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jueves, 7 de diciembre de 2023

CINE HISTÓRICO: EL ENANO CORSO (DIOS LO MALDIGA)

 

Aún recuerdo lo que me impresionó la primera obra de Ridley Scott, "Los duelistas", filmada en 1977. Su fotografía, el realismo de las puestas en escena y, sobre todo, los duelos a espada que no tenían nada que ver con las sofisticadas coreografías habituales, me fascinaron totalmente. Era tan perfeccionista que sería digna del mismo Kubrick. Esta obra, que era una adaptación de una novela de Joseph Conrad basada en una historia real, es de las que deben ser vistas obligatoriamente por cualquier amante del cine. Sin embargo, da la impresión de que en esta película Scott echó el resto, porque su filmografía en lo referente a cine histórico ha ido perdiendo a mi entender calidad a cambio de espectacularidad. Que sí, que poderoso caballero es don Dinero y tal pero, como siempre digo, tergiversar la verdad sale al mismo precio que decir la verdad, por lo que nunca he encontrado el motivo por el que guionistas y directores vapulean la historia cuando se trata de historias que, por sí solas, contienen las dosis de épica necesarias para entretener sin desinformar o, mejor aún, entretener y, además, enseñar.

Francamente, debo reconocer que no tenía la más mínima intención de elaborar un articulillo sobre esta película porque la vi durante menos de cinco minutos, tiempo suficiente para que me diesen varios vahídos y amagos de ira, pero con tal de dejar constancia de que sigo vivito y coleando, decidí finalmente dar cuenta del escasísimo tiempo de visionado y constatar que, una vez más, se pasan la historia por el forro. De hecho, en el breve tiempo que dediqué a la cinta se perpetran tal cantidad de fiascos que resulta cuasi insultante.

La película comienza con la ejecución de la aborrecida María Antonieta, un hecho del que hay información histórica e incluso gráfica a cascoporro. Se sabe con pelos y señales cómo discurrieron las últimas horas de la desdichada reina, así como de su traslado al cadalso y su ominoso final a manos de Charles-Henri Sanson el 16 de octubre de 1793. La ex-reina estaba recluida en La Conciergerie, un antiguo palacio real reciclado en prisión allá por el siglo XIV. En primera instancia había sido recluida en una celda más que espartana, pero la intentona por parte de elementos realistas por liberarla a finales de agosto de 1793 hizo que la vigilancia se tornase más férrea. Fracasado el complot y para evitar posibles asaltos, fue transferida a una celda donde siempre permanecía custodiada por una guardia, y para darle un mínimo de intimidad se instaló un biombo. La única persona cercana que se le permitió estar junto a ella fue Rosalie Lamorlière. A la derecha podemos ver una de las muchas obras que representan el encierro de la austriaca, que muestra de forma bastante veraz el ambiente donde pasó sus últimos días. El cuadro, obra de Tony Robert-Fleury, data de 1906.

"María Antonieta camino de su ejecución", obra de
François Flameng (1887)
El día de la ejecución se puso un vestido blanco y, a eso de las 10 de la mañana, se personaron en la celda los jueces del tribunal y Henri Sanson, hijo del famoso verdugo, para hacerse cargo de la rea. Tras leerle la sentencia, Sanson le descubrió la cabeza y le cortó el pelo según era costumbre. Se decía que la desdichada pasó tal terror durante los días previos a la ejecución que su cabello rubio se volvió completamente blanco. Una vez pelada se volvió a cubrir con la cofia, y Sanson la maniató. A continuación fue subida a un carromato con una simple tabla apoyada en los varales a modo de asiento, siendo acompañada hacia el suplicio por el abate Girard, que se sentó junto a ella, y por Sanson.

El paseo desde La Conciergerie, situada en la Isla de la Cité, hasta la Plaza de la Revolución, actualmente Plaza de la Concordia, era de unos 2'5 km., que en unas calles literalmente atiborradas de ciudadanos ávidos de morbo, hicieron el trayecto interminable, de forma que cuando llegaron a destino eran alrededor de las 12:00 horas. Parece ser que durante su recorrido, el pueblo permaneció mayoritariamente silencioso. Al cabo, las figuras regias seguían imponiendo cierto temor reverencial aunque fuesen camino a ser descabezadas.

En la ortofoto inferior podemos ver la situación de la cárcel de La Conciergerie en la isla de la Cité y, dentro del círculo mayor, la Plaza de la Revolución. Salta a la vista que no es el rapidísimo paseo que muestra la película.


Una vez ante el patíbulo, María Antonieta bajó del carro y se puso en manos de Sanson padre. La apoyaron contra la plataforma basculante y, con la rapidez habitual en estos casos, fue finiquitada en un periquete. Sanson cogió la cabeza y la mostró al populacho berreando "¡Viva la república!", tras lo cual su cuerpo fue depositado en un burdo ataúd y su cabeza colocada entre las piernas. Cuando todo había concluido, el personal se dispersó y cada mochuelo a su olivo. El cadáver fue enterrado en una fosa común del cementerio de La Madeleine, si bien en 1815 fue exhumado junto al de su marido y depositados ambos en la basílica de Saint Denis, donde se encuentra el panteón de los reyes de Francia.

Bien, grosso modo, esto es lo que ocurre en los primeros minutos de la película que, como ahora veremos, solo se asemejan a la realidad en que la austriaca fue decapitada, pero ya está. El resto, una cagada tras otra aunque, como hemos visto, hay información sobrada para poder recrear tan luctuoso suceso sin necesidad de hacer el ridículo. Veamos...

La acción comienza con María Antonieta despidiéndose de sus retoños en lo que parece un cuarto de plancha o una dependencia del servicio. No se atisba bien porque la escena es muy oscura. De hecho, he tenido que aclarar un poco la imagen para que se vea algo más. En cualquier caso, abraza a sus dos hijos vivos en ese momento: María Teresa, que en esa época estaba a punto de cumplir 15 años, por lo que sería de una mocita de estatura similar a la de su madre, y casi oculto entre las sombras está Luis, el príncipe delfín, que tenía apenas 8. Pero la cosa es que los retoños no estaban en La Conciergerie, sino en el Temple, acompañados por su tía Isabel la cual seguiría el mismo destino que su hermano y su cuñada unos meses más tarde. En resumen, la peli acaba de empezar y ya han perpetrado la primera cagada. Sigamos...


En la siguiente escena, María Antonieta se encarama en el carro y permanece de pie en el mismo, si bien dicha escena es brevísima y no se ve que la acompañe nadie. A continuación aparece la pseudo Plaza de la Revolución que vemos arriba, que más bien se asemeja al patio interior de algún palacio. La plaza era un espacio abierto, como vemos en la ilustración superior derecha, y no un sitio encajonado. Debajo tenemos un apunte al natural tomado por Jacques-Louis David (sí, el famosísimo pintor) en el que vemos a la rea maniatada, pelada y cubierta con su cofia, no como aparece en la película. Ah, observen un detalle chorra: como dijimos anteriormente, la ejecución tuvo lugar a mediodía, cuando el sol cae perpendicularmente. Sin embargo, si nos fijamos en las sombras comprobamos que esa escena se rodó a media mañana o media tarde. Qué fallo más plasta, ¿no? Prosigamos...


La María Antonieta se ha apeado del carro que, en vez de detenerse junto al patíbulo como era preceptivo, se para a una distancia del mismo para que se de un postrero baño de multitudes y, de paso, dejarnos pasmados ante tal cúmulo de memeces cinematográficas. El vestido blanco lo han cambiado por uno negro, que imprime por lo visto más solemnidad a la escena. El pelo cortado se lo han reimplantado, luciendo una espesa melena blanca y muy rizada. Y su rictus de desprecio y arrogancia no cuadra mucho con el de una mujer que pasó sus últimos días en un estado constante de pánico. En cuanto a la plebe, en vez de guardar silencio, se desgañita poniéndola a caldo y arrojándole todo tipo de hortalizas. La escena no puede ser más artificiosa y patética, la verdad. Por cierto, nadie la escolta, nadie la acompaña. Se dirige ella solita hacia la siniestra máquina. Con dos cojones, ¿qué no? Continuemos...


Tras subir las escaleras sin perder ese aire chulesco, como de ramera empoderada camino del juzgado, Sanson la maniata, cosa que ya hizo su hijo dos horas antes. Por cierto que el vestido, según la toma, parece azul a veces y otras negro. En todo caso, da lo mismo porque ya sabemos que era blanco. En el momento de llegar a la plataforma del patíbulo, parece ser que pisó a Sanson y la ex-reina, que era muy educada, le pidió disculpas y le aseguró que lo hizo sin querer. Esto, obviamente, también lo omiten en la cinta porque no cuadraría con la gélida mujer soberbia y arrogante hasta el último hálito de vida. Más cosas...


Esta ya se pasa de castaño oscuro. La guillotina no tiene plataforma basculante, por lo que deduzco que el "experto" y el "asesor histórico" no se han leído mis enjundiosos articulillos sobre estas máquinas. Así pues, lo que nos muestran es a Sanson apoyándole la mano en el hombro para que se arrodille y, a continuación, le recoge el pelo antes de meterle le cabeza en el cepo. Curiosamente, el ayudante del verdugo tarda lo suyo en cerrarlo, como si se atrancase. Sin embargo, ya sabemos que esta operación duraba literalmente fracciones de segundo. Colijo que los "expertos" eran una legión de cuñados, como suele pasar. Veamos qué pasa a continuación...


La cuchilla cae, la cabeza de la Antonieta también, y Sanson la muestra a la plebe, pero no abre el pico. No da vivas a la república ni leches. Pero aún nos deparan alguna sorpresa sumamente sorprendente el Sr. Scott y sus magníficos asesores. Vean, vean...


Ahí tenemos la aparición del enano, que ha acudido a presenciar la ejecución. Nos regalan a un Joaquin Phoenix talludito con sus 49 tacos a cuestas y que se parece al enano lo mismo que un huevo a una castaña. El genocida corso tenía en aquel momento 24 años (véase la imagen de la izquierda, de un retrato de esa época), y era un tenientillo de artillería que no pudo asistir a ninguna ejecución regia porque estaba en Tolón, una población costera en la Occitania donde su familia se había exiliado porque su padre, otrora ardiente defensor de la independencia de Córcega, se cambió de chaqueta y tuvo que salir de naja de la isla. En resumen, el enano no estaba en París el 16 de octubre de 1793. Aquí corté. Mis neuronas se me estaban amotinando, así que opté por encender una varita con aroma a vainilla y poner música sacra ortodoxa, que me relaja una burrada. 

Y ahora, me pregunto: Con tanta inteligencia artificial, tanto programa de edición y tanta gaita, aparte de los hábiles maquilladores de Joligú, ¿tanto trabajo costaba rejuvenecer un poco al Phoenix y, de paso, ocultarle la extraña marca  de nacimiento que tiene en el bigote. ¿Tan difícil era añadirle un poco de caballete a la napia? En fin, criaturas, siento no poder ofrecer un articulillo más enjundioso, pero si en menos de cinco minutos han pateado la historia tropocientas veces y, además, sin necesidad, comprenderán que no me puedo permitir ciertos excesos. El médico me tiene prohibido ir más allá de una pataleta fuerza 3, por si acaso. 

Bueno, ya se pueden hacer una idea de a qué se enfrentan los héroes que decidan ver en su totalidad este bodrio. 

CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM

Hale, he dicho

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Tumba del enano en Los Inválidos, en París. En ese sarcófago marmóreo con aspecto de bombonera rococó guardan la osamenta de uno de los más infames y siniestros psicópatas de los tiempos modernos. Dice mucho de los gabachos el ver como veneran a un criminal, un monstruo, un degenerado sátrapa que llevó a la Europa toda muerte, guerra, miseria, violaciones, asesinatos, profanaciones de iglesias y tumbas, saqueos y un sin fin de fechorías. Los albores del siglo XIX fueron un anticipo de lo que tendría que llegar más tarde de la mano de sus émulos, el ciudadano Adolf, el padrecito Iósif o el camalada Mao Zedong. Y lo más paradójico es que los gabachos, que perdieron miles y miles de hombres en las guerras de este hijo de la gran puta, sean los que más afanosamente lo alaban como un genio de la guerra. El enano no era un genio de nada, era un despreciable asesino que debió acabar ahorcado en el patíbulo de Tyburn o, mejor aún, descabezado como el ciudadano Capeto. Anda y que se vaya al carajo el enano asqueroso ese...


lunes, 17 de abril de 2023

CINE "HISTÓRICO": MEDIEVAL

 

Hacía ya algún tiempo que no disponía de material para elaborar un articulillo sobre cine histórico a ver si, de una puñetera vez, encuentro alguna película que sea histórica de verdad. Tras el monumental desengaño de "Sin novedad en el frente", cuya pésima calidad ha quedado patente al recibir nada menos que cuatro premios Oscar incluido el de "Mejor película extranjera" (¿cómo serían las demás aspirantes?) y candidata a varios más, como el de "Mejor guion adaptado" (un momento, que me da la risa floja... 😂😂😂) de lo que se deduce que el guionista no leyó la novela y se limitó a buscar los personajes en la Wikipedia esa, me he encontrado con esta producción checa que, a la vista de su elenco, parecía prometer. Además, siempre he pensado que el cine europeo se ha visto por lo general más libre de los estereotipos y chorradas de obligado cumplimiento entre los yankees, así que decidí dedicarle un articulillo. En fin, veamos...

Se trata de una película dirigida en 2022 por un tal Pter Jákl, al que no tengo el gusto de conocer. Con un presupuesto de algo más de 20 millones de pavos, es por lo visto la más cara del cine checo hasta la fecha. Algo así como nuestra eximia "Oro", a la que dedicamos un articulillo para comprobar que, como es habitual, tiraron el dinero haciendo un zurullo monumental que pasó con más pena que gloria. La película pretende mostrar los comienzos belicosos de Jan Žižka, un probo héroe nacional bohemio perteneciente a la baja nobleza, fiel seguidor de Jan Huss e inventor del uso táctico de los famosos carros husitas que le permitieron ganar mogollón de batallas a los cruzados y teutones que pretendieron convencerlos de que ser un hereje estaba muy feo. La vida de este hombre, al menos hasta  que cumplió los 40 tacos, es más bien un misterio misterioso porque apenas hay rastro de sus hechos, por lo que imagino que sus primeras décadas en el planeta las dedicó a llevar una vida todo lo apacible que permitían aquellos turbulentos tiempos. 

Una de las muchas estatuas dedicadas a Žižka a lo largo y
ancho de la actual República Checa
Žižka nació hacia 1360, y no fue hasta ya iniciado el siglo XV cuando empezó a dar guerra, nunca mejor dicho. Por lo tanto, tendría unos cuarenta y pocos años en la época en la que se sitúa la acción de la película, edad que casa más o menos con la del actor que lo representa, Ben Foster. Sin embargo, antes de empezar ya nos advierten de que está "basada en hechos reales", frase comodín que permite a guionistas y directores echar mano a un personaje real para hacerlo protagonista de una historia más ficticia que verídica. Uséase, empezamos mal...

La acción tiene inicio en Italia, en 1402. Una voz en off nos informa de que el emperador del Sacro Imperio Carlos IV ha palmado (palmó 24 años antes, en 1378, pero bueno, como está basada en hechos reales...), y que por ello reina el caos. Su hijo Wenceslao, rey de Bohemia, tiene que ir a Roma a ser coronado emperador, pero en ese momento hay dos papas, el romano y el de Aviñón. Por otro lado, para caotizar más el caótico estado del estado, "lord" Rosenberg (sí, "lord", en Bohemia), que en realidad es Jindřich Rožmberka o, para entendernos, Enrique III de Rosenberg, burgrave mayor del reino, pone las peras a cuarto al aspirante a emperador, el en ese momento monarca de Bohemia Wenceslao de Luxemburgo. Sin embargo, las licencias cinematográficas permiten que el Rosenberg siga activo en esa época cuando, en realidad, ya se había retirado de sus movidas y politiqueos en 1402. Ciertamente, la cosa estaba complicadilla por aquel entonces. Tanto, que el hermano del monarca, Segismundo, a la sazón rey de Croacia y Hungría, aparece apoyando a su hermano para que pueda llegar a Roma para ser coronado emperador, cuando en realidad lo había mantenido preso hasta 1403. Parece ser que hicieron las paces, aunque luego se ve que es de mentirijillas y que es un alevoso de tomo y lomo. Por cierto que, en este caso, Rosenberg no miente cuando dice que Wenceslao y Segismundo son medio hermanos. El primero era hijo de Ana Swidnika, tercera mujer de Carlos IV, y el segundo, de Isabel de Pomerania, la cuarta cónyuge imperial. Tuvo en total cuatro mujeres, por lo que hubo un intento de declararlo héroe nacional, pero el hembrismo rampante lo hizo imposible alegando que, en realidad, era un machista franquista heteropatriarcal y blablabla... Bueno, este es más o menos el contexto en el que se desarrolla la película. Ciertamente, la historia medieval de Europa Oriental es bastante desconocida por los de Europa Occidental, y debo decirles que merece la pena estudiarla, aunque sea por encima.

Bien, a lo que vamos... Apenas tardan dos minutos en endilgarnos la primera coz que vulnera el mínimo de rigor histórico exigible. Una cosa es "inspirada en hechos reales" y otra no tener ni idea de nada. Vean:


Mogollón de atribulados villanos se agrupan en una iglesia para rogar a Nuestro Señor que dejen de hacerles la puñeta, pero el director artístico olvidó quitar los bancos, porque en las iglesias medievales nadie se sentaba. El espacio permanecía totalmente despejado, y el personal o se arrodillaba o permanecía en pie. Pero hay más gazapos. Vean las cabezas de algunas mujeres, que aparecen descubiertas. Hasta hace pocas décadas, las mujeres debían acceder a los templos con la cabeza pudorosamente cubierta, aunque fuese por un mínimo velo. Para más recochineo, vemos hombres cubiertos. En fin, cabe suponer que en la Bohemia medieval regían otras normas. Y, por último, vemos que los atribulados villanos escuchan devotamente al cura que se vislumbra en el púlpito, al fondo a la izquierda. El director artístico tampoco sabría que el espacio entre el altar y el coro estaba reservado a la nobleza, ergo vedado a los atribulados villanos que, en realidad, ni siquiera veían al cura mientras oficiaba ya que se colocaban tras el coro o, si acaso, en las naves laterales si la iglesia las tenía. Para llevar dos minutos justos de película, la cosa promete.

En cualquier caso, se insiste especialmente en lo caótico del caos reinante en el reino y en que los probos villanos son puteados bonitamente por todo quisque. Para que nadie ponga en duda lo mal que estaba el patio, nos ofrecen una vista de pájaro desoladora:


Aldeas arrasadas, cadáveres por doquier y las humaredas habituales que no se sabe de qué incendio proceden, porque de una ciudad arrasada tiene un pase, pero esas fumarolas campestres como que no tienen mucho sentido. Pero, cuando apenas han pasado unos segundos tras el espectáculo eclesial, nos encontramos con el siguiente gazapillo:


En la imagen principal tenemos un time lapse de esos (¿por qué carajo no dirán "salto en el tiempo"?) , en el que aparece el cortejo de un personaje ficticio, un tal "lord" Boresh al que da vida un siempre convincente Michael Caine. Lo escolta una pequeña tropa liderada por Žižka, y se dirigen al castillo de Křivoklát, un edificio que, aunque originario del siglo XII, a lo largo del tiempo ha sufrido, como es habitual, mogollón de reformas. De hecho, el actual se parece muy poco al que existía hace 300 años, y más si consideramos que un incendio lo perjudicó bastante en 1826. En el detalle pueden ver una foto de principios de los 60 del pasado siglo que muestra cómo la torre principal está rodeada de andamios a causa de las obras llevadas a cabo para su reconstrucción... tardía. En Chequia hay mogollón de castillos con un aspecto más medieval, pero eligieron este no sé por qué. En todo caso, con este dato ya pueden darle la tarde a sus cuñados por si se animan a ver la peli, que creo que la distribuye Necflisss.

Antes de llegar al castillo, el cortejo de "lord" Boresh se cruza con más atribulados villanos que contemplan atemorizados la presencia de hombres de armas por si estos vienen a rematar a los pocos que quedan vivos. Y aquí, en el minuto 02:37, me llevo el primer sobresalto importante:


Díganme si son figuraciones mías, pero creo que no. ¿Qué carajo pinta ahí ese probo recogemuertos melanino? Porque su piel no concuerda con la de los bohemios del siglo XV, ¿verdad? ¿O es un inmigrante ilegal? Dudo que nadie emigrase a una Europa caótica, y menos para recoger carroña humana. En fin, soy benevolente y concedo el beneficio de la duda. Seguro que el probo recogemuertos melanino es un esclavo proveniente del imperio otomano, y aceptamos también a los pulpos como animales de compañía.

Apenas un minutillo más tarde y tras el caótico introito para ponernos en contexto, nos informan que la acción comienza en Italia (que no existía en aquella época), en 1402. La escena del castillo se supone que es la siguiente a la batallita que va a tener lugar, por lo que en vez de en carros y caballos debían viajar en un cohete para llegar tan pronto desde Italia (se supone que la del norte de la actual Italia, cerca del Tirol) a Bohemia, más concretamente a Praga. Y empiezan la sucesión de cagaditas majestuosas:


Ahí tenemos al protagonista, Jan Žižka, remojándose la jeta a pesar de que, por la indumentaria del personal, no parece que haga calorcillo. Y ya podemos comprobar que los expertos en indumentaria medieval brillan por su ausencia y han sido sustituidos por auténticos "expertos" que se dejan llevar por los estereotipos cinematográficos de siempre: las muñequeras que jamás se ven en una sola ilustración medieval, esos mitones que tampoco nadie ha visto jamás y, por supuesto, el cacho de armadura sujeto al hombro en plan gladiador romano. Curiosamente, algo similar a lo que vimos en "Oro". Solo tienen verosimilitud la brigantina y el brazal izquierdo, que en esa época formaba parte de las armaduras y consistía en una pieza de cuero hervido protegido por unas pletinas de hierro que impedían que un tajo diese con el brazo en el suelo.

Pero la cosa no queda ahí, no... Observen el careto del pseudo-Žižka. ¿Cuántos ojos tiene? Dos, dirán sus cuñados, dando por sentado que tener más daría repeluco aparte de ser bastante inusual. Pero, en este caso, la cosa es que en aquella época Žižka tenía ya solo uno. De hecho, cuando se desarrolla la acción, nuestro hombre llevaba ya unos 30 años tuerto, a pesar de lo cual no se supo hasta 1910 qué ojo era el averiado. Los escasos datos sobre su persona solo afirmaban que le faltaba un ojo, pero no decían cuál. Por ese motivo, en las representaciones gráficas de todas las épocas aparece indistintamente tuerto del derecho como del izquierdo. Sin embargo, en la fecha citada apareció en una cripta de la iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Časláv, una pequeña ciudad situada en Bohemia Central, la parte superior de un cráneo que, tras ser estudiado, se aceptó que pertenecía a Žižka. Al parecer, tras su muerte a causa de peste bubónica en octubre de 1424, su cadáver fue trasladado a esta ciudad, donde permaneció sin que nadie lo supiera hasta el hallazgo.

La calva de Čáslav
Tras realizarse un examen forense del cacho de cabeza y viendo que, en efecto, el arco superciliar mostraba restos de una lesión en vida, se consideró que no podía ser de otro que el de Žižka. La čáslavské kalvy (calva de Časláv) permitió comprobar que dicha lesión se produjo a una edad muy temprana, antes incluso de que el desarrollo físico del sujeto hubiese concluido. Se concretó que el percance lo sufrió entre los 10 y los 14 años, y que se debió a una herida producida con un arma blanca que, aparte de chingarle el ojo, le desplazó la órbita del mismo unos 3 mm. hacia abajo y le desvió la nariz hacia el lado izquierdo de la cara. Por lo demás, la vida "activa" de Žižka empezó un poco más tarde, hacia 1407, cuando se enroló en la pequeña mesnada de un tal Matěj vůdce (Mateo el líder), que no era sino una banda de forajidos o algo así, motivado por sus escasos medios económicos de hidalgo venido a menos. Anteriormente, lo que se sabe de él es poca cosa, limitándose a algunas referencias en documentos de propiedad y su matrimonio con una tal Kateřina, con la que debió casarse hacia 1384. Bueno, el que quiera saber más sobre la vida y obras de este fulano, pues que rebusque y se ilustre. Aquí nos limitaremos a señalar los gazapos peliculeros, que no son pocos. Prosigamos.

Tras una breve pero sangrienta batallita inicial, de esas tan de moda donde se hace un gran despliegue de violencia y de sangre salpicando a la lente de la cámara, podemos admirar la fidelidad histórica de la indumentaria de sus alegres y feroces homicidas. Véase:


Más de lo mismo. Arriba tenemos al fiero energúmeno cascarrabias que siempre empuña un arma descomunal, en este caso un berdiche, y que va vestido con una especie de casaca sin mangas forrada de chapitas. Y, por supuesto, con unas muñequeras molonas que siempre son bien recibidas. Debajo tenemos a otro, este sin chapitas ni leches pero, como no podía ser menos, con las sempiternas muñequeras ajustadas a sus poderosos antebrazos con unas correítas. Es algo que me supera. Hay miles de testimonios gráficos de la época para saber con toda exactitud cómo vestían los BELLATORES de la Europa toda, hay infinidad de grupos de probos ciudadanos recreacionistas que se entregan en cuerpo y alma a conocer con el más mínimo detalle hasta el color de los gayumbos medievales, pero los diseñadores de vestuario cinematográficos siguen en la inopia con los mismos cánones de hace décadas y no los mueven ni un milímetro. Conclusión: no saben un carajo de nada.

Otra perpetración histórica la tenemos en la persona de "lady" Katherin. Es esa gentil señorita aupada a horcajadas en un penco con pinta de moribundo. Supongo que no tuvieron tiempo de caer en la cuenta de que las mujeres montaban a la amazona, y por lo general en mulas, más mansas y dóciles que los caballos.


Esta "lady" Katherin, pseudo-hija del rey de Francia, es la prometida de Rosenberg, que es el fulano que vemos junto a ella. Sin embargo, la única hija llamada Catalina de la abundosa prole de Carlos VI, el rey de Francia por aquel entonces, había nacido en 1402, y fue emparentada en 1420 con Enrique V de Inglaterra. En todo caso, como la peli está basada en la realidad, cuando ve que su pseudo-prometido Rosenberg es peor que un cuñado y tiene las de Caín, pues se enamora de 
Žižka, pero el cruel destino les impide culminar sus amoríos porque ella palma tras arrojarse a un río y darse una severa costalada en un risco antes de llegar al agua. Žižka la rescata, pero debió quedarse bastante perjudicada porque muere en sus brazos. En fin, un pseudo-idilio similar al de Isabel de Francia con William Wallace en "Braveheart". Poner en las pelis un amor imposible siempre hace derramar alguna lagrimilla al personal, y eso motiva mucho. En todo caso, ya hemos dicho que Žižka estaba casado con una tal Kateřina, de la que imagino habrán sacado el personaje ficticio. Rosenberg tuvo en realidad dos cónyuges, Barbora de Schaunberg y Eliška de Kravař, y pasó a mejor vida apenas diez años después de la época en que transcurre la trama. Por cierto, el tipo que aparece a la izquierda lleva en su cota de armas el blasón de los Rosenberg, una rosa roja en campo de plata. Aquí, al menos, se han preocupado de bichear en San Google.

En fin, había transcurrido apenas un cuarto de hora desde que comenzó la película y ya sentía como severos sarpullidos me empezaban a provocar una irritante picazón. Pero todo lo visto, incluyendo al pseudo-otomano o lo que fuera, se quedaba en nada ante esto:


Sí, más melaninos, y uno de ellos con un corte de pelo extremadamente exótico, como una especie de punky medieval. Según comenta el malvado Rosenberg, se trata de "reclutadores" del rey Segismundo, que contrata personal a la fuerza para nutrir la escolta que deberá proteger a su hermano Wenceslao cuando pueda partir hacia Roma. Y digo yo, ¿quién se sentiría seguro con una escolta formada por atribulados villanos obligados a servir como guardias? En fin, esto me superó. 

¿Se puede tachar a alguien de racista solo por caracterizarse de
una determinada raza? Cansa ya tanto ofendidito...
La obsesión por meter ciudadanos de otras razas en contextos donde no pintan absolutamente nada, obligados por la abyecta corrección política que nos tiraniza a diario, es más de lo que puedo soportar. Eso sí, nadie exige ni protesta porque en una peli ambientada en el Egipto faraónico no aparezcan ciudadanos rubios de ojos azules, pero ahora te meten un negro hasta en la sopa. Me expliquen: ¿qué leches pinta un negro en la Bohemia del siglo XV? De verdad, esto ya pasa de castaño oscuro. Ponen a Denzel Washington haciendo de MacBeth y nadie dice ni pío, pero a un profesor de literatura yankee lo pusieron de patitas en la calle por proyectar durante una clase el "Otelo" que filmó Laurence Olivier en 1965 y donde, por razones obvias, se maquilló para darle a su jeta el aspecto de un negro porque el "moro Otelo" era un probo melanino subsahariano, antes negro a secas. Los orcos de la nueva secta lo tacharon de racista, fascista y xenófobo de inmediato, y no pararon hasta que lograron que lo echaran. Y menos mal que pararon ahí y no les dio por exhumar los restos del eximio actor y esparcirlos o echarlos a los perros. Por cierto, Orson Welles también hizo de Otelo en una cinta anterior, rodada en 1951, y también se caracterizó como "moro", pero en esta se notaba menos porque se rodó en blanco y negro.

En fin, ahí lo dejé. Siento no poder continuar, pero me negué en redondo a auto-inmolarme con el visionado de este bodrio de dos horas que, según las críticas, tiene un guion más inconsistente que una ameba con diarrea. Solo añado una fotillo más, de una secuencia que pillé poco antes del final para ver los créditos y tomar nota de los perpetradores del cagarro. En la misma podemos ver un vozová hradba, literalmente "muro de vagones", los famosos carros husitas de los que ya hablamos en su día y que tanto éxito tuvieron. 


Y ahora, los irredentos de turno se rasgarán las vestiduras y me pondrán a caldo por ser tan mijitas y no pasar la más mínima licencia pero, como siempre afirmo, el cine debe ser una herramienta para cultivar a la gente, no para desinformar, y se puede cultivar sin tener que destrozar la historia y más cuando, como en este caso, no hace falta destriparla porque ya fue de por sí apasionante. Mucha gente, más de la necesaria, toman como artículo de fe todo lo que ven en una pantalla, y si su ignorancia no les permite distinguir lo falso de lo verdadero, jurarán por sus muelas que en Bohemia había negros en el siglo XV o que Žižka perdió el ojo pasados los cuarenta. Que sí, que hablamos de un producto de divertimento, pero entonces que no digan "basado en hechos reales", sino "historia inventada de cabo a rabo usando personajes reales", y así pierden también la oportunidad de hacer una película que ilustre al personal, que falta le hace.

En fin, criaturas, se siente, pero si 15 minutos me han dado para rellenar esta filípica, imaginen lo que serán ocho veces 15 minutos. Como para vaporizarle el cerebro a un escarabajo, vaya. 

Bueno, s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

Captura tomada de San Google donde vemos a Žižka dándose estopa con el malo maloso. Observen que, además de una maza barrada, empuña una daga de detener, una rompe-espadas como las que mostramos en su día, cuando se habló de la Verdadera Destreza inventada en España un par de siglos más tarde. Tras él, una belicosa "lady" Katherin empuñando un puñal no sé con qué aviesas intenciones. Y, por cierto, ni Žižka, ni ninguno de los miembros de su alegre banda de homicidas, ni, en resumen, ningún personaje masculino del bodrio usan calzas. Todos llevan unos pantalones de cuero molones que aún estaban por inventar. Y luego me preguntan que, si me gusta tanto el cine, por qué no piso ni uno hace más de veinticinco años



miércoles, 27 de julio de 2022

CINE BÉLICO. "CABALLO DE BATALLA"

 

Fotograma de la briosa carga protagonizada por los british (Dios maldiga a Nelson) que será el tema de esta entrada porque, la verdad, fue lo único que medio me llamó la atención de esta película

Como todos los años, el jodido infierno ha subido a la tierra. Sales reptando de la piltra con las sábanas pegadas, te metes bajo el grifo y el agua sale caliente por mucho que le des a la fría, y antes de proseguir voy un momento al patio a regarme un poco, no sea que la sesera se me cueza en su propio jugo y deje inconcluso este articulillo. Ahora vuelvo...

Ya'tá. He conseguido bajar mi temperatura corporal 0,7 grados, lo que es todo un logro para no ser aún mediodía. Bueno, a lo que vamos.

Esta cinta, cuyo título original es "War horse" (por una vez no han traducido el título con otro que no tiene nada que ver) fue dirigida en 2011 por Steven Spielberg y, para qué mentir, me pareció una chorrada propia de críos. Sí, ya saben de esas para tenerlos callados toda la tarde con un maratón peliculero que incluya E.T. y la saga completa de la Guerra de las Galaxias en la que, por cierto, nunca hubo galaxias enfrentadas, sino los buenos bondadosos contra los malos malosos. El guion es más previsible que las perversas ideas de un cuñado, y el final es tan feliz que, cuando por fin aparecen los créditos, tienes que salir echando leches a dar de vientre de lo estomagante que es; observen el subtítulo: "separados por la guerra, probado en batalla, unidos por la amistad". No deja lugar a cualquier tipo de duda, ¿verdad? Pero bueno, ya saben que nunca hago críticas cinematográficas porque para gustos, colores, por lo que nos limitaremos a vapulear la que, a mi entender, podría haber sido la única escena aprovechable de la película sino se la hubieran cagado de forma inmisericorde, lo que tampoco es nada nuevo en la industria del cine.

Un escuadrón del 20º Deccan Horse en las cercanías de
Bazentin-le-Petit. Este regimiento estaba armado con lanzas 
Bien, la carga en cuestión es totalmente ficticia, lo que no es óbice para realizarla conforme a los cánones. El que no haya sido un hecho histórico no debería ser motivo para tomarse las "licencias artísticas" habituales, si bien eso ya sabemos que es la norma. Según la trama, esta acción se desarrolla nada más empezar el conflicto en las cercanías de un lugar llamado Quiévrechain, un pueblecito pegado a la frontera de Bélgica en el que lo único que encontramos relacionado con la Gran Guerra son las tumbas de seis canadienses que palmaron entre los día 5 y 7 de noviembre de 1918, cuando quedaba menos de una semana para que terminase el conflicto, y uno de ellos, según reza su lápida, entregó la cuchara el día 14, cuando hacía 72 horas que la paz reinaba en el mundo. Con todo, por su ambientación creo que podrían haberse inspirado en la batalla de Bazentin, librada el 14 de julio de 1916 en el contexto de la ofensiva del Somme. Hablamos de parte de un conjunto de operaciones dentro de las cuales el 20º Rgto. Deccan Horse de Ejército Indio realizaron una carga contra las tropas alemanas que ocupaban el bosque de Foureaux, conocido por los british como High Wood. Y digo que se quizás se inspiraron en esta movida más que nada porque la ambientación es similar a la de la batalla en cuestión: zona despejada dedicada al cultivo de grano y malvados tedescos agazapados en un bosque tenebroso con mogollón de ametralladoras.

Bien, la parte que nos interesa comienza en un sembrado donde el escuadrón al mando del mayor Jamie Stewart, interpretado por un Benedict Cumberbatch que es tan inglés que tiene una pinta de oficial inglés acojonante, ordena a sus muchachos auparse en sus pencos. Para no llamar la atención del enemigo, se han aproximado desmontados. Así pues, montan y, tras desparramar la mirada para ver que nadie ha decidido colocar el caballo al revés y largarse del campo del honor, da la orden de desenvainar. A continuación, ordena al escuadrón ponerse en marcha. Hasta aquí, todo muy bien y muy reglamentario.

El mayor Stewart da la orden de avanzar. Empieza la fiesta.

Uniformes, arreos y armas son correctos. En este caso, el fulano encargado de alquilar el atrezzo no la ha cagado. De hecho, incluso ha tenido la gentileza de ofrecernos un detallito: la espada de los oficiales presenta un acabado distinto al de la tropa. Abramos un paréntesis para hablar de las espadas, aunque sea de forma somera, porque siempre es un tema gratificante y, además, así matamos dos pájaros de un escopetazo: contamos la carga cutre y aprovechamos para dar un repasillo espadero, que hace meses que no hablamos de nada similar.

Desde finales del siglo XVIII, la caballería british ya seguía la pauta habitual que se desarrolló durante los años siguientes: la caballería ligera estaría armada con sable y la pesada con espada. En el primer caso, el modelo adoptado fue obra del mayor general John Le Marchant, un sesudo militar que, contrariamente a la mayoría de los mandamases de la época, se preocupaba de pensar y analizar las cosas, y no dejarse llevar por tradiciones y prejuicios. 

Sable modelo 1796. Obsérvese la ancha acanaladura que recorre las caras de la hoja en casi toda su longitud con el fin de aligerarla de peso. A pesar de su aspecto masivo, el peso total del arma era de 960 gramos, y el largo de la hoja de 84 cm.

Le Marchant, junto con la colaboración de un maestro espadero de Birmingham llamado Henry Osborn, diseñó el sable modelo 1796, un arma con un poder devastador ya que, aparte de su acusaba curvatura, la hoja se ensanchaba hacia el tercio débil de forma que su contundencia aumentaba al descargar el golpe. Para entendernos, al estar el centro de gravedad desplazado hacia la punta, la energía cinética que acumulaba ese chisme era tremebunda. Podemos asimilarla al efecto de los machetes cañeros, mucho más anchos por la punta que por la base. De hecho, Le Marchant estaba tan ilusionado con su creación que propuso que fuese el modelo adoptado por toda la caballería, pero los mandamases lo tenían claro: la caballería pesada debía estar armada con espadas.


El diseño elegido estaba al parecer inspirado en la pallasch modelo 1769 reglamentaria de la caballería austriaca. Solo se diferenciaban en las guarniciones, pero la hoja, que es la madre del cordero, era la misma. Como vemos en la foto superior, no tenía nada que ver con las espadas usadas por la caballería de línea gabacha, considerada como la más poderosa de la época. Su hoja, de 89 cm. de larga y recorrida por una ancha acanaladura, terminaba en una punta inclinada y con un desarrollo un poco más ancho en el extremo final de la misma. Tiene pues una curiosa similitud con el sable de Le Marchant, que parece talmente esta espada tras haber sido recurvada. La cosa es que esta arma permitía a sus usuarios herir tanto de filo como de punta, y al parecer no era raro que cada cual diese su toque personal a la hoja para adaptarla a sus preferencias. Era pues frecuente que esa punta parecida a la de un machete fuera eliminada y sustituida a golpe de piedra de amolar por una simétrica, más adecuada para los aficionados a pinchar en vez de a cortar.

Cuando pudieron enviar al enano a reventar en cámara lenta a Santa Elena, los british empezaron a rumiar si no sería más práctico diseñar un arma con capacidad para herir de corte y de filo, lo que obviamente simplificaría enormemente la fabricación y distribución de armamento a todas las unidades de caballería independientemente de que fueran regimientos de caballería pesada o ligera. 


La criatura resultante de esta nueva doctrina pueden verla en la foto superior. Se trata del modelo 1821, un sable cuya mínima curvatura pretendía cumplir las dos funciones: herir de filo y de corte. Para lo primero, la hoja casi recta con el tercio débil vaciado a dos mesas y afilado por ambas caras facilitaría asestar estocadas rotundas, y para lo segundo bastaría, al menos en teoría, la curvatura de la hoja, provista de dos acanaladuras en los dos primeros tercios. Sus dimensiones eran similares a las de sus antecesoras, hoja de 81 cm. y un total de 96'5 cm. Las guarniciones, formadas por tres gavilanes, estaban concebidas para proporcionar una mayor protección a la mano del jinete pero, sin embargo, su masa no podría igualar la contundencia del modelo 1796. En todo caso, se acabó imponiendo esta nueva doctrina.

En 1853 se introdujo un nuevo modelo que, básicamente, era un sable modelo 1821 sobredimensionado y con una empuñadura más sencilla formada por dos cachas de cuero cuadrilladas y sujetas mediante cinco remaches en la espiga enteriza, o sea, tenía el mismo ancho que la hoja, lo que aumentaba notablemente la solidez del arma. 


La guarnición era similar, con tres gavilanes, y la hoja tenía el mismo diseño que su antecesora, con un contrafilo romo en el tercio débil y el resto del lomo cuadrado. Como ya podemos suponer, este sable era más pesado que el modelo 1821, alcanzando los 1.100 gramos. La hoja tenía una longitud de 91 cm., una anchura de 35 mm. y una longitud total de 107 cm. Cuando los british se largaron a Crimea a contemplar la majestuosa aniquilación de la Brigada Ligera en Balaklava, la distribución de este modelo aún no se había completado, y un número indeterminado de jinetes aún portaban el modelo 1821, lo que tampoco supuso ningún problema cuando los cañones rusos les dieron estopa en cantidad mientras avanzaban por el valle de la muerte por obra y gracia del controvertido mensaje del capitán Louis Nolan.

Bien, esta sería grosso modo la evolución de las armas de caballería durante el siglo XIX, llegando a las postrimerías del mismo sin que, en realidad, el concepto de sable "todo uso" hubiese llegado a mostrarse verdaderamente eficaz, cuando no francamente desalentador. En 1903 se formó una comisión formada por altos mandos de la caballería british que, tras mucho discutir, debatir y trasegar güisqui en cantidad, llegaron a la conclusión de que lo más idóneo era diseñar un nuevo prototipo universal destinado a herir exclusivamente de punta, uséase, una espada. Como no podía ser menos, los archiconservadores protestaron vehementemente, afirmando que el concepto de espada-sable era el más adecuado si bien los mandaron a paseo, que para eso los principales defensores del nuevo diseño eran los generales Haig y French. 


El prototipo resultante podemos verlo en la foto superior. Era una espada provista de una generosa cazoleta y una empuñadura muy ergonómica que facilitaba enfilar el arma hacia el enemigo con más comodidad. La hoja, larga, gruesa y angosta, tenía una sección en T, por lo que era muy rígida. De ese modo se limitaba el típico combado que sufrían estas armas cuando se clavaban en los miserables cuerpos de los miserables enemigos. Tras dar la comisión el visto bueno, en 1904 se ordenó la fabricación de 200 unidades que fueron distribuidas a varios regimientos para que la probasen a fondo e informaran acerca de sus opiniones cuanto antes, que la siguiente guerra ya estaba en camino. Aunque salieron a relucir los protestones de siempre que nunca están conformes con las novedades, lo cierto es que el prototipo causó una impresión bastante buena, y más si lo comparaban con los sables al uso hasta aquel momento.


No obstante, ya sabemos que los militares nunca están contentos dando el visto bueno tras formar una comisión, así que dos años más tarde se formó otra, en esta ocasión dirigida por el general Sir Henry Scobell, un prestigioso militar que había desarrollado su carrera en diversas unidades de caballería y había participado en los violentos cambios de impresiones entre british y boers antes de regresar a su isla mohosa en 1902. Scobell optó por hacer un estudio detallado de las armas en servicio más los prototipos en desarrollo, llegando a probarse nada menos que 16 modelos diferentes para, al final, volver al principio de la película ya que la comisión concluyó con que el diseño más adecuado era el de 1904, pero con una pequeña modificación consistente en dotar la hoja de filo por si surgía la ocasión de asestar un tajo. La criatura resultante fue el modelo experimental 1906, cuyo aspecto podemos ver en la foto superior. En resumen,
 la comisión de Scobell básicamente se dedicó a corroborar lo que ya había dictado la comisión anterior y a beberse el güisqui que les había sobrado. Se lo tomaron con calma, porque la puñetera comisión no dio su veredicto hasta 1908.

Como podemos apreciar, aparte del detallito del filo se modificó la empuñadura haciéndola menos inclinada y dotándola de un abultamiento en el pomo para equilibrarla mejor. Se encargaron cuatro prototipos a las firmas Wilkinson Sword y Robert Mole & Sons para hacer más pruebas y, de paso, dirimir quién sería el que ganaba el concurso. El diseño final fue el de Mole, que debió ponerse muy contentito por haberle echado la pata a la omnipresente Wilkinson.


Y arriba vemos el diseño definitivo que fue bautizado como modelo 1908. Como vemos, la hoja, con una longitud de 89 cm., era literalmente una aguja con un tercio débil vaciado a dos mesas para favorecer la estocada. En teoría, y cabe suponer que para contentar a los irredentos del sable, la mitad de la hoja, concretamente 18 pulgadas (46 cm.), deberían estar afilados. Pero no hay que ser un experto en la materia para deducir que una hoja con esa morfología no podría cortar ni un pepino por mucho que la afilaran. De hecho, incluso la ergonomía de la empuñadura era la menos adecuada para descargar tajos con ella, e incluso la habían provisto de un rebaje para apoyar el pulgar, precisamente para facilitar el empuje. De hecho, la nueva doctrina especificaba que "...cada hombre debe cabalgar hacia su oponente a toda velocidad con la determinación de atravesarlo y matarlo". Uséase, que de rebanarle el pescuezo nada. Pincharlo como una aceituna de martini y dejarlo en el sitio.

En la foto de la derecha podemos ver con detalle la empuñadura. Era un bloque de una sola pieza de madera (también se fabricó de caucho) por cuyo interior transcurría la espiga, que estaba remachada en el casquillo del pomo. Como se puede apreciar, ambas caras y el apoyo para el pulgar estaban finamente cuadrillados. Si observamos la parte inferior, un saliente permitía apoyar también el dedo índice, lo que hace más que evidente que esta espada estaba concebida para empujar y no para golpear por mucho que los conservadores se empeñasen en que eso de filetear al enemigo era lo más guay. En cuanto a las guarniciones, estaban formadas por una amplia cazoleta de acero que cubría totalmente la mano. La cara anterior estaba rebordeada para reforzarla contra golpes del adversario, y en la unión con el casquillo podemos ver el ojal para el fiador. Por lo demás, carecían de grabados o distintivos regimentales. Lisa, monda y lironda. Añadir solo que delante de la cazoleta llevaba un guardapolvo en forma de disco de piel de vacuno, como era habitual en muchas armas de la época.


La vaina, que podemos ver en la foto superior, era bastante simple. Fabricada de acero, carecía de batiente y bajo el brocal vemos dos anillas soldadas sobre una base. Estas anillas servían para fijarla a un tahalí cuando el soldado no cabalgaba. Cuando se portaba en la silla, se sujetaba a la bolsa de herrajes como vemos en el detalle de la derecha. Por cierto, tanto la cazoleta como la vaina se pavonaron para evitar reflejos.

Sin embargo, el modelo de oficiales aún no existía. Ya sabemos que los mandamases deben portar un arma más chula que la tropa, y mientras se aclaraban qué pijaditas añadirle siguieron usando mayoritariamente el modelo 1853 que usaron sus padres en Crimea. Finalmente, en 1912 se procedió a la fabricación de la espada para la oficialidad que solo se diferenciaba de la de tropa en las guarniciones y los acabados de la hoja.


Ahí la tenemos. Como se puede ver, la empuñadura era más lujosa, forrada de piel de lija y rodeada de un torzal de alpaca. El pomo y la cazoleta estaban decorados con motivos florales, así como el recazo de la hoja. Obviamente, había muchas variaciones tanto en cuando los oficiales tenían que pagarse su propia espada, por lo que se admitían pequeños cambios en la decoración, lo mismo que en el fiador. Así mismo, se diseñaron dos vainas: una enteramente fabricada de acero niquelado y provista con brocal, batiente y dos abrazaderas con sus respectivas anillas para usarla en movidas de gala ya que en esos eventos se llevaba colgando del ceñidor. Abajo tenemos la vaina de campaña, fabricada de madera y forrada de cuero color avellana. La única pieza metálica que llevaba era el brocal para no dañar la vaina al enfundar o desenvainar la espada. En este caso se llevaba suspendida de la silla, unida a la bolsa de herrajes.


Ahí vemos al valeroso capitán Nicholls aprestando a Joey, al penco protagonista- en realidad se usaron 8 para representar el animal adulto, 4 para su época de potro y 2 como potrillo-, poco antes de empezar la fiesta. En primer término podemos apreciar la empuñadura de su espada suspendida de la silla. Obsérvese el lujoso fiador que lleva prendido a la cazoleta, rematado con una bellota de hilo de oro. También podemos ver, aunque la foto es bastante birriosa, la decoración de la misma y el torzal que envolvía la empuñadura de piel de lija. Espóiler: en ese momento, al capitán Nicholls le queda menos vida que a un pavo un 25 de diciembre a las 8 de la mañana. Cerramos el paréntesis espatario.

Bien, ya creo que hemos aprendido todo lo necesario para conocer de forma básica la historia de la espada que veremos en la peli la cual, como no podía ser menos, fue considerada por los british como "la espada de caballería mejor concebida del mundo", y eso que no tienen abuela. En fin, no merece discutir memeces de isleños que supuran arrogancia por cada poro de sus cuerpos ahítos de pasteles de riñones. Procedamos pues a narrar la dichosa carga, que llevo dos horas dándole a la tecla y aún no hemos empezado en serio.

1ª chorrada: La acción se lleva a cabo contra un campamento tedesco asentado en un prado verde inglés. Los tedescos, que deben pensar que la paz reina en el mundo, no se han preocupado de poner centinelas o de formar algún tipo de obstáculo en prevención de un ataque enemigo. Simplemente dormitan en sus tiendas de campaña o aprovechan para rasurarse sus jetas germánicas. En la foto 1 vemos como el escuadrón del mayor Stewart emerge de un campo de mies madura. Sin embargo, en la foto 2, donde dos atribulados tedescos se asoman alarmados por el fragor de la caballería, se ve como los caballos chapotean en un prado totalmente anegado. Algo no cuadra. Estamos en el mes de agosto y ha caído agua a mares. Qué suerte, carajo. Aquí no cae una gota hace meses...

2ª chorrada: Observen la foto 3, que nos muestra una vista aérea del escuadrón avanzando contra el campamento. Los tedescos, que por norma son además de los malos los tontos de las pelis de guerra, no se han preocupado ni de tender un mísero alambre de púas ni de poner un solo centinela. La foto 4 muestra la desbandada general cuando se percatan de que mogollón de british a caballo se abalanzan sobre ellos. Primer plano con mensaje vegano: menú superguay con patatas, zanahorias y demás cositas sanas. De carnaca y grasas saturadas, nada de nada. Dos detalles a recordar: uno, observen la distancia entre el regimiento que avanza a galope tendido y el campamento. Dos, la distancia entre los tedescos y el bosque del fondo, hacia donde correrán en busca de refugio. Y una cosa más: las tiendas de campaña. Por aquel entonces, hacía ya bastante tiempo que usaban el Zeltbahn modelo 1893. Para los que desconozcan qué es eso, pues básicamente cachos de tela abotonada que cada guripa llevaba consigo. Se unían los de varios guripas y ya tenían tienda de campaña. Ya hablaremos de ellos un año de estos.

3ª chorrada: Vean la foto 5, en la que el mayor Stewart se dispone a filetear a un tedesco, y encima a contramano. Si repasan unas 366 veces la escena de la carga, no verán una sola estocada, y eso que, como hemos repetido antes, la puñetera espada modelo 1908 se diseñó para pinchar. Para más inri, si estoquear a un objetivo situado a una cota inferior y a trasmano ya es complicadillo, observen la postura forzada del mayor, que lo más que hará será provocar un corte de escasa profundidad porque para que un tajo sea resolutivo hay que asestarlo de arriba abajo o de izquierda a derecha, y no de atrás hacia adelante y, encima, galopando aupando en un penco. En resumen, todos los primeros planos en los que se abaten tedescos son similares: tajo de atrás hacia adelante. ¿El motivo? Vean la foto 6. Esa escena se rodó con una cámara instalada sobre el techo de un Mercedes que rodó paralelamente a los jinetes por su izquierda. Si lo hubieran colocado al revés, se podrían haber captado las mismas escenas pero bien planteadas, es decir, con los jinetes enfilando a los enemigos y pasándolos de lado. ¿Por qué lo hicieron así? Vete a saber... Quizás a los especialistas les resultaba más fácil disimular un tajo visto desde delante, de forma que así no llegaban siquiera a tocar al que tenía que hacer de tedesco-víctima porque su cuerpo tapaba el tajo ficticio y no se veía que, en realidad, la hoja de la espada pasaba lejos de su persona. Sea como fuere, acabamos con la historia de siempre: las licencias priman sobre la realidad y la fidelidad, lo cual se me antoja aún más absurdo tanto en cuanto los procesos de edición permiten realizar virguerías visuales de todo tipo.

4ª chorrada: ¿Se acuerdan de lo de la distancia entre jinetes y campamento y entre tedescos y bosque, no? Pues en la foto 7, esta distancia incluso ha aumentado, y eso que los caballos suelen correr a una velocidad bastante superior a la de un homínido por mucho canguelo que sienta. Y no solo eso sino que, en un alarde de adiestramiento, un escuadrón totalmente desorganizado al tener que esquivar las tiendas de campaña y tal se ha reagrupado y vuelven a atacar en masa en dirección al bosque que les oculta la muy desagradable sorpresa que vemos en la foto 8: mogollón de ametralladoras Maxim flamantes pero solitarias, esperando a sus servidores que son precisamente los fulanos que huyen de los caballos. Pero como los tedescos son ciudadanos bien entrenados, en un periquete se colocan tras sus máquinas, que ya tienen cargadas y listas para abrir fuego y se disponen a detener en seco a los british, que no esperaban nada semejante. Por cierto, ¿no habría sido más lógico poner aunque fuera un par de máquinas defendiendo el campamento, y no mogollón de ellas detrás del campamento? El que diseñó la escena debía ser un estratega de primera clase pero, lógicamente, si la diseña correctamente las Maxim habrían parado en seco la carga nada más ver aparecer a los british en el prado y la película se habría fastidiado.

5ª chorrada: Observen las jetas de asombro de Stewart y Nicholls. Las Maxim han abierto fuego y se les nota un tanto perplejos. Tan perplejos que a ninguno de los dos se les ocurre ordenar retirada y desperdigarse para evitar ser barridos del mapa. Pero en Sandhurst debieron lavarles la sesera a base de bien y los convencieron de que palmarla inútilmente por el Rey y la Patria era lo que se esperaba de un caballero inglés, y que con toda seguridad las señoritas de Londres comentarían su hazaña, echarían alguna lágrima leyendo la narración en la prensa y hasta escribirían alguna carta anónima a la familia transmitiendo su pesadumbre por la pérdida de tamaños héroes. Naturalmente, cartas escritas en elegante papel de lino color hueso perfumado con lavanda y con tinta púrpura con leves matices en magenta. Pero lo peor no es que estos dos pasmarotes se quedaran bloqueados, es que el resto del escuadrón siguió avanzando como si no ocurriera nada en plan autómatas suicidas. Por cierto, observen un curioso detalle de la foto 10. El escuadrón acaba de dejar atrás el campamento tedesco, pero, ¿dónde está? Más aún, tras la apenada jeta de Nicholls ni siquiera se divisa el frondoso campo de mies de donde salieron un minuto antes, sino un bosque. Qué gazapo más tonto, ¿no?

6ª chorrada: En la foto 11 vemos como mogollón de caballos sin jinete se adentran en el bosque. Es una cascada de pencos vacíos que saltan sobre los sacos terreros esquivando a las máquinas y sus servidores porque, como sabemos, el instinto natural del caballo le impulsa a esquivar obstáculos. Sin embargo, y a pesar de la escabechina que se está produciendo, el resto del escuadrón continua avanzando aunque se supone que están viendo como los compañeros que les preceden caen como bolos. En la foto 12 los vemos a galope tendido y, curiosamente, aunque en fotogramas anteriores aparecían muy agrupados y cercanos al bosque, no sabemos cómo ahora tardan dos horas en llegar al mismo, y tan separados que, mientras los primeros ya han sido aniquilados, los que les siguen aún tienen un trecho de camino por delante para alcanzar la arboleda. Si recreamos la escena con un cronómetro veremos tal descoordinación que induce a darle de collejas al director de continuidad.

Chorrada final: Vean la foto inferior. Corresponde a una de las tomas en las que se ven cantidad de caballos adentrándose en el bosque con las sillas vacías porque, obviamente, sus jinetes han palmado. Pero ahora viene la pregunta definitiva que cualquier ciudadano sensato se haría en este momento: ¿cómo es posible que los jinetes sean alcanzados por las balas de las Maxim, pero los caballos no?


Cuando se enfrenta a un fuego frontal, un jinete está protegido casi por completo por el caballo. Le basta agazaparse tras su cuello y su cabeza para que solo los brazos y las piernas queden al descubierto. Por lo tanto, lo lógico ante un fuego intenso como el que aniquila el escuadrón del mayor Stewart sería que los caballos murieran antes que los jinetes. O sea, los pencos caerían fulminados y algún jinete torpe se quedaría atrapado bajo su cuerpo, aunque la mayoría lograrían sacar el pie del estribo y esquivar la caída. Sí, alguno de ellos también podría ser alcanzado, pero lo que es surrealista es que todos los caballos hayan permanecido ilesos mientras que los fulanos que los montan hayan sido aniquilados a pesar de que avanzaban protegidos por sus monturas. Obviamente, en este caso se buscaba dar a la escena un efecto dramático al máximo. Los caballos sin jinete informaban al público que todos, incluyendo sus mandos, estaban cayendo como moscas. Una forma aséptica de dar a entender una matanza sin que se vea caer un solo british, que para eso son los buenos de la peli y, naturalmente, que tampoco se vean caballos acribillados a balazos intentando mantenerse en pie chorreando sangre hasta que son finalmente abatidos por el implacable fuego tedesco. 

En fin, con estas siete chorradas creo que ha quedado demostrado que la escena de la carga es un churro. Sí, ya, que quedan muy emocionantes y tal, y que la inmensa mayoría del público se lo traga porque no saben un carajo de nada, pero tergiversar la realidad sabiendo que se hace con impunidad es una bellaquería propia de cuñados y políticos. Que sí, que las licencias artísticas, que se pretende representar algo de forma figurada y blablabla pero, ¿no se puede hacer lo mismo recreando cada cosa como es, y no como al director le gustaría que fuese?

Bueno, para llevar tanto tiempo de capa caída me he pasado tres pueblos y tengo agujetas en los hombros, así que acabo ya. Me piro a regarme de nuevo, que jase una caló que te caga, hohtia.

Hale, he dicho

Uno de los ocho Joey que interpretan al penco protagonista se interna en el bosque sin jinete. El capitán Nicholls ha quedado en el campo del honor con el pellejo agujereado, y al caballo aún le esperan mogollón de peripecias a lo largo de los 146 minutos que dura la película con final feliz garantizado, como no podía ser menos