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domingo, 13 de diciembre de 2020

TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 2ª parte

 

Defensores chinos lanzando un proyectil incendiario
mediante un pào chē. Por la distribución de los lanzadores
podemos hacernos una idea de que las cifras de los mismos
narradas en las crónicas eran bastante exageradas

Bien, prosigamos con la cosa fundibularia...

Como ya sabemos, los plobos guelelos del Celeste Impelio fueron los primeros en estrenar estas máquinas a las que dieron diseños de diversos tipos, desde el ligero torbellino a modelos más pesados como el tigre agazapado o las variantes móviles emplazadas sobre armazones rodantes. La difusión del fundíbulo comenzó por obra y gracia de los mongoles, unos sujetos sumamente aguerridos que, aunque habituados a combatir en campo abierto, cuando llegó la hora de asediar ciudades no tuvieron problemas para adaptarse y emplear la tormentaria usada por sus enemigos. De hecho, alcanzaron tal pericia en su manejo que no tardaron mucho en convertirse en consumados maestros, hasta el extremo de que los habitantes de las poblaciones que tenían noticia de la proximidad de un ejército mongol o, simplemente, sospechaban que podían ser objeto de un asedio, salían en tromba a talar todos los árboles en un radio de 6 u 8 km., así como retirar cualquier piedra susceptible de convertirse en un proyectil para sus máquinas. Y al parecer esta táctica tuvo sus resultados ya que hay constancia de que los mongoles se vieron en la necesidad de usar bolas fabricadas con madera de morera empapada en agua para endurecerlas ante la falta de cualquier pedrusco decente. También empleaban bolas de barro cocido para que, en caso de fallar, impactaran contra el suelo y se rompieran en pedazos, impidiendo así que el enemigo las usara contra ellos. Astutos, ¿que no?

La situación inversa: los mongoles atacan la ciudad de Kiev
con un artefacto similar al de la ilustración anterior. Mientras los
defensores procuraban neutralizar las máquinas enemigas, los
atacantes intentaban minar las defensas del castillo matando a
la guarnición y destruyendo sus dependencias interiores

¿Que por qué motivo se dedicaban a talar cualquier árbol medianamente decente? Porque el fundíbulo tenía una notable ventaja sobre la compleja maquinaria de torsión usada por griegos y, posteriormente, romanos, y consistía en algo tan simple como el hecho de no precisar de madera con determinados niveles de secado para fabricarla. Como ya vimos en los artículos dedicados a la tormentaria de torsión, estas máquinas eran sumamente complejas de fabricar, teniendo que considerar de forma muy meticulosa las dimensiones de cada pieza y, sobre todo, el secado de las mismas para impedir que la enorme tensión que debían soportar no las doblase o las partiese. Más aún, como vimos en la entrada anterior, en caso de usarse bambú era preferible que estuviera verde, y el hecho de no requerir un secado previo facilitaba tanto su fabricación como su transporte, que en el caso del fundíbulo de tracción podía obviarse si se construían in situ. Así, del mismo modo que las balistas, cheirobalistras, escorpiones y onagros se llevaban de un sitio a otro desmontados y necesitaban una serie de manipulaciones previas a su emplazamiento y puesta en marcha, para fabricar un fundíbulo bastaban unos cuantos troncos de bambú o, caso de usar madera normal, cortarla, desbastarla y formar el armazón uniendo las piezas con clavos o cuerdas ya que en este caso no había que soportar tensiones ni nada semejante, solo su propio peso. Lo único que debían llevar previsto era la honda y el gancho de hierro que se colocaba en el extremo de la viga. Por eso eliminaban la arboleda susceptible de ser usada para fabricar máquinas de este tipo, y en caso de no llevar en el tren de bagajes varias de ellas previstas los sitiadores lo tenían chungo.

Tropas mongolas asediando una ciudad china. A la izquierda vemos
un fundíbulo

Por lo demás, los mongoles no se devanaron los sesos creando nuevos modelos, ni siquiera perfeccionando los creados por los chinos. Se limitaron a copiarlos de cabo a rabo ya que, para el uso que les daban, eran perfectamente válidos. Básicamente, su empleo táctico consistía en emplazar ante una muralla una batería compuesta por varios fundíbulos- hay constancia de haber usado hasta 30 de ellos-, e iniciar un bombardeo de saturación contra los defensores que se movían por los adarves y las dependencias interiores. Como respuesta, la guarnición hacía lo propio, llegando a construir plataformas en las murallas para hostigar las máquinas de los enemigos de forma que se podría hablar de un "fuego de contrabatería" en toda regla, lanzándose mutuamente tanto bolaños como vasijas incendiarias. Al parecer, la precisión que tanto unos como otros alcanzaban con sus máquinas llegaba al extremo de apuntar y destruir objetivos concretos. O sea, que no se trataba de enterrar en piedras al enemigo, sino en acertar en blancos previamente seleccionados que podían ser incluso mandamases que eran identificados por su indumentaria o lo engalanados que se presentaban en el combate.

Un ejemplo conocido de este nivel de precisión es el del asedio a la ciudad coreana de Pak So, cuando un bolaño pasó muy cerca del general Kim Kyong-son chafando a varios de sus acompañantes. El general, que presenciaba el bombardeo en plan asiático, o sea, sentado en un catrecillo de campaña totalmente impávido e hierático, vio como el proyectil enemigo casi lo deja en el sitio, acertando en los guardias que lo escoltaban. Cuando le sugirieron que mejor se quitaba de en medio, Kyong-son replicó que "eso sería lo correcto pero, si me muevo, los corazones de todos los soldados también se moverán". Le echó valor, las cosas como son. En cualquier caso, ya vemos que los torbellinos eran pequeñajos pero sumamente matones, y el sereno valor de Kyong-son no valió para impedir que los mongoles se apoderasen finalmente de toda la península de Corea en 1273, que fue usada como trampolín para su siguiente conquista: Japón.

Pero los honolables guelelos del mikado ya conocían estas máquinas, precisamente de las visitas que llevaron a cabo a la sufrida Corea allá por el siglo VII, posiblemente las que vimos en la entrada anterior descrita por Mozi (ilustración de la izquierda). Sin embargo, parece ser que en aquella ocasión no le dieron importancia a los fundíbulos por la sencilla razón de que sus tácticas de asedio se basaban ante todo en el bloqueo y el asalto, cortando posibles fuentes de suministro de agua o lanzando proyectiles incendiarios con grandes ballestas. Obviamente, tanto en Corea como entre los conflictos entre daimyo en el Japón las tropas niponas no tuvieron ocasión de comprobar la efectividad de los fundíbulos porque eran los atacantes, ergo se ceñían a sus tácticas habituales. Pero los intentos de invasión por parte de los mongoles durante el último cuarto del siglo XIII mostraron a los honolables guelelos del mikado que aquellas máquinas eran dignas de ser tenidas en cuenta ya que, antes incluso de desembarcar, los bombardearon con proyectiles explosivos a base de pólvora lanzados desde las mismas naves.

Nave de la dinastía Song armada con un fundíbulo. Con barcos
muy semejantes llevarían a cabo los mongoles la invasión a Japón,
donde usaron las máquinas para atacar a los defensores desde los
mismos barcos

Con todo, las crónicas de la época no manifiestan de forma incuestionable cómo y de qué forma hicieron uso los japoneses de estas máquinas ya que, aunque en muchas de ellas se cita la muerte de enemigos mediante piedras, no se especifica qué tipo de artefacto las lanzó, pudiendo referirse incluso a pedruscos arrojados a mano desde lo alto de una muralla que acertaron a algunos de los atacantes y les reventaron la cabeza como un huevo. La primera noticia donde no caben dudas al respecto nos llega de una época bastante tardía ya que data de la Guerra de Onin, concretamente del año 1468, cuando en otras partes del mundo la artillería pirobalística casi se había adueñado de los arsenales militares. Al parecer, el fundíbulo no fue tomado de los mongoles, sino que procedía del comercio entre Japón y China, es decir fue en realidad introducido por artesanos que los habían visto en el continente durante sus viajes de trabajo para la venta de armas a los plobos guelelos del Celeste Impelio.

La citada referencia aparece en el Hezikan Nichiroku, una especie de diario que llevaba un monje zen llamado Unzen Taigyoku que igual te hablaba de armamento que de formas de componer ramos de flores chulos o de preparar el té como Buda manda. En uno de sus apuntes del año arriba mencionado cita a un artesano natural de la provincia de Yamato que construyó una máquina para lanzar piedras denominada hassekiboku. El artefacto en cuestión podía lanzar piedras de 12 kin de peso (7,2 kg.) a una distancia de 300 pasos, lo que demostraría que, como en el caso de los fundíbulos chinos, su uso era ante todo antipersonal. Por desgracia, el monje solo dejó constancia de la máquina y su nombre, pero no nos legó un dibujito para poder conocer su aspecto, así como alguna descripción de la misma. De hecho, no hay ningún testimonio gráfico de los fundíbulos de tracción usados por los japoneses, si bien lo más lógico es que fuesen copias más o menos exactas de los usados por los chinos. Eso de copiarse unos a otros creo que lo inventaron los orientales.

Esquema de una bomba de trueno que nos muestra su composición.
Este modelo en concreto era de mayor tamaño, por lo que a la caña
de bambú se le añadían un asa y una rueda para facilitar su transporte

Y a igual que chinos y mongoles, los honolables guelelos del mikado hicieron uso en cantidad de proyectiles explosivos denominados pi-li-pao, que viene a querer decir bomba de trueno. Estos proyectiles ya se empleaban en el siglo XI lanzados por grandes ballestas si bien se pudo comprobar que funcionaban estupendamente con los fundíbulos. Como podemos ver en la ilustración, constaban de una caña de bambú con una longitud que comprendiese dos o tres nudos y unos 4 cm. de diámetro en cuyo interior se colocaba una mecha que asomaba por un orificio en el centro de la caña para transmitir el fuego a la substancia explosiva. Esta consistía en una mezcla de fragmentos de porcelana y entre 1,3 y 1,8 kilos de pólvora que eran empaquetados alrededor de la caña a base de capas de papel hasta formar una bola. Finalmente, se aplicaba al envoltorio una capa de pólvora mezclada con alguna substancia adherente para que al explotar creara una bola de fuego que provocase el pánico entre los enemigos mientras que sembraban alrededor su peculiar metralla. Sus efectos eran básicamente los de un metrallero, y los fragmentos de porcelana, afilados como cuchillas de afeitar, debían producir unas heridas bastante chungas. Cualquiera que se haya cortado con el borde de una taza rota sabrá en seguida de qué va la cosa porque los cortes tan limpios sangran una cosa mala y, además, es muy complicado cortar la hemorragia como no sea suturando de inmediato.

Aguerridas ciudadanas niponas ayudando a sus maromos a repeler
el asalto enemigo. Como vemos, las bravas hembras tolosanas que
escabecharon al fiero Montfort tuvieron su contrapartida oriental
Así pues, este tipo de proyectil era especialmente útil si era usado por los defensores de un castillo ya que, lanzados contra formaciones de atacantes, sus efectos serían contundentes, y provocarían un número de bajas nada despreciable. Por lo demás, hay constancia de que se recurría a mujeres y jovencitos para manejar los fundíbulos en caso de asedio, colaborando así en la defensa y permitiendo que los hombres de las dotaciones se sumaran a sus compañeros para rechazar a los asaltantes o para mantenerlos a raya con arcos o arcabuces. Obviamente, el impulso que lograban era inferior al obtenido por los hombres, logrando alcances de solo un tercio sobre los 300 pasos mencionados anteriormente, pero considerando las distancias a las que se situaban los atacantes eran suficientes para liquidarlos de una pedrada o llevarse a varios de ellos por delante con una de sus eficaces bombas de trueno. Por lo demás, a pesar de que inicialmente los japoneses no mostraron especial interés por los fundíbulos de tracción, fue el país dónde más tiempo estuvieron en uso debido ante todo a la escasez de artillería. La última noticia acerca de estas máquinas aparece en el asedio al castillo de Osaka en 1614.

Sin embargo, en la expansión de estas máquinas hacia Occidente no estuvieron involucrados ni los mongoles, a pesar de sus intentos por extenderse hacia Europa, ni mucho menos los japoneses, que preferían quedarse encerrados en sus islas degollándose mutuamente sin que nadie les molestase. Pero de eso hablaremos en la tercera parte, así que toca esperar un poco para saber el final de la historia.

Hale, he dicho

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TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 1ª parte


Una muy optimista recreación de una batería de fundíbulos ya que limitan el número de tiradores a apenas dos hombres, y según vemos los pedruscos que aparecen a la derecha de la imagen no creo que los pudieran lanzar a más de medio metro. No obstante, la apariencia de las máquinas está muy lograda y nos permite ver de forma muy realista su manejo. Como vemos, y según comentamos en la entrada anterior, la tracción vertical limitaba en gran forma las prestaciones de la máquina ya que había un tope que no se podía traspasar: el puñetero suelo

sábado, 21 de noviembre de 2020

TORMENTARIA: FUNDÍBULOS DE TRACCIÓN, 1ª parte

 

Recreación del fundíbulo con el que las bravas hembras tolosanas mandaron al puñetero infierno al desmedido Simón de Montfort, cuando le acertaron de lleno con un bolaño que le reventó la cabeza como un huevo durante el férreo asedio mediante el que pretendía apoderarse de la ciudad

Como ya saben, de vez en cuando doy un repasillo en busca de artículos que deban ser actualizados, y el referente a los fundíbulos, trabucos o trabuquetes (de los nombres ya hablaremos más despacio en su momento) es uno de ellos. Estudiamos estos chismes hace ya nada menos que casi un... decenio...😭(carajo, el enemigo inexorable y tal...). Sí, criaturillas, casi un decenio. Concretamente, nueve años y medio. De verdad, estas cosas me dejan el ánimo más mustio que un político obligado a dimitir tras descubrírsele diez casos de acoso sessuá, cuarenta y ocho untadas de mano, dieciséis maletines de arcano contenido y 813 mariscadas que le han puesto el ácido úrico a niveles estratosféricos. En fin, así son las cosas, queramos o no. Bueno, a lo que vamos...

Mozi (c. 468 a.C. - c. 391 a.C.) ilustrando a sus discípulos

Mientras que en el mundo antiguo la tormentaria dedicada al lanzamiento de proyectiles, ya fueran dardos o piedras, se basaba en máquinas de torsión, los plobos guelelos del Celeste Impelio optaron por algo mucho más simple, sin mecanismos de ningún tipo y muy fácil de construir basado en el brazo de palanca. Como vimos en su momento, las BALLISTAS y sus derivadas eran unos artefactos increíblemente complejos, que requerían de meticulosos cálculos en las dimensiones de sus piezas para obtener, no ya un rendimiento adecuado, sino simplemente que funcionasen. Sin embargo, los ingenios diseñados en la remotísima China eran de una simplicidad tan pasmosa que cualquier cuñado podría fabricar uno sin apenas desgastar su sesera mononeuronal. La primera referencia de estos artefactos aparecen en el Mozi, un texto datado hacia el siglo V a.C. que contiene un compendio de temas bastante variopintos, desde cuestiones meramente filosóficas o didácticas a estrategia, fortificación y maquinaria de guerra. El Mozi, cuyo autor era un filósofo del mismo nombre, no indica que fuese él mismo quién inventó el ingenio que nos ocupa, sino simplemente se limita a detallarlo por lo que la paternidad del chisme en cuestión es un misterio misterioso.

La descripción que Mozi nos legó detalla un armazón cuadrangular de unos 4 metros de alto, de los cuales alrededor de 1,2 metros eran enterrados en el suelo para afianzar la máquina e impedir que se moviera cada vez que era disparada. El brazo o viga estaba formado por un haz de cañas de bambú de unos 10 metros unidos por cuerdas, y giraba con la ayuda de dos ruedas de carro y un eje sustentado por el armazón. De la longitud total de la viga, ¾ de la misma estaban por delante del eje mientras que el cuarto restante estaba por detrás y era donde se encontraban las sogas de las que la dotación de la máquina tiraba. En el otro extremo se colocaba una honda de unos 80 cm. de largo que acogería el proyectil, un bolaño o una vasija con alguna porquería incendiaria de las que los chinos tanto sabían. Veamos una recreación de la misma de mi autoría en base a la descripción del ingenio en cuestión.

Como podemos ver, se trata de una estructura bastante básica, formada por maderos o troncos que servían de soporte al corazón del invento: la viga. Suponemos que las ruedas eran usadas para servir de sostén al haz de cañas, donde estarían sólidamente unidas con cuerdas ya que, como sabemos, estas no podían ser perforadas so pena de perder su resistencia. Usando dos ruedas, una a cada lado, la robustez del conjunto permitiría darle un uso constante sin tener que andar con reparaciones o desajustes continuos. En el extremo vemos la honda, cuyo lazo sería enganchado en la muesca que se aprecia al final del haz, mientras que en el lado opuesto se colocarían tantas sogas como hombres dotaban la máquina que, por cierto, recibía el nombre genérico de pào, que viene a querer decir "arma". Este modelo sería, por decirlo de algún modo, la base sobre el que se crearon posteriormente diversas variantes según el uso que se les quería dar.

El tipo más básico era el llamado torbellino o xuànfēng pào, una máquina ligera que constaba de un poste clavado en el suelo y que tenía en su parte superior un soporte en forma de H que podía girar 360º sobre dicho poste, por lo que no estaba obligado a cambiar de posición cada vez que era necesario apuntar a un objetivo distinto. Como podemos ver en la ilustración de la derecha, procedente de un tratado militar titulado Wŭ jīng zŏng yào (c. 1040), su viga consistía en una única caña de bambú que, en vez de recurrir a las ruedas para sujetarla al armazón como hemos visto en el descrito por Mozi, atravesaba un cilindro de madera que a su vez actuaba como eje. Una viga formada por una sola caña nos hace suponer que estaba destinada a batir blancos pequeños, o sea, al personal que correteaba por los adarves de las fortificaciones o, gracias a su trayectoria parabólica, a introducir en el interior pequeñas vasijas incendiarias para ir ablandando la moral de los defensores. El torbellino debía alcanzar una cadencia de tiro bastante alta. Sus proyectiles, de poco peso, solo requerían que el jefe de la pieza lo colocase en la bolsa de la honda, girase la máquina hacia el banco seleccionado y dar la orden de tirar. Para obtener un rendimiento adecuado, los hombres que componían las dotaciones de estos chismes, fueran del tamaño que fueran, debían tener ante todo una coordinación perfecta para que la tracción fuese uniforme, ergo se aprovechase el cien por cien de su fuerza para obtener el alcance deseado.

Una variante más compleja del torbellino era el dú jiăo xuànfēng pào que, como se puede ver,  no se clavaba en el suelo, sino que se sustentaba sobre un pequeño armazón aunque manteniendo su capacidad para girar en cualquier dirección. Por su viga, similar a la del tipo anterior, podemos deducir que no estaba concebido para arrojar proyectiles más pesados sino que, posiblemente, su armazón estuviese ideado para emplazar la máquina en lugares donde no se podía clavar el poste debido a la consistencia del suelo, o quizás para poder cambiarlo de posición con más rapidez, sin tener que estar cavando un nuevo hoyo cada vez que había que moverlo. Por el uso que los chinos daban a estas máquinas, que por cierto usaban por decenas durante sus asedios, parece ser que basaban su uso táctico en una buena movilidad para batir diferentes objetivos según la necesidad de cada momento. Al ser armas anti-personal, obviamente la posición de sus blancos no era estática como las murallas de castillos y ciudades que batirían siglos más tarde los grandes fundíbulos de contrapeso, así que basaban su arsenal en una elevada cantidad de artefactos ligeros con gran capacidad de movimiento.


Hay evidencias sobradas para afirmar que la movilidad era una necesidad en el uso táctico de los fundíbulos de tracción. En las ilustraciones superiores tenemos tres ejemplos que lo demuestran con creces. De izquierda a derecha tenemos un pào chē, un torbellino sobre ruedas que aparece en el Wŭ jīng zŏng yào. A continuación vemos otro modelo, en este caso un senpū shahō provisto de un pequeño parapeto para defender a la dotación de la máquina y, finalmente, un wo chē pào. Estos dos últimos aparecen en el Wŭbèi zhì, un tratado de tecnología militar consistente en una recopilación de otras obras llevada a cabo en 1621 por un militar de la dinastía Ming llamado Máo Yuányí. En puridad, las tres máquinas eran torbellinos, variando únicamente el modelo de carro. En todo caso, es evidente que estos chismes gozaban de bastante popularidad por su facilidad para transportarlos y moverlos de un sitio a otro una vez iniciado el asedio. Lo único que había que hacer una vez emplazados era calzar las ruedas para bloquearlos e impedir que se movieran tras cada lanzamiento. Al mantener la capacidad de giro del torbellino, solo cuando era preciso desplazarlos se quitarían los calzos.

Otra prueba de que los 
torbellinos eran ante todo armas anti-personal es que se construyeron baterías de hasta cinco unidades llamadas xuànfēng wŭ pào, y que estarían destinadas a concentrar los disparos en lugares concretos o bien contra grupos de tropas. Una andanada de vasijas incendiarias bien colocada en el interior de una fortaleza cuyas dependencias estaban fabricadas todas de madera tendría unos efectos sumamente persuasivos. Por el lado opuesto, podrían resultar muy útiles para intentar incendiar las máquinas de los sitiadores. Debido a su trayectoria parabólica, se desaconsejaba emplazar cualquier máquina de este tipo en las torres, debiendo situarse en el suelo para obtener la precisión deseada. Para dirigir el tiro se colocaba un observador en el adarve que, tras un primer disparo de prueba, indicaba las correcciones que había que hacer en cuando a alcance y trayectoria. Para lo segundo bastaba girar la máquina, pero lo curioso era como calculaban el alcance. Obviamente, es imposible coordinar a un grupo de hombres para que tirasen con una determinada fuerza. O sea, no valía decir "¡killo, tirá una mijilla má flojo!" si había que acortar la distancia porque el concepto de "mijilla" varía según la persona, por lo que toda la dotación jalaba de la cuerda empleando el máximo de su fuerza. ¿Cómo pues variar el alcance? Pues quitando o añadiendo hombres. Fácil, ¿qué no? Por otro lado, parece ser que el arma anti-personal más popular eran bodoques que, caso de no acertar y partirle la jeta a un enemigo, se hacían añicos contra el suelo, por lo que no podían ser reaprovechados por el adversario.

Una versión de potencia media era el "tigre agazapado", un fundíbulo instalado sobre un armazón triangular que, según el Wŭ jīng zŏng yào, apareció durante la dinastía Song (960-1279). Básicamente, podríamos decir que es una versión aligerada del fundíbulo de cuatro patas que tendría más estabilidad que los torbellinos pero, al mismo tiempo, requeriría poco esfuerzo a la hora de cambiarlo de posición y, por su forma, la distribución de la energía ejercida durante el momento de la tracción no haría necesario anclarlo al suelo, lo que lógicamente repercutiría en su movilidad. Bien, grosso modo, estos ingenios constituían el arsenal de los plobos guelelos del Celeste Impelio que, como hemo visto, estaban bastante bien pertrechados en lo que a tormentaria se refiere si bien la tecnología de la época no les permitía lanzar grandes pesos, por lo que estas armas se veían limitadas a, como se ha dicho, un uso ante todo anti-personal, así como para hostigar y destruir objetivos a pequeña escala: máquinas enemigas, manteletes o incluso parapetos para despejar murallas de defensores, pero en modo alguno tenían la potencia necesaria para abrir una brecha en una muralla.

En cuanto al número de hombres que servían cada máquina, así como la forma de efectuar la tracción, hay dos teorías que pueden ser válidas en ambos casos. En lo tocante a las dotaciones, en la guerra que la dinastía Tang (608-907) mantuvo contra el reino vecino de Goguryeo, que abarcaba aproximadamente el sur de Manchuria y la península de Corea, se menciona que los chinos usaron fundíbulos sobre ruedas servidos por 200 hombres, que aunque bajitos y canijos son muchos hombres para tirar de las cuerdas a pesar de que, como hemos visto en las ilustraciones anteriores, siempre aparecen un gran número de ellas en los extremos de las vigas. De hecho, resultarían excesivas en máquinas ligeras como los torbellinos por la sencilla razón de que no cabe tanta gente debajo de un fundíbulo tan pequeño. Si nos basamos en la representación gráfica más antigua que se conoce, procedente de un fresco datado hacia el siglo VIII del palacio de Panjakent, en la Sogdiana (actual Tayikistán), vemos un fundíbulo de cuatro patas cuya dotación es de seis hombres que, indudablemente, ejercen una tracción vertical. Con esta media docena de tiradores y usando un proyectil de entre unos 5 y 10 kilos podían alcanzar una distancia de incluso 300 metros. Así pues, ¿para qué servirían los 184 plobos guelelos del Celeste Impelio restantes?

Ante todo, hay que tener en cuenta que no se especifica qué cometido tenía cada uno de ellos. Es posible pues que formaran cuadrillas con una misión concreta: unos hacían acopio de bolaños, otros podrían encargarse de preparar las vasijas incendiarias, otros tirarían del carro y, finalmente, otros serían los destinados a jalar como energúmenos, pudiendo incluso haber más de un grupo destinado a ello para poder relevarse. Ya vemos que el uso táctico que daban a estos chismes se basaba ante todo en lo que hoy se conoce como fuego de saturación, o sea, emplazar muchas máquinas y hacerlas funcionar a tope para causar el mayor número posible de bajas, por lo que tras un largo rato pegando tirones el personal empezaría a acusar cansancio. En pruebas efectuadas con el fundíbulo de tracción que se expone en el castillo de Caerphilly, en la brumosa Albión (Dios maldiga a Nelson), una máquina de unas proporciones notablemente superiores a las que tratamos, se ha alcanzado una cadencia de seis lanzamientos por minuto, o sea, uno cada diez segundos. Por lo tanto, no sería extraño que un fundíbulo chino, salvo el tipo descrito por Mozi que era de mayores proporciones, pudiera doblar dicha cadencia. Pegar doce tirones al minuto durante una hora debía dejar al personal con los brazos echando humo y los trapecios y el cuello con unas agujetas fastuosas, por lo que no es ninguna insensatez dar por sentado que, al menos, habría un par de grupos para irse relevando. 
De hecho, en representaciones gráficas más modernas como las que aparecen en la Biblia Maciejowski (c.1240) o en el LIBER AD HONOREM AVGVSTI (1196) de Petrus de Ebulo (ilustración de la izquierda) se ve un número similar de tiradores por lo que es evidente que, en ese sentido, las cosas permanecieron igual durante siglos, y los fundíbulos ligeros requerían una dotación poco numerosa.

En lo tocante a la tracción, aunque se suele dar por sentado que era por norma en sentido vertical, no se debe desechar la teoría de que también podría hacerse en sentido horizontal, al menos en las máquinas más grandes que, por razones obvias, precisaban de un mayor número de servidores. Si observamos el "tigre agazapado" que mostramos anteriormente, veremos que el haz de cuerdas pasa por detrás del armazón, lo que obligaría a tirar horizontalmente y hacia adelante. En representaciones gráficas posteriores, como la que vemos a la derecha, nos encontramos con que en la Edad Media también se tenía en cuenta esa opción. El bajorrelieve que mostramos es posiblemente el fragmento del lateral de un sarcófago que se conserva en la iglesia de Saint Nazaire, en Carcassonne, y muestra la escena de un asedio donde hemos enmarcado un fundíbulo de tracción.  Se considera que dicha escena representa el cerco de Tolosa donde Simón de Monfort fue aliñado de una certera pedrada, por lo que es muy posible que el fragmento fuese de su sarcófago, y el fundíbulo el mismo que se usó para acabar con su existencia terrenal. Como vemos, los operarios de la máquina tiran también en sentido horizontal y hacia atrás en este caso. ¿Qué motivos habría para ello?

Es bastante básico. Los hombres que tiran en vertical deben dejarse caer para obtener una energía mucho mayor que la que imprimirían sólo con sus brazos. Sería una forma, digamos, de actuar como contrapesos. Si pones a diez ciudadanos de 70 kilos jalando de sus respectivas sogas, pues tenemos un contrapeso de 700 kilos que permitiría lanzar un proyectil ligero a bastante distancia. Pero el movimiento del cuerpo al tirar los obligaría a agacharse, como se ve claramente en el fresco del 
palacio de Panjakent, por lo que necesitarían mucho espacio para ello. Y si los hombres se separan, los situados más lejos de la vertical del extremo de la viga desperdiciarían parte de la energía que producen por tirar en ángulo como vemos en la figura A. Pero si pasamos el haz de cuerdas por debajo de un travesaño del armazón y los hombres se distribuyen formando un abanico como en la figura B, la energía no se desperdiciará porque la tracción de la viga seguirá siendo en sentido vertical, pero impulsada por otra que a su vez es horizontal y dando igual el sentido de la misma, o sea, hacia adelante o hacia atrás. Por otro lado, al tirar horizontalmente no solo se requiere menos espacio ya que los operarios, a lo sumo, tendrían que dar solo un paso atrás, sino que las cuerdas podrían ser más largas y cada una podría ocuparse con más de un hombre sin que se estorbasen, lo que sí ocurriría si a una cuerda vertical se le añaden dos ramales: los tiradores estarían tan juntos que apenas podrían moverse con comodidad. 

Pero la tracción horizontal no solo permitiría hacer uso de más personal y, por ende, obtener más energía, sino que el recorrido de la viga sería mayor, cosa que repercutiría positivamente en el alcance ya que el aprovechamiento de dicha energía sería también mayor al estar más tiempo bajo la acción de la misma. Y como más de uno igual no se aclara con esto, pues veamos el gráfico de la derecha. La viga de la que tira la cuerda roja en sentido vertical tiene un recorrido de aproximadamente 62º o poco más hasta que la honda suelte el proyectil. Los tiradores, aunque se agachen hasta dar con el culo en el suelo, no podrán hacer que la viga gire mucho más porque ni las cuerdas dan más de sí ni les queda recorrido para aumentar el radio de giro. Sin embargo, la viga de la que tira la cuerda verde, aunque la tracción sigue siendo en sentido vertical, los que tiran de ella lo hacen horizontalmente (insisto, da igual que sea hacia adelante o hacia atrás) y, al poder aprovechar al máximo el espacio disponible debajo y dentro del armazón, logran un recorrido de unos 94º o más hasta que se produzca la suelta del proyectil, o sea, un tercio superior al giro conseguido con la tracción vertical. ¿Se entiende ahora mejor? Espero que sí, porque no sé cómo explicarlo más claramente. 
En resumen: tracción vertical = menos alcance, tracción horizontal = más alcance, incluso si el fundíbulo es servido por el mismo número de hombres y cargado con proyectiles del mismo peso.

Bien, con esto creo que queda aclarado el origen de este tipo de máquinas, así como su desarrollo en su país de origen. Por mera cuestión de vecindad, los mongoles no tardaron mucho en copiar la tecnología de los plobos guelelos del Celeste Impelio, que rápidamente se pusieron al mismo nivel de estos y, en menor grado, los japoneses si bien el uso del fundíbulo parece que no fue muy popular entre ellos. Posteriormente y a raíz de la expansión de los musulmanes, estos también bebieron largo y tendido de los conocimientos procedentes de China, que a su vez pasaron a Occidente tanto por la invasión a la Península Ibérica en 711 como por la visita de los cruzados a Tierra Santa a finales del siglo XI, donde tuvieron ocasión de llevar a cabo intensos cambios de impresiones a golpe de bolaño entre unos y otros. Pero eso lo dejamos para la próxima, que por hoy ya he tecleado bastante.

En fin, ahí queda eso.

Hale, he dicho

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Ashigaru japoneses durante un asedio en el contexto de la Guerra de Ōnin (1467-1477). Como vemos, los sitiadores están batiendo el interior de una ciudad arrojando bombas de trueno con dos fundíbulos de tracción cuyos servidores tiran de las cuerdas en sentido horizontal y hacia atrás. Obsérvese como la máquina que aparece en segundo término acaba de soltar el proyectil, y el elevado ángulo de giro que se logra cuando se tira de las cuerdas horizontalmente. Por cierto que los japoneses, a pesar de que no fueron especialmente entusiastas con los fundíbulos, fueron los que más tiempo los mantuvieron en uso. Pero de eso ya hablamos en la próxima entrada

viernes, 21 de agosto de 2020

HATAMOTO, LA ÉLITE SAMURAI


El daimyo ha llegado a su castillo. Todos le rinden pleitesía rodilla en tierra. En primer término vemos a sus hatamoto,
sus hombres de confianza

Como hemos ido viendo a lo largo de los artículos dedicados a estos aguerridos ciudadanos, la sociedad japonesa ha sido desde siempre un conjunto de individuos jerarquizados hasta el tuétano. En la época que nos ocupa, desde el shogun para abajo todos y cada uno de los vasallos de los daimyo tenían encomendada una misión en la que estaban claramente señalados sus cometidos, así como sus limitaciones. Un vasallo, fuese cual fuese su rango dentro del organigrama dentro del personal al servicio del daimyo, tenía un estatus perfectamente definido, y sus atribuciones tenían un máximo y un mínimo que no podía rebasar en ningún caso. Si era hacia abajo se deshonraba porque se rebajaba, y si era hacia arriba también se deshonraba porque ponía en evidencia a los que estaban por encima de él. No obstante, existía una meritocracia que permitía medrar a los que, por su inteligencia y/o su arrojo lograban sobresalir de entre sus iguales y ser bienquisto por el daimyo o el shogun, logrando elevar su rango o incluso lograr convertirse en un señor feudal como Buda manda.


Tokugawa Ieyasu, primer shogun de su dinastía, planifica la batalla de
Sekigahara en el maku. A su alrededor vemos a sus hatamoto
Por otro lado, los vínculos de lealtad establecidos entre los samurai y los daimyo a los que servían, así como entre estos y el shogun creo que se escapan a la mentalidad Occidental tanto en cuanto nos puede resultar paradójico o incongruente que unos ciudadanos capaces de abrirse en canal por una simple sugerencia de su señor o incluso motu proprio por considerar que no ha cumplido con su deber, por otro lado cambiaban de bando como quien se muda de calzoncillos, y estas alevosías no solo tenían lugar entre señores y samurai, sino también entre los familiares del daimyo incluyendo sus propios hijos. En resumen, en el Japón medieval todo el mundo quería medrar a costa de chinchar al vecino y, si era posible y parafraseando al inefable visir Iznogud, ser el shogun en lugar del shogun. Como es obvio, los daimyo tuvieron bastante claro que su seguridad personal podía verse en serio peligro si una buena untada, una simple ofensa o una mala palabra hacia alguno de los samurai a su servicio o de los kerai (los criados en el mismo sentido de la Europa medieval). Para conjurar dicho peligro, que podía llegar en forma de atentado aprovechando cualquier circunstancia óptima para ello, surgieron los hatamoto, un grupo selecto de hombres cuya lealtad hacia el shogun o el daimyo era más monolítica que el Himalaya, generalmente basada en un juramento de fidelidad y que, curiosamente, no solían nutrirse de entre la familia cercana, sino de los samurai que le servían. 


Hatamoto bajo la bandera de su señor
El término hatamoto surgió durante el Período Sengoku, la interminable guerra civil que azotó el Japón desde 1467 hasta 1568 y en la que los daimyo no paraban de batallar entre ellos y cambiar de bando constantemente. Originariamante, hatamoto no era un palabro que designase a un grupo de ciudadanos sino un lugar, concretamente "bajo la bandera", en referencia al sitio donde el señor feudal de turno ordenaba clavar el pendón en el honjin, el otero donde generalmente solía instalar su puesto de mando antes de la batalla y desde donde podría controlar el movimiento de las tropas e impartir las órdenes oportunas. Así pues, por asimilación, los hombres de confianza del daimyo que se situaban tras él bajo la bandera eran los hatamoto, los hombres en los que el señor feudal depositaba toda su confianza. En batalla, los hatamoto no solo vigilaban que un repentino ataque enemigo invadiese el honjin, sino que debían formar una muralla humana para impedir que las flechas o los disparos acabasen con su vida. Si las cosas se torcían y era preciso largarse y ceder el campo del honor al adversario, ellos cubrían la retirada del daimyo, dando la vida si hacía falta para detener a los perseguidores. Pero los hatamoto no se limitaban a actuar solo en caso de guerra, sino también cuando reinaba la paz. De hecho, una vez instaurado el shogunato de Tokugawa Ieyasu en 1603 hubo un prologado período de estabilidad que convirtió a los hatamoto más en vasallos dedicados a cuestiones domésticas que militares.


Tokugawa Ieyasu rodeado por sus hatamoto, tanto a pie como a caballo.
En el centro destaca su o uma jirushi, su insignia personal
Bien, básicamente ya sabemos qué eran los hatamoto pero, ¿de dónde procedían? ¿En qué se basaba un daimyo para elegir a tal o cual samurai? Ante todo, buscaban miembros de clanes vinculados con su familia, a ser posible desde generaciones atrás. Aunque ya sabemos que se podía romper, un juramento de lealtad por parte de uno de estos probos homicidas solía ser garantía suficiente para depositar su confianza en el posible aspirante. También se recurría a hijos de samurai caídos en batalla como una forma de compensar a su valeroso progenitor. No obstante, y para curarse en salud y no les diera por cambiar de señor, era habitual que la familia del nuevo hatamoto también jurase lealtad al daimyo. Así, si alguien salía por los Cerros de Úbeda implicaba al resto del clan. En el caso de los shogun, sus hatamoto eran daimyo o samurai de elevado rango, por lo general los mismos aliados que le habían ayudado a auparse en lo más alto. Obviamente, eran hombres que además de estatus gozaban de unas rentas bastante jugosas, no inferiores de 10.000 koku. Un koku era el arroz que consumía un hombre al año. Con esto se perseguían dos fines: uno, que el daimyo no tuviese ganas de picar más alto y rebelarse contra el shogun; y dos, que gracias a sus rentas pudieran poner en armas a un determinado número de samurai. Básicamente era un sistema similar al feudalismo europeo: el noble vive de las rentas gracias a las tierras que le da la corona por sus servicios, y a cambio debe aportar tropas si es requerido a ello.


Castillo de Edo. Construido en 1457 por Ōda Dōkan, un daimyo del clan
Minamoto, se convirtió en un inmenso complejo de 16 km² y fue sede del
shogunato hasta su extinción
Los hatamoto que servían a un daimyo, como es lógico, disfrutaban de unas rentas más bajas, en este caso de entre 9.500 y 100 koku. La enorme diferencia de unos a otros marcaría el estatus del hatamoto que, como no podía ser menos, variaba enormemente en función del cargo que ostentase cada cual. Con todo, y para evitar aspiraciones por parte del ambiciosillo de turno y le diese por invadir al vecino, se generalizó la norma de que los hatamoto con rentas inferiores a 500 koku se les entregasen en metálico. Esto hizo que, al dejar de tener que vivir en el campo, optaran por mudarse al castillo del daimyo, donde quedaban alojados con su familia. De ese modo se mataban dos pájaros de un tiro: se eliminaban riesgos de posibles rebeliones y se tenía controlado al personal que, por muy leal que fuese, siempre podía cambiar de opinión. Desde luego, la vida de esta gente debía ser la leche de estrasante, siempre pendientes de que Fulano o Mengano salieran por peteneras.


Fotograma de "Kagemusha, la sombra del guerrero" (1980), magistral cinta
de Kurosawa que es obligatorio ver unas 72 veces. En la escena vemos como
el poderoso daimyo Shingen Takeda da el visto bueno para aceptar a un
ladrón como su doble. Esta práctica era bastante habitual si bien, como se
comenta, lo propio es que esa misión recayera en un hatamoto
Bien, con lo visto hasta ahora, más de uno pensará que el concepto de fidelidad de estos personajes era más frágil que el fémur de una mariposa, y que si los hatamoto eran los más fiables, cómo serían los menos fiables. Pero, y esto ya se ha comentado otras veces, pretender juzgar la mentalidad de estos orientales bajo nuestra escala de valores es misión imposible. Eran como eran y punto. Igual se dejaban sacar la piel a tiras, o se ofrecían a actuar como kagemusha (sombra del guerrero, un doble para atraer sobre su persona el fuego enemigo), o no dudaban en matar a toda su familia si su señor se lo ordenaba que podían cambiarse las tornas por cuestiones que para nosotros serían baladíes. Por ejemplo, si el daimyo abrazaba una secta del budismo distinta a la de uno de sus vasallos, o si cambiaba de bando y su apoyo iba a parar a otro aspirante al shogunato. Y todo porque igual ese hatamoto era un fiel seguidor de otra secta, o por lazos familiares todo su clan estaba unido al aspirante a shogun traicionado por su señor. En fin, era lo que había. Los daimyo buscaban afanosamente aumentar su influencia política y militar, así como las tierras bajo su control y, del mismo modo, los samurai a su servicio también tenían sus ambiciones y sus ganas de medrar, como está mandado.


El daimyo se acaba de apoderar de una fortaleza. Junto a él camina su karō,
mientras le siguen los mensajeros que se distinguen por sus vistosos
sashimono con los colores de su señor
Ahora bien, los hatamoto no eran ni mucho menos una organización o grupo homogéneo, ni debemos verlos como una simple guardia personal porque sus atribuciones eran mucho más amplias y siempre dentro de un complejo organigrama meticulosamente detallado donde cada cual, como hemos dicho, tenía un cometido muy concreto. Así, el hatamoto más importante era el karō, que era el rango más elevado que se podía alcanzar al servicio de un daimyo. Por lo general, el karō gozaba de la confianza más absoluta, hasta el extremo de ser el que quedaba al mando del castillo y el territorio del daimyo cuando este tenía que ausentarse por cualquier motivo. De hecho, era habitual que el señor confiara más en su karō que en su propia familia, de quiénes podía esperar alguna que otra alevosía. Este cargo lo convertía de facto en su mano derecha tanto en el campo de batalla como en las cuestiones domésticas en tiempo de paz, por lo que su capacidad debía abarcar cuestiones tan dispares como la milicia o la administración de las tierras de su señor, la administración de justicia o la lista de cuñados que debían cometer seppuku a primeros de año.


Hora de ponerse en marcha. Los bugyō debían ante todo estar preparados
para cualquier contingencia, y tenerlo todo dispuesto para partir de inmediato
en cuanto recibieran la orden
Pero, lógicamente, el karō no podía abarcar tanto sin ayuda de nadie. Por debajo de él estaban los bugyō, un pequeño ejército de supervisores que, al igual que el karō, permanecían junto al daimyo en el honjin durante la batalla como parte de su estado mayor (o sea, bajo la bandera) mientras que, una vez concluida la guerra, dedicaban sus quehaceres al buen gobierno de la hacienda de su señor. De hecho, había bugyō para todo. El más relevante era el ikusa bugyō, un inspector del ejército del daimyo responsable de que las tropas funcionaran como una máquina bien engrasada y, si era necesario, ayudaría tanto a su señor como al karō a la hora de tomar decisiones sobre la estrategia a seguir en la masacre de rigor. Por debajo estaba el maku bugyō, encargado del transporte, construcción y mantenimiento del maku o ibaku, las pantallas de tela donde el daimyo instalaba su cuartel general en campaña. En lo referente a las armas, estaban los yari bugyō, yumi bugyō, teppō bugyō y yoroi bugyō, inspectores de las lanzas, los arcos, los arcabuces y las armaduras respectivamente. Pero no solo de los hatamoto, sino de todas las tropas del daimyo. Su cometido era, como ya podemos imaginar, vigilar su estado de conservación, reponer o mandar reparar las armas averiadas o indicar las que debían adquirirse para reponer las que por uso o desgaste ya quedaban inservibles. Ciertamente, con la llegada de la paz durante el Período Edo, eso de tener a un hatamoto dedicado exclusivamente a inspeccionar el estado de unos cuantos cientos de lanzas todo el año suena a muermo, y que más lógico sería tener, en toco caso, un inspector para todo el armamento. Pero, insisto una vez más, eso sería lo razonable bajo nuestra forma de ver las cosas, que no tienen nada que ver con la de los nipones.


Un hatamoto permanecía toda su vida al servicio de su daimyo salvo
si palmaba en combate u obtenía un feudo del shogun. En caso
contrario, se vería como el probo homicida de la foto, calvo y con
unas cuantas canas tras décadas de servicio a su señor
De hecho, los bugyō no acaban aquí. Por un lado estaba el hata bugyō, el inspector de las banderas que, aparte de mimarlas y cuidarlas, era el que durante la batalla tenía como misión transmitir mediante señales las órdenes impartidas por el daimyo a las tropas en liza. También había un shogdu bugyō encargado de controlar todo lo que no fueran armas, o sea, los pertrechos propios de un ejército, y un hyōro bugyō que era el intendente, uséase, el encargado de las provisiones tanto de hombres como de animales, estando además a cargo de la adquisición de arroz, forraje y supongo que sushi en cantidad, así como de su almacenamiento y conservación tanto en los almacenes del castillo como durante los desplazamientos en campaña. El hyōro bugyō tenía a sus órdenes al konida bugyō cuya misión era supervisar todo lo concerniente al transporte de vituallas y bastimentos tanto en acémilas como en carros, vituallas que una vez en destino pasaban a manos del daidokoro bugyō que se encargaba de las cocinas. Finalmente, si el feudo de un daimyo estaba en zona costera y poseía naves pues, como no podía ser menos, nombraba a un inspector de los barcos, el fune bugyō. Como ya vemos, no dejaban absolutamente nada al azar, y esa legión de inspectores hasta venía de perlas, por si algo fallaba, para averiguar de inmediato quién era el responsable y a quién se le indicaría amablemente que su señor estaba irritado por su incuria, por lo que lo más adecuado era cometer seppuku para lavar su afrenta y partir a los campos celestiales de Buda con las tripas colgando pero, eso sí, con la honra a salvo.


Yūhitsu contabilizando los trofeos tras la batalla. La escena muestra como
toma nota de los yelmos que le han presentado. Imagino que las cabezas
que iban dentro estarían en el salón de belleza, poniéndolas presentables
Un rango bastante peculiar era el del yokome o ikusa metsuke, de categoría similar a la de los bugyō. El yokome era, por llamarlo de algún modo, la versión oriental de los prebostes europeos, que tendrían sus homólogos actuales en la policía militar. Por lo tanto, su misión era vigilar el comportamiento de las tropas y mantener una férrea disciplina tanto en la guerra como en la paz, que ya sabemos que los hombres de sangre ardiente se ponen a veces muy pesaditos cuando no tienen nada mejor que hacer que contarse batallitas. Debía hacer constar tanto los actos de cobardía como los heroicos para informar al daimyo quiénes se habían señalado en combate por ser unos cobardicas o por tenerlos bien puestos, pero su misión más importante era llevar rigurosamente la contabilidad de las cabezas. Como ya vimos en su momento, era costumbre entre los samurai cercenar la cabeza de sus enemigos y presentarla bien aseada y peinada en una ceremonia que tenía lugar tras la batalla- si la ganaban, naturalmente-, y en la que se vanagloriaban de haber derrotado al bravo Fulano o al invencible Mengano. Como es obvio, más de uno intentaría colar alguna cabeza de ashigaru de estrangis haciéndola pasar por la del gran guerrero enemigo, o bien la del gran guerrero que, en realidad, él no había logrado vencer, sino que había caído acribillado a tiros y aprovechó la coyuntura para cortarle la cabeza y atribuirse la victoria. Para controlar de forma exhaustiva todo ello estaba el yokome que, asistido por el yūhitsu (secretario), formaban una especie de consejo de guerra en el que, además de la contabilidad de las cabezas, se dirimía si el samurai que se las atribuía decía la verdad, y no gracias al falso testimonio de sus cuñados hábilmente sobornados con un tonel de sake.


Los hatamoto esperan al daimyo. En el centro vemos los guardias a caballo.
Delante, los mensajeros y en los flancos los guardias de a pie
Bien, este era el rol de los mandamases del hatamoto. Por debajo de ellos estaba el gundan, la mesnada en sí. La componía la uma mawari (guardias a caballo) que, al ser hatamoto de más rango y, por ende, con rentas más jugosas, además de sus personas colaboraban con una pequeña tropa de samurai o ashigaru en base a su poder adquisitivo. No obstante, los seguidores de este hatamoto eran agregados a las tropas regulares, no pudiendo formar parte de la elitista unidad. Al mismo nivel que los guardias a caballo estaban los tsukai-ban, los mensajeros.  Los aficionados a las pelis de samurai habrán visto más de una vez cómo un jinete portando una enorme sashimono o un horo en la espalda galopa a toda prisa por el campo de batalla. Su misión era comunicar de viva voz las órdenes que, por su complejidad o extensión, no era posible transmitir haciendo señales desde el honjin. La palabra de un mensajero debía ser considerada como una orden personal, directa e indiscutible del daimyo, y en alguna que otra ocasión algún oficial optó por no acatarla alegando que el jefe chocheaba o no estaba al tanto de la situación en un determinado punto en el campo de batalla. Como suele pasar desde tiempos de Caín, si la desobediencia salía bien y daba la victoria, el transgresor podía salir bien parado. Sino, ya sabemos como solucionaban estos probos orientales los errores porque en esos casos no se hacían preguntas, ya me entienden...


El enemigo pretende irrumpir en el honjin. En ese momento, todos los
hatamoto actúan como impulsados por un resorte y rodean a su señor,
formando una muralla humana. Muchos murieron defendiendo la
vida de su daimyo, lo que era el honor más honorable de la galaxia
Los últimos del escalafón entre los hatamoto eran los kojūninban, los guardias a pie. Eran los samurai de menos rango si bien su estatus era muy superior al de la infantería regular. Por su cercanía, eran generalmente los que defendían directamente el honjin, y para diferenciarlos de los demás infantes solían mantener una uniformidad que permitiera diferenciarlos del resto del personal. Para ello, vestían armaduras similares y, en el caso de los guardias de un shogun, para resultar aún más visibles usaban armaduras idénticas con el kabuto (el casco), los sode (las hombreras) y los haidate (las escarcelas) lacadas en oro, que para eso servían al mandamás del Japón. El número de efectivos tanto de los guardias a caballo como a pie estaban en consonancia con el poder adquisitivo del daimyo al que servían si bien los shogun, a los que le sobraba la pasta, disponían de varios grupos de 50 jinetes, cada uno al mando de un kashira, mientras que la guardia de a pie la nutrían varios grupos de 20 hombres, cada uno al mando de un kōjunin kashira.


Un koshō junto al daimyo, siempre atento para cumplir el más mínimo
deseo de su señor
Bueno, este pequeño galimatías eran los hatamoto, los hombres más selectos destinados a guardar al daimyo y a dar su vida por él. Solo resta mencionar a los koshō (pajes), mozalbetes que entraban a servir como hatamoto desde la adolescencia y que, por razones obvias, se acababan convirtiendo en los más leales al llegar a la edad adulta por el constante contacto personal con su señor, que se traducía con el tiempo en verdadero afecto. Las causas para poder convertirse en koshō eran muy diversas: para acoger al hijo de un leal servidor muerto en batalla, como una especie de rehén entregado por uno de sus vasallos como muestra de fidelidad o incluso procedente de la familia de otro daimyo aliado, como prueba de buena fe. Servir como koshō no solo era algo honorable aunque le tocara de vez en cuando acatar alguna orden desagradable ya que le permitiría adquirir una educación de primera clase en artes marciales y, con el tiempo, ascender de posición. Ya comentamos al principio que estos ciudadanos valoraban en gran medida la meritocracia, y tener la oportunidad de distinguirse en combate o, ya puestos, salvar la vida de su señor, podía suponer no solo verse convertido en bugyō o karō, sino incluso en daimyo.


Hijikata Toshizo, uno de los últimos hatamoto.
No deja de resultar pintoresca su indumentaria
occidental con el wakizashi asomando bajo
la levita. Palmó de un balazo en junio de 1869,
durante la Guerra Boshin
En fin, criaturas, estos fueron los selectos hatamoto. A lo largo del Período Edo, la ausencia de conflictos los acabó convirtiendo en funcionarios, dejando atrás su faceta bélica mientras que los daimyo fueron prescindiendo de ellos porque les interesaba más vivir bajo la sombra del shogun en los castillos de Osaka o Edo, por lo que los hatamoto solo subsistieron al servicio del shogun hasta que en 1868 se dio término al régimen del shogunato con la Guerra Boshin, por la que el poder regresaba a manos del emperador. Los otrora poderosos samurai pasaron a la historia para ceder su influencia a los políticos y los militares. 

Y colorín colorado, la historia de los hatamoto ha terminado.

Hale, he dicho

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El daimyo en su estrado flanqueado por dos koshō que, cuando lleguen a la edad adulta, servirán a su señor hasta
las últimas consecuencias.