groves, que era el que dirigía la orquesta con un poder cuasi omnímodo.

Así pues, mientras que Truman esperaba a que Hiroito digiriese las consecuencias de un ataque nuclear, Groves ya había decidido incluso adelantar dos días el siguiente ataque, programado para el día 11 en el caso de que el gobierno japonés no aceptara la rendición, cosa que quedó bastante clara de inmediato. De hecho, el mismo día 7 Groves se reunió en Guam con Tibbets, con los generales LeMay y Spaatz, el almirante Purnell y el capitán Parsons, que fue el encargado de armar la Little Boy en la misión anterior. Y no solo adelantaron la fecha por ver si la bomba de plutonio era más efectiva que la de uranio, que también, sino para demostrar al sobelano celestial que la Little Boy no era la única disponible, y que estaban dispuestos a lanzar más y no dejar una sola ciudad en pie hasta que se doblegaran y aceptasen la rendición. 

Hirohito en 1945, al término de la contienda. El alcance
de su responsabilidad como emperador durante la
ocupación de Manchuria y Corea, así como en el ataque
a Pearl Harbor aún son motivo de debate

Lo que no le dijeron a Hiroito era otro motivo, para ellos igual de importante: la inminente invasión de los hijos del padrecito Iósif a los territorios de China y Corea ocupados por Japón podrían acabar de convencer al sobelano celestial de que había que dar de mano de una vez, y en ese caso la victoria sería compartida con los comunistas. Pero los yankees querían que la derrota del Japón fuese enteramente suya, que para eso se habían batido el cobre durante casi cuatro años y habían perdido mogollón de hombres, aviones y barcos en el Frente del Pacífico para que el padrecito Iósif pudiese arrogarse haber sido un elemento clave en la victoria pegando cuatro tiros, y más si tenemos en cuenta que, por aquel entonces, los militares ya tenían muy claro que una vez acabada la guerra el siguiente enemigo sería la URSS, como así fue.

En un postrero intento por parte de la Oficina de Guerra yankee para convencer a los honolables súbditos del mikado de que proseguir la guerra era inútil, una oleada de aviones dejaron caer millones de octavillas sobre las principales poblaciones japonesas exhortando al pueblo japonés para que exigieran la paz a su gobierno, advirtiéndoles que "... una sola de nuestras bombas atómicas recientemente desarrolladas es en realidad el equivalente en potencia explosiva a lo que 2.000 de nuestros gigantescos B-29 pueden transportar en una sola misión". Pero la cosa es que los millones de octavillas quedaron esparcidos por el suelo sin que nadie se atreviera a usarlas ni como papel higiénico porque nadie quería que algún fulano del Kempeitai lo viera leyendo propaganda enemiga y ser acusado de derrotista. 

La bestia emerge de su madriguera en Tinian tras haber sido montada

Conclusión: el mikado no se rindió, y los yankees se dispusieron para realizar el segundo ataque nuclear de la historia sin que, curiosamente, ni Groves ni nadie recibiera una orden verbal o escrita por parte de Truman, que como presidente era también el comandante en jefe de las fuerzas armadas. La decisión fue de Groves, que tenía muy claro que debían demostrar a los japoneses que estaban dispuestos a lanzar una bomba tras otra y hacerles ver que, aunque fuese falso, contaban con un arsenal ilimitado de este tipo de armas, y que solo así se avendrían a rendirse de una puñetera vez. En todo caso, la segunda bomba disponible ya estaba a punto. La Fat Man había sido enviada desde la Base de Kirtland, en Alburqueque, el 26 de julio anterior a bordo de un C-54 perteneciente al 509 Composite Group, que era la unidad encargada de todo lo referente a los ataques nucleares. Llegó a Tinian el 28 de julio, quedando a la espera de ser devuelta a destino o caer sobre alguna de las ciudades designadas como objetivo.

La bomba fue pintada de amarillo, siendo selladas las juntas de la
carcasa con una pintura a base de alquitrán. Finalmente, los hombres
del equipo de montaje estamparon su firma y una gentil dedicatoria
a los honolables guelelos del mikado en el morro de la Fat Man

No vamos a entrar en detalles sobre el funcionamiento de la Fat Man porque en la red hay información en cantidades masivas, así que nos limitaremos a comentar que su sistema de funcionamiento era lo que obligó a darle su rechoncho aspecto. Mucho más corta que la Little Boy, medía solo 3'25 metros de largo, pero su diámetro era mucho mayor, 1'53 metros, y era más pesada, alcanzando los 4.672 kilos. Estaba cargada con 6'12 kilos de plutonio-239 y, aunque mucho más potente en teoría, tenía dos inconvenientes respecto a su predecesora, a saber: uno, sus mecanismos, mucho más complejos y delicados que los de la Little Boy con el peligro que eso conllevaba; y dos, que su forma ovoide provocaba una oscilación muy acusada durante el descenso, cosa que ya habían comprobado con las pumpkin bombs, las "bombas calabaza" que eran réplicas de la original pero cargadas con explosivos convencionales y que se usaron precisamente durante las pruebas efectuadas para estudiar su comportamiento en caída. Esa oscilación hacía de la Fat Man un arma con una trayectoria un tanto errática, pero era lo que había.

LA SPECIAL MISSION 16

Charles W. Swenney (1919-2004) en Tinian

La elección del piloto fue cosa de Tibbets, que conocía sobradamente a todos y cada uno de los miembros de las tripulaciones del 509 Composite Group. El hombre seleccionado fue el mayor Charles William Sweeney, Chuck para sus colegas y demás amigos y afectos. Sweeney, por aquel entonces un joven de apenas 25 años con jeta de charcutero, era lo suficientemente experto como para que alguien obsesionado con el perfeccionismo como Tibbets depositara su confianza en él. De hecho, ya había tomado parte con su tripulación, la C-15, en la Misión 13 a bordo del "The Great Artiste", que acompañó al "Enola Gay" como aparato de observación y de transporte de instrumentos. Más aún, Sweeney había entrenado personalmente a varios pilotos del 509 Composite Group, y había arrojado tropocientas pumpkin bombs como para saber de memoria todo el procedimiento. Así pues, y ya que todo el equipo e instrumentos de medición aún estaban a bordo del "The Great Artiste", Sweeney y su tripulación fueron reasignados al "Bockscar", el Victor 77 según su denominación oficial en la unidad, para arrojar la Fat Man.

El resto de B-29 asignados para la misión fueron:

Frederick C. Bock (1918-2000)

El "The Great Artiste" como aparato de observación y medición, pilotado por el capitán Frederick Carl Bock al mando de la tripulación C-13. Bock, como ya comentamos al inicio, era en realidad el piloto del Victor 77 bautizado como "Bockscar" por su apellido. En este avión viajarían como observadores:

Lawrence Harding Johnston, un físico del Proyecto Manhattan que fue el único civil que presenció las tres explosiones nucleares: la de Álamo Gordo y las dos sobre Japón.

Walter Goodman, ingeniero eléctrico también integrante del personal del Proyecto Manhattan. Él fue el que filmó con un tomavistas las imágenes del hongo nuclear en Nagasaki.

El sargento técnico Jesse Kupferberg, encargado de transportar y montar las bombas a su llegada a destino y agregado como observador técnico.

William L. Laurence, reportero del New York Times que debió caerle muy bien a Groves, porque fue el único miembro de la prensa autorizado a presenciar todas las movidas del Proyecto Manhattan.

James I. Hopkins (1918-1951). Su despiste pudo haber
provocado el fracaso de la misión
El "Big Stink", pilotado por el mayor James Iredell Hopkins al mando de la tripulación C-14. Este aparato sería el encargado de filmar y fotografiar toda la fiesta. Con la tripulación viajarían:

El Dr. William G. Penney, de la Misión Británica y admitido como observador por parte del Reino Unido.

El capitán de la RAF Leonard Cheshire, antiguo comandante del escuadrón 617, más conocido como "Dambusters". Ya saben, los de las bombas saltarinas. Fue enviado expresamente por Churchill.

Robert Serber, un ingeniero y físico del Proyecto Manhattan que se tuvo que quedar en tierra porque a la hora de despegar se le había olvidado el paracaídas al muy tontaina y se perdió la fiesta.

Así pues, estos dos aviones serían los que acompañarían al "Bockscar" para tomar parte en el mini-apocalipsis sobre la ciudad a la que el destino señalase con la mala suerte ya que, al igual que se planeó en la misión anterior, se señalarían tres objetivos, uno de los cuales sería el elegido en base a las condiciones meteorológicas sobre cada uno de ellos. Tibbets había insistido en que el lanzamiento fuese visual, no por radar, para asegurar al máximo la precisión del mismo. Incluso había ordenado que, en caso de no ser posible, se abortase la misión y el "Bockscar" y sus acompañantes debería regresar a Tinian. Como aparatos de reconocimiento meteorológico tomarían parte en la misión el "Enola Gay" con el capitán George William Marquardt al mando de la tripulación B-10, y el "Laggin' Dragon", pilotado por el 1er. teniente Charles F. McKnight al mando de la tripulación B-8. Finalmente, el "Full House" pilotado por el capitán Ralph L. Taylor al frente de la tripulación A-1 actuaría como bombardero de respaldo desde Iwo Jima.

Uno de los contenedores de instrumentos de medición
de los lanzados por "The Great Artiste" tras la detonación
de la bomba. De pie a la derecha vemos al científico
español Luis Álvarez
Un inciso: cuando se habla de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, mucha gente, la inmensa mayoría diría yo, piensan que fueron llevados a cabo por dos únicos y solitarios B-29. En realidad, solo en publicaciones especializadas salen a relucir los verdaderos preparativos y, como vemos, en cada misión tomaron parte seis aviones: uno con la bomba, dos de acompañamiento para labores de observación e investigación, dos como avanzadilla para informar de las condiciones meteorológicas sobre cada objetivo, y uno de apoyo. Sin embargo, de todos los aparatos del 509 Composite Group que participaron en estas movidas, solo es conocido el Victor 82 bautizado pocas horas antes de partir como "Enola Gay". Fin del inciso.


Bien, la Comisión de Objetivos había propuesto tres ciudades: Kokura, Nagasaki, ambas en la isla de Kyūshū, y Niigata, al noroeste de Tokio. En realidad, la que siempre estuvo como primera opción en ambos ataques fue Kokura, a la que Groves le tenía echado el ojo por albergar las más importantes industrias de armas automáticas y armamento en general, aparte de unos astilleros de gran importancia donde se construían y reparaban buques de la flota imperial. 

Una muestra del poder de la fisión nuclear. El fotograma es de la
prueba realizada en Álamo Gordo en julio de 1945. Como vemos
en el cronómetro, en 0'006 segundos todo lo que hubiese en un
diámetro de unos 200 metros ya habría sido vaporizado
Nagasaki no le iba a la zaga ya que las fábricas de Mitsubishi asentadas en la ciudad producían grandes cantidades de armas, además de disponer de unos astilleros similares a los de Kokura. Como añadido, ambas poblaciones, separadas por solo unos 160 km., apenas habían sufrido daños en los escasos bombardeos que soportaron durante la guerra, por lo que estaban prácticamente intactas. Eso convenía a los yankees de cara a mostrar el devastador poder de las bombas, que en una fracción de segundo eran capaces de arrasar hasta los cimientos cualquier población de tamaño medio de aquel momento. Tras el cónclave de rigor, finalmente se señaló como objetivo principal Kokura y como secundario Nagasaki, y los B-29 encargados de actuar como avanzadilla de reconocimiento meteorológico serían el "Enola Gay" para Kokura y el "Laggin' Dragon" para Nagasaki.

Una vez decididos los objetivos y las misiones de cada aparato, la tripulación del "Bockscar" estaría compuesta por:


Mayor Charles William Sweeny, piloto (1)
Capitán Charles Donald Albury, 1er. copiloto (2)
2º teniente Alfred John Olivi, 2º copiloto (3)
Capitán James Frederick  Van Pelt, navegante (4)
Capitán Kermit King Beahan, bombardero (5)
Sargento Mayor John Donald Kuharek, ingeniero de vuelo (6)
Sargento Raymond C. Gallagher, artillero/asistente del ingeniero de vuelo (7)
Sargento Edward Kenneth Buckley, operador de radar (8)
Sargento Abe M. Spitzer, operador de radio (9)
Sargento Albert Travis Dehart, artillero de cola (10)

Como agregados irían:

Comandante Frederick Lincoln Ashworth, especialista encargado de armar la bomba
1er. Teniente Philip Michael Barnes, asistente del armero especialista
1er. Teniente Jacob Beser, encargado de las contramedidas del radar. Fue el único miembro del 509 Composite Group que tomó parte directa en ambos ataques. Su misión era impedir que el enemigo pudiese causar perturbaciones en el radar del avión y, llegado el caso, en el control de la bomba.

A las 12:30 del día 8 tuvo lugar la última sesión informativa para todos los participantes en la misión, y ahí empezaron los problemas. El parte meteorológico informaba de la presencia de un tifón cerca de Iwo Jima, lo que les obligaría a volar a más altura y suponía un mayor consumo de combustible y modificar el rumbo de los aparatos. Previamente, los aviones de reconocimiento ya habrían informado de la situación meteorológica sobre cada objetivo, por lo que a partir de ahí pondrían rumbo a una ciudad u otra. Pero lo del tifón solo era el comienzo de los problemas porque parece que 18 tuertos miraron con su único ojo sano el plan de operaciones de la Misión 16. Más aún, se les debió sumar algún cíclope para que se juntaran tantos inconvenientes.

El "Bockscar" maniobra marcha atrás para colocar la bodega de
bombas sobre el foso donde espera la Fat Boy. Es la tarde del 8
de agosto de 1945
La "Fat Man" fue cargada a las 22:00 horas de la víspera en la bodega de bombas del "Bockscar". Se usó el mismo sistema que con la Little Boy, colocarla en un foso y, desde allí, introducirla en la bodega mediante la grúa del aparato. Recordemos que el tren de aterrizaje de los B-29 dejaba muy poco espacio entre la panza del fuselaje y el suelo. Swenney, sabiendo que iban a vivir un momento histórico y tal, reunió a su tripulación junto al "Bockscar" y les echó la arenga de rigor, exhortándolos a jurar por sus muelas que se entregarían en cuerpo y alma para que la misión fuese cuanto menos tan exitosa como la del "Enola Gay", y aseguró que no le importaría lanzar el avión contra el objetivo con tal de cumplir las órdenes de su admirado y venerado coronel Tibbets. Sin embargo, nada más endilgar el discurso ya surgió la siguiente pega.

Barracón de ensamblaje del 509 Composite Group, en Tinian.
En ese sencillo edificio se montaron las dos bombas, transportadas
en componentes separados para evitar sustos
Cuando el sargento Kuharek llevó a cabo la inspección final antes del despegue, vio que la bomba de la gasofa del depósito de reserva situado tras la bodega de bombas se había averiado. Dicho depósito contenía 640 galones (2.423 litros) de combustible, y se planteó una disyuntiva un poco bastante complicada. Cambiar la bomba averiada requeriría varias horas, tiempo del que no disponían porque la misión estaba ya en marcha. Vaciar el depósito, pues lo mismo, así que tendrían que viajar con los aproximadamente 1.700 kilos de peso extra de un combustible que no se gastaría, y con el que tendrían que volver a la base de partida. Lógicamente, ese peso extra supondría un mayor consumo de la gasofa restante. El "lleno" de los depósitos del B-29 era de 7.000 galones (26.500 litros), por lo que, aunque con los tanques a tope, solo dispondrían de 6.360 galones (24.075 litros) para pasearse por medio Océano Pacífico, y ese chisme consumía alrededor de 1.500 litros a la hora. Obviamente, este consumo es orientativo ya que variaba en función de la altitud, la dirección del viento, el peso del avión, que disminuía una vez lanzada la carga y a medida que gastaba combustible, etc. La última opción sería descargar la Fat Man y trasladarla a otro avión pero, aparte del tiempo que supondría, lo mejor era dejarla quietecita. Esa cosa era más inestable que un macaco paranoico, y una vez alojada en la bodega del "Bockscar" y lista para ser armada no era nada recomendable andar trasteando con ella. Así pues y tras el cónclave oportuno entre los mandamases, Tibbets dejó la decisión final en manos de Swenney, que no estaba dispuesto a renunciar a salir en los libros de historia.

-¡Al diablo con eso!- exclamó poniendo expresión de guerrero feroz en su jeta de charcutero- ¡Quiero ir!

No sabemos si el resto de la tripulación  tenía el mismo entusiasmo que Swenney, pero no ha quedado constancia de si se cagaron en sus muertos o le aplaudieron. Sea como fuere, la cosa es que la fiesta aún no había empezado y la esperanza de éxito ya se estaba evaporando a una velocidad preocupante. 

Vista aérea de Tinian, 101 km² literalmente atestados de
instalaciones militares de todo tipo
A las 23:00 horas se realizó una última reunión informativa con el personal de los tres aviones que formaban el núcleo principal de la misión: el "Bockscar", "The Great Artiste" y el "Big Stink". Debido al malvado tifón, se decidió que no viajarían juntos, sino que se reunirían sobre la isla de Yakushima, situada a unos 70 km. del extremo sur de Kyūshū. En ese momento, los aviones de exploración meteorológica habrían informado como estaba el cielo en cada objetivo, y se decidiría cuál de los objetivos era el más viable. Para esquivar el temporal se ordenó volar a 17.000 pies (5.181 metros) de altura en vez de los 9.000 (2.743 metros) habituales en una misión tan larga y cargados hasta los topes. Y para no dilatarla más de la cuenta ya que cada litro de gasofa contaba, Tibbets hizo especial hincapié en que el "Bockscar" no debía esperar más de 15 minutos hasta dar con sus escoltas, que se suponía que ya estarían dando vueltas sobre Yakushima. Si en ese tiempo no lograban localizarse, Swenney debería ir en busca de su objetivo aunque no se hicieran fotos y no se pudieran lanzar los contenedores de instrumentos para estudiar los efectos de la explosión. Lo importante era arrojar la Fat Man como fuese, y volvió a insistir en que el bombardeo debía ser visual y pasar del radar, como hizo él con la Little Boy.

A las 02:58 del día 9, el "Enola Gay" y el "Laggin' Dragon" partieron de Tinian camino de sus respectivos destinos. Casi una hora después, a las 03:49 (03:37 según otras fuentes), el "Bockscar" despegó tras apurar los casi 2.600 metros de pista y rodar otros 60 fuera de ella antes de separarse del suelo debido al sobrepeso. "The Great Artiste" hizo lo propio a las 03:51, y el "Big Stink" a las 03:53. La segunda y última bomba atómica usada en combate en toda la historia (y esperemos que siga teniendo tan dudoso honor) estaba en camino.

Frederick Lincoln Ashworth (1912-2005). Aunque el avión lo
pilotaba Swenney, este hombre era en realidad el mandamás de
la Misión 16
A las 04:00, el comandante Ashworth entró en la bodega de bombas y activó la Fat Man, que por su complejidad tuvo que ser armada antes de embarcarla. Sustituyó los tapones de los seguros eléctricos de color verde por otros de color rojo. A partir de ese momento, la bomba estaba lista para ser usada. El teniente Barnes, el asistente de Ashworth, colocó sobre la mesa de radio una caja llena de chivatos que indicarían el estado del artefacto. Por lo visto, aquel chisme era tan sensible que un brusco cambio de presión o, ya puestos, una cagada de mosca en el morro, podía vaporizar al "Bockscar" con todo sus habitantes en un nanosegundo, lo que provocaba en la tripulación cierto estado de ansiedad y unas irrefrenables ganas de verla caer por la trampilla de la bodega y largarse echando leches camino de vuelta a Tinian. No obstante, la puñetera bomba aún les daría un susto de muerte cuando, al cabo de unas tres horas, los chivatos empezaron a parpadear rápidamente, lo que era indicador de que los circuitos de disparo se habían cerrado y la explosión era inminente, por lo que habría que arrojar la bomba al mar antes del momento fatal. Fulgurante ascensión testicular hacia la garganta entre la tripulación, que ya se veían reducidos a la condición de células calcinadas. No obstante, Ashworth, que debía tener la sangre de horchata, se puso a bichear hasta que dio con la causa del parpadeo, que no era otra que un interruptor mal instalado. Un suspiro huracanado de alivio salió de los pulmones del personal cuando la malvada caja de chivatos se normalizó.

Ruta seguida por el "Bockscar". En el detalle pueden verlo con más
claridad.
A las 09:00 horas, el "Bockscar" llega al punto de encuentro en Yakushima. Empezó a girar alrededor de la isla a la espera de divisar a sus dos acompañantes. El encuentro debía ser visual ya que se había ordenado silencio de radio por razones obvias. Doce minutos más tarde, casi al final del límite de espera marcado por Tibbets, el "Bockscar" avistó a "The Great Artiste" y se reunió con él. Sin embargo, del "Big Stink" no había ni rastro. Swenney, aún sabiendo que ya estaba desobedeciendo una orden tajante y a costa de complicar aún más la misión gastando más combustible del que se podía permitir, optó por esperar a su otro acompañante. Pero, no se sabe por qué, al mayor Hopkins se le debió ir el santo al cielo- nunca mejor dicho- porque al parecer estaba volando a una altitud muy superior a la ordenada, concretamente a 39.000 pies (11.887 metros) en vez de a los 17.000 pies indicados por Tibbets. Además, en vez de volar en círculos para facilitar el encuentro había establecido un esquema conocido como "pata de perro", dibujando un rumbo similar al esquema que vemos en las palancas de cambio de los automóviles y en el que los trazos largos tenían una longitud de 40 millas (64 km.). Esta distancia, en una isla de forma circular y apenas 25 km. de diámetro, haría totalmente imposible el encuentro ya que la mayor parte del tiempo el "Big Stink" estaría volando sobre el mar en vez de sobre la isla. Para colmo, Hopkins había roto el silencio de radio contactando con Tinian para informar que no lograba divisar al "Bockscar", y preguntó si Swenney había abortado la misión. En Tinian no lo entendieron como una pregunta, sino como una afirmación, así que todo el mundo entró en pánico hasta que lograron contactar con el "Bockscar" y enterarse de que proseguían sin novedad.

Tras esperar nada menos que 50 minutos, Swenney decidió finalmente proseguir la misión y dejar al memo de Hopkins haciendo el gamba sobre Yakushima. Esa absurda espera pudo salir muy cara ya que al gasto extra de un combustible que iba al límite había que sumar que el trayecto desde Tinian hasta el punto de encuentro se hizo con viento en contra, lo que supuso otro gasto extra. Solo por eso, a Swenney le podrían haber formado un consejo de guerra como Dios manda. Al cabo, el "Big Stink" no era imprescindible ya que su misión era dejar constancia gráfica de la operación, y gracias pudo dar por que nada más apearse del "Bockscar" en Tinian no le metieran un paquete de antología. Imagino que lo que salvó a Swenney de acabar procesado fue que, a pesar de todos los problemas que surgieron, la Fat Man logró alcanzar su destino final.

Mapa en relieve de Kokura, con su enorme Arsenal ocupando el área
central de la población. Destruir el Arsenal era apuntillar a los
honolables guelelos del mikado
Mientras daban vueltas esperando avistar al ""Big Stink", el "Enola Gay" había enviado un mensaje cifrado informando que, aunque el cielo estaba nublado en Kokura, la visibilidad era aceptable. En aquel momento estaban a 130 millas (209 km.) del objetivo principal, lo que suponía una media hora de vuelo. Sin embargo, cuando llegaron a Kokura el cielo estaba totalmente cubierto a causa del humo producido por las bombas incendiarias arrojadas el día anterior durante un ataque llevado a cabo sobre Yahata, población muy cercana a Kokura, y no se veía absolutamente nada. Abro paréntesis (Si buscan en el mapa la ciudad de Kokura, verán que ya no existe. En 1963 se creó una nueva ciudad uniendo cinco muy próximas para formar una única población con el nombre de Kitakyūshū que incluía Kokura, Yahata, Moji, Tobata y Wakamatsu). Paréntesis cerrado. Beaham, con el ojo incrustado en su visor Norden, buscaba el Arsenal señalado como referencia del blanco para lanzar de una vez la bomba, pero no se veía más que humo. Informó por el laringófono de que no había logrado ver el objetivo.

Kermit K. Beahan (1918-1989). Lo tuvo
complicado el hombre, pa qué mentí...
Esa fue la segunda metedura de pata de Swenney, que por lo visto estaba tan empeñado en ser un héroe que no le importaba mandar al carajo la misión. En vez de abortar el intento y largarse en busca del segundo objetivo, realizó una segunda pasada. Tampoco en esa ocasión se pudo entrever el objetivo entre la espesa humareda y, a pesar de todo, se llevó a cabo un tercer intento igualmente fallido. Solo cuando el sargento Buckley, el operador de radar, avisó de la presencia de unos diez aviones enemigos, Swenney decidió que ya era hora de largarse con viento fresco. Eran las 11:32, y en aquel momento ya sabían que ni remotamente disponían de combustible para volver a Tinian. La cosa se ponía cada vez más emocionante, así que los dos aviones se pusieron rumbo a Nagasaki, a 95 millas (153 km.) de distancia. La idea era volar hasta el estrecho de Shimonosaki para alcanzar Nagasaki desde el este. En aquel momento, y reduciendo la velocidad para ahorrar combustible, disponían solo de lo justo para una única pasada y aterrizar en Okinawa. Si por algún motivo se consumía medio litro más de gasofa acabarían en el mar, rodeados de tiburones ávidos de vísceras anglosajonas.

En la foto superior vemos la referencia del blanco y en lugar
donde explotó la Fat Man. En la foto inferior vemos la misma
zona, pero reducida a cenizas. Obsérvese que del estadio solo
queda una tenue silueta en el suelo
Con todo, el informe meteorológico enviado en su momento por el "Laggin' Dragon" tampoco era muy alentador: alrededor de un 70% de cobertura de nubes, con lo que las opciones eran un poco bastante escasas para realizar un lanzamiento visual, tal como había ordenado Tibbets. No obstante, Ashworht, que era de facto el mandamás de la misión tanto en cuanto estaba a las órdenes directas de Groves, le indicó a Swenney que se olvidara de Tibbets y que se lanzara la bomba como fuese, de modo que si la localización del punto de referencia del blanco no era posible se hiciera con el radar.

A las 11:50 divisan Nagasaki, y en aquel momento quedaban en los depósitos del "Bockscar" apenas 300 galones (1.136 litros) de gasofa. Era el típico "ahora o nunca". Swenney desciende hasta los 28.000 pies (8.534 metros) y vuela a una velocidad de 200 millas por hora (332 km/h) para alcanzar la vertical a las 11:56. Era el momento decisivo, y cuando Beser se disponía a realizar el lanzamiento por radar, un repentino hueco en las nubes permitió a Beahan avistar el punto de referencia del blanco, el estadio local, situado al norte de la ciudad en la orilla izquierda del río Urakami. De película, ¿qué no? A las 11:58 (a las 12:02 según otras fuentes), Beahan anunció que la Fat Man había sido lanzada. "Bombs away!" (¡Bombas fuera!), exclamó por el laringófono como era habitual para, de inmediato, corregir diciendo "Bomb away!", en singular. Al cabo, solo había dejado caer una bomba, no el mogollón habitual. En ese momento, ambos aviones se separaron, girando 155º a izquierda y derecha para alejarse a toda velocidad y esperar el brutal impacto de la onda expansiva.

Sayonara baby...
La Fat Man explotó 43 segundos más tarde a una altitud de 503 metros sobre el suelo y a 320 metros al norte del estadio. La energía desarrollada por la bomba fue de 21 kilotones, uséase, el equivalente a 21.000 toneladas de trinitrotolueno. Una burrada, ¿no? Al instante recibieron el impacto de la onda expansiva producida por la misma explosión, seguida de una segunda debida a la ruptura de la barrera del sonido de aire impulsado por dicha explosión y, finalmente, una tercera consecuencia del rebote de la onda expansiva contra las montañas situadas al este, el oeste, el sur y, ya más lejos, al norte de la zona cero. La extensa planta de la Mitsubishi, situada a unos 450 metros al norte del punto de impacto, sufrieron enormes daños, al igual que otro grupo de fábricas situados a 1.300 metros al sur. De una de esas fábricas salieron los torpedos usados por los honolables guelelos del mikado en sus Nakajima B5N para atacar Pearl Harbor. El dulce sabor de la venganza y tal... Sin embargo, a pesar de su enorme poder, los efectos de la Fat Man no fueron tan devastadores como los de la Little Boy, que tenía 5 kilotones menos de potencia. La situación geográfica de la zona cero, rodeada de montañas, impidió que la bestial onda expansiva y la llamarada de fuego alcanzara una extensión mucho mayor si bien se calculó que de los 10 km² de extensión de la ciudad resultaron destruidos 3'75 km², eliminando aproximadamente un 68% de la producción industrial. Por otro lado, las condiciones climatológicas en aquel momento no favorecieron la creación de una tormenta de fuego que sí se formó en Hiroshima, aumentando así de forma notable los daños tanto a personas como edificios.

Fotograma del inicio de la explosión filmada desde
"The Great Artiste"
Y mientras el "Bockscar" salía echando leches hacia Okinawa con la luz de la reserva encendida, "The Great Artiste" dejó caer en paracaídas varios instrumentos de medición que enviarían los datos sobre la radiación gamma, las ondas de choque y la temperatura por radio. Además, antes de partir de Tinian el científico de origen español Luis Álvarez, que había estado en el ajo en todo momento, depositó en el contenedor una carta destinada al físico japonés Ryōkichi Sagane rogándole que convenciera al gobierno japonés de que los yankees tenían varias armas nucleares más, y que si no se rendían de inmediato no dudarían en arrasar el Japón de cabo a rabo. Está de más decir que los honolables guelelos del mikado que encontraron el contenedor no entregaron la carta a Sagane, que no tuvo ocasión de verla hasta después de la guerra.

La carta autógrafa de Luis Álvarez al profesor
Sagane. Como la mayoría de los científicos, tenía
una pésima letra
Con la misión cumplida satisfactoriamente a pesar de las tribulaciones y problemas sufridos, aún quedaba volver sin tener que lanzarse en paracaídas al mar. Okinawa estaba a unos 740 km. al SO de Nagasaki, y en el "Bockscar" quedaba gasofa como para rellenar un Zippo, así que aún no podían cantar victoria. Y mientras tanto, el memo de Hopkins, que aún andaba dando vueltas como pollo sin cabeza, divisó el hongo de la explosión a una distancia de 160 km. Dio por sentado que la misión se había culminado de forma exitosa y se dirigió hacia Nagasaki para, al menos, hacer un reportaje de la ciudad arrasada ya que no pudo hacerlo del lanzamiento y la explosión de la Fat Man. En cuanto al "Full House", el avión de apoyo, tuvo noticia del éxito de la misión se largó a Iwo Jima ya que su cometido había terminado.

Cuando Swenney avistó el aeródromo de Yontan en Okinawa emitió un "mayday" para que despejaran la pista. El avión iba prácticamente seco y el aterrizaje iba a ser de todo menos elegante y estiloso. Sin embargo, por algún motivo su llamada no fue recibida por la torre de control, así que tuvo que optar por lanzar varias bengalas como señal de emergencia. En esta ocasión si fueron avistadas y se despejó la pista en un periquete. El "Bockscar" tomó tierra a las 13:51 hora local cuando solo le quedaban 7 galones (26'5 litros) de gasofa en el depósito. Tras un primer contacto a más velocidad de la adecuada, el avión rebotó a más de 7 metros de altura para, finalmente, posarse casi descontrolado y enfilando a una hilera de bombarderos estacionados en el lado izquierdo de la pista. El motor nº 2 se paró, y las hélices en posición invertida no eran suficientes para detener la pesada mole del B-29. Finalmente, pisando los frenos a fondo, Swenney y Albury lograron detener el aparato. Suspiro final, miradas al cielo, etc. Estamos en casa.

Tibbets estrecha la mano a Swenney tras su llegada a Tinian
Posteriormente tomaron tierra "The Great Artiste" y el "Big Stink". Inmediatamente se informó a los generales Farrell, Spaatz y LeMay del feliz retorno de los tres aviones. La Fat Boy acababa de entrar en la historia, Nagasaki había sido arrasada y, en breve, los honolables guelelos del mikado ya empezarían a plantearse que la rendición era lo más aconsejable a la vista de lo visto. Una vez repostados, los tres aviones partieron hacia Tinian a las 17:30, donde tomaron tierra a las 23:30 tras una misión de 17 horas en las que, ciertamente, se puso a prueba el temple de las tripulaciones, especialmente la del "Bockscar". Al día siguiente y a pesar de que Swenney era merecedor de varias collejas por no haber cumplido las órdenes recibidas, le fue impuesta la Medalla Aérea de manos del general Davis. Las tripulaciones de vuelo y tierra de todos los B-29 que tomaron parte en la fiesta recibieron la Medalla de Plata.

Grafiti del morro del "Bockscar", pintado posteriormente. Como
ya hemos comentado, ninguno de los aparatos del 509 Composite
Group 
llevaban los habituales nose art de los aviones yankees
Bueno, así fue la historia. Ahora vendrían las conclusiones, moralejas, el "qué habría pasado si...", cuestiones morales, etc., pero creo que todo eso sobra porque en este caso solo hay algo totalmente inapelable: si los yankees no hubieran lanzado la Fat Man la guerra se habría alargado hasta vete a saber cuándo. Las vidas de los desdichados que murieron en Hiroshima y Nagasaki salvaron las de millones de compatriotas que habrían palmado si hubiera comenzado la Operación Downfall, la ocupación militar del Japón. Por cierto, en Kokura debieron hacerle un monumento a las nubes porque no una, sino dos veces se salvaron del apocalipsis gracias a ellas.

En fin, ya me he enrollado en demasía y sobre los efectos de la explosión ya hablaremos un año de estos, de modo que s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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Ojo, el hongo que vemos en la foto sería como una leve humareda comparado con el que formaría una bomba atómica moderna con una potencia de 12 megatones, uséase, 12.000 kilotones, es decir, 571 veces más que la energía desarrollada por la Fat Boy. Algo así como un cohete de feria comparado con un proyectil de 155 mm. Sirva de aviso a los mamones que se pasean por el planeta con el jodido maletín nuclear. Bueno, ellos ya lo saben...

domingo, 26 de septiembre de 2021

ÓRGANOS DE STALIN. EL BM-13

 

Pseudo-apocalipsis a pequeña escala y en formato económico

Ante todo, hay un detalle que debe quedar bien claro: el padrecito Iósif no sabía tocar el órgano. Más aún, durante su estancia en el seminario de Tiflis no solo no aprendió a tocarlo, sino que se convirtió en un marxista irredento. Además, la música sacra ortodoxa no hace uso de ese instrumento, de modo que dudo que alguna vez estuviera cerca de uno de ellos. Para los que lo desconozcan el mote de Stalinorgel lo crearon los tedescos debido a la semejanza de los lanzadores con los tubos de los órganos, así como por el siseante y siniestro silbido que emitían cuando se disparaban. Aclarado este sutil detalle semántico, procedamos:

Ya en su día dedicamos algún que otro artículo a los cohetes Congreve y su uso tanto terrestre como naval a principios del siglo XIX. Por otro lado, ya sabemos que estos chismes eran usados por los chinos hace la torta de años para sus masacres, así que hablamos de un arma con siglos de antigüedad. Solo el perfeccionamiento de la artillería en lo referente al alcance y, sobre todo, a la precisión, envió al baúl de los recuerdos a un arma en apariencia tan prometedora. Sin embargo, y a pesar del atraso endémico en lo tocante a tecnología por aquella época, Rusia introdujo estas armas en su arsenal en 1827, dándoles un extenso uso durante la Guerra Ruso-Turca entre 1828 y 1829, llegando a producir un lanzador remolcable para seis proyectiles. Sin embargo, como hemos dicho, el imparable avance de la artillería convencional  relegó al olvido a los cohetes, que se vieron limitados a su uso como bengalas y permanecieron en estado latente unos añillos hasta que, curiosamente, fueron resucitados por los mismos rusos. 

V. A. Artemiev (1885-1962) y N. K. Tichomírov (1859-1930)

El resucitador fue Vladímir Andréevich Artemiev , que ya en 1908 y con apenas 23 años andaba investigando con cohetes de bengalas en la fortaleza de Brest-Litovsk. Este probo ingeniero fue enviado en 1919 al Laboratorio de Dinámica de Gases (Gazodinamicheskoy laboratorii para el que quiera fardar ante sus cuñados), donde se puso en contacto con otro sesudo cohetero, Nikolái Ivánovich Tichomírov, con la intención de desarrollar cohetes de combustible sólido. La solución vino de la mano del por aquel entonces coronel Ivan Platonovich Grave, que en 1916 había inventado un propelente a base de polvo de piroxilina mezclado con trinitrotolueno, lo que daba como resultado una combustión potente y estable. La patente le fue confirmada en 1924 y consistía en barras compactadas de 70 mm. de diámetro que fueron fabricadas en la Fábrica de Pólvora de Shlisselburg. Hasta aquel momento se había usado como propulsor pólvora negra, pero su rendimiento era obviamente muy inferior al del nuevo compuesto. Este se probó por primera vez el 3 de marzo de 1928 tras haber pasado tropocientas pruebas hasta dar con las proporciones adecuadas, alcanzando el cohete una distancia de 1.300 metros. Este chisme fue la base de partida para la posterior creación de los cohetes disparados por los dichosos órganos.

G. E. Langemák (1898-1938)
Pero encontrar el propulsor adecuado era solo parte del problema porque, en realidad, lo que aún estaba por solucionar era la forma de dar al proyectil la estabilidad y la precisión adecuadas. Recordemos que los cohetes de Congreve usaban una simple varilla como estabilizador, y que no fue hasta 1844 cuando William Hale desarrolló una pieza helicoidal que hacía girar el cohete, pero la precisión obtenida no se consideraba la idónea para un arma moderna. Artemiev se dedicó a ir probando sistemas de guiado, lo que le llevó varios años de investigación porque hasta mediados de 1933 no pudo probar algo con un éxito aceptable. Se experimentó con dos diseños, el RS-82 y el RS-132 (RS = Rakietnyi Snariad, misil cohete, para los que insistan en fardar ante sus cuñados), de 82 y 132 mm. de calibre y provistos de estabilizadores de aletas con los que obtuvo una trayectoria razonablemente precisa a distancias comprendidas entre los cinco y seis mil metros, si bien estaban muy lejos de la precisión de cualquier pieza de artillería. En este diseño participó Geórgi Érijovich Langemák, un ingeniero militar de origen alemán de los más cercanos a Artemiev que, cómo no, acabó sus días víctima de la purga de 1937 con la que el psicótico padrecito Iósif eliminó de un plumazo a la mayoría del personal que tenía más de dos dedos de frente. De hecho, aunque el desarrollo del proyecto inicial era de Artemiev, Langemák es considerado como el padre del órgano staliniano que, en realidad, en Rusia era conocido de forma mayoritaria como Katyusha (Катюша en cirílico, por si aún no se han quedado contentos y quieren seguir chinchando a sus cuñados), aunque del origen del mote ya hablaremos al final del artículo. 

Fuego de saturación producido por una salva de Katyusha. Al
impactar sobre una zona relativamente pequeña, sus efectos eran
demoledores
Bien, en vista de que de momento no era posible obtener una precisión que permitiese que un cohete acertara en el objetivo como el proyectil de un cañón, se optó por la posibilidad de hacer fuego mediante salvas, o sea, disparando al unísono mogollón de cohetes para batir una determinada zona. Es lo que se conoce como fuego de saturación. Para los que nunca hayan oído ese término, el fuego de saturación es un concepto por el que un área relativamente pequeña es sometida a un bombardeo breve, pero de una intensidad devastadora que la artillería convencional no puede alcanzar. Pongamos un ejemplo: los informes del frente nos dicen que en tal zona el enemigo ha concentrado un regimiento entero para iniciar una ofensiva. 

Y estas eran las herramientas para lograr la saturación. Mientras que
un cañón convencional podía disparar un proyectil cada cinco o
diez segundos, un Katyusha disparaba una docena o más-
dependiendo del modelo- en el mismo tiempo
Si abrimos fuego con la artillería disponible, imaginemos que una docena de bocas de fuego con una cadencia de tiro de seis proyectiles por minuto, implicaría que en cinco minutos de bombardeo caerían sobre el enemigo 360 proyectiles. Obviamente, las tropas enemigas no se iban a quedar como pasmarotes esperando a ser machacados, sino que nada más oírse el silbido de la primera andanada saldrían corriendo como conejos en busca de refugio. Esa primera andanada sería lógicamente la más efectiva, mientras que las restantes pillarían a la mayor parte del personal a cubierto, pudiendo salir razonablemente indemnes del susto. Sin embargo, una batería formada por 12 lanzacohetes con capacidad para 24 proyectiles, solo en la primera salva dejaría caer sobre las atribuladas cabezas de los enemigos 288 cohetes de golpe. Y si los lanzadores eran de 48 cohetes, la cifra se elevaría al doble: 576 proyectiles de una tacada y sin que a los pardillos de turno les de tiempo a buscar un hoyo donde meterse. Y no solo produciría gran cantidad de bajas, sino que una parte importante de su material también sería destruido sin posibilidad de ponerlo a salvo. En resumen, es un concepto táctico tan eficaz que hoy día sigue totalmente vigente, y no hay guerra en la que no hagan acto de presencia vehículos provistos de lanzadores que, eso sí, están armados con cohetes mucho más potentes y precisos que los usados por los rusos si bien no son raros de ver en algunos de los interminables conflictos de Oriente Medio lanzadores de la época soviética que aún siguen operativos.

Bien, estos son los antecedentes del Katyusha que, en puridad, fue el cohete en sí ya que el soporte para los lanzadores no fue el mismo a lo largo de su vida operativa. Se recurrió a camiones rusos, así como a americanos obtenidos gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo, chasis de carros de combate, trineos, trenes blindados, vehículos sobre orugas e incluso se instalaron en barcos, pero de la amplia variedad de medios sobre los que funcionaron estos chismes hablaremos con detalle en otra ocasión para no alargarnos demasiado. De hecho, incluso se llegaban a disparar cohetes sustentados sobre bastidores colocados directamente sobre el suelo, e incluso simplemente dentro de un armazón colocado dentro de un hoyo que les permitiera orientarlos en dirección a donde en teoría estaba el enemigo. Un alarde de tecnología, vaya... Con todo, su uso masivo- el fuego de saturación, ya saben- los hizo bastante eficaces, y donde caían solo quedaba una extensión de terreno calcinada y los restos achatarrados de los vehículos que hubiese en el mismo aparte de cachos dispersos del personal a los que no dio tiempo de escabullirse.
 En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo del variopinto uso que se podía dar a estos artefactos: dos guripas soviéticos ocultos tras unas ruinas se disponen a lanzar un M-31 de 300 mm. colocado dentro de un armazón (metálico o de madera) sustentado sobre unos ladrillos.

Ferviente hija del padrecito Iosif instalando cohetes RS-82 bajo
las alas de un avión. Obsérvense las peculiares hélices para el
armado de las espoletas
En cuanto a la vida operativa de estos cohetes, curiosamente no comenzó sobre los lanzadores que estamos hartos de ver en fotos, sino instalados en aviones. Su estreno en una acción de guerra tuvo lugar en el río Jaljin Gol, que marcaba los límites de China con la URSS, durante un breve conflicto con los honolables guelelos del mikado entre mayo y septiembre de 1939 por cuestiones fronterizas entre la república soviética de Mongolia y las tropas japonesas que ocupaban Manchuria. En esta ocasión se armaron inicialmente en los Polikarpov I-16 de una escuadrilla de cinco aparatos al mando del capitán Nikolái Ivánovich Zvonarev, agregada al 22º Rgto. de Cazas del mayor  Grigory Panteelevich Kravchenko, instalándose bajo las alas ocho raíles (4 en cada ala) para otros tantos cohetes RS-82. Además, no fueron usaros como armamento aire-tierra, sino para abatir aviones enemigos. 

I-16 armado con ocho cohetes RS-82

N. I. Zvonarev (1911-1986)
El grupo de Zvonarev, que actuó entre los días 19 de agosto y 16 de septiembre, realizó 85 salidas, participando en 14 acciones de combate en las que lograron alcanzar 13 victorias, las cuales se debieron principalmente a que atacaron formaciones cerradas de aparatos nipones, lo que facilitó su derribo ya que la precisión de los RS-82 estaba aún un poco lejos de la de un Sidewinder. Bueno, no nos engaños, el RS-82 estaba en el neolítico cohetero aire-aire, pero al menos tuvieron la primicia. Ojo, ya en la Gran Guerra se habían empleado contra dirigibles y globos de observación, pero obviamente estos artefactos eran un poco más grandes que un caza japonés, el primero de ellos muy lento, y el segundo totalmente estático, así que tampoco había que tener un prodigio de precisión para acertarles. En cualquier caso, el padrecito Iósif, celoso de que la existencia y, sobre todo, los detalles de esta nueva arma cayeran en manos enemigas, ordenó que todo lo concerniente a su manejo y uso fuera llevado con el máximo secreto, hasta el extremo de que los pilotos que tomaron parte en la escuadrilla de Zvonarev eran miembros especialmente seleccionados del NKVD cuya fidelidad al padrecito Iósif y al partido estaba por encima de cualquier comentario. 

G. I. Kravchenko (1912-1943)
Los mentados pilotos fueron, (por si aún desean hundir más en la miseria a sus cuñados) los tenientes I. Mikhailenko, S. Pimenov, V. Fedosov y T. Tkachenko. Más aún, ante el temor que de alguno de los I-16 fuera derribado y cayese en manos enemigas, Kravchenko había recibido la orden, que a su vez transmitió a Zvonarev, de que bajo ningún concepto se involucraran en combates aéreos contra los aparatos de los honolables guelelos del mikado, superiores en velocidad y armamento. Por lo tanto, su misión era localizar al enemigo, abalanzarse contra ellos, dispararles la salva de cohetes a una distancia de entre 1.500/850 metros aproximadamente y salir echando leches antes de que los nipones se recuperasen del susto. Por cierto que el uso de cohetes aire-tierra se propaló de forma increíble durante la 2ª Guerra Mundial. En el caso de los yankees, hicieron gran uso de ellos desde sus cazas Corsair y Mustang principalmente para ataques a tierra, y los tedescos perpetraron fastuosas escabechinas con los R4M que armaban los Me-262, con los que derribaron cantidad de bombarderos B-17. En fin, ya sabemos que el uso de cohetes aire-aire y aire-tierra son actualmente la principal arma de que disponen los aviones modernos para hacer la puñeta al enemigo, ya vaya volando o dándose un paseo por una carretera.

Vista trasera de un ZIS-5 con el lanzador cargado
Con todo, y a pesar de que la escuadrilla de Zvonarev salió de aquella guerrita indemne y con varios derribos en su haber, lo cierto es que fueron necesarios una media de 24 cohetes por derribo, lo que no se puede decir que fuese especialmente rentable cuando se podía lograr lo mismo con un par de docenas de cartuchos de ametralladora que costaban bastante menos dinero, así que estaba claro que el verdadero potencial de estas armas era como cohete tierra-tierra. De forma paralela a su uso como arma aire-aire, en octubre de 1938 y bajo la dirección del Instituto de Innovación para Propulsión a Chorro Nº 3 (Reaktivnyy nauchno-issledovatel'skiy institut, Реактивный научно-исследовательский институт en cirílico y más conocido por sus siglas РНИИ3 y a partir de 1937 НИИ3 (NII3), por si les apetece impulsar a sus cuñados a una autolisis definitiva) se creó un prototipo de lanzador instalado sobre el chasis de un camión ZIS-5, un vehículo de 3 Tm. y dos ejes de diseño moderno ya que su producción había comenzado en 1933. El lanzador consistía en un bastidor colocado de forma transversal, mirando hacia el lado derecho del vehículo para que los chorros de fuego no afectaran la cabina del camión si bien la ventanilla del copiloto estaba provista de una chapa de blindaje. Sobre dicho bastidor iban 24 raíles que permitirían disparar una salva de otros tantos cohetes del modelo M-13 de 132 mm. El M-13 era un modelo derivado del RS-132 con una carga explosiva de 4'9 kilos, y tenía un alcance de unos 8-8'5 km. aproximadamente.

Vista lateral del MU-1 sobre un ZIS-6. En el extremo de la
caja se aprecia el mecanismo para regular el ángulo de tiro,
así como la ventanilla blindada
Sin embargo, este prototipo salió un churro por varios motivos. En primer lugar, los lanzadores eran el mismo modelo usado en los aviones, por lo que la carga de los cohetes se efectuaba por la parte delantera de los mismos, lo que retrasaba enormemente el proceso. Por otro lado, la posición fija del lanzador obligaba a apuntar moviendo el camión hasta situarlo en una posición más o menos aproximada hacia el objetivo y, finalmente, la escasa sustentación que ofrecía daba como resultado un churro de precisión. Además, la elevada temperatura que alcanzaban los chorros de los cohetes, entre los 1.100-1.200º, dañaba al vehículo, especialmente a los neumáticos traseros que recibían la primera llamarada de lleno. En vista del éxito obtenido, cambiaron de vehículo, usando un ZIS-6 de tres ejes con un lanzador de 24 raíles, pero dando unos resultados igual de pésimos porque, en realidad, el problema estaba en la posición del lanzador, no en la plataforma que lo sustentaba. No obstante, a esta versión se le añadió un mecanismo para regular el ángulo de tiro vertical que demás permitía un pequeño giro horizontal lo que, aunque ya suponía un adelanto, no solucionaba el problema. Este prototipo recibió el nombre de MU-1 (МУ-1, механизированная установка, mekhanizirovannaya ustanovka = instalación mecanizada nº 1).

En vista de que el MU-1 resultó un fiasco, estaba claro que había que ver la forma de diseñar un MU-2 que funcionase si no querían acabar todos metidos en un vagón de ganado camino de un gulag en el quinto pino, así que se pusieron las pilas y vieron que solo había que cambiar la posición del lanzador, colocándolo en sentido longitudinal al vehículo. Al disponer de menos espacio a lo ancho hubo que reducir el número de raíles del lanzador a ocho, si bien para compensarlo en cada raíl se podían colocar dos cohetes, uno arriba y otro abajo. El bastidor sobre el que reposaban era una estructura un poco más compleja a base de tubos con una capacidad de giro horizontal de 10º a cada lado (20º en total), y la elevación vertical podía regularse entre los 15º y 45º, lo que permitía un alcance mínimo de 3 km. y un máximo de 9 km. En el gráfico de la derecha vemos el mecanismo de elevación (fig. A) y el horizontal (fig. B) mediante un tornillo sin fin. Además, se acopló en el lado izquierdo del bastidor un visor de artillería convencional, por lo que ya no era preciso estar una hora maniobrando el camión hasta colocarlo más o menos mirando al objetivo. Con estas mejoras solo había que situarlo en dirección al blanco, ajustando la puntería moviendo el lanzador hacia donde fuera preciso.

También se añadieron dos gatos hidráulicos en la parte trasera de la caja para proporcionar una base estable en el momento del disparo que, como veremos a continuación, no se producía mediante una salva simultánea, sino con un intervalo de medio segundo. Así mismo, la puesta en batería se acortaba de forma notable, requiriendo solo entre 5 y 1o minutos, siendo el tiempo de carga de otros 5 minutos más. Para completar la lista de mejoras, como la nueva disposición del lanzador haría que las llamaradas de los cohetes dieran de lleno en la cabina, se instalaron chapas sujetas mediante bisagras para poder bajarlas cuando se entraba en acción. Cuando llegaba la hora de largarse bastaba plegarlas sobre el techo. Ambos accesorios podemos verlos en las fotos de la izquierda.

BM-13 sobre un camión ZIS-6. Obsérvese la posición de los gatos
traseros cuando no estaba en posición de tiro, así como las
perforaciones de los raíles del lanzador para aligerarlos de peso
Tras las pruebas pertinentes y corroborar que, finalmente, el arma funcionaba como Lenin manda, el MU-1 pasó a convertirse en el BM-13 (Boyovaya Maszina 13 = vehículo de combate 13), del que se fabricaron cinco unidades para ir adiestrando a sus futuros servidores. Además se construyó un lanzador extra que fue enviado a Sebastopol para ser instalado en una patrullera y probar su rendimiento como arma embarcada. El Comité de Defensa del Estado quedó sumamente satisfecho con los resultados de las pruebas, por lo que en la primavera de 1941, cuando el ciudadano Adolf ya estaba a punto de dar la orden para iniciar la Operación Barbarroja, se comenzó la producción en serie. Con apenas tiempo para disponer de cantidades aceptables de la nueva arma, cuando los tedescos entraron en la Santa Madre Rusia sin molestarse ni en llamar a la puerta apenas se habían fabricado siete unidades que, junto con 3.000 cohetes M-13 habían sido enviados a Moscú. El mismo día en que dio comienzo la invasión, el 22 de junio de 1941, se comenzaron a fabricar tanto camiones como cohetes en la fábrica Komintern de Voronezh, seguida de los talleres Kompressor de la capital soviética. En octubre, y ante el peligro de verse desbordados, la producción se trasladó a Chelyábinsk, remota población situada en los Urales que quizás recuerden de cuando hablamos de los carros de combate rusos. 

El capitán Flerov (1905-1941). Palmó como los
buenos el 6 de octubre sin llegar a disfrutar de
los laureles de la victoria, durante una refriega
en Bogatyri tras una breve pero muy intensa
vida operativa
Estas siete unidades formaron la primera batería operativa de BM-13 al mando del capitán Ivan Andreevich Flerov, que entró en servicio el 28 de junio, apenas seis días después del comienzo de la invasión. Cada vehículo tenía una dotación de siete hombres: un artillero jefe, un artillero, un encargado de manejar los mandos de regulación del lanzador y cuatro cargadores. Dichas dotaciones fueron seleccionadas entre el personal de la Escuela de Artillería Feliks Dzierzynski, anteponiendo ante todo que fuesen miembros del partido. Al padrecito Iósif no se le quitaba de la cabeza lo de mantener a ultranza el secreto sobre la existencia de la nueva arma, hasta el extremo de que el término "BM-13" no se pudo usar en el papeleo administrativo hasta después de la guerra, cuando hasta el Tato ya sabía de qué iba la cosa. Más aún, poco después del inicio de la guerra se obligaba al personal a firmar una declaración por la que se comprometían a, en caso de peligro, destruir los vehículos para impedir que cayeran en manos enemigas, así como a escapar como fuese para no caer prisioneros y ser obligados a dar información sobre los mismos, llegando si era preciso a suicidarse. Chungo, ¿qué no? Para que no hubiera dudas al respecto, en una orden emitida por el padrecito Iósif el 1 de octubre de 1941 se dejaba bien claro que los BM-13 "...deben ser protegidos como tecnología de alto secreto del Ejército Rojo. Por este motivo, estas máquinas y la munición para ellas no deben caer en ningún caso en manos del enemigo. Este material debe mantenerse bajo una constante y particularmente severa vigilancia en todo momento. La responsabilidad de la preservación de estos secretos recaerá sobre los comandantes de los frentes y los ejércitos." En resumen, que si no te pegabas un tiro ya se encargaría el NKVD de hacerlo por ti, y si los tedescos te echaban el guante toda tu familia se iría de vacaciones a Siberia solo con billete de ida. Incluso se ordenó de forma explícita que, para un mejor aprovechamiento del material, jamás se emplearan los BM-13 contra objetivos pequeños o de poca importancia, debiendo reservarse solo para neutralizar el avance de grandes formaciones de infantería o carros de combate, para romper las líneas enemigas en caso de participar en una ofensiva y sobre concentraciones de tropas. Además, nunca debía hacerse uso de los lanzadores sobre objetivos situados a una distancia relativamente lejana, en la que su escasa precisión restaría eficacia, delegando esos cometidos para la artillería convencional.

BM-13 de la primera serie preparado para abrir fuego en Stáyara
Russa, en septiembre de 1941
El estreno del BM-13 tuvo lugar el 14 de julio, tras ocupar los tedescos la ciudad de Orsha, nudo ferroviario de vital importancia. La batería de Flerov se trasladó al sector y se dispuso para lanzar la primera salva, que tuvo tugar a las 15:15 horas. Hay varias versiones sobre esta acción de guerra, alguna incluso asegurando que, en realidad, no tuvo lugar hasta dos días más tarde debido a que los ingenieros tedescos tenían que adaptar el ancho de las vías para sus trenes (las rusas eran más estrechas) pero, en todo caso, en lo que sí coinciden todos es que el estreno supuso una escabechina fastuosa ya que los cohetes alcanzaron vagones cargados de munición, con las consecuencias que podemos imaginar. El BM-13 se mostró como un arma indudablemente eficaz, y aunque tenía sus ventajas también presentaba una serie de inconvenientes.

Cargando un M-13 en su raíl. Para realizar
esta operación bastaban escasos segundos
Entre las ventajas, la principal era su obvia contundencia. La batería de Flerov, con apenas siete lanzadores, podía dejar caer sobre los enemigos 112 cohetes cargados con casi 5 kilos de alto explosivo en menos de diez segundos, lo que no dejaba prácticamente tiempo para reaccionar. Su recarga era relativamente rápida, y con dotaciones bien entrenadas el tiempo podía reducirse a un par de minutos o poco más. Los raíles, al contrario que las cañas de los cañones, que debían ser sustituidas cada un determinado número de disparos, tenían una vida operativa ilimitada, y cada lanzador era acompañado por dos camiones cargados con más cohetes para que la fiesta no terminase en seguida. En cuanto a los inconvenientes, el principal era, aparte de que la precisión nunca llegó a ser la deseable, la descomunal humareda que producía cada salva, localizable a kilómetros de distancia. Esto obligaba a que, salvo que la batería estuviera en una posición protegida por elevaciones que la ocultaran de la vista del enemigo, nada más realizar los disparos tenían que salir echando leches y cambiar de emplazamiento antes de que la artillería enemiga los machacara con fuego de anti-batería, y esos sí tenían precisión de sobra para acertarles de lleno sin problemas. Con todo, la posibilidad de moverse con rapidez de un sitio a otro llegó a convertirse en una ventaja ya que despistaba totalmente a los observadores tedescos, que se veían incapaces de ubicar en los mapas de dónde habían salido los disparos.

Bien, con todo lo que hemos visto ya conocemos la gestación, el nacimiento y los primeros pasos de estas emblemáticas armas. De sus distintas versiones, los diferentes vehículos que se usaron como plataforma y la variedad de proyectiles que fueron surgiendo durante la guerra ya hablaremos otro día, que en esta ocasión ya me he explayado en demasía. Solo nos resta ver los entresijos del cohete B-13, así como su sistema de disparo y el origen del sobrenombre "Katyusha".

En primer lugar, el cohete. En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección del mismo para ver con detalle la distribución de su interior. Como podemos apreciar, el cohete se dividía en tres partes: la cabeza de guerra, que contenía la espoleta, el detonador y  la carga explosiva que, en este caso, era de 4,9 kilos de trinitrotolueno o de termita si se quería usar como arma incendiaria. También se estudió usarlo como proyectil de guerra química, pero eso lo veremos más adelante. A continuación tenemos el cuerpo que contiene la carga de propelente, formada por siete barras de polvo de piroxilina perforados longitudinalmente por el centro. Su distribución la vemos en la figura F'. El propelente se iniciaba con dos cartuchos piro-eléctricos como el que vemos en la figura E', colocados a ambos lados del tetón de enganche delantero. Estos cartuchos se iniciaban mediante una descarga eléctrica que inflamaba la carga de pólvora que llevaban en su interior y que, a su vez, iniciaba el propelente del cohete. Por último tenemos los escapes por donde salía el gas producido por la combustión del propelente, que se realizaba de adelante hacia atrás. 

El proceso de carga era muy simple. Bastaba deslizar los dos tetones de fijación por la ranura del raíl hasta que quedasen bloqueados en su posición, para lo cual se accionaba hacia la derecha la palanca marcada con la flecha roja. El bloqueo debía asegurarse antes de elevar el lanzador si no querían ver como los 16 cohetes caían uno tras otro al puñetero suelo. En el círculo vemos el terminal eléctrico que llevaba cada raíl en cada costado, y que contenían los bornes que daban la corriente necesaria para iniciar los cartuchos piro-eléctricos. Una vez que se completaba la carga del lanzador, el artillero realizaba los ajustes de altura y deriva y todo el personal se retiraba a una distancia prudencial para no quedarse convertidos en torreznos soviéticos o verse asfixiados por la enorme temperatura que desprendían los cohetes, así como la densa polvareda de humo tóxico que desprendían. A partir de ahí solo había que abrir fuego, de lo cual se encargaba el artillero jefe accionando el cuadro de mandos colocado delante del asiento del copiloto.

A la derecha podemos verlo. Se trataba de una pequeña caja conectada mediante la manguera G a una batería auxiliar situada sobre el chasis, de donde tomaba la corriente. De ahí partían dos cables: uno conectado a la carrocería para hacer masa, y el otro se dividía en ramales que iban a las cajas de cada raíl. En primer lugar, se cerraba el circuito accionando el interruptor de cuchillas F. A continuación se introducía y giraba la llave A en la caja de conexión C para establecer el contacto, tras lo cual se encendía el chivato D para comprobar que todo estaba en orden. A partir de ahí, el arma estaba lista para abrir fuego, para lo que se giraba el disco del disparador a razón de dos vueltas por segundo durante 17 veces. De ese modo no se producía una descarga al unísono, sino escalonada con una escasa diferencia de tiempo. La duración de la andanada dependía del número de cohetes, pero en este caso sería de unos 15 segundos como mucho. La verdad es que presenciar una salva de uno de estos chismes debía ser algo sobrecogedor.

A medida que el artillero giraba a toda pastilla el disco, la corriente eléctrica iba llegando a los raíles, produciéndose una chispa en el contacto entre la superficie del raíl y el tapón del contenedor de los cartuchos piro-eléctricos. En ese momento, se inflamaba el contenido e iniciaba el propelente del cohete, saliendo disparados a una velocidad de unos 350 m/seg., o sea, similar a la de una bala de 9 mm. Parabellum, lo que no es ninguna tontería para semejante trasto. Los cohetes podían armarse con espoletas de impacto o de proximidad, dependiendo del objetivo, y su dispersión al caer sobre el terreno elegido como blanco formaba una densa cadena de explosiones casi simultáneas. Para hacernos una idea, la batería del capitán Flerov, formada por siete lanzadores de 16 cohetes permitía arrojar sobre las atribuladas testas tedescas nada menos que 112 cohetes en un intervalo de diez segundos. Por lógica, para conseguir lo mismo con artillería convencional harían falta 112 cañones. Con todo, algunas versiones posteriores que podían disparar hasta 48 cohetes, si hablamos de una batería convencional formada por cuatro lanzadores hablamos de nada menos que 192 proyectiles, y como ya podrán imaginar una batería no solía actuar en solitario. Podían juntarse varias y, con ello, disparar cientos de cohetes de golpe sobre un enemigo que no sabría dónde leches meterse para escapar del fin del mundo a escala reducida.

Lidiya Ruslanova cantando ante las ruinas del Reichstag de
Berlín el 2 de mayo de 1945
Bueno, con esto no creo que queden dudas acerca del sistema de disparo. En cuanto al mote, hay tropocientas versiones, aparte de más apodos que ya iremos desgranando. En esta ocasión nos quedamos con el más conocido, Katyusha, que era el título de una canción que, como está mandado, narra como una jovencita llamada así echa de menos a su amado que está haciendo el servicio militar. La canción fue compuesta en 1938 con música de Matvéi Blanter y letra de Mijáil Isakovski, e interpretada por primera vez por Lidiya Andreevna Ruslanova, una famosa cantante floclórica de la época. Katyusha es el diminutivo de un diminutivo, o sea, el diminutivo de Katya que, a su vez, lo es de Yekaterina, Catalina. Por lo tanto, Katyusha sería lo mismo que si en español decimos Catalinita. La teoría más aceptada es que, debido al secretismo que impedía denominarlos como BM-13, en la documentación oficial se les asignó la letra K, correspondiente a la fábrica Komintern de Voronezh, donde comenzó la producción del arma, por lo que se recurrió, como es habitual en todos los ejércitos del mundo, a ponerle un mote que coincidiera, en este caso, con la inicial extra-oficial del BM-13. Puede que, cuando la oigan, a más de uno le suene la música. Es la del "Casatschok", una pegadiza canción que puso muy de moda el cantante francés Georgie Dann en 1969, pero cuya letra no tiene nada que ver con la original. De hecho, este fulano se tiró la torta de tiempo forrándose con sus cancioncillas que, año tras año, eran declaradas "la canción del verano" y se escuchaban en todas las verbenas, ferias, tómbolas y hasta en los bailes juveniles de la época. Ahí pueden escucharla.


En fin, espero que les haya resultado interesante. Como ya he dicho, más adelante y con suerte antes de que acabe el año seguiremos con el tema. Mientras tanto, vayan provocando arcadas en sus cuñados y primos lejanos contemplando cualquier documental sobre el tema. 

Hale, he dicho

La batería del capitán Flerov lista para abrir fuego y sembrar muerte y destrucción más IVA sobre los malvados tedescos