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miércoles, 18 de marzo de 2020

SPATHA VERSUS GLADIUS


Menos de 300 años separarían a estos dos legionarios. En una época en que los cambios se producían de una forma más
pausada que actualmente, podríamos decir que fue un tanto radical

Al hilo del artículo anterior, nos quedó por dilucidar el misterio más misterioso de todos: ¿por qué el ejército romano sustituyó el GLADIVS con el que llevaba combatiendo desde hacía cuatro siglos por la SPATHA, y más si consideramos que muchos de sus enemigos combatieron con espadas largas y aún así fueron derrotados por los imperialistas latinos? ¿Qué sucedió para que unas tropas que llevaban toda la vida usando un tipo de arma les dijeran un buen día que ya podían olvidarse de ellas y que a partir de ese momento debían emplear otras para cuyo manejo no estaban entrenados? En fin, podemos hacernos tropocientas preguntas y dar otras tantas respuestas que podrían ser válidas porque como nadie lo sabe, nadie lo pondrá en tela de juicio salvo que sean disparates propios de cuñados. Del mismo modo, la realidad es que tampoco se puede concretar con exactitud cuál era la forma de combatir del legionario. Amiano, Arriano, Tácito o Polibio nos legaron en sus crónicas hechos históricos más que tratados militares, mientras que Vegecio, en su DE RE MILITARI (siglo VI d.C.), más bien hizo un compendio de lo que ya se había escrito, por lo que tampoco aportaba nada nuevo en sí, sino lo que había sobrevivido de épocas anteriores. Cierto es que da cuenta de la ARMATVRA, el método de adiestramiento del ejército, pero no abarca en modo alguno todo el período de duración del Imperio.


No se cuestiona la calidad del trabajo, sino el método para la elaboración del
gladio partiendo de materiales y maquinaria modernos. Es imposible que
la pieza final sea una réplica exacta del original salvo en su aspecto externo
Como está mandado, los estudiosos de nuestros días tampoco se ponen de acuerdo, y menos desde que con la arqueología experimental y el recreacionismo muchos han considerado que una réplica fabricada actualmente es exactamente igual a una de hace 20 siglos, y que su manejo en manos de un probo ciudadano recreacionista da el mismo rendimiento. A mi entender es un craso error. Tanto la arqueología experimental como el recreacionismo pueden darnos una idea aproximada, pero en modo alguno argumentos irrefutables. Las técnicas metalúrgicas usadas en las herrerías del siglo I a.C. no son las de ahora. Un herrero romano forjaba partiendo de un cacho de hierro, y una réplica moderna se obtiene recortando una lámina de acero de un determinado tipo al que solo hay que templar tras darle forma. Más aún: las acanaladuras no se obtienen mediante martilleado, sino por abrasión o fresado. Como es lógico, comparar y dar por sentado que un arma romana y una réplica actual tienen las mismas características es absurdo. Solo la diferencia del tipo de material daría variaciones sensibles en el peso total del arma, en el centro de gravedad y, por ende, en su manejo. 


¿De verdad podemos tomar como válidas las demostraciones de estos
probos ciudadanos recreacionistas? ¿Son su forma física y su destreza con
las armas similares a la de un legionario de hace 2.000 años? Lo dudo
En cuanto a los recreacionistas, que son por norma muy puntillosos en lo tocante a la búsqueda de la fidelidad más rigurosa, no son ciudadanos que se pasan varias horas al día aporreando un poste con una pesada espada de madera, ni se dan caminatas de 25 km. cargados como mulos, ni se alimentan exclusivamente de pan y nabos. Son oficinistas, médicos, albañiles o comerciantes que les gusta el tema y los fines de semana se visten de romanos o de lo que sea y montan su pequeña batallita para mayor deleite del público, especialmente los críos que disfrutan como enanos viendo de cerca a todo un centurión con el pecho cubierto de PHALERÆ, su vistosa CRISTA TRANSVERSA en el casco y el VITIS con el que amenaza de mentirijillas a sus supuestos subordinados. Ojo, no pretendo restarles el mérito en su labor de investigación, pero en lo tocante al rendimiento físico y a la destreza en combate son tan irrelevantes como un cuñado de 120 kilos ahíto de zumo de cebada y sesiones de butaca de 12 horas diarias haciendo de RETIARIVS.

Bien, este introito no tiene otro objeto que hacer de advertencia para que tengamos claro que las diferencias en el uso táctico de las armas son muy relativas, que lo que sabemos hoy se basa solo en conjeturas más o menos sensatas y que, salvo que aparezca algún manuscrito de la época que nos lo cuente con detalle, de momento tendremos que hacer solo suposiciones acerca de los motivos que empujaron al ejército romano a desechar sus GLADII y adoptar la SPATHA, un arma contra la que llevaban tiempo combatiendo pero que solo era usada por la caballería, y para fines muy concretos que nada tenían que ver con el manejo de ese tipo de espada en manos de un infante. Aclarado estos aspectos, vamos al grano sin más demora...


Lanzamiento de los PILA tras el CONCURSVS
Vamos a situarnos en las postrimerías del siglo I a.C., o sea, en el Principado Temprano. En esa época, el legionario romano estaba armado de un PILVM como arma arrojadiza, un GLADIVS y un PVGIO. Su forma de combatir es la misma desde hace la torta de años: una vez que se da a las cohortes la orden de atacar, inician el CONCVRSVS, un paso ligero destinado a acortar distancias con el enemigo pero de forma que no tengan que cubrir un trecho excesivamente largo para no cansarse. Una vez que se sitúan a unos 30 metros de la primera línea del enemigo arrojan sus PILA, que vuelan en masa y se clavan en los escudos del adversario. Como ya se explicó en su momento, estos se veían en el brete de tener que soportar el peso y el engorro extra de una lanza clavada- que por cierto también podría haber herido a más de uno al atravesar el escudo-, o bien deshacerse de ellos porque se los habían inutilizado.


Y tras el IMPETVS, el cuerpo a cuerpo, en este caso contra tropas dacias
que, aunque blanden sus temibles hoces, están en franca desventaja ya
que carece de escudo y coraza. Obsérvese como los legionarios detienen
sus golpes levantando el escudo para, a continuación apuñalar en el abdomen
Mientras tanto, los romanos desenvainaban sus GLADII e iniciaban el IMPETVS, o sea, una carga a toda velocidad para cubrir esos 25 o 30 metros que los separaban de la primera fila del ejército enemigo para llegar al contacto lo antes posible y alcanzarlos justo cuando aún estaban en pleno dilema con los PILA clavados en sus escudos. El legionario se oculta por completo tras su enorme SCVTVM de forma que, prácticamente, no ofrece ningún blanco al adversario. Solo se ve una parte del casco asomando por encima, y la mano que empuña el GLADIVS, cuya hoja asoma por el lado derecho. Los enemigos, armados con lanzas y espadas largas, intentan responder al ataque arrojando las suyas y disponiéndose a repeler el muro de SCVTA que, como una tromba, se echa encima de ellos. 


Cerrando filas y avanzando sobre los enemigos caídos en el primer choque
Ya que tienen ambas manos libres tras deshacerse de sus escudos, empuñan sus espadas para golpear con más fuerza. Pero poco pueden contra un SCVTVM cuyo borde está enteramente ribeteado por una cantonera de bronce y que, además, es un arma en sí mismo. El legionario que se esconde tras él le propina un golpe brutal en plena jeta con el umbo, o descarga sobre su pie el canto metálico del escudo, lo que le produce una fractura de toda la delicada osamenta de esa zona del cuerpo. Pero antes siquiera de que el intenso dolor le haga soltar un berrido el GLADIVS que asomaba malévolamente avanza de golpe y ve como su aguzadísima punta se introduce en su abdomen, penetrando un palmo al menos lo que le provoca una hemorragia masiva. Pasmado y sintiendo como las fuerzas lo abandonan a una velocidad francamente inquietante, el bárbaro se desploma mientras uno de sus compañeros, que estaba detrás de él, descarga un tajo con su enorme espada que, como en el caso anterior, se estrella sin consecuencias en el SCVTVM. El legionario solo tiene que avanzar el pie derecho para acortar la distancia y, aprovechando que el bárbaro eleva los brazos para descargar otro tajo, le mete el GLADIVS por la boca del estómago y lo deja literalmente en el sitio. 


La caballería romana ataca la retaguardia del ejército dacio durante la
persecución del enemigo
Cuando el ejército bárbaro llega a la conclusión de que lo más sensato es tomar las de Villadiego, los legionarios no se preocupan en salir tras ellos. Detienen la matanza y el legado ordena al CORNVS que de el toque de ataque a la caballería situada en las alas. Los jinetes están armados con LANCÆ, unas lanzas de unos dos metros de largo, tres VERVTI, dardos arrojadizos de alrededor de 120 cm. guardados en una aljaba que pende del lado derecho de la silla, y de las SPTAHÆ que ya vimos en el artículo anterior. Con sus monturas totalmente descansadas porque durante la batalla no se han movido de su sitio inician una persecución despiadada contra unos enemigos que huyen agotados y despavoridos. Con las piernas bien aseguradas contra sus sillas de cuernos, uno a uno los van cazando, bien pasándolos de lado a lado con las lanzas, con los dardos o, caso de perder las armas enastadas, de un brutal tajo propinado con la espada en la cabeza, el cuello o el hombro. A los que tropiezan y caen los rematan en el suelo de un lanzazo o de una estocada. 

Y así, de esta forma tan aparentemente elemental y a la par eficiente, los romanos se hicieron los amos del cotarro durante siglos. Sí, también sufrieron derrotas, naturalmente, pero si comparamos las mismas con las victorias y con la enorme diferencia entre las bajas de ambos bandos queda claro que la balanza de inclina notablemente a favor de las legiones que, absurdo sería negarlo, fueron las dueñas de los campos de batalla hasta que allá por el siglo IV los germanos empezaron a ser una amenaza tan real como para marcar el comienzo del declive del Imperio.


Un legionario acuchilla a un enemigo durante el cuerpo a cuerpo. Obsérvese
como su escudo le cubre casi todo el cuerpo. Su brazo derecho está
protegido por una MANICA de acero, y la pierna derecha está retrasada,
quedando fuera del alcance del adversario
Bien, ya sabemos el uso principal del GLADIVS. Más corto que la espada hispana original, era ante todo un arma destinada a herir de punta (PVNCTIM) si bien también podía usarse para hacerlo de filo (CÆSIM). No obstante, su longitud y su masa no le daban la contundencia adecuada ya que eran ligeros de peso y su centro de gravedad estaría desplazado más bien hacia la empuñadura, generalmente bastante masiva. Una cuchillada en el abdomen era por lo general definitiva por ser una zona altamente vascularizada, hasta los topes de arterias derivadas de la aorta que podían seccionarse con las afiladas hojas de los GLADII. Pero no era imperioso herir en el abdomen. Las arterias radiales de ambos brazos o las subclavias, a escasa profundidad, también podían escabechar a un enemigo en los escasos segundos que tardaría en sobrevenirle un shock hipovolémico. Ídem en la femoral, en el muslo, para no hablar de las carótidas, que sin son seccionadas dejan a la sesera sin oxígeno en apenas un par de segundos y están a solo dos centímetros de profundidad. Según Vegecio, bastaba una cuchillada de solo dos VNCIÆ (la doceava parte de un pie romano, o sea, 49 mm.) para acabar con la vida de cualquiera. Basta una perforación de estómago para dejarlo a uno listo de papeles aunque la víctima tarde un buen rato en entregar la cuchara.


Guerreros desnudos celtas. Estos probos nudistas entraban en combate con
una alta motivación psicológica y tal, lo que los convertía en unos enemigos
temibles a pesar de ir en pelota picada con un torque en el pescuezo como
única indumentaria
Dicho esto, es obvio que nos  planteemos la cuestión que tratamos: si tan bien les iba con el GLADIVS, ¿para qué cambiarlo por otra arma? Porque, al parecer, no todo era tan de color de rosa como nos lo pintaron ya que, como es de todos sabido, es habitual narrar las victorias como un paseo militar en el que el enemigo es tonto del culo y los vencedores unos máquinas que los derrotaron en lo que el legado tardó en echarse una partida de dados con el tribuno laticlavio. No hay que ser ningún experto en temas militares para dar por sentado que, tras el choque inicial, en las primeras filas se formaría un maremagno absolutamente caótico. Desplazarse sobre hombres muertos o heridos no era fácil, más de uno se caería al suelo, tropezaría y podría ser abatido. Los legionarios, fieles a su férrea disciplina y obedeciendo las órdenes de sus centuriones, apretarían la filas para mantener el muro de escudos que los tenían relativamente protegidos de enemigos que, en muchas ocasiones, los superaban en número. Más aún, a veces ni siquiera tendrían espacio para sacar la mano entre su propios SCVTA para herir a unos adversarios muy cabreados y, a veces, bajo los efectos de substancias psicotrópicas o el influjo de algo similar a un estado pseudo-hipnótico producto de una histeria colectiva provocada por sus druidas, chamanes, etc. ¿Recuerdan los guerreros desnudos? Pues algo así. 


Estos no se andaban con filigranas. Detenían o esquivaban el golpe o,
simplemente esperaban a que el enemigo se cansase de aporrar el escudo.
Ante el primer despiste o atisbo de debilidad sacaban la mano, cuchillada
al canto y santas pascuas. Hay que tener en cuenta que las espadas al uso
aún no tenían la dureza y la flexibilidad de una ropera toledana
Según Amiano, "...las diferentes unidades se amontonaban tanto que un soldado apenas podía sacar su espada o retirar su mano después de haber extendido el brazo", lo que corrobora que a pesar de la aparente facilidad que nos han "vendido", el caos y la masificación eran una pauta habitual que dificultaba hasta algo tan simple como lanzar una estocada a un enemigo situado prácticamente encima de ellos. Y otra cuestión que debemos mencionar es que esos enfrentamientos de espada contra espada como los que aparecen en las películas eran inexistentes. La esgrima de la época no tenía nada que ver con eso porque la esgrima se ideó para hombres que luchaban sin más defensa que su propia espada, lo que les obligaba a usarla tanto para atacar como para detener y/o desviar los tajos y estocadas del adversario. De ahí que no existiese una esgrima propiamente dicha. Los combatientes se limitaban a detener el golpe con su escudo, esquivar, fintar y, en el instante en que el adversario quedase medio segundo al descubierto, meterle una cuchillada con toda el alma para causarle una baja definitiva. Si veía que aún podía conservar un remanente de energía como para morir matando se le asestaba otra cuchillada en la garganta o un tajo en el cuello y adiós muy buenas. 


Tipo Imperial Itálico G con las crestas cruciformes de protección
contra tajos de espadas u hoces. La caballería también hizo uso
de este accesorio
Por otro lado, Connolly, uno de los más encumbrados divulgadores sobre estos temas, sugirió que fue evolución de la GALEA lo que obligó al legionario a tener que luchar más erguido. Y es cierto que el Montefortino de finales de la República adolecía de un defectillo: dejaba la nuca y el cuello del legionario totalmente desprotegido salvo por la mínima ala trasera que, a lo sumo, podría desviar un golpe que viniese desde arriba, pero no de uno horizontal. A medida que pasó el tiempo el cubrenucas se fue alargando, y el ala trasera se hizo cada más más ancha para proteger los hombros. Según Connolly, estos cascos impedían adoptar la posición agazapada con que los legionarios aguardaban el primer choque enemigo, colocando el escudo sobre ellos. Si uno se agacha un poco debe levantar la cabeza, y si lo que llevas puesto en la cabeza no te lo permite pues no te queda otra que mantenerte erguido y, por ese motivo, el legionario tendría que distanciarse del adversario, por lo que le venía mejor una SPATHA antes que el GLADIVS. Esta teoría fue rechazada por recreacionistas que demostraron, al menos según ellos, que podían adoptar dicha postura con una GALEA del tipo Imperial-Gaélico C o similar, pero no debemos olvidar que fue precisamente Connolly el que antecedió a los recreacionistas y que mucho o todo de lo que ellos saben se lo deben precisamente a él. Por lo demás, y siempre insisto en esto, no es lo mismo agacharse en mitad de un prado una soleada mañana dominical con un casco puesto para que te hagan unas fotos a hacer lo propio en batalla, rodeado de enemigos cabreados dando golpes a destajo, de compañeros empujando como fieras, de muertos, heridos y demás exquisiteces de la vida militar.


Y no debemos pasar por alto otro detalle que se suele obviar: la visera. El Montefortino carecía de visera, que se añadió en las primeras GALEÆ de finales del siglo I a.C., y no se puso ahí para proteger precisamente del sol, sino de los filos de las pesadas espadas al uso entre celtas, galos y germanos; y si las pusieron fue porque muchos probos ciudadanos palmaron con su Montefortino atravesado y sus cráneos hendidos hasta los sesos. Del mismo modo, a raíz de su paseo por la Dacia, las tropas de Trajano tuvieron que reforzar sus GALEÆ con unas crestas cruciformes porque las hoces que usaban estos probos balcánicos podían cortar en dos tanto el casco como el cráneo del dueño del casco de un solo tajo. Sea como fuere, basta comparar las imágenes de la derecha, donde vemos un Montefortino (fig. A) con un Imperial tipo H (fig. B) del siglo III d.C. con el que, como salta a la vista, sería complicado mirar al cielo para ver pasar los pájaros. A todo esto, recordemos que los cascos al uso en el siglo IV tenían el cubrenucas articulado precisamente para permitir mover la cabeza de arriba abajo, por lo que la teoría de Connolly cobraría sentido al ser necesario dotar a los yelmos de esa pieza móvil. Por algo lo harían, ¿no?


Hoplitas romanos acosados por tropas celtas en el siglo IV a.C. Dos siglos
después habían trocado su impronta helenística, estaban "barbarizados"
y habían cambiado por completo su despliegue táctico en batalla
Finalmente, otros abogan por una progresiva "barbarización" del ejército romano contando a partir de la inclusión de tropas extranjeras como auxiliares de la caballería. Esto se me antoja por completo carente de sentido porque el ejército romano llevaba siglos "barbarizado". ¿No era prácticamente toda su panoplia de origen foráneo? Espada hispana, yelmo, loriga y escudo celtas, y antes de eso su arsenal era helenístico. Y no dudaron en adoptar un arma de otra cultura cuando vieron que les convenía de la misma forma que mandaron al desván los XIPHOI griegos cuando vieron la contundencia del GLADIVS mientras que, curiosamente, desecharon la falcata porque no se adaptaba bien a su forma de combatir a pesar de ser una, sino la más efectiva, de todas las espadas del mundo antiguo en Occidente. O sea, que no tuvieron problemas a la hora de trocar sus petos de bronce y sus yelmos tipo Negau o corintios cuando vieron que las lorigas de malla y los yelmos Montefortino de los celtas eran más eficaces, por lo que igualmente podrían haber copiado sus largas espadas. Sin embargo, prefirieron la hispana, a la que incluso acortaron la hoja para adaptarla a su uso táctico. En resumen, que la supuesta barbarización no debió influir en nada en un ejército barbarizado desde hacía más de siete siglos, y eso sin contar la presencia, no solo de celtas en sus filas, sino de iberos, germanos, galos, honderos baleares, y hasta númidas.

Y tras ver los pros y contras del GLADIVS, así como su trayectoria, ¿qué ofrecía a cambio la SPATHA para tomar el relevo? Veamos...


Guerrero celta. Salvo la espada larga, que con el
tiempo también acabarían adoptando, su
armamento defensivo fue copiado por
los romanos de cabo a rabo
Las primeras referencias que nos dan fuentes romanas de las espadas largas es que eran una birria. Plutarco señala que durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) las tropas mercenarias galas al servicio de Cartago se enfrentaron con los romanos que "...lanzaron sus jabalinas contra sus rostros, pararon sus golpes con las partes [de los escudos] revestidas de hierro, y torcieron los filos de sus espadas, que estaban suave y débilmente templadas, tanto que pronto se doblaban en dos". Polibio lo corrobora al manifestar que "los escudos hispanos y los celtas eran muy similares, pero sus espadas eran completamente diferentes. Las hispanas se clavaban con efectos mortales, pero las espadas galas solo eran capaces de cortar y requerían un largo golpe para hacerlo". Bien, esto nos confirmaría que la tecnología a nivel metalúrgico de los galos por aquel entonces no valía un duro, pero eso no suponía que sus armas estuviesen mal concebidas, sino que estaban mal fabricadas. Recordemos como los mismos romanos cambiaron sus técnicas de forja usadas para los GLADII cuando llegó la hora de fabricar SPATHÆ, lo que indica que cuando les interesó bien se preocuparon de elaborar un producto de la mayor calidad posible, por lo que los niveles de acabado del arma no eran óbice para adoptarla si les convenía. Además, no olvidemos un detalle: las espadas galas serían una birria, pero las técnicas de forja de los germanos fueron usadas por los romanos, y las de los iberos ni se molestaron en probarlas porque les daban cien vueltas, y nunca llegaron a alcanzar la soberbia calidad de una espada fabricada en Hispania.


Dos legionarios del siglo IV d.C. El de la izquierda se dispone a lanzar su
SPICVLVM, mientras que el otro arroja un PLVMBATA. Obsérvese el
cubrenucas articulado de sus yelmos
A esto debemos añadir otro detalle que generalmente tampoco se suele tener en cuenta. Hablamos y hablamos de la evolución de las legiones, de como pasaron de los manípulos a las cohortes, de como sus yelmos fueron cambiando de manera que los que se usaban en el siglo IV ya no tenían nada que ver con los viejos Montefortinos, de como el SPICVLVM (el angón, que también era de origen germano por cierto) acabaron con el ancestral PILVM, de como aparecieron los PLMBATÆ, etc., pero nunca se dice ni pío de sus enemigos, como si los germanos hubieran permanecido igual desde siglos atrás, lo que es un poco chorra ya que si no hubiesen evolucionado no habrían sido capaces de derrotar y acabar aplastando a los que antes habían sido sus dominadores, ¿no? Sería absurdo pensar que los germanos, una raza extremadamente belicosa de por sí, no hubiesen aprendido de sus errores y no hubiesen sido capaces de mejorar sus tácticas y estrategias, lo que lógicamente obligaría a los romanos a re-adaptar sus métodos para contrarrestar los del enemigo. A mi entender, ahí es donde está el meollo de la cuestión, que no es otro que la SPATHA fue adoptada por mera necesidad cuando el GLADIVS quedó obsoleto para la guerra a partir del siglo II d.C.


Un legionario y un auxiliar de caballería hacia el 150 d.C. Serían, por así
decirlo, la primera generación de combatientes con SPATHA. Obsérvese que
el legionario aún la lleva sobre la cadera derecha sujeta por el antiguo
tahalí estrecho
Pero, por desgracia, nadie se molestó en dar cuenta tanto de los avances de los ejércitos enemigos como de los motivos que obligaron a evolucionar al ejército romano para adoptar la SPATHA. Porque, eso debemos tenerlo claro, toda mejora en lo tocante al armamento parte de una necesidad. Es un principio de acción y reacción que aún perdura y perdurará siempre. Si tienes una coraza más dura tengo que fabricar algo que la perfore, si mejoras tu armadura tengo que mejorar mi arma. Si tienes un arco que alcanza tal distancia, yo tengo que ver la forma de fabricar uno que tenga un alcance mayor, y así hasta el infinito y más allá. Por lo tanto, en este caso debemos recurrir a la famosa fórmula de "una vez eliminadas todas las probabilidades la que queda, por extraña que sea, es la verdadera" o, al menos, acercarnos al máximo. De entrada ya vimos en el artículo anterior que la introducción de la SPATHA no fue ni simultánea ni rápida, sino todo lo contrario. Esto nos indica que la idea no partió de un edicto imperial ya que, de ser así, el cambio habría sido llevado a cabo con rapidez en todo el Imperio. Por otro lado, aunque la mayoría de los ejemplares hallados proceden del BARBARICVM, han aparecido restos de sus guarniciones en todas partes, lo que nos quiere decir dos cosas: una, que en efecto se usó en todo el territorio bajo el dominio de Roma, si bien es muy probable que el cambio comenzase en las legiones destinadas al LIMES, las fronteras orientales del Imperio que era donde siempre estaban a la gresca con los belicosos germanos. Y dos, que las que han aparecido en el BARBARICVM, como ya se comentó, son básicamente ejemplares votivos arrojados en ríos, seguramente procedentes de botines de guerra arrebatados a tropas romanas. Un guerrero germano no tiraba su espada a una ciénaga, sino los despojos del enemigo para ganarse el favor de los dioses.


Posición de espera de un legionario del Principado
Tardío. Su escudo más pequeño y su SPATHA no
le obligan a aguardar al enemigo encogido tras el
viejo y enorme SCVTVM de antaño
Y en lo tocante a las ventajas de la SPATHA debemos tener en consideración una serie de factores. Ante todo, si se impuso sobre el GLADIVS solo quería decir una cosa: lo combates cerrados cuerpo a cuerpo ya no eran la tónica habitual. No sería raro que el enemigo, que sería enemigo pero no tonto, tras siglos de ser derrotado hubiese llegado a la conclusión de que si seguían luchando como antaño los romanos les seguirían dando para el pelo, así que es posible que hubiesen optado por cambiar de estrategia y mantener una distancia en la que el GLADIVS ya no tenía utilidad. Si la distancia era mayor, el legionario debería avanzar un paso, desplazar el escudo un poco hacia su izquierda e intentar asestar la cuchillada. Pero, a cambio, dejaba al menos la mitad derecha de su cuerpo expuesta, momento que el enemigo aprovecharía para descargarle un tajo en el brazo o el muslo, las zonas más vulnerables en ese momento. La SPATHA resolvía esa compleja situación ya que igualaba la distancia con el enemigo y, además, era más polivalente que el GLADIVS ya que no solo permitía herir de filo, sino también de punta. 

Como ya vimos, la SPATHA, al tener la hoja más larga y pesada, tendría el centro de gravedad desplazado hacia la punta, lo que la convertía en un arma muy contundente si se asestaba un tajo de arriba abajo. Su gama de golpes no era muy extensa, pero eficaz: golpe de arriba abajo, de derecha a izquierda- ambos en sentido horizontal o en sentido oblicuo-, y estos no solo contra la cabeza o el cuello, sino también contra los muslos y las pantorrillas, y la cuchillada. El golpe de revés era casi imposible porque habría que darlo por encima del escudo. Pero el GLADIVS era aún más limitado: cuchillada y un tajo en corto de remate o contra una pierna como mucho, y sin probabilidad de ser definitivo por el tema del centro de gravedad que explicamos antes. Así pues, un legionario armado con una SPATHA podía matar de forma más eficiente en circunstancias que con un GLADIVS posiblemente no habrían sido posibles. Más aún, en caso de un combate muy cerrado, además de la cuchillada de siempre ganaba una opción más: apuñalar en la jeta al adversario sacando el brazo y golpeando hacia abajo por encima del escudo, que por cierto por aquella época era diferente. El enorme SCVTVM rectangular y curvado había dado paso a otro modelo más liviano y de forma ovalada plana o levemente convexos, que ofrecía menos protección pero era mucho más manejable, lo que nos ayudaría a cuadrar esta fórmula.


TESTVDA tradicional en la que, como vemos, prácticamente no hay un
solo resquicio por donde atacar salvo el espacio para la cabeza
Los escudos rectangulares podían formar una muralla impenetrable por su forma. Rectángulo contra rectángulo daban lugar a una pared sin el más mínimo resquicio por donde el enemigo pudiera ofenderlos. El más preclaro ejemplo sería la TESTVDA. Pero una fila de legionarios protegidos por escudos ovalados, aún solapándolos, sí dejaría multitud de sitios por donde colar una lanza o una espada. ¿Que implica esto? A mi entender algo tan simple como que el combate cerrado había pasado a la historia, y que la distancia entre hombres se aumentó para darles más movilidad. Recordemos la cita anterior en la que Amiano comentaba el caos y la dificultad para sacar la mano entre el muro de escudos propios. Por lo tanto, un legionario que luchaba menos limitado de movimientos con un arma capaz de herir de punta y filo sería simplemente la respuesta a un enemigo que había aprendido a mantenerse a distancia para anular la implacable pericia de las legiones en la lucha cuerpo a cuerpo extrema.


Vista trasera de un escudo con el soporte para los PLVMBATÆ. A la
derecha tenemos una réplica de uno de ellos en la que podemos ver
el lastre plomado y los estabilizadores
Y para aclarar las filas enemigas antes del contacto, hacia el siglo IV surgieron los PLVMBATÆ, de los que cada legionario portaba cinco unidades en el reverso del escudo. Así, mientras las filas delanteras lanzaban el PILVM o el SPICVLA, las traseras arrojaban sus PLVMBATÆ que, por su trayectoria, caían casi en vertical. Cinco PLVMBATÆ por legionario eran miles de dardos de alrededor de medio kilo  (estaban lastrados con plomo) provistos de una aguzada punta barbada que podía atravesar de todo: un yelmo, un escudo o una loriga, y de paso clavarse profundamente en lo que había debajo: cabeza, cuerpo o lo que pillara por medio. Tras la lluvia de proyectiles y un poco apabullados, los enemigos no tenían fácil rechazar tropas armadas de una espada que hería de filo y punta. Y no solo sufrían sus efectos los enemigos de Roma, sino los romanos que se enfrentaban con ejércitos de otras naciones y empleaban un armamento similar. Un ejemplo de su contundencia nos lo describe de forma bastante gráfica Amiano cuando narra las consecuencias de la batalla de Ad Salices, librada en 377 en la actual Bulgaria entre tropas romanas y godas que acabaron en tablas tras darse estopa con muy mala leche. Cuando da cuenta del panorama tras el combate detalla que "...mientras todo el campo de batalla estaba cubierto de cadáveres, algunos yacían entre ellos heridos de muerte y tenían una vana esperanza de vida. Otros fueron heridos con el glande de una honda o perforados con flechas con punta de hierro. Las cabezas de los demás estaban divididas por la mitad desde la frente a la coronilla con espadas y colgaban de ambos hombros, una visión horrible". En este pasaje, Amiano no especificó a quién pertenecían las bajas, pero todo hace pensar que las cabezas partidas en dos eran tanto de romanos como de godos, víctimas de la rotunda contundencia de sus SPATHÆ.


Legionario tardo-imperial cuyo aspecto no se
asemeja en nada al de su tatarabuelo
En fin, criaturas, estas son las conclusiones a las que he llegado. Como remate a estas teorías creo que lo más significativo es que el ejército romano no solo cambió de espada, sino que modificó en un lapso de 200 años toda su panoplia: la GALEA dio paso a un yelmo cónico con barra nasal como los Spangenhelm que tanta profusión tuvieron en la Alta Edad Media y cubrenucas móvil. Las LORICÆ SEGMENTATÆ hicieron lo mismo para retornar a las lorigas de escamas y de malla, estas últimas operativas hasta más allá del siglo XIV. Incluso el SVBARMALIS se metamorfoseó en un proto-perpunte para aminorar los golpes propinados con armas contundentes o las mismas espadas. El PILVM se trocó por el SPICVLVM y los PLVMBATÆ, los escudos cambiaron de forma y peso, y hasta las ancestrales CALIGÆ que se habían paseado por medio mundo se cambiaron por un tipo de zapato cerrado similar al CALCEI.  En resumen: un ejército que cambia de forma tan radical solo lo hace por una cosa, y es porque su forma de combatir ha cambiado, bien motu proprio o, más creíble aún, porque el enemigo le ha obligado a ello. Nadie varía un método que considera bueno si no se ve obligado a ello, y en este caso la obligación la impusieron los cada vez más peligrosos germanos hasta que, llegado el momento, acabaron con el Imperio de Occidente.

Bueno, aprovechen esta filípica por si sus miserables cuñados se ponen pesaditos si aparece el calvo ese de los documentales sobre armas de Canal Historia y acaban cortándose las venas en diagonal con el cuchillo jamonero.

Hale, he dicho

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SPATHA

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LOS GUERREROS DESNUDOS

LA CABALLERÍA AUXILIAR EN ROMA

viernes, 12 de febrero de 2016

Monografías: el SCUTUM romano. Fabricación




Hoz dacia y falcata ibera. Ambas armas, diseñadas para proyectar una
gran energía cinética hacia el extremo de la hoja, causaban heridas que
 dejaron perplejos a los mismos romanos. Ese tipo de armas obligó a
fabricar escudos especialmente sólidos ya que nadie va paseando por ahí
con un ejemplar de 10 kilos por mero capricho.
Sírvanse vuecedes observar con detenimiento los devastadores efectos producidos por la hoz que blande ese robusto sujeto que hace las veces de dacio cabreado. Imagínense que en vez de estar hasta las cejas de zumo de cebada y hamburguesas domingueras rebosa odio y rencor porque unos enojosos visitantes le han arrebatado sus tierras, se han beneficiado a su parienta y le han esclavizado a su amada prole y, entonces, multipliquen por cien la mala leche que uno es capaz de desplegar en un caso así. ¿Ya lo han imaginado? Bien, pues esa fue la causa de que los belicosos romanos se empeñaran en fabricar unos escudos tan pesados y robustos. Porque no solo los dacios estaban provistos de armas sumamente poderosas, sino también los celtas en general, los iberos y los pueblos germanos. De hecho, las armas que usaban producían verdadero espanto entre los romanos, y solo su férrea disciplina, su acendrado espíritu de cuerpo y el terror que les inspiraba ser derrotados y posteriormente masacrados por semejantes energúmenos fueron capaces de permitirles mantener el tipo y vencerlos en las batallas gracias a su incuestionable preparación militar. 


Cantoneras de bronce conservadas en la Universidad
de Yale. En este caso, corresponden a las situadas en las
esquinas de un escudo semi-cilíndrico
La primera descripción de método seguido para fabricar los SCVTA se la debemos a Polibio allá por el siglo II a.C., que llevó a cabo una detallada relación de los materiales empleados. Decía que se componían de dos capas formadas por listones de madera colocados perpendicularmente entre sí, y eran pegados con una cola obtenida de la piel de los toros. A continuación se forraban enteramente con lienzo, y luego se le añadía una cubierta de piel de becerro. Sus dimensiones eran de alrededor de 120 cm. de alto por 75 de ancho, y se les imprimía una leve curvatura. Como protección adicional se añadían unas cantoneras de bronce a raíz de los primeros cambios de impresiones mantenidos con los pueblos que querían sojuzgar y que no estaban por la labor de someterse.


La colocación de la SPINA y el umbo de madera que vimos en la tipología más primitiva se llevaba a cabo clavando las piezas sobre la cubierta del escudo según podemos ver en la ilustración de la derecha. Una vez obtenidas las dos piezas de la SPINA se procedía a clavarlas de forma que las puntas que sobresalían por la parte trasera eran dobladas según se aprecia en el detalle 1. De ese modo se obtenía una fijación absolutamente sólida. En la figura A vemos el anverso del escudo con las dos piezas de la SPINA ya clavadas, y entre ambas sustentando el umbo de madera. Esta pieza iba encastrada en dos muescas practicadas en la base de cada tramo de la SPINA (véase detalle 2), de forma que solo fuera preciso pegarla al carecer sus paredes de grosor como para clavarlas. La figura C muestra el reverso del umbo completamente ahuecado, mientras que la figura B muestra el reverso con los clavos de la SPINA ya doblados. Estos serían invisibles ya que seguramente quedaban entre las dos capas que conformaban el escudo. Finalmente, en la figura D tenemos una cantonera de bronce. Eran fijadas mediante pequeños remaches pasantes que facilitaban su sustitución, lo que a la vista de la foto de cabecera debía ser bastante frecuente.


Las maderas empleadas para la fabricación de escudos eran el sauce (A), el álamo (B), el tilo (C), el abedul (D), el saúco (E) y el aliso (F). Según Plinio el Viejo, las maderas más adecuadas eran aquellas que "cerraban" por sí mismas las hendiduras producidas en combate. Cabe suponer que se refería a maderas muy elásticas, que se expandían al ser hendidas. Sea como fuere, la cuestión es que por norma se empleaban maderas de veta uniforme y larga, ligeras y, al mismo tiempo, duras y resistentes, cualidades que reúnen todas las mencionadas a la vista del aspecto tan similar que tienen las muestras presentadas en la imagen superior. No obstante, se han encontrado ejemplares con combinaciones de diferentes maderas. Un ejemplo sería el de Doncaster, cuya capa externa estaba compuesta por listones verticales de aliso, mientras que la interior eran listones horizontales de roble.


Posteriormente se efectuaron determinadas modificaciones en el proceso constructivo de los SCVTA, a todas luces provocados por la necesidad de disponer de un armamento defensivo aún más sólido aún a costa de ganar peso. El testimonio que ha llegado a nuestros días es el ya mencionado ejemplar aparecido en Kasr al-Harit, el cual permitió llevar a cabo un minucioso estudio acerca de los materiales utilizados en su fabricación, así como el método llevado a cabo para ello. Su morfología es básicamente idéntica a los que aparecen en el altar de Domicio Enobarbo, y gracias a ese hallazgo se ha podido tener una clara idea de su composición, lo que no habría sido posible sin este ejemplar que, por cierto, es el único aparecido hasta la fecha correspondiente a la época de la República.


Recreación de un hipotético método de recurvado. Bastaría un tronco y
unas sogas con un torniquete que se iría apretando a medida que la
madera fuera cediendo hasta alcanzar el nivel de curvatura deseado
Este ejemplar está fabricado con tres capas de madera de abedul. La central la conforman 40 listones de entre 2,5 y 5 cm. de ancho colocados en posición horizontal, mientras que las exteriores están compuestas por nueve listones de entre 6 y 10 cm. de ancho en posición vertical. Esto lo convertía en un escudo con unas dimensiones de 128 cm. de alto por 63,5 de ancho y bastante pesado. Recordemos que, como ya se comentó en una entrada anterior, podía alcanzar los 10 kilos de peso. Los listones eran pegados unos a otros por los cantos sin machihembrar, y tras obtener la capa eran curvados a base de mojar la madera y adaptarla a un molde hasta darle la forma deseada. No hay datos del método que seguían para ello, pero supongo que lo harían a base de aplicar torniquetes que irían apretando poco a poco a lo largo de días hasta que, una vez alcanzada la forma y con la madera seca, dar la pieza por válida. Una vez curvadas las tres capas eran pegadas unas a otras ya que de intentar recurvarlas todas juntas tras ser pegadas se desgarrarían por la tensión ejercida entre unas y otras. Para obtener un conjunto homogéneo, estos escudos eran forrados con lienzo o con un fieltro obtenido de lana de cordero que, en este caso, al parecer era aplicada estando mojada para que al secarse se contrajera, dando un ajuste más sólido. 

Finalmente se forraba con cuero de vacuno y se le colocaban las cantoneras de bronce, la manija y el umbo, para lo cual el escudo había sido previamente recortado por la parte central. En la ilustración de la derecha podemos ver la apariencia de dos manijas de madera, las cuales servían además para reforzar la estructura del escudo. También hay constancia de que se hizo uso del bronce para este tipo de piezas, tal como vemos en el ejemplo que mostramos en la parte superior. Por lo demás, aunque carecemos de datos al respecto, no sería ilógico pensar que las manijas fuesen forradas con lino o badana para mejorar el agarre y absorber el sudor de la mano.


La fabricación de los umbos, independientemente de la forma de su base- circular, rectangular o hexagonal-, era bastante simple. Ya se comentó que se realizaba a base de batir una lámina de bronce o hierro sobre una matriz como la que vemos en la figura A, en cuyo centro vemos un seno con la forma en negativo que tendrá el umbo una vez concluido. Así pues, colocamos la chapa de metal y, con santa paciencia, habrá que ir martilleando sin prisa pero sin pausa tal como aparece en la figura A1 hasta concluir el trabajo, obteniendo una pieza como la que vemos en C. A continuación se pulía el exterior y se le practicaban los orificios para los remaches pasantes o los clavos que lo fijarían al escudo. En la figura B podemos ver la sección del molde, con un seno semiesférico. Aunque parezca fácil, este trabajo tenía su enjundia porque había que controlar que el grosor de la chapa permaneciera regular. Si por inexperiencia o despiste se adelgazaba demasiado el material podía abrirse una grieta y arruinar la pieza.


Pero no solo se fijaban los umbos de la forma ya descrita, o sea, clavándolos en el anverso del escudo, sino embutiéndolos entre las capas de madera que conformaban el mismo. En el gráfico de la derecha lo podremos ver claramente: la figura A es la capa intermedia del escudo, a la que ya se le ha practicado el corte en el centro para dar cabida a la mano. B es la capa exterior, la cual también ha sido troquelada para que el saliente del umbo pase a través de ella. Así pues, fijaremos esa pieza en la capa A mediante clavos que serán remachados por el reverso de esa capa y, a continuación, pegaremos ambas, formando de ese modo dos tercios del grueso total del escudo.


Finalmente, solo restaría unirlo todo con la capa del reverso. Según el gráfico de la izquierda, la figura A es la capa interna del escudo, a la cual se le ha troquelado también la abertura para la mano. B es la capa central, donde vemos el umbo ya fijado, y C es la capa exterior. La figura D corresponde al escudo ya terminado con sus tres capas de madera, a falta de añadirle los forros y las guarniciones. Este sistema, bastante menos difundido que el convencional de clavado externo, tenía su pro y su contra. A favor podemos afirmar que este método hacía virtualmente imposible arrancar o desprender el umbo ya que, al estar empotrado entre las capas de madera, solo rompiendo estas podría extraerse. Y en contra, pues precisamente eso: si el umbo resultaba dañado se echaba a perder todo el escudo ya que no había posibilidad de despegar las capas de madera para reponerlo por uno nuevo.


Cuando tuvo lugar la introducción de los primeros modelos rectangulares debió surgir la necesidad de aligerarlos de peso. Un escudo con una superficie aún mayor que los CLIPEI de la caballería y las tropas auxiliares o los oblongos al uso entre la infantería debía resultar excesivamente pesado, así que se eliminó una capa de madera. Debido a ello fue preciso añadirle refuerzos en la parte trasera, bien en forma de listones, bien de pletinas de bronce, de las cuales podemos ver un ejemplo a la derecha de la imagen superior, o también de ángulos de bronce que se fijaban en las esquinas de la cara externa, tal como vimos en la entrada donde se estudió este tipo de escudo. La figura A nos muestra un escudo con refuerzos normales de madera, que solían ser tres horizontales- uno de ellos actuaba como manija- y dos o a veces tres verticales. En la figura B aparece otro ejemplo, en este caso reforzado con tiras de bronce, y en C podemos ver el sistema de fijación de estos refuerzos en el detalle: doblando la punta del clavo para bloquear totalmente la pieza, de la misma forma que vimos antes a la hora de clavar las SPINÆ.


Por último, ya solo nos queda referirnos a los últimos modelos surgidos a partir del siglo III, cuyo mejor exponente son los ejemplares hallados en Dura-Europos que mencionamos en la entrada anterior. Esta tipología mostraba ya una clara decadencia tanto en el proceso constructivo como en la calidad de la misma, y lo único en lo que destacaba sobre sus antecesores era por su delicada decoración, impropia de un escudo destinado a recibir todo tipo de maltratos. Estos escudos, de unas dimensiones de entre 107 y 118 cm. de largo por 92 a 97 de ancho, estaban fabricados con una única capa de madera formada por una docena de listones de unos 8 a 12 mm. de grueso. Estaban pegados por los cantos unos a otros sin machihembrado, por lo que estructura era bastante inconsistente. Para reforzarlos se le añadieron pletinas de hierro en el reverso, y las antiguas cantoneras de bronce fueron sustituidas por una simple tira de cuero crudo cosida por ambas caras al escudo. En los dos detalles superiores se pueden apreciar las costuras, así como las perforaciones que se realizaban en la madera para pasar la aguja. Como ya mencionamos en la entrada anterior, por ahorrar medios hasta desaparecieron las manijas convencionales, aprovechando un troquelado en la madera para tal fin según podemos observar en el detalle inferior. Por último, mencionar que estos escudos carecían también de la típica cubierta de cuero, por lo que su primorosa decoración era pintada sin más directamente sobre la madera. También se pintaba el reverso con la finalidad de preservar la madera de la humedad. Tratándose de un escudo cuya estructura se basaba en el pegamento, un simple chaparrón podría dejar los listones que lo conformaban bailando sobre los refuerzos de hierro.

Bueno, dilectos lectores, con esto queda finiquitada esta monografía que espero les haya resultado interesante y, sobre todo, reveladora. Solo resta mencionar que las tipologías que no han sido mencionadas en esta entrada, como por ejemplo las PARMAS, eran fabricadas siguiendo los mismos métodos que sus hermanos mayores, así que tampoco era plan de redundar.

En fin, se acabó lo que se daba, así que me piro prestamente.

Hale, he dicho