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miércoles, 27 de noviembre de 2024

BESTIARIO HERÁLDICO. EL CABALLO

 


Desde mucho antes de que Noé se sacara la maestría de armador por indicaciones de Yahvé, el caballo ya había sido domesticado por el hombre. Hace pues mogollón de tiempo que los homínidos aprendieron a someter a estas bestias para ponerlas a su servicio, independientemente de que hubiera un período inicial de aproximación en el que los equinos servían de alimento hasta que se percataron de que traía más cuenta usarlos para otros menesteres más provechosos que filetearlos. Se cree que la representación más antigua de un jinete aparece en el abrigo X la cueva de La Gasulla, en Castellón, del que podemos ver un calco en la ilustración de la derecha, pero muchos expertos opinan que se trata de una superposición de dos figuras, caballo y hombre, que aparentan lo que no es. 

La teoría que se acepta de forma mayoritaria es que la domesticación del caballo tuvo lugar hacia el 3500 a.C. en Shah Tepe, un yacimiento situado en la llanura de Gorgan, al nordeste de Irán y a unos 20 Km. al este del mar Caspio. Se supone que inicialmente fueron empleados como animales de tiro y carga para, posteriormente, hacerlos aptos para transportar un primate encima. Hablamos pues de que hace al menos unos 5.000 años, el caballo ya se usaba como transporte de personas y, por ende, como arma de guerra. Un penco ofrecía ventajas indudables: permitía viajar sin tener que caminar, permitía llevar la maleta sin tener que cargar con ella, permitía tener un campo de visión más amplio al circular desde una posición elevada, y en la guerra proporcionaba una posición dominante sobre el enemigo que luchaba a pie, aparte de contar con la ayuda extra que suponía el empuje de un bicho de varios cientos  de kilos que, si daban un topetazo al enemigo, lo mandaba al carajo. Está de más decir que la domesticación de caballos fue extendiéndose por todas partes, llegando a Hispania donde había gran abundancia de equinos salvajes. La figurita de bronce que vemos a la izquierda, conocida como el Guerrero de Moixent, representa precisamente a un jinete ibero cabalgando sobre su pequeño caballo. Fue hallada en La Bastida de los Alcuses, y salta a la vista de que se trata de un régulo tribal de cierta importancia.

Los belicosos habitantes de la Península no tardaron mucho en congraciarse con sus pencos, hasta el extremo de que en el Epítome XLIV de Justino nos informan de que EQVI ET ARMA SANGVINEM IPSORVM CARIORA (aman más a sus caballos y armas que a su propia sangre). Según Marcial, un poeta romano nacido en Bílbilis, la actual Calatayud, en el año 40, en el Libro XIII de sus Epigramas menciona a los asturcones, unos caballitos pequeños que eran fácilmente domesticables y que capturaban sin problemas para su empleo en trabajos rurales, transporte y demás labores propias de un animal doméstico. Sin embargo, para menesteres menos pacíficos preferían otra raza denominada por los naturales como thieldones, animales de más alzada que eran destinados a la guerra y a cazar. Los caballos alcanzaron tal predicamento entre los hispanos que los asimilaron hasta el tuétano en su cultura. Vemos caballos por todas partes: en fíbulas, en las empuñaduras de sus falcatas, en ajuares funerarios y en numerosos bajorrelieves, amuletos, figuritas y demás objetos. El caballo adquirió tal prestigio que acabó siendo el acompañante de las élites militares de las tribus, y su posesión eran símbolo de un elevado estatus social. De hecho, era habitual que, cuando un régulo palmaba, su penco predilecto fuese sacrificado para que lo acompañase en el más allá, acabando su osamenta mezclada en la tierra con la de su amo.

Con todo, parece ser que entre los hispanos el caballo no constituyó un arma de guerra en sí. Era empleado para llegar al campo de batalla, pero allí el jinete desmontaba y combatía a pie, procurando que a su amado penco no le ocurriera nada malo. Tras la batallita, pues lo usaban para volver victorioso o derrotado al terruño. Esto probaría hasta qué extremo eran apreciados estos animales. Por otro lado, los régulos formaban pequeños grupos de fieles guerreros, los llamados soldurios, nutridos por jóvenes a los que cedían uno de sus caballos para adiestrarlos en su manejo. De esta forma, crearon una élite militar ecuestre que, además, quedaba vinculada con ellos y los defenderían con sus  vidas si hiciese falta, lo que venía muy bien en batalla o cuando alguno de sus cuñados tramaba un complot para arrebatarles el poder por la vía de hechos consumados. En resumen, la presencia de los equinos en el mundo hispánico fue abrumadora, hasta el extremo de ser el protagonista de los reversos de muchas monedas iberas, como la que vemos a la izquierda. Se trata de un denario de plata acuñado en Bolskan, la actual Huesca. La imagen nos muestra a un guerrero a caballo armado con una lanza, muestra del poder del fulano bajo cuyo mandato se acuñó la moneda. La figura, por cierto, es muy similar a las de las monedas de 5 y 10 céntimos de tiempos del Caudillo, las famosas perras chicas y perras gordas que consistía precisamente en una copia de una de estas monedas.

Caballero villano
Bien, como hemos visto, la asimilación del caballo con el rango de un primate es más antiguo que los balcones de palo, y con la llegada de la Edad Media se acentuó aún más. La condición de caballero se ganaba precisamente por la posesión de un caballo, y entre plebeyos adinerados se creó la figura del caballero villano, lo que le daba un estatus social superior asimilable a la hidalguía, pero siempre y cuando pudieran seguir permitiéndose la posesión del penco. Si sus medios económicos menguaban y tenía que deshacerse de él, pues perdía su aspiración a elevar su clase social. Para demostrar que seguía siendo propietario del caballo tenía que acudir todos los años a un alarde donde mostraba al personal su penco, y esta condición era incluso hereditaria. Muchos miembros de esta caballería villana pudieron con los años y la fuerza de sus brazos acabar formando parte de la baja nobleza, obtenida por la simple posesión de un caballo. Acabaron siendo los llamados caballeros cuantiosos, uniéndose así a la hidalguía y, con ello, a la posesión de un escudo de armas, por el que ya sabemos que, en aquella época, el personal vendía a sus cuñados y suegras en los mercados de esclavos.

Este introito equino nos bastará para comprender la importancia del caballo en la heráldica, donde ocupa el quinto lugar tras el león, el águila, el lobo y el perro. La presencia de estos animales es mucho más frecuente en los blasones más añejos, precisamente por haber sido obtenidos por los caballeros cuantiosos que lograron ascender al estatus de la baja nobleza. Con todo, no fueron pocos los que, posteriormente, procuraron eliminar a estos nobles brutos de sus blasones, precisamente para borrar la huella de un linaje villano. 

En nuestra heráldica, el caballo se representa habitualmente de cuerpo entero, mirando hacia la derecha (recuerden, una vez más, que la posición de las figuras se describen como si uno estuviera dentro del escudo), sin que haya una preferencia concreta al esmalte. Pueden ir en gules, plata, etc., o incluso al natural. Una forma de sustituir el caballo era recurrir a figuras relacionadas con el mismo, como las espuelas, las rodajas de las mismas o las herraduras. Ojo, en este caso hay que especificar que no debemos confundirnos cuando hablemos de armas parlantes, uséase, escudos cuyas figuras se asemejen o tengan relación con el apellido, en este caso Herrera o Herrero. De lo contrario, pueden ser perfectamente asimilados a atributos del caballo. Un ejemplo lo tenemos en el blasón de la izquierda, correspondiente a uno de los linajes orensanos de los Puga. La descripción sería: Cuartelado, 1º y 4º de plata con una espuela de azur; 2º y 3º de plata con una caldera de sable. En este caso, podríamos hablar de un caballero cuantioso que obtuvo medios de fortuna como para levantar en armas a una mesnada propia, lo que nos es indicado por las calderas.




Otro ejemplo de blasones con figuras asimiladas al caballo lo podemos ver a la derecha. En este caso se trata del linaje gallego de García de Couto, que podemos describir como: De sinople, cinco herraduras de oro en sotuer. Como vemos, de este modo podía disimularse bastante bien la ascendencia villana, trocando pencos de cuantiosos con herraduras que podrían ser atribuidas a otros hechos.









Pero, volviendo al protagonista cárnico de este articulillo, vayamos a las diferentes formas de presentar el caballo como bestia heráldica. En este caso tenemos un caballo trotante, uséase, con una pata levantada, en actitud de trotar. Menos frecuente es ver caballos galopantes, aplomados o alberados, es decir, galopando, con las cuatro patas apoyadas en el suelo o levantado de manos. En este último caso, si además apareciese coceando con las traseras hablaríamos  de un caballo encabritado
 Mucho menos frecuente es verlos pastando o sedentes, o sea, con las ancas traseras en el suelo. Sentados, vaya. Muy raros son, por el contrario, blasones en los que aparezcan partes del cuerpo del caballo, concretamente las cabezas. Por contra, en la heráldica europea, sobre todo la alemana, suelen ser más frecuentes, especialmente como decoración para las cimeras. Por lo demás, en este caso vemos al animal desprovisto de arreos, lo que indica libertad. Este blasón pertenece a un linaje de los Bernal, y podemos describirlo como: De gules, un caballo trotante de plata. Al no indicar lo contrario, ojos, cascos y crines también deberán ir con ese esmalte ya que, de lo contrario, se especificaría que debe estar animado, bien al natural o concretando el color de cada parte. 

La otra forma de presentar a los equinos es con sus arreos, o sea, ensillados y embridados. También pueden presentarse cinchados, es decir, solo con la cincha ciñendo el cuerpo, siendo esta de distinto color. Y también embardados, uséase, con la armadura típica de estos bichos, o engualdrapados, que eran los caparazones de tela decorados con los blasones de sus propietarios para ser fácilmente identificados en el campo de batalla. A la derecha tenemos un ejemplo de lo dicho, correspondiente a un linaje de los González de Cossío. Sus armas son: De sinople, un caballo alberado de plata, embridado, ensillado y cinchado, uséase, con los arreos al completo. Al no especificarse el color de los mismos, queda al arbitrio del ilustrador, yo en este caso, darles el color que estime oportuno. Por ello, he decorado las partes de cuero con rojo, la silla en su color natural, y el bocado y los pinjantes de oro.

Para concluir, nos detendremos en la combinación de caballo más jinete, que supone la mitad de las figuras que aparecen en los blasones equinos. Obviamente, aquí tenemos al caballero cuantioso que, con su inestimable penco, arremete contra los enemigos para convertirlos en brochetas con su lanza. Ponemos como ejemplo este blasón de un linaje de los Arrojo de Aragón que traen: De oro, y en punta, ondas de agua azur y plata; en el centro de estas ondas , una peña, y en ella un caballo chorreando agua, como si acabase de salir de ella, y un caballero con armadura de sable y una lanza en la mano diestra. 
Solo restaría mencionar a los caballos fantásticos, como los unicornios o los Pegasos, pero estos son bastante raritos en la Heráldica hispana, siendo muy escasos los blasones donde aparecen y que, por razones obvias, no tienen nada que ver con los linajes añejos de los caballeros cuantiosos, a quienes se atribuyen la mayor parte de blasones caballunos. Por cierto, debemos mencionar también los escudos donde aparecen San Jorge matando al dragón o a Sancti Yago matando agarenos, pero en este caso tampoco tienen nada que ver con blasones familiares por lo general, siendo mucho más frecuentes en los de corporaciones municipales, sobre todo las que ostentan como santo patrono a estos dos ignotos ciudadanos. Ya saben que la misma Iglesia tachó al tal Jorge de la lista de santos comprobados, aunque se permitió la consecución de su culto "por tradición". En cuanto a Yago, pues más o menos lo mismo. No hay una sola prueba que demuestre que vino en patera a la Península.

Bueno, bichos, con esto concluimos tras dos meses de inactividad. Ya saben que los cambios de estación me sientan como una coz en el bazo, mis cefaleas alcanzan cotas dignas de erupciones volcánicas y, en resumen, me quedo hecho una birria hasta que logro nivelar mi delicado biorritmo.

Hora de merendar. Condió.

Hale, he dicho

domingo, 4 de agosto de 2024

BESTIARIO HERÁLDICO. EL JABALÍ

 


Por si alguien lo duda, ahí tienen un ejemplo de lo que puede
hacer un jabalí. Si en vez de en el culo te lo hace en la barriga o
te secciona la femoral puede dejarte listo de papeles allí mismo

Otra de las fieras más destacadas dentro del bestiario heráldico es el jabalí. Desde tiempos muy remotos ya se le consideraba como un enemigo temible, poseído de una fuerza y una agresividad que, posiblemente, los que no lo hayan visto nunca en su ambiente natural no lo lleguen a imaginar siquiera. Los que hayan practicado la caza mayor sabrán de lo que hablo, y no son raras las monterías en las que no acaban con varios perros heridos o muertos, e incluso más de un rehalero se ha ido a su casa con un costurón producido por las terroríficas defensas de estos animales. Están afiladas como navajas, pueden abrir en canal a un perro grande con la fuerza de su poderoso cuello, y su increíble agilidad, sus reflejos y su velocidad a pesar de su rechoncho aspecto hacen muy difícil esquivar uno se sus ataques. Porque el jabalí no le teme a nada. Se abalanza ciegamente contra sus enemigos sin dudarlo, y cuando se ve acorralado se convierte en un auténtico demonio. Yo he llegado a presenciar como uno de estos bichos despachó de una tacada un rehala de 18 perros, dejando solo dos vivos y maltrechos que hubo que llevar al veterinario de Aroche a que gastara hilo en cantidad para recomponerlos.

Según Cirlot, el jabalí es "símbolo de la intrepidez, y del arrojo irracional hasta el suicidio (...) y el desenfreno", por lo que su inclusión en el bestiario heráldico estaba totalmente justificado si vemos su trayectoria a lo largo del tiempo, la cual expondremos en este

INTROITO

Bien, la cosa es que el jabalí ha sido desde hace miles de años una bestia envuelta en un halo de poder, hasta el extremo de que su caza suponía un trofeo superlativo. El que lograba darle muerte se veía recompensado con la transmisión de la bravura y la fuerza de este animalito. El jabalí vencido era todo un regalo para el clan, que aprovechaba la ocasión para ponerse como el quico con su sabrosa carne y, por supuesto, festejar al heroico cazador que se apropiaba de sus colmillos para hacer ostentación de que era un ciudadano cavernícola valeroso y chinchar largamente a sus timoratos y menguados cuñados. Esos colmillos, a modo de amuletos, le insuflarían todas las virtudes de la fiera, y advertiría al personal de que era un tipo bragado. Buena prueba de la admiración que sentían por el jabalí es el testimonio gráfico que vemos en la foto de la izquierda, donde aparece uno de ellos en el muestrario de bichos de las cuevas de Altamira. Por cierto que el fulano que lo pintó era un verdadero genio, plasmando de memoria la fisonomía del animal e incluso, como algunos sugieren, sus ocho patas pretendían reflejarlo en movimiento. 

El paso de los siglos no menguó el prestigio del jabalí, que siguió siendo una de las fieras más relevantes a la hora de iniciar a los jóvenes guerreros y como símbolo de las élites militares. Esto se traducía en que, el que no era capaz de hacer frente a un enorme suido provisto de dos mortíferas dagas en las fauces, era un cagueta indigno de figurar entre el rol de guerreros del clan, sería despreciado, sus novias los mandarían a paseo y se vería toda la vida bajo el estigma de la cobardía. 

Los probos imperialistas latinos también tenían claro que el jabalí era un bicho muy adecuado para usarlo como emblema de sus legiones, y dar así a entender a los enemigos que tenían muy mala leche y, además, un valor temerario. Hay constancia de tres de ellas que lo adoptaron para tal fin: la LEGIO I ITALICA, creada por el nefando Nerón en el 66, y que sirvió hasta principios del siglo V; la LEGIO X FRETENSIS, formada por Augusto hacia el 41 a.C. y cuya duración fue similar a la anterior. Su hecho de armas más notable fue su participación en el asedio de Masada, del que hablamos en su día. En la foto de la derecha pueden ver a un probo ciudadano recreacionista actuando como SIGNIFER de dicha legión. En el SIGNVM podemos ver el número de la misma y el fiero jabalí usado como emblema.

La tercera sería la LEGIO XX VALERIA VICTRIX, formada también por Augusto en la misma época que la FRETENSIS. Esta unidad, que sirvió en la Hispania, Germania y la Britania, permaneció en servicio hasta al menos finales del siglo III d.C. Un testimonio de su existencia y su emblema lo tenemos en la teja antefija de la izquierda, donde aparece el número de la unidad y el jabalí de lomo hirsuto debajo del mismo. Las antefijas eran unas piezas decorativas que se colocaban al final de las IMBRICIS del alero, las  tejas onduladas que cubrían las uniones entre las TEGULÆ para que no se colara el agua. Curiosamente, la forma de representar a este bicho no varió prácticamente nada cuando empezó a formar parte del bestiario heráldico: avanzando hacia el hipotético enemigo y con el lomo cubierto por una pelambre recia y erizada, que acojona más. FIN DEL INTROITO


Bien, creo que con lo dicho ponemos en contexto la relevancia del jabalí a lo largo del tiempo, y su especial significación de cara a simbolizar el valor temerario de los guerreros que lo usaban como emblema y hacían uso de sus cráneos y defensas como amuletos para que la bravura de estos animales les acompañasen en las situaciones en las que se requerían grandes dosis de testiculina. Y ojo, que por el hecho de que sus usuarios primigenios fuesen unos paganos de tomo y lomo, eso no quiere decir que los BELLATORES cristianos renunciaran a seguir haciendo uso del jabalí y toda su carga simbólica para dejar claro a propios y extraños que eran unos ciudadanos de armas tomar. Un magnífico ejemplo lo tenemos en el sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, ubicado en la iglesia de San Francisco, en Betanzos (La Coruña), que vemos sustentado por dos poderosas bestias heráldicas: a la izquierda, un jabalí, y a la derecha un oso, atributos, como ya sabemos, del valor, la fuerza y demás virtudes necesarias para asesinar ciudadanos con propiedad. Pero, además, en el lateral tenemos un interesante bajorrelieve que muestra una escena de caza en la que varios caballeros persiguen y lancean a un jabalí con la ayuda de una rehala. Y es que la caza de este animal, como miles de años antes, seguía siendo botón de muestra a la hora de dar testimonio de la bravura de cada cual, siendo una de las piezas venatorias predilectas de la nobleza de la época.

Y no solo era adoptado por nobles, sino también por monarcas como Ricardo III, el último Plantagenet, que ya lo incluyó en su estandarte cuando aún era duque de Gloucester. En la ilustración de la izquierda lo podemos ver en la batalla de Bosworth convirtiendo en aceituna de martini a Sir William Brandon, abanderado de Enrique Tudor, que se alzó en armas contra Ricardo para iniciar una nueva dinastía. Junto al monarca podemos ver a 
Sir Percival Thirlwall, que porta el estandarte real. En el mismo podemos ver la cruz de San Jorge, símbolo de Inglaterra, y su insignia personal, un jabalí de plata rodeado por las rosas blancas de la Casa de York. Esta batalla, que se saldó con la victoria del Tudor, dio término a la Guerra de las Rosas.

Sin embargo, y a pesar de su simbología tan potente, a comienzos del siglo XIII la Iglesia, que por aquel entonces tenía que ser el perejil de todas las salsas, la tomó con el jabalí de la misma forma que lo hizo con el oso, y de paradigma del guerrero que jamás retrocede ante nada ni nadie por chunga que esté la cosa, pasó a convertirse en un vil atributo de la glotonería y la lujuria. Un bicho que pasaba el día hozando en busca de golosinas subterráneas y fornicando a destajo con su serrallo de jabalinas no podía ser un símbolo de virtudes, sino de vicios nefandos. A la derecha pueden verlo, a modo de aviso a los fieles, decorando un canecillo de la iglesia de San Pedro, en Caracena (Soria). Esta anatema zoológica hizo que muchos blasones hispanos trocaran sus jabalíes por leones, tal como aconsejaban los curas, que era un bicho más elegante y virtuoso que un gorrino salvaje. Esto menguó la presencia de los mismos en las armerías hispanas, quedando relegados al séptimo lugar entre la selección de bichos heráldicos. Sin embargo, en Centroeuropa y en la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson) se pasaron los entredichos eclesiásticos por el forro, porque no renunciaron a sus jabalíes nobiliarios. De hecho, la presencia de estos en su heráldica es mucho más abundante que en España.

Bien, ya hemos visto la "trayectoria" del jabalí hasta convertirse en miembro del bestiario heráldico. Veamos a continuación sus presentaciones más significativas en los escudos de armas españoles.

A la izquierda tenemos la forma más habitual, que abarca más de un 90% de los blasones donde aparece el jabalí: solo, adiestrado, pasante y casi siempre de sable (negro), con las defensas en plata. Esta negrura dio lugar a que se le denominara como "Bestia Negra" y, aunque son bastante escasos, también se les puede representar en su color. Las cerdas aparecerán hirsutas, la boca abierta y con la lengua fuera que, salvo que se indique lo contrario, tendrá el mismo esmalte. Otra opción es que vaya lampasado de gules (lengua color rojo). También puede variar el esmalte de los ojos, en cuyo caso se llamará iluminado, las pezuñas, siendo llamado ancornado, y vilenado si nos referimos al órgano sexual del bicho. Si de forma excepcional lo que cambia de esmalte son las defensas, que como hemos dicho se suelen representar en plata, diremos que está defendido de... (el color que sea). En este caso, el blasón que presentamos corresponde a un linaje de los Cuesta, y su descripción sería: De oro, un jabalí pasante defendido de plata, si bien la posición del animal y el color de las defensas podrían omitirse tanto en cuanto son las habituales. Veamos otro...

Otra opción es presentar solo la cabeza. Esta tuvo al parecer su origen en costumbre de los pueblos celtas de cortar las cabezas de sus víctimas, hombres o animales, para apropiarse de su fuerza. Con todo, la razón más frecuente radicaba en una mera necesidad de espacio. Como sabemos, a los escudos de armas se les solían añadir más mobiliario a medida que los retoños de cada linaje llevaban a cabo alguna hazaña, por lo que llegaba un momento en el que el jabalí entero no cabía. Así pues, se conformaban con poner solo la cabeza, con o sin sangre, junto al resto de piezas. En este caso, el escudo en cuestión pertenece al linaje de los Fernández Rubio. Por cierto que las cabezas pueden representarse limpiamente cortadas, como es este caso, o con jirones de piel desgarrada en el cuello.


Otro ejemplo más, en este caso perteneciente al linaje de los Gómez de Vilafañe. Tenemos al jabalí en su presentación habitual, pero son destacables los tres virotes de ballesta que vemos sobre el animal. En este caso hace una clara referencia a que, en algún momento, uno de los miembros de este clan se distinguió por su destreza y valor en los lances de caza. También puede aparecer el animal con los virotes clavados, o bien con las heridas recibidas durante el lance venatorio. Queda patente que, a pesar del tiempo transcurrido, la caza del jabalí seguía siendo un referente a la hora de mostrar valentía y tal. La descripción de este escudo sería: de sinople, un jabalí pasante surmontado por tres virotes en faja.


Y para concluir, porque no es plan de mostrar cada caso por mínimo que sea, a la derecha vemos una composición similar a una de las más frecuentes en el caso de los lobos, con un significado similar. El árbol simboliza en este caso la raigambre y el abolengo de un linaje, en este caso el de los Ibarra. Empinados a cada lado del árbol podemos ver dos jabalíes de terrorífico aspecto que nos indican que, aunque enemigos poderosos y fieros intentaron ofender al clan en algún momento, los miembros del mismo fueron capaces de resistir sus ataques hasta derrotarlos bonitamente. Su descripción sería como sigue: De oro, un árbol arrancado de sinople acostado de dos jabalíes empinados en el mismo. Bordura de plata con ocho aspas de gules. Como era habitual, la bordura debió ser añadida a posteriori en las armas primigenias por algún hecho de armas relevante.

Bueno, eximios lectores, con esto concluimos. Espero que les haya resultado ilustrativo y esas cosas que se dicen. Ya seguiremos viendo más bestias nobiliarias.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM
ATQVE SINISTRA DELENDA EST IN VNIVERSA TERRA

Escena de la caza del jabalí en la Edad Media. En primer término vemos a un montero lanceando a una de estas fieras, mientras que los caballeros acuchillan a otro de mayor tamaño con sus espadas. Fallar el lance podía suponer un riesgo importante porque el jabalí, sintiéndose acosado y seguramente enfurecido por las heridas, atacaría ciegamente al cazador. Si este había caído de la montura o iba a pie, solo los que tenían una agilidad superlativa podrían esquivar su embestida

martes, 16 de julio de 2024

BESTIARIO HERÁLDICO: EL ÁGUILA

 

Juraría por mis aristocráticas barbas que si hay un bicho que cualquier primate, incluyendo a los cuñados con severas carencias intelectuales, identifican con la cosa heráldica, es el águila. De hecho, la vemos en mogollón de escudos de armas, tanto nobiliarios como de países, y es indudable que proporcionan a los blasones una prestancia inigualable. Su fuerza, su fiereza, su vuelo altanero y su desafiante apariencia la han asociado desde los tiempos más remotos al poder y al valor. De hecho, se puede considerar al águila como la bestia heráldica más antigua que se conoce, y durante siglos ha figurado y figura en los blasones de los linajes más encumbrados del planeta salvo, naturalmente, en los de países de nuevo cuño como yankeelandia que, carentes de historia de la buena, se intentaron igualar a los demás plantando un águila calva que resulta un poco bastante quiero y no puedo, la verdad... Bien, todos sabemos que el águila es un pájaro sumamente chulo y tal, pero no viene mal ponernos en contexto con un 

INTROITO

Bajorrelieve que muestra a Imdugud, una deidad sumeria
representada con forma de águila y cabeza de león. Era el
dios del Viento del Sur y de las tormentas
Si echamos un vistazo al "Diccionario de Símbolos" de Cirlot, en la entrada que dedica al águila podremos corroborar que, en efecto, estamos ante un bicho de categoría. 
El águila es “…símbolo de la altura, del espíritu identificado con el sol y del principio espiritual. […] Como se identifica con el sol y la idea de la actividad masculina, fecundante de la naturaleza materna, el águila simboliza también al padre. Se caracteriza además por su vuelo intrépido, su rapidez y familiaridad con el trueno y el fuego. Posee pues el ritmo de la nobleza heroica.” Por si esto fuera poco, el águila o parte de su anatomía- alas y cola en concreto- han sido asociadas con divinidades desde antes de que Noé se metiera a armador. En las zonas de Oriente Medio y Oriente Próximo, las diversas culturas que habitaron aquel territorio, tales como sumerios, hititas, babilonios, asirios y egipcios, tuvieron dioses asimilados al águila: Teshub, Marduk, Ashur, Amón-Ra y alguno que otro más.

Siglos más tarde, el águila no perdió su categoría como símbolo divino. Tanto griegos como romanos, herederos estos últimos del panteón de los primeros, no dudaron en escoger el águila y el rayo como atributos del poder del principal dios y mandamás de la miríada de dioses que regían hasta las más mínimas actividades de los mortales. e hecho, y según algunos tratadistas, el águila tomó en manos de los probos imperialistas latinos carta de naturaleza como animal heráldico aunque la heráldica no se inventara hasta siglos más tarde. 

AQVILIFER de una legión. Eran elegidos entre
los hombres más bragados de cada unidad ya que
debían defender el águila con su vida, y palmarla
si era preciso para impedir que le fuera arrebatada
Sin embargo, este pájaro tuvo los mismos fines que la heráldica tal como se ideó: identificar a un pueblo y a su ejército. Acompañaba por norma a la estatuaria jupiterina, por lo que cualquier cuñado podía identificarlo de inmediato. Además, los emperadores la portaban en su cetro, y las AQVILÆ se convirtieron en la insignia principal de una legión que, portada en manos del AQVILIFER, actuaba como enseña y como talismán, siendo su pérdida considerada como una catástrofe en toda regla que marcaría con un mal fario perpetuo a la unidad por haber permitido su pérdida en manos del enemigo. Ya sabemos todos lo que significaba su pérdida en batalla: la legión quedaba en entredicho hasta que no fuera recuperada, el AQVILIFER lo mejor que hacía era palmar como un héroe defendiéndola, y los castigos a las tropas por tamaña deshonra podían ser desde multas y privación de raciones a una DECIMATIO en toda regla. A tal extremo llegaba la cosa aquilífera que, en las exequias imperiales, se ataba a un águila por una pata con una larga cuerda, dejándola unida a la pira funeraria. Cuando el fuego la consumía y el animal podía largarse de allí echando leches un poco harto de pasar calor, se consideraba que era el momento en el que el alma del difunto se elevaba al cielo para darle las buenas tardes a Júpiter.

Por lo demás, el AQVILA LEGIONIS no solo era la insignia sagrada de una legión, sino que incluso los SCVTA de sus componentes mostraban los atributos de su dios principal: los rayos y, en vez del águila completa, las alas de la misma, diseño que por cierto trascendió en el tiempo hasta la Edad Media, cuando fueron denominados como vuelos o medios vuelos, ya se representase una sola ala o ambas. En la foto de la izquierda podemos ver un grupo de probos ciudadanos recreacionistas con sus escudos alados y rayados. En algunos casos, y según el comandante de la unidad, se añadían una o dos TABVLÆ ANSATA, unos pequeños rectángulos de bronce donde se grababa el número de la legión.

Reverso de una moneda de 5 francos de Napoladrón III.
Como ven, el águila es idéntica a la usada por Roma
Concluiremos este introito señalando que el águila siguió presente en las casas reales tras la caída del imperio romano hasta nuestros días. El primero en no dejarla caer fue Carlomagno, rey de los francos que, tras lograr ser coronado por León III el 25 de diciembre de 800 como IMPERATOR ROMANVM GVBERNANS IMPERIVM, se instituyó como cabeza visible del Sacro Imperio Romano y plantó un águila en la puerta de su palacio de Aquisgrán, convertida en capital de sus dominios. Posteriormente, el águila se extendió por la Europa toda de la mano tanto de nobles como de monarcas, y así siguen hasta el día de hoy. Esta ave ha sido y es tan valorada que hasta un psicópata genocida como el enano corso (Dios lo maldita mil trillones de veces) puso una sobre su inicial y, remedando a las legiones romanas, repartió águilas a diestro y sinestro en banderas y rematando las astas de las mismas. Y no solo él, sino los herederos de su estirpe de plebeyos de chichinabo. 

Bien, este breve introito nos permite ponernos en contexto y saber algo sobre el origen del águila como bestia noble asimilada desde hace 50 siglos al menos a los dioses más divinos. Pasemos pues a su existencia como animal heráldico en España, donde ocupa el tercer puesto tras el lobo y el león y muy por encima de otras aves incluidas las rapaces.

La introducción en los reinos peninsulares del águila se desarrolló a lo largo del siglo XIII. Al parecer, el primer monarca que adoptó esta bestia como una enseña personal fue el gigantesco Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra que se meó en las calaveras de los negros que defendían el pabellón del miramamolín en la gloriosa jornada de Las Navas. Según algunos cronistas, su padre, Sancho VI, ya hacía uso del águila y la empleaba como firma en algunos documentos, pero su sucesor lo adoptó de forma definitiva tanto como complemento de su firma como en el SIGILLVM e incluso como distintivo personal. En la foto de la izquierda tenemos un documento en el que aparece el águila en cuestión, trazada por su propia mano y no la de algún amanuense regio. Como salta a la vista, el águila de Don Sancho ya tenía el aspecto de las que surgieron posteriormente: la vemos en posición frontal, con las alas desplegadas y las patas y la cola abiertas, mostrando sus tarsos y garras, y la cabeza de perfil. 

Don Sancho no se conformó con hacer dibujitos aguileños en el papeleo burocrático de su reino sino que, además, pasó a hacer uso del ave en su sello, como ya hemos dicho, modificando de ese modo el habitual en sus ancestros, que solían representarse a sí mismos cabalgando en actitud de cargar contra los enemigos embrazando la lanza y protegiéndose con los típicos escudos de cometa de la época. Además, no ponían en el sello ninguna referencia a sus personas, por lo que todo quisque debía dar por sentado que se trataba de tal o cual monarca. Sin embargo, Don Sancho rompió los esquemas y diseñó uno mucho más chulo. A la derecha podemos verlo. Arriba vemos un ejemplar original, y debajo una recreación del mismo obra de Don Ignacio Vicente Cascante, autor de la "Heráldica General y Fuentes de las Armas de España". En este caso sí se especifica claramente quién es el dueño del SIGILLVM. En una cara aparece Don Sancho en la pose habitual, pero embrazando un escudo donde figura el águila negra de su firma, y una orla que reza "SANCIUS . DEI . GRATIA REX . NAVARRE" (Sancho, rey de Navarra por la gracia de Dios), mientras que en la otra cara vemos la misma águila, también orlada por una inscripción que dice "BENEDICTVS. DOMINVS. DEUS. MEVS." (Bendito Señor Dios mío), y rematada por una cruz patada. Por cierto que es curioso el uso de forma indistinta de la U y la V, que en todos los casos se pronunciaba como U.

El suntuoso sepulcro renacentista de Doña
Beatriz de Suabia, situado en la epístola de la
Capilla Real de la catedral de Sevilla. En el
detalle pueden ver el águila de los Hohenstaufen
La introducción del águila en los demás blasones hispanos provino de la actual Alemania, concretamente de Suabia, un ducado del Sacro Imperio cuyo postrero titular fue Conradino de Hohenstaufen, decapitado por orden del perro franco Carlos de Anjou en 1268 cuando apenas contaba con 16 años tras vencerlo en la batalla de Tagliacozzo. Fue pues de la Casa de Hohenstaufen de donde llegaron dos hembras que entroncaron con las dos casas reinantes en el siglo XIII en Castilla y Aragón. Hablamos de Beatriz de Suabia (1205-1235), hija de Felipe de Hohenstaufen, hermano del emperador Enrique VI del Sacro Imperio, y de Constanza de Sicilia (1249-1302), hija de Manfredo, un bastardo de Federico Barbarroja que se elevó hasta el trono de Sicilia. En ambos casos, como hemos dicho, las dos pertenecían al ilustre linaje de los Hohenstaufen. La primera matrimonió con Fernando II de Castilla y III de León, dándole la escandalosa cifra de 10 retoños, lo que en una mujer que palmó con apenas 30 años se puede considerar todo un récord. La segunda hizo lo propio con Pedro III de Aragón, dándole una descendencia que, aunque no alcanzó la de su prolífica parienta, tampoco se quedó corta: cuatro varones y dos hembras. Eran conejas estas tedescas, sangre de Cristo...

En lo tocante a Castilla, el primer infante que asumió el águila en su blasón fue el infante Don Felipe (c. 1231-1274), un peculiar personaje destinado a la carrera eclesiástica que gozó de los rangos más elevados, que para eso era un infante de Castilla, siendo incluso designado como primer arzobispo de Sevilla si bien nunca llegó a detentar el cargo en favor de su coadjutor, Raimundo de Losana. Sin embargo, parece ser que la vida clerical no satisfacía al noble infante, que acabó colgando los hábitos para casarse en 1258 con la princesa Cristina de Noruega (1234-1262). Bien, la cuestión es que Don Felipe tomo como armas un cuartelado con el castillo de Castilla y el águila de los Hohensteufen aportada por su madre. El resultado pueden verlo a la derecha y no difiere prácticamente nada del creado por el rey navarro, mostrándose en posición frontal, con las alas extendidas y caídas hacia abajo, la cola y las patas abiertas y la cabeza mirando hacia la derecha (sí, Vds. la ven hacia la izquierda, pero recuerden que la descripción de los escudos se da como si uno estuviera dentro del escudo).

En cuanto a la aportación de la rama de los Hohenstaufen de Sicilia, básicamente estaba concebida de la misma forma que la del infante castellano. En este caso, el infante Don Jaime, heredero a la corona aragonesa, también tomó las armas maternas para añadirlas a un blasón cuartelado junto a las paternas, en este caso los cuatro palos de gules sobre oro de Aragón. Ojo, y que nadie salte graznando que esa es la banderita de Cataluña, porque no tiene nada que ver el tocino con la velocidad, y menos aún las banderas de las taifas actuales con las enseñas medievales. No olviden que Petronila, hija de Ramiro II el Monje, se matrimonió con el conde de Barcelona (Cataluña estaba aún por inventar), cuyas armas eran los cuatro palos y no esa chorrada de la "cuatribarrada" que tanto repiten los ignaros de estos tiempos que no saben un carajo de nada, porque cuatro barras son otra cosa totalmente distinta a cuatro palos. Sea como fuere, y al prevalecer la línea masculina aunque fuese de inferior rango a la femenina, los dichosos palos de Ramón Berenguer IV se convirtieron en la Señal Real, y a sus títulos condales añadió el de PRINCEPS de Aragón al convertirse en el consorte.

Finalmente, debemos añadir el que posteriormente se convirtió en el escudo del reino de la Dos Sicilias, concedido inicialmente a los hermanos de Don Jaime, Federico y Pedro que, al quedarse inicialmente en infantes a secas, adoptaron un blasón con las mismas armas, pero cuartelado en sotuer, siendo la primera vez  que esta partición se adoptaba en la heráldica hispana con la finalidad de diferenciar entre las armas regias de las de sus hermanos. Con todo, y como decimos, con el paso del tiempo fueron las usadas por las Dos Sicilias al renunciar Jaime I al dicho reino, siendo asumido por su hermano Fadrique. Fue por este motivo por el que las armas de un infante se convirtieron en un reino hasta que, con la extinción de la Casa de Habsburgo, dicho reino quedó desvinculado de la corona española, si bien sus reyes seguían perteneciendo a la nueva casa reinante, los Borbón. Ya en el siglo XIV, el águila está definitivamente consolidada como bestia heráldica con la misma forma que hemos visto hasta ahora, siempre en sable (negro) salvo que se indique algún detalle contrario, como el color del pico, la lengua, las patas o las garras. Las distintas variantes ya las veremos en mejor ocasión, porque son mogollón de ellas.

Para ir concluyendo, que con la joía caló no estoy para muchas florituras, añadiremos que el águila española por antonomasia es la que hemos visto hasta ahora, recibiendo el nombre de águila pasmada. Su ejemplo más representativo es la del escudo Isabel I de Castilla y, posteriormente, de los Reyes Católicos, siglos después recuperado por el extinto Caudillo y por lo cual es señalado como un "escudo franquista" por la rojambre casposa e ignara que respira el mismo aire que los demás primates patrios. Una variante es el águila exployada, galicismo derivado de éployée (desplegada), en cuyo caso el ave se presenta con las alas desplegadas formando una curvatura hacia arriba. Su diseño pueden verlo a la izquierda. Actualmente podemos encontrar en la red tropocientos ciudadanos pseudo-heraldistas que ofrecen al respetable la elaboración de su escudo de armas, si bien omiten que, como he repetido cienes de veces, los blasones no pertenecen a los apellidos, sino a las familias. Bien, la cosa es que casi la práctica totalidad de ellos plantan águilas exployadas en vez de águilas pasmadas, que sería la "reglamentaria" en España. Solo si se especifica que el águila irá exployada es cuando se presentará de esta forma. Otros, aún más "expertos", creen que el águila exployada es la bicéfala, lo que también es un error notable.

El águila bicéfala surgió a mediados del siglo XII de la mano de Teodoro I Láscaris, emperador de Nicea. Las dos cabezas tenían un claro significado: Teodoro tenía la intención de unificar el Imperio Romano de Oriente con el de Occidente, cosa que no llegó a ocurrir. Tras la restauración del Imperio Bizantino en 1259 por Miguel VIII Paleólogo, éste adoptó el águila bicéfala como símbolo de dicho imperio, que perduró hasta que los malditos infieles adoradores del falso profeta Mahoma se apoderasen de su capital, Constantinopla, en 1453. A Iván III, zar de Rusia (zar o, mejor dicho, tsar, es la corrupción fonética de CÆSAR), casado con Sofía Paleólogo, le faltó tiempo para auto-instituirse como aspirante al extinto imperio bizantino por el linaje de su parienta, adoptando el águila bicéfala. Lo mismo hicieron los emperadores del Sacro Imperio y, en resumen, todos los que se consideraban con derecho a la corona bizantina que quedaría en manos de los otomanos para siempre, lo que no impidió que tuviera más novios que la guapa del pueblo. Ese es el origen de águila bicéfala que muchos confunden con el águila exployada.

En España fue introducida por Carlos I cuando fue coronado como emperador del Sacro Imperio, pero los heraldistas hispanos no admitían ese bicho que parecía un experimento fallido de laboratorio. Así pues, optaron por considerarla como dos águilas superpuestas con las cabezas contornadas, uséase, cada una mirando hacia un lado. De hecho, no era un capricho de los reyes de armas de la época, sino una infracción de las reglas heráldicas españolas. En Alemania, por el contrario, no eran consideradas como animales monstruosos tanto en cuando sus mandamases eran los primeros en plasmarlas en sus blasones.

Concluimos con el escudo de los Reyes Católicos, cuartelado con las armas de ambos monarcas y con los símbolos propios de cada uno de ellos: el yugo y el nudo gordiano por parte de Don Fernando y las flechas de Doña Isabel. Las acémilas actuales, refocilándose en su idiocia crónica, creen que como se ven un yugo y unas flechas tienen algo que ver con la Falange, y que el águila de San Juan (un águila pasmada limbada) fue un invento de Franco. Más de uno ha "exigido" la destrucción de estos escudos acogiéndose a la Ley de Memoria Selectiva sin molestarse en averiguar de qué época son. Por desgracia, ser gobernados por un psicópata y dar voz a estultos que precisan hasta de un manual de instrucciones para hacer buen uso del papel higiénico, traen estos desafueros que serían risibles si no implicaran atentados palmarios contra nuestra historia.

En fin, con esto terminamos. Más adelante ya dedicaremos otro articulillo a dar cuenta de la extensa variedad de águilas heráldicas, que dan tema para rato.

Que el estío les sea leve.

Hale, he dicho

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM
ATQVE SINISTRA DELENDA EST IN VNIVERSA TERRA

sábado, 29 de junio de 2024

BESTIARIO HERÁLDICO: EL OSO

 

Desde los tiempos más remotos, el oso ha sido identificado como un símbolo del poder, la fuerza y la fiereza. Su aspecto masivo, su imponente estatura cuando se yergue sobre sus patas traseras, sus descomunales zarpas y la mala leche que gastaban y gastan lo entronizaron como reyes de los bosques europeos, donde abundaban hasta que la tóxica presencia de los primates bípedos redujera su número al mínimo. Lo cierto es que, aunque los fabricantes de juguetes y los dibujantes de relatos infantiles los hayan logrado encasillar como adorables animalitos peludos, la cosa es que son una fieras temibles, sumamente agresivas y de carácter impredecible. Su descomunal fuerza los hace prácticamente invencibles salvo que se les abata con armas de fuego o se les cace ayudados por rehalas de perros de buen tamaño pero, de por sí, son auténticos depredadores sin más enemigos que el hombre, que corona la pirámide de bichos malignos del planeta y el único que es cazado, perseguido y aniquilado en cantidades masivas por los de su misma especie. 

INTROITO

Pinturas rupestres de la cueva de Chauvet-Pont-d'Arc que
muestran una pareja de osos. Están datadas en unos
32.000 años de nada
Para justificar la presencia del oso en los blasonarios medievales tenemos que remontarnos unos años, algo así como el neolítico. En aquellos tiempos, el oso cavernario era la fiera más poderosa que habitaba en la Europa, y nuestros atribulados ancestros se acojonaban bastante cuando escuchaban sus profundos rugidos en las cercanías. De hecho, no dudaban en invadir sus cuevas y obligar a los homínidos que las habitaban a salir echando leches so pena de ser desahuciados previa evisceración y/o pérdida de alguno de sus miembros. Para congraciarse con un bicho tan poderoso, nuestros tatarabuelísimos optaron por practicar ritos apotropaicos para congraciarse con esos bicharracos y adorarlos haciéndoles la pelota adecuadamente. Los brujos tribales se cubrían con pieles de oso y llevaban a cabo toda una serie de fórmulas mágicas para congraciarse con unos animales que consideraban parientes cercanos de sus deidades.

Placa de bronce datada entre los siglos VI y VIII d.C. que nos
muestra un berserker cubierto con una piel de oso
El oso mantuvo durante siglos y siglos su preeminencia entre las bestias terrestres. Por ejemplo, los griegos le daban el nombre de άρκτος (árktos), palabro proveniente de άρχἡ (archí), que entre otras acepciones contempla las de poder y autoridad. Otro ejemplo lo tenemos en el famoso rey Arturo o, mejor dicho, Arthus, derivado del término galés arth que, mira por donde, también significa oso. Incluso los berserkers, los desaforados guerreros vikingos que combatían hasta las cejas de farlopa, se solían cubrir con pieles de osos para dar a entender a los enemigos que eran unos ciudadanos especialmente fuertes y agresivos. De hecho, el oso erguido manoteando amenazadoramente con sus zarpas se asimilaba a la pose de un temible guerrero. Más aún, una de las etimologías de berserker parece ser berr, oso en lengua germánica. En alemán moderno es bär. Así pues, ya vemos que los osos han sido relacionados desde tiempos de Noé con el poder, la fuerza e incluso la realeza. Fin del INTROITO

Canecillos de la colegiata de San Pedro en Teverga, Asturias.
A la izquierda vemos un oso, y a la derecha un jabalí, otro animalito
heráldico caído en desgracia del que ya hablaremos un día de estos
Bien, como hemos visto, el oso ha sido un animal íntimamente relacionado con cultos y costumbres paganas, lo que lo puso en el punto de mira del cristianismo porque los bichos vinculados a ídolos y tal estaban mal vistos por el clero. De hecho, el oso es atributo de pecados como la ira, la gula, la pereza y la lujuria, este último proveniente de la creencia de que estos animales se sentían atraídos por las mujeres, que podían fornicar con ellas y que incluso las raptaban para fabricarles híbridos de oso y humanos. Sí, una chorrada monumental de la que, para más inri, jamás se pudo obtener una prueba fehaciente como es obvio, pero ya sabemos que el personal del medioevo se creía a pie juntillas todas las supersticiones habidas y por haber, e incluso hombres ilustrados como Agustín, obispo de Hipona y Padre de la Iglesia, juraba por sus antiguos pecados carnales que VRSVS EST DIABOLVS, uséase, que el oso era el diablo, y fue él precisamente el que adjudicó a estos bichos toda la retahíla de pecados capitales. A tanto llegó la abominación contra ellos que suelen aparecer con frecuencia en los canecillos románicos como atributo de dichos pecados junto a los blasfemos, los ladrones y demás morralla pecaminosa.

Ya sabemos que la autoridad del clero en aquellos tiempos era superlativa, y que su capacidad para acojonar al personal con los peores castigos tras la muerte ponían los pelos como escarpias hasta a los mismos monarcas. Así, cuando la heráldica aún estaba por inventar, todos los símbolos y amuletos relacionados con los osos fueron desapareciendo a pesar de que su posesión era símbolo de valor y fuerza: cabezas, pieles, amuletos y collares a base de colmillos o garras, etc. Poco a poco, el ancestral rey de los bosques y el mayor símbolo de poder de toda Europa tuvo que ceder el puesto al león, un bicho desconocido en el continente y, lo más importante, era uno de los atributos de Jesucristo, por lo que la cosa estaba clara: si el león era el Hijo de Dios y el oso el diablo, el bicho que prevalecería sería el león.


En la foto superior tenemos un ejemplo bastante elocuente. Muestra el tímpano de la MAGNA PORTA de la catedral de Jaca, donde vemos un crismón flanqueado por sendos leones. El que nos interesa es el de la derecha, que está representado pisoteando un oso y un basilisco, ambos animales atribuidos a fuerzas malignas. Sobre el león nos informan de que IMPERIVM MORTIS CONCVLCANS E LEO FORTIS, el poderoso león aplasta el imperio de la muerte. Esta frase lapidaria podemos traducirla como "Jesucristo aplasta a Satanás". Como podemos ver, el oso había sido metamorfoseado de fiera poderosa a bicharraco asquerosillo. Animalito...

Capitel de la iglesia de Sta. María de Soterraña en Sta. María la Real
de Nieva (Segovia) que muestra a un caballero lanceando un oso
en un bosque
Sin embargo, a pesar del pertinaz empeño de la Iglesia por erradicar el oso de cualquier cosa que no fuera dañina, tras la aparición de la heráldica quedó claro que aún era relacionado con las misma virtudes que siglos antes. Mientras que los héroes y caballeros de los relatos de la época mataban leones con sus propias manos, los reyes y nobles hacían lo propio con los osos. El motivo es obvio: en Europa no había leones, y por mucho que insistieran en los libros de caballerías que Lanzarote del Lago, Amadís de Gaula o Palmerín de Inglaterra habían vencido sendos leones, los personajes de carne y hueso hacían lo propio con los abundantes osos de la época, que además era más peligroso que cazar un animal como el león, del que ni siquiera conocían cuál era su aspecto real. Así pues, el hecho de dar caza a uno de estos poderosos animales era motivo de orgullo, y sus figuras pasaron a adornar los blasones de la nobleza como muestra de su fuerza, su coraje y su poder. Todos los blasonarios de Europa admitieron la presencia del oso condenado por la Iglesia a la condición de cuñado de Belcebú, y desde la Península Ibérica a Centroeuropa y desde la Península Itálica a la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), no se cortaron un pelo a la hora de plantar en sus escudos de armas a estos animales. Veamos pues la evolución osuna de estos bichos.

El oso, como ya se ha comentado, era asimilado a la condición de guerrero con muy mala leche. De ahí que en la Península se le asignara generalmente el papel de agareno cabreado cuando se le representaba erguido sobre sus patas traseras y agitando los brazos, es decir, la posición de rampante habitual que, según algunos tratadistas, en el caso del oso se le daba el nombre de desenfrenado. A la derecha podemos verlo en su representación más habitual, con una hirsuta pelambre en sable (negro), sobre un fondo plata, oro o gules (rojo), lampasado y armado (con la lengua fuera y las zarpas en gules), y en este caso mostrando su miembro viril, si bien esto no es frecuente ya que se da por sentado que los animales que aparecen en los blasones son machos salvo que se indique lo contrario, en cuyo caso, para identificar las hembras, se las presenta con algún cachorro o desprovista de los atributos propios del macho, como la cornamenta de los cérvidos. Esta es la forma de oso que encontraremos en la mayoría de los blasones españoles, en los que el oso ocupa el tercer lugar entre los bichos terrestres autóctonos tras el lobo y el jabalí.

Esta posición es la que se extendió por la Europa continental, siendo así la habitual en la Península, Francia, la actual Italia y el Sacro Imperio. No obstante, en la brumosa Albión se optó por una forma, digamos, abreviada del oso: solo se presenta la cabeza, pero con dos variantes que podemos apreciar en la imagen izquierda. En la figura 1 tenemos una cabeza con el cuello, que es la forma habitual en Inglaterra, mientras que la 2, sin cuello, es la propia de Escocia. No albergan ningún significado diferente. Solo los diseñaron así en su día los reyes de armas de la época y así se quedaron.

¿Y qué significado pueden tener esos muestrarios de úrsidos? Pues básicamente dos: "soy un guerrero absolutamente feroz, tanto como el oso que ves en mi escudo, de modo que ándate con ojo", o bien "he vencido a malvados enemigos fieros como el oso que ves en mi escudo y luego me meé en sus calaveras, de modo que ándate con ojo".

En cualquier caso, como ya sabemos, el surtido de posiciones que adoptan las bestias heráldicas es bastante extenso y, por lo general, el mismo en cualesquiera de ellas y con un significado similar. Así, tenemos el oso pasante asociado a un árbol, generalmente al roble, símbolo del linaje y el arraigo  del propietario del blasón. En este caso, la fiera pretende dar a entender al personal que dicho linaje está salvaguardado por guerreros valerosos y fuertes. Como vimos el artículo dedicado al lobo, es relativamente frecuente presentarlos cebados, uséase con un cordero en sus fauces como símbolo de haber capturado botín o despojos a los enemigos. Sin embargo, en el caso del oso no se hace uso de esta figura, que en la heráldica española queda reducida en la práctica al omnipresente lobo, bicho predilecto de las armerías hispanas por encima de cualquier otro.

También podemos encontrarnos al oso empinado en el árbol. En este caso, y también al igual que en el del lobo, se muestra a dicho árbol como símbolo del solar o los dominios del noble, y el oso como al enemigo que intentó conquistarlos y no pudo. Esta fórmula también nos vale si, en vez de un árbol, ponemos una torre, un castillo o una muralla, que nos hará saber que el oso/maldito agareno no fue capaz de culminar exitosamente el asedio gracias a la valentía y la fuerza de los defensores. Por cierto que es posible que el blasón de la izquierda les recuerde a algo. En efecto, al oso empinado en el madroño de la villa de Madrid. Sí, oso, no osa, por mucho que la progresía se empeñe  por feminizar hasta las tapas de criadillas de toro, ya que no hay una sola referencia histórica que diga que se trata de una hembra por lo que, como hemos dicho, salvo que se diga o se muestre claramente lo contrario, el animal será un macho. Además, el escudo de la milicia concejil madrileña desde la Edad Media ya mostraba como emblema un oso negro sobre plata como el que hemos presentado en primer lugar. Fue precisamente este emblema militar el que, posteriormente, dio lugar al escudo de la población.

Y por añadir algunas variaciones que, no obstante, no son frecuentes, tenemos al oso arrestado, es decir, representado con un bozal o con una argolla en la nariz, en este caso pudiendo además estar unida a una cadena que lo mantiene cautivo en un castillo, torre, etc. No creo que haga falta explicar qué simboliza, pero lo explico: oso arrestado = agarenos apresados. Y concluiremos con las cimeras que, como saben, se portaban sobre el yelmo como elemento identificativo del combatiente, si bien estos chismes eran más frecuentes en los pasos de armas, torneos y demás movidas castrenses. Así, mientras que otros animales como los leones o los lobos consistían en un monigote que aparecía sentado sobre el burelete o la corona, en el caso del oso lo habitual era presentarlos solo de medio cuerpo agitando los brazos, o sea, como un oso rampante partido en dos. Como colofón, añadir solo que el color habitual para estas bestias es el sable y, en menor grado, natural, es decir, de un color pardo. Muy raramente se ven osos en gules y, por supuesto, aún menos en otros esmaltes.

En fin, ya hemos visto como la bestia maldita por la Iglesia sobrevivió sin problemas a pesar de las anatemas clericales. Este emblemático animal, asociado desde tiempos inmemoriales a la fuerza y el poder, resistió sin problemas las paranoias de un clero empecinado en achacarle todos los defectos habidos y por haber.

Bueno, s'acabó

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

Miniatura del Códice Manesse, elaborado entre los años 1305 y 1340, que muestra a un joven caballero dando muerte a un fiero oso, hazaña que, por lo que vemos, le valió para plantar a la fiera en su escudo de armas. Encima de la escena podemos apreciarlo en el lado izquierdo, mientras que en el derecho tenemos el yelmo con la cimera