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jueves, 4 de julio de 2019

Armaduras de aviador. Cascos


El atribulado navegante del Memphis Belle en plena crisis existencial porque tenía un pálpito chungo desde el día antes: no
volvería vivo de la última misión, y el estrés le pudo finalmente en forma de repentino apretón que no le dio ni tiempo para
aliviarse abriendo la bodega de las bombas. Y es que volar viendo como a tu alrededor se llena el espacio de siniestras
nubecillas negras que desprenden porquerías metálicas a gran velocidad debe ser sumamente preocupante

El sargento John Stankiewicz muestra muy contentito el casco
M4 que lo libró de ver sus sesos desparramados. En abril de
1944 lo alcanzó un fragmento de metralla de 2'6 cm. de
ancho por 1'5 de espesor cuyos efectos vemos en el casco.
Según su propio testimonio, sintió como si un martillo le
hubiera golpeado en la cabeza. Quedó aturdido, pero vivo
Bueno, los cascos... En la entrada anterior ya vimos con detalle como los chalecos ideados por el coronel Grow salvaron a muchos de ser heridos de mayor o menor gravedad o, lo que es peor, de palmarla. Y, peor aún, palmarla porque recibían una herida pero no podían ser atendidos por un sanitario. Este era uno de los grandes inconvenientes que padecían las tripulaciones de los bombarderos y en lo que la mayoría no suele pensar, por lo que volvemos a la idea generalizada de que estos probos aviadores eran cuasi invulnerables. ¿Verdad que no han caído en ese detalle tan chorra? Un soldado de tierra cae herido y en un tiempo razonablemente breve podía ser atendido para estabilizarlo y, a continuación, ser evacuado a un hospital de sangre, por lo que una herida de gravedad no tenía por qué ser necesariamente mortal. Sin embargo, un tripulante que era alcanzado no disponía más que del botiquín de primeros auxilios de a bordo y de la sangre fría de sus compañeros para hacerle una cura de circunstancias- léase espolvorear sulfamidas sobre la herida y ponerle encima una gasa para contener la hemorragia o hacerle un torniquete- y meterle un chute de morfina para que no berrease demasiado y pusiera de los nervios al resto del personal. Porque el avión no podía dar media vuelta, y aunque pudiera igual estaba a una hora o dos de la base en un momento en el que lo que contaban eran los minutos.

Tripulante de un bombardero evacuado nada más tocar tierra. Este tipo de
escena era más habitual de lo que pensamos
O sea, que el riesgo de entregar la cuchara a causa de heridas relativamente graves era mucho más elevado que en los combatientes de tierra y, además, se había comprobado de forma rotunda que el porcentaje de heridas de efectos fulminantes era muy inferior al de heridas potencialmente mortales que tardaban un rato en acabar con la vida del personal. En resumen, que solo con el hecho de proteger a las tripulaciones con una armadura cuyo costo era despreciable en comparación, no ya con el de una vida humana, sino con lo invertido en adiestrarlos, era motivo sobrado para poner sus atribulados pellejos a buen recaudo de la metralla que les enviaban los cualificados tedescos de la Flak. En cualquier caso, las cifras con las que se enfrentaban eran de 5'44 tripulantes heridos por cada mil que tomaban parte en una misión, y de 6'53 heridas por cada millar, o sea, que algunos recibían más de una herida. Ojo, que a diario había misiones y a diario miles de hombres tomaban parte en las mismas, así que nadie piense que es una cifra birriosa si se limita a compararla con las del ejército de tierra, y en este cómputo no se incluyen los que eran derribados y no volvían jamás.

Piloto de un B-29 vistiendo un chaleco M2 y con la
cabeza protegida por un casco M4A1
Bien, de estas heridas el porcentaje más elevado de mortalidad se lo llevaba, como es lógico, la cabeza, eso que todo el mundo tiene encima de los hombros pero cuyo contenido solo usa un porcentaje muy reducido de ciudadanos. Un tercio de las bajas mortales entre las tripulaciones eran a causa de heridas en la cabeza, así que de poco servía proteger un hígado saturado de bourbon o unos pulmones como el hollín a base de tabaco si la sesera se iba al garete, de modo que también se llevaron a cabo varios diseños para facilitar el uso de estos chismes ya que, como comentamos en la entrada anterior, el M1 reglamentario era incómodo de llevar si se usaban auriculares y, en menor grado, gafas de vuelo y máscaras de oxígeno. Pero como eran imprescindibles, sobre todo los auriculares, pues nadie se ponía el casco como no vieran el panorama tan negro que fuese preferible la incomodidad a la muerte.

Para elaborar los prototipos se recurrió también a los expertos armeros del Museo Metropolitano, que de yelmos y cascos sabían más que nadie. Antes de nada y en estrecha colaboración con el personal del Laboratorio de Investigación Aero-Médica del ejército, elaboraron una pequeña colección de doce cabezones que sirvieran de referencia en base a un estudio de medidas antropométricas para obtener promedios que permitiera aproximarse al máximo a la mayoría de las cabezas del personal. Como vemos en la foto, no se limitaron a fabricar maniquíes con las mismas proporciones pero de tamaños sucesivamente mayores, sino que tomaron posibles cabezas de todo tipo: más alargadas, más estrechas, más gordas... en fin, intentando abarcar un promedio aceptable para diseñar un casco que, aunque ajustable en talla, tuviera unas proporciones que se ajustaran lo mejor posible a cualquier ciudadano volátil. 

El primer modelo, denominado M3, era el paso más obvio: si lo que más molestaba eran los puñeteros auriculares, lo suyo era hacerles sitio. Así pues, no hizo falta devanarse mucho la sesera para concluir que lo más fácil era coger un M1 y recortarle los laterales. Para hilar más fino se añadieron dos orejeras de generoso tamaño para cubrir los dichosos auriculares que, al cabo, estaban fabricados con materiales blandos y un cacho metralla podría impactar en ellos, arrancándoles un fragmento y proyectándolo hacia la cabeza junto con la esquirla metálica. En la foto tenemos varias vistas que nos permiten verlo con detalle. El casco, enteramente rebordeado para eliminar superficies cortantes, estaba fabricado con el mismo tipo de acero al manganeso que el M1, siendo su peso total de 3 libras y 3 onzas (1'45 kg.). Como vemos, no llevaba el característico sotocasco de fibra del M1, sino un atalaje regulable fijado directamente en el casco mediante remaches. Las orejeras, sujetas por grandes bisagras soldadas en los laterales, tenían unos discos de fieltro para no dañar los auriculares. La sujeción a la cabeza era mediante un barbuquejo de lona regulable provisto de un simple broche en vez del sofisticado sistema del M1. Al cabo, un tripulante no tenía que ir por el mundo corriendo y dando saltos de un lado a otro. Este casco estaba destinado a todos los miembros de la tripulación, desde los pilotos a los artilleros, navegantes, bombarderos y operadores de radio. El M3 fue el modelo más prolífico. Fue declarado reglamentario en diciembre de 1943, y hasta el final de la guerra se fabricaron 213.543 unidades.

Con todo, el M3 presentaba un problema, y era su volumen, excesivo para los artilleros confinados en las torretas de cola y, sobre todo, en las burbujas  que los B-17 y B-24 llevaban en la panza, donde por norma destinaban al personal más enano y birrioso de cada unidad porque un tipo de dimensiones normales no cabía. De hecho, incluso los birriosos iban literalmente como sardinas en lata. Para estos sufridos tripulantes se diseñó el M4 (foto de la derecha), un casco tipo calota de una sola talla que carecía de guarnición interior ya que se colocaba encima del gorro de vuelo. El M4 constaba de varios segmentos o láminas colocadas longitudinalmente dentro de una cubierta textil. Estas láminas estaban fabricadas con el mismo acero que el M1, siendo el peso total del casco de 2 libras y 1 onza (935 gramos). Como podemos ver, estaba recortado por los laterales para dejar sitio a los omnipresentes auriculares, y la sujeción a la cabeza era mediante un barbuquejo con una hebilla dentada. 

Y, como se pensó en el caso del M3, si algún fragmento de metralla impactaba con los auriculares podía darle un disgusto al personal, así que se mejoró este detalle con la versión M4A1, que era el mismo pero con unas orejeras similares a las del M3 si bien en este caso forradas entramente de tela ya que no se sujetaban al casco mediante bisagras, sino cosiendo la funda de las mismas a la cubierta del casco. En la foto tenemos a la izquierda una vista delantera del M4A1, y a la derecha su aspecto por la parte trasera. Se aprecia una de las dos tiras de lona que llevaba a cada lado sujetas mediante corchetes para impedir que la cinta elástica de las gafas de vuelo se saliera de su sitio. Al igual que su antecesor, carecía de guarnición interior, era de una sola talla y se colocaba directamente sobre el gorro de vuelo. El peso de este modelo era de 2 libras y 12 onzas (1'25 kg.) En junio de 1944 se introdujo un modelo idéntico pero de dimensiones un poco mayores, el M4A2, porque había personal al que había que ponerle el casco a martillazos por lo visto. En todo caso, como decimos, ambos modelos eran exactamente iguales.

El último modelo operativo durante la guerra fue el M5, introducido a principios de 1945 y destinado a ser el modelo estándar para todas las tripulaciones, sustituyendo en teoría al M3 y a la serie M4. Como vemos en la foto, era de un tamaño inferior al M3, habiéndosele eliminado además la visera frontal para mejorar la capacidad visual de su usuario, por lo que podrían usarlo los artilleros de torretas. También se rebajó un poco la parte trasera para poder mover la cabeza hacia arriba con más facilidad. Por otro lado, ofrecía una protección más eficaz que los M4 ya que era de una sola pieza y no de segmentos entre los que podía colarse una esquirla traidora. Sin embargo, se aumentó el tamaño de las orejeras para ofrecer más protección en los laterales de la cabeza. Este modelo pesaba lo mismo que el M4A1, y de no haber sido por el fin de la guerra habría ido sustituyendo a todos los modelos anteriores.

Bien, estos fueron los cascos con los que los tripulantes de los bombarderos yankees protegieron sus cabezas imbuidas de elevados sentimientos de democracia y libertad mientras que sus cuñados y demás inútiles para el servicio se quedaban en casa linchando negros y tirándole lo tejos a Mary Jane. Pero las investigaciones de Grow no se limitaron a proteger los cráneos, sino también a las jetas y zonas adyacentes a las mismas. Por ejemplo, entre octubre de 1943 y julio de 1944 se llevaron a cabo varios diseños para proveer al personal de una máscara que les protegiesen los belfos. Los ojos ya contaban con gafas adecuadas, pero la nariz y la mitad inferior quedaban a merced de la metralla enemiga. En esto no tuvieron mucho éxito porque las máscaras de oxígeno hacían complicado diseñar algo que las cubriese sin producir molestias ni añadir un peso extra excesivo, por lo que se llegaron a probar incluso materiales no metálicos. En la foto vemos el prototipo T6, una máscara metálica destinada a usar en combinación con el casco M3. Como podemos suponer, no debía ser un trasto precisamente cómodo y ligero.

Pero aparte de las máscaras, en la misma época se había empezado también a estudiar la forma de proteger el espacio que quedaba desprotegido entre el chaleco y el casco, o sea, cuello y parte donde se unía con el tórax. En 1945 se introdujo a nivel experimental la Armadura de Cuello T44 que vemos en la foto. Estaba fabricada de la misma forma que los chalecos, con chapas solapadas de acero de 5×5 cm. y 1 mm. de espesor, lo que hacía que el peso total de la pieza fuera de 4 libras y 5 onzas (1'98 kilos). Se apoyaba en los hombros y se abrochaba por delante, y las tiras inferiores se fijaban a los cascos de la serie M4. Se llegaron a fabricar 10.969 unidades hasta junio de 1945, pero el final de la guerra acabó con el desarrollo del proyecto.

Más sofisticada era la T59E1, un prototipo de armadura de cuello formada por dos piezas y destinada a complementar el casco M5. La parte delantera se fijaba al peto del chaleco y la posterior se unía a la parte trasera de forma que quedaban conectadas a las cintas que liberaban la armadura en caso de emergencia. En este caso el blindaje no estaba formado por placas de acero, sino de la misma aleación de aluminio del T46. Este modelo, que se llegó a introducir como M13 en septiembre de 1945 aunque ya su vida operativa era nula, ofrecía muchas más ventajas que el anterior ya que, al no estar fijado al casco, permitía una total libertad de movimientos de la cabeza y, lo más importante, se desprendía junto a la armadura corporal si era necesario. La T59E1 ofrecía una protección total en la nuca, los laterales del cuello y la zona superior del tórax a cambio de un peso de 4 libras y 8 onzas (2'03 kilos), casi lo mismo que el prototipo anterior a pesar de cubrir una superficie más amplia gracias a su blindaje de aluminio. 

B-29 alcanzado por la artillería antiaérea. A los fragmentos de metralla
habría que añadir los trozos de aluminio del fuselaje, cortantes como
cuchillas, que salían despedidos hacia el interior de aparato
En fin, el 9 de agosto de 1945, una brillante bola de fuego sobre Nagasaki  hizo ya prescindibles todas estas armaduras que tan concienzudamente habían sido diseñadas por Grow con la ayuda de los armeros del Museo Metropolitano. No obstante, el balance final fue sobradamente satisfactorio ya que los porcentajes de bajas se redujeron a la mitad, de los 5'44 por mil a un 2'29 por mil, lo que supuso un 58% menos de heridos que, de no haber contado con las armaduras y cascos que hemos visto en estos dos artículos, posiblemente muchos de ellos no habrían vuelto a casa para ser cálidamente recibidos por Mary Jane. Las heridas mortales en el tórax se redujeron de forma contundente: de un 36% a apenas un 8%, y las abdominales de un 39% a un 7%, por lo que hablamos de miles de hombres que lograron salir ilesos o con un moretón gordo cuando en otras circunstancias habrían acabado tirados en el suelo del avión con las tripas fuera pidiéndole a un colega que se despidiera en su nombre de Mary Jane, que en aquel momento se estaba dejando querer por un apuesto capitán de Estado Mayor que no sabía lo que era poner un pie en el frente.

Bueno, criaturas, espero que les haya resultado interesante y tal.

Hale, he dicho

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B-26 bastante perjudicado por los disparos de un caza enemigo. En la mitad trasera se aprecian cantidad de impactos,
mientras que el alerón y parte del carenado del motor han pasado a mejor historia. Otros no tuvieron tanta suerte

miércoles, 3 de julio de 2019

Armaduras de aviador. Chalecos


Recepción de bienvenida a una oleada de B-17. Las densas barreras de fuego antiaéreo que desplegaba la Flak tedesca
debía poner de los nervios a los tripulantes, que solo tenían la opción de seguir avanzando como si tal cosa
mientras rezaban a Dios, Yahvé, Buda o al ectoplasma del abuelo si hacía falta para salir vivos y razonablemente
enteros del brete. Aunque la imagen de esos aparatos erizados de ametralladoras han dado siempre una sensación de
poder e invulnerabilidad, ante el fuego antiaéreo la artillería de a bordo no servía absolutamente para nada

Miles de fotos como esta han contribuido quizás a transmitir la idea de
que las tripulaciones de los bombarderos llevaban una vida apacible,
libres de sobresaltos y bien lejos de sus cuñados
Por cambiar de tema, al hilo de la monografía que vamos desarrollando sobre las Flaktürme y, simplemente, porque me parece un tema curioso y bastante desconocido, hoy vamos a hablar sobre las armaduras que usaron las tripulaciones de los bombarderos pesados yankees (Dios maldiga a Hearst). Es posible que más de uno ya conozca algo del tema, pero seguramente serán más los que en este momento habrán levantado la ceja con aire incrédulo, como preguntándose qué leches pintaba un aviador con una armadura. Obviamente, la intención era que no lo escabecharan, porque si les diera lo mismo no se las habrían puesto. Para la mayoría del personal, la imagen del aviador, ya fuese el piloto o cualquier tripulante, es la de un sonriente WASP con una chupa de cuero chulísima de la muerte, las Ray-Ban, la gorra de plato o el gorro cuartelero y, lo más importante, el transmitir una apariencia de invulnerabilidad tal que parecía que sus incursiones eran apacibles paseos en avión, llegar a la vertical del objetivo, soltar las bombas y dar media vuelta para volver a sus confortables barracones llenos de pósters de pin-up girls, botellas de bourbon y montañas de paquetes de Lucky Strike para contarse mogollón de chistes malos o leer las emocionantes y lánguidas cartas de Mary Jane, la chica más frondosa del barrio/pueblo/condado, que les producían deleitosos sueños húmedos.

B-17 tras una incursión sobre Colonia, donde además de su famosa agua
aromática le dieron estopa en cantidad. El aparato pudo volver, pero con
el bombardero convertido en comida para gatos
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Los eficientes pilotos de caza y la devastadora potencia de fuego de las baterías antiaéreas de los tedescos perpetraban unas escabechinas bastante inquietantes, y entre los aparatos que derribaban y los que volvían hechos un colador el número de bajas entre las tripulaciones no dejaba de ser un problema. Obviamente, el porcentaje sería ridículo si lo comparamos con las que sufría la infantería, pero adiestrar a un tripulante no era lo mismo que hacer lo propio con un soldado de tierra. Más aún, lo que en apariencia es tan simple como ser artillero de un B-17 o un B-24, los principales protagonistas de los ataques aéreos yankees en Europa, conllevaba un adiestramiento bastante complejo, caro y largo. Los vemos en las pelis disparando como locos sus M-2, pero acertar a un Me-109, un Me-110 o un Fw-190, para no hablar de un Me-262, no era ni remotamente un pim-pam-pum ya que, además de revolotear alrededor de las pesadas moles que tripulaban como moscas cojoneras a más velocidad y con más agilidad, les disparaban con cañones de hasta 30 mm. extremadamente eficaces. En infinidad de ocasiones, los daños producidos eran de tal envergadura que parecía cuasi milagroso que pudieran retornar a la base de partida, y ciertamente sus pilotos eran en gran parte los artífices de la hazaña por ser capaces de mantener en vuelo aparatos medio desintegrados. 

Surtido es esquirlas de metralla que van desde las más
grandes de varios gramos de peso a las pequeñas, partículas
diminutas que, no obstante, podían hacer bastante daño en
zonas como la cara o el cuello
Los yankees, que como sabemos no entraron en guerra hasta que los honolables guelelos del mikado les dieron las del tigre en Pearl Harbor en diciembre de 1941, enviaron su poderosa fuerza aérea a la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson) ya que el Soberano Celestial era aliado del ciudadano Adolf y del inefable Benito, y pronto empezaron a notar los desagradables efectos de las barreras de fuego antiaéreo que había que cruzar hasta llegar a sus objetivos, aparte de las bandadas de cazas que salían a interceptarlos durante su trayecto. Pero, curiosamente, para los tripulantes podía ser más mortífero un impacto directo de una bala de 8×57 mm. de una ametralladora ligera que la explosión de un proyectil antiaéreo de 88, 105 o 128 mm. ¿Por qué? Muy sencillo. Una bala atravesaba el fuselaje de lado a lado y, de paso, al que pillase por medio. Una ráfaga de las MG-17 que armaban los Me-110 o algunas versiones del Me-109 podía barrer desde la cola hasta la cabina de un bombardero sin que sus efectos fuesen verdaderamente peligrosos para el aparato, pero a los tripulantes que alcanzase podía matarlos sin problema. Sin embargo, la explosión de un proyectil antiaéreo, que lógicamente podía derribar un avión enemigo si detonaba cerca, y por supuesto si se trataba de un impacto directo, se fragmentaba en miles de esquirlas que atravesaban el fuselaje, pero si alcanzaban a un tripulante este podía salir ileso si llevaba una protección adecuada. La metralla producida por estos proyectiles salía despedida a una velocidad de unos 1.000 m/seg., pero sus pésimas cualidades balísticas- al cabo no eran más que cachos deformes de hierro- hacían que perdiesen más de la mitad de su velocidad tras un recorrido relativamente corto, por lo que sus efectos eran menos peligrosos para un ciudadano tripulante que una bala birriosa que, además de volar más rápido, tenía una capacidad de penetración muy superior.

En fin, que en vista del panorama decidieron que era hora de estrujarse las meninges y empezar a diseñar protecciones adecuadas para que sus sonrientes muchachos pudieran volver a casa a devorar los pasteles de manzana de mummy y sobar frenéticamente a Mary Jane en el asiento trasero del Chevrolet de daddy.

Malcolm C. Grow (1887-1960)
En octubre de 1942 la 8ª Fuerza Aérea llevó a cabo un estudio que analizaba detalladamente las heridas que habían recibido los tripulantes de los B-17 y B-24 que tomaban parte en los ataques contra el enemigo en Europa. De 303 bajas no mortales, un 38% fueron causadas por metralla de los proyectiles antiaéreos, un 39% por fragmentos de proyectiles de 20 mm. tanto de artillería antiaérea como de los cañones de los cazas, un 15% de balas de ametralladoras ligeras, y un 8% por fragmentos del fuselaje o de piezas del avión que salían despedidas por los impactos de la metralla enemiga. O sea, que un elevado porcentaje de heridas habían sido producidas por esquirlas metralla de pequeño tamaño, en algunos casos hablamos de milímetros, y de fragmentos del mismo aparato. En teoría eran proyectiles poco contundentes, pero sobraban para acabar con un hombre si alcanzaban una arteria o un órgano importante. La cuestión radicaba lógicamente en reducir ese porcentaje buscando la forma de disminuir el nivel de bajas entre los tripulantes, que llegaron a Europa con la única protección del casco M1 que nunca usaban porque si llevaban puestos los auriculares, imprescindibles para comunicarse entre ellos o para usar la radio, apenas les cabía el casco en la cabeza. 

La MRC Body Armour
La iniciativa la tomó el coronel Malcolm Cummings Grow, cirujano de la 8ª Fuerza Aérea, que había seguido con interés el desarrollo de la MRC Body Armour (Armadura Corporal del Consejo de Investigación Médica) de los british, que fueron los únicos que siguieron investigando sobre ese tema tras la Gran Guerra. Esta armadura era en realidad un proyecto destinado a la infantería, por lo que primaba la ligereza y protegía lo justo para reducir en lo posible heridas mortales en el pecho y la zona abdominal. Estaba formada por tres placas de acero al manganeso de 1 mm. de grosor y levemente curvadas para adaptarse al cuerpo y que, para protegerlas de la intemperie y reducir roces, iban dentro de unas fundas de lona. La placa frontal, de 9×8 pulgadas (22'8×20'3 cm.) protegía el corazón y los pulmones; unida mediante dos correas de lona llevaba otra para la zona abdominal de 8×6 pulgadas (20'3×15'2 cm.). En la espalda estaba la tercera, de 14×4 pulgadas (35'5×10'1 cm.) que protegía los riñones, el hígado y, mediante una proyección  de 5 pulgadas (12'7 cm.) en el borde superior, una porción de la columna vertebral. En total apenas pesaba 3,5 libras (1'58 kg.) incluyendo los atalajes y las fundas de lona, llegándose a fabricar nada menos que 200.000 unidades que fueron distribuidas entre el ejército, la marina y unidades especiales. Sin embargo, prácticamente no se usó porque resultaba molesta de llevar, restaba movilidad y producía dolorosas rozaduras. En resumen, un churro de armadura. Sin embargo, sirvió como punto de partida a Grow por una razón bastante simple: la armadura británica no valía para hombres que tuvieran que moverse, pero los tripulantes de un bombardero se movían más bien poco o nada y, por otro lado, el peso era un tema secundario tanto en cuanto unos kilos extra en hombres que combatían sentados o de pie con poco sitio para moverse dentro del avión no era lo mismo que un soldado de tierra cargado hasta las trancas de armas, munición y equipo que debía correr, saltar, arrastrarse, etc. 

Chaleco M1 fabricado por la Wilkinson. Obsérvense las diferencias
con el mismo modelo fabricado en USA que aparece más abajo
Grow no perdió el tiempo y se puso en contacto con la Wilkinson Sword Co. Ltd. de Londres para que fabricaran los prototipos que había ideado y que en realidad se parecían más a una brigantina de finales de la Edad Media ya que el "flak suit" (traje antiaéreo en referencia a la flak, la artillería antiaérea alemana), como inicialmente fue denominada esta armadura, era un chaleco de lona con el interior forrado de chapas cuadradas de acero de 5 cm. de lado y 1 mm. de grosor que, a su vez, estaban recubiertas por un forro interior de algodón. En octubre de 1942, el general Spaatz, comandante de la 8ª Fuerza Aérea, aprobó la fabricación de diez unidades para pruebas, cantidad que poco después se aumentó a las necesarias para dotar a las tripulaciones de doce B-17. Los chalecos fueron entregados en marzo del año siguiente, y las pruebas resultaron enteramente satisfactorias por lo que el general Ira Eakes, que había relevado a Spaatz el mes de marzo anterior, ordenó la fabricación de chalecos para cubrir al menos el 60% de las tripulaciones de la unidad bajo su mando. Se enviaron a Estados Unidos varios de ellos para estudiar su producción en masa mientras que la Wilkinson, lógicamente con una capacidad de producción muy inferior, siguió elaborando unidades para ir saliendo del paso hasta un total de 600 chalecos. 

Aspecto de un chaleco M1 desprovisto del forro interior para mostrar las
chapas de acero solapadas. Como se vio en una entrada dedicada a las
armaduras de escamas, este efecto de solapamiento hacía que hubiese
zonas en que el grosor de la armadura se multiplicase por cuatro
Las muestras llegaron a destino en el mes de julio, siendo puestas en manos del personal del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York que, como recordaremos, tuvieron bastante protagonismo en la fabricación de multitud de prototipos de cascos y armaduras para infantería durante la Gran Guerra bajo la dirección de Bashford Dean. El Departamento de Artillería, del que dependía el desarrollo del proyecto, promovió igualmente el estudio de un prototipo de casco presentado por Grow para las tripulaciones y basado en el mismo problema que había propiciado la aparición de los chalecos: un tercio de las heridas mortales se producían en la cabeza.

El modelo inicial, denominado como "Flyer's Vest M1" (Chaleco de Aviador M1), estaba formado por dos partes construidas con un sistema similar a los chalecos fabricados por la Wilkinson, con chapas de acero Hadfield de 5×5 cm. Se unían por los hombros mediante cuatro broches, dos en cada lado, que permitían quitarse la armadura dando un simple tirón de la lengüeta roja que vemos en la foto. Dicha lengüeta separaba el cierre del cinturón que ajustaba el chaleco al cuerpo, y al mismo tiempo tiraba de dos cintas de lona que, como se puede apreciar, estaban unidas a las hombreras. Se introducían por unos ollados para impedir que se engancharan en cualquier parte. De ese modo, en caso de necesidad bastaba dar el tirón de la lengüeta para que el chaleco se dividiera en dos partes y cayera por su propio peso.

Hay que tener en cuenta que estas armaduras se vestían con el bombardero en vuelo sobre toda la impedimenta de los tripulantes, desde los trajes térmicos al paracaídas. Su peso, 17 libras y 6 onzas (7'87 kilos) no solo serían una molestia en caso de tener que saltar del avión, sino que incluso podría suponer un riesgo por el peso extra. Así pues, este sistema permitía liberarse del chaleco en un periquete por si había que salir de naja con los motores ardiendo o el piloto y el copiloto hechos puré por un impacto directo de un proyectil de la Flak. En las fotos vemos la secuencia. La de la izquierda muestra el instante en que un artillero tira de la lengüeta, y en la de la derecha vemos como el chaleco cae de inmediato, dejando al descubierto el arnés del paracaídas, el chaleco salvavidas, el tubo de oxígeno, etc. Las fotos nos dan además una imagen bastante exacta de la cantidad de chismes en los que un tripulante podía engancharse al moverse dentro del avión, motivo por el que las cintas de desenganche iban ocultas bajo el chaleco, como ya comentamos antes. 

El M1 era usado por artilleros, navegantes, operadores de radio y bombarderos ya que por su ubicación en el avión podían ser alcanzados desde cualquier ángulo. En total se fabricaron 338.780 unidades de esta armadura que, a la vista de los numerosos testimonios que se fueron recopilando, salvaron mogollón de vidas. Como complemento, especialmente para los artilleros, se diseñaron dos delantales que protegía la parte baja del abdomen, las ingles y la parte superior de los muslos. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del M3, un modelo de forma triangular destinado sobre todo a los artilleros situados en torretas o posiciones de espacio reducido. Como vemos, como estaba unido al chaleco mediante tres correas con broches, y su peso era de 4 libras y 14 onzas (2'2 kilos). La foto de la derecha muestra un artillero de costado (waist gunner, artillero de cintura los llaman los yankees) en acción con el modelo M4, de forma rectangular y mayor tamaño ya que por su posición en el interior del aparato disponía de más espacio. Este delantal pesaba 7 libras y 2 onzas (3'75 kilos) por lo que, en caso de usar estos delantales en el M1, el peso total de la armadura ascendía a  10'07 y 11'62 kilos respectivamente. Hasta el final de la contienda se fabricaron un total de 142.814 unidades del M3, y 209.144 del M4. No escatimaron, las cosas como son. Además, hay que tener en cuenta que la práctica totalidad de estas armaduras fueron enviadas a Europa ya que en el Pacífico el riesgo de palmarla a causa de la artillería antiaérea japonesa era muy inferior.

Para los pilotos y copilotos se fabricó el M2, un chaleco que solo protegía la parte delantera del cuerpo ya que los asientos estaban blindados. Su aspecto era muy similar al M1 y con el mismo sistema de liberación, pero la parte trasera no estaba acorazada por lo que su peso era muy inferior, solo 7 libras y 13 onzas (3'53 kilos). Y para mejorar su protección en los bajos y partes pudendas, que no era plan de volver a casa olvidándose de los restregones con Mary Jane en el asiento trasero del Chevrolet de daddy, se fabricó la "Flyer's Groin Armor M5" (Armadura de Ingles para Aviadores M5). En la foto de la izquierda podemos ver su aspecto por la parte interna de la misma. Constaba de tres piezas separables, dos para los muslos y una central que se metía entre las piernas como si de un braguero se tratase para conservar la máquina de la testiculina en buen estado. La foto de al lado muestra a un piloto con su chaleco M2 complementado con la M5. Este aditamento pesaba 15 libras y 4 onzas (6'9 kilos), el doble que el chaleco, por lo que el peso total del conjunto ascendería a 10'44 kilos de nada. La producción de la M5 alcanzó un total de 109.901 unidades.

Artilleros de costado de un B-24. El que aparece en segundo término lleva
el chaleco M1 y el delantal M3. El otro va de inmortal por la vida y solo
lleva, al igual que su colega, el casco M3
A comienzos de 1944 ya se habían distribuido estas armaduras entre la 8ª y la 9ª Fuerza Aérea, y poco después se pudo ampliar a la 12ª y la 15ª. Ojo, no se entregaban a nivel individual, sino que cada tripulante retiraba una del almacén y la devolvía a su regreso, por lo que con los 13.500 ejemplares que se habían fabricado en los escasos meses transcurridos desde octubre del año anterior, cuando fueron declaradas como reglamentarias, había de momento para cubrir las necesidades de ambas unidades. Con todo, el Departamento de Artillería no se conformó con los buenos resultados obtenidos con la M1 y la M2 más sus respectivos complementos, sino que siguió investigando para mejorarlas, sobre todo en lo referente al peso sustituyendo el acero de los modelos iniciales por aluminio y el forro de algodón por nylon. Muchas de las pruebas que se habían llevado a cabo durante la Gran Guerra habían demostrado que, curiosamente, había tejidos que tenían una especial capacidad para "atrapar" las esquirlas de metralla e incluso proyectiles de pequeño calibre. Se pudo comprobar que una plancha de seda con un peso de 1 libra por pie cuadrado (454 gramos por 0'09 m²) ofrecía una resistencia satisfactoria a la metralla a velocidades inferiores a los 460 m/seg., o sea, una velocidad superior a la de la metralla y esquirlas procedentes de los proyectiles antiaéreos que detonasen a más de 30 metros del aparato. 

Chaleco T46. Su apariencia era la misma que la
de su predecesor de acero
Cuando se pusieron a desempolvar viejos expedientes que llevaban archivados desde 1918 recuperaron estos datos y empezaron a probar con otros materiales ya que era imposible disponer de las cantidades de seda necesaria para las armaduras (recordemos que los paracaídas debían fabricarse sí o sí con este material), encontrando que el nylon podía suplirla con bastante eficacia usando varias capas en el forro interno de los chalecos y sus accesorios. Así pues, se sustituyeron las placas de acero Hadfield por otras de una aleación de aluminio de 3×5 pulgadas (7'62×12'7 cm.) y su correspondiente forro de nylon. El fragmento de metralla podría atravesar el aluminio, pero el impacto le haría perder su velocidad de forma que sería detenido sin problema por la capa textil. Al final, y según los testimonios de los que pasaron por esa experiencia tan desagradable, el sujeto solo acusaba un golpe capaz de derribarlo e incluso dejarlo aturdido unos instantes, pero las consecuencias serían un hematoma bien gordo, acaso alguna costilla rota o, a lo sumo, una herida superficial. Eso sí, las armaduras no obraban milagros, y si lo alcanzaba un proyectil de los gordos o un fragmento de un antiaéreo detonado a escasa distancia, adiós muy buenas. No obstante, se dieron casos de tripulantes alcanzados por proyectiles de 20 mm. que, al estallar contra el chaleco, se convirtieron en miles de partículas de metralla que no llegaron a atravesarlo, sino que solo produjeron los efectos anteriormente descritos. Naturalmente, el afectado sentía algo parecido a si le hubiese atropellado un camión, pero bueno... Así, los modelos fabricados con aluminio pasaron a denominarse como T46 en lugar del M1, T55 por el delantal M3, T56 por el M4 y T57 por la armadura de ingles M5. Sus pesos se vieron obviamente reducidos de forma proporcional por la sustitución del acero por aluminio.

Bueno, ya me he enrollado bastante, así que dejamos los cascos para el siguiente artículo. Con este seguro que podrán sorprender a sus cuñados que hayan visto 18 veces "Memphis Belle" y les dejan la jeta a cuadros cuando les den detalles sobre el tema.

Hale, he dicho

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Fotograma de "Memphis Belle", dirigida en 1990 por Michael Caton-Jones y en la que se recrea la vigésimo quinta y última
misión del famoso B-17. La peli, aparte de las obligadas alusiones patrioteras, familieras y demás chorraditas sentimentaloides  a las que son tan aficionados los yankees, nos permite ver con todo lujo de detalles como se desenvolvían los atribulados tripulantes dentro del aparato. De hecho, media película transcurre en el interior del mismo. En la imagen vemos a los dos artilleros de costado protegidos con sus chalecos M1 y los delantales M3. Por debajo se atisba el arnés del paracaídas. Por cierto, obsérvense los enormes cajones de madera para la munición que también se aprecia en la
foto donde vemos a un artillero flotando sobre vainas de 12'70 mm. Con estas cajas se ahorraban tener que reponer
munición en vuelo, que como está mandado se acababa cuando el malvado as nazi se abalanzaba contra uno de ellos

jueves, 23 de agosto de 2018

El casco M-1, el símbolo yankee que usó medio planeta


Líderes del mundo libre marcando el paso con decisión para convertirse en más líderes del mundo libre si cabe

Los primeros contingentes llegados a Gran Bretaña aún iban equipados con
el M-1917A1. En la foto vemos a varios de ellos aclimatándose a la
brumosa isla dando unas carreras fusil en mano
Bueno, vamos a proseguir con el tema casqueril publicando la segunda parte de la entrada que se dedicó en su momento a los proyectos fallidos de los inefables yankees que, según vimos, tras desechar varios e interesantes proyectos acabaron fusilando sin más historias el Brodie de los british (Dios maldiga a Nelson). Así surgió el M-1917 con el que estos devoradores de hamburguesas y pastel de manzana vinieron a Europa para enterarse de lo que era una guerra de verdad y a enfrentarse con un enemigo al que, como era y es costumbre en ellos, no pudieron aplastar solo mostrando sus sonrientes jetas de WASP's y su apabullante superioridad numérica y material. Cuando volvieron a su continente con mirada de héroes intemporales, retomaron sus anteriores pasatiempos: devorar hamburguesas y tartas de manzana, aprenderse la biblia de memoria para poder soltar algún versículo en plan sentencioso para dárselas de cultos y, de cuando en cuanto, linchar a algún ciudadano melanino, antes negros a secas, que para eso se habían auto-erigido en los líderes del mundo libre. 

Esta famosísima foto debió preocupar bastante a los yankees que daban por
sentado que su victoria sobre el káiser había acabado de apaciguar a los
tedescos. La realidad es que la paz solo había sido un paréntesis
Pero los anhelos de paz en el mundo se fueron al carajo cuando el ciudadano Adolf puso en marcha su nueva máquina bélica y, a pesar de que los tedescos barrieron del mapa a sus otrora aliados de la guerra anterior, los líderes del mundo libre prefirieron mirar para otro lado y poder seguir devorando hamburguesas, tartas de manzana, leyendo la biblia y linchando negros, que salía más barato y era menos peligroso que volver al Viejo Continente, donde estaban teniendo lugar unos cambios de impresiones extremadamente violentos entre ambos bandos. En realidad, la cosa prometía ser un negocio redondo ya que la escasez de material de sus queridos aliados británicos les obligó a comprarles cantidades ingentes de bastimentos con dinero que les prestaron ellos mismos. De ese modo, a sus pasatiempos habituales de devorar hamburguesas, tartas de manzana, leer la biblia y linchar negros podrían añadir el de contar montañas de billetes.

Y esta otra, igual de famosa, acabó por convencerlos de que, quisieran o no,
ser líderes del mundo libre tenía sus inconvenientes. Para ellos, la guerra
acababa de empezar, y les iba a costar muy, pero que muy cara
Sin embargo, a medida que avanzaba la guerra en Europa y los probos súbditos del mikado se ponían cada vez más bordes, los anhelos de paz de los WASP se iban diluyendo, y la perspectiva de verse involucrados en aquella masacre planetaria se iba tornando cada vez más cercana. Y lo peor era que el mikado y sus samurais eran aliados del ciudadano Adolf, por lo que si acababan a tiros con ellos tendrían también que volver al Viejo Continente con sus discos de música hortera y estridente, sus biblias, sus latas de carne y sus cromos de jugadores de pelota base. En fin, un panorama desolador que hizo ponerse en marcha su descomunal maquinaria bélica para modernizar un poco a sus antiguos "doughboys" porque, a lo tonto a lo tonto, su equipo y armamento habían permanecido inalterables desde que acabó la Gran Guerra. Y de una de las piezas de su atrezzo particular que decidieron renovar es de la que hablaremos hoy: el casco, que no era plan de iniciar un nuevo conflicto con aquellos capiellos medievales resucitados que tuvieron que aceptar porque llegaron a Europa con sus sombreros de cuatro bollos como si el Frente Occidental fuera una pradera en el lejano oeste y los tedescos cuñados de los sioux.

El padre de la criatura, Harold G. Syndenham
(1898-1967)
Previamente al inicio de la nueva guerra, el Consejo del Ejército de Tierra de los yankees con sede en Fort Benning, en Georgia, al frente del comandante Harold Syndenham ya andaba rebuscando algo con qué sustituir al capiello medieval para proteger mejor sus cráneos anglosajones de las porquerías que les lanzaran futuros enemigos. Para disponer de asesoramiento técnico contaron con la ayuda de Museo Metropolitano de Nueva York, que supongo les orientarían en la viabilidad de determinados proyectos en cuanto a su facilidad de producción. No obstante, o debían ver la guerra aún muy lejos o no acababan de dar con la clave, porque en una época tan tardía como 1939 optaron por actualizar los viejos M-1917 modificándoles la guarnición. Es decir, no fabricaron más unidades, sino que reciclaron las disponibles creando una guarnición más cómoda, fijada mediante un único remache en la bóveda del casco, y un nuevo barbuquejo más fácil tanto de regular como de desenganchar para, ante un hipotético ataque con gas, poder sacarse el casco rápidamente y ponerse la máscara antes de que les diera tiempo a respirar aquella porquería. Este rejuvenecimiento dio lugar al M-1917A1, cuya vida operativa fue más bien corta aunque, todo hay que decirlo, cuando lo de Pearl Harbor aún había enormes cantidades del mismo en servicio.

A finales de 1940, el equipo de Syndenham diseñó un concepto totalmente distinto a lo conocido hasta aquel momento y que, las cosas como son, suponía algo tan innovador que no había nada que se le pareciese. De hecho, en puridad podríamos afirmar que el concepto de casco no había variado en siglos desde la Edad Media: una carcasa metálica con una forma más o menos compleja para proteger cabeza y/o cara y una guarnición interna de cuero o fieltro en la que apoyar el cráneo, nada más. Pero este nuevo diseño partía de la base de que era más factible fabricar el casco en dos partes: una externa de acero y otra interna de un material ligero que contenía la guarnición. De ese modo, la carcasa externa se vería libre de orificios que mermasen su resistencia estructural y complicasen su manufactura, mientras que la guarnición estaría en otro casco para facilitar su sustitución en caso de deterioro. No obstante, este novedoso concepto no surgió de la nada porque, previamente, se habían limitado a diseñar un nuevo casco conforme a los baremos tradicionales, es decir, con su guarnición de cuero o lona fijada al mismo como se llevaba haciendo desde siempre. En la foto superior derecha podemos ver el TS-2, el segundo prototipo que, como se puede apreciar, tenía una guarnición similar a la del M-1917A1 fijada mediante un único remache en la parte superior. Para proteger la cabeza y amortiguar golpes disponía de una gruesa almohadilla en esa zona. Todo el conjunto incluyendo el barbuquejo eran de cuero.

Inicialmente, la hebilla del barbuquejo era la misma que
la del M-1917A1. En la lámina vemos como podía
regularse y desabrocharla rápidamente
Entre finales de 1940 y enero de 1941 llegaría el que sería el diseño definitivo, el TS-3 del que surgiría el M-1 tal como todos lo conocemos. El prototipo constaba de una carcasa totalmente vacía y sin un solo orificio. Solo tenía dos piezas añadidas: dos pequeñas asas a los lados para sujetar el barbuquejo y que estaban soldadas, y un reborde de acero inoxidable en todo el contorno del casco con la unión situada en la parte frontal del mismo (en noviembre de 1944 se cambió a la parte trasera). El material elegido era una aleación de acero al carbono y manganeso de 0,94 mm. de grosor, y sus dimensiones eran de 28 cm. de largo, 18 de ancho y 23 de profundidad, o sea, una enorme cacerola perfectamente válida para contener otro casco en su interior además de la cabeza del ciudadano que lo usase. El peso con todos sus avíos era de 3,3 libras (1,5 kilos), y el costo de la carcasa era de 6 dólares. Como vemos, no era lo que se dice un casco liviano, teniendo un peso similar al del M-1916 alemán de talla grande.

La firma encargada de fabricar la carcasa fue la McCord Radiator Manufacturing Company de Detroit, Michigan, una empresa dedicada a la manufactura de piezas de automóvil y que también había producido el M-1917A1. Sin embargo, a pesar de la simpleza de formas del prototipo del TS-3, el material empleado no era fácil de trabajar, produciéndose roturas durante el proceso de prensado en las partes delantera y trasera del casco. Tras estudiar el problema optaron por revenir las láminas de acero, proceso que hacía más dúctil el metal sin que perdiera un ápice de resistencia. El resultado final lo vemos en la foto: una cacerola de generoso tamaño que, además, servía para multitud de cosas. Las tropas, siempre ingeniosas a la hora de encontrar soluciones para lo que fuera, la usaron como olla, palangana, pala, orinal en el caso de los tripulantes de carros y, según una enfermera que se entretuvo en indagar entre los heridos, hasta un total de 21 aplicaciones distintas. Por lo demás, en el detalle vemos el asa inicial para el barbuquejo que, como indicamos anteriormente, se soldaban en la carcasa. Bajo la misma se aprecia perfectamente la chapa del reborde. Hubo otros dos tipos de asas, pero de la evolución de este casco ya iremos hablando, que no es plan de concentrar 40 años de vida operativa en una sola entrada, digo yo...

Casco Ridell en la época en la que aún no se asemejaban
a los de los guardias de Darth Vader
Y, por cierto, en el TS-3 no se había contemplado el tema de las tallas. Para no complicarse la vida, tanto la carcasa exterior como el sotocasco eran de una sola talla, así que montaban una guarnición que tenía la posibilidad de regularse en función de las dimensiones  de la cabeza de su usuario. Estas guarniciones estaban, no inspiradas, sino casi copiadas de las de los cascos Ridell, una conocida marca de cascos para football americano, ese curioso deporte practicado por ciudadanos con una inquietante hipertrofia muscular en el que se usa todo menos los pies para machacarse mutuamente a fin de impedir que el adversario pueda avanzar ni medio metro o, mejor dicho, ni media yarda, en posesión de esas pelotas  que usan con forma de melón de Almendralejo. En 1939, John T. Ridell, el propietario de la firma, introdujo en el mercado un novedoso casco para que los practicantes de este deporte tan violento no viesen como sus masas encefálicas quedaban desparramadas por el campo de juego. Consistía en un casco de plástico- hasta aquel entonces eran de cuero endurecido- que contenía una guarnición formada a base de tiras de lona que hacían que la cabeza quedase separada de las paredes internas del mismo unos 2,5 cm., lo que minimizaba el impacto de los cabezazos que se daban unos a otros como cabrones encelados. Con ese sistema se eliminaban además oscilaciones y movimientos raros, y si eso se lograba practicando un deporte semejante, pues mucho más en situaciones de combate en las que no se solía dar cabezazos al enemigo salvo en contadas ocasiones. 

La única diferencia entre la guarnición de un Ridell y la del TS-3 consistía en que, en el segundo caso, habían colocado un regulador para ajustar la banda de la cabeza al diámetro exacto de su usuario. En la foto de la derecha podemos ver el interior del Ridell en la que lo apreciaremos mejor. Como vemos, la banda está suspendida mediante otra fijada al casco en seis puntos, dos a cada lado, uno delante y otro detrás, donde además están remachadas las seis tiras de apoyo. En la versión militar, la unión de estas tiras consistía en el típico cordón que permitía regular la profundidad del casco, mientras que una hebilla en la banda ajustaba el diámetro de la cabeza. La flecha amarilla señala una banda adicional situada en el cogote que impedía que la cabeza se golpease con el casco en caso de que, por cualquier motivo, la visera se levantase de forma violenta.

El resultado fue la guarnición que vemos en la foto de la derecha. Según se puede apreciar, salvo en el detalle de la hebilla para regular la talla y el cordón que une las tiras que sujetan la cabeza es prácticamente igual a la del Ridell. Además, la posibilidad de regular la talla a voluntad permitía ponerse bajo el casco gorros de lana o la típica gorra con visera M-1941 cuando el frío arreciaba. Como añadido, estaban provistos de un barbuquejo de cuero ya que la idea era dejar los de acero solo para situaciones de combate, y usando el sotocasco para instrucción, paradas militares, guardias, eventos cuarteleros y uso diario de la policía militar. Inicialmente, los sotocascos en cuestión se fabricaron con una lámina de fibra moldeada a presión a las que, como acabado final, se les añadía una fina capa de tela para aumentar su resistencia. El primer prototipo lo llevó a cabo la firma Hawley Company en febrero de 1941, que desde 1933 proveía al ejército de cascos ligeros para climas tropicales, o sea, salacots y similares. El ejército no estaba muy conforme con la calidad del producto, que consideraban demasiado endeble para un uso militar, pero la premura por poner en marcha la producción les obligó a aceptar el modelo de la Hawley mientras encontraban un sustituto más eficiente. El importe del sotocasco con su guarnición era de 7,50 dólares.

Finalmente, el 30 de abril de 1941 fue aprobada la estandarización tanto la carcasa exterior como el sotocasco y su guarnición, y el 9 de junio siguiente, a menos de seis meses del ataque a Pearl Harbor, la aprobación definitiva para su puesta en producción. Acababa de nacer el M-1 Steel Helmet. El casco empezó a fabricarse inmediatamente porque el panorama se estaba poniendo francamente preocupante, y la entrada en guerra de los Estados Juntitos se consideraba por aquel entonces prácticamente inevitable. Todo era cuándo y cómo se desencadenaría, pero estaban seguros de que no tardaría mucho tiempo. El producto final lo vemos a la derecha: una carcasa exterior y el sotocasco cuyo barbuquejo, que no servía de nada salvo que se desprendiese del casco de acero, se abrochaba sobre la visera del mismo. El exterior estaba pintado de verde oliva con serrín de corcho mezclado con la pintura para aminorar reflejos, y el interior con pintura normal. No obstante, los acabados podían variar según el caso. Para movidas castrenses en las que se usaba el sotocasco, este se barnizaba con barniz brillante. La policía militar los pintaba por lo general con una franja blanca o amarilla y las letras MP en blanco estando en zona de combate, y todo blanco con las letras negras en retaguardia o en los cuarteles. Por lo demás y como hemos anticipado, el conjunto pesaba 1,5 kilos de los que 1,1 aproximadamente correspondían al casco exterior y el resto al sotocasco y la guarnición. 

Una vista de la fábrica de McCord en plena producción
El 26 de junio de 1941, la McCord recibió el primer pedido de 300.000 unidades, aumentándose la producción a los 5 millones a lo largo de 1942 por los motivos que ya podemos imaginar. Y mientras se iniciaba la producción en masa seguían buscando un material para sustituir la fibra adoptaba inicialmente para los sotocascos que, como recordaremos, no fueron precisamente muy alabados por el ejército. La idea partió de la firma Saint Claire, y consistía en sustituir la fibra por tiras impregnadas en resina que se iban entrelazando en una matriz en negativo del casco. Una vez completado el proceso se moldeaban a baja presión mediante otra matriz hinchable que ajustaba la capa de tiras y resina hasta su secado. Este material era más resistente y tenía más elasticidad que la fibra, pero con el uso se solía empezar a deshacer por los bordes. Así pues, y aunque no era la solución definitiva, se decidió adoptarlo mientras se seguía buscando algo aún mejor. 

Finalmente se pudo dar con la clave. Simplemente consistía cambiar el proceso de producción de baja a alta presión, intercalando parches de tela en la parte superior del sotocasco para darle más resistencia. Este sistema ya se estaba usando desde los años 20 para fabricar cascos de bomberos, de mineros y para la construcción, logrando una protección ligera y sólida al mismo tiempo. Para aumentar la producción y sustituir los modelos anteriores se recurrió a siete empresas: la Westinghouse, la Inland, la Mine Safety Appliance, la Firestone, la Seaman, la Capac y la International Molded Plastics. Estos sotocascos llevaban además un ollado en el frontal para sujetar el distintivo de rango cuando se usaba en eventos cuarteleros, desfiles y demás gaitas, para lo que solo tenían que colocarlo y apretar por el interior con una pequeña tuerca. En la foto de la derecha tenemos al inefable Patton, al que tendrían que hacerle cuatro agujeros para sus cuatro estrellas. En esta imagen se puede además apreciar el aspecto del acabado brillante. Creo que a este sujeto, el más prusiano de los generales yankees al decir de sus colegas, incluso dormía con ese chisme en la cabeza. 

Jugando al mus pero con el casco sin abrochar
Bueno, así fue grosso modo el nacimiento del famoso M-1. Como ya podrán suponer, a lo largo de su vida operativa fue sufriendo diversas modificaciones tanto en sus accesorios como en sus proporciones, aparte de las versiones para paracaidistas. En todo caso, ya iremos hablando más adelante sobre el tema. Pero no quiero terminar sin dar cuenta de algo que millones de ciudadanos se preguntan, y por la que hasta los marcianos han enviado naves a la Tierra en busca de explicación: ¿Por qué carajo los yankees no se abrochaban el barbuquejo ni a tiros? En comparación, son bastante escasas las fotos en las que aparecen con su barbuquejo debidamente abrochado. Lo normal es verlos con el mismo abrochado en la parte trasera o bien colgando a los lados sin más. Bien, al parecer esa costumbre surgió de un simple y absurdo bulo. Entre el personal se extendió la creencia de que, en caso de producirse una explosión cercana, la onda expansiva podía colarse dentro del casco y poco menos que arrancarle a uno la cabeza de cuajo o, en el mejor de los casos, producirle severas lesiones en las cervicales.

Sanitarios atendiendo a un herido o, mejor dicho, a un casi
pulverizado desactivador de minas. Ni uno lleva abrochado
el puñetero barbuquejo
Obviamente, eso era una chorrada sin pies ni cabeza tanto en cuanto los demás ejércitos en liza hacían uso adecuado del barbuquejo sin que nadie se quejase nunca de tan peculiar efecto. De hecho, los oficiales tenían que estar reconviniendo al personal constantemente para que se los abrochasen pero la realidad era que incluso muchos de ellos también se creían lo de las ondas expansivas. Otros, concretamente los destinados al Pacífico, alegaban además que si algún probo samurai los atacaba por la espalda podría tirar de la visera hacia atrás, dejándole el cuello a merced de su cuchillo para rebanárselo bonitamente. Ciertamente, este terrible problema tampoco lo acusaron los demás ejércitos, y eso que tanto british como canadienses y australianos también tuvieron que verse las jetas con los nipones.  

Y para colmo, cuando el ejército yankee fue enviado al norte de África en 1943, se encargaron de aumentar aún más la psicosis de las ondas expansivas que no sufrían ni british, ni canadienses ni tedescos ni italianos. O sea, que el dios de la Guerra los había maldecido, porque sino no se comprende. A tanto llegó la cosa que en 1944 se rediseñó la hebilla, que por aquel entonces seguía siendo la misma que mostramos al inicio de la entrada. Así, para poder desengancharla de inmediato, se sustituyó el pequeño pincho con forma de flecha que vemos en la hebilla de la figura A por la bolita que vemos en la hebilla de la figura B. Esta bola retenía el gancho en situaciones normales de combate, pero la tensión del mismo estaba regulada para saltar a tracciones superiores a las 7,5 libras (3,4 kg.), por lo que si un malvado y alevoso japonés tiraba del casco hacia atrás o una perversa onda expansiva pretendía dañar el pescuezo del beatífico yankee líder del mundo libre, pues la hebilla saltaría y el casco quedaría liberado.

Aspecto del sotocasco antes se ser pintado. Obsérvese la
distribución de las tiras de tela
La realidad es que no llevar el barbuquejo abrochado solo servía para tener que correr, saltar o tirarse al suelo con la mano encima de la cabeza para no perder el casco, o que se balancease constantemente con los inconvenientes que eso suponía. Pero en fin, ya sabemos que cuando al personal le da por una paranoia no hay forma de convencerlos de que están equivocados, y seguramente muchos jurarían por sus abuelas y sus biblias anabaptistas que vieron como a un desdichado camarada le arrancaba la cabeza la onda expansiva de un mortero/obús/granada enemigo. En cualquier caso, lo de la bola al menos permitía soltar el barbuquejo dando un simple tirón, que era aún más rápido y cómodo que el sistema anterior. Bueno, con lo contado ya hemos podido ver tanto el nacimiento como las primeras andanzas de este casco que, con el paso del tiempo, sirvió en multitud de países incluyendo España y que, de hecho, aún sigue en servicio en bastantes de ellos que aún no han podido o querido sumarse a la tendencia surgida en los años 80 de los cascos de fibras, polímeros y demás plásticos. 

Yankees camino de la Playa Omaha. Es innegable que la
imagen del M-1 se convirtió en un icono similar al
modelo alemán
A modo de conclusión, señalar que la producción durante la guerra fue un claro indicativo del poder industrial de los yankees y de su capacidad para, en cuestión de pocos meses e incluso semanas, ser capaces de acometer una producción en masa. En 1941 se fabricaron 323.510 unidades, y eso teniendo en cuenta que la fabricación comenzó a mediados de año. En 1942 alcanzó los 5.001.384; en 1943, 7.648.880; en 1944, 5.703.520, y en 1945, 3.685.721 unidades, considerando también que la guerra terminó en agosto de ese año. Esto hace un total de 22.363.015, de los cuales unos 20 millones fueron construidos por la McCord y el resto por la Schluelter Manufacturing Company, radicada en St. Louis y que antes de la guerra se dedicaba a fabricar envases de hojalata para especias y café. 

Bueno, ya'tá. Ah, y apréndanse bien lo de la onda expansiva, que seguro que pocos cuñados lo saben.

Hale, he dicho

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Desfilando en París para celebrar la victoria. Aún quedaba acabar con los japoneses pero, en puridad, la 2ª Guerra Mundial
fue la última que ganaron hasta la fecha. El resto han acabado en empates, derrotas o, simplemente, una aparente victoria
que en realidad no es más que una constante lucha por mantener un territorio por una mera cuestión de prestigio. Porque, las
cosas como son, ni en Afganistán ni en Iraq han logrado acabar con sus enemigos, que siguen hostigándolos de forma
implacable y les obligan a gastar unas cifras asombrosas en material y vidas humanas. Y que un país así se permita ese gasto
monstruoso y no tenga sanidad gratuita es algo que me asombra, y más que los yankees prefieran eso y seguir pagando
costosos seguros médicos particulares o que te cobren 60.000 del ala por una simple apendicitis. En fin, allá ellos...