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domingo, 13 de diciembre de 2020

TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 2ª parte

 

Defensores chinos lanzando un proyectil incendiario
mediante un pào chē. Por la distribución de los lanzadores
podemos hacernos una idea de que las cifras de los mismos
narradas en las crónicas eran bastante exageradas

Bien, prosigamos con la cosa fundibularia...

Como ya sabemos, los plobos guelelos del Celeste Impelio fueron los primeros en estrenar estas máquinas a las que dieron diseños de diversos tipos, desde el ligero torbellino a modelos más pesados como el tigre agazapado o las variantes móviles emplazadas sobre armazones rodantes. La difusión del fundíbulo comenzó por obra y gracia de los mongoles, unos sujetos sumamente aguerridos que, aunque habituados a combatir en campo abierto, cuando llegó la hora de asediar ciudades no tuvieron problemas para adaptarse y emplear la tormentaria usada por sus enemigos. De hecho, alcanzaron tal pericia en su manejo que no tardaron mucho en convertirse en consumados maestros, hasta el extremo de que los habitantes de las poblaciones que tenían noticia de la proximidad de un ejército mongol o, simplemente, sospechaban que podían ser objeto de un asedio, salían en tromba a talar todos los árboles en un radio de 6 u 8 km., así como retirar cualquier piedra susceptible de convertirse en un proyectil para sus máquinas. Y al parecer esta táctica tuvo sus resultados ya que hay constancia de que los mongoles se vieron en la necesidad de usar bolas fabricadas con madera de morera empapada en agua para endurecerlas ante la falta de cualquier pedrusco decente. También empleaban bolas de barro cocido para que, en caso de fallar, impactaran contra el suelo y se rompieran en pedazos, impidiendo así que el enemigo las usara contra ellos. Astutos, ¿que no?

La situación inversa: los mongoles atacan la ciudad de Kiev
con un artefacto similar al de la ilustración anterior. Mientras los
defensores procuraban neutralizar las máquinas enemigas, los
atacantes intentaban minar las defensas del castillo matando a
la guarnición y destruyendo sus dependencias interiores

¿Que por qué motivo se dedicaban a talar cualquier árbol medianamente decente? Porque el fundíbulo tenía una notable ventaja sobre la compleja maquinaria de torsión usada por griegos y, posteriormente, romanos, y consistía en algo tan simple como el hecho de no precisar de madera con determinados niveles de secado para fabricarla. Como ya vimos en los artículos dedicados a la tormentaria de torsión, estas máquinas eran sumamente complejas de fabricar, teniendo que considerar de forma muy meticulosa las dimensiones de cada pieza y, sobre todo, el secado de las mismas para impedir que la enorme tensión que debían soportar no las doblase o las partiese. Más aún, como vimos en la entrada anterior, en caso de usarse bambú era preferible que estuviera verde, y el hecho de no requerir un secado previo facilitaba tanto su fabricación como su transporte, que en el caso del fundíbulo de tracción podía obviarse si se construían in situ. Así, del mismo modo que las balistas, cheirobalistras, escorpiones y onagros se llevaban de un sitio a otro desmontados y necesitaban una serie de manipulaciones previas a su emplazamiento y puesta en marcha, para fabricar un fundíbulo bastaban unos cuantos troncos de bambú o, caso de usar madera normal, cortarla, desbastarla y formar el armazón uniendo las piezas con clavos o cuerdas ya que en este caso no había que soportar tensiones ni nada semejante, solo su propio peso. Lo único que debían llevar previsto era la honda y el gancho de hierro que se colocaba en el extremo de la viga. Por eso eliminaban la arboleda susceptible de ser usada para fabricar máquinas de este tipo, y en caso de no llevar en el tren de bagajes varias de ellas previstas los sitiadores lo tenían chungo.

Tropas mongolas asediando una ciudad china. A la izquierda vemos
un fundíbulo

Por lo demás, los mongoles no se devanaron los sesos creando nuevos modelos, ni siquiera perfeccionando los creados por los chinos. Se limitaron a copiarlos de cabo a rabo ya que, para el uso que les daban, eran perfectamente válidos. Básicamente, su empleo táctico consistía en emplazar ante una muralla una batería compuesta por varios fundíbulos- hay constancia de haber usado hasta 30 de ellos-, e iniciar un bombardeo de saturación contra los defensores que se movían por los adarves y las dependencias interiores. Como respuesta, la guarnición hacía lo propio, llegando a construir plataformas en las murallas para hostigar las máquinas de los enemigos de forma que se podría hablar de un "fuego de contrabatería" en toda regla, lanzándose mutuamente tanto bolaños como vasijas incendiarias. Al parecer, la precisión que tanto unos como otros alcanzaban con sus máquinas llegaba al extremo de apuntar y destruir objetivos concretos. O sea, que no se trataba de enterrar en piedras al enemigo, sino en acertar en blancos previamente seleccionados que podían ser incluso mandamases que eran identificados por su indumentaria o lo engalanados que se presentaban en el combate.

Un ejemplo conocido de este nivel de precisión es el del asedio a la ciudad coreana de Pak So, cuando un bolaño pasó muy cerca del general Kim Kyong-son chafando a varios de sus acompañantes. El general, que presenciaba el bombardeo en plan asiático, o sea, sentado en un catrecillo de campaña totalmente impávido e hierático, vio como el proyectil enemigo casi lo deja en el sitio, acertando en los guardias que lo escoltaban. Cuando le sugirieron que mejor se quitaba de en medio, Kyong-son replicó que "eso sería lo correcto pero, si me muevo, los corazones de todos los soldados también se moverán". Le echó valor, las cosas como son. En cualquier caso, ya vemos que los torbellinos eran pequeñajos pero sumamente matones, y el sereno valor de Kyong-son no valió para impedir que los mongoles se apoderasen finalmente de toda la península de Corea en 1273, que fue usada como trampolín para su siguiente conquista: Japón.

Pero los honolables guelelos del mikado ya conocían estas máquinas, precisamente de las visitas que llevaron a cabo a la sufrida Corea allá por el siglo VII, posiblemente las que vimos en la entrada anterior descrita por Mozi (ilustración de la izquierda). Sin embargo, parece ser que en aquella ocasión no le dieron importancia a los fundíbulos por la sencilla razón de que sus tácticas de asedio se basaban ante todo en el bloqueo y el asalto, cortando posibles fuentes de suministro de agua o lanzando proyectiles incendiarios con grandes ballestas. Obviamente, tanto en Corea como entre los conflictos entre daimyo en el Japón las tropas niponas no tuvieron ocasión de comprobar la efectividad de los fundíbulos porque eran los atacantes, ergo se ceñían a sus tácticas habituales. Pero los intentos de invasión por parte de los mongoles durante el último cuarto del siglo XIII mostraron a los honolables guelelos del mikado que aquellas máquinas eran dignas de ser tenidas en cuenta ya que, antes incluso de desembarcar, los bombardearon con proyectiles explosivos a base de pólvora lanzados desde las mismas naves.

Nave de la dinastía Song armada con un fundíbulo. Con barcos
muy semejantes llevarían a cabo los mongoles la invasión a Japón,
donde usaron las máquinas para atacar a los defensores desde los
mismos barcos

Con todo, las crónicas de la época no manifiestan de forma incuestionable cómo y de qué forma hicieron uso los japoneses de estas máquinas ya que, aunque en muchas de ellas se cita la muerte de enemigos mediante piedras, no se especifica qué tipo de artefacto las lanzó, pudiendo referirse incluso a pedruscos arrojados a mano desde lo alto de una muralla que acertaron a algunos de los atacantes y les reventaron la cabeza como un huevo. La primera noticia donde no caben dudas al respecto nos llega de una época bastante tardía ya que data de la Guerra de Onin, concretamente del año 1468, cuando en otras partes del mundo la artillería pirobalística casi se había adueñado de los arsenales militares. Al parecer, el fundíbulo no fue tomado de los mongoles, sino que procedía del comercio entre Japón y China, es decir fue en realidad introducido por artesanos que los habían visto en el continente durante sus viajes de trabajo para la venta de armas a los plobos guelelos del Celeste Impelio.

La citada referencia aparece en el Hezikan Nichiroku, una especie de diario que llevaba un monje zen llamado Unzen Taigyoku que igual te hablaba de armamento que de formas de componer ramos de flores chulos o de preparar el té como Buda manda. En uno de sus apuntes del año arriba mencionado cita a un artesano natural de la provincia de Yamato que construyó una máquina para lanzar piedras denominada hassekiboku. El artefacto en cuestión podía lanzar piedras de 12 kin de peso (7,2 kg.) a una distancia de 300 pasos, lo que demostraría que, como en el caso de los fundíbulos chinos, su uso era ante todo antipersonal. Por desgracia, el monje solo dejó constancia de la máquina y su nombre, pero no nos legó un dibujito para poder conocer su aspecto, así como alguna descripción de la misma. De hecho, no hay ningún testimonio gráfico de los fundíbulos de tracción usados por los japoneses, si bien lo más lógico es que fuesen copias más o menos exactas de los usados por los chinos. Eso de copiarse unos a otros creo que lo inventaron los orientales.

Esquema de una bomba de trueno que nos muestra su composición.
Este modelo en concreto era de mayor tamaño, por lo que a la caña
de bambú se le añadían un asa y una rueda para facilitar su transporte

Y a igual que chinos y mongoles, los honolables guelelos del mikado hicieron uso en cantidad de proyectiles explosivos denominados pi-li-pao, que viene a querer decir bomba de trueno. Estos proyectiles ya se empleaban en el siglo XI lanzados por grandes ballestas si bien se pudo comprobar que funcionaban estupendamente con los fundíbulos. Como podemos ver en la ilustración, constaban de una caña de bambú con una longitud que comprendiese dos o tres nudos y unos 4 cm. de diámetro en cuyo interior se colocaba una mecha que asomaba por un orificio en el centro de la caña para transmitir el fuego a la substancia explosiva. Esta consistía en una mezcla de fragmentos de porcelana y entre 1,3 y 1,8 kilos de pólvora que eran empaquetados alrededor de la caña a base de capas de papel hasta formar una bola. Finalmente, se aplicaba al envoltorio una capa de pólvora mezclada con alguna substancia adherente para que al explotar creara una bola de fuego que provocase el pánico entre los enemigos mientras que sembraban alrededor su peculiar metralla. Sus efectos eran básicamente los de un metrallero, y los fragmentos de porcelana, afilados como cuchillas de afeitar, debían producir unas heridas bastante chungas. Cualquiera que se haya cortado con el borde de una taza rota sabrá en seguida de qué va la cosa porque los cortes tan limpios sangran una cosa mala y, además, es muy complicado cortar la hemorragia como no sea suturando de inmediato.

Aguerridas ciudadanas niponas ayudando a sus maromos a repeler
el asalto enemigo. Como vemos, las bravas hembras tolosanas que
escabecharon al fiero Montfort tuvieron su contrapartida oriental
Así pues, este tipo de proyectil era especialmente útil si era usado por los defensores de un castillo ya que, lanzados contra formaciones de atacantes, sus efectos serían contundentes, y provocarían un número de bajas nada despreciable. Por lo demás, hay constancia de que se recurría a mujeres y jovencitos para manejar los fundíbulos en caso de asedio, colaborando así en la defensa y permitiendo que los hombres de las dotaciones se sumaran a sus compañeros para rechazar a los asaltantes o para mantenerlos a raya con arcos o arcabuces. Obviamente, el impulso que lograban era inferior al obtenido por los hombres, logrando alcances de solo un tercio sobre los 300 pasos mencionados anteriormente, pero considerando las distancias a las que se situaban los atacantes eran suficientes para liquidarlos de una pedrada o llevarse a varios de ellos por delante con una de sus eficaces bombas de trueno. Por lo demás, a pesar de que inicialmente los japoneses no mostraron especial interés por los fundíbulos de tracción, fue el país dónde más tiempo estuvieron en uso debido ante todo a la escasez de artillería. La última noticia acerca de estas máquinas aparece en el asedio al castillo de Osaka en 1614.

Sin embargo, en la expansión de estas máquinas hacia Occidente no estuvieron involucrados ni los mongoles, a pesar de sus intentos por extenderse hacia Europa, ni mucho menos los japoneses, que preferían quedarse encerrados en sus islas degollándose mutuamente sin que nadie les molestase. Pero de eso hablaremos en la tercera parte, así que toca esperar un poco para saber el final de la historia.

Hale, he dicho

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TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 1ª parte


Una muy optimista recreación de una batería de fundíbulos ya que limitan el número de tiradores a apenas dos hombres, y según vemos los pedruscos que aparecen a la derecha de la imagen no creo que los pudieran lanzar a más de medio metro. No obstante, la apariencia de las máquinas está muy lograda y nos permite ver de forma muy realista su manejo. Como vemos, y según comentamos en la entrada anterior, la tracción vertical limitaba en gran forma las prestaciones de la máquina ya que había un tope que no se podía traspasar: el puñetero suelo

sábado, 21 de noviembre de 2020

TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 1ª parte

 

Recreación del fundíbulo con el que las bravas hembras tolosanas mandaron al puñetero infierno al desmedido Simón de Montfort, cuando le acertaron de lleno con un bolaño que le reventó la cabeza como un huevo durante el férreo asedio mediante el que pretendía apoderarse de la ciudad

Como ya saben, de vez en cuando doy un repasillo en busca de artículos que deban ser actualizados, y el referente a los fundíbulos, trabucos o trabuquetes (de los nombres ya hablaremos más despacio en su momento) es uno de ellos. Estudiamos estos chismes hace ya nada menos que casi un... decenio...😭(carajo, el enemigo inexorable y tal...). Sí, criaturillas, casi un decenio. Concretamente, nueve años y medio. De verdad, estas cosas me dejan el ánimo más mustio que un político obligado a dimitir tras descubrírsele diez casos de acoso sessuá, cuarenta y ocho untadas de mano, dieciséis maletines de arcano contenido y 813 mariscadas que le han puesto el ácido úrico a niveles estratosféricos. En fin, así son las cosas, queramos o no. Bueno, a lo que vamos...

Mozi (c. 468 a.C. - c. 391 a.C.) ilustrando a sus discípulos

Mientras que en el mundo antiguo la tormentaria dedicada al lanzamiento de proyectiles, ya fueran dardos o piedras, se basaba en máquinas de torsión, los plobos guelelos del Celeste Impelio optaron por algo mucho más simple, sin mecanismos de ningún tipo y muy fácil de construir basado en el brazo de palanca. Como vimos en su momento, las BALLISTAS y sus derivadas eran unos artefactos increíblemente complejos, que requerían de meticulosos cálculos en las dimensiones de sus piezas para obtener, no ya un rendimiento adecuado, sino simplemente que funcionasen. Sin embargo, los ingenios diseñados en la remotísima China eran de una simplicidad tan pasmosa que cualquier cuñado podría fabricar uno sin apenas desgastar su sesera mononeuronal. La primera referencia de estos artefactos aparecen en el Mozi, un texto datado hacia el siglo V a.C. que contiene un compendio de temas bastante variopintos, desde cuestiones meramente filosóficas o didácticas a estrategia, fortificación y maquinaria de guerra. El Mozi, cuyo autor era un filósofo del mismo nombre, no indica que fuese él mismo quién inventó el ingenio que nos ocupa, sino simplemente se limita a detallarlo por lo que la paternidad del chisme en cuestión es un misterio misterioso.

La descripción que Mozi nos legó detalla un armazón cuadrangular de unos 4 metros de alto, de los cuales alrededor de 1,2 metros eran enterrados en el suelo para afianzar la máquina e impedir que se moviera cada vez que era disparada. El brazo o viga estaba formado por un haz de cañas de bambú de unos 10 metros unidos por cuerdas, y giraba con la ayuda de dos ruedas de carro y un eje sustentado por el armazón. De la longitud total de la viga, ¾ de la misma estaban por delante del eje mientras que el cuarto restante estaba por detrás y era donde se encontraban las sogas de las que la dotación de la máquina tiraba. En el otro extremo se colocaba una honda de unos 80 cm. de largo que acogería el proyectil, un bolaño o una vasija con alguna porquería incendiaria de las que los chinos tanto sabían. Veamos una recreación de la misma de mi autoría en base a la descripción del ingenio en cuestión.

Como podemos ver, se trata de una estructura bastante básica, formada por maderos o troncos que servían de soporte al corazón del invento: la viga. Suponemos que las ruedas eran usadas para servir de sostén al haz de cañas, donde estarían sólidamente unidas con cuerdas ya que, como sabemos, estas no podían ser perforadas so pena de perder su resistencia. Usando dos ruedas, una a cada lado, la robustez del conjunto permitiría darle un uso constante sin tener que andar con reparaciones o desajustes continuos. En el extremo vemos la honda, cuyo lazo sería enganchado en la muesca que se aprecia al final del haz, mientras que en el lado opuesto se colocarían tantas sogas como hombres dotaban la máquina que, por cierto, recibía el nombre genérico de pào, que viene a querer decir "arma". Este modelo sería, por decirlo de algún modo, la base sobre el que se crearon posteriormente diversas variantes según el uso que se les quería dar.

El tipo más básico era el llamado torbellino o xuànfēng pào, una máquina ligera que constaba de un poste clavado en el suelo y que tenía en su parte superior un soporte en forma de H que podía girar 360º sobre dicho poste, por lo que no estaba obligado a cambiar de posición cada vez que era necesario apuntar a un objetivo distinto. Como podemos ver en la ilustración de la derecha, procedente de un tratado militar titulado Wŭ jīng zŏng yào (c. 1040), su viga consistía en una única caña de bambú que, en vez de recurrir a las ruedas para sujetarla al armazón como hemos visto en el descrito por Mozi, atravesaba un cilindro de madera que a su vez actuaba como eje. Una viga formada por una sola caña nos hace suponer que estaba destinada a batir blancos pequeños, o sea, al personal que correteaba por los adarves de las fortificaciones o, gracias a su trayectoria parabólica, a introducir en el interior pequeñas vasijas incendiarias para ir ablandando la moral de los defensores. El torbellino debía alcanzar una cadencia de tiro bastante alta. Sus proyectiles, de poco peso, solo requerían que el jefe de la pieza lo colocase en la bolsa de la honda, girase la máquina hacia el banco seleccionado y dar la orden de tirar. Para obtener un rendimiento adecuado, los hombres que componían las dotaciones de estos chismes, fueran del tamaño que fueran, debían tener ante todo una coordinación perfecta para que la tracción fuese uniforme, ergo se aprovechase el cien por cien de su fuerza para obtener el alcance deseado.

Una variante más compleja del torbellino era el dú jiăo xuànfēng pào que, como se puede ver,  no se clavaba en el suelo, sino que se sustentaba sobre un pequeño armazón aunque manteniendo su capacidad para girar en cualquier dirección. Por su viga, similar a la del tipo anterior, podemos deducir que no estaba concebido para arrojar proyectiles más pesados sino que, posiblemente, su armazón estuviese ideado para emplazar la máquina en lugares donde no se podía clavar el poste debido a la consistencia del suelo, o quizás para poder cambiarlo de posición con más rapidez, sin tener que estar cavando un nuevo hoyo cada vez que había que moverlo. Por el uso que los chinos daban a estas máquinas, que por cierto usaban por decenas durante sus asedios, parece ser que basaban su uso táctico en una buena movilidad para batir diferentes objetivos según la necesidad de cada momento. Al ser armas anti-personal, obviamente la posición de sus blancos no era estática como las murallas de castillos y ciudades que batirían siglos más tarde los grandes fundíbulos de contrapeso, así que basaban su arsenal en una elevada cantidad de artefactos ligeros con gran capacidad de movimiento.


Hay evidencias sobradas para afirmar que la movilidad era una necesidad en el uso táctico de los fundíbulos de tracción. En las ilustraciones superiores tenemos tres ejemplos que lo demuestran con creces. De izquierda a derecha tenemos un pào chē, un torbellino sobre ruedas que aparece en el Wŭ jīng zŏng yào. A continuación vemos otro modelo, en este caso un senpū shahō provisto de un pequeño parapeto para defender a la dotación de la máquina y, finalmente, un wo chē pào. Estos dos últimos aparecen en el Wŭbèi zhì, un tratado de tecnología militar consistente en una recopilación de otras obras llevada a cabo en 1621 por un militar de la dinastía Ming llamado Máo Yuányí. En puridad, las tres máquinas eran torbellinos, variando únicamente el modelo de carro. En todo caso, es evidente que estos chismes gozaban de bastante popularidad por su facilidad para transportarlos y moverlos de un sitio a otro una vez iniciado el asedio. Lo único que había que hacer una vez emplazados era calzar las ruedas para bloquearlos e impedir que se movieran tras cada lanzamiento. Al mantener la capacidad de giro del torbellino, solo cuando era preciso desplazarlos se quitarían los calzos.

Otra prueba de que los 
torbellinos eran ante todo armas anti-personal es que se construyeron baterías de hasta cinco unidades llamadas xuànfēng wŭ pào, y que estarían destinadas a concentrar los disparos en lugares concretos o bien contra grupos de tropas. Una andanada de vasijas incendiarias bien colocada en el interior de una fortaleza cuyas dependencias estaban fabricadas todas de madera tendría unos efectos sumamente persuasivos. Por el lado opuesto, podrían resultar muy útiles para intentar incendiar las máquinas de los sitiadores. Debido a su trayectoria parabólica, se desaconsejaba emplazar cualquier máquina de este tipo en las torres, debiendo situarse en el suelo para obtener la precisión deseada. Para dirigir el tiro se colocaba un observador en el adarve que, tras un primer disparo de prueba, indicaba las correcciones que había que hacer en cuando a alcance y trayectoria. Para lo segundo bastaba girar la máquina, pero lo curioso era como calculaban el alcance. Obviamente, es imposible coordinar a un grupo de hombres para que tirasen con una determinada fuerza. O sea, no valía decir "¡killo, tirá una mijilla má flojo!" si había que acortar la distancia porque el concepto de "mijilla" varía según la persona, por lo que toda la dotación jalaba de la cuerda empleando el máximo de su fuerza. ¿Cómo pues variar el alcance? Pues quitando o añadiendo hombres. Fácil, ¿qué no? Por otro lado, parece ser que el arma anti-personal más popular eran bodoques que, caso de no acertar y partirle la jeta a un enemigo, se hacían añicos contra el suelo, por lo que no podían ser reaprovechados por el adversario.

Una versión de potencia media era el "tigre agazapado", un fundíbulo instalado sobre un armazón triangular que, según el Wŭ jīng zŏng yào, apareció durante la dinastía Song (960-1279). Básicamente, podríamos decir que es una versión aligerada del fundíbulo de cuatro patas que tendría más estabilidad que los torbellinos pero, al mismo tiempo, requeriría poco esfuerzo a la hora de cambiarlo de posición y, por su forma, la distribución de la energía ejercida durante el momento de la tracción no haría necesario anclarlo al suelo, lo que lógicamente repercutiría en su movilidad. Bien, grosso modo, estos ingenios constituían el arsenal de los plobos guelelos del Celeste Impelio que, como hemo visto, estaban bastante bien pertrechados en lo que a tormentaria se refiere si bien la tecnología de la época no les permitía lanzar grandes pesos, por lo que estas armas se veían limitadas a, como se ha dicho, un uso ante todo anti-personal, así como para hostigar y destruir objetivos a pequeña escala: máquinas enemigas, manteletes o incluso parapetos para despejar murallas de defensores, pero en modo alguno tenían la potencia necesaria para abrir una brecha en una muralla.

En cuanto al número de hombres que servían cada máquina, así como la forma de efectuar la tracción, hay dos teorías que pueden ser válidas en ambos casos. En lo tocante a las dotaciones, en la guerra que la dinastía Tang (608-907) mantuvo contra el reino vecino de Goguryeo, que abarcaba aproximadamente el sur de Manchuria y la península de Corea, se menciona que los chinos usaron fundíbulos sobre ruedas servidos por 200 hombres, que aunque bajitos y canijos son muchos hombres para tirar de las cuerdas a pesar de que, como hemos visto en las ilustraciones anteriores, siempre aparecen un gran número de ellas en los extremos de las vigas. De hecho, resultarían excesivas en máquinas ligeras como los torbellinos por la sencilla razón de que no cabe tanta gente debajo de un fundíbulo tan pequeño. Si nos basamos en la representación gráfica más antigua que se conoce, procedente de un fresco datado hacia el siglo VIII del palacio de Panjakent, en la Sogdiana (actual Tayikistán), vemos un fundíbulo de cuatro patas cuya dotación es de seis hombres que, indudablemente, ejercen una tracción vertical. Con esta media docena de tiradores y usando un proyectil de entre unos 5 y 10 kilos podían alcanzar una distancia de incluso 300 metros. Así pues, ¿para qué servirían los 184 plobos guelelos del Celeste Impelio restantes?

Ante todo, hay que tener en cuenta que no se especifica qué cometido tenía cada uno de ellos. Es posible pues que formaran cuadrillas con una misión concreta: unos hacían acopio de bolaños, otros podrían encargarse de preparar las vasijas incendiarias, otros tirarían del carro y, finalmente, otros serían los destinados a jalar como energúmenos, pudiendo incluso haber más de un grupo destinado a ello para poder relevarse. Ya vemos que el uso táctico que daban a estos chismes se basaba ante todo en lo que hoy se conoce como fuego de saturación, o sea, emplazar muchas máquinas y hacerlas funcionar a tope para causar el mayor número posible de bajas, por lo que tras un largo rato pegando tirones el personal empezaría a acusar cansancio. En pruebas efectuadas con el fundíbulo de tracción que se expone en el castillo de Caerphilly, en la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), una máquina de unas proporciones notablemente superiores a las que tratamos, se ha alcanzado una cadencia de seis lanzamientos por minuto, o sea, uno cada diez segundos. Por lo tanto, no sería extraño que un fundíbulo chino, salvo el tipo descrito por Mozi que era de mayores proporciones, pudiera doblar dicha cadencia. Pegar doce tirones al minuto durante una hora debía dejar al personal con los brazos echando humo y los trapecios y el cuello con unas agujetas fastuosas, por lo que no es ninguna insensatez dar por sentado que, al menos, habría un par de grupos para irse relevando. 
De hecho, en representaciones gráficas más modernas como las que aparecen en la Biblia Maciejowski (c.1240) o en el LIBER AD HONOREM AVGVSTI (1196) de Petrus de Ebulo (ilustración de la izquierda) se ve un número similar de tiradores por lo que es evidente que, en ese sentido, las cosas permanecieron igual durante siglos, y los fundíbulos ligeros requerían una dotación poco numerosa.

En lo tocante a la tracción, aunque se suele dar por sentado que era por norma en sentido vertical, no se debe desechar la teoría de que también podría hacerse en sentido horizontal, al menos en las máquinas más grandes que, por razones obvias, precisaban de un mayor número de servidores. Si observamos el "tigre agazapado" que mostramos anteriormente, veremos que el haz de cuerdas pasa por detrás del armazón, lo que obligaría a tirar horizontalmente y hacia adelante. En representaciones gráficas posteriores, como la que vemos a la derecha, nos encontramos con que en la Edad Media también se tenía en cuenta esa opción. El bajorrelieve que mostramos es posiblemente el fragmento del lateral de un sarcófago que se conserva en la iglesia de Saint Nazaire, en Carcassonne, y muestra la escena de un asedio donde hemos enmarcado un fundíbulo de tracción.  Se considera que dicha escena representa el cerco de Tolosa donde Simón de Monfort fue aliñado de una certera pedrada, por lo que es muy posible que el fragmento fuese de su sarcófago, y el fundíbulo el mismo que se usó para acabar con su existencia terrenal. Como vemos, los operarios de la máquina tiran también en sentido horizontal y hacia atrás en este caso. ¿Qué motivos habría para ello?

Es bastante básico. Los hombres que tiran en vertical deben dejarse caer para obtener una energía mucho mayor que la que imprimirían sólo con sus brazos. Sería una forma, digamos, de actuar como contrapesos. Si pones a diez ciudadanos de 70 kilos jalando de sus respectivas sogas, pues tenemos un contrapeso de 700 kilos que permitiría lanzar un proyectil ligero a bastante distancia. Pero el movimiento del cuerpo al tirar los obligaría a agacharse, como se ve claramente en el fresco del 
palacio de Panjakent, por lo que necesitarían mucho espacio para ello. Y si los hombres se separan, los situados más lejos de la vertical del extremo de la viga desperdiciarían parte de la energía que producen por tirar en ángulo como vemos en la figura A. Pero si pasamos el haz de cuerdas por debajo de un travesaño del armazón y los hombres se distribuyen formando un abanico como en la figura B, la energía no se desperdiciará porque la tracción de la viga seguirá siendo en sentido vertical, pero impulsada por otra que a su vez es horizontal y dando igual el sentido de la misma, o sea, hacia adelante o hacia atrás. Por otro lado, al tirar horizontalmente no solo se requiere menos espacio ya que los operarios, a lo sumo, tendrían que dar solo un paso atrás, sino que las cuerdas podrían ser más largas y cada una podría ocuparse con más de un hombre sin que se estorbasen, lo que sí ocurriría si a una cuerda vertical se le añaden dos ramales: los tiradores estarían tan juntos que apenas podrían moverse con comodidad. 

Pero la tracción horizontal no solo permitiría hacer uso de más personal y, por ende, obtener más energía, sino que el recorrido de la viga sería mayor, cosa que repercutiría positivamente en el alcance ya que el aprovechamiento de dicha energía sería también mayor al estar más tiempo bajo la acción de la misma. Y como más de uno igual no se aclara con esto, pues veamos el gráfico de la derecha. La viga de la que tira la cuerda roja en sentido vertical tiene un recorrido de aproximadamente 62º o poco más hasta que la honda suelte el proyectil. Los tiradores, aunque se agachen hasta dar con el culo en el suelo, no podrán hacer que la viga gire mucho más porque ni las cuerdas dan más de sí ni les queda recorrido para aumentar el radio de giro. Sin embargo, la viga de la que tira la cuerda verde, aunque la tracción sigue siendo en sentido vertical, los que tiran de ella lo hacen horizontalmente (insisto, da igual que sea hacia adelante o hacia atrás) y, al poder aprovechar al máximo el espacio disponible debajo y dentro del armazón, logran un recorrido de unos 94º o más hasta que se produzca la suelta del proyectil, o sea, un tercio superior al giro conseguido con la tracción vertical. ¿Se entiende ahora mejor? Espero que sí, porque no sé cómo explicarlo más claramente. 
En resumen: tracción vertical = menos alcance, tracción horizontal = más alcance, incluso si el fundíbulo es servido por el mismo número de hombres y cargado con proyectiles del mismo peso.

Bien, con esto creo que queda aclarado el origen de este tipo de máquinas, así como su desarrollo en su país de origen. Por mera cuestión de vecindad, los mongoles no tardaron mucho en copiar la tecnología de los plobos guelelos del Celeste Impelio, que rápidamente se pusieron al mismo nivel de estos y, en menor grado, los japoneses si bien el uso del fundíbulo parece que no fue muy popular entre ellos. Posteriormente y a raíz de la expansión de los musulmanes, estos también bebieron largo y tendido de los conocimientos procedentes de China, que a su vez pasaron a Occidente tanto por la invasión a la Península Ibérica en 711 como por la visita de los cruzados a Tierra Santa a finales del siglo XI, donde tuvieron ocasión de llevar a cabo intensos cambios de impresiones a golpe de bolaño entre unos y otros. Pero eso lo dejamos para la próxima, que por hoy ya he tecleado bastante.

En fin, ahí queda eso.

Hale, he dicho

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Ashigaru japoneses durante un asedio en el contexto de la Guerra de Ōnin (1467-1477). Como vemos, los sitiadores están batiendo el interior de una ciudad arrojando bombas de trueno con dos fundíbulos de tracción cuyos servidores tiran de las cuerdas en sentido horizontal y hacia atrás. Obsérvese como la máquina que aparece en segundo término acaba de soltar el proyectil, y el elevado ángulo de giro que se logra cuando se tira de las cuerdas horizontalmente. Por cierto que los japoneses, a pesar de que no fueron especialmente entusiastas con los fundíbulos, fueron los que más tiempo los mantuvieron en uso. Pero de eso ya hablamos en la próxima entrada

miércoles, 7 de octubre de 2020

PARTES DEL CASTILLO: TIPOS DE PUERTAS


Puerta del castillo de Carisbrooke, en la isla de Wight, datada hacia 1335. Como
vemos, independientemente de su vetusta apariencia, salta a la vista que
los carpinteros medievales no se preocupaban mucho de dar un toque de distinción
a las puertas de los recintos militares, donde ante todo primaba la solidez
Sí, las puertas. Hemos dedicado varias entradas a los distintos tipos de puertas, pero nunca hemos hablado de las puertas. Nos referimos a las puertas, o sea, esas cosas de madera que se cerraban con dos fines: uno, que no hubiese corrientes de aire, y dos, que no entrara ni saliera nadie del castillo. Ciertamente, no deja de ser un verdadero despiste propio de mi incurable y caótico anti-sistema de trabajo dar pelos y señales de todas las tipologías de accesos a un castillo y no haya dicho una sola palabra de lo principal: las puertas. Bueno, pues nunca es tarde si la dicha es buena, qué carajo...

Ante todo, conviene aclarar un punto importante: quedan muy muy pocas puertas originales en Europa. La carcoma, el meteoro, los años, los expolios y mil razones más han hecho que se conserven solo unas cuantas, tanto las principales como las que cerraban los vanos en el interior del edificio. Rejas y cancelas hay muchísimas más, como vimos en la entrada que dedicamos a esos chismes, pero gracias a que el hierro es más resistente que los materiales lignarios que, carentes de cualquier tipo de protección en forma de aceitados o pinturas y, por supuesto, de un mantenimiento adecuado, pues se han ido desintegrando poco a poco. No obstante, y guiándonos por los pocos ejemplares que han llegado a nuestros días, así como sus sistemas de fijación a los quicios podemos hacernos una idea bastante aproximada, cuando no exacta, de su forma, las técnicas de construcción empleadas para fabricarlas y, por supuesto, los medios para dejarlas bien cerradas y que no se escapara el gato.

Majestuoso roble con más años que el hilo negro. Las cosas como
son: talar esa maravilla para fabricar una puerta es una cabronadita

Bien, antes de nada conviene hablar del material empleado para la fabricación de puertas, la madera. Obviamente no valía cualquiera. Un portón sólido que debía durar años resistiendo tanto la humedad como la carcoma y los embates de las máquinas enemigas no se podía fabricar con una madera debilucha. Como ya podrán suponer, la ideal era el roble, dura como un cuerno y, tanto o más importante, no ardía con facilidad. Cualquiera que tenga una chimenea en casa habrá visto que, por ejemplo, un tronco de pino, saturado de resina, arde una cosa mala, mientras que uno de encina se pone incandescente y arde con una pequeña llama durante horas. No obstante, en caso de no disponer de roble siempre se podía echar mano de maderas como el nogal, la haya o el castaño, que también daban buenos resultados.

Probos sacavirutas mevievales en plena faena. Su pericia era envidiable,
y eran capaces de desarrollar los diseños más primorosos. Con todo,
si se fijan, las herramientas manuales que usaban eran exactamente
iguales que las actuales
Es tal la dureza de esta madera que, a modo de ejemplo, en mi época de fervoroso tirador de avancarga me fabriqué un mazo iniciador con un cacho de rama de encina de la chimenea, usando como mango un cilindro de aluminio que le embutí. Bien, pues tras miles y miles de martillazos en los que, además de la bala de plomo golpeaba la boca del cañón del arma, no tenía ni una sola marca. Nada. Liso con el culito de un neonato, y eso que era una madera con un secado que ni de lejos se acercaba al considerado por los carpinteros como adecuado para alcanzar el nivel óptimo de uso. Para estos menesteres se recurría a árboles con 200 o 300 años de edad ya que si eran más viejos la madera era propensa a agrietarse y a ser atacada por la carcoma. Los troncos, una vez cortados, se almacenaban en primer lugar en dependencias húmedas para que un secado excesivamente rápido no los deformase o agrietase, siendo posteriormente apilados en almacenes secos y volteados regularmente para evitar alabeos, añadiendo de vez en cuando sesiones de ahumado. Este proceso duraba alrededor de seis años y los troncos, a los que una vez eliminada la corteza y la albura se quedaban en un diámetro de entre 70 y 100 cm., eran aserrados longitudinalmente en cuatro partes de las que el carpintero extraía el material que mejor se adaptaran a cada tarea.

Carpintero sacando una viga de un tronco a golpe
de segur. Aunque parezca inreíble tardaban solo un
rato en completar el trabajo, quedando una
pieza perfectamente escuadrada aunque prácticamente
trabajaban a ojo
En lo referente a las técnicas constructivas al uso en la época, en las puertas para los vanos de un castillo primaba ante todo la solidez antes que la estética, que quedaba preservada para los palacios donde la nobleza y el alto clero se podía dar pisto con los invitados. Sin embargo, un castillo lo que necesitaba era un portón bien gordo, y no lleno de altorrelieves y filigranas. El método básico consistía en alternar dos capas: una externa con los tablones colocados en vertical y otra interna con tablones en horizontal para contrarrestar la veta. Era, por así decirlo, como un contrachapado moderno, pero a lo bestia. Sin embargo, este sistema no solo suponía un gasto enorme de madera, que siempre ha sido muy cara, sino un peso añadido notable. Por ello, se ceñían a fabricar tablones para la cara externa, por lo general de no más de 22 cm. de ancho, y en la trasera montantes y travesaños que, sin restar solidez al conjunto, suponían un importante ahorro de material. Por otro lado, siempre que fuera posible se optaba por darles una forma rectangular ya que las piezas curvadas, aparte de un gasto mayor, obligaba a trabajar una parte de la pieza a contrapelo, que creo es de todos sabido que es un engorro. En fin, ya vemos que no se limitaban a unir tablones, llenarlos de clavos y santas pascuas. Por cierto, ya podemos suponer que los herreros eran importante coadyuvadores en la fabricación de puertas ya que de ellos dependían los cientos de clavos necesarios, así como los goznes, gorrones, cerrojos, etc.

En cuando a los sistemas de ensamblaje, se tiene constancia de varios de ellos que ya eran usados desde tiempos remotos. En la figura A tenemos el más básico: una mortaja transversal donde se ensambla un listón. Como se ve en el plano de sección, los clavos atravesaban las piezas y se doblaban por el reverso para impedir su extracción. Era el mismo sistema que se venía usando en la construcción naval desde hacía siglos. En la figura B podemos apreciar un ensamblaje con doble cola de milano que, sin usar un clavo, proporcionaba una unión extremadamente sólida entre los tablones de una hoja. En la figura C aparece un sistema similar al A, pero que tampoco precisa de clavos porque la mortaja y el listón que las une tienen forma de cola de milano. Solo podrían desmontarse sacando el listón transversal. Finalmente, en D vemos un ensamblaje mediante lengüetas introducidas en mortajas que podían asegurarse con un clavo o una clavija de madera. Al parecer, no era raro que estas uniones se asegurasen con pegamentos.

Bueno, con estos datos ya tenemos una idea de los materiales necesarios para fabricar una puerta como San Portón manda. Pero para colocarla hace falta un vano ya que de otro modo una puerta carece de sentido. Veamos la ilustración de la derecha. En los círculos rojos y amarillos aparecen las gorroneras o ranguas, donde giraban los gorrones que hacían de bisagras. El enorme peso de estas puertas requería un sistema que permitiera que su masa descansara preferentemente sobre el suelo para que no se descabalgaran de su sitio. Por otro lado, era quizás el sistema que facilitaba más el montaje de las hojas, como ya se explicó en su momento. Manejar un portón enorme de más de 300 o 400 kilos en un angosto pasadizo a fuerza de brazo y palancas porque no había sitio para meter un polipasto requería un método para colocar cada hoja en su lugar sin tener que desmontar medio castillo. Recordemos además que estas puertas no eran inmortales, y que a lo largo de su vida operativa requerirían reparaciones, cuando no su sustitución por otras nuevas. En verde vemos los huecos para el alamud, la tranca corrediza que bloqueaba la puerta y que, como vemos, no tienen nada que ver con lo que sale en las películas. Sustituir un alamud roto sí era un problema ya que su longitud era mayor que el hueco del vano, por lo que habría que abrir una regola en el paramento exterior para colocar uno nuevo. O sea, había que llamar al seguro para que mandase a los albañiles, y como los seguros siempre se escaquean pues era un problema gordo. Coñas aparte, si la puerta era de dimensiones más grandes de lo habitual se solían usar dos alamudes o bien recurrir a aldabas y/o cerrojos. En cualquier caso, lo que sí es cierto es que estas puertas no usaban cerraduras, que solo se verían en alacenas, despensas y algunos cerrojos, así que eso del castellano que rinde la fortaleza y entrega las llaves del castillo es un tanto irreal. Ni una sola puerta de paso en un castillo tenía cerraduras, y se cerraban siempre por dentro. Ah, por cierto, alamud es, como salta a la vista, un palabro de origen árabe, concretamente el al-ámüd, la barra. Pero no la de bar, sino la otra.

En la foto de la izquierda tenemos un primer plano de una gorronera superior. Las del suelo era iguales, salvo por el hecho de que quedaban enrasadas con el pavimento. Como vemos, eran simples sillares empotrados en cada esquina del vano y en los que se practicaban sendos orificios cilíndricos para acoger el gorrón. Cuando visiten un castillo, miren en la parte superior de la puerta y verán que, por lo general, ahí siguen tras siglos y siglos rezando porque no aparezca un "arquitecto" dispuesto a "poner en valor", eufemismo muy de moda para decir "perpetrar una infamia" y los sustituyan por bisagras de paleta de acero corten. Las del suelo suelen ser poco visibles, pero no porque las hayan robado, sino porque están tapadas por la tierra. Del mismo modo, tanto en puertas de paso interior como en ventanas también verán gorroneras similares si bien de un tamaño acorde a las hojas que debían sustentar.

Obviamente, el punto flaco de las gorroneras era el orificio que, sometido a un constante roce con el gorrón iba agrandándose cada vez más. En algunos castillos se ven algunos por donde cabría un puño, lo que indica que no usaban un accesorio que los buenos constructores no dejaban atrás. Se trataba, como vemos en el gráfico, de un casquillo de hierro provisto de unas aletas para proteger la piedra del roce del gorrón. Las aletas eran para que el casquillo no girase ya de, de lo contrario, haría el mismo efecto abrasivo en el orificio. Es posible que muchos acabaran desapareciendo a consecuencia del óxido a pesar de que les untaban grasa en cantidad para disminuir el roce y, sobre todo, impedir los siniestros chirridos que siempre son indicio de mal agüero en las noches de luna nueva. Luego, la falta de mantenimiento igual hizo que muchos pasaran de reponer los casquillos desintegrados por el orín, pero bueno, aquí nos movemos en el campo de las conjeturas. Lo ideal sería fabricarlos de bronce, un material inoxidable, pero en aquella época la fundición era mucho más cara que la forja y un herrero se encontraba en cualquier parte, pero un fundidor no. En todo caso, ya saben qué método usaban para impedir un desgaste prematuro en la piedra de las gorroneras, especialmente en las inferiores, que eran las que soportaban el peso de la puerta.

Pero este sistema, aunque sea el más extendido por su incuestionable solidez, no era el único. En puertas de menor peso, como las interiores, o bien porque por su forma o la del pasadizo donde se instalaban no era posible el uso de gorroneras se recurría a los goznes, galicismo tomado del francés gond o gonz, proveniente a su vez del latín bajo
GOMPHVS, que se aplicaba a las piezas articuladas. Básicamente había dos tipos que podemos ver en el gráfico de la izquierda. La pieza A estaba formada por un cilindro unido a una garra que se empotraba en el muro, y la B era la que se fijaba en la puerta mediante clavos. Para unirlas se recurría a un simple pasador. Por razones obvias, la pieza A siempre debía quedar situada debajo para soportar el peso de la puerta. En la parte superior del gráfico vemos otro diseño similar pero, en este caso, difiere la pieza C, que no requiere del perno o pasador ya que está incorporado en la pletina que se une al bastidor de la puerta. 

Por último nos restarían por mencionar las bisagras capuchinas, si bien estas se empleaban solo para postiguillos, contraventanas, alacenas y, en fin, cualquier puerta de poco peso. Estas bisagras aún se ven en viejas casonas y cortijos y tienen, al igual que los demás sistemas mencionados, la ventaja de que permiten desmontar la puerta en un periquete. Constan de dos piezas: la A, en cuyo extremo vemos un cono hueco como un cucurucho de helado puesto al revés y de donde toman el nombre por su apariencia de capucha frailuna, y la B, formada por un cono macizo que entraba en el hueco del cucurucho. Una vez encajadas su aspecto lo vemos en la figura inferior. Se fijaban mediante largos clavos de forja (o sea, no eran redondos, sino de sección cuadrangular) que se clavaban profundamente en la madera. Para afianzar el agarre se les retorcía un poco el extremo, actuando como un rudimentario tornillo. Por cierto, en este caso la pieza B era la que se clavaba en la jamba y la A en la hoja de la puerta. Siempre, recordémoslo, queda por encima la pieza que va unida a la puerta.

Bien, ya sabemos cómo se fijaban las puertas a los vanos pero, ¿cuáles eran sus dimensiones? Las puertas principales eran por norma de dos hojas, prevaleciendo la altura sobre la anchura por una sencilla razón: lo angosto es más fácil de defender que lo extenso. La altura es irrelevante en ese sentido, y siempre podría facilitar el acceso de vehículos que, aunque de poca anchura entre ejes, podían acumular sobre ellos bastantes bultos que contenían bastimentos, víveres, etc. Y si el castillo estaba situado en un lugar donde era imposible el acceso de carromatos, pues bastaba con que la puerta tuviera el espacio necesario para el paso de acémilas con angarillas en las que transportaban lo necesario. Aquí ni siquiera importaba la altura ya que los jinetes se agachaban sobre la montura al entrar o incluso se apeaban y santas pascuas. En las fotos tenemos dos ejemplos que muestran ambos casos: a la izquierda vemos la puerta de acceso del castillo de Santa Olalla, en Huelva, construido a finales del siglo XIII. Como vemos, muestra un vano razonablemente amplio ya que hasta él podían acceder carros para suministrar a la guarnición. Este castillo, construido por orden de Sancho IV, era más un centro de control policial de la comarca que un castillo destinado a defender el territorio ya que, de hecho, se edificó para acabar con los malhechores que infestaban la Vía de la Plata. El de la derecha es todo lo opuesto. Pertenece al castillo de Olvera, en Cádiz, y aparte de estar emplazado en un elevado risco que hace imposible subir incluso a acémilas, su angosto acceso hacía mucho más fácil la defensa de una fortificación enclavada durante décadas en una zona extremadamente conflictiva, la Banda Morisca.

El extremo a lo dicho en el párrafo anterior lo tenemos en las puertas de las cercas urbanas y los postigos y puertas de escape, que precisaban de puertas muy distintas. En la foto de la izquierda vemos el postigo del castillo de Cumbres Mayores (Huelva) que, como era habitual, se encuentra muy bien disimulado entre una torre y un muro avanzado. Es una puerta que solo permite el paso de un hombre y, como se comentó en su día, en caso de asedio eran rápidamente tapiadas para impedir que los enemigos la vulnerasen por ser mucho más débil, o bien que un cuñado alevoso la abriera para dar paso a los invasores. Todo lo opuesto eran las puertas de las cercas urbanas como la que vemos a la derecha, perteneciente al Alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. Obsérvese que, además de una anchura superior, el vano tiene una altura de varios metros para facilitar el paso de cualquier artefacto o vehículo con una carga muy especial. Como dato curioso, si se fijan en las partes inferiores de las jambas verán que en su día fueron agrandadas para permitir el paso de vehículos modernos al casco antiguo de la ciudad, que tendría muchos problemas con las furgonetas y camiones de reparto.

Finalmente, veamos las puertas interiores. En este caso, y por sistema, hablamos de vanos angostos y de poca altura que, en algunos casos. incluso obligan a agachar la cabeza para pasar. Los motivos para construirlos así ya los sabemos: solo permitían atacar de uno en uno si los asaltantes lograban introducirse en el castillo, y las torres y demás dependencias se convertían en el último reducto defensivo. Eran puertas de una sola hoja con sus correspondientes gorroneras que casi siempre se pueden ver a ambos lados de los vanos, o bien eran montadas con goznes. La de la izquierda se puede ver en una de las puertas en recodo de la cerca urbana de Niebla (Huelva), y daba paso a la cámara superior de la misma, donde los defensores podían hostigar a los asaltantes a través de la buhera que se abre en la bóveda. La otra es una de las puertas de la torre del homenaje del castillo de Las Aguzaderas, en El Coronil. Como vemos, en ambos casos son vanos en los que un hombre medianamente fortachón tiene que entrar un poco de lado, y derribarlas era prácticamente imposible. 

Bueno, con todo lo dicho no creo que queden dudas sobre el cómo y el por qué de las puertas, así que veamos algunos ejemplos prácticos porque, como digo siempre, un dibujito chulo vale por diez filípicas interminables.

A la derecha vemos el que sería el tipo más común. Se trata de una puerta de doble hoja sustentada mediante gorrones. La parte exterior la forma un tablazón en sentido vertical montado sobre un bastidor con travesaños intercalados con largueros, formando un enrejado. Todas las puertas de este tipo de edificios carecían de batientes, o sea, se instalaban directamente sobre el vano de las formas que ya hemos visto. La estructura de la cara interna aumenta de forma notable la solidez del conjunto sin añadir un peso extra excesivo que, de no ser así, podría acercarse e incluso superar la tonelada en una puerta de buen tamaño. En una de las hojas vemos un postigo asegurado mediante dos cerrojos. Estos postigos eran habituales para el tránsito de personas sin necesidad de abrir la puerta. El conjunto lo cierra un alamud, que era lo normal en una puerta de esas dimensiones si bien en caso de asedio se reforzaban con puntales. También podría tener uno o dos cerrojos para reforzar las partes superior e inferior de la unión entre las dos hojas.

Aunque el sistema más habitual y que veremos casi en la totalidad de la fortificaciones que visitemos es el alamud corredizo, hubo alguno que otro más que no gozaron de tanta difusión, bien por lo engorroso de su manejo, bien por resultar una complicación añadida a la fabricación de la puerta. A la izquierda vemos una tranca basculante que, fijada a una de las hojas, giraba hasta quedar encastrada en las mortajas abiertas en los laterales de mampostería o sillería del vano. Este método es citado por Viollet-le-Duc, pero sin mencionar en qué edificio o edificios lo vio por lo que solo podría reconocerse, caso de dar con una puerta así, por las mortajas donde encajaba la tranca. Sea como fuere, lo cierto es que aportaba más problemas que ventajas. En primer lugar, carecía de la resistencia del alamud convencional, que era introducido un buen tramo en los muros y, como afirma Mora-Figueroa, el peso añadido de la tranca hacía susceptible de descabalgar la hoja donde estuviera montada, dificultando la apertura y/o el cierre de la puerta. 

Recordemos que las hojas debían encajar con facilidad porque pretender forzar un portón de varios cientos de kilos no debía ser ni fácil ni recomendable para no provocarse una hernia chunga. En todo caso, ahí queda constancia de este sistema que, por otro lado, sí se puede ver en algunas fortificaciones pirobalísticas, pero fabricados de hierro como el que vemos a la derecha, que se conserva en el fuerte de Gracia, en Portugal. En esta majestuosa fortificación aún perduran las trancas originales del siglo XVIII que, como se aprecia en la foto, eran mucho más livianas que una viga de madera pero, al mismo tiempo, mucho más resistentes. En el extremo izquierdo de la tranca se puede ver que pende una pletina que se encaja en una cerradura para que nadie la abriera por la cara, que siempre ha habido mucho golfo en las guarniciones militares deseando irse de picos pardos.

En esta otra foto podemos ver con más detalle este tipo de cierre, también del mismo fuerte aunque perteneciente a la puerta del reducto central. Se trata de una gruesa y pesada barra de hierro que gira en el centro de la hoja y que, en vez de con una cerradura, se aseguraba mediante un candado. Para conseguir un cierre más sólido, la hoja derecha tiene montada una falleba como las que aún se usan en los balcones de las casas particulares, pero de dimensiones acordes al enorme portón. De ese modo, además de quedar cerrada por los lados, la puerta era asegurada por los extremos verticales. Obviamente, en este tipo de puertas el alamud medieval ya era historia.

El otro sistema de cierre era mediante un alamud fijado en una de las hojas. O sea, no era corredizo. Se conserva uno original en el castillo de Carisbrooke y otro en la Puerta Narbonnaise de Carcassonne, si bien imagino que esta última no es la original, sino procedente de la restauración de Viollet-le-Duc. Con todo, y a la vista del rigor que solía guiar a este probo ciudadano, cabe suponer que se trata de una réplica fiel a la original. Como vemos en la foto, de la hoja izquierda sobresale la viga que, cuando la puerta se abre, queda alojada en una mortaja labrada en el lateral del pasadizo para permitir una apertura total. En este caso, al igual que el que hemos visto de la tranca basculante, añadía un peso extra a la puerta que posiblemente causaría más de un problema. En todo caso, el cierre se efectuaba encastrando el extremo derecho del alamud en una lengüeta, argolla o similar fijada al muro, asegurando la viga mediante un simple pasador de hierro que la dejaría completamente bloqueada.

En este grabado podemos ver la Puerta Narbonnaise antes mencionada, y donde se aprecia con más claridad el sistema de bloqueo. Como vemos, el extremo de la viga tiene una acanaladura que encaja en una de las argollas que se ven en el muro de la derecha. De una de ellas pende un pasador unido a la misma con una cadena, y que se introduciría por la viga y la argolla para bloquearlas. En el paramento izquierdo se ve claramente la mortaja destinada a dar cabida al alamud cuando se abre la puerta y, como algo excepcional, e intuyo que de cosecha propia de Viollet-le-Duc, dos cerrojos verticales, uno en la hoja izquierda hacia arriba y otro en la derecha hacia abajo. Ignoro si se colocaron basándose en pruebas contundentes, porque el tacón de piedra central tenía ante todo la misión de impedir que la puerta se venciera por el peso, y habría que ver de cerca dónde se alojaría el cerrojo superior pero, en fin, le daremos a este hombre el beneficio de la duda aunque no sería raro que dichos cerrojos procedieran de alguna reforma posterior a la Edad Media

En esta otra ilustración mostramos una puerta provista de dos alamudes y un cerrojo que, en este caso, sí podía asegurarse con una cerradura. A la derecha vemos un sistema bastante eficaz para prevenir sorpresas en caso de asedio, el tablacho tapiador. Consistía en una barrera formada por gruesos tablones encajados en dos acanaladuras situadas a ambos lados del pasadizo y a una determinada distancia de la puerta. El espacio libre se llenaba de tierra mezclada con cascotes y se colmataba bien. Esto permitía asegurar la puerta con más rapidez que el tapiado que se llevaba a cabo en los postigos y, del mismo modo, hacía más fácil su eliminación cuando pasase el peligro o hubiese que optar por la rendición tras dos semanas comiendo suelas de botas y bebiendo orines. Además, la masa de tierra amortiguaba los efectos de los arietes, caso de usarlos el enemigo.

Otra forma de lograr una estructura muy sólida sin necesidad de aumentar el peso de la puerta era instalar por la parte trasera una estructura de panal similar a una celosía. La hemos recreado en una puerta ojival para que se aprecie claramente la disposición de los goznes, más habituales en este tipo de puertas porque el arco hacía más complicada la instalación de los gorrones. Ese entramado enteramente claveteado a los tablones de la cara exterior, formaban un conjunto de una robustez de primera clase ya que se contraponía el sentido de la veta en toda su extensión, a lo que habría que añadir el de la parte externa. Por lo demás, al igual que las anteriores le hemos plantado su alamud y, de regalo, un lustroso cerrojo. El postigo, que también tenía su entramado, está unido a la puerta mediante goznes y cerrado con un par de cerrojos. Esta recreación está basada en la puerta del castillo de Carisbrooke, que además está reforzada por varios flejes de hierro.

Pero el mayor peligro para las puertas no eran los arietes, sino el fuego. En muchas ocasiones, la situación de la puerta impedía adosarle máquinas de batir, aparte de que, como se ha hablado en otras ocasiones, al ser una zona muy bien defendida se optaba por abrir una brecha en la muralla. No obstante, una buena andanada de faláricas siempre era una amenaza a tener en cuenta, por lo que muchos optaban por blindar la puerta con chapas de hierro o bronce tal como en la ilustración de la derecha. Como vemos, el blindaje lo conforman tiras metálicas clavadas sobre la cara exterior y que se solapan para impedir que entre el agua y haga estragos tanto en el hierro como en la madera. Obsérvese que en la parte superior del postigo también se ha añadido una pequeña visera con el mismo fin. En España se conserva una puerta de este tipo con su blindaje original en el castillo de La Calahorra, en Granada.

Otra forma de prevenir los efectos del fuego era el encorado, o sea, un revestimiento de cuero que impediría o retardaría la acción de cualquier ingenio incendiario. Una observación: recordemos que muchos castillos disponían de buzones matafuegos para eliminar de inmediato cualquier conato de incendio. Como ya podrán imaginar, no ha llegado a nuestros días ninguna puerta de este tipo, así que hemos echado mano a la imaginación para recrear cómo podría ser una de ellas. En este caso, hemos reforzado el revestimiento con láminas de metal y una abundante clavazón para mantener el cuero bien fijado a la madera ya que el paso del tiempo, la lluvia y el calor lo dilatarían y contraerían constantemente. Este sistema, aunque barato y razonablemente eficaz, no debía ser muy resistente y necesitaría un mantenimiento bastante regular. Es posible incluso que se recurriera a un encorado de circunstancias, como se hacía con las tortugas, bastidas y demás máquinas de aproche. Es decir, ante la perspectiva de recibir visitas non gratas, rápidamente echaban mano de un montón de pieles crudas y la clavaban hasta cubrir la totalidad de la puerta, y cuando las visitas se largaban en buena hora se quitaban y sanseacabó.

Un sistema para evitar que un grupo de héroes les diese por echar mano a un tronco e intentar derribar la puerta es el que vemos a la derecha, donde hemos reconstruido la puerta del castillo de Pedraza, en Segovia. Esa puerta, erizada de petos piramidales de hierro, haría que cada vez que se golpeaba en ella el extremo del tronco se clavaría, teniendo que tirar de él una y otra vez mientras que los golpes lo irían desmenuzándolo poco a poco. Eso sí, si la puerta era golpeada con un ariete provisto de cabeza metálica los petos no servían de nada. Como curiosidad, en la India sí era habitual dotar a las puertas de una hilera de largas puntas formando una franja más o menos ancha en el centro de la misma, pero en esos casos no era para fastidiar arietes, sino la testuz de los elefantes que usaban para empujar las puertas y echarlas abajo aprovechando la descomunal fuerza de esos animalitos. Francamente, siempre he pensado que esta puerta, de la que no hay otra igual en España, estaba concebida para ejercer un efecto disuasorio más que real porque, lo repito una vez más, las puertas eran por lo general el último sitio en el que se concentraban los ataques de los enemigos, más preocupados por echar abajo un tramo de muralla a golpe de ariete o bolaño, cavar una mina o tomarla por asalto. Por cierto, acabo de caer en que ni un solo cuñado del planeta se atrevería a llamar a una puerta así so pena de dejarse los nudillos convertidos en comida para gatos, así que tomen nota de la idea.

Y por añadir una más, en esta otra ilustración recreamos una puerta reforzada con flejes de hierro. Es un sistema que se conserva en algún castillo foráneo y que, como vemos, consistía en revestir ambas hojas con un entramado a base de pletinas de hierro embutidas en la madera. Como es obvio, la solidez del conjunto aumentaría de forma muy notable, pero con el inconveniente de que, en caso de necesitar reponer uno de los tablones, había que desmontarlo, hacerle las mortajas al nuevo y volverlo a clavar. En fotos antiguas de algunas puertas de época se observa que, casi por sistema, se optaba más por parchear de mala manera que por llevar a cabo una reparación decente, y se ven partes con un añadido tras otro encima hasta el extremo de dar la impresión de que dándole dos patadas se desintegraría. Sea como fuere, lo cierto es que cuando los castillos que montaban estas puertas fueron abandonados no tardarían mucho en ser víctimas de expoliadores en busca de materiales caros como las rejas, la madera y todas las guarniciones de hierro que pudieran pillar. 

Bueno, con estos ejemplos ya nos hemos ilustrado de cómo eran las puertas de los castillos que, según vemos, no tienen mucho que ver con las burdas réplicas que se fabrican actualmente para reponer las originales. Veamos para terminar las puertas de una sola hoja válidas para interior o para postigos y demás salidas secretas por si se presentaba la familia política sin avisar.

A la derecha vemos en primer lugar la más habitual, una puerta rectangular aunque el vano tuviese un arco apuntado, de medio punto, quebrado o de cualquier tipo. La bóveda interior, mucho más alta, permitía usar una puerta de ese tipo de forma que ocultaba la totalidad del hueco a cubrir. Para asegurarla la hemos dotado de un pequeño alamud y una aldaba si bien también podría tener cerrojos. También se le ha añadido una pequeña aspillera triangular para, caso de ver la torre invadida por los enemigos, poder hostigarlos y vigilar sus movimientos. La siguiente es una puerta de hoja con arco apuntado. 
Estas puertas solían estar embutidas en un rebaje practicado en el vano de forma que por fuera quedaban enrasadas con el muro. Por ese motivo, el larguero donde se colocaban los gorrones debía sobresalir por su parte superior ya que de lo contrario no podría abrirse la puerta. De hecho, para este tipo era más viable el uso de goznes, como vimos anteriormente ya que facilitaban el montaje y, por su menor peso, podían resistir sin problemas. En cuanto a los cierres, pues los habituales. No había mucho donde elegir, pero lo cierto es que los huecos para los alamudes los he visto hasta en las letrinas, imagino que para usarlas de escondite en caso de ser asaltados porque para preservar la intimidad bastaría un pequeño cerrojo. 

Por cierto que, en algunos casos, los alamudes de estas puertas menores no se corrían de un lado a otro, sino que eran introducidos por unos rebajes practicados en el muro del pasadizo. O sea, no estaban permanentemente embutidos en el muro, sino que se colocaban según la necesidad tal como vemos en la foto de la izquierda. Sombreado en rojo podemos ver los rebajes hechos en la piedra para deslizar los alamudes. En el lado opuesto hay dos huecos de escasos centímetros de profundidad donde se introducían en primer lugar. Luego se encajaban en los rebajes de la foto y se deslizaban hasta su posición correcta. En la ilustración hemos recreado una poterna en la que también se ha marcado de rojo uno de estos rebajes para que podamos verlo con más claridad. Este sistema, aunque menos sólido que el alamud convencional, tenía la ventaja de que, en caso de deterioro, no había que hacer una obra en toda regla para sustituirlo, sino simplemente tirarlo y fabricar uno nuevo ya que cuando la puerta permanecía abierta el alamud era un simple palo cuadrado apoyado contra la pared como una escoba.

Bueno, con esto terminamos por hoy. Cuando visiten un castillo y, como por desgracia es habitual, lo vean despojados de toda su carpintería, al menos podrán cerrar los ojos un instante e imaginar cómo serían las puertas que lo cerraban. Antes de concluir, una aclaración: salvo las recreaciones basadas en ejemplares que aún subsisten a duras penas, las demás están inspiradas en descripciones y en las técnicas al uso en la época. Como ya podrán imaginar, había tantos diseños como castillos, y aquí nos hemos centrado ante todo en tipologías habituales en lo tocante a su solidez y no en los diferentes tipos de tachones, añadidos decorativos o si el alamud era todo de madera o tenía refuerzos de hierro, porque es simplemente imposible de saber cómo eran en cada caso. De hecho, en los ejemplares que se conservan se puede ver claramente la cantidad de modificaciones que han sufrido a lo largo del tiempo, y es frecuente que la datación varíe hasta en un siglo arriba o abajo. 
Para terminar, dejo la cara interior de la puerta del castillo de Durham, un ejemplar en un estado más que aceptable que muestra un montaje sobre goznes y un curioso cerrojo que cierra al revés, o sea, entrando en el lateral del muro. Como podemos comprobar, la creatividad de los que diseñaban y fabricaban estas puertas era notable.

En fin, s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

Puertas de carros y peatonal del castillo de Vila Viçosa, en Portugal. No son las originales, pero no
me digan que el conjunto no es chulísimo de la muerte. Es una pena que no repongan el puente
de la puerta de carros porque el efecto sería suntuario