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viernes, 3 de julio de 2020

Misterios misteriosos: CASCOS DE LA INFANTERÍA AUXILIAR DE ROMA


AVXILIARIS de finales del siglo I d.C. Como salta a la vista,
su panoplia es muy básica y de inferior calidad a la de los
legionarios. (Ilustración de J. Shumate)
Como ya vimos en el artículo dedicado a la LORICA SEGMENTATA, a pesar de la enorme cantidad de estudios y libros dedicados al armamento de la legiones romanas hay aún bastantes lagunas en las que, en realidad, nos movemos más por conjeturas que por pruebas empíricas. No deja de ser curioso que, precisamente la coraza más emblemática de estos probos imperialistas y que precisamente es la que casi todo el mundo identifica sin dudarlo sea precisamente la que más secretos guarda y que las reconstrucciones que se han hecho de sus variantes estén basadas en los cuestionables relieves de la Columna de Trajano y, posteriormente, en los  mínimos restos mohosos del cofre de Corbridge.

Bien, pues con los tipos de cascos usados por la infantería auxiliar romana estamos ante un caso similar. No se sabe con certeza cuáles son los que se deberían considerar como tales, ni si hubo más variantes y, por no saber, no se sabe en realidad si los AUXILIARE llegaron a usar un tipo de casco específico para ellos. De hecho, el que forjó la teoría acerca de la existencia de estos cubrecabezas fue Henry Russell Robinson, el Guardián de la Armería de la Torre de Londres que, como recordaremos, realizó las primeras recreaciones de la LORICA SEGMENTATA según los datos aportados por Peter Connolly y es a quien debemos la clasificación de las tipologías de yelmos usados por las legiones romanas que, al día de hoy, es la referencia universal para diferenciar las distintas variantes de cascos desde la República a la extinción del imperio como Ewart Oakeshott hizo lo propio con las espadas medievales o Petersen y Geibig de las empuñaduras y hojas respectivamente de las espadas vikingas.

La cuestión es que, ciertamente, sí sabemos que la caballería auxiliar hacía uso de determinados tipos de cascos. De hecho, desde finales de la República la caballería romana se nutría, como ya sabemos, de hombres procedentes de pueblos aliados o tributarios de Roma porque a nuestros queridos imperialistas parece que no les motivaba mucho la equitación y preferían combatir a pie. En todo caso, tenemos constancia del equipo usado por estos probos mercenarios que, muy romanizados, dejaban testimonio de su existencia en forma de estelas funerarias donde aparecen cabalgando en sus pencos sobre sus enemigos derrotados, y en dichos relieves se aprecia sin problemas todo lo referente a su panoplia. En la foto de la derecha tenemos dos ejemplos para ilustrarnos sobre ello. En primer lugar tenemos la estela de Insus, un germano que sirvió en la segunda mitad del siglo II d.C. en el ALA AVGVSTA y fue dado de baja de forma definitiva por deceso en Lancaster. Como vemos, nos legó su figura ecuestre en plena acción, mostrando en su mano derecha tanto la SPATHA como la cabeza del malvado britano que acaba de decapitar y cuyo cadáver vemos bajo el caballo. El otro personaje es Longinus Sdapeze, un tracio del ALA PRIMA TRACVM que, como su colega, palmó en el 43 d.C. en la brumosa Albión, concretamente en Corchester. La pose es similar: cabalga sobre su brioso penco que pasa por encima del cadáver de un bárbaro encogido y vilmente derrotado. Una observación que, por si alguno no se ha percatado, no debe olvidar porque es un tema que saldrá a colación más adelante: los AVXILIARE latinizaban sus nombres, y solo cuando se jubilaban y obtenían la ciudadanía podían añadir un NOMEN y un COGNOMEN como Júpiter manda. Mientras tanto, se conformaban con adoptar un PRÆNOMEN a secas añadiendo, si acaso, "hijo de..." para que nadie cuestionara ni su legitimidad ni la decencia de mamá ni la honorabilidad de papá.

Bien, como vemos, los eximios jinetes al servicio de la augusta Roma se preocuparon de legarnos su apariencia en combate para que los frikis de 20 siglos más tarde tengamos de qué hablar. Sin embargo, las tropas de a pie no solían dejar su retrato para la posteridad armados de punta en blanco. Ni romanos ni auxiliares suelen aparecer con su armadura completa, sino con la túnica, el CINGVLVM MILITARE de donde penden la espada, el puñal y las PTERYGES y, a lo sumo, el PILVM y/o el SCVTVM. Pero, por el motivo que fuese, es raro que aparezcan con la coraza, y más aún con el casco puesto. Sí se conocen estelas donde aparecen estas piezas sueltas como una forma de identificar el rango del difunto pero, como decimos, no es habitual verlos completamente armados. En la foto tenemos un par de ejemplos de la pose más habitual.  El de la izquierda es Publius Flavoleius Cordus, de la LEGIO XIV GEMINA y que entregó la cuchara a mediados del siglo I d.C. con apenas 43 años en Maguncia, en la inquietante frontera del Rin. Su colega de la derecha es Annaius Daverzus, otro tracio que sirvió en la COHORS III DELMATARVM. Annaius no solo delata su condición de AUXILIARIS por su nombre y unidad, sino porque aparece con dos LANCEÆ, las jabalinas propias de estas tropas que no usaban los PILA reglamentarios de la legión. Como vemos, ambos visten la túnica militar, sus armas penden del CINGVLVM y, en el caso de Plubius, además se colgó su escudo ovalado a la espalda. Pero de cascos, ni rastro.

¿De dónde proviene entonces la presunción de que los AVXILIARE usaban un casco distinto? Pues de los relieves monumentales que hay repartidos por el otrora extenso imperio. No obstante, en bastantes casos hay que tomarlos con ciertas prevenciones porque, como se pudo comprobar en el caso de la LORICA SEGMENTATA de la Columna de Trajano, los escultores tenían cierta tendencia a idealizar o estilizar o, simplemente, modificar sin más la panoplia del personal. No sabemos por qué, pero lo hacían. Por ejemplo, en la foto de la derecha tenemos a un AVXILIARIS sujetando con los dientes la cabeza de un dacio. Su casco no pertenece a ninguna tipología conocida. La parte superior, echándole imaginación porque está bastante perjudicada, podría ser de un coolus con su visera frontal. Sin embargo, el cubrenucas y la carrillera pertenecen a un casco ático similar a los usados por los pretorianos. Más aún, podría tratarse incluso de un casco galo debidamente estilizado.

Es pues evidente que el que lo esculpió hizo lo que le dio la gana, sin querer o a posta, si bien el mismo Robinson señala que eso de las carrilleras, BVCCVLÆ en latín, excesivamente estilizadas eran una pauta en este caso para, según él, mostrar mejor los rostros de los combatientes, ya que con las normales apenas dejarían ver la nariz, los ojos y parte de la boca si se les mira de frente, y casi nada si es de perfil. Por cierto que también aparecen con cierta frecuencia en la Columna cascos similares rematados por una argolla en la parte superior. Sin embargo, aún no ha aparecido un solo ejemplar con este accesorio, por lo que se trataría de otra posible licencia artística. De hecho, de las cuatro tipologías que creó, solo en una de ellas coincide lo mostrado en la Columna con un ejemplar original que veremos más adelante pero, del resto, los que se dedicaron a esculpir las glorias de Roma parece que tenían especial predilección por el tipo ático, que era el habitual en la guardia pretoriana. En la foto de la izquierda tenemos el archifamoso relieve marmóreo que se conserva en el Louvre y que muestra a varios de estos controvertidos guardias con sus yelmos áticos que, como podemos apreciar, muestran gran profusión de grabados y relieves a los que estos imperialistas eran especialmente aficionados como hemos visto en los artículos dedicados a cualquier pieza de la panoplia romana. No había espada, puñal, casco, armadura o hasta la medallita de San Mithra del Sacrificio Perpetuo o Santa Venus de la Teta Hermosa que no le metieran adornos a mansalva. Era una especie de HORROR VACVI barroco a la romana, supongo...

Esta es la imagen más recurrente de los AVXILIARE de la Columna de
Trajano. Si es una licencia artística o no, de momento no lo sabemos
A estas alturas de la película, más de uno se preguntará que, ante lo expuesto, en qué se basó Robinson para establecer esa serie de teorías que, en apariencia, son más evanescentes que el sentido de la ética de un político. Bien, pues esas teorías las expuso en un trabajo editado en 1975 en base a la observación de, como hemos dicho, los distintos relieves que se conservan a partir de finales de la República y, sobre todo, desde el comienzo del Principado, cuando los AVXILIARE dejaron de hacer uso de la panoplia propia de sus respectivas naciones y adoptaron la uniformidad del ejército romano. Pero estas representaciones gráficas siempre cuestionables a mi entender, eran las menos relevantes ante una prueba que sí era tangible: las marcas grabadas en los cascos por sus propietarios y que se pueden ver en los ejemplares que se conservan. Obviamente, un casco donde aparece el NOMEN y el COGNOMEN del dueño y, a veces, el número de la legión donde servía y el nombre de su centurión, no podía ser un AVXILIARIS, mientras que si el solo se ve un nombre claramente latinizado estaríamos ante el segundo caso.  Del mismo modo, era al parecer frecuente que no grababan nada porque, simplemente, eran analfabetos o no sabían escribir en latín, lo que no sucedía en el ejército regular porque para alistarse era obligatorio saber leer y escribir. También se tiene en cuenta el hecho de que en los ejemplares donde no se aprecia ningún tipo de inscripción estuviera en la guarnición pero, a mi entender, sería difícil escribir un nombre en una superficie de cuero o fieltro cuando, además, lo más habitual era hacerlo en la parte inferior del cubrenucas y grabado para que no se pueda borrar. 

En cualquier caso, la cuestión es que los cascos donde aparecen nombres romanos son por norma los de mejor calidad, mientras que los ejemplares sin grabar o con nombres latinizados son siempre los cutres. En resumen, aquí no hablamos de relieves o posibilidades, sino de que los cascos buenos eran propiedad de romanos, y los malos de los auxiliares. ¿Qué entendemos por un casco bueno o uno malo? Más que de la calidad del material en sí- los de los AVXILIARE eran por norma de bronce, material que también usaba el ejército regular- hablamos de los acabados. Eran ejemplares sin los adornos y repujados que tanto gustaban a los romanos, y las carrilleras, que por lo general también repujaban con motivos de tipo religioso, eran lisas y ni siquiera se molestaban en rebordear. Y, finalmente, los acabados en sí, más bastos en el caso que nos ocupa, y con evidentes muestras de ser producto de una fabricación en serie que luego detallaremos. Así pues y en base a esta teoría, Robinson estableció cuatro tipos distintos. Veámoslos...

TIPO A

Esta tipología está basada en un ejemplar hallado en Flüren (Alemania) y que se conserva en el Rheinisches Fandesmuseum en Bonn, donde aparecieron los restos de un CASTRVM. Como podemos ver, su morfología es similar a la de un coolus, aunque al original le faltan tanto las carrilleras como la visera frontal. Como vemos en esta réplica, es de una simpleza absoluta, sin el más mínimo atisbo de ornamentación. En sí es un casco sólido y que cumple su cometido, pero sin adornos. Las carrilleras están un poco curvadas para adaptarlas mejor a la cara de su usuario, y en el ala trasera tiene en la parte inferior una pequeña anilla para el barbuquejo que, junto al de las carrilleras, permitían ajustar el casco a la cabeza sin que un golpe o un tirón hacia adelante pudiera cegar al dueño. En las carrilleras podemos ver el sistema de bisagras usado en este caso, con un pasador de bronce doblado por los extremos para fijar ambas piezas. En la ilustración vemos un AVXILIARIS de mediados del siglo I d.C., fecha en la que está datado el casco. Está armado con una LANCEA, un escudo oval y se cubre con una simple camilla corta de malla que pesaría alrededor de 7 kilos. El casco rondaría los 1.300-1500 gramos. 

TIPO B

El original procede de un hallazgo en Maguncia, y está datado en la segunda mitad del siglo I d.C., concretamente hacia el año 83, durante la campaña de Domiciano contra los catos. Como salta a la vista, su morfología corresponde al tipo gálico, una variante mucho más perfeccionada que el coolus y también dotada en sus distintos modelos de una decoración mucho más elaborada. Sin embargo, y siguiendo la norma que planteaba Robinson, en este caso estamos ante una pieza muy básica que, simplemente, cumple con los requisitos de su tipología pero sin florituras. En este caso, el ala trasera es mucho más ancha, protegiendo los hombros además del cuello. La visera se ha colocado en una posición más elevada para ofrecer menos superficie donde hendir con una espada y, la diferencia principal respecto a la tipología anterior, ya tiene las aberturas para las orejas que, contrariamente al caso del coolus, facilitaba oír mejor las órdenes y los toques de bocina en el fragor del combate. Para impedir que un tajo de una espada enemiga resbalase hacia abajo y se llevase por delante un cacho de oreja o incluso la oreja entera, se le añadió la típica aleta protectora unida al casco con tres remaches. Por lo demás, el sistema de fijación del barbuquejo era exactamente igual que en el tipo A.

TIPO C

En este caso se basa de una pieza muy modificada que se encuentra en el Museo Arqueológico de Florencia y que, a todas luces, sufrió diversos cambios que le hicieron perder su aspecto original. En todo caso, es muy similar a los cascos usados por la caballería auxiliar por ese refuerzo cruciforme en la calota del yelmo si bien en este caso todas las nervaduras tienen la misma longitud, mientras que los de caballería tienen la trasera mucho más larga. El ala trasera, más corta y con más caída como el tipo imperial-gálico, tiene en la parte superior una nervadura de refuerzo típica en los gálicos si bien estos suelen tener dos o tres, y no una como en este caso. Por lo demás, volvemos a la tónica de siempre: una pieza muy básica, con un acabado burdo pero no por ello falta de solidez. La ilustración que acompaña como ejemplo muestra a un AVXILIARIS  de tiempos de Trajano que, al estar pringando en la Dacia o en la frontera con Germania, se protege del frío con unos BRACÆ y calzando unos PERONES, un tipo de bota de media caña destinada, como los calzones, a impedir que se lo encontraran tieso como una estaca al ser relevado de una guardia. Por cierto que de esta tipología se pueden ver algunos ejemplos muy estilizados en la Columna de Trajano.

TIPO D

Este es el más peculiar de todos tanto en cuando es el menos romano de los cascos para tropas auxiliares. De hecho, su forma cónica indica un claro origen oriental, posiblemente sármata, pero lo más importante es que es el tipo cuya existencia real ha quedado corroborada con más solidez ya que aparece de forma profusa en varios relieves, en especial en la Columna de Trajano. Básicamente, se trata de un yelmo fabricado de una pieza o con varios gajos remachados a una estructura principal a modo de primitivo Spangenhelm. Quizás la aportación romana consistiera en la adición de carrilleras y cubrenucas, que según donde la representen muestra un aspecto distinto. En algunos relieves aparece como una pieza sólida, similar a los cubrenucas de los yelmos áticos, mientras que en otros la excesiva curva que describen da la impresión de que se trata de una pieza flexible formada por pequeñas escamas cosidas sobre una base de cuero. En la lámina de la derecha vemos una recreación actual junto a un SAGITTARIVS sármata. Esta tipología solo aparece en los arqueros, que obviamente necesitaban el mínimo de salientes y refuerzos que impedirían el anclaje de la cuerda antes de efectuar el disparo.

El origen de esta tipología está en el yelmo que vemos a la izquierda y que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico de Zagreb. La pieza, que estaba en poder de los monje del monasterio de Dakovo desde vete a saber cuándo, lo entregaron a las autoridades hacia 1870. Como vemos, carece de carrilleras y cubrenucas, así que no nos queda más remedio que guiarnos por los relieves de la época acerca de su apariencia. En este caso, el yelmo tiene por delante una lámina de 28 mm, de altura donde aparecen grabadas las imágenes de la Victoria, Júpiter y Marte. Las bisagras de las carrilleras quedan ocultas por dicha lámina. En la parte posterior vemos una lámina similar donde se fijaría el cubrenucas que, por desgracia, no ha llegado a nuestros días. Robinson dató esta pieza entre finales del siglo II o principios del III d.C. si bien es evidente que ya estaba operativa desde tiempos anteriores tanto en cuanto aparece en la Columna de Trajano.

En la foto de la derecha podemos ver dos escenas de la Columna de Trajano en la que aparecen SAGITTARII del ejército romano. Todos usan ese tipo de casco pero, si observamos con detenimiento, vemos que los cubrenucas son distintos, así como el número de piezas con que están construidos. Sea como fuere, lo cierto es que en este caso queda plenamente demostrado que los arqueros auxiliares procedentes de pueblos de los Balcanes y Asia Menor sí hacían uso de un yelmo específico para ellos. De hecho, el mismo Robinson no se cerraba en banda a que su tipología pudiera ser refutada en caso de aparecer testimonios que demostrasen que estaba en un error, y digamos que estaba a la espera de nuevos descubrimientos que apoyaran su tesis o la rebatieran. Sin embargo, nuestro hombre palmó en 1978 con apenas 58 años si bien, a pesar de que ya ha transcurrido más de cuatro décadas de su defunción, nadie ha podido presentar datos que contradigan su tipología. Eso sí, como es habitual en estos casos, hubo historiadores que la negaron desde el primer momento. Ya sabemos que hay mucho enterado que, por norma, no aceptan jamás ninguna teoría de nadie, quizás por soberbia, quizás por querer arrogarse la primicia de la negativa para, caso de que sea finalmente refutada, puedan pavonearse de haber sido los primeros en hacerlo. Sino, pues como nadie recordará sus gilipolleces no pasará nada. 

Por si alguno no ha captado la diferencia, ahí vemos un imperial itálico tipo
G y un casco para auxiliar tipo B
Bueno, estas son las cuatro tipologías establecidas por Russell Robinson. Para terminar, comentar de forma sucinta el proceso de fabricación de estos yelmos para entender el motivo de sus peculiares acabados. Al parecer, para acelerar el proceso de producción en masa, se colocaba una chapa circular de bronce entre dos matrices de madera, una hueca y otra con forma semiesférica. De ahí que estos cascos presenten un pequeño orificio en la coronilla, que es donde se fijaba la chapa y que posteriormente podía ser tapado con una pequeña perilla o un simple remache. Mediante un proceso de torneado se iba girando la chapa mientras que, a golpe de martillo, se le iba dando la forma hemisférica de la cabeza mientras que las dos matrices la iban ajustando a su forma definitiva. Al batir el material se iba expandiendo, y con la parte sobrante se elaboraba el ala trasera. El resto se eliminaba. Lo habitual en un casco destinado a la legión era que las marcas de los martillazos se eliminaran por abrasión, pero los que supuestamente iban a parar a las unidades de AVXILIARE se quedaban tal como salían del torno, y de hecho se puede comprobar en los ejemplares que se conservan que, en efecto, las hiladas de golpes aún perduran. Del mismo modo, el filo trasero del ala era rebordeado doblando la chapa, proceso que se omitía con los de los AVXILIARE para acelerar y abaratar el proceso de construcción. Una peculiaridad del acabado final era que estos cascos tenían sección circular debido a la matriz que usaban, y no la elíptica propia de una cabeza humana. Por cierto, en ningún caso parece que se les añadiera la típica asa en el ala trasera para poder llevarlo colgando durante las marchas, lo que es una muestra más de lo elemental de su elaboración. 

En fin, criaturas, ahí queda este misterio misterioso por su alguien tiene ganas de devanarse la sesera. Anticipo una vez más que, 42 años después del deceso de Robinson nadie ha podido refutarle su teoría si bien tampoco han aparecido nuevos testimonios que la corroboren. Así pues, y mientras no surja alguna novedad al respecto, yo al menos no tengo problemas en admitir la existencia de cascos de inferior calidad para tropas mercenarias.

Como imagen de cierre, dejo esa recreación de la que quizás sea la imagen más recurrente del AVXILIARIS de la Columna de Trajano, donde aparecen con un yelmo ático coronado por una argolla y, en vez de cota de malla, usan un CORIVM, una camisa de cuero grueso que no creo que protegiera mucho más que una puñalada asestada por un enemigo moribundo. Como decíamos al principio, el testimonio gráfico existe, pero la prueba física no por lo que, mientras aparece alguna, habrá que considerar este tipo de yelmo como una licencia artística. Si apareciera, pues solo habría que añadir un tipo E a la tipología Robinson.

Bueno, se acabó lo que se daba, amén.

martes, 15 de abril de 2014

Los últimos legionarios. El armamento




Bueno, prosigamos con el tema legionario. He creído conveniente, ya que es un tema asaz extenso, ir completándolo con más entradas a fin de poder detallar mejor cada uno de sus pormenores ya que, como se pudo entrever en la entrada anterior, el ejército romano tras las reformas llevada a cabo por Diocleciano y Constantino no tuvo ya nada que ver con el que todos solemos imaginar, o sea, el ejército bajo-imperial. Así pues, hoy hablaremos del armamento.

Como ya sabemos, los romanos tenían la costumbre de adoptar las armas de otros pueblos en el momento en que veían que podían sacarles partido. De hecho, podíamos decir que solo el enorme SCVTVM, el PILVM y la LORICÆ SEGMENTATA eran creaciones genuinas de ellos, siendo el resto de su panoplia armas prestadas de otras culturas. Está de más decir que dicha costumbre siguió vigente hasta el final del imperio y más, como pudimos ver en la entrada anterior, cuando se permitió el acceso al ejército de todos los pueblos del orbe romano, considerados como iguales tras las reformas de Diocleciano. Veamos pues los cambios que se fueron realizando a medida que el tiempo avanzaba y el imperio se iba yendo al garete sin prisa pero sin pausa...

EL YELMO

Las típicas GALEÆ gálico-imperiales e itálico-imperiales permanecieron en uso hacia el siglo III. Estos yelmos, cada vez más elaborados y complejos, fueron eliminados de la panoplia militar romana a pesar de su probada eficacia. Quizás fuera su complejo proceso de manufactura, así como la cada vez más desidiosa maquinaria estatal la que obligó al ejército a dejar de lado tan magnífico yelmo por otros mucho más básicos. El último ejemplar de este tipo del que se tiene noticia es una GALEA de bronce hallada en Nieder-Mörlen, en Alemania, y posiblemente perteneció a algún miembro de la XXX LEGIO VLPIA VICTRIX, creada por Trajano en 105 y que permaneció guardando la frontera del Rin hasta el siglo V. En la ilustración superior podemos ver una reconstrucción del este soberbio ejemplar el cual, como podemos ver, va provisto de una enorme ala trasera para proteger tanto la nuca como los hombros de su usuario.

Sin embargo, y como ya he comentado, estos yelmos tan sofisticados fueron pasando a la historia básicamente por dos motivos. Uno, porque las fábricas estatales se habían expandido por todo el imperio y, debido a ello, cada una fue adoptado el tipo de yelmo que se adaptaba más al estilo de cada zona. Recordemos que en la época que nos ocupa, un germano o un sármata usarían un yelmo acorde a la panoplia habitual de su  pueblo. Y por otro, que al ser destinada una unidad a otra región del imperio, sus componentes los comprarían, bien a nivel local, bien en alguna fábrica estatal si es que algunas de las 35 repartidas por el imperio les pillaba razonablemente cerca, por lo que el concepto de yelmo reglamentario uniforme en todo el ejército pasó a ser historia. Además, se unificaron las tipologías de forma que infantería y caballería usaban el mismo casco y no como antaño, que cada cuerpo usaba un modelo reglamentario propio.

Por esta serie de motivos, el tipo de yelmo que se fue imponiendo durante el siglo III fue el que vemos a la izquierda, una tipología de spangenhelm. El ejemplar en concreto se encontró en Der el-Medineh y, como vemos, no tiene nada que ver con las añejas GALEÆ. El capacete estaba fabricado en seis partes unidas con otras tantas mediante remaches tomando una forma cónica que, en este caso, era más adecuada para escupir los tajos de espadas descargados de arriba abajo. Sin embargo, la desaparición de la amplia ala trasera dejó los hombros totalmente desprotegidos: un tajo dirigido al lateral de la cabeza acababa aterrizando irremediablemente en  el cuello o en su unión con el hombro. Sus amplias carrilleras cubrían totalmente las orejas, lo que obviamente restaba bastante capacidad auditiva y, finalmente, la barra nasal que tanta profusión alcanzó durante la baja y la alta edad media no era en sí más que un sustituto barato de la visera de la GALEA, mucho más adecuada para detener un tajo dirigido a la parte frontal de rostro. Aparte de esta serie de detalles que denotan una merma en la protección de a la cabeza, la calidad del yelmo es bastante inferior a la de los modelos reglamentarios de antaño y, además, estaba condicionada al poder adquisitivo del usuario. 


En la imagen superior tenemos otras tres tipologías habituales de este período. A la izquierda es similar al anterior, pero con el capacete más redondeado y va coronado por una cresta o arista como refuerzo. Es una tipología de influencia sármata cuya manufactura, al igual que en en el caso anterior, es bastante burda comparada con las GALEÆ bajo imperiales. En este caso, ni las carrilleras ni el cubrenucas, que también es móvil, van provistos de bisagras sino que se sustentan mediante tiras de cuero internas. El tipo del centro es un modelo muy básico denominado "de cresta" por la pequeña pieza que une las dos mitades de que se compone el capacete. Sus carrilleras, de pequeño tamaño, van provistas de aberturas para las orejas y el cubrenucas, en este caso, ha sido reducido a la mínima expresión. Esta tipología apareció en el siglo IV y, al parecer, era la más habitual en las fábricas estatales por su simplicidad de diseño. Por último, tenemos  otro tipo spangenhelm que, en este caso, lleva como cubrenucas un pequeño paño de malla. En todas estas tipologías, el nivel de acabado iba en consonancia con el poder adquisitivo del comprador.

Para terminar con las prendas de cabeza, falta mencionar el gorro panonio que tanta popularidad ganó entre las tropas de la época. Se trataba de un gorro cilíndrico de piel, con o sin pelos, el cual usaban en todo momento salvo a la hora de combatir. Como decía Vegecio, lo usaban para no tener que sentir constantemente el peso del yelmo en la cabeza, lo de es una clara señal de que el espíritu de sacrificio que había convertido al legionario en una máquina se había diluido como por ensalmo. La ilustración de la derecha nos muestra claramente su morfología. En este caso, la reconstrucción procede de un mosaico que representa una escena de caza.

EL ESCUDO

Los grandes y pesados escudos de los legionarios también cayeron en el olvido, básicamente por convertirse en un elemento obsoleto de cara a las nuevas formas de combatir. Hay muchas teorías que pretenden justificar este cambio pero, básicamente, colijo que la principal fue que el PEDES de la época, al combatir en un orden más abierto, necesitaba un escudo que le facilitara ese tipo de combate ya que el SCVTVM tradicional era válido solo para combates muy cerrados. De aquellos grandes rectángulos combados que protegían casi enteramente el cuerpo del combatiente se pasó a un escudo oval, más pequeño y ligero y con apenas curvatura o completamente plano. El escudo oval medía entre 90 y 110 cm. de largo por su eje mayor y su fabricación era más simple. Se unían listones de madera de 1 cm. de espesor, tras lo cual se forraba de cuero. El típico borde de bronce de antaño fue sustituido por una tira de cuero crudo de forma que, al secarse, se contrajera a fin de hacer más sólida la pieza. El sistema de agarre era el de siempre: una manija tras un umbo central de hierro o bronce y, como se explicó en la entrada dedicada a los dardos plomados, en su reverso iban cinco de estos proyectiles. En la ilustración superior podemos ver un escudo por el anverso, el reverso y de perfil antes de ser forrado de cuero. En el centro vemos el reverso con la manija y los cinco MARTIOBARBVLI dispuestos para su uso. Otra particularidad de este nuevo tipo de escudo radicaba en los dibujos identificativos de cada unidad.


Como vemos, adoptaron una simbología totalmente nueva. Cada unidad tenía su diseño propio, que en este caso serían los de los OCIANANI, MATTIACI,ASCARII, CORNVTI, CELTÆ y PETVLANTES.  Esta costumbre también influyó de forma significativa en la pérdida de la uniformidad ya que, tras una batalla, todos los que habían quedado con el escudo dañado no tenían posibilidad de reponerlo ya que el estado, como ya sabemos, había optado por dar subsidios al personal y que cada cual se buscara la vida. Así pues, no les quedaba otra que recuperar los que quedaban en el campo de batalla, que bien podían ser de unidades diferentes, y limitarse a pintarlos con el color más significativo de su unidad y dejar los detalles para cuando pudiera o encontrara a alguien que supiera hacerlo con propiedad. Así, por ejemplo, un ASCARII optaría por pintarlo de rojo omitiendo el jabalí hasta dar con algún artista que se lo pintara.

LA ESPADA Y EL PUÑAL

El gladio también pasó a formar parte de la gloriosa historia junto a los legionarios que los blandieron. El arma que lo sustituyó fue la SPATHA de origen celta que ya usaba la caballería desde tiempos de la República. La SPATHA, estaba provista de una hoja más larga, de entre 60 y 85 cm. Su forma era recta, de doble filo y sección lenticular, adecuada para golpear de filo así como para clavar sobre enemigos protegidos.  Al igual que el gladio, iba suspendida mediante un tahalí si bien se varió su posición: mientras el legionario la llevaba en el costado derecho, los PEDES la cambiaron a su lugar natural, el costado izquierdo. El motivo de este cambio no era otro que el mismo que obligó a cambiar de escudo: la infantería ya no buscaba el contacto cerrado para apuñalar con sus gladios al enemigo y, además, la SPATHA era más eficaz para descargar tajos sobre los cráneos de los enemigos. En cuanto al PVGIO, también acabó desapareciendo. Fue sustituido a nivel particular por cualquier tipo de cuchillo adquirido en los mercados locales. Pero no cuchillos de impronta militar, sino los típicos "todo uso" que igual valían para degollar a un enemigo que para cortar el pan para preparar el bocata de antes de la batalla. 

LAS ARMAS ARROJADIZAS

Moharras barbadas de angón
Aparte de los MARTIOBARBVLI, de los que se habló largo y tendido en una entrada anterior y cuya lectura recomiendo a todos aquellos que no la hayan leído, el PILVM que tantas victorias dio a las legiones fue sustituido por otro tipo de lanzas. Como jabalina ligera se adoptó la VERVTA, una lanza corta, de alrededor de 180 cm. que, según parece, no era más que una copia del angón germano, del cual también se habló en una entrada y que estuvo en uso hasta al menos el siglo XIII. Además, se adoptó un tipo de lanza más pesada para clavar, la HASTA. Estas lanzas, que en realidad ya estaban en uso en manos de los HASTATI, fue sustituida por el PILVM para, al cabo de 300 años, volver a ser usada por la infantería de la época. 

Las HASTÆ eran unas armas provistas de una asta de alrededor de dos metros, rematadas con una moharra, como tantas otras cosas, acorde al gusto de sus usuarios. Así, igual se veían unidades nutridas por germanos con HASTÆ armadas con moharras con forma de lengua de carpa como las que vemos en la imagen de la derecha. Aunque podían ser lanzadas en los instantes previos al contacto, su verdadera misión era mantener al enemigo a distancia y lancearlo bonitamente sin tener que llegar al cuerpo a cuerpo.

Como sustituto del PILVM, según Vegecio se tomó el SPICVLVM, una lanza provista de un largo hierro rematado en una pequeña punta, posiblemente en forma de hoja de laurel y barbada.  Cabe suponer que las razones del cambio eran simplemente de tipo logístico y económico. El PILVM era una lanza cara, cuya fabricación requería de varios pasos que retardaban y encarecían su terminación. Sin embargo, el SPICVLVM era, como vemos en la foto, un arma de características similares pero más simple: un largo hierro en cuyo extremo hay un cubo en enmangue para acoplar el asta y una punta en el otro extremo con un poder de penetración similar al del centenario PILVM.

LAS ARMAS DE LANZAMIENTO

Reconstrucción de una ARCVBALISTÆ
Como ya adelanté en la entrada anterior, los SAGITARII o arqueros dejaron de formar unidades aparte para quedar integrados en la suya propia e intervenir con el arco si era requerido para ello. El arco usado por los últimos legionarios de Roma era el típico arco compuesto del que ya hablamos en una entrada reciente, así que basta echarle un vistazo para ponerse al día sobre ese tema. Pero no solo disponían de arcos sino también de ballestas. Aunque por norma se considera que estas armas hicieron acto de presencia en Europa en la Edad Media, al parecer los romanos ya las usaban en las postrimerías del Imperio. Según señala Amiano, las unidades de infantería disponían de ARCVBALISTÆ, ballestas manejadas por los BALISTARII, hombres especialmente diestros en el manejo de estas armas del mismo modo que los SAGITARII  lo eran con el arco. Las ARCVBALISTÆ no eran al parecer usadas en batalla, sino para hostigar al enemigo durante las escaramuzas y en el Strategikon, obra datada en el siglo VI, se especifica que estas armas eran capaces de lanzar flechas a grandes distancias. Con todo, no hay constancia de que dispusieran de algún mecanismo de recarga, por lo que cabe suponer que su potencia sería similar a la de una ballesta de estribo medieval.

Bueno, creo que no olvido nada. Lo tocante al armamento defensivo corporal lo dejaré para la entrada próxima, en la que hablaremos de la indumentaria, porque tengo un dolor de cabeza suntuario y paso de escribir más, qué carajo.

Hale, he dicho...


sábado, 17 de diciembre de 2011

Armamento del mundo antiguo: la galea, el yelmo romano 3ª parte


Hacia mediados del siglo I d.C., el tipo coolus que vimos en la entrada anterior dio paso a un nuevo modelo más elaborado y, lo más importante, fabricado con hierro. Esta nueva tipología, por desarrollarse estando ya establecida la monarquía con el advenimiento de Augusto al poder supremo en forma de césar, ha sido denominada como imperial, estando a su vez dividida en dos subtipos: el gálico y el itálico en función de la ubicación de los talleres en donde fueron fabricados. La entrada de hoy estará dedicada al tipo gálico el cual, conforme a la clasificación llevada a cabo por H. Russell Robinson, está a su vez dividido en diversas morfologías de las que veremos las más significativas.

Russell Robinson dividió esta tipología en diez subtipos, desde la A a la J, en función de las variaciones halladas en los diversos yelmos que habían ido apareciendo a lo largo del tiempo en diversas excavaciones y que estaban repartidos por los museos del mundo. Básicamente, el tipo gálico era un coolus al que se le alargó la parte trasera a fin de cubrir mejor la zona occipital, se le amplió el tamaño del cubrenuca, dándole además cierta inclinación hacia abajo y, contrariamente a lo que ocurría con el montefortino y el coolus, las carrilleras ya no cubrían las orejas, llevando el gálico un moldeado para dar cabida a las mismas y, como protección adicional, un amplio resalte sobre ellas en sus últimos modelos. Aparte de esto, la señal más inequívoca de esta tipología era el repujado, más o menos elaborado, de dos "cejas" en el frontal del casquete, proveniente al parecer de los adornos que los galos y celtas portaban en sus yelmos. El gálico se distinguía además por una elaboración más cuidada y con una calidad de materiales superior a los fabricados en Italia debido a que los conocimientos de metalurgia de los primeros superaban con crecer a los de los segundos. Con todo, la fabricación con el hierro como materia prima no solo suponía tener una tecnología superior, sino también una mayor dedicación a cada pieza, de forma que la cadencia de producción de un taller de importancia apenas alcanzaba los seis ejemplares mensuales. Cabe pues suponer que proveer a los miles de hombres de que se componía el ejército romano no era cosa de dos días, por lo que el coolus convivió durante bastante tiempo con el imperial, tanto gálicos como itálicos. Veamos los modelos más representativos...



A la izquierda tenemos el primero, el tipo A. En la parte frontal vemos las "cejas" típicas de esta tipología, en forma de dos resaltes repujados a cada lado. La protección que ya vimos en el coolus se ha convertido en más pesada, con mayor grosor. En la zona occipital lleva dos nervaduras para reforzar esa parte y dar mayor protección en la nuca. Las carrilleras también van repujadas para darle cabida a un relleno que amortiguase los golpes. Y, lo más significativo, estas ya no cubren las orejas. Tras las mismas vemos como se ha llevado a cabo un rebaje para darles cabida entre la carrillera y el cubrenuca, el cual aún no tiene apenas inclinación hacia abajo, como sucedía con el coolus. El botón que aparece en la parte inferior de la carrillera era para anudar el barboquejo. El tipo B era muy similar al mostrado.



En la ilustración de la derecha tenemos el tipo C. Este modelo, si lo comparamos con el anterior, tiene la bóveda más alta y va provisto de anclaje para el penacho. Al final de la entrada se explicarán los diferentes tipos de anclajes y penachos con que se equiparon a  estos yelmos. El cubrenuca se ha agrandado y su inclinación es mayor, dando una protección más eficaz al cuello. Obsérvese además el repujado en dos niveles de esa pieza, que aumentaba su resistencia como sucedía con las nervaduras de la parte occipital (tres a partir de este modelo). Las carrilleras ya van provistas de un pliegue en su zona trasera para detener los golpes que, dirigidos contra la cara, pudieran resbalar en dirección el cuello. Las "cejas" se han hecho más elaboradas, formadas por tres resaltes y en el borde frontal del yelmo lleva un refuerzo estriado fabricado con bronce. En esta ilustración se aprecia mejor el hueco dejado para las orejas. Cabe suponer que esta medida se llevó a cabo para permitir a las tropas un mejor nivel auditivo, ya que en el coolus y el montefortino, al ir tapadas, debían dejar casi sordo a su portador, cosa nada conveniente en plena batalla, cuando había que estar pendientes de las órdenes de los mandos. Los tipos D y E eran muy similares al mostrado.


A la izquierda tenemos el tipo F, el cual ya iba provisto de protección para las orejas y de unos tachones en las carrilleras típicos de la decoración celta. Los cubreorejas estaban fabricados con una lámina de bronce plegada y remachada sobre el casco, impidiendo así que un tajo del enemigo lo dejase a uno sin tan preciado elemento anatómico. En cuando a los tachones, estos solían ir profusamente decorados con grabados y con la cabeza del remache que los unía a las carrilleras esmaltada en rojo. Obsérvese el plegado de la carrillera para detener los golpes dirigidos a ella, que en este dibujo se aprecia mejor. Finalmente, señalar que este modelo, al igual que el anterior, también iba provisto de un refuerzo frontal fabricado con una lámina de bronce estriada. Las diferencias con el tipo G consistían solo en que este último llevaba en las carrilleras tres tachones en vez de dos, y en unos tetones para unir las correas que partían del cubrenuca hasta las carrilleras.



A la derecha aparece el tipo H, quizás el estéticamente más conocido. En este caso, vemos como la decoración se ha visto más recargada con la adición de tachones en carrilleras, cubrenuca y en los remaches que sujetaban las bisagras de las carrilleras al yelmo. El refuerzo del borde frontal lleva en este caso un resalte en forma de cordón, todo ello fabricado con bronce. La inclinación del cubrenuca es más acentuada que en los tipos F y G. Estos también solían ir provistos de una argolla en la parte exterior del cubrenuca que permitían colgar el yelmo de un gancho en la loricae durante las marchas. Por cierto que conviene concretar que, en esta época, aún no se fabricaban las guarniciones interiores como en la Edad Media en la que, como ya se vio en las entradas dedicadas a los yelmos de esa época, iban remachadas al contorno del casco. En este caso se limitaban a forrar el interior del mismo con fieltro o con varias capas de lana, pero sin posibilidad de regulación. Iban simplemente pegados al yelmo.



Finalmente, a la izquierda tenemos el tipo I, cuya principal diferencia con el anterior era que estaba fabricado enteramente de bronce. En el cubrenuca podemos ver la argolla mencionada antes para colgarlo durante las marchas. Obsérvese el anclaje para el penacho, situado en la zona superior del yelmo, así como los portaplumas laterales. El tipo J, el último de la clasificación, era similar al G, al H y al I, salvo por una mayor inclinación del cubrenuca, que llegaba en este caso a los 45º, por lo que además de la nuca protegía la parte superior de la espalda.
Añadir un par de detalles que se me escapaban, y es que todos los tipos mostrados podían llevar los bordes de cubrenucas y carrilleras reforzados con un reborde de bronce, si bien no era algo, digamos, obligatorio, sino un añadido que quedaba al albedrío de cada taller para darle a cada pieza un acabado de más calidad. Concretar también que, a raíz de las guerras en la Dacia, donde se vio que las armas de filo de sus guerreros eran capaces de hender el hierro de estos yelmos, se les añadió un refuerzo en forma de dos barras de metal cruzadas en la zona superior. Este añadido, que empezó siendo un mero recurso de circunstancias llevado a cabo en campaña por los herreros que acompañaban a las legiones, acabó siendo habitual con el tiempo.

Con todo lo visto, quedará claro que la protección que brindaban estos yelmos era muy superior a los añejos coolus y montefortino. Sus amplias carrilleras y cubrenucas, sus refuerzos frontales y occipitales y la materia prima usada para su fabricación, salvo en el caso del último que hemos visto, que era de bronce, hacían que solo parte del rostro fuera vulnerable a los golpes del enemigo, y eso siempre y cuando fueran de funta ya que las carrilleras y el borde frontal no permitían golpes de filo. Provistos de un enorme escudo que cubría todo el cuerpo salvo la parte inferior de las piernas y la cabeza, el enemigo tenía pocas opciones a la hora de buscar donde herir. Las piernas podían protegerse con grebas de bronce o hierro, así que solo quedaba la cara para vulnerar al legionario romano, de forma que esa zona se convirtió en el único blanco posible. El mismo César dejó constancia de ello al concretar como a uno de sus centuriones lo mataron en la batalla de Farsalia, durante la guerra civil con Gneo Pompeyo, metiéndole una estocada por la boca.

Veamos ahora los tipos de anclajes para los penachos...



Su fabricación ya se explicó en la entrada referente al coolus, así como su fijación en los botones con que iban provistos la mayoría estos yelmos. En el caso del gálico, y esto también es extensivo al itálico para cuando se estudien en una próxima entrada, tenemos dos tipos de anclajes que podemos ver en la ilustración. A la izquierda tenemos un anclaje de giro, el cual consistía en un cubo con una ranura en el que se acoplaba el soporte B. Al girarlo, el penacho quedaba colocado transversalmente al yelmo, la forma más habitual entre los centuriores (ver foto de cabecera de al entrada anterior), y se fijaba mediante un cordel de cuero atado a unas anillas remachadas en los laterales del yelmo, justo encima de los cubreorejas. Al parecer, esta costumbre de portar el penacho en sentido transversal iba encaminada a ser más visible por las tropas situadas tras el centurión.

El otro tipo es el que vemos a la derecha, consistente en un simple canuto de metal remachado al casco y donde se introducía la lengüeta del soporte A. En este caso, el penacho quedaba situado longitudinalmente al yelmo. Se aseguraba igual que en el caso anterior, con tiras de cuero atadas a unas anillas, o bien unos pequeños ganchos, situados en ambos casos encima del refuerzo frontal y por encima de las nervaduras de la zona occipital.

En cuanto a las plumas laterales, como ya se explicó en el caso del coolus, al parecer era algo privativo de determinadas legiones. En lo tocante al color de los penachos, no hay testimonios gráficos que permitan conocer con certeza cuales eran. Hay mil conjeturas y debates sobre este tema: que si rojos, que si negros, que si franjas negras y blancas... En todo caso, cabe pensar que debían ser colores muy vivos, ya que se portaban con meros fines identificativos. Quizás cada centurión llevase una determinada combinación para saber qué cohorte mandaban, o quizás todos los llevaban del mismo color y solo el primus pilus, el centurión principal de cada legión, lo llevaba diferente. Vete a saber...

Bueno, vale de momento.

Hale, he dicho...