Mostrando entradas con la etiqueta Cascos con visor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cascos con visor. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de marzo de 2019

YELMOS VIKINGOS (Los de verdad)


Probos ciudadanos recreacionistas haciendo de cuñados vikingos cabreados. Como salta a la vista, en la imagen se
atisban menos cuernos que en un monasterio trapense

Bien, prosiguiendo con los protectores craneales de estos legendarios nórdicos dedicados al latrocinio como si de políticos se tratara, hoy veremos las diferentes tipologías de yelmos que usaban para impedir que las armas enemigas les dejasen la bóveda craneana severamente perjudicada. Como pudimos ver en la entrada anterior, las alas y los cuernos brillaban por su ausencia, y los yelmos al uso no diferían demasiado de los que se empleaban en otras zonas de la Europa altomedieval. Pero antes de entrar a fondo en la cuestión, hagamos un breve introito que nos permitirán entender mejor el motivo de algunos de los tópicos más propalados acerca de esta gente.

Rapiña, secuestro y asesinatos eran el resultado de
una visita de un félag de vikingos
Puede que muchos vean a los vikingos como una especie de raza aparte que surgieron de las tenebrosas tierras septentrionales de Europa movidos con el único fin de robar a mansalva para, tras rapiñar hasta el tuétano a sus víctimas, retornar en sus elegantes naves para repartirse el botín y gastarlo bonitamente a la espera de organizar otra incursión al año siguiente. A FURORE NORMANNORVM LIBERA NOS DOMINE, de la furia de los hombres del norte líbranos, Señor, salmodiaban los frailes en sus beaterios, los curas en las misas y la gente cuando veían que llegaba la primavera y, con el cambio de estación, una más que probable visita de mangantes embarcados deseosos de dejarlos en pelota picada. Pero la cosa es que, en realidad, antes de que vieran que el pillaje era una buena forma de trincar pasta, los vikingos ya se dedicaban a comerciar entre ellos y con las poblaciones situadas en las zonas costeras del Atlántico. Porque los vikingos no eran una nación en sí mismos, ni un estado gobernado por un monarca. Eran un amasijo de grupos tribales de raza nórdica dirigidos por régulos que habitaban en lo que hoy son Suecia, Noruega y Dinamarca. O sea, que antes del comienzo de la conocida como Era Vikinga ya habían establecido contacto con otras culturas con las que establecieron relaciones comerciales que, como es lógico, les llevó también al intercambio de conocimientos de tipo militar, así como de armas y demás pertrechos adecuados para discutir con el vecino teniendo más probabilidades de salirse con la suya.

Recreación de la costa de Lindisfarne en el siglo VIII, cuando quedó
inaugurada la Era Vikinga con su concienzudo saqueo
Esta Era Vikinga fue el resultado de una explosión demográfica que obligó a los pueblos escandinavos al noble arte de repartir la riqueza en base al conocido aforismo de "lo tuyo es mío y lo mío también". A finales del siglo VIII, concretamente en junio de 793, es cuando muchos historiadores marcan el comienzo de esta peculiar era histórica con el ataque y saqueo de un monasterio situado en Lindisfarne, una pequeña isla situada a kilómetro y medio de la costa nordeste de la brumosa isla de Albión (Dios maldiga a Nelson). A partir de ahí y durante algo más de dos siglos y medio se expandieron como una puñetera plaga, apoderándose de muchas tierras de la citada isla además de Islandia y parte de Vilandia, la actual Terranova, e Irlanda. Pero, además, aumentaron su radio de acción saqueando a destajo por toda la costa atlántica e incluso llegaron al Mediterráneo. Por tierra migraron a través de la actual Rusia hasta Bizancio, donde incluso formaron una unidad de élite como guardia personal del basileus, la Guardia Varega, que perduró hasta la extinción del Imperio de Oriente. El final de esta era tuvo lugar a raíz de la derrota de Harald Harhraada en la batalla del puente de Stamford en 1066, derrotado y muerto por el ejército anglosajón al mando de Harold Godwinson. Así pues, como ya podemos imaginar, a lo largo de ese tiempo tuvieron ocasión de comprar, robar o copiar yelmos de muchos tipos hasta el extremo de que, al día de hoy, no se puede decir con exactitud que hubiese diversos modelos o incluso que creasen una tipología autóctona y exclusiva de ellos. 


Aspecto que tendrían la gran mayoría
de los vikingos que saquearon las costas
de Europa. Lo más que se podían pagar
para protegerse era un simple escudo
Bien, con esta breve exposición podemos ir haciéndonos una idea del cómo y el por qué esta gente se puso tan belicosa. Pero debemos además tener en cuenta que esa imagen de guerrero armado hasta los dientes también es un tópico bastante extendido y, como es lógico, más falso que el currículum vitæ de un político. En realidad, la panoplia del malvado saqueador nórdico era bastante básica: un escudo, sin el cual sus probabilidades de supervivencia eran más bien escasas, una espada y/o un hacha, un scramasax y una lanza. De hecho, esta mínima panoplia se ve retratada tanto en las representaciones artísticas de la época como en crónicas de probos historiadores nada dudosos de parcialidad como el persa Ibn Miskawayh (932–1030), que afirmaba que “luchaban con una lanza y un escudo, y llevaban una espada, una lanza y una daga", o sea, lo mínimo que se despachaba.


El yelmo era una pieza relativamente escasa, y aún más las cotas de malla, cuyo uso estaba prácticamente reservado a faltriqueras rebosantes de monedas de oro de buena ley. Por un códice legal franco, la LEX RIBVARIA  (c. siglo VII), se sabe que un yelmo costaba lo mismo que el escudo, la espada y la lanza juntos, y que una loriga costaba el doble que un casco, por lo que es más que evidente que pocos podrían pagárselos. Una loriga costaba 12 SOLIDVS, un yelmo, 6 SOLIDVS; una espada con su vaina, 7 SOLIDVS, el mismo precio de un caballo, mientras que un escudo y una lanza solo costaban 2 SOLIDVS. El SOLIDVS era una moneda de oro creada por el emperador Diocleciano que, en la época y el territorio que nos ocupa, tenía en un valor equivalente a una vaca. La mayoría de los vikingos eran sujetos que, por su condición de hombres libres, podían usar armas tanto para defender sus posesiones como para arrebatar las de otro, pero se las tenía que pagar él. Y si era, como lo eran la mayoría, hombres dedicados a la ganadería y la agricultura en unas tierras de por sí bastante asquerosillas que no daban mucho rendimiento que digamos, pues tenemos que pocos se podían costear un armamento de postín salvo los más ricos, o sea, los reyezuelos, los régulos tribales y sus allegados, los llamados jarls, que constituían una especie de nobleza nutrida por los hombres más ricos, terratenientes con medios para organizar incluso una pequeña flota y un hirð, una mesnada  a sueldo formada por hirðmenn (en singular, hirðmaðr), hombres pertenecientes a lo que entendemos como casta de guerreros, militares profesionales que vivían del oficio de las armas sirviendo a los mandamases de su territorio.

Y esta sería la apariencia de un vikingo pudiente
Por todo lo dicho podremos entender por qué han llegado a nosotros tan pocos ejemplares, y por qué en los ajuares funerarios que han aparecido suelen brillar por su ausencia. En resumen, que llevamos la torta de años imaginando hordas de vikingos con sus cascos alados o astados y resulta que, de todos los componentes de un félag o hermandad- nombre que recibían los grupos de vikingos que se apuntaban a una incursión-, solo el caudillo y los hirðmenn iban con sus cráneos debidamente protegidos. El resto se tenía que conformar con llevar la cabeza descubierta o, a lo sumo, con gorros de cuero o pieles salvo que en alguna movida anterior hubiesen tenido suerte y trincasen alguno del enemigo o, al menos, los dineros necesarios para adquirirlo al volver a casa. Debido a esto es por lo que no es fácil hablar de un yelmo vikingo propiamente dicho ya que debía ser bastante frecuente que usaran los procedentes de botines obtenidos en los lugares más variopintos, aparte de que en el resto de Europa no es que hubiese una variedad abrumadora de modelos, sino todo lo contrario.

El que a mi modo de ver es el germen de lo que conocemos como yelmo vikingo es el conocido como casco de Valsgärde, una singular pieza de la Era Vendel datada entre los siglos VI y VII. Valsgärde es una granja situada a escasa distancia de Upsala, en Suecia, que desde el siglo XVI ocupa lo que antaño fue un importante centro político y religioso de la zona. El yelmo apareció en los años 20 del pasado siglo formando parte del ajuar funerario de una de las tumbas que se excavaron en aquel momento y que se supone debió pertenecer a un personaje de cierta importancia o incluso de la realeza local. Aunque no es posible saber quién fue su propietario, basta contemplar la réplica que vemos en la imagen de la derecha para deducir que no era de un pelagatos cualquiera.

Probo ciudadano recreacionista con una réplica de otro de los
yelmos hallados en Valsgärde
Este casco estaba formado por una estructura de bronce en la que se añadieron láminas de hierro repujado con escenas de guerreros que, curiosamente, llevan en la cabeza unos cascos con algo que pueden parecer cuernos pero que, en realidad, representan las alas de Hugin y Munin, los cuervos del dios Odín. La parte superior del rostro estaba protegida por un visor rematado en su parte superior por unas "cejas" de bronce con forma de serpientes que, cabe suponer, además de la mera función ornamental buscaba aumentar la protección contra los golpes de armas tanto cortantes con contundentes. En la parte superior del yelmo vemos una pronunciada cresta, también de bronce y destinada a impedir que un hacha enemiga se hundiese el cráneo del dueño. Como complemento, un camal de malla envolvía todo el yelmo, protegiendo de ese modo la nuca, la parte inferior del rostro y el cuello de su portador de los golpes de filo. No se sabe cómo era ni de qué estaba fabricada la guarnición de este tipo de cascos, pero se supone que podía ser algo similar a lo que usaban los romanos, una especie de forro interior de grueso fieltro o cuero pegado directamente a las paredes internas del yelmo; otra posibilidad es que no llevasen guarnición, y que el ajuste a la cabeza se hiciera con una cofia acolchada que, además, serviría para amortiguar los golpes. 


Otro yelmo de la Era Vendel contemporáneo al Valsgärde podemos verlo en la réplica de la derecha. En este caso, el camal de malla estaba sustituido por dos carrilleras que algunos autores proponen que son una herencia de los últimos yelmos usados por los romanos. En la parte trasera y a modo de cubrenucas tiene tres anchas láminas metálicas unidas mediante argollas o bisagras a la banda circular del yelmo. En este caso se trataría también de un diseño que no sería precisamente barato, y que estaría reservado a los nobles o hirðmenn con medios económicos suficientes para pagarlos. Por cierto que una de las formas con que los nobles tenían contentitos a sus hirðmenn era a base de regalarles joyas y armas, objetos que los vikingos valoraban especialmente y que no solo les permitía gozar de una posición económica superior, sino también de marcar su estatus propio de guerrero, que eso siempre venía bien para tener a raya al personal. Por otro lado, los régulos obtenían así una fidelidad monolítica, que nunca estaba de más disponer de tropas fieles para quitar a posibles aspirantes al mando las ganas de conspirar, y aumentar su fama de generosos, por lo que nunca le faltarían hombres a la hora de organizar una de sus incursiones.

Por lo tanto, y tomando como posible origen el ejemplar de Valsgärde, el único que ha aparecido hasta ahora razonablemente completo y que está considerado como de origen vikingo es el yelmo de Gjermundbu, hallado en 1943 en un túmulo funerario en Ringerike, Noruega. La tumba debía haber pertenecido a un tipo adinerado, seguramente un noble, ya que en el ajuar de la misma aparecieron además dos espadas, dos hachas, dos moharras de lanza (las astas vete a saber cuándo se pudrieron), unos estribos y una loriga. El yelmo, fabricado enteramente de hierro, apareció apareció fragmentado en nueve piezas que pudieron ser unidas, más o menos, para reconstruir la pieza añadiendo los cachos que le faltaban. El casco, datado hacia el último cuarto del siglo IX, era, como podemos ver en la foto, una versión "económica" del ejemplar de Valsgärde. Al igual que este, un visor protegía los ojos y la parte superior del rostro de su dueño, y la parte posterior de la cabeza quedaba cubierta por un cubrenucas de malla unido al yelmo mediante los orificios que lo bordean. En la foto de la derecha podemos ver una de las tropocientas réplicas que se han hecho del mismo y que nos permiten ver mejor cuál debía ser su aspecto antes de caerse a pedazos por el óxido.

El yelmo estaba formado por un cerco que actuaba como soporte de todo el conjunto. Por la parte interior se fijaban dos tiras formando una cruz, cubriendo los huecos entre ellas con chapas triangulares debidamente curvadas para adaptarse a la forma del casco. Estas chapas se fijaban mediante remaches con otras cuatro tiras, estas remachadas por la parte exterior al cerco base y a las tiras interiores. Finalmente se añadía el visor y la malla trasera. La parte superior se cerraba mediante un pequeño disco al que se le añadía una espiga puntiaguda que, en algunos casos, podría ser hueca para añadirle un penacho de crin de caballo. En cuanto a la decoración, queda reducida a la mínima expresión con una hilera de incisiones en la parte superior del visor. Así pues, grosso modo podemos decir que, hasta el día de hoy, esta tipología es la única que se considera como genuinamente vikinga o, al menos, vikinga tanto en cuanto no han aparecido restos o ejemplares completos en otras zonas que nos hagan suponer que también podría tomarse como un préstamo de otras culturas. 

A partir del siglo X se generaliza el uso del yelmo cónico fabricado en una sola pieza. Estos yelmos, con una bóveda bastante alta y pronunciada para desviar con más facilidad los tajos y golpes de las armas enemigas, podían estar provistos de una barra nasal que formaba parte solidaria del mismo o bien añadida. Este último caso es el que vemos a la izquierda, concretamente el conocido yelmo de San Wenceslao. Este yelmo, que actualmente se expone en el castillo de Praga, perteneció al duque Wenceslao de Bohemia, que fue alevosamente apiolado por su malvado hermano Boleslav en septiembre de 938. Por ser un hombre extremadamente devoto fue canonizado y elevado nada menos que a la categoría de patrono de Chequia. El yelmo, como vemos en el detalle central, estaba formado por un casco sacado de una sola pieza al que se le añadió una fina banda en el borde, siendo su pieza más relevante la barra nasal formada en forma de cruz. En ella tiene grabado un Cristo crucificado. A la derecha tenemos una réplica que puede valernos para tener una visión más general de esta tipología, que se llevaría con una cofia acolchada para proteger la cabeza o incluso un almófar.


En la foto de la derecha tenemos otros dos yelmos habituales entre los vikingos. El primero es el yelmo de Poznan, datado hacia el siglo XI y construido en una sola pieza incluyendo la barra nasal. Obsérvense los orificios en el borde inferior del yelmo, lo que hace pensar que estaban destinados a sustentar una guarnición de lengüetas o quizás un reborde de cuero que llevaría unido un camal. Debemos también reparar en su acentuada conicidad, que es habitual de ver en las representaciones artísticas de la época. A la derecha podemos ver una réplica de un Spangenhelm formado por varias piezas que lo hacían más fácil de fabricar y, por ende, más barato. El sistema es similar al yelmo de Gjermundbu: una banda circular sobre la que se remachaban las demás piezas, en este caso cuatro tiras exteriores a las que se unían por el interior cuatro chapas triangulares. En el frontal tiene su correspondiente barra nasal que, aunque por su nombre pueda inducir a pensar que solo protegían la nariz, en muchos casos, por su longitud, protegían todo el rostro.


Una variante típicamente nórdica la podemos ver a la izquierda. En este caso se trata de un Spangenhelm con las abultadas cejas en forma de serpientes. En esta réplica podemos ver como un reborde de cuero servía para ajustarlo mejor a la cabeza, que está cubierta por un almófar. Estas cejas permiten atribuir a los vikingos yelmos que, aunque de tipologías habituales en Europa, eran propias de ellos. De hecho, se han encontrado barras nasales formando una sola pieza con estas piezas que en su día estaban unidas a yelmos que han desaparecido. Una de ellas fue hallada en el cofre de herramientas de un herrero danés de Tjele, y datada entre 950 y 975. Cabe pensar que se trataba de una pieza ya terminada y pendiente de añadir a un casco. Está fabricada de hierro con una fina lámina de bronce incrustada en las cejas. Otro hallazgo aislado tuvo lugar en Lokrume, en la isla de Gotland, datado entre 950 y 1000. Esta pieza tenía un acabado más suntuoso, con incrustaciones de plata formando lacerías y con tiras de cobre transversales. En realidad, su mal estado de conservación no permite saber si eran solo unas cejas con su barra nasal o parte de un visor pero, en cualquier caso, al menos nos da una pista para, como dijimos anteriormente, situar determinados hallazgos. Con todo, a partir del siglo XI las decoraciones empezaron a reducirse hasta la mínima expresión, con estriados levemente marcados y no mucho más. 


El tipo más básico es el yelmo de Giecz, datado en el siglo XI y formado por cuatro chapas triangulares remachadas directamente unas con otras, sin tiras ni nervaduras, de manera que formaban el casco una vez unidas. A continuación se remachaban a su vez a una banda circular que, como en los casos anteriores podía estar provista de un camal. Recordemos que la malla era una buena protección contra un arma de corte como hachas o espadas, pero no contra el golpe que propinaba, así como contra armas contundentes como las mazas. Es decir, que el camal impedía que le rebanasen la jeta o, simplemente, que le separasen la cabeza del cuerpo. Pero de lo que no le libraba era de que le partiesen la cara en mil cachos de un mazazo o, peor aún, que lo dejaran en el sitio con las cervicales hechas puré de un hachazo en la nuca. En cuando al cierre en la parte superior se efectuaba con el disco y la espiga puntiaguda que vimos antes, o bien con un fino cilindro que permitiese fijar un penacho de crin. Hay quien sugiere que esta tipología podría ser una importación procedente de los pueblos eslavos y que por su facilidad de construcción y bajo precio bien pudo ser adoptado por vikingos menos pudientes. 


Por añadir una variante más, a la izquierda tenemos un Spangenhelm al que se le han añadido dos carrilleras. El cubrenucas de malla está fijado en la mitad trasera del casco y de las carrilleras, una forma económica de obtener una protección más eficaz. Es más que probable que este añadido fuera una simple mejora, un "extra", como diríamos actualmente, que se le ocurrió a algún herrero para aumentar la protección de los poseedores de este tipo de yelmos. Para fijar las carrilleras bastaba unirlas con unas anillas al casco, tal como aparece en la foto, o si se quería un acabado más fino ponerle unas bisagras. Debajo del casco, como en sus hermanos, tendría su rudimentaria guarnición formada por un relleno de piel que, junto a la cofia que vestía el guerrero, le daría una buena protección contra los brutales testarazos con recibiría en la cabeza. Debemos recordar que un golpe propinado con una maza o un hacha tenían una energía cinética sobrada para hundir la chapa del yelmo, por lo que si no se llevaba una capa acolchada debajo se tenían todas las papeletas para verse tirado con una fractura de cráneo y medio cerebro desmigajado. 


Hirðmaðr provisto de un armamento defensivo de lujo si lo
comparamos con el de sus colegas pobretones. Estos serían los
que tendrían más probabilidades de volver enteros para el
reparto del botín
Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Como hemos visto, los yelmos vikingos no se diferenciaban en gran cosa, cuando no decir que en nada, de los usados por los francos, los anglosajones y en otras partes de Europa. Del mismo modo, hemos podido enterarnos de que estos sujetos no disponían mayoritariamente de una panoplia medianamente amplia, y quizás por ello preferían atacar poblaciones en las que sabían que no había tropas capaces de hacerles frente. Ya sabemos que en algunas de sus incursiones les dieron para el pelo y tuvieron que batirse en retirada, incluyendo a los que alcanzaron Terranova. Estos, tras intentar establecer un asentamiento estable, tuvieron que optar por levar anclas y largarse de vuelta a Islandia debido al constante acoso de los nativos, que supongo no disponían de un armamento especialmente sofisticado sino más bien del paleolítico. Pero poco se puede hacer cuando la mayor parte del félag estaba nutrido por hombres que solo disponían de un escudo para protegerse de las lluvias de flechas y las hachas y cuchillos de sílex de los indios o como queramos llamarlos. 

En fin, no creo que se me olvide nada importante, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS

¿Quién inventó los yelmos vikingos?

Tópicos vikingos

La espada vikinga

El escudo vikingo

miércoles, 6 de marzo de 2019

¿QUIÉN INVENTÓ LOS YELMOS VIKINGOS?


Probos ciudadanos recreacionistas con la verdadera indumentaria usada por los vikingos. Como podemos apreciar,
no se vislumbran cuernos por ninguna parte, y si los hay están discretamente ocultos, ya me entienden...

El famoso "Yelmo de Waterloo", hallado en el Támesis en 1868 y datado
entre el 150 y el 50 a.C. Fabricado de bronce, está considerado como una
pieza destinada a fines meramente ceremoniales
Entre los muchos tópicos extendidos por el mundo y que de tanto repetirlos prácticamente todos dan por ciertos es que los yelmos usados por los vikingos tenían cuernos como si de consentidores de mancebías se tratara o incluso alas, como el famoso galo Astérix cuyas aventuras han hecho las delicias de millones de críos incluido yo (cuando era crío, naturalmente). Sin embargo, lo de los yelmos astados o alados es más falso que las promesas electorales de un político, y la realidad es que estos belicosos ciudadanos, más dados a vivir del latrocinio y el pillaje que a ganarse las habichuelas de formas más honestas, no tenían más cuernos que los que en un momento dado les pusieran sus respectivas cónyuges ni más alas que las de los capones que devoraban con hambre canina al volver de sus correrías. 


Dios del lingote, un pequeño ídolo de  bronce
datado hacia el siglo XII a.C. hallado en
Enkomi, Chipre. Como vemos, en su casco
luce dos cuernos
La cosa es que, curiosamente, mientras que los pueblos micénicos sí usaban yelmos decorados con pequeños cuernecillos, los hombres del norte no se paseaban por ahí dando cornadas, y hay constancia de que hasta en Japón o en la Europa de la baja Edad Media se empleaban como distintivo o cimera en los yelmos. Los cuernos, símbolo de poder, decoran las divinas testas de algunas deidades paganas, y se han hallado ejemplares ceremoniales de yelmos provistos de protuberancias que se consideran como tales pero lo cierto es que, como hemos comentado anteriormente, en el caso de los vikingos es el enésimo camelo repetido un trillón de veces, ergo es aceptado como verdadero. En fin, dicho lo dicho, y para derribar el falso mito, dedicaremos esta entrada a estudiar de dónde surgió eso de que los yelmos usados por los vikingos estaban por norma provistos de estos aditamentos córneos o alados. Así podremos darle un disgusto tremendo a ese cuñado que se gastó una pasta gansa cuando adquirió en "Milanuncios" una supuesta réplica provista de unos cuernos enormes o unas alas dignas de un buitre leonado y lo muestra orgullosamente a las visitas colocado en la repisa de la chimenea del salón. Ojo, no le de un avenate y se lo ponga para agredirnos en plan victorino furioso al saberse engañado.

Bien, como tantos otros camelos históricos, este también surgió en el siglo XIX, cuando el romanticismo se empeñaba en ciscarse en la Historia de verdad para propalar mitos que, aunque con una base cierta en algunos casos, en realidad eran de forma mayoritaria meras leyendas que, eso sí, solían resultar bastante molonas. Los responsables o, al menos, los iniciadores del caso que nos ocupa fueron artistas alemanes y eslavos que, siguiendo la moda de la época, se zambullían de lleno en las leyendas y mitos nórdicos, que daban morbo a un personal que pagaba de buen grado por obras que representaban escenas del glorioso y, a la par, legendario pasado de los pueblos del norte. Uno de ellos fue Johan August Malmström (1829-1901), un prolífico pintor sueco que, como hijo de su época, pintaba unos cuadros chulísimos de la muerte representando temas de la mitología nórdica, bosques nemorosos con hadas, escenas de críos verdaderamente deleitosas y cosas así. A la izquierda podemos ver su obra titulada "El mensajero de Ælla ante los hijos de Ragnar Lodbrok" (sí, el mismo de la serie televisiva), pintado en 1857. En la escena vemos que el mensajero lleva en la cabeza un yelmo con unas alas más propias de un Odín que de un simple recadero, pero bueno... No obstante, el ambiente general de la escena sí es bastante acertado, las cosas como son.

Lo de las alas ya venía de antes, concretamente de un predecesor de Malmström, Peter von Cornelius (1783-1867), un pintor que, aunque la mayor parte de su obra consistió en temas bíblicos y frescos para decorar iglesias con los que alcanzó una notable fama, también dedicó varias obras a recrear estos mitos germánicos. Este hombre, imbuido de un profundo sentimiento nacionalista y patriótico, desarrolló un estilo sencillo y propio de la corriente artística a la que pertenecía, los Nazarenos, un grupo romanticista alemán que pretendía hacer resurgir el arte cristiano de la Edad Media. En el tema que nos ocupa, a la derecha podemos ver una de sus creaciones. Representa al alevoso Hagen de Tronek, el que asesinó a traición a Sigfrido clavándole su lanza por la espalda mientras bebía de una fuente. La escena nos lo muestra arrojando el tesoro del difunto al Rin tras dar muerte al héroe.  Como vemos, el personaje aparece enteramente armado de una forma pseudo-histórica y con la cabeza cubierta también por un yelmo con alas.


Otro artista al que también debemos el favor de poder decorar con alas nuestros yelmos de vikingos fue Julius Schnorr von Carolsfeld (1794-1872), coetáneo de Cornelius y perteneciente también al grupo de los Nazarenos. Pintor igualmente muy cotizado en su época, al igual que su colega llegó a ponerse al servicio de Luis I de Baviera, recibiendo el encargo de decorar la Residenz del monarca en Munich, la capital de su reino, a base de frescos inspirados en temas legendarios germánicos. El que vemos a la izquierda, ejecutado en 1848, representa "La lucha ante las escaleras" en el Nibelungensaele. Como podemos apreciar, su estilo es muy similar al de Cornelius, y entre los combatientes se ven varios en cuyos cascos lucen las alas de rigor. 

En fin, ya vemos de donde surgieron las alas en cuestión. Simplemente fueron consecuencia de una idea infundada que, indudablemente, daba un aspecto más heroico a los personajes, pero que en modo alguno estaba basada en datos históricos de la misma forma que el parecido con la realidad de las panoplias de armas que recrearon ambos artistas en sus obras era pura coincidencia. Sea como fuere, lo cierto es que lo de las alas fue tomado como artículo de fe, y desde entonces no han faltado ilustradores y artistas de todo tipo que no las hayan incluido en sus obras referencias a esta temática. Pero si las alas son un aditamento emblemático, mucho más lo son los cuernos. Si le decimos a un crío, a un cuñado o incluso a un político que nos dibuje un vikingo me apuesto una docena de torrijas a que todos pondrán cuernos en sus yelmos. En este caso, la idea provino de un solo hombre,  Carl Emil Doepler (1824-1905), un probo tedesco bastante polifacético ya que, además de pintor, era ilustrador y diseñador de vestuario.

Este hombre fue el encargado de crear el atrezzo para el estreno en el primer Festival de Bayreuth, celebrado en 1876, de la ópera wagneriana "El anillo de los nibelungos", y aprovechó la coyuntura para inventar lo de los cuernos, que en este caso puso en los yelmos de los figurantes como los que vemos en la foto de la derecha. Al parecer, fue el mismo Wagner el que insistió en que el vestuario fuese algo que representara fielmente la apariencia de los pueblos germánicos. Según una carta que le envió en diciembre de 1874 dándole instrucciones al respecto, le decía que lo que necesitaba era "nada menos que un retrato característico compuesto de figuras individuales y con detalles personales extraordinariamente vívidos de un período de cultura no solo alejado de nuestra época sino que no tiene asociación con ninguna experiencia conocida". 


Wotan, según el boceto de Doepler para el estreno.
En este caso lleva alas, que para eso es un dios
Wagner quería ante todo dar el mayor realismo a los personajes siguiendo la pauta de aquel momento, marcada por una búsqueda extrema del rigor histórico en los vestuarios y decorados de las obras de teatro y las óperas. Los dos personajes más señalados de esta corriente eran Franz Dingelstedt, director de la Ópera de la Corte de Viena desde 1867 y el duque Jorge II de Sajonia-Meiningen, un aristócrata que dedicó gran parte de su vida al mecenazgo y la producción artística teatral y musical. Mientras que el primero procuraba dar además de rigor un gran impacto visual a sus creaciones, el duque, un erudito historiador y notable dibujante y pintor, daba a sus producciones tal grado de verosimilitud que incluso hacía que los actores vistieran armaduras auténticas cuando actuaban. Por todo ello, Wagner insistió a Doepler en que no hiciera mucho caso a las representaciones mitológicas de Cornelius, von Carolsfeld o Malmström porque no le parecían en modo alguno fiables a  pesar de haberse empeñado al máximo en reflejar la apariencia medieval de los nibelungos.

Otro de los bocetos originales de Doepler, en este
caso el vestuario para Hunding, uno de los
personajes de la obra. Obsérvese que tanto la espada
como el puñal son de tipologías etruscas
Así pues, en vez de seguir la estela de los pintores románticos del momento le exhortaba a centrarse en los historiadores romanos que, a su modo de ver, hacía ya siglos habían tenido contacto o información de primera mano con los pueblos germánicos. Doepler tomó buena nota y se empapó de todas las fuentes habidas y por haber sin caer en la cuenta de un detalle, y es que las referencias históricas a las que recurrió daban cuenta de una indumentaria de tipo ceremonial propia de druidas, sacerdotes o régulos tribales, y no la empleada en realidad en combate por guerreros. Es más, en algunos casos debió confundir churras con merinas porque llegó a dar por válidas panoplias y objetos ceremoniales de pueblos que no tenían nada que ver con los germanos como, por ejemplo, los etruscos, los aqueos o, como comentábamos al principios, los micénicos. Al parecer, a Wagner no le agradaron los bocetos que le presentó inicialmente Doepler, por lo que se hicieron algunos cambios que tampoco acabaron de convencer al compositor porque representaban justamente lo contrario que tenía in mente. Incluso Cósima, la mujer de Wagner, se mostraba claramente insatisfecha porque, según anotó en su diario, los bocetos de Doepler se habían mostrado como "una fantasía arqueológica en detrimento de elementos trágicos y míticos", añadiendo que le "gustaría algo más simple, más primitivo". Sin embargo, la cuestión es que los cuernos quedaron oficialmente inventados, y desde entonces han quedado unidos de forma indeleble en el imaginario popular a estos fieros mangantes del norte.

En fin, criaturas, de este modo nació y se empezó a divulgar la creencia de que los vikingos decoraban sus yelmos con alas y cuernos. Todo proviene de la imaginación de pintores del romanticismo alemán y de errores de interpretación de un diseñador de vestuario pero bueno, cosas más pintorescas se han visto. Y con esto concluimos por hoy. En la próxima entrada veremos como eran en realidad los cascos de estos ciudadanos nórdicos, y de paso nos servirá para actualizar a fondo una entrada bastante generalista que ya se publicó hace ocho años (carajo, como pasa el tiempo, etc...)

Hale, he dicho

Continuación dando un leve cornada aquí

sábado, 28 de octubre de 2017

Fusiles anticarro. El Mauser T-Gewehr


Ciudadano tedesco militarizado haciendo uso de su Mauser modelo 1918 T-Gewehr. Como podemos ver, no era
precisamente una carabina de aire comprimido para abatir inocentes pajaritos que, una vez fritos, están de vicio

Mark I Macho en Thiepval, en septiembre de 1916. Las ruedas
traseras eran para impedir el vuelco cuando se acometían laderas
muy empinadas o para ayudar a cruzar trincheras
Como ya hemos comentado alguna que otra vez al referirnos a la naciente arma acorazada durante la Gran Guerra, la aparición de estos artefactos en los campos de batalla no solo cogió a los belicosos germanos con el paso cambiado, es que los dejó con la jeta a cuadros. Y no ya por la visión de más de 20 Tm. de acero avanzando lentos y torpes como galápagos, pero de forma imparable, por la tierra de nadie, sino porque además escupían fuego por sus ametralladoras y cañones que daba gloria verlos. Y, para colmo, no disponían de ningún tipo de arma específica contra los carros de combate, por lo que tuvieron que echar mano a la artillería de campaña, especialmente a los cañones de 7,7 cm. modelo 1896 que, al cabo, se mostraron como unas eficaces armas anticarro.


Mk. I abandonado durante la batalla del Somme
Sin embargo, los belicosos germanos tenían, sin saberlo, medios para dejar fuera de combate a los primeros carros puestos en liza por los british (Dios maldiga a Nelson), el Mk. I, un chisme que entró en acción por vez primera el 15 de septiembre de 1916 en Flers-Courcelette, en el contexto de la batalla del Somme. La presencia de estos carros puso en un brete a los tedescos porque, caso de no haber disponibles cañones de campaña para repelerlos, las opciones que tenían si varios de ellos avanzaban hacia sus posiciones eran rendirse o salir de allí echando leches, lo que contravenía en ambos casos su elevado sentido de la disciplina y la lealtad que debían al káiser. Bueno, también podían dejarse aplastar, pero eso contravenía las ganas de seguir vivos, así que tampoco valía. Tanto acusaron psicológicamente los alemanes la introducción de estas máquinas que en el informe que el jefe del estado mayor del 3er. Grupo de Ejército afirmó que "el enemigo, en la última batalla, ha empleado nuevos ingenios de guerra tan crueles como efectivos".


Gewehr 98 con su bayoneta. Acojona, ¿que no?
Pero, como decíamos, los alemanes disponían desde 1915 de un medio para neutralizar en mayor o menor medida los Mk.I que tanto les habían impresionado. La cuestión es que tras el estreno de los carros de combate en el Somme, tuvieron tiempo de recuperarse del susto porque, al cabo, el despliegue de los Mk.I ni fue lo que se dice un éxito, sino más bien lo contrario. De los 49 carros enviados al frente, solo 32 pudieron iniciar las operaciones porque los restantes se habían averiado, y de los que permanecieron operativos apenas 9 lograron alcanzar las alambradas, así que los british empezaron a devanarse la sesera para diseñar máquinas más potentes y fiables, lo que no lograron hasta el cabo de un año. Y mientras tanto, el ejército imperial ya había descubierto como enfrentarse a los carros enemigos en caso de no disponer de artillería. El invento no era otra cosa que una simple bala para el fusil reglamentario Gewehr 98 de calibre 8x57. Sí, no se me extrañen, una puñetera bala de fusil.


Cartucho con bala K. La bala lleva una camisa de cuproníquel. Culote del
mismo cartucho con el pistón sellado con laca roja. Se pueden leer las
siglas S y K que identifican este tipo de munición. Finalmente, una bala K
en cuya parte trasera vemos parte del núcleo
En 1915, como citábamos en el párrafo anterior, el ejército había desarrollado una bala provista de un núcleo de carburo de tungsteno, lo que todos conocemos como widia, el material con que se fabrican las brocas para llenar las paredes de casa de agujeros donde colgar las chorradas que compran las parientas en los mercadillos domingueros. La munición normal era la tipo S (Spitzer, puntiaguda) con el núcleo de plomo, pero diseñaron una con el núcleo de un material duro como el diamante destinada a los francotiradores y ametralladoras con el fin de neutralizar los observadores o tiradores protegidos por las planchas blindadas que ya vimos en su momento. Esta munición no se fabricaba bajo los baremos industriales convencionales, sino siguiendo unas estrictas normas en lo referente a todo el proceso de carga, especialmente en lo tocante en la uniformidad tanto del peso de los proyectiles como de la carga de pólvora a fin de que la precisión fuese mucho mayor que la de un cartucho convencional. Su denominación oficial era Patrone SmK (Spitzgeschoss mit Kern) o sea, cartucho de bala puntiaguda con núcleo. Abreviando, bala K. Para diferenciarla de sus hermanas, tenían pintado con laca roja el borde del pistón, y en las cajas de munición ponían también en rojo una letra K bien clarita para que nadie se liase.


Mk.II Hembra abriendo camino a tropas canadienses en Vimy, en abril
de 1917. El que vemos en primer término ya no avanza más por lo que se ve
Curiosamente, los alemanes no sabían que la bala K podía atravesar la chapa de un carro de combate, y los british tampoco. Ellos se limitaban a usarla para hostigar posiciones situadas a gran distancia y para escabechar tiradores, hasta que en abril de 1917, durante la batalla de Arrás, se llevaron una gratificante sorpresa. Los british lograron reunir 65 carros de combate para esta acción, divididos de la siguiente forma: 25 Mk.II Machos, 20 Mk.II Hembras, más 15 viejos Mk.I que habían podido recuperar, 7 Machos y 8 Hembras. Los francotiradores y los ametralladores tenían por costumbre disparar contra los rudimentarios visores por donde los comandantes y los conductores de los vehículos oteaban el panorama, y a más de uno le volaron los sesos porque los visores por espejos aún no se habían inventado. O sea, que eran una simple rendija en una chapa de menos de 10 mm. de grosor a través de la cual se atisbaba una pequeña franja del campo de batalla.


Un Mk.II Macho capturado en Bullecourt
A los dos días de comenzar la batalla, el 11 de abril de 1917, un contra-ataque alemán en el sector de Bullecourt permitió capturar dos carros británicos y, oh, sorpresa, pudieron ver que las balas K había logrado perforar el blindaje. Porque, y eso era lo que los germanos desconocían hasta aquel momento, es que los Mk. I y II estaban construidos con un material denominado coloquialmente como "chapa de caldera", muy inferior en calidad y resistencia al acero que debía emplearse para estos menesteres. La escasez y la premura obligó a emplear este tipo de chapa que era fácilmente penetrable por una bala que podía perforar hasta 10 mm. de blindaje a una distancia de 100 metros, o 4,5 mm. a 900 metros. Inmediatamente se ordenó que cada soldado recibiera un peine de cinco cartuchos con balas K, y los ametralladores una cinta de 250 cartuchos que, para no confundirlas con las normales, tenían la lona teñida de rojo. Para afianzar el tiro se intercalaba una trazadora de fósforo blanco cada diez cartuchos. Las instrucciones eran disparar ante todo contra las superficies verticales, o sea, los laterales, así como las puertas y las mirillas, generalmente construidas con una chapa más fina, por lo general de 6 mm. de espesor, siendo solo la parte frontal la que estaba construida con chapa más gruesa de 12 mm.


Este era el principal objetivo de las ametralladoras y los francotiradores
alemanes: los visores frontales, a través de los cuales podían liquidar
al piloto o al jefe de carro con relativa facilidad. En este caso, la cabina
corresponde a un Mk.IV
Porque la cuestión no era que una munición de tan pequeño calibre destruyera un monstruo de veintitantas toneladas con la contundencia con que lo hacía un cañón anticarro, pero sí podía dejar fuera de combate a la tripulación o causar daños en los motores o, con mucha suerte, incluso alcanzar algún proyectil de la santabárbara del carro. En cualquier caso, las dudas que aún quedasen al respeto fueron resueltas el siguiente 3 de mayo, también en Bullecourt, cuando cuatro carros más fueron puestos fuera de combate a base del empleo masivo de balas K. Uno de ellos, al mando del teniente McCoull, cayó de lleno bajo el fuego de una Maxim que concentró sus disparos contra las mirillas del carro, impidiendo la visión tanto al oficial como al conductor hasta el extremo de avanzar totalmente a ciegas, cayendo en una zanja y quedando inmovilizado. Solo un miembro de las tripulación pudo volver a sus líneas. Otro de los carros al mando del teniente Knight se vio con toda la tripulación fuera de combate, acribillados a balazos. Los otros dos carros se toparon con tropas alemanas en las afueras de Arrás. El del teniente Lambert sufrió el mismo destino que el del teniente Knight, mientras que el último, al mando del teniente Smith, vio como una bala perforaba un proyectil de seis libras, incendiado la cordita de la carga de proyección, por lo que los tripulantes tuvieron que salir echando leches para no entregar la cuchara allí mismo. Como vemos, esta munición era mucho más efectiva de lo que podríamos imaginar.


Otro par de Mk.II puestos fuera de combate en Arrás. Como se ve, apenas
muestran daños externos
Lógicamente, los british tomaron buena nota de la debilidad del blindaje de los Mk. I y II, por lo que en el siguiente modelo, el Mk. IV la munición K ya no podía penetrar salvo en casos muy concretos y a muy corta distancia, siendo uno de los objetivos principales los laterales de la cabina, donde estaban los dos depósitos de combustible de 113 litros de capacidad que alimentaban el motor. Al estar en alto facilitaba la llegada de gasolina por gravedad al motor, pero esa disposición fue cambiada por su vulnerabilidad a un depósito blindado en la parte inferior trasera con una capacidad de 318 litros. Con todo, los alemanes siguieron haciendo uso de la munición K contra las puertas y los visores que, al cabo, seguían siendo aún vulnerables. Sin embargo, estaba claro que ante la proliferación de carros enemigos había que inventar algo mucho más efectivo ya que el Mk. IV era prácticamente impenetrable salvo para la artillería anticarro.


Dos carristas gabachos provistos con sus máscaras.
Splatter masks las llamaban los british, o sea, máscaras
para salpicaduras.
En este punto conviene abrir un paréntesis para explicar algo sobre la munición perforante y sus efectos contra el blindaje de los carros de la época. Y no nos referiremos solo al hecho en que la bala lograse penetrar dentro del carro, en cuyo caso está claro cual sería el resultado: uno o más hombres heridos porque la bala rebotaba por todas partes, impactando y atravesando todo lo que pillaba a su paso. Recordemos que hablamos de una munición cuyo núcleo era un material duro como el diamante, por lo que la mísera envoltura carnal de los sufridos carristas y sus osamentas eran como mantequilla ante un cuchillo calentado al rojo. Aparte de eso, siempre podían dañar determinadas partes del motor o la munición, como ya vimos antes. Pero la cuestión es que aún sin llegar a penetrar podía causar graves heridas entre los tripulantes, especialmente los conductores y los comandantes de los vehículos debido al efecto de astillamiento que se producía cuando impactaban sobre el blindaje sin llegar a perforarlo.


La cesión de energía del proyectil al objetivo provocaba unas enormes tensiones en el material, hasta el extremo de que por la parte interior del blindaje saltaban astillas de metal disparadas en todas direcciones. Era algo similar a lo que ocurría en los antiguos navíos de línea cuando una bala maciza impactaba contra un casco de roble de 50 o 60 cm. de espesor: no lo atravesaba, pero hacía que en el interior saltasen decenas o centenares de astillas, algunas largas y puntiagudas como bayonetas, que producían cantidades masivas de bajas entre los artilleros que ocupaban los puentes inferiores. De hecho, las dichosas astillas eran lo que producía el mayor porcentaje de bajas en un combate naval, por encima de la fusilería de los infantes de marina o la acción directa de la metralla.


Secuencia de impacto de una bala convencional contra una chapa de acero.
Como vemos, acaba convertida en una lluvia de metal que sale despedida
en todas direcciones
Por otro lado, aún usando munición convencional con el núcleo de plomo, un impacto cerca de una mirilla o cualquier rendija podía tener efectos devastadores. Cuando una bala de ese tipo impacta contra una superficie dura se aplasta y el núcleo sale en forma de lágrimas de plomo fundido mezcladas con esquirlas de cobre de la envuelta, formando una especie de estrella radial en la zona del impacto cuyo rebote podía ser mortal hasta una distancia de 30 o 40 cm. Quizás recuerden vuecedes cuando se comentó que un impacto de bala de plomo contra el borde superior del peto de un coracero podía casi decapitarlo precisamente por los fragmentos de metal que salían despedidos en todas direcciones. Bueno, pues esto es algo similar, pero producido por una bala que viaja al triple de velocidad. Por ese motivo, si algún fragmento de la envuelta de la bala o de plomo entraba por una rendija o una mirilla, las heridas que producían podían ser mortíferas.


Vista del interior de una de estas máscaras en la que se aprecia el grueso
relleno que, en teoría, ayudaría a detener las esquirlas de metal
Para minimizar los daños, que casi siempre se producían en la cara, el cuello o los ojos, se fabricaron unas rudimentarias máscaras de cuero de las que colgaba un trozo de malla para proteger el cuello y la parte inferior de la cara. Los ojos quedaban tras unos oculares ranurados que limitaban la visión aún más. Sin embargo, y a pesar del indudable riesgo que suponía no usarlas, muchos tripulantes prescindían de ellas por dos motivos principalmente. Uno de ellos era, como decimos, por la notable reducción de visibilidad, muy limitada de por sí por las estrellas mirillas de los visores. Otro era las elevadas temperaturas que se alcanzaban dentro de estos vehículos cuyos motores, colocados en el centro del casco sin ningún tipo de aislamiento, ponían el interior del vehículo a unos 30ºde temperatura nada más arrancarlos, ascendiendo hasta los 50º o incluso más al poco tiempo de ponerse en marcha. Obviamente, llevar la cabeza embutida en un casco de acero o cuero freía los sesos a más de uno, por lo que preferían arriesgarse ante la perspectiva de sufrir un desmayo por la falta de aire o por un golpe de calor.  De hecho, no era raro que al salir de los carros cayesen redondos al suelo por el brutal cambio de temperatura de calor infernal a frío invernal.


A la derecha podemos ver varios ejemplos de los usados por los carristas aliados. En la foto A vemos un francés con su casco Adrián en el que luce el emblema de la artillería. El rostro lo lleva cubierto con una de estas máscaras que se fijaban simplemente anudando una cinta en la nuca. La foto B es británica con un casco Brodie más una máscara metálica. Como podremos imaginar, llevar eso puesto en la cabeza con 50º de temperatura podría achicharrarle a uno la jeta sin problemas. La foto C muestra el casco de carrista canadiense, construido de una pieza de grueso cuero moldeado. Por último, en la foto D vemos otro modelo para carristas británicos construido con trozos de cuero unidos mediante remaches a fin de hacerlo más ligero y soportable que el Brodie que hemos visto más arriba. En cuanto a las máscaras, como vemos tienen todas un diseño similar y si observamos los oculares ya podemos hacernos una idea de la pésima capacidad visual que ofrecían. Al parecer, también se fabricaron unas gafas provistas de gruesos cristales, pero eran inservibles porque con la temperatura interior de los vehículos se empañaban y no se veía literalmente un carajo.

Aclarado este tema, cerramos el paréntesis y proseguimos.

La prueba innegable de que la bala K había dado de sí todo lo que pudo y más la tuvieron en Messines, en junio de 1917, cuando entraron en acción los Mk. IV y vieron que, en efecto, los disparos de ese tipo de munición no les afectaban para nada ya que, aunque el blindaje frontal se mantuvo en los 12 mm. de modelos anteriores, el de los laterales aumentó hasta los 8 mm., quedando solo los bajos y la parte trasera con la chapa de 6 mm. con que estaban construidos casi la totalidad de los Mk.I y II. En todo caso, los alemanes no se durmieron en los laureles y encargaron a la firma Mauser un arma dotada de un calibre lo suficientemente poderoso como para vulnerar los nuevos modelos. El resultado lo vemos en la foto inferior:


Se trata del modelo 1918 T-Gewehr. La T eran en referencia a Tank, y este sería el primer fusil anticarro de la historia tanto en cuanto el Gewehr 98 no había sido más que un arma de infantería que supo aprovechar un determinado tipo de munición, pero ni el uno ni la otra estaban concebidos originariamente con la única finalidad de destruir carros de combate. Como vemos, el T-Gew, que era su denominación abreviada, era una versión a gran escala del Gew-98 salvo el cañón, mucho más largo, de 984 mm. nada menos. La longitud total del arma era de 169,1 cm., y su peso de 15,9 kilos o de 18,5 incluyendo el bípode, accesorio imprescindible para manejar semejante mamotreto salvo que pudieran apoyarlo en un saco terrero. Obsérvense las dos generosas picas de que disponía para fijarlo al suelo y poder así aminorar un poco el tremendo retroceso del arma ya que no había sido previsto equiparlo con amortiguadores o con frenos de boca.


La culata era como la del Gew-98 pero aumentada de escala, lo que obligó a colocarle un pistolete porque el grosor de la garganta de la misma era imposible de abarcar con la mano. En cuanto al cerrojo, casi tan largo como el antebrazo de un hombre, era la típica acción 98 provista de 2 tetones traseros y dos delanteros para producir un sólido acerrojamiento. El arma carecía de depósito de munición, por lo que los cartuchos debían introducirse uno a uno. Los dos servidores del arma, ambos entrenados para el manejo de la misma, iban provistos de unas cartucheras especiales con capacidad para 20 cartuchos.


Dos oficiales neozelandeses mostrando orgullosamente un T-Gewehr capturado en una posición alemana

Los elementos de puntería eran los clásicos de cualquier fusil Mauser si bien el alza, de tipo tangencial, estaba graduada solo hasta los 500 metros. El punto de mira estaba encastrado mediante una cola de milano tal como podemos ver en la foto inferior izquierda, lo que permitía correcciones de tiro laterales si bien este tipo de operaciones solía llevarlas a cabo un armero provisto de una herramienta que tenía un tornillo para poder apretar y desplazar el punto con precisión micrométrica porque eso de liarse a martillazos no era precisamente la mejor forma de hacerlo. Obsérvese un detalle curioso, y es el fino estriado de la cara trasera del poste donde se asienta el punto. Este estriado tenía como finalidad impedir las reverberaciones habituales cuando se calentaba el cañón o debido a la incidencia directa del sol, lo que dificultaba enormemente la puntería.


La pieza más peculiar de este fusil era el bípode, un trastro de más de 2,5 kilos de peso que se fijaba en una placa metálica colocada bajo el extremo del guardamanos mediante una abrazadera. Como vemos en la foto, el bípode carecía de articulaciones, o sea, no era plegable, y estaba conformado por dos gruesas patas rematadas por dos topes de generosas dimensiones para usarlo sin problema en terrenos blandos, más las dos picas que vimos anteriormente. Para montarlo en el arma se colocaba perpendicularmente a la misma, se encastraba con una pestaña y se giraba hacia adelante, quedando así sólidamente unido al fusil. Como es obvio, sin este accesorio era muy difícil, por no decir imposible, manejar un arma de más de 15 kilos de peso salvo que se dispusiera de un apoyo en forma de sacos terreros, lo que solo sea posible cuando se disparaba desde una trinchera y no desde cualquier cráter en tierra de nadie.


Por otro lado, el bípode tenía una capacidad de giro de 60º en cada dirección para facilitar la puntería sin tener que andar moviendo el arma constantemente. Se habla bastante sobre lo molesto que resultaba el retroceso de este fusil, y que incluso los dos tiradores que formaban el equipo se solían turnar cada 3 o 4 disparos pero, la verdad, eso me suena a la enésima leyenda urbana por varios motivos, principalmente porque el elevado peso del fusil absorbería gran parte del retroceso y, por otro, la fijación del bípode al suelo impedía un retroceso excesivo. Por último, y eso lo puede comprobar cualquiera, en Youtube hay algunos vídeos en los que gráciles señoritas se lo pasan pipa disparando uno de estos chismes sin que en ningún momento muestren algún tipo de molestia, y hablamos de que efectúan varios disparos seguidos. Así pues, dudo mucho que un tedesco fortachón y curtido en tantas batallas acusara tanto el dichoso retroceso. Intuyo, y esto es una mera suposición mía, que eso de turnarse obedecía más bien a compartir el riesgo que suponía asomarse a un parapeto para abrir fuego, momento en que las ametralladoras del carro enemigo o incluso un francotirador apostado vete a saber donde podía volarle la tapa de los sesos.


En cuanto a la munición, se trataba de un cartucho de 13,2x92 mm. TuF (Tank und Flieger, para tanques y aviones) que, además de servir al fusil, estaba previsto para una nueva ametralladora que sería denominada como MG-18, si bien esta máquina no llegó a entrar en servicio. Sus dimensiones podemos apreciarlas en la foto de la izquierda, donde aparece comparado con un cartucho británico de calibre .303 British. El núcleo de la bala de este cartucho seguía siendo de acero endurecido, lo que le daba una capacidad perforante de 25 mm. a 250 metros sobre superficies verticales, lo que tampoco era un problema ya que los carros de la época lo que menos tenían eran superficies inclinadas. 


Tropas británicas ante un T-Gewehr capturado al que su dotación instaló
en una carretilla de circunstancias para facilitar su transporte
El proyectil, con una velocidad en boca de 770 m/seg., desarrollaba una energía cinética de entre unos 17.000 julios, que si los comparamos con los 3.800 de un 8x57 nos permitirá hacernos una idea de la potencia bestial que desarrollaba este cartucho que, por cierto, fue desarrollado por la Polte Armaturen und Marchinenfabrik OHG de Magdeburgo bajo las especificaciones de la Mauser, que tuvo que adquirir maquinaria y utillaje nuevos para poder fabricar el T-Gew ya que la que disponían en sus factorías no servía para manufacturar un arma de semejantes dimensiones. En lo tocante a su eficacia, ya podemos imaginar que no era para tomarla a broma. Si una bala K de 177,5 grains podía herir a varios hombres rebotando en el interior de un carro, pues una que pesaba 750 grains debía ser devastadora.


Tirador alemán protegido por una
sappenpanzer. La foto nos permite
hacernos una idea de las dimensiones
del T-Gewehr, similar a la altura
de un hombre
En fin, este fue el primer fusil anticarro de la historia y, de hecho, el único operativo durante la Gran Guerra. Su producción alcanzó las 15.800 unidades que, si tenemos en cuenta que no llegaron a estar ni un año operativas, fue una cantidad considerable para un arma con un propósito muy específico. Tras la guerra, muchos de ellos  permanecieron en servicio hasta bien entrados los años 30. Posteriormente surgieron otros modelos como el Boys británico, el PTRS 41 soviético o el Pzb 39 alemán, pero con las corazas desarrolladas en aquellos tiempos estas armas solo pudieron actuar eficazmente contra blindados ligeros. No fue hasta la aparición de los lanzagranadas capaces de disparar proyectiles de carga hueca cuando la infantería dispuso un arma anticarro ligera y, al mismo, tiempo, contundente para escabechar los más poderosos blindados enemigos. Pero ese tema ya corresponde a otra época, así que mientras tenga repertorio para la que nos ocupa no hablaremos de ellas. 

Bueno, creo que no olvido nada, así que se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho


Foto de propaganda en cuya leyenda se nos informa que, proveniente del oeste (del frente occidental se entiende) tenemos
un arma construida para destruir tanques