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domingo, 17 de octubre de 2021

FLAMMPANZER III

 


Hagamos un breve receso con el tema de los barreminas, que tampoco viene bien saturarnos de lo mismo durante mucho tiempo y, al final, acaba uno aburrido. Por lo tanto, antes de culminar la pequeña monografía minera con el Crab, vamos a dedicarle un articulillo a este chisme, que desde siempre me ha llamado poderosamente la atención, el Flammpanzer III o, dicho con propiedad, el Panzerkampfwagen III (Flamm) Sd.Kfz.141/3. Por cierto, aprovecho para aclarar un detalle chorra, pero que muchos desconocen: el acrónimo ese de Sd.Kfz. que suele aparecer al final de cualquier vehículo tedesco. Son simplemente las iniciales de Sonderkraftfahrzeug, un palabro impronunciable que viene a querer decir "vehículo para usos especiales" y que el ejército alemán asignaba a todo aquello que tuviera de dos ruedas en adelante. O sea, que independientemente de su denominación oficial, como en este caso, tenía una numeración aparte ya fuera una moto, un camión con o sin orugas, un carro de combate, etc.

Sherman desincrustando a los honolables guelelos del mikado
de sus posiciones en Okinawa. Los yankees también captaron
rápidamente la utilidad de estos chismes para acabar con
enemigos especialmente correosos

Bien, como ya vimos en los artículos que se han dedicado a los lanzallamas, desde que se empezaron a emplear en la Gran Guerra de la mano de los tedescos fueron ganando popularidad, sobre todo entre los yankees. Como ya se comentó en su momento, los lanzallamas no solo ejercen un poderoso efecto psicológico entre los enemigos porque, animales que somos al fin y al cabo, el fuego nos produce un temor instintivo, y más cuando sabemos encima que palmarla achicharrado es sumamente desagradable. A ello debemos sumar su indudable eficacia sobre tropas protegidas por pequeñas fortificaciones, búnkeres o incluso trincheras. Un proyectil impacta sobre ellos y, salvo que sea de grueso calibre, no les hace ni cosquillas. Acertar a tiros por las estrechas troneras de un bunker no es fácil, y puedes matar o herir a un enemigo, pero no a todos. Una bala no puede trazar una elegante curva en el aire como la "bala mágica" de Kennedy para colarse en una trinchera, pero una llamarada entra por todas partes, se introduce por todos los recovecos y no hace falta que alcance al enemigo y lo mate por la acción directa del fuego. Si penetra en un bunker, aunque sea espacioso y disponga de más de una cámara de combate, la temperatura que alcanza la llama puede cocer literalmente a sus ocupantes en un periquete, y si no los mata cocidos o quemados los mata por asfixia, pero no por el humo, sino porque el fuego quema el oxígeno que hay en el interior, dejándolo sin aire respirable el tiempo suficiente para sofocar al personal. Por lo tanto, nada mejor que un lanzallamas para eliminar o, al menos, hacer huir a los defensores de una posición especialmente correosa que, ante la presencia de atacantes con lanzallamas, decidían que ese día no tocaba verse convertido en una momia carbonizada y se largaban echando leches.

Bunker del frente de Madrid. La única forma de desalojar a
sus defensores era arrojando una o varias granadas por la
tronera o achicharrándolos con una lengua de fuego que
les calcinaría hasta los botones de las braguetas
La 2ª Guerra Mundial dejaría atrás la guerra de posiciones estáticas del conflicto anterior y, al mismo tiempo, las fortificaciones de campaña se habían perfeccionado de forma incomparable. Los viejos refugios a base de troncos y/o raíles de ferrocarril cubiertos de tierra o sacos terreros no serían nada comparados con las poderosas casamatas de hormigón, y salvo el héroe que sale en las pelis arrastrándose como un gusano mientras las balas silban sobre su persona hasta que, finalmente, logra lanzar dentro una granada o un paquete explosivo, sería un poco bastante complicado neutralizar a los defensores de la fortificación. Por otro lado, el zapador no solo lo tenía igualmente difícil, sino que su sola presencia en el frente lo convertían de inmediato en el objetivo preferente de los tiradores enemigos, por lo que la mejor forma de cercenar la amenaza de la fortificación era instalar el lanzallamas dentro de un carro de combate, invulnerable a las armas ligeras de la infantería y que solo con cañones anticarro podía ser detenido... si el enemigo disponía de ellos en aquel momento, naturalmente.

Como ya vimos en su momento, la idea de instalar un lanzallamas en un carro de combate fue de los italianos. El ciudadano Benito los estrenó en su grandiosa hazaña de Etiopía en 1936- en aquella época, las actuales Etiopía, Somalia y Eritrea- derrotando a cuantiosos y fieros guerreros melaninos del rey de reyes armados con lanzas y demás armamento de última generación. Tras la gloriosa empresa etíope fueron enviados a la guerra española, donde en vez de guerreros melaninos había españoles descoloridos que, en vez de lanzas, usaban armas modernas, si bien la aparición de aquel chisme causó furor, eso es innegable. Los tedescos no tardaron mucho en coger uno de los PzKpfw I enviados con la Legión Cóndor al mando del cuadriculado coronel Wilhelm, ritter Von Thoma y acoplarle un lanzallamas portátil, concretamente un Kleine Flammenwerfer sustituyendo la ametralladora derecha. Obviamente, aquel chisme no podía competir con el CV-33 LF italiano (foto superior derecha), provisto de un depósito remolcado con capacidad para 520 litros de mezcla inflamable, así que la cosa no fue a más. En todo caso, los tedescos ya habían captado la idea, y tras el intento de apaño de circunstancias fallido no tardaron mucho en desarrollar algo más eficaz
.

PzKpfw I del Panzergruppe Drohne repartiendo calor en
algún lugar de la cálida España

No habían pasado ni dos meses del regreso de la Legión Cóndor a Alemania cuando ya estaba rumiando como adaptar carros de combate convencionales para su uso como lanzallamas. El que marcó, por decirlo de algún modo, la doctrina de estas máquinas fue el teniente coronel de Ingenieros Olbrich, del Departamento de Diseño Automotor del Ejército, que en un informe emitido en junio de 1939 ya analizaba concienzudamente todos los pormenores que debían tenerse en cuenta para hacer que uno de estos chismes diera un resultado satisfactorio e incinerase al mayor número posible de ciudadanos enemigos. Básicamente, los aspectos a tener en cuenta eran la morfología de la boca del lanzador, el caudal de combustible, la dirección y velocidad del viento en el momento de lanzar el chorro, la relación entre el diámetro y la longitud del tubo que llevaba el combustible desde el depósito al lanzador y la parábola que describía el chorro ardiente desde que salía del lanzallamas hasta tocar el suelo. Aunque esto pueda parecernos hoy de una obviedad palmaria, hace 80 años no estaba tan claro. De hecho, ya vemos como la tortilla de patatas tiene más años que el hilo negro y aún se debate intensamente si debe o no llevar cebolla, así que con los pormenores de un arma novedosa, pues más motivos de controversia, como está mandado.

Uno de los primeros carros lanzallamas eficaces: el PzKpfw II
(F), un enano con más peligro que un cuñado sediento.
Obsérvense los lanzadores orientables situados a ambos lados
de la proa del vehículo, con capacidad para efectuar unos
80 lanzamientos de 2 o 3 segundos de duración

En las pruebas que se llevaron a cabo a lo largo de aquel año llegaron a conclusiones bastante determinantes. La más elemental era que para evitar pérdida de presión por posibles fugas desde el depósito de propelente al de combustible, lo mejor era que ambos estuvieran lo más cerca posible el uno del otro. Por otro lado, pudieron comprobar que insuflar más presión solo servía para aumentar la velocidad del chorro, pero no su alcance, que estaba condicionado por el diámetro de la boca del lanzador. Finalmente, les quedó claro que más alcance implicaba un notable gasto de combustible que limitaba sobremanera la autonomía operativa del vehículo y, de hecho, en las pruebas realizadas comprobaron que no había forma de superar los 80 metros de distancia en condiciones óptimas, o sea, sin viento que desviase o frenase el chorro de combustible y disparando cuando el vehículo estaba detenido ya que, de lo contrario, el alcance podía verse reducido un 50%. Tras devanarse adecuadamente la sesera, llegaron a la conclusión de que lo más racional era instalar depósitos del mayor tamaño posible, de forma que les dieran una autonomía capaz de efectuar el máximo posible de lanzamientos de unos 50 metros de distancia. A medida que fuesen mostrando sus prestaciones, ya irían haciendo las modificaciones oportunas para mejorar el rendimiento en lo posible.

B2 (F) en acción
Así pues, y tras emplear los PzKpfw I y II (ya hablaremos de esos un año de estos), en mayo de 1941 se planteó al mismísimo ciudadano Adolf la posibilidad de usar carros gabachos B1 bis (Dios maldiga al enano corso), unos vehículos potentes, protegidos por un grueso blindaje y muy bien armados que habían caído ante los Panzer tedescos por algo tan chorra como por el hecho de que los gabachos seguían anclados en el concepto de la Gran Guerra basado en el binomio infante-carro de apoyo, mientras que los alemanes pasaban de esperar a la infantería y penetraban a toda velocidad en las posiciones enemigas. Sea como fuere, lo cierto es que la Wehrmacht se apoderó de ciertas cantidades de carros gabachos de todo tipo, desde los B1 bis a los Somua o los R-35 que, está de más decirlo, fueron incorporados a su parque acorazado. El  ciudadano Adolf había ordenado que 24 unidades del B1 bis, denominados por sus nuevos dueños como PzKpfw B2, serían recicladas en B2 Flamme-Wagen, palabro abreviado con una (F), formando dos compañías, cada una de las cuales contaba con tres unidades del B1 convencional como apoyo artillero. Estas dos unidades, formadas el 20 de junio, serían enviadas al Frente Oriental de inmediato para que no se perdieran la inauguración de la Operación Barbarroja.

Un B2 (F) inutilizado cerca de Arnhem, en Holanda, en
septiembre de 1944

El B2 (F) era un vehículo ciertamente poderoso a pesar de su aspecto un tanto desfasado y ser feo de castigo. El lanzallamas había sido instalado en la barbeta donde llevaba emplazado el cañón principal de 75 mm., pero el carro seguía manteniendo una capacidad defensiva y ofensiva más que aceptable gracias al cañón secundario de 47 mm. y la ametralladora coaxial instalados en la torreta. Su blindaje frontal oscilaba entre los 40 y 60 mm., 60 mm. en los costados y 55 mm. en la parte trasera. El de la torreta no se quedaba atrás: 55 mm. en el frontal- más el espesor del escudo del cañón- y 45 mm. en los costados y la parte trasera. Aunque inicialmente el lanzamiento se efectuaba mediante un depósito de nitrógeno comprimido, posteriormente se sustituyó por una bomba accionada por un motor de dos tiempos J10 en base a un detalle muy importante pero que hasta el momento nadie parecía haber considerado: a medida que el depósito de propelente se iba vaciando, por razones obvias la presión disminuía, ergo el alcance del chorro también. Por el contrario, una bomba impulsaba el líquido a la misma presión en todo momento, por lo que mandaron los depósitos de nitrógeno a hacer puñetas ya que, además, eran susceptibles de sufrir fugas. Tengamos en cuenta que las juntas tóricas actuales no son las de 80 años. Finalmente, se equipó al carro con un lanzallamas instalado por la firma Koebe y un depósito de combustible blindado de 30 mm. de espesor cuyo contenido era a base de, posiblemente, petróleo espesado con alquitrán. Situado en la parte trasera del casco, debía tener capacidad para efectuar al menos 200 lanzamientos de una distancia entre 40 y 45 metros. En total se fabricaron 60 unidades del B2 (F) provisto con bomba de presión, y estuvieron dando guerra hasta prácticamente el final de la ídem.

Vista superior del casco de un modelo M. La flecha señala las pletinas
que mantenían separado el Vorpanzer del casco para aumentar su
eficacia. El sistema para el escudo del cañón era parecido
Bien, estos son los antecedentes del protagonista del articulillo de hoy. El Flammpanzer III (lo denominaremos de ese modo para evitarnos palabros interminables y siglas incomprensibles) estaba basado en el PzKpfw III Ausfürung M, un vehículo que, en sí, era una mejora de la versión anterior, la L, y que había sido adaptado para aumentar la capacidad de vadeo hasta los 130 cm. (medio metro más de las versiones anteriores) mediante la colocación de un nuevo tubo escape provisto de una válvula que impedía la entrada de agua. Así mismo, se habían añadido juntas tóricas de goma en periscopios, escotillas, la junta de la antena abatible situada en el costado derecho, los MP-Klappen, unos portillos para disparar armas ligeras situados en la parte trasera de la torreta y, en resumen, cualquier sitio por donde pudiera filtrarse agua, especialmente los que antes no se habían tenido en cuenta si estaban justo por encima del nivel de vadeo máximo de 80 cm. de los modelos anteriores. 

Vistas delantera y trasera de un PzKpfw III Ausf. M. En la foto superior vemos como la parte baja de la proa estaba protegida por un fragmento de cadena, como era habitual en los carros alemanes. En el Vorpanzer que rodea el visor del piloto podemos ver el rebaje para el visor KFF 2. En la foto inferior tenemos un primer plano del nuevo tubo de escape que permitía vadear un 50% más de profundidad



Primer plano de la torreta que nos permite ver con detalle el Vorpanzer
del casco y el escudo del cañón, así como los tubos lanza-humos
A ello había que añadir que el modelo M estaba armado con el excelente cañón Kw.K 39 L/60 de 50 mm. y seis tubos para botes de humo (tres a cada lado de la torreta) y, lo más importante, al igual que su predecesor, el modelo L, el escudo del cañón y la parte superior de la proa habían sido reforzados con el Vorpanzer, una plancha de blindaje extra de 20 mm. de espesor que convertía esas zonas en impenetrables para la munición perforante de hasta 75 mm. a distancias normales de combate. Pero la aportación verdaderamente importante del Vorpanzer es que partía del concepto de blindaje espaciado, o sea, separado unos centímetros del vehículo, lo que impedía que las cada vez más eficaces cargas huecas pudieran penetrar en el interior del mismo con su chorro de gas que lo calcinaba absolutamente todo. Así, la carga detonaba contra el Vorpanzer, pero el chorro de gas era detenido por el blindaje del carro. Con el mismo fin, también era habitual añadirles el Schürzen, unos faldones de 5 mm. de espesor que se colgaban los costados y los laterales y la trasera de la torreta con unos soportes.

Más aún, el Panzer III era una máquina que casi desde sus comienzos había sido dotada de chorraditas de las que carecían otros carros enemigos. Por ejemplo, el piloto contaba con un visor convencional de ranura, pero protegida por un grueso cristal antibalas (fig. A). Si las cosas se ponían verdaderamente chungas y un proyectil o un fragmento de metralla impactaba contra el cristal y lo astillaba, dificultando o impidiendo la visión, el piloto cerraba la mirilla y recurría al Kampfwagen Fahrer Fernrohr 2 (fig. B) o, en plan abreviado, KFF 2 (periscopio para conductor de vehículos de combate), un sistema de prismáticos binoculares sin aumentos que proporcionaban un campo visual de 65º. El KFF 2 son esos dos orificios que se ven sobre el visor normal del piloto y que puede que muchos cuñados se mueran de ganas por saber para qué leches servían. Por lo demás, el Vorpanzer tenía este accesorio en cuenta y estaba recortado de forma que no impedía su uso. Del mismo modo, el ametrallador también tenía un visor de puntería que es el orificio similar que vemos en la rótula donde se instalaba la MG-34 de proa. Se trata del Kugel Zielfernrohr 2 (visor telescópico para rótula) o KZF 2 (fig. C), un visor prismático de 1'8 aumentos con capacidad de graduación de hasta 200 metros. Su campo de visión era de 18º y, al contrario de como tenían que apuntar otros artilleros de proa, no se tenían que guiar por la munición trazadora, sino que podía apuntar con precisión hacia cualquier objetivo. En la figura D vemos el retículo del visor. Por cierto, esto tampoco creo que sea del dominio de sus hermanos políticos, así que no tengan piedad. 

Flammpanzer III en prácticas. Como salta a la vista, la densa
humareda negra delataba su posición ipso-facto
Bien, este modelo es el que continuaría la saga de carros lanzallamas tedescos. El origen del modelo M data de 1942, cuando se decidió cancelar la producción del modelo K y, a cambio, mejorar las prestaciones del modelo L que hemos comentado más arriba. Su precio, sin contar el armamento, ascendía a 96.183 marcos, lo que lo convertía en una máquina bastante asequible. Aquel mismo año, la factoría MIAG, de Braunsweig, envió un centenar de carros desarmados a la Waggonfabrik Wegmann AG de Kassel-Rothenditmold para su conversión en carros lanzallamas y el propósito de enviarlos a cremar hijos del padrecito Iósif en Stalingrado. El proyecto estuvo a punto de irse al garete porque en enero de 1943 y con la industria armera desbordada de trabajo, el bien amado Ministro de Armamento Albert Speer le dijo al ciudadano Adolf que era más que probable que los plazos de entrega y la misma conclusión de los vehículos estaba más que complicada, por no decir cuasi imposible. De hecho, para aquel mismo mes estaba comprometida la entrega de las 20 primeras unidades, seguidas de 45 en febrero y 35 en marzo. Sin embargo, alguien debió apretar las clavijas al personal porque, aunque con un mes de retraso, en febrero se entregaron 65 unidades, o sea, las comprometidas en enero más las del mes en curso, otras 34 en marzo y una más en el mes de abril que se debió quedar despistada.

Para resultar efectivo, un Flammpanzer debía aproximarse a unos
de 40 metros del objetivo, y colijo que los defensores de un bunker
debían decidir que lo mejor era largarse antes de que esa máquina
los calcinase con su lengua de fuego porque las armas de las que
disponían no servían de nada contra el monstruo
Los cambios que experimentó el carro fueron lógicamente notables, sobre todo en el interior ya que su aspecto externo había sido sutilmente disfrazado, ocultando la boquilla del lanzador dentro de un tubo de 150 cm. de largo y 12 de diámetro, lo que lo hacía pasar por su cañón de 50 mm. reglamentario. El armamento secundario, las dos MG-34 coaxial y de proa, permanecieron tal cual con una dotación de 3.750 cartuchos distribuidos en 25 bolsas con cintas de 150 cartuchos perforantes SmK, por lo que además de perforar pellejos de ciudadanos enemigos podía perforar el delgado blindaje de algunos vehículos ligeros. Por cierto que, en vista de que el carro iría petado de mezcla inflamable, aumentaron la provisión de extintores de tres a cinco, dos en el exterior y tres en el interior, aunque colijo que si esa porquería echaba a arder no la apagaba ni todo lo que cayó en el Diluvio de golpe. Por lo demás, la tripulación del casco permaneció inalterable: el piloto y el ametrallador, que además manejaba un aparato de radio Funkgërat 5.

Flammpanzer perteneciente a la 26ª División Acorazada capturado
por los yankees en Italia en 1943. Como podemos apreciar, solo
estando muy cerca se puede ver que no se trata de un carro normal
Obviamente, el cambio radical se efectuó en la torreta, cuyos tres tripulantes desaparecieron para dejar solo al comandante del carro que, además, asumía la misión de manejar el lanzallamas y la ametralladora coaxial. Este se alimentaba mediante dos depósitos de 510 litros situados en la base de la torreta, adaptándose al perfil de la misma para dejar libre el espacio central donde el comandante del carro se situaba para manejarlo. Para ello disponía de una manivela que permitía el movimiento vertical del lanzador de entre -10º y +20º y otra para el giro manual de la torreta, que lógicamente era de 360º. Esto permitía abarcar todo el perímetro alrededor del carro, y no verse limitado, como el caso del Panzer II a 180º o, en el del B2, al mínimo ángulo que le permitía su posición en la barbeta de proa. Además, facilitaba una técnica que ya se comentó en su día, y era rociar de mezcla inflamable el objetivo para no delatar sus intenciones y, a continuación, bastaba una breve llamarada para desencadenar el infierno.

Flammpanzer III agazapado en un bosque. Como vemos, está
equipado con un Schürzen que protege sus costados. La flecha
señala la varilla de puntería, que podemos ver algo mejor en
el detalle. No obstante, con estos chismes tampoco hacía
falta alardear de una precisión prodigiosa
El lanzallamas, instalado por la Koebe, así cómo el sistema de conexión con el depósito, era el mismo del B2. Un pedal liberaba la salida del chorro a través de una boquilla de 14 mm., impulsado por un motor de dos tiempos con una potencia de 28 CV Auto Union ZW1101 fabricado por la DKW y que generaba una presión de entre 15 y 17 atmósferas. El consumo era de 7'8 litros por segundo, y la mezcla se inflamaba mediante bujías incandescentes Smit o, si quieren apabullar a quien ya sabemos, Smitskerzen. Para apuntar, inicialmente se colocó sobre el manguito del falso cañón una chapa en forma de V que, posteriormente, se sustituyó por una varilla con marcaciones que el tirador podía calcular alineándolas con una escala pintada en el cristal del visor frontal de la cúpula. El alcance del chorro era de entre 50 y 60 metros dependiendo de la temperatura del combustible, independientemente de que si las condiciones externas no eran propicias podía ser menor.

En esta foto podemos apreciar el aspecto del chorro ardiente
con toda claridad, si la típica humareda negra
Una vez que las cien unidades fueron entregadas se distribuyeron conforme a una directiva emitida el 25 de enero de 1943 por la que los carros lanzallamas se incorporarían a una división como una Panzer-Abteilung Stabskompanie normal si bien en este caso se les conocía como Panzer-Flamm-Zug. Anteriormente eran agrupados en batallones independientes que eran enviados donde se consideraba oportuno, cumplían su misión y se largaban. Sin embargo, bajo esta nueva distribución las divisiones que lograran hacerse con estos vehículos dispondrían de secciones formadas por siete carros. A principios de mayo se llevó a cabo el reparto de la siguiente forma: 28 unidades fueron destinadas a la 28ª División Grossdeutschland, 15 a la 6ª División Acorazada, 14 a las divisiones acorazadas 1ª, 24ª y 26ª, y 7 unidades a las divisiones acorazadas 14ª y 16ª. Se dejó una unidad para prácticas, y siete de los enviados a la 1ª División Acorazada se retiraron al ejército de reserva el 31 de octubre de 1943, mientras que trece de los asignados a la Grossdeutschland se mandaron a la 11ª División Acorazada entre mayo y junio de aquel mismo año, que había que repartir con equidad y no dejarles por norma el mejor bocado a las élites.

Solo cuando lograban acercarse a su objetivo es cuando estas
máquinas eran absolutamente terroríficas. El problema era
avanzar en un frente donde el enemigo hubiese podido
desplegar carros de combate, porque en ese caso lo tenían crudo
Bueno, criaturas, así se crearon estas peculiares máquinas que, todo hay que decirlo, ni remotamente pudieron cambiar el curso de la guerra ni de nada. De hecho, sus bajas a lo largo de 1943 fue bastante inquietantes, nada menos que 60 unidades entre marzo y diciembre de ese año, cuando aún tenían por delante otro año y medio de guerra y sin posibilidad de reponer la pérdidas. Su actuación en Italia y el Frente Oriental no fue especialmente brillante porque tenían que operar por sistema bajo la protección de otros carros y siempre y cuando el terreno les fuera propicio, y mientras que los alemanes destruían un Sherman o un T-34, sus enemigos construían 50, pero para ellos la pérdida de un Tiger o un Panther ya era motivo de duelo. Por otro lado, con este tipo de armas suele pasar lo mismo: una vez superado el efecto sorpresa, salvo que se disponga de un número muy elevado de ellas para mantener la presión no se tarda mucho en encontrarles los puntos flacos y diezmarlas. Más posibilidades tuvieron los carros lanzallamas yankees en el Pacífico, donde los carros de los honolables guelelos del mikado eran escasos y malos y no eran rivales para los Sherman. En resumen, el Flammpanzer III fue un arma a mi entender demasiado limitada por las condiciones del frente en Europa, y contra enemigos con una capacidad industrial tan abrumadora que hoy día sigue siendo para mí un misterio misterioso cómo no pudieron acabar con el ciudadano Adolf mucho antes. Sea como fuere la última acción donde fueron vistos fue en Budapest, donde la Flamm-Panzer-Kompanie 351 formada por 10 carros actuó desde el 6 de enero hasta el 10 de abril de 1945, momento en el que apenas les quedaban cuatro unidades operativas y una averiada. Las opciones del Flammpanzer III las retrató de forma escueta pero contundente el mismo Guderian: "Reconociendo sus pocas posibilidades de uso, especialmente en el sector meridional del Frente Oriental, el regimiento está utilizando principalmente los Flammpanzer restantes para la guarnición de poblaciones, junto a otros carros armados con cañones". En resumen, acojonar, acojonaban una cosa mala, pero sus resultados no fueron ni remotamente los esperados.

Se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

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Dos tripulantes de un Flammpanzer III bicheando en el interior del vehículo. Obsérvese la varilla de puntería sobre el manguito del falso cañón

domingo, 1 de noviembre de 2020

ORIGEN Y FUNCIONAMIENTO DE LOS PRIMEROS LANZALLAMAS, 2ª parte

 

Tres Kleiftruppen provistos de lanzallamas Kleif modelo 1917 posando para la posteridad. Estos pequeños grupos, nutridos por hombres especialmente agresivos y tan belicosos como las Sturmtruppen, perpetraban escabechinas suntuarias cuando lograban infiltrarse en las posiciones
enemigas, dejando tras de sí un siniestro rastro de momias calcinadas

Bueno, prosigamos...

En el artículo anterior pudimos ver los entresijos y el funcionamiento de estos chismes tan abrasivos, así que hoy toca ver los distintos modelos que entraron en acción. 

El padre de todos los lanzallamas podemos verlo en la ilustración de la derecha, que corresponde a la hoja de patente 134.348 fechada el 25 de abril de 1901. Ese trasto con apariencia de lavadora prehistórica fue el invento que Fiedler presentó como "un método para producir grandes masas de llamas", y estaba compuesto por un gran depósito que, además del combustible, incluía otro en su interior para el propelente. Como se puede ver, disponía de un manómetro para controlar la presión del mismo, una manguera flexible para facilitar su manejo, una lanza rígida y, al final, una bocacha donde se colocaba una mezcla incendiaria que se encendía a mano mediante un frictor para inflamar el combustible que salía por la boquilla. Este principio tan básico fue el que adoptaron la práctica totalidad de los lanzallamas que fueron surgiendo en el mundo a lo largo del tiempo. 

En principio, los lanzallamas no estaban concebidos como armas portátiles, sino estáticas. De hecho, antes de que la guerra de trincheras se convirtiera en una siniestra realidad, el uso que se les pretendía dar era como barrefosos en las fortificaciones en uso a finales del siglo XIX y principios de XX. De hecho, se habían realizado proyectos para la instalación de aparatos en los fosos para expeler chorros de cualquier líquido inflamable impulsado con aire comprimido, pero eran excesivamente complejos y caros de fabricar e instalar, así que fueron enviados a los enormes baúles de los recuerdos que siempre hay en todos los estados mayores del planeta. Sin embargo, el nuevo concepto creado por Fiedler y, posteriormente, mejorado con las aportaciones de Reddemann, el bombero reciclado en pirómano, permitió fabricar tanto lanzallamas pesados para uso estático, o sea, defender posiciones, como portátiles, mucho más versátiles ya que permitirían acompañar a las tropas durante sus avances y acojonar a los enemigos con sus pavorosas llamaradas. El primer lanzallamas pesado fue el Groβe Flammenwerfer (literalmente lanzallamas grande), más conocido por su acrónimo Grof, modelo 1912. 

Como vemos en la ilustración superior, obtenida de una foto procedente de un Grof capturado por los british (Dios maldiga a Nelson) en 1915, constaba de un depósito para el combustible (véanse los distintos tipos en el artículo anterior) con una capacidad de 75 litros. Este depósito medía 102 cm. de alto por 51 cm. de diámetro, y estaba acompañado por dos bombonas de propelente que le proporcionaban un alcance de entre 35 y 40 metros, si bien el tema de la longitud de la llamarada siempre era teórico ya que influía tanto el tipo de combustible que se usase, así como la dirección del viento. Recordemos que los tedescos disponían de tres tipos de mezclas más o menos densas que usaban según la temperatura ambiente y que, en determinadas ocasiones, también sufrían una dispersión mayor cuando había viento lateral, en cuyo caso era necesario una mezcla más densa para evitar que el combustible se pareciera más a una rociada de espray matamoscas que un chorro decente. En cuanto a la autonomía, era de 45 segundos en llamarada continua. 

El Grof tenía a su servicio una dotación de cinco hombres o Groftrupp: el Rhorführer, operador de la larga lanza de 175 cm. de largo que se roscaba en un casquillo de bronce del extremo de la goma (podía tener varios metros de largo); dos asistentes, uno para sujetarla que se colocaba tras él cuando entraban en acción y otro, como vemos en la foto, para arrimarle una antorcha cada vez que había que abrir fuego. Estas antorchas no eran ningún alarde tecnológico, sino un simple tubo metálico con un tocho de trapos empapados en queroseno o gasofa en el extremo. A los asistentes se sumaban dos Grofleute, los hombres destinados a mover el lanzallamas o acarrearlo cuando había que avanzar o retroceder y, además, los encargados de manejar los mandos que vemos en la foto superior derecha. A y A' son las llaves de paso para regular el flujo de combustible ya que podía añadirse un segundo lanzallamas en tándem para aumentar su autonomía, para lo cual disponía del casquillo B donde se roscaba el tubo correspondiente. C son los tanques de propelente, nitrógeno en este caso; E es una válvula de seguridad por si se producía un atasco o similar, que no explotase el chisme entero, D es la rosca donde se colocaba el manómetro (que no aparece en la foto), y F es el codo de bronce donde se conectaba la manguera. 

En 1916 el Grof fue sustituido por una versión más ligera y versátil, el Leichtgrof (literalmente lanzallamas grande ligero) que vemos en la foto de la derecha, un modelo que estaba provisto de una sola bombona de propelente pero que, no obstante, pudo mantener el mismo alcance y autonomía que su hermano mayor. Su menor peso lo hacían más manejable e incluso susceptible de ser usado en determinadas acciones además de las meramente estáticas propias de estos lanzallamas pesados ya que podía ser transportado por dos hombres. Pero su verdadero potencial estaba en su uso múltiple uniendo dos o tres Leichtgrof para formar uno solo, con lo que lógicamente se aumentaba de forma notable la autonomía. Varios de estos chismes podían formar literalmente una barrera de fuego absolutamente infranqueable. Los enemigos se atrevían con las balas de las ametralladoras y la metralla de la artillería pero, ¿quién atraviesa una muralla ardiente? 

En la foto de la izquierda podemos ver el engendro ígneo, en este caso formado por tres Leichtgrof que, si lo observamos, están unidos por los codos de bronce donde se conectaban las mangueras. Estas eran a su vez roscadas a una boquilla con tres casquillos donde se acoplaba la manguera principal. El resultado no podía ser más estimulante ya que un grupo de dos lanzallamas veía su autonomía aumentada hasta los 70 segundos, mientras que tres, como los de la foto, alcanzaban nada menos que 120 segundos, o sea, dos minutos de interminable apocalipsis. Ojo, puede que a más de uno le puedan parecer autonomías muy breves, pero en las filmaciones de la época en las que se muestran ensayos y entrenamientos se puede comprobar que una simple llamarada de dos segundos se podía hacer interminable, y más si tenemos en cuenta que, cuando esta cesaba, todo objeto que hubiese alcanzado y que fuese combustible permanecería ardiendo incluyendo a los desgraciados que pillaba por medio. Recordemos que bastaba un segundo para quemar el oxígeno del interior de una casamata, y que el monóxido de carbono que producía la llama podía asfixiar a un hombre al instante. Aquí no servían de nada las máscaras antigás porque no se trataba de cerrar el paso a una substancia tóxica, sino de que no quedaba aire para respirar.

Pero, a pesar de su abrumadora eficacia, el verdadero potencial de estas armas no estaba en los modelos estáticos, sino en los portátiles, que como ya se comentó en su momento podían convertir una posición enemiga en un horno crematorio a 1.200º de temperatura, capaces de incinerar todo lo que pillaba a su paso y, como efecto secundario, desestabilizar estructuras no combustibles como el ladrillo o el cemento, que no ardían pero sí quedaban muy tocadas en lo tocante a su solidez a causa de la temperatura. Recordemos igualmente el "efecto buscador" de las llamas que, en una angosta trinchera, se metía por todas partes, no sirviendo de nada resguardarse de ellas como se hacía con las balas o la metralla. La elocuente imagen de la derecha, obtenida de un fotograma coloreado de una filmación original de la época, deja claro que nadie haría otra cosa que salir corriendo para escapar de las llamas, cuyo devastador poder se veía complementado con el fuego de las LMG-08/15 y las bombas de mano de las unidades de asalto que se nutrían con lanzallamas.

El primer modelo operativo de lanzallamas portátil fue el Kleine Flammenwerfer (lanzallamas pequeño) modelo 1912 que, como su hermano mayor, también fue abreviado con las iniciales de ambos palabros: Kleif. Esta arma estaba formada por un cilindro de acero construido en tres partes, una central y los dos extremos soldados unos a otros obteniendo un recipiente de 60 cm. de alto por 25 cm. de diámetro. En el interior estaba el depósito de propelente y el combustible, como pudimos ver en el gráfico que presentamos en el artículo anterior para detallar el funcionamiento de estos chismes. Su peso cargado era de 32,2 kg., y contenía 16 litros de combustible que le daban una autonomía de 15 segundos y un alcance de 20 metros. Como vemos en la foto se sujetaba en la espalda mediante un arnés formado por una estructura de acero forrada de cuero por su parte externa para reducir roces. Para no estorbar en caso de emergencia, carecía de cinturón, y solo se sujetaba mediante las trinchas. En la foto superior vemos a un probo incinerador en prácticas con su flamante Kleif y con la jeta protegida por una máscara para evitar ponerse más moreno de la cuenta.

El Kleif 1912 lo servía un Flammenwerfertrupp formado por dos hombres: el Kleifträger, que era el que lo llevaba encima y manejaba la lanza, y el Hilfsmann, un asistente cuyo cometido era accionar la llave de paso A del gráfico de la derecha cada vez que se lo ordenara su compañero. Contrariamente a su hermano mayor, en vez de una manguera estaba equipado con una lanza unida directamente al depósito mediante un codo con capacidad para girar hacia arriba y hacia abajo. Durante el transporte, la lanza, que era telescópica y por ello permitía orientar la bocacha en cualquier dirección, se anclaba en el clip B. La pieza C es una tapa metálica destinada a proteger el tapón de llenado de propelente y el manómetro. Esta tapa se ajustaba roscándola al depósito. La pieza D era una válvula de seguridad y, finalmente, las piezas E y E' eran los anclajes para el arnés. En la parte inferior del depósito vemos unas protuberancias estampadas en la misma chapa que actuaban como patas, tres en total. Por lo demás, podemos ver que se le podían instalar dos casquillos para sujetar la bocacha, uno con un ángulo de 45º y otro recto. El primero estaba concebido para lanzar llamaradas sobre los parapetos de las trincheras propias, o bien para calcinar enemigos resguardados en casamatas cuyas troneras estaban a cierta altura. Se intercambiaban sin problema ayudándose con una llave. Por último, señalar que el llenado de combustible se efectuaba por el lado opuesto, donde tenía un tapón acodado. Y referente al color, eran pintados, como vemos, de un tono marrón rojizo si bien no había una norma absoluta en este sentido, y podían verse también en negro o en el típico gris de campaña alemán. 

Un Kleifträger con jeta de satisfacción puramente
germánica. Aunque el 1912 no era ninguna maravilla,
nada más empezar el conflicto ya dieron sustos de
categoría a los enemigos
Con todo, y a pesar de su incuestionable valor como arma ofensiva, el modelo 1912 tenía dos problemas que le hacían perder eficacia: ante todo, la lanza unida directamente al depósito limitaba enormemente su capacidad de movimiento. El Kleifträger tenía que girar el cuerpo para poder hacer un barrido horizontal y tener que estar continuamente vigilando si la longitud de la lanza era la correcta. Por otro lado, era muy sensible al trato propio de un arma de combate. Un cuerpo a tierra en mala postura o un golpe mientras se avanzaba por una trinchera podía doblar la lanza, bloquearla o incluso obstruirla, pero como por aquella época aún no había empezado la fiesta y las tropas debían ante todo habituarse al uso de aquellas nuevas armas, aún pasaron dos años antes de que quedara claro que el modelo 1912 no aguantaría mucho en aquella guerra de trincheras donde, ante todo, se necesitaba material sólido, capaz de soportar las peores condiciones imaginables hasta el momento. Era pues hora de hacer el relevo y dar paso al modelo 1914.

No hacía falta crear un nuevo modelo, sino simplemente modificar el principal inconveniente del 1912: la lanza unida al depósito. Como vemos en el gráfico, un pequeño tramo rígido quedaba unido al mismo y, al igual que su antecesor, podía girar hacia arriba y quedar anclado en el clip en posición vertical para hacer más cómodos los desplazamientos. Pero a partir de ahí comenzaban los cambios, consistentes en una llave de paso de ¼ de vuelta seguida por una manguera de goma de presión y una nueva lanza de 150 cm. de largo igualmente provista de una llave de paso. Nueva arma implicaba también nueva distribución de personal, y el Flammentrupp de solo dos hombres se cambió por un Kleiftrupp de cuatro: un operador para la lanza, que era el que dirigía el fuego y abría y cerraba a voluntad la llave de paso de la misma; un asistente que, por lo general, se encargaba de que la manguera no entorpeciese los movimientos de su compañero; un hombre que en este caso se encargaba de transportar el arma y manipular la llave del propelente y la llave de paso del combustible, y todos ellos al mando de un Truppführer que, por lo general, era un suboficial.



Las mismas unidades de lanzallamas se encargaban
del mantenimiento de sus armas en el frente
La foto superior nos ofrece una magnífica visión del modelo 1916 con todos sus componentes a la vista, así como sus proporciones. La manguera permitía al operador manejar la lanza en cualquier dirección sin estorbos de ningún tipo, y eso no era precisamente un tema baladí cuando se zambullían en una trinchera enemiga y había que barrerla de cabo a rabo sin desperdiciar ni uno de los 15 segundos de autonomía ya que el modelo 1914 tenía las mismas prestaciones que su antecesor. No obstante, pronto se comprobó que aún quedaban detalles por pulir, y en esta ocasión se trataba del tubo del propelente. Al estar dentro del depósito, si por cualquier motivo sufría un mínimo atoramiento o cualquier avería menor había que cortar literalmente en dos la carcasa ya que no estaba prevista ninguna abertura por la que acceder al interior de la misma. Solo había dos tapones para el llenado del propelente y el combustible y una boquilla para el manómetro, por lo que habría que llamar a un experto en construir barcos dentro de una botella para intentar solucionar cualquier avería por mínima que fuese, quedando además el arma fuera de servicio mientras se llevaba a cabo la reparación. Pero como los tedescos no estaban por la labor de dejar caer en la obsolescencia un arma que les estaba dando unos resultados más que aceptables, pues diseñaron otro modelo para eliminar posibles fuentes de problemas.

En esta ocasión se optó por un diseño totalmente nuevo llevado a cabo por el 3er. Batallón de Zapadores de la Guardia, el modelo 1915. Como podemos ver en el gráfico, la bombona de propelente se situó fuera del depósito, lo que suponía poder aumentar el volumen de combustible en tres litros, hasta un total de 19 y, más importante aún, en caso de avería podía sustituirse por otra mientras que se reparaba la anterior sin inutilizar el lanzallamas. Por otro lado, colocar el depósito de propelente en el exterior suponía también un aumento en la autonomía, que se alargó hasta los 25 segundos, y en el alcance al disponer de más carga propelente, llegando a los 25 metros. Según podemos apreciar, sobre la bombona del propelente se encontraba el manómetro y la llave de paso del mismo. La conexión con el depósito se efectuaba mediante un tubo flexible, y la salida del combustible la vemos en la parte superior, con un tubo rígido inicial seguido de una manguera y una llave de paso. A continuación se conectaría la lanza, también con su llave de paso para el operador.

Pioniere armados con el primer modelo 1915


Sin embargo, el tubo de salida superior parece que no fue enteramente satisfactorio, más que nada por obligar al portador del lanzallamas a llevarlo sobre el hombro, como podemos ver en la foto superior. Así pues, se modificó en un segundo modelo que, como vemos en el gráfico, se sustituyó el tubo inicial, que además no ofrecía la solidez necesaria en esa posición, por otro que descendía por la costado derecho del depósito, sujeto al mismo mediante una abrazadera y con la llave de paso y su casquillo al final del mismo. Este sistema permitía al portador, igual que en el caso del modelo 1914, llevar la manga debajo del brazo y verse con menos estorbos cuando llegase la acción. Por cierto que, como salta a la vista, en este modelo se sustituyeron las tres patas de estampación por otras rectas soldadas al depósito, y se colocó una tapa roscada sobre el manómetro, una pieza bastante delicada de la que no podían prescindir porque era la que indicaba la cantidad de propelente que quedaba en la bombona. Finalmente, se añadió un asa en la parte superior del depósito para facilitar su manejo a la hora de colocárselo en la espalda o para transportarlo cuando estaban en retaguardia.

Y a todo lo señalado, se planteó aumentar su autonomía mediante el mismo sistema seguido con sus hermanos mayores haciendo uso de dos lanzallamas. Según vemos en la foto, bastaba unir una la lanza de 150 cm. de largo dos mangueras, una de 150 cm. y otra de 3 metros mediante un casquillo en Y, con lo que se aumentaba el volumen de combustible hasta los 38 litros y, por ende, al doble de tiempo funcionando. Como podemos imaginar, esta combinación resultó devastadora cuando los aguerridos Pioniere se colaban en las trincheras de gabachos y british y las dejaban convertidas en una porquería humeante. Lógicamente, en este caso el Kleiftruppe se vio aumentado de personal, añadiendo tres hombres a los cuatro habituales. 

En 1916 se recuperó la antigua conformación del modelo 1914 con su misma capacidad y dimensiones, pero con la cuestión del tubo del propelente solventada. Se limitaron a algo tan básico como colocar dicho tubo en el exterior, pero manteniendo la bombona dentro de la carcasa principal. Para modificar el alcance y la autonomía se usaron boquillas con el orificio de salida de distintos diámetros. Con una de 5 mm. obtenía 15 segundos de duración y un alcance de 23 metros. Con la de 7,5 mm. se acortaba la autonomía hasta los 12 segundos ya que el flujo era mayor pero, a cambio, el alcance de alargaba hasta los 32 metros ya que era menos sensible al aire. En la foto de la derecha podemos observar con gran lujo de detalles el aspecto de este modelo. En primer lugar, podemos ver el arnés, similar al del viejo modelo 1912, formado por una estructura de acero forrada de cuero. Junto al depósito aparece el tubo flexible que comunica la llave de paso del propelente con dicho depósito, y a la derecha, señalado por una flecha roja, el tapón de llenado del combustible. Sobre el arma vemos el manómetro y la llave de paso cuya tapa protectora ya no iba roscada, sino provista de una bisagra. Las patas estampadas fueron sustituidas por otras soldadas, más fáciles de fabricar, y en cuanto a la manguera y la lanza no hubo cambios salvo en la cruceta señalada con la flecha amarilla, destinada a sujetar la lanza cuando se cambiaba la boquilla. Unas manos sucias y grasientas no podrían agarrar bien el tubo cuando se aflojaba o apretaba el casquillo con una llave, así que esa cruceta solucionaba el problema. Finalmente, conviene reparar en la horquilla que sujetaba el encendedor en la bocacha que estudiamos en la entrada anterior.

Conocida foto que muestra una Kleiftruppe avanzando por unas
trincheras haciendo limpieza con un modelo 1916
Por último, se sustituyó el codo de salida giratorio del modelo 1914 por uno más corto y fijo, donde era roscado el casquillo de la manguera. Y al igual que en modelo 1915, se tuvo en cuenta la opción de unir dos lanzallamas para abrasar más y mejor a los enemigos. En este caso se colocaba 
 en la lanza una boquilla con un orificio de salida de 10 mm., obteniendo un alcance de entre 30 y 35 metros y una autonomía de 22 segundos con sus 36 litros de combustible. Aprovecho para hacer mención al armamento individual de los componentes de las Kleiftruppen, que con una cosa y con otra aún no se ha dicho nada al respecto. Por norma, todos iban armados con la carabina Mauser mod. 98A, una versión acortada del Gewher 98 destinada a caballería, artillería y unidades de apoyo pero que fue adoptada por los Pioniere y las Strumtruppen por su ligereza. Solo el portador del lanzallamas estaba armado con una pistola P-08 por razones obvias. No obstante, en muchas fotos aparecen todos con arma corta, que ya sabemos que en muchas ocasiones cada cual hacía de su capa un sayo. Y aparte de las armas de fuego, cada hombre portaba dos granadas de mano sujetas al cinturón, además de sus armas de trinchera extra-oficiales que ya conocemos.

El modelo 1916 aún tuvo que sufrir una modificación más cuando se comprobó que el tubo flexible que llevaba el propelente al depósito era susceptible de romperse o quedar arrancado si se enganchaba en cualquiera de los tropocientos sitios donde engancharse en un campo de batalla, por lo que al año siguiente se eliminó dicho tubo y se sustituyó por otro, rígido en esta ocasión, que iba pegado al depósito por el costado derecho tal como señala la flecha en la foto de la derecha. Por lo demás, el modelo 1917 no sufrió más modificaciones relevantes ya que sus prestaciones eran las mismas que las de su antecesor, incluyendo la opción de intercambiar boquillas de distinto diámetro y la posibilidad de usar parejas de lanzallamas como en los modelos 1915 y 1916. Así pues, podemos decir que, básicamente, se limitaron a cambiar de sitio y de material el tubo del propelente para evitar roturas y averías. Hay que tener además un detalle en cuenta: la entrada en servicio de un nuevo modelo no significaba la retirada de los anteriores, que siguieron funcionando junto a sus sucesores si bien, en el caso de los modelos 1912, 1914 y 1916 podían ser reciclados ya que la carcasa siempre fue la misma. Lo único que habría que modificar llegado el caso era el tubo del propelente y el codo de salida del combustible, reformas que un operario cualificado solventaba en un periquete. Aunque no hay dato al respecto, cabe suponer que a medida que los modelos más viejos se iban estropeando no se reparaban, sino que eran reciclados en uno posterior. Seguramente por ese motivo vemos que el modelo 1917 retomó las patas esferoidales estampadas que no llevaba su predecesor. Simplemente sería la consecuencia de echar mano de las carcasas de los modelos 1912 y 1914 que iban quedando fuera de servicio.

Por otro lado, hubo un cambio en su denominación oficial. Ya no se denominó Kleine Flammenwerfer, sino Mittlere Flammenwerfer (lanzallamas mediano). ¿Por qué ese cambio, si era del mismo tamaño que los anteriores? Pues porque aquel mismo año apareció un nuevo modelo totalmente distinto, más pequeño pero que rompía por completo la pauta de diseño marcada por Fiedler desde primera hora.

Pareja de Kleif  1917 en acción. Tras el Rohrführer vemos al primer asistente. A continuación el primer lanzallanas con una manguera de 1,5 metros. Detrás el segundo asistente y, por último, casi fuera de encuadre, el segundo lanzallamas con la manguera de 3 metros. La disposición de los hombres con los modelos 1915 y 1916 por parejas sería exactamente igual


Se trataba del Wechselapparat (literalmente aparato de cambio o sustitución) modelo 1917, abreviado como Wex. El Wex fue diseñado y fabricado por el Regimiento de Reserva de Zapadores de la Guardia, y no se parecía en nada a todo lo visto hasta su distribución en mayo de aquel año. Era un chisme tan innovador que parecía sacado del armero de Darth Vader y, además, venía a solventar todos los problemillas que sus antecesores habían venido arrastrando desde el primer modelo. Como vemos en la foto, el Wex estaba compuesto por un rosco de 46 cm. de diámetro que era el contenedor de combustible, y en el interior la bombona para el propelente. La capacidad del depósito era inferior a la de sus antecesores, disminuyendo hasta los 11 litros, pero eso no supondría ningún impedimento, al menos en teoría, porque el proyecto inicial contemplaba que cada Kleiftrupp estaría equipada con tres depósitos que se irían cambiando- de ahí su nombre- a medida que se fuera agotando cada uno de ellos. 

Para realizar la sustitución cuando antes, la manguera estaba provista de un cierre rápido con dos palancas que crimpaban el casquillo de engarce que podemos ver claramente en la foto de la izquierda. Cuando el combustible se agotaba, el portador del lanzallamas cerraba la llave de paso (flecha roja) y abría las dos palancas (flechas negras) que liberaban el manguito del arma. A continuación era relevado por un compañero que hacía la operación inversa: conectaba el manguito con la manguera, cerraba las palancas y abría la llave de paso. Sin embargo, parece ser que esto no pasó de la teoría y los ensayos iniciales ya que en combate no era viable, por lo que el Wex se tuvo que conformar con su escasa autonomía. Con una boquilla de 5 mm. lograba un alcance de 25 metros durante 20 segundos, mientras que con la de 7,5 mm. alcanzaba los 30 metros, pero reduciendo su autonomía a apenas 9 segundos que había que aprender a aprovechar al máximo.

En las foto de la derecha vemos sus partes más reseñables. En la foto A podemos apreciar la bombona de propelente, que estaba fijada al depósito por la parte superior con una simple tuerca. Por la parte inferior sale el tubo que lo comunicaba con el depósito de combustible. Lo que aparece como palometa de fijación era para, junto a dos presillas situadas en la parte superior, unir el arma al arnés. En la foto B podemos ver la parte trasera, donde se aprecia en primer plano el manguito de salida y la llave de paso, así como el manómetro y el tapón de llenado del depósito. El tapón de la bombona queda oculto por el arnés, lo que obligaba a desmontarlo cada vez que había que reponer propelente, motivo por el que se diseñó dicho arnés de forma que solo hubiera que aflojar la palometa para separarlo del lanzallamas.

En esta otra foto vemos con detalle la cara interior del arnés que, como era habitual, estaba fabricado con un armazón metálico recubierto de cuero. Los círculos rojos señalan las pestañas donde se enganchaba el Wex, y el amarillo la pletina donde se ajustaba la palometa. Volviendo al lanzallamas, el circulo azul nos señala el tapón de llenado, que aquí se ve con más detalle, así como la fijación de la bombona al rosco (círculo verde) y en magenta un asa para desmontarlo con más comodidad. El peso total del arma cargada con combustible y propelente era de solo 25 kilos, motivo por el que sus antecesores fueron recalificados como medianos, siendo de ese modo el Wex el único Kleif operativo durante el último año del conflicto.

Y como regalito extra, también incluía una nueva bocacha válida para cualquier modelo y que llevaba la horquilla incorporada en una cubierta giratoria como podemos ver en el gráfico de la derecha. Con este sistema se prescindía de la antigua horquilla sujeta con la cadenita que, si se rompía, lo más probable era perderla antes que canta un gallo. Además, había que hacer coincidir los rebajes previstos en el encendedor con los orificios de la bocacha, y eso, cuando te llueven tiros de todas partes se hace muy molesto. El nuevo sistema obviaba todo eso. Bastaba subir la cubierta, meter el encendedor, bajarla y, sin más dilación, se podía seguir incinerando ciudadanos enemigos. Pero la aportación más importante del Wex fue que planteó la posibilidad de prescindir del sempiterno auxiliar, así como de requerir dos hombres para su manejo. Su reducido tamaño y su peso aceptable permitían que solo fuera preciso un hombre para manejarlo, ahorrando de ese modo personal y medios que podían ser usados en otros menesteres. 

Los british y sus primos yankees se quedaron perplejos cuando vieron esta virguería germánica, totalmente distinta a los modelos vistos hasta entonces. Tanto les impresionó que los isleños, que llevan en la sangre el pirateo contumaz, no dudaron en copiarlo para usarlo en la guerra siguiente si bien le implantaron mejoras como un encendedor automático de cordita. El chisme, denominado oficialmente como Lanzallamas Portátil Nº 2 y apodado como "lifebuoy" (salvavidas) por la forma del depósito y "sombrero" (así, en español) por su semejanza a los enormes sombreros charros usados en Méjico, dio guerra a base de bien, paradojas del destino, precisamente contra sus propios creadores. Con todo, donde le sacaron bastante jugo a este aparato fue en la jungla birmana, donde los honolables guelelos del mikado se camuflaban como nadie y solo las repentinas subidas de temperatura producidas por los lanzallamas los persuadían para que abandonaran sus refugios a toda velocidad.

Y para terminar, la pregunta que muchos estarán preparando para ponerla en los comentarios: ¿explotaban los lanzallamas cuando eran alcanzados por una bala? No. Ni el nitrógeno ni el dióxido de carbono usados como propelente son combustibles, por lo que si se perforaba el depósito simplemente se producía una fuga. Otra cosa es que le hicieran un agujero cuando estaba lleno y, como pasa con los aerosoles modernos, la repentina fuga de gas reviente el envase, pero no producía esa bola de fuego que sale en las pelis porque no ardía. Y si lo que alcanzaban era el combustible, pues menos aún salvo que usaran una bala trazadora cuyo fósforo  lo incendiara, pero no necesariamente tenía que explotar, sino que ardería a medida que saldría por el agujero. En realidad, este dilema no es nuevo, y algunos british aseguraban que ocurría, pero los tedescos, empezando por el general Otto von Below y acabando por la oficialidad de las unidades de Pioniere aseguraban que era un camelo, y que en caso de ser alcanzados la misma presión haría salir el combustible o el propelente sin más historias. Hubo incluso testimonios por parte de los yankees que coincidían con dicha afirmación, habiendo visto lanzallamas alcanzados por la metralla sin que hubieran explotado ni nada semejante. La foto superior muestra un Wex capturado por los yankees en marzo de 1918 que presenta un enorme desgarro en el depósito, alcanzado por una bomba de mano. Como salta a la vista, no explotó. El que llevaba el lanzallamas tampoco explotó, pero lo dejaron listo de papeles al pobre.

Bueno, criaturas, basta de momento, que en esta ocasión me he enrollado en demasía si bien ha merecido la pena. Dudo que haya un solo cuñado que, desde hoy, se atreva a mencionarles la palabra lanzallamas.

Hale, he dicho

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Obviamente, los Pioniere no eran invulnerables a pesar del terror que infundían en los enemigos. Su presencia era recibida con lluvias de balas y bombas de mano que, como en el caso de la foto, lograban detener su avance para alivio del personal, al que eso de palmarla achicharrado les resultaba tan horripilante como el gas