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lunes, 3 de julio de 2023

BRAFONERAS Y VARAESCUDOS

 

Efigie yacente de un anónimo homicida que lleva desde 1325 mostrándole a la humanidad qué eran las piezas protagonistas de este articulillo. ¿Qué no indico cuáles son? Claro que no. Para saberlo hay que leer un ratito. No sean vagos, carajo...

Que sí, que sí, tengo que actualizar el articulillo sobre la puñetera artillería de galeras, pero juro por mis muelas que tengo la sesera cocida en salsa de neuronas. De verdad, no puedo soportar este clima perverso, sádico, inmisericorde, criminal... ¿Nadie tiene un iglú o una cabañita molona en Laponia por una renta módica? Un día de estos me da una pájara y entrego la cuchara, fijo... En fin, Dios me de paciencia y muerte sin penitencia.

Mientras acaparo energías para proseguir con la cosa artillera y para iniciar el segundo semestre (carajo, la velocidad de la luz es similar a la de una tortuga artrítica comparada con el paso del tiempo) con un articulillo que, aunque breve, posiblemente resulte revelador a más de uno y, por supuesto, a sus miserables cuñados. Como indica el título, hablaremos de las brafoneras y los varaescudos. ¿Qué no les suenan de nada? Bueno, alguna que otra vez los hemos mencionado, aunque de pasada, de modo que vamos a hablar de ellos más a fondo. 

Un miembro dislocado era lo menos malo que a uno
podía producirle un golpe en una articulación. Un fuerte
tirón, un berrido, un par de semanas quietecito y como
nuevo... más o menos

Bien, ante todo pongámonos en contexto. Como ya sabemos, y los que no lo sepan es que no me han leído en su momento, las lorigas ofrecían una buena protección contra armas de filo y punta, así como flechas y virotes; sin embargo, de poco o nada servían a la hora de minimizar o anular los efectos de las armas contundentes. Su flexibilidad era su principal punto flaco, y mientras que detenían un tajo de espada, absorbían casi toda la energía de un mazazo o cualquier otra arma similar o, ya puestos, de un hachazo. El filo del hacha no penetraría la loriga, pero la contundencia del golpe podía causar una fractura ósea o una lesión interna que podría incluso acabar con la vida del combatiente. Un golpe en el pecho podría romper una o más costillas que se clavarían en un pulmón, causando un neumotórax fatal, por no hablar de hemorragias internas que desangraban por dentro al candidato a héroe. Si la violencia del impacto partía la femoral, la aorta descendente o la carótida, en cuestión de segundos el fulano caía redondo al suelo, fulminado por un shock hipovolémico que lo escabechaba sin tener la más mínima oportunidad de salir del brete.

Porque una fractura mal unida podía tener consecuencias bastante
chungas como, según vemos en la foto, acabar con un brazo o
una pierna más corto que el otro

Como también sabemos, los perpuntes surgieron precisamente para intentar minimizar o evitar estas lesiones, pero en modo alguno anulaban por completo la terrible potencia desarrollada por una maza, un martillo o un mangual. Además, el clima no siempre permitía hacer uso de estas prendas que, fabricadas con grueso fustán y rellenas de crin prensada, eran lo más parecido a llevar un forro polar en pleno verano en mi Sebiya natal, y recordemos que las campañas bélicas solían llevarse a cabo en la época estival. En zonas como la Península, Italia o Tierra Santa, usar un perpunte era tener todas las papeletas para, en vez de palmarla por un mazazo, hacer lo propio por un golpe de calor o una deshidratación a lo bestia. Por ello, muchos preferían arriesgarse a tener seguro si volverían vivos, pero no por una muerte heroica, sino cocidos en su propio jugo.

O, peor aún, no tener nada que curar porque un mazazo
o, simplemente, el pisotón de un penco de batalla le
dejaba a uno el pie literalmente planchado

Como vemos, el panorama no era bastante alentador en ese sentido. Y si una fractura más o menos limpia en un húmero o un fémur ya suponía una curación y convalecencia bastante irritantes, si la lesión se producía en el codo o la rodilla se tenían garantizadas dos opciones: una, quedarse con el brazo inservible. Dos, quedarse cojo. Recomponer las cabezas de las osamentas convertidas en comida para peces era misión imposible, y más si no se había producido una herida abierta que facilitase el acceso al interior del cuerpo. Y si a eso sumamos los desgarros en ligamentos y tendones, pues ya podemos imaginar las consecuencias. Así pues, y tras siglos comprobando que solo un objeto rígido como el escudo era capaz de detener un golpe asestado por un arma contundente, llegaron a la conclusión de que lo más sensato era añadir pequeñas porciones de defensas rígidas sobre la loriga para proteger las zonas más sensibles, precisamente empezando por las articulaciones: rodillas, brazos, hombros y codos, protegiéndolos con rodilleras, brafoneras y varaescudos. Estas piezas fueron el germen que, posteriormente, dio paso a la armadura de placas.

La adición de partes rígidas a las lorigas comenzó en el siglo XIV. El mejor testimonio de ello nos lo dan la gran cantidad de efigies funerarias repartidas por toda Europa, donde podemos ver el aspecto de los probos homicidas de la época perfectamente datada gracias a sus epitafios. Así, vemos que en siglo XIII no se encuentran ejemplos de BELLATORES con otra cosa que sus lorigas convencionales, mientras que a partir de los últimos años de dicho siglo y primer cuarto del XIV ya empieza a generalizarse el uso de rodilleras, bien fabricadas de metal o bien de cuero hervido, material este que, aunque no lo parezca, era más resistente de lo que imaginan siempre y cuando no se mojase, momento en el que perdería su rigidez, ergo su eficacia. ¿Por qué fueron las primeras piezas rígidas? Creo que es más que obvio. Las piernas eran más accesibles a los peones que combatían a pie y, aunque los escudos al uso protegían la rodilla izquierda del jinete, la derecha estaba totalmente expuesta. Así pues, cualquier fulano podía aproximarse con aviesas intenciones, y mientras el caballero intentaba escabechar enemigos a pleno rendimiento, podría endilgarle un golpe en la rodilla y dejarlo listo en un periquete. Bastaba un buen garrote de encina para ello, pero si el golpe lo propinaba con una maza los efectos sería devastadores. Por eso, en la efigie funeraria de sir Robert de Bures (c.1275-1331) podemos observar que este tipo ya se curó en salud, y muestra dos rodilleras que, en vista del complejo repujado que lucen, debían ser de cuero hervido. Sí, podrían fracturarle la tibia, pero nadie pretendía librar una batalla con un 100% de probabilidades de volver ileso, y una fractura de un hueso largo siempre podía arreglarse con un entablillado y varios alaridos mientras el físico colocaba las dos partes del hueso roto en su sitio. 

Cabe suponer que no tuvo que pasar mucho tiempo hasta que decidieron aumentar las protecciones rígidas, empezando por los codos. Estas piezas, de forma discoidal, recibieron el nombre de varaescudos o varascudos. No se conoce su etimología, si bien su mismo nombre ya es un indicio de su cometido. Es posible que su denominación inicial fuese otra ya que Leguina los identifica como un parte del almete, un yelmo que surgió a finales del siglo XV pero, de ser así, su nombre anterior no ha llegado a nosotros. De hecho, en el Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias, publicado en 1611, no aparece.

Sea como fuere, lo cierto es tenemos constancia de la existencia de estos discos metálicos a principios del siglo XIV. A la izquierda tenemos un ejemplo en la efigie sepulcral de Jean de Nuisement, datada en 1310. Vemos que viste una camisa de malla de manga corta sobre otra interior, y en los codos se aprecian los dos varaescudos que, inicialmente, se sujetaban con unos cordones de cuero a las mangas. Los que vemos en la ilustración parecen bastante birriosos, y cabe suponer que el artista no debía estar muy puesto en temas castrenses; no obstante, nos muestra de forma bastante clara de su aspecto, sujeción y morfología. Estos varaescudos fueron propagándose por toda Europa durante la primera mitad del siglo XIII. 

Esta moda de vestir dos camisas de malla con los varaescudos anudados en el codo debió ser bastante popular, porque podemos verlas en bastantes testimonios de la época. A la derecha tenemos la efigie de Pierre de Marcis, que palmó en 1333, y su aspecto es el mismo que el de su compadre del párrafo anterior. En este caso, los varaescudos si aparecen con un tamaño más realista, y podemos ver mucho mejor definidos los cordones que los sujetaban a las mangas. 

Con todo, y teniendo en cuenta que las mangas cortas de la camisa superior debían moverse bastante cuando empezaba la fiesta, cabe suponer que, en realidad, los cordones estaban fijados en las mangas interiores, se pasarían por las anillas a las exteriores y, finalmente, se anudarían los varaescudos. De esa forma se evitaría que estuvieran bailoteando y, obviamente, dejando los codos expuestos. Así pues, durante los primeros 30 años del siglo XIV la combinación de defensas rígidas más extendida se limitó a rodilleras y varaescudos que, supongo, evitaron que más de uno tuviera que darse de baja definitiva por verse cojitranco o con el brazo colgando, totalmente inútil para algo más que rascarse el ombligo.

Por aquellos años y como complemento de los varaescudos surgieron las branfoneras, brahoneras o brahones, unas defensas que, según Covarrubias, "son ciertas roscas o dobles pegados, que caen encima de los hombros, sobre el nacimiento de los braços, que se suelen poner en las mangas de los sayos y las ropas; y assi, a brachio, se dixeron brachiones, y corruptamente brahones, y con F brafones". Según esta definición, Covarrubias parece hacer referencia más bien a las aletas que se colocaban algunos de estos probos homicidas en los hombros para protegerlos de tajos de espada, o bien para evitar que los golpes dirigidos a la cabeza y desviados por el yelmo acabaran medio cercenando el brazo por el hombro. A la izquierda tenemos un homicida anónimo que lleva desde 1320 esperando la resurrección en una iglesia de Sufflok y que nos muestra precisamente las aletas que, en este caso, las lleva plegadas hacia la espalda. Sin embargo, podemos ver los varaescudos que protegen codos y axilas, así como las brafoneras que cubren las caras externas de los brazos y las internas de los antebrazos. Así mismo, podemos ver que incluso tiene unas pequeñas coderas para mejorar la defensa pasiva de sus preciados brazos.

Por añadir un ejemplo más, veamos la efigie de sir Thomas Buldanus, un bristish (Dios maldiga a Nelson) que se aburre como un galápago en su mausoleo napolitano. Por cierto que no sé qué leches pintaba allí siendo inglés. Bien, el deceso de este fulano data de 1335 y, como vemos, es contemporáneo a los ejemplos mostrados anteriormente. Muestra una camisa de malla sobre un perpunte no tan grueso como era habitual, y sus brazos están protegidos por unas brafoneras de cuero sobre las que lleva dos varaescudos repujados- quizás de cuero, quizás de metal- y otros dos discoidales convencionales en los codos. Las piernas, fuera del encuadre, estaban protegidas por sendas grebas de cuero hervido con una decoración similar a las brafoneras. Básicamente, así pasaron el siglo XIV, añadiendo cada vez más piezas rígidas que protegieran los sufridos cuerpos y extremidades de los BELLATORES de aquella época. Cuando apareció la armadura completa en el siglo XV, las branfoneras dieron paso a los brazales, cangrejos y codales que, sumados a los guanteletes, hacían bastante complicado vulnerar los brazos del personal aún aporreándolos con saña bíblica con una maza de aletas de las gordas.

Sin embargo, los varaescudos se mantuvieron operativos. De hecho, casi se puede decir que siguieron formando parte de las armaduras hasta casi su desaparición, y podemos verlos en mogollón de arneses renacentistas, sobre todo los de diseño tedesco. Y, como comentábamos anteriormente, es en esta época cuando el término varaescudo aparece recogido por Legina cuando dice que era "una pequeña arandela que protegía la sobrenuca del almete", uséase, lo que vemos en la foto de la izquierda. Pero, en realidad, el varaescudo no estaba ahí para defender el cogote, sino las correas de la bufa que se añadía como protección extra y que vemos en la foto de la derecha. En este caso, el varaescudo impedía que un tajo enemigo cortase las cinchas y mandase a paseo la bufa que, además de aumentar la protección frontal del rostro, hacía lo propio con el cuello. Y aquí es donde el término varaescudo adquiere sentido: un escudo sustentado por una pequeña vara. De ahí mi suposición de que, anteriormente, debió tener un nombre distinto.

Del mismo modo, perduró en las armaduras góticas que, contrariamente al diseño italiano, protegían los brazos con un cangrejo que dejaba descubierta la unión del cuerpo con el brazo. Las italianas optaban por una generosa hombrera con unas amplias extensiones que cubrían parte del peto y el espaldar. Cabe suponer que los arneses tedescos daban más libertad de movimiento a costa de perder protección, lo cual compensaban con los varaescudos que vemos en la foto de la derecha. Al igual que sus antepasados, se unían al jaco que se vestía bajo el arnés con cordones de cuero, de forma que quedaban colgando con cierta movilidad, y no fijados del todo. La idea, obviamente, era no limitar los movimientos de los brazos y, además, proteger la axila cuando se levantaba el derecho para golpear. Un diseño aparte, pero con la misma función, eran las tarjetas, unos varaescudos inspirados en las tarjas empleadas en las justas y que, en vez de discoidales, eran rectangulares. No tuvieron tanta popularidad, pero en la ilustración inferior podemos ver un ejemplo bastante elocuente, perteneciente al arnés de un occiso de mediados del siglo XV. La sustitución de estos arneses por las armaduras de fajas espesas tras la desaparición de la caballería pesada puso término a la vida operativa de los varaescudos.

En fin, con esto terminamos. Lo cierto es que se trata de una pieza que, aunque no falta en los museos, por lo general la gente suele desconocer su utilidad. Hace ya muchos años, visitando con mis retoños la Armería del Palacio de Oriente, uno de los guías me oyó explicarles a los nenes los pormenores de tanto envase para primates y, un poco azorado, me preguntó precisamente por el varaescudo que conservaba uno de los muchos almetes que se ven en tan magnífica colección. Añadió que ninguno de sus colegas tenía ni idea de para qué leches servían aquellos discos cogoteros, y cuando le expliqué lo mismo que acaban de leer, no es que se le saltasen las lágrimas de felicidad, pero lo cierto es que se puso muy contentito el hombre. Por lo visto, llevaban un siglo con la intriga, y nadie, ni el director de la Armería (manda cojones), sabía un carajo del tema.

Bueno, s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

Efigie funeraria de Guillermo II de Bearne, muerto en 1229 en un intento de la corona de Aragón por arrebatar Mallorca a los malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma. Podemos apreciar perfectamente los varaescudos que lleva unidos a su loriga, protegiéndole los codos y los hombros. Por la fecha de su deceso, intuyo que el mausoleo se talló bastantes años después del mismo ya que no hay constancia de que esas piezas estuvieran operativas en una época tan temprana. Aunque igual las inventó el fulano este, quién sabe...






lunes, 9 de enero de 2023

JUSTA A PIE. REGLAS Y EVOLUCIÓN

 

Dos probos homicidas se disponen a darse estopa ante la concurrencia, formada en este caso por personajes de elevado rango. Por ello podemos inferir que se trata de un duelo judicial, y no un mero espectáculo de masas para lucir fuerza y destreza. Observen la barrera que, a modo de "ring" medieval, limita el espacio disponible para machacarse bonitamente


La cosa se pone calentita, y uno de los jueces tiene que intervenir
para separar a los justadores. Va armado de punta en blanco por si
alguno de ellos se revuelve furioso y le asesta un golpe o para
evitar que un molinete con uno de los picos de cuervo que manejan
le alcance por error y lo deje en el sitio

Como todo ejercicio marcial, la justa a pie precisaba de unas reglas o normas para impedir o, al menos, limitar el fogoso ímpetu de los contendientes. En este caso quizás con más motivos que la justa a caballo en la que, salvo cuando se formaba la mêlée, los lances se solventaban en una embestida sin dar lugar al contacto físico. Los dos jinetes se acometían, procuraban estampar sus lanzas en la zona más ventajosa del adversario y ahí acababa todo. O se ganaba, o se perdía o se empataba, pero no podían volver grupas y empezar a darse trastazos salvo que se contemplara esa posibilidad. Pero la justa a pie, debido precisamente a su origen en los juicios de Dios, daban lugar a un combate cuerpo a cuerpo entre dos hombres que previamente se habían retado. Dicho reto podía deberse a un mero afán por demostrar al universo que se era más diestro que el adversario si este era un afamado BELLATOR o, en muchas ocasiones, para solventar malquerencias o viejas rencillas aprovechando el torneo. Sea como fuere, es evidente que en ambos casos había que atar corto a los dos combatientes para que no terminaran matándose entre ellos. Al cabo, si un apacible jugador de parchís puede acabar estampando el tablero en el cráneo de su contrincante porque le ha comido ficha tres veces seguidas, imaginen lo que podría ocurrir si estos fulanos se calentaban más de la cuenta cuando sentían que los golpes del adversario le estaban haciendo quedar en ridículo ante la concurrencia.

Miniatura del "Libro de los Torneos" de René de Anjou que muestra
al duque de Borbón examinando una lista de escudos que le presenta
el heraldo del duque de Bretaña para que elija dos caballeros y dos
escuderos que deberán actuar como jueces en la próxima justa.
Obsérvense los moretones que lucen las jetas del personal, consecuencia
de diversos encuentros

Por otro lado, estos linajudos homicidas eran hombres curtidos que se sabían mil triquiñuelas para hacer la pascua a los enemigos, ya fuese en una batalla campal o en una palestra. Hombres curtidos que, como los púgiles veteranos le meten el pulgar en el ojo al contrincante sin que el arbitro se de cuenta, pues golpeaban donde más daño podían hacer sin importarles naturalmente que el otro quedase lisiado o saliera maltrecho del lance. Lo importante era ganar y punto. Y, por cierto, mejor nos olvidamos de la versión heroica de estos simulacros de la guerra en los que primaba la caballerosidad y los buenos modales; eso queda muy guay en las novelas de Walter Scott y en las edulcoradas filmaciones yankees de los años 50, pero la realidad era distinta. Ya veíamos en la foto de cierre del articulillo anterior como uno de los combatientes no dudaba en estampar un pie en la rodilla del contrario, de modo que ya pueden imaginar la de fullerías que se perpetraban. Como es más que evidente, o estos combates se regían por una serie de normas o cada lid acabaría de mala manera en el momento en que los justadores se cabreasen y sacaran a relucir su amplio surtido de marrullerías. En resumen, había que cumplir unas reglas si no se quería acabar expulsado del torneo por alevoso y mal caballero, con el desdoro que ello suponía ya que se quedaba señalado en todo el planeta como un bellaco, una mala persona más ruin que un cuñado y, lo peor de todo, más traidor que un político.

Bien, ante todo debemos considerar que no había un decálogo uniforme para este tipo de justa, o sea, no había una serie de normas de obligado cumplimiento que fuesen inamovibles a lo largo del tiempo y el país. Antes al contrario, salvo algunas reglas, digamos, fijas, lo cierto es que en cada torneo los organizadores dictaban las que consideraban más oportunas. Sea como fuere, bien es verdad que la norma era generalmente procurar evitar que la fogosidad de los justadores no convirtieran el espectáculo en una riña tabernaria, y que la integridad física de los mismos estuviera razonablemente protegida. 

Así pues, en primer lugar se llevaba a cabo el desafío, por el que los justadores elegían a los campeones con los que deseaban medirse. Esto viene a ser algo básicamente igual a los actuales pugilatos en los que el aspirante al título reta al campeón para arrebatarle la corona si bien en este caso no se luchaba por una bolsa de varios millones de dólares, sino por ganar fama al vencer al, hasta aquel momento, invicto paladín. Dicho desafío tenía lugar en los días previos al torneo. Los lista de los participantes se exponían en el lugar donde tendría lugar el evento, y cada cual retaría al que le diese la gana. El heraldo de cada caballero tocaba con una espuela un escudo que, según el color, informaba de qué tipo de combate deseaba llevar a cabo, así como el tipo de armas. Para las justas a caballo se colocaban dos escudos, uno de color dorado y otro de plata. En caso de tocar el primero, las armas serían de guerra; en caso de tocar el segundo, armas de cortesía. Para las justas a pie se procedía de forma similar, pero con escudos negros y marrones (ilustración de la derecha). Los primeros indicaban combate con una barrera interpuesta entre los justadores (ahora explicaremos lo de la barrera), y los segundos significaban una lid armados con una lanza y protegidos por la tarja. Tras romper las lanzas contra el adversario se continuaría con mandobles y, si los organizadores así lo disponían, con dagas como última fase del combate. Esta primera fase con lanza y tarja hace suponer que, probablemente, el encuentro a pie tenía lugar tras un lance inicial a caballo, y es posible que fuese el heredero directo del combate judicial de toda la vida. En todo caso, esta forma de justa perduró hasta principios del siglo XVI, conviviendo hasta esa época con el combate a pie mondo y lirondo.

Combate con picas con la barrera por medio. Obsérvese que los
justadores no llevan armadas las piernas. Una vez que lograsen
romper sus armas contra el adversario se pasaría a luchar con
espadas
En lo tocante a las normas, las que se podían considerar como generales en cualquier torneo eran las siguientes. Ante todo, estaba prohibido golpear por debajo del cinturón. Como ya se comentó en el articulillo anterior, aún empleando armas de cortesía, un impacto con armas como la alabarda, el mayal, la bisarma o el alcón podían reventarle la pierna a cualquiera, e incluso estando protegida por la armadura podrían sufrirse lesiones muy graves que, como poco, garantizaban una cojera de por vida. El arreglo de fracturas no era algo tan simple como en nuestros días, y un fémur o una tibia astillados, para no hablar de una rótula convertida en comida para peces, dejaban al lesionado con secuelas vitalicias. Con todo, y a pesar de que el armamento era previamente revisado por los jueces, parece ser que no era raro que los justadores intentasen colar un arma cortante y punzante, dándole dos higas la cosa caballeresca con tal de chinchar al adversario. Obviamente, si esto se descubría el infractor era eliminado de inmediato del torneo, pero si ya había hecho buen uso de su arma podía ser tarde.

Del mismo modo, estaba prohibido golpear en otro sitio que no fuera el yelmo, por lo que habitualmente no se permitía usar penachos o cimeras ya que estos podían dificultar a los jueces la apreciación del golpe, de los que había que alcanzar cinco en el yelmo del adversario para obtener la victoria. Tampoco se podían usar las dos manos para manejar una espada de una mano, golpear con el plano de la hoja o reemplazar el arma si esta se rompía salvo si era al golpear al adversario. Solo en ese caso se le permitía sustituirla por otra. Y, por supuesto, los guanteletes que permitieran bloquear el arma propia, como ya vimos en el artículo anterior. Tampoco se podían usar ingenios para bloquear el arma del contrario ni, en resumen, nada que diera ventaja a un justador sobre otro.


En cuanto a la aparición de la barrera, elemento que ya se ha mencionado varias veces, parece que ya se usaba a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, si bien su generalización no tuvo lugar hasta mediados del siglo siguiente. La barrera era básicamente similar a la usada por los justadores a caballo, si bien en este caso no tenía como misión impedir que los jinetes se empotrasen literalmente uno contra otro en un choque frontal, sino para mantener a los combatientes a una distancia que impidiera, aparte de las marrullerías ya comentadas, que en un calentón de la sangre se enzarzaran en un combate cuerpo a cuerpo cerrado y acabaran masacrándose bonitamente. La barrera, además, impedía o hacía más difícil golpear por debajo del cinturón debido a su altura, de alrededor de 90 cm. como vemos en la lámina superior, y permitía por ello a los justadores desprenderse de las protecciones de las piernas para gozar de mayor movilidad y conservando en todo caso las escarcelas. En este caso, se muestra un combate con espada de una mano. A ambos lados, junto a los postes, dos jueces vigilan el lance junto a sendas cestas con espadas de repuesto, quizás para sustituir las que se pudieran romper durante el combate.

El uso de la barrera también conllevaba una serie de normas añadidas, como la prohibición de golpearla, acercarse demasiado a la misma para acortar peligrosamente la distancia, tocarla con el cuerpo o apoyarse en ella. Antes de la existencia de este accesorio, parece ser que en algunos torneos se recurría a jueces provistos de una cuerda con nudos equidistantes a dos pies de distancia para, en cualquier momento, comprobar si los justadores se estaban aproximando peligrosamente uno a otro, momento en que el juez les ordenaría separarse. Si uno de los contendientes hacía oídos sordos al requerimiento, pues era eliminado sin más historias. Finalmente, tampoco se permitía esquivar los golpes con fintas o retrocediendo. En la justa a pie solo se podía detener el golpe propinado por el contrario ya fuese con el escudo o con el arma, es decir, o se atacaba o se defendía, pero de virguerías para demostrar su agilidad y reflejos, nada de nada. Los caballeros de pro debían resistir los embates del enemigo sí o sí con toda su energía. Al cabo, tener agilidad no demostraba ser diestro con las armas o lo suficientemente fuerte como para manejarlas con soltura. Un canijo birrioso se podía escurrir como una anguila ante los ataques de un enemigo más cualificado, por lo que dedicarse a esquivar sus golpes hasta agotarlo no se consideraba como algo propio de un caballero que, en teoría, iba a la guerra a luchar, no a hacer el figura.

Y en lo referente a los recintos destinados a la justa a pie, por lo general consistían en un área cuadrangular formada por una barrera de madera o de postes unidos con sogas. Dicho recinto tenía partes movibles para permitir el acceso de los justadores. Esta tipología se mantuvo mientras existieron los torneos. No obstante, cada vez se impuso más el uso de barreras dobles como la que vemos en la ilustración de la derecha. Esta distribución tenía varios cometidos. Ante todo, impedir que la plebe, enfervorecida por la lid, intentase de algún modo interferir en la pelea. Con este pasillo central se mantenían a una distancia prudencial sin que pudieran hacer otra cosa que berrear animando a su combatiente preferido por el que habían apostado a su cuñado y a su suegra. Y, por otro lado, permitía a los asistentes de los jueces distribuirse por todo el contorno del recinto manteniéndose a una distancia prudencial de los justadores, que cegados por la furia podían asestar un mal golpe a cualquiera que se moviese cerca de ellos. Con todo, y para cortar de inmediato cualquier conato de apasionamiento bélico, vemos a varios hombres de armas provistos de largos bastones dentro del recinto, dispuestos a intervenir en caso de necesidad e interponerse entre los justadores. En cuando a los jueces, lo habitual era situarlos en una posición elevada, en un palco o tribuna, desde donde podían gozar de un campo visual más amplio.

En fin, criaturas, así eran las justas a pie. A finales del siglo XVI, la guerra había cambiado lo suficiente como para hacer que los torneos pasasen a ser meras demostraciones de destreza ecuestre y poco más, y la introducción en los campos de batalla de nuevas armas condenó a la obsolescencia el armamento medieval. La aparición de la esgrima y las espadas roperas hicieron que combatir a pie se convirtiera en algo totalmente distinto, donde las armaduras, los escudos y los montantes ya carecían de sentido. Como es habitual, todo tiene su principio y su fin.

Hale, he dicho

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jueves, 29 de diciembre de 2022

JUSTA A PIE. ORIGEN Y ARMAMENTO

 

Fotograma de la película "Destino de caballero" (2001), de la que solo se salvan sus escenas de lucha caballeresca. En este caso vemos al pseudo-Von Liechtenstein dándose estopa con otro caballero durante una justa a pie. Anacronismos y chorraditas menores aparte, la escena está aceptablemente representada. Obsérvese que ambos contrincantes carecen de protección en las piernas. Ya veremos el motivo

Por norma, los torneos y demás exhibiciones marciales se asocian con los combates a caballo en los que dos jinetes se embisten como cabrones en celo lanza en ristre. El brutal encuentro se saldaba por lo general con al menos una lanza convertida en astillas y uno de los contendientes en el suelo. Es justo reconocer que debía ser un espectáculo magnífico, y que semejante despliegue de fuerza y destreza resultaría cautivador en una época en la que la gente se aburría soberanamente, con las epidemias, el hambre y la muerte como distracciones cotidianas. 

Justa tradicional a caballo en la que se enfrentaban dos oponentes

Como ya sabemos, los torneos surgieron como una forma de entrenamiento para no oxidarse durante los períodos de paz, si bien fueron evolucionando como una mera exhibición de destreza y excusa para celebrar algo celebrable. Sea como fuere, desde sus inicios solo se concebía el combate entre jinetes, bien entre grupos, bien singulares, ya que estaban en cierto modo supeditados al uso táctico de los caballeros en el campo de batalla, uséase, luchar a caballo. Ojo, esto no quiere decir que los belicosos BELLATORES de la época solo supieran combatir a lomos de sus carísimos pencos ya que, por razones obvias, si estos palmaban atravesados por las lanzas enemigas, su jinete se tenía que buscar la vida ya que no podía adquirir otra montura en plena batalla. En todo caso, ya sabemos que el entrenamiento de estos probos homicidas contemplaba cualquier tipo de arma en cualquier terreno, que no era plan de bajarse del caballo y quedarse cruzado de brazos.

Miniatura del Códice Manesse (c. 1304) que nos muestra
una mêlée en plan cafre. No era raro que varios participantes
salieran maltrechos de estos lances

Pero, como decimos, la versión lúdica de la guerra solo consideraba adecuados los enfrentamientos a caballo, y los vencedores de los torneos eran los que rompían más lanzas o descabalgaban a su oponente. No fue hasta los albores del siglo XV cuando surgió la versión de combates a pie, pero la escasa documentación histórica al respecto no nos permite saber con exactitud cómo, cuándo y por qué se introdujo este tipo de justa en los torneos, dominados hasta aquel momento por los jinetes aupados en enormes bridones que los convertían en carros de combate cárnicos. Con todo, la opinión más generalizada es que surgieron a raíz de los duelos judiciales, una costumbre heredada de los pueblos germánicos por la que se dirimían las diferencias de opinión mediante combate singular. Es lo que en España se dio en llamar juicios de Dios. Se daba por sentado que el poseedor de la verdad jamás podría ser derrotado por un felón o un cuñado, sin detenerse a cuestionar el resultado de la lid por el hecho de que el vencedor medía dos metros, pesaba 140 kilos y era capaz de levantar en vilo un pollino o descabezar a un toro de un tajo de espada, mientras que su oponente, el hipotético defensor de su honra, no pasaba del metro sesenta y con su espada no podría decapitar ni un gato anoréxico. El vencedor en juicio de Dios era el que tenía la razón sí o sí y punto.

Carga de caballería pesada. Hay que reconocer que verse venir
encima esa masa debía resultar extremadamente inquietante.
Solo las tropas profesionales eran capaces de aguantar firmes
y esperar el momento del contacto sin salir pitando del campo de
batalla con el rabo entre las patas

Bien, se supone que de ahí surgieron las justas a pie pero, ¿por qué se sumaron a los festejos marciales de la época? La teoría más comúnmente aceptada es que se debió simplemente a los cambios en los usos de la guerra. En el siglo XV, la caballería había dejado de ser el arma decisiva que fue antaño, cuando una masa de jinetes era capaz de arrollar a una hueste de villanos reciclados en infantería de circunstancias que se meaban encima al verse venir sobre ellos una masa de carne y acero que, sin duda, los aplastaría como cucarachas. Las cosas cambiaron bastante con la progresiva introducción de hombres de armas profesionales en los ejércitos de la época que eran contratados como mercenarios. Los lansquenetes alemanes y los Reisläufer suizos no solo no salían echando leches ante una carga de caballos coraza, sino que los esperaban sin inmutarse enfilando hacia ellos sus armas enastadas. En semejante escenario, los otrora invencibles caballeros no tenían otra opción que echar pie a tierra y combatir a pie con las mismas armas que la infantería si querían volver al terruño razonablemente enteros. Más aún, en algunas batallas se optaba por apear a los caballeros para luchar a pie si se consideraba que ello reportaba una ventaja táctica.

Bien, estas serían, grosso modo, las circunstancias que dieron lugar a la introducción de las justas a pie en los torneos. Según los escasos testimonios gráficos que han llegado a nosotros, podríamos deducir que, inicialmente, la justa a pie era la continuación de la misma a caballo. También debemos tener en cuenta la posibilidad de que los justadores optasen por combatir a pie o a caballo antes del torneo, cuando se elegía a quiénes retar para lucir su destreza con las armas. Un ejemplo lo tenemos en uno de los precisos e ilustrativos dibujos de la obra "The Pageants of Richard Beauchamp", conde de Warwick, dándose estopa en un torneo celebrado en Verona con el famoso condottiero Pandolfo Malatesta, el Lobo de Rímini, cuando iba camino de Tierra Santa en 1408. En la ilustración vemos al conde armado con un ahlspiess, mientras que su oponente blande un alcón. En el suelo se pueden ver restos de lanzas usadas en un lance a caballo anterior, y en los lados aparecen los escuderos de ambos sujetando sus espadas por la punta, dando a entender con ello que no intervendrían en la lid para ayudar a sus señores. Finalmente, debemos reparar en el detalle de que los dos personajes visten arneses de guerra, no armaduras con piezas adaptadas a las justas a caballo que ya se empezaron a fabricar a finales del siglo XIII. Empecemos pues por dar cuenta del armamento defensivo empleado en este tipo de justa.

Parece ser que, al menos en sus comienzos, la justa a pie se llevaba a cabo con estos arneses, suponemos que por algo tan básico como la protección corporal de los contendientes que se batían el cobre con armas de guerra que, llegado el caso, podían hacer bastante daño. Aquí no entraban en juego lanzas bordonas con puntas jostradas, sino armamento de filo y punta. La miniatura de la izquierda es bastante elocuente al respecto. Un caballero se arma para un torneo, pero parece que se dispone a entrar en batalla. El escudero ya le ha puesto las piezas de las piernas, que sujeta al jaco con cordones de cuero. Esta prenda es la misma que se usa en combate: un jubón de cuero con malla en las zonas más susceptibles de ser vulneradas por las armas del enemigo: axilas y caras internas de los brazos. Sobre la mesa podemos ver el resto de su panoplia, que incluye un gran bacinete, y su armamento ofensivo compuesto por una alabarda y un ahlspiess. Esto nos deja claro que los trastazos que se propinaban justando a pie no eran ninguna tontería, y un puntazo bien colocado con una de estas armas podía dejarlo a uno listo de papeles.

La pieza más significativa de la panoplia del justador a pie era el yelmo, y por dos motivos: ante todo, porque los golpes que más puntuaban eran los que se dirigían a esa parte del cuerpo, por lo que obviamente sería donde se recibirían la mayoría de los trastazos. Y segundo, porque debía permitir un campo visual lo más amplio posible, obviamente dentro de las limitaciones que supone llevar la cabeza enlatada en uno de esos chismes. La tipología que alcanzó más difusión fue el bacinete en su versión más tardía, o sea, el sucesor del bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos, que podemos ver a la derecha, ofrecían una muy buena protección en cuello y cabeza, de modo que un mazazo o un golpe con un martillo de guerra no lograra alcanzar la anatomía de su usuario. Además, su superficie redondeada y pulida era ideal para desviar golpes o puntazos. 

Para mejorar el campo visual, además de las OCVLARIA tradicionales vemos que todo el visor estaba provisto de numerosos orificios que permitían tanto la renovación de aire como la visibilidad. Su pequeño tamaño impediría penetrar las moharras de las armas enastadas, las puntas de las espadas o incluso de las dagas. Algunos modelos, como los que vemos a la izquierda, solo disponían de angostos orificios rectangulares para mejorar aún más su nivel del protección. Por otro lado, las gorgueras se fijaban al peto, como era habitual en los yelmos para justar a caballo, lo que aumentaba la solidez del conjunto yelmo-coraza. Y precisamente la gorguera hacía que el peso de estos chismes- bastante elevado por cierto- reposara sobre los hombros del combatiente, y no directamente sobre la cabeza. Esto producía, como es lógico, que los golpes fueran absorbidos por la armadura, y no por la cabeza, como ocurriría en el caso de un bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos se mantuvieron operativos a lo largo del siglo XV y en los primeros años del XVI.

El heredero del bacinete fue el almete, surgido en la primera mitad del siglo XVI y ganando popularidad a partir de la segunda mitad de ese siglo. Los modelos iniciales tenían bastante semejanza con sus predecesores si bien el visor tenía formas angulosas y una disposición en fuelle como el que vemos a la izquierda. Ese diseño proporcionaba una resistencia estructural mucho mayor que los visores redondeados y, además, desviaban con más facilidad los golpes dirigidos a la cara. Los ejemplares más sofisticados, como el de la derecha, tenían el cuello articulado, lo que les proporcionaba una movilidad muy superior y que venía bastante bien para controlar los movimientos de un enemigo con el que se combatía cuerpo a cuerpo. Lógicamente, varias piezas significaba una solidez inferior a la de una gorguera de una sola pieza, pero las ventajas superaban los inconvenientes. Lo más reseñable de estos yelmos eran sus visores, que disponían de dos o tres capas de protección que se quitaban o añadían a voluntad. Estas bufas, como se ve en el ejemplar de la derecha, estaban ideadas para aumentar o disminuir el número de orificios del visor en función al arma que usaba el enemigo. La calva se coronaba con un crestón destinado a soportar o desviar tajos dirigidos a la cabeza. Finalmente, eran más ligeros que los bacinetes, detalle de importancia cuando había que llevar ese trasto encima un buen rato.

En lo tocante a las armaduras, también se diseñaron modelos destinados exclusivamente para la justa a pie. El más reseñable es la armadura de tonelete, una tipología que estuvo en uso entre el último cuarto del siglo XV y la primera mitad del XVI. Estaba dotada de un faldón acampanado que cubría las piernas hasta aproximadamente la altura de las rodillas. Esta pieza podía ser fabricada como accesorio para un arnés convencional que se ponía o se quitaba según conviniera o, en el caso de ciudadanos pudientes, formar un conjunto elaborado ex-profeso para este tipo de justa. La función de este peculiar faldón era ante todo proteger la parte trasera de las piernas que, como sabemos, estaban descubiertas ya que en circunstancias normales estarían sobre la silla de montar. Pero en la justa a pie un golpe podía acabar acertando en el sitio más inesperado, y un tajo con un mandoble en la parte trasera de un muslo podría fracturar el fémur sin problemas o producir un corte fastuoso aunque la hoja no estuviera afilada. Al cabo, la energía desarrollada por un arma de semejante tamaño no era moco de pavo. En la foto de la izquierda vemos un ejemplar bastante conocido, fabricado en Greenwich en 1520 para Enrique VIII. Ojo, solo el tonelete, el resto son partes de otros arneses. De hecho, vemos que en el talón de las grebas hay sendas aberturas para dar salida a las espuelas que se ceñían en los escarpes. Aparte de eso, como vemos, el tonelete esta formado por nueve launas superpuestas que permitía cierta flexibilidad. Está fabricado en dos mitades unidas a ambos costados, mediante correas en el derecho y bisagras en el izquierdo.

El culmen de los arneses para la justa a pie consistió en diseños que eran todo un alarde de "tetris metalúrgico", elaborando ejemplares que cubrían totalmente la anatomía del fulano que se enlataba en ellos. El más conocido es, sin duda, uno que perteneció a Enrique VIII y que no llegó a terminarse por completo ya que las normas para el torneo para el que estaba destinado, a celebrar en Francia, fueron cambiadas (más adelante hablamos de las reglas y tal), así que se quedó sin estrenar. Sea como fuere, podemos admirar la destreza de Martin van Royne, el maestro armero que fabricó esa maravilla y fue capaz de ensamblar las 235 piezas de que se compone el arnés que, conforme a los usos de la época, contiene determinadas partes que se forjaban imitando prendas de moda, como los escarpes con forma de zapato o la enorme bragueta. Aparte de esto, son dignas de mención las hileras de launas que cubren las corvas y las caras internas de los codos, la parte trasera de los muslos y las nalgas. No sé si moverse en ese trasto de más de 46'5 kilos era fácil y no producía rozaduras, pero solo el hecho de fabricarlo ya denota el talento del armero que lo hizo.

Sin embargo, la pieza más peculiar de este arnés, que también tuvo cierta difusión a partir de finales del primer cuarto del siglo XVI, es el guantelete de la mano derecha. Como se puede ver, las launas que cubren los dedos se alargan de forma que, al cerrar la mano, envolverían por completo el puño, pudiéndose cerrar encajando la última launa con un pivote que surgía de la parte interna de la muñeca. En la foto de la izquierda podemos ver dos ejemplares que nos permiten apreciar con todo detalle la morfología de estos curiosos guanteletes, cuyos pulgares están repujados imitando la forma de un dedo normal, con su uña y todo. Al parecer, estas piezas fueron causa de bastante controversia,  aunque no hay unanimidad al respecto precisamente por la falta de información sobre estos lances.

Uno de los motivos para declarar vencido a un combatiente era, como ya podemos imaginar, ser desarmado. Si su contrincante podía asestarle un golpe lo bastante potente a su arma como para arrancársela de la mano, la justa terminaba para él, así que a algún armero se le ocurrió diseñar esta virguería que, literalmente, impedía soltar el arma aunque se quisiera. Obviamente, el que usase uno de estos guanteletes jugaba con ventaja, por lo que no era raro que los jueces de la justa los prohibiesen. A la derecha vemos otros dos ejemplares que, en este caso, tienen repujados todos los dedos imitando una mano. El de la derecha, perteneciente a un arnés del vizconde de Turenne, está datado en 1527, siendo el más antiguo que se conoce, aunque no por ello debemos pensar que no se fabricaron anteriormente. El guantelete empuña una espada y nos permite ver el ajuste a la misma, e incluso se aprecia una lazada de cuero para asegurar la cruceta. Por otro lado, se supone que los golpes propinados con uno de estos chismes en la mano podrían alcanzar una potencia mayor que con una manopla convencional. Sea como fuere, lo cierto es que sería imposible desarmar a un fulano que llevase puesto uno de esos guanteletes, por lo que cabe imaginar que, caso de no prohibirse, ambos contendientes tendrían que usarlos para que uno no estuviese en desventaja respecto a otro.

Bien, esto es lo más relevante respecto al equipo habitual en las justas a pie. El armamento era el que empleaba la infantería, tanto armas enastadas como espadas de una mano y mano y media, mandobles, mazas, hachas, martillos o incluso dagas. De hecho, hasta hay constancia del uso de un arma propia de villanos como el mayal. La miniatura procede del "Freydal" (c. principio del siglo XVI), una historia inacabada en la que el personaje homónimo cuenta sus batallitas y que, en realidad, están tomadas de las protagonizadas por el emperador Maximiliano I en los torneos en los que tomó parte. Como vemos, los dos adversarios se están aporreando bonitamente con mayales como si de husitas cabreados se tratase. Cabe suponer que, en casos como este, se consideraba la opción de que un caballero descabalgado tuviese que echar mano al arma de un infante ya que, como es lógico, los mayales no formaban parte de la selecta panoplia de estos probos homicidas. Del mismo modo, adquirían gran destreza con bisarmas, alabardas, gujas, roconas y demás armamento enastado que figuraba en el extenso catálogo de objetos dañinos de la época.

También se hizo uso de lanzas y picas, estas últimas sobre todo a partir del segundo cuarto del siglo XVI, cuando se convirtieron en el arma principal de la infantería. Según las teorías que se han formado a raíz de los testimonios gráficos de la época, parece ser que el primer lance de la justa a pie con estas armas era la continuación de un enfrentamiento previo a caballo. Una vez completado, se echaba pie a tierra y se acometían con estas armas usando las tarjas para aumentar su protección. En el caso de usar lanzas, estas podían arrojarse contra el adversario. El paso siguiente, una vez rotas las picas y en el caso de que ambos combatientes permanecieran en pie, solía ser un lance final con mandobles. El uso de determinadas armas especialmente contundentes podría hacer recomendable vestir armaduras como la de tonelete, para evitar que en el fragor de la lucha se asestara algún golpe- intencionado o no- que pudiera hacer verdadero daño. Recordemos que las escarcelas convencionales solo protegían la parte delantera de los muslos, mientras que la trasera y las nalgas quedaban expuestas.

Por otro lado, no debemos olvidar que las justas no las protagonizaban timoratos ciudadanos que se asustaban con solo ver un cuchillo de cocina, sino hombres bragados con superávit de testosterona que tenían como oficio enviar el mayor número posible de almas a San Pedro. Por lo tanto, no era raro que su fogosidad y su mala leche aumentase a medida que avanzaba el combate, y en muchas ocasiones la justa degeneraba en un enfrentamiento similar al que tenía lugar en una guerra. De hecho, cuando los participantes seleccionaban los adversarios que deseaban retar, así cómo el tipo de combate en concreto, podían elegirse armas a todo trance, o sea, cortantes y punzantes, por lo que había que protegerse hasta las pestañas, por si acaso. Más aún, incluso en el caso de usar armas embotadas, una alabarda provista de una cabeza de dos o tres kilos de peso manejada por un ciudadano fornido que alcanzaba una pierna o, peor aún, una rodilla, tenía todas las papeletas para dejar cojo de por vida al adversario. De hecho, un puntazo con la pica de una de estas armas podía penetrar por una rendija del yelmo, escabechando a su habitante en un periquete o dejándolo bastante perjudicado.

Bueno, como hoy toca almuerzo con la autora de mis días, que se pirra por los festejos familieros que yo detesto profundamente, en vez de actualizar todo el discurso dividiremos este tema en dos partes. En la siguiente entrada se hablará de las reglas y demás cuestiones relacionadas con las normas de este tipo de justa, de modo que con esto terminamos por hoy.

Hale, he dicho

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Dos caballeros se dan estopa a martillazos, unas armas que, como sabemos, tenían una contundencia devastadora y eran capaces de penetrar en una armadura cuando se golpeaba con el pico. En esta ilustración podemos ver cómo se protegen con las mismas tarjas empleadas para justar a caballo. Por cierto, reparen en la coz que el fulano del penacho gordo le acaba de endilgar en el menisco al cuñado del plumero canijo. Malas artes, ¿qué no?


sábado, 6 de noviembre de 2021

ESPADAS DE MANO Y MEDIA

 

Dos probos duelistas dándose estopa con espadas de mano y media. Aprender a dominar este tipo de armas aseguraba tener muchas opciones de salir airoso de cualquier brete, la fuese en batalla, en una justa o enfrentándose a un cuñado que aparece de repente para darte un sablazo. Pero no de espada, sino de dineros

Hace unas cuantas semanas, 319 para ser exactos, que no dedicamos un articulillo a las espadas medievales. En este... breve (ejém...) lapso de tiempo se han estudiado espadas romanas, espadas japonesas, espadas de coraceros, sables de caballería e incluso bastones estoque, pero teníamos relegado en el más profundo olvido la cosa espataria del medioevo que, mira por dónde, tuvo su postrera entrada dedicada a los estoques, los hermanos menores de las espadas de mano y media que trataremos hoy. Al final del artículo pondré el enlace a la misma por que alguien quiere repasarla o, simplemente no la leyó en su día pero, en todo caso, haremos un breve introito para recordar cómo y por qué surgieron estas armas.

Como ya se explicó en su día, los diseños de las distintas tipologías que surgieron al comienzo de la baja Edad Media estuvieron íntimamente relacionados con la evolución del armamento defensivo. Las espadas al uso hasta los albores del siglo XIII eran las herederas de las espadas vikingas que, a su vez, eran la consecución de la SPATHA usada por los romanos. Hablamos de armas provistas de una hoja ancha, de filos paralelos o levemente ahusada hacia la punta, recorrida por una acanaladura casi en la totalidad de la longitud de la misma y con pomos de un peso relativamente escaso para desplazar el centro de gravedad hacia la punta que, generalmente, tenía una tendencia redondeada. ¿Qué quiere decir eso? Pues que estaban destinadas a herir preferentemente de filo. Los testimonios gráficos de la época son bastante explícitos, como podemos apreciar en los ejemplos de la foto inferior.


La figura 1, perteneciente al Códice Manesse (c. 1304), nos muestra la escena de una justa en la que uno de los contendientes acaba de hendir el yelmo de su adversario. Obsérvese que las empuñaduras, generalmente de entre 9 y 10 cm. de largo, bloqueaban perfectamente la mano para impedir que la espada saliera despedida al asestar el golpe. La figura 2, del SPECVLVM VIRGINVM (c.1200), muestra una escena muy parecida: un combatiente hiende el yelmo de su enemigo antes de caer muerto ya que, como vemos, él mismo ha recibido una herida similar. Finalmente, en la figura 3 podemos ver una de las vívidas escenas de batallas de la Biblia Maciejowski (c. 1240) en la que, además de ver cómo un guerrero hunde su espada en la cabeza de un enemigo, otros dos aparecen muertos con señales evidentes de heridas de cortes en brazos y cabezas, e incluso una de ellas aparece tirada en el suelo. Las espadas que producían estas tremendas heridas pertenecen a los tipos X y XI de la Tipología Oakeshott, que será la que usaremos de guía para este artículo por estar al alcance de todo el mundo. Ambas estuvieron operativas hasta la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII, pero debemos tener en cuenta un detalle importante para despejar prejuicios pegados como lapas al magín del personal: las distintas tipologías de armas medievales no caducaban como un yogur, que a partir de mañana hay que tirarlo a la basura. Cuando hablamos de que tal tipo se usó entre tal y tal año quiere decir que fue su época de mayor difusión, pero no que, como en este caso, en el año 1201 hubieran desaparecido todas.

Como ya sabemos, las espadas eran armas caras, y su vida útil se estiraba todo lo posible. Por poner un ejemplo, la Ley Carolingia fijaba el precio de una espada con su vaina en 7 sólidos de oro, que era lo que cualquier artesano ganaba en medio año de trabajo. No obstante, eso no quiere decir que no hubiese piezas más valiosas en manos de nobles adinerados que las encargaran con decoraciones, grabados o piedras de valor o que, por otro lado, se fabricaran con el paso del tiempo armas de inferior calidad, asequibles a milicianos con escasos medios económicos o que, simplemente, se compraran una de segunda mano. Con todo, muchos milicianos no podían acceder a una de estas armas- la mayoría, de hecho-, por lo que su panoplia se limitaba a algún tipo de arma enastada, generalmente derivadas de aperos agrícolas como ya se ha explicado varias veces, y un scramasax como arma de apoyo en caso de perder su armamento principal. En cualquier caso, ya sabemos que los que tenían menos papeletas para palmarla en combate eran, lógicamente, los caballeros, hombres de armas o milicianos con poder adquisitivo para poder costearse un armamento defensivo adecuado: loriga y calzas de malla, perpunte, yelmo y escudo, aparte de la incuestionable ventaja que suponía combatir encaramado en sus poderosos pencos. En la foto de la izquierda podemos compararlos: por un lado tenemos a un miliciano cuyas defensas se limitan a un perpunte y una capelina, y por otro un caballero forrado literalmente de hierro y con una panoplia más extensa y de mayor calidad. Ya podemos imaginar quién tenía más opciones de volver a casa razonablemente entero o incluso vivo.

A partir del siglo XIV, los milicianos y peones empiezan a disponer de un armamento defensivo más adecuado mientras que los profesionales de la guerra perfeccionan aún más el suyo con la adición de placas de metal o de cuero hervido, con lo que las espadas de una mano diseñadas para herir de corte van perdiendo eficacia. Cada vez son menos las zonas vulnerables a un tajo, y una cosa sí estaba clarísima: cada golpe que se propinaba era devuelto por el adversario si dicho golpe no había podido dejarlo fuera de combate o, al menos aturdido el tiempo suficiente para asestar otro más que pudiera escabecharlo. Esto hizo que la espada, arma por antonomasia de cualquier guerrero desde tiempos inmemoriales, fuera perdiendo protagonismo en favor de otro tipo de armamento con menos alcurnia pero mucho más eficaz: las mazas, los martillos, los alcones o hachas de armas y los picos de cuervo sí eran capaces de vulnerar las defensas de los caballeros y hombres de armas. Una maza barrada podía hundir un yelmo y fracturar el cráneo del que vivía debajo del yelmo. El pico de un martillo, ídem, para no hablar de la devastadora contundencia de un hacha de armas. Así, la omnipresente espada se vio relegada a la condición de arma de apoyo, aparte de la cuestión simbólica para determinar el estatus de la casta militar. En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo de miliciano mediados del siglo XIII, concretamente un ballestero. Estos hombres, por lo general artesanos o campesinos con un poder adquisitivo equiparable al de la clase media actual, podían costearse un equipo bastante aceptable. En este caso, nuestro hombre dispone de una camisa y una gola de malla, un perpunte para el cuerpo y unos perniles hasta las rodillas, y un capacete para protegerle la cabeza. Como armamento, además de la ballesta tiene un puñal y una espada. Con una protección semejante cada vez era más complicado acabar con ellos de un tajo de espada.

Caballero armado con una armadura de transición
de mediados del siglo XIV. Empuña un estoque de
una mano
Fue precisamente la evolución del armamento defensivo lo que motivó la aparición del estoque, modificando sus hojas de corte por otras de sección en diamante, mucho más rígidas y capaces de penetrar, si no las placas de metal, al menos colarse entre las rendijas que quedaban entre las mismas, perforando los jacos o las lorigas que, como refuerzo, se vestían debajo de estas primeras armaduras que, en puridad, no eran inicialmente más que cotas de tela que llevaban remachadas por la parte interna placas de hierro. Aún faltaba un poco de tiempo para que aparecieran las armaduras de transición que, esta vez sí, cubrían el cuerpo del combatiente de pies a cabeza, dejando apenas sitio donde meter un puntazo fatal: las ingles, las axilas y, con suerte, la cara si el enemigo se había levantado el visor para tener más capacidad visual o por verse sofocado debido a la falta de aire. Pero lo uno lleva a lo otro, y en este caso nos encontramos con que estos guerreros se podían permitir prescindir del escudo, con lo que la mano izquierda quedaba libre para ayudarse a manejar la espada con más potencia, más rapidez y, sobre todo, con una variedad de golpes imposibles de asesar con una espada de una mano. Así pues, a mediados del siglo XIV empieza a ganar popularidad una tipología provista de una empuñadura más larga para poder empuñarla con ambas manos, así como con hojas más largas y rígidas para vulnerar las defensas del enemigo. Espadas que se podían usar a caballo con una mano cuando se llegaba al contacto con el enemigo y no había espacio para manejar la lanza o esta se había roto en el choque, pero que también era válida para combatir a pie porque la infantería cada vez era menos proclive a salir huyendo ante la presencia de caballos coraza y no eran raras las ocasiones en las que los jinetes debían descabalgar y presentar batalla sin sus preciados y costosísimos pencos que, durante siglos, les habían permitido ser el arma decisiva en los campos de batalla. Estas espadas largas y cuya empuñadura permitía asirla con ambas manos fueron las espadas de mano y media.

La posibilidad de poder usar ambas manos para manejar la espada dio lugar a un amplio abanico de opciones a sus usuarios, que podían recurrir a una esgrima más sofisticada e ir más allá del tajo o la estocada tradicionales, combinados a lo sumo con algún golpe propinado con el pomo cuando en un combate muy cerrado no había siquiera sitio para voltear el arma. Del mismo modo, las sección de las hojas se vio modificada para hacerlas más rígidas, basándose en dos formas básicas: el diamante y el hexágono que, con sus respectivas variantes, daban la opción de tener un arma destinada ante todo a la estocada o a estocada y corte, dependiendo de los gustos de cada cual. A la derecha podemos ver las más representativas. La figura 1 muestra una sección en diamante que al estrecharse por la punta daba una sección prácticamente cuadrangular, muy idónea para penetrar incluso una armadura. La figura 2 muestra una sección similar, pero con una nervadura por ambas caras, lo que daba aún más rigidez a la hoja. En la figura 3 tenemos otra sección en diamante, pero con profundos vaceos que, además de aligerar el peso de la hoja, le daba una rigidez similar a la que llevaba nervaduras. La figura 4 muestra una sección hexagonal, más adecuadas para hojas que tuvieran la opción de clavar y cortar. Esta sección era lo bastante rígida como para penetrar una loriga o una coraza, pero también para asestar tajos absolutamente definitivos ya que su longitud y la energía que le daban el empuñe a dos manos eran muy contundentes. Finalmente, en la figura 5 vemos una hoja con sección hexagonal provista de acanaladuras que algunas tipologías conservaron, si bien lo habitual era que se extendieran solo entre un tercio y la mitad de la longitud de la hoja. 

Más de uno y más de dos se preguntarán cómo hojas tan estrechas y con secciones como las mostradas podían estar afiladas como para producir heridas de importancia, y la respuesta es que sí. Por un lado  tenemos testimonios escritos en los que, por ejemplo, se menciona a mediados del sigo XV que los arqueros ingleses (Dios maldiga a Nelson) usaban espadas de mano y media "afiladas como navajas", y en una crónica española de la misma época se comenta que una de estas espadas podía cortar de un tajo un cabo grueso de cuerda. A esto podemos añadir los tropocientos testimonios gráficos que muestran claramente el uso que se daba a estas armas. En la ilustración de la izquierda, perteneciente a la Crónica de Berna (c. 1483) vemos a dos probos homicidas escabechando a sus respectivos adversarios. El de la izquierda está clavando su espada en la espalda de su víctima, al parecer rematándolo porque ya ha perdido el yelmo y parece sangrar por la cabeza. El de la derecha se dispone a descargar un tajo sobre un enemigo y en ambos casos debemos reparar en que empuñan sus espadas con una sola mano, lo que indica que su peso y equilibrio las hacía perfectamente manejables a pesar de sus dimensiones.

Con todo, es difícil saber el punto de afilado de estas espadas tanto en cuanto las que han llegado a nuestros días no conservan su filo original, en la mayoría de los casos están corroídos y, como es lógico, son armas que a lo largo de su vida operativa fueron afiladas muchas veces debido a las melladuras que se producían en combate. Algunos autores de la época, como Fiore dei Liberi (1350-1410) o Filippo di Vadi (1425-1501) sugerían que solo debían afilarse los cuatro primeros dedos de la hoja partiendo de la punta, pero esto parece indicar que se debía llevar a cabo en espadas muy especializadas, concretamente armas de justas a todo trance. Al cabo, en una batalla real había que aprovechar cualquier ocasión de acabar con el enemigo, ya fuese hundiéndole la hoja en plena jeta o cortándole de un tajo la mano con la que sujetaba su arma. No obstante, hay que tener en cuenta que para producir una herida de filo que incapacitase totalmente a un enemigo no era necesario usar una espada afilada como una cuchilla de afeitar. Todos nos hemos rebanado alguna vez un dedo con un cuchillo mal afilado, y nos ha llegado al hueso. Una hoja de 80 o 90 cm. impulsada por las dos manos de un hombre diestro en su manejo podría cercenar sin problemas un antebrazo o una cabeza,  esta última si no cómo para separarla del cuerpo, sí lo suficiente para dejarlo listo de papeles. Yo me inclino a pensar que, ciertamente, estas espadas estaban afiladas en toda su longitud, y con un filo lo bastante aguzado como para resultar definitivos. Imágenes como la que vemos a la derecha se cuentan por cientos en las crónicas de la época, en las que un fulano descabeza a varios prisioneros con una espada de mano y media como quien corta rábanos. Debemos recordar que al filo hay que añadir la potencia de los brazos más el giro que se imprimía al cuerpo a la hora de golpear. Todo junto sumaba la energía cinética suficiente para cercenar un pescuezo como si fuera un espárrago triguero.

Miniatura del GLADIATORIA (anon. alemán c. 1440) que muestra una
de las tropocientas formas de trabar al enemigo. El movimiento
siguiente sería tirar para atrás apoyando la pierna derecha, lo que
haría caer de espaldas al adversario. El paso final era meterle
un puntazo en el sobaco y adiós muy buenas
Pero, cuestiones de afilado aparte, lo más representativo de las espadas de mano y media era su enorme versatilidad. Veamos algunos ejemplos: El jinete que llega al contacto prescinde de su lanza, bien por haberse roto en el choque, bien porque en el maremagno de la batalla no le sirve de nada y se deshace de ella. En ese momento mete mano a su espada, que le permitirá ofender tanto a los enemigos que le rodean como rechazar ataques de otros jinetes, siendo capaz incluso de desviar la lanza de cualquiera de ellos. Si echa pie a tierra, dispondrá de un arma capaz de hacer frente a cualquiera con que pretendan ofenderle, ya sea un arma enastada o un arma de mano como mazas, martillos, etc. y, por supuesto, otras espadas. Los maestros de esgrima que fueron surgiendo a partir del siglo XIV enseñaban a exprimir las posibilidades de la espada yendo más allá de las estocadas y tajos de siempre. De hecho, pulieron una serie de sofisticados métodos para trabar, desarmar, y derribar al enemigo empuñando la espada por la empuñadura y la hoja, así como a asestar rotundas estocada usando el pomo como apoyo para la mano izquierda. Del mismo modo, se practicaba como golpear con el pomo en zonas vulnerables del enemigo, e incluso trabar y golpear con la cruceta que, al decir del Hausbuch de Nuremberg, podían incluso aguzarse por los extremos para producir heridas de cierta importancia si se acertaba en la cara del oponente.

Por lo general, las técnicas de lucha que se solían aplicar eran sumamente agresivas. La escuela alemana, que junto a la italiana fueron las que más se extendieron por Europa en aquella época, tenían en cuenta hasta el más mínimo detalle. Por ejemplo, Vadi decía que, caso de verse contra más de un oponente, era preferible recurrir a los tajos que a las estocadas ya que lo segundo le obligaría a centrarse en un oponente, mientras que lo primero facilitaba tener a raya a varios a base de volteos y molinetes. Los maestros tedescos, siempre más agresivos, inculcaban que lo principal no solo era dar el primer golpe, sino también el segundo y el tercero. El campo de batalla no era una justa, y lo más importante era neutralizar al enemigo lo antes posible. Para ello, lo más sensato era descargar una lluvia de golpes que le imposibilitasen responder al ataque, y sin andarse con chorradas de coreografías de esgrimistas de salón. Si tenía ocasión de cercenarle los dedos, pues se los cercenaba; si podía lanzarle un golpe con el pomo que le reventase la nariz o un ojo, se lanzaba, y si podía hundirle la cruceta en el cuello, se la hundía. Tenían muy claro que dar al enemigo una sola oportunidad de devolver el ataque era darle una oportunidad para matarlo. De ahí provienen esos restos de fosas comunes en los que, solo en la cabeza, se contabilizan varias heridas. El que las propinó no dejó pasar la ocasión de acabar con su enemigo y lo machacó literalmente para que no se levantase más. En la lámina de la derecha tenemos un ejemplo muy gráfico procedente del LIBER DE ARTE GLADIATORIA DIMICANDI de Vadi, elaborado entre 1482 y 1487. Como podemos ver, uno de los contendientes acaba de hundir la cruceta de la espada en el cuello del adversario. En el texto viene a decir que "por haber bajado su espada, le han cortado la garganta". En resumen, que no se andaban con tonterías. De hecho, los enfrentamientos eran breves, cuasi fulgurantes, nada que ver con esas coreografías cinematográficas en las que se tiran dos horas dándose estocadas y mandobles. 

En lo tocante al combate a caballo, estas espadas daban opción tanto a defenderse de un enemigo armado con otra espada, con lanza o con lo que fuese. Solo había que conocer la técnica adecuada para rechazarlos y, a continuación, asestarles un golpe definitivo. Estas láminas, ambas del GOLIATH, muestran las dos ocasiones más habituales. En la superior vemos uno de los muchos movimientos destinados a rechazar un enemigo. En este caso, el jinete de la derecha empuña su espada por el tercio débil y mete la cruceta en la cara del adversario, que seguramente quedará momentáneamente cegado o aturdido. El siguiente movimiento sería derribarlo con la ayuda de la cruceta o, simplemente, voltear el arma y darle una estocada en la boca. En la lámina inferior vemos como otro jinete desvía la lanza del adversario. Si observamos la posición de la espada, el siguiente movimiento es hundirla en el pecho o la garganta aprovechando el avance del adversario. Como vemos, el que en apariencia parte en desventaja podía salir perfectamente airoso del brete sin necesidad de muchos alardes. Bastaba conocer la técnica adecuada que, llegado el caso y combatiendo a pie, consideraba incluso el estrangulamiento mediante una llave que inmovilizaba al enemigo y, presionando con la hoja desde atrás, aplastarle el cuello hasta sofocarlo.

Como podemos ver en infinidad de testimonios gráficos, la regla número
1 estaba clara: el que caía no se debía levantar hasta el Día del Juicio.
Había que golpearlo hasta acabar con él porque no hay mejor
enemigo que el enemigo muerto
En lo tocante a sus efectos, debemos diferenciarlos según el tipo de herida que producían. Dejando aparte los golpes de fortuna propinados con el pomo o la cruceta, los tratados de la época consideraban que con una espada se podían producir tres tipos de heridas: la estocada, el corte y el tajo. Este último debemos entenderlo como un golpe que no tiende a hundir la hoja en la carne, sino rebanar una parte de la misma. Este, obviamente, carecía de efecto alguno en un hombre protegido por una armadura, y solo era viable contra un enemigo desarmado. El corte, o sea, hendir la carne, tenía unos efectos relativos en un enemigo armado porque, tras cortar el metal y la indumentaria que llevaba debajo de la armadura, la herida sería muy poco profunda. Obviamente, el más eficaz era la estocada. Pero la cuestión no radicaba en que la herida fuese mortal, que casi siempre lo era tarde o temprano, sino que incapacitase al adversario para seguir combatiendo. Por ejemplo, una estocada en un pulmón era mortal de necesidad ya que produciría un hemotórax al llenarse de aire a través de la herida sin posibilidad de expulsarlo hasta que lo colapsase, o un hemotórax, por el que el pulmón se ahogaba con su propia sangre al interesar algún vaso sanguíneo importante. Pero esas heridas no incapacitaban de inmediato al enemigo, que muchas veces no se percataba de que había sido herido hasta pasado un lapso de tiempo. Y ese lapso de tiempo era el que podía darle la oportunidad de rechazar un segundo golpe y devolverlo a su matador con consecuencias imprevisibles.

Lámina del Códice Wallerstein (1549) que muestra dos peculiares
accesorios: los pomos de ambas espadas están erizados de petos
que, además de ayudar a trabar el arma del enemigo, ayudaban
a machacarle el careto o producirle una herida o desgarro
grave si lograban alcanzar alguna parte del cuerpo
En batalla, dominado por el miedo, la furia y segregando adrenalina a tope, el comportamiento del combatiente era imprevisible e igual se desmoronaba por una herida de relativa importancia que era capaz de cargarse a varios con las tripas fuera. De ahí que se buscase ante todo la herida definitiva, instantánea o, en su lugar, una que lo incapacitase para seguir luchando. Por ejemplo, un corte en la muñeca o las corvas de las rodillas que le seccionase los tendones o rompiese algún hueso largo- ninguna de ellas necesariamente mortal- le impediría empuñar el arma o mantenerse en pie. A partir de ahí, el enemigo estaba a su merced para ser rematado. Un fuerte golpe con el pomo en la jeta podía aplastarle la nariz y cegarlo y/o atontarlo el tiempo necesario para acabar con él. Un tajo en la garganta o una estocada en la boca o un ojo eran de efectos fulminantes. Sin embargo, heridas mortales de necesidad como un pulmón, el estómago o el hígado perforados, daban tiempo de sobra para aguantar el tiempo necesario para rechazar el ataque y responder al mismo. Contradictorio, pero real. 

Miniatura de una historia sobre la vida de los santos Edmundo y
Fremundo regalada a Enrique VI de Inglaterra hacia 1434. Como
vemos, todo el personal ángeles incluidos blanden espadas de mano
y media, produciendo diversos tipos de heridas. Pero, como decimos,
la cuestión no era herir sin más, sino dejar en el sitio al enemigo
Más aún, una arteria seccionada de un brazo o una pierna provocarían un shock hipovolémico en unos segundos, que eran los que el aspirante a difunto necesitaba para hundirte el pico de su martillo en el cráneo, atravesando el yelmo y alcanzando el cerebro. Incluso un puntazo en el corazón aún podía dar unos instantes para que el enemigo te metiese su daga por los testículos antes de palmarla, pero dejándote listo para la fosa. Sea como fuere, lo cierto es que no podemos afirmar categóricamente la capacidad letal de estas armas ya que, al producirse en partes blandas y afectar ante todo a órganos y vísceras, sus efectos no han llegado a nosotros excepto los que aparecen en las osamentas, y en estos casos no podemos discernir si se produjeron en combate o si fueron heridas consecuencia de remates, y en los casos de heridas cortantes es difícil a veces determinar si fueron causadas por espadas o armas enastadas como alabardas, bisarmas, hachas de armas, hocinos etc. Con todo, lo que sí es evidente es que las espadas de mano y media fueron las causantes de muchas muertes de hombres acorazados que eran invulnerables ante las espadas convencionales, y si estuvieron en uso hasta el siglo XVI es porque eran eficaces. De no ser así no habrían tenido una vida operativa de más de dos siglos.

Vistos el origen y la evolución de estas armas, pasemos a pormenorizar en las distintas tipologías que estuvieron en uso, no sin antes insistir en que un modelo no desplazaba necesariamente a otro y, de hecho, se puede decir que todos coexistieron durante más o menos tiempo ya que cada cual elegía el tipo que le resultaba más atrayente o se adaptaba mejor a su fisonomía o forma de combatir. Por otro lado, no debemos confundir las espadas de guerra con las de justa aún perteneciendo a la misma tipología, ya que las primeras solían tener la hoja más corta que las segundas, e incluso dentro del ámbito de las artes marciales cada maestro consideraba óptima una determinada longitud. A modo de ejemplo, Vadi afirmaba que las espadas de mano y media debían tener una longitud tal que, puestas de punta en el suelo, el pomo debía llegar a la axila. Sin embargo, si nos guiamos por las efigies funerarias de cada época, vemos que las armas de guerra no llegaban más allá de unos 15 cm. por encima de la altura del ombligo. El motivo de esta diferencia es más que lógico: una espada como la que sugería Vadi solo valía para combatir a pie, y un guerrero necesitaba un arma válida para combatir tanto a pie como a caballo, o sea, de una longitud inferior que la hiciese manejable en ambos casos. A la derecha de la ilustración vemos la efigie funeraria de sir William Bagot, datada en 1407, donde podemos apreciar perfectamente la longitud de su espada, que aparece paralela al cuerpo y, en efecto, tiene unas dimensiones aproximadas a las que hemos comentado. Por compararla con una tipología anterior, el de la izquierda es uno de los caballeros anónimos del Temple de Londres, datados entre finales del siglo XII y principios del XIII, que empuña una espada de una mano tipo XII, que estuvieron en uso entre la segunda mitad del siglo XII y la primera mitad del XIV, y como vemos es un arma sensiblemente más corta. 

Veamos a continuación las tipologías que abarcaban estas espadas. Cada una se presentará con las guarniciones más habituales, y junto a ellas podremos ver tanto las secciones de las hojas como los tipos de crucetas con que se solieron fabricar. En cuanto a los pomos, podrían usar cualquiera de los que se mostrarán en todas las espadas que presentaremos, que de forma generalizada eran de disco o de frasco de perfume en todas sus variantes, bien lisas, bien facetadas. En todos los casos, se trata de pomos de formas redondeadas que facilitaban el apoyo de la palma de la mano a la hora de clavar. En cuanto a los materiales con que estaban fabricados, generalmente se usaba  hierro- más barato que el acero- o bronce. El apartado de las ornamentaciones no lo tocaremos por razones obvias ya que eso formaba parte de los caprichitos del personal que tenía los medios y las ganas de chinchar a sus cuñados luciendo una espada chula y, sobre todo, cara. 



Bien, aquí tenemos el primer tipo de espada de mano y media "aparecido en el mercado": el XIIa. Fue simplemente la evolución de una tipología anterior, la XII, surgida en el último cuarto del siglo XII y que, precisamente por las mejoras en lo tocante al armamento defensivo- a nivel cualitativo y cuantitativo- obligó a modificarlo para poder ofender a combatientes cada vez mejor protegidos. Esta espada surgió hacia mediados del siglo XIII, conservando en su hoja algunas de las particularidades de su predecesora, como la sección lenticular y la acanaladura que, en este caso, recorría dos tercios de la longitud de una hoja que oscilaba entre los 91 y los 101 cm. 

Espada tipo XIIa datada en la primera mitad del siglo XIV y que
se conserva en un estado casi perfecto en una colección privada
Su hoja tiene una longitud de 89 cm.
Sin embargo, los filos solo mostraban un leve ahusamiento hacia una punta aguzada óptima para clavar. En esencia, era un arma con capacidad de empuje pero sin perder sus propiedades de corte. La empuñadura, generalmente de forma ahusada, tenía una longitud de entre 16 y 23 cm. aproximadamente. Por dentro transcurría una espiga plana con los bordes casi paralelos, y las crucetas que montaba eran generalmente cualquiera de las que vemos a la derecha. La 1 era recta, con un leve abultamiento en la zona central para dar cabida a la espiga y de sección cuadrangular. La 2 presenta un estrechamiento a cada lado y podía tener una sección cuadrangular, hexagonal u octogonal. Finalmente, la 3 era la más básica: un simple barrote recto de sección rectangular aplanada. Esta espada se considera el arquetipo de las espadas de mano y media, y su vida operativa se alargó hasta principios del siglo XV.


Arriba tenemos la siguiente que, al igual que su hermana mayor, procedía de una espada de una mano que fue "alargada" por las mismas razones. Básicamente es muy similar al tipo XIIa, pero con una hoja y una empuñadura más grandes. La hoja, de entre 94 y 101'5 cm. de largo y de menor anchura que la anterior, estaba recorrida por una acanaladura en las cinco octavas partes de su longitud, y su sección era también lenticular. La empuñadura, también ahusada, contenía la espiga que en este tipo era de sección cuadrangular. Como vemos, los ejemplares que se conservan montaban un surtido de crucetas bastante extenso, no habiendo una preferencia por algún tipo en concreto. Esta tipología es frecuente en las efigies funerarias españolas y alemanas y, por las pruebas que se han realizado con réplicas de las mismas, al parecer eran terriblemente eficaces para golpear yendo a caballo, así como a la hora de echar pie a tierra. 

Espada tipo XIIIa conservada en la Colección Burrell.
Está datada entre 1270 y 1330. Su hoja mide 93 cm,
Por cierto que no quiero dejar pasar un apunte sobre las acanaladuras que, aunque se comentó en su día, posiblemente muchos de los que me leen aún lo desconozcan: las acanaladuras no eran para que "entrase aire" en la herida, provocando una gangrena galopante. Recuerden que cuando a uno lo operan, en el quirófano no hacen el vacío para que no haya aire. En cuanto a la famosa gangrena, es un proceso infeccioso que puede sobrevenir por cualquier tipo de herida si no se desinfecta y se cuida como es debido. Tampoco tiene nada que ver con los "canales de sangre", pensados en teoría para facilitar el sangrado de la víctima. Una hemorragia interna es igual de mortífera que si manan caños de hematíes, y algunos incluso creen que eran para facilitar la extracción de la hoja. La resistencia del cuerpo a "soltar" la hoja no era más que la consecuencia de la contracción muscular producida por la tensión, el miedo y la adrenalina, y para sacarla solo había que dar un tirón y punto. Por lo demás, esta tipología permaneció en activo entre 1240 y 1350 aproximadamente.


El tipo XVa fue la primera espada de mano y media concebida ante todo como arma de empuje. Surgida del tipo XV, un estoque puro y duro aparecido a finales del siglo XIII, estaba provista de una hoja de sección en diamante sumamente aguzada y estrecha, con una longitud comprendida entre los 74 y 94 cm., con una empuñadura bastante generosa, de entre 18 y 23 cm. Esta espada, que alcanzó una extensa difusión, tenía una gran capacidad para perforar cualquier defensa enemiga. Sus buenas cualidades la mantuvieron operativa desde mediados del siglo XIV hasta aproximadamente 1550. En las últimas décadas de vida operativa, a su hoja en diamante se le añadió una pronunciada nervadura y vaceos en cada cara para hacerla aún más rígida para vulnerar unas armaduras de placas que, en pleno Renacimiento, los avances en metalurgia permitían fabricar con unos aceros cada vez más duros y resistentes.

Supuesta espada de Eduardo, el Príncipe Negro, que al parecer
estuvo colgada sobre su tumba. Aunque muy restaurada, es un
perfecto ejemplo de esta tipología
En cuanto a las guarniciones, la cruceta más habitual es la que mostramos tanto en la espada como en el detalle. Era una pieza recta de acero con unos pequeños gayuelos en los extremos para impedir que la hoja del adversario, al ser trabada, saliera despedida o se librara de la presa. Hemos añadido un accesorio que era bastante común en cualquier tipo de espada de la época y que podemos apreciar mejor en el detalle de la derecha: los guardalluvias. Eran, como se ve, una pieza de chapa o cuero, generalmente de forma semicircular, lisa o decorada, que caía a ambos lados de la hoja y que impedían que el agua entrase entre la hoja y la vaina cuando la espada estaba envainada. Aparte de prevenir la oxidación del metal, impedía que la madera de la vaina se hinchase, lo que más de una vez impedía extraer la espada con las consecuencias que podemos imaginar.


Con la tipo XVIa aparece la primera espada de mano y media de sección hexagonal, lo que marcaba una diferencia con la tipología de la que surgió, el tipo XV, que tenía hojas de sección en diamante. La presencia de una acanaladura que ocupaba un tercio de su estrecha y aguzada hoja nos demuestra que estamos ante otra espada concebida para corte y empuje. Esto se traduce en que la punta estaba lo suficientemente aguzada y tenía rigidez de sobra para perforar una armadura, mientras que desde la parte acanalada  hasta el centro de oscilación de la hoja se encontraba el punto óptimo de impacto para asestar una cuchillada demoledora.

Espada tipo XVIa procedente de la Royal Armouries. La
hoja tiene 83 cm. de largo, y la empuñadura es de una
restauración moderna. Obsérvese la estrecha y corta
acanaladura de la hoja
La longitud de sus hojas oscilaba entre los 81 y los 89 cm., y por su empuñadura transcurría una espiga ancha de sección rectangular. Las guarniciones podían ser de cualquiera de los tipos mostrados hasta ahora, y en este caso cabe señalar la empuñadura provista de una nervadura que la dividía en dos para marcar claramente las dos zonas de empuñe de forma que actuaba como tope cuando se agarraba con una sola mano. Por lo demás, la vida operativa de esta tipología no fue precisamente longeva, abarcando aproximadamente la segunda mitad XIV.


La tipo XVII, que se elaboró en diversas longitudes conforme al gusto de sus usuarios, fue otro intento de disponer de una espada todo uso, capaz de cortar y clavar. Para ello, al igual que el tipo XVIa, la hoja tenía una acusada sección hexagonal para aumentar su rigidez combinada con una acanaladura de largo variable, desde un tercio hasta casi la totalidad de la longitud de la hoja. Sus guarniciones eran por lo general las mostradas en la ilustración, a base de pomos de tapón de perfume facetados o bien ovalados planos y crucetas rectas o levemente curvadas.

Espada tipo XVII procedente del Nationalmuseet de Copenhague.
Datada entre 1360 y 1390, tiene un peso de 1'8 kg. y una hoja con
una longitud de 87 cm.
El tipo XVII dio algunos ejemplares especialmente masivos con la intención de aumentar su poder de penetración e incluso ser capaces de partir una pieza de armadura, habiendo espadas que alcanzaron los 2.500 gramos mientras que, por otro lado, se fabricaron otras cuyos dueños anteponían la ligereza para manejar el arma con más soltura y que, por ello, apenas alcanzaban los 1.000 gramos de peso. La longitud de sus hojas osciló entre los 86 y los 96 cm. En todo caso, y a pesar de no ser una tipología especialmente brillante por sus cualidades, se mantuvo en uso entre 1355 y 1425.



Con el tipo XVIIIb estamos de nuevo ante una espada concebida ante todo para el empuje. Esta variante en concreto tenía la hoja con sección en diamante, en algunos casos reforzada por nervaduras y/o vaceos. Tanto este modelo como las demás variantes del tipo XVIII, seis en total, fueron armas que gozaron de gran popularidad en toda Europa entre principios del siglo XV hasta inicios del XVI.

Espada tipo XVIIIb procedente del Bayerische Museum, de Munich.
Está datada entre 1450 y 1480. Su hoja mide 91,5 cm.
En este caso nos encontramos con una espada con una empuñadura muy larga, de entre 28 y 31 cm. y provista de una nervadura central. Su variedad de guarniciones era escasa, limitándose a crucetas rectas como la que mostramos y pomos de disco o de tapón de perfume. La longitud de las hojas oscilaban entre los 82 y los 106 cm. Esta espada fue especialmente efectiva, lo que explica su permanencia en uso durante un siglo y en una época en que la armadura de placas era casi invulnerable.


El tipo XX fue la última espada de mano y media masiva, provista de una hoja triangular de sección hexagonal, ancha por la base y rematada por una aguzada punta. Como característica peculiar, solían estar provistas de una acanaladura central con una longitud de entre la mitad y un cuarto de la longitud de la hoja, flanqueada por otras dos de una longitud aproximada de la mitad de la principal. 

Espada procedente del Kunsthistorische Museum de Viena. Se
encuentra en perfecto estado, con todos sus componentes originales.
Datada entre 1440 y 1450, su hoja mide 107 cm.
Sus empuñaduras iban acorde al conjunto del arma ya que hablamos de piezas de entre 20 y 25 cm. Las guarniciones habituales eran pomos mayoritariamente de las diversas tipologías de discos y de tapón de perfume. En cuanto a las crucetas, los tipos curvilíneos que mostramos en la lámina. La longitud de sus hojas oscilaban entre los 86 y los 107 cm., y su vida operativa se extendió entre 1350 y 1450. Se fabricó una versión más ligera, la XXa, provistas de dos acanaladuras en vez de tres y con la hoja sensiblemente más corta, de un máximo de 86 cm. Su vida operativa fue de una duración similar a la de su hermana mayor.

Un Doppelsöldner con su mandoble al hombro.
Su doble paga estaba más que justificada
Bien, con este exhaustivo repaso creo que hemos abarcado todas las versiones de este tipo de armas. La extinción de los estoques y las espadas de mano y media a lo largo del siglo XVI se debió, como tantas otras, a la aparición y proliferación de las armas de fuego. Pero no porque los arcabuces sustituyeran a las espadas, que han estado en uso hasta hace menos de un siglo, sino porque las armas de fuego hicieron inútiles las armaduras, ergo las armas destinadas a combatirlas ya no tenían razón de ser. La aparición de los cuadros de picas nutridos con mangas de arcabuceros que combatían en orden muy cerrado requería un nuevo tipo de espada mucho más ligera y capaz de moverse en muy poco espacio para clavar su hoja en enemigos por lo general desprovistos de protección corporal. Solo durante un breve lapso de tiempo, los tedescos hicieron uso de los Doppelsöldner (doble paga) que, armados con descomunales Zweihänder (mandobles), abrían paso a sus compañeros abalanzándose entre las picas de los cuadros enemigos, cercenando las astas de sus armas. Llegados al contacto, poco podían hacer salvo meter mano a sus katzbalger si antes no los abrasaban a tiros. Al final, las espadas de dos manos que surgieron de las espadas de mano y media fueron más bien armas decorativas para guardias reales, pontificias y similares, porque en un campo de batalla ya poco o nada podían hacer. Empezaba la época de las espadas roperas.

En fin, me he enrollado como una persiana, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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