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domingo, 24 de noviembre de 2019

Mujeres samurai


Honorable guerrera acaba de mandar a un enemigo a la cola para reencarnarse por octogésimo cuarta vez. Estas delicadas
señoras que te preparaban cha con precisión milimétrica te rebanaban el pescuezo con la misma habilidad y elegancia

Descriptiva imagen de una on'na bugeisha: con su
nene a la espalda, como buena madre, y sujetando
la naginata con la que acaba de despachar a dos
enemigos, como buena guerrera
Cuando se hace referencia a una "mujer samurai", de inmediato surge en el magín la delicada figura de una belicosa señora o señorita armada de punta en blanco pero, a la par, etérea como una flor de almendro impulsada por la brisa que desciende desde la nívea cumbre del Fujiyama hasta los frondosos bosques donde corren aguas prístinas y... no, un momento. Las "mujeres samurai" son un invento moderno y, por supuesto, occidental. O sea, que nunca han existido mujeres samurai sino, en todo caso, mujeres pertenecientes a familias de samurai- hijas, hermanas, madres, suegras...- ya que un samurai es, como saben hasta los cuñados, "el que sirve" a un señor más poderoso. En resumen, el perteneciente a la casta de guerreros que mangoneó en el Japón desde el siglo XII hasta los albores del último cuarto del siglo XIX, cuando la modernización del estado acabó con estos desaforados guerreros. Pero las mujeres que integraban esta casta no eran denominadas de ninguna forma independientemente de que, para diferenciarlas del resto de féminas niponas, las llamen "mujeres samurai" o, con más propiedad, on'na bugeisha, término compuesto de tres palabras: on'na (mujer), budō (marcial o arte marcial) y geisha (artista). Así pues, y dando por sentado que las acepciones del japonés pueden provocar serios trastornos en la sesera de un occidental, una on'na bugeisha sería una mujer artista o diestra en artes marciales. En cualquier caso, como decimos, es una forma de referirnos a ellas para distinguirlas del resto, nada más. Y si alguno de mis amables lectores logra dar con una etimología más precisa, nos lo diga para dormir mejor esta noche.

Esta es el aspecto con que se suele representar a
estas agresivas hembras y que no casa con la
realidad. Lleva bajo la armadura un hakama, unos
amplios pantalones con apariencia de falda, y el
rostro descubierto. El pelo, cortado a la altura de
los hombros, se lo sujeta con una cinta blanca.
Era la forma de dar a entender que se trataba de
una mujer y no un hombre
Bien, más o menos aclarado el origen del término, veamos qué eran y cómo se desarrollaba la vida de estas probas ciudadanas de ojos delicadamente rasgados. Debo reconocer que, si no me acojonara tanto montarme en un avión, me encantaría ir a Japón a cenar en una casa de geisha. Solo ver como te sirven el sake o te preparan el puñetero té debe ser una experiencia mística. Son tan delicadas, tan educadas, tan modositas... En fin, ajo y agua. A lo que vamos.

Como es más que evidente, establecer comparaciones entre la idiosincrasia oriental y la nuestra es una quimera. Sus baremos éticos y morales, así como sus conceptos sobre el valor de la vida y tal no tienen nada que ver con los occidentales. No son mejores ni peores sino, simplemente, distintos. Por este motivo debemos tener en cuenta que mucho de lo que leeremos a continuación nos podrá resultar un poco rarito, tanto como a ellos la forma de actuar de un español o un tedesco. Por otro lado, su diferentes rangos sociales difieren de los nuestros ya que en Japón no había una nobleza titulada, sino samurai con más o menos poder/rango/tierras que otros. Con todo, y por establecer un símil que nos permita situarnos, diremos que un samurai normal podría ser el equivalente a un hijodalgo español o un ritter alemán, o sea, miembros de la baja nobleza cuyo oficio eran las armas y, cuando no había necesidad de matar a nadie, vivían del producto de las tierras que los nobles de más rango les concedían como pago a sus servicios. Como es evidente, las mujeres pertenecientes a esa clase social tenían que actuar conforme a su estatus, y ahí es dónde verdaderamente están las diferencias que hacían a las on'na bugeisha unas mujeres totalmente distintas a las occidentales con un rango similar salvo en un único aspecto.

Efigie funeraria de Matsu Hime, hija de Takeda
Shingen, en el templo de Shinsho-in. Esta criatura
acabó tan hartita de malos rollos que hizo dos higas
al clan y se largó al convento, de donde no salio jamás
Una infanzona (usaremos esta denominación para referirnos a las mujeres de la baja nobleza europea y no complicarnos la vida con distintos nombres) estaba destinada a ser usada con dos fines: uno, como una herramienta para establecer alianzas entre familias o, caso de ser heredera de un patrimonio, con el fin de aumentar el poder de ambos clanes al unirse en su primogénito las posesiones de ambos. Y dos, parir retoños para perpetuar el linaje. Su misión terminaba ahí. Una vez casada y una vez parida, su vida se limitaba a ver pasar el tiempo apaciblemente y, caso de enviudar, largarse a un convento a ponerse a bien con Dios antes de palmarla, si bien colijo que más de una lo hacía para perder de vista una familia que era en realidad un mundo de hombres. Que sí, que hubo mujeres influyentes, que hubo otras que pudieron destacar en alguna faceta artística o intelectual, pero esas fueron la excepción, no la regla. En todo caso, hasta aquí llegan las similitudes con sus colegas niponas, que como las occidentales eran usadas por sus padres o hermanos para llevar a cabo sus intricadas alianzas con otro clanes y que, conforme a su manera de ser, iban más allá de buscar resultados a corto plazo. Esta gente no piensa con la mirada puesta en el mes que viene, ni siquiera a unos años vista, sino mucho más allá. Pero no vamos a hacer un estudio psicológico de la mentalidad oriental, entre otras cosas porque no me creo capaz de ello. Nos quedamos simplemente con el concepto de mujer destinada a ser moneda de cambio y paridora, nada más.

Fotograma de la mítica cinta "Ran" (1985) de Kurosawa. La escena muestra
como las mujeres y concubinas de Hidetora Ichimonji se interponen entre los
arcabuceros enemigos y su señor para protegerlo. Aquí no primaba lo de
"las mujeres y los niños primero", sino la lealtad al daimyō
Porque la vida de una de estas mujeres no tenía por lo general nada de apacible, y menos en un Japón en el que durante siglos lo normal era vivir en un constante estado de guerra civil entre los daimyō deseosos de sacarse las tiras de pellejo mutuamente, cuando no en sus enfrentamientos contra el shōgun de turno para, como anhelaba el inefable visir Iznogud, ser el califa en lugar del califa o, en muchos casos, las pugnas entre un daimyō y uno o más ikki, ligas formadas por conjuntos de personas cuya lealtad no era hacia el daimyō, sino hacia un determinada población, grupo religioso o estamento social y cuyos "cambios de impresiones" solían ser extremadamente violentos. Y lo peor de todo era que las alianzas entre nobles tenían menos consistencia que la honradez de un político, y los que hoy se abrazaban jurándose lealtad eterna al cabo de un mes se estaban degollando a dentelladas y, como es lógico, sus familias estaban siempre por medio porque no sería raro que, para afianzar esa hipotética lealtad eterna se entregaran en matrimonio hijas o hermanas que se veían en un terrible brete: ¿a quién debo fidelidad, a mi clan o al de mi marido? No es un tema baladí, y se dieron casos en que la lealtad derivó hacia un lado u otro de las formas más dramáticas. 


La archialevosa, megamalvada y ultravenenosa Kaede de "Ran" dejando
claro a Jiro Ichimonji que los pantalones los lleva ella. Su matrimonio no
tenía otro fin que vengar a su familia, aniquilada por el viejo Hidetora.
Aunque se trata de una ficción, refleja admirablemente el concepto de
fidelidad a su clan de estas mujeres
Más aún: en muchos casos estas alianzas matrimoniales lo que pretendían era obtener rehenes para que la siempre cuestionable fidelidad de su nuevo aliado no se rompiera como el tallo de la mies en sazón ante el huracán.  En otros, la mujer era destinada a actuar como una espía infiltrada gracias al matrimonio en la familia del marido porque, en realidad, el juramento de fidelidad era más falso que Judas y lo que querían era aprovechar el momento para atacar, y para ello nada mejor que tener una informante que compartía hasta el catre con el pseudo-aliado. De hecho, hay registradas curiosas advertencias respecto a las precauciones que debían tener los hombres en estos casos ante la cantidad de mujeres que, a la hora de la verdad, habían optado por mantenerse leales a su clan y no al marido: "Aunque te haya dado siete hijos, nunca confíes en una mujer", o "Incluso cuando un esposo y una esposa están solos juntos (o sea, dándose un restregón y tal), nunca debe olvidar su puñal" o, quizás el más contundente aviso: "Considera a la bonita hija de otro hombre como tu enemiga, y jamás visites su casa". Así estaba el patio. Chungo, ¿no? Y si las advertencias hacia la propia eran de semejante calibre, ¿cómo no serían las que prevenían contra los cuñados? 

Imagen de un asedio en la que se pueden ver a varias mujeres colaborando
con la guarnición. En el centro hay varias distribuyendo  "aloz tles delicias"
al personal
Por otro lado, la mujer perteneciente a un clan samurai no era la paridora pasiva al estilo europeo. Antes al contrario, debía ser celosa guardiana de las posesiones familiares y de la prole en ausencia del marido, y recaían sobre ella todas las responsabilidades propias del cabeza de familia. No solo debía administrar y cuidar la hacienda propia, sino defenderla con uñas y dientes llegado el caso. Para ello, desde niñas se las adiestraba en artes marciales como a un crío de su mismo rango, con la salvedad de que a las nenas se les insistía ante todo en el manejo de la naginata, un arma enastada más propia de samurai pobretones pero que en manos de alguien diestro era absolutamente devastadora, aunque del tema armamentístico hablaremos detalladamente más abajo. O sea, que su deber era, llegado el caso, ponerse al frente de las tropas y criados al servicio de la casa y defender el castillo cuya custodia había sido confiada a su marido y que, al estar él ausente, recaía sobre ella y era la responsable absoluta. Es decir, que si el castillo caía la culpa sería solo de ella, y su deshonra solo podía ser lavada ya sabemos cómo.

Grupo de on'na bugeisha adiestrándose en el manejo de la naginata
Y por si sus obligaciones para con su clan y su honorabilidad no fueran pocas, incluso se dieron casos de mujeres vengadoras de algún pariente muerto, con razón o sin ella, por otro samurai. Durante el Periodo Edo (1603-1868), bajo el bakufu (shogunato) Tokugawa, que fue la época más pacífica del Japón, de 100 actos de venganza debidamente registrados por ofensas de cualquier tipo, 14 fueron llevados a cabo por mujeres. El más llamativo fue, por su tardanza en ser consumado, el de la mujer de un yamabushi (un sacerdote ascético), que tuvo la santa paciencia de esperar nada menos que 53 años hasta dar con la ocasión propicia para apiolar al asesino de su marido. Por lo visto, la venganza fue tan sonada que hasta su daimyō  la recompensó por su más que probada lealtad y su elevado sentido del honor. 


Otra venganza con tintes legendarios fue la que llevaron a cabo en 1649 Miyagino y Shinobu, hijas de un tal Yomosaku, muerto por error por un samurai llamado Shiga Daishichi, que estaba al servicio del daimyō local. Tras ser debidamente adiestradas por el prometido de Miyagino se presentaron ante el daimyō para pedirle permiso para poder llevar a cabo su venganza. El daimyō no pudo oponerse ya que la petición era justa, así que ordenó que Daishichi se presentara para enfrentarse a las dos hermanas. Miyagino estaba armada con una naginata, mientras que su hermana portaba una kusari gama, una espeie de hoz con una larga cadena y un contrapeso de hierro al final de la misma. Shinobu trabó la espada de Daishichi, momento que aprovechó Miyagino para mandar a paseo la cabeza del asesino de un certero tajo. Como vemos, estas criaturas tenían más peligro que un alacrán ahíto de esnifar polvo de setas chungas. A la izquierda podemos ver a las dos hermanas entrenando para darle boleta al alevoso Daishichi y que aprenda a no equivocarse matando probos ciudadanos.


Miyagino y Shinobu vengándose a base de bien en presencia del daimyō

Matsushita Yukitsuna, un samurai vasallo de Imagawa
Yoshimoto, elabora una relación de las cabezas que
ha obtenido como trofeos. En cada una de ellas se ve
la etiqueta con el nombre del dueño de la cabeza
Pero no acababan ahí los deberes de las on'na bugeisha. Las mujeres de los samurai que componían la guarnición de un castillo no se quedaban cruzadas de brazos mientras que sus maromos se daban estopa. Antes al contrario, se veían comprometidas en la defensa del recinto auxiliando a los heridos, reponiendo en las murallas municiones de todo tipo e incluso cuando se introdujeron en el Japón las armas de fuego las ponían a fundir balas. Hasta tenían que preparar adecuadamente las cabezas de los enemigos muertos que, tras el asedio, serían expuestas como trofeos para después ser presentadas al daimyō, por lo que lavaban, peinaban y, en resumen, ponían guapas las jetas de los difuntos. Durante el asedio al castillo de Ogaki, en 1600, Oan, la hija de un samurai llamado Yamada Kiyoreki, dejó escrito como "...nuestros soldados nos traían a la torre las cabezas que habían tomado, y nos hacían etiquetarlas como referencia", e incluso pedían que les tiznaran los dientes con pólvora porque así tendrían más valor ya que significaría que habrían palmado en acción disparando contra el enemigo y no escondidos en un hoyo. Y por si eso no fuera bastante, afirmaba que "...no teníamos miedo de las cabezas, y solíamos dormir en medio del desagradable olor a sangre que salía de ellas."  Y del mismo modo que se veían obligadas a ejercer de esteticistas de cabezas cortadas o fundidoras de munición, también estaban obligadas a otros tipos de trabajos manuales, como el caso del castillo de Hachigata, cuyas murallas quedaron hechas una birria tras un tifón en 1587 debido a que muchas de estas fortificaciones denominadas pomposamente como castillos no eran en realidad más que un conjunto de empalizadas rodeando una torre. El daimyō Hojo Ujikuni, ordenó que las mujeres de todos los samurai de la guarnición independientemente de su rango, así como sus criadas, debían ante todo reconstruir las defensas de la fortaleza antes que sus propias casas, por lo que se veían cortando árboles, desbastando troncos y cavando zanjas mientras que todas las familias dormían al raso porque hasta que no terminasen de reparar la empalizada no podían hacer lo propio con sus hogares.


Cabezas de los defensores del castillo de Fukane, tomado en
1497 por Hojo Sun. Entre ellas se distinguen algunas que
pertenecían claramente a mujeres
Por otro lado, las mujeres de los daimyō o samurai más relevantes no dudaban en armarse y acompañarlos a la muralla a defender la fortaleza e incluso tomar parte en el combate. Un ejemplo sería la mujer de Okumara Sukie-mon, cuyo castillo de Suemori fue cercado en 1584 por Sasa Narimasa. Esta proba nipona no lo dudó ni un momento y, armada con su naginata, se paseaba por el adarve abroncando a los centinelas que pillaba adormilados. Y lo peor era que, caso de que los enemigos lograran entrar en el castillo, el destino que esperaba a la familia del samurai era por lo general cualquier cosa menos agradable. Las que por falta de ánimo o de tiempo no se quitaban la vida eran entregadas a las tropas para ser ultrajadas sin descanso, y prueba de que muchas morían en combate es que hay ilustraciones que muestran expuestas cabezas entre las que se distinguen varias que, por sus rasgos, son mujeres. La participación de mujeres en los combates ha quedado corroborada en algunos hallazgos arqueológicos donde han aparecido montículos de cabezas en los que, tras las pruebas forenses oportunas, se ha podido comprobar que incluían testas femeninas como el caso de los de la batalla de Senbon Matsubaru, librada en 1580. En dichos montículos aparecieron 105 cabezas, 35 de las cuales eran de mujeres. Hablamos pues de un tercio, que no es moco de pavo.


En muchos casos, antes de quitarse la vida mataban a sus propios hijos para que no cayeran en manos del enemigo para, a continuación, rebanarse el pescuezo, tirarse desde las torres o arrojarse a los pozos para morir ahogadas. A la derecha tenemos un ejemplo. Se trata de Yodo-Hono, la madre de Toyotomi Hideyori, cometiendo seppuku cuando el castillo de Osaka que defendía su amado nene cayó en manos de Tokugawa Ieyasu en 1615. Como vemos, se acaba de rebanar el lado izquierdo del cuello con su kaiken. En otros casos era el mismo samurai el que arramblaba con el clan, como el señor del castillo de Yuzawa, Onodera Magoshichiro que, en 1595, "... en primer lugar mató a su mujer e hijos, sus vasallos apuñalaron a sus esposas e hijos como sacrificio, prendieron fuego al castillo y nuevamente lucharon con fiereza contra el enemigo. Finalmente se quitaron sus cascos y cometieron seppuku". En fin, algo muy desagradable. En Europa pudieron haberse dado casos semejantes, pero salvo cuando se tomaban fortalezas por asalto y se entraba a saco ya sabemos que lo habitual era respetar las vidas del personal. Pero en este caso, no eran los enemigos los que aliñaban a las mujeres y críos, sino sus padres y maridos, en plan numantino, vaya. 


Nakano Takeko (1847-1868), a la que ni un solo
cuñado se atrevió a dejarle la bodega vacía de sake
Bueno, con esta breve semblanza creo que pueden vuecedes hacerse una idea del plan de vida de estas criaturas, cuyas perspectivas de llevar una existencia apacible eran un poco escasas, sobre todo las que se veían involucradas en algún ikki contra los que los daimyō no tenían piedad ya que constituían un poder popular que era justamente lo opuesto a la jerarquía tradicional establecida. La última acción militar donde intervinieron estas aguerridas féminas fue durante la Restauración Meiji, iniciada en 1868 y que acabó con el bakufu Tokugawa y, con ello, el poder y la influencia de los samurai en el Japón. Curiosamente, las on'na bugeisha lucharon en esta ocasión en favor del shōgun, o sea, el orden tradicional, concretamente en el han (feudo de un daimyō ) de Aizu. En fin, de las hazañas de estas valerosas ciudadanas ya hablaremos largo y tendido, desde Tomoe Gozen, paradigma de las on'na bugeisha, a Nakano Takeko, que no dudó en enfrentarse con su naginata a las tropas imperiales armadas con fusiles modernos. Sirva pues lo comentado hasta ahora como introducción para ponernos al tanto de quiénes eran y cómo vivían las mujeres pertenecientes a la casta de los samurai.


En lo referente a su preparación en las artes marciales y sus intervenciones en batalla, las fuentes originales de la época se prestan a cierta confusión. Por un lado, las representaciones que hay de ellas suelen adolecer de anacronismos en lo tocante al tipo de armadura que visten y, para realzar su feminidad, se las representa por sistema desprovista de casco. Cabe suponer que su indumentaria real sería la de cualquier samurai de su época, y que protegerían sus delicadas testas y sus impolutas jetas de piel de crisantemo con cascos y máscaras, que no era plan de que nada más llegar a la batallita una flecha le atravesase el cráneo o una katana se lo partiera en dos como un melón maduro. Con todo, en la casa del tesoro del santuario Oyamazumi, en la isla de Omishima, se conserva una armadura que, como vemos en la foto, tiene una morfología que se adapta al contorno de un cuerpo femenino. Esta pieza se atribuye a la famosa Ōhōri Tsuruhime, una belicosa on'na bugeisha hija de Ōhōri Yasumochi, sacerdote principal del citado templo y que defendió la isla contra las tropas del daimyō de la provincia de SuōOuchi Yoshitaka, al mando de Obara Nakatsukasa nojo en el año 1541.


La legendaria Tomoe Gozen dando estopa a un samurai con su
naginata. Esta arma podía ser usada para combatir tanto a pie
como a caballo
Respecto al armamento, eran entrenadas desde niñas en todas las armas propias de un samurai si bien se insistía especialmente en el tiro con arco y el manejo de la naginata. Esta era un arma enastada cuya moharra, elaborada con el mismo método que una katana, nos recuerda a las gujas o glaives usadas en Europa y que estaba ideada para cortar y no como arma de empuje. Su evidente contundencia y la longitud de su asta equilibraría la diferencia entre la envergadura y la fuerza física de un hombre que se enfrentaba a una mujer de menor estatura y potencia muscular. Pero, al parecer, el entrenamiento con la naginata no solo estaba concebido para defenderse de posibles enemigos, sino como un mero divertimento o una forma de ejercicio físico que realizaban con réplicas de madera y que incluso hoy día lo siguen practicando las mujeres japonesas. Y aunque, como comentábamos anteriormente, era un arma asociada por lo general con samurais del rango más bajo, su eficacia las hacía ideales para las mujeres si bien las hojas de las naginatas femeninas eran más ligeras y de menor longitud. No obstante, había una variante con la hoja más ancha y pesada, la shobuzukuri naginata, que iba provista de una pesada contera de hierro en el extremo del asta para equilibrarla. 


Pareja de kaiken chulísimos de la muerte. Uno de los sitios más habituales
para ocultarlos era en pequeños bolsillos en las mangas de los kimono
Y como arma de último recurso jamás se separaban de su kaiken, de los que ya hablamos en su momento. El kaiken era un pequeño cuchillo que, por lo general, entregaban a las niñas al alcanzar la pubertad para su defensa personal o, llegado el caso, darse matarile antes de verse deshonradas. Como ya se explicó, las mujeres no cometían seppuku con el tanto, sino con el kaiken que siempre llevaban oculto en alguna parte de su indumentaria. Y en vez de abrirse la barriga, cosa nada femenina y extremadamente desagradable, se cortaban la carótida y se desangraban en un periquete sin necesidad de sufrir tanto. Para ello, sus progenitores les enseñaban cómo y de qué forma debían practicar el corte para que fuese certero y, por lo tanto, casi fulminante. Una carótida limpiamente cortada deja el cerebro sin sangre casi de inmediato, por lo que la pérdida de conocimiento sobreviene en dos o tres segundos, y la muerte por shock hipovolémico en menos de un minuto.


Hoja de una naginata. Obsérvese en la espiga las marcas del fabricante,
grabadas de la misma forma que en las espadas
Bueno, ya está. Con esto creo que podrán empezar a conocer como las gastaban las bravas on'na bugeisha que tanta guerra dieron. Como hemos visto, su estatus no era precisamente un chollo en una época en que, en realidad, no es que estuvieran en un nivel de igualdad con el hombre, sino que eran usadas para sus intereses mientras que, por otro lado, debían anteponer la honra personal y familiar a su propia vida y la de sus hijos, a los que en muchas ocasiones debieron matar con sus propias manos para impedir que fueran deshonrados, apresados o, simplemente, usados como rehenes contra su familia. En otra ocasión ya hablaremos de algunas de ellas que se distinguieron por tener más cataplines que ovarios.

Hale, he dicho


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jueves, 7 de julio de 2016

Mitos y leyendas: el pecho amputado de las amazonas



Pentesilea, reina de las amazonas, es muerta por el peleida
Aquiles ante los muros de Troya. Pentesilea había acudido
en ayuda de Príamo por el mero placer de combatir
Seguro que todos hemos oído mentar cienes de miles de veces a estas belicosas señoritas de las que, por cierto, tomó el nombre ese río tan larguísimo y caudaloso que hay en Sudamérica. Porque las amazonas, mito originado en el mundo griego, se extendieron por todas partes y no hubo conquista en la que no hiciera acto de presencia una tribu formada exclusivamente por mujeres que, incomprensiblemente, le tenían muchas ganas a los hombres. Quizás por el morbillo erótico que les daba a nuestros ancestros eso de enfrentarse con hembras especialmente fieras, la cosa es que tanto en la añeja Europa como en el Nuevo Mundo se propaló esta leyenda que, no obstante, tenía su base histórica ya que, como todos sabemos, cuando el río suena, agua lleva. Pero hoy no toca hablar a fondo sobre el origen del mito, sino de algo menos enjundioso pero no por ello menos interesante.

Amazona manejando
una honda
Nos referimos a la común creencia, sumamente extendida por cierto, de que estas guerreras tan misándricas eran privadas desde su nacimiento del seno derecho para que no les estorbase a la hora de disparar con sus arcos o lanzar sus jabalinas. Es más, juraría por mis augustas barbas que si le preguntamos a nuestro cuñado más sabihondo por algo que caracterice a las amazonas nos dará la siguiente respuesta:

-Cusha, cuñao, tú que sabe tanto, dime argo sobre la tribu esa ande no había na má que muhere y tenían mu mala leshe.
-Lah amasona, ¿no? Po que leh cortaban a toa una teta, cuñao. Sin la teta podían lushá mejón. Lo ví er otro día en un documentá der Caná Hihtoria mientra jasía la digehtión de loh cuatro litro gahpasho que me jinqué con la caló. 
-¿Cuatro litro? ¡Qué barbariá, cohone! ¿Y no te queahte cuajao na má empesá er documentá?
-¡Qué va! La japuta de tu hermana se tiró dó hora y media rajando con su amiga Yenifé y no me dejó dormí la siehta, me cagüen suh muertoh tó...

¿Ven? Cualquier cuñado lo sabe, incluso viendo documentales con el cerebro medio vaporizado por la ingesta abusiva de gazpacho combinada con una conferencia telefónica interminable en el mismo sofá. Sin embargo, no hay nada, ninguna prueba ni testimonio verdaderamente rotundo que demuestre semejante práctica que, además, sería completamente inútil ya que ningún pecho, por majestuoso que sea, dificulta o impide a una fémina hundirnos el cráneo con una maza, pasarnos de lado a lado con una lanza o convertirnos en un acerico a flechazos. 

Guerrera escita combatiendo con un hacha.
Sea como fuere, la cosa es que más de uno se dirá que si las amazonas son un mito, ¿qué sentido tiene intentar conocer la verdad acerca de una característica de ese mismo pueblo legendario? La pregunta es totalmente lógica ya que sería una chorrada corroborar o refutar algo sobre una tribu o cultura cuya existencia se pone en tela de juicio o incluso se niega de forma categórica. Sin embargo, como ya comentaba más arriba, toda leyenda parte de un hecho verdadero, por lo que convendría saber que los griegos sí dejaron constancia de la existencia de un pueblo, concretamente escita, que, aunque compuesto por miembros de ambos sexos, al parecer disfrutaban de forma indistinta de los mismos derechos y participaban de cualquier circunstancia en total igualdad de condiciones. De hecho, en las excavaciones llevadas a cabo en diversas zonas de lo que antaño fue la tierra de los escitas, alrededor de un 20 por ciento de las tumbas de mujeres contenían armas en sus ajuares funerarios, lo que indica que en vida habían combatido como si de hombres se tratase. Obviamente, para los griegos esto era algo que se salía totalmente de sus esquemas patriarcales, por lo que bien podría ser ese el motivo por el que surgió el mito de mujeres guerreras. Por otro lado, los escitas no tenían costumbre de dejar constancia de sus hechos, por lo que las crónicas de su propia existencia quedó en manos de los historiadores griegos que, como está mandado, las adobaron a su conveniencia o bien las plasmaron de oídas a través de terceras personas con las tergiversaciones y errores que ya podemos imaginar. 

Junto al cráneo podemos ver el tipo de hacha escita, propia
de los arqueros de este pueblo, que produjo los orificios en
el cráneo. La dejaron lista de papeles, pobrecita...
Buena prueba de que las mujeres escitas iban a la guerra y palmaban heroicamente en sus violentos cambios de impresiones con las tribus vecinas o con invasores procedentes de lejanas tierras, es el cráneo que podemos ver en la foto de la derecha, datado hacia el siglo V a.C. Perteneció a una mujer de una tribu Pazyryk de entre 25 y 30 años que, además de mostrar los orificios en la cabeza, presentaba en las costillas marcas de haber sido apuñalada con una daga, o sea, que le endiñaron a base de bien. Eso solo significa una cosa, y no es otra que esta proba guerrera se zambulló en la vorágine de la batalla como una leona junto a siete compañeros que aparecieron en otras tumbas junto a ella, todos con señales evidentes de haber sido apiolados de forma inmisericorde por sus enemigos. Y no solo disponemos de testimonios como este, sino que hay gran cantidad de enterramientos donde se pueden ver como estas mujeres habían palmado en combate y que, además, a la vista de sus ajuares eran personas de un elevado estatus dentro de su tribu. Un ejemplo lo tendríamos en la tumba 5 del yacimiento denominado como Arzhan 2, en la República de Tuvá, en el que aparecieron una pareja, hombre y mujer de 50 y 30 años respectivamente, en el que además de las armas de ambos se encontraron más de cinco mil objetos de oro. O sea, que ambos eran guerreros y a ambos debió tocarles la Primitiva antes de pasar a mejor vida, digo yo...

Restos de dos guerreros Pazyryk,
hombre y mujer, hallados con sus
armas en sus respectivas tumbas.
Junto a ellos aparecieron los
esqueletos de nueve caballos
Bien, con lo dicho colijo que podemos aceptar que las amazonas legendarias surgieron de las mujeres escitas que, por el motivo que fuere, disfrutaban de plena igualdad con los hombres, y eso fue lo que dio lugar a la creencia de que eran unas aguerridas hembras, lo que sí era cierto a la vista de los enterramientos mencionados, y que podían alcanzar el mismo rango o estatus que cualquier hombre, lo que también hemos podido corroborar. Pero, ¿de dónde surgió la leyenda dentro de la leyenda? ¿Como fue que un bulo chorra se extendiese con tanta fuerza como para que después de más de 2.400 años aún se siga creyendo a pies juntillas? Pues a eso vamos...

Al parecer, más que un bulo en sí mismo podríamos decir que todo proviene de una mala traducción o, mejor dicho, de una mala costumbre por parte de los griegos a la hora de helenizar los términos extranjeros. Recordemos como, por ejemplo, en la entrada que se dedicó a los prisioneros de guerra de los faraones, se explicaba que dicho término, faraón, era como Herodoto adaptó la verdadera palabra egipcia per-aa al griego. Para entendernos: los griegos optaban por tomar el término original y adaptarlo a su lengua con una palabra que fonéticamente se asimilara a la misma. Otros ejemplos sobradamente conocidos serían Micerinos, que es como denominó al faraón Men-kau-rá, o Kefrén, que en realidad se llamaba Kaf-rá. Así pues, el equívoco surgió a raíz de la adaptación del nombre de un pueblo escita denominado amazon el cual fue helenizado por Helánico de Lesbos como amazonas, y juraba por sus barbas que las mujeres de dicho pueblo carecían de un pecho en base a que el prefijo privativo "a" denotaba carencia, mientras que "mazon" era fonéticamente muy parecido al término griego mastos (mastos), o sea, pecho o mama. El tal Helánico, que vivió allá por el siglo V a.C., al parecer no era especialmente apreciado por sus colegas, que lo consideraban como poco fiable a la hora de escribir sus crónicas. De hecho, hizo caso omiso de otra posible etimología quizás mejor encaminada en la que se aseguraba que amazon provenía de la expresión "sin grano"- en griego, maza (maza) significa cebada- en alusión a que los escitas mantenían una dieta casi exclusivamente a base de carne. Pero como lo de la teta cortada les daba más morbo y contribuía a aumentar el mito de esas feroces mujeres, pues todo el mundo acabó por creérselo como si tal cosa.


Amazona en posición para efectuar un tiro parto
Y tanto caló la idea en los magines del personal que incluso tipos inteligentes como Hipócrates no dudaron en tomar por cierto el camelo de Helánico ya que en el Volumen II de sus "Textos Hipocráticos", concretamente en el apartado que trataba "Sobres los aires, aguas y lugares" daba cuenta de como las mujeres sármatas (pueblo vecino a los escitas) quemaban a las crías nada más nacer su pecho derecho con un útil de bronce puesto al rojo. Pensaba que semejante burrada servía para que, ausente la mama durante el crecimiento de la niña, se le desarrollase el brazo y el hombro de ese lado del cuerpo, lo que les permitiría luchar en igualdad de condiciones con los hombres. No obstante, el mismo Herodoto, contemporáneo de Helánico e Hipócrates, jamás hizo mención a tan cruel costumbre a pesar de que no se cortó un pelo a la hora de dar cuenta de los usos de escitas y sármatas, que no eran precisamente agradables por cierto. En fin, el error o la mala adaptación de un término extranjero llevado a cabo por un historiador mediocre acabó convirtiéndose en una verdad impepinable hasta el extremo de que historiadores muy posteriores en el tiempo como Apolodoro de Damasco o Quinto Curcio Rufo aseguraban que las amazonas se punzaban el pecho derecho para que no les creciera, dejándose el izquierdo para amamantar a sus retoños. 


Dos amazonas dándole estopa a un griego. La pintura procede
de una sarcófago etrusco datado hacia el 400-340 a.C.
Siglos más tarde, algunos historiadores bizantinos intentaron corregir el error, si bien con escaso o nulo éxito a pesar de que sus teorías eran más creíbles. Juan Tzetzes (siglo XII) sugería que el término amazon significaba en realidad "no amamantado", en base a la costumbre de estas mujeres de no dar el pecho a sus hijos para impedir que se les descolgaran, lo que iría contra los cánones de belleza de la época (y de cualquier época, supongo) y, por otro lado, sería algo impropio de mujeres guerreras. De ahí la creencia de que alimentaban a los nenes con leche de yegua mezclada con miel y cosas así. Total, aun no existían los potitos esos. Con todo, aún hoy día no se sabe con certeza de dónde proviene lo de amazon, y los lingüistas se siguen devanando la sesera para dar con una teoría sólida. Dichas teorías van desde la posibilidad de un origen iraní antiguo, que usarían el término "ha-mazon" (guerreras) al indo-europeo, lengua en la que significaría "solteras", pasando por el circasiano "a-mez-a-ne", Bosque o Luna Madre o incluso "ama-zonais", "las que usan cinturones", en referencia posiblemente al ceñidor de la espada. En fin, quién sabe donde se esconde la verdad. Igual era el nombre de una cuñada especialmente agresiva y de ahí surgió todo, vete a saber...

En fin, dicho esto, en las fotos inferiores podemos ver a tres señoritas practicando diversas modalidades de tiro con arco. La de la izquierda, que ciertamente está de buen año, se dispone a efectuar un tiro parto sin que sus generosos atributos le estorben lo más mínimo. De hecho, la cuerda del arco ni siquiera le roza el cuerpo. La del centro, más enjuta, muestra como era la arquería a caballo en la época en que nos ocupa. En ese caso se efectuaba lo que hoy se llama un anclaje flotante, lo que permitía hacer puntería sin tener que mantener la cuerda apoyada en la jeta, adaptándose así al movimiento que imprimía al cuerpo el galope del caballo. Por último, a la derecha tenemos a una arquera a pie que, también generosamente dotada, no tiene problemas para tensar su arma. Ojo, el protector que lleva sobre el pecho izquierdo no es para que la cuerda no se lo chafe, sino para impedir que algún pliegue de la ropa estropee el disparo. Los hombres también los usan. 



Como vemos, la teta derecha no estorba absolutamente para nada a la hora de tirar con arco, y menos aún para cualquier ejercicio marcial. Al cabo, los pechos son parte de la anatomía femenina y cualquier movimiento que nosotros hagamos ellas pueden hacerlo igual adaptando, si fuese preciso, dichos movimientos a su fisonomía de forma totalmente inconsciente. Así pues, la leyenda de la teta extirpada en pro de una mayor soltura para luchar fue un simple error de traducción que, unido al morbo y la fama que adquirieron estas mujeres, mitad reales, mitad leyenda, tuvo un éxito tremendo entre los griegos y, por ende, los que los sucedieron en el tiempo adoptando su cultura.

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho

domingo, 5 de enero de 2014

Las señoras de la guerra: mujeres de armas tomar I



Grupo de féminas poniendo las peras a cuarto a las tropas asediadas en una fortaleza. Y eso que la mayoría solo
les tiran piedras, pero con muy mala leche y muy buena puntería


Preclaro ejemplo de lo peligrosas que son las féminas cuando
se cabrean. Que se lo pregunten a los gabachos del grabado.
¿Quién no ha sentido un escalofrío recorriéndole el espinazo cuando la parienta le sorprende a las 3 de la mañana junto a la nevera dando buena cuenta de la masa de las croquetas? ¿Quién no ha sentido un repentino encogimiento umbilical cuando la suegra ha dado con el escondite de la preciada colección de revistas cochinas o soltándole una colleja al retoño del cuñado más abominable que, casualmente, es el hijo favorito del monstruo? Precisamente por eso es de todos sabido que el mujerío, cuando se pone en plan bravo, tiene más peligro que un cultivo bacteriológico de antrax en manos de un macaco psicópata. De hecho, nuestro suelo patrio ha dado hembras cuyos redaños no solo han igualado, sino incluso superado, al de muchos varones. ¿Quién no ha escuchado hablar de María Pita o de Agustina Saragossa, las cuales plantaron cara a los hijos de la maldita Albión y los gabachos respectivamente? 

Sin embargo, estas buenas señoras no eran en sí nobles o reinas, sino personas normales y corrientes que, cuando la cosa se puso chunga, sacaron a relucir más arrestos que un rinoceronte cabreado y, tras demostrar su arrojo y valentía, retomaron sus vidas de siempre sin más. Así pues, la entrada de hoy no hará referencia a estas heroínas de circunstancias sino a mujeres en las que, por motivos diversos, cayó el peso de la gobernanza en unas épocas en que eso era cosa de hombres, con lo cual tienen más mérito si cabe. Empezaremos con Æthelflæd, señora de los mercios.

Esta valerosa mujer, de nombre un tanto impronunciable para nuestras lenguas hispánicas, era hija del rey de Wessex, Alfred. Se desconoce su fecha de nacimiento, pero debió ser hacia el año 870 aproximadamente. En aquellos tiempos, los vikingos andaban todo el día a la gresca con los habitantes de la brumosa Albión ya que no paraban de saquear y arrasar bonitamente todo lo que pillaban. De hecho, durante el reinado del tal Alfred habían dejado convertido en un solar East Anglia, Northumbria y Mercia, y Wessex lo tenían casi sometido. Fue el rey Alfred el que logró detenerlos y sellar un pacto con los vikingos para repartirse las tierras y vivir razonablemente en paz. Cuando Alfred pasó a mejor vida, Æthelflæd se casó con un noble de Mercia llamado Æthelred, el cual se dedicaba a meter en cintura a los daneses mientras nuestra protagonista gobernaba y se preocupaba de fortificar sus dominios.

Representación romántica de la batalla de
Tettenhal
El 5 de agosto de 911, Edward, rey de Wessex, dio una batalla en un lugar llamado Tettenhall  contra los malvados daneses en la que participó el marido de Æthelflæd. A pesar de saldarse con una gran victoria, Æthelred se largó a reunirse con sus ancestros y dejó completamente viuda a Æthelflæd, que debía contar en esa época con unos 40 años. Esto no la acoquinó en absoluto, así que tomó el mando de forma oficial, porque en la práctica ella era la que cortaba desde siempre el bacalao en Mercia, y se autonombró myrcna hlaefdige, o sea, señora de los mercios. Al decir de los cronistas, Æthelflæd tenía un especial talento no solo para temas políticos, sino también militares. En los comienzos de su gobierno en solitario impulsó una notable campaña de fortificaciones: en 913 se fortificaron Tamworth y Stafford, en 914, Eddisbury y Warwick, y en 915 Chirbury, Weardburh y Runcorn. Las ciudades que no disponían de defensas naturales eran cercadas con murallas de tierra al estilo romano, o sea, taludes precedidos de un foso. Ojo, estas defensas no eran precisamente despreciables ya que los taludes tenían unos 3 metros de alto, a lo que había que añadir la profundidad del foso, y 6 de ancho. El talud era a su vez reforzado por la parte interna por un muro de piedra de poca altura. Y nuestra protagonista no solo fortificaba como un ingeniero militar sino que, si se terciaba, incluso se iba a la guerra: en 916 se llevó a cabo una campaña contra los galeses que se saldó con la captura de la mujer del rey de Gales y 33 miembros de su séquito, y en el año siguiente, junto a las tropas de su hermano Edward, rey de Wessex, realizaron un contra-ataque que empujó a los vikingos hasta sus tierras. 


Eduardo el Viejo, rey de Wessex
Sin embargo, nuestra heroína no se quedó en casa zurciendo calcetines, de modo que tras una serie de campañas junto a su hermano Eduardo, a comienzos 917 los vikingos optaron por ofrecerle alianzas y acuerdos al monarca ya que los ejércitos de East Anglia, Cambridge, Bedford, Huntingdon, Northampton y Derby habían desaparecido o no estaban en condiciones de combatir. Al año siguiente se iniciaron nuevas campañas contra Leicester y York, pero la fama que precedía a la belicosa señora facilitó la rendición de ambas poblaciones sin combatir, jurándole lealtad y vasallaje. Solo las dos poblaciones mejor defendidas, Lincoln y Nottingham, se resistieron a someterse a Æthelflæd.



Aspecto actual de las ruinas del priorato de St. Oswald
Sin embargo, su estrella, que se encontraba en el cenit de su fulgor, se apagó de golpe el 12 junio de 918, cuando sin motivo aparente, murió en Tamworth pocos días antes de que los vikingos de York le rindieran pleitesía y dejando a su hermano Eduardo bastante contrito. Y no solo por la pérdida del ser querido, sino de la poderosa y leal aliada que le había permitido acrecentar enormemente sus dominios. Fue enterrada junto a su marido Æthelred en el priorato de Saint Oswald, en Gloucester, fundado por ella misma entre 880 y 890, en una capilla lateral de la iglesia de San Pedro. La sucedió su hija Ælfwynn, la cual solo gozó del poder durante seis meses ya que su tío Eduardo, temeroso de que su sobrina no estuviera a la altura de la madre, perdiera todo lo ganado con tanto esfuerzo. Así pues, anexionó Mercia a sus dominios de Wessex, poniendo el germen para la unión de Inglaterra, y mandó a su sobrina a un convento para que no le diese por incordiar demasiado o por reclamarle la herencia materna.


Las crónicas de la época no han dejado apenas datos de índole privada sobre su persona o su carácter, dando más relieve a su acción política y militar. Solo un historiador del siglo XII, William de Malmesbury, legó a la posteridad algunos datos como, por ejemplo, el que tras su primer parto se negó a volver a dormir con su marido ya que el alumbramiento fue al parecer especialmente doloroso. Para actuar así alegaba "que era indigno de la hija de un rey deleitarse para, al cabo del tiempo, que dicho placer tuviera dolorosas consecuencias". Por otro lado y  a pesar de sus amplios dominios, nunca aceptó ser tratada como reina, prefiriendo el título de señora de los mercios. Curiosamente, aunque a su hermano Eduardo le parecía bien dicho título, sus vasallos la llamaban reina. En todo caso y cuestiones honoríficas aparte, lo que sí es absolutamente incuestionable es que el reinado de Æthelflæd junto al de su hermano fue el principio del fin de la dominación extranjera en la brumosa isla. Como vemos en el mapa superior, la expansión del reino forjado por ambos hermanos empujó hacia el este a los invasores, formando la actual Inglaterra y quedando Gales al oeste y Escocia al norte.


Monumento erigido a Æthelflæd en Tamworth.
El crío que aparece junto a ella es su sobrino Æthelstan,
futuro rey de los anglosajones. Como dato curioso,
señalar que Æthelstane significa "Piedra vieja"




Indudablemente, Æthelflæd se ganó merecidamente el tratamiento que le dieron en los Anales del Ulster: FAMOSISSIMA REGINA SAXONVM, famosísima reina de los sajones.

Bueno, ya seguiremos contando cosas sobre hembras bravas.


Hale, he dicho