Pseudo-apocalipsis a pequeña escala y en formato económico
Ante todo, hay un detalle que debe quedar bien claro: el padrecito Iósif no sabía tocar el órgano. Más aún, durante su estancia en el seminario de Tiflis no solo no aprendió a tocarlo, sino que se convirtió en un marxista irredento. Además, la música sacra ortodoxa no hace uso de ese instrumento, de modo que dudo que alguna vez estuviera cerca de uno de ellos. Para los que lo desconozcan el mote de Stalinorgel lo crearon los tedescos debido a la semejanza de los lanzadores con los tubos de los órganos, así como por el siseante y siniestro silbido que emitían cuando se disparaban. Aclarado este sutil detalle semántico, procedamos:
Ya en su día dedicamos algún que otro artículo a los cohetes Congreve y su uso tanto terrestre como naval a principios del siglo XIX. Por otro lado, ya sabemos que estos chismes eran usados por los chinos hace la torta de años para sus masacres, así que hablamos de un arma con siglos de antigüedad. Solo el perfeccionamiento de la artillería en lo referente al alcance y, sobre todo, a la precisión, envió al baúl de los recuerdos a un arma en apariencia tan prometedora. Sin embargo, y a pesar del atraso endémico en lo tocante a tecnología por aquella época, Rusia introdujo estas armas en su arsenal en 1827, dándoles un extenso uso durante la Guerra Ruso-Turca entre 1828 y 1829, llegando a producir un lanzador remolcable para seis proyectiles. Sin embargo, como hemos dicho, el imparable avance de la artillería convencional relegó al olvido a los cohetes, que se vieron limitados a su uso como bengalas y permanecieron en estado latente unos añillos hasta que, curiosamente, fueron resucitados por los mismos rusos.
V. A. Artemiev (1885-1962) y N. K. Tichomírov (1859-1930)
El resucitador fue Vladímir Andréevich Artemiev , que ya en 1908 y con apenas 23 años andaba investigando con cohetes de bengalas en la fortaleza de Brest-Litovsk. Este probo ingeniero fue enviado en 1919 al Laboratorio de Dinámica de Gases (Gazodinamicheskoy laboratorii para el que quiera fardar ante sus cuñados), donde se puso en contacto con otro sesudo cohetero, Nikolái Ivánovich Tichomírov, con la intención de desarrollar cohetes de combustible sólido. La solución vino de la mano del por aquel entonces coronel Ivan Platonovich Grave, que en 1916 había inventado un propelente a base de polvo de piroxilina mezclado con trinitrotolueno, lo que daba como resultado una combustión potente y estable. La patente le fue confirmada en 1924 y consistía en barras compactadas de 70 mm. de diámetro que fueron fabricadas en la Fábrica de Pólvora de Shlisselburg. Hasta aquel momento se había usado como propulsor pólvora negra, pero su rendimiento era obviamente muy inferior al del nuevo compuesto. Este se probó por primera vez el 3 de marzo de 1928 tras haber pasado tropocientas pruebas hasta dar con las proporciones adecuadas, alcanzando el cohete una distancia de 1.300 metros. Este chisme fue la base de partida para la posterior creación de los cohetes disparados por los dichosos órganos.
G. E. Langemák (1898-1938)
Pero encontrar el propulsor adecuado era solo parte del problema porque, en realidad, lo que aún estaba por solucionar era la forma de dar al proyectil la estabilidad y la precisión adecuadas. Recordemos que los cohetes de Congreve usaban una simple varilla como estabilizador, y que no fue hasta 1844 cuando William Hale desarrolló una pieza helicoidal que hacía girar el cohete, pero la precisión obtenida no se consideraba la idónea para un arma moderna. Artemiev se dedicó a ir probando sistemas de guiado, lo que le llevó varios años de investigación porque hasta mediados de 1933 no pudo probar algo con un éxito aceptable. Se experimentó con dos diseños, el RS-82 y el RS-132 (RS = Rakietnyi Snariad, misil cohete, para los que insistan en fardar ante sus cuñados), de 82 y 132 mm. de calibre y provistos de estabilizadores de aletas con los que obtuvo una trayectoria razonablemente precisa a distancias comprendidas entre los cinco y seis mil metros, si bien estaban muy lejos de la precisión de cualquier pieza de artillería. En este diseño participó Geórgi Érijovich Langemák, un ingeniero militar de origen alemán de los más cercanos a Artemiev que, cómo no, acabó sus días víctima de la purga de 1937 con la que el psicótico padrecito Iósif eliminó de un plumazo a la mayoría del personal que tenía más de dos dedos de frente. De hecho, aunque el desarrollo del proyecto inicial era de Artemiev, Langemák es considerado como el padre del órgano staliniano que, en realidad, en Rusia era conocido de forma mayoritaria como Katyusha (Катюша en cirílico, por si aún no se han quedado contentos y quieren seguir chinchando a sus cuñados), aunque del origen del mote ya hablaremos al final del artículo.
Fuego de saturación producido por una salva de Katyusha. Al impactar sobre una zona relativamente pequeña, sus efectos eran demoledores
Bien, en vista de que de momento no era posible obtener una precisión que permitiese que un cohete acertara en el objetivo como el proyectil de un cañón, se optó por la posibilidad de hacer fuego mediante salvas, o sea, disparando al unísono mogollón de cohetes para batir una determinada zona. Es lo que se conoce como fuego de saturación. Para los que nunca hayan oído ese término, el fuego de saturación es un concepto por el que un área relativamente pequeña es sometida a un bombardeo breve, pero de una intensidad devastadora que la artillería convencional no puede alcanzar. Pongamos un ejemplo: los informes del frente nos dicen que en tal zona el enemigo ha concentrado un regimiento entero para iniciar una ofensiva.
Y estas eran las herramientas para lograr la saturación. Mientras que un cañón convencional podía disparar un proyectil cada cinco o diez segundos, un Katyusha disparaba una docena o más- dependiendo del modelo- en el mismo tiempo
Si abrimos fuego con la artillería disponible, imaginemos que una docena de bocas de fuego con una cadencia de tiro de seis proyectiles por minuto, implicaría que en cinco minutos de bombardeo caerían sobre el enemigo 360 proyectiles. Obviamente, las tropas enemigas no se iban a quedar como pasmarotes esperando a ser machacados, sino que nada más oírse el silbido de la primera andanada saldrían corriendo como conejos en busca de refugio. Esa primera andanada sería lógicamente la más efectiva, mientras que las restantes pillarían a la mayor parte del personal a cubierto, pudiendo salir razonablemente indemnes del susto. Sin embargo, una batería formada por 12 lanzacohetes con capacidad para 24 proyectiles, solo en la primera salva dejaría caer sobre las atribuladas cabezas de los enemigos 288 cohetes de golpe. Y si los lanzadores eran de 48 cohetes, la cifra se elevaría al doble: 576 proyectiles de una tacada y sin que a los pardillos de turno les de tiempo a buscar un hoyo donde meterse. Y no solo produciría gran cantidad de bajas, sino que una parte importante de su material también sería destruido sin posibilidad de ponerlo a salvo. En resumen, es un concepto táctico tan eficaz que hoy día sigue totalmente vigente, y no hay guerra en la que no hagan acto de presencia vehículos provistos de lanzadores que, eso sí, están armados con cohetes mucho más potentes y precisos que los usados por los rusos si bien no son raros de ver en algunos de los interminables conflictos de Oriente Medio lanzadores de la época soviética que aún siguen operativos.
Bien, estos son los antecedentes del Katyusha que, en puridad, fue el cohete en sí ya que el soporte para los lanzadores no fue el mismo a lo largo de su vida operativa. Se recurrió a camiones rusos, así como a americanos obtenidos gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo, chasis de carros de combate, trineos, trenes blindados, vehículos sobre orugas e incluso se instalaron en barcos, pero de la amplia variedad de medios sobre los que funcionaron estos chismes hablaremos con detalle en otra ocasión para no alargarnos demasiado. De hecho, incluso se llegaban a disparar cohetes sustentados sobre bastidores colocados directamente sobre el suelo, e incluso simplemente dentro de un armazón colocado dentro de un hoyo que les permitiera orientarlos en dirección a donde en teoría estaba el enemigo. Un alarde de tecnología, vaya... Con todo, su uso masivo- el fuego de saturación, ya saben- los hizo bastante eficaces, y donde caían solo quedaba una extensión de terreno calcinada y los restos achatarrados de los vehículos que hubiese en el mismo aparte de cachos dispersos del personal a los que no dio tiempo de escabullirse. En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo del variopinto uso que se podía dar a estos artefactos: dos guripas soviéticos ocultos tras unas ruinas se disponen a lanzar un M-31 de 300 mm. colocado dentro de un armazón (metálico o de madera) sustentado sobre unos ladrillos.
Ferviente hija del padrecito Iosif instalando cohetes RS-82 bajo las alas de un avión. Obsérvense las peculiares hélices para el armado de las espoletas
En cuanto a la vida operativa de estos cohetes, curiosamente no comenzó sobre los lanzadores que estamos hartos de ver en fotos, sino instalados en aviones. Su estreno en una acción de guerra tuvo lugar en el río Jaljin Gol, que marcaba los límites de China con la URSS, durante un breve conflicto con los honolables guelelos del mikado entre mayo y septiembre de 1939 por cuestiones fronterizas entre la república soviética de Mongolia y las tropas japonesas que ocupaban Manchuria. En esta ocasión se armaron inicialmente en los Polikarpov I-16 de una escuadrilla de cinco aparatos al mando del capitán Nikolái Ivánovich Zvonarev, agregada al 22º Rgto. de Cazas del mayor Grigory Panteelevich Kravchenko, instalándose bajo las alas ocho raíles (4 en cada ala) para otros tantos cohetes RS-82. Además, no fueron usaros como armamento aire-tierra, sino para abatir aviones enemigos.
I-16 armado con ocho cohetes RS-82
N. I. Zvonarev (1911-1986)
El grupo de Zvonarev, que actuó entre los días 19 de agosto y 16 de septiembre, realizó 85 salidas, participando en 14 acciones de combate en las que lograron alcanzar 13 victorias, las cuales se debieron principalmente a que atacaron formaciones cerradas de aparatos nipones, lo que facilitó su derribo ya que la precisión de los RS-82 estaba aún un poco lejos de la de un Sidewinder. Bueno, no nos engaños, el RS-82 estaba en el neolítico cohetero aire-aire, pero al menos tuvieron la primicia. Ojo, ya en la Gran Guerra se habían empleado contra dirigibles y globos de observación, pero obviamente estos artefactos eran un poco más grandes que un caza japonés, el primero de ellos muy lento, y el segundo totalmente estático, así que tampoco había que tener un prodigio de precisión para acertarles. En cualquier caso, el padrecito Iósif, celoso de que la existencia y, sobre todo, los detalles de esta nueva arma cayeran en manos enemigas, ordenó que todo lo concerniente a su manejo y uso fuera llevado con el máximo secreto, hasta el extremo de que los pilotos que tomaron parte en la escuadrilla de Zvonarev eran miembros especialmente seleccionados del NKVD cuya fidelidad al padrecito Iósif y al partido estaba por encima de cualquier comentario.
G. I. Kravchenko (1912-1943)
Los mentados pilotos fueron, (por si aún desean hundir más en la miseria a sus cuñados) los tenientes I. Mikhailenko, S. Pimenov, V. Fedosov y T. Tkachenko. Más aún, ante el temor que de alguno de los I-16 fuera derribado y cayese en manos enemigas, Kravchenko había recibido la orden, que a su vez transmitió a Zvonarev, de que bajo ningún concepto se involucraran en combates aéreos contra los aparatos de los honolables guelelos del mikado, superiores en velocidad y armamento. Por lo tanto, su misión era localizar al enemigo, abalanzarse contra ellos, dispararles la salva de cohetes a una distancia de entre 1.500/850 metros aproximadamente y salir echando leches antes de que los nipones se recuperasen del susto. Por cierto que el uso de cohetes aire-tierra se propaló de forma increíble durante la 2ª Guerra Mundial. En el caso de los yankees, hicieron gran uso de ellos desde sus cazas Corsair y Mustang principalmente para ataques a tierra, y los tedescos perpetraron fastuosas escabechinas con los R4M que armaban los Me-262, con los que derribaron cantidad de bombarderos B-17. En fin, ya sabemos que el uso de cohetes aire-aire y aire-tierra son actualmente la principal arma de que disponen los aviones modernos para hacer la puñeta al enemigo, ya vaya volando o dándose un paseo por una carretera.
Vista trasera de un ZIS-5 con el lanzador cargado
Con todo, y a pesar de que la escuadrilla de Zvonarev salió de aquella guerrita indemne y con varios derribos en su haber, lo cierto es que fueron necesarios una media de 24 cohetes por derribo, lo que no se puede decir que fuese especialmente rentable cuando se podía lograr lo mismo con un par de docenas de cartuchos de ametralladora que costaban bastante menos dinero, así que estaba claro que el verdadero potencial de estas armas era como cohete tierra-tierra. De forma paralela a su uso como arma aire-aire, en octubre de 1938 y bajo la dirección del Instituto de Innovación para Propulsión a Chorro Nº 3 (Reaktivnyy nauchno-issledovatel'skiy institut, Реактивный научно-исследовательский институт en cirílico y más conocido por sus siglas РНИИ3 y a partir de 1937 НИИ3 (NII3), por si les apetece impulsar a sus cuñados a una autolisis definitiva) se creó un prototipo de lanzador instalado sobre el chasis de un camión ZIS-5, un vehículo de 3 Tm. y dos ejes de diseño moderno ya que su producción había comenzado en 1933. El lanzador consistía en un bastidor colocado de forma transversal, mirando hacia el lado derecho del vehículo para que los chorros de fuego no afectaran la cabina del camión si bien la ventanilla del copiloto estaba provista de una chapa de blindaje. Sobre dicho bastidor iban 24 raíles que permitirían disparar una salva de otros tantos cohetes del modelo M-13 de 132 mm. El M-13 era un modelo derivado del RS-132 con una carga explosiva de 4'9 kilos, y tenía un alcance de unos 8-8'5 km. aproximadamente.
Vista lateral del MU-1 sobre un ZIS-6. En el extremo de la caja se aprecia el mecanismo para regular el ángulo de tiro, así como la ventanilla blindada
Sin embargo, este prototipo salió un churro por varios motivos. En primer lugar, los lanzadores eran el mismo modelo usado en los aviones, por lo que la carga de los cohetes se efectuaba por la parte delantera de los mismos, lo que retrasaba enormemente el proceso. Por otro lado, la posición fija del lanzador obligaba a apuntar moviendo el camión hasta situarlo en una posición más o menos aproximada hacia el objetivo y, finalmente, la escasa sustentación que ofrecía daba como resultado un churro de precisión. Además, la elevada temperatura que alcanzaban los chorros de los cohetes, entre los 1.100-1.200º, dañaba al vehículo, especialmente a los neumáticos traseros que recibían la primera llamarada de lleno. En vista del éxito obtenido, cambiaron de vehículo, usando un ZIS-6 de tres ejes con un lanzador de 24 raíles, pero dando unos resultados igual de pésimos porque, en realidad, el problema estaba en la posición del lanzador, no en la plataforma que lo sustentaba. No obstante, a esta versión se le añadió un mecanismo para regular el ángulo de tiro vertical que demás permitía un pequeño giro horizontal lo que, aunque ya suponía un adelanto, no solucionaba el problema. Este prototipo recibió el nombre de MU-1 (МУ-1, механизированная установка, mekhanizirovannaya ustanovka = instalación mecanizada nº 1).
En vista de que el MU-1 resultó un fiasco, estaba claro que había que ver la forma de diseñar un MU-2 que funcionase si no querían acabar todos metidos en un vagón de ganado camino de un gulag en el quinto pino, así que se pusieron las pilas y vieron que solo había que cambiar la posición del lanzador, colocándolo en sentido longitudinal al vehículo. Al disponer de menos espacio a lo ancho hubo que reducir el número de raíles del lanzador a ocho, si bien para compensarlo en cada raíl se podían colocar dos cohetes, uno arriba y otro abajo. El bastidor sobre el que reposaban era una estructura un poco más compleja a base de tubos con una capacidad de giro horizontal de 10º a cada lado (20º en total), y la elevación vertical podía regularse entre los 15º y 45º, lo que permitía un alcance mínimo de 3 km. y un máximo de 9 km. En el gráfico de la derecha vemos el mecanismo de elevación (fig. A) y el horizontal (fig. B) mediante un tornillo sin fin. Además, se acopló en el lado izquierdo del bastidor un visor de artillería convencional, por lo que ya no era preciso estar una hora maniobrando el camión hasta colocarlo más o menos mirando al objetivo. Con estas mejoras solo había que situarlo en dirección al blanco, ajustando la puntería moviendo el lanzador hacia donde fuera preciso.
También se añadieron dos gatos hidráulicos en la parte trasera de la caja para proporcionar una base estable en el momento del disparo que, como veremos a continuación, no se producía mediante una salva simultánea, sino con un intervalo de medio segundo. Así mismo, la puesta en batería se acortaba de forma notable, requiriendo solo entre 5 y 1o minutos, siendo el tiempo de carga de otros 5 minutos más. Para completar la lista de mejoras, como la nueva disposición del lanzador haría que las llamaradas de los cohetes dieran de lleno en la cabina, se instalaron chapas sujetas mediante bisagras para poder bajarlas cuando se entraba en acción. Cuando llegaba la hora de largarse bastaba plegarlas sobre el techo. Ambos accesorios podemos verlos en las fotos de la izquierda.
BM-13 sobre un camión ZIS-6. Obsérvese la posición de los gatos traseros cuando no estaba en posición de tiro, así como las perforaciones de los raíles del lanzador para aligerarlos de peso
Tras las pruebas pertinentes y corroborar que, finalmente, el arma funcionaba como Lenin manda, el MU-1 pasó a convertirse en el BM-13 (Boyovaya Maszina 13 = vehículo de combate 13), del que se fabricaron cinco unidades para ir adiestrando a sus futuros servidores. Además se construyó un lanzador extra que fue enviado a Sebastopol para ser instalado en una patrullera y probar su rendimiento como arma embarcada. El Comité de Defensa del Estado quedó sumamente satisfecho con los resultados de las pruebas, por lo que en la primavera de 1941, cuando el ciudadano Adolf ya estaba a punto de dar la orden para iniciar la Operación Barbarroja, se comenzó la producción en serie. Con apenas tiempo para disponer de cantidades aceptables de la nueva arma, cuando los tedescos entraron en la Santa Madre Rusia sin molestarse ni en llamar a la puerta apenas se habían fabricado siete unidades que, junto con 3.000 cohetes M-13 habían sido enviados a Moscú. El mismo día en que dio comienzo la invasión, el 22 de junio de 1941, se comenzaron a fabricar tanto camiones como cohetes en la fábrica Komintern de Voronezh, seguida de los talleres Kompressor de la capital soviética. En octubre, y ante el peligro de verse desbordados, la producción se trasladó a Chelyábinsk, remota población situada en los Urales que quizás recuerden de cuando hablamos de los carros de combate rusos.
El capitán Flerov (1905-1941). Palmó como los buenos el 6 de octubre sin llegar a disfrutar de los laureles de la victoria, durante una refriega en Bogatyri tras una breve pero muy intensa vida operativa
Estas siete unidades formaron la primera batería operativa de BM-13 al mando del capitán Ivan Andreevich Flerov, que entró en servicio el 28 de junio, apenas seis días después del comienzo de la invasión. Cada vehículo tenía una dotación de siete hombres: un artillero jefe, un artillero, un encargado de manejar los mandos de regulación del lanzador y cuatro cargadores. Dichas dotaciones fueron seleccionadas entre el personal de la Escuela de Artillería Feliks Dzierzynski, anteponiendo ante todo que fuesen miembros del partido. Al padrecito Iósif no se le quitaba de la cabeza lo de mantener a ultranza el secreto sobre la existencia de la nueva arma, hasta el extremo de que el término "BM-13" no se pudo usar en el papeleo administrativo hasta después de la guerra, cuando hasta el Tato ya sabía de qué iba la cosa. Más aún, poco después del inicio de la guerra se obligaba al personal a firmar una declaración por la que se comprometían a, en caso de peligro, destruir los vehículos para impedir que cayeran en manos enemigas, así como a escapar como fuese para no caer prisioneros y ser obligados a dar información sobre los mismos, llegando si era preciso a suicidarse. Chungo, ¿qué no? Para que no hubiera dudas al respecto, en una orden emitida por el padrecito Iósif el 1 de octubre de 1941 se dejaba bien claro que los BM-13 "...deben ser protegidos como tecnología de alto secreto del Ejército Rojo. Por este motivo, estas máquinas y la munición para ellas no deben caer en ningún caso en manos del enemigo. Este material debe mantenerse bajo una constante y particularmente severa vigilancia en todo momento. La responsabilidad de la preservación de estos secretos recaerá sobre los comandantes de los frentes y los ejércitos." En resumen, que si no te pegabas un tiro ya se encargaría el NKVD de hacerlo por ti, y si los tedescos te echaban el guante toda tu familia se iría de vacaciones a Siberia solo con billete de ida. Incluso se ordenó de forma explícita que, para un mejor aprovechamiento del material, jamás se emplearan los BM-13 contra objetivos pequeños o de poca importancia, debiendo reservarse solo para neutralizar el avance de grandes formaciones de infantería o carros de combate, para romper las líneas enemigas en caso de participar en una ofensiva y sobre concentraciones de tropas. Además, nunca debía hacerse uso de los lanzadores sobre objetivos situados a una distancia relativamente lejana, en la que su escasa precisión restaría eficacia, delegando esos cometidos para la artillería convencional.
BM-13 de la primera serie preparado para abrir fuego en Stáyara Russa, en septiembre de 1941
El estreno del BM-13 tuvo lugar el 14 de julio, tras ocupar los tedescos la ciudad de Orsha, nudo ferroviario de vital importancia. La batería de Flerov se trasladó al sector y se dispuso para lanzar la primera salva, que tuvo tugar a las 15:15 horas. Hay varias versiones sobre esta acción de guerra, alguna incluso asegurando que, en realidad, no tuvo lugar hasta dos días más tarde debido a que los ingenieros tedescos tenían que adaptar el ancho de las vías para sus trenes (las rusas eran más estrechas) pero, en todo caso, en lo que sí coinciden todos es que el estreno supuso una escabechina fastuosa ya que los cohetes alcanzaron vagones cargados de munición, con las consecuencias que podemos imaginar. El BM-13 se mostró como un arma indudablemente eficaz, y aunque tenía sus ventajas también presentaba una serie de inconvenientes.
Cargando un M-13 en su raíl. Para realizar esta operación bastaban escasos segundos
Entre las ventajas, la principal era su obvia contundencia. La batería de Flerov, con apenas siete lanzadores, podía dejar caer sobre los enemigos 112 cohetes cargados con casi 5 kilos de alto explosivo en menos de diez segundos, lo que no dejaba prácticamente tiempo para reaccionar. Su recarga era relativamente rápida, y con dotaciones bien entrenadas el tiempo podía reducirse a un par de minutos o poco más. Los raíles, al contrario que las cañas de los cañones, que debían ser sustituidas cada un determinado número de disparos, tenían una vida operativa ilimitada, y cada lanzador era acompañado por dos camiones cargados con más cohetes para que la fiesta no terminase en seguida. En cuanto a los inconvenientes, el principal era, aparte de que la precisión nunca llegó a ser la deseable, la descomunal humareda que producía cada salva, localizable a kilómetros de distancia. Esto obligaba a que, salvo que la batería estuviera en una posición protegida por elevaciones que la ocultaran de la vista del enemigo, nada más realizar los disparos tenían que salir echando leches y cambiar de emplazamiento antes de que la artillería enemiga los machacara con fuego de anti-batería, y esos sí tenían precisión de sobra para acertarles de lleno sin problemas. Con todo, la posibilidad de moverse con rapidez de un sitio a otro llegó a convertirse en una ventaja ya que despistaba totalmente a los observadores tedescos, que se veían incapaces de ubicar en los mapas de dónde habían salido los disparos.
Bien, con todo lo que hemos visto ya conocemos la gestación, el nacimiento y los primeros pasos de estas emblemáticas armas. De sus distintas versiones, los diferentes vehículos que se usaron como plataforma y la variedad de proyectiles que fueron surgiendo durante la guerra ya hablaremos otro día, que en esta ocasión ya me he explayado en demasía. Solo nos resta ver los entresijos del cohete B-13, así como su sistema de disparo y el origen del sobrenombre "Katyusha".
En primer lugar, el cohete. En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección del mismo para ver con detalle la distribución de su interior. Como podemos apreciar, el cohete se dividía en tres partes: la cabeza de guerra, que contenía la espoleta, el detonador y la carga explosiva que, en este caso, era de 4,9 kilos de trinitrotolueno o de termita si se quería usar como arma incendiaria. También se estudió usarlo como proyectil de guerra química, pero eso lo veremos más adelante. A continuación tenemos el cuerpo que contiene la carga de propelente, formada por siete barras de polvo de piroxilina perforados longitudinalmente por el centro. Su distribución la vemos en la figura F'. El propelente se iniciaba con dos cartuchos piro-eléctricos como el que vemos en la figura E', colocados a ambos lados del tetón de enganche delantero. Estos cartuchos se iniciaban mediante una descarga eléctrica que inflamaba la carga de pólvora que llevaban en su interior y que, a su vez, iniciaba el propelente del cohete. Por último tenemos los escapes por donde salía el gas producido por la combustión del propelente, que se realizaba de adelante hacia atrás.
El proceso de carga era muy simple. Bastaba deslizar los dos tetones de fijación por la ranura del raíl hasta que quedasen bloqueados en su posición, para lo cual se accionaba hacia la derecha la palanca marcada con la flecha roja. El bloqueo debía asegurarse antes de elevar el lanzador si no querían ver como los 16 cohetes caían uno tras otro al puñetero suelo. En el círculo vemos el terminal eléctrico que llevaba cada raíl en cada costado, y que contenían los bornes que daban la corriente necesaria para iniciar los cartuchos piro-eléctricos. Una vez que se completaba la carga del lanzador, el artillero realizaba los ajustes de altura y deriva y todo el personal se retiraba a una distancia prudencial para no quedarse convertidos en torreznos soviéticos o verse asfixiados por la enorme temperatura que desprendían los cohetes, así como la densa polvareda de humo tóxico que desprendían. A partir de ahí solo había que abrir fuego, de lo cual se encargaba el artillero jefe accionando el cuadro de mandos colocado delante del asiento del copiloto.
A la derecha podemos verlo. Se trataba de una pequeña caja conectada mediante la manguera G a una batería auxiliar situada sobre el chasis, de donde tomaba la corriente. De ahí partían dos cables: uno conectado a la carrocería para hacer masa, y el otro se dividía en ramales que iban a las cajas de cada raíl. En primer lugar, se cerraba el circuito accionando el interruptor de cuchillas F. A continuación se introducía y giraba la llave A en la caja de conexión C para establecer el contacto, tras lo cual se encendía el chivato D para comprobar que todo estaba en orden. A partir de ahí, el arma estaba lista para abrir fuego, para lo que se giraba el disco del disparador a razón de dos vueltas por segundo durante 17 veces. De ese modo no se producía una descarga al unísono, sino escalonada con una escasa diferencia de tiempo. La duración de la andanada dependía del número de cohetes, pero en este caso sería de unos 15 segundos como mucho. La verdad es que presenciar una salva de uno de estos chismes debía ser algo sobrecogedor.
A medida que el artillero giraba a toda pastilla el disco, la corriente eléctrica iba llegando a los raíles, produciéndose una chispa en el contacto entre la superficie del raíl y el tapón del contenedor de los cartuchos piro-eléctricos. En ese momento, se inflamaba el contenido e iniciaba el propelente del cohete, saliendo disparados a una velocidad de unos 350 m/seg., o sea, similar a la de una bala de 9 mm. Parabellum, lo que no es ninguna tontería para semejante trasto. Los cohetes podían armarse con espoletas de impacto o de proximidad, dependiendo del objetivo, y su dispersión al caer sobre el terreno elegido como blanco formaba una densa cadena de explosiones casi simultáneas. Para hacernos una idea, la batería del capitán Flerov, formada por siete lanzadores de 16 cohetes permitía arrojar sobre las atribuladas testas tedescas nada menos que 112 cohetes en un intervalo de diez segundos. Por lógica, para conseguir lo mismo con artillería convencional harían falta 112 cañones. Con todo, algunas versiones posteriores que podían disparar hasta 48 cohetes, si hablamos de una batería convencional formada por cuatro lanzadores hablamos de nada menos que 192 proyectiles, y como ya podrán imaginar una batería no solía actuar en solitario. Podían juntarse varias y, con ello, disparar cientos de cohetes de golpe sobre un enemigo que no sabría dónde leches meterse para escapar del fin del mundo a escala reducida.
Lidiya Ruslanova cantando ante las ruinas del Reichstag de Berlín el 2 de mayo de 1945
Bueno, con esto no creo que queden dudas acerca del sistema de disparo. En cuanto al mote, hay tropocientas versiones, aparte de más apodos que ya iremos desgranando. En esta ocasión nos quedamos con el más conocido, Katyusha, que era el título de una canción que, como está mandado, narra como una jovencita llamada así echa de menos a su amado que está haciendo el servicio militar. La canción fue compuesta en 1938 con música de Matvéi Blanter y letra de Mijáil Isakovski, e interpretada por primera vez por Lidiya Andreevna Ruslanova, una famosa cantante floclórica de la época. Katyusha es el diminutivo de un diminutivo, o sea, el diminutivo de Katya que, a su vez, lo es de Yekaterina, Catalina. Por lo tanto, Katyusha sería lo mismo que si en español decimos Catalinita. La teoría más aceptada es que, debido al secretismo que impedía denominarlos como BM-13, en la documentación oficial se les asignó la letra K, correspondiente a la fábrica Komintern de Voronezh, donde comenzó la producción del arma, por lo que se recurrió, como es habitual en todos los ejércitos del mundo, a ponerle un mote que coincidiera, en este caso, con la inicial extra-oficial del BM-13. Puede que, cuando la oigan, a más de uno le suene la música. Es la del "Casatschok", una pegadiza canción que puso muy de moda el cantante francés Georgie Dann en 1969, pero cuya letra no tiene nada que ver con la original. De hecho, este fulano se tiró la torta de tiempo forrándose con sus cancioncillas que, año tras año, eran declaradas "la canción del verano" y se escuchaban en todas las verbenas, ferias, tómbolas y hasta en los bailes juveniles de la época. Ahí pueden escucharla.
En fin, espero que les haya resultado interesante. Como ya he dicho, más adelante y con suerte antes de que acabe el año seguiremos con el tema. Mientras tanto, vayan provocando arcadas en sus cuñados y primos lejanos contemplando cualquier documental sobre el tema.
Hale, he dicho
La batería del capitán Flerov lista para abrir fuego y sembrar muerte y destrucción más IVA sobre los malvados tedescos
El Dora en su posición de tiro durante el asedio a Sebastopol
entre el 30 de octubre de 1941 y el 4 de julio de 1942
Los tedescos deben tener uno de esos complejos freudianos en los que la gente se gasta un pastizal en psico-analistas, esos probos oidores de miserias humanas que cobran a tanto la hora por escucharte con jeta impasible mientras balbuceas entre sollozos reprimidos que tu parienta te la pega con el butanero, que tus hijos te odian, tu jefe te aborrece y que tu cuñado ha salido del armario y te ha dicho que te ama con pasión desmedida. Pero estos germanos van por otros derroteros. Tienen sueños húmedos, cuando no copiosas poluciones nocturnas, con los cañones, y cuanto más gordos mejor. En fin, tras no haber dejado una cabeza intacta en los tres últimos artículos, aprovecho para retomar el septuagésimo quinto aniversario del fin de la 2ª Extinción Mundial y, de paso, pues añadimos algo más a la serie de cañones monstruosos diseñados por estos cuadriculados homínidos, que cuando aún no se había secado la tinta del Tratado de Versalles ya estaban tramando como tomarse cumplida venganza para liarla gorda una vez más.
El ciudadano Adolf estrecha efusivamente la mano
a Gustav Krupp, al que la política de rearme del Führer
le permitió pasar de multimillonario a
muchísimomillonario. Riquísimo no, lo siguiente.
Pero antes de empezar, una aclaración en lo referente al nombre del cañón. Según qué fuentes, todas por cierto de autores de renombre- Hogg y Zaloga entre otros-, de las dos unidades fabricadas la primera fue bautizada como Gustav-Gerät (Dispositivo Gustav), en honor al patriarca del clan, Gustav Krupp von Bohlen, pero el personal de la fábrica pasó del tema y le dio de forma oficiosa el nombre de la mujer de su diseñador, Erich Müller, Dora. A la segunda pieza, ya que le habían privado al viejo Gustav de los honores, le pusieron Schwerer Gustav 2 (Gustav Pesado 2). Otros afirman lo contrario: el primer ejemplar fue bautizado del tirón como Dora, y el segundo como Schwerer Gustav o Gustav a secas. Bien, la cuestión es que la única acción de guerra en la que intervino este cañón fue el asedio a Sebastopol, en Crimea, y mientras unos dicen que el protagonista fue el Dora, otros juran por sus barbas que fue el Gustav-Gerät, así que no hay unanimidad. No obstante, lo cierto es que el nombre más conocido o ha llegado a nosotros con más frecuencia es el de Dora, y al parecer aparecía con esa denominación en documentación oficial del Heereswaffenamt (Departamento de Armas del Ejército). Bueno, en realidad no hemos aclarado nada, sino más bien planteado una cuestión que aún nadie ha sabido resolver y a estas alturas dudo mucho que se sepa algún día, pero no quería dejar de mencionarlo porque es un tema que se presta a confusión y más de uno puede que no esté al tanto de este pequeño embrollo nominal. En cualquier caso, lo llamaremos por su nombre más famoso: Dora.
Famosa imagen de un K12 (E) de 21 cm. Con un alcance
teórico de 120 km. sería el sustituto del Cañón de París
Bien, al grano. Aunque lo habitual es que se marque el inicio de la andadura de este monstruoso cañón a mediados de los años 30, en puridad la cosa venía de antes. No como el Dora en sí, sino el concepto de cañón gordísimo transportado por ferrocarril. Ya vimos que en la Gran Guerra los tedescos se llevaron la palma con el Cañón de París que, aunque sus efectos fueron más psicológicos que reales, dejaron claro al planeta que la tecnología alemana superaba con creces a la del resto de los mortales. Poner en batería un artefacto descomunal con un alcance de más de 100 km. en aquella época era algo más que ciencia ficción, y si tenían la tecnología en 1917, quince años más tarde la habían mejorado aún más y, sobre todo, tenían los conceptos más claros. El Tratado de Versalles los dejó con las existencias bajo mínimos: apenas 24 unidades de artillería ferroviaria para defensa costera, concretamente cuatro SKL/40 de 21 cm., 12 de 24 cm. y 8 de 28 cm. Aparte de estas piezas, los tedescos recurrieron a hábiles subterfugios, cuando no descarados embustes, para ocultar piecerío que, en teoría, tendría que haber sido destruido en cumplimiento de las clausulas del dichoso tratado, pero supieron ponerlas a buen recaudo a la espera de tiempos mejores. Y los tiempos mejores llegaron.
El ciudadano Adolf con von Papen y el mariscal
von Blomberg, por aquella época Ministro
de Guerra. Aunque los militares consideraban a
Adolf un advenedizo y un mindundi, pronto
tuvieron claro que lo mejor era ponerse de su parte
si querían recuperar la influencia perdida
En 1933, con el ascenso al poder del ciudadano Adolf, los militares se pusieron muy contentitos. El nuevo canciller se desgañitaba en las cervecerías clamando venganza, jurando por Wotan que los british y los gabachos (Dios maldiga a Nelson y al enano corso a dúo) iban a enterarse de lo que vale un peine, y que los judíos, los culpables de la "puñalada por la espalda", pagarían con creces su insidia y su alevosía. Y para poner el país en marcha y acabar con el paro, nada mejor que empezar a fabricar armamento en cantidad, usar de papel higiénico el Tratado de Versalles y hacer gala en todo momento de una política exterior muy agresiva destinada ante todo a recuperar los territorios que, y en esto tenían razón, a cada cual lo suyo, les habían arrebatado por la cara para repartírselos entre gabachos y polacos principalmente. Los aliados, acojonados ante la perspectiva de otra guerra como la anterior, prefirieron mirar a otro lado y ceder bajo cuerda a las exigencias del desmedido Führer, pensando los muy ilusos que una política de apaciguamiento impediría un nuevo desastre. Pero ni el ciudadano Adolf ni los tedescos habían olvidado ni mucho menos perdonado la humillación sufrida, así que la cosa se iba caldeando a pasos agigantados. En el punto de mira estaban el Anschluss- la unión con Austria como parte de la nación germánica-, los Sudetes, en manos de Checoslovaquia pero con un elevado porcentaje racial y de lengua alemana y, por supuesto, los territorios en manos de los polacos, que se encontraron con el momio de trincar partes de Prusia y de Silesia.
Plataforma Vögele. Como vemos, la vía cruzaba por la misma. Solo había
que emplazar los vagones del cañón sobre la plataforma y, a
partir de ahí, la pieza giraría por sus propios medios
Así pues, dentro del extenso programa de rearme para actualizar el birrioso ejército que los aliados les habían permitido mantener, se desarrolló el Sofort-Programm (Programa de Emergencia), destinado a remozar la artillería ferroviaria que tan buenos resultados les había dado y con la que esperaban poner en liza piezas más modernas y, sobre todo, más poderosas. El programa constaba de tres fases: modernizar las 24 unidades que se mantenían operativas, fabricar otras ocho con los componentes que tenían a buen recaudo, casi todos procedentes de artillería naval, y desarrollar una nueva generación de cañones más gordos y más guays. Uno de los más completos fue el 28 cm. K5 (E), acrónimo de 28 cm. Kanone 5 (Eisebahnlafette), que en cristiano significa cañón ferroviario de 280 mm. con alcance de 50 km. (5 = 50 según el nuevo código para estas piezas). Por otro lado, lo más significativo de la artillería ferroviaria alemana era que se dividía en dos tipos en función del emplazamiento. El destinado a piezas menos potentes (es un decir), más ligeras y que tenían cierta capacidad de giro horizontal, disponía de estabilizadores hidráulicos como los que vemos en las grúas para asentar la pieza antes de efectuar el disparo. Los más potentes, por lo general de más de 20 cm. de calibre, usaban la Vögele Drehscheibe (Plataforma Giratoria Vögele), un sistema desarrollado a finales de los años 20 similar al usado por el Cañón de París: la pieza era situada en dicha plataforma, que giraba para alinearla con el azimut, o sea, la deriva horizontal. Los más pesados precisaban de una vía auxiliar curva para poder graduar el ángulo de tiro de la pieza. Así, avanzando o retrocediendo el arma apuntaría más hacia la derecha o la izquierda, dependiendo de la orientación de la vía.
El "Kurze Bruno" de 28 cm. sobre la plataforma giratoria. Como vemos, una
vagoneta aprovechaba la vía para acercar la munición a la grúa que la
colocaría en la plataforma de carga
Bien, así estaba el patio a principios de los años 30. Para agilizar al máximo la movilización de la artillería pesada ante un hipotético conflicto incluso habían preparado una red de plataformas Vögele enlazadas con las vías de ferrocarril mediante ramales, por lo que en caso de guerra bastaba enganchar los vagones donde iban los cañones y ponerlos en ruta hacia las plataformas indicadas. Mientras tanto, los gabachos prefirieron enterrar millones de francos oro en la Línea Maginot que, como ya vimos en su día, no era más que un gigante embarrado hasta las cejas que no sirvió más que para hacer ricos a los fabricantes de cemento y de corrugados. Y fue precisamente la Línea Maginot, que según el manual era más infranqueable que la bodega de un cuñado, lo que indujo al personal del Waffenamt a plantearle a la Krupp si sería posible construir un cañón capaz de perforar las casamatas más poderosas. No fue una petición oficial, sino un comentario dejado caer sin más pretensiones, porque en aquel momento- estamos en 1934/35- tanto la Krupp como el ejército estaban volcados en el Sofort-Programm, y había cuestiones más importantes plantearse que cómo liquidar la Maginot.
Erich Müller (1892-1963), el padre de la criatura. En
la solapa lleva el emblema del NSDAP, y por sus
cargos políticos acabó sentenciado a 12 años en
Nuremberg si bien solo cumplió cuatro
Con todo, el jefe del departamento de diseño de la Krupp, Erich Müller, se tomó la molestia de efectuar los cálculos para piezas de 70, 80, 85 y 100 cm. de calibre, quedando la cuestión en uno más de los tropocientos proyectos que no pasaban del papel... hasta que el ciudadano Adolf se metió por medio. En 1936, el Führer enviado por Dios para salvar a la Gran Alemania y blablabla hizo una visita a la factoría Krupp de Essen, y no se sabe si ya lo tenía in mente o se le ocurrió motu proprio allí mismo, pero la cosa es que le planteó a Müller la misma historia que habían hecho los del Waffenamt dos años antes. Müller, que lógicamente conservaba el proyecto, le mostró las distintas opciones en las que incluso había considerado la posibilidad de que el arma pudiera desplazarse, al menos a nivel de aproximación, con un sistema autopropulsado de orugas que, sin embargo, tuvo que desechar debido al descomunal peso del arma. El probo ingeniero le explicó al ciudadano Adolf que, según sus cálculos, un proyectil de 7.000 kilos que cayese con una trayectoria casi vertical podría traspasar sin problemas hasta 8 metros de hormigón armado, grosor que ni de lejos tenía ninguna fortificación de la Maginot. Al amado Führer le importaron cien higas hebreas que el cañón para disparar aquel proyectil pesaría más de un millón de kilos de nada, y que costaría un pastizal tremendo. Quería su Cañón de París, y ya sabía de dónde sacarlo. En menos de un año, el proyecto presentado por Müller fue aceptado, acordando la construcción de tres unidades en los siguientes plazos: la primera debía ser entregada a principios de 1940, la segundo en 1941, y la tercera en 1944. Sin más demora, la producción comenzó durante el verano de 1937.
Aspecto de uno de los trenes que transportan el Dora camino de Sebastopol
Obviamente, solo planificar como mover semejante bicharraco ya era todo un reto. Las dimensiones del Dora hacían imposible poder trasladarlo de un sitio a otro como no fuera desmontado ya que su longitud total era de 42,9 metros, 7 de ancho y 11,6 de alto. Por lo tanto, lo primero era "despiezar" el conjunto del arma de forma que pudiera ser transportado en vagones plataforma teniendo en cuenta el galibo ferroviario, o sea, la altura y la anchura de los túneles y de las trincheras por donde transcurrían los trazados en determinados tramos. Ojo, el problema no era baladí porque, además, las piezas resultantes tampoco cabían en los vagones normales, por lo que hubo que diseñar unos especiales que eran cuatro veces más largos. El segundo reto estaba en su peso. El Dora alcanzaba las 1.350 Tm., nada menos que un millón trecientos cincuenta mil kilos (lo pongo así, con letra, que acojona más), por lo que tampoco valía el recurso habitual para un cañón pesado y que ya mencionamos antes: colocar una vía curvada para calcular el azimut.
Pero una sola vía era demasiado estrecha, y la presión específica de semejante mole la hundiría como si tal cosa así que la única opción era montar la pieza en dos vías paralelas con una curvatura de 15º, lo que le permitía abarcar todo el frente que tenía que batir. Con todo, no hablamos de vías normales, sino con mayor densidad de traviesas para repartir el peso. Además, según se ve en las fotos de las mismas, tenían una longitud tal que permitían unir ambos carriles de forma que descansaran sobre la misma traviesa. Imagino que con esta medida se pretendía evitar que un carril cediera más que el otro y la pieza se desnivelase porque, además del peso en sí, cada disparo suponía un añadido de 64 Tm. debido al retroceso, lo que comprimía la plataforma de tiro entre 3 y 5 cm. Brutal, ¿qué no? De hecho, hubo incluso que colocar unos refuerzos entre los raíles para impedir que el retroceso los dañase. En la foto de la izquierda se pueden apreciar perfectamente, así como las traviesas formando literalmente una plataforma de madera para sustentar la pieza.
El cañón en sí, provisto de 96 estrías en sentido dextrórsum, tenía una longitud de 32'48 metros (40'6 calibres), un ángulo de elevación de entre +10 y +65 grados, un peso de 400 Tm. y estaba formado por dos mitades. Para montarlo, ante todo había que colocar el cierre y un tramo de camisa para alojar la recámara. La caña se introducía por detrás, y a continuación se unía a la otra mitad. Para compensar el retroceso tenía cuatro amortiguadores más una serie de estabilizadores situados en la parte inferior de la pieza. En la foto de la derecha podemos ver el descomunal tamaño del cierre del cañón. Esta pieza, junto a la camisa exterior y la recámara alcanzaban las 100 Tm. Indudablemente, manejar semejantes moles hasta completar el cañón parece obra de titanes, pero para ello bastaban 250 tedescos (según las fuentes, 350 e incluso 500) con un oficial detrás echando broncas a tiempo completo. Por cierto que la dotación no se limitaba a apretar tornillos ya que una veintena de ingenieros de la Krupp eran los que dirigían el montaje, indicando en todo momento la forma de operar y el orden a seguir, porque completar el Dora era un complejo "Mecano" de muchas toneladas que, además, había que mover milímetro a milímetro para conseguir el encaje entre cada pieza. Pero para hacernos una idea clara de lo que suponía emplazar el monstruo y ponerlo a tiro lo mejor es esperar un poco y explicar el proceso seguido en Sebastopol. Mientras tanto, continuamos con el desarrollo del proyecto.
Las dos máquinas D311 maniobrando el Dora, que aparece al fondo. Los
vagones son para suministrar munición a la pieza
A medida que pasaban las semanas, cada vez estaba más claro que la primera entrega no podría realizarse dentro del plazo establecido. Las complicaciones eran mucho mayores de lo que parecía sobre el papel e incluso la Krupp tuvo que construir plantas de fabricación ex-profeso para el Dora ya que los talleres disponibles no tenían capacidad para el mismo, y además estaban ocupados en la fabricación de otras piezas menores. Más aún, hasta hubo que diseñar dos máquinas especiales con motor diésel-eléctrico destinadas a mover el cañón una vez emplazado. Este modelo, denominado D311, tenía un motor diésel MAN que desarrollaba 940 CV y, además, alimentaba el generador eléctrico cuya potencia era transmitida a los bogies sobre los que se emplazaba el cañón. O sea, que para apuntar el cañón una vez cargado, cada máquina se colocaba tras la pieza en su vía correspondiente y avanzaban centímetro a centímetro hasta alcanzar el grado de azimut requerido. Aunque los motores estaban diseñados para avanzar muy despacio, no deja de ser un alarde de destreza por parte del personal de las máquinas hacerlo al unísono. Con todo, las máquinas tampoco estarían a tiempo ya que no pudieron ser entregadas hasta finales del otoño de 1941.
Pésima foto del Dora tomada posiblemente
durante las pruebas en Rügenwalden
En fin, el ciudadano Müller debió pensar más de una vez que tendría que haberse mordido la lengua antes de admitir que crear semejante mamotreto era posible, pero como los tedescos son tan dados a meterse en camisa de once varas pues le tocó la fibra sensible al amado Führer enviado por Dios a pesar de que era ateo y se vio metido hasta las cejas en aquel maremagno de acero y tuercas. Cuando el Dora fue terminado a finales de 1940 la Línea Maginot que debía haber contribuido a aniquilar ya era historia, lo que hizo pensar a más de uno que aquel proyecto no había sido más que una pérdida de tiempo y, sobre todo, de dinero, especialmente para el ciudadano Gustav que, según las normas de la empresa, regalaba el primer cañón de cada modelo al estado como apoyo al esfuerzo de guerra. Lo malo era que el Dora costó la friolera de siete millones de marcos, más o menos lo que costaban 25 carros Tiger que habrían sido mucho más útiles, más el dinero gastado en las nuevas plantas y en la maquinaria adquirida ex-profeso para la fabricación de la criatura. Pero todo se daba por bien empleado si el ciudadano Adolf estaba contentito, y mientras más durase la guerra más millones ganarían. Así pues, nada más terminarse su construcción se montó en un banco de pruebas en el polígono de tiro de Hillersleben para ver si todo ajustaba como es debido y realizar cuatro disparos de prueba. Como objetivo se construyó en una pequeña loma una batería de blancos formada por una plataforma de hormigón armado de 3,5 metros de espesor, una plancha de acero de 60 cm. de gruesa y otra de 80 cm. que los proyectiles perforantes del Dora traspasaron como si fuera manteca. Posteriormente, entre agosto y septiembre de 1941, se realizaron más pruebas de fuego en el campo de Rügenwalden disparando ocho proyectiles para obtener datos con los que crear las tablas de tiro.
La carga del Dora. A la derecha vemos la vaina con la carga principal, y
a continuación las dos cargas secundarias. En total tenía más de cuatro
metros de longitud. La vaina-contenedor se reutilizaba tras cada disparo
El Dora disponía de dos tipos de proyectiles con carga separada, o sea, el proyectil no estaba unido a una vaina, sino que la carga era introducida aparte. El más "ligero" era el 80cm. Sprpr. fuze Hbgr Z40 K, galimatías puramente germánico que quería decir 80 cm. Sprenggranate fuze Haubengranate Z40 K, uséase: Granada de alto explosivo de 80 cm. con capa balística y espoleta Z40 K, la cual iba montada en la base del proyectil. El peso nominal era de 4.800 kilos (4.730 reales). Estaba provisto de tres bandas de forzamiento de hierro sinterizado y un anillo de sellado al final del proyectil. El sinterizado es un proceso mediante el cual se moldea polvo de metal comprimiéndolo, y a continuación se le somete a un proceso térmico que da a la pieza un acabado similar al torneado, pero mucho más económico y rápido. La carga explosiva era de 400 kilos. En cuanto a la carga de proyección, la principal se introducía en una vaina que, en realidad, actuaba como mero contenedor para lograr una obturación adecuada. En esta vaina iba la carga principal consistente en 1.050 kilos de gludol RP contenida en una bolsa de tela. Luego se añadían cargas secundarias de 535 y 655 kilos en base al alcance deseado. Para distinguir las bolsas de un proyectil u otro, en este caso estaban marcadas como "Sprgr". El alcance máximo era de 48 km., y el propelente empleado diglycolpulver, al que se añadían in situ determinadas cantidades de nitroguianidina para disminuir la temperatura de combustión de la pólvora sin perder por ello presión, así como la llamarada que producía la deflagración del propelente. Esto último estaba encaminado a reducir en lo posible el fogonazo que por la noche podría ser localizado a gran distancia.
El otro proyectil era el 80 cm. Gr Be fuze Bd ZC/38, traducido: Granada anti-hormigón de 80 cm. con espoleta Bd ZC/38. En este caso, la carga explosiva era de 200 kilos, y su peso de 7.100 kilos nominales (6.990 reales), lo que le permitía atravesar hasta 7 metros de hormigón armado o 30 metros de tierra. La carga de proyección principal era también de 1.050 kilos, mientras que las secundarias eran de 465 y 585 kilos, con las bolsas marcadas con las siglas "Gr Be", lo que le permitía un alcance de 38 km. Así pues, los pesos totales de las cargas eran tan escalofriantes como el arma que las disparaba. La del proyectil de alto explosivo alcanzaba los 2.240 kilos, y la del perforante 2.100 kilos, suficiente como para reducir a escombros un edificio grandecito. En cuanto al disparo en sí, se realizaba con un disparador eléctrico que actuaba sobre un cebador de percusión C/12 nA. Y como una imagen vale más que tropocientos discursos, para hacernos una clara idea de las dimensiones de la munición del monstruo nada mejor que la foto de la derecha, donde vemos a varios british con su jeta de insufrible prepotencia isleña posando ante un proyectil y una vaina contenedor con capacidad para más de mil litros de té.
El proceso de carga tampoco era para tomarlo a broma, como todo en este chisme. Como complemento a las máquinas D311, la Krupp construyó media docena de vagones blindados y climatizados para mantener el propelente y la munición a una temperatura constante. A la hora de cargar el Dora, se sacaba el proyectil y la carga de los vagones, y eran colocados en los elevadores eléctricos situados en la parte trasera del arma, tal como vemos en la foto de la izquierda. Cada elevador tenía su vagoneta para colocar cada cosa en la plataforma de carga, situando en primer lugar el proyectil, que era introducido mediante un empujador hidráulico en la recámara. A continuación se introducía la carga y se cerraba el cañón. Como ya podrán imaginar, previamente se habían tenido en cuenta todos los datos necesarios: temperatura ambiente, del propelente, dirección y fuerza del viento, etc., y una vez hechos los cálculos se daba al cañón la elevación adecuada. Finalmente, las D311 empujaban muuuuyyy leeentameeeenteee el Dora hasta llegar al punto idóneo para obtener el azimut, todo el mundo se bajaba del cañón y se alejaban un poco para no freírse sin más y, por último, el artillero accionaba el disparador eléctrico. El pepinazo debía ser algo antológico porque hablamos de más de dos toneladas de propelente que impulsaban a más de 7 Tm. a 720 m/seg., más del doble de la velocidad en boca de una bala de 9 mm. Parabellum que apenas pesa 8 gramos.
El Dora a punto de abrir fuego. Las máquinas se han retirado,
y solo queda esconderse y apretar el botón
Aunque la cadencia de tiro teórica era de un disparo cada 15/20 minutos, semejante ritmo no se podía mantener demasiado tiempo porque, aparte de evitar un sobrecalentamiento del cañón, había que controlar el desgaste del estriado. Recordemos como en el Cañón de París había que medir la profundidad de las estrías tiro a tiro para modificar el valor de introducción de la carga. Por otro lado, se calculaba que la vida útil de una caña era de cien disparos, tras los cuales había que desmontar el cañón y enviarlo a Essen para renovarla. Y aparte de las cuestiones derivadas del uso, cada cuatro o cinco disparos había que comprobar si habían impactado en la zona señalada, para lo cual se valían de un avión de reconocimiento que informaba de las correcciones que había que realizar y volver a calcular todo lo calculable antes de continuar con el bombardeo. En resumen, solo unos cerebros diseñados genéticamente a través de miles de generaciones podía llevar a cabo estas abrumadoras tareas sin cocerse en su propio jugo aunque luego no fueran capaces de abrocharse la bragueta de una forma distinta a como les habían enseñado.
Secuencia siguiente a la del párrafo anterior. Todo el mundo se ha quitado
de en medio y el Dora abre fuego. Teniendo en cuenta la longitud del
cañón, el rebufo debía superar los 50 metros de altura
Bien, con esto ya nos hacemos una idea de lo draconiano que fue construir y manipular este chisme. Pero, como ya hemos visto, cuando por fin pudo ser entregado el motivo por el que se creó ya no existía. Sin Línea Maginot el Dora ya solo era un trasto carísimo, así que el ciudadano Adolf decidió enviarlo a Gibraltar como apoyo a la Operación Félix para darles a los llanitos el susto de su vida y hacer que sus macacos se arrojasen al estrecho y echasen a nadar a toda velocidad camino de Ceuta. Pero Franco se negó en redondo a permitir el paso de tropas tedescas, y menos aún a meterse de lleno en la guerra. Le envió la División Azul a Rusia para chinchar al padrecito Iósif, pero de ahí no pasó. Así pues, qué mejor lugar para estrenar el Dora que el asedio a la base naval de Sebastopol, en la península de Crimea, cuyo valor estratégico era de primera clase ya que era la base de la flota rusa del Mar Negro y, además, dotada de unas fortificaciones dignas de ser ofendidas por el mayor cañón jamás construido. Pero menos mal que el asedio fue largo porque, de lo contrario, también habría acabado antes de haber podido poner en batería al Dora, que necesitaba más preparativos que una novia.
Se formó el Schweren Artillerie Abteilung (E) 672 (Sección de artillería pesada ferroviaria 672) al mando del coronel Robert Böhm y los mandaron a paso ligero a Bakhchysarai, en las afueras de Simferopol, a 16 km. al norte de Sebastopol. Pero ir "a paso ligero" no implicaba liar el petate y largarse, sino que era un poco más complejo. Previamente tuvieron que adaptar el ancho de vía ruso al tedesco, y a partir de ahí construir un ramal que salía de la vía principal en dirección al lugar elegido como emplazamiento. En mayo de 1942, 1.500 obreros rusos reclutados entre los que odiaban al padrecito Iósif y un millar de currantes tedescos pertenecientes a la Organización Todt dirigidos por 60 ingenieros de ferrocarriles y especialistas de la Krupp se encargaron de allanar el terreno, tender las vías y, con la tierra removida, fabricar una trinchera donde el Dora pudiera permanecer seguro mientras no disparaba, que era el único momento en que se asomaba, pegaba el cañonazo y se escondía. Encima del talud se dispusieron alambradas y redes de camuflaje para ocultarlo de la aviación enemiga que, además, podía dar su posición a la artillería costera de Sebastopol. El trabajo supuso tres semanas de entretenimiento para prepararlo todo antes de recibir al invitado especial. En el gráfico podemos ver la distribución de las vías. Ojo, el plano está fuera de escala, pero nos vale para hacernos una idea bastante clara de cómo se preparaba. Como vemos, el ramal de desvío- de dos km. de largo- se dividía en dos partes: una vía para el tren que transportaba las piezas, y dos paralelas donde se montaba el cañón. A ellas se añadían otros dos raíles más para las dos grúas de pórtico que acompañaban al Dora para su montaje. En el área de ensamblaje iban colocándose los vagones en un orden establecido según la pieza que llevasen, la cogían las grúas y el vagón era retirado hasta que le tocaba el turno al siguiente. Cuando finalmente se concluía el montaje, el cañón era desplazado hacia el área de tiro que discurría dentro de la trinchera antes mencionada. Entre ambas áreas sumaban una longitud total de 1.200 metros de vías requiriendo, como se ha dicho, unas tres semanas de trabajo preparar el emplazamiento mientras que el montaje del cañón precisaba unas 54 horas aproximadamente, que añadiendo las horas de nocturnidad en las que no se trabajaba se iban a tres días.
Pero ese tiempo relativamente corto escondía un trabajo abrumador. El cañón era transportado en un convoy de cinco trenes con un total de 25 vagones, a los que había que sumar los del personal, municiones, bastimentos, etc. Cuando llegaron a destino, lo primero fue montar las grúas de pórtico, sin las cuales no podían hacer nada. A continuación se montaron los cuatro bogies de las plataformas, cada uno con cinco ruedas. Al ser cuatro plataformas, el Dora era sustentado en total por 40 ejes y 80 ruedas de acero. Una vez que las plataformas estaban terminadas se colocaban la cureña, divida en dos mitades, las muñoneras, los elevadores y accesorios y, finalmente, el cañón tal como ya explicamos antes. En la foto de la izquierda podemos ver una muestra de como se desarrollaba el trabajo. La instantánea muestra el momento en que se está colocando una muñonera sobre la plataforma superior donde, por cierto, se ve a un ciudadano de paisano que, obviamente, es uno de los ingenieros de la Krupp dirigiendo la maniobra. En la parte inferior de la plataforma se aprecian también los estabilizadores hidráulicos que se bajaban cuando llegaba la hora de abrir fuego.
Foto aérea del emplazamiento del Dora en Bakhchysarai. En el círculo
blanco se divisan las grúas de pórtico, situadas en el área de ensamblaje, y
sombreado en rojo las alambradas con las redes de camuflaje. En
primer término, a la derecha, se ve el montículo que oculta al cañón
Y aparte de la dotación del cañón, el coronel Böhm llevaba consigo todo un regimiento formado por 1.420 hombres que incluían: una plana mayor, un cuartel general de la batería, una unidad de inteligencia, una de reconocimiento aéreo proporcionada por la Luftwaffe, una sección para el control de tiro, dos destacamentos de artillería anti-aérea para defender el gigante de las moscas, una de Nebelferwer (lanza-nieblas) para ocultar a la criatura si era necesario, dos compañías del ejército rumano que se había sumado al tedesco durante el asedio y que actuaban en labores de vigilancia junto a una unidad de la Feldgendarmerie con chuchos malvados, y a todo ese contingente sumarle el personal civil enviado por la Krupp. En fin, tras mucho sudar y muchas crisis de ansiedad, el 5 de junio de 1942, cuando el asedio llevaba ya ocho largos meses en plena efervescencia, el Dora entró en fuego. Ese día efectuó quince disparos contra un acuartelamiento, la Batería 30 del fuerte Gorky y el fuerte Stalin. Sin embargo, parece ser que la precisión del gigante dejó mucho que desear, y los informes de los observadores indicaban que solo un disparo podría haber acertado de lleno. Obviamente, la enorme carga explosiva que disparaba el Dora se hacía notar, produciendo un cráter de unos 10 metros de diámetro pero, en realidad, la dispersión medía había sido de unos 300 metros, y mientras que apenas diez proyectiles acertaron a menos de 60, uno falló por nada menos que 740 metros.
Varios tedecos contemplando los efectos de un proyectil de 600 mm. del
mortero Karl enviado a Sebastopol. En este caso acertó de lleno sobre la
torreta 2 de la Batería 30 que también fue atacada por el Dora
En resumen: si el proyectil acertaba, no había casamata ni fortificación que se le resistiera. De hecho, hicieron una serie de disparos contra un polvorín situado bajo el lecho marino en la zona de Inkerman que, tras sumergirse unos 30 metros, atravesaron sin problema el techo de hormigón y destruyeron la instalación. Pero la cuestión era acertar y, por lo que se vio, acertaban poco. Sea como fuere, el 4 de julio siguiente los hijos del padrecito Iósif decidieron que ya se habían justificado bastante y se rindieron. Durante el tiempo que el Dora permaneció en Sebastopol efectuó 48 disparos contra siete objetivos que, comparados con los casi 563.000 realizados en total por la artillería tedesca, fue más bien una contribución paupérrima, y más si se tiene en cuenta que la mayoría de los proyectiles solo sirvieron para dejar vistosos cráteres, pero la realidad es que las piezas de menor calibre fueron mucho más eficaces en todos los sentidos. Tras la rendición, el Dora fue desmontado, cargado en sus trenes y enviado a la Krupp para reponerle la caña, que entre los disparos de pruebas y los del asedio ya necesitaba una puesta a punto.
V-2 en Peenemünde. Ahí estaba el futuro, o sea, el presente
A partir de ese momento surgió, como no podía ser menos, la polémica de rigor: ¿de qué leches servía aquel trasto enorme, caro y engorroso que, además, tenía menos precisión que un reloj made in Taiwan? Los detractores del Dora se lanzaron a degüello, apoyando además el desarrollo de la V-2 que, por menos dinero, acojonaba más, llegaba más lejos y, aunque tampoco acertara de lleno, sus posibilidades estaban aún por explotar, mientras que la artillería de grueso calibre había tocado techo. Pero el ciudadano Adolf estaba encariñado con aquel monstruo, y se negó a cerrar el programa y dejar sin acabar el segundo ejemplar que no sería entregado hasta febrero de 1943. De hecho, incluso se siguió adelante con el tercer cañón, una variante de menor calibre que se llamaría Langer Gustav (Gustav Largo). Este tendría un calibre de 52 cm. y el cañón se alargaría hasta los 48 metros para disparar un proyectil de 1.450 kilos a 110 km., o munición sabot subcalibrada de 52/38 cm. a 150 km. o incluso un proyectil similar asistido por cohete que alcanzaría teóricamente los 190 km. Pero la V-2 podía, y de hecho pudo, alcanzar Londres como si tal cosa con el mazazo psicológico que ello suponía, y su carga de guerra era de 1 Tm. Su precisión era un churro, pero una tonelada de explosivos en plena ciudad hacían mucho daño sí o sí. En todo caso, el Langer Gustav no llegó a término porque un bombardeo sobre la fábrica de Essen impidió concluir el proyecto.
El ciudadano Adolf babeando ante el majestuoso Dora. A la derecha,
vestido de color pardo, su querido Speer, con cuyos faraónicos proyectos
soñaba en convertir Berlín en la meca cultural del planeta tras la victoria.
Pero no hubo ni vitoria, ni meca, ni leches
El 19 de marzo de 1943, el ciudadano Adolf acudió al polígono de Rügenwalde a presenciar una prueba del Dora con su nueva caña. Se efectuaron dos disparos, el amado Führer suspiró contemplando la tecnología germánica y se largó. Nadie sabía qué hacer con los dos cañones que, a pesar de todo, seguían estando plenamente operativos. Se han sugerido algunas teorías sobre su uso, como que el Dora fue enviado a Stalingrado tras su intervención en Sebastopol y llegó a ser puesto a tiro, pero no llegó a disparar ni una sola vez. También hay quien sugiere que pudo haber sido enviado a reprimir la rebelión de Varsovia entre agosto y octubre de 1944, pero no hay pruebas de ello. Incluso parece ser que se planteó enviar ambas piezas a Calais para formar parte de las defensas de la Muralla del Atlántico, pero estarían demasiado expuestas a los ataques aéreos que caerían sobre ellos nada más conocerse su presencia por aquellos lares. Para proteger las piezas ferroviarias de la zona se había recurrido a los Dombunker (búnker catedral) unos simples túneles ojivales donde se ocultaban los cañones cuando no disparaban, o sea, constantemente ya que, como el Dora en su trinchera de Sebastopol, solo asomaba la nariz para abrir fuego y replegarse. Pero ni había fortificaciones con capacidad para el Dora ni merecía la pena gastar más en ellos. En resumen, su vida útil, breve y bastante sosita, había terminado.
Yankee con una girlfriend dentro de los restos del Dora.
Al final, tanto gasto para esto...
El 19 de abril y ante el arrollador avance yankee, el Dora fue trasladado de Rügenwalde a Grafenwöhr, donde fue diseminado por la zona y destruido con cargas de demolición, dejando el área sembrada de restos. A principios de junio aparecieron también los restos del Schwerer Gustav en las cercanías de Chemnitz, en Sajonia, una zona que quedó bajo el control soviético. No se sabe qué hicieron con los cachos del cañón. Los que quedaron en el lado yankee sirvieron para que se hicieran mogollón de fotos, y se supone que fueron enviados a las fundiciones como chatarra, que mucho acero le haría falta a Alemania para ser reconstruida. Y así fue la vida del mayor cañón construido jamás. Ciertamente, solo por el esfuerzo y el gasto habría merecido algo más glorioso, pero su vida operativa fue breve y sus resultados magros. Si los millones de marcos invertidos en el proyecto hubieran sido destinados a fabricar un buen bombardero pesado, aparato que incomprensiblemente Alemania nunca potenció, seguramente habría sido muchísimo más rentable que pasearse por Crimea con un cañón de 1.350 Tm. Bueno, se acabó lo que se daba. Ya'tá. Hale, he dicho ENTRADAS RELACIONADAS:
El Dora casi terminado de montar, a falta solo de instalarle la caña. Al fondo se ven las grúas pórtico que, como no,
también estaban fabricadas por Krupp