Mostrando entradas con la etiqueta Defensa pasiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Defensa pasiva. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de mayo de 2023

¿ERA EL MORRIÓN UN YELMO EFICAZ?

 


Hace varios eones que no dedicamos un articulillo a los yelmos, esos accesorios tan prácticos que impedían que al personal les reventasen los cráneos y desparramasen sus masas encefálicas por el suelo, costumbre muy antihigiénica porque, si se volvían a colocar los sesos en su sitio, además de caerse al suelo de nuevo, estaban llenos de porquería y caca de caballo. Así pues, hoy hablaremos del los morriones, una tipología archiconocida e íntimamente relacionada con las tropas españolas aunque se empleó también en Europa Occidental. En su día, cuando el blog apenas había iniciado su andadura, ya hablamos de ellos pero sin entrar en algo crucial: ¿era unos yelmos verdaderamente eficaces? ¿Proporcionaban una protección adecuada? Hoy procederemos a analizar el tema. Así podrán cachondearse de sus cuñados, que tomaron buena nota de las chorradas del calvito aquel de los documentales del Canal "Historia"...

Cualquiera que vea esta foto la asociará de inmediato con los
Tercios españoles

Sin lugar a dudas, el morrión es el tipo de yelmo que se identifica por sistema con las huestes españolas durante el Renacimiento, protegiendo tanto las nobles testas de los infantes de los Tercios como las de los conquistadores que nos dieron un imperio como jamás viose. Hoy día sigue siendo el yelmo de ordenanza de los guardias suizos del papa, pero esos los usan porque quedan muy chulos junto a sus uniformes de época. El morrión apareció a finales del siglo XV, si bien su expansión tuvo lugar a lo largo del siglo siguiente para, finalmente, caer en la obsolescencia en el siglo XVII. Según Covarrubias, en su "Tesoro de la Lengua Castellana", un morrión era "un capacete o celada que, por cargar y hacer peso en la cabeza se le dio este nombre de moria, μωρια, que es apesamiento en la cabeza". Desconozco si la traducción del griego de Covarrubias es correcta, pero daremos por sentado que un personaje tan docto conocía perfectamente esa lengua.

Capacete
Leguina, en su "Glosario de Voces de Armería", tiene otra opinión, ya que sugiere que el palabro proviene del español "morro" por su aspecto redondeado. Por último, tenemos la etimología que nos da la RAE, en este caso de morro como sinónimo de la parte superior de la cabeza. S
ea cual fuere el origen del palabro, lo cierto es que fue una evolución del capacete, un yelmo con la misma apariencia de un sombrero de la época, uséase, una copa de forma cónica y una estrecha ala. La copa, por lo general, estaba rematada por una uña orientada hacia la parte trasera, y los destinados a los mandos estaban provistos de un portaplumas para poder ser identificados en la vorágine de la batalla. De su sistema de fabricación y demás detalles ya hablamos en su día, pero el que lo haya olvidado o no lo haya leído, pues un pinchazo aquí mismo y verán la luz.


Pero el morrión, aunque gozaba de las preferencias del personal, no era el único modelo en servicio. Aparte de los yelmos como almetes, celadas y los distintos tipos de borgoñotas cerradas propios de los arneses de placas, los antiguos capacetes y las borgoñotas abiertas también gozaban de las preferencias de muchos hombres, especialmente las segundas ya que proporcionaban una buena protección. Observemos el ejemplar de la derecha, una de las tipologías más habituales. Este yelmo disponía de una amplia visera que cumplía tres cometidos, a saber: proteger los ojos del sol, lo que venía muy bien cuando el enemigo lo tenía a la espalda; proteger de la lluvia, que no era tema baladí para un fulano que está en plena batalla verse cegado por un chaparrón en plena jeta; y, lo más importante: protegía ojos y frente de tajos de espada o de golpes propinados con armas contundentes, sobre todo las mazas. Reparemos además en tres detalles: las flechas señalan los bordes de la visera y las yugulares, engrosados mediante plegado para hacerlos más resistentes, y el círculo negro indica la existencia de pequeños orificios para no dejar al combatiente cuasi sordo (ojo, no todas llevaban estos agujeros). Resta solo añadir el crestón, pieza habitual en la práctica totalidad de los yelmos de época para reforzar la calva. Resumiendo, la borgoñota protegía la cabeza, los laterales de la misma junto al cuello y la nuca, dejando solo descubierta la cara.

Para solventar esta carencia, a la borgoñota se le podía añadir una gorguera como la que vemos en la foto. Como vemos, no era más que una especie de máscara con una pequeña gola que protegía la parte delantera del cuello. Se fijaba al conjunto con una simple correa abrochada en la nuca que, como en los almetes, podía protegerse con un pequeño varaescudo. Había modelos más sofisticados que incluían aldabillas para asegurarlas con más solidez. Al cabo, un mazazo en la gorguera podía arrancarla de cuajo para, a continuación, estampar el arma en el careto del fulano que, tras el lance, quedaba bastante perjudicado. Con todo, estas borgoñotas con gorguera eran más propias de jinetes, que posiblemente se las desabrochaban si por algún motivo tenían que echar pie a tierra. Al combatir como un infante tenía que tener el mayor campo visual posible ya que los golpes llovían por todas partes, y había que andarse con siete ojos o, a ser posible con otros siete más, por si acaso. En cuanto al crestón antes citado, se conservan modelos provistos de dos más, ambos más pequeños y colocados a los lados del principal. En la foto inferior pueden ver un par de ejemplares provistos de estos accesorios, que también pueden verse en algunos morriones:


Bien, en teoría, la borgoñota ofrecía una protección francamente eficaz para un combatiente a pie. A la derecha tenemos a un probo ciudadano recreacionista con su borgoñota y jeta de héroe inmortal y desafiante. Pero, como ya hemos comentado, el aspirante a héroe tiene las orejas tapadas, por lo que le resultará complicado oír las órdenes de sus jefes, y las pequeñas alas de las yugulares que desviaría un tajo de espada le limitan los movimientos de la cabeza. Finalmente, su jeta está totalmente desprotegida ante la principal enemiga de los infantes de la época: la pica. Cuando dos cuadros de infantería llegaban al contacto, se iniciaba un terrorífico maremagno de puntazos y cuchilladas que, como es lógico, iban dirigidos a la parte más vulnerable del enemigo: cara y cuello. De apuñalar sañudamente las ingles y desjarretar tendones ya se encargaban los más ágiles de cada unidad, que se deslizaban por debajo del bosque de picas en busca de los enemigos que, en aquel momento, estaban más entretenidos esquivando las cuchilladas del adversario que de protegerse las partes nobles. Y al par de inconvenientes ya presentados tenemos que añadir uno más: las borgoñotas eran caras. Su construcción requería fabricar varias piezas que debían encajar perfectamente unas con otra: el casco propiamente dicho, obtenido por lo general de una sola pieza, el crestón, la visera, que junto al crestón eran soldadas por caldeo o remachadas al casco, y las yugulares con sus correspondientes juegos de bisagras. Esto se traducía en un yelmo que obviamente no todos los infantes podían permitirse, y aún queda una última pega: un infante con una borgoñota lo tenía chungo para apuntar con un arcabuz porque la yugular le impedía apoyar la cara en la culata del arma. Como vemos, no todo eran ventajas.

Bien, habiendo usado la borgoñota para establecer comparaciones, pasemos al morrión, un chisme con una morfología bastante peculiar que, las cosas como son, lo hace bastante inusual. Tenemos un diseño con una forma por lo general ojival para desviar los golpes de las armas enemigas. Sobre el mismo solía llevar un crestón de refuerzo (o incluso tres, como explicamos antes), si bien este accesorio no siempre se usaba porque la misma forma de la calva ya resultaba lo bastante eficaz y así no se le aumentaba de peso. Finalmente, tenemos la parte más peculiar que lo hizo fácilmente distinguible: el ala o, usando la terminología de la época, la faldilla de montera. Aunque no lo parezca, cumple las mismas funciones que las yugulares de las borgoñotas ya que la parte más baja protegía el cuello. Su gran anchura lo mantenía a salvo de un tajo de espada o un mazazo. Su visera, igualmente ancha, actuaba de la misma forma que su competidora, y dejaba solo al aire la nuca. Y su forma curvilínea mejoraba el ángulo de visión hacia arriba sin por ello perder eficacia. Con un morrión, un infante apenas tendría que levantar la cabeza para ver a un jinete. Con una borgoñota lo tenía más difícil porque la visera quedaba situada justo encima de los ojos, y el cubrenucas le limitaba el movimiento en vertical a la cabeza.

Alguno pensará que, comparado con una borgoñota, ésta proporcionaba un nivel de protección muy superior, pero si lo analizamos despacio veremos que no había tanta diferencia, y que, por otro lado, el morrión incluso la superaba, y encima por un precio más asequible al tener menos piezas y, por ende, requerir menos mano de obra. Veamos el ejemplar de la derecha. Aunque lo habitual era sujetarlo con un simple barbuquejo de cuero abrochado bajo el mentón, las yugulares podían sustituirse fácilmente uniendo unas placas de acero a modo de cola de langosta, protegiendo así los lados de la cara de los golpes enemigos pero, al contrario que con las yugulares, sin limitar el movimiento de la cabeza ni la capacidad auditiva, de vital importancia para la infantería que debía estar atenta constantemente a las órdenes de sus mandos. Por otro lado, su morfología y la amplia faldilla desviaba fácilmente los tajos propinados de arriba abajo (véanse las flechas rojas), tanto de un combatiente a pie como del más peligroso para un infante: un jinete. Un reitre que, espada en mano, intentase finiquitar a un piquero, lo tenía bastante complicado: ni siquiera veía la cabeza y la cara de su enemigo, ambas protegidas por el casco y la faldilla. Si quería asestar un tajo en el cuello, la misma lo impedía, y si apuntaba al hombro, una gola detendría el filo de su espada. Y si optaba por una estocada, el coselete que protegía el tronco del infante no dejaría que la punta lo traspase de lado a lado. 

Resumiendo, nos encontramos con que, al igual que la borgoñota, la única zona vulnerable es la cara, y esta siempre y cuando sea atacada por otro infante, porque ya vemos que un jinete lo tenía complicado. ¿Y la nuca? Se olvida vuecé de la nuca... No, no me olvido. Pero piensen que en un cuadro de picas, ¿de dónde provienen los tajos, cuchilladas y disparos? Del frente, nunca por detrás. Por lo tanto, un infante con su morrión mantiene la cabeza a salvo de cualquier ataque. Ojo, cuando decimos "a salvo" no hablamos de un 100% de protección, porque eso no existe ni aún hoy día. Al decir "a salvo" nos referimos a un nivel de protección bastante elevado, y más si vemos el morrión en conjunto, sin reparar en que su peculiar diseño daba mucho más de sí de lo que se suele pensar. Observen los probos recreacionistas de la izquierda. Salvo brazos y piernas, la única forma de ofenderlos sería asestándoles una cuchillada en plena jeta con una espada o una pica. Nadie era totalmente invulnerable, ni siquiera los caballeros armados con arneses que costaban un pastizal e incluso estaban fabricados a prueba, capaces de resistir un disparo de arcabuz. Pero nadie lo libraría de ver como un simple peón lo escabechaba metiéndole un puntazo en un ojo a través del visor, por lo que su onerosa armadura no lo habría librado de pasar del Más Acá al Más Allá tras haber sido desmontado o su montura muerta en batalla.

Ilustración de Ángel
García Pinto
Pero, como ya adelantamos al inicio del articulillo, el morrión permitía a los ballesteros y arcabuceros combatir con la cabeza protegida sin verse limitados por las yugulares de una borgoñota, para no hablar de otros tipos de yelmos cerrados.  Usando solo un barbuquejo convencional, podría apoyar la culata del arma en la mejilla como hoy día hace cualquier combatiente con su fusil de asalto y su casco puesto. Este detalle también favoreció la popularidad del morrión, quedando la borgoñota limitada a los mandos de los tercios y, en un momento dado, a los rodeleros que se infiltraban entre las filas de piqueros enemigos para acuchillarlos bonitamente. 

Concluyendo: el morrión proporcionaba una muy buena protección en cabeza, cuello y, en el caso de enfrentarse con jinetes, la cara. Y no por llevarla cubierta, sino porque esta quedaba fuera del ángulo de visión de un fulano que iba aupado en un penco de buena alzada. Además, no limitaba la capacidad auditiva del soldado y no restaba capacidad de movimiento, teniendo libertad para girar la cabeza en cualquier dirección. Como complemento, disponían de la gola para defender el cuello y los hombros, y en los casos de morriones de postín forjados para personajes de fuste, pues los fabricaban a prueba por si algún malvado arcabucero pretendía volarles la sesera. La gola, que pueden ver en la foto del párrafo siguiente, era un pequeño peto que cubría las partes superiores del pecho y la espalda. En algunos casos estaban formadas por una sola pieza, y en otros por launas superpuestas. Era el sustituto de los antiguos almófares de malla, y proporcionaban una espléndida protección, especialmente en el cuello, contra las armas de filo. Se podía usar como complemento del coselete o, si el presupuesto no daba para más, pues para al menos proteger el cuello, los hombros y el músculo cardíaco. 

Gola
A modo de colofón, y aparte del somero análisis realizado para que puedan apabullar a sus cuñados, hay un argumento definitivo: si los ejércitos de la nación que dominó el mundo se pasearon por los cinco continentes con ese trasto en la cabeza es porque su rendimiento era óptimo. De lo contrario, es seguro que habrían adoptado cualquier otro modelo. Pero, sin embargo, el morrión permaneció en servicio unos 150 años, y fue eliminado cuando la masificación de las armas de fuego en los campos de batalla hicieron inservibles las protecciones metálicas que durante siglos habían salvado los pellejos de los probos homicidas de la época. Se generalizó el uso de los chambergos (con o sin secretos), y hasta los coseletes fueron arrumbados porque ya no podían detener una bala de mosquete. Las nuevas armas cambiaron para siempre los campos de batalla, pero mientras estuvieron activos, la silueta de los morriones españoles hacía temblar a los enemigos del Imperio, que sabían que sus portadores eran especialmente diestros a la hora de sembrar muerte y destrucción + IVA.

En fin, ya'tá

Hale he dicho

Observen lo morriones de esos piqueros, y pregúntense cómo leches un jinete podía herirlos en la cabeza a golpes de espada

sábado, 28 de diciembre de 2019

Yelmos de colmillos de jabalí


Un tripulante de un carro de guerra con una panoplia similar a la de Dendra se dispone a subir a su vehículo. Tanto él como
el conductor y los infantes que aparecen al fondo protegen sus valiosos cráneos con yelmos de colmillos de jabalí

Como complemento al artículo que dedicamos a la armadura de Dendra y para dar término a la segunda década del siglo XXI (carajo, el tiempo vuela, etc.), hoy toca el complemento del armatoste micénico: el yelmo, concretamente esos peculiares cubrecabezas forrados con láminas de los colmillos de esos feroces suidos que, cuando se ven acorralados, tienen más peligro que un político sin tener ya dónde meter mano. Bueno, a lo que vamos...

Como algunos ya sabrán pero muchos no tendrán ni idea, esta peculiar tipología tuvo bastante profusión en el mundo micénico, concretamente entre los años 1600 y 1300 a.C., siendo su época de mayor esplendor hacia los años 1550-1500 a.C. si bien estas fechas está basadas en los restos hallados hasta nuestros días, por lo que esta datación es susceptible de variar si aparece algún ejemplar o parte del mismo que nos permita ampliar su vida operativa. No obstante, estos probos ciudadanos se preocuparon de legarnos abundantes representaciones gráficas de sus panoplias, algunas de periodos tan lejanos como el tercer milenio antes de los días de Cristo. Un ejemplo lo tenemos en esas dos estatuillas que vemos a la derecha, datadas entre el 3200 y el 2800 a.C. y procedentes de Plastiras y Louros. Ambas van tocadas con un pilos, un casco cónico típico de los griegos que, según vemos, están divididos en franjas horizontales. Lo esquemático de la talla no nos permite saber cómo ni con qué material estaban fabricados si bien lo más probable es que se tratase de cuero o algún tejido, como el lino o el fieltro pero, al menos, nos da la certeza de que en esa época tan remota el yelmo ya formaba parte de la panoplia de lo guerreros egeos.

Por otro lado, no deja de ser curioso que recurrieran a forrar sus cascos con algo tan peculiar como los colmillos de un animal considerando que sus conocimientos metalúrgicos les permitirían fabricarlos del mismo bronce con que elaboraban sus armaduras, espadas o hachas. De todo ello quizás podamos colegir que el motivo no debía ser otro que marcar un estatus dentro del grupo, siendo exclusivos de los régulos tribales, la aristocracia local o, al menos, de los que disponían de medios económicos como para pagarlos ya que, por razones obvias, la elaboración de estas piezas debía ser bastante cara. Respecto a su origen, como no podía ser menos, hay teorías para todos los gustos. Algunos autores consideran que fueron introducidos en la zona de influencia egea por poblaciones que emigraron hacia la parte continental de Grecia procedentes del norte y el centro de Europa hacia el 1800 a.C., mientras que otros afirman que surgieron en Creta, y de ahí pasaron al continente. Un ejemplo que corroboraría esta teoría sería la pelekys (πέλεκυς, bipenne o hacha de doble filo) que hemos recreado en la ilustración de la izquierda y que corresponde a un ejemplar hallado en Knossos (Creta), datado entre el 1700 y el 1450 a.C. La pieza en cuestión lleva grabado en ambas caras un yelmo que inconfundiblemente es de colmillos de jabalí, rematado por un penacho circular de crin. Esta puede que sea la representación más antigua de este tipo de yelmos.

A partir de ahí las representaciones artísticas de estos yelmos, ko-ru en lengua micénica, son abundantes tanto en pinturas como cerámica y esculturas y, por supuesto, por la cantidad de colmillos aparecidos en ajuares funerarios. En el de Dendra concretamente había 50 láminas además de dos carrilleras de bronce. El motivo de que solo aparecieran estas piezas y no el yelmo completo es debido a que estaba casi en su totalidad fabricado con materiales perecederos, posiblemente cuero y/o lino o fieltro que, por razones obvias, desaparecieron hace la torta de años. Pero de eso hablaremos más adelante, cuando analicemos las distintas tipologías. La cuestión es que podemos tener la certeza, al menos de momento, de que el siglo XVII a.C. los yelmos de colmillos de jabalí se habían propagado por toda Grecia. Otro ejemplar, datable hacia el Heládico Tardío B (1300-1200 a.C.), es el que hemos recreado a la izquierda. Este casco aparece representado en una tumba en Spata, Ática, y tiene la peculiaridad de que las láminas de colmillos están colocadas en sentido vertical, cosidas sobre un casquete seguramente de cuero o fieltro. Este ejemplar es el yelmo de esta tipología más antiguo encontrado en la Grecia continental, lo que también ayudaría a desechar la teoría de su procedencia del centro o el norte de Europa. Si reparamos en las zonas que quedan al descubierto cualquiera se preguntaría acerca de la verdadera eficacia o utilidad de este aditamento dental, que deja mogollón de sitios donde hundir el filo de una pesada hacha o una espada, así que podemos seguir pensando que, como comentamos anteriormente, estos cascos estaban reservados a la élite tribal de turno. De hecho, los pequeños cuernos laterales, también fabricados con colmillos enteros, denotan que su dueño era alguien importante ya que estas culturas asociaban los cuernos, no a la falta de decencia de sus parientas, sino a la fuerza y el poder. En cuanto al remate superior, lo hemos recreado como un cono de bronce de donde seguramente emergería un penacho de crin para distinguirse en la batalla.

La difusión de estos yelmos debió ser tan notable como para figurar en papiros egipcios datados hacia el 1350 a.C. en cuyos fragmentos se aprecian guerreros aqueos cuyas cabezas se muestran cubiertas por yelmos cónicos de apariencia similar a los que estudiamos hoy, y hasta el mismo Homero hace referencia a que Ulises poseía uno de ellos cuando dice: 

"El Laertiada [Ulises el Laertiada. Es el patronímico usado por los aqueos por ser hijo de Laertes] puso en su cabeza un casco de piel revestido de correas por dentro y erizado por fuera con los blancos dientes de un jabalí y un mechón de cerdas hacia la mitad. Se apoderó Autolico de este casco en Eleón, forzando la sólida morada de Amintor Ormenida (...). Entonces, Ulises lo llevaba en la cabeza."

Debió dejar huella este casco ya que Homero, que vivió siglos más tarde, lo describe con tanta precisión. Este tipo de yelmo podría ser similar al que mostramos en la foto de la derecha. Se trata de una figura de marfil procedente de Micenas que representa la cabeza de un guerrero cubierto por un yelmo de colmillos datada hacia el siglo XIII a.C. 

Guerreros micénicos que aparecen en un fresco de la habitación Nº 5 de la
Casa Oeste de Akrotiri. Esta obra, datada hacia el 1600 a.C. muestra a
varios combatientes portando yelmos de colmillos adornados con penachos
de crin de caballo. Al parecer, representa una batalla entre estos y piratas
libios, a los que logran vencer
Observemos como por la parte trasera emergen del casco dos o tres filas de tiras de cuero que actúan como cubernucas, mientras que la parte superior de las mismas asoman por la coronilla anudadas con una cuerda o una tira de cuero (óvalo rojo). Las carrilleras están también cubiertas de colmillos, y lo que parece la oreja podría ser un añadido de marfil para darle un acabado más lujoso a la pieza. Según d'Amato, este yelmo estaría inspirado posiblemente en alguno procedente de Mariupol, en Ucrania, donde aparecieron varios colmillos que pudieron ser usados como refuerzo para un casco y que fueron datados hacia el 2000 a.C., lo que nos llevaría a la teoría de su origen del interior de Europa. Pero, al menos en lo que a mí respecta y por pura probabilidad, si solo han aparecido colmillos en un determinado lugar del continente mientras que en la zona del Egeo hay multitud de testimonios de todo tipo, pienso que es más lógico que esos colmillos, caso de haber pertenecido a un yelmo, fueran de uno que viajó a Ucrania, no al  revés. En la foto inferior podemos ver otros ejemplares similares de procedencia micénica

De izquierda a derecha: cabeza de marfil procedente de Micenas. Centro: cabeza de marfil procedente de Spata, Ática. Derecha: Cabeza de marfil procedente de Phylaki Apokoronou, Chania

En cualquier caso, la conocida reconstrucción realizada por Connolly debió salir de estos ejemplares por sus más que evidentes coincidencias. Según nos muestra su recreación, el interior estaba formado por multitud de tiras de cuero superpuestas sobre una base de grueso  fieltro. En la parte superior vemos como están anudadas y con el añadido de la pieza de marfil o hueso que aparece en el detalle y que podría ser desde un simple remate decorativo a un soporte para un penacho. En cuanto a las láminas de colmillos, se alinean horizontalmente solapándose unas con otras y están cosidas con una banda de refuerzo de cuero. Según la curvatura natural de colmillo, vemos que se alternan de derecha a izquierda y viceversa entre unas y otras. Por detrás vemos como asoman las mismas tiras de cuero que conforman el interior del casco. Obviamente, esta pieza proporcionaría un nivel de protección aceptable pero, como comentábamos anteriormente, ¿no sería más barato y eficaz un yelmo de bronce o cobre al que, llegado el caso, se le podían añadir pequeñas placas de metal para hacerlo más resistente? En fin, es un misterio misterioso que, como ya se ha dicho, solo induce a pensar que estas virguerías estaban destinadas a los gerifaltes de turno para diferenciarse de los viles plebeyos porque, de hecho, se fabricaban yelmos metálicos y se sabe que eran contemporáneos a los de colmillos de jabalí, de modo que solo podemos reafirmarnos en que eran un artículo de lujo o para marcar un estatus personal. Veamos las tipologías más representativas:

A la derecha tenemos una recreación del casco perteneciente a la armadura de Dendra. Está compuesto por tres hileras de colmillos rematadas por una perilla formada por las tiras de cuero con que está fabricado y donde se ha fijado un penacho de crin de caballo. Es más que probable que las tiñeran de determinados colores ya que, como sabemos, estos aditamentos no solo estaban destinados a servir de adorno, sino también con fines identificativos. Como ya hemos comentado, en este caso las carrilleras eran de bronce y, conforme a los orificios que las circunvalan, no debían estar forradas de colmillos. Dichos orificios servían para fijar un forro interior de cuero y fieltro. Al final de las mismas vemos un cordón que, a modo de barbuquejo, permite unir el casco a la cabeza sin que salga disparado al primer golpe o la primera costalada que diese su dueño. En este caso, y conforme a algunas representaciones artísticas, se han omitido los faldoncillos de cuero que protegían la nuca.  

Este otro ejemplar está basado en la reconstrucción de Connolly. Se compone de cuatro hileras alternas de colmillos con las carrilleras también forradas con el mismo material. En este caso hemos embutido el penacho de crin en una boquilla de bronce en la que también podría fijarse el penacho circular característico de los micénicos. Por detrás vemos las tiras de cuero que caen sobre la nuca del combatiente. Conviene reparar en un detalle, y es que la anchura y el largo de cada lámina variaba conforme las hileras se añadían de abajo hacia arriba, lo que indicaría que recurrían a colmillos de distinto tamaño según el lugar donde irían colocados, pero ese tema lo dejamos para el final del artículo. Por lo demás, el sistema de construcción es el mismo que en los demás ejemplares mostrados hasta ahora, uniendo las hileras de colmillos al armazón del casco mediante una sólida costura y un dobladillo de cuero. No he podido obtener datos acerca de su peso, pero por la cantidad de material que requerían no debían ser piezas precisamente livianas.

Por último mostramos la tipología más básica, similar a los guerreros del fresco de Akrotiri. Es un casco similar al anterior pero desprovisto de carrilleras, que obviamente encarecerían el precio de la pieza. Básicamente era el típico pilos de los aqueos, pero con el forro de colmillos. Para fijarlo a la cabeza lleva un barbuquejo formado por una tira de cuero, y está desprovisto de penacho. En este caso podría usar un aplique de marfil o hueso como el que hemos mostrado en la reconstrucción de Connolly o bien una pequeña perilla del mismo material o de bronce, como aparece en algunos fragmentos cerámicos donde se pueden ver este tipo de cascos. Podrían ser para los ricos menos ricos o tal vez para guerreros más notables pero sin llegar a las clases aristocráticas. Por desgracia, y a pesar de la cantidad de información gráfica que nos ha llegado, han omitido un manual de instrucciones para estos puñeteros cascos y la forma concreta de distinguirse unos de otros conforme a su rango. Bien, con los ejemplos que se han mostrado ya podemos hacernos una idea acerca del origen, datación, aspecto y la forma de construir los yelmos de colmillos de jabalí. Con esto es con lo que las fuentes consultadas suelen acabar la información respecto a los mismos, pero omiten un detalle que considero es de bastante importancia. ¿Cómo y de qué forma aprovechaban la materia prima para fabricarlos, o sea los colmillos de jabalí? Esto, aunque suele ser pasado por alto, tiene más enjundia de lo que parece.

Por lo general, se considera que eran necesarios entre 20 y 40 jabalíes para elaborar un casco. Esto nos da entre 40 y 80 colmillos, pero en modo alguno podría sacarse más de una lámina de cada pieza. Veamos por qué. Como vemos en la foto de la izquierda, la sección del colmillo es triangular, siendo la cara más plana la que queda mirando hacia el interior de la boca y, por otro lado, carecen de raíz. De hecho, una parte de los mismos está hueca, quedando fijados a la mandíbula mediante una poderosa encía. Por otro lado, el extremo del colmillo sería inservible ya que es la parte que se afila chasqueando contra las amoladeras, o sea, los colmillos superiores. Este "auto-desgaste" no solo impide que les crezcan hasta que se les claven en la jeta, sino que los afila como navajas. Un gañafón de uno de estos temibles bichos abre en canal a un perro, y de eso puedo dar fe sobradamente porque he visto montones de veces como un cochino aculado contra un terraplén o una roca ha liquidado a una rehala entera (lo más que he visto han sido 18 perros de una tacada). Por lo tanto, de cada colmillo solo podríamos aprovechar el tramo comprendido entre la líneas azules aproximadamente, y de ese tramo solo podríamos sacar una lámina porque de intentar obtener más serían demasiado estrechas.

Salvo que en Grecia hubiese en aquellos tiempos un subtipo de suido con unas defensas mucho más anchas de los que vemos hoy día en la Península, un colmillo de buen tamaño no tiene más allá de un par de centímetros por su base, y debemos tener en cuenta que se estrechan hacia arriba hasta terminar en punta. Bien, a la derecha tenemos los colmillos y las amoladeras, que por cierto podrían ser usadas para la hilera superior de uno de estos cascos. De hecho, son más gruesas que los colmillos y puede que incluso pudieran obtenerse dos láminas de cada una de ellas. Así pues, y dando por sentado que sólo aprovechaban la dentadura de cochinos provistos de una boca suntuaria, tenemos que si las láminas se solapaban aunque fuera solo 3 mm. tenemos que la superficie útil de un colmillo de postín sería de 17 mm. por la base. Por lo tanto, vamos a dar una media generosa de 14 mm. aprovechables para los colmillos que formaban las tres o cuatro primeras hileras, dejando la última para las amoladeras y, por lo tanto, no quedan de momento incluidas en la cuenta de piezas necesarias para forrar el casco ya que forman parte de la dentadura disponible.

Recuperemos el cabezón ebúrneo del guerrero micénico que vimos antes. Contando solo las tres primeras hiladas y dejando las dos últimas para las amoladeras, tenemos 36 láminas a la vista, que multiplicadas por dos serían 72. A eso, añadir las que no se aprecian en la frente y la nuca. Añadamos 8 por hilera, cuatro delante y cuatro detrás, por lo que sumarían un total de 88 láminas. A esta cifra tenemos que añadir las de las carrilleras, que por ser más cortas vamos a conceder que salen dos por colmillo. Serían 46 por carrillera, que divididas entre dos nos dan 23 colmillos, que a su vez sumamos a los 23 de la otra carrillera por lo que tenemos un total de 46 colmillos. Así pues, sumando las 88 del casco más las 46 de las carrilleras hacen un total de 134 colmillos. Considerando que cada animal tiene dos, pues necesitaríamos 67 de ellos para elaborar ese casco y, repito, las dos últimas hileras las hemos sacado de las amoladeras, por lo que no cuentan. Esta cifra queda un poco lejos de los "20 o 40" que se suelen citar, ¿no? Porque con 20 jabalíes tendríamos solo 40 láminas, por lo que la anchura del colmillo debería ser bestial. Pero lo que reflejan las estatuillas que hemos mostrado no indican nada de jabalíes enormes, sino más o menos similares a los actuales. Vuelvan a echar un vistazo a los tres cabezones en blanco y negro de antes y podrán corroborarlo. Sea como fuere, me atrevería a asegurar que, en algunos casos, el número de animales necesarios para un yelmo de postín (a más lujo más espesor y, por ende, más cantidad) podría acercarse sin problemas al centenar. Ojo, y esta cifra, repito, dando por sentado que las dos últimas hiladas se obtenían de las amoladeras, porque de no ser así la cifra aumentaría al menos en un par de decenas más.

Puede que alguien piense que esa cifra puede estar basada en réplicas actuales como la que vemos en la foto de la derecha, donde se pueden apreciar unos supuestos colmillos de una anchura notable. Las tres primera hileras arrojan un total de 82  piezas que, una vez más siendo generosos, subiremos solo a 90 para añadir las que quedan fuera de encuadre. Eso nos da un total de 45 animales sin contar la hilera superior, e ignoro si lo que vemos son verdaderos colmillos de jabalí o más bien son láminas de hueso. Y lo dudo por una razón bastante simple. Ignoro la procedencia de esa réplica, pero aquí en España solo los colmillos para elaborarla costarían un riñón, y eso si uno encuentra quien se los venda ya que son un preciado trofeo de caza mayor del que nadie se desprende así como así. En todo caso, y aún dando por bueno que sean colmillos auténticos de cochinos con bocas especialmente descomunales, hablamos de 45 animales mínimo. En resumen, que lo del "20 a 40" es más que cuestionable hasta para un cuñado que no sepa recitar de memoria la tabla de multiplicar del 1.

Por lo demás, la elaboración de las láminas no tenía ningún misterio salvo que sería una labor tediosa a más no poder. Primeramente seleccionarían los colmillos en función de su anchura para posicionarlos según la misma: los más anchos abajo y los más estrechos arriba. A continuación sacarían la lámina, imagino que usando algún tipo de matriz para cortarlas todas con el mismo espesor. Una vez cortadas, solo había que taladrarlas y pulirlas frotando con arena muy fina hasta obtener el resultado requerido. Por último, coserlas al armazón de cuero del casco y santas pascuas. Obviamente, la reparación y/o sustitución de piezas dañadas tenía el mismo proceso que una armadura de escamas: bastaba eliminar la lámina rota y sustituirla por una nueva. 

Bueno, criaturas, con esto concluimos la entrada y el año. Espero que les resulte de interés y no olviden activar las minas Claymore del recibidor de casa la tarde del 31, que los cuñados y la familia política en general aprovechan esos días señalados para saquear de forma inmisericorde las despensas, trincar los langostinos más gordos y no lo dejan a uno ni probar las deleitosas hojaldrinas de Rute que son digna de mesa pontificia.

AVE ATQVE VALE

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

La armadura de Dendra

Escudos de torre

Carros de guerra micénicos. Los tripulantes

Carros de guerra micénicos

Tres reconstrucciones basadas en restos hallados en ajuares funerarios

jueves, 19 de diciembre de 2019

La armadura de Dendra




Al hilo de la entrada anterior, dedicada a la LORICA SEGMENTATA, pusimos como ejemplo de primitiva armadura de placas la famosa panoplia de Dendra, una peculiar pieza de bronce bastante conocida por lo general en cuanto a su existencia, pero ya no tanto en sus detalles, uso táctico, etc. Así pues, y ya que hace tiempo que no dedicamos nada al armamento del mundo griego, abriremos un paréntesis para dedicar un artículo a esta armadura que, por si no lo saben, es el ejemplar completo más antiguo hallado hasta ahora. 

La necrópolis de Dendra está situada cerca de la población homónima, en la Argólida, una región situada al este del Peloponeso. Las excavaciones de Dendra no son cosa de hace dos días ya que a lo largo de la primera mitad del siglo XX el arqueólogo sueco Axel Waldemar Persson anduvo por allí bicheando tumbas y buscando afanosamente los orígenes del sistema Lineal B, una escritura silábica usada por los micénicos considerada como la forma más arcaica del griego datada hacia mediados del siglo XV a.C. La necrópolis estaba formada por thóloi (Θόλοι en singular tholos, Θόλος), una tipología de tumba habitual en la zona formada por una cámara precedida de un largo pasillo o dromos. La cámara, de planta circular y con una falsa bóveda ojival, era el lugar de reposo del probo régulo tribal de turno donde sus deudos lo depositaban junto al correspondiente ajuar funerario compuesto ante todo por sus armas, así como de objetos y enseres que le harían falta para la vida de ultratumba: dinero, perfumes, utillaje doméstico, etc. Este tipo de enterramiento debió extenderse por la ribera mediterránea ya que en España hay ejemplos de thóloi repartidos por nuestra geografía, y por su costosa fabricación podemos dar por sentado que solo se usaban para personajes de cierto rango. A los pelagatos y a los cuñados lo tirarían en cualquier hoyo y santas pascuas.

Aspecto de la cámara con el ajuar aún intacto
Persson palmó en 1951, pero las excavaciones en Dendra prosiguieron de la mano de su paisano Paul Åström con la colaboración de arqueólogos griegos. Así, en mayo de 1960 apareció una peculiar tumba catalogada como la número 12 que, contrariamente a las habituales en la necrópolis, no tenía su acceso a través del dromos habitual, sino que se accedía a la cámara mediante un pozo. La cúpula se había colapsado en algún momento de la historia, pero una vez despejada la cámara dieron con la que sería hasta el día de hoy la armadura completa más antigua del mundo. Imagino que debió ponerse sumamente contentito y dedicar horas, meses y lustros a investigar a fondo el hallazgo, porque tardó nada menos que 17 años en publicar el informe pertinente sobre la dichosa tumba en 1977.

El acceso a la Tumba 12
Además de la armadura apareció una carrillera de bronce procedente de un yelmo de colmillos de jabalí, un puñal con la hoja de un solo fijo, dos remaches de bronce pertenecientes a una espada de la que no quedaba ni rastro, restos de un material indefinible que consideraron eran de un carcaj y esa especie de bandeja con dos asas que tampoco está nada claro qué era y para qué servía. Y, naturalmente, la osamenta del inquilino de la tumba, un sujeto esbelto y fibroso al que se le calcula una estatura de 1,75 metros y un peso de unos 60-65 kilos. Como tantos guerreros de su época, a pesar de no ser una mole musculosa debía ser fuerte, resistente y extremadamente ágil para usar semejante trasto sin caer agotado a los dos minutos. Ojo, este tipo de armadura no fue una pieza única ni mucho menos, sino solo la que apareció completa porque, de hecho, en otras nueve tumbas se encontraron piezas similares sueltas. Esto indica que estas peculiares armaduras eran de uso común en el mundo micénico entre los siglos XVI y XV a.C. independientemente de que por su elevado costo estuvieran reservadas a ciudadanos económicamente desahogados, o sea, con el riñón bien cubierto. Cuando se procedió a la reconstrucción de la armadura surgieron, como está mandado las teorías más variopintas acerca de su uso y, como no podía ser menos, cada estudioso en la materia ha defendido con furia visigoda sus ideas. Obviamente, es muy difícil saber cuál es la que más se acerca a la verdad, pero con un poco de sentido común, que como decía mi venerable abuelo es el menos común de los sentidos, al menos intentaremos aproximarnos a su empleo en el campo de batalla.

Réplica actual
La armadura se compone de quince piezas que, a la vista de las perforaciones que muestra en cada una de ellas, estaban unidas y articuladas entre sí mediante correas de cuero. Además, aparecieron dos grebas y dos guardabrazos. Todo el conjunto está fabricado con bronce, una aleación de cobre y estaño que, en esa época, solía contener entre un 8 y un 10% de este último metal. A más estaño, más dureza. La chapa de la armadura tiene un grosor medio de 1 mm., un poco menos en algunas zonas, por lo que es más que probable que en su época dorada fuese algo más gruesa. El constante pulido durante su vida operativa- un guerrero debía ir brillante como una patena a la batalla- más la corrosión deben haberle hecho perder algo de espesor, por lo que las recreaciones modernas se han hecho con una chapa de alrededor de 1,2/1,3 mm. Estas dos o tres décimas, que aparentemente pueden resultar insignificantes, supone un aumento de peso notable, desde los 18 kilos de la armadura original a los 25 de una réplica moderna. El interior debía estar enteramente cubierto con un forro textil, seguramente el lino al que tan aficionados eran los aqueos, o de cuero, formando un reborde en todas las piezas para proteger de roces y cortes. Veamos con detalle cada una de sus partes...

La coraza o thōrāx. Se compone de dos piezas, peto y espaldar. El peto lo forma una lámina fabricada de una sola pieza con una pequeña gorguera. Como podemos apreciar, todo su interior está forrado con textil o cuero, rebordeado y cosido por todo el contorno. En la figura A podemos ver el sistema de cierre para unir el peto al espaldar. Según Connolly constaba de unas pequeñas argollas fijadas mediante remaches, una al costado derecho y dos en los hombros, una a cada lado. Estas argollas pasaban por unos huecos ad hoc en el espaldar, donde serían fijadas mediante un cordón o algún pasador cuyo posible aspecto desconocemos. En la figuba B podemos ver el costado izquierdo con una charnela formada por tres alambres de bronce o cobre que unían peto y espaldar, permitiendo un pequeño giro, lo suficiente para introducir el cuerpo. Los orificios que se aprecian en la parte inferior eran simplemente para unir el peto al faldón mediante tiras de cuero.

El espaldar era una pieza similar pero un poco más larga. Mientras el peto llegaba aproximadamente a la altura del ombligo, el espaldar cubría la zona lumbar. Esto no tenía otra finalidad que permitir cierta capacidad para inclinarse hacia adelante, aunque embutido en ese chisme no debía ser precisamente fácil. En la figura A vemos el espaldar completo con el resalte que lo prolonga hasta donde la espalda pierde su casto nombre, vulgo culo. Las flechas marcan las hendiduras por donde se introducían las anillas de fijación del peto. En la figura B tenemos ambas piezas sobrepuestas con el aspecto aproximado que tendrían una vez colocadas sobre el cuerpo. Obsérvese el amplio hueco disponible para los brazos, lo que hace suponer que los usuario de estas armaduras disponían al menos de un buen nivel de movilidad en los mismos. 

La gorguera o perilaimio. La coraza estaba remada por su parte superior por una enorme gorguera formada por una sola pieza doblada y remachada en el lado derecho. Al igual que las demás piezas, el interior estaba forrado y rebordeado para evitar roces. Esta pieza carecía al parecer de sujeción por lo que cualquier movimiento brusco suponía un golpe en la cara o la nuca. Además, debía colocarse después de ponerse el yelmo ya que no dejaba espacio para anudar el barbuquejo bajo el mentón. Aunque pueda parecer una pieza de poca relevancia salvo por el hecho de que protegía el cuello y la parte inferior de la cara de su usuario, revela un detalle que algunos autores parecen pasar por alto: esta gorguera limitaba enormemente la visión hacia abajo, sobre todo lo que estaba cerca del combatiente con el obvio riesgo que entrañaba. ¿Qué quiere decir esto? Pues que aunque algunos consideran que esta armadura era válida para combatir a pie, su empleo lógico no era ese precisamente por la limitación visual. Una simple piedra o desnivel del suelo que pasase desapercibido bastaría para darse una costalada y acabar convertido en comida para gatos a manos de los enemigos. Pero dejemos este tema de momento hasta que llegue la hora de las conclusiones finales porque aún no está todo dicho al respecto.

Las hombreras o guala. Son unas piezas perfectamente moldeadas y complejas de fabricar, lo que denota el nivel tecnológico alcanzado en la época. Cada hombrera estaba compuesta por tres piezas: una (fig. A) que cubría el hombro y quedaba unida a la coraza mediante la correspondiente lazada de cuero, y dos secundarias. La B estaba formada por un triángulo y su misión era la misma que la de los varaescudos de las armaduras góticas fabricadas 30 siglos más tarde: cubrir la axila del combatiente cuando subía el brazo para golpear con su espada o arrojar la lanza. El hueco que quedaría entre el peto y la pieza A sería cubierto por este pequeño pero importante triángulo de bronce. Finalmente tenemos la pieza C que, como en el caso de la LORICA SEGMENTATA, era una simple prolongación móvil de la hombrera para proteger la parte superior del brazo. Por último, cabe señalar la pequeña anilla que sobresale de la hombrera. Se desconoce su utilidad aunque la opinión más extendida es que servía para fijar la correa del tahalí de donde pendía la espada. Solo aparece en la hombrera derecha ya que, en este caso, la espada estaría situada en el costado izquierdo.

El faldón o mitrè. Está formado por dos mitades de tres piezas cada uno. La parte delantera cubre desde el bajo vientre hasta las rodillas, y la trasera es un poco más larga. La que vemos en el gráfico de la delantera. Como se puede apreciar, las tres partes se solapan de abajo arriba, lo que no es precisamente recomendable para deflectar golpes de espada, hoces, etc. Este es precisamente otro de los motivos por lo que, a pesar de las afirmaciones de algunos autores, hacen difícil comprender como un guerrero metido en ese tubo podía moverse con facilidad. Algunos podrían compararla con una armadura de tonelete renacentista, pero recordemos que el faldón de esas armaduras tenía una forma acampanada muy amplia que no estorbaba en absoluto para el combatiente a pie, aparte de que solo se usaban en justas, no en batalla. Por lo tanto, volvemos a plantear que la hipótesis más acertada es que la armadura de Dendra estaba concebida para un uso estático. Ojo, eso no quita que si no quedase otro remedio sería válida para luchar a pie, pero sería lo mismo que ponerse una armadura de tonelete para montar a caballo: un engorro.

Si observamos al probo ciudadano recreacionista de la foto, podemos ver que no sería precisamente fácil trotar con esa cosa golpeando las rodillas de forma constante. Según Howard, que es precisamente uno de los autores que defienden la teoría de que estas armaduras eran "todo uso", los cordones que hemos marcado con flechas rojas en la lámina anterior serían para regular la altura del faldón delantero, de forma que quedase por encima de las rodillas para poder correr pero, a pesar de todo, unas piezas de varios kilos oscilando y golpeando las piernas no eran lo más adecuado para ir a combatir. Connolly no solo no plantea sea opción, sino que da por sentado que la armadura de Dendra estaba destinada a un hombre que luchaba en un carro. Más aún, si observamos la posición del recreacionista, casi no quedarían dudas de que su forma de combatir era estática. Quizás luchase a pie amparado en la formidable protección que le brindaba la armadura, o quizás lo hiciese solo en su carro de guerra junto al conductor, que eso de ir a la guerra a pie siempre ha sido cosa de pobretones. En fin, las teorías están ahí, que cada cual coja la que prefiera. Prosigamos...

Las piezas complementarias eran las grebas (knèmides) y los guardabrazos (perikarpio). Ambas piezas, según manifestó Åström en su informe, estaban fabricadas con una chapa muy fina, "como de papel", lo que hace suponer que formaban parte de una protección más completa a base de textil o cuero. En la ilustración de la derecha hemos realizado una hipotética recreación de la greba- la del guardabrazo sería similar- en la que vemos la pantorrilla envuelta en una especie de polaina de lino sobre la que se fija la greba. Recordemos que el lino era empleado de forma profusa por los aqueos y demás pueblos de la zona y que su resistencia era notable cuando se unían varias capas del mismo. En el ajuar no aparecieron rastros de este tipo de protección, pero ante lo endeble de grebas y guardabrazos solo cabe plantear una opción similar salvo el caso de que fueran piezas destinadas exclusivamente a ornato, paradas militares y demás saraos para lucirse. Sea como fuere, y como el resto el conjunto, en este caso también tendremos de momento que ceñirnos a teorías.

¿Cuál es la válida? No se sabe y, salvo que aparezcan nuevos hallazgos que revelen alguna novedad, nos quedaremos como estamos. En lo que a mí respecta, me inclino casi sin dudarlo por la hipótesis de que los guerreros armados con estas armaduras estaban destinados a combatir desde un carro, una posición estática donde podía ofender al enemigo sin preocuparse de otra cosa más que ensartarlos como aceitunas de martini. Ellos eran prácticamente invulnerables, y salvo que el carro volcase podían pasearse impunemente por el campo de batalla. Incluso en el caso de que el conductor palmase siempre podía tomar las riendas y volver a sus líneas sin problemas. Otra opción, esta de cosecha propia, es que usasen los faldones para combatir en carro, mientras que para hacerlo a pie se despojasen de ellos ya que bastaría soltar los cordones de cuero para desprenderse de lo mismos. En todo caso, hay constancia es de que los tripulantes de carros hacían uso de armaduras. Las tabletas en Lineal B de Knossos muestran el suministro de al menos 36 corazas, incluyéndose además el número de carros con sus ruedas y caballos asignados. De esas 36 corazas, ocho estaban asignadas a razón de una por carro, lo que indica que el
Paul Aström (1929-2008)
conductor iba desarmado, mientras que se señala la existencia de dos unidades para 14 carros, por lo que ambos tripulantes iban protegidos si bien cabe suponer que el conductor usaría un modelo más ligero. Por lo tanto, el hecho de que al menos un tripulante de carro fuese fuertemente armado no debe ser desechado e, insistimos una vez más, los régulos y mandamases tenían el privilegio de luchar sobre ruedas, que se cansa uno menos y es no es tan peligroso como hacerlo pie en tierra.

Bueno, con esto creo que ya sabemos algo más sobre la peculiar armadura de Dendra. El casco lo dejamos para otro día, que mis odiosas cervicales están en franca rebelión.

Hale, he dicho