Mostrando entradas con la etiqueta Sillas de montar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sillas de montar. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de mayo de 2020

CATAFRACTA. La silla de montar y el enigma del estribo



CLIBANARII encabezando una carga apoyados por arqueros y caballería
ligera. Como es lógico, jinetes recubiertos por una armadura enormemente
pesada debían tener una base estable si no querían acabar en el suelo en el
momento en que el caballo hiciera cualquier movimiento brusco
Bien, prosiguiendo con la cosa catafráctica, también he decidido dedicar una entrada centrada exclusivamente en la silla de montar, complemento indispensable para el noble ejercicio de asesinar ciudadanos aupados en un equino más bien bajito. Es posible que muchos de los que me leen sepan sobradamente para qué sirve una silla de montar, o crean saberlo. Pero es seguro que hay muchos más que toman este accesorio como parte de los arreos propios de los equinos pero, en realidad, nunca se han preocupado por conocer el motivo de su existencia. Este no es otro que no fastidiarle al caballo la espina dorsal, nada más. Si cabalgamos a pelo con las piernas bien apretadas contra los ijares del animal difícil será que nos caigamos si de verdad sabemos montar a caballo, pero todo nuestro peso recaerá sobre su espinazo. ¿No se han preguntado nunca por qué los ciudadanos que vemos en países del tercer mundo montados en un pollino lo hacen sobre la grupa y no sobre el lomo? Pues precisamente para eso. Sin embargo, la silla se diseñó para que el peso de jinete no cayese a plomo sobre la columna vertebral del caballo, sino sobre los costados del dorso, librándolo así de una segura lesión que inutilizará al animal en poco tiempo, y más si se trata de un jinete al que, a su peso corporal, se suma el del armamento que lleva encima. Aparte de eso, lógicamente, la silla proporciona más confort al jinete, que no es lo mismo pasarse el día clavándose las vértebras del animalito en las almorranas que plantar nuestras posaderas sobre una cubierta de cuero o una mullida zalea de borrego.


Sin embargo, nuestros probos imperialistas tampoco sabían de qué iba la cosa. De hecho, la famosa silla de cuernos que, como ocurre como el DRACO, el personal suele adjudicarles como una creación propia no es más que el enésimo plagio. Francamente, cuesta trabajo entender como una gente tan poco imaginativa pudieran hacerse los amos del cotarro durante siglos. Bien, la cuestión es que la silla de cuernos ya la usaban los celtas en el siglo III a.C., importada precisamente de los pueblos iranios con los que por aquel entonces los romanos aún no habían tenido el gusto de conocerse. Estas tribus que poblaban las estepas asiáticas las introdujeron en Europa mediante sus movimientos migratorios hacia la mitad del primer milenio a.C. Los celtas, que a raíz de sus migraciones se habían extendido a su vez por casi toda Europa llegando hasta el extremo sur de la Península, la tomaron de ellos pero, a pesar de que sus tribus ya tenían violentos cambios de impresiones con los romanos, estos aún seguían en la inopia y preferían su panoplia helenística que, en realidad, no estaba a la altura de la de sus enemigos. De hecho, su primer encuentro tuvo lugar en 295 a.C. y, según Livio, se saldó con una victoria de los senones, una tribu celta radicada en la Galia Cisalpina. En la ilustración superior vemos a uno de estos honestos recolectores de cabezas, peculiar costumbre que observaban rigurosamente para que, al colgarlas de la silla de montar, demostrar a sus cuñados que eran más valerosos y mataban más y mejor. Como vemos, la silla es del tipo de cuatro cuernos que, con mínimas diferencias, usaban los sármatas, partos, sasánidas, etc.


Y mientras tanto, nuestros aspirantes a imperialistas seguían fastidiando los espinazos de sus pequeños pencos que, por aquel entonces, tenían una alzada de apenas 130 o 150 cm. como mucho. La carencia de estribos les obligaba, como ya sabemos, a tener que auparse encima de un salto, maniobra a la que los reclutas tenían que dedicar horas y horas hasta hacerlo con propiedad sin partirse el cuello como explicamos en el artículo dedicado a la ARMATVRA. La ilustración de la izquierda nos muestra un EQVES de tiempos de la República basada en relieves de lápidas de la época y, como vemos, no lleva una silla de montar propiamente dicho, sino una especie de albarda sujeta por una cincha, pretal y retranca para impedir que el jinete saliera despedido ante cualquier movimiento de la montura. En este caso, y aunque la albarda estuviera acolchada, el peso del sujeto recaería directamente sobre la columna vertebral del caballo, y ya podemos imaginar cómo acabaría ese animal tras horas trotando o galopando con un tipo encima dando saltitos. Y aparte de las posibles lesiones producidas al caballo, es evidente que la estabilidad del jinete era un churro comparada con la del celta del párrafo anterior como explicaremos más adelante.


Y esto no solo se traducía en una manifiesta inferioridad en lo tocante a la estabilidad del jinete solo cuando montaba, sino aún más cuando combatía. La inercia generada cada vez que el jinete asestaba una cuchillada o un lanzazo lo desestabilizaría de forma notable, y tendría que apretar las piernas con toda su alma para no verse derribado. Del mismo modo, era mucho más fácil para un infante agarrarlo por el cuello y tirar de él hacia el suelo mientras un compañero aprovechaba la coyuntura para ensartarlo con su lanza antes siquiera de que le diera tiempo a intentar levantarse. Más aún, se ha podido saber que los mismos romanos usaron hocinos tomados de las herramientas de sus unidades para usarlos como sus colegas medievales siglos más tarde para derribar a los jinetes enemigos. Concretamente, en la toma de Valencia en el 75 a.C. a manos de Gneo Pompeyo contra las fuerzas de Quinto Sertorio, han aparecido bastantes chismes de estos en el estrato correspondiente a la batalla, lo que ha hecho llegar a la conclusión de que se usaron en combate, y posiblemente para derribar a los EQVITES sertorianos. En la ilustración que mostramos podemos ver el momento en que un legionario echa por tierra a un jinete cuyo caballo aparece ya equipado con una silla de cuernos, pero lo cierto es que no se tiene la certeza de que en esa época ese tipo de montura ya se hubiese generalizado en el ejército romano. En todo caso, si derribarlo con una silla era relativamente fácil, con una simple albarda mucho más.


Silla celta. Los cordones eran para sujetar partes del equipo
incluyendo, supongo sus colecciones de cabezas
Bien, la cuestión es que la adopción de la silla de montar no llegó al ejército romano hasta tiempos de César o poco antes. Él mismo dejó constancia de que ya la usaban en su DE BELLVM GALLICVM (Libro IV, 4) cuando comenta de los germanos que "no hay cosa en su entender tan mal parecida y de menos valer como usar de jaeces. Así, por pocos que sean, se atreven con cualquier número de caballos enjaezados".  Al parecer, estos sujetos tenían sus pencos tan bien adiestrados que, cuando convenía combatir a pie, desmontaban y se daban estopa sin que los animales se movieran de su sitio, volviendo a auparse sobre ellos cuando les parecía o daban por concluida la fiesta. En todo caso, los germanos consideraban como signo de afeminamiento el uso de la silla de montar pero, cuestiones homofóbico-hípicas aparte en lo referente a estos belicosos ciudadanos, al menos nos deja claro que hacia mediados del siglo I a.C. los romanos ya se habían decidido por fin adoptar la silla celta. Nunca es tarde si la dicha es buena, dicen...


El conocimiento que se tiene actualmente sobre la silla de cuernos se lo debemos agradecer a Peter Connolly, uno de los mejores y más conocidos divulgadores del mundo romano y cuyas investigaciones arrojaron luz sobre cuestiones que, hasta entonces, eran un enigma. En el caso de la silla, a base de estudiar a fondo las representaciones artísticas de la misma en lápidas, monumentos y algún que otro resto arqueológico consistente en partes del forro de cuero y los refuerzos de bronce de los cuernos- CORNICVLI los denominaban los romanos-, pudo llevar a cabo la reconstrucción que creo que cualquier aficionado a estos temas conoce sobradamente. Bien, sus conclusiones, que hasta el día de hoy nadie ha podido refutar, nos dan un armazón de madera como el que vemos a la derecha. Las piezas metálicas, en cuyos bordes se veían hileras de orificios, eran un claro indicio de que habían sido clavadas en los cuernos, sirviendo así de refuerzos a la hora de colgar cualquier chisme de la silla o cuando el jinete se agarraba a ellos para auparse. La estructura de madera, como se puede apreciar, estaba construida de forma que dejaba un  hueco sobre el lomo del caballo, apoyando en los flancos del mismo. Este armazón era forrado para acolcharlo con crin, fieltro o borra de cualquier tipo. Bajo la silla colocaban una manta de lana y una pequeña albarda de piel para evitar heridas o erupciones al caballo debido al roce con la silla.


El acabado final consistía en forrarla con piel de cabra y añadirle la cincha y las correas para la retranca y el pretal, donde colgaban pequeñas PHALERÆ porque es sabido que a esta gente le molaban una burrada los adornos y las pijerías. Incluso parece ser que el cuero de los atalajes los teñían de amarillo o rojo. En la figura A tenemos una silla casi terminada de coser en la que vemos un cuerno con su refuerzo metálico, el relleno y, finalmente, la cubierta de piel exterior. En la figura B ya tenemos la silla terminada. A falta de la cincha, en la parte delantera se pueden ver las correas donde se abrochaba el pretal.


Bueno, pues esta es la puñetera silla de la discordia sobre la que se lleva años y años discutiendo acerca de la estabilidad que proporcionaba al jinete y de la que muchos aseguran que no fue hasta la aparición del estribo cuando la caballería pudo desarrollar de verdad todo su potencial homicida. Por un lado, Connolly no solo se molestó en desarrollar la reconstrucción de la silla, sino que hizo que se probara a fondo. Los cuernos delanteros, un poco inclinados hacia atrás, sujetaban los muslos mientras que los traseros servían de apoyo a las nalgas. O sea, que el efecto práctico era exactamente el mismo que el de una silla con arzón y borrén trasero. La estabilidad que proporcionaba esta silla permitía al jinete hacer cualquier tipo de movimiento sin ver comprometido su equilibrio y, lo más importante, podía manejar tanto la lanza como la espada. Su único inconveniente, en teoría, era que al carecer de apoyo tenía que apretar fuertemente los muslos y flexionar hacia atrás las piernas para afianzarse mejor, o sea, una postura como la que vemos en el aguerrido arquero alano de la ilustración de la derecha, lo que al cabo de un rato empezaba a notarse porque esa posición dificultaba el riego sanguíneo de las piernas. No obstante, cabe suponer que solo la adoptaban en combate o para galopar. Cuando el animal iba al paso o al trote las piernas quedarían colgando sin más.


Con la lanza en esta posición se puede acuchillar a cualquier enemigo
sin problemas. Otra cosa sería metiéndola bajo el brazo, imagen que por
cierto no aparece en los testimonios gráficos de la época
Sin embargo, los negacionistas de turno insisten en que el estribo era fundamental por mucho que Connolly les jurase por las almas de sus cuñados que se podía realizar cualquier movimiento en la silla sin darse una costalada. Más aún, aseguraba que los cuernos traseros ofrecían un apoyo lo suficientemente sólido como para impedir que el jinete saliera despedido de la silla. Yo, que como está mandado me devano los sesos por mi cuenta, digamos que estoy en una posición intermedia porque, en realidad, desconozco cuáles y cómo fueron las pruebas efectuadas por Connolly, y observo ciertas lagunas en base a las representaciones artísticas de la época. Ante todo, tenemos el manejo de la lanza. El jinete convencional romano nunca aparece embrazándola, sino asestando el golpe enarbolando el arma o bien desde abajo. Eso, a mi entender, solo significa una cosa: si se la metía bajo el brazo, el impacto podía desestabilizarlo o incluso derribarlo de la silla. Cuando se arroja una jabalina o se lancea de forma que el cuerpo no absorba el impacto del arma contra el enemigo, no habría problemas, pero si el jinete tiene que ser el que aguante el golpe la cosa varía. De hecho y existiendo ya el estribo, vemos como los jinetes del Tapiz de Bayeux enarbolan sus lanzas por encima de sus cabezas, y eso que hasta usaban sillas de arzón alto.


Un jinete golpeando con la espada. Debían tener un control fuera de serie
sobre sus piernas para afianzar de forma instintiva la del lado opuesto
al que descargaba el golpe
Después tenemos el tajo de la espada hacia abajo. Un jinete moderno, cuando asesta un golpe semejante apoya el pie derecho en el estribo porque tiene que inclinarse para alcanzar al enemigo, y más si este se encuentra en una posición más baja de lo habitual, o sea, agachado o incluso tendido. Un jinete sin estribo tendría que apretar la pierna izquierda contra el costado del caballo para no caerse. No dudo que pudieran hacerlo, pero es obvio que el estribo ayudaría bastante aunque Connolly afirmase que solo servía para auparse con más facilidad a su montura. Y si nos ceñimos a los CATAFRACTARII o CLIBANARII, tenemos que el jinete debía asir su CONTVS con ambas manos. Hablamos de una lanza muy pesada, de entre 3,5 y 4 metros que tendría que agarrar cuidando mucho de hacerlo lo más cerca posible de su centro de gravedad (que estaría situado lo más atrás posible para aprovechar al máximo la longitud del arma) y, por otro lado, cuando ensartaba a un enemigo no lo tendría fácil para extraer el arma salvo que se detuviera. En el peor de los casos, tendría que soltarla y meter mano a la SPATHA o cualquier otra arma de las que solían llevar encima. ¿Y por qué no la embrazaba como un jinete medieval mientras gobernaba su montura con la mano izquierda? Porque no podía al carecer del apoyo que le brindaba el estribo. Pero, en este caso, queda un factor más a tener en cuenta: un jinete ligero romano se aupaba con su armamento defensivo sobre un caballo de alrededor de 1,3 metros de alzada. Sin embargo, un CATRAFACTARII tenía que hacer lo mismo, pero sobre un animal de 20 o 25 cm. más de altura y con un sobrepeso enorme encima. Una de dos: o tenían una potencia muscular en las piernas digna de un saltador de altura o se montaban ayudados de alguna forma, y una vez que descabalgaban lo tenían chungo para volver a subir, y más en plena batalla.


Hacia el siglo III d.C., los sasánidas reformaron sus monturas inclinando aún más hacia atrás los cuernos delanteros para afianzar más los muslos. Cabe suponer que el motivo fue precisamente el peso de sus lanzas y el momento del encontronazo cuando impactaban contra un enemigo. Los demás las mantuvieron como siempre sin que haya referencias acerca de algún tipo de cambio hasta que hacia la primera mitad del siglo V aparece un nuevo tipo de silla, al parecer de origen huno, que mandó al baúl de los recuerdos el modelo anterior. A la izquierda podemos verla. Estaba enteramente construida de madera siguiendo el mismo concepto de la anterior, o sea, apoyándose en los costados del caballo. La estructura estaba acolchada y forrada de cuero para hacerla más confortable pero, sin embargo, resultaba menos estable que la anterior porque los cuernos, que eran lo que permitían al jinete afianzarse, habían desaparecido. O sea, era una silla moderna, similar a las que se usaban en la baja Edad Media y mucho después, pero sin estribos. Algo no cuadraba.


CATAFRACTVS sasánida en una situación un poco preocupante. Ha
perdido su CONTVS, dos enemigos lo hostigan con sendas lanzas, y basta
con que lo empujen hacia atrás para verse en el suelo y acuchillado sin más
Y los sasánidas, que hasta habían modificado la silla de cuernos para hacerla aún más estable al jinete, la fabricaron sin borrén trasero (imagino que para facilitar al jinete auparse en ella), por lo que el apoyo de atrás desaparecía. El más mínimo encontronazo o cualquier movimiento brusco podría hacer salir al jinete despedido por la grupa del animal, o ser descabalgado fácilmente tirando de él hacia atrás. Del mismo modo, todos los que la pusieron en uso romanos incluidos se veían sin el cómodo agarre del cuerno delantero para auparse en la silla. En este caso surge la pregunta más evidente: si la silla de cuernos era- según Connolly- tan eficiente y proporcionaba un asiento estable y cómodo al jinete, ¿por qué la cambiaron? Porque lo normal suele ser cambiar para mejor, y más cuando vemos que no lo hizo un solo ejército, sino todos.


Un CLIBANARIVS usando silla de arzón con estribos.
No hace falta decir que su eficacia en combate se vería
aumentada de forma notable con la adición de este
accesorio, y más con el sobrepeso de la armadura
Por este motivo, algunos autores lo tuvieron claro desde el primer momento: la adopción de ese tipo de silla se llevó a cabo porque al mismo tiempo apareció en Europa el estribo, que al parecer se inventó en Corea en el siglo IV d.C. y, según se da por hecho, viajó por Asia central entre los siglos V y VI para aparecer en Europa de la mano de los ávaros en el siglo VII, o sea, 200 años después de la implantación de esta silla. Cierto es que no hay testimonios gráficos o escritos que lo corroboren, pero el que no se conserven no implica que no existieran. Y en este caso el negacionista fue Connolly, que aseguraba que para lo único que servía el estribo era para facilitar la monta y no forzar la postura de las piernas hasta llegar al extremo de que influyese en el riego sanguíneo de las mismas. Por otro lado, el estribo no justificaba de forma concluyente la exclusión del borrén trasero ya que ambas piezas se complementan: en el momento previo al choque, el jinete estira las piernas y se apoya en los estribos, empujando su cuerpo hacia atrás hasta que las nalgas se compriman contra el borrén. Eso lo dejará totalmente bloqueado sobre la silla, y podrá resistir el brutal impacto sin problemas. Pero si unos ni se molestan en poner el dichoso borrén y ninguno usa estribos, ¿qué sentido tuvo adoptar esta nueva silla? Y una cuestión más para que el devanamiento sesero sea más jugoso: ¿cómo es que en miniaturas de los siglos VIII o IX aparecen a veces jinetes sin estribos? ¿Acaso unos preferían obviarlos, dando la razón a Connolly, mientras otros se sentían más seguros en la silla con ellos? Estamos ante otro misterio misterioso sin respuesta de momento. 

Ahí dejo de foto final dos versiones distintas de la misma escena. La de la izquierda corresponde al Beato de Liébana (siglo VIII), y la de la derecha al Beato de Fernando I y doña Sancha (mediados del siglo XI). Muestran una escena del Apocalipsis, la apertura de los Cuatro Sellos, y en el primero vemos los jinetes cabalgando sin estribos, y en el otro con estribos. ¿Tanto tardó en implantarse el dichoso estribo? Vete a saber...

Hale, he dicho


lunes, 20 de enero de 2014

La silla de guerra


Arqueros a caballo sasánidas montando a la jineta. Fueron los pueblos orientales lo que hicieron un uso constante
de este tipo de monta ya que el uso táctico que le daban a la caballería era como cuerpo ligero para exploración,
hostigamiento y persecución del enemigo a base de acciones muy rápidas y de corta duración


Me acabo de percatar de que se ha hablado muchísimo de caballeros y tal, pero he obviado uno de los complementos más importantes de su equipo: la silla de montar. Y no es un tema baladí ya que esta le permitió al caballero modificar sus métodos de lucha de forma que, con el paso de los siglos, se fue convirtiendo en una máquina de matar cada vez más perfeccionada y de una eficacia por encima de cualquier tipo de duda. 


Desde que la silla de montar pasó de ser una simple manta a una estructura de madera forrada de cuero con una determinada forma, su diseño se basó en las tácticas de cada época, así como en las necesidades del jinete para luchar sin darse una costalada que, estando como estaban rodeados de enemigos, le costaría la vida sin ningún género de dudas. En la entrada sobre la caballería auxiliar de Roma ya pudimos ver como las sillas de esa época estaban perfectamente concebidas para sustentar a unos jinetes que carecían de estribos y que, por lo tanto, debían disponer de elementos adecuados para sustentarse sobre el caballo. 



La aparición del estribo inventado en Oriente supuso una verdadera revolución en la monta. El poder disponer de un apoyo para los pies no solo permitió al jinete dirigir mejor a su montura, sino que le facilitó enormemente el manejo de las armas ya que dicho apoyo hacía posible imprimir más energía a los golpes de espada. Allá por los siglos IX y X, la silla de montar se había convertido en una plataforma de combate desde la cual el jinete podía dirigir su caballo mientras combatía de forma eficaz tanto contra la infantería como contra otros jinetes. A la izquierda tenemos un ejemplo gráfico: se trata de una silla de origen ávaro, un pueblo euroasiático procedente de los territorios que actualmente ocupa Rumanía, y que introdujeron en Europa tras inspirarse en las monturas árabes y bizantinas. Como vemos, va provista de estribos cortos para montar a la jineta, estilo habitual de los pueblos de Oriente Medio. Este tipo de monta, con las piernas flexionadas, permitía al jinete manejar su montura mediante apoyos, por lo que las manos le quedaban más libres para combatir. Por otro lado, los pequeño, ágiles y veloces caballos usados en Oriente se prestaban a las mil maravillas a esa forma de lucha, pudiendo hacer rápidos quiebros, raudas arrancadas y fintas de todo tipo.




Sin embargo, la caballería evolucionó de forma muy diferente en Europa Occidental. La silla usada durante el período carolingio que vimos más arriba permitía un mejor control de la montura, pero también hacía al jinete más susceptible de ser descabalgado. Así mismo, el armamento defensivo de los jinetes se fue tornando cada vez más pesado, lo que requería el uso de caballos más poderosos y masivos. Esto los hacía más lentos y menos resistentes a largas galopadas, pero su potencia de choque era algo brutal y, más importante aún, empezaron a ejercer una notable influencia de tipo psicológico entre una infantería que ya no era el ejército profesional romano, sino simples labriegos convertidos en combatientes de circunstancias cada vez que su señor o el rey los llamaba a la guerra. Así pues, la silla pasó a convertirse en una sólida base en la que el jinete era sustentado por delante y por detrás, para lo cual se crearon los arzones altos tal como vemos en la imagen de la derecha.




El Tapiz de Bayeux, en el que se muestran por
primera vez las sillas de arzón alto para la monta
a la brida
Por otro lado, esa evolución también supuso cambios en la forma de combatir del jinete del naciente segundo milenio. La caballería ya no era un cuerpo destinado a hostigar y perseguir al enemigo, sino que su uso táctico varió de forma substancial para convertirse en una verdadera unidad de choque, una masa de combatientes que, en apretadas filas, se abalanzaba contra una infantería que en la mayoría de las ocasiones huía en desbandada ante la pavorosa visión de varios centenares de enormes pencos galopando contra ellos y montados por jinetes relamiéndose de gusto ante la inminente escabechina. Recordemos que, según vimos en la entrada destinada a los caballos de guerra, la alzada de estos animalitos solía rondar el metro sesenta o algo más, si bien había verdaderos monstruos que alcanzaban el metro noventa. Así pues, provistos de poderosas monturas y para lograr más efectividad en el contacto, nada mejor que la lanza. Pero no las lanzas y las jabalinas usadas por la caballería romana, sino otras más pesadas y largas, de al menos 2,50 metros de longitud y rematadas por moharras afiladas y pequeñas, capaces de perforar cualquier cosa. Todo ello obligó al jinete a montar a la brida, o sea, con las piernas totalmente estiradas, lo que le obligaba a gobernar su montura con las riendas al perder la posibilidad de hacerlo mediante apoyos. La monta se tornó menos flexible y sin posibilidad de realizar las virguerías de la monta a la jineta, pero se ganó en seguridad para el jinete, el cual ya era prácticamente imposible de desmontar, y así mismo le facilitó el uso de la lanza al tener la pelvis apoyada en el arzón trasero de forma que no saldría despedido por el impacto a la hora de clavar.



En este fragmento de la Biblia Maciejowski podemos apreciar la demoledora contundencia que lograban imprimir a
sus armas los jinetes montados a la brida. Tal como se explica en la entrada, el estar de pie en los estribos permitía
al jinete golpear como si estuviera en el suelo en vez de sobre una montura, como deja bien patente el caballero del centro que, armado con un faussar y literalmente en pié sobre los estribos, acaba de partir en dos a un enemigo.
 De hecho, un jinete espada, maza o hacha en mano resultaba más temible y eficaz que con la lanza,
la cual era difícil de apuntar y fácil de esquivar


Joven escudero entrenando en el manejo de la lanza
De ese modo vemos que todo en la vida tiene un precio, y lo que el jinete ganó en seguridad lo perdió en capacidad para manejar el caballo, lo que les obligó a practicar constantemente y a tener un profundo conocimiento de la monta, mucho más allá de lo que hasta entonces se había  dado por válido. Del mismo modo, el manejo de las armas era mucho más contundente pero también requería un entrenamiento muy concienzudo ya que, aunque pueda parecer lo contrario, no era nada fácil acertar en un enemigo con una lanza montado sobre un caballo descomunal al cual le costaba bastante trabajo guiar. Así nacieron los caballeros, hombres que por sus medios económicos, en aquel tiempo solo propios de la nobleza, se podían permitir no solo adquirir poderosos caballos de guerra, sino el aprender a montarlos desde críos y a pasarse la infancia y la adolescencia dedicado por entero tanto a adiestrarse en la monta como en el manejo de las armas. 




La silla de guerra fue evolucionando hasta una morfología que envolvía literalmente al jinete, lo que le obligaba en muchos casos a tener que montar siendo descendido sobre el caballo mediante una garrucha ya que los arzones eran tan altos y tan cerrados que no se podía pasar materialmente la pierna derecha por encima de los mismos. A la izquierda podemos ver dos ejemplos de las mismas, datables hacia el siglo XIV: ambas sillas envolvían la cintura del jinete más arriba de la zona lumbar. ¿Qué sentido tenía este tipo de silla que requería nada menos que una grúa para subirse al caballo? Pues impedir a toda costa ser descabalgado porque eso suponía una muerte segura. Los infantes aprovechaban para tomarse venganza sin piedad en el que unos instantes antes había machacado el cráneo del compadre predilecto, y no dudaban en convertirlo en un pinchito moruno con las picas de sus alabardas y bisarmas. 



Fragmento de "La Batalla de San Romano", de Ucello. Obsérvese el jinete de la izquierda, sobre el caballo marrón,
como carga contra su enemigo volcando el peso del cuerpo y las piernas hacia adelante para aumentar el poder de
choque de su lanza. Así mismo, el jinete de la derecha sobre el caballo blanco se ve impulsado hacia atrás por la
fuerza del impacto, pero sin salir despedido de la silla gracias a su alto arzón trasero.

Con todo, más de uno se preguntará si es que solo se usaban este tipo de sillas, incluso cuando solo se precisaba el caballo para ir a casa del cuñado a gorronearle un poco de vino. Pues obviamente, no. Una cosa era la silla de guerra y otra la que se utilizaba para paseo, e incluso había modelos diseñados exclusivamente para torneos. Así pues, los palafrenes y rocines que se destinaban a la caza, a viajar o a entrenar (los destriers se reservaban como oro en paño para que no se lesionaran) eran equipados con sillas como la que vemos en la ilustración de la derecha y que, como podemos apreciar, es muy similar a las que se utilizan hoy día. Eran sillas cómodas, ligeras y que, naturalmente, permitían auparse en ellas sin problemas. Por otro lado, conviene señalar que en los reinos peninsulares, por mera cercanía con los andalusíes, muchos caballeros adoptaron la monta a la jineta para llevar a cabo acciones de guerra similares a las de los moros, como el tornafuye, lo que era impensable realizar con bridones pesados. Obviamente, para este tipo de monta también era preciso usar sillas como la que se muestra en este párrafo y que provistas de estribos cortos convertían al rocín en una montura sumamente manejable y muy adecuada para el tipo de guerra al uso entre moros y cristianos, a base de celadas y escaramuzas.




En definitiva, durante la segunda mitad de la Edad Media la silla de guerra fue evolucionando, como hemos ido viendo en los párrafos anteriores, para convertirse en una plataforma que permitiera al jinete un manejo de las armas más contundente y en basar su uso táctico en la carga de caballería pesada, mientras que los pueblos de Oriente Próximo seguían prefiriendo la monta a la jineta, más ágil pero menos efectiva a la hora de usarla como arma de choque. Para comparar ambos tipos de monta podemos echar un vistazo a la ilustración de la izquierda, en la que vemos a un combatiente europeo y un musulmán haciéndose arrumacos (igual eran cuñados, quien sabe). Se aprecia perfectamente el alto arzón trasero del cristiano que monta a la brida, así como la misma pieza más baja que permite montar a la jineta al moro.




La silla de guerra tal como se concibió hasta el fin de la Edad Media fue también experimentando diversos cambios conforme la caballería perdía su papel de arma decisiva en los campos de batalla, y las cargas de caballería pesada iban poco a poco dejando paso a las caracolas realizadas por reitres y herreruelos montando a la jineta contra una infantería que ya no se nutría de labriegos acojonados, sino de profesionales de la guerra armados con picas de cuatro o cinco metros de largo con las que interponían ante la caballería atacante un verdadero muro de moharras infranqueable. A la derecha podemos ver el aspecto de una silla bridona "de última generación" como diríamos ahora, fabricada en pleno siglo XVI y con los arzones reforzados con placas de metal. Obsérvense los refuerzos acolchados para ajustar el muslo a la silla.

Solo nos restaría hablar de las sillas para justas y torneos, pero como ese tema está aún por concluir ya que hay alguna entrada aún pendiente de publicar, pues se hablará de ellas en su momento. Solo añadir una breve explicación por si alguno no se ha enterado bien de por qué la monta a la brida facilitó el uso de la lanza enristrada, así que para ello echemos un vistazo a la ilustración inferior:






Seguramente, más de uno se habrá preguntado a qué obedece esa postura tan forzada que muestra el caballero de la izquierda, similar a la que vemos en infinidad de ilustraciones de la época. Puede incluso que alguno crea que es una mera licencia artística del ilustrador. Pues no, es totalmente real. Comparémosla con la del ciudadano coronado de la derecha, cuyas piernas aparecen un poco menos rígidas. ¿Lo vamos intuyendo? Sí, claro, eso es... El caballero de la izquierda muestra una pose que indica que está a punto de descargar un hachazo y, para ayudarse e imprimir más energía al golpe, empuja los estribos hacia adelante para bloquear su cuerpo cuya pelvis hace tope con el arzón trasero de la silla tal como indica la flecha. ¿Que eso no tiene nada que ver? Hagan la prueba vuecedes. Se me apalanquen en una silla normal y aprieten con los pies contra la pared, pero sin mancharla que la parienta protesta con vehemencia. ¿A que se nota como medio cuerpo se bloquea y nos permite mover los brazos enérgicamente? No digo que si no bloqueamos nos vayamos a caer, pero sí que si se hace así se imprimirá mucha más energía, sobre todo si se trata de enristrar una lanza. El dibujo de la derecha muestra un jinete relajado, por lo que los pies simplemente están apoyados en los estribos sin presionarlos. 

Bueno, como supongo que vuecedes ya lo han entendido perfectamente, me largo a tomar el aperitivo.

Hale, he dicho...



Arnés de guerra alemán, siglo XVI

lunes, 20 de febrero de 2012

Mitos y leyendas: Caballeros en grúa


Naturalmente, el título no hace referencia a que ese abominable invento recaudatorio de los ayuntamientos actuales les retirasen el caballo mal aparcado. La cosa va de cómo montaban sobre sus fogosos bridones los caballeros de la época. Mucha gente tiene in mente las imágenes que aparecen en el vídeo siguiente:



Es muy gráfica, ¿no? Sin embargo, esa imagen del caballero que, rodeado de pajes y escuderos haciéndole la pelota por lo elegantemente que ha descendido sobre su corcel precisando de una grúa para tal fin, es falsa o, más bien, inexacta. Muchos suponen que era debido al peso de la armadura pero, como ya se ha explicado en diversas entradas, éste no solía exceder de los 25 ó 30 kg., lo que no impedía en modo alguno auparse normalmente sobre la silla. De hecho, de los cientos de representaciones gráficas de la época que llevo vistas, en ninguna aparece una escena semejante. Sin embargo, sí hay alguna en que podemos ver como el caballero de turno sube en su caballo de la forma habitual, como la que se muestra a la izquierda. De hecho, la armadura que viste es similar a la que porta el caballero que aparece en el vídeo. O sea, que no necesitaba para nada de semejante artificio para montar. Por otro lado, sería suicida para un jinete el hecho de que, en caso de ser derribado en combate, no pudiera volver a montar. Obviamente, sus pajes y su escudero no iban a ir tras él por el campo de batalla con la dichosa grúa para volver a ponerlo en su sitio, por lo que es absurdo plantearse tal necesidad.

Sin embargo, como suele suceder, algo de verdad debía haber en esto para que haya llegado a nuestros días algo tan peregrino. Otra cosa es que, con el tiempo, se haya tergiversado bastante el motivo de por qué hacía falta una grúa para subirse al caballo. Y coligo que la causa era la silla de montar o, mejor dicho, el tipo de silla de montar. A la derecha tenemos un ejemplar similar al del vídeo. Concretamente, es la silla de Enrique V de Inglaterra, una silla de arzón alto al uso en el siglo XV ideada para dar una buena sustentación al jinete, especialmente por la parte trasera. Esto impedía que saliese despedido hacia atrás en los brutales encontronazos que, lanza en ristre, tenían lugar en las batallas de la época, así como para que los peones no pudieran descabalgarlo con facilidad enganchando al jinete con sus alabardas, bisarmas, etc. Pero para subir a esa silla no hacía falta ninguna grúa. Bastaba elevar la pierna derecha un poco más de lo habitual para verse perfectamente encajado en la misma. 

Sin embargo, sí había un tipo de silla en la que era prácticamente imposible subirse como no fuera descendiendo sobre ella. A la izquierda podemos ver un ejemplo. Se trata de una silla de torneo, con un arzón muchísimo más alto y que, además, envuelve el tronco por la espalda. Este tipo de silla incluso iba provista de unas barras que unían ambas partes, trasera y delantera, para impedir que el jinete fuera derribado, y hasta le proporcionaba protección en las piernas. Alguno dirá que el objetivo en los torneos era precisamente derribar al contrario. Cierto es. Pero en este caso se trata de una silla para los participantes en la mêlèe, un tipo de justa en el que no se usaban lanzas y que básicamente consistía en un combate cerrado entre dos grupos de caballeros, usando para ello espadas y/o mazas de cortesía (ya hablaremos un día de los torneos). Aunque en la enorme cantidad que hay de ilustraciones de la época sobre torneos tampoco aparece la grúa, en este caso entiendo que era imprescindible, y colijo que es precisamente de los torneos de donde proviene la creencia de que era habitual para montar en cualquier circunstancia.

Como imagen de cierre dejo una ilustración del Salterio de Luttrell (c.1320-1340) en el que vemos  a sir Geoffrey Luttrell subido en su caballo con su mujer tendiéndole el yelmo y su cuñada sujetando el escudo. Si observamos la silla, veremos de lo tendría complicado para subirse normalmente en la misma. Sin embargo, ni siquiera viste una armadura de placas, por lo que su peso no sería problema. Así pues, no queda más opción que pensar que la grúa en cuestión era necesaria para determinados tipos de silla, los cuales no eran usados en combate sino solo en justas y torneos.

Hale, he dicho