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domingo, 26 de mayo de 2019

TORRES MARTELLO. Origen y desarrollo



Las cosas claras y el chocolate espeso. Lo he repetido cien veces y lo repetiré las que hagan falta: los british (Dios maldiga a Nelson), esa raza de piratas que construyó su imperio a base de robar a otros los territorios que previamente habían descubierto, tienen dos virtudes incuestionables. Una, tienen los mejores sastres del planeta. Y dos, saben venderse mejor que nadie. Su mezcla de flema, arrogancia, soberbia meliflua y la aparente seguridad que se supone les proporciona vivir en una isla brumosa y que hasta ellos mismos se han acabado creyendo, han servido para difundir al resto de los humanos un dogma en apariencia irrefutable: siempre han vivido seguros y tranquilos porque nadie podrá invadirles. Falso. Falso como las promesas de un político. Los british llevan siglos acojonados ante la perspectiva de que su aparentemente inexpugnable territorio rodeado de agua sea invadido y, de hecho, han sufrido a lo largo de la historia amenazas más o menos serias, pero el canguelo los ha perseguido desde hace muuuucho tiempo. Los primeros en hacerles visitas intempestivas fueron los vikingos, cuando se presentaban sin llevar siquiera unas pastas para acompañar el té y saqueaban, mataban y violaban a su sabor un día sí y otro también. Las andanzas de Pedro Niño, eximio personaje que, como es habitual en España, es prácticamente desconocido pero ponía las peras a cuarto a los isleños. La flota del "demonio negro del sur", o sea, el segundo Felipe, tuvo en vilo a la herética y depravada Isabel Tudor mucho tiempo. Luego vino la amenaza del enano corso (Dios lo maldiga hasta el infinito y más allá), que les resultó aún más preocupante porque a ese lo tenían a 35 km. escasos de sus costas y, finalmente, los tedescos estuvieron a punto de meterles mano si bien al final optaron por lo más cómodo: convertir en escombreras sus ciudades desde el aire.

Durante años y años, estos desaforados paganos saquearon sin descanso la
costa oriental de la isla, desde Pictland, la actual Escocia, a Essex, pasando
por Mercia, Northumbria y East Anglia. O sea, que solo con eso ya deberían
haber aprendido que vivir en una isla no lo libra a uno de ser atacado
En resumen, aunque pueda parecernos que los british nunca se han visto agobiados por la posibilidad de ser invadidos, es el enésimo tópico que se considera rigurosamente cierto, debido entre otras cosas a que no nos solemos molestar mucho en corroborar si los camelos que se cuentan tienen un ápice de verdad. Precisamente el tema que nos ocupa hoy nos servirá para refutar esa ficticia idea de seguridad insolente que nos han vendido desde siempre, y que el gobierno del gracioso de su majestad estuvo muy, pero que muy preocupado cuando, tras el advenimiento al poder del enano cabezón, dieron por sentado que los gabachos estaban deseosos de devolverles el apoyo prestado a los fieles a la monarquía recién decapitada, y que figuraban los primeros en la lista negra del advenedizo corso para apoderarse de su amada y húmeda isla. De ahí que se vieran obligados a crear extensas líneas defensivas formadas por torres costeras artilladas que, en caso de detectar la presencia de una flota invasora, pudieran intentar rechazarlos o, cuanto menos, amortiguar la primera embestida. Para ello, fortificaron las costas sur y este de la isla gastando cifras astronómicas en decenas de torres inspiradas en sus homólogas españolas que cubrían toda la costa levantina hasta Tarifa para contener los continuos ataques de los piratas berberiscos que infestaban el Mediterráneo.

Atalaya de Níjar, en la costa almeriense. De origen musulmán, todo el litoral
sur y sureste estaba minado con este tipo de torres cuya capacidad defensiva
era mínima, pero sin embargo permitían otear a enormes distancias la
presencia de naves hostiles y avisar con tiempo a la población cercana
De hecho, las atalayas costeras ya existían desde mucho antes si bien su potencial defensivo era prácticamente nulo. Las torres construidas tanto por los reinos cristianos como por los moros tenían como finalidad actuar como meros observatorios en los que parejas de torreros se turnaban para atisbar la posible presencia de naves piratas que, en el momento en que se comprobaba que se dirigían a la costa, daban la alarma en forma de ahumadas o banderas tanto a los vecinos de las poblaciones cercanas como a las torres vecinas para que todo el mundo saliera echando leches con sus bienes y ganados, impidiendo así el saqueo y la captura de gente para venderlos como esclavos. Sin embargo, a partir del reinado de Felipe II y hasta tiempos de Carlos III, independientemente de las fortificaciones construidas en los territorios de ultramar, las costas de las posesiones españolas en el Mediterráneo, o sea, España y los reinos de Nápoles y Sicilia- se vieron constantemente reforzadas gracias a campañas de construcción en las que las añejas torres de vigía dieron paso a potentes torres artilladas que, estratégicamente situadas en las zonas susceptibles de efectuarse un desembarco, complicaban mucho la aproximación a las costas, y enviar a la playa varias decenas de chalupas atestadas de tropas era una misión cuasi suicida porque serían batidos sin piedad con granadas y botes de metralla sin apenas tener un mal sitio donde protegerse mientras remaban echando el bofe para intentar alcanzar la orilla antes de que los convirtieran en comida para gatos.

Torre del Salto de la Mora, en Málaga, construida en tiempos de Felipe II.
Esta torre no solo podía ofender a cualquier nave que se aproximase a la
costa, sino barrer las playas adyacentes ante un intento de desembarco
Y precisamente fue el intento de desembarcar en una playa de Córcega por parte de una flotilla de los british lo que les hizo ver que el hecho de naves magníficamente armadas no eran capaces de ofender posiciones terrestres bien fortificadas, y que si querían dormir tranquilos tendrían que rascarse el bolsillo a base de bien a la vista de la eficacia que mostraban las torres artilladas que defendían las costas ante los intentos de aproximación por parte de fuerzas navales hostiles. Esta "revelación" fue lo que dio lugar a las que se conocen como torres Martello, una tipología que, aunque inspirada en la arquitectura militar española es prácticamente desconocida por estos lares, siendo concebidas, diseñadas y desarrolladas por los british desde las postrimerías del siglo XVIII y, especialmente, los comienzos del XIX, cuando empezaron a tomar conciencia de la desagradable posibilidad de que los gabachos hicieran acto de presencia y los dejaran sin un mal budín o sin uno solo de sus abominables pasteles de riñones que llevarse a las fauces. Y tras este introito para situarnos en el contexto y el tiempo, comencemos con esta historia...

La Round Tower de Portsmouth. Como se puede ver, estaba unida a las
murallas de la ciudad
Los ingleses no se habían preocupado de fortificar sus costas a pesar de que su siniestro país era todo costa. La primera torre artillada fue la Cow Tower, en Norwich, siguiéndola contados ejemplares cuya misión era exclusivamente la defensa de los principales puertos de la nación, verbi gratia la Round Tower de Portsmouth o la torre del castillo de Camber, en el puerto homónimo. En el siglo XVII se edificaron dos torres artilladas, la Mount Batten, en Plymouth y la Comwell, el las islas Sorlingas, al parecer como defensa a posibles ataques de los holandeses, otros piratas herejes enemigos de Dios. 

La poderosa torre de Mount Batten. Recientemente restaurada, actualmente
se usa para que los british cursis celebren sus ceremonias matrimoniales
en el interior. Al menos sirve de consuelo saber que son tan memos como
aquí dando usos ridículos a sus añejas fortificaciones
Por sus dimensiones y potencia de fuego, la torre de Mount Batten era en puridad un pequeño fuerte circular. Construida en 1646, estaba concebida para emplazar en su terraplén nada menos que diez bocas de fuego. La de Cromwell, construida entre 1650 y 1652, defendía el puerto de New Grimsby y tenía capacidad para seis piezas. No obstante, la artillería usada en aquella época andaba cortita de potencia ya que se trataba de cañones de 4 libras. Esto indica que su cometido era simplemente cerrar con llave y candado la bocana del puerto, pero no servirían de gran cosa para hostigar naves que podían ofenderles impunemente desde mucha más distancia y, lo que era peor, podían reducirlas a escombros sin problema sin sufrir daños por quedar fuera del alcance de las pequeñas piezas emplazadas en las torres.

La torre Mortella según una acuarela de un oficial británico que se molestó
en levantar un plano de la misma. A la derecha, su estado actual tras ser
volada por orden de lord Howe. Obsérvese el enorme grosor de sus muros
A principios de febrero de 1794, dos navíos de la Royal Navy destinados a bloquear Córcega, en aquel tiempo ya en poder de Francia, atacaron una torre situada al norte de la isla, concretamente en un lugar llamado Punta Mortella y que defendía el acceso a la bahía de San Fiorenzo. Esta torre, llamada Torre Mortella, había sido construida por los genoveses siguiendo el trazado del arquitecto italiano Giovanni Paleari entre 1563 y 1564 para, junto a otras más, defender la isla de los puñeteros berberiscos que pululaban como moscas cojoneras por todo el Mediterráneo. Al mando de la escuadra estaba lord Howe, del que ya hablamos en la entrada que dedicamos al submarino Turtle en el contexto de la Guerra de Independencia de los yankees. Howe, que era de los que se aburrían si se limitaba a echar el ancla y hacer de simple perro guardián durante los bloqueos navales, ordenó llevar a cabo un ataque para apoderarse la la bahía, el cual se llevó a cabo el día 7. 

Bajo su mando tenía dos buenos buques, el HMS Fortitude, de 74 cañones, y la fragata HMS Juno, de 32, con los que durante dos horas bombardearon sin descanso la torre la cual prácticamente ni se inmutó. Sin embargo, las dos piezas de 18 libras emplazadas en su terraplén- disponía de un tercer cañón de 6 libras apuntando hacia atrás en prevención de un ataque por tierra- sí hicieron notar sus efectos en los barcos británicos. Solo el Fortitude, al mando del capitán Young, sufrió daños en el casco, el aparejo, el velamen, tres piezas inutilizadas y tuvo 62 bajas, 6 permanentes por defunción irreversible y 52 heridos. Finalmente, la puñetera torre solo pudieron rendirla tras llevar a cabo un desembarco con piezas de artillería de campaña que, obviamente, superaba con creces al pequeño cañón que defendía la zaga de la torre ya que las piezas grandes no podían ser apuntadas hacia atrás. En todo caso, el gasto de pólvora y hombres no sirvió de gran cosa ya que los british evacuaron la isla en 1796 no sin antes volar la torre Mortella, que dejaron totalmente inutilizada por si algún día tenían ocasión de volver por allí. En el plano de la izquierda podemos ver una planta de la torre con el emplazamiento de sus cañones de 18 libras y la pequeña pieza de 6 apuntando hacia la retaguardia. Las líneas de puntos marcan el campo de tiro cada pieza que, como se puede ver, podían incluso efectuar un devastador fuego cruzado.

El fogoso lord Howe (1726-1799)
Aquí debemos abrir un paréntesis para aclarar un aspecto que puede que a más de uno ya le haya saltado en las meninges. ¿Qué tiene que ver una torre Mortella con las torres Martello? Sí, suenan parecido, pero no es la misma palabra y, sin embargo, los british usan el término "Martello towers" de forma genérica para estas torres artilladas costeras. Bien, hay varias teorías como está mandado porque, obviamente, las torres Martello surgieron a raíz del breve pero intenso cambio de impresiones que mantuvieron los gabachos que defendían la Torre de Mortella y lord Howe y sus muchachos. La opinión más extendida es que se trata de una simple corrupción fonética debido quizás a la dificultad por pronunciar correctamente el nombre de la torre en cuestión. Otra teoría, que teniendo en cuenta el carácter de los british y su servilismo hacia los mandamases no debemos desechar sin más, afirma que lo de Martello en vez de Mortella se debió simplemente a que Howe se equivocó al escribir el nombre, lo que suele pasarnos a todos cuando nos referimos a algo ajeno a nuestro idioma, y nadie se atrevió a corregirle el gazapo. En la Inglaterra de la época un lord estaba en tercer lugar en la escala social después de Dios y el rey, y el hecho de indicarles que habían metido la pata era poco menos que una blasfemia, así que nadie quiso contristar al mandamás. Y por añadir una teoría más, se cree que el término se tomó de la palabra italiana martello, martillo o también repicar (suonare a martello), en referencia a las campanas con que estas torres hacían sonar la alarma cuando las cosas se ponían feas. En todo caso, como ya hemos dicho, el término martello tuvo éxito y pasó a usarse para denominar las torres artilladas con los que los british fortificaron las costas de Inglaterra, Irlanda y, por supuesto, de sus posesiones más preciadas a lo largo de su imperio si bien fue en la isla madre donde, por razones obvias, se construyó el grueso de las mismas ante el peligro de ver a la Grande Armée desfilando delante del palacio de Buckingham o usando la abadía Westminster como cuadra y la Torre de Londres como cuartel. Cerramos el paréntesis y proseguimos.

Sir David Dundas (1735-1820) que al cabo fue el primero en
plantear la necesidad de fortificar adecuadamente las costas
En 1797, sir David Dundas, general al mando del Distrito Sureste, ya había presentado un proyecto para fortificar la costa bajo su jurisdicción con "cien torres de piedra". Este sujeto, que había tomado parte en el bloqueo de Córcega y tuvo conocimiento de primera mano de lo sucedido en Punta Mortella, vio claramente desde el primer momento que la creación de una línea fortificada a lo largo de la costa era la mejor forma de asegurarse de que los gabachos no se presentarían sin avisar. Pero, como suele pasar, hasta que no olemos de verdad el peligro no solemos tomar conciencia del mismo y los mandamases, chorreando seguridad en sí mismos, no acabaron de tomar muy en serio las sensatas advertencias del general Dundas. Sin embargo, apenas un año más tarde el gobierno revolucionario francés reunió una potente fuerza de desembarco para atacar a sus aborrecidos vecinos por el camino más corto, el Paso de Calais. Ante semejante perspectiva, el capitán Reynolds, de los Ingenieros Reales, recuperó el proyecto de sir David para fortificar la costa sur entre Dover y Littlehampton, pero el ejército invasor al mando del enano corso fue finalmente enviado a Egipto para aprender a saquear tumbas faraónicas. El peligro inminente había sido conjurado de momento, pero el primer aviso ya estaba dado, y era más que evidente que podían darles otro susto a las primeras de cambio.

John Pitt (1756-1835) II conde de Chatham y primogénito
de William Pitt el Viejo. Como Maestre General de la
Artillería fue uno de los principales impulsores de las torres
Martello junto a su hermano Pitt el Joven
Y dicho peligro volvió en 1803 cuando el enano, que un año antes había sido nombrado cónsul vitalicio, retomó el proyecto de invadir Inglaterra y acabar con el que eran en aquel momento su enemigo más poderoso. En esta ocasión fue otro oficial de los Ingeniero Reales, el capitán Ford, el que presentó un proyecto para fortificar la que era a todas luces la zona más susceptible de ser atacada, la costa sur de la isla en el área comprendida entre Folkestone y Eastbourne, concretando con minuciosidad todas y cada una de las playas donde se podía efectuar un desembarco. Cualquier flota que partiese desde Calais o Boulogne-sur-Mer estaría lo que se dice a un paseo de las costas británicas, por lo que arribarían antes incluso de que el personal empezara a marearse con el meneo de los barcos. Aunque el proyecto de Ford estaba claramente inspirado en el que presentó el capitán Reynolds apenas cinco años antes, difería  en que el de este último contemplaba la construcción de torres combinadas con baterías de forma que se apoyasen unas a otras, mientras que el de Ford se basaba simplemente en la construcción de torres aisladas fuertemente artilladas que, en teoría, debían bastarse por sí solas para rechazar una escuadra enemiga.

La Wish Tower, en Easbourne, fue parte de la primera línea construida.
Inicialmente estaba rodeada por un foso que, como vemos en la foto,
fue cegado en su día por lo que su altura no corresponde a la original.
Una vez que el enano se autocoronó como empereur des français- literalmente, porque le quitó la corona de las manos al papa Pío VII y se la plantó él mismo en la calva- puso todos los medios a su alcance para retomar la invasión a su odiada isla. Reunió en Calais nada menos que 160.000 hombres y se requisaron todas las embarcaciones menores y barcazas disponibles para transportarlos al otro lado del Canal. Para defenderse, los british disponían de unos 130.000 hombres y las obras para la construcción de las torres prácticamente no habían comenzado siquiera porque la burocracia del estado era simplemente laberíntica y paquidérmica. Un organismo era el que ponía la pasta, otro el que aportaba las armas siempre y cuando el anterior facilitara los fondos, otro era el encargado de constuirlas, pero para ello debía disponer, además de los dineros, de los contratos con las empresas de construcción necesarias, las cuales a su vez tenían que sub-contratar a otras firmas porque ellos de por sí no daban abasto, a lo que había que sumar los proveedores de materiales de construcción, tema que, aunque parezca irrelevante, en Inglaterra era de lo más enjundioso porque las torres debían fabricarse preferentemente de ladrillos- era considerado el material más idóneo porque su elasticidad favorecía la absorción de los impactos enemigos- y cada torre requería entre 200 y 250.000 unidades como mínimo. Y, por supuesto, estaban de por medio los distintos organismos consultores de cada departamento y, como no podía ser menos, tropocientos políticos que querían tener la razón, opiniones encontradas entre estos y los militares y entre los militares de distintos cuerpos. En resumidas cuentas, sacar adelante un proyecto de semejante envergadura no era cosa de dos días, y mientras tanto las hordas del enano sacaban punta a sus bayonetas para hurgar las tripas de los atribulados british. De hecho, desde que empezaron las reuniones para dirimir la viabilidad del proyecto del capitán Ford pasaron nada menos que quince meses, por lo que hasta hasta 1805 no se acometieron las obras para construir las 74 torres que debían proteger la costa sur y que, evidentemente, no estarían terminadas en unos meses, sino que tardarían años. No fue hasta 1810 cuando se terminaron las obras, y para entonces el enano estaba dedicado a otros asuntos.

Torres 14 y 15 de la playa de Hythe, en Kent. Las torres de la  primera
"hornada" fueron identificadas por números, mientras que para la segunda
se usaron letras. La cercanía de estas dos se debía a lo extenso de una playa
en la que llevar a cabo un desembarco era extremadamente fácil
Pero el susto ya lo tenían metido en el cuerpo, la población había tomado conciencia de que la amenaza era real y ya no se podía seguir con la política de mirar por encima del hombro y levantar la ceja como si el penco preferido del lord de turno volviera cojo de una cacería del zorro. El peligro, aunque latente, no estaba ni remotamente conjurado y el enano podía retomar su añejo plan de invasión en cualquier momento, así que en 1805 se aprobó un nuevo proyecto para construir otras 55 torres y dos baterías para completar el tramo de costa entre Clacton-on-Sea y Aldeburgh y destinadas a proteger, además de las playas, los estuarios de los ríos por donde las naves de una hipotética invasión podrían adentrarse en tierra firme. Con todo, y a la vista de que el presupuesto engordaba más que las comisiones de un alcalde declarando zonas urbanizables los cementerios y los vertederos de basuras, finalmente se redujo la cantidad a 26 torres más pequeñas- que se vieron incrementadas en dos más en 1812-, una torre grande y un reducto en Harwich. En fin, a tanto llegó la sensación de peligro que se acabó fortificando toda la costa oriental de la isla empezando desde Escocia y acabando en el extremo sudoeste, en Gales, así como la costa este de Irlanda, donde se construyeron unas cincuenta. Además, las campañas de fortificación con torres Martello se extendió por todas sus colonias: Canadá, las Bermudas, las Islas Vírgenes, Australia, la India, Sudáfrica, etc., e incluso en Menorca durante los escasos cinco años que nuestra isla estuvo en su poder. Las últimas se terminaron en fechas tan tardías como 1850, cuando en realidad su utilidad era ya más que cuestionable a la vista de los avances en la artillería de la época, pero la cosa es que incluso con el enano enterrado bien hondo tras su derrota en Waterloo en 1815 y su defunción en Santa Elena en 1821 no se detuvo la construcción de las torres. 

Foto de 1909 de la torre CC de Aldeburgh, en Sufflok, que aún conservaba
por aquellas fechas el semáforo de señales
Sin embargo, y a pesar de las monstruosas sumas de dinero destinadas a la consecución de las obras para fortificar las costas del imperio y, ante todo, de la metrópoli, las torres Martello jamás llegaron a entrar en acción. Ni los barcos del enano llegaron a cruzar el Canal, ni las construidas en sus vastas posesiones se vieron en la necesidad de rechazar a ningún enemigo. En 1820 el Almirantazgo decidió darles alguna utilidad como torres de señales estableciendo una cadena de estaciones de semáforos aprovechando una idea surgida diez años antes que consistía en emplear los mástiles de la bandera para, con un básico sistema de señales que solo requería tres pelotas de lona de color negro, poder comunicarse entre una torre y otra. No obstante, y de nuevo la maldita burocracia, la Junta de Artillería no permitió el uso de las torres para este cometido, aunque sí dio permiso para instalar los semáforos en los terrenos colindantes a las mismas con la condición de que no interfirieran en el cometido defensivo de las torres, y prohibiendo que los alojamientos para los señaleros estuvieran construidos con materiales lo suficientemente resistentes- léase piedra o ladrillo- como para que, en caso de un desembarco, pudieran ser usados por el enemigo como refugio. Así pues, los mástiles de los semáforos se instalaron a distancias que oscilaban entre los 18 y los 45 metros de las torres, y al personal que los manejaba se les permitió alojarse en las mismas en tiempo de paz o bien en barracones de madera.

Torre 8 en Folkestone habilitada como vivienda. Algunas se ofrecen en plan
residencia de lujo de vacaciones para alquilar. No comment...
Hacia finales del siglo XIX las torres Martello fueron desactivadas y abandonadas salvo contadas excepciones que se siguieron empleando para dependencias portuarias y similares. Para concluir  y a modo de curiosidad, la única torre Martello que entró en acción fue la situada al nordeste del muelle de Pembroke durante la 2ª Guerra Mundial, cuando las tropas que la usaban como puesto de observación abrieron fuego con ametralladoras Lewis contra unos bombarderos tedescos que se dirigían al interior de la isla aunque, al parecer, sin que sirviera de nada. Algunas torres de la costa sur se emplearon también como puestos de observación sin que en todo el conflicto sus guarniciones hicieran otra cosa que hartarse de té con plum cake de boniatos y budín de nabos por aquello del racionamiento. Al día de hoy muchas de ellas han desaparecido, otras siguen en pie a duras penas, otras han sido "puestas en valor" y otras han sido adquiridas por particulares para su uso como viviendas, donde podrán dormir tranquilos porque son verdaderos monolitos que, debidamente cuidados, pueden durar siglos en pie antes de que se les caiga el tejado en la cabeza.

Bueno, por hoy ya vale. En el próximo artículo hablaremos de la morfología, los sistemas constructivos y el armamento de que estaban provistas estas torres que tanto costaron y de nada sirvieron.

Ahí queda eso.

jueves, 4 de enero de 2018

Las drogas y la milicia



Papaver somniferum
Posiblemente, todos hemos oído hablar más de una vez acerca de la adopción, de forma más o menos discreta, de determinadas substancias estimulantes en los ejércitos modernos para levantar los ánimos de la tropa. Las famosas anfetaminas que, al parecer, ya se empezaron a distribuir durante la Gran Guerra y que se extendieron a la 2ª Guerra Mundial, Corea, Vietnam, etc., permitían al personal soportar el cansancio, la falta de sueño y, por supuesto, les insuflaba bríos renovados para palmarla como auténticos y verdaderos héroes. Sin embargo, el empleo de substancias estupefacientes es en realidad más antiguo que la tos, y ya hay constancia del uso de opio entre sumerios y asirios desde hace nada menos que 6.000 años. La planta de la alegría la llamaban porque, al quemar en pebeteros la semilla de las amapolas (papaver somniferum) se agarraban unos colocones de antología y se ponían la mar de contentitos sumidos en un estado de placidez y desmadejamiento similar al que se siente cuando, por fin, la familia política da por terminada la visita y se largan enhorabuena.

Pervitin, una metanfetamina usada inicialmente por los
pilotos de la Luftwaffe que ponía al personal como una
moto. Como efectos secundarios solo tenía paros
cardíacos, alucinaciones e incluso voladura de tapa
cerebral llegados a fases psicóticas
El consumo reiterado de estas substancias tenía una serie de efectos secundarios bastante chungos, pero el peor de todos era la adición. El término adicción proviene del latín ADICTVS, en referencia a que era la condición social que adquiría un deudor al pasar a servir como esclavo a su acreedor hasta saldar la deuda. Así pues, de la misma forma que el moroso se veía esclavizado también el consumidor de drogas acababa siendo esclavo de las mismas. Pero, además de los derivados de determinados hierbajos como el cáñamo o la coca, tradicionalmente han sido el vino y las bebidas alcohólicas en general las más usadas para envalentonar al personal. Los griegos, especialmente proclives al consumo de vino hasta límites rayanos en el delirium tremens, solían ponerse a tono antes de entrar en batalla con unas copichuelas, costumbre que aún se practica en casi todos los ejércitos del mundo. Recordemos el "valor Domeq" a base de brandy de nuestra contienda civil, o el consumo de vodka en cantidades industriales entre las tropas rusas durante la 2ª Guerra Mundial.

Anuncio de la conocida firma jerezana
González-Byass en la que se afirma que el
fino "Tío Pepe"es el vino de los soldados
de España
De hecho, a pesar de que los cruzados importaron a Europa el hashis y que los andalusíes lo conocían sobradamente, la cosa es que en el Viejo Continente la substancia que siguió empleándose en los ejércitos como estimulante fue el alcohol en general y el vino en particular, entre otras cosas porque se lo consideraba como un eficaz reconstituyente y una importante fuente alimenticia. Así pues, mientras que las culturas orientales desde Oriente Próximo hasta la China o la India seguían con el opio y sus derivados, en la Europa las tropas se conformaban con un lingotazo. Es más, las raciones de vino, ron o aguardiente estaban institucionalizadas desde hacía bastante tiempo, y se distribuían entre las tropas de la misma forma que el rancho. Sin embargo, el cruel destino quiso que también los europeos fuesen partícipes de las nebulosas cerebrales que producen estas substancias, y su introducción entre las tropas no fue buscada, sino más bien hallada. De este tema irá esta entrada, de modo que, tras el introito de rigor, vamos al grano...


El enano en tiempos de la expedición a
Egipto, antes de quedarse calvito y de
convertirse en el Hitler del siglo XIX
En 1798, el entonces general Bonaparte, o sea, el enano corso al que Dios maldiga por siempre jamás, partió del puerto de Tolón al frente de un numeroso contingente con destino a Egipto con la finalidad de establecer una base de operaciones que permitiera a los gabachos disponer de puertos seguros tanto en el Mediterráneo como en el Mar Rojo. El objetivo no era otro que crear una especie de cabeza de puente de cara a atacar posteriormente las posesiones en la India de los british (Dios maldiga a Nelson), así como intentar menguar su cada vez más pujante imperio oriental. Para los que anden despistados, esta fue la expedición en la que 151 científicos y estudiosos de las materias más diversas acompañaron al enano para, de paso, ir aprendiendo cosas sobre el mundo más allá de los límites de su país. Recordemos que la famosa Piedra de Rosetta fue hallada por el capitán Bouchard precisamente durante esta movida, y fue la que permitió a Champollion descifrar la hasta la entonces arcana y misteriosa lengua jeroglífica. 


El enano enseñando a sus hordas como profanar y saquear
tumbas, su más apasionada afición
Cuando estos violadores de monjas y saqueadores de tumbas en ciernes llegaron a Alejandría el 1 de julio de aquel mismo año, los más de 36.000 hombres de la Armée d'Orient se encontraron con una desagradable sorpresa: los musulmanes tenían terminantemente prohibido el consumo de alcohol, por lo que, una vez terminadas sus ya escasas reservas de morapio, se quedaron sin su ración diaria de tres demiards, aproximadamente 0,7 litros de tintorro que tan felices los hacían al término de la dura jornada. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que los moros, muy ladinos ellos, tenían un eficaz sustituto que compensaba con creces la ausencia de cualquier bebida alcohólica: el hashis. Esta cosa se obtenía de la resina extraída de los pedúnculos y las hojas del cáñamo (cannabis sativa), la cual mezclaban con los alimentos y las bebidas o bien en forma de una pasta de color verde elaborada, además de con hashis, con mantequilla, hierbas aromáticas y cacahuetes. Otra forma de consumo era inhalando el humo producido por las semillas de la planta puestas a tostar, con lo que el colocón era de más entidad.

Pero además de poner al personal levitando, el hashis tenía una gran ventaja, y es que era muy barato y lo podían conseguir en todas partes porque, simplemente, era el sustituto del alcohol entre los musulmanes, y ciertamente lo consumían en grandes cantidades. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que el enano pudo observar que los efectos de esta resina no eran precisamente adecuados para la milicia ya que, en vez de animarlos y darles coraje para la batalla, los sumía en un plácido estupor y se quedaban atontados mientras durasen los efectos de la porquería aquella. Y lo peor no era que toda la Armée se estuviera quedando atocinada, sino que se habían convertidos en unos adictos que jamás se saciaban, y en cuanto se les pasaban los efectos querían más. Chungo, ¿que no?

El general Kléber, que nunca llegó a
enterarse de que los peines se habían
inventado hacía la torta de años
Pero mientras que los profanadores de iglesias estaban colocándose todo el día, el enano decidió volver a Francia porque la campaña en Oriente ya no podía reportarle más que problemas y, ante todo, estaba su carrera fulgurante hacia el poder absoluto, así que a primeros de agosto de 1799 se largó de allí, dejando al mando al general Jean-Baptiste Kléber para que se arreglara como pudiera con los british en plan borde y sus tropas todo el día flipando en colores. A la vista del tenebroso panorama que estaban tomando las cosas, se decidió construir una destilería para devolver al personal sus hábitos de siempre, fabricando ron y brandy a base de dátiles ya que allí no se criaba otra cosa con la que producir destilados de ese tipo. El brebaje resultante era bastante decente, pero para entonces ya era tarde. La Armée se había convertido en un ejército de drogadictos de tomo y lomo, y además habían llegado a la conclusión de que los efectos del hashis eran mucho más gratificantes que la cogorza habitual y, encima, no producía resaca, así que siguieron echando "mierda" en la comida o se ponían ciegos inhalando sahumerios dentro de sus tiendas de campaña.

Kléber apiolado por el alevoso kurdo Suleyman
Kléber duró en el mando menos de un año porque el 14 de junio de 1800 un sirio de origen kurdo por nombre Suleiman al-Halebi le metió una puñalada en el músculo de bombear sangre que lo dejó seco allí mismo. Por cierto que los civilizados y progresistas gabachos que juzgaron en consejo de guerra al kurdo practicaron el medioevo con él, porque en vez de mandarlo fusilar o ahorcarlo lo empalaron, tardando el asesino unas cuatro horas en palmarla. Para que luego hablen de la égalité, la fraternité y la madre que los parió. Bueno, la cosa es que tras la repentina jubilación anticipada de Kléber tomó el mando el general Jacques-François Menou, que en 1798, tras la llegada de la Armée d'Orient a Alejandría se casó con una mora riquísima y se convirtió al Islam, adoptando el nombre de Abd Alláh-Jacques el muy cachondo. Es evidente que tuvo muy claro eso de "allá donde fueres haz lo que vieres". 

Bien, la cuestión es que Abd Alláh-Jacques decidió acabar de una vez con el vicio entre sus cada vez más mustias tropas que, al decir de su comandante en jefe, se estaban convirtiendo en "un grupo de escarabajos". En octubre de 1800 emitió un edicto por el cual se prohibía el consumo de hashis y, además, se castigaría a los propietarios de los establecimientos que lo vendiesen. El edicto estaba formado por tres artículos:

Artículo 1. Queda prohibida en todo Egipto la ingesta de bebidas que los musulmanes preparan a partir del cáñamo, así como la inhalación de semillas de cáñamo. Quienes adoptan el hábito de fumar y beber esta planta pierden la razón y sufren virulentos delirios durante los cuales tienden a cometer toda suerte de excesos.
Artículo 2. Queda prohibida en todo Egipto la preparación de bebidas con hachís. Las puertas de los cafés y restaurantes donde se sirve deberán ser tapiadas y sus propietarios presos por espacio de tres meses.
Artículo 3. Todas las pacas de hachís que lleguen a las fronteras deberán ser confiscadas y quemadas públicamente.
Menou, el general islamizado
Ahí donde la ven, el edicto de Menou fue la primera ley moderna que prohibía el consumo de drogas. Está de más decir que no sirvió de nada porque, además de lo enviciados que estaban a aquellas alturas, ya sabemos que basta con que nos prohíban algo para que nos entren más ganas de desobedecer. En todo caso, cuando los gabachos se largaron de vuelta a su verde Francia en agosto de 1801 con el rabo entre las patas y más derrotados que un vampiro en una tienda de crucifijos a manos de los british, se llevaron consigo tanto el vicio como el producto del mismo. Naturalmente, los académicos que acompañaban al ejército gabacho, muy interesados por las aplicaciones médicas del hashis, se llevaron consigo cantidades suficientes para distribuirlas por diversos laboratorios de Francia para su análisis y estudio. A una de las conclusiones, quizás muy importante, a la que llegaron es que el cannabis que se criaba en la India y en Oriente Próximo tenía unos efectos mucho más potentes que los que llegaron inicialmente a Europa, bien a manos de los cruzados, bien los que cultivasen los andalusíes, por lo que esa podría ser tal vez la causa de que no gozase de la difusión que luego tuvo el que llegó de manos de la Armée d'Orient. Al parecer era cosa del clima, creciendo las variedades de efectos más fuertes en zonas cálidas.

Charles Baudelaire. Además de darle al hashis
también era aficionado al "hada verde". Más
que inspiración este hombre tendría a todas
horas unas alucinaciones fastuosas. Ah, y hasta
padecía sífilis y todo...
El consumo de hashis se propaló en Francia como una epidemia vírica de las chungas. En pocos años se convirtió en la típica travesura de los intelectuales y la alta sociedad; a los primeros porque, según ellos, les estimulaba la cosa creativa en sus magines, y a los segundos porque se aburrían como galápagos y con esa porquería salían de sus monótonas y aplatanantes existencias. De hecho, en 1844 se creó el Club des Hashischins, nutrido por grandes personalidades del mundo de la cultura y el arte en general como Delacroix, Dumas, Balzac, Baudelaire y Gautier, que se reunían en el hotel Pimodan de París y lo consumían en la forma de pasta que mencionamos anteriormente.

Bueno, así fue como el hashis fue introducido en Europa y como el ejército francés fue el primero de Occidente en padecer la lacra de las drogas. Obviamente, no pasaron muchos años hasta que los más denodados defensores de su consumo, encabezados por Baudelaire, que hasta compuso en 1860 un poema dedicado a esa nociva resina, se percataron de que sus efectos en la sociedad no eran nada prometedores. Pero para entonces ya era demasiado tarde. En cuanto a su utilidad militar, fue totalmente opuesta a lo que luego se consideró como adecuado ya que el hashis no era un estimulante, sino todo lo contrario. En todo caso, ya saben a quién agradecer la importación de esa porquería para desesperación de tanta gente que ven como a causa de un simple porro sus hijos acaban enganchados a los más letales alcaloides: los gabachos. Dios los maldiga junto al enano por siempre jamás, amén de los amenes.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Coraceros 3ª parte. Espadas



Bueno, tras unos días de desmadejamiento neuronal vamos a retomar el tema de los coraceros, que aún da mucho de sí. Una vez visto su equipamiento defensivo, la coraza, hoy le toca a su principal arma ofensiva: la espada.

Como ya podemos suponer una unidad de caballería pesada debía estar equipada con un arma especialmente robusta, fiable y, ante todo, que hiciese que a los enemigos se le subieran los testículos a la garganta nada más verlas destellar en la distancia. Un arma que debía emular a las lanzas de los caballeros medievales para ofender al enemigo a la mayor distancia posible, y acuchillarlos despiadadamente como si se tratase de un cuñado pillado in fraganti saqueando la bodega. Sin embargo, la espada reglamentaria de los coraceros no surgió de un modelo creado específicamente para ellos, sino que partió de un diseño anterior que fue evolucionando con el tiempo hasta convertirse en el arma que conocemos. El germen de esta espada podemos verlo en la foto superior. Se trata del modelo 1784, denominado comúnmente como "Garde à Fleurons" y era el arma reglamentaria de la caballería pesada francesa y de la guardia de corps del rey hasta que el fraternal, igualitario y libre pueblo gabacho (Dios maldiga al enano corso) decidió cesarlo de forma definitiva separándole la cabeza del resto de su anatomía. 

Esta espada era un arma de categoría con una hoja de 97'5 cm. de largo que alcanzaba una longitud total de 113 cm. Como vemos, estaba provista de una hoja de un filo con doble acanaladura y lomo corrido. La vaina estaba fabricada de cuero negro con brocal y contera de latón. Como se ve en la foto, el brocal tenía un botón para suspenderla de un tahalí. Le empuñadura, que podemos ver a la derecha, era de cuero con un torzal que daba 15 vueltas a la misma, y las guarniciones de latón estaban decoradas con una flor de lys que fue sustituida por un gorro frigio revolucionario como el que vemos en el detalle una vez que el ciudadano Capeto partió de este mundo cruel con la cabeza metida entre las piernas. A partir de ese momento dejó de denominarse como modelo 1784 para adoptar el calendario de la revolución, por lo que fue designada como modelo Año IV (1795/96). 

Ya en plena revolución, el Comité de artillería (¿se han dado cuenta que los revolucionarios de todas las épocas adoran los comités?) para llevar a cabo las modificaciones que se estimasen oportunas, las cuales empezaron por una estilización de las guarniciones de la empuñadura sin que por ello perdiera eficacia o restara protección a la mano. Así pues, se decidió que el modelo de espada para caballería pesada usaría la empuñadura que vemos a la izquierda, provista de un guardamanos, tres gavilanes y rematada por un pomo con monterilla, todo ello de latón, elaborada por la fábrica Marechaussée, propiedad de un probo ciudadano revolucionario llamado Liorard que, por lo que se ve, era un hacha en eso de nadar y guardar la ropa.

Pero no solo se modificó la empuñadura, sino también la hoja que, aunque conservó la morfología del modelo anterior, se le suprimieron las acanaladuras dando como resultado una hoja de lomo corrido vaciada a una mesa. Esto la hacía más pesada y le restaba la rigidez y resistencia necesarias para un arma destinada ante todo a herir de punta, pero la cosa es que, quizás por su influencia en el dichoso comité, el tal Liorard se salió con la suya. Sin embargo, esta espada no acabó armando a las unidades de caballería pesada, sino a los gendarmes, los antiguos guardias de corps que habían sido abolidos a raíz de la revolución.

La destinada a armar las unidades de coraceros fue el que vemos en la ilustración de la izquierda, conocida como modelo Año IX (1800-1801) y diseñada bajo la dirección del general de brigada Jean-Jacques Gassendi, Inspector General de Artillería nombrado personalmente por el enano cuando era cónsul. 

Modelo de cinturón Año XI provisto de dos ramales
Básicamente, este modelo era muy similar al anterior salvo por pequeñas variaciones en el tamaño y ángulo de las guarniciones, así como las vueltas de torzal de la empuñadura, 17 en este caso. Pero donde estaba la diferencia más notable era en la vaina, fabricada enteramente de hierro y que inicialmente estaba provista de una sola anilla. Esto suponía un problema un poco chorra pero que había que darle solución ya que el cinturón tahalí reglamentario hacía que la empuñadura quedase en una posición muy elevada. Eso dificultaba el desenfunde y, además, se golpeaba la coraza con las guarniciones al desenvainar, lo que restaba brillantez al chirriante, inquietante y acojonante sonido propio de varios cientos de espadas saliendo de sus vainas al mismo tiempo. 

Así pues, se sustituyó el cinturón por otro con dos ramales (foto superior) y se añadió a las vainas una segunda argolla, lo que permitía portar la espada en una posición más baja que facilitaba el desenfunde sin que la coraza estorbase en dicha operación. Su aspecto podemos verlo en la ilustración de la derecha. Cada ramal del cinturón tenía una hebilla para regular la altura y el ángulo deseados, y quedaba ceñido a la cintura por debajo de la coraza mediante otra hebilla, todas ellas de latón. En cuanto a las dimensiones de este modelo eran las siguientes: la longitud total era de 113 cm. con una tolerancia de hasta 3 cm. más. La hoja era de 97 cm, y el peso oscilaba entre los 1.240 y los 1.310 gramos, lo que no era precisamente moco de pavo. Sin embargo, esta espada no resultó satisfactoria. Ni la hoja dio los resultados esperados ni tampoco la vaina, que carecía de la robustez necesaria ya que se deformaba fácilmente como consecuencia de un golpe o una caída, bloqueando así la hoja en el interior de la misma. En definitiva, que la espada era muy bonita pero estaba muy por debajo de los requerimientos exigidos.

Así pues, el general Gassendi se puso manos a la obra para rediseñar la espada azuzado por el entonces ministro de Guerra Louis Berthier, dando lugar al modelo que es más conocido: el Año XI (1802-1803) que podemos ver en la foto inferior.


Las cosas como son, hay que descubrirse ante semejante virguería de espada. En sí, salvo en la hoja las diferencias con el modelo anterior era mínimas en su apariencia externa. Solo se cambiaron las abrazaderas de la vaina, la contera se sustituyó por el modelo "de lira" que se ve en la foto, llamado así por su similitud con ese instrumento, y la empuñadura tenía solo 12 vueltas de torzal. Dicha vaina había sido reforzada, usando una chapa de 2,5 mm. de grosor en vez de la de 1,5 del modelo Año IX. Además, se le añadió un alma de madera y se soldaban las dos mitades con hilo de latón y bórax en polvo, lo que permitía efectuar una sólida soldadura sin necesidad de recalentar en exceso el hierro. Esta nueva vaina resistía la coz de un caballo, pero como nunca llueve a gusto de todos muchos protestaron ya que era tan sólida que, en caso de una caída, la vaina podía causar una seria lesión si golpeaba de punta en el cuerpo. De ahí que hubiese personal que pidiese la implantación de las vainas de cuero que usaban las unidades de dragones, más ligeras y con menos peligro. Pero eso quedó reservado a los oficiales, como veremos en su momento.

Una vista del brocal de la vaina, fijado a la misma
mediante dos tornillos. En su interior llevaba unos
resaltes metálicos para que la hoja quedase
perfectamente ajustada
En cuanto a la hoja, era un tocho de acero de 97,5 cm. de largo que hacían que una vez envainada alcanzase una longitud total de 120 cm. nada menos. En el detalle de la foto vemos el modelo inicial, de perfil similar al modelo Año IX, pero con las dos acanaladuras del antiguo modelo de la caballería regia que vimos al principio. La espada que vemos en la foto grande la que se adoptó en 1816 y cuya hoja, como salta a la vista, tiene contrafilo. Esa variación estuvo en servicio hasta 1855 nada menos. Sus dimensiones la hacían un arma soberbia: el grosor de la hoja en el tercio fuerte era de 8,25 mm., y el peso del arma alcanzaba los 1.417 gramos. Si comparamos este peso con la del Año IX veremos que esta era más  masiva ya que tenía acanaladuras, que en teoría aligeran el peso de la hoja, mientras que la anterior era plana. El peso de la vaina era de 1.780 gramos, y el total de las dos piezas 3.197 gramos. Recordemos que una espada medieval excedía en poco el kilo de peso a pesar de su aspecto masivo.

Fiador para la espada de tropa fabricado con cuero teñido
de blanco. El modelo para oficiales ya lo veremos en la
siguiente entrada
La producción de espadas de este modelo estaba alrededor de las 400 unidades mensuales, siendo enviadas a sus respectivos destinos en cajas de madera que contenían 42 espadas con sus correspondientes vainas. Caja caja pesaba 192 kilos de nada. La producción total de espadas del modelo Año IX fue de 15.199 unidades, mientras que las del Año XI alcanzaron las 54.640 hasta que cesó la fabricación en el año 1817. En total, 69.839 espadas con un precio aproximado de 40 francos cada una, o sea, un pastizal. El mantenimiento se llevaba a cabo con polvo de esmeril que, frotando la hoja, la mantenía perfectamente bruñida, lo mismo que las guarniciones y la vaina. Para preservarla de la humedad se la impregnaba con aceite de oliva del bueno. Estas hojas, como es habitual en las espadas, no solían estar afiladas como un sable ya que su misión era herir de punta. No obstante, su masa era lo suficientemente importante para, sumada a la fuerza del golpe, abrir literalmente como un melón la cabeza de un infante si le alcanzaba de lleno o incluso de rebanarle el pescuezo.

Bien, con esto terminamos por hoy porque tengo uno de mis fastuosos dolores de cabeza que tanto me aman y que se niegan a abandonarme a pesar de haberles ofrecido el divorcio con pensión incluida qué se yo la de veces. Así pues, mañana proseguiremos para dar un repaso a las espadas de la oficialidad, que eran distintas a las de tropa, y el resto de la panoplia de los coraceros.

Hale, he dicho

Entrada anterior pinchando aquí.

martes, 22 de agosto de 2017

Coraceros 2ª parte. Las corazas


Fotograma de la película "Coronel Chabert", dirigida en 1994 por Yves Angelo. La escena muestra los instantes
previos a la famosa carga masiva en Eylau, ambientada con una lánguida y tristona sonata de Schubert que refleja
a mi entender de forma bastante acertada el ánimo del personal que, en breve, palmaría para mayor gloria
del enano corso al que Dios maldiga AD SECVLA SECVLORVM

Continuemos con la continuación...

y para proseguir con este tema colijo que, ante todo, deberemos darle preferencia a la principal pieza del atuendo de estos belicosos ciudadanos que, además, es la que les daba nombre: la coraza.

Coracero con el 2º modelo de 1806
En primer lugar debemos tener en cuenta que, aunque en apariencia fuesen todas iguales, la realidad es que hubo varios modelos, y que dentro de cada uno de ellos había pequeñas variaciones en función del regimiento al que eran enviadas. Recordemos que en aquellos tiempos se tenía especial empeño en marcar diferencias con las demás unidades de los ejércitos aunque fuese en el troquel de un botón de la casaca o el largo de los calzones, así que había mandamases que se preocupaban de que las tropas a su mando fuesen reconocidas y diferenciadas del resto con chorraditas por el estilo. Ya saben, los "húsares de los 306 botones" o los "dragones del penacho verde pálido". Supongo que igual eran reminiscencias atávicas similares a las que impulsaban a los caballeros medievales a diferenciarse de sus compadres y cuñados para despejar dudas al enemigo, y que en todo momento supieran con quién se enfrentaban.

Coracero del 1er. Rgto. en 1802
Según comentamos en la entrada anterior, los primeros regimientos de coraceros se crearon en 1801 si bien tuvieron que esperar un poco antes de recibir las corazas, las cuales no fueron suministradas hasta el año siguiente. Se trataba del modelo que, como ya se dijo en dicha entrada, había empleado el 8º Rgto. de Coraceros del Rey, una antigua unidad de caballería pesada que había sobrevivido a la revolución y que fue fusionada con el 1er. Rgto. de Caballería pesada para formar la primera unidad de coraceros. No fue cosa baladí fabricar y suministrar los miles de corazas necesarias para cubrir la demanda de los 12 regimientos iniciales, de modo que se tardaron unos tres años en equiparlos a todos. En 1803 se sirvieron las de los regimientos 2º, 3º, 6º, 7º y 8º; en 1804 las de los regimientos 4º, 9º, 10º, 11º, y 12º y, finalmente, en 1805, las del 5º regimiento, que se quedó para el final. Supongo que sería donde iban destinados todos los cuñados de la caballería del enano (Dios lo maldiga por siempre jamás, amén).

Segundo modelo, el más conocido por lo
general, ya desprovisto del espolón inferior
y con un perfil más redondeado
Esta coraza estaba formada por dos piezas, peto y espaldar, y estaban ribeteadas por un total de 34 remaches de cobre cada una. El peto presentaba en la parte frontal un cierto grado de angulación y un espolón inferior, una reminiscencia de las añejas corazas usadas en tiempos de los reitres para desviar las moharras de la infantería enemiga en una época en que esta aún usaba armas enastadas, picas concretamente. Para colocarla sobre el cuerpo disponía de dos hombreras fabricadas de cuero beige y forradas de tela roja que eran fijadas con remaches al espaldar. En sus cuyos extremos vemos sendas piezas de bronce con dos orificios donde se enganchaban en dos remaches semiesféricos de cobre. Una vez unidas ambas partes bastaba meter la cabeza por dentro y ajustarla al cuerpo para, finalmente, abrochar la correa que unía las dos piezas por su parte inferior. Esta correa consistía en dos mitades remachadas al espaldar y provistas de una pequeña hebilla de cobre en la parte frontal. En términos generales, el mantenimiento de las corazas era bastante elemental: impedir que se oxidaran y mantenerlas pulidas a base de frotar con polvo de esmeril o, al menos, con arena fina. Sin embargo, los cinturones acababan partiéndose por el orificio que se usaba a diario, por lo que los talabarteros de los regimientos tenían que reponerlos con cierta frecuencia, así como las hombreras ya que, en este caso, la lluvia y el sol se encargaban de pudrir el cuero que constituía el material base de las mismas. En caso de tener que sustituir el forro interior, inicialmente sujeto con alambres, habría que eliminar los remaches y volverlos a colocar, lo que implicaba tener que usar otros de un diámetro un poco mayor ya que los orificios ganaban un poco de diámetro al remover los antiguos.

En las hombreras es donde se pudieron ver las primeras variaciones de un regimiento a otro ya que, mientras lo habitual era que se recubrieran con escamas de bronce, las de 9º Rgto. lo estaban con dos hileras de anillas de cobre amarillo. Sin embargo, las de 8º no llevaban ningún tipo de protección, estando fabricadas exclusivamente con cuero de color negro. Sea como fuere, escamas o anillas, el motivo de estas era impedir que la correa de la hombrera fuese cortada por un sablazo enemigo. En la foto de la derecha tenemos el modelo normal y el del 9º Rgto. y, de paso, podemos apreciar mejor el sistema de fijación del espaldar al peto. Por norma se abrochaba siempre por el primer orificio, por lo que cabe pensar que el segundo estaba pensado para poder armarse con la coraza en caso de añadir ropa de abrigo debajo de la misma.

El interior de la coraza, como ya comentamos más arriba, estaba forrado con una tela resistente rellena de crin para impedir que el roce con el metal deteriorase los carísimos uniformes de la época. Dicho relleno estaba confeccionado con tejido rojo ribeteado de blanco, y asomaba por el cuello, las mangas y el faldón de la pieza de la misma forma que vemos en la que usa el probo ciudadano recreacionista de la foto, al que se le ve una jeta de satisfacción inmensa por ilustrar esta entrada tan interesante. La coraza que viste es un modelo posterior que sustituyó al inicial en 1806, y que se diferenciaba solo en que, como se puede apreciar, era más redondeado y carecía el típico espolón de las corazas antiguas. La bandolera que le cruza el pecho era la que sostenía la cartuchera que colgaba a la espalda para cargar la trecerola que entró en servicio posteriormente a la época que nos ocupa y de la que hablaremos en su momento. Hubo un tercer modelo de coraza que se empezó a distribuir en 1809 y que tenía un perfil aún más redondeado y tenía el faldón un poco más corto para que resultase más cómoda a la hora de ir montado a caballo, pero por lo demás era igual en todo a la anterior.

Por lo demás, el peso medio de estas corazas era de 7,5 kg. y se suministraban en dos tallas dependiendo de la altura del sujeto. Estaban construidas con chapa de acero o de hierro forjado de 2,8 mm. de espesor, lo que les brindaba una buena protección contra las armas blancas del enemigo- bayonetas, espadas, espontones, etc.-, pero no contra las balas. En la ilustración de la derecha podemos apreciar además como los gruesos rebordes salientes en el cuello y en las aberturas para los brazos estaban concebidos para impedir que la punta de una bayoneta o cualquier otra arma resbalase hacia fuera, clavándose en el cuello, en un hombro o en la axila. En cuanto al borde inferior, el pliegue marcado con la flecha impedía que la punta o el filo de un arma enemiga se desplazase hacia arriba o hacia abajo, y el reborde detendría la punta de una bayoneta que acabaría perforando el bajo vientre. Lógicamente, en caso de que el jinete cayese era hombre muerto si no andaba listo, porque las bayonetas de los cabreados infantes irían derechas a su pescuezo o al borde inferior del peto para, clavándolas hacia arriba, herirlos en el estómago, lo que producía una herida mortal, extremadamente dolorosa y exasperantemente lenta.

Pero, como decimos, contra las balas eran totalmente inservibles salvo casos contados en que impactase una bala perdida que venía volando desde al menos doscientos metros. Hay datos de unas pruebas que efectuaron en 1807 tomando tres corazas: la reglamentaria de los coraceros, un modelo alemán y un antiguo peto de los que usaba la caballería durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763) que pesaba casi lo mismo que la coraza entera del ejército gabacho, 6,5 kg. En dichas pruebas se dispararon balas de mosquete a una distancia inicial de 140 metros, que las dos segundas resistieron mientras que el elegante modelo de los coraceros fue perforado sin problema. Solo el viejo modelo fue capaz de resistir a corta distancia en la última prueba, efectuada a solo 9 toesas (16 metros). Al llevar a cabo las pruebas con pistola, pues más de lo mismo. El modelo francés fue perforado a 33 metros, la distancia inicial, mientras que los otros dos modelos se quedaron tan campantes cuando les dispararon a solo 16 metros. Así pues, los ejemplares que se conservan con abolladuras tan substanciosas como la que presenta el ejemplar de la foto superior fueron el resultado de tener una potra tremenda ya que se trataba de balas perdidas que acertaron en el pecho en vez de en plena jeta, lo que habría acabado con la mísera existencia del usuario de la coraza en cuestión.

Así pues, la protección que brindaban estos chismes era relativa ya que una descarga de fusilería se llevaba por delante a cualquiera de ellos, y solo mostraban su verdadera utilidad cuando, una vez llegados al contacto, protegían a los hombres de los bayonetazos, sablazos y puntazos de los espontones de los sargentos pero, eso sí, siempre y cuando permanecieran sobre sus briosos pencos los cuales, pobrecitos, eran acuchillados sin piedad para derribar sí o sí al jinete y, una vez en el suelo, masacrarlo bonitamente en justa venganza por haber dejado vivo al cuñado en vez de al colega de toda la vida. Y que nadie piense que solo palmaban los coraceros rasos porque los oficiales, tanto en cuanto cabalgaban al frente de sus unidades, eran los primeros en sentir los efectos del fuego enemigo. Un buen ejemplo lo tenemos en el ejemplar de la foto. Se trata de un peto de oficial del modelo inicial de 1802 con un suntuoso boquete similar al de la famosa coraza del carabinero Fauveau, que entregó la cuchara en Waterloo para encabezar la lista de hombres más agujereados de la historia.

Y ya que mencionamos las corazas de la oficialidad, comentar que estas no eran de mejor calidad que las de la tropa, y solo se diferenciaban de ellas en cuatro detalles destinados simplemente a, como era y es norma en todos los ejércitos, marcar las diferencias entre los que mandan y los que obedecen. Como podemos apreciar en el ejemplar de la izquierda, la única diferencia radicaba en una profunda acanaladura grabada en todo el contorno de ambas partes, a tres centímetros del borde y sirviendo de margen a los 34 remaches de latón que contorneaban cada pieza de la coraza. Las diferencias más evidentes las encontramos en las guarniciones. El cinturón era de cuero rojo bordado con hilo de plata en vez de cuero negro mondo y lirondo, y las hombreras, también elaboradas con cuero rojo o de cuero normal forrado de terciopelo del mismo color, estaban ribeteadas con cordones de plata, siendo sustituidas las escamas habituales por hiladas de dos o tres anillas de bronce imbricadas de forma similar a las antiguas cotas de malla. Esto no significa que brindasen más protección tanto en cuanto el peto y el espaldar estaban unidos, por lo que un sablazo en el hombro no implicaría ser herido ya que, como comentamos anteriormente, su verdadera utilidad radicaba en impedir que un tajo propinado por el enemigo cortase la hombrera y abriese la coraza por ese lado. En cuanto al ribeteado del forro de la coraza, en este caso era de plata, y los coroneles llevaban dos franjas en vez de una.

Así pues, y como vemos, las corazas de la oficialidad eran muy similares a las de la tropa. Solo los mandamases supremos de las divisiones de coraceros o los mariscales se encargaban corazas con repujados más o menos vistosos en los contornos de peto y espaldar o incluso algún adorno en el frontal del pecho, que para eso eran los jefazos y había que dejar claro a propios y extraños quién era el que cortaba el bacalao. Conste que esta práctica era habitual en todas partes, e incluso pasaban de usar las espadas o sables reglamentarios por otros elaborados a su gusto. Total, como no solían usarlos mucho tampoco tenía importancia. En el grabado superior tenemos dos ejemplos. El de la izquierda es una coraza de general, y en el de la derecha vemos el perfil de la coraza del mariscal Berthier, cuyo contorno estaba enteramente repujado con hojas de laurel en plan victorioso (en el casco también se hijo repujar una corona similar, qué menos...).

Bien, con esto concluimos. Solo resta añadir que los timbaleros y los cornetas eran los únicos personajes que no usaban coraza. Según vemos en las ilustraciones de la izquierda, los timbaleros iban vestidos a la turca, moda muy en boga en aquellos tiempos (recordemos la entrada dedicada a los mamelucos) porque la cosa arabesca daban un toque exótico. En todo caso, cabe suponer que a estos les daba una higa no usar protección porque los timbales no se usaban en combate. Otra cosa eran los cornetas, que iban junto al oficial al frente del escuadrón y que, para colmo, en vez de cargar espada en mano se tenía que dedicar a tocar su instrumento para dar las órdenes, así que lo tenían verdaderamente crudo porque no podían defenderse salvo que la emprendieran a trompetazos con el enemigo. Por cierto que sus uniformes eran distintos a los de sus camaradas, que también variaban de uno a otro regimiento como está mandado. Para ser más visibles llevaban los colores invertidos respecto a los de su unidad y, en algunos casos, solían usar unas casacas festoneadas de vivos colores para ser fácilmente identificables. Lo malo es que el enemigo también los veía a la legua, así que ya sabemos quién se convertía en blanco preferente porque, de la misma forma que los enlaces eran objetivo principal, los cornetas también encabezaban las listas de los buenos tiradores ya que un oficial sin su turuta lo tenía complicado para impartir las órdenes en mitad del estruendo de la batalla.

Bueno, ya continuaremos con la continuación de esta pequeña monografía coracera.

Hale, he dicho

Entrada anterior pinchando aquí.
Tercera parte pinchando aquí.

Las cosas como son: contemplar una escena similar al natural en su época debía ser todo un espectáculo. Eso sí,
desde lo alto de un cerro o cualquier otro lugar prudentemente alejado, por si acaso.