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jueves, 4 de julio de 2019

Armaduras de aviador. Cascos


El atribulado navegante del Memphis Belle en plena crisis existencial porque tenía un pálpito chungo desde el día antes: no
volvería vivo de la última misión, y el estrés le pudo finalmente en forma de repentino apretón que no le dio ni tiempo para
aliviarse abriendo la bodega de las bombas. Y es que volar viendo como a tu alrededor se llena el espacio de siniestras
nubecillas negras que desprenden porquerías metálicas a gran velocidad debe ser sumamente preocupante

El sargento John Stankiewicz muestra muy contentito el casco
M4 que lo libró de ver sus sesos desparramados. En abril de
1944 lo alcanzó un fragmento de metralla de 2'6 cm. de
ancho por 1'5 de espesor cuyos efectos vemos en el casco.
Según su propio testimonio, sintió como si un martillo le
hubiera golpeado en la cabeza. Quedó aturdido, pero vivo
Bueno, los cascos... En la entrada anterior ya vimos con detalle como los chalecos ideados por el coronel Grow salvaron a muchos de ser heridos de mayor o menor gravedad o, lo que es peor, de palmarla. Y, peor aún, palmarla porque recibían una herida pero no podían ser atendidos por un sanitario. Este era uno de los grandes inconvenientes que padecían las tripulaciones de los bombarderos y en lo que la mayoría no suele pensar, por lo que volvemos a la idea generalizada de que estos probos aviadores eran cuasi invulnerables. ¿Verdad que no han caído en ese detalle tan chorra? Un soldado de tierra cae herido y en un tiempo razonablemente breve podía ser atendido para estabilizarlo y, a continuación, ser evacuado a un hospital de sangre, por lo que una herida de gravedad no tenía por qué ser necesariamente mortal. Sin embargo, un tripulante que era alcanzado no disponía más que del botiquín de primeros auxilios de a bordo y de la sangre fría de sus compañeros para hacerle una cura de circunstancias- léase espolvorear sulfamidas sobre la herida y ponerle encima una gasa para contener la hemorragia o hacerle un torniquete- y meterle un chute de morfina para que no berrease demasiado y pusiera de los nervios al resto del personal. Porque el avión no podía dar media vuelta, y aunque pudiera igual estaba a una hora o dos de la base en un momento en el que lo que contaban eran los minutos.

Tripulante de un bombardero evacuado nada más tocar tierra. Este tipo de
escena era más habitual de lo que pensamos
O sea, que el riesgo de entregar la cuchara a causa de heridas relativamente graves era mucho más elevado que en los combatientes de tierra y, además, se había comprobado de forma rotunda que el porcentaje de heridas de efectos fulminantes era muy inferior al de heridas potencialmente mortales que tardaban un rato en acabar con la vida del personal. En resumen, que solo con el hecho de proteger a las tripulaciones con una armadura cuyo costo era despreciable en comparación, no ya con el de una vida humana, sino con lo invertido en adiestrarlos, era motivo sobrado para poner sus atribulados pellejos a buen recaudo de la metralla que les enviaban los cualificados tedescos de la Flak. En cualquier caso, las cifras con las que se enfrentaban eran de 5'44 tripulantes heridos por cada mil que tomaban parte en una misión, y de 6'53 heridas por cada millar, o sea, que algunos recibían más de una herida. Ojo, que a diario había misiones y a diario miles de hombres tomaban parte en las mismas, así que nadie piense que es una cifra birriosa si se limita a compararla con las del ejército de tierra, y en este cómputo no se incluyen los que eran derribados y no volvían jamás.

Piloto de un B-29 vistiendo un chaleco M2 y con la
cabeza protegida por un casco M4A1
Bien, de estas heridas el porcentaje más elevado de mortalidad se lo llevaba, como es lógico, la cabeza, eso que todo el mundo tiene encima de los hombros pero cuyo contenido solo usa un porcentaje muy reducido de ciudadanos. Un tercio de las bajas mortales entre las tripulaciones eran a causa de heridas en la cabeza, así que de poco servía proteger un hígado saturado de bourbon o unos pulmones como el hollín a base de tabaco si la sesera se iba al garete, de modo que también se llevaron a cabo varios diseños para facilitar el uso de estos chismes ya que, como comentamos en la entrada anterior, el M1 reglamentario era incómodo de llevar si se usaban auriculares y, en menor grado, gafas de vuelo y máscaras de oxígeno. Pero como eran imprescindibles, sobre todo los auriculares, pues nadie se ponía el casco como no vieran el panorama tan negro que fuese preferible la incomodidad a la muerte.

Para elaborar los prototipos se recurrió también a los expertos armeros del Museo Metropolitano, que de yelmos y cascos sabían más que nadie. Antes de nada y en estrecha colaboración con el personal del Laboratorio de Investigación Aero-Médica del ejército, elaboraron una pequeña colección de doce cabezones que sirvieran de referencia en base a un estudio de medidas antropométricas para obtener promedios que permitiera aproximarse al máximo a la mayoría de las cabezas del personal. Como vemos en la foto, no se limitaron a fabricar maniquíes con las mismas proporciones pero de tamaños sucesivamente mayores, sino que tomaron posibles cabezas de todo tipo: más alargadas, más estrechas, más gordas... en fin, intentando abarcar un promedio aceptable para diseñar un casco que, aunque ajustable en talla, tuviera unas proporciones que se ajustaran lo mejor posible a cualquier ciudadano volátil. 

El primer modelo, denominado M3, era el paso más obvio: si lo que más molestaba eran los puñeteros auriculares, lo suyo era hacerles sitio. Así pues, no hizo falta devanarse mucho la sesera para concluir que lo más fácil era coger un M1 y recortarle los laterales. Para hilar más fino se añadieron dos orejeras de generoso tamaño para cubrir los dichosos auriculares que, al cabo, estaban fabricados con materiales blandos y un cacho metralla podría impactar en ellos, arrancándoles un fragmento y proyectándolo hacia la cabeza junto con la esquirla metálica. En la foto tenemos varias vistas que nos permiten verlo con detalle. El casco, enteramente rebordeado para eliminar superficies cortantes, estaba fabricado con el mismo tipo de acero al manganeso que el M1, siendo su peso total de 3 libras y 3 onzas (1'45 kg.). Como vemos, no llevaba el característico sotocasco de fibra del M1, sino un atalaje regulable fijado directamente en el casco mediante remaches. Las orejeras, sujetas por grandes bisagras soldadas en los laterales, tenían unos discos de fieltro para no dañar los auriculares. La sujeción a la cabeza era mediante un barbuquejo de lona regulable provisto de un simple broche en vez del sofisticado sistema del M1. Al cabo, un tripulante no tenía que ir por el mundo corriendo y dando saltos de un lado a otro. Este casco estaba destinado a todos los miembros de la tripulación, desde los pilotos a los artilleros, navegantes, bombarderos y operadores de radio. El M3 fue el modelo más prolífico. Fue declarado reglamentario en diciembre de 1943, y hasta el final de la guerra se fabricaron 213.543 unidades.

Con todo, el M3 presentaba un problema, y era su volumen, excesivo para los artilleros confinados en las torretas de cola y, sobre todo, en las burbujas  que los B-17 y B-24 llevaban en la panza, donde por norma destinaban al personal más enano y birrioso de cada unidad porque un tipo de dimensiones normales no cabía. De hecho, incluso los birriosos iban literalmente como sardinas en lata. Para estos sufridos tripulantes se diseñó el M4 (foto de la derecha), un casco tipo calota de una sola talla que carecía de guarnición interior ya que se colocaba encima del gorro de vuelo. El M4 constaba de varios segmentos o láminas colocadas longitudinalmente dentro de una cubierta textil. Estas láminas estaban fabricadas con el mismo acero que el M1, siendo el peso total del casco de 2 libras y 1 onza (935 gramos). Como podemos ver, estaba recortado por los laterales para dejar sitio a los omnipresentes auriculares, y la sujeción a la cabeza era mediante un barbuquejo con una hebilla dentada. 

Y, como se pensó en el caso del M3, si algún fragmento de metralla impactaba con los auriculares podía darle un disgusto al personal, así que se mejoró este detalle con la versión M4A1, que era el mismo pero con unas orejeras similares a las del M3 si bien en este caso forradas entramente de tela ya que no se sujetaban al casco mediante bisagras, sino cosiendo la funda de las mismas a la cubierta del casco. En la foto tenemos a la izquierda una vista delantera del M4A1, y a la derecha su aspecto por la parte trasera. Se aprecia una de las dos tiras de lona que llevaba a cada lado sujetas mediante corchetes para impedir que la cinta elástica de las gafas de vuelo se saliera de su sitio. Al igual que su antecesor, carecía de guarnición interior, era de una sola talla y se colocaba directamente sobre el gorro de vuelo. El peso de este modelo era de 2 libras y 12 onzas (1'25 kg.) En junio de 1944 se introdujo un modelo idéntico pero de dimensiones un poco mayores, el M4A2, porque había personal al que había que ponerle el casco a martillazos por lo visto. En todo caso, como decimos, ambos modelos eran exactamente iguales.

El último modelo operativo durante la guerra fue el M5, introducido a principios de 1945 y destinado a ser el modelo estándar para todas las tripulaciones, sustituyendo en teoría al M3 y a la serie M4. Como vemos en la foto, era de un tamaño inferior al M3, habiéndosele eliminado además la visera frontal para mejorar la capacidad visual de su usuario, por lo que podrían usarlo los artilleros de torretas. También se rebajó un poco la parte trasera para poder mover la cabeza hacia arriba con más facilidad. Por otro lado, ofrecía una protección más eficaz que los M4 ya que era de una sola pieza y no de segmentos entre los que podía colarse una esquirla traidora. Sin embargo, se aumentó el tamaño de las orejeras para ofrecer más protección en los laterales de la cabeza. Este modelo pesaba lo mismo que el M4A1, y de no haber sido por el fin de la guerra habría ido sustituyendo a todos los modelos anteriores.

Bien, estos fueron los cascos con los que los tripulantes de los bombarderos yankees protegieron sus cabezas imbuidas de elevados sentimientos de democracia y libertad mientras que sus cuñados y demás inútiles para el servicio se quedaban en casa linchando negros y tirándole lo tejos a Mary Jane. Pero las investigaciones de Grow no se limitaron a proteger los cráneos, sino también a las jetas y zonas adyacentes a las mismas. Por ejemplo, entre octubre de 1943 y julio de 1944 se llevaron a cabo varios diseños para proveer al personal de una máscara que les protegiesen los belfos. Los ojos ya contaban con gafas adecuadas, pero la nariz y la mitad inferior quedaban a merced de la metralla enemiga. En esto no tuvieron mucho éxito porque las máscaras de oxígeno hacían complicado diseñar algo que las cubriese sin producir molestias ni añadir un peso extra excesivo, por lo que se llegaron a probar incluso materiales no metálicos. En la foto vemos el prototipo T6, una máscara metálica destinada a usar en combinación con el casco M3. Como podemos suponer, no debía ser un trasto precisamente cómodo y ligero.

Pero aparte de las máscaras, en la misma época se había empezado también a estudiar la forma de proteger el espacio que quedaba desprotegido entre el chaleco y el casco, o sea, cuello y parte donde se unía con el tórax. En 1945 se introdujo a nivel experimental la Armadura de Cuello T44 que vemos en la foto. Estaba fabricada de la misma forma que los chalecos, con chapas solapadas de acero de 5×5 cm. y 1 mm. de espesor, lo que hacía que el peso total de la pieza fuera de 4 libras y 5 onzas (1'98 kilos). Se apoyaba en los hombros y se abrochaba por delante, y las tiras inferiores se fijaban a los cascos de la serie M4. Se llegaron a fabricar 10.969 unidades hasta junio de 1945, pero el final de la guerra acabó con el desarrollo del proyecto.

Más sofisticada era la T59E1, un prototipo de armadura de cuello formada por dos piezas y destinada a complementar el casco M5. La parte delantera se fijaba al peto del chaleco y la posterior se unía a la parte trasera de forma que quedaban conectadas a las cintas que liberaban la armadura en caso de emergencia. En este caso el blindaje no estaba formado por placas de acero, sino de la misma aleación de aluminio del T46. Este modelo, que se llegó a introducir como M13 en septiembre de 1945 aunque ya su vida operativa era nula, ofrecía muchas más ventajas que el anterior ya que, al no estar fijado al casco, permitía una total libertad de movimientos de la cabeza y, lo más importante, se desprendía junto a la armadura corporal si era necesario. La T59E1 ofrecía una protección total en la nuca, los laterales del cuello y la zona superior del tórax a cambio de un peso de 4 libras y 8 onzas (2'03 kilos), casi lo mismo que el prototipo anterior a pesar de cubrir una superficie más amplia gracias a su blindaje de aluminio. 

B-29 alcanzado por la artillería antiaérea. A los fragmentos de metralla
habría que añadir los trozos de aluminio del fuselaje, cortantes como
cuchillas, que salían despedidos hacia el interior de aparato
En fin, el 9 de agosto de 1945, una brillante bola de fuego sobre Nagasaki  hizo ya prescindibles todas estas armaduras que tan concienzudamente habían sido diseñadas por Grow con la ayuda de los armeros del Museo Metropolitano. No obstante, el balance final fue sobradamente satisfactorio ya que los porcentajes de bajas se redujeron a la mitad, de los 5'44 por mil a un 2'29 por mil, lo que supuso un 58% menos de heridos que, de no haber contado con las armaduras y cascos que hemos visto en estos dos artículos, posiblemente muchos de ellos no habrían vuelto a casa para ser cálidamente recibidos por Mary Jane. Las heridas mortales en el tórax se redujeron de forma contundente: de un 36% a apenas un 8%, y las abdominales de un 39% a un 7%, por lo que hablamos de miles de hombres que lograron salir ilesos o con un moretón gordo cuando en otras circunstancias habrían acabado tirados en el suelo del avión con las tripas fuera pidiéndole a un colega que se despidiera en su nombre de Mary Jane, que en aquel momento se estaba dejando querer por un apuesto capitán de Estado Mayor que no sabía lo que era poner un pie en el frente.

Bueno, criaturas, espero que les haya resultado interesante y tal.

Hale, he dicho

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B-26 bastante perjudicado por los disparos de un caza enemigo. En la mitad trasera se aprecian cantidad de impactos,
mientras que el alerón y parte del carenado del motor han pasado a mejor historia. Otros no tuvieron tanta suerte

miércoles, 3 de julio de 2019

Armaduras de aviador. Chalecos


Recepción de bienvenida a una oleada de B-17. Las densas barreras de fuego antiaéreo que desplegaba la Flak tedesca
debía poner de los nervios a los tripulantes, que solo tenían la opción de seguir avanzando como si tal cosa
mientras rezaban a Dios, Yahvé, Buda o al ectoplasma del abuelo si hacía falta para salir vivos y razonablemente
enteros del brete. Aunque la imagen de esos aparatos erizados de ametralladoras han dado siempre una sensación de
poder e invulnerabilidad, ante el fuego antiaéreo la artillería de a bordo no servía absolutamente para nada

Miles de fotos como esta han contribuido quizás a transmitir la idea de
que las tripulaciones de los bombarderos llevaban una vida apacible,
libres de sobresaltos y bien lejos de sus cuñados
Por cambiar de tema, al hilo de la monografía que vamos desarrollando sobre las Flaktürme y, simplemente, porque me parece un tema curioso y bastante desconocido, hoy vamos a hablar sobre las armaduras que usaron las tripulaciones de los bombarderos pesados yankees (Dios maldiga a Hearst). Es posible que más de uno ya conozca algo del tema, pero seguramente serán más los que en este momento habrán levantado la ceja con aire incrédulo, como preguntándose qué leches pintaba un aviador con una armadura. Obviamente, la intención era que no lo escabecharan, porque si les diera lo mismo no se las habrían puesto. Para la mayoría del personal, la imagen del aviador, ya fuese el piloto o cualquier tripulante, es la de un sonriente WASP con una chupa de cuero chulísima de la muerte, las Ray-Ban, la gorra de plato o el gorro cuartelero y, lo más importante, el transmitir una apariencia de invulnerabilidad tal que parecía que sus incursiones eran apacibles paseos en avión, llegar a la vertical del objetivo, soltar las bombas y dar media vuelta para volver a sus confortables barracones llenos de pósters de pin-up girls, botellas de bourbon y montañas de paquetes de Lucky Strike para contarse mogollón de chistes malos o leer las emocionantes y lánguidas cartas de Mary Jane, la chica más frondosa del barrio/pueblo/condado, que les producían deleitosos sueños húmedos.

B-17 tras una incursión sobre Colonia, donde además de su famosa agua
aromática le dieron estopa en cantidad. El aparato pudo volver, pero con
el bombardero convertido en comida para gatos
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Los eficientes pilotos de caza y la devastadora potencia de fuego de las baterías antiaéreas de los tedescos perpetraban unas escabechinas bastante inquietantes, y entre los aparatos que derribaban y los que volvían hechos un colador el número de bajas entre las tripulaciones no dejaba de ser un problema. Obviamente, el porcentaje sería ridículo si lo comparamos con las que sufría la infantería, pero adiestrar a un tripulante no era lo mismo que hacer lo propio con un soldado de tierra. Más aún, lo que en apariencia es tan simple como ser artillero de un B-17 o un B-24, los principales protagonistas de los ataques aéreos yankees en Europa, conllevaba un adiestramiento bastante complejo, caro y largo. Los vemos en las pelis disparando como locos sus M-2, pero acertar a un Me-109, un Me-110 o un Fw-190, para no hablar de un Me-262, no era ni remotamente un pim-pam-pum ya que, además de revolotear alrededor de las pesadas moles que tripulaban como moscas cojoneras a más velocidad y con más agilidad, les disparaban con cañones de hasta 30 mm. extremadamente eficaces. En infinidad de ocasiones, los daños producidos eran de tal envergadura que parecía cuasi milagroso que pudieran retornar a la base de partida, y ciertamente sus pilotos eran en gran parte los artífices de la hazaña por ser capaces de mantener en vuelo aparatos medio desintegrados. 

Surtido es esquirlas de metralla que van desde las más
grandes de varios gramos de peso a las pequeñas, partículas
diminutas que, no obstante, podían hacer bastante daño en
zonas como la cara o el cuello
Los yankees, que como sabemos no entraron en guerra hasta que los honolables guelelos del mikado les dieron las del tigre en Pearl Harbor en diciembre de 1941, enviaron su poderosa fuerza aérea a la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson) ya que el Soberano Celestial era aliado del ciudadano Adolf y del inefable Benito, y pronto empezaron a notar los desagradables efectos de las barreras de fuego antiaéreo que había que cruzar hasta llegar a sus objetivos, aparte de las bandadas de cazas que salían a interceptarlos durante su trayecto. Pero, curiosamente, para los tripulantes podía ser más mortífero un impacto directo de una bala de 8×57 mm. de una ametralladora ligera que la explosión de un proyectil antiaéreo de 88, 105 o 128 mm. ¿Por qué? Muy sencillo. Una bala atravesaba el fuselaje de lado a lado y, de paso, al que pillase por medio. Una ráfaga de las MG-17 que armaban los Me-110 o algunas versiones del Me-109 podía barrer desde la cola hasta la cabina de un bombardero sin que sus efectos fuesen verdaderamente peligrosos para el aparato, pero a los tripulantes que alcanzase podía matarlos sin problema. Sin embargo, la explosión de un proyectil antiaéreo, que lógicamente podía derribar un avión enemigo si detonaba cerca, y por supuesto si se trataba de un impacto directo, se fragmentaba en miles de esquirlas que atravesaban el fuselaje, pero si alcanzaban a un tripulante este podía salir ileso si llevaba una protección adecuada. La metralla producida por estos proyectiles salía despedida a una velocidad de unos 1.000 m/seg., pero sus pésimas cualidades balísticas- al cabo no eran más que cachos deformes de hierro- hacían que perdiesen más de la mitad de su velocidad tras un recorrido relativamente corto, por lo que sus efectos eran menos peligrosos para un ciudadano tripulante que una bala birriosa que, además de volar más rápido, tenía una capacidad de penetración muy superior.

En fin, que en vista del panorama decidieron que era hora de estrujarse las meninges y empezar a diseñar protecciones adecuadas para que sus sonrientes muchachos pudieran volver a casa a devorar los pasteles de manzana de mummy y sobar frenéticamente a Mary Jane en el asiento trasero del Chevrolet de daddy.

Malcolm C. Grow (1887-1960)
En octubre de 1942 la 8ª Fuerza Aérea llevó a cabo un estudio que analizaba detalladamente las heridas que habían recibido los tripulantes de los B-17 y B-24 que tomaban parte en los ataques contra el enemigo en Europa. De 303 bajas no mortales, un 38% fueron causadas por metralla de los proyectiles antiaéreos, un 39% por fragmentos de proyectiles de 20 mm. tanto de artillería antiaérea como de los cañones de los cazas, un 15% de balas de ametralladoras ligeras, y un 8% por fragmentos del fuselaje o de piezas del avión que salían despedidas por los impactos de la metralla enemiga. O sea, que un elevado porcentaje de heridas habían sido producidas por esquirlas metralla de pequeño tamaño, en algunos casos hablamos de milímetros, y de fragmentos del mismo aparato. En teoría eran proyectiles poco contundentes, pero sobraban para acabar con un hombre si alcanzaban una arteria o un órgano importante. La cuestión radicaba lógicamente en reducir ese porcentaje buscando la forma de disminuir el nivel de bajas entre los tripulantes, que llegaron a Europa con la única protección del casco M1 que nunca usaban porque si llevaban puestos los auriculares, imprescindibles para comunicarse entre ellos o para usar la radio, apenas les cabía el casco en la cabeza. 

La MRC Body Armour
La iniciativa la tomó el coronel Malcolm Cummings Grow, cirujano de la 8ª Fuerza Aérea, que había seguido con interés el desarrollo de la MRC Body Armour (Armadura Corporal del Consejo de Investigación Médica) de los british, que fueron los únicos que siguieron investigando sobre ese tema tras la Gran Guerra. Esta armadura era en realidad un proyecto destinado a la infantería, por lo que primaba la ligereza y protegía lo justo para reducir en lo posible heridas mortales en el pecho y la zona abdominal. Estaba formada por tres placas de acero al manganeso de 1 mm. de grosor y levemente curvadas para adaptarse al cuerpo y que, para protegerlas de la intemperie y reducir roces, iban dentro de unas fundas de lona. La placa frontal, de 9×8 pulgadas (22'8×20'3 cm.) protegía el corazón y los pulmones; unida mediante dos correas de lona llevaba otra para la zona abdominal de 8×6 pulgadas (20'3×15'2 cm.). En la espalda estaba la tercera, de 14×4 pulgadas (35'5×10'1 cm.) que protegía los riñones, el hígado y, mediante una proyección  de 5 pulgadas (12'7 cm.) en el borde superior, una porción de la columna vertebral. En total apenas pesaba 3,5 libras (1'58 kg.) incluyendo los atalajes y las fundas de lona, llegándose a fabricar nada menos que 200.000 unidades que fueron distribuidas entre el ejército, la marina y unidades especiales. Sin embargo, prácticamente no se usó porque resultaba molesta de llevar, restaba movilidad y producía dolorosas rozaduras. En resumen, un churro de armadura. Sin embargo, sirvió como punto de partida a Grow por una razón bastante simple: la armadura británica no valía para hombres que tuvieran que moverse, pero los tripulantes de un bombardero se movían más bien poco o nada y, por otro lado, el peso era un tema secundario tanto en cuanto unos kilos extra en hombres que combatían sentados o de pie con poco sitio para moverse dentro del avión no era lo mismo que un soldado de tierra cargado hasta las trancas de armas, munición y equipo que debía correr, saltar, arrastrarse, etc. 

Chaleco M1 fabricado por la Wilkinson. Obsérvense las diferencias
con el mismo modelo fabricado en USA que aparece más abajo
Grow no perdió el tiempo y se puso en contacto con la Wilkinson Sword Co. Ltd. de Londres para que fabricaran los prototipos que había ideado y que en realidad se parecían más a una brigantina de finales de la Edad Media ya que el "flak suit" (traje antiaéreo en referencia a la flak, la artillería antiaérea alemana), como inicialmente fue denominada esta armadura, era un chaleco de lona con el interior forrado de chapas cuadradas de acero de 5 cm. de lado y 1 mm. de grosor que, a su vez, estaban recubiertas por un forro interior de algodón. En octubre de 1942, el general Spaatz, comandante de la 8ª Fuerza Aérea, aprobó la fabricación de diez unidades para pruebas, cantidad que poco después se aumentó a las necesarias para dotar a las tripulaciones de doce B-17. Los chalecos fueron entregados en marzo del año siguiente, y las pruebas resultaron enteramente satisfactorias por lo que el general Ira Eakes, que había relevado a Spaatz el mes de marzo anterior, ordenó la fabricación de chalecos para cubrir al menos el 60% de las tripulaciones de la unidad bajo su mando. Se enviaron a Estados Unidos varios de ellos para estudiar su producción en masa mientras que la Wilkinson, lógicamente con una capacidad de producción muy inferior, siguió elaborando unidades para ir saliendo del paso hasta un total de 600 chalecos. 

Aspecto de un chaleco M1 desprovisto del forro interior para mostrar las
chapas de acero solapadas. Como se vio en una entrada dedicada a las
armaduras de escamas, este efecto de solapamiento hacía que hubiese
zonas en que el grosor de la armadura se multiplicase por cuatro
Las muestras llegaron a destino en el mes de julio, siendo puestas en manos del personal del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York que, como recordaremos, tuvieron bastante protagonismo en la fabricación de multitud de prototipos de cascos y armaduras para infantería durante la Gran Guerra bajo la dirección de Bashford Dean. El Departamento de Artillería, del que dependía el desarrollo del proyecto, promovió igualmente el estudio de un prototipo de casco presentado por Grow para las tripulaciones y basado en el mismo problema que había propiciado la aparición de los chalecos: un tercio de las heridas mortales se producían en la cabeza.

El modelo inicial, denominado como "Flyer's Vest M1" (Chaleco de Aviador M1), estaba formado por dos partes construidas con un sistema similar a los chalecos fabricados por la Wilkinson, con chapas de acero Hadfield de 5×5 cm. Se unían por los hombros mediante cuatro broches, dos en cada lado, que permitían quitarse la armadura dando un simple tirón de la lengüeta roja que vemos en la foto. Dicha lengüeta separaba el cierre del cinturón que ajustaba el chaleco al cuerpo, y al mismo tiempo tiraba de dos cintas de lona que, como se puede apreciar, estaban unidas a las hombreras. Se introducían por unos ollados para impedir que se engancharan en cualquier parte. De ese modo, en caso de necesidad bastaba dar el tirón de la lengüeta para que el chaleco se dividiera en dos partes y cayera por su propio peso.

Hay que tener en cuenta que estas armaduras se vestían con el bombardero en vuelo sobre toda la impedimenta de los tripulantes, desde los trajes térmicos al paracaídas. Su peso, 17 libras y 6 onzas (7'87 kilos) no solo serían una molestia en caso de tener que saltar del avión, sino que incluso podría suponer un riesgo por el peso extra. Así pues, este sistema permitía liberarse del chaleco en un periquete por si había que salir de naja con los motores ardiendo o el piloto y el copiloto hechos puré por un impacto directo de un proyectil de la Flak. En las fotos vemos la secuencia. La de la izquierda muestra el instante en que un artillero tira de la lengüeta, y en la de la derecha vemos como el chaleco cae de inmediato, dejando al descubierto el arnés del paracaídas, el chaleco salvavidas, el tubo de oxígeno, etc. Las fotos nos dan además una imagen bastante exacta de la cantidad de chismes en los que un tripulante podía engancharse al moverse dentro del avión, motivo por el que las cintas de desenganche iban ocultas bajo el chaleco, como ya comentamos antes. 

El M1 era usado por artilleros, navegantes, operadores de radio y bombarderos ya que por su ubicación en el avión podían ser alcanzados desde cualquier ángulo. En total se fabricaron 338.780 unidades de esta armadura que, a la vista de los numerosos testimonios que se fueron recopilando, salvaron mogollón de vidas. Como complemento, especialmente para los artilleros, se diseñaron dos delantales que protegía la parte baja del abdomen, las ingles y la parte superior de los muslos. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del M3, un modelo de forma triangular destinado sobre todo a los artilleros situados en torretas o posiciones de espacio reducido. Como vemos, como estaba unido al chaleco mediante tres correas con broches, y su peso era de 4 libras y 14 onzas (2'2 kilos). La foto de la derecha muestra un artillero de costado (waist gunner, artillero de cintura los llaman los yankees) en acción con el modelo M4, de forma rectangular y mayor tamaño ya que por su posición en el interior del aparato disponía de más espacio. Este delantal pesaba 7 libras y 2 onzas (3'75 kilos) por lo que, en caso de usar estos delantales en el M1, el peso total de la armadura ascendía a  10'07 y 11'62 kilos respectivamente. Hasta el final de la contienda se fabricaron un total de 142.814 unidades del M3, y 209.144 del M4. No escatimaron, las cosas como son. Además, hay que tener en cuenta que la práctica totalidad de estas armaduras fueron enviadas a Europa ya que en el Pacífico el riesgo de palmarla a causa de la artillería antiaérea japonesa era muy inferior.

Para los pilotos y copilotos se fabricó el M2, un chaleco que solo protegía la parte delantera del cuerpo ya que los asientos estaban blindados. Su aspecto era muy similar al M1 y con el mismo sistema de liberación, pero la parte trasera no estaba acorazada por lo que su peso era muy inferior, solo 7 libras y 13 onzas (3'53 kilos). Y para mejorar su protección en los bajos y partes pudendas, que no era plan de volver a casa olvidándose de los restregones con Mary Jane en el asiento trasero del Chevrolet de daddy, se fabricó la "Flyer's Groin Armor M5" (Armadura de Ingles para Aviadores M5). En la foto de la izquierda podemos ver su aspecto por la parte interna de la misma. Constaba de tres piezas separables, dos para los muslos y una central que se metía entre las piernas como si de un braguero se tratase para conservar la máquina de la testiculina en buen estado. La foto de al lado muestra a un piloto con su chaleco M2 complementado con la M5. Este aditamento pesaba 15 libras y 4 onzas (6'9 kilos), el doble que el chaleco, por lo que el peso total del conjunto ascendería a 10'44 kilos de nada. La producción de la M5 alcanzó un total de 109.901 unidades.

Artilleros de costado de un B-24. El que aparece en segundo término lleva
el chaleco M1 y el delantal M3. El otro va de inmortal por la vida y solo
lleva, al igual que su colega, el casco M3
A comienzos de 1944 ya se habían distribuido estas armaduras entre la 8ª y la 9ª Fuerza Aérea, y poco después se pudo ampliar a la 12ª y la 15ª. Ojo, no se entregaban a nivel individual, sino que cada tripulante retiraba una del almacén y la devolvía a su regreso, por lo que con los 13.500 ejemplares que se habían fabricado en los escasos meses transcurridos desde octubre del año anterior, cuando fueron declaradas como reglamentarias, había de momento para cubrir las necesidades de ambas unidades. Con todo, el Departamento de Artillería no se conformó con los buenos resultados obtenidos con la M1 y la M2 más sus respectivos complementos, sino que siguió investigando para mejorarlas, sobre todo en lo referente al peso sustituyendo el acero de los modelos iniciales por aluminio y el forro de algodón por nylon. Muchas de las pruebas que se habían llevado a cabo durante la Gran Guerra habían demostrado que, curiosamente, había tejidos que tenían una especial capacidad para "atrapar" las esquirlas de metralla e incluso proyectiles de pequeño calibre. Se pudo comprobar que una plancha de seda con un peso de 1 libra por pie cuadrado (454 gramos por 0'09 m²) ofrecía una resistencia satisfactoria a la metralla a velocidades inferiores a los 460 m/seg., o sea, una velocidad superior a la de la metralla y esquirlas procedentes de los proyectiles antiaéreos que detonasen a más de 30 metros del aparato. 

Chaleco T46. Su apariencia era la misma que la
de su predecesor de acero
Cuando se pusieron a desempolvar viejos expedientes que llevaban archivados desde 1918 recuperaron estos datos y empezaron a probar con otros materiales ya que era imposible disponer de las cantidades de seda necesaria para las armaduras (recordemos que los paracaídas debían fabricarse sí o sí con este material), encontrando que el nylon podía suplirla con bastante eficacia usando varias capas en el forro interno de los chalecos y sus accesorios. Así pues, se sustituyeron las placas de acero Hadfield por otras de una aleación de aluminio de 3×5 pulgadas (7'62×12'7 cm.) y su correspondiente forro de nylon. El fragmento de metralla podría atravesar el aluminio, pero el impacto le haría perder su velocidad de forma que sería detenido sin problema por la capa textil. Al final, y según los testimonios de los que pasaron por esa experiencia tan desagradable, el sujeto solo acusaba un golpe capaz de derribarlo e incluso dejarlo aturdido unos instantes, pero las consecuencias serían un hematoma bien gordo, acaso alguna costilla rota o, a lo sumo, una herida superficial. Eso sí, las armaduras no obraban milagros, y si lo alcanzaba un proyectil de los gordos o un fragmento de un antiaéreo detonado a escasa distancia, adiós muy buenas. No obstante, se dieron casos de tripulantes alcanzados por proyectiles de 20 mm. que, al estallar contra el chaleco, se convirtieron en miles de partículas de metralla que no llegaron a atravesarlo, sino que solo produjeron los efectos anteriormente descritos. Naturalmente, el afectado sentía algo parecido a si le hubiese atropellado un camión, pero bueno... Así, los modelos fabricados con aluminio pasaron a denominarse como T46 en lugar del M1, T55 por el delantal M3, T56 por el M4 y T57 por la armadura de ingles M5. Sus pesos se vieron obviamente reducidos de forma proporcional por la sustitución del acero por aluminio.

Bueno, ya me he enrollado bastante, así que dejamos los cascos para el siguiente artículo. Con este seguro que podrán sorprender a sus cuñados que hayan visto 18 veces "Memphis Belle" y les dejan la jeta a cuadros cuando les den detalles sobre el tema.

Hale, he dicho

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Fotograma de "Memphis Belle", dirigida en 1990 por Michael Caton-Jones y en la que se recrea la vigésimo quinta y última
misión del famoso B-17. La peli, aparte de las obligadas alusiones patrioteras, familieras y demás chorraditas sentimentaloides  a las que son tan aficionados los yankees, nos permite ver con todo lujo de detalles como se desenvolvían los atribulados tripulantes dentro del aparato. De hecho, media película transcurre en el interior del mismo. En la imagen vemos a los dos artilleros de costado protegidos con sus chalecos M1 y los delantales M3. Por debajo se atisba el arnés del paracaídas. Por cierto, obsérvense los enormes cajones de madera para la munición que también se aprecia en la
foto donde vemos a un artillero flotando sobre vainas de 12'70 mm. Con estas cajas se ahorraban tener que reponer
munición en vuelo, que como está mandado se acababa cuando el malvado as nazi se abalanzaba contra uno de ellos

sábado, 1 de septiembre de 2018

Armaduras medievales modernas: la armadura ligera Bashford Dean


Hace varios meses, cuando se publicó un artículo dedicado a los proyectos fallidos de cascos para el ejército yankee, anticipé que ya se dedicaría una entrada a la armadura que vestía el probo doughboy que aparecía en la foto de cabecera, así que aprovechando que en la anterior estudiamos el mamotreto ideado por Guy Brewster, pues seguiremos con el tema armadurístico para no perder el hilo. Al grano pues.

Bashford Dean (1867-1928) en plena contienda
En las diversas entradas que hemos dedicado hasta ahora al tema de cascos y armaduras surgidos durante la Gran Guerra ya se ha mencionado alguna que otra vez la intervención del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York en los diversos diseños que el ejército yankee probó deprisa y corriendo para dotar a sus tropas de armamento defensivo adecuado. Como recordaremos, se creó el comité de turno porque los seres humanos no saben ni ir a mear si previamente no han formado un puñetero comité o comisión, en este caso el Armor Committee of the American Council of National Research (Comité de Armaduras del Consejo Nacional de Investigación), entre cuyos miembros más destacado estaba el Dr. Bashford Dean, conservador de la armería del museo y promocionado al grado de comandante porque eso de ver civiles en contubernios militares no suele ser del agrado de los mismos.  Dean se rodeó de un reducido pero selecto grupo de expertos para llevar a cabo tanto los diseños como la elaboración artesanal de los prototipos que debían ser presentados al dichoso comité para recibir el visto bueno antes de ser remitidos a los mandamases que debían dar su aprobación al proyecto.

Von Kienbusch (1884-1976) ya en la vejez contemplando un ejemplar de su
fastuosa colección. Llegó a poseer más de 1.100 piezas incluyendo 35
arneses completos y 135 espadas
Su mano derecha era Carl Otto von Kienbusch, que a pesar de su evidente origen tedesco había nacido en Nueva York en 1884 y, aunque su familia se dedicaba al negocio del tabaco, desde que Dean empezó a trabajar en el Metropolitano en 1912 ya formaba parte de su equipo debido a la pasión y el profundo conocimiento de este pseudo-yankee por el armamento medieval. Su confianza en él llegaba al extremo de representarle en las distintas subastas que se celebraban en el mundo para adquirir piezas interesantes con las que nutrir los fondos del museo. Al igual que Dean, cuando estalló la guerra lo militarizaron con el grado de teniente. El resto del selecto equipo lo completaban los armeros del museo encargados de dar forma a lo que maquinaban entre Dean y von Kienbusch: Daniel Tachaux y Raymond Bartel, un gabacho (Dios maldiga al enano corso) que Dean contrató en 1914 y se lo llevó allende el Atlántico, por lo que supongo le estaría eternamente agradecido por haberlo librado de la quema. Estos hombres fueron los que dieron forma a golpe de martillo a todos y cada uno de los prototipos diseñados por Dean, fabricando las piezas de forma totalmente artesanal como si estuvieran en una armería de Solingen en pleno siglo XVI.

Daniel Tachaux (1857-1928) dándole al martillo en su taller
Como ya sabemos, el desmedido interés de los estados mayores por desarrollar proyectos adecuados de defensas corporales se debía al elevadísimo número de bajas producidas a causa de todas las porquerías que volaban a una velocidad inquietante por los campos de batalla, desde balas de fusil y ametralladora a esquirlas y fragmentos de metrallas, bolas de metralleros e incluso las mismas piedras que, al salir impulsadas por la detonación del alto explosivo, eran tan mortíferas como cualquier proyectil convencional. Como dato curioso, el porcentaje más bajo de heridas eran las de bayoneta. En todo caso, según los estudios que se habían llevado a cabo, un 20% de las bajas se producían por heridas en la cabeza y el cuello, lo que se subsanó en parte con la introducción del casco, pero aún quedaban muchas partes del cuerpo expuestas a heridas que podían ser mortales y, de hecho, lo eran, bien de forma casi fulminante por hemorragias masivas al verse interesados vasos sanguíneos importantes o bien órganos y/o vísceras, o bien por procesos infecciosos posteriores, como septicemias, que lo dejaba a uno listo de papeles, o gangrena, con lo que ya podía despedirse del brazo, la pierna o todo junto. En base a estos estudios, un 35% de las heridas se producían en las piernas, un 25% en los brazos y un 20% en el tronco, así que tenían claro que si se protegían adecuadamente esas zonas el número de sonrientes doughboys que se quedasen abonando los campos de Flandes se vería notablemente reducido y podrían volver a sus casas a seguir devorando mazorcas de maíz, pasteles de manzana y versículos de la Biblia. 

Obviamente, para reducir las bajas por heridas de este tipo no se podía equipar a las tropas con las pesadas armaduras y cascos capaces de resistir disparos de fusil a corta distancia como la Brewster, sino algo más cómodo y ligero, que no estorbase a la hora de moverse por el campo de batalla y, sobre todo, que pudiera ser usado durante horas sin que causase agotamiento, roces o molestias de cualquier tipo al soldado. En resumen, una armadura capaz de detener proyectiles de arma larga a distancias medias, de pistola o revólver a corta distancia y de metralla que, en función de su procedencia, sería más o menos letal según la distancia ya que, obviamente, no era lo mismo toparse con un cacho hierro de 1 kg. procedente de un proyectil de artillería de 155 mm. que una esquirla de una granada de mano. La lámina de la derecha nos permitirá hacernos una idea de lo que significaba ser herido por una bala (figura de la izquierda) o por un casco de metralla (figura de la derecha). En el segundo caso, la pérdida de masa ósea y muscular ya suponían una curación muy compleja y una convalecencia muy larga teniendo suerte. En caso de llegar vivo al hospital y de no perder el miembro, la cojera de por vida estaba prácticamente garantizada. Como ya podemos suponer, disponer de protecciones para reducir el porcentaje de heridas de este tipo implicaba salvar de la mutilación o de la muerte a decenas de miles de hombres.

Así pues, el equipo encabezado por Dean se puso manos a la obra compaginando la elaboración de diseños en busca de un casco eficaz con el de armaduras ligeras que, aunque no convirtiesen al combatiente en invulnerable, al menos que le ahorrasen heridas que podían incluso acabar con su vida si no eran tratadas de inmediato, lo que no siempre era posible. Inicialmente desarrollaron un conjunto de peto y espaldar diseñados de forma que, una vez colocados, quedaban muy ajustados al cuerpo. Esto facilitaba enormemente los movimientos de su usuario ya que no se veía con planchas de hierro colgando cada vez que se arrojaba al suelo o corría como un gamo para escapar de la metralla. El conjunto se complementaba con protecciones para los brazos literalmente copiados de cualquier armadura de placas de los siglos XV o XVI salvo por un detalle: al no disponer de guanteletes por razones obvias, estaban provistos de unas protecciones para el dorso de la mano similares a las usadas por las armaduras japonesas. De ese modo quedaban los dedos libres para manejar el arma, cargarla, lanzar granadas e incluso rascarse la oreja si se terciaba. En la fotode la derecha podemos ver el aspecto del conjunto, que le da al probo doughboy que hace de modelo el aspecto de un extraño híbrido de hombre de armas medieval y soldado moderno. Veamos con detalle cada parte.


En la figura A vemos el reverso del peto. Estaba formado por cuatro placas unidas mediante dos correas remachadas salvo la inferior que, como se puede observar, disponía de dos pares de orificios con ollados por donde pasaba un cordón (véase foto de la derecha). La parte superior tenía un almohadillado de caucho esponjoso de 2,5 cm. de espesor para mantener la coraza separada del pecho. Su finalidad era, aparte de hacerla más confortable, impedir que en caso de que un proyectil enemigo hundiese la chapa sin llegar a atravesarla causara algún trauma como, por ejemplo, partir una costilla o el esternón. Su tamaño estaba calculado para que pudiera fabricarse de una sola talla, y solo en caso de que el soldado fuese un enano birrioso bastaría con eliminar la chapa inferior y santas pascuas. 

La figura B muestra el reverso del espaldar. Estaba construido de forma similar, como si de una cola de langosta se tratase pero, en este caso, la capacidad para articularse no se basaba en correas remachadas, sino en remaches cuya cabeza pasaba por una ranura practicada en la chapa superior tal como vemos en el gráfico de la derecha. De ese modo se lograba obtener la movilidad necesaria en la espalda para agacharse o para recoger del suelo una moneda de un duro. La fijación al cuerpo y al peto se efectuaba con las correas que vemos en la foto. Una inferior para asegurar el espaldar a la cintura y, además, unirlo al peto, pasándola entre las correas y la chapa del mismo de forma que quedaba oculta una vez abrochada. Para unir ambas piezas por los hombros tenía a cada lado otras dos correas con terminales metálicos con los típicos orificios con forma de ojo de cerradura, dos en cada uno para regularlos conforme a la constitución del sujeto. Para aclararnos, el mismo sistema que usaban los petos de los coraceros decimonónicos.

Por último, en la figura C vemos a un guripa con la coraza puesta. Obsérvese que no es simétrica, y que el lado derecho deja espacio de sobra para apoyar la culata del fusil. Zurdos, que se joroben. Además, las sisas eran lo bastante amplias como para permitir cualquier movimiento, incluso cruzarse de brazos, sin ningún problema. El conjunto estaba fabricado con chapa de acero al manganeso con un grosor de entre 0,9 y 1 mm., dando un peso total de alrededor de los 4 kg. Según las pruebas que se llevaron a cabo, podía resistir a unos 3,5 metros de distancia un disparo de arma corta con una Vo de 260 m/seg., lo que implicaba que también detendría esquirlas de metralla, balas perdidas e incluso disparos de arma larga siempre y cuando impactasen con un ángulo muy acusado.

Pero además de la coraza ya mencionada se desarrolló de forma paralela otro modelo con el peto y el espaldar fabricado de una sola pieza, posiblemente de cara a facilitar una producción masiva. Tanto el material como las cualidades balísticas eran similares, pero tenía ciertas mejoras que podemos observar en la foto de la derecha. En la figura A vemos el reverso del peto que, en este caso, estaba enteramente forrado de caucho esponjoso con grandes almohadillados en el pecho y a ambos lados de la parte inferior para mantenerlo separado del cuerpo, y no solo el pecho como el caso del modelo articulado. Para fijarlo al cuerpo disponía de un arnés para los hombros y la cintura. En la figura B tenemos el espaldar, también obtenido de una sola pieza mediante prensado y que, según vemos en la foto, se ajustaba perfectamente al cuerpo de su usuario. Aunque parezca algo superfluo eso de proteger la espalda, recordemos que una lluvia de cascotes sobre un hombre tumbado en el suelo podía causar graves fracturas en las costillas y, sobre todo, en la espina dorsal, dando lugar a lesiones medulares que lo condenarían a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas. Veamos ahora las protecciones de los brazos...

Estaban formadas por cinco piezas: hombrera, brazo, codo, antebrazo y la chapa que, como comentamos al principio, protegía el dorso de la mano. Se sujetaban al brazo mediante correas provistas de broches, dos en cada una, para poder ajustarlas al contorno de cada cual. La única que carecía de ajuste era la que sujetaba la chapa de la mano. El acabado de estas piezas era francamente bueno, cuidando hasta el más mínimo detalle para hacerlas lo más confortables posible. El interior de la protección de la mano estaba enteramente forrado de cuero para impedir roces ya que era la única parte del brazo expuesta directamente al metal salvo que se usasen guantes. Los bordes del resto de las piezas estaban rebordeados con una chapa de acero, y el conjunto estaba pintado por ambas caras de verde oliva. Al igual que las corazas, habían sido concebidas concebidas para fabricarse en una sola talla. La regulación a la longitud del brazo se efectuaba con las correas de las hombreras, que permitían ajustarla a la longitud del usuario. En el detalle de la siguiente foto lo veremos mejor.

Como podemos apreciar, la hombrera metálica estaba unida a una pieza de cuero mediante un cordón que, aflojándolo o apretándolo ya permitía una regulación de ajuste al hombro en función a la anchura de espaldas de cada cual. La flecha roja marca la ranura por la que se pasaba la hombrera de la guerrera para fijar el conjunto por su parte superior. Esto no quiere decir que el peso del protector recayese por completo en el hombro ya que se repartía de forma uniforme por todo el brazo gracias a las correas que tenía cada pieza. Y marcados con flechas amarillas vemos dos de los tres orificios que tenían las dos correas que unían la hombrera al brazo, ajustándolo a la longitud de su usuario. El resto de piezas, al estar articuladas, se abrochaban aprovechando el juego que daban los pocos centímetros de margen que tenían las correas de unión entre piezas, permitiendo así, como se ha dicho, fabricar estas protecciones de una sola talla. La longitud de cada protector era de 75 cm., y su peso de 1,4 kg. 

El equipo de Bashford Dean del Museo Metropolitano en 1919. Podemos
ver a nuestro hombre sentado a la derecha. Detrás de él aparece Daniel
Tachaux, y sentado a la izquierda vemos a Stephen Grancsay (1897-1980),
que sucedería a Dean tras el retiro de este en 1927. Detrás suyo
está  Von Kienbusch
Estas protecciones se fabricaron por la New England Enameling Co. Inc. en un número de 200 unidades que fueron inmediatamente enviadas al frente para ser probadas, pero lo avanzado de la guerra no permitió testarlas a fondo y, mucho menos, darlas por buenas, por lo que no fueron aceptadas por el ejército. El fin del conflicto supuso la cancelación de todos los proyectos que estaban en marcha, lo que fue un error porque apenas 19 años más tarde comenzó una nueva fiesta que podría haberse iniciado con estos diseños en un grado de evolución y perfeccionamiento que, posiblemente, habrían evitado muchas bajas. De hecho, se ha calculado que si las armaduras de Bashford Dean hubieran llegado a entrar en servicio el número de víctimas podría haberse reducido en algunos sectores hasta en un tercio. Pero como las cosas de palacio van despacio, y más cuando hay comisiones y comités de por medio con mil intereses creados entre los que la seguridad del personal figuraba en los últimos lugares, pues los doughboys siguieron combatiendo a pelo hasta el mismísimo final de la contienda ya que el general Pershing, quizás por aquello de haber llegado el último, mantuvo las operaciones hasta el mismísimo día 11 de noviembre de 1918, cuando se firmó el armisticio. 

En fin, con esto concluimos de momento, porque aún quedan muchos inventos curiosos por estudiar. A modo de colofón, ahí dejo la carta que le escribió el ex-presidente Theodore Roosevelt agradeciéndole sus esfuerzos por equipar a las tropas yankees con un armamento defensivo adecuado. Ya vimos como sus fabulosos cascos, uno de los cuales por cierto fue prácticamente copiado por los suizos y lo hicieron reglamentario en su ejército, así como las armaduras que hemos visto hoy podrían haber resultado de gran importancia, pero al final ninguno de sus proyectos vio la luz. Solo le quedó el reconocimiento de los que tuvieron noticia de los mismos por su indudable brillantez. El escrito, fechado el 19 de abril de 1918, o sea, antes de acabar la guerra, dice así:

Mi querido mayor Dean: 

Primero permítame decir que deseo agradecerle y felicitarle por su trabajo en Washington. ¡Señor, cómo desearía ser la mitad de útil! Confirmaré la recepción de la carta del Dr. Saka como usted solicita.
Con mi profundo agradecimiento, muy sinceramente suyo


Bueno, ya'tá

Hale, he dicho

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Tres perspectivas de un doughboy con la armadura articulada, los protectores de brazos y el casco experimental nº 5.
Como podemos observar, el ajuste de la coraza permitía llevar la mochila de combate, la máscara antigás y el correaje
con las cartucheras sin ningún tipo de impedimento. El peso total contando el casco no llegaría los 8,5 kilos