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sábado, 22 de diciembre de 2018

Disciplina, delitos y castigos en el ejército romano 2ª parte


El ANIMADVERSIO FVSTIVM, las penas de azotes, eran las más frecuentes en casos de indisciplina. Se administraban
en presencia de toda la unidad para humillación y escarmiento del que la recibía y ejemplo para sus compañeros

Bien, prosigamos con el tema disciplinario de estos probos y belicosos ciudadanos.

Golfos y chorizos ha habido siempre. Ahí vemos al alevoso Catilina en
una estampa que parece sacada del actual congreso de los diputados. Al
menos, en aquella época el que la hacía la pagaba, y bien pagada.
En la entrada anterior pudimos ver como para el militar romano la disciplina no consistía en sí misma en un código escrito, sino en una serie de usos y costumbres que debía aprender y observar rigurosamente para no perder su honorabilidad. Sin embargo, pretender que absolutamente todos los miembros de una sociedad fuesen honorables era un quimera hace 2.500 años y hoy día, como demuestran a diario los políticos, los cuñados, los traficantes de drogas, etc. En una legión nutrida por varios miles de hombres siempre había alguno que se saltaba esas normas en forma de faltas o delitos que debían ser castigados por tres motivos: uno, como escarmiento para que lo volviera a hacer; dos, como aviso al resto de lo que le ocurría al que se saltara las normas, y tres, porque con  su mala acción había puesto en peligro la vida y/o la libertad de sus camaradas. De hecho, en las legiones no había verdugos designados ejecutar la sentencia, sino que esta la hacían efectiva sus propios compañeros precisamente como un acto de venganza por haber traicionado la FIDELITAS que les debía. Por otro lado, hemos mencionado los términos "delito" y "falta" para diferenciar lo grave de lo leve, si bien ambas son denominaciones modernas conforme a nuestros códigos penales. En aquellos tiempos no existían esas distinciones semánticas, y podía ser un delito desde desertar a robarle el tabaco y el mechero a un colega si bien, como es lógico, cada uno de esos delitos conllevaba un determinado castigo que, aunque como ya comentamos en la entrada anterior, no fueron debidamente enumerados por Mauricio en su STRATEGIKON a finales del siglo VI d.C. 

Pandataria, resort vacacional para personas non gratas a los césares
En el ejército romano no se contemplaba la privación de libertad como castigo. Ese tipo de penas, como ya comentamos alguna vez, son un invento moderno, y solo determinados personajes eran puestos a buen recaudo porque no interesaba matarlos debido a su popularidad o a que su muerte no interesaba al estado, recurriendo entonces al destierro o al confinamiento en lugares aislados donde no pudieran seguir haciendo la puñeta al personal. ¿Recuerdan la isla de Pandataria? Por lo tanto, los castigos que recibían los infractores de las normas eran, en función de la gravedad del delito, la muerte, administrada de formas diversas según la tradición o el capricho del que la ordenaba; castigos físicos con un surtido bastante extenso para delitos tanto mayores como menores; humillaciones, también de varios tipos para que el reo sintiese sobre sí el olímpico desprecio de sus compañeros e incluso la sociedad y, finalmente, castigos de tipo pecuniario. Faltarían por mencionar los simples bofetones, collejas o estacazos que administraban los centuriones por chorraditas de la misma forma que hasta hace no muchos años aún se le daban dos hostias al guripa que se había puesto chulo con el cabo de cuartel, llegaba tarde a pasar lista o se hacía el enfermo para escaquearse de una tercera imaginaria, las más asquerosas de todas.

Pero, ¿qué delitos se contemplaban contra la DISCIPLINA MILITAR tan preciada por los romanos? Veámoslos de más a menos grave...

La pérdida de las águilas y demás enseñas eran más que un delito. Eran un
pecado, una ofensa a los dioses, una traición al senado y al pueblo de Roma.
Ni un cuñado se atrevería a dejarse arrebatar la insignia sin antes dejarse matar
Los más abominables eran los que atentaban contra la seguridad del conjunto, ya fuese toda la legión, una cohorte o una simple centuria. Por ello, la deserción (DECEDERE) era quizás la peor de todas porque, en sí, comprendía toda una serie de delitos a cual más horripilante. Un desertor traicionaba a sus compañeros, a sus mandos y al pueblo de Roma, y si encima se pasaba al enemigo en plena batalla ni te cuento porque entonces se les consideraba como enemigos de Roma. También se consideraba deserción largarse del campo de batalla, o sea, huir y, por supuesto, facilitar información al enemigo que pudiera comprometer la seguridad del ejército dando cuenta de los puntos flacos de un fuerte o campamento, cómo se desarrollaban las guardias, etc. La deserción podía ser individual o bien en grupo, es decir, cuando una unidad completa ponía tierra de por medio y, para colmo, permitía que las insignias cayeran en manos del enemigo que era el más monstruoso delito concebible. Una unidad que perdía sus estandartes, desde el águila a la SIGNA de una centuria, quedaba marcada por la ignominia para siempre salvo que posteriormente llevasen a cabo una acción tan absolutamente heroica que les permitiese ser rehabilitados. Ojo, el simple hecho de que una unidad flaqueara en batalla o no se hubiese comportado conforme a lo que el legado de la legión consideraba digno de ellos ya podía suponer un castigo colectivo.

El robo o la pérdida de una bestia de carga era un delito contra
el bien común, o sea, contra toda la legión
Otro delito considerado de extrema gravedad es, como sigue ocurriendo en los ejércitos modernos, perder las armas. Mientras que el nivel de uniformidad era menos tenido en cuenta, y más en caso de alarma, lo que no se toleraba era la pérdida de armas, tanto ofensivas como defensivas, durante la batalla. En estos casos, dependiendo de las circunstancias en que se habían perdido y conforme a los testimonios de los compañeros, podía suponer la diferencia entre una condena a muerte o a un castigo físico. Curiosamente, estaba igual de penado perder o robar una acémila, ya fuese burro o mula tanto en cuanto varios hombres saldrían perjudicados por ello ya que lo que transportaba el animal tendrían que llevarlo sobre sus sufridos lomos. Como vemos, el tema del bien común siempre prevalecía hasta en esos detalles. 

Los siguientes en la escala de abominabilidad eran: fomentar motines, conspirar contra los mandos, dar falso testimonio o aportar pruebas falsas durante una investigación, la insubordinación o llegar a maltratar de obra o palabra a los mandos, escaparse del campamento para irse de jarana y volver saltando por los parapetos o los muros, el robo, tanto de bienes como de objetos, la sodomía o cualquier relación de tipo homosexual, recaer por tres veces en delitos menores y, el más grave de todos en esta escala, quedarse dormido durante una guardia tanto en cuanto dejaba vendidos a sus compañeros. Todos los enumerados hasta ahora eran merecedores de la pena de muerte, la cual solo podía ser ordenada por el comandante de una legión o un ejército. La investigación de los hechos era encomendada a uno de los tribunos militares que podía recurrir a la ayuda del  QVÆSTIONARIVS, un interrogador que podía ejercer de torturador para apretarle las clavijas a los sospechosos. Con los resultados de la investigación, el tribuno informaba a otro que sería el encargado de dar cuenta de todo al comandante supremo. Con la unidad a la que pertenecía el culpable formada, el tribuno tocaba con una vara al reo y, como ya se ha dicho, recibía el castigo de manos de sus propios compañeros a los que había puesto en peligro con su delito. Aunque cada cohorte tenía su propio QVÆSTIONARIVS, en las legiones no había verdugos.

Como ya hemos comentado muchas veces, los centuriones podían hacerle
literalmente la vida imposible a sus subordinados. Más de uno y más de dos
acabaron linchados por su propia centuria, hartos de sus abusos
Conviene hacer una puntualización respecto al delito de deserción ya que se consideraban una serie de atenuantes en base a determinadas circunstancias. Con el paso de tiempo se pudo comprobar que se producían deserciones por simple miedo a ser castigados por delitos menores. El pánico que inspiraban los centuriones y a recibir una buena somanta de palos hacía que más de uno prefiriera largarse, por lo que en este caso la deserción no estaba considerada en sí como un acto de traición. Así pues, si el fugitivo decidía volver mottu proprio a su unidad antes de que las patrullas que le buscaban le echaran el guante, el castigo recibido sería mucho más indulgente. En caso de ser varios hombres los que habían decidido desertar, si regresaban lo primero que se hacía era destinarlos a cada uno a diferentes unidades, donde al carecer de amigos con los que tramar otra huida y al sentirse vigilado por sus nuevos compañeros se lo pensarían dos veces antes de volver a las andadas. 

El OPTIO, ayudante del centurión y su sucesor cuando
éste ascendiera o palmara en combate, también sabía
imponer la disciplina llegado el caso
Y, como ya avanzamos en la entrada anterior, a la hora de reprimir un delito se podían considerar algunos atenuantes como el buen historial del legionario, su antigüedad, siendo más indulgentes con los novatos, haber cometido la falta bajo los efectos del vino (en España, sin embargo, cometer una fechoría bajo los efectos del alcohol o las drogas es un agravante, lo cual me parece cojonudo porque nadie te obliga a beber o a drogarte). Al parecer, Marco Antonio hizo establecer una especie de fichero con los nombres y detalles de los delitos perpetrados por los individuos más problemáticos de las legiones a sus órdenes, de forma que se convertían en los primeros sospechosos en casos de robos, trapicheos, murmuraciones y de otros delitos que, tras pasar por el QVÆSTIONARIVS, solían acabar siendo los culpables. Ya sabemos que los que no tienen arreglo, no hay forma de corregirlos. Así mismo, la deserción contemplaba algunas atenuantes cuya aplicación también quedaban al arbitrio del tribuno que investigaba el tema. Podían ser el no reincorporarse después de un permiso por caer enfermo, por algún asunto familiar de gravedad exceptuando fallecimientos de cuñados o por tener que perseguir a un esclavo de la familia que había tomado las de Villadiego. Todo ello, lógicamente, aportando los testimonios necesarios para demostrar que lo dicho era verdad. En casos así y en base a la graduación y el historial del legionario pues igual la cosa quedaba en nada o, a lo sumo, en una multa o algo por el estilo.


En todo momento, el legionario debía mantener su armamento
en perfecto estado de conservación ya que de ello dependía,
además de su propia vida, la de sus compañeros
Por último, restan solo las típicas chorraditas militares que los centuriones y los OPTIONIS reprimían a estacazos: no mantener la formación, ser el típico negado que metía la pata a todas horas, no trabajar con el ímpetu y la dedicación adecuados y, en fin, todas las cosas que en todos los ejércitos de todas las épocas han sido motivo para que a uno le den dos leches o te metan una imaginaria o una guardia extra. Una observación: los centuriones no tenían potestad para juzgar y condenar delitos. Su férrea disciplina se basaba en hacer de ogros corruptos para tener al personal a raya, pero en caso de delitos como los arriba mencionados los que intervenían eran los tribunos, y el que condenaba o perdonaba era el legado o, en su defecto, el TRIBVNVS LATICLAVIVS o el PRÆFECTVS CASTRORVM, que era el tercero en orden de jerarquía. Finalmente, solo restaría hacer referencia a los abusos contra la población civil, ya fuesen ciudadanos romanos o meros provincianos y que, como comentamos en la entrada anterior, eran por desgracia víctimas de la brutalidad o la codicia de los legionarios. Obviamente, este comportamiento estaba penado, pero era muy difícil de controlar por los mandos de un ejército. ¿Quién demostraba que el legionario Penis Magnus había violado a la parienta y a las tres hijas de un aldeano de la Galia o de Egipto? ¿Quién testificaba ante todo un legado que el OPTIO Ávidus Pecuniam no había arramblado con los ahorros de un humilde labriego?  En fin, era complicado controlar al personal que merodeaba en busca de suministros para su legión, y más si al mismo legado le daban diez higas que Penis Magnus se calzase a 200 galas o que Ávidus Pecuniam robase a calzón quitado mientras no lo hicieran en las arcas del ejercito.

Los abusos contra los civiles eran el punto flaco de
la proverbial disciplina. Al considerarse a sí mismos
como pertenecientes a un estamento superior, los
legionarios se pasaban tres pueblos con los paisanos
Bien, estos eran, grosso modo, los delitos perseguidos en el ejército romano. Como hemos visto, prácticamente los mismos que se siguen castigando en los ejércitos actuales, si bien los castigos ya no son lo mismo. Antes eran un poco más... estrictos. Veamos cómo metían en cintura al personal. La potestad para imponer el COERCITIO o castigo fue variando a lo largo del tiempo. Así, mientras que en la República las penas de muerte o IVS GLADII solían imponerla los tribunos con el visto bueno del cónsul o el legado que estuvieran al mando de la legión, con la llegada del Principado era el Senado el que podía condenar a muerte si bien, de facto, era el emperador el que daba el beneplácito. En caso de ser penas que no supusieran la muerte del reo, la responsabilidad de imponerla era del legado pero, insistimos una vez más, no había un código que dictase qué pena correspondía a un determinado delito, por lo que el alcance, la duración o la mera aplicación de las mismas era por lo general arbitraria, habiendo comandantes que castigaban con extrema severidad delitos que otros pasaban con más benevolencia, o se enseñaban con la tropa mientras que con los centuriones o sus ayudantes eran menos estrictos o, simplemente, se dejaban guiar por la simpatía que les inspirase el acusado.

DECIMATIO reglamentaria, en la que no solo tardabas un ratito en palmarla,
sino que ese ratito debía ser extremadamente desagradable
De todos los COERCITIONIS, el que quizás sea más conocido y más terrible de todos era el DECIMATIO, aplicado en contadas ocasiones ante casos de deserción en masa ante el enemigo o motines especialmente graves. Este castigo podía ser aplicado desde a unidades pequeñas como una o varias cohortes a una legión o a un ejército entero llegado el caso, y consistía en dividir al personal en grupos de 10 hombres, y entre ellos echaban a suertes quién pagaría el pato. En el caso de ser una cohorte, pues 48 de sus miembros acababan ejecutados por sus propios compañeros, bien a estacazos o a pedradas. En el muy improbable caso de que, una vez terminado el castigo, alguno quedara vivo, se le prohibía volver a Roma para siempre jamás, quedando su nombre marcado por la ignominia de forma perpetua. Pero ojo, que los que no habían sido señalados por el destino para ser ejecutados también recibían su castigo, que por lo general consistía en verse sometidos al FRVMENTVM MVTATVM (cambio de raciones, literalmente) y a pernoctar EXTRA VALLVM, o sea, que les retiraban la carne de sus raciones cotidianas y se les daba cebada en vez de trigo para elaborar el pan. Obviamente, con esta medida se pretendía humillar a los culpables ya que se les asimilaba a las bestias de tiro y los caballos, que era lo que consumían. Pernoctar EXTRA VALLVM significaba tener que trasladar sus CONTVBERNII fuera del campamento, lo que podía significar la muerte si estaban en territorio hostil. La duración de estas penas accesorias quedaba al arbitrio del legado, y podían pasar meses o incluso años antes de que se considerase que la unidad castigada ya había purgado su falta. Además, de les obligaba a repetir el SACRAMENTVM, o sea, el juramento de fidelidad ya que consideraban que al perpetrar el delito lo habían roto.

Permitir que el enemigo lograra introducirse en el campamento era también
un delito por el que una legión entera podía verse diezmada
El primer caso conocido de DECIMATIO lo llevó a cabo el cónsul Apio Claudio Sabino en 471 a.C. durante las guerras con los volscos. Sabino era un aristócrata de carácter desmedido y soberbio al que sus tropas se negaron a seguirle tras haber visto su propio campamento casi desbordado por los enemigos. Tras acceder a batirse en retirada, el ejército se disponía a prepararse para la marcha cuando, de forma repentina, un nuevo ataque de los volscos sembró el caos en la retaguardia de las tropas romanas. Según Livio, "la confusión así producida se extendió a las filas de vanguardia y produjo tal pánico en todo el ejército que fue imposible que se escuchasen las órdenes o que se formase una línea de batalla. Nadie pensaba en nada más que huir. Se abrieron paso sobre montones de cuerpos y armas con tan apresurado salvajismo que el enemigo cesó en la persecución antes de que los romanos dejasen de huir. Por fin, después de que el cónsul hubiese tratado en vano de seguir y reunir a sus hombres, las tropas dispersas se reunieron de nuevo y asentaron su campamento en un territorio no alterado por la guerra".

La revuelta de Espartaco fue un verdadero desafío al orgullo de Roma. Los
enemigos no eran naciones vecinas, sino meros esclavos que les estaban
poniendo las peras a cuarto. Craso tuvo que imponer la disciplina más
rigurosa para estimular a sus tropas incluyendo la DECIMATIO
Está de más decir que Sabino se agarró un cabreo de los que hacen época. Tras restablecerse el orden, "convocó a hombres a una asamblea, y tras lanzar invectivas, con perfecta justicia, contra un ejército que había faltado a la disciplina militar y abandonado sus estandartes, les preguntó por separado dónde estaban sus estandartes, dónde estaban sus armas. Ordenó que azotasen y decapitasen a los soldados que habían arrojado sus armas, a los portaestandartes que habían perdido sus insignias, y además de éstos a los centuriones y duplicarios que habían desertado de sus filas. De cada diez hombres, se eligió uno por sorteo para recibir suplicio". De este CASTIGATIO también dio cuenta Polibio, si bien de forma menos prolija, cuando afirmaba que "si es un grupo grande, se apedrea una décima parte del grupo, se les hace acampar fuera de la empalizada y se les da de comer cebada". No se volvió a conocer un DECIMATIO hasta cuatro siglos justos más tarde a manos de Craso durante la revuelta de Espartaco, pero no fue la última. Marco Antonio, Octavio Augusto, Galva y Lucio Apronio también llegaron a poner en práctica este cruel y expeditivo castigo porque, al cabo, podían suponer cientos de ejecuciones en caso de tratarse de una legión. En todo caso, como vemos, no fue habitual, y tanto el FRVMENTVM MVTATVM como el EXTRA VALLVM eran penas accesorias que, por otro lado, sí era habitual aplicarlas por delitos menores. 

FVSTVARIVM SUPPLICIVM
Lo habitual en casos de deserciones, pérdida de armas o dormirse en una guardia eran castigados de forma habitual con la decapitación de reos a nivel individual o mediante el FVSTVARIVM, una soberana paliza aplicada con bastones o FVSTIS. Polibio lo describe como "el que no transmite una orden o hace mal su guardia es tocado por una vara por el tribuno y enseguida las tropas lo apalean y apedrean hasta la muerte. Si se salva no tiene derecho de volver a su patria. Se garantiza de esta forma que se hagan bien las cosas en el turno de noche". Como vemos, lo habitual era aplicarla hasta la muerte del reo si bien en caso de sobrevivir quedaba, como se ha dicho, desterrado de por vida, deshonrado y, naturalmente expulsado del ejército. En sus primeros tiempos, el FVSTVARIVM se aplicaba como en los ejércitos de los siglos XVIII y XIX la carrera de baquetas, en las que el reo debía pasar por una doble fila formada por sus propios compañeros mientras lo breaban con las baquetas de sus mosquetes. Este caso era similar, pero con bastones. El primero en golpear era el tribuno, que se situaba en el extremo de la fila por donde el atribulado legionario empezaría a recibir más palos que una estera. Otro instrumento para practicar esta pena era la VIRGA, una fina vara de olmo o abedul que, si llegaba el caso, se elegía entre las más nudosas y con púas para que hicieran más daño, en cuyo caso eran denominadas como SCORPIO. Según el visigodo Isidoro, la VIRGA era la vara que nacía de las ramas de un árbol. Su nombre provenía de VIRTVS porque poseía en sí una enorme fuerza para resistir los embates del viento y tal. Pero que nadie se engañe, porque una paliza a base de VIRGÆ podía ser tan mortífera como la que se propinaba con el FVSTIS

Probo ciudadano recreacionista-cónsul escoltado por sus lictores.
Obsérvense como están formados por un haz de VIRGÆ donde
está unida el hacha
A título de curiosidad, las FASCIES que portaban los LICTORES no eran sino haces de VIRGÆ unidos por una cinta que, con la hoja del hacha, simbolizaban el poder de los magistrados para castigar a los delincuentes. A ser un instrumento honorable, en la República y los primeros tiempos del Principado los tribunos que por cualquier causa eran condenados a muerte eran decapitados con el LICTOR y no con el GLADIVS, y por supuesto nada de ser molido a palos, que las clases son las clases.

El que quizás fuera el castigo físico más habitual era el ANIMADVERSIO FUSTIVM o FLAGELLO, los azotes, una costumbre al parecer heredada de los etruscos y que se llevaba a cabo delante de toda la unidad del reo para escarmiento del personal. El FLAGELLO podía administrarse de muchas formas y con diversos instrumentos, desde palizas hasta la muerte a simples tandas de latigazos que le dejaban a uno inconsciente y con el lomo en carne viva unas cuantas de semanas pero, eso sí, sin que hubiese una infección de por medio. Decenas de heridas abiertas en la espalda podían acabar degenerando en una septicemia galopante que finiquitase al legionario castigado en un periquete. El látigo más básico y menos dañiño era la SCVTICA, un simple mango de madera del que pendían varias finas correas elaboradas con piel de buey. Debía doler de cojones, pero sus heridas eran de ínfima gravedad si las comparamos con las resultantes de un FVSTVARIVM. Pero había instrumentos infinitamente peores que la SCVTICA que podían matar a un hombre en menos que canta un gallo.

Jarabe de FLAGELLUM para redimir las culpas
El siguiente en capacidad destructiva era el FLAGELLVM, un látigo similar a la  SCVTICA pero con las tiras de cuero anudadas, lo que producía cortes y heridas abiertas bastante peligrosas, pero el FLAGELLVM era en realidad el diminutivo del que quizás fuese el instrumento más terrorífico y dañino de todos los que se han usado para flagelar al personal, el FLAGRVM. Los había de varios tipos, a cual más demoledor y que, en cualquiera de los casos, podían dejar inconsciente a un hombre fuerte con pocos golpes y hasta matarlo llegado el caso. De hecho, los estudiosos de la Síndone afirman, y no van precisamente descaminados a la vista de las marcas que se observan en el cuerpo que envolvió, que fue este el tipo de látigo que se usó para brear a Jesucristo antes de su ejecución, y no deja de ser asombroso que un hombre sometido a semejante castigo fuese luego capaz de caminar cosa de kilómetro y medio desde la fortaleza Antonia al Gólgota, y encima cargado con un travesaño que debía pesar lo suyo.

A la derecha vemos el FLAGRVM más básico que se despachaba. Como vemos, constaba de tres tiras de piel de vacuno en las que se alternaban una, dos, tres o más bolas de plomo cuyos efectos al golpear la espalda y los costados del reo ya podemos imaginarlos. Una variante la vemos en el detalle superior, en la que las bolas se han sustituido por una pareja del mismo material unidas por un travesaño, quedando unidas a la tira de cuero al término de la misma. Su forma es idéntica a la de una palanqueta de artillería naval de las usadas en los siglos XVIII y XIX, pero en miniatura. Las tiras se unían a un pequeño mango de madera con un fino cordel o un cordón de cuero. Los alaridos que debían soltar los que eran golpeados con ese chisme se oirían en Birmania lo menos. Pero esta era la versión "light", como se dice ahora los pijos cursis y los fabricantes de bebidas y alimentos que engordan una burrada para que el personal crea que esos engordan menos. Los había mucho peores. 

A la izquierda podemos ver el FLAGRVM TAXILLATA, que según otros fue el que sufrió Jesucristo. Como vemos, también consta de tres correas pero que, en vez de esferas de plomo, contienen TAXILLVS o dados, o sea, pequeñas piezas cúbicas que, lógicamente, debían causar un destrozo mucho mayor en las carnes de las víctimas de sus trallazos. Hay diversas teorías acerca de la traducción correcta de este tipo de látigo ya que según el cronista recibe un nombre diferente, habiendo quien los denomina como FLAGRVM TESSELATVM (por TESSELA, como las diminutas piedrecitas que conforman un mosaico) o FLAGRVM TALARIA (diminutivo de TALVS) en referencia a que, en vez de pequeños dados, usaban astrágalos, o sea, pequeños huesecillos que, en este caso, eran de animales. Estos pequeños huesos se anudaban o se perforaban y pasaban a través de las tiras de cuero, produciendo heridas aún más profundas y desgarradoras en la carne. La energía cinética que podía producir uno de estos chismes sería capaz incluso partirle las costillas del reo. En fin, algo muy desagradable que, además, provocaría unas hemorragias bestiales. Pero esta era la versión "medium". Aún quedaba la "heavy", que debía ser la descojonación.

Lo que vemos a la derecha son dos reconstrucciones basadas en sendos ejemplares que se conservan en el Museo Vaticano. En ambos casos se prescinde de tiras de cuero, que son sustituidas por finas cadenas retorcidas de bronce. En la figura A tenemos un FLAGRVM formado por cuatro ramales que, a su vez están rematados por parejas de pequeños pendientes con forma de pera, todo elaborado de bronce. La figura B presenta un ejemplar que consta de una cadena principal que se divide en tres ramales rematados también con piezas esferoidales de bronce. No hace falta ser Doctor en Verduguez con dos másteres en latigazos y palizas para hacerse uno a la idea de lo que debía ser recibir un solo golpe con uno de esos artefactos. Cabe suponer que no eran usados con otra finalidad que matar al reo, porque para dejarlo inconsciente y con la espalda llena de cicatrices de por vida bastaban y sobraban los modelos anteriores. Cada uno de estos FLAGRI podía literalmente dejar las costillas al aire con menos de una docena de golpes, y reventar la caja torácica o clavar las costillas rotas en los pulmones del reo con pocos golpes más. Nunca dejaré de sorprenderme como un pueblo que legó su cultura al mundo entero y por cuyos valores nos regimos en muchos aspectos aún en nuestros días podían llegar a usar este tipo de instrumentos tan bestiales para matar al personal.

Bien, estos eran los castigos físicos, que como vemos eran surtidos y sumamente persuasivos porque ver incluso a un cuñado con la espalda literalmente desollada a golpe de látigo debía ser un tanto inquietante. Ya solo nos restan los, por así decirlo, castigos de tipo administrativo que, por lo general, se basaban en cuestiones económicas y en la humillación del legionario.

Letrina cuartelera. Solo tener que cambiar o limpiar las esponjas que usaban
a modo de papel higiénico debía ser muy estimulante
El más grave de todos era la IGNOMINIOSA MISSIO, que era el equivalente a la actual licencia deshonrosa. Era aplicable tanto a legionarios rasos como a oficiales, y a nivel individual o colectivo. La IGNOMINIOSA MISSIO suponía, además de la deshonra de ser expulsado del ejército, perder todos los derechos acumulados en lo referente a la PRÆMIA EMERITORVM, la prima o pensión en forma de tierras o dinero que recibían los militares cuando se jubilaban. Un castigo de menos relevancia era el GRADVS DEIECTO, o degradación, por el que cualquier oficial podía verse relegado a un rango inferior o incluso a legionario raso. Ya podemos imaginarnos lo bien que lo pasaría un centurión de esos que se ensañaban con el personal viéndose de la noche a la mañana como los que ayer puteaba al día siguiente era igual a ellos. Un castigo similar era el MILITÆ MVTATIO, por el que se podía ser trasladado a una unidad menos prestigiosa o, en el caso de ser legionario, a una unidad de auxiliares y un EQVES  una COHORS EQVITATA. Otra opción podía ser, por ejemplo, que un manípulo de HASTATI fuera degradado para servir como VELITES. Escipión castigó a las legiones derrotadas en Cannas enviándolas a Sicilia, donde permanecieron varios años y fueron obligadas a vivir en los CONTUBERNII sin que se les permitiera construir barracones hasta que, una vez trasladados de nuevo a África, fueron redimidos por su bravura en combate Estos castigos no eran permanentes, pudiendo ser rehabilitado si el afectado optaba por hacer heroicidades a mansalva para lavar su maltrecho honor. De no ser así, pues se quedaba como estaba e iría ascendiendo si podía, aunque como ya sabemos el historial era tenido en cuenta tanto para lo bueno como para lo malo.

Legionario sin cinturón con la túnica suelta que más
bien parece un saco de patatas
Para castigar faltas leves se recurría a MVNERVM INDICTIO, o sea, trabajos extraordinarios que, por norma, debían ser especialmente asquerosillos y desagradables, como limpiar las letrinas del campamento o los establos. Un castigo accesorio a este, pero que también podía aplicarse de forma individual era el PECVNIARIA  MULTO, o sea, una simple multa que se detraía de la paga. Finalmente quedaba el CASTIGATIO, o sea, el bofetón o  bastonazo propinado por el centurión con el VITIS a los malsines o a los díscolos, así como los castigos que se imponían simplemente para humillar al personal y para los que no había otra norma que la creatividad del mando que lo imponía. Ya vimos en la entrada dedicada a la túnica militar que uno de ellos consistía en obligar al legionario castigado a pasearse por el campamento desprovisto de cinturón, por lo que su aspecto con la túnica suelta era feminoide y provocaba las burlas del personal. El mismo Augusto ordenó a uno de sus hombres a permanecer todo el día delante de su CONTVBERNIUM  con la túnica suelta sosteniendo un terrón de tierra en la mano, y hay constancia incluso de haber obligado al personal causante del enojo de sus mandos a vestirse de mujeres ante la rechifla de sus compañeros. 

En fin, así se las gastaban los probos romanos. Como hemos visto, tonterías las justas porque te jugabas una paliza de órdago por cualquier chorrada. Obviamente, no podemos dejar de reconocer que fue esa disciplina férrea la que les permitió enseñorearse el mundo.

Bueo, ya'ta, que es viernes y tampoco creo que haya olvidado nada relevante.

Hale, he dicho

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jueves, 20 de diciembre de 2018

Disciplina, delitos y castigos en el ejército romano 1ª parte


Ya quisieran muchos ejércitos modernos tener el concepto de disciplina que tenían originariamente las legiones de Roma.
Esta disciplina, unida a un espíritu de cuerpo y de sacrificio nunca visto hasta entonces fue la llave que les permitió
hacerse los amos del cotarro durante siglos

Tito Manlio Torcuato condenando a muerte a su propio
hijo. Su delito: combatir y derrotar a un enemigo
por decisión individual y sin haber sido autorizado
para ello. Faltó a la disciplina.
Como es de todos sabido, la disciplina es la base de una sociedad respetable y decente. Pero tratándose del ejército, no es que sea la base, es que es la esencia en su forma más pura. Un ejército sin disciplina es un cachondeo, las tropas se tornan rebeldes y ociosas, nadie aspira a palmar en combate como un auténtico y verdadero héroe, nadie obedece las órdenes y, por todo ello, no ganarían jamás una batalla ni aunque el enemigo fuese un regimiento de cuñados dados de baja por depresión aguda y con menos ímpetu que un caracol anémico. Sin embargo, el concepto de la disciplina de nuestros días no es exactamente el mismo que se tenía antes de los tiempos de Cristo. Mientras que actualmente la disciplina tiene unas connotaciones un poco chungas relacionadas con el cumplimiento de unas normas estrictas con las que generalmente no estamos conformes, los romanos tenían una visión diferente, más espiritual y más enjundiosa. Para el legionario romano, la disciplina era el conjunto de costumbres y pautas de comportamiento que estaba obligado a aprender y respetar, pero no porque nadie se lo exigiera, sino porque se consideraba que era por el bien de todos. En la mentalidad del hombre romano, la comunidad estaba por encima del individuo, y la disciplina, que según el visigodo Isidoro proviene del término DISCERE (aprender), era, como se ha dicho, el comportamiento que debían observar para formar un cuerpo cohesionado y diestro en todas las virtudes, artes marciales y oficios relacionados con la milicia, siendo la más importante de todas la obediencia absoluta a la órdenes porque la desobediencia podía perjudicar a los compañeros. Y, al igual que la obediencia ciega era importante, no lo era menos el afán de superación en el constante entrenamiento con las armas que les permitirían vencer al enemigo con el esfuerzo de todos y no con acciones individuales que estaban incluso mal vistas porque podían poner en peligro a los demás. 

Áureo de Adriano en cuyo reverso se ve al emperador seguido de tres
abanderados. Bajo ellos vemos la inscripción DISCIPLINA AVG (...VSTORVM).
la Disciplina del emperador
Pero, en su origen durante la época arcaica, el concepto de la disciplina iba más allá tanto en cuanto se consideraba que las normas de que se componía eran voluntad de los dioses, por lo que el hecho de contravenir una orden o de no acatar un augurio ya se consideraba como una falta a la disciplina desde el momento en que la orden dada por un superior se consideraba, al igual que los augurios, un mensaje de las divinidades. En resumen, que faltar a la disciplina era comparable a un pecado. De hecho, la Disciplina fue deificada por Adriano como una diosa menor, se llegó a acuñar moneda con su efigie e incluso se elevaron altares en su honor en algunos campamentos, como los hallados en la Britania, en el CASTRVM de CILVRNVM, en el Muro de Adriano y en el norte de África. Las virtudes de la diosa Disciplina eran la frugalidad, la severidad y la fidelidad, las cuales debían ser la guía a seguir por cualquier legionario como Júpiter manda. Esto se traduce en que un legionario debía ser frugal en su forma de vida- alimentación, gasto de dinero, etc.-, serio y cumplidor y, por encima de todo, fiel a su juramento de lealtad, a sus compañeros, sus mandos y al pueblo de Roma.

Mario Vs. Sila, César Vs. Pompeyo, Octavio Vs. Antonio.
Las ambiciones de estos probos ciudadanos dieron pie al
fin de la República, el comienzo del Principado y la
decadencia de la DISCIPLINA
No obstante, como suele pasar en casi todo en este palpitante mundo, ese prístino concepto de la DISCIPLINA MILITARIS fue degenerando a raíz de las guerras civiles de finales de la República, primero entre Gaio Mario y Lucio Cornelio Sila y, posteriormente, Gaio Julio César y Gneo Pompeyo, la cual dio lugar a la última de todas entre Octavio Augusto y Marco Antonio y la posterior aparición del Principado. En estos casos no hablamos de romanos enfrentados con bárbaros, sino de romanos contra romanos, lo que dio paso a un ambiente en que las fidelidades se compraban con dinero y no con juramentos porque el enemigo era en este caso ellos mismos, por lo que la amenaza de motines y deserciones en masa obligó a los mandos a relajar la ancestral disciplina que había caracterizado al ejército de la República, no recuperándose en parte hasta que César logró que sus legiones de la Galia aceptasen de nuevo las buenas costumbres, más que nada gracias a su incuestionable carisma y su espíritu de liderazgo que lo llevó a convertirse en el hombre más poderoso de Roma. No obstante, el concepto primigenio de la disciplina ya no se recuperaría más. Los generales y emperadores se vieron ante la disyuntiva de tener que administrar el rigor con un indisimulado peloteo a base de donativos, permisos y privilegios con tal de conservar la fidelidad de sus legiones, que llegado el caso podían negarse a combatir si no se les prometían jugosas recompensas. Ya sabemos como incluso los pretorianos llegaban a quitar y poner emperadores a base de dinero, y como los nuevos césares estaban obligados por una costumbre adquirida de años y años a "comprar" a su propia guardia personal y la fidelidad del ejército untándoles a base de bien. 

Marco Licinio Craso, un ferviente partidario de aplicar la
disciplina más férrea que llegó incluso a diezmar a sus
tropas durante la revuelta de Espartaco. Su forma de
actuar logró que la disciplina se impusiera más por miedo
a su persona que por respeto a las mismas normas
Así, Roma, que consideraba la disciplina como algo inherente a su cultura en contraste con la falta de auto-control de los pueblos bárbaros, se vieron con que sus emperadores tenían que ir dando una de cal y otra de arena para que el personal no se pusiera borde y los dejasen en la estacada. Esto no quiere decir que hombres como Augusto o Vespasiano no fueran capaces de imponer severos correctivos a legiones enteras en casos de motín, pero el simple hecho de que esos motines se tornasen en la regla en vez de la excepción era algo impensable un siglo antes. Por otro lado, incluso los mismos emperadores tenían que controlar que determinados generales más ambiciosos de la cuenta no se pasasen recompensando a sus legiones porque sabían que, llegado el caso, esta conducta no era más que una forma de asegurar la fidelidad de sus tropas de cara a un posible intento para derrocarlos. Un ejemplo bastante conocido fue el de Gneo Calpurnio Pisón, acusado de tramar la muerte del gran Germánico, heredero de Tiberio, que llegó a entregar suntuosos donativos al ejército en su propio nombre y concedió innumerables licencias para ganarse al personal. La jugada no le salió bien porque acabó auto-degollado antes de verse convertido en reo de muerte y con el estado confiscándole hasta a su cuñado, pero es una clara muestra de como un tipo con dinero y las influencias necesarias podía alcanzar el poder a base de comprar la fidelidad de un ejército cada vez más corrupto.

Mi ilustre paisano, Marco Ulpio Trajano, al que su
prestigio como militar condujo primero al poder, y
luego a lograr la máxima expansión del Imperio,
siendo considerado al día de hoy uno de los mejores
emperadores que tuvo Roma
Otros emperadores optaban por la vía psicológica para ganarse a las tropas, como fue el caso de Trajano que, durante su carrera militar y para demostrar a sus legiones que era uno más, participaba en los agotadores entrenamientos cotidianos, asumía tareas impropias de su rango e incluso aparecía ante sus hombres sin afeitarse, como dando a entender que padecía las mismas penurias propias de la vida militar. Con todo, aunque esta conducta le permitía ganarse el respeto y la fidelidad de las tropas que estaban directamente bajo su mando, las que estaban en Hispania, en Mauritania, en la Galia o en Egipto podrían ser influenciadas por sus respectivos mandos por lo que, llegado el caso, muchos podrían aspirar a alcanzar la guirnalda real, lo que tendría como resultado una guerra civil. Con todo, la virtuosa disciplina de antaño quedó prácticamente relegada al comportamiento en combate, mientras que en los campamentos el personal sobornaba a corruptos centuriones para obtener permisos o verse eximidos de hacer guardias o determinados servicios desagradables, mientras que el trato con la población civil era más bien una interminable relación de abusos y arbitrariedades imposibles de controlar incluso por los generales más estrictos. Porque, curiosamente, en un ejército tan reglamentado como el romano, que en casi todo es comparable a uno moderno, carecía de un código de justicia militar propiamente dicho. 

La disciplina impuesta por los centuriones era más bien una
mezcla de terror ante sus arbitrariedades y la posibilidad de
comprar sus favores a base de sobornos
Faltas como un motín, la deserción, la cobardía o dormirse en una guardia eran tan evidentes que, en realidad, no precisaban de ningún tipo de reglamento para condenarlas con el máximo rigor, pero había muchas otras que quedaban al arbitrio de los mandos, y la aplicación de un determinado castigo a su antojo. Aunque generalmente se solía tener en cuenta el historial de cada hombre porque, en justicia, no se debía castigar de la misma forma a un buen legionario por una chorrada que a uno que no paraba de incordiar por la misma falta, era al final la voluntad del centurión o el tribuno la que se acababa imponiendo. Recordemos al desmedido e iracundo centurión apodado "CEDO ALTERAM" ("Dame otro"), especialmente aficionado a moler los lomos del personal por cualquier chorrada con su VITIS, que a la vista del mote debía estrenar uno todas las semanas. Por otro lado, también se recomendaba ser más indulgente con los novatos que, al cabo, aún estaban aprendiendo la disciplina, pero eso también quedaba a juicio de su centurión que, por cierto, se podía tornar de extremadamente severo a increíblemente bondadoso y comprensivo en cuanto sentía en la mano el peso de unos denarios. 

La mejor fórmula para que el personal no se detuviera a pensar era tenerlos
a diario al borde del agotamiento a base de instrucción, trabajos físicos y
marchas cargados como mulas. De hecho, esa era una de las pautas en las
que Millán Astray hizo especial hincapié cuando fundó la Legión Española 
Así pues, la disciplina concebida como una filosofía o una forma de vida se iba quedando relegada poco a poco al mantenimiento de una excelente preparación militar- no se conserva un imperio durante siglos sin tropas bien adiestradas- que los mandos intentaban imponer, como se ha dicho, a base de combinar donativos, permisos o pagas extras con demostraciones de severidad rotundas en casos de delitos flagrantes como golpear o matar a un superior, desertar, etc., y combatiendo el peor enemigo de la disciplina militar: el OTIVM, el ocio. Por norma, al entrenamiento cotidiano se añadían trabajos de todo tipo, y si no eran necesarios se inventaban. Una legión acantonada durante meses o incluso años en un campamento pasaba de ser una grupo de cinco o seis mil hombres perfectamente adiestrados y dispuestos para la batalla en una caterva de vagos, rebeldes, chorizos, disolutos y pendencieros que, llegado el caso, se ponían chulos con su legado exigiendo más privilegios o se liaba parda, y al legado solo le quedaban dos opciones en ese caso: o le echaba tremendas dosis de testiculina y ejecutaba ipso-facto a los instigadores del motín aún sabiendo que se la estaba jugando, o cedía a las peticiones de los rebeldes, en cuyo caso tenía asegurado otro motín en cuanto el aburrimiento hiciese de nuevo acto de presencia. 

Solo la disciplina que supieron mantener en lo referente al adiestramiento
militar fue lo que permitió a Roma prolongar su imperio durante siglos.
Quizás si esa filosofía se hubiese mantenido intacta en todos sus valores
a lo largo del tiempo hoy día aún hablaríamos latín en Europa Occidental
y en toda la ribera del Mediterráneo
Aunque parezca increíble, esa fue la tónica general en el ejército más poderoso del mundo hasta el final del Imperio, y solo prácticamente al término del mismo hubo quien se molestó en elaborar una serie de normas respecto a los delitos militares y los castigos en función de cada uno de ellos. Aunque Polibio ya daba cuenta de lo que se consideraba delito y los castigos habituales para reprimirlos, no fue el emperador Mauricio el que en su STRATEGIKON, un tratado de 12 volúmenes basado en su experiencia militar, contempló por primera vez algo parecido a lo que hoy es un IVS MILITARE, un código de justicia militar que, por cierto, no le libró de ser derrocado y asesinado a raíz de un motín encabezado por un centurión llamado Flavio Nicéforo Focas, que a su vez fue también cesado de forma radical por Flavio Heraclio diez años más tarde. En resumen, que la disciplina se fue al carajo o, mejor dicho, se fue al carajo el imperio a medida que la disciplina que sirvió para construirlo se fue diluyendo en las malas costumbres, los vicios y la ambición desmedida que contradecían sus principales dogmas ya mencionados: FRVGALITAS, SEVERITAS ET FIDELITAS

Bueno, criaturas, con esto lo dejamos por hoy porque uno de mis adorables dolores de cabeza se ha enseñoreado de mi persona, así que toca nolotilizarme y esperar a que pase. En la próxima entrada hablaremos con pelos y señales de los delitos, faltas y castigos con que los invictos romanos metían en cintura a los díscolos, los rebeldes, los malsines y a los cuñados, naturalmente.

AVE ATQVE VALE, CIVIS

Hale, DIXIT EST

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