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domingo, 8 de marzo de 2020

Misterios misteriosos: SPETSNAZ


Grupo de partisanos en el distrito de Leninsky en 1942. Estas unidades, debidamente asesoradas por el ejército y
la policía política, fueron el germen de donde surgieron los Spetsnaz

Sí, misterio misterioso. Ya, ya sé que actualmente hasta el Potito sabe qué es el Spetsnaz, pero si nos remontamos en el tiempo se empiezan a diluir en un ectoplasma evanescente hasta que desaparece. De hecho, la mayoría empezó a oír hablar de estos probos homicidas a raíz del conflicto que mantuvo la antigua URSS con Afganistán en el que, como todos los que antes habían intentado ocupar ese abrupto, desértico y absurdamente codiciado país atestado de fanáticos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma, fracasaron de forma estrepitosa. 

Patrulla de Spetsnaz en el actual conflicto sirio. Como podemos ver, su
aspecto difiere bastante de las fotos de propaganda donde se parecen más
a unos Robocops
Si a cualquier cuñado ahíto de documentales chorras le preguntan por el Spetsnaz inmediatamente responderá que son las fuerzas especiales rusas, similares a cualquier otra unidad de ese tipo del resto del planeta: GOE, SAS, COS, SEAL, Sareyet Matkal, etc. Sin embargo, el Spetsnaz no fue concebido como una fuerza especial en el sentido de grupo de ciudadanos que, tras un entrenamiento que comienzan cien y logran acabar cinco, se convierten en ogros nasío pa matá capaces de liquidar a cientos de enemigos usando sus propias manos como armas, desactivan una ojiva nuclear con unos alicates mohosos, salvan al planeta al menos una vez en semana y hasta se trajinan a la más guapa y frondosa del barrio y la ponen contentita como poco dos veces al día. Bien, pues va a ser que no. Más aún, aunque oficialmente creados en 1950, su trayectoria data de fechas tan lejanas como la revolución bolchevique, y el desconocimiento de su existencia no es más que fruto de la obsesión soviética por el secreto más secretísimo y, de hecho, incluso han tenido siempre especial cuidado para negar su misma existencia hasta que ya era imposible ocultarlo más tiempo. 

Spetsnaz en Chechenia actuando como una unidad de infantería motorizada
Por otro lado, mientras que las unidades de fuerzas especiales tienen como principal cometido el cumplimiento de misiones muy concretas acordes a su preparación, el Spetsnaz ha hecho y hace de todo, viéndose obligados muchas veces a actuar como simples unidades de infantería de un ejército que, aunque descomunal, ha adolecido de forma sistemática de lentitud, iniciativa y entusiasmo. El soldado ruso es valiente y correoso, pero si no tiene detrás alguien que le diga constantemente qué debe hacer se convierte en un pasmarote, entre otras cosas por el proverbial pánico que tienen- todos, desde los soldados rasos a los oficiales- a meter la pata y que les caiga encima un paquete de antología. De ahí que, incluso hoy día, Rusia ha tenido que hacer uso del Spetsnaz en sus conflictos interiores en Chechenia o Crimea precisamente porque la infantería convencional podía no estar a la altura de lo que se les pedía.

Por todo esto, como vemos, no se asemejan a las unidades de fuerzas especiales convencionales, donde se animaba y se anima al personal a alistarse, se editaban libros sobre ellos y se rodaban documentales y películas donde se insistía en su valor, su patriotismo y su mala leche con los enemigos. Y, por otro lado, el Spetsnaz ha contenido siempre una gran carga política por razones obvias ya que surgieron de manos de un partido que se hizo con el poder en Rusia y lo mantuvo durante 70 interminables años. Así pues y ya que de las andanzas actuales del Spetsnaz hay información abundante, dedicaremos esta entrada a hurgar en sus orígenes, que son el misterio misterioso que se escapa al cuñado sabihondo. Procedamos pues...

El camarada Trotsky, en el centro, pasando revista a una unidad de la
Caballería Roja en 1919. Por su movilidad, estas tropas lograban infiltrarse
profundamente en territorio en manos de los Blancos y causar estragos
entre los contrarrevolucionarios
El término Spetsnaz es el acrónimo de spetsialnoye naznacheniya, ignotos palabros que vienen a significar "designación especial" o "propósitos especiales". Son considerados como el producto de una mezcla entre el razvedchik y una policía política surgida a raíz de la guerra civil que tuvo sumamente entretenidos a los Rojos y los Blancos desde 1917 hasta la victoria de los primeros en 1922. El razvedchik era desde siempre el explorador del ejército, sujetos cuya misión era llevar a cabo la razvedka, o sea, infiltrarse en el territorio o las líneas enemigas, espiar sus medios y movimientos y volver para informar de ello a sus superiores. Pero la guerra civil rusa era más complicada de lo habitual porque el Ejército Rojo no se las tenía que ver con un solo enemigo, sino con varios: los Blancos, rivales como el Partido Social Revolucionario de Miliukov, milicias nacionalistas de diversos países fagocitados por el extinto imperio de los Románov y fuerzas de intervención extranjeras que, ante todo, querían impedir la amenazadora expansión del comunismo al resto de Europa.

Feliks Edmúndovich Dzerzhinski (1877-1926),
uno de los más crueles verdugos de los padrecitos
Vladimir e Iósif y jefe de la Cheká
Por todo ello, los bolcheviques lo tenían bastante complicado porque tenían demasiados frentes abiertos como para hacerles frente a pesar del gran número de seguidores que les seguían. Pero, como ya dijimos antes, aunque el ruso es un ciudadano valeroso y tal, solo se mueve si le ponen las pilas, así que se plantearon dos soluciones que, con el tiempo, se mostraron sumamente eficaces: ante todo, preservar la seguridad en la retaguardia y mantenerla limpia de enemigos, infiltrados y espías, para lo que fue creada la Cheká (Vserossíyskaya Chrezvycháinaya Komíssiya, Comisión Extraordinaria Panrusa). Y en segundo lugar, formar unidades destinada al razvedka que, además de infiltrarse en territorio enemigo y en posibles núcleos de contrarrevolucionarios en su propia retaguardia, se dedicarían al sabotaje, labores de contra-inteligencia, agitación política y asesinato de líderes políticos y mandos militares. Estas fuerzas recibieron el nombre de Chasti Osobogo Naznacheniya o, abreviado, ChON, que traducido a un idioma inteligible significa Unidades de Propósito Especial. Como vemos, ya aparece lo de los "propósitos especiales", y con unos cometidos tanto militares como políticos.

Al término de la guerra civil con la victoria bolchevique, la Cheká fue reciclada en el OGPU (Ob'yediniónnoye gosudárstvennoye politícheskoye upravléniye, Directorio Político Unificado del Estado), mientras que el ChON fue simplemente disuelto en 1923. Pero Rusia era demasiado grande como para dar la batalla por ganada quedando aún en las zonas limítrofes numerosos núcleos que no estaban por la labor de convertirse en comunistas, sobre todo en las zonas de Asia de población musulmana, los basmachi, que no pudieron ser reducidos hasta principios de los años 30. De las tropas y unidades policiales empleadas para someter estos reductos de resistencia surgieron dos ramas, una policial y otra militar: el NKVD (Naródny Komissariat Vnútrennij Del, Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) y el GRU (Glávnoye Razvédyvatelnoye Upravlenie, Directorio Principal de Inteligencia).

Mijaíl Tujachevski (1893-1937), uno de los más
preclaros cerebros del Ejército Rojo eliminado junto
a tantos otros por las paranoias del padrecito Iósif
Pero, además de la nueva organización policial y una unidad de inteligencia militar como Lenin manda, también se creó una fuerza especial aerotransportada, algo totalmente novedoso en aquella época, fruto del incuestionable talento de Mijaíl Nikoláyevich Tujachevski, verdadera eminencia gris del Ejército Rojo y que, precisamente por ello, el Abwehr del almirante Wilhelm Canaris y el RSHA de Heydrich pusieron especial empeño en hacer llegar al padrecito Iósif que era un mal comunista y un traidor de tomo y lomo, por lo que fue eliminado en 1937 durante la Gran Purga que dejó al ejército soviético con los mandos bajo mínimos. Ya en 1925 Tujachevski vio claramente que las matanzas de la Gran Guerra no solo salían carísimas en material y efectivos sino que, además, no servían de nada. Así pues, se convirtió en un denodado defensor del concepto de "guerra en profundidad" por el que las guerras modernas no serían ganadas mediante interminables confrontaciones en frentes estáticos, sino infiltrándose en las líneas enemigas con pequeños pero selectos grupos de hombres cuya misión sería destruir las vías de comunicación, los depósitos de municiones, el asesinato de los altos mandos y, en resumen, sembrar el caos. Las primeras maniobras de esta novedosa fuerza especial se llevaron a cabo el 2 de agosto de 1930 y consistió en lanzar grupos de diversión de solo una docena de hombres cada uno tras las supuestas líneas enemigas en la región de Voronezh, logrando un éxito total. De inmediato se formó una primera compañía que dos años más tarde fue ampliada a efectivos de brigada, recibiendo el nombre de 3ª Brigada de Propósitos Especiales de Asalto Aéreo. Ciertamente, tanto Canaris como Heydrich sabían lo que se hacían minando la confianza del padrecito Iósif en Tujachevski porque, de no habérselo cargado, la invasión tedesca de 1941 habría tenido seguramente una historia muy diferente.

Aleksandr Orlov (1895-1973), que supo
mandar a paseo el paraíso comunista antes
de que le trepanaran el cráneo con una bala
En cualquier caso, el banco de pruebas para el NKVD y el GRU fue la guerra civil española. El NKVD envió a sus efectivos al mando de Aleksandr Mijáilovich Orlov, que tomó las de Villadiego camino de USA sin despedirse siquiera en 1938 por temor a ser incluido- lo estaba, de hecho- en la lista de la Gran Purga que tenía prevista el paranoico del padrecito Iósif. Por cierto que el tal Orlov estuvo implicado en el traslado a Rusia del famoso "Oro de Moscú" organizado por Negrín. En cuanto al GRU, se hizo cargo Péterys Yánovich Kyúzys, más conocido por el alias de Jānis Bērziņš y en España con el apodo de "general Grishin" (todos los soviéticos que vinieron a incordiar a España adoptaban un mote para no ser identificados). Pero el tal Kyúzys no supo decir adiós a tiempo como su colega Orlov y, en este caso, sí acabó su miserable vida de comunista irredento con el cráneo atravesado por la bala de un Nagant en un calabozo de la siniestra Lubianka en julio de 1938. Cuando el ciudadano Adolf mandó a sus belicosas hordas a atragantarle el té al padrecito Iósif, que estaba en la inopia dando por sentado que tras la Guerra de Invierno contra Finlandia- que por cierto le salió monstruosamente cara para los beneficios obtenidos- se podría apalancar apaciblemente a fumar en su pipa Dunhill de capitalista redomado con Beria a su lado para seguir elaborando listas de enemigos del pueblo, se vio con que lo más granado de su oficialidad se pudría en fosas comunes con el cráneo atravesado de un balazo y su ejército esperando a que se le pasase el susto sin que nadie se atreviese a dar un solo paso no se fuese a cabrear el zar rojo y los mandase a Kolimá. 


Péterys Kyúzys (1889-1938). Este no supo decir adiós
a tiempo. Debió hacer la maleta con Orlov
Pero una vez que se sobrepuso del pasmo y el Ejército Rojo pudo reaccionar, aunque el empuje tedesco era inicialmente imparable, se empezaron a organizar grupos de partisanos conforme a la doctrina creada en 1921 por Mijaíl Vasílievich Frunze, que en plena guerra civil fue el que tuvo más claro lo de infiltrar grupos selectos tras las líneas enemigas e incluso disponer que, en previsión de un hipotético avance del adversario, se distribuyeran depósitos de armas y municiones para proveer a los partisanos que actuarían en la retaguardia enemiga. Sin embargo, la habitual indolencia y la diabólica burocracia soviética hizo que semejantes preparativos se hubiesen diluido con el tiempo, lo que permitió el avance alemán sin que apenas nadie pudiera hostigarlos por la zaga... de momento. Con todo, tanto el NKVD como el GRU pudieron comenzar a organizar sus propias operaciones de guerrilla enviando comandantes expertos en demolición y sabotaje, además de francotiradores, para adiestrar y organizar a los partisanos que se movían en la retaguardia tedesca. Estos hombres eran veteranos de la guerra española y finesa y sabían lo que se llevaban entre manos. Para coordinar la resistencia se creó el Cuartel General Central del Movimiento Partisano (Tsentral'nii shtab partisanskogo dvizhenia). En esta infernal guerra de guerrillas en la que caer en manos de la Wehrmacht o, peor aún, de un Einsatzgruppen de las SS implicaba acabar ahorcado en un poste de telégrafos con un letrero colgando del pescuezo fue donde se puede decir que surgió el verdadero germen del Spetsnaz en forma de los antiguos razvedchik que actuaban tanto adiestrando partisanos como llevando a cabo acciones por su cuenta, siempre bajo la dirección del GRU. 

Este era por norma el destino que aguardaba a los partisanos que caían en
manos de los tedescos, que hasta se ahorraban la bala en la nuca. Pero, a
pesar de todo, no lograron domeñar a estos belicosos eslavos. Por cierto que
el cartel de abajo avisa en alemán que está prohibido hacer fotos, lo que
al parecer no fue tenido en cuenta por los presentes en la ejecución
Estos grupos ya no se nutrían solo de campesinos cabreados porque los tedescos le habían asesinado a toda la familia, sino por voluntarios seleccionados entre personal cualificado tanto física como intelectualmente y, sobre todo, de probada adhesión al partido, siendo miembros el mismo o de la Liga de Jóvenes Comunistas, que la cosa ideológica ya sabemos que el padrecito Iósif la anteponía ante todo. De hecho, los partisanos del GRU eran apoyados eventualmente por los destacamentos de las Divisiones Motorizadas Independientes de Fusileros de Designación Especial del NKVD (Otdelnaya Moto-Strekovaya Brigada Osobo Naznacheniya, OMSBON), que además de colaborar en el entrenamiento del personal se sumaba a operaciones de envergadura que necesitasen de más efectivos. Una prueba de su eficacia fue la acción llevada a cabo de forma previa a la ofensiva de Smolensk en agosto de 1943, cuando nueve grupos de zapadores con un total de 316 hombres se infiltraron tras las líneas alemanas nada menos que 320 km. para volar las líneas férreas que debían suministrar pertrechos al enemigo cuando comenzase la fiesta.

Celebrando la victoria en la Plaza Roja. Las tropas arrojan ante la tribuna
donde preside el desfile el padrecito Iósif las banderas tomadas al enemigo
El término de la contienda trajo inicialmente el "relax" habitual en estos casos. El enemigo había sido arrollado, las fronteras de la URSS estaban rodeadas de países satélites cuyos líderes, títeres del comunismo, serían la primera barrera defensiva en caso de un hipotético ataque por parte de Occidente y el padrecito Iósif ya solo tendría que preocuparse de seguir rellenando de tabaco su Dunhill y elaborando listas de enemigos del pueblo con Beria. Las unidades de partisanos organizadas para rechazar a los tedescos fueron disueltas, e incluso el OMSBON del NKVD fue prácticamente eliminado. Sin embargo, aún había mandos militares con sentido común que tenían la lección bien aprendida y, aún más claro, que no podían permitirse volver a hacer el primo como lo hicieron con el ciudadano Adolf, y menos en un mundo en el que cada vez era más evidente que se estaba dividiendo en dos bloques, y que los antiguos aliados se estaban convirtiendo en sus nuevos enemigos a una velocidad increíble.

Iliá Stárinov (1900-2000). Durante su estancia en
España adoptó el alias de Rudolph
Uno de ellos fue el coronel Iliá Grigórievich Stárinov, un archicondecorado ingeniero veterano de la guerra civil rusa, de la española y, por supuesto, de la Gran Guerra Patriótica que es aún conocido como "el abuelo de los Spetsnaz". Experto en demoliciones y minas, era otro firme defensor de la teoría de la "guerra en profundidad" que tan buenos resultados había dado a lo largo del tiempo. Tras la guerra había sido integrado en el GRU, donde era uno de los oficiales más prestigiosos tanto por su trayectoria militar como por su incuestionable fervor ideológico. En 1949 empezó a organizar Compañías Independientes de Reconocimiento de Designación Especial (Otdelnaya razvedyvatelnaya rota spetsialnogo naznacheniya, orrSn), preparadas para adentrarse hasta 200 km. tras las líneas enemigas pero, inicialmente, solo con misiones de exploración. El año siguiente se crea por fin el Spetsnaz, cuya andadura comienza con el envío de sus miembros como asesores militares a países o conflictos donde pudieran interferir en los intereses de Occidente, pero siempre manteniendo en el más absoluto secreto la existencia de la unidad a la que pertenecían. Así, a lo largo de esa década, intervinieron en Corea del Norte, en Cuba, Angola, etc.

Spetsnaz practicando el lanzamiento de pala contra una diana. Curiosamente,
desde sus comienzos estas tropas siguen un intenso adiestramiento en el
manejo de la pala de trinchera como arma para combatir cuerpo a cuerpo,
e incluso está diseñada para ser usada como arma arrojadiza.
Hoy día su uso sigue totalmente vigente
Ya en plena Guerra Fría, concretamente en agosto de 1957, el GRU creó cinco batallones de Spetsnaz, cada uno formado por tres compañías basadas en el esquema de las orrSn y una unidad de mando. Inicialmente, su misión consistiría en que, llegado el caso de un conflicto entre bloques, penetrar tras las líneas de las fuerzas de la OTAN para localizar y destruir los misiles balísticos y sus instalaciones que, por aquel entonces, tenían un alcance de algo más de 1.000 km. Posteriormente se fueron creando más de 40 compañías hasta un total de 5.000 hombres que dependían del Quinto Directorio del GRU. Estas compañías estaban distribuidas en cinco batallones ubicados en la Alemania "Democrática", Polonia, el distrito militar de los Cárpatos, el Transcaucásico y Turquestán. En 1962 se aumentó el número de unidades de Spetsnaz, transformando los cinco batallones en seis brigadas y mejorando notablemente los baremos de selección de personal así como el entrenamiento, que además de la cuestiones puramente militares abarcaban inteligencia con técnicas de interrogatorio e idiomas. Sin embargo, y a pesar de que llevaban ya tiempo interviniendo como asesores en multitud de conflictos, ni el Tato sabía aún de la existencia de esta unidad. Y mientras en todo el planeta los boinas verdes yankees se hacían famosísimos ganando corazones y mentes en Vietnam y vendiendo mogollón de discos de la "Balada de los Boinas Verdes" compuesta y cantada por el sargento Barri Sadler, los Spetsnaz asesoraban al Vietcong sin que nadie se enterase de nada.

Yuri Andrópov (1914-1984). Pasó por todos los
escalones sin prisa pero sin pausa hasta alcanzar
el poder absoluto
Pero sus actuaciones ya no solo se limitaban al mero adiestramiento o espionaje, que llegaba al extremo de trabajar como conductores de camiones TIR para pasearse por toda la Europa sin levantar sospechas mientras que aprovechaban para espiar todo lo espiable. En 1956, cuando los probos ciudadanos húngaros empezaron a hartarse de la tutela comunista, el entonces embajador soviético en Budapest, Yuri Vladímirovich Andrópov, luego jefe del KGB y finalmente mandamás supremo de la URSS cuando sucedió a Brézhnev en 1982, recurrió al Spetsnaz para someter a los húngaros, lo que lograron de forma rápida y eficiente. Cuando la "Primavera de Praga" en Checoslovaquia en 1968 se volvió a enviar al Spetsnaz, en este caso la 8ª Brigada del Distrito Militar de los Cárpatos junto a miembros del KGB que, vestidos de civil, pilotaron los aviones que llevaron a las tropas hasta su objetivo como si fueran un vuelo comercial de Aeroflot. En menos que canta un gallo aterrizaron en el aeropuerto de Praga, lo ocuparon y pusieron bajo su control para, a continuación, tomar los puntos más sensibles de la capital: el palacio presidencial, la estación de la emisora de radio, los puentes sobre el Danubio y la colina Letná, que dominaba con su altura la ciudad y había sido el lugar elegido para emplazar la artillería. Todo ello permitió la entrada en masa del ejército soviético y ocupar el país en un periquete mientras que el planeta enero seguía sin saber quién leches eran los Spetsnaz. 

Carros T-55 soviéticos estacionados en una calle de Praga. A ver quién
era el valiente que les tosía...
Nadie los nombraba, sus misiones no figuraban en los diarios de operaciones, y sus caídos eran inscritos como paracaidistas hasta en las lápidas. Jamás hacían acto de presencia en las fastuosas parada militares de la Plaza Roja y las direcciones postales de sus acuartelamientos u oficinas eran simples códigos numéricos cuyo significado eran un enigma dentro de un misterio envuelto en una adivinanza. Solo se empezó a saber de la existencia de un grupo especial de operaciones soviético cuando desertores cubanos que habían logrado llegar a los Estados Unidos dieron cuenta de aquellos asesores enviados por los camaradas Jrushchov y Brézhnev para chinchar a los yankees. Pero el mismo secretismo con que eran tratados contribuyó a hacerlos aún más misteriosos e incluso a magnificarlos cuando, en realidad, cualquier miembro de los SEAL o el SAS estaba mucho más preparado en todos los sentidos que un Spetsnaz.

Patrulla de Spetsnaz en Afganistán en 1986
En fin, así fue como se gestó esta unidad que, como comentábamos al principio, empezó a salir del anonimato a raíz de la intervención soviética en Afganistán en 1979, donde fueron literalmente la cabeza del ariete que acometió la ocupación del territorio porque, por aquel entonces, la exhausta Unión Soviética empezaba su imparable declive y no disponía literalmente de tropas y medios verdaderamente eficaces. Aunque en las inteligencias de los países occidentales ya se tenía un conocimiento profundo de quiénes eran, el que hizo llegar al gran público la existencia del Spetsnaz fue Vladimir Bogdanovich Rezun, un capitán del Spetsnaz que también se hartó de hacer el comunista y, aprovechando que formaba parte de la misión diplomática soviética en la delegación de la ONU en Ginebra, en 1978 le hizo dos higas al camarada Brézhnev y de Suiza se largó a Inglaterra, donde imagino que los del MI6 lo recibirían con los brazos abiertos. En 1987, Rezun publicó bajo el pseudónimo de Viktor Suvorov la obra "Spetsnaz. La historia detrás del SAS soviético" que, por si ya no estaban bastante mitificados, contribuyó aún más a convertir a sus antiguos conmilitones en auténticos superhombres.

Miembros del "Batallón Musulmán" del Spetsnaz en Afganistán, formado
por tayikos, turcómanos y uzbekos entrenados para hacerse pasar por
afganos e infiltrarse con más facilidad entre los enemigos
Por poner algún ejemplo, afirma que durante la 2ª Guerra Mundial los gérmenes de Spetsnaz llevaron a cabo la que denomina como "Guerra de los Raíles", en la que de forma simultánea se cubrió un frente de nada menos que 1.000 km. de ancho y 500 de profundidad por 167 unidades de partisanos que, con el asesoramiento de los Spetsnaz, produjeron en una sola noche 42.000 detonaciones, volando 215.000 raíles, 836 trenes completos, y 556 puentes ferroviarios aparte de ingentes cantidades de material de todo tipo. Un poco exagerado, ¿no? También afirma que el récord de salto sin carrera- o sea, saltar con las pierna juntas- de un miembro del Spetsnaz lo logró en 1970 un sujeto que debía consumir hormonas de rana a paletadas, porque alcanzó la asombrosa marca de 3,51 metros. Ni Superman, vaya. De hecho, asegura categóricamente que un Spetsnaz es invencible, cosa que ellos mismos pondrían en tela de juicio tras su desagradable visita a Afganistán, el Vietnam soviético. 


Viktor Suvorov (1947-       )
Pero bueno, exageraciones aparte- al cabo el tal Suvorov había pertenecido al cuerpo y querría darles lustre- la cosa es que desde entonces los Spetsnaz ya no son un misterio misterioso, sino una unidad de fuerzas especiales más que se tienen que batir el cobre en sitios muy desagradables llenos de ciudadanos muy cabreados, antes con los soviéticos y ahora con Putin, el nuevo autócrata de todas las Rusias que, por lo que parece, piensa durar en el poder más que un martillo en manteca.

En fin, criaturas, espero que esta lectura les resulte provechosa y puedan sacarle unas lágrimas de amargura a sus cuñados más despreciables.

Bueno, ahí queda eso. Otro día seguiremos contando las andanzas de estos ex-misteriosos homicidas.

Hale, he dicho

Spetsnaz en Chechenia. No debe haber cola para que lo manden a uno allí

jueves, 10 de agosto de 2017

Curiosidades. Armas de asesinato


Armas con que solían equipar a los agentes del SOE. Abajo del todo vemos un hatpin de asesinato

Cualquiera que lea el título pensará que es una perogrullada de primera clase ya que, como todos sabemos, las armas están ideadas para asesinar ciudadanos, enemigos y, por supuesto, cuñados. Sin embargo, dentro de toda la gama de armas adecuadas para aliñar al personal las hay más aparatosas, válidas para ser empleadas en cualquier circunstancia, y las hay más discretas, pensadas para darle boleta al adversario de forma taimada, sutil, alevosa y silenciosa. Armas creadas exclusivamente para ser usadas en callejones procelosos, en sórdidas habitaciones de espías desalmados o incluso en el lujoso toilette del Ritz de París o en el retrete de la fonda de la tía Severiana, la más selecta de la aldea.

Comandos británicos aprendiendo a manejar con
eficacia el Fairbairn-Sykes, en este caso intentando
seccionar la carótida
Puede que alguno me diga que eso no es ninguna novedad, que a finales de la Edad Media ya se idearon los estiletes, el arma propia de asesinos de las que ha hablamos en su día y que, ciertamente, dieron un buen servicio en las cortes renacentistas cuando era preciso quitar de en medio a un embajador excesivamente cotilla, a un enemigo político que se estaba poniendo muy pesadito o, por qué no, a un clérigo que tenía más interés por los asuntos del siglo que por los espirituales, desde simples párrocos a pontífices.

Pero, cuestiones de crímenes de estado aparte y como ya hemos detallado en varias entradas, a raíz de la Gran Guerra se desarrollaron una serie de armas destinadas a la cruenta y feroz guerra de trincheras, sobre todo cuchillos y dagas adecuados para apuñalar con saña bíblica al enemigo cuando se daba un golpe de mano en plena noche o cuando un ataque convencional acababa en una matanza dantesca en la estrechez de las trincheras. Fue precisamente la necesidad de disponer de armas eficaces para matar de forma rápida y silenciosa lo que hizo que durante los años 20 los milites, que se aburrían como galápagos en sus salas de banderas, se dedicasen a estudiar con detenimiento tanto la creación de tropas cada vez más especializadas para actuar de forma contundente y rápida como los arditi italianos o las sturmtruppen tedescas y, de paso, diseñar armas cada vez más refinadas para dar matarile al enemigo. Así nacieron los que hoy conocemos como comandos, que durante la Segunda Matanza Mundial dieron tanto que hablar a raíz de sus operaciones tras las líneas germanas en la Francia ocupada y cuya finalidad era especialmente el sabotaje y el asesinato tanto de militares como de supuestos o probados espías, colaboracionistas, etc.

Surtido de puñeterías usado por los instructores del SOE
Y para ello, como podemos imaginar, no podían pasearse por el mundo con un cuchillo de cocina o un hacha, sino con sutiles armas capaces de dejar en el sitio al más pintado y, además, ser tan discretas que incluso podrían pasar desapercibidas en un cacheo en plena calle o, ya puestos, incluso tras una detención y posterior traslado a un centro de internamiento o un campo de prisioneros. Los pioneros en el estudio y desarrollo de operaciones de este tipo, así como de las armas adecuadas para ello fueron los comandos y el SOE (Special Operations Executive) británicos (Dios maldiga a Nelson) y el OSS (Office of Strategic Services) de los yankees.  Así pues, esta entrada la dedicaremos a ver algunas de esas curiosas armas con las que los agentes infiltrados tras las líneas alemanas hicieron cantidad de puñeterías de la forma más alevosa posible, que ya sabemos que en la guerra vale todo salvo usar cuñados contra el enemigo porque eso está prohibido por la Convención de Ginebra y está considerado como crimen de guerra.

Hasta pipas asesinas idearon, para que además de matarte
el tabaco te matara el punzón que iba dentro de la boquilla
Antes de empezar debemos tener en cuenta un detalle. Este tipo de armas no tenían nada que ver con cuchillos especializados como el Fairbairn-Sykes o los cuchillos con nudilleras que ya hemos visto. O sea, carecían de hojas convencionales lo suficientemente afiladas como para producir hemorragias lo bastante abundosas como para producir un shock hipovolémico en cuestión de segundos. Antes al contrario, estas armas asesinas eran simples punzones provistos de hojas de sección triangular, romboidal o incluso cilíndrica, lo que conllevaba un problema añadido que no era cosa baladí, ya que carecían de la capacidad de letal de los cuchillos antes mencionados por la simple razón de que era muy difícil perforar en un forcejeo una carótida o una radial, así que no quedaba más remedio que lanzar el puntazo a los dos únicos sitios donde se podría aliñar a la víctima en un periquete: en los ojos o en los oídos, llegando así al cerebro sin problemas. Pero eso no era fácil y requería una gran decisión y sangre fría ya que no es lo mismo apuñalar sañudamente a un enemigo en el fragor del combate que ir por la calle, cruzarse con un ciudadano, darle las buenas tardse y, nada más pasar de largo, volverse, agarrarlo por la barbilla y meterle medio palmo de acero por una oreja.

Pero no todo eran inconvenientes. De hecho, en los estudios que se llevaron a cabo tras la guerra acerca de las heridas de bayoneta se pudo corroborar que los modelos con hoja, o sea, el cuchillo-bayoneta, producía unas heridas menos profundas que las de cubo como, por ejemplo, las del Mosin-Nagant ruso. Al parecer, las primeras tenían una capacidad de penetración inferior por lo que el uso de armas con una hoja literalmente como una aguja tendrían, al menos en teoría, más facilidad para alcanzar órganos vitales en la fracción de segundo disponible para acabar con la víctima. Además, en caso de apuñalar a un enemigo en una zona cubierta de ropa había más probabilidades de penetrar hasta el interior del cuerpo que si se usaba una hoja convencional, así que tuvieron claro que lo suyo era diseñar armas que eran talmente punzones. Da repeluco, ¿que no? En fin, aclarado este punto vamos sin más historias al asunto...

Bueno, el primero que vamos a ver es un chisme más básico que el cerebro de un político y que, curiosamente, ya tenía sus antecedentes como arma defensiva desde hacía bastantes años. Hablamos de los hatpins, los alfileres de sombrero que usaban las mujeres a finales del siglo XIX y a principios del XX para sujetarse sus tocados y que no salieran volando. Estos alfileres, fabricados tanto de metal como de madera, hueso y otros materiales similares, estaban rematados con adornos más o menos elaborados de latón, plata o incluso oro, siempre dependiendo del poder adquisitivo de la dueña del sombrero. Bien, pues ya a comienzos del siglo XX y según vemos en la ilustración de la derecha, se alentaba al uso de estos alfileres, algunos de más de 25 cm. de largo, para deshacerse de algún alevoso malhechor que quisiera robarles o, peor aún, ultrajarlas vilmente. Según vemos en las fotos, mientras el villano ataca a traición a la dama esta agarra uno de sus alfileres (era habitual llevar dos o tres dependiendo del tipo de sombrero) y, girándose, le asesta un puntazo en plena jeta. El dolor producido más el factor sorpresa harán el resto ya que el villano soltará a su presa, la cual podrá salir echando leches dando alaridos en busca de ayuda. 

Bien, pues estos hatpins fueron adoptados como arma de asesinato en la forma que vemos en la ilustración de la derecha. Como se puede apreciar, el típico remate de adorno ha sido sustituido por una empuñadura en forma de perilla plana fabricada con aluminio en la que se ha embutido una hoja de acero aguzadísima de sección triangular y de 20,3 cm. de largo. La longitud total del arma era de 23 cm., y estaba provista de una funda de cuero con una o dos presillas a fin de sujetarla al brazo o a la pierna. La forma de empuñar el arma era tal como vemos en el dibujo, y ciertamente sus 20 cm. de acero eran suficientes para meterlos por una oreja y sacar la punta por la otra. Qué desagradable, ¿no? Cabe suponer que sus efectos serían fulminantes ya que el mismo forcejeo de la víctima contribuiría a aumentar los daños en la sesera.

Una variante de los hatpins era el modelo que vemos a la derecha, que nos recuerda un poco a las dagas de puño Robbins que ya estudiamos en su momento si bien en este caso las anillas eran simplemente la empuñadura, sin ningún cometido ofensivo. Dichas anillas eran para los dedos índice, corazón y anular, lo que permitía un sólido agarre y una notable potencia de empuje para clavar su hoja de 13 cm. de largo. Para hacerla más discreta y que no despidiese posibles reflejos que delatasen al asesino los anillos, fabricados de aluminio, estaban pintados de tonos oscuros mientras que la hoja era pavonada de negro.

A la derecha tenemos otra tipología. En este caso se trata de dos estiletes fabricados de una sola pieza de acero, el superior con una longitud total de 165 mm. mientras que el inferior es un poco mayor, 178 mm. La sección de sus aguzadas hojas es triangular mientras que las empuñaduras son, en el modelo superior, cuadrangular, y en el inferior ovalada. En ambos casos están rematadas con una protuberancia en forma de champiñón para permitir imprimir una energía suficiente en caso de empuñarlas tal como vemos en el dibujo, o sea, como un picahielos. En semejante posición era bastante factible introducir la hoja por un ojo, atravesando la fina pared del esfenoides (parte trasera de la cuenca orbital) y llegando al cerebro en un periquete. 

Por último, a la derecha podemos ver otros dos tipos aún más básicos pero no por ello menos eficaces. Se trata de dos punzones de 25,5 cm. de largo en los que, tal como podemos apreciar, actúan como empuñaduras sendos cordeles enrollados en un extremo lo cual facilita el empuñe por engrosar el arma, muy fina de por sí, y mejora el agarre en caso de tener la mano húmeda de sudor o manchada de sangre. Pero lo más curioso son las lazadas que salen del encordado. La más pequeña era para introducir el dedo pulgar, y la grande para envolver la mano de forma que el agarre fuese aún más sólido de cara tanto a efectuar un apuñalamiento más contundente como para facilitar la extracción, para lo cual el modelo de la derecha tiene el extremo superior terminado en forma de gancho, lo que dificultaría aún más la pérdida del arma.

En fin, creo que con los modelos presentados podemos hacernos una clara idea de en qué consistían este tipo de armas. A modo de conclusión citaremos una serie de lápices y plumas en cuyo interior se escondían agujas de pequeñas dimensiones y que, en un alarde de imaginación, disponían de mina de grafito o de tinta para pasar sin problemas cualquier tipo de registro. En caso de necesidad bastaba romper un extremo, quedando a la vista la punta del punzón, hincárselo al que lo había apresado en un ojo y largarse como si tal cosa. El no va más es la virguería que vemos a la izquierda, construida por una empresa filipina para su venta a título particular a los yankees. Consistía en un chisme con apariencia de bolígrafo mondo y lirondo que, en realidad, albergaba en su interior una hoja que convertía el boli en una navaja de mariposa. Esto no es en sí un arma de asesinato sino más bien de supervivencia, pero por lo curioso de la misma no he querido dejarla pasar de largo.

En fin, como vemos no hace falta disponer de armas sofisticadas para acabar con la miserable existencia de un enemigo correoso. Solo era necesario tener la decisión para actuar sin contemplaciones y ser capaz de reprimir los forcejeos de la víctima mientras la puñalada hacía efecto ya que, paradójicamente, era mucho más efectivo seccionar una carótida que traspasar la masa cerebral de lado a lado. En todo caso, los efectos de ese tipo de heridas pueden verlas en la entrada que se dedicó al Fairbairn-Sykes.

Bueno, por hoy ya vale.

Hale, he dicho


sábado, 26 de noviembre de 2016

7 curiosidades curiosas sobre los "militari arditi"


Grupo de oficiales pertenecientes al IX Reparto tras su victoria sobre los austriacos en Col Moschin, una de las montañas
que conforman el macizo del Grappa, en junio de 1918. La gran mayoría de los que aparecen en la foto no sobrevivieron
a la guerra, y eso que ya quedaban pocos meses para la firma del armisticio. Esto da fe de la dureza de las acciones en
las que intervenían los Reparti d'Assalto

Bueno, prosiguiendo con el tema de los arditi, nada mejor que una entrada para dar cuenta de algunas curiosidades curiosas, de esas que dejan perplejos a los compadres y amiguetes ante nuestra sapiencia, embelesada a la parienta, que podrá presumir de tener un maromo culto y, por supuesto, humillados a esos abyectos cuñados que solo parecen vivir para demostrar lo que saben de todo. Así pues, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que está lloviendo más que el día que enterraron a Bigote y que no ando especialmente exultante de ánimo, procedamos a elaborar esta entrada que tampoco requiere demasiada enjundia porque las curiosidades en cuestión las he ido recopilando a medida que iba preparando los artículos anteriores sobre los arditi.

Unas tropas que atacaban al enemigo con una pierna
de menos, una muleta en una mano y el fusil en la
otra debían tener mejor paga sí o sí.
Esto es propaganda y lo demás son chorradas
1. Pertenecer a una tropa de élite tiene sus pros y sus contras, como todo en esta vida. Uno de los pros más importantes es el tema pecuniario ya que, por razones obvias, uno suele palmarla más contentito si nota en el bolsillo de la guerrera la cartera bien llena de billetes. Y así es como solían morirse los arditi tanto en cuanto cobraban un salario notablemente más alto que sus colegas del ejército regular. La paga diaria de un soldado del ejército era de 89 céntimos de lira a los que había que descontar 38 del rancho, 27 del pan y 14 en concepto de indumentaria, por lo que al sufrido guripa italiano le quedaban solamente 10 céntimos a los que se sumarían 40 céntimos que el estado concedía a cada hombre en concepto de prima de guerra. Total, 50 céntimos  para gastárselos en su persona si es que vivía para ello. La realidad es que era una birria de paga ya que, por ejemplo, un kilo de pan costaba 55 céntimos, así que tenía que batirse el cobre durante un día para poder comprarse de su bolsillo una hogaza. Sin embargo, un ardito veía su paga aumentada en 20 céntimos al día, lo que suponían 70 céntimos que ya daban para añadir a la hogaza una cajetilla de 10 cigarrillos. Sí, era también una paga mierdosa, pero al menos se podían permitir elegir entre palmarla de un tiro o de un cáncer de pulmón, ¿no? Además de los soldados, el resto del personal de cada Reparto obtenía su correspondiente plus: los sargentos aumentaban su paga convencional de 1 lira y 88 céntimos con 30 céntimos más, y los marescialli (mariscales, lo que para nosotros serían los sargentos primeros y los brigadas) entre 1 y 2,5 liras dependiendo de su categoría (hay hasta cinco).

De vuelta de una acción de guerra en Bassano del Grappa.
Otro de los privilegios de los arditi es que eran
transportados al frente en camiones mientras que la
infantería regular solo se movía a pie
2. Otro pro importantísimo eran las raciones, más abundantes que en el ejército. Así, mientras que en este la ración diaria de carne era de 200 gramos, un ardito se podía zampar 30 gramillos más. Los 200 gramos de pasta del ejército eran aumentados hasta los 250, mientras que de pan recibían lo mismo (menos mal), 700 gramos. Sin embargo, les daban un cuarto de litro de vino al día mientras que sus colegas se tenían que conformar con la misma cantidad cada cinco días, y 10 gramos diarios de café que, del mismo modo, los del ejército solo veían cada dos días. Pero esto era lo que los arditi obtenían de forma reglamentaria, lo que tampoco daba para ganar una guerra con la barriga llena, así que se valían de su condición de candidatos de primera clase a la fosa común para llevar a cabo toda clase de tropelías y hurtos en las poblaciones cercanas donde, al parecer, no solían privarse de echar el guante a la fauna doméstica para dar buena cuenta de gallinas, gansos, etc. De hecho, su descaro llegaba a extremos inauditos ya que hasta se daban casos de grupos de arditi que asaltaban las columnas de aprovisionamiento de su propio ejército amenazando a los conductores de los camiones con granadas de mano. Unos golfos, vaya...

No tenían abuela ni la necesitaban
a la vista de esta postal de la época,
en la que una signorina cae rendida
ante la viril prestancia de un ardito
3. Esta permisividad no solo producía severas tortícolis entre los mandos de tanto mirar para otro lado, sino que también daba lugar, además de a gamberradas y robos, a excesivos escarceos con el hembrerío de la comarca. Conviene señalar que los arditi nunca permanecían estacionados en primera línea más tiempo que el necesario para llevar a cabo una acción determinada, tras la cual volvían a retaguardia o a sus campamentos a la espera de volver a ser llamados para sacar las castañas del fuego a sus colegas de la infantería. Al estar exentos de servicios mecánicos (ambigua expresión cuartelera que designa a todos los trabajos desagradables como barrer, fregar, cocina, etc.) y de hacer guardia, estos fogosos sujetos se aburrían como galápagos, así que aprovechaban las noches para largarse en busca de frondosas mocitas que no dudaban en dejarse meter mano por aquellos valerosos soldados que tanta guerra daban tanto en el campo de batalla como en la piltra. Al final, el Comando Supremo decidió trasladar los campamentos bien lejos de los núcleos de población porque la cosa pasaba ya de castaño oscuro.

A la izquierda, soldado de infantería de línea.
A la derecha, un ardito.
4. Otro privilegio consistía en el uniforme. El teniente coronel Bassi, creador de los Reparti d'Assalto, tuvo claro desde el primer momento que los hombres destinados a llevar a cabo operaciones especiales debían ir a la muerte lo más cómodos posible. Por ello, sustituyó la guerrera reglamentaria del ejército, la típica prenda de la época con cuello alto y sin bolsillos exteriores, por la que usaban las unidades ciclistas de los bersaglieri. Esta prenda tenía el cuello abierto con solapas y dos bolsillos de pecho. Además, tenía un bolsillo grande situado en la parte trasera, como los chalecos de caza menor, destinado a contener las numerosas granadas de mano de dotación de estas tropas. Como prenda interior usaban un jersey de cuello vuelto, también propio de los ciclistas, abotonados desde el hombro izquierdo hasta el cuello. En cuanto a los pantalones, empleaban los calzones hasta las rodillas mod. 1909 de las unidades alpinas en vez del bombacho de la infantería. 

Las pantorrillas las cubrían con vendas o con calcetines altos si bien, desconozco el motivo, muchos preferían las vendas. Las botas solían ser también las usadas por los alpinos, un calzado especialmente robusto con las suelas claveteadas y con grapas en todo el contorno de las mismas. En la foto de la derecha podemos ver su apariencia, en este caso calzadas por alpinos. Ciertamente, debían ser el arma secreta de los arditi ya que un pisotón o una patada con eso debía tener unos efectos simplemente demoledores. Las cabezas se las cubrían con el scodellino (la pantalla), o sea, el quepis reglamentario modelo 1905, o el fez de fieltro negro rematado por una generosa borla del mismo color inspirado en la red de pelo usada por los bersaglieri. En fin, un uniforme ciertamente avanzado para su época ya que el resto de las tropas en liza aún seguían con sus guerreras de cuello alto incluidos los Stormtruppen tedescos. Bueno, y los oficiales british (Dios maldiga a Nelson), que usaban guerrera abierta con camisa y corbata, prenda esta última cuyo uso en el frente siempre me ha parecido propio del típico esnobismo de esos isleños.

Aprendiendo el manejo de los lanzallamas
5. Pero no era oro todo lo que relucía. Ciertamente, recibían mejor paga, raciones más abundantes y hasta se pasaban tres pueblos cuando no combatían, pero a cambio caían como moscas y su número de bajas era escandalosamente alto tras cada acción a pesar de que, contrariamente a la infantería regular, los arditi dedicaban sus estancias en retaguardia a entrenar a diario. Pero no chorradas de instrucción en orden cerrado y cosas así, sino el duro entrenamiento diseñado por Bassi para tener al personal fibroso, ágil, en perfecta forma física y dispuestos a salir hacia el frente en cualquier momento. Se tocaba diana a las seis de la mañana, pero no con la típica corneta, sino con una andanada de morteros para saltar de la piltra con alegría y tal. Tras el aseo personal comenzaba una inolvidable jornada en la que los oficiales de cada Reparto deleitaban a sus hombres con un completo programa de actividades gracias al cual, cuando daba término la instrucción las seis de la tarde, por lo general estaban todos para el arrastre. A las 10 de la noche se tocaba silencio pero, curiosamente, no se pasaba lista porque se daba por sentado que más de uno se largaría fuera del campamento a darse un revolcón o a otros temas menos... espirituales. Sin embargo, nadie faltaba nunca cuando se volvía a tocar diana. Obviamente, plantear semejante conducta en un campamento alemán, austriaco, inglés o francés era simplemente impensable.

Practicando un avance protegidos por una cortina de humo
6. Pero a pesar de tan dura existencia y del elevado número de bajas que solían acaparar, las solicitudes de ingreso en los Reparti d'Assalto nunca faltaron. Los candidatos a convertirse en militari arditi eran enviados al campo de adiestramiento situado en Sdricca di Manzano donde, aparte de recibir su nuevo uniforme propio de este tipo de tropas, se veían sometidos a un riguroso programa de entrenamiento que incluía pruebas psicológicas, instrucción de combate con fuego real y hasta los entretenían con chispeantes juegos para poner a prueba el valor del personal. Uno de los preferidos era sorprenderlos con una voz de alarma para, a continuación, lanzarles cerca un Thévenot. En función a la reacción por parte del aspirante a ardito se estimaba cómo sería su comportamiento en combate. Otro de los enjundiosos test para calibrar la testiculina del personal era el denominado dondolo, "el columpio" el cual no consistía precisamente en balancearse en uno de esos deleitosos chismes. En realidad, en lo único en que se asemejaban era en la estructura, igual a la de un columpio, pero en lugar del asiento ponían una soga con una longitud acorde a la estatura del soldado. Al final de la soga anudaban un peso que, al oscilar como un péndulo, debía pasar tan cerca de la jeta del soldado que podría arrancarle la gorra al golpearle la visera. Para salir airoso de este juego tan guay debía uno permanecer como una estatua mientras veía como el péndulo se aproximaba peligrosamente, y al parecer solo unos cuantos de todos los que pasaron por Sdricca di Manzano resistieron sin que se les encogiera en ombligo. En cualquier caso, lo cierto es que alrededor de un 10% renunciaban y volvían a sus unidades de origen por lo que, por norma, las insignias y distintivos del Reparto no se entregaban hasta después de dos o tres semanas, cuando lo más duro del entrenamiento ya había pasado. 

-¡Te pegooo! ¡Te pegooooooo! (Ruiz Mateos dixit)
Está de más decir que esta gente tenía un elevadísimo
concepto de sí mismos, y se hacían una propaganda
bestial, las cosas como son
7. El entrenamiento de los arditi no tenía nada que envidiar al de las modernas unidades de asalto. No solo practicaban con armas de todo tipo, sino que llevaban a cabo maniobras bajo fuego real de lo más estimulantes a fin de crear entre las tropas un sentimiento de inmunidad que, a la hora de la verdad, les permitía dominar el miedo y las ganas de salir echando leches de aquel infierno. Para lograr ese estado psicológico, Bassi había diseñado todo un sofisticado programa de entrenamiento en el que, además de lo detallado anteriormente, se despertaba en plena noche al personal y se les hacía equiparse a toda velocidad para salir de maniobras, o incluso lanzaban petardos en el interior de los barracones para que aprendieran a controlarse y a actuar en todo momento sin perder la sangre fría, lo que obviamente salvó muchísimas vidas. No obstante, y a pesar de que lo que ocurría en Sdricca di Manzano no salía de allí, no pasó mucho tiempo hasta que empezó a correr el rumor de que las bajas producidas por semejante entrenamiento eran poco menos que similares a las del frente, si bien eso nunca se pudo corroborar. El ejercicio más elaborado y que dio pie a estos rumores era la collina tipo, la colina de los monigotes. Consistía en una reproducción exacta de una posición fortificada austriaca que debía ser atacada bajo fuego real una y otra vez hasta que la unidad asaltante lograra sincronizarse a la perfección con el fuego de cobertura de la artillería propia y las armas de apoyo. Este ejercicio podía ejecutarse en cualquier momento, de día o de noche, bajo la luz del sol, la lluvia, la nieve o el siniestro fulgor de la luz de magnesio de las bengalas. En fin, muy divertido y estimulante, ¿que no? Eso sí, una vez que lograban funcionar como una máquina bien engrasada eran muy difíciles de vencer, como demostraron sobradamente en el campo de batalla y pudieron dar fe de ello las tropas austro-húngaras.

Bueno, con esto ya han tenido vuecedes lectura para un ratito. En una próxima entrada daremos cuenta del armamento de estas tropas a nivel de unidad para sumarla a la que se publicó no hace mucho sobre el armamento individual.

Hale, he dicho

lunes, 21 de noviembre de 2016

Armaduras medievales modernas. La coraza Ansaldo


Sección de ametralladores del ejército alemán provistos de la coraza modelo 1918. Se fabricaron miles de ellas

Al hilo de la entrada anterior, en la que pudimos ver en toda su crudeza los terroríficos efectos de la metralla en las jetas de los sufridos combatientes de la Gran Guerra, colijo que no estaría de más iniciar una serie monográfica sobre los diversos diseños, más o menos prácticos, que se llevaron a cabo durante el conflicto para intentar preservar la integridad física de las tropas. Así pues, empezaremos con un breve introito para que vuecedes se pongan en situación antes de entrar a fondo en el tema.

Un grupo de coraceros gabachos escoltan a una columna de
prisioneros alemanes al comienzo de la guerra. Como se
puede ver, su aspecto es el mismo que en tiempos
del enano corso
Cuando titulamos esta entrada como "armaduras medievales modernas" no hacemos más que reflejar el concepto de protección personal que surgió en los magines de los mandamases cuando, en 1915, las relaciones de bajas alcanzaban cifras tan terroríficas que hasta los cerebros de los estados mayores se dieron cuenta de que había que hacer algo si no querían ver a sus respectivas naciones pobladas exclusivamente por viejos, críos, mujeres y hombres un tanto averiados. Cuando empezó la guerra, las únicas tropas que estaban provistas de armamento defensivo corporal eran las viejas unidades de coraceros más trasnochadas que un sereno y que fueron apeadas de sus gallardos pencos en cuando se vio el cariz que tomaban las cosas para ponerlos a luchar como infantería. Pero, por otro lado, la protección de este tipo de corazas contra las municiones modernas no era precisamente óptima ya que, debido a la alta velocidad de las mismas, su capacidad para desviar un proyectil solo era viable cuando este incidía como mínimo con grado de deflexión del 60%. Además, en determinadas ocasiones la bala podía desintegrarse al impactar contra la coraza, lo que podía infligir heridas aún peores de las que pretendía evitar al salir despedidas contra las partes desprotegidas del cuerpo. Hubo incluso un caso de un coracero al que una bala le acertó justo debajo de la gola del peto y, tras saltar convertida en esquirlas, prácticamente lo decapitó, así que ya vemos que estas añejas corazas podrían salvar a sus portadores de un bayonetazo o de un disparo de mosquete, pero no que una bala calibre 8×57 disparada por un Mauser o una Maxim.

Sturmtrooper austriaco protegido
por una coraza de trinchera. Con
su morgenstern en la mano parece
salido de la Edad Media
Así las cosas, según las estadísticas de los diversos cuerpos de sanidad de los ejércitos en liza, se llegó a la conclusión de que un elevado número de heridas podrían haberse evitado con el uso de armaduras adecuadas. De hecho, ya sabemos que en 1915 se introdujo el casco ya que alrededor de un 20% de las bajas se debían a heridas en la cabeza o el cuello y, por otro lado, entre un 60 y un 95% de bajas producidas por metralla, metralleros y munición de arma larga- fusil o ametralladora- podrían evitarse o, al menos, verse disminuidas de forma considerable gracias a armamento defensivo corporal. Además, un elevado porcentaje de dichas heridas habían sido producidas por proyectiles de baja velocidad, o sea, bolas de metralleros y esquirlas de metralla que, como ya hemos visto, producían unas lesiones de pesadilla y, lo que era peor, dejaban la moral del personal por los suelos y producían un terrible gasto logístico, sanitario, etc. Es de todos sabido que, en las guerras modernas, son mucho más problemáticos los heridos que los muertos, ya que a estos se les mete en un hoyo y ahí te pudras, mientras que a los otros hay que proporcionarles los cuidados adecuados, que para eso se juegan el pellejo.

Bien, ese era el estado de las cosas en 1915, cuando los ejércitos que intervinieron en el sangriento conflicto decidieron investigar la mejor forma de salvaguardar sus atribuladas tropas para que, aparte de sufrir menos bajas, pudieran combatir con el apoyo psicológico que ofrecía saberse protegido de los proyectiles enemigos si bien la realidad era que el mayor número de bajas, alrededor de un 65%, se producían por heridas en las extremidades, pero esas eran mucho menos temidas e incluso anheladas por bastantes hombres por ser un pasaporte a casa, que mejor era volver cojo o manco que quedarse en un agujero fangoso envuelto en su capote y con la chapa de identificación metida en la boca por si algún día alguien decidía ir a buscarlo para darle un enterramiento decente.

Así pues, y ya que estos días atrás hemos hablado de los arditi italianos y su armamento, iniciaremos esta serie con una coraza de esa misma nacionalidad: la Ansaldo, que era mucho más sofisticada que las burdas corazas Farina que ya usaban los esploratori en 1915.

La coraza Ansaldo era en realidad lo que hoy conoceríamos como un "dos en uno", o sea, un mismo artefacto con dos aplicaciones diferentes: armadura y escudo. Ya en 1915, el Comando Supremo italiano empezó a promover la búsqueda de protecciones corporales adecuadas aparte del casco que, en realidad, era una mala copia del Adrián francés, o de el casco y la armadura Farina mencionada antes. La cosa es que ya habían probado con cierto éxito el uso de gaviones y sacos terreros que, empujados por delante de las tropas que avanzaban gateando hacia el enemigo, les protegían de los disparos de la fusilería y las ametralladoras. No obstante, este sistema no era precisamente lo más adecuado para una guerra moderna ya que estaba basado en las defensas empleadas por los zapadores del siglo XVIII, cuando cavaban las trincheras de aproximación durante los asedios.

Coraza Ansaldo colocada en el pecho y en la espalda
Así pues, la Società Gio. Ansaldo & C. radicada en Génova, presentó en 1918 un interesante diseño que, por sus características, era a mi entender bastante más completo que otros que se fueron produciendo en Italia durante aquellos años. La Ansaldo puede que le suene a más de uno ya que esta firma, fundada en 1853, ha fabricado de todo, desde automóviles a aeroplanos pasando por buques de guerra, trenes y hasta trasatlánticos. El invento, como vemos en la foto, consistía en un peto que podía portarse tanto en el pecho como en la espalda, dependiendo de si uno atacaba o se largaba echando leches hacia sus posiciones, así como de mantelete o escudo durante los avances. Estaba fabricado con una sólida chapa aleación de acero con cromo-níquel-vanadio que, según las especificaciones requeridas, debía resistir el impacto de una bala del fusil con una velocidad en boca de 762 m/seg. disparada a 100 metros.

Además, la chapa debía resistir sin mostrar grietas ni síntomas de rotura cinco disparos efectuados a una distancia de 100 metros con el fusil reglamentario italiano. Dicha chapa, de 6,35 mm. de grosor, le daba un peso de 8,9 kilos si bien, como vemos en la foto, se fabricaron en cuatro tallas que de mayor a menor pesaban sin contar la más grande ya mencionada, 8,6, 7,9 y 7,2 kilos. Para sujetarlas al cuerpo disponían de dos correas de cuero que se cruzaban por la espalda o el pecho. Por cierto que en el ejemplar de la izquierda podemos ver dentro de los círculos rojos las señales de sendos impactos efectuados durante las pruebas llevadas a cabo.

Pero su empleo como escudo era quizás lo más logrado. En la foto de la derecha vemos en primer lugar el reverso de la pieza, la cual quedaba en pie gracias a las patas con que estaba provista y que, cuando no se usaban, se plegaban sobre la parte delantera de una forma similar a la de las varillas de los capós de los coches actuales, o sea, giraban en unos soportes situados en los hombros y eran ancladas a presión en las piezas que se ven en la siguiente foto dentro de sendos círculos. En las fotos de más arriba se aprecia perfectamente la apariencia de estas patas cuando estaban plegadas. Pero lo más eficaz era sin duda la abertura prevista para usarla como tronera, cuya tapa podía ser girada desde la parte trasera para introducir por ella el fusil. La muesca superior permitía efectuar la puntería sin problemas. Aparte de todos estos accesorios, según se aprecia en la foto del reverso del escudo, disponía además de una asa para agarrarlo durante el avance. Por último, en la foto de abajo vemos a un soldado en posición de disparo protegido por el escudo que, gracias a su inclinación, podría desviar con relativa facilidad los proyectiles enemigos. Las patas mencionadas antes impedirían que se le cayese encima ya que se hincaban en el suelo para afianzarlo.

Previamente, en 1917 fue presentado un modelo similar cuya única diferencia radicaba en el sistema de apertura de la mirilla-tronera del escudo, el cual podemos ver en la foto de la izquierda. En este caso, dicha tronera no se cubría con el elaborado sistema que se adoptó posteriormente, sino con una chapa deslizable que corría entre los dos soportes remachados que se aprecian en la imagen. Una pestaña situada en el costado derecho actuaba de tope cuando se cerraba. En la foto de al lado hemos recreado como sería el aspecto de dicha chapa de cierre, así como la apariencia del escudo con la tronera cerrada. Obviamente, este sistema no permitía la apertura o cierre de la tronera desde atrás, por lo que para efectuar ambas operaciones el tirador debía descubrirse y recibir posiblemente el balazo que lo cesaría en el cargo de forma radical.

En fin, así era esta curiosa coraza-escudo que, por lo demás, no debió tener mucho éxito ya que tanto su peso como su morfología impedía determinados movimientos al soldado independientemente de que, a la vista de la foto de la derecha, podía incluso disparar rodilla en tierra. Pero, si nos fijamos bien, la parte inferior de la coraza impediría al soldado agacharse un poco más so pena de que se le clavase dolorosamente en el muslo y, por otro lado, tampoco permite un buen encare del fusil. Además, el soldado está desprovisto de cualquier tipo de equipación que pueda interferir en el uso de la coraza, como macutos, mochilas, cananas y el largo et cétera de bártulos que las tropas llevaban encima cuando estaban en el frente en vez de en los polígonos de tiro. Sea como fuere, la cosa es que al parecer no tuvo mucho éxito, desconociéndose el número exacto de ejemplares fabricados. Cabe suponer que el final de la contienda debió relegarlas al olvido rápidamente, así que tampoco hubo ocasión de darle tanto uso como los tedescos hicieron de las suyas.

En fin, ya'ta, que para ser lunes ya he escrito bastante.

Hale, he dicho