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| Descriptiva imagen de una on'na bugeisha: con su nene a la espalda, como buena madre, y sujetando la naginata con la que acaba de despachar a dos enemigos, como buena guerrera |
Bien, más o menos aclarado el origen del término, veamos qué eran y cómo se desarrollaba la vida de estas probas ciudadanas de ojos delicadamente rasgados. Debo reconocer que, si no me acojonara tanto montarme en un avión, me encantaría ir a Japón a cenar en una casa de geisha. Solo ver como te sirven el sake o te preparan el puñetero té debe ser una experiencia mística. Son tan delicadas, tan educadas, tan modositas... En fin, ajo y agua. A lo que vamos.
Como es más que evidente, establecer comparaciones entre la idiosincrasia oriental y la nuestra es una quimera. Sus baremos éticos y morales, así como sus conceptos sobre el valor de la vida y tal no tienen nada que ver con los occidentales. No son mejores ni peores sino, simplemente, distintos. Por este motivo debemos tener en cuenta que mucho de lo que leeremos a continuación nos podrá resultar un poco rarito, tanto como a ellos la forma de actuar de un español o un tedesco. Por otro lado, su diferentes rangos sociales difieren de los nuestros ya que en Japón no había una nobleza titulada, sino samurai con más o menos poder/rango/tierras que otros. Con todo, y por establecer un símil que nos permita situarnos, diremos que un samurai normal podría ser el equivalente a un hijodalgo español o un ritter alemán, o sea, miembros de la baja nobleza cuyo oficio eran las armas y, cuando no había necesidad de matar a nadie, vivían del producto de las tierras que los nobles de más rango les concedían como pago a sus servicios. Como es evidente, las mujeres pertenecientes a esa clase social tenían que actuar conforme a su estatus, y ahí es dónde verdaderamente están las diferencias que hacían a las on'na bugeisha unas mujeres totalmente distintas a las occidentales con un rango similar salvo en un único aspecto.
Una infanzona (usaremos esta denominación para referirnos a las mujeres de la baja nobleza europea y no complicarnos la vida con distintos nombres) estaba destinada a ser usada con dos fines: uno, como una herramienta para establecer alianzas entre familias o, caso de ser heredera de un patrimonio, con el fin de aumentar el poder de ambos clanes al unirse en su primogénito las posesiones de ambos. Y dos, parir retoños para perpetuar el linaje. Su misión terminaba ahí. Una vez casada y una vez parida, su vida se limitaba a ver pasar el tiempo apaciblemente y, caso de enviudar, largarse a un convento a ponerse a bien con Dios antes de palmarla, si bien colijo que más de una lo hacía para perder de vista una familia que era en realidad un mundo de hombres. Que sí, que hubo mujeres influyentes, que hubo otras que pudieron destacar en alguna faceta artística o intelectual, pero esas fueron la excepción, no la regla. En todo caso, hasta aquí llegan las similitudes con sus colegas niponas, que como las occidentales eran usadas por sus padres o hermanos para llevar a cabo sus intricadas alianzas con otro clanes y que, conforme a su manera de ser, iban más allá de buscar resultados a corto plazo. Esta gente no piensa con la mirada puesta en el mes que viene, ni siquiera a unos años vista, sino mucho más allá. Pero no vamos a hacer un estudio psicológico de la mentalidad oriental, entre otras cosas porque no me creo capaz de ello. Nos quedamos simplemente con el concepto de mujer destinada a ser moneda de cambio y paridora, nada más.
mutuamente, cuando no en sus enfrentamientos contra el shōgun de turno para, como anhelaba el inefable visir Iznogud, ser el califa en lugar del califa o, en muchos casos, las pugnas entre un daimyō y uno o más ikki, ligas formadas por conjuntos de personas cuya lealtad no era hacia el daimyō, sino hacia un determinada población, grupo religioso o estamento social y cuyos "cambios de impresiones" solían ser extremadamente violentos. Y lo peor de todo era que las alianzas entre nobles tenían menos consistencia que la honradez de un político, y los que hoy se abrazaban jurándose lealtad eterna al cabo de un mes se estaban degollando a dentelladas y, como es lógico, sus familias estaban siempre por medio porque no sería raro que, para afianzar esa hipotética lealtad eterna se entregaran en matrimonio hijas o hermanas que se veían en un terrible brete: ¿a quién debo fidelidad, a mi clan o al de mi marido? No es un tema baladí, y se dieron casos en que la lealtad derivó hacia un lado u otro de las formas más dramáticas.
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| Imagen de un asedio en la que se pueden ver a varias mujeres colaborando con la guarnición. En el centro hay varias distribuyendo "aloz tles delicias" al personal |
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| Grupo de on'na bugeisha adiestrándose en el manejo de la naginata |
Otra venganza con tintes legendarios fue la que llevaron a cabo en 1649 Miyagino y Shinobu, hijas de un tal Yomosaku, muerto por error por un samurai llamado Shiga Daishichi, que estaba al servicio del daimyō local. Tras ser debidamente adiestradas por el prometido de Miyagino se presentaron ante el daimyō para pedirle permiso para poder llevar a cabo su venganza. El daimyō no pudo oponerse ya que la petición era justa, así que ordenó que Daishichi se presentara para enfrentarse a las dos hermanas. Miyagino estaba armada con una naginata, mientras que su hermana portaba una kusari gama, una espeie de hoz con una larga cadena y un contrapeso de hierro al final de la misma. Shinobu trabó la espada de Daishichi, momento que aprovechó Miyagino para mandar a paseo la cabeza del asesino de un certero tajo. Como vemos, estas criaturas tenían más peligro que un alacrán ahíto de esnifar polvo de setas chungas. A la izquierda podemos ver a las dos hermanas entrenando para darle boleta al alevoso Daishichi y que aprenda a no equivocarse matando probos ciudadanos.
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| Miyagino y Shinobu vengándose a base de bien en presencia del daimyō |
Pero no acababan ahí los deberes de las on'na bugeisha. Las mujeres de los samurai que componían la guarnición de un castillo no se quedaban cruzadas de brazos mientras que sus maromos se daban estopa. Antes al contrario, se veían comprometidas en la defensa del recinto auxiliando a los heridos, reponiendo en las murallas municiones de todo tipo e incluso cuando se introdujeron en el Japón las armas de fuego las ponían a fundir balas. Hasta tenían que preparar adecuadamente las cabezas de los enemigos muertos que, tras el asedio, serían expuestas como trofeos para después ser presentadas al daimyō, por lo que lavaban, peinaban y, en resumen, ponían guapas las jetas de los difuntos. Durante el asedio al castillo de Ogaki, en 1600, Oan, la hija de un samurai llamado Yamada Kiyoreki, dejó escrito como "...nuestros soldados nos traían a la torre las cabezas que habían tomado, y nos hacían etiquetarlas como referencia", e incluso pedían que les tiznaran los dientes con pólvora porque así tendrían más valor ya que significaría que habrían palmado en acción disparando contra el enemigo y no escondidos en un hoyo. Y por si eso no fuera bastante, afirmaba que "...no teníamos miedo de las cabezas, y solíamos dormir en medio del desagradable olor a sangre que salía de ellas." Y del mismo modo que se veían obligadas a ejercer de esteticistas de cabezas cortadas o fundidoras de munición, también estaban obligadas a otros tipos de trabajos manuales, como el caso del castillo de Hachigata, cuyas murallas quedaron hechas una birria tras un tifón en 1587 debido a que muchas de estas fortificaciones denominadas pomposamente como castillos no eran en realidad más que un conjunto de empalizadas rodeando una torre. El daimyō Hojo Ujikuni, ordenó que las mujeres de todos los samurai de la guarnición independientemente de su rango, así como sus criadas, debían ante todo reconstruir las defensas de la fortaleza antes que sus propias casas, por lo que se veían cortando árboles, desbastando troncos y cavando zanjas mientras que todas las familias dormían al raso porque hasta que no terminasen de reparar la empalizada no podían hacer lo propio con sus hogares.
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| Cabezas de los defensores del castillo de Fukane, tomado en 1497 por Hojo Sun. Entre ellas se distinguen algunas que pertenecían claramente a mujeres |
En muchos casos, antes de quitarse la vida mataban a sus propios hijos para que no cayeran en manos del enemigo para, a continuación, rebanarse el pescuezo, tirarse desde las torres o arrojarse a los pozos para morir ahogadas. A la derecha tenemos un ejemplo. Se trata de Yodo-Hono, la madre de Toyotomi Hideyori, cometiendo seppuku cuando el castillo de Osaka que defendía su amado nene cayó en manos de Tokugawa Ieyasu en 1615. Como vemos, se acaba de rebanar el lado izquierdo del cuello con su kaiken. En otros casos era el mismo samurai el que arramblaba con el clan, como el señor del castillo de Yuzawa, Onodera Magoshichiro que, en 1595, "... en primer lugar mató a su mujer e hijos, sus vasallos apuñalaron a sus esposas e hijos como sacrificio, prendieron fuego al castillo y nuevamente lucharon con fiereza contra el enemigo. Finalmente se quitaron sus cascos y cometieron seppuku". En fin, algo muy desagradable. En Europa pudieron haberse dado casos semejantes, pero salvo cuando se tomaban fortalezas por asalto y se entraba a saco ya sabemos que lo habitual era respetar las vidas del personal. Pero en este caso, no eran los enemigos los que aliñaban a las mujeres y críos, sino sus padres y maridos, en plan numantino, vaya.
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| Nakano Takeko (1847-1868), a la que ni un solo cuñado se atrevió a dejarle la bodega vacía de sake |
En lo referente a su preparación en las artes marciales y sus intervenciones en batalla, las fuentes originales de la época se prestan a cierta confusión. Por un lado, las representaciones que hay de ellas suelen adolecer de anacronismos en lo tocante al tipo de armadura que visten y, para realzar su feminidad, se las representa por sistema desprovista de casco. Cabe suponer que su indumentaria real sería la de cualquier samurai de su época, y que protegerían sus delicadas testas y sus impolutas jetas de piel de crisantemo con cascos y máscaras, que no era plan de que nada más llegar a la batallita una flecha le atravesase el cráneo o una katana se lo partiera en dos como un melón maduro. Con todo, en la casa del tesoro del santuario Oyamazumi, en la isla de Omishima, se conserva una armadura que, como vemos en la foto, tiene una morfología que se adapta al contorno de un cuerpo femenino. Esta pieza se atribuye a la famosa Ōhōri Tsuruhime, una belicosa on'na bugeisha hija de Ōhōri Yasumochi, sacerdote principal del citado templo y que defendió la isla contra las tropas del daimyō de la provincia de Suō, Ouchi Yoshitaka, al mando de Obara Nakatsukasa nojo en el año 1541.
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| La legendaria Tomoe Gozen dando estopa a un samurai con su naginata. Esta arma podía ser usada para combatir tanto a pie como a caballo |
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| Pareja de kaiken chulísimos de la muerte. Uno de los sitios más habituales para ocultarlos era en pequeños bolsillos en las mangas de los kimono |
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| Hoja de una naginata. Obsérvese en la espiga las marcas del fabricante, grabadas de la misma forma que en las espadas |
Hale, he dicho
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