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miércoles, 25 de mayo de 2016

Las armas de los Conquistadores españoles


Ante todo conviene aclarar que en esta entrada no se hablará de armamento que no conozcamos ya tanto en cuanto la panoplia usada por las tropas españolas en el Nuevo Mundo era exactamente la misma que la que se utilizaba en Europa: espadas, lanzas, ballestas, arcabuces, etc. ¿Que qué sentido tiene entonces esta entrada? Pues muy fácil. Las armas, obviamente, eran las mismas, pero el enemigo y el terreno en que se usaban no tenían nada que ver con lo que los belicosos españoles se toparon en las Américas, por lo que tuvieron que llevar a cabo diversas modificaciones en el empleo táctico de su armamento, indumentaria y, de paso, aprovechar el efecto psicológico que ejercían sobre los probos indígenas las armas y animales que desconocían: armas de fuego, perros y caballos sobre todo. De todo ello nos ha llegado abundante información tanto gráfica como escrita gracias a los códices, manuscritos e informes enviados a la corona por los mismos que vivieron aquella epopeya, así que podemos hablar con total conocimiento de causa ya que los datos que poseemos actualmente son fiables al ciento por ciento.

Así pues, dividiremos la entrada por tipos de armas, sus efectos y empleo en función de las circunstancias que se daban en aquellas lejanas tierras, las cuales no tenía nada que ver con las del Viejo Mundo. Al grano pues.

Las ventajas y desventajas tácticas

Este solía ser el resultado de muchas escaramuzas y
emboscadas contra unos enemigos a veces invisibles
Está de más decir que las tropas españolas tenían a su favor una serie de factores que les permitía generalmente llevar la iniciativa en la multitud de enfrentamientos que tuvieron con los distintos pueblos amerindios a pesar de que jamás alcanzaron ni remotamente el número de efectivos de sus enemigos. De hecho y a modo de ejemplo, la mesnada con que Cortés desembarcó en Tabasco en 1519 para iniciar la conquista de Méjico no habría servido en Europa más que para una escaramuza de poca monta: 553 peones, 82 ballesteros, 13 arcabuceros, algunos piqueros, los 110 marineros que tripulaban las once naves con que fueron transportados desde Cuba y 200 indios que posiblemente serían usados más bien como porteadores que como combatientes. O sea, ni siquiera un millar de efectivos para enfrentarse a ejércitos que los superaban en cifras del orden de 10 a 1 o más como poco. De hecho, las tropas españolas muy rara vez llegaron a superar el millar de hombres juntando todos los tipos de combatientes, a lo que habría que añadir las escasas piezas de artillería que fueron llegando a las Indias que nunca llegaban a la veintena y en un 80% piezas ligeras como versos, sacres y falconetes. Con todo, es evidente que el pánico que producían las armas de fuego entre los indios era ya de por sí una poderosa arma si bien, como es natural, llegó un momento en que solo las temían por sus efectos y no por sus connotaciones "sobrenaturales".

Infante español con una de sus más temibles
armas: un enorme mastín
Un complemento muy eficaz lo tuvieron en los caballos y los perros de guerra. Los amerindios no habían visto un caballo en sus puñeteras vidas, y eso de contemplar totalmente pasmados como se abalanzaban sobre ellos una suerte de extraño ser mitad hombre mitad bestia de cuatro patas que, además, los ensartaban bonitamente con sus lanzas o los acuchillaban a mansalva, debía resultarles una experiencia más inquietante que ver aparecer en casa a un cuñado un domingo a las 10 de la mañana con toda su familia en pleno. Y con los perros, pues más de lo mismo. Los indios sí tenían perros, pero de unas razas pequeñas, dóciles y sumisas y destinados a servir de alimento llegado el caso. A eso, los españoles les correspondían con mastines, alanos y dogos de gran tamaño, muy agresivos y especialmente adiestrados para la guerra. Para esta gente sería algo similar a si nos azuzan a uno de esos bichos raros que salen en las películas de ciencia ficción. 


Los descomunales cursos fluviales de Sudamérica fueron
unos de los mayores retos para los conquistadores
Por último, debemos considerar el elemento humano. Los españoles que pasaron a las Indias eran hombres muy curtidos en el ejercicio de las armas, hombres que escapaban de la miseria en busca de fortuna y que no solo no tenían nada que perder, sino que les daba una higa dejar el pellejo en su intento de retornar al terruño cargados con el oro y la plata que, según contaban, eran tan abundantes que solo había que agacharse a cogerlos del suelo. Eran además hombres que habían guerreado contra la morisma, contra Francia, en Italia, en Flandes, y poco menos que habían echado los dientes volteando una espada de madera luchando contra enemigos imaginarios en los corrales de sus casas. A eso habría que añadir el natural agresivo y orgulloso de aquellos tiempos, que los impulsaba a luchar hasta vencer o morir por una mera cuestión de honra aunque salieran del brete más pobres y miserables de como llegaron.


Y si los ríos eran una dificultad, las zonas montañosas
ni te cuento. Cruzar senderos así suponía tener que dejar
atrás la caballería y parte de la impedimenta
Pero los valerosos infantes españoles se encontraron con un panorama muy diferente al que conocían de sus andanzas por la Europa. En América, las cosas eran muy distintas, y no se enfrentaban con ejércitos armados y desplegados en el campo de batalla de la misma forma que ellos, sino con tribus que, aunque provistas de un armamento muy inferior, sabían sacarle partido a su entorno y, en muchas ocasiones, poner las peras a cuarto a los invasores. En definitiva, aunque la superioridad tecnológica era evidente, las limitaciones medio-ambientales, la prácticamente inexistente logística y la dificultad para reponer las armas perdidas o deterioradas no pusieron nada fácil crear lo que, con el tiempo, dio lugar al mayor imperio conocido hasta la época.

El impacto del armamento español


Guerrero jaguar
Durante la conquista, los españoles se enfrentaron a ejércitos que, tecnológicamente hablando, estaban siglos por detrás, prácticamente en la Edad de Piedra. El armamento utilizado por los amerindios se basaba en artefactos de madera a los que añadían lascas de obsidiana que, aunque cortantes como el acero, obviamente no tenían ni de lejos su durabilidad ni su resistencia. De hecho, el único metal que usaban era el cobre, poco enemigo para las armaduras y las espadas españolas, que empleaban para elaborar puntas de flecha y cabezas de armas para sus mazas. Así pues, las espadas, junto con las ballestas, los arcabuces y las picas fueron las armas que más sorprendieron a los nativos por motivos diversos: las espadas por su resistencia y su capacidad para anular el efecto de sus armas de madera y, además, por su capacidad para herir de punta. Como ya sabemos, una estocada es mucho más letal que un golpe de filo, y la medicina de los indios estaba a la misma altura que la española: pócimas inservibles, ungüentos hediondos, compresas a base de hierbas y, en vez de rezar a Dios, menear una maraca briosamente por encima del herido para que los dioses fueran benevolentes con él y saliera vivo del brete. Por otro lado, las picas permitían ofender y mantener a los enemigos a distancia, lo que era una novedad para ellos tanto en cuanto jamás se habían enfrentado a un cuadro de picas formado por tropas profesionales y, por otro lado, las lanzas usadas por los indios medían como mucho unos 2,5 metros.


Infante español protegido por un ichcahuipilli
Las ballestas les resultaron enormemente impactantes por la tremenda potencia que podían desarrollar, especialmente las de torno y las de cranecrin. Los indios, cuyo armamento defensivo se limitaba a un escudo y un ichcahuipilli, y eso siempre y cuando se tratase de personajes de cierto estatus, no tenían nada que oponer a estas armas, capaces de atravesar sin problemas sus mínimas defensas corporales. Y en lo referente a los arcabuces, ya podemos imaginar el efecto psicológico que ejercieron: un estampido, una llamarada, y un cuñado caía al suelo fulminado con un boquete en el pecho y otro en la espalda. Cosa de los dioses, naturalmente, que estaban a favor de aquellos sujetos pálidos, barbudos y con muy mala leche. 



En un entorno así de poco o nada servía la proverbial
disciplina de la infantería española en el campo de batalla
Pero a todo lo malo se acostumbra uno, y los indios, que serían impresionables pero no tontos, acabaron habituándose a estas armas y a sacarle beneficio a los peores enemigos de los conquistadores: el clima y el terreno.

En campo abierto, los indios tenían escasísimas probabilidades de salir airosos salvo que su superioridad numérica fuese abrumadora. De ahí que optaran en muchas ocasiones por tender emboscadas aprovechando las zonas selváticas en las que la disciplina de las formaciones españolas perdía su eficacia ya que no podían desplegarse en un terreno semejante. Y en cuando al clima, el calor y la elevadísima humedad ambiental resultaban fatales para hombres embutidos en corazas de hierro, lo que los obligó a irse desprendiendo de ellas porque, total, puestos a morirse era preferible hacerlo rápidamente de un flechazo que consumido por la fatiga o por un golpe de calor. Una muestra de lo penoso que llegaba a ser el clima para los conquistadores es el hecho de que muchos hasta abandonaron el uso de calzas y zapatos, prefiriendo llevar las piernas desnudas y usar como calzado las sandalias de los indios.

Y no solo los combatientes se vieron obligados a aligerar su armamento, sino también los caballos. Las defensas de hierro habituales en estos- testeras, gruperas, etc.- fueron sustituidas por perpuntes similares a los de los humanos, algo similar a los petos que usan actualmente los caballos de los picadores. Estas defensas podían ser también de cuero en forma incluso perneras ya que los españoles tenían una verdadera obsesión por preservar a los escasos caballos disponibles. Recordemos que en América no había cuadrúpedos de estos, que llevarlos desde España era caro y complejo, y que hasta que no se empezaron a reproducir en el Nuevo Mundo la caballería era una unidad no ya de élite, sino de verdadero lujo. 

La cuestionable eficacia de ballestas y arcabuces


Arcabucero español
Aunque, como se ha comentado más arriba, estas armas resultaron enormemente impactantes para los indígenas, la realidad es que su eficacia era muy relativa dejando de lado la cuestión meramente psicológica. Es más, la realidad es que los arcos de los indios eran mucho más polivalentes y adecuados para el tipo de guerra que se desarrollaba allí si bien, afortunadamente para los hispanos, su potencia no se asemejaba ni de lejos a la de los arcos galeses al uso en Occidente. La cosa es que nunca he entendido el motivo del apego español por las ballestas, cuando estaba más que claro que el arco era mucho más eficaz en campo abierto. Sea como fuere, la gran potencia de la ballesta se veía contrarrestada por su lentitud de recarga, que hacía que mientras se completaba el proceso completo de la misma un indio podía poner en el aire hasta una decena de flechas. De hecho, en enfrentamientos en campo abierto hubo que organizar grupos de ballesteros para mantener una cadencia de tiro que contrarrestase de alguna forma a las lluvias de flechas disparadas por los indios. Para ello, mientras que uno era el encargado de disparar, tres o cuatro camaradas se afanaban en cargar y armar al menos un par de ballestas más para que en todo momento hubiera una ballesta a punto. 


Arcabuces, perros y caballos resultaban una buena combinación para
acojonar al personal, las cosas como son
Y lo mismo sucedía con los arcabuces, a los que habría que añadir una dificultad extra: la lluvia. En un clima tan húmedo y con trombas de agua repentinas, un arcabuz se convertía en un tocho de madera con un tubo de hierro que solo servía para dar estacazos al enemigo. Por ello, si a su lentitud de carga añadimos que tanto las mechas como la pólvora quedaban inutilizadas, aparte de su impacto psicológico poco más podían hacer. Una advertencia: no quiero decir con esto que ni las ballestas ni los arcabuces fueran unas armas prácticamente inútiles, sino que su eficacia en combate estaba en las Indias muy por debajo de los resultados habituales en Europa.

El armamento defensivo


Rodeleros españoles armados con coseletes.
Los almetes pronto tuvieron que ser
sustituidos por morriones o borgoñotas
Como ya hemos comentado, las armaduras al uso en España se convirtieron pronto en un estorbo más que en una protección útil. El calor las convertía en verdaderos hornos, y el copioso sudor mezclado con el hierro caliente producía severas rozaduras que, en un clima tan insalubre, podían llegar a resultar mortales al degenerar en una infección. De ahí que las armaduras completas al uso a comienzos del siglo XVI fueran aligeradas de piezas, eliminando en muchos casos las defensas de brazos y piernas para quedarse con el coselete, muchas veces sin espaldar, las escarcelas para proteger al menos parte de los muslos y que no estorbaban tanto. En cuanto a los yelmos, los que acabaron imponiéndose fueron los morriones, los capacetes y las borgoñotas ya que los almetes, las celadas góticas y las borgoñotas cerradas eran simplemente insoportables en un sitio así, prefiriéndose siempre los modelos que permitieran mantener el rostro descubierto para, simplemente, no asfixiarse. Así pues, el calor y el peso de las armas obligó a muchos a quedarse solo con el peto y el yelmo, y otros incluso prefirieron recurrir a las obsoletas cotas de malla que se recalentaban menos. Es más, el agobiante calor hizo que se adoptaran los ichcahuipilli usados por los indios ya que, al cabo, eran la réplica de los antiguos perpuntes. Estas defensas eran capaces de detener los dardos y flechas de los ejércitos aztecas, incas, etc., así que tampoco tenía mucho sentido ir armado con un arnés de 30 kilos de peso en un sitio donde cada paso que se daba era un tormento. No obstante, muchos añadían a la protección de los ichcahuipilli  la loriga, ya que siempre podían toparse con un indio cachas armado de un macuajuitl capaz de decapitar a un caballo de un tajo. 


Hernán Cortés según el magistral pincel de Ferrer
Dalmau. Este cuadro refleja el armamento
defensivo habitual de un jinete español
en las Indias
Solo los jinetes, fuerza de choque por antonomasia con la misión de romper las líneas enemigas, se mantuvieron fieles a las armaduras si bien aligerándolas dentro de unos márgenes razonables para no agotarse tanto ellos como sus monturas. La borgoñota sustituyó a los almetes, y se optó por medias armaduras o armaduras de fajas espesas, dejando las pantorrillas protegidas por sus gruesas botas de cuero. Así mismo, y a fin de limitar el peso extra en los caballos, se sustituyeron las pesadas sillas de monta a la brida por otras a la jineta, bastante más ligeras. Además, eran más útiles para el tipo de guerra que se hacía allí, donde las cargas cerradas de caballos coraza no tenían sentido.

Respecto a los escudos, los españoles llegaron a América con las mismas rodelas que usaban en Europa. Eran los mismos escudos redondos con que los rodeleros escabechaban gabachos en cantidad cuando se infiltraban entre sus cuadros de picas. Pero una rodela metálica de poco servía cuando uno tenía que llevarla encima a todas horas, acabando agotado. Debemos considerar que, según reflejan las crónicas de la época, los españoles se veían obligados a permanecer armados constantemente ante el peligro que suponía verse atacados en cualquier momento. Debido a ello, y al igual que ocurrió con las armaduras, estas pesadas rodelas fueron dejadas de lado en favor de adargas de cuero, mucho más ligeras y capaces de resistir el embate de las flechas indígenas, e incluso escudos fabricados de corcho, lo que es una clara muestra de hasta donde llegaba el empeño por aligerarse de cada gramo extra para resistir en un medio ambiente hostil y agotador en grado sumo.

La artillería


Fragmento del Códice de Tlaxcala en el que se ven varios tamemes acarreando
no solo piezas de artillería, sino incluso a personas.Como se ve en el ángulo
inferior derecho, la disciplina que imponían los españoles era bastante severa
El uso de artillería fue puntual durante la conquista. Las piezas disponibles eran escasas y, por lo general, de pequeño y mediano calibre, y su transporte por zonas donde la jungla apenas permitía avanzar a los hombres era un verdadero infierno. El terreno, como ya hemos comentado, jugaba a favor de los indígenas, convirtiendo estas terribles armas en un engorro de dudosa eficacia. La ausencia de caminos, las selvas impenetrables y los caudalosos cursos fluviales obligaban a acarrearlas desmontadas a hombros de tamemes, porteadores indios al servicio de los españoles y, en más de una ocasión, se vieron obligados a abandonarlas en mitad del camino ante la imposibilidad de seguir avanzando con ellas. Obviamente, en caso de una emboscada no servían absolutamente de nada, y ponerlas en orden de combate llevaba su tiempo ya que había que montar toda la pieza. A eso, añadir el mismo problema que adolecían los arcabuces: la humedad que inutilizaba la pólvora y las mechas. Por otro lado, esta misma humedad obligaba a usar piezas de bronce obtenidas mediante fundición ya que las viejas bocas de fuego de hierro se oxidaban en un periquete y, como ya podemos suponer, aún tuvo que pasar bastante tiempo hasta que se establecieron las primeras fundiciones en América. Además, los cañones de bronce eran mucho más caros que los de hierro, así como más complejos de fabricar.


Como vemos, la logística necesaria para hacer uso de la artillería era un verdadero alarde de voluntad y un despliegue de medios tremendo. Según el cronista Díaz  del Castillo, Cortés tuvo que emplear nada menos que un millar de tamemes para acarrear su parque artillero desde Tlaxcala hasta Méjico para iniciar su asedio,  que era donde estas armas podían desarrollar su verdadero potencial, tanto real como psicológico. Pero los problemas a la hora de emplear artillería no se limitaban al transporte o a las inclemencias del tiempo, sino también a los artilleros. Como ya sabemos, los maestros artilleros eran los únicos con los conocimientos necesarios para disparar las piezas de artillería. En una época en que cada modelo era un mundo y precisaba una determinada carga en función de diversos factores, solo los artilleros cualificados podían hacer buen uso de los tiros disponibles si no querían verlos saltar en pedazos, reventados por emplear una carga errónea. Y, como ya podemos suponer, los maestros artilleros eran tan escasos o más que los caballos, por lo que ver a uno de ellos palmarla de disentería, fiebres o simplemente acribillado a flechazos significaba simplemente que los cañones traídos desde España con tantos esfuerzos y gastos y, posteriormente, acarreados hasta su destino a fuerza de brazos, eran simplemente inútiles.

En fin, como vemos, la superioridad tecnológica española no fue tan determinante como muchos imaginan, y los indios tampoco fueron unos enemigos que salían echando leches al primer disparo de arcabuz. La conquista de América fue ante todo, al menos a mi entender, un faraónico ejercicio de voluntad férrea en el que las verdaderas armas fueron la ambición, el ansia de poder y el infinito anhelo por dejar atrás la miseria que muchos padecieron en Castilla aún a costa de ir a parar a una tierra infernal para ellos. Solo así se comprende como unos cientos de hombres lograran imponerse, por muchas armas que llevasen, a naciones enteras porque, no lo olvidemos, las armas no dan la victoria por sí mismas, sino los hombres que las manejan.

Como colofón, ahí dejo los enlaces a algunas entradas donde se estudian con detalles las armas de esa época por si alguno las desconoce.

La ballesta, tipos de proyectiles, fabricación de los mismos, espadas roperas, arcabuces, adargas y rodelas. Para consultar los diversos tipos de yelmos, mejor pinchar en la etiqueta sobre los mismos porque hay mogollón.

Bueno, ya está. Hora de la pitanza.

Hale, he dicho

miércoles, 13 de enero de 2016

Alabardas italianas


Tropas suizas manteniendo un interesante debate entre paisanos. Se
pueden observar como algunos alabarderos descargan sus armas contra
los enemigos como si de un hacha se tratase. Su peso y la energía que
permitía imprimir su asta tenían efectos demoledores.
Hacia finales del siglo XV, la alabarda empezó a gozar de una gran difusión en la miríada de señoríos, ciudades estado y demás particiones territoriales que componían la península itálica. Estas armas, que desde mucho tiempo antes habían mostrado su eficacia en manos de infantería bien entrenada a la hora de detener las arrolladoras cargas de caballos coraza, se paseaban por toda la Europa dejando claro a propios y extraños que su diseño estaba especialmente logrado, no solo para su finalidad primigenia, sino también para combatir infante contra infante. Su masiva hoja producía tremendas heridas de corte, y su pica era capaz de traspasar una armadura caballeresca dejando a su propietario muy compungido al ver que se había gastado un dineral en la misma para, al final verse aliñado vilmente a manos de un villano.

La cuestión es que antes de la época indicada, las alabardas eran en Italia un arma con una difusión prácticamente nula, lo cual no deja de ser curioso ya que, teniendo por vecinos a los belicosos suizos, tardaron su tiempo en fijarse en la que era su arma más representativa. No obstante, las alabardas que se comenzaron a fabricar en Italia mostraban una serie de diferencias notables respecto a los cánones habituales, las cuales podremos apreciar mejor si observamos la foto de la derecha. En el centro aparece una alabarda italiana datada hacia el siglo XVI flanqueada por una alabarda alemana de la misma época y una bisarma inglesa. He añadido esta última porque, curiosamente, la protagonista de la entrada de hoy también contiene elementos de esta última tipología y, aunque por norma son consideradas como alabardas, ciertamente tienen algún ramalazo de las armas derivadas del hocino. Uno de ellos son los dos pequeños petos situados en la base de la hoja, destinados a detener golpes de armas enemigas, elemento del que carecen por norma las alabardas convencionales. De estas tomaron el peto trasero curvo, cuya finalidad, como ya sabemos, era enganchar y derribar jinetes, y una hoja de generosas dimensiones si bien mucho más ligera y estilizada, más en la línea de la bisarma tal vez.

Por otro lado, donde quizás tendríamos las dos diferencias más notables serían en la pica y las barretas de enmangue. Si observamos la foto de la izquierda, veremos que, por norma, la pica de esta tipología es en forma de hoja de espada con el añadido de una generosa nervadura que corre longitudinalmente a lo largo de ella. Así mismo, la pica está situada en el eje coaxial del arma mientras que en el caso de la alabarda- en forma de prisma cuadrangular en las tipologías contemporáneas a la que nos ocupa- suele estar desplazado, en algunas ocasiones de forma muy acusada. En cuanto a las barretas, en las alabardas siempre aparecen a continuación de las caras de la hoja, mientras que en las italianas partían de la parte anterior y posterior de la misma. 

Esta nervadura debía proporcionar una extraordinaria rigidez a la pica, haciéndola capaz de penetrar en las cada vez más resistentes armaduras de aquella época. Recordemos que a lo largo del siglo XVI, la metalurgia había avanzado notablemente, permitiendo fabricar aceros de una resistencia muy superior a la de un siglo antes. A la derecha tenemos varios ejemplos. Las tres primeras picas, de izquierda a derecha, pertenecen a alabardas convencionales de distintas épocas. Como vemos, todas tienen una sección romboidal o cuadrangular, siendo la que aparece en tercer lugar la más evolucionada. En último lugar podemos observar la pica de una alabarda italiana con su característica nervadura que la diferencia de forma palpable de sus primas. En cuanto a las dimensiones de esta tipología, por lo general rondan los 60-70 centímetros en total, y alcanzan un peso de entre 2 y 2,5 kilos.

Pero además de diferenciarse de las alabardas convencionales, también hubo un pequeño subgrupo del que se conservan algunos ejemplares en los que se pueden observar algunas características que las distinguen de sus hermanas.  Hablamos de las denominadas como "alabardas de escorpión", llamadas así por la marca o punzón del fabricante que aparece en las hojas y que muestra uno de esos crueles animalitos de forma bastante esquemática. A la izquierda podemos ver las diferencias respecto a una alabarda italiana normal, en este caso un ejemplar atribuido al armero napolitano Bernardino da Carnago y fabricada hacia finales del siglo XV, cuando este tipo de armas empezó a ganar popularidad en Italia. La del escorpión muestra un peto recto hacia la mitad del reverso de la hoja con las típicas muescas destinadas a trabar las armas enemigas, prácticamente idéntico al que usan las bisarmas. Este ejemplar debe ser un modelo perteneciente a una época más temprana ya que no muestra el gancho superior para derribar jinetes o, tal vez, puede que fuese un diseño por encargo de alguna milicia local o señorial.

A la derecha tenemos un ejemplar datado hacia 1530 cuya morfología, como salta a la vista, se corresponde con la de sus hermanas mostradas anteriormente. No obstante, también presenta el peto recto con muescas que al parecer eran típicos de este fabricante, cuyo punzón podemos ver mejor en el detalle. Este ejemplar en concreto se conserva en el Metropolitan Museum de Nueva York. En lo referente a la decoración de este tipo de armas, eran habituales los punteados formando líneas cerca de los bordes. Otro tipo de decoración más elaborada consistía en unas escenas bastante difundidas en aquella época en las que aparecían zorros ladrando a los perros o conejos cocinando a estos últimos, pervirtiendo así el orden natural de las cosas. Por lo visto, había bastante afición durante la Baja Edad Media y el Renacimiento por este tipo de escenas extraídas de refranes de aquellos tiempos, quizás en referencia a que, con su alabarda, un simple peón podía vencer a un caballero de la misma forma que el conejo acababa asando al perro.

En cuanto a sus efectos, podemos suponer que debían ser similares a los de las alabardas convencionales si bien la forma de su filo le restaría contundencia como arma de corte. Sin embargo, un golpe propinado con el saliente superior de la hoja podría causar verdaderos estragos, algo similar a lo que vemos en la foto de la izquierda. Como vemos, el cráneo muestra una hendidura relativamente corta pero de cierto grosor que podría haber sido producida con algo con una morfología similar, como por ejemplo el gancho trasero de una de estas alabardas o de sus parientes cercanas. Sea como fuere, el dueño de esta osamenta entregó la cuchara el 22 de julio de 1499 durante la batalla de Dornach, en la que los suizos dieron estopa en cantidad a las tropas del Sacro Imperio tras un violento cambio de impresiones que duró bastantes horas. Para interesados en destrozos y apiolamientos brutales, sírvanse pinchar aquí y aquí. Como colofón, señalar que estas armas estuvieron en uso durante todo el siglo XVI y prácticamente todo el XVII, lo que parece indicar que los italianos le tomaron bastante cariños a sus alabardas.

Bueno, se acabó lo que se daba.



domingo, 3 de noviembre de 2013

Alabardas. Fabricación






Bueno, dilectos lectores, con esta entrada concluimos lo tocante a estas armas, estudiando con detalle todo el proceso de fabricación de las mismas. Para no hacernos un lío, ya que según la época variaban las técnicas usadas por los armeros del momento,dividiremos el tema en dos partes: lo que atañe al metal y lo que concierne a la madera, ya que ambas partes eran elaboradas por artesanos diferentes. O sea, las astas no se elaboraban en los talleres de armería, sino por carpinteros que tenían sus propios métodos. Dicho esto y sin más dilación, vamos al lío...

LAS CABEZAS DE ARMAS

Como ya se ha dicho, según la época la tipología era diferente y, por ende, las técnicas para la manufactura. Veámoslas por orden cronológico:






A la izquierda tenemos la tipología más primitiva, datable a comienzos del siglo XIV. Como vemos, se trata de una simple hoja cuyo extremo superior termina en una rudimentaria pica o, más bien, un simulacro de pica. La fijación al asta se lleva a cabo mediante dos argollas. Veamos el proceso seguido para obtener esta arma.






A la derecha tenemos dicho proceso: como vemos, la hoja está formada por dos piezas iguales, las cuales han sido unidas mediante dos pletinas soldadas por caldeo. A continuación se doblan ambas pletinas formando con ellas las dos argollas hasta que las hojas queden unidas, tras lo cual se sueldan una con otra mediante caldeo. Finalmente se le añade el asta que, en esta tipología, es de sección circular y de aproximadamente unos 4 centímetros de diámetro. El arma resultante es más bien burda, y solo permite su uso como hacha y lanza.






A continuación tenemos una tipología posterior. En esta, aunque sigue conservando las argollas como sistema de fijación al asta, vemos que la pica se ha estilizado y toma una forma más aguzada. En cuanto a la hoja, sigue conservando la misma morfología que el modelo anterior, es estrecha y aporta poca masa, por lo que su contundencia aún no llega a la de tipologías posteriores.





A la derecha podemos ver el método seguido para manufacturarla. En este caso, la hoja es de una sola pieza, a la cual se la han soldado dos pletinas como en el modelo anterior, pero con la salvedad de que estas se enrollan sobre sí mismas y se suelda el extremo opuesto que, previamente, se ha biselado para que ofrezca mayor superficie de contacto. El proceso se aprecia claramente en el centro de la imagen. En cuanto al asta, sigue conservando la sección circular. El extremo que se encastra en la cabeza de armas es cónico ya que la argolla superior tiene un diámetro un poco menor que la inferior. 




Este tipo ya presenta la morfología por la que todo el mundo conoce a estas armas. La cabeza de armas ya dispone de una pica claramente definida, así como el peto posterior, todo ello obtenido de una pieza.





Obviamente, esta cabeza de armas es mucho más elaborada que las de las dos tipologías anteriores. Se trata de un generoso tocho de acero el cual lleva en su parte inferior un cubo de enmangue. Para asegurar su fijación al asta se han fabricado dos barretas las cuales se soldarán mediante caldeo a la cabeza de armas, tras lo cual se ajustará el asta y se fijará el conjunto mediante clavos, pasadores, etc. Recordemos que estas barretas, además de fijar la cabeza de armas, tenía como finalidad impedir que los golpes y tajos del enemigo partiesen el asta, la cual en esta tipología ya no es redonda, sino cuadrada u octogonal.




Por último, a la izquierda tenemos una tipología datable en el siglo XV. El sistema seguido para fabricarla ya no variará aunque las tipologías posteriores sigan evolucionando. La pica, y en algunas ocasiones el peto, es de forma prismática, lo que favorece la rigidez de la misma y su uso como arma de empuje. Este detalles fue especialmente importante en las tipologías del siglo XVI y posteriores, las cuales iban provistas de unas picas extremadamente largas tal y como vimos en las entradas sobre el origen y evolución de las alabardas.



A la derecha tenemos las piezas y los pasos a seguir. Al igual que la anterior, la alabarda la conforman tres piezas: la cabeza de armas y dos barretas de enmangue. Si observamos el dibujo de la derecha, donde vemos el arma de frente, la flecha muestra la sección del extremo de la pica, en forma de prisma piramidal. Estas cabezas de armas, de más de dos kilos de peso y provistas de este tipo de picas, podían perforar una armadura y, por supuesto, meterla hasta el fondo en zonas cubiertas por malla bajo la armadura: axilas, ingles, cuello, etc. 




Bien, estos eran básicamente los cuatro sistemas seguidos para fabricar estas armas. Los acabados no diferían de unas a otras, ya que una vez terminada la pieza era puesta en manos de un pulidor el cual, como vemos a la izquierda, se valía de ruedas hidráulicas para eliminar las señales de martillazos y soldaduras. Antes de que se ideara este mecanismo que aprovechaba la fuerza del agua, las ruedas de pulir eran accionadas mediante un manubrio. Por otro lado, las piezas destinadas a armar a centinelas palaciegos, guardias reales  y similares iban provistas, como podemos suponer de acabados más suntuosos, con el metal bruñido, con cincelados, etc.




En cuanto a la fijación al asta, ahí tenemos los tres métodos habituales, obtenidos mediante radiografías. A la izquierda vemos el más convencional, en el que las barretas de enmangue están fijadas al asta mediante remaches pasantes. Como vemos en la radiografía, estos remaches van alternándose ya que la zona remachada, más gruesa, aparece cada vez en un sentido. Esto tenía como fin aliviar posibles tensiones en la madera. En el centro vemos otro método, en este caso mediante tornillos pero que no se introducían girándolos, sino a golpes de martillo. De hecho, ni siquiera iban provistos de ranura. Como podemos observar, los de un lado están clavados a una altura diferente a fin de no cruzarse. Por último vemos las barretas fijadas mediante tachuelas. En este caso, se clavaban a diferentes alturas, como en el caso anterior, o inclinadas hacia arriba. En muchas ocasiones se sacaba la punta por el orificio opuesto y se doblaba a golpes a fin de asegurar la pieza, ya que con el trote de la batalla podían soltarse la cabeza de armas. Hay que recordar que la madera es un material muy sensible a los cambios de temperatura y la humedad, por lo que la unión con la cabeza de armas debía ser extremadamente sólida ya que, por ejemplo, en verano, al contraerse por la sequedad del ambiente podía dejar la parte metálica literalmente bailando.




Por lo demás, una vez terminada la pieza el fabricante le grababa su marca mediante un cuño. Se conservan ejemplares que, además de esta marca, llevan en sus cabezas de armas la del arsenal, ciudad o milicia a los que pertenecían, de forma que siempre se podía identificar su procedencia y/o propietario. A la izquierda podemos ver un par de ejemplos que son idénticos a los que actualmente usan, por ejemplo, los fabricantes de armas de fuego. 


EL ASTA

Fresno europeo
Las astas se fabricaban generalmente con madera de fresno. Este tipo de madera es ligero, robusto y con un veteado que apenas saca astillas. En las piezas que se conservan actualmente se han visto astas de haya, abedul, pino o incluso roble, pero se trata o de reposiciones realizadas en tiempos más o menos actuales, o bien cambios efectuados en su época por el mismo usuario que no disponía de otra madera en su momento. Al parecer, en los centros armeros de Europa se procuraba tener en las cercanías de las ciudades este tipo de árbol con el único fin de proveer a la industria armera. Para su uso, los artesanos de la madera se preocupaban especialmente de trabajarla una vez que el secado era el idóneo a fin de evitar deformaciones y revirados que inutilizasen la pieza.




A la izquierda tenemos un fabricante de astas. Detengámonos en observar con detalle tanto lo que está haciendo como los útiles de los que se vale. Tras él hay un haz de varas dispuestas para su conversión en astas. El artesano se ayuda de una matriz para enderezarlas y darles la forma adecuada. Si nos fijamos, las tres muescas que presenta dicha matriz son de diferentes tamaños, por lo que pasándolas de mayor a menor podrá dar a cada palo una sección uniforme, ya sea circular u octogonal. Sería el mismo método usado por los fabricantes de alambre que aparecían en la entrada dedicada a los oficios medievales. Así pues, tras pasar el palo las veces necesarias por cada muesca de la matriz los dará por terminados, depositándolos delante suyo para, a continuación, sumergirlos en unos recipientes de cobre llenos de aceite de linaza, el cual servirá para impermeabilizar la madera y darles un tono oscuro.




Tras dejar secar el aceite durante varios días, el fabricante también marcará cada pieza con su cuño, si bien en este caso no lo hará golpeando, sino a fuego. A la derecha podemos ver el aspecto de una de estas marcas, en este caso en una asta de sección octogonal. Una vez las piezas eran terminadas, o bien eran enviadas al armero para montar las cabezas de armas, o bien el carpintero las recepcionaba para montarlas él mismo. Para las cabezas de armas destinadas a guardias palaciegos y demás que mencionaba más arriba, las astas podían ir adornadas con borlones de seda de diversos colores. Otro acabado podía consistir en un forro de cuero, terciopelo o seda en los dos primeros tercios del asta para facilitar el agarre, o bien hileras de tachuelas con el mismo fin.


Bueno, con esto concluyo. Creo que no olvido nada, pero si alguien tiene alguna duda pues que pregunte y tal.

Hale, he dicho...



Alabarda francesa del siglo XVII. Como se puede apreciar, el acabado tanto de la cabeza de armas como del asta
se aleja de la austeridad militar. Se trata de un arma de gala con la cabeza cincelada y el asta decorada con
un borlón y forrada de terciopelo. Con todo, sigue siendo igual de efectiva que sus hermanas más burdas.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Heridas de guerra. La devastadora eficacia de la alabarda



Un alabardero se apresta a enfrentarse a un caballo coraza



Practicando la lucha con alabardas. Obsérvese que
ambas armas tienen en la punta de las picas sendos
botones para no producir heridas.
Hace ya tiempo que no se dedica una entrada a las heridas de guerra. En su día ya se habló de los terribles efectos de los martillos de guerra y armas contundentes en general, así como los de las espadas y algunas armas de corte. Sin embargo, no se ha mencionado aún el abrumador poder destructivo de las alabardas, armas estas que durante unos 250 años fueron, por así decirlo, el arma larga básica de la infantería. Para mejor comprensión de lo que viene a continuación, recomendaría a mis dilectos lectores se sirvan leer las entradas que señalo a continuación ya que, por razones obvias, es mejor conocer a fondo esas armas para comprender plenamente el por qué fueron tan efectivas y su uso tan difundido por toda la Europa entre los siglos XIV y XVI. Sírvanse pues pinchar aquí y aquí. Lean apaciblemente, no hay prisa. Mientras tanto, me serviré un Earl Grey. Es una verdadera delicia...


¿Ya...? Vale, prosigamos pues.


Niklaus Manuel
Para conocer los efectos de la alabarda no solo tenemos algunos restos de combatientes obtenidos de fosas comunes, sino los testimonios gráficos que nos han legado artistas de la época. Y que nadie piense que, en este caso, sus obras reflejaron de forma más o menos acertada los relatos obtenidos de boca de los veteranos que tomaron parte en las numerosas batallas de la época sino que, además, ellos mismos también fueron testigos de las mismas por haber sido, además de pintores o dibujantes, guerreros. Tenemos por ejemplo a Urs Graf (1485-1528), un suizo que compaginó su trabajo como grabador con el de mercenario, o Niklaus Manuel, apodado el Alemán, que actuó como secretario de Albercht von Stein, el comandante de los mercenarios suizos que combatieron al servicio de Francia contra Lombardía. Así pues, tenemos material de sobra para poder hacernos una clara idea del resultado de enfrentarse con un alabardero deseoso de hacerse pipí en la calavera del enemigo. Veamos...



A la derecha podemos ver la cabeza de armas de una réplica de alabarda de 1550. Su robustez está por encima de todo comentario: largas barretas de enmangue que permiten una sólida unión con el asta, y una fuerte hoja unida a las barretas mediante soldadura. Dicha hoja contiene tres armas en una sola: hacha, pica y un peto trasero. Cada una de esas partes tiene un cometido específico, así que nadie piense que se usaban de cualquier forma.


La alabarda permitió a la infantería empezar a superar de forma lenta, pero progresiva, a la hasta entonces invencible caballería. Los cuadros de infantes bien disciplinados se servían de las robustas picas de estas armas para aguantar a pie firme una carga de caballos coraza para, a continuación, descabalgar a los jinetes tal como vemos en la ilustración de la izquierda. Y si el jinete caía, las probabilidades de volver a levantarse eran las mismas que tiene un macaco de aprenderse de memoria el Quijote. En ese instante, uno o más infantes se abalanzaban sobre el caído y hacían uso de las picas o el peto para introducirlo en cualquier rendija de la armadura o bien lo clavaban en las ingles o las nalgas. Ojo, que meterte medio metro de acero por el culete suponía llegar a los intestinos sin problema. 




Y si el enemigo combatía a pie, al llegar al contacto los alabarderos usaban sus armas como hachas, descargando terribles golpes de arriba abajo o haciendo molinetes. En el grabado de la derecha tenemos un testimonio gráfico bastante revelador: se trata de una escena de la batalla de Sempach (1386), en la que las tropas suizas aplastaron a los austríacos del duque Leopoldo III. Los caballeros y hombres de armas del duque echaron pie a tierra y acometieron a los suizos con sus lanzas como si de picas se tratase. Los suizos se abalanzaron sobre ellos enfilándolos con sus alabardas y los barrieron del campo de batalla, quedando en el terreno muchos nobles incluyendo al mismo duque.  Si observamos el grabado, vemos como los infantes suizos, a la izquierda de la imagen, enarbolan sus alabardas para descargarlas sobre los enemigos. El lado del hacha no podía vulnerar fácilmente un yelmo de acero, pero si golpeaba con el peto era casi seguro que lo siguiente en ser atravesado tras el acero sería el cráneo y los sesos que iban a continuación. Si por el contrario el enemigo no llevaba la cabeza protegida, lo que era habitual en la infantería, las heridas producidas por el hacha eran tremendas.




Hay que considerar que la masa de la cabeza de armas podía alcanzar entre 2,5 y 3,5 kilos de peso, que añadidos a la fuerza de un infante que llevaba toda su vida trabajando en el campo en tiempos de paz y talaba árboles como quien pela un caramelo, convertían la alabarda en un arma de una potencia demoledora. Basta observar con detenimiento la parte inferior del grabado anterior que tenemos a la izquierda. Tenemos un brazo, una mano, un pie, una pierna y una cabeza aún dentro del yelmo cortados por el brutal tajo propinado por una alabarda. Su eficacia alcanzaba no solo a los simples milicianos mal armados, sino a nobles de todo rango. Dos ejemplos: en Sempach fueron abatidos todos los retoños de la familia de los Klingen: Albercht, Burkhart, Conrat y Heinrich. Y otro: el mismísimo duque de Borgoña Carlos el Temerario cayó con el cráneo hendido hasta la barbilla por un tajo propinado con una alabarda, y es más que evidente que semejante personaje no gastaba armaduras de mala calidad. 


Observemos los tres detalles inferiores, correspondientes a una ilustración sobre la batalla de Dorneck (1499). La de la izquierda muestra como un alabardero clava la pica de su arma en la rabadilla de un enemigo que huye. No es una herida muy honrosa, pero ese no lo contó, fijo. En el centro vemos como otro alabardero remata a un caído, clavándole la pica en la base del cuello. Finalmente, a la derecha, otro alabardero acaba de propinar un tajo en la muñeca del enemigo que hace gesto de defenderse y que, por ello, acaba de perder la mano. Acojona ¿eh?









Veamos ahora algunos testimonios  de restos hallados en fosas comunes. A la derecha tenemos algo verdaderamente curioso, y no es otra cosa que la coincidencia entre las heridas que muestra en la cabeza el hombre moribundo que vemos a la derecha y las que muestra el cráneo. Son prácticamente idénticas, ¿verdad? Bien, alguno pensará que podrían tratarse de dos cortes producidos por una espada, pero no es el caso. Un corte producido por la hoja de una espada sería más limpio y más estrecho. Los que muestra el cráneo en cuestión son de entre 3 y 5 mm. de ancho, impropios de una espada y, además, las hendiduras presentan dos cortes bastos, similares a los producidos por una hoja sin afilar.  O sea, una alabarda.





A la izquierda tenemos otro ejemplo más gráfico aún. La bóveda craneana fue cercenada por un tajo de alabarda. El golpe sería propinado haciendo un molinete con el arma paralela al suelo, de forma que al girar le acertó en la parte superior de la cabeza y cortando limpiamente. Ojo, aunque hubiera llevado puesto un almófar de malla el efecto habría sido el mismo. La energía cinética de una arma con semejante masa impulsada por la fuerza y la destreza de un alabardero era capaz de producir una herida semejante sin problemas. Veamos otro más...






Ese otro fue recompuesto ya que fue hallado a trozos. Una vez montado de nuevo se pudo ver el golpe que había recibido el dueño del cráneo en el lateral de la cabeza. Debió ser un golpe similar al anterior con la diferencia de que acertó en mitad de la cabeza en vez de en la coronilla. Del mismo modo, es bastante probable que no fuese realizado con el hacha, sino con el peto trasero que, a finales del siglo XV, tenían una anchura por su base bastante generosa. De ese modo, la herida que vemos no es un corte, sino un hundimiento provocado por un golpe seco y muy muy contundente. En el detalle podemos ver una cabeza de armas de alabarda cuyo peto trasero bien podría haber sido el causante de esta tremenda herida.





Por último, veamos una representación gráfica del uso de la alabarda como arma de empuje. En el detalle vemos como un alabardero hinca la pica de su arma en el peto de un caballero que combate a pie. Aunque pueda parecer que es una exageración, no es el caso. Si observamos el arma de la derecha, muy similar a la de la ilustración, vemos que el último tercio de la pica tiene una forma prismática. Eso le da una especial rigidez muy adecuada para vulnerar superficies duras como la de una armadura de placas. Dándole el impulso adecuado y volcando sobre el enemigo todo el peso del cuerpo no era difícil atravesar la armadura y alcanzar el cuerpo. En este caso, bastaban pocos centímetros de hierro para atravesar un pulmón y acabar con el enemigo a causa de un neumotórax. Si la herida se producía en el abdómen, una perforación en el estómago producía en poco tiempo una peritonitis que acababa con su vida. Efectos igualmente mortíferos producían una perforación del hígado, la vejiga de la orina o los intestinos.  


En fin, creo que con lo mostrado ya podemos hacernos una clara idea de la eficacia de estas armas. De hecho, se podría incluso afirmar que su implantación y difusión en los campos de batalla supusieron un revulsivo en el arte de la guerra. Los hombres que las manejaban no eran ya los timoratos peones que salían en desbandada ante el empuje de la caballería, sino profesionales de la guerra con la suficiente sangre fría como para no salir echando leches ante la aterradora visión de cientos de caballos coraza avanzando hacia ellos. Basta recordar las meditaciones al respecto que nos legó John de Winterthur: 


"...cortan a través de las armaduras de sus enemigos como si fueran navajas, y los reducían a pedazos".

Bueno, se acabó.

Hale, he dicho