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martes, 10 de febrero de 2015

Escopetas de combate 2ª parte


Tropas yankees entrenando en Francia en el verano de 1918. Curiosamente, las vainas que se ven 
esparcidas por el suelo no son las reglamentarias de latón sino que, según se aprecia, son 
semi-metálicas. Cabe suponer pues que reservaban esas para los entrenamientos al ser obviamente un tipo de munición mucho más barato, o puede incluso que lo hicieran con munición comercial de perdigones. Por otro lado, por la posición del tirador en primer término da la impresión de que están tirando al plato.


Bueno, proseguimos...

Remington mod. 10 provista del mismo sistema de engarce de bayoneta
y de refrigeración del cañón que la Winchester mod. 97. En este caso,
el arma llevaba el martillo interno y el depósito tenía capacidad para
cinco cartuchos de munición. De este modelo se fabricaron 3.500
unidades para su envío al frente.
Ante todo, una aclaración: como ya pudieron observar vuecedes en la entrada anterior, me detuve en la época correspondiente a la Gran Guerra, sin ahondar en conflictos posteriores como la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, etc. Ello es debido simplemente a que, como ya es de casi todos sabido, no me extiendo más allá del primer conflicto mundial tanto en cuanto ya es pasarme varios pueblos en lo tocante a la época de estudio que abarca el blog. Así pues, esta entrada se dedicará a analizar los efectos y la operatividad de este tipo de armas que, al cabo, son los mismos en cualquier época salvo en la actualidad. Hoy día, los nuevos diseños de escopetas de combate así como las municiones usadas tienen ya poco que ver con las que se empleaban hace un siglo y, obviamente, serían objeto de un estudio aparte. Así pues, veamos las escopetas de combate desde su perspectiva de inicios del siglo XX...

Cartucho mod. 19 en calibre 12-70 con vaina de latón
y cargado con 9 postas del 00. Como se ve en el gráfico,
la munición va separada de la carga de pólvora por
tres tacos de fieltro lubricado para aminorar la suciedad
en el cañón tras cada disparo. El cierre era denominado
"de dientes de sierra", un método que no ejercía tanta
presión como el rebordeado convencional. La tapa de
cartucho era de cartón
En primer lugar, el calibre real. El calibre de las escopetas se da mediante un sistema inglés que, como todo lo inglés, es absolutamente absurdo y de difícil comprensión para una mente normal. Así pues, un calibre 12 significa que de una libra inglesa de plomo saldrían 12 bolas de ese diámetro. Surrealista, ¿no? El calibre en milímetros es de 18,5 pero, a pesar de todo, se sigue usando en todas partes el ridículo sistema británico. Por otro lado, conviene explicar los entresijos de los calibres de este tipo de armas. Por si alguno lo desconoce, que serán bastantes si nunca han manejado escopetas, estas se fabrican con un estrangulamiento en los últimos 10 cm. del ánima a fin de que el cono formado por los perdigones o las postas se abran a más o menos distancia de la boca de fuego. Hay dos sistemas de medidas: el europeo y, como no, el anglo-sajón usado por los ingleses (Dios maldiga a Nelson) y los yankees. Así pues, el estrechamiento mencionado, el cual recibe el nombre de "choke", se distribuye de mayor a menor de la siguiente forma:

  • Una estrella (i) o full choke. Es un estrechamiento de entre 9 y 11 centésima de milímetro. Por lo tanto, el calibre en la boca del ánima será de unos 17,5 mm. de media. Eso hace que el cono de fuego se abra más distancia y, por ende, el alcance sea mayor. Para entendernos: un disparo a unos 5 metros con un cañón así lo que hace es un boquete bestial ya que la munición aún va entacada.
  • Dos estrellas (i i) o 3/4 de chocke. El estrechamiento es menor, de entre 7 y 8 décimas, lo que nos daría un calibre final de 17,7 mm.
  • Tres estrellas (i i i) o 1/2 de choke. El estrechamiento es de 4 a 6 décimas, así que el calibre final sería de 17,9 mm.
  • Cuatro estrellas (i i i i ) o 1/4 de chocke, con un estrechamiento de 1 a 3 décimas que dan un calibre de 17,95 mm.
  • Cilíndrico. En este caso, el ánima mantiene su diámetro de forma uniforme en toda su extensión. Por lo tanto, el cono de fuego será el más amplio.
Efectos de un disparo, en este caso accidental, de una
escopeta en una pierna. Sobran los comentarios
Así pues, para lograr un cono de fuego lo más amplio y a la menos distancia posible tenemos que irnos al cilíndrico o, como mucho, al de cuatro estrellas. Esto permite también disparar cartuchos de bala sin notables aumentos de presión ya que, dependiendo del tipo, las hay que se adaptan mejor o peor a chokes muy cerrados. Pero como los cartuchos de bala no se usaban en las escopetas de combate no redundaremos en ese tema ya que, de lo contrario, esto no sería una entrada bloguera sino una enciclopedia de balística y tampoco es eso. Así pues, nos ceñiremos a las postas, que eran- y son aún hoy día- el tipo de munición habitual.



Las postas son unos proyectiles esféricos a modo de perdigones, pero de mucho más diámetro. Las mayores son las del 00 (o doble cero), que suelen estar entre los calibre .32 y .36 por lo general, o sea, entre 7,65 y 8 mm., y en un número de nueve colocadas en tres tongadas de tres postas cada una. Esto se traduce en una verdadera lluvia de plomo aunque no lo parezca. Veamos como...

Comparativa entre una bala de 9 mm. y postas del 00
Como ya se comentó en la entrada anterior, el modelo 97 usado por los americanos carecía de interruptor de disparo, lo que permitía hacer fuego de forma continua si se mantenía el gatillo presionado. Por lo tanto, si disparamos los 5+1 cartuchos que cargaba la escopeta, se traducen en 54 bolas de calibre 8 mm. puestas en el aire en muy poco tiempo. A título orientativo sobre la cadencia de tiro que se puede lograr con un entrenamiento adecuado, puedo decir que yo mismo, en un campeonato de Recorridos de Tiro en Valencia hace unos años, en un ejercicio en el que había que abatir tres siluetas metálicas con una escopeta Mossberg 500 logré un tiempo de 1,65 segundos (un tipo me echó la pata por dos centésimas el muy...). Ojo, el ejercicio no se iniciaba con la escopeta en la mano, sino que había que cogerla de una mesa ya cargada. Así pues, si eso lo traducimos en una situación de combate significa que habría puesto en el aire 27 proyectiles en poco más de segundo y medio, cosa que no se podría hacer con un subfusil. Traduciendo: obviamente, la cadencia de tiro de un subfusil es mayor pero, por cada proyectil que dispara, una escopeta dispara nueve. Puedo asegurar, porque he tirado muchísimo con escopeta, que un tirador bien entrenado tiene más peligro que un macaco psicópata con una Guillette y puede, como he comentado, abatir a más de tres enemigos en un segundo o menos, sin darles tiempo ni a hacerse pipí a consecuencia del susto.

Soldado de las Stoßtrupp armado con
un MP-18. El cargador de tambor o caracol
era del mismo tipo que el empleado para la P-08
de estas unidades de asalto.
Traspasemos esos datos a una trinchera de la Gran Guerra en la que los subfusiles brillan por su ausencia. Solo las Stoßtrupp de los tedescos cuentan con algunas unidades del MP-18, un arma diseñada por Hugo Schmeisser que no entró en servicio hasta las postrimerías del conflicto y que disponía de un cargador de 32 cartuchos de 9 mm. Parabellum. Su cadencia de tiro teórica era de 350 dpm y, como todas las armas germanas, era robusto, fiable, y muy bien terminado. Pero las unidades enviadas al frente eran escasas y llegaron demasiado tarde para mostrar todo su potencial en la guerra de trincheras. Pero lo más importante era que para manejarlas adecuadamente había que tener personal adiestrado que no perdiera los nervios y dejara el dedo en el gatillo, agotando su reserva de munición en menos de cinco segundos. Y mientras el soldado Fritz apretaba el gatillo y se quedaba sin munición tras soltar 32 proyectiles de 9 mm., el soldado Joe le respondía con 54 bolas de plomo de 8 mm. casi en el mismo tiempo y, además, de una forma mucho más controlada ya que el retroceso de los subfusiles en fuego sostenido no es precisamente fácil de someter. De ahí que, muchos años más tarde, se fabricaran armas de ese tipo con limitadores para ráfagas de tres disparos y no quedarse listo de papeles en plena refriega a causa de los nervios o el miedo.

Otro aspecto es la contundencia en sí de los disparos realizados por las escopetas. Podemos relacionarlo con dos aspectos, a saber:

  • Las postas al uso eran de plomo, material este que, al ser más maleable, se deformaba al impactar contra el cuerpo del enemigo, cediéndole su energía cinética y, por ende, produciendo un shock que lo dejaría, caso de no caer muerto en el acto, muy aturdido por el impacto. En situaciones de combate extremo como era el de las trincheras, en el que la tensión le hacía a uno partirse la lengua a mordiscos sin darse ni cuenta, era muy importante dejar al enemigo literalmente fuera de combate. O sea, que un herido, si conservaba un mínimo de consciencia, podía hacerle a uno una faena disparándole desde el suelo o arrojando una granada de mano y morir matando.
  • El cono de fuego de una escopeta estaba mucho más concentrado que el de un subfusil ya que, debido al retroceso, su trayectoria tendía a desplazarse hacia arriba y a derecha o izquierda dependiendo del sentido del rayado del ánima. Eso implicaba que si no se realizaban ráfagas cortas que permitieran mantener el control del arma, el enemigo recibiría uno o dos disparos antes de que el resto de la ráfaga se perdiera en el vacío. La escopeta, sin embargo, le metía a uno las nueve postas en el pecho ya que estas salían entacadas en un solo disparo. Y nueve postas en el pecho eran más que suficientes para mandar al soldado Fritz junto al abuelo Klaus sin problema. Por otro lado, mientras que un disparo de 9 mm. en una extremidad no anulaban al combatiente ya que, al ser munición blindada, la cesión de energía era mínima (doy fe porque en una ocasión me metieron un balazo encima de una rodilla y casi ni me enteré), un postazo podía separar literalmente el brazo del cuerpo o dejar una pierna tan destrozada que, en ambos casos, el shock hipovolémico producido por la hemorragia también acabarían con el enemigo en cuestión de pocos segundos. Sobran mencionar los efectos de un postazo en la cabeza porque ya pueden suponerse: no queda prácticamente cabeza.
Dos dianas en las que se muestran sendos impactos de postas del 00 a distancias diferentes. Como se puede apreciar,
a 3 metros aún no ha dado tiempo a que las postas se abran, produciendo un enorme boquete que, obviamente, sería
devastador. No obstante, eso reduciría las probabilidades de impactar en el blanco en una situación de combate ya que
las postas se idearon para aumentar las posibilidades de acierto. Si lo que se quiere es dejar a un enemigo literalmente
para el arrastre no hacen falta postas, sino un cartucho de bala. Eso sí, con bala o se acierta o se falla, no hay términos
medios, mientras que si de las nueve postas de un cartucho aciertas con tres o cuatro ya has dejado listo al adversario.


P-08 de artillería con cargador de caracol de 32
disparos. Esta pistola era, junto con el MP-18, las
armas que las Stürmtruppen podían oponer a las
escopetas de trinchera de los yankees
El único defecto de las escopetas era la lentitud de su recarga. Cierto es que, como comentaba un lector en los comentarios de la anterior entrada, se podía ir alimentando el arma introduciendo cartucho a cartucho por la ventana de expulsión, pero ese método era totalmente inviable durante un asalto en las trincheras. Una vez agotada la munición de la escopeta y si no le era posible recargar, el soldado Joe tendría que echar mano a su fastuosa pistola Colt 1911, más contundente que las P-08 alemanas, o liarse a culatazos y bayonetazos. Por contra, el soldado Fritz si tenía en ese caso todas las ventajas ya que recargar su MP-18 era cuestión de un par de segundos pero, en fin, nada ni nadie es perfecto. Ese problema se solucionó hace unos años, cuando se empezaron a comercializar escopetas con cargadores de petaca o de tambor los cuales permiten una recarga rápida como si de un fusil de asalto o un subfusil se tratara. 


En todo caso, para facilitar al máximo la recarga del arma no se empleaban cananas convencionales, sino una bolsas de lona que pendían del cuello con capacidad para 32 cartuchos como la que vemos a la izquierda, denominada como bolsa mod. 1918. Al quedar apoyadas en la parte superior del pecho, esto permitía al tirador ir recargando sin perder el encare, o sea, manteniendo el arma apoyada en el hombro  y sujetándola con la mano derecha mientras que con la izquierda recarga la munición servida cada vez que tenga oportunidad de hacerlo, de forma que podría disparar si se veía sorprendido durante su avance por la trinchera ya que siempre mantendría un cartucho en la recámara. Con todo, algunos autores mencionan la posibilidad, nada descabellada por cierto, de que los grupos de asalto dispusieran de equipos de dos hombres con sendas escopetas, actuando uno como tirador y el otro como cargador. Por último, mencionar que estas armas no solo eran válidas para freír tedescos en el fango pútrido de las trincheras, sino también para abatir palomas mensajeras- que aún se usaban muchísimo en el frente- e incluso, según algunos autores, desviar granadas como si de un tiro al plato se tratase si bien me inclino a pensar que, en casos así, era más útil tirarse al suelo o esconderse que vacilarle al personal pegando tiritos a una granada que, si fallabas, te convertiría en comida para gatos sin problema. 

Antes de terminar, un dato curioso. Durante la guerra de Vietnam, el gobierno de Vietnam del sur paralizó la distribución de diez mil escopetas Mossberg e Ithaca enviadas por sus aliados yankees por temor a que cayeran en manos del Vietcong y las usaran contra ellos, así que ya vemos que lo último que querían era ver sus carnes agujereadas a postazos por los malvados charlies. Bueno, no creo olvidar nada relevante, así que ya está.

Hale, he dicho


sábado, 7 de febrero de 2015

Escopetas de combate 1ª parte




Actualmente, la presencia de escopetas de combate es muy frecuente. Las vemos en manos de las unidades de la policía o la guardia civil cuando nos cruzamos con un control de carreteras, y no hay película de acción en la que tanto buenos como malos no hagan uso de ellas. Desde hace ya más de un siglo, el sistema de repetición que más ha proliferado para estos fines es la escopeta de corredera o de trombón o, como la llaman los yankees, "slide-action" o "pump-action", un sistema de repetición manual especialmente eficaz que impide en la práctica encasquillamientos de cualquier tipo y, muy importante también, aprovecha el movimiento natural de la mano izquierda durante el retroceso producido por el disparo para recargar. Curiosamente, las escopetas de corredera eran desconocidas en España hasta que el cine las dio a conocer porque, en el suelo patrio, sacabas al personal de las monotiro en calibre .410 Mg. o 9 mm. para el nene, de las de dos cañones - superpuestos o yuxtapuestos- o de las semi-automáticas y ahí se acababa la historia. Valga a modo de anécdota de que yo debí ser quizás el primero en Sebiya en guiar un arma de este tipo (una Franchi) ya que en la Intervención no sabían que tipo de escopeta era y bajo qué tipología guiarla, teniendo que demostrarles largamente que no era un arma semi-automática, sino de repetición manual. En fin, ya sabemos que los beneméritos son a veces un poco duros de entendederas, al menos los de aquella época.

Las escopetas, ya sean monotiro, de dos cañones, semi-automáticas o de repetición mediante corredera o palanca, tienen una serie de ventajas que las hacen especialmente convenientes para el combate a distancias cortas, a saber:

  1. Sus efectos son devastadores. Cargadas con postas, si alcanzan de lleno a un hombre es como si le hubiesen metido una ráfaga en el cuerpo ya que es alcanzado al mismo tiempo por varios proyectiles- más o menos dependiendo del número de postas del cartucho- de calibre 7,65 a 9 mm. De hecho, a partir de determinadas distancias, cuando el cono de fuego se abre, es posible incluso alcanzar a más de un enemigo si estos están cerca el uno de otro.
  2. Por otro lado, para tirar con escopeta no es preciso ser un buen tirador. Debido precisamente a las cortas distancias a la que se dispara, así como al tipo de munición usado, cualquier cuñado con el pulso temblón podría acertar sin demasiados problemas.
  3. Por último, y este detalle fue el que la hizo candidata nº 1 para el combate callejero en tiempos modernos, debido a que las postas son de plomo no se producen rebotes que, caso de usar munición blindada, podrían ser muy peligrosos entre civiles inocentes durante un enfrentamiento en núcleos urbanos poblados. De hecho, en la policía de los Estados Juntitos se contempla incluso como arma anti-disturbios - "riot-gun" dice ellos-, de forma que, si las cosas se ponen verdaderamente chungas ante una horda cabreada y ni el gas CS o los palos meten en vereda al personal, disparan andanadas de cartuchos de 36 postas un metro antes de la primera fila de ciudadanos cabreados de forma que, al rebotar contra el asfalto, les alcancen en las piernas produciendo heridas muy superficiales pero muy aparatosas debido a la pérdida de energía tras el rebote. Obviamente, eso no lo sabe el indignado de turno, que solo se ve las piernas bañadas en sangre y se acojona tanto que se le quita la indignación de forma radical. 


Soldado de un regimiento de caballería de
Virginia armado con una escopeta de perrillos
Así pues, no debemos dar por sentado que el concepto de escopeta de combate va unido de forma inexorable con las escopetas de corredera ya que, de hecho, cualquier escopeta sería válida para tal fin. Otra cosa es escoger la que mejor se adapta a las condiciones de combate para las que se las necesita. El uso bélico de las escopetas surgió durante la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865) a manos de la caballería confederada, que las usaban para abrir huecos entre las filas enemigas. De ese modo, mientras la mayoría del escuadrón la emprendía a sablazos con el personal, varios jinetes armados con escopetas de avancarga de dos cañones disparaban a bocajarro, matando o hiriendo con cada andanada a varios enemigos y logrando así abrir un hueco por donde sus compañeros podían infiltrarse sable en mano para masacrar bonitamente a los "malditos yankees".


La eficacia en combate tras la guerra civil quedó tan patente que el ejército americano no solo no arrinconó la escopeta sino que, antes al contrario, hicieron un amplio uso de ellas para dar estopa a los indios que, cuando se enfadaban, eran difíciles de reducir con las armas convencionales al uso, o sea, revólveres y rifles palanca de calibre 44-40. Cabe suponer que el consumo de peyote y porquerías similares les daba una energía como la del refresco ese que dicen que te da alas. De hecho, el mismo general Crook, el que logró la rendición del temible chiricahua Goyaaté, más conocido como Gerónimo, siempre iba acompañado de una escopeta de dos cañones que portaba terciada sobre el arzón de la silla de montar. Por cierto que debía montar de pena, porque siempre iba en mula. Es evidente que si un militar tan avezado en el combate contra sujetos especialmente proclives a la violencia usaba estas armas es porque su eficacia estaba por encima de todo comentario.

Pero era más que evidente que con escopetas de dos cañones no se podían hacer gran cosa si a uno le embestían más de uno o dos indios hasta las cejas de farlopa, así que hubo que adoptar algo con más capacidad de carga. Curiosamente, el sistema de corredera que hoy día es tan emblemático en los yankees no lo inventaron ellos. No obstante, aunque las primera patentes aparecieron en Inglaterra y Francia entre 1850 y 1880 fue una firma americana la primera en fabricarlas en serie. Fue la Spencer, la que diseñó la famosa carabina de repetición, la primera que puso en el mercado un arma de este tipo la cual fue patentada en 1892. Sin embargo, su elevado precio no la hizo atractiva al ejército, que optó por la Burgees, una curiosa escopeta plegable destinada al uso policial la cual podía ser portada por policías de paisano oculta bajo las levitas y los amplios gabanes de la época tal como se ve en la foto de la derecha. La Burgees tenía un problemilla, y es que no podía usar el sistema de corredera ya que la patente aún la disfrutaba Spencer, así que tuvo que optar por un de sistema de palanca la cual quedaba oculta en el guardamanos, por lo que había que tirar del guardamontes para cargarla. Por otro lado, aunque la Burgees iba bien para uso policial o carcelario, como arma militar no era especialmente recomendable, así que no tuvo el éxito esperado.

Winchester modelo 1893
Fue, como no, el prolífico cerebro de John Moses Browning el que finalmente fue capaz de diseñar un producto verdaderamente válido, como todos los que inventó y que, de hecho, aún mantienen su vigencia. Hablamos de la Winchester mod. 1893, una escopeta de corredera de calibre 12 con martillo externo y un depósito tubular para cinco cartuchos de munición. Sin embargo, esta escopeta se creó en un momento clave ya que fue la época de la transición de la pólvora negra a la pólvora nitrocelulósica, así que, estando el modelo 93 fabricada para soportar las presiones de la primera, su vida operativa fue bastante corta. Su sustituta fue la que quizás sea la escopeta de combate más emblemática que se haya fabricado: la Winchester modelo 1897, que era un versión ya adecuada para soportar las presiones de las modernas pólvoras de base nitrocelulósica y con recámara para cartuchos de calibre 12-76, o sea, lo que actualmente la gente conoce como calibre 12 magnum. El 76 se refiere a la longitud de la vaina: 76 mm. Las medidas habituales en las recámaras de las escopetas de calibre 12 están entre 65 y 70 mm., por lo que ya podemos deducir que el 12-76 era y es aún más potente que la munición normal. 

Campilan filipino de principios del siglo XX. Con chismes como esos, los
moros decapitaban de un tajo a los "libertadores" yankees
La adopción de esta escopeta se debió a la insistencia del general Pershing cuando los bellacos yankees nos robaron por la jeta nuestras islas Filipinas y se dieron de boca con los moros de allí. Los "libertadores" enviados por el tío Sam no solo vieron perplejos que sus revólveres reglamentarios de calibre .38 Long Colt no valían un pimiento, sino que la munición de sus fusiles Krag-Jorgensen tampoco hacía efecto entre los juramentados filipinos que se abalanzaban contra la inope oficialidad yankee campilan en mano y, aunque los acribillaban a tiros, lograban casi siempre su objetivo. De ahí que tuvieran que inventar el .45 ACP para las pistolas y, como arma especialmente dedicada a su ferocidad, proveer a las tropas con la Winchester mod. 1897. Es más: a la vista de como estaba allí el patio y de que sus "liberados" seguían igual de cafres, los mandamases tuvieron incluso que ordenar una dotación de cuatro escopetas por compañía para la vigilancia de sus asentamientos porque los tagalos se dedicaban a desguazar a machetazos a las parientas y a los nenes de los oficiales yankees. Estos moros atiborrados de drogas aparecían de forma sorpresiva entre la maleza y no daban apenas tiempo a reaccionar. Igual estos memos pensaban que los españoles no podíamos sujetar a los tagalos y ellos lo harían sin más con sus autosuficientes sonrisillas de WASP de los cojones, no te digo...

En todo caso, tan contentito se quedó Pershing con el resultado de las Winchester que, cuando estalló la Gran Guerra y los yankees se metieron en ella casi al final de la misma, los doughboys marcharon al Viejo Continente armados con una versión adaptada para la guerra de trincheras del modelo 97 que podemos ver en la imagen inferior.


Efectos de un disparo con postas de 00
Como vemos, hubo que realizar algunas modificaciones. La primera de ellas consistió en dotar al arma de anillas para la corra porta-fusil, complemento muy importante cuando hay que caminar kilómetros con ese chisme a cuestas. Por otro lado, hubo que adaptarle un engarce para la bayoneta, imprescindible en la guerra de trincheras. En este caso no se complicaron la vida y usaron el modelo 1917 reglamentario del ejército, un arma copiada de la británica modelo 1913 usada en el Enfield. De hecho, las dos acanaladuras que se ven en las cachas eran para no confundirlas y que unos u otros no usaran el modelo equivocado ya que el engarce era distinto. Finalmente, se recubrió el cañón con una chapa perforada para no achicharrarse la mano cuando se usaba la bayoneta. 

De izquierda a derecha: sección de un cartucho de postas
de calibre 12. Cartucho semi-metálico de cartón. Cartucho
de latón. Paquete de 25 cartuchos de munición de 9
postas del 00 para calibre 12 fabricado por la Remington
Hay que tener en cuenta que esta escopeta no disponía de interruptor de disparo, o sea, no era como las escopetas modernas que, cada vez que se dispara hay que soltar el gatillo para que este vuelva a armarse al recargar. Por lo tanto, si se dejaba apretado, disparaba sola cada vez que se accionaba la corredera, lo cual era especialmente eficaz para lograr una alta cadencia de tiro durante los asaltos a trincheras o nidos de ametralladoras lo que, como es lógico, se traducía en un notable aumento de la temperatura del cañón. Otro cambio hubo que llevarlo a cabo en la munición la cual, como era habitual en los cartuchos de escopeta, estaba fabricada con un casquillo de latón corto donde iba la carga de pólvora mientras que el resto, correspondiente a la longitud que ocupaban el taco y las postas, era de cartón. Con la humedad reinante en las trincheras es evidente que esta munición duraba menos que un político en la cárcel por meter mano en la caja más de la cuenta, así que tuvieron que sustituir las vainas tradicionales por otras fabricadas enteramente de latón. El cartón, aparte de deshacerse en caso de humedad extrema, se hincha y no entra en la recámara, lo cual era muy irritante si había que disparar en días lluviosos y con la munición expuesta al barro trincheril.

Terroríficos efectos causados en un fémur
a causa de un postazo en la cadera
La irrupción de este tipo de arma causó furor entre los tedescos, que no estaban preparados para algo así. De hecho, los devastadores efectos de los disparos de postas a corta distancia en las trincheras les dejó un poco perplejos ya que ellos, como todo el mundo en Europa, hacía uso de las armas habituales desde siempre. En realidad no sabían qué era lo que producía tan terribles heridas hasta que echaron el guante a dos doughboys que iban armados con sendas escopetas modelo 97 y, a raíz de ello, los yankees recibieron a través de su embajada en Suiza, que al ser neutrales hacían de enlaces para estos temas, un cable del gobierno alemán protestando por el uso de aquella munición. No deja de ser pintoresco que se espantaran por las heridas causadas por las postas mientras que ambos bandos se abrasaban los pulmones con el fosgeno. Bueno, está de más decir que a los yankees les dio una higa la protesta, alegando que el uso de postas estaba dentro de los límites impuestos en la convención de La Haya ya que mataban con la rapidez, la eficacia y la dignidad adecuada. 

En la imagen izquierda vemos en primer lugar el revestimiento perforado para ventilar el cañón unido al adaptador para la bayoneta. Este accesorio, como vemos abajo a la izquierda, se fijaba al cañón del arma con tres tornillos. En el gráfico se puede ver la secuencia de montaje de la bayoneta. En lo tocante al funcionamiento de estas armas, era de una simpleza increíble. Una vez lleno el depósito tubular se accionaba la corredera hacia atrás, y en ese momento se abría el cerrojo y el primer cartucho se posicionaba sobre la teja elevadora. Al empujar la corredera hacia adelante, la teja subía y colocaba el cartucho ante la recámara, donde era introducido por el cierre, quedando amartillada. Recordemos que si esta operación se llevaba a cabo apretando el gatillo se producía el disparo nada más cerrar la recámara. 

Bueno, ya seguiré en otro momento, que es hora de echarle algo de nutriente al cuerpo.

Hale, he dicho


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