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lunes, 6 de agosto de 2018

INGENIOS INCENDIARIOS



No hacía falta ser ingeniero astro-físico para fabricar un chisme que diese el
avío. Una simple carretilla con un tonel petado de paja empapada en brea
podría ser suficiente para quemar el  grueso portón de un castillo
Hoy día, cuando paseamos contemplando con una mezcla de nostalgia e ira las ruinas de cualquiera de nuestros otrora magnificentes castillos, vemos que lo que queda de ellos son piedras, ladrillos o cantería más o menos burda. En cierto modo, el estereotipo de tenemos en el magín sobre estos edificios consiste en una masa pétrea sin recordar que, en realidad, en su interior eran más abundantes las construcciones lignarias que líticas. Obviamente, el tiempo, el expolio, la carcoma y demás parásitos así como el meteoro han acabado desintegrando todas estas estructuras, pero en su día eran un objetivo primordial para los sitiadores ya que las puertas quemadas permitían invadir el recinto, y las dependencias y almacenes incendiados que contenían los víveres eran la clave en muchas ocasiones para abreviar un cerco que podría verse malogrado con la llegada del invierno sin lograr darle término. 

Rueda de Walther de Milemete. Basta
analizarla por encima para cuestionar
seriamente su eficacia
Ya se ha dedicado alguna que otra entrada a las armas incendiarias usadas en la Edad Media, así como a su forma de uso mediante rudimentarias granadas que, una vez inflamadas, eran cuasi imposible de apagar con los medios de la época, o sea, agua o tierra/arena. Estos artefactos se arrojaban al interior de las fortificaciones con las máquinas de lanzamiento al uso en la época, v.gr. fundíbulos, manganas, balistas, etc. Pero los tratadistas de la época no se conformaban con ello ya que en los numerosos manuales que han llegado a nuestros días no faltan ingenios con los que, de forma más o menos realista, se podía adosar una gran cantidad de combustible a una puerta o un rastrillo salvando un foso, para dejarlo caer por la pasarela de un puente levadizo o incluso para desalojar un adarve atestado de enemigos y permitir de ese modo dar tiempo para adosar una máquina de batir o cualquier otro ingenio a la muralla libres del peligro que supondría tener a media guarnición encima arrojando todo lo arrojable sobre ellos. Así pues, dedicaremos esta entrada a comentar algunos de los ingenios más curiosos o mejor concebidos que podemos ver en las obras de la época y con las que, en teoría, podrían propalarse con relativa facilidad terroríficos incendios manteniendo a sus servidores a resguardo de los virotazos que les lanzarían desde las torres y murallas del castillo. Veamos pues...


Desde tiempos inmemoriales, el uso del fuego como arma de guerra se convirtió en una verdadera obsesión. Este empeño en calcinar a todo bicho viviente llegó hasta el extremo de idear las más descabelladas ocurrencias para producir incendios en las ciudades o las fortalezas asediadas. Un buen ejemplo lo tenemos en la ilustración de la derecha, perteneciente al “Feuer Buch”, o “Libro del Fuego”, un manuscrito alemán datado hacia el siglo XVI obra de Franz Helm en el que se detallaban varias formas, más o menos prácticas, para fabricar armas incendiarias. En este caso vemos dos opciones de lo más peregrinas: una paloma y un gato que transportan recipientes llenos de sustancias incendiarias. El autor, dando por sentado que los gatos son capaces de colarse por todas partes y que las palomas pueden posarse en cualquier sitio, dio por sentado que estos animales irían derechos donde se les ordenara. Lo más curioso es que estas ocurrencias aparecieron en más de un tratado en tiempos anteriores, como por ejemplo el "BELLICORVM INSTRVMENTORVM LIBER CVM FIGVRIS", obra elaborada entre 1420 y 1430 por Johannes de Fontana.

Pero dejando de lado el uso de adorables animalitos domésticos para estos perversos fines, lo más básico que se despachaba era el ingenio que tenemos a la derecha. Como podemos ver, tenía menos enjundia que la sesera de un político: consistía en dos simples ruedas de carro unidas por tablones, formando así una especie de rudimentario barril cilíndrico que era rellenado con paja o estopa e impregnada de cualquier substancia inflamable. Bastaba dejarlo rodar o empujarlo con palos para acercarlo a una puerta o para incendiar defensas exteriores como empalizadas, caballos de frisia, etc. Ciertamente, esas ruedas de fuego no eran lo que se dice una virguería, pero a cambio tenían a su favor la facilidad de construcción y no necesitaba cálculos ni herramientas especiales. El carpintero de la mesnada podría preparar varias en un día y sembrar el terror entre los enemigos. De hecho, podía incluso usarse si el terreno era favorable para dejarlos rodar contra cuadros de infantería, campamentos, etc. Las ruedas de fuego se emplearon por primera vez durante el asedio de la ciudad de Tartu en 1224 por los estonios. Estos ingeniosos ciudadanos las dejaron caer desde las murallas de la ciudad contra sus enemigos, los FRATRES MILITÆ CHRISTI LIVONIÆ, una orden militar más conocida por los Hermanos Livonios de la Espada, creada por Albert von Buxthoeven, obispo de Riga, en 1202.

En caso de que fuera peligroso acercarse a una muralla, los sesudos tratadistas de la época aportaban soluciones eficaces y nada complejas de fabricar. En este caso mostramos una carretilla provista de un mantelete que permitía una aproximación sin temor a verse acribillado a flechazos o molido a pedradas. Delante de la carretilla, dos pértigas rematadas con sendas horquillas de hierro hacían de soporte a una de estas ruedas o, como vemos en la imagen, un barril lleno de alguna substancia incendiaria. Bastaría aproximarse a la puerta o el objetivo que fuese, dejar caer el barril y salir echando leches marcha atrás. Si los defensores vertían agua desde un buzón matafuegos para anular el ingenio, puede que el líquido elemento lo hiciera aún más virulento, como ya explicamos en su día. Este artefacto era obra de Mariano di Jacopo (1382-1453), apodado "il Taccola" (el Cuervo), uno de los más prolíficos artífices de inventos chungos de su época y del que ya hemos hablado varias veces.

Una versión más sofisticada de este ingenio lo vemos a la derecha. Consistía en una tortuga provista con sus pértigas con horquillas para transportar el barril, la rueda o la pella ardiente. Sus servidores empujaban desde dentro totalmente a salvo del hostigamiento de los enemigos, e incluso cubrían con pieles crudas la techumbre de la máquina para impedir o mitigar los efectos de substancias inflamables que derramaran sobre ellos. Una vez alcanzado el objetivo, bastaba empujar la carga con el tridente que vemos en la ilustración y dar marcha atrás hasta una distancia prudencial. Ojo, una puerta o un rastrillo no ardía en un rato. A veces habría que esperar horas hasta que los efectos del fuego lograran debilitarlos lo suficiente como para que se colapsaran por sí mismos, pero siempre podrían colocar otra carga incendiaria para aumentar la virulencia del fuego.

Otro curioso ingenio, también del inagotable Taccola, lo tenemos a la derecha. En este caso se trataba de una carretilla con su correspondiente mantelete de protección y que transportaba su carga incendiaria sobre una escalera en cuyo extremo había una horquilla para sujetarla. El barril o la pella ardiendo podía de ese modo arrojarse sobre los defensores de un adarve con el fin de desalojarlos del mismo y aprovechar el momento de confusión para cualquier cosa, desde adosar una máquina a la muralla hasta intentar un asalto. Alguno pensará que ese chisme se veía venir con tiempo sobrado para tomar medidas, pero hasta que no estaba literalmente encima de la muralla no podían hacer nada porque ni se habían inventado los extintores ni las mangueras a presión, así que solo les quedaba esperar inermes hasta que lo dejaran caer, y en ese momento procurar empujarlo fuera del adarve. Lo malo es que si bajo el mismo había una dependencia con su correspondiente techumbre de madera, lo mejor sería evacuar la zona y hacerse fuertes en un extremo de la muralla o en las torres de flanqueo.

Obviamente, también se tenía en cuenta la posibilidad de verter líquidos en vez de intentar propalar un incendio con materiales sólidos. En esta ocasión vemos un ingenio que aparece en el Códice Latino de Munich. Al final de la pértiga lleva un soporte de hierro para sujetar un caldero repleto de cualquier porquería ardiente. Bastaba dejarlo caer para que este se volcase, derramando su contenido contra una puerta y, además, con la ventaja añadida de que se filtraría por debajo de la misma, propalando el fuego en la parte interior al mismo tiempo. Ingenios para transportar calderos o vasijas de barro había en cantidades industriales, más o menos sofisticados o prácticos, así que no es plan de detallarlos uno a uno. Bástenos pues este ejemplo para tener claro que disponían de máquinas perfectamente válidas para este fin en concreto.

Un último ejemplo lo podemos apreciar a la derecha, también procedente del Códice Latino. En este caso se trata de una simple carretilla con travesaños para seis hombres. En su extremo tiene un aro donde se colocaba el pote lleno de porquería inflamable, y el puntal trasero era simplemente para mantenerlo horizontal y que no se derramase durante el avance. Que nadie cuestione la eficacia de estas armas, porque hablamos de un caldero o un pote que podría contener 50 litros o más de cualquiera de las tantas mixturas incendiarias al uso en la época. Bástenos imaginar los efectos de 50 litros de gasolina inflamados de golpe, y considerando que estas substancias a base de cal, brea, azufre y aceite de roca eran extremadamente virulentas y tardaban mucho más en consumirse.

En fin, dilectos lectores, con lo que hemos ido mostrando ya podremos tener una idea bastante  clara del tipo de ingenios de que se valían antaño para propalar incendios a mansalva. Algunos incluso conservan su validez si nos apetece darnos un garbeo a casa de nuestro cuñado más abominable y deleitarnos un sábado por la mañana contemplando como se calcina envuelto en napalm medieval y berreando como un demonio sacado del abismo.

Bueno, vale por hoy, que jase una caló que me tié atosinao der tó, cohone...

Hale, he dicho



domingo, 22 de julio de 2018

Un misterio misterioso: los caños de arambre


Como ya he comentado en varias ocasiones, hay veces en que averiguar qué leches es lo que vemos en los tratados medievales de tormentaria es un verdadero reto. La mayoría no traen textos que expliquen de qué va la cosa, y los que sí los traen están escritos a mano con unos tipos de letras cuasi indescifrables salvo para paleógrafos, grafólogos y demás ciudadanos versados en las mil y una formas de escribir de aquella época. Uséase, que muchas veces hay que acabar deduciendo el uso de cada máquina en función de su morfología e imaginando su aspecto real, ya que casi siempre las perspectivas y las proporciones brillan por su ausencia. Recordemos el luctuoso caso de la tostadora asesina, que al final resultó ser una máquina para cargar ballestas de gran tamaño y que el mismísimo conde de Clonard confundió con una especie de catapulta que denominaba como "garrote". Por toda esta serie de motivos, uno de los ingenios que me traía por la calle de la amargura es el que ven en la ilustración de la derecha. Aparece en una de las copias que se conservan del BELLIFORTIS de Konrad Kyeser, un sesudo tedesco del que ya hemos hablado muchas veces a la hora de estudiar la tormentaria medieval. Esa lámina en concreto aparece en el Ms. germ. qu. 15, y está datado hacia 1460. En otras dos obras que tengo entre mis fuentes aparece el mismo chisme básicamente igual. Pero, ¿qué era?

Porque, además, aparecen dos máquinas más provistas de esa especie de canalón y que podemos ver abajo:


La ilustración de la izquierda nos muestra una tortuga rodante en cuya parte superior vemos el mismo canalón. En la parte frontal, un mantelete con dos aspilleras que obviamente tenía como misión proteger a los que manejaban dicho canalón, mientras que los que empujaban la tortuga permanecían a cubierto dentro de la misma. La lámina de la derecha presenta un artefacto similar, pero además armado con un ariete. Esto aumentaba aún más la intriga, porque mientras que la máquina que vimos más arriba era estática estas dos estaban emplazadas en artefactos móviles. ¿Qué leches eran?

Bicheando y bicheando di con lo que parecía parte de la respuesta al misterio, y precisamente de manos de Clonard, del que me fiaba más bien poco desde el fiasco de la tostadora asesina. En este caso recrea la máquina de la derecha del párrafo anterior y, lo más importante, le da nombre, porque en los tratados con texto de que dispongo no dan la denominación de cada ingenio, sino una explicación somera acerca de su uso. Ariete con caño de arambre. Que es un ariete saltaba a la vista desde el primer momento pero, ¿qué utilidad tenía ponerle un canalón encima. En la descripción que hace de la máquina dice que "...servía para pegar fuego a las obras de ataque por medio de los mixtos incendiarios que derramaba sobre ellas". Añade que, en el caso de la máquina con el ariete, "... colocábanse vigilantes detrás del mantelete (...) y estos hacían uso del caño, ya para alejar del muro a los sitiados, ya para defender a la misma máquina de los ataques que contra ella se dirigieran".

Miniatura de "La Gran Conquista de Ultramar" en la que se representa
una bastida de los cruzados en pleno asalto
La verdad es que esa aplicación para el ingenio del ariete no me parecía muy sensata ya que los sitiados no tenían oportunidad de atacarlo como no fuera desde lo alto de la muralla y, por otro lado, tampoco servía para ofender a los defensores y desalojarlos de la misma ya que carecía de la suficiente altura para ello. Por último, estos caños solo podían verter el líquido delante de la máquina, por lo que su uso defensivo para alejar posibles agresores no podemos tenerlo en cuenta. En fin, que no me cuadraba nada la explicación de Clonard, pero al menos ya tenía el nombre del chisme, que era lo importante. Un caño de arambre es, simplemente, una tubería de cobre o bronce. Arambre es un palabro de donde proviene el actual alambre, y procede del latín ÆRAMEN, que significa precisamente objeto fabricado de bronce o cobre. Así que con esos datos proseguimos las pesquisas hasta que, finalmente, pudimos acertar de pleno. La respuesta estaba en "La Gran Conquista de Ultramar", una obra elaborada al parecer por encargo de Alfonso X y concluida por su hijo Sancho IV en la que se narraba de forma más o menos novelada la conquista de Tierra Santa durante la Primera Cruzada. En el capítulo XXXI del Libro III, donde se cuenta el tercer intento de asalto a Jerusalén por parte de los cruzados, podemos leer lo siguiente, que transcribo en su forma original que tiene más morbo:

E ENTONCES LLEGO EL ENGEÑO CON EL CARNERO, E VENIA DELANTE PARA FERIR EN EL MURO. E  LOS TURCOS TOMARON CAÑOS DE ARAMBRE LUENGOS, E METIERON DENTRO UN ACEITE QUE LLAMAN EN AQUEL LENGUAJE OLIO PETROLIO, DE QUE SE FACE EL OLIO QUE LLAMAN GRECISCO, E ECHARONLO SOBRE EL ENGEÑO E SOBRE EL CARNERO, E ROCIARON TODO E DEJARONLO ASI, E NON PUDIERON ECHAR EL FUEGO DE AQUELLA VEZ

Por si alguien no se ha enterado del todo, el carnero era el ariete, y el petróleo es lo que usaban para fabricar el fuego grecisco, o sea, griego, con el cual rociaron la máquina obligando a sus servidores a salir echando leches ya que les fue imposible apagarlo. En definitiva, lo que vemos en la ilustración inferior:


  
El caño de arambre no era más que eso, un canalón o tubería de sección cuadrangular fabricado con bronce o cobre ya que por el mismo se vertería una substancia inflamada. El caño estaba unido a un bastidor que, instalado en el adarve, le permitía bascular y, lo más importante, verter el líquido a una distancia adecuada de la muralla ya que, de lo contrario, chorrearía por el muro sin alcanzar su objetivo, que en este caso era un ariete. El petróleo o la brea incendiaría el ingenio como una tea y sanseacabó. Era pues un ingenio destinado a eliminar el peligro que suponían las máquinas de batir y, en un momento dado, para rociar la base de la muralla con fuego y alejar de ella a los atacantes.

Pero nos quedamos con la utilidad del caño sobre una tortuga o un ariete, y aquí ya no hay narraciones de batallitas que nos detallen para qué servían ya que la explicación de Clonard no es, al menos para mí, nada convincente. Y después de darle vueltas al tema solo se me ocurre un uso práctico: rociar con líquido inflamado una puerta. De esa forma, protegidos por la tortuga, los atacantes se valdrían del caño para verter una gran cantidad de cualquier mixtura incendiaria que los defensores tenían complicado apagar ya que, como se explicó en su día, el agua solo servía para hacer el fuego más virulento. La máquina con el ariete tendría como fin acelerar el derribo de la puerta. Una vez que el fuego la hubiese debilitado lo suficiente, el embate del ariete arrancaría de cuajo los gorrones de bronce, echando abajo el portón y permitiendo a los atacantes colarse dentro del recinto. 

Bueno, vale por hoy. En la próxima entrada proseguiremos con el tema de los tripulantes de los carros micénicos esos porque hoy no estaba para cuestiones enjundiosas, así que he aprovechado para ilustrar a vuecedes con este curioso ingenio que, con toda seguridad, sus cuñados no han oído mentar en sus miserables vidas de sableadores de caldos selectos y chacinas de calidad.

Hale, he dicho

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domingo, 16 de abril de 2017

Inventos artilleros. Volando puertas


Sí, ya sé que me prodigo poco en estas últimas semanas, pero es que los cambios de estación me atocinan de forma brutal. La llegada de la primavera no solo me altera la sangre, sino también el magín, y juro por mis augustas barbas que me noto tan falto de vida como el último galápago cuatricentenario de una isla perdida en el Pacífico. En todo caso y ya que hoy es Domingo de Resurrección, que menos que hacer un esfuerzo e intentar revivir un poco con esta entrada sobre curiosidades artilleras. Bien, vamos al grano que no estoy para mucho tecleo.

Convendrán conmigo en que la imagen de la derecha es hoy día bastante frecuente. Vemos escenas similares tanto en las pelis de acción como en las diversas operaciones policiales y militares que se llevan a cabo por todo el mundo para vulnerar los escondrijos donde alevosos terroristas y delincuentes de todo tipo se atrincheran mientras planean sus fechorías. Todos hemos visto hasta la saciedad como un experto en explosivos se acerca sigilosamente a la puerta, adosa un pequeño paquete o caja a la misma y, a continuación, una explosión más o menos gorda en función de lo poderosa que fuese la puerta la derriba, permitiendo la entrada en tromba de la unidad de asalto mientras que todos aúllan eso de "let's go, let's go!!", como si hiciera falta informar a sus colegas que era el momento de iniciar el ataque. En fin, chorradas de yankees...

Obviamente, la mayoría de los que me leen darán por sentado de que eso de volar puertas de forma controlada es un invento moderno, con pocas décadas a cuestas. Sin embargo, como ya hemos visto en algunas entradas dedicadas a inventos que ya estaban inventados, resulta que lo de echar abajo las puertas a golpe de explosivos es más antiguo que el hilo negro. Y no hablamos de derribarlas a cañonazos, lo cual es una obviedad, sino con ingenios creados ex profeso para tal finalidad. De hecho, hablamos de más de tres siglos, que ya es tiempo, así que esas virguerías para invadir de forma expeditiva las guaridas enemigas ya está más inventado que la quijada asnal matacuñados.

Como ya sabemos, a finales de la Edad Media y principios del Renacimiento se hacía uso de pequeños arietes diseñados para echar abajo las sólidas puertas de las fortificaciones de la época. En las obras de Kyeser, Vigevano, Valturio o las copias bajomedievales de Vegecio que han sido comentadas en diversas entradas ya pudimos ver como se llevaron a cabo diseños de todo tipo, más o menos sofisticados, cuya finalidad no era otra que poder manipular esos arietes en espacios reducidos y poder así abrir paso al resto de los compañeros que esperaban el éxito arietario para invadir con furia y denuedo el recinto asediado. Sin embargo, la proliferación de las armas de fuego puso complicado eso de aproximarse impunemente a una puerta. Antes de que los mosquetes y arcabuces se hicieran los dueños del cotarro, a lo más que se arriesgarían era a recibir un virotazo, lo que podría evitarse empleando manteletes que protegieran a los pocos hombres que manejaban el ariete. De hecho, incluso se diseñaron ejemplares como el de la lámina superior, en el que los servidores podían avanzar totalmente protegidos sin temor a ser convertidos en un acerico a base de flechazos. Pero esos ingenios no podían detener una bala, así que hubo que dar de baja los dichosos arietes y pensar en algo menos arriesgado porque el personal pasaba olímpicamente de ofrecerse voluntario para ese tipo de misiones. De ahí que, ya que la pólvora estaba dando tan buenos resultados a la hora de volar las murallas enemigas a base de minas explosivas, pues qué menos que idear la forma de adosar algún ingenio a las puertas de las fortificaciones para mandarlas a hacer gárgaras corriendo el mínimo de riesgos. Veamos de qué iba el invento en cuestión.

Lo que vemos a la izquierda es una especie de campana de bronce provista de dos ganchos cuyo cometido era unirla sólidamente a una plataforma sobre la que se asentaba. Esta campana, de la que había multitud de diseños en cuanto a tamaño y forma más o menos angulosa, tenía en su parte trasera o en un costado un fogón u oído donde se cebaba la carga, en este caso mediante una mecha para que, cuando la explosión tuviese lugar, los hombres que manejaban el ingenio se hubiesen puesto a resguardo, que no era plan de ser convertido en comida para gatos junto a la puerta que querían derribar. 

A la derecha vemos un ejemplo de una de estas campanas unida a su plataforma. Como podemos apreciar, en este caso los ganchos han sido sustituidos por unas piezas por las que entran unos vástagos que sujetan la campana mediante cuñas de hierro. El gancho y el tornillo que se pueden ver en la parte superior de la lámina eran para fijar el ingenio a la puerta. ¿Que cómo? Pues era la única parte complicadilla de la operación ya que, como podemos imaginar, las puertas de los fuertes pirobalísticos de aquella época carecían de ganchos para facilitar al enemigo las cosas, así que había que colocar uno lo suficientemente sólido para soportar el enorme peso del chisme que nos ocupa. No era complicado en realidad ya que, amparados por la oscuridad de la noche y debidamente protegidos por un mantelete, un par de hombres podían acercarse a la puerta y en muy poco tiempo abrir un orificio con una barrena para, a continuación fijar el gancho y salir de allí a toda pastilla. Como ya podemos imaginar, los defensores no podían arriesgarse a abrirla para quitarlo porque los sitiadores los fusilarían bonitamente en cuanto asomasen la jeta. No obstante, no siempre se recurría a este sistema ya que había otros más o menos similares que se usaban según las circunstancias.

Según vemos en la lámina de la izquierda, su proceso se carga no entrañaba muchas dificultades ya que solo requería de la suficiente cantidad de pólvora como para producir una explosión lo bastante potente como para reventar el portón de un fuerte, que por cierto no solo estaban fabricados con gruesos maderos sino que, además, eran reforzados con flejes de hierro. Así pues, según vemos, el artillero se limitaba a llenar el ingenio con pólvora que era bien atacada para  que la deflagración de la misma resultase más potente. Para ello se ayuda de un disco de madera y un pisón que vemos en el suelo. Ante la campana está la base en la que será fijada.

Caso de que la puerta a derribar fuese más sólida de lo previsto, siempre se podía añadir un proyectil capaz de cercenar los flejes de hierro que la reforzaban ya que, de lo contrario, estos serían dañados. La explosión los dejaría retorcidos y tal, pero conservarían la integridad de la puerta por lo que el esfuerzo habría sido en vano. Igualmente, serían bastante eficaces contra los rastrillos que habitualmente se encontraban entre las puertas de las fortificaciones. En la lámina de la derecha vemos tres tipos de estos proyectiles que, según se aprecia, tienen forma dentada para abrirse paso contra su objetivo. Por lo demás, en los dos dibujos de la derecha se puede ver como estas campanas estaban fijadas a su base, las cuales tenían un orificio en el centro para, como es lógico, permitir el paso del proyectil en cuestión o la onda expansiva según el caso.

A la izquierda podemos ver diferentes sistema para fijar las cargas que, en tres de ellos, son sólidamente apuntaladas contra la puerta para que sus efectos no se vieran aminorados. Como supongo ya imaginarán, la detonación produciría un retroceso bastante violento, lo que haría que gran parte de la energía derivada de la explosión se perdiese al separarse el contenedor de la carga de la puerta. De ahí el unirlas a una pesada plataforma o bien apuntalarlas. La cosa era intentar por todos los medios que toda la energía de la carga fuese a parar a la puñetera puerta y abrir en ella un enorme boquete o incluso sacarla de sus quicios.

Otro sistema para adosar estas cargas consistía en colocarlas en carretones que, además, estaban provistos de puntales para dejar el artefacto bien apuntalado contra la puerta a derribar. Este sistema, además de ser más rápido y cómodo, permitía manipular cargas mucho más pesadas que, de otra forma, requerirían la intervención de varios hombres y de un tiempo que no era precisamente fácil de obtener considerando que los enemigos estarían prestos para cazarlos como a conejos a tiro limpio desde lo alto de las murallas. En los ejemplos que mostramos bastaban cuatro hombres para manejar el carretón superior y uno o dos en el caso del inferior. Bastaba adosarlos a la puerta, bajar los puntales y prender la mecha antes de salir echando leches de vuelta a las trincheras propias. El retroceso producido por la explosión hincaría con fuerza los puntales en el suelo, por lo que no sería preciso perder tiempo en fijarlos de forma previa. Cabe suponer que este tipo de acción sería llevado a cabo de forma fulgurante para aprovechar el factor sorpresa, de forma que la explosión cogiese a los defensores más despistados que un submarino en un charco. 


Y si había que salvar un foso tampoco había problema. En la lámina superior vemos un método para endosar la carga contra la pasarela de un puente levadizo gracias a una viga basculante que la sujeta unida a un carretón que está provisto de un contrapeso en su parte posterior en forma, según se aprecia,  de sacos terreros. Así mismo dispone de cuatro anclajes para fijarlo al puente, lo cual se llevaba a cabo sin mayor dificultad ya que, al ser una plataforma de madera, bastaban cuatro grandes clavos para dejarlo totalmente inmovilizado. En cuanto a la mecha, se puede ver claramente como arde en el extremo de la viga, lo que permitiría a los servidores del ingenio meterle fuego una vez adosada la carga para, a continuación, salir corriendo. En fin, que de tontos no tenían un pelo.

La lámina nos muestra como ocho hombres adosan una carga contra un
rastrillo mientras que otro prende la misma desde la parte trasera. El petardo
lleva uno de esos proyectiles dentados que vimos anteriormente destinados
a destruir flejes de puertas o de rastrillos.
Bueno, como vemos se trata de otro invento que ya llevaba inventado hace la torta de tiempo. Por lo demás, dudo mucho que sus cuñados estén al tanto de la existencia de este ingenio, así que pueden aprovechar vuecedes para tomarse justa venganza por haberse zampado las deleitosas torrijas o los suculentos pestiños con que la tía Maripepa nos obsequia todos los años por estas fechas y humillarlos bonitamente ante su total desconocimiento acerca de estos petardos tan peculiares. Por cierto, el invento está recogido en uno de los volúmenes del Artilleriekunst de Johann Matthäus Faulhaber, un ingeniero militar tedesco natural de Ulm que se dedicó entre los años 1680 y 1702 a compendiar todo el conocimiento artillero de la época que, como queda patente, no tenía nada que envidiar al del material empleado por las modernas unidades de asalto.

En fin, vale por hoy. Me siento totalmente moribundo.

Hale, he dicho

lunes, 3 de octubre de 2016

Fuego griego



Bueno, como hace un siglo que tengo anunciada una entrada sobre el misterioso y a la par fascinante fuego griego, ya es hora de hacer algo al respecto. Justo es reconocer que todo lo que arde levanta pasiones encontradas entre los humanos, cuñados incluidos, ya que las llamas despiertan en el personal desde vagos temores a una atracción hipnótica. Lógicamente, cuando hablamos de fuego aplicado a la guerra la cosa cambia y todo se troca en un pánico cerval porque las quemaduras duelen una cosa mala y si no te matan in situ, dejándote convertido en una momia calcinada y retorcida, pues producen unas heridas capaces de desfigurar de tal forma a los afectados que, en muchos casos, casi preferirían haberla palmado del tirón antes de mirarse al espejo y tener pesadillas durante varias semanas al ver en lo que se ha convertido uno.

El emperador Constantino VII
coronado por Jesucristo nada menos.
El fuego griego es aún hoy un misterio que ningún historiador ha sido capaz de desvelar. Ni siquiera renombrados químicos han sido capaces de dar con la fórmula que, durante siglos, habría sido pagada con montañas de oro al que la hubiese vendido. Ese empecinamiento en preservar la mixtura en el más absoluto secreto ha sido quizás la causa de que durante 1.400 años no se haya parado de investigar su origen, si bien sin resultados hasta ahora. Así pues, lo poco que se sabe casi con seguridad es cuándo se empleó por primera vez, así como los medios para su uso en batalla y el nombre del sujeto que lo ideó o, al menos, dio una aplicación práctica a la arcana fórmula. De hecho, el emperador Constantino VII Porfirogéneta llegó a afirmar que la receta de aquella porquería fue revelada a su antecesor Constantino el Grande nada menos que por un ángel, modo bastante sutil para liberarse de los palizas que se pasarían años implorando por el conocimiento de la fórmula. Es obvio que si todo un ángel se tomó la molestia de informar al divino basileus era para que nadie más que él y sus herederos tuvieran acceso a la misma, ¿no?

Bien, ya sabemos que los griegos habían sido capaces desde mucho tiempo atrás de crear diabólicas mixturas a base principalmente de azufre, cal viva y petróleo en diversos estados- natural, destilado...-, y que estas habían sido empleadas con profusión desde al menos el siglo V a.C. Como algunos recordarán, la creación del pur automaton (pur automaton, fuego automático) les permitía incluso iniciar estas mezclas con retardos de días, semanas o incluso meses, lo que demuestra que su dominio de la química ya era notable aún en tiempos tan remotos. Sin embargo, el fuego griego, aunque carente de esas propiedades, era capaz de desarrollar una verdadera cascada ígnea sobre los enemigos y, peor aún, era prácticamente inextinguible, lo que producía vahídos de pánico entre los adversarios de los bizantinos cuando estos hacían acto de presencia con sus lanzallamas dispuestos a cremar a todo bicho viviente.

Con todo, debemos tener en cuenta un detalle de tipo semántico, y es que los bizantinos no le daban ese nombre, sino que lo denominaban de diversas formas como fuego líquido, fuego preparado, fuego artificial, fuego naval, fuego salvaje, fuego volante o aceite incendiario. La realidad es que el término "fuego griego" no hizo aparición hasta el siglo XII cuando los cruzados tuvieron conocimiento del mismo y lo llamaron feu gregois. ¿Pero por qué griego, si los bizantinos no lo eran? Porque en Occidente se les llamaba de ese modo, griegos. Y no en plan admirativo precisamente, sino todo lo contrario porque se les asimilaba a estos, considerados como unos sujetos afeminados, taimados, alevosos, vividores y especialmente proclives a la intriga. Los bizantinos, por el contrario, tenían un elevado concepto de sí mismos y se denominaban como romainoi (romainoi, romanos). 

Constantino I, en el centro con barba canosa,
acompañado de su séquito de cuñados y pelotas
La fecha en que se empleó por primera vez esta mixtura tampoco se sabe con certeza ya que varía según el cronista de turno. Aunque sabemos que fue durante la segunda mitad del siglo VII, hay un intervalo de tiempo de más de una década en la que se barajan diversas fechas, las cuales incluso se extienden hasta principios del siglo VIII según algunos cronistas. Según Teófanes, autor de una "Cronografía" que abarcaba desde los tiempos de Diocleciano hasta el año 813, da el año de 665 en el contexto del asedio a Constantinopla llevado a cabo por los árabes, siendo emperador Constantino IV Pogonatos. Sin embargo, la fecha aportada por Teófanes es errónea ya que este hombre, cuyo mote por cierto significa barbudo, no empezó a reinar hasta dos años más tarde. Al parecer, el error provino del calendario empleado, que era el del ANNO MVNDI, o sea, el que empezaba, en teoría, el día de la creación del mundo. Así pues, Teófanes aseguraba que la invasión árabe comenzó en el 6.165 A.M. , el cual correspondía según algunos autores al 665. Posteriormente se corrigió y se pudo calcular con más acierto, otorgando esa hecha al año 673. 

Nave bizantina armada con un sifón. Aunque inicialmente
se instalaban en la proa, hacia mediados del siglo X también
se emplazaron en el centro y la popa de los drómones
Según fuentes árabes, el primer ataque llevado a cabo por el comandante del ejército invasor, Yazīd ibn Mu‘āwiya ibn Abī Sufyān, hijo del califa Omeya de Damasco, fue en 669, asegurando que el fuego griego lo sufrieron en sus infieles carnes durante una segunda acometida llevada a cabo entre los años 674 y 680. Otros cronistas van aún más lejos, asegurando que el estreno de la infernal receta no tuvo lugar hasta que los árabes llevaron a cabo un tercer ataque entre los años 718 y 720, siendo emperador León III el Isaurio. Por dar un par de fechas más, plasmaremos las que facilita Marius Canard, un experto orientalista que afirma que el fuego griego solo se empleó en dos ocasiones: una, durante el primer cerco a Constantinopla mencionado más arriba en el año 668, y otra en el año 715, cuando un ejército al mando del gobernador Maslama Ibn Abd al-Malik Ibn-Marwan volvió por allí a recordarles a los griegos que el mundo es un lugar cruel. En fin, aunque podríamos dedicar una entrada completa solo a señalar fechas, con las que hemos aportado ya podemos hacernos una idea de la época y el contexto.

Otra recreación del empleo del fuego griego. El uso de esta
mixtura en un medio acuático aumentaba la virulencia de sus
efectos ya que el agua, en vez de mitigarlos, los aumentaba
En cuanto al autor o poseedor de la receta, la opinión general es que se trataba de un tal Calínico cuyo nombre en grafía griega, Καλλινικος, (Kallinikos) viene a significar algo así cómo "el hermoso ganador". Este sujeto, procedente de la ciudad siria de Heliópolis- otros dicen que de la Heliópolis egipcia-, podría ser de origen griego o tal vez judío, si bien ambas conjeturas se basan en su mismo nombre, propio tanto de unos como de otros. Sea como fuere, la cosa es que este Calínico se puso al servicio de los bizantinos y presentó su malévola receta como un invento propio, si bien actualmente hay autores que aseguran que, en realidad, no fue el creador de la misma. Según James R. Partington, un brillante químico e historiador que estudió minuciosamente estos temas inflamables, la realidad es que el inventor podría haber sido cualquiera de los muchos químicos que en aquella época vivían en Constantinopla, los cuales habrían tomado posiblemente la fórmula de los escritos de la escuela de química de Alejandría, algunos de los cuales estaban contenidos en manuscritos atribuidos erróneamente a los emperadores Justiniano y Heraclio.

Reconstrucción del sifón manual o cheirosiphon que vemos en el detalle.
Dicha ilustración aparece en la "Parangelmata Poliorcetica", obra de
un autor anónimo conocido como Herón de Bizancio.
Por otro lado, aunque Constantino VII aseguraba que este Calínico había sido el inventor de un medio para proyectar la mezcla incendiaria mediante sifones, los cronistas de la época niegan esto asegurando que dichos sifones ya eran usados en las naves griegas antes de la aparición en escena de este personaje. No sería extraño este último detalle ya que los bizantinos, siempre al tanto de todo aquello que pudiera incinerar enemigos, hubiesen instalado estos artilugios con la finalidad de rociar con algún tipo de substancia inflamable las naves adversarias para, a continuación prenderle fuego mediante el lanzamiento de flechas incendiarias. Pero la cuestión es que, sea como fuere, no parece que Calínico inventara nada, así que solo se le podría adjudicar el mérito de haber sido el que, apropiándose de la fórmula secreta, la presentase al basileus como suya para arrogarse todos los méritos habidos y por haber. Quizás en lo que sí acertó fue en la idea de emplear los sifones para proyectar aquella porquería creando al mismo tiempo algún tipo de iniciador para que lo que saliera de los mismos no fuese un chorro de nafta o similar, sino de fuego ardiente y asqueroso. 

Recreación del sifón naval empleado por los bizantinos en
el siglo VII según David Nicolle
Pero de lo que sí podemos estar seguros es que el fuego griego era un asunto celosamente guardado, hasta el extremo de ser considerado como secreto de estado según afirmaba Ana Comneno, la erudita hija del emperador Alejo I. De hecho, aunque los emperadores bizantinos solían prestar tropas y armas a sus aliados, jamás transmitieron la fórmula del fuego griego, e incluso se preocuparon de propalar el camelo ideado por Constantino VII de que el ángel aquel le había regalado la receta a Constantino el Grande, perdurando a lo largo del tiempo la amenaza de ser anatematizado todo aquel que la divulgara, además de ser fulminado a continuación por un rayo divino destinado a freír como un torrezno al que profanase el secreto. Constantino VII incluso recomendó a su hijo y heredero Romano que jamás entregase el secreto a nadie, y que nunca jamás saliera del reino ni fuese empleado contra cristianos. Georgios Kedrenos, un cronista bizantino del siglo XI, llegó incluso a afirmar que la misteriosa receta estaba en posesión de un supuesto descendiente de Calínico llamado Lampros, personaje este totalmente ficticio. Todo fuese por mantener a buen recaudo el secreto. 

Ilustración del Manuscrito 16 de la biblioteca del Colegio
Corpus Christi, de Cambridge, que muestra dos honderos
en una nave cruzada haciendo uso de sendos fustíbalos.
Estas armas eran muy adecuadas para lanzar pequeñas
vasijas de fuego griego contra tropas o fortificaciones.
Con el paso del tiempo, el fuego griego cambió de bando. Es más que probable que, a raíz del colapso del estado bizantino a manos de los cruzados tras la ocupación de Constantinopla en 1204, la receta fuese a parar no se sabe como a manos de los otomanos, que hicieron uso de la misma contra unos perplejos francos en el asedio de Damieta en 1218. En aquella época, el fuego griego ya no solo se usaba contra naves enemigas, sino que se empleaba contra tropas y fortificaciones terrestres con bastante éxito por cierto. Además, su empleo ya no requería sifones ni proyectores de ningún tipo ya que se arrojaba contra el enemigo envasado en recipientes de barro que, al partirse, esparcían la viscosa substancia por todas partes pegándose a la vestimenta de las tropas y a las máquinas de asedio, quemándolo todo. Los turcos daban a esta mixtura el nombre de nafta, y a las tropas especializadas en su manejo naffātūn, los cuales estaban agregados a la unidades de arqueros. Al parecer, la receta incluso pudo caer en manos de los cruzados y los venecianos que saquearon concienzudamente Constantinopla, utilizando la mixtura precisamente en el mismo asedio de Damieta en el que los turcos los rociaban con la misma.

Un fundíbulo lanzando un proyectil de fuego griego
Como vemos, hay testimonios del uso de esta substancia pero, sin embargo, en lo que no hay unanimidad es en los hipotéticos componentes de la misma, para no hablar de la fórmula exacta, la cual siguió permaneciendo en el más absoluto secreto.  Hay cantidad de menciones al azufre, la brea, el alquitrán, el betún, la cera, grasas de origen animal o resinas de diversas procedencias, e incluso algunos autores aseguran que, en realidad, el fuego griego no era sino pólvora, teoría esta última que creo debemos desechar ya que la artillería había hecho su aparición en el siglo XIII y, por otro lado, el fuego griego era una substancia líquida. En cualquier caso, el terror que inspiraba el fuego griego llegó incluso a ser tratado en el II Concilio de Letrán, donde su uso quedó proscrito en Europa por ser un arma criminal. Así pues, nos tendremos que conformar con las diversas teorías que circularon acerca de la composición de esta siniestra y misteriosa mixtura, pero eso lo dejaremos para otro día porque ya le he dado a la tecla más de la cuenta para ser lunes.

En fin, ya seguiremos porque hay tema para rato, porque lo que hemos visto hoy es solo para poder ponernos en antecedentes acerca del origen y los primeros tiempos de este invento puñetero.

Hale, he dicho

Algo así sería el impacto de una vasija llena de fuego griego lanzada por un fundíbulo. La mezcla, de un elevado grado
de viscosidad, se adhería inmediatamente a todo lo que estuviera alrededor sin posibilidad de apagarla como no fuera
con vinagre o arena

jueves, 14 de enero de 2016

Curiosidades medievales. Inventos que ya estaban inventados


Resulta que ya hasta se han inventado los cuñadicidas

Si hoy día preguntamos a alguien por el nombre de un inventor famoso, salvo los ceporros que no saben ni escribir su nombre con una plantilla responderán rápidamente que Edinson, o Bell, o incluso Leonardo da Vinci, el celebérrimo italiano que inventó de todos menos el dichoso código de la conocida novela de misterio tan de moda en estos años atrás. Sin embargo, hubo otros muchos cerebros cuyas neuronas fueron sabiamente invertidas en crear cosas que nos hicieran la vida más fácil o nos sirvieran para determinados fines sin que sus nombres hayan trascendido a pesar de que, como veremos a continuación, sus genialidades siguen en uso actualmente. Unos tomaron la idea y la modificaron a los tiempos que corren mientras que otros se limitaron básicamente a copiarlos impunemente. Curiosamente, la inmensa mayoría da por sentado de que se trata de inventos actuales que se deben al ingenio de ciudadanos contemporáneos pero, de eso, nada de nada. En realidad, casi se puede decir que no hay nada nuevo bajo el sol. Vean, vean...

Todos los ciudadanos que han poseído chuchos de razas poderosas saben lo que es tener que soportar los jalones que estos animalitos dan de la traílla cuando se les saca de paseo y no han sido adecuadamente educados para no dislocar el hombro de sus amos. Para someter a estos fogosos cánidos se pusieron a la venta hace ya años los llamados "collares de castigo", formados por unos eslabones de alambre que, si se colocaban mirando hacia dentro, se clavaban sañudamente en el pescuezo de esos perros dotados de más tracción que un Land Rover con la reductora metida. Sin embargo, estos collares llevan ya más de quinientos años inventados como vemos en la ilustración inferior, donde podemos comprobar que son idénticos a los utilizados hoy día. No obstante, conviene hacer hincapié en una pequeña diferencia, y es que ese collar no se usaba en la Edad Media para contener ímpetus perrunos, sino para persuadir bonitamente al personal que no se avenía a cooperar en los interrogatorios judiciales de la época y era preciso darles a entender con medios expeditivos que las leyes no solo había que cumplirlas sino que, además, no se podía pretender chulear a los corregidores contando trolas.

Y ya que mencionamos antes la novela de misterio del código ignoto ese, recordarán que dan mucha matraca con un curioso chisme que llaman criptex donde está guardado el secreto del puñetero código, ¿no? Bueno, en realidad, el criptex ese no era más que un simple candado con combinación en cuyo interior solo albergaba los mecanismos. El cierre se llevaba a cabo con la barra que aparece en la parte superior. Dicho sistema de cierre es más simple que el cerebro de un político: cuando se coloca cada disco en su posición correcta, se libera una de las muescas que se ven en la pletina interna hasta que, una vez colocados todos los discos en su debido orden, se puede abrir el candado. Abajo vemos candados similares fabricados actualmente, siendo el de la derecha una virguería chulísima de la muerte para guardar el pen-drive que contiene las pelis cochinas sin que la parienta pueda abrirlo y vengarse con saña bíblica por nuestra inverecundia, nuestra insaciable lascivia y nuestro contumaz regodeo en la concupiscencia. En todo caso, ya vemos que estos candados aparentemente tan sofisticados son en realidad más antiguos que la tos.

¿Y qué me dicen de las herramientas multiusos? Vas por la calle y ves mogollón de ciudadanos que no se separan de la Leatherman ni para llevar a cabo el débito conyugal sabatino. Parecen vivir solo para poder hacer uso de su apreciada Leatherman que, aunque vayan de esmoquin, siempre llevan en el cinturón a pesar de que con esmoquin se usan tirantes. ¿Que ven a alguien que no puede abrir la puerta de su casa? Echan mano a la Leatherman y se ofrecen a abrirla gratis. ¿Que se topan con un yihadista psicótico perdido? Desactivan el chaleco explosivo con su Leatherman. Carajo, hasta hay cuñados armados con Leatherman de esas que son los que por norma descorchan el vino en las barbacoas y se cargan siempre el puñetero corcho, dejando el primoroso caldo lleno de trocitos. Bueno, pues la cosa es que ya en la Edad Media había sueltos por ahí sujetos provistos de herramientas multiusos como la que vemos en la lámina superior. Lleva de todo: navaja, lima, sierra, taladro, punzón, uña para clavos y un ganchito que no sé para qué servirá pero que, curiosamente, las conocidas navajas suizas de la marca Victorinox también lo llevan. O sea, que lo de las herramientas multiusos tiene más años que el hilo negro.

Y hablando de herramientas multiusos, ahí tenemos un fastuoso martillo que haría las delicias de un encofrador moderno, gremio este habituado a trabajar con varias herramientas sin saber que, desde hace siglos, alguien inventó una que podría suplir a las cuatro que aparecen bajo el mismo. Como vemos, es un martillo de carpintero, tenazas, barra de uña y alicates de corte, cometido este que llevaría a cabo con la muesca que vemos dentro del óvalo rojo. Esa pequeña cizalla vale para cortar alambres, clavos y cosas así, para lo que no sirve la tenaza de carpintero habitual. Y al lado vemos un martillo similar fabricado hoy día y que, casi con seguridad, el que lo diseñó no sabía que su invento ya llevaba inventado hace la torta de tiempo.

Todos los que han sido padres, saben lo que es pasarse dos horas rezando a San Herodes durante tantas y tantas noches en que los nenes se dedican a berrear como íncubos desollados sacados del abismo sin que sea posible ni callarlos ni saber el motivo de su ira. El único remedio razonablemente eficaz antes de llevar a cabo el infanticidio consiste en mecer la cuna hasta la extenuación, lo que no solo es asaz irritante, sino que también produce severos calambres en las articulaciones del brazo cuando se tira uno horas y horas meneando el diminuto lecho donde el mald... quiero decir el adorable rey de la casa se desgañita con inusitada ferocidad. Para suplir esos brazos acalambrados ha habido incluso probos ciudadanos que, como vemos en la parte inferior de la lámina de la izquierda, han patentado ingeniosos métodos para tal fin. Sí, dilectos lectores, ese chisme con aspecto de cañón antiaéreo es un mecedor automático de cunas según reza la patente. Sin embargo, como los críos han sido porculizantes hasta el paroxismo desde tiempos de Adán, pues ya hubo quien inventó algo para mecer al heredero sin acabar rendido. Según podemos observar en la parte superior, el ingenio era asombrosamente simple a la par que eficaz: dos pletinas aceradas que actuaban como resortes. Bastaba un empujoncito para que el peso de la cuna flexionase indefinidamente ambos muelles y, de ese modo, poder callar al monstr... digoooo... al angelical retoño sin necesidad de cometer algún acto abominable con su cráneo y, encima, sin gastar luz entre otras cosas porque aún no se había inventado. Tomen nota los aficionados al bricolaje doméstico, porque este invento les puede evitar mogollón de jaquecas.

En fin, ya ven vuecedes que nuestros ancestros no eran precisamente lerdos. Y por si alguno piensa que los inventos mostrados son cosa de San Fotochó de Píxel Bendito o una bromita inocente como la de la tostadora asesina, sepan que aparecen en las siguientes obras:

Ms. Gr. 14 de Munich, Rüst und Feuerwerksbuch (c. 1500)
BELLICORVM INSTRVMENTORVM LIBER, Venecia, 1420-1430, de Giovanni da Fontana
Manuscrito Tecnológico de Martin Löffelholz, Nuremberg (c.1505)

Bueno, ya seguiremos. Hay mogollón de inventos que narrar.

Hale, he dicho

Por inventar, han inventado hasta una Claymore anti-parentela con felpudo de regalo para despistar. Por lo visto, el
mando a distancia va conectado al timbre de la puerta para  que nos avise y poder apretar el botón de inmediato