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viernes, 7 de septiembre de 2018

Las primeras espoletas modernas. Espoletas de tiempo


Batería formada por dos cañones Parrot de 30 libras en Fort Putnam, en Carolina del Sur, durante la Guerra de Secesión.
Junto a las piezas vemos grandes cantidades de proyectiles ojivales diseñados para sus ánimas rayadas, que en aquel
conflicto empezaron a desbancar a las tradicionales balas esféricas. En la punta de los mismos se pueden ver los tapones
que preservaban la carga de la humedad, y que se retirarían en el momento de montar las espoletas una vez que empezaba
la fiesta. La ausencia de viento en este tipo de piezas obligó a desarrollar espoletas que se iniciasen con mecanismos
más modernos.


Este tipo de espoleta tan rudimentario perduró
no obstante hasta bien avanzado el siglo XIX
mientras que los cañones y obuses usaban
modelos mucho más avanzados
En su día, cuando hablamos de la artillería de plaza y sitio, salieron a relucir los rudimentarios métodos con los que se fabricaban las espoletas de tiempo, o sea, espoletas capaces de hacer detonar un proyectil transcurrido un determinado tiempo desde que eran disparados. Para ello se recurría a algo tan simple como un tapón de madera perforado de un extremo a otro, y en cuyo interior se colocaba una paja de centeno rellena de una substancia incendiaria llamada mixto que ardía a una determinada velocidad. Sabiendo cuánta cantidad ardía por segundo, el artillero solo tenía que cortar la paja a la longitud deseada para que el proyectil detonase en el momento que estimase oportuno, todo ello basándose en unas tablas en las que figuraban los tiempos en función de la distancia recorrida. De ese modo se podía hacer estallar una bomba de mortero encima de los defensores de un baluarte y convertirlos en comida para peces, o bien retardar la detonación más tiempo para esperar a que, gracias a su peso, penetrase por la techumbre de un cuartel o un almacén y explotase en el interior del recinto. En las imágenes de la derecha tenemos en primer lugar una vista en sección de una bomba de mortero con su carga de pólvora y la espoleta ya colocada y lista para ser iniciada antes del disparo. En la foto inferior vemos una espoleta original cuyo cuerpo de madera tenía grabada una escala de tiempo que el artillero usaría como referencia a la hora de cortarla con la pequeña sierra que vemos junto a ella (ojo, no están a escala. La hoja de la sierra medía unos 25 cm. de largo, y la espoleta la mitad aproximadamente). El motivo de hacerlas con forma cónica era para impedir que, debido a la inercia en el momento del disparo, el mixto saliera despedido hacia el interior del proyectil, produciendo su explosión y matando a los servidores de la pieza. 

La ignición de estas espoletas podía llevarse a cabo de dos formas distintas. En el caso de los morteros, cuyo proyectil quedaba asentado sobre la carga de proyección a pocos centímetros de su enorme boca, se prendían sin más con un botafuego para, a continuación, iniciar la carga y disparar. En el caso de los cañones y obuses, en los que por razones obvias eso era imposible ya que la granada estaba en lo más profundo del ánima, se aprovechaba el viento para que la deflagración de la pólvora que pasaba por el mismo adelantase al proyectil y prendiese la espoleta. ¿Qué no se acuerdan de qué era el viento? Pues además del aire en movimiento, era el espacio que quedaba entre el proyectil y el ánima del cañón ya que los primeros se fundían con una tolerancia de aproximadamente dos milímetros para facilitar la recarga cuando la suciedad empezaba a acumularse en el ánima y por la dilatación producida por los disparos. Y como una imagen vale más que tropocientos discursos, veamos el gráfico de la derecha, donde seguramente lo comprenderá de inmediato hasta un cuñado hasta las cejas de orujo de garrafón. En la figura A tenemos un fabuloso obús Gribeauval de 6 pulgadas de los usados por la artillería del enano corso (Dios lo maldiga hasta que se congele el infierno, amén). Ha sido cargado, en la recámara podemos ver el saquete de pólvora y, justo delante, una granada provista de su taco de madera. El oído, previamente cebado con polvorilla, ha sido prendido con un botafuego, pudiendo ver en la ilustración como esta se va quemando para iniciar la carga del saquete que, antes de cebar, el artillero perforó con su aguja para romper la tela y permitir que el fuego del cebado llegase a la carga. Figura B: la llama del cebado acaba de llegar al saquete, cuyo contenido empieza a arder. Figura C: la carga de proyección se inicia, empezando a generarse gases a una enorme presión que impulsarán el proyectil. Figura D: la deflagración de la pólvora pasa entre el mínimo espacio que queda entre el proyectil y las paredes internas del ánima, prendiendo la espoleta colocada en la parte delantera del mismo. Figura E: el proyectil inicia su avance por el interior del ánima. El mixto de la espoleta empieza a consumirse mientras que los gases incandescentes producidos por la deflagración de la carga salen por la boca de fuego, precediendo al proyectil. A partir de ese momento, este saldrá disparado hacia el objetivo mientras que el mixto de la espoleta se consume hasta que, una vez quemado, alcance la carga del proyectil, provocando su explosión y fragmentándose para matar a cuantos más enemigos mejor. Bien, así de simple era todo el proceso, que en sí mismo no duraba más de unos escasos segundos desde que se prendía el cebado hasta que el proyectil explotaba. ¿Por qué escasos segundos, no más de 4 o 5 por lo general? Porque el alcance de los cañones de principios del siglo XIX y la velocidad de sus proyectiles no requerían de más tiempo, nada más. Era lo que necesitaban para detonar a la distancia máxima que alcanzaban, que dependiendo del calibre y el tipo de munición podía oscilar entre los 300 y los 1.000 metros.

Cañón Rodman de 15 pulgadas (381 mm.) emplazado en una cureña giratoria.
Estas monstruosidades artilleras eran impensables a principios del siglo XIX.
Era capaz de lanzar un proyectil de 192 kg. a casi 5 km. de distancia
Pero tras las guerras del genocida corso, la artillería fue experimentando una notable evolución. De ser un arma de apoyo a pequeña escala se convirtió en una formidable maquinaria destinada a ablandar de tal modo las defensas y los efectivos del enemigo que, en teoría, la infantería propia tendría muy fácil avanzar una vez que sus cañones habían machacado bonitamente al personal. Como es lógico, una cosa era la teoría y otra la práctica ya que nadie se quedaba mirando al infinito mientras llovía metralla a su alrededor, pero lo cierto es que las piezas de mediados del siglo XIX vieron como aumentaban tanto su alcance como su poder destructivo, y los ejércitos de la época pasaron de disponer unos pocos cientos de bocas de fuego en el mejor de los casos a contar con miles de ellas. La artillería de campaña empezó a fabricarse con cañones de ánima estriada que les daban un alcance y una precisión impensables apenas 30 o 40 años antes, y el perfeccionamiento en las técnicas de fundición permitía fabricar cañones mucho más eficientes y sólidos.

Bien, puestos más o menos al corriente de como estaba el patio a mediados del siglo XIX, veamos como fue la evolución de las espoletas que más difusión tuvieron, en este caso las de tiempo ya que permitían sacar el máximo partido a cada disparo debido a que el artillero podía elegir el momento más adecuado para su explosión. Y como para que haya avances notables es necesario que haya una guerra decente, ya que de lo contrario los magines del personal se atocinan al no tener que devanarse la sesera para idear formas de matar más y mejor, fue a raíz de este conflicto cuando se sentaron las bases para los diseños que se irían desarrollando durante la segunda mitad del siglo hasta llegar, ya en la Gran Guerra, a los sofisticados mecanismos de relojería ideados a finales del XIX que permitían una precisión absoluta. Así pues, al grano que el camino es largo...

Uno de los avances más significativos consistió en algo tan simple como sustituir la madera por el cobre o el latón a la hora de fabricar las espoletas. Las típicas espoletas cónicas como la que mostramos en el primer párrafo eran introducidas a martillazos con un mazo de madera, y su principal inconveniente radicaba en que, al cortarlas, se solía derramar la pólvora que contenían a pesar de estar prensada, lo que daba lugar a fallos notables con explosiones prematuras o, simplemente, no llegaban a producir la detonación. Así pues, la solución a este problema vino de la mano de varios sesudos ciudadanos que, en realidad, se basaron en lo mismo para fabricar espoletas que se diferenciaban solo en la forma, porque su funcionamiento era el mismo: Hotchkiss, Dyer o Parrot serían las más significativas en este caso. En la foto de la derecha tenemos varios ejemplares que, como salta a la vista, tienen una morfología y unas dimensiones similares. El diámetro oscilaba alrededor de los 2,5 cm., y la longitud entre los 3 y 6 cm. aproximadamente. 

Lo habitual era que los proyectiles llegaran a los repuestos o las baterías con la espoleta ya montada pero sin la carga, que solo se colocaba en el momento del disparo. Mientras tanto, se sellaba el orificio con un tapón para preservar el interior de la humedad. Como es lógico, una espoleta metálica provista de un paso de rosca de 12 hilos por pulgada era más sólido que un taco de madera introducido a golpes y que, además, no precisaba de más manipulación que, llegado el momento, colocar la carga con el retardo deseado. En la foto de la derecha vemos varios paquetes de mixtos calibrados en origen con diferentes retardos, que aquí mostramos de 5 a 30 segundos en fracciones de 5. El texto que vemos en el paquete nos informa, aparte del arsenal de fabricación, la fecha y el tiempo de retardo, de que para extraer los mixtos había que abrir la tapa del envase- obvio-, tirar de una de las cintas- también obvio- y, finalmente, ayudarse empujando con el dedo por la parte inferior del paquete como si se tratase de una cajetilla de cigarrillos. Menos mal que añadieron esas instrucciones porque, de no ser así, igual el ciudadano Abraham pierde la guerra contra los malditos rebeldes esclavistas sin que sus tropas, analfabetas la mayoría como era habitual en aquella época en todas partes, hubiesen podido dar un solo cañonazo por no saber como sacar los puñeteros mixtos de su envase. 

El motivo de alargar tanto dichos retardos no se debía más que al aumento en el alcance de las piezas de la época, que podía llegar a los 5 km. sin problemas. A modo de ejemplo, a la derecha tenemos una tabla de tiro de un cañón Parrot de 20 libras (93,2 mm. de calibre real) para una carga de 2 libras de pólvora de mortero. En la primera columna vemos la elevación, en la segunda el tipo de proyectil- bote de metralla o granada- y su peso, el alcance en yardas y, finalmente, el retardo. Como vemos, en el caso de los botes de metralla (case-shot) se disparaba con la pieza prácticamente horizontal ya que se trataba de batir tropas cercanas, a menos de 800 metros, por lo que el retardo era muy rápido. Para el caso de granadas disparadas a grandes distancia con una trayectoria parabólica, en este caso hablamos de un máximo de 17,25 segundos. 

Los mixtos consistían en simples conos de substancia incendiaria envueltos en una tira de papel que, como se puede ver en la foto, tenía impreso el tiempo de retardo y una escala en la que cada raya equivalía a un segundo. De ese modo, el artillero podía afinar aún más el tiempo de la detonación. O sea, que si consideraba que esta debía producirse a los 23 segundos, tomaba un mixto de 25 y cortaba dos rayas. 25 - 2= 23, ¿no? Pues eso. La longitud era la misma independientemente del retardo, que se acortaba o alargaba variando la composición del mixto.

Para ilustrar su funcionamiento hemos tomado como ejemplo una espoleta Hotchkiss. En la figura superior tenemos una vista en plano y en sección de la misma. En la parte superior tenía dos ranuras para atornillarla al proyectil ayudándose de un útil, y una vez bien apretada se colocaba el tapón hasta que llegaba el momento de abrir fuego. A la derecha vemos el retardo una vez extraído del paquete siguiendo las complejas instrucciones que describimos antes y que hasta un cuñado podría intuir sin mucho desgaste neuronal. En la figura inferior vemos el mixto ya colocado en la espoleta. Para ello se recurría a un pequeño mazo de madera, pero sin pasarse golpeando para no chafarlo sino, simplemente, asentarlo bien en su alojamiento. Como vemos, aún se conservaba la forma cónica tradicional que, como comentábamos al principio, impedía que la inercia empujase el mixto hacia el interior del proyectil, detonando la carga antes de tiempo. El sistema de ignición era el tradicional: la llamarada producida por la deflagración de la pólvora pasaba a través del viento del ánima e inflamaba el mixto. Una vez que la combustión llegaba al final del mismo se transmitía a la carga del proyectil y este explotaba. No obstante, conviene concretar que este sistema no valía con los modernos proyectiles para cañones de ánima rayada que, al carecer de viento, no dejaban pasar el fogonazo de la carga de proyección, por lo que había que practicarles unas acanaladuras longitudinales, tres por lo general, para que el fuego adelantase al proyectil y pudiese iniciar el mixto. Pero de esos entresijos ya hablaremos otro día, que sino nos liamos.

Sin embargo, los modelos que hemos visto hasta ahora no se diferenciaban de los más antiguos más que en los materiales con que estaban fabricados y, obviamente, su mayor precisión y mejor acabado. Seguían dando un buen servicio y eran más fiables que las viejas espoletas de madera o de paja de centeno, pero se seguían viendo afectados por los agentes meteorológicos, la humedad, y su manipulación siempre debía efectuarse con cuidado para no romper los mixtos que, al cabo, estaban envueltos con una tira de papel mondo y lirondo. Debido a ello, la espoleta que verdaderamente marcó un antes y un después fue la inventada por Charles Bormann, un capitán del ejército belga que ideó la que sin duda fue la espoleta más satisfactoria del conflicto y que, aunque introducida por el ejército de la Unión antes de la guerra, en 1852, fue copiada por el de la Confederación si bien no llegaron a alcanzar los baremos de calidad de sus enemigos. 

En la ilustración de la derecha podemos ver su aspecto, que era básicamente como la chapa de un botellín de zumo de cebada. Pero que nadie se confunda, porque a pesar de su aparente simpleza era de una eficacia probada y, más importante aún, segura de manipular. De hecho, podía incluso estar montada en el proyectil sin problemas antes de que llegara el momento de abrir fuego, como veremos a continuación. Sus dimensiones eran de 41 mm. de diámetro y apenas 11 mm. de grosor, y estaba fabricada con una aleación de plomo y estaño. Como vemos en las dos imágenes de la derecha, tenían una escala que iba desde 1 a 5,25 segundos en fracciones de ¼ de segundo. La de la derecha correspondería a la copia del ejército de los malvados rebeldes esclavistas, que las fabricaban con un retardo de hasta 5,5 segundos. Las dos muescas cuadradas que vemos en su superficie eran para ajustar el útil de apriete.

A la derecha podemos verlo, si bien había distintos modelos con empuñaduras diferentes. En este caso se trata de una llave de bronce obtenida mediante fundición en cuyo extremo tenemos la "copia en negativo" de la cara superior de la espoleta. Ojo, esta herramienta no era para regular el tiempo de retardo, sino solo para atornillarla al proyectil, haciendo que quedase firmemente asentada en una arandela de cuero que hacía de separador con el orificio por el que se comunicaba el fuego de la espoleta a la carga del proyectil una vez consumido el tiempo deseado.

Para marcar el tiempo de retardo bastaba con perforar la escala de la espoleta en la marca del tiempo que se considerase oportuno. Para ello se hacía uso del punzón que vemos a la derecha, al que bastaba un simple golpe en el champiñón de bronce del extremo para abrir una pequeña hendidura en la carcasa de la espoleta. Recordemos que al ser de una aleación de plomo y estaño era un material dúctil y fácil de penetrar, y más con un punzón de acero como el que mostramos. El orificio en cuestión solo se practicaba con el proyectil a punto de ser cargado para evitar accidentes y despistes que podían costar un disgusto aún más gordo que si un cuñado nos localiza la colección de películas cochinas que guardamos como Yahvé guardó al pueblo de Israel de la ira del faraón.

Bien, una vez perforada la escala en la marca del tiempo deseado, veamos la secuencia de ignición paso a paso. En la figura A vemos el interior de la espoleta, que consistía simplemente en una acanaladura con forma de herradura que contenía la substancia incendiaria. En un extremo el canal comunicaba con el orificio central que daba paso al interior del proyectil. En la figura B tenemos la chispa que acaba de prender en el mixto a través de la hendidura que se ha practicado en la carcasa de la espoleta, en este caso 2,5 segundos de retardo. La figura C muestra como la substancia incendiaria empieza a arder en ambas direcciones. Por el lado derecho llegará al final de la acanaladura sin mayores consecuencias, pero por el lado izquierdo podrá alcanzar el orificio central tal como vemos en la figura D. En ese momento, el fuego del mixto pasará por el mismo y prenderá la carga del proyectil, provocando su explosión.

Este tipo de espoleta fue empleado sobre todo en proyectiles esféricos ya fuesen granadas o metralleros como el que mostramos a la derecha, así como en botes de metralla. Podemos ver la carcasa del proyectil con el alojamiento en la parte superior para la espoleta con un paso de rosca de 12 hilos por pulgada. A continuación, en color marrón, aparece la arandela de cuero que actuaba como separador y, finalmente, la arandela con el orificio de comunicación que, además, actuaba como tapón para la carga y la metralla. Se trata de un simple tornillo de ojo de serpiente con su orificio en el centro sin más historias. La carga consistía en un tubo de estaño relleno de pólvora, y la metralla eran balas de fusil de calibre .65. Para inmovilizarlas se llenaba la carcasa de asfalto que, una vez solidificado, mantenía las bolas en su sitio. Finalmente se introducía el tubo con la carga y se sellaba con el tornillo. A partir de ahí solo restaba montar la espoleta.

Como conclusión, añadir solo que se fabricaron también unas espoletas más sofisticadas con mecanismos combinados de retardo e impacto, concretamente la Sawyer y la Schenkl, pero de esas ya hablaremos otro día. Así mismo, dejamos para otra entrada la evolución que siguieron las espoletas tipo Hotchkiss, Parrot, etc. en los años siguientes, que para ser viernes ya me he enrollado bastante.

Bueno, criaturas, ahí queda eso. Espero que sorprendan a sus cuñados cuando les den la murga con el último vídeo que han colgado en Youtube sobre la Guerra de Secesión.

Hale, he dicho


martes, 24 de enero de 2017

Curiosidades: ¿Cómo se fabricaban las bombas de los morteros?



Litografía titulada "Un visitante inoportuno",  publicada en Londres en 1854. La escena muestra como una bomba
acaba de aterrizar en el campamento de los british en Sebastopol durante la Guerra de Crimea. Por la reacción del
personal salta a la vista que se les ha encogido el escroto de forma violenta por haberles interrumpido la merienda

Artilleros en pleno proceso de recarga de un mortero. A la izquierda se
ve como dos de los servidores acarrean una bomba
En una entrada anterior se explicaron los entresijos de la fundición de las balas empleadas en los cañones, la cual quedaría coja si no dedicamos otra a la fabricación de las granadas y las bombas, las primeras usadas por cañones y obuses mientras que las segundas estaban destinadas a los morteros una vez que se dieron cuenta de que era más efectivo usar este tipo de munición en lugar de enormes bolaños. Los proyectiles huecos, debidamente cargados con pólvora negra, estallaban gracias a unas básicas pero eficientes espoletas, fragmentándose en trozos de metralla más o menos grandes en función de la carga, si bien de ese tema ya hablaremos en otra ocasión. Hoy toca los métodos de fundición para estos proyectiles que, no lo olvidemos, estuvieron operativos hasta finales del siglo XX.

Bien, dicho esto y como no es plan de repetir lo mismo dos veces, conviene que echen un vistazo a la entrada sobre la fabricación de las balas ya que los rudimentos sobre las técnicas de fundición y los materiales empleados para elaborar los moldes eran los mismos que para los proyectiles huecos. Una vez se pongan al tanto del tema, proseguiremos. 

¿Ya? Vale, al grano pues...

El método empleado para la fundición de los proyectiles huecos varió con el paso del tiempo. Inicialmente, el espacio vacío era excéntrico respecto a la esfera que daba forma a la bomba o la granada, tal como vemos en la ilustración de la derecha. En la figura A podemos ver una bomba fabricada mediante el sistema antiguo con las paredes de la base más gruesas que las de la parte superior, lo cual producía una fragmentación irregular ya que la tendencia era que, al explotar, se rompiese por la parte más débil, dejando la base prácticamente entera lo que suponía una merma notable en sus efectos. De ahí que se acabara adoptando un sistema diferente (fig. B) que permitía fundir con un grosor uniforme salvo en la base, recrecida con dos finalidades: soportar mejor los efectos de la deflagración de la carga de pólvora y obligar al proyectil a caer siempre con la espoleta mirando hacia arriba, detalle muy importante cuando era de retardo ya que, de ese modo, no sufriría daños que la inutilizasen antes de explotar. Aparte de esto, la fragmentación era uniforme, obteniéndose cascos de metralla de tamaños similares.

Por otro lado, los moldes se configuraban de forma longitudinal al proyectil y no como vimos en los de las balas, perpendiculares. Este sistema, que podemos ver en la ilustración de la izquierda, daba lugar a piezas asimétricas, con excrecencias y cuyas rebabas que, como recordaremos, debían ser eliminadas a golpes de cortafríos, producían bombas de mala calidad, que no se ajustaban bien al ánima de las piezas y, además, muchas unidades desechables debido a que durante la operación de desbarbado se rompían a consecuencia de los martillazos propinados en los cortafríos. En fin, un churro de bombas, así que se decidió replantear todo el proceso de elaboración de moldes para producir ejemplares bien acabados, lo que se traduciría en mejor precisión y menos problemas a la hora de efectuar la carga de los mismos. 

Una aclaración antes de proseguir: este proceso era el mismo para las bombas y las granadas con una única salvedad, y es que mientras las bombas tenían su típica boquilla o las argollas para sujetarlas durante el acarreo desde los repuestos a la batería o el proceso de carga, las granadas eran simples esferas con un orificio en el que se ajustaba la espoleta. Por lo demás, como decimos, su manufactura era la misma. Como vemos en la figura de la derecha, estos proyectiles eran idénticos a las balas, pero huecos. Una vez colocada la espoleta, la granada se introducía en el cañón con la misma mirando hacia la boca del ánima de forma que la parte que quedaba apoyada al taco era la base. El hecho de carecer de boquilla o argollas se debía simplemente a que por su menor peso eran fácilmente manejables por los artilleros. Dicho esto, prosigamos.

Una vez desechado el anterior sistema de moldes se adoptó uno nuevo compuesto por tres cajas que, básicamente, era muy similar al que se mostró en la entrada de las balas. Las dos primeras cajas contendrán dos semi-esferas huecas, teniendo la superior un orificio previsto para acoger la boquilla de la bomba, que irá en la tercera caja. Así pues, las tres matrices, fabricadas de bronce, las podemos ver en el gráfico de la izquierda. Las figuras B y C son las dos semi-esferas que, al igual que con las matrices de las balas, tienen en una cruz del mismo metal para ayudar a extraerlas del molde de arena una vez terminado éste. Como se ve, están machihembradas para lograr un encaje perfecto y, por otro lado, en cada brazo de la cruz tienen un tetón y un orificio para asegurar mejor el encaje de ambas piezas. En la figura A vemos la boqueta y la espiga de hierro que hará que la parte superior del tercer molde pueda luego alojar el ánima, macho u ochete , que era el molde interior que veremos en seguida. Por último, en la figura A1 vemos la semi-esfera B con la boqueta y la espiga ya ajustadas.

Bien, a continuación se fabricaba el ánima. Según vemos en la figura A, se tomaba una espiga de hierro sobre la que se formaba una pelota de guita en forma de huso que sirviese de soporte a la masa de arcilla que se convertirá en el molde interno. En el extremo de la espiga vemos un ojal por el que pasará una chaveta para afianzar el conjunto al molde cuando llegue el momento. En cuanto a la mezcla arcillosa, para este trabajo debía ser un poco más pastosa de lo habitual para que no se desprendiese de la espiga durante todas las manipulaciones que vendrían a continuación. El ánima se torneaba con una tarraja provista de una pieza que le daba la forma exacta, lo cual se comprobaba con un compás antes de dar el molde por bueno. Su aspecto acabado lo vemos en la figura B, y era muy importante que estuviera perfectamente seco antes de proceder a la colada ya que, de lo contrario, la bomba resultante sería defectuosa, con el material débil y proclive a partirse al ser disparada o nada más tocar el suelo sin que llegase a estallar.


Por último se construía el molde que, como dijimos al principio, estaba formado por tres cajas. Cuando se retiraban las matrices de bronce se procedía al montaje de las mismas. En primer lugar se unían las cajas A y B, que contenían la boqueta y la semi-esfera superior y que recibían el nombre de pieza de barreta y macho respectivamente. Se introducía por el orificio de la caja A la espiga que sujetaba el ánima y se bloqueaba con la chaveta. A continuación se unían ambas cajas a la C, que contenía la base de la bomba y que por ello se llamaba culata de la caja. Previamente se habían previsto dos respiraderos en la parte superior y el bebedero, que este caso se colocaba en un costado coincidiendo con la junta de las cajas B y C. Con esto quedaba formado el molde que, en el caso de las bombas y las granadas, era para una sola pieza y no para dos, como vimos en la entrada de las balas. Por cierto, el bloqueo de las cajas del molde se efectuaba de la misma forma que los destinados a las balas, así que echen un nuevo vistazo a esa entrada por si lo han olvidado.

Una vez dejado enfriar tanto el molde como la colada se procedía a extraer la pieza.  A continuación se eliminaban los respiraderos y el bebedero a golpe de cortafrío para, posteriormente, comprobar si el calibre era correcto. Para ello, igual que vimos con las balas, se empleaba una vitola con el diámetro que debería tener la bomba y por la cual no debería pasar. Luego se comprobaba con otra vitola de 6, 9 o 12 puntos más (0'96, 1'44 o 1'92 mm.) , y en este caso sí debería pasar. Recordemos que estas tolerancias estaban encaminadas a saber la pérdida de calibre que tendría la bomba o la granada una vez desbastada. Por otro lado, había que eliminar los restos del arcilla y el núcleo de cordel del ánima, para lo que se recurría a ganchos y herramientas adecuadas hasta dejar el interior de la bomba completamente limpio y listo para recibir la carga. En la ilustración superior vemos el aspecto de la bomba ya terminada, momento en que sus dimensiones y los grosores interiores eran comprobadas con un compás curvo.

El peso de una bomba de 14 pulgadas de calibre era de 72'22 kilos, mientras que el del una de 10 era de 30'36, así que ya vemos como eran necesarios dos hombres para manipularlas durante la carga. En cuanto a las granadas, la de 7 pulgadas era de 10'12 kilos. Por otro lado, el enorme peso de las bombas nos hará comprender el interés que se tomaban en construir casamatas y reductos con las bóvedas a prueba ya que uno de esos chismes podía traspasar como si fuese mantequilla un tejado normal, estallar dentro del edificio y no dejar títere con cabeza. Finalmente, no queremos dejar de comentar que, según algunos tratadistas, las típicas bombas con boqueta que suelen ser las más conocidas eran precisamente las menos recomendables ya que, al parecer, era relativamente frecuente que dicha boqueta se partiera a causa de la presión ejercida por la tenazas que se empleaban para su manejo y que podemos ver en la ilustración superior. Así mismo, si los hombres que la usaban se despistaban un instante podían dejar caer la bomba, lo que no era precisamente para tomarlo a broma. De ahí que en muchos casos se prefiriera el sistema de asas y argollas, el cual facilitaba en gran medida tanto su manipulación gracias a las argollas que, colgadas de unos ganchos, hacían casi imposible que se cayese al suelo.

En fin, ya está. Hora de echar algo al buche.

Hale, he dicho

Litografía que muestra los efectos de las bombas disparadas contra Amberes por los gabachos durante el asedio a que
sometieron la ciudad en 1832. Como podemos imaginar, 72 kilos de hierro convertidos en pequeños fragmentos
incandescentes y cortantes como cuchillos debían ser enormemente enojosos

viernes, 30 de diciembre de 2016

Morteros de trinchera. Morteros de 58 mm. tipos 1, 1 bis y 2


Mortero de 58 mm. tipo 1 bis rodeado por la escuadra de cinco hombres que lo sirven y el oficial de su sección. Uno de
los servidores sujeta la lanada que pasará tras cada disparo mientras que otro carga una bomba  de 16 kg. Obsérvese como
han emplazado la pieza contra la pared de la posición para aminorar el retroceso


Mortero de 58 mm. tipo 2 en posición de tiro
Bueno, hoy toca Gabacholandia. La presencia de los morteros de trinchera de 25 cm. tedescos debieron ser una inquietante sorpresa tanto para los british como los poilus (Dios maldiga a Nelson y al enano corso fifty-fifty), que no podían imaginar que a menos de un kilómetro de sus posiciones sus enemigos disponían de un arma tan devastadora como para alcanzar un refugio situado entre 7 y 10 metros bajo tierra, o para abrir un cráter de 6 metros de profundidad y 10 de diámetro. Colijo pues que a los primeros se les atragantaron las pastas de la tea time, y los segundos el tintorro peleón que solían llevar en las cantimploras. No obstante, los magines del personal comenzaron a humear ostentosamente a fin de dar con algún tipo de arma con la que contrarrestar la abrumadora potencia de fuego que los probos súbditos del káiser desencadenaban sobre ellos y les dejaban las alambradas, las trincheras y los nidos de ametralladoras hechos unos zorros, independientemente del elevado número de bajas que les producían.

La solución por parte de los gabachos no tardó en llegar más que unos meses de la mano de un sesudo militar, el comandante ingeniero Duchêne, perteneciente al X Ejército, el cual diseñó una pieza para salir del brete basada en el mismo concepto que el lanzaminas alemán no sin tener que sortear mil trabas para desarrollar su proyecto ya que, aún en una época tan temprana de la guerra, ya se hacían notar la escasez tanto de materias primas como de explosivos y munición. Recordemos que, por ejemplo, muchos fuertes se vieron despojados de casi toda su artillería para enviarla al frente, como ocurrió con el otrora poderoso fuerte de Douaumont. Como podemos suponer, los aliados daban por hecho que podrían detener a los belicosos tedescos en el campo de batalla, y la realidad es que todas esas fortificaciones desarmadas habrían sido quizás las únicas capaces de detener el empuje del ejército imperial. A finales de diciembre de 1914, Duchêne pudo concluir una pieza de forma casi artesanal, recurriendo al reciclado de materiales porque el general Joffre no permitía que se gastase ni un cartucho de fusil de más. El invento, por no llamarlo engendro, podemos verlo a la derecha, y según reza el gráfico recibió la denominación de mortier de 58 nº1 o mortier 58 T nº1.

Un poilu se dispone a encender la mecha que disparará la bomba de 16
kilos que carga su mortero. Sus colegas, al parecer, han optado por
contemplar la escena desde un discreto octavo plano, por si acaso.
Se trataba de un simple tubo de 58'3 mm. de calibre en cuya parte posterior se había añadido una barra de acero macizo roscada en un tope de vagón de ferrocarril que hacía de placa base. El conjunto se sustentaba sobre un rudimentario bípode provisto de un arco lleno de perforaciones que permitían graduar el tiro vertical, pero para correcciones horizontales había que mover la pieza entera. Para cargarla se introducía en el tubo un saquillo con 60 gramos de pólvora BC, la de uso reglamentario para artillería. Para los amantes de los datos minuciosos por si algún cuñado se resiste a ser humillado, sepan que en el ejército gabacho la pólvora era designada con la letra B, más una letra más que indicaba la filiación y la mezcla según el arma a la que estaba destinada. Dichas pólvoras estaban fabricadas a base de nitrato de celulosa, etanol y una pequeña porción de difenilamina para dar estabilidad al compuesto. A continuación se cebaba la carga con una mecha de 5 segundos y se introducía el proyectil, una bomba de 16 kilos fabricada también de forma artesanal aprovechando carcasas de proyectiles de artillería de 150 mm. De hecho, la ojiva, que en circunstancias normales era una pieza de acero soldada o enroscada al cuerpo del proyectil, en este caso era de madera con un ovalillo roscado en su interior para poder atornillar la espoleta. Bajo la bomba vemos un vástago con el interior hueco que era lo que se introducía en el tubo del mortero, cuya ánima era lisa, y tres aletas de chapa para darle estabilidad durante el vuelo. Por su apariencia... ¿aeronáutica?... le dieron el pomposo y sonoro apodo de "torpedo aéreo". En cuanto a la carga, era de 6 kilos de perclorato de amonio. No obstante, sus prestaciones no estaban mal del todo: su cadencia de tiro era de un disparo cada dos minutos, con un alcance máximo de 350 metros.

Corrigiendo el ángulo de tiro vertical. Lo malo es
que si el disparo fallaba por 30 metros a la derecha
había que corregir a ojo de buen cubero
A mediados de enero de 1915, los "Ateliers Métallurgiques de La Chaléassière" de St. Etienne enviaron al frente las primeras 70 unidades que, todo hay que decirlo, dieron un resultado satisfactorio a pesar de sus carencias y su escasa precisión, propiciada ante todo por su rudimentaria base. No obstante, al menos pudieron demostrarle a los germanos que ya disponían de un chisme capaz de dar respuesta a sus morteros de trinchera si bien, lógicamente, los efectos de la bomba de 16 kilos estaban muy lejos de equipararse a los devastadores proyectiles de 25 cm. alemanes.  Pero el que se puso más contentito fue Joffre, que vio como el probo Duchêne era capaz de fabricar un arma con cachos de trenes viejos y carcasas de desecho, así que lo mandó a paso ligero a la Escuela de Pirotecnia de Bourges para mejorar el invento. Duchêne tardó apenas el tiempo de ajustarse las gafas y sacarle punta al lápiz, porque en febrero ya había creado un modelo que no solo era mejor, sino que no se parecía en nada a su predecesor.

Cabe suponer que mientras trabajaba en su primer y rudimentario proyecto, Duchêne ya andaba maquinando como sería su sucesor, porque de no ser así no se comprende como en menos de un mes ya tenía listo el sustituto del T1. Así, en febrero de 1915 ya estaba listo el mortier 58 T nº2 que se parecía a su predecesor lo mismo que un botijo a una cuchara de palo. En el grabado superior podemos ver a la criatura ya emplazada con todos sus accesorios y, como podemos comprobar, tenía una apariencia como que más sólida que el modelo anterior. 

A la derecha tenemos el tubo, una rechoncha pieza de acero de apenas 55 cm. de largo y un peso de 75 kilos. Como vemos, está formada por dos partes, el tubo en sí y una culata de donde emergen los muñones que fijarán el conjunto a la estructura del mortero. En la parte superior vemos el orificio donde se acoplaba el mecanismo de disparo Forgeat, el cual veremos con detalle más abajo. La sustancia detonante era a base de fulminato de mercurio. No obstante, el primitivo sistema de mecha se continuó usando.


El tubo se montaba en un armazón de acero tal como vemos en la figura A. Dicho armazón contenía el mecanismo de elevación, que se ve bajo el tubo, consistente en un tornillo sin fin y una rueda de bronce. Dicho ángulo iba desde los +45 a los +82,5º, y para asegurar la posición del tubo este se fijaba con las palometas situadas en los arcos laterales. Esta estructura pesaba 226 kilos y, como vemos, carecía de sistemas para amortiguar el retroceso. Para absorber dicho retroceso se instalaba la estructura sobre la base de la figura B que, además, disponía en su parte posterior de un arco que permitía regular el azimut 17'5º a cada lado. La base estaba compuesta de cinco gruesos durmientes de nogal unidos con pernos y reforzados en la parte delantera con un ángulo de hierro en forma de U. Finalmente, en la figura C podemos ver el mortero en posición de tiro. El peso total de la base incluyendo el arco de hierro era de 162 kilos, por lo que el conjunto total del arma ascendía a 463 kilos de nada. Para su acarreo manual eran precisos 15 hombres: dos para el tubo, siete para la estructura, que se podía desmontar en cuatro piezas, y seis para la base. 


Pero si las condiciones del terreno así lo exigían, la pieza podía emplazarse sobre una base de madera aún más amplia y resistente a fin de darle al arma la estabilidad necesaria e impedir que tras varios disparos se hubiese hundido de forma desigual en el suelo. Esta estructura, formada por durmientes de madera unidos por pernos a escuadras y ángulos de hierro tenía un peso de 890 kilos, y para su transporte hasta la posición a través de los dédalos de trincheras del frente se precisaba de otros catorce hombres más. Para emplazarla era preciso cavar previamente una superficie de unos 2 m² y unos 13 cm. de profundidad con la finalidad de inmovilizarla totalmente.


En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del mortero en su base que, debido a su achaparrado aspecto así como por el mínimo brinco que daban cuando eran disparados, fueron rápidamente apodados por los servidores de estas piezas como crapouillots, o sea, sapitos. Por cierto que la foto procede de uno de los tropocientos monumentos a los caídos que hay en Francia y, curiosamente, gran cantidad de ellos están decorados con estos morteros, así que debieron tomarles mucho cariño o bien les sobraron por cientos. En todo caso, el resultado del proyecto de Duchêne fue un arma sólida, robusta y que además funcionaba sin dar problemas ya que, como vemos, tenía menos mecanismos que un chupete. De hecho, el de elevación era el único porque hasta carecía de sistemas de puntería, la cual se calculaba a base es escuadra y plomada, como hacía el bisabuelo Jean-Baptiste cuando servía en la artillería en tiempos del enano corso. Para su puesta a tiro solo había que juntar las piezas, atornillarlas y, a continuación, fijarla a la base, operación esta que solo requería un rato dándole a la llave inglesa. Una vez emplazado, sus prestaciones eran bastante decentes ya que, dependiendo del sistema de disparo, podía alcanzar una cadencia de 1 disparo cada 2 minutos en caso de emplear la mecha de 5 segundos, o de 1 disparo al minuto si se usaba el mecanismo de percusión, lo que suponía una cadencia de 60 disparos a la hora en fuego sostenido, que no es moco de pavo para un arma de estas características.


Rápidamente se puso en producción el nuevo modelo, ordenándose el cese de la fabricación del tipo 1, del que en total se entregaron 180 unidades. Debido a la premura por disponer del tipo 2 se encargó la manufactura de los mismos a una empresa privada de St. Étienne, la cual entregó las 140 primeras unidades en el mes de abril. Ante la masiva demanda de este tipo de armas, el Estado Mayor decidió crear unidades destinadas exclusivamente al manejo de las mismas para recibir el adiestramiento adecuado y sacarles así el máximo rendimiento posible. Estas unidades, contrariamente a lo que hicieron los alemanes, dependían del arma de Artillería. Cada pieza estaba encomendada a una sección compuesta por un jefe, un adjunto y los 15 pardillos que debían deslomarse transportando los componentes de cada mortero hasta primera línea. Además, para facilitar el suministro de munición se fabricaron sencillos pero eficaces soportes y atalajes que, colocados a la espalda como una mochila o colgando de los hombros, permitían el acarreo de entre dos y tres proyectiles dependiendo del peso. Ojo, que nadie piense que por norma se recurría a fastidiar las cervicales del personal ya que el transporte a mano se efectuaba solo en las trincheras, donde lógicamente no había cabida para vehículos o acémilas.


Así pues, se diseñaron dos carretones que permitían acercar tanto el mortero como las municiones hasta primera línea y los podemos ver en las ilustraciones de la izquierda. La superior nos muestra el destinado al mortero, el cual podía ser tirado tanto por acémilas como por hombres, y además de la pieza transportaba dos cajas para las espoletas. Abajo vemos el vehículo para los proyectiles cuya capacidad dependía del tipo de bomba. A título orientativo, podía transportar 18 bombas L.S. o 10 bombas D.L.S., de 18 y 35 kilos respectivamente. Y si no había disponibles ninguno de los inventos mostrados, pues se cogía "voluntarios" a la docena de pringados que siempre hay en todas las compañías y se les invitaba amablemente a transportar los proyectiles a cuestas, indicándoles que tuvieran especial cuidado con no dañar los estabilizadores o la cola del proyectil ya que, de ocurrir, quedarían inutilizados.


Sin embargo, la aparición del tipo 2 no detuvo el genio creativo de Duchêne, que además había preparado de forma paralela otro diseño para sustituir, en teoría, al primer modelo. Básicamente era una versión ligera del tipo 2, y recibió el nombre de tipo 1 bis, y podemos compararlo con su hermano mayor en la foto de la derecha. El 1 bis estaba formado por un tubo del mismo calibre pero con las paredes menos gruesas, y se asentaba sobre una placa base más pequeña que, no obstante, le proporcionaba un asentamiento lo suficientemente estable. 


Carecía de mecanismo de elevación, por lo que para regular el tiro vertical había que aflojar las palometas laterales y ajustar el ángulo con la escuadra, tal como vemos en la foto de la izquierda. Y, tal como le ocurría a su predecesor, no tenía capacidad de regulación horizontal, así que se tenían que conformar con el típico sistema de prueba-error. No obstante, este pequeño mortero de solo 181 kilos de peso puesto en batería vino de perlas al ejército para aumentar la gama de piezas disponibles que, por otro lado, al disparar los mismos proyectiles no causaban problemas logísticos. Por otro lado, el 1 bis precisaba de una dotación menor, en este caso de un suboficial y cuatro hombres que se bastaban para transportar la placa base y el tubo. Su producción se encargó también a empresas privadas, y las primeras unidades salieron de la línea de producción prácticamente al mismo tiempo que el T2. Hacia el mes de junio de 1915 había operativos, además de los primeros T1, nada menos que 564 T1 bis y 276 T2, y se calcula que hacia el final del conflicto debía haber más de 3.000 unidades dando guerra si bien este tipo de armas cayó en la obsolescencia en la fase final de la guerra por su condición de armas estáticas. En cualquier caso, durante los años que estuvieron activos no defraudaron a sus usuarios, que es lo importante cuando se acude a la llamada de las armas a chinchar al enemigo bonitamente.


En lo referente a la munición, estas armas disponían de una extensa gama de proyectiles a elegir. El primero que entró en acción fue una versión mejorada de la bomba de 16 kilos que vimos anteriormente. Esta mantenía la misma carga explosiva, pero el cuerpo del proyectil ya estaba fabricado de forma totalmente industrializada. Según vemos en la ilustración de la derecha, estaba compuesto por tres partes soldadas entre ellas, con su correspondiente orificio roscado en la ojiva para alojar la espoleta y otro, también roscado, en el culote para acoplar la cola. Para darle estabilidad a su trayectoria disponía de tres aletas colocadas a 120º una de otra que eran soldadas al cuerpo de la bomba. Su velocidad inicial era de apenas 80 metros por segundo, por lo que casi podría verse como volaba, y su alcance máximo estaba en los 650 metros. Su longitud total era de 62,6 cm., y se fabricaron en dos versiones, la A y la B. La única diferencia entre ambas era la forma más redondeada de la primera y más angulosa de la segunda. La que mostramos en la ilustración superior es la B.





Un poilu cargando un T1 bis con una
bomba de 16 kg., lo que nos permite
hacernos una idea de sus dimensiones
En lo referente a los colores, dependiendo de la carga se empleaba un determinado color o una combinación de varios. En la figura A vemos el, digamos, color básico denominado gris artillería, un tono celestón más o menos como el que se aprecia en el dibujo. Los proyectiles pintados enteramente de este color estaban cargados con chedita, un explosivo a base de clorato con una porción de aceite de ricino que le daba más estabilidad. Debe su nombre a la ciudad de Chedde, donde se empezó a fabricar a inicios del siglo XX. La figura B pertenece a los proyectiles cargados con explosivos cuyo principal componente era el perclorato de amonio o de potasio, que eran identificados con una banda verde de 20 mm. de ancho. La figura C es la que corresponde a los explosivos a base de nitrato, como la melinita, a base de ácido pícrico y quizás el más empleado por el ejército francés, o cresylita 60/40, alto explosivo combinado en dicha proporción con ácido pícrico y nitrato. En último lugar vemos la figura D que presenta un proyectil con la ojiva en negro y en el extremo una banda azul de 20 mm. de ancho, los cuales estaban cargados con pólvora negra y se empleaban para instrucción y prácticas de tiro. En cuanto al que vimos en el párrafo anterior pintado de verde, este color correspondía a cualquier proyectil que contuviese sustancias tóxicas. El número que vemos en la ojiva, así como la existencia de una banda blanca en el centro, indica que es un proyectil de gas, en este caso de collongita, una porquería inventada en 1915 por un fabricante de tintes llamado Descollonges en su planta de Villeurbanne. La collognita era una mezcla de fosgeno, tetracloruro de estaño y cloruro de arsénico, por lo que colijo que respirar semejante porquería no debía ser nada recomendable. Por cierto, la cola del proyectil nunca se pintaba, e iba engrasada para facilitar su introducción en el mortero, y el interior de las carcasas era pintado con brea para impedir que la carga tocase las paredes de las mismas ya que el contacto con el hierro podría producir cambios en la composición del explosivo.


A continuación podemos ver la bomba de 45 kilos, 23 de los cuales eran de explosivo, y con una longitud de 80,3 cm. En este caso, el cuerpo estaba también formado por tres partes, estado la posterior remachada al resto del conjunto. Como su hermana menor, tenía también tres aletas estabilizadoras. Lo único que permanecía invariable en todos los modelos era la cola del proyectil, diferenciándose solo en la longitud de la misma. En este caso hemos presentado la bomba cargada en otro T1 bis, siendo más grande el proyectil que el arma. En lo referente a sus prestaciones, su velocidad de salida era más lenta aún: 63 metros por segundo, o sea, como un saque de tenis a manos de un artrítico crónico. Su alcance máximo estaba en los 400 metros.


Y la que vemos ahora es, más que una bomba, un bombón. Concretamente la hermana mayor, con una longitud de 107 cm. y un peso de 40 kilos de los que 10 eran de explosivo. Su denominación oficial era bomba flecha tipo D, y no variaba en nada en lo tocante a su construcción respecto a las que hemos visto anteriormente. No obstante, a pesar de su forma más estilizada sus prestaciones eran similares a la de 45 kilos ya que su velocidad inicial era de 67 metros por segundo y su alcance máximo de 450 metros. En la foto la vemos cargada en un T2, y debe tratarse de una imagen de propaganda o hecha por el poilu para enviarla a casa porque no tiene la espoleta montada y, además, esa mirada condescendiente al infinito poniendo jeta de ángel exterminador recién desayunado no parece propia de un soldado en plena acción.


Con la entrada en servicio del T2 se fabricaron otros tres tipos de proyectiles que incorporaban algunas novedades. Una de ellas consistía en los estabilizadores que, en dos de los modelos, de tres pasaron a seis. Para darles más rigidez, se les estampaba por su parte central una nervadura tal como se aprecia en la ilustración. El modelo más ligero era la bomba L.S. con un peso total de 18 kilos, de los que 5,35 eran de explosivo. Su longitud era de 79 cm., y tenía una velocidad inicial de 117 m/seg. con un alcance muy superior al de la bomba de 16 kilos: 1.250 metros. El de la izquierda es un proyectil cargado con chedita, mientras que el de la derecha presenta la tonalidad verde de los que iban llenos de porquería. Las letras y números que lleva pintados son una variación que solo usaron las bombas L.S. entre 1917 y 1918, y estas indican de arriba abajo: el 5 y las letras CO, el contenido, en este caso collognita. A continuación la fecha de carga, el lugar donde se fabricó (en clave) y el peso que, al parecer, en los proyectiles de gas superaba un poco al nominal. En cuanto a las espoletas, son la I.T. de impacto de las que ya hablaremos más adelante.


La siguiente en potencia era la bomba D.L.S. de 35 kilos con una carga de 10. Su longitud era de 95 cm., y tenía una velocidad inicial de 83 m/seg. y un alcance máximo de 670 metros. La que presentamos a la izquierda sería un ejemplar cargado con chedita ya que está enteramente pintada de gris artillería, mientras que la otra, con medio cuerpo pintado de amarillo, estaría cargada con melinita. Por cierto que, en caso de usar este explosivo, se añadía una banda roja en el centro para indicar que la carga era inferior al nominal, mientras que si se pintaba una banda similar en blanco era al contrario, la carga era superior. Un dato específico de esta bomba, así como de la L.S. mostrada en el párrafo anterior, es que disponían de un eficaz sistema de obturación para impedir fugas y aprovechar de ese modo todos los gases producidos por la deflagración de la carga. Dicho sistema era bastante básico, pero no menos eficiente; consistía en colocar en el extremo de la cola un disco de cobre que se expandía en el momento del disparo, cerrando de ese modo el mínimo espacio de viento entre la cola y el ánima.


Por último tenemos la bomba A.L.S., un proyectil provisto de tres estabilizadores y con un peso de 20 kilos con una carga de 6'4 de explosivo. Sus prestaciones eran de 117 m/seg. y un alcance máximo de 1.250 metros. Pero lo más significativo de este modelo consistía en que la carga de proyección iba dentro de la cola del proyectil. Esto suponía que, al detonar dicha carga más cerca del centro de gravedad del cuerpo de la bomba, mejorase de forma ostensible su precisión. En la foto podemos ver su apariencia cargado en un T2, y la espoleta con que hemos ilustrado este ejemplar es una R.Y. de impacto. Por norma, según veremos más abajo, todos los proyectiles de mortero gabachos se cargaban casi siempre con espoletas de este tipo, y no como hacían los tedescos que de forma sistemática empleaban espoletas de doble uso, mucho más fiables por cierto.


A la izquierda tenemos las espoletas en cuestión. La figura A es el modelo R.Y. de impacto. Se armaba gracias a la repentina aceleración del proyectil al ser disparado, y su carga detonante era a base de fulminato de mercurio, compuesto habitual en las espoletas debido a su sensibilidad y su velocidad de ignición si bien era un producto bastante inestable y corrosivo. La figura B es el modelo I.T, que carecía de mecanismos de armado. Debido a ello tenía que llevar un alambre y un casquillo a modo de pasador y tope de seguridad respectivamente, siendo retirados ambos en los instantes previos al disparo. En cuanto a la figura C, es la espoleta de impacto 24/31 modelo 1916, la cual tenía un sistema de armado por inercia similar a la R.Y. Estas espoletas armaban sobre todo a las bombas de 16 kg. Por último, en la figura D vemos el mecanismo de percusión Forgeat empleado en el mortero tipo 2. Consta de un casquillo que se roscaba en un orificio situado en la parte superior del tubo, como ya mostramos en el croquis en sección del mismo. Para iniciar la carga de proyección se le añadía un estopín similar a una vaina cargado con pólvora negra y, a continuación, se tiraba de un cordel unido a la anilla para comprimir el muelle helicoidal que impulsaba el percutor. Al llegar al límite de tracción, la anilla dejaba escapar el cordel, el muelle empujaba el percutor y se producía el disparo. A continuación, mientras uno de los servidores recargaba el arma, otro extraía el mecanismo para reponer el estopín. Este sistema, aparte de resultar más fiable y rápido que la mecha de retardo, favorecía la obturación en el momento del disparo ya que no dejaba escapar gases por el orificio de carga.


Con todo, la ignición por mecha de 5 segundos siguió vigente durante todo el conflicto. En la foto de la derecha vemos como un servidor de un T1 bis arrima una cerilla para prender dicha mecha, tras lo cual todo el personal se apartaba y se ponía a cubierto, por si acaso, hasta que se producía el disparo. Por cierto que, como podemos suponer, esto de encender mechas se volvía bastante complicado cuando el tiempo se ponía chungo y caía agua a raudales, lo que era relativamente frecuente en el frente Occidental durante casi todo el año. 


Dos servidores de un tipo 2 en plena acción. Mientras uno de
ellos pasa una lanada para limpiar el ánima, otro coloca el
mecanismo de disparo
En lo tocante a las cargas de proyección, consistían en saquillos con diferentes pesos según el tipo de proyectil a emplear y el alcance que se deseaba obtener. Así pues, estos saquillos se confeccionaban con tubos de lino blanco de unos 5 cm. de diámetro con cuatro cargas base: 60, 135, 160 y 185 gramos. La inferior era de B.C., o sea, pólvora de cañón, mientras que las tres superiores eran de ballistita, una de las primeras pólvoras sin humo fabricadas por Nobel a base de nitroglicerina y algodón pólvora que, al parecer, era excesivamente corrosiva y deterioraba las ánimas de los cañones. Además, había dos cargas de incremento de 25 y 65 gramos de ballistita para aumentar la carga si era preciso. Dentro de los saquillos de las cargas base iba una pequeña bolsa de muselina con 12 gramos de pólvora negra de filiación FFF que, en realidad, era la que iniciaba la carga de proyección cuando la mecha o el estopín cumplían su trabajo. Cada saquillo llevaba impreso el peso de la carga, el tipo de pólvora, la fecha de producción y las siglas de la fábrica pero, para evitar errores, los de la carga de 160 gramos eran de tela color verde, y estaba cosido en dos mitades para reconocerlo mejor durante la noche.


Grupo de poilus tomándose un respiro durante el acarreo de bombas de
45 kg. hasta primera línea. Junto a ellos aparece un tedesco prisionero al que
seguramente le han obligado a echar una mano so pena de dejarlo libre
con un cartel colgando que diga "Amo al enemigo" o "Soy un traidor,
pegadme un tiro, me lo merezco"
Las bombas D.L.S empleaban la carga de 60 gramos y la de 135, si bien esta última era para obtener su máximo alcance. Las L.S. las de 60 y 160 gramos, y las A.L.S. las de 185 gramos. A todas ellas se les añadían cuando procedía las cargas de incremento. Así pues, para hacernos una idea, un mortero que iba a disparar una bomba D.S.L. de 18 kilos contra un objetivo situado a, por ejemplo, 320 metros, era cargado en primer lugar con un saquillo de 60 gramos con su carga de iniciación de 12 gramos de pólvora negra que, lógicamente, debía quedar en el fondo de la recámara. A dicha carga se le añadían dos más de incremento de 25 gramos. Con esa carga y las tablas de que disponían los artilleros sabían qué ángulo debían dar exactamente a la pieza para alcanzar su objetivo, que en este caso sería de 71º. 


Posando ante un tipo 2 armado con una L.S.
Merece la pena comparar la posición cutre y
fangosa de esta gente con las que vimos en la
entrada del sMW de 25 cm. alemán, perfectamente
entibadas y camufladas
En fin, con esto creo que cualquiera podrá apabullar bonitamente a su cuñado o incluso una alianza de varios de ellos juramentados para desafiarnos tras tragarse 94 documentales del Canal Historia y de cartearse con los profes de la academia de Sandhurst que aparecen en los mismos. A modo de colofón, comentar que el empleo casi exclusivo de espoletas de impacto en la munición de estos morteros obedecía a su empleo táctico, basado ante todo en la destrucción de alambradas, trincheras, fuego de barrera y lanzamiento de gas. Su masa no era capaz de alcanzar las profundidades de su colega tedesco y, por otro lado, la destrucción de fortificaciones de más envergadura era preferible dejarla en manos de la artillería pesada. No obstante, para cometidos muy concretos se armaban espoletas de retardo, sobre todo a la hora de intentar destruir trincheras impactando en el interior de las mismas. Así pues, para hacernos una idea del poder destructivo de estas armas daremos una breve pero ilustrativa relación de sus efectos contra diversos objetivos a modo de epílogo.


Curioso fotograma en el que vemos a un poilu salir a escape tras encender la
mecha en  un T2, la cual se ve como humea de forma ostentosa. La bomba
es una DLS en la que, por cierto, no se aprecia ninguna espoleta, así que
igual se trataba de una película de propaganda
Si caía dentro de una trinchera o, a lo sumo, a medio metro de distancia, una bomba L.S. o una de 16 kg. podían destruir entre 1 y 3 metros, mientras que una D.S.L. destruía entre 2 y 4 metros. Estas últimas podían además destruir el techo de troncos y tierra de un nido de ametralladoras. Las mismas bombas y en el mismo orden podían destruir entre 2 y 2,5 metros de alambrada en los primeros casos y entre 3 y 4 en el segundo. Para acabar con un tramo de unos 100 metros de trincheras hacían falta entre 300 y 400 L.S. o bien entre 150 y 200 D.L.S. A la vista de estas cifras puede que ahora más de uno comprenda el motivo de aquellas preparaciones artilleras bestiales en las que se disparaban decenas de miles de proyectiles de todo tipo ya que, de lo contrario, no había forma de destruir las defensas enemigas y más en el caso de los alemanes que, como sabemos, fortificaban como nadie.

En fin, creo que no olvido nada relevante, así que corto ya porque esta entrada ha sido XXXL por lo menos. 

Hale, he dicho


Después de cien años, aún siguen apareciendo proyectiles de los "sapitos" por los campos de Flandes. En este caso se
trata de dos bombas de 16 kilos que, al menos la que vemos en primer término, incluso conserva la espoleta. Según
estimaciones llevadas a cabo por el ejército francés, aún tardarán unos siete siglos más hasta dejar totalmente limpias
las zonas donde se batieron el cobre, y eso que cada año destruyen cientos y cientos de proyectiles que aparecen
por todas partes, incluyendo sembrados donde son arrancados de la tierra por las gradas de los tractores. Acojona, ¿eh?