Mostrando entradas con la etiqueta Vida cotidiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vida cotidiana. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de abril de 2014

LA ASQUEROSA VIDA DE LOS GALEOTES




Hace ya dos años y medio (¡carajo, como pasa el tiempo!) se publicó una entrada sobre la chusma de galeras, si bien era bastante generalista, a fin de desmitificar los tópicos que suelen estar presentes en el imaginario popular. Pero creo que el tema de las galeras españolas durante el Renacimiento da de sí para elaborar algunas entradas bastante curiosas e ilustrativas. Así pues, dedicaré esta nueva serie precisamente a los que fueron los protagonistas de aquella primera entrada y que, al fin y al cabo, eran el "motor" de las galeras del rey. 

Grilletes
Los motivos por los que un ciudadano podía acabar dándole al remo durante varios años eran de lo más variado: robo, violación, asesinato -que curiosamente estaba menos penado que el robo- consentidor de mancebías, deserción, etc. Fue en 1506 cuando se tuvo noticia por vez primera de la existencia de forzados de galeras ya que, anteriormente, los remeros eran personal voluntario que se enrolaba por una paga. Así pues, estos malvados ciudadanos que acababan en una galera se topaban inicialmente con el alguacil, un subordinado del cómitre que les daba la bienvenida herrándolos, o sea, colocándoles en los tobillos sendos grilletes los cuales eran cerrados mediante un remache de modo que los puñeteros grilletes les acompañarían durante toda su condena. Solo serían encadenados al banco cuando el cómitre así lo ordenase, lo que era habitual con los elementos más rebeldes y antes de entrar en combate.

Galera aragonesa
A continuación el barbero le rapaba la cabeza. Este pelado radical tenía dos objetivos: uno, como medida de tipo higiénico, y el otro, ser fácilmente identificado en caso de fuga. Se le proporcionaban dos camisas, dos calzones, una almilla, un bonete rojo y un par de zapatos. Esta ropa se le iría haciendo jirones a medida que pasase el tiempo. El sol y los lavados con agua salada eran los ingredientes perfectos para destrozar la ropa en no mucho tiempo. 

Tras ser engrilletado y rapado era destinado a un banco en el que con tres o cuatro galeotes más se encontraba con el remo. Hasta mediados del siglo XVI, la boga habitual era a tercerol, o sea, un remo por galeote. Pero este sistema era bastante problemático de cara a la logística ya que era preciso llevar repuestos para tres tipos de remos diferentes. A fin de simplificar este problema, se adoptó la boga a galocha, en la que se usaba un solo tipo de remo que era manejado por tres, cuatro o cinco hombres dependiendo del tamaño de la galera. Así pues, si hablamos de una galera real, de entre 300 y 500 toneladas, el neófito no se encontraba con un remo cualquiera, no, sino una cosa enorme que más bien parecía un árbol sin ramas. Véase el gráfico inferior:


Ahí tenemos el remo: un tocho de madera de haya de unos 11 metros de largo (dependiendo de los tratados de construcción variaban las dimensiones) y alrededor de 130 o 150 kilos de peso (o sea, unos 25 kilos mínimos por remero) cuya pala medía 2,5 metros de longitud. De la longitud total del remo, unos 3,5 metros iban dentro de la nave, y se encajaba entre dos estacas llamadas escamas, siendo fijado mediante un cordaje o estrobo. Para reforzar la caña del remo se le añadía la galaverna, una especie de forro o engrosamiento de entre 1,5 y 1,8 metros, que era sustituido cuando era preciso sin que el remo acusase desgaste. Debido al grosor del mismo, se clavaban en el guion unas manillas para que los galeotes pudieran agarrar el remo. El tramo final o puño se rebajaba para asir dicho remo ya que el que ocupaba ese puesto era el más experto del banco puesto que era el que llevaba la cadencia y, además, era el que realizaba el mayor esfuerzo. Si observamos el gráfico y considerando que el movimiento del remo es circular, el remero más cercano al casco será el que menos tenga que estirarse, y el más cercano a la crujía, la pasarela central de la galera, el que realizaba un movimiento más acusado. Además, por el ángulo del remo hacia el agua, el puño le quedaba a la altura del pecho, por lo que el esfuerzo de la boga era aún mayor.

Chifle
El galeote aprendía a odiar a toda la peña en pocas horas tras su llegada, pero los que se llevaban la mayor cuota de odio, así como de miedo, eran el cómitre y su segundo, el sotacómitre. Estos personajes, que eran los encargados tanto de la maniobra como de todo lo referente con la chusma de la galera, no dudaban ni un segundo en estimular al personal al más mínimo atisbo de flojera a golpe de rebenque o corbacho, que eran unos gruesos cabos con un nudo en el extremo que, restallado en el lomo, obraban verdaderos milagros y hacían desaparecer como por ensalmo el agotamiento. El ritmo lo marcaban con silbatos, chifles o tambores, un sonido que para el galeote era como escuchar las trompetas del Apocalipsis.

Salvo que hiciera viento y no fuera preciso bogar para mover la nave, los turnos de boga eran de hora y media que, cuando se trataba de una travesía, no eran excesivamente pesados ya que a cada golpe de silbato remaban los cuarteles pares, y al siguiente los impares. De ese modo, el ritmo de boga se rebajaba a la mitad. En términos numéricos: de 22 golpes de remo al minuto se quedaban en 10. Pero cuando la galera se topaba con un temporal y buscaba refugio en alguna ensenada, echaban el ancla y la chusma se veía obligaba, si era preciso, a bogar sobre hierro, que no era otra cosa que remar contra el viento para impedir que el huracán y la corriente partieran el cabo del ancla y se vieran lanzados contra los arrecifes o encallados de mala manera. 

Rebenque
Obviamente, el momento más nauseabundo era cuando se entraba en combate. En la víspera se aumentaban las raciones de agua y rancho para que el personal estuviera en condiciones de hacer frente a la dura prueba que se avecinaba. A fin de impedir que la chusma se rebelase en el momento clave, los alguaciles encadenaban al personal pasando una cadena por los grilletes mientras esperaban el momento en que el cómitre ordenara "¡Fuera ropa!" y diera comienzo la boga de arrancada o pasaboga. Eso quería decir que, a continuación, el silbato pitaría a una endiablaba velocidad, y que los siguientes 15 ó 20 minutos serían absolutamente infernales porque ese ritmo de boga era algo simplemente bestial. En momentos así, los remeros de mayor responsabilidad, los espalderes, eran decisivos. Los espalderes iban en el último banco de popa, junto a la crujía. Remaban al revés, o sea, de cara a proa, a fin de observar a sus compañeros de fatigas ya que ellos eran los que determinaban el ritmo de boga conforme al marcado por el cómitre. Y, para animar la fiesta, tanto éste como el sotacómitre no paraban de dar paseos por la crujía estimulando a la peña con amables palabras de ánimo en forma de vigorizantes latigazos en el lomo.

Los distintos tipo de remeros eran:

Los espalderes, ya mencionados antes. Al ser cargos de responsabilidad, solían ser buenas boyas, o sea, remeros a sueldo. Obviamente, no iban herrados. Solían ir dos por galera y, por su categoría dentro de los remeros, tenían derecho a "ración de cabo", más completa y en más cantidad que la que se suministraba a la chusma.

Los curulleros, que iban en los banco de proa. Además de remar debían ayudar en el manejo de los juegos de armas de los cañones, que en las galeras iban siempre en la proa. El curullero solía ser un cargo de confianza.

Los alieres eran los que realizaban maniobras para repeler los abordajes, así como los encargados de manejar el esquife de la galera.

Los proeles. Estos no formaban parte de la chusma, sino que eran pajes y grumetes. Iban en los bancos de proa y, además de bogar, debían ayudar a los artilleros y defender el abordaje.

El resto eran chusma pura y dura, formada por buenas boyas, forzados y esclavos. En función de la nave, el número de galeotes variaba. Por poner un ejemplo, una galera capitana llevaba embarcados unos 350 remeros para nutrir los 55 bancos que llevaba: 27 a babor y 28 a estribor. Por lo demás, la existencia de estos sujetos era una auténtica birria: 



El abordaje
Las enfermedades causaban estragos entre ellos debido a las pésimas condiciones higiénicas: el escorbuto, el tétanos, el beriberi y la pelagra. Dormían al raso y, si la mar estaba un poco picada, se empapaban por el agua que entraba en la nave. Cuando entraban en combate, si la nave se hundía toda la chusma se iba al fondo encadenados a la misma. Si los abordaban, podían sufrir todo tipo de heridas o arder vivos si la galera era incendiada. La disciplina era simplemente férrea. El cómitre no dudaba el moler a palos al personal por la más mínima falta, y los conatos de rebelión eran solucionados arrojándolos al mar o colgándolos de una verga. Si blasfemaba o juraba por Dios, por la Cruz, los santos o la Virgen, le endilgaban un año más de condena, y si repetía, pues otro año más y santas pascuas. Los sodomitas, "tanto el paciente como el haciente", eran quemados vivos en cuanto se tocara tierra en presencia de toda la Armada. Por último, mencionar que la alimentación era muy deficiente, ya que solo se repartía carne y vino tres veces al año. El resto de los días se comía bizcocho o galleta, habas cocidas, garbanzos y arroz. De hecho, el índice de mortalidad ascendía a un 13% anual sin contar las bajas en combate pero, a pesar de ello, muchos galeotes, al acabar su condena y volver a la vida normal, no lograban integrarse a su condición de hombre libre, por lo que acababan enrolándose de buenas boyas porque, tras ocho o diez años dándole al remo y con las palmas de las manos duras como una suela, no sabían hacer otra cosa.

Y como colofón, comentar el patético destino que aguardaba a los galeotes en caso de ser apresados por una galera otomana o berberisca. Los musulmanes o esclavos de esa raza estaban de enhorabuena, pero los galeotes cristianos pasaban a formar parte de la chusma del enemigo o eran esclavizados. Y ahí ya no había posibilidad de esperar el fin de la condena porque, ¿quién daría medio maravedí de rescate por sus asquerosas vidas? Lo tenían crudo, juro a Cristo.

En fin, ya seguiremos.

Hale, he dicho



Vista superior de la proa de una galera. Se aprecia perfectamente la crujía que corre por el centro de la nave, así como los bancos de los remeros dispuestos como si fueran la espina de un pez.

miércoles, 22 de enero de 2014

Destino de caballero: escuderos, pajes y donceles

Aunque se suele pensar que la ceremonia para armar a un caballero se llevaba a cabo en palacios o casas solariegas, también era costumbre celebrarla en los momentos previos a alguna batalla donde podrían estrenarse como homicidas profesionales y empezar a ganar fama y gloria si no dejaban el pellejo en el primer envite. De su preparación y la fuerza de su brazo dependía el éxito en la jornada


Hemos hablado de caballeros, de los caballos de los caballeros, de las armas de los caballeros y hasta de las sillas de montar de los caballeros, pero nunca se ha mencionado nada acerca de la vida de los caballeros antes de ser caballeros, o sea, su período de formación desde que era un crío hasta que era armado. Así pues, vamos a ello que para luego es tarde...

Antes de nada conviene aclarar un punto importante, y es la común creencia de que los caballeros eran necesariamente nobles. Bueno, pues eso es uno de tantos estereotipos erróneos que tanto han proliferado a lo largo del tiempo. Un hombre podía llegar a ser armado caballero simplemente porque sus acciones en combate lo hicieran merecedor de ello sin que forzosamente tuviera que ser de sangre noble. Así mismo, en los reinos peninsulares se consideraba caballero a todo aquel que dispusiera de medios económicos para poder mantener un caballo. Eran los llamados caballeros cuantiosos, los cuales no eran siquiera hijosdalgo pero disponían de recursos para pagarse un rocín o un palafrén y el armamento adecuado para cuando era llamado a la guerra tener más probabilidades de volver vivo y entero a casa y, además, recibir una paga más elevada y una parte más suculenta de los botines. En definitiva, la nobleza caballeresca que suele aparecer en el imaginario popular era más bien una cuestión meramente honorífica de finales de la Edad Media que no tenía mucho que ver con el espíritu de la verdadera caballería surgido a partir del siglo XII aproximadamente.

Escuderos portando la enseña y el yelmo de su señor
Sin embargo, los retoños de las familias hidalgas, nobles e incluso de sangre real sí podían optar a formar parte de la orden de caballería y dedicar su vida a la milicia convirtiéndose en un BELLATOR (del latín BELLVM, guerra), o sea, un guerrero de oficio. Por lo general, la edad en que se comenzaba el proceso era a los siete años. En teoría y en base a la costumbre medieval de darle a todo lo referente a la milicia y la religión su matiz místico, el camino del caballero se componía de procesos de siete años de duración. Ya sabemos que ese número conllevaba una gran carga simbólica, así que si el primer paso se iniciaba a los siete años, la duración de esa primera etapa era de otros siete, durante la cual el rapaz era un paje. A continuación, a los catorce años, se convertía en escudero y a los siete años entraba en la tercera etapa, siendo armado caballero a los 21. Sin embargo, las edades variaban dependiendo del reino ya que, por ejemplo, en Castilla se consideraba que a los 12 ya se estaba capacitado para ir a la guerra. Obviamente, "ir a la guerra" no implicaba combatir sino simplemente acompañar al señor al que se servía. Por lo general, los pajes se quedaban el los campamentos mientras duraba la escabechina. 

Aclarado este punto, pasemos a detallar el proceso mediante el cual un crío era destinado a ser caballero tras un largo, penoso y meticuloso entrenamiento. Y no solo a nivel físico, sino también espiritual.

LOS PAJES

Pajes sirviendo la mesa de su señor
El término paje proviene, según Covarruvias, del griego παις (pais) niño. Actualmente, la RAE da una etimología similar ya que dice que procede de παιδίον (paidíon), niñito. En cualquier caso y como ya se ha dicho, a los siete años los críos eran separados de la familia y enviados a formarse al servicio de un hidalgo, un noble o del mismo monarca. Obviamente, dependiendo del estamento familiar se buscaba una familia del mismo nivel o, a ser posible, más alto. Desde los retoños de la baja nobleza a los infantes eran enviados a servir como pajes. Como podemos suponer, los infantes eran enviados a servir a otros monarcas si bien no por ello recibirían un trato más favorable. Un ejemplo lo tendríamos en el príncipe Felipe Augusto de Francia, el cual sirvió como paje en la corte del rey Enrique II de Inglaterra y tuvo como compañeros de enseñanza al que luego fue Ricardo Corazón de León con el que las malas lenguas le acusaron de tener relaciones que iban más allá de la simple camaradería. En Castilla, los pajes que servían en la corte eran denominados donceles, los cuales se formaban en la SCHOLA REGIS bajo el mando del alcaide de donceles. Rodrigo Díaz, por la buena relación entre su padre y el rey Fernando I se crió precisamente en la corte teniendo como compañero al futuro rey Sancho, con el que tuvo una gran amistad. 

Pajes practicando artes marciales. Merece la pena reparar en el que
aparece a la izquierda en segundo término: mantiene en alto un peso
para fortalecer los brazos.
El paje, como vemos, debía actuar como un sirviente o camarero con su señor de forma que aprendiese a tener humildad, estando obligado a llevar a cabo hasta las tareas más básicas como lavarle la ropa o cocinarle. Así mismo, se iría iniciando en el manejo de las armas, la monta y demás artes marciales, aprendería a luchar sin armas de forma que su cuerpo fuera fortaleciéndose poco a poco, ganando agilidad y destreza y, como está mandado, se pasaría las horas muertas bruñendo las armas de su señor. Pero no todo era servir o echar el bofe a las órdenes de los maestros de armas, sino que también recibía una educación cortesana y espiritual. 

Paje alimentando al perro de su señor
Se le enseñaban las normas de urbanidad de la época, a bailar, juegos de mesa, e incluso a tañer un instrumento, de forma que una vez llegada a la edad adulta supiera comportarse en sociedad. Y en lo tocante al espíritu, el capellán de la casa se encargaba de inculcarle las virtudes caballerescas: el valor, sin el cual uno ni era caballero ni nada porque daría la espalda al enemigo a las primeras de cambio; la fe, ya que un caballero debía ser un fiel siervo de Dios y de la Iglesia; la defensa de los débiles, los menesterosos y las damas independientemente de su estado; la generosidad, que era lo contrario de algo tan asqueroso como la codicia y la avaricia; la templanza, que era una virtud muy importante de ejercer ya que le evitaría meterse en camisa de once varas y en huertos ajenos; y, por encima de todo, la nobleza y la lealtad a Dios, a la Iglesia, a su señor y a sus principios y juramentos. En definitiva, un buen lavado de cerebro que, honestamente, dudo mucho que todos los caballeros cumplieran al pie de la letra. 

Esa era la vida de un paje durante los siete años que debía pasar hasta convertirse en un escudero, con lo cual subía un peldaño más en el largo camino de la caballería. Así pues, aproximadamente a los 14 años de edad ya era un mozalbete que, si había aprovechado todo lo que le habían enseñado, podía montar a caballo sin darse una costalada a cada paso, su cuerpo estaba fibroso y atlético y era capaz de voltear una espada sin que se le cayera al suelo. Por lo tanto, dejaba atrás su época de paje y pasaba a ser un escudero en toda regla.

LOS ESCUDEROS

Entrenando en la quintana
Llegar a escudero era, como se ha dicho, ascender un peldaño más del camino. Pero en modo alguno suponía que la disciplina se relajase o que el trabajo fuese más cómodo. Antes al contrario, el ser nombrado escudero implicaba una serie de responsabilidades y entrar a fondo en el aprendizaje de las artes marciales. Un escudero ya no practicaba la monta con un penco manso de la noria o un caballo de madera, sino con un rocín o un palafrén entero que había que meter en cintura y que le provocaría más de un batacazo que lo tendría varios días dolorido. Tampoco aprendía esgrima con una espada de madera, sino con una de verdad con el filo y la punta embotados, pero que si le alcanzaba en la mano o el brazo le hacía dar berridos de dolor. Le obligaban a pasar horas y horas enfilando la lanza contra la quintana hasta que ni sentía el brazo por el dolor y la espalda la tenía molida de los golpes del saco por no esquivarla o pasar lo bastante rápido. También se pasaría horas soltando tajos a un poste de madera que parecía que nunca en la vida se partiría, lustrando las armas de su señor y un largo et cétera que le hacían caer literalmente desplomado en su jergón al acabar su jornada. Ni tiempo le daba a imaginarse liberando a una damisela del alevoso de turno para luego refocilarse de lo lindo con ella porque el sueño lo vencía de inmediato.

Pero no todo eran penalidades y trabajos ya que, además de no perderse ni un torneo o justa, presumía en esos eventos portando el escudo o el yelmo de su señor y sintiéndose objeto de las miradas de las mocitas que acudían al espectáculo, que en eso no se reparaba si la hembra era hidalga o villana, y siempre eran preferibles las segundas para pasar un gratificante rato en el pajar. Y, muy importante, ya podía portar armas, que eso de llevar al costado una hermosa daga le daba un aire belicoso de lo más viril. Y también podía ya acompañar a su señor a la guerra, donde se encargaba de montar el pabellón, de cuidar del destrier, de mantener en buen estado las armas, de cocinar, etc. Y cuando llegaba el momento de luchar, no se quedaba en el campamento con los pajes, sino que montado en su mula o su rocín estaba pendiente en todo momento de ayudar a su señor. El cometido de los escuderos en batalla no se limitaba a armarlo quedarse cruzado de brazos a la espera de una llamada de su mentor, sino que intervenía directamente en la misma cubriéndole las espaldas, ayudándolo si caía del caballo o lo descabalgaban y, en definitiva, en las mil situaciones que podrían darse. Evidentemente, se exponían a ser heridos o muertos, pero eso también les servía de aprendizaje en forma de valor y coraje, y especialmente a reprimir las ganas de salir echando leches del campo de batalla cuando se las veía con mogollón de enemigos con muy mala leche deseando mearse en su calavera de imberbe.

Por otro lado, además de los escuderos convencionales se veían en las huestes de la época guerreros que, sin ser hidalgos o nobles, deseaban tener la posibilidad de ser armados caballeros por sus méritos en combate. Así pues, acudían a la guerra con armas y equipo pagado de su bolsillo esperando tener oportunidad de llevar a cabo alguna hazaña digna de llegar a oídos del rey o de algún noble de postín. Y como no pertenecía a ninguna familia hidalga o noble, pues carecía de blasón por lo que llevaba el escudo en blanco a la espera de que, gracias a su valor y la fuerza de su brazo, al ser armado caballero le fuera concedido un escudo de armas.  

Y si durante esos siete años no quedaba lisiado o muerto en alguna batalla y demostraba sobradamente que las enseñanzas recibidas a lo largo de su vida le habían sido provechosas, que era valeroso y, en definitiva, merecedor de ser caballero, a los 21 años alcanzaba su sueño dorado de ser armado. Eso sí, siempre y cuando su padre pudiera pagarle el costosísimo equipo necesario para poder ostentar su nuevo estatus con la dignidad necesaria, ya que no era posible ser un caballero sin caballo o sin un armamento adecuado. 


De esta forma transcurrían los catorce años de preparación para lograr las espuelas de oro, cuya culminación era la ceremonia en la que era armado caballero. Pero de eso ya hablaremos otro día, que ya no son horas.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:







miércoles, 30 de octubre de 2013

Los prisioneros de guerra en la Edad Media




El concepto de prisionero de guerra tal como lo concebimos actualmente es un invento relativamente moderno, de no más allá de doscientos años. El soldado que, abrumado por la superioridad enemiga, se desentiende de seguir luchando y se rinde, a cambio de lo cual el enemigo respetará su vida y lo internará en una prisión para impedir que vuelva a combatir, era algo inexistente en la Edad Media. Es a lo largo del siglo XIX cuando esta práctica se generaliza ya que los principios éticos y humanitarios habían evolucionado lo suficiente como para seguir considerando al enemigo vencido como un ser humano que debía ser respetado, si bien la vida de un prisionero de guerra no deben considerarse como unas vacaciones lejos del frente ya que las condiciones de la prisión no eran precisamente agradables; pero, al menos, nadie los maltrataba más de la cuenta y, sobre todo, existía la posibilidad de volver vivo a casa al término de la contienda.

Estos conceptos humanitarios, como ya podemos suponer, no existían en el medioevo. Así pues y para mejor comprensión de lo que les ocurría a los que optaban por rendirse o eran capturados por los enemigos, dedicaremos esta entrada a este tema el cual suele ser poco conocido. Veamos pues...



Ante todo, debemos establecer dos tipos de conflicto muy diferentes: las guerras en Europa y las Cruzadas, incluyendo en estas la Reconquista por tratarse del mismo enemigo. Obviamente, las circunstancias en estas últimas no se podían comparar con las primeras tanto en cuanto el componente ideológico y religioso llevaba a los combatientes de ambos bandos a llevar a cabo acciones de represalia a unos límites de crueldad poco vistos en Europa. En las Cruzadas se vieron masacres entre la población civil totalmente desmesuradas, y ejecuciones en masa de cautivos llevadas a cabo solo como venganza o escarmiento. En la imagen de la derecha tenemos un ejemplo bastante gráfico: las tropas cristianas que cercan la ciudad de Damieta lanzan al interior de la misma las cabezas de los enemigos que ha podido ser capturados con una bricola. Este tipo de acción, aparte de ser una eficaz medida de guerra psicológica, deja bien claro que si en Europa la vida de un enemigo valía menos que una boñiga de asno, la de un musulmán menos aún.



Unos caballeros son conducidos al cautiverio
tras la batalla
Por otro lado, en las guerras en Occidente no solían entrar en acción ejércitos tan numerosos como en Palestina. Salvo contadas batallas donde, dejando aparte las exageraciones de los cronistas, se enfrentaron ejércitos de varios miles de hombres, las mesnadas y huestes habituales solo disponían de varios cientos de efectivos. De estos, un porcentaje bastante reducido se componía de caballeros y hombres de armas, siendo el resto peones y/o milicianos. ¿Qué ocurría si algunos de ellos se rendían o eran cautivados? Veámoslo

En una batalla medieval no tenía lugar una rendición en masa del ejército perdedor. En caso de verse superados simplemente salían en desbandada y cedían el campo al enemigo. Generalmente, ahí acababa todo; el personal se largaba a toda prisa a su territorio o a lugar seguro mientras que los vencedores se dedicaban a rapiñar todo el botín que los fugitivos dejaban atrás y a rematar a los heridos del bando perdedor. No tenía sentido para ellos gastar tiempo y medios en curarlos así que, salvo que un herido no lograra ocultarse e intentar reunirse con los suyos, era rematado en el mismo campo de un mazazo o con una pica de alabarda clavada en el cuello. Sin embargo, si el herido era una persona de calidad era puesto a buen recaudo y curado. Pero no por cuestiones humanitarias, sino porque de su persona podían pedir un rescate en función de su categoría o rango, aparte de apoderarse de sus armas y montura que ya de por sí costaban una fortuna. 



Del mismo modo, si durante la lucha uno de estos caballeros se veía desbordado, se rendía a un igual a fin de salvar la vida a cambio de un rescate. Con todo, a veces estas rendiciones no eran respetadas por los peones enemigos porque, simplemente, desconocían esa especie de cortesía caballeresca. Un ejemplo lo tendríamos en la batalla de Courtrai (1302), en la que los milicianos flamencos pasaron a  cuchillo a toda la caballería gabacha que cayó en sus manos precisamente por desconocimiento de dicha norma. De hecho, incluso hubo grandes nobles e incluso monarcas que fueron hechos prisioneros de ese modo.Un buen ejemplo lo tenemos en el grabado superior, que muestra como Francisco I de Francia fue hecho prisionero en Pavía por tres caballeros españoles: Juan de Urbieta, Diego Dávila y Alonso Pita. Obviamente, las condiciones del cautiverio de personajes así no tenían nada que ver con mazmorras ni grilletes. Antes al contrario, eran confinados en castillos en los que disponían de aposentos dignos de su rango, servidumbre e incluso se les permitía pasear por el mismo en cualquier momento. 

Pero, como ya podemos suponer, para los peones la cosa pintaba mucho peor. En caso de que su bando perdiera la batalla las opciones no eran nada estimulantes:

- Si veía que los suyos comenzaban a flaquear, lo mejor era dar la espalda al enemigo y salir del campo de batalla echando leches y cuidando que un jinete enemigo no se abalanzara sobre él y lo apiolase allí mismo o lo empalase como a un capón con su lanza.

- Si caía herido y era leve, mejor ocultarse entre los muertos y esperar a la noche para largarse. Si era grave la cosa, rezar afanosamente para que algún camarada reparase en él y lo sacase de aquel infierno. Caso contrario, rezar algo más y prepararse para abandonar este perro mundo de una forma muy desagradable y humillante.

- Ser capturado y esclavizado, cosa común cuando se enfrentaban con moros y viceversa. En ese caso solo restaba tener paciencia e intentar una fuga más adelante. El rescate no se planteaba por lo general con esta gente porque sus familiares, simplemente, no disponían de medios para pagar.



Bertrand du Guesclin, hecho prisionero en la batalla
de Nájera y por el que se pidió un rescate de
100.000 francos.
- Ser capturado y usado como moneda de cambio para que los suyos liberasen cautivos a cambio, o bien como método de presión para que rindieran una fortaleza. Un ejemplo: en el cerco a Valencia llevado a cabo por Rodrigo Díaz, éste mandaba quemar ante la muralla a todos los desgraciados que, muertos de hambre, intentaban salir de la ciudad y huir bien lejos. El que no era achicharrado allí mismo era vendido como esclavo a los trujimanes procedentes de los puertos de África y Oriente Medio.

En fin, era lo que había. Desde siempre, eso de tanto tienes tanto vales ha sido un concepto muy arraigado, y en la Edad Media aún más. De hecho, la diferencia porcentual entre bajas de caballeros o nobles y de peones era abismal. Con todo, más de un caballero o nobles se vio obligado a languidecer durante años a la espera de que su gente reuniera el precio de su rescate. Pero la plebe lo tenía muy crudo porque ni sus vidas valían nada ni para su señor ni para el enemigo; si era herido, era una carga; si era capturado era una boca que alimentar. Así pues, las dos opciones eran matarlo o convertirlo en esclavo para que su mantenimiento fuese rentable. 

Así pues y visto lo visto, de todo ello podemos decir que prisioneros de guerra como los concebimos actualmente no existían. Solo las personas de calidad podían aspirar a ver sus pellejos a salvo siempre y cuando dispusieran de dinero para pagar por ellos, o bien para ser usados en trueques por otros prisioneros o por la entrega de fortificaciones, poblaciones, etc. Y de esto, como vemos, no se libraban ni lo mismos reyes. Poderoso caballero es don Dinero, ya saben...


Curiosidades curiosas sobre rescates y prisioneros


Ricardo I de Inglaterra


Ilustración que muestra a Ricardo besando los pies al
emperador. Al parecer, nada de eso ocurrió ya que Ricardo
se negó a rendirle pleitesía por considerar que por encima
de un rey solo está Dios
Fue hecho prisionero a finales de 1192 por Leopoldo V, duque de Austria, cuando retornaba de Tierra Santa disfrazado de peregrino. Tres meses después fue entregado al emperador Enrique VI, el cual pidió como rescate la suntuosa cifra de 150.000 marcos esterlinos. Como se llevaba fatal tanto con el duque como con el emperador, no rebajaron ni en medio penique el importe del rescate, e incluso tuvo que ver como su hermano Juan y el rey Felipe de Francia ofrecían 80.000 marcos si lo mantenía a buen recaudo hasta la festividad de San Miguel de 1194. El emperador se negó, y el rescate llegó finalmente en febrero de 1194, tras lo cual pudo volver a casita. Eso sí, tras esquilmar a base de impuestos a sus súbditos para juntar la pasta del dichoso rescate.



Juan II de Francia 


Momento en que Juan II, a la derecha, se rinde a
Eduardo, el Príncipe Negro.
Fue hecho prisionero en la batalla de Poitiers (1356), cuando el Príncipe Negro y un contingente de la reserva del ejército inglés logró rodear al rey francés y su séquito. A pesar de que el príncipe Eduardo lo trató en todo momento con la mayor cortesía debida a un personaje de tanto abolengo, lo trasladó a Londres donde se le dio un trato digno de un rey, permitiendosele asistir a justas, fiestas y a practicar la caza, su gran pasión. Ello no fue obstáculo para pedir de rescate por su regia persona la monstruosa cifra de tres millones de coronas de oro. Intentó saldar el pago a base de concesiones territoriales y pagos a cuenta, pero murió en 1364 en Londres sin llegar a retornar a su país. Mucha cortesía, mucho buen rollito, pero no se cortaban un pelo a la hora de dejar al enemigo más tieso que un bacalao, ¿eh?


El infante don Enrique de Castilla


El infante don Enrique es retenido por el abad
de Montecasino. 
Bueno, la vida de este hombre daría para una miniserie, cosa que por cierto nadie ha hecho aún mientras que se ruedan cagaditas a mansalva que no valen un pimiento. Tras enemistarse con su hermano Alfonso X, se dedicó a vagar por Europa al servicio de diversos monarcas. Tras la batalla de Tagliacozzo (1268), en la que combatió en el bando de Conradino de Hohenstaufen contra Carlos de Anjou, logró escapar y refugiarse en la abadía de Montecasino. Total, que el abad lo mandó prender al saber que el infante pertenecía al bando perdedor y lo entregó al Anjou, el cual se la tenía jurada hasta el extremo de no pedir siquiera rescate por el infante, el cual fue encerrado en el castillo de Canosa di Puglia. Lo tuvieron a buen recaudo hasta el año 1291, cuando el gabacho consideró que ya había purgado todas las putaditas que el infante le había infligido. 


Vista aérea de la cerca urbana medieval y el
castillo de Serpa
Si como vemos, entre cristianos se trataban de forma honorable, esos miramientos dejaban de ser obligados cuando el prisionero era musulmán. De hecho, en muchos fueros y leyes de la época se afirmaba que el cautivo de otra religión que no fuera la cristiana podía ser objeto de todo tipo de malos tratos, violencias y ser sumido en la peor de las esclavitudes. Por poner un ejemplo, tomemos lo ocurrido a Omar ibn Timsalit, gobernador almohade de la koura de Beja en 1178. Este sujeto levantó una hueste para atacar la población de Alcácer do Sal, la cual fue exterminada por las tropas al mando de don Afonso Henriques. En la acción fueron capturados tanto el gobernador como el alcaide de Serpa, Abd Alláh ibn Wazir. Fueron encerrados y cargados en cadenas en el castillo de Coimbra, tras lo cual don Afonso realizó un desfile triunfal en plan romano con ambos cautivos. Tras el desfile, ibn Timsalit fue torturado hasta morir como escarmiento. Ibn Wazir tuvo más suerte, ya que fue liberado tras pagar 4.000 dinares de oro por su vida de moro atribulado. 

A veces incluso se pagaba rescate no por la vida del cautivo, sino por su cadáver para que pudiera ser enterrado en el mausoleo familiar. Un caso como ejemplo: en 1160, gente de la familia de los Henar robaron unas cabezas de ganado al clan abulense de los Serrano. Estos salieron en su persecución, logrando alcanzarlos tras lo cual se entabló una escaramuza que se saldó con la muerte de los Henar. Sus deudos tuvieron que pagar un rescate para poder recuperar las cabezas, si bien conviene aclarar que esta práctica se consideraba deshonrosa. Eso de pedir pasta gansa por un pedazo de pariente estaba muy mal visto.

Caso de no disponer del dinero del rescate o de aceptar el carcelero un aplazamiento, era habitual permitir la puesta en libertad del cautivo previa entrega de rehenes para asegurarse el cobro, que es de todos sabido que en cuanto el pájaro vuela de la jaula no se le ve más el pelo. También era habitual que los rescates y la entrega de rehenes figurasen en las capitulaciones de plazas cercadas. Por poner un ejemplo, en el cerco a Priego en 1225 a manos de Fernando III, los moros aceptaron pagar la cifra de 80.000 maravedises más la entrega de 800 plebeyos, 5o moros de linaje y 55 moras del mismo estatus social. 

Bueno, ya está. Curioso, ¿no?

Hale, he dicho


lunes, 28 de octubre de 2013

Vida cotidiana: chimeneas y tabucos



En el imaginario popular, el personal suele pensar que los castillos estaban provistos de suntuosas chimeneas, de esas con atlantes que sustentan la cornisa de las mismas o columnas con rebuscados relieves. Algo similar a la que aparece en el grabado de la izquierda, vaya. Y como complemento a las mismas, unos descomunales morillos de forja sobre los que arden troncos que bien podrían servir de arietes. Igualmente, junto a la chimenea suele aparecer, además del mastín que dormita apaciblemente, una dama bordando que, con la luz de la chimenea, o borda a ciegas o está ya ciega y borda de oído.

Esto, como suele pasar, es una imagen totalmente ficticia porque ni las chimeneas eran precisamente lujosas en este tipo de edificios, ni se ponían a bordar o leer con tan poca luz. Bueno, digamos que bordar solamente, porque leer sabían muy pocas en aquella época. Así pues, veamos con más detalle estos aspectos de la vida cotidiana de nuestros ancestros que, posiblemente, desmonte los esquemas de más de uno.

Brasero castellano de hierro datado hacia el siglo XV.
Las cámaras de la torre del homenaje eran cualquier cosa menos acogedoras y confortables. Antes al contrario, eran lúgubres, oscuras y, sobre todo, frías como una puñetera cripta. Por las rendijas de las ventanas se colaba un aire gélido y, en muchos casos, durante todo el día debían alumbrarse con lucernas debido a que las únicas entradas de luz eran estrechas aspilleras. La humedad se filtraba por los gruesos muros, y las horas debían correr más despacio que un caracol con reuma. Para intentar aminorar el frío se recurría a los escasos medios de la época: cubrir de paja el suelo, colgar reposteros o tapices en las paredes e intentar calentar un poco el ambiente con braseros o chimeneas. Y menciono en primer lugar los braseros porque, aunque se piense lo contrario, eran mucho más habituales estos que las chimeneas, bastante más raras de ver, y eso que el humo desprendido de los braseros convertía el ambiente de la cámara en irrespirable.

El uso de chimeneas estaba condicionado a la construcción de la misma torre. O sea, no era precisamente fácil construir una después de haberse terminado la torre ya que llevar el tiro a la azotea suponía tener que perforar las bóvedas, elemento este que mejor ni tocarlo por el peligro de derrumbe. Era más fácil en caso de tener los entresuelos de madera, pero no era siempre el caso. De todos modos, como digo, es un elemento más bien raro de ver incluso en fortificaciones de gran porte porque las chimeneas murales no surgieron hasta el siglo XIII y, por norma, no eran lo que se dice un prodigio de diseño y elegancia. Veamos algunos ejemplos...

La que podemos ver a la izquierda se encuentra en el castillo de Évora-Monte. Queda patente que es la quintaesencia de la simplicidad: un marco de granito mondo y lirondo sin repisa siquiera para poner el retrato del abuelo don Nuno Pais, que derrotó a los moros combatiendo con don Afonso Henriques. Si observamos el hogar, es recto, o sea, no tiene la angulación necesaria para favorecer la evacuación de humos. De hecho, uno se mete dentro y mira hacia arriba y se ve el tiro que sale de la chimenea totalmente recto hasta el final. Traducido: este tipo de chimenea eran fabulosas para ahumar al personal como si fueran tiras de salmón canadiense. Y lo más curioso es que esta tipología es la más abundante.

Pero si esto nos parece espartano, la que aparece a la derecha es digna de chabola tercermundista. Sin embargo, la podemos ver nada menos que en el fastuoso castillo de Loarre, en Huesca. Por lo visto, los freires gastaban poco en calefacción por aquello del sacrificio, pero con las temperaturas que hace allí en invierno y esa birria de chimenea debían alcanzar la palma del martirio en media hora. Más básica, imposible. El exterior lo conforman simples maderos, así como el arranque de la campana. Veamos una más.

Esa está en la Torre das Águias, en Portugal. Se trata de la típica torre señorial del siglo XVI, o sea, hablamos de la vivienda de un noble. A pesar de todo, como vemos, es también de un espartano que mata. Simples ladrillos revocados y santas pascuas. Tampoco hay atlantes poderosos ni columnas chulas. Es la chimenea de la casa de un guardés cortijero de hoy día, vaya. Con todo, esta chimenea ya mostraba la campana inclinada para la evacuación de humos ya que, además, el mismo tiro valía para varios hogares superpuestos.


A la derecha, en el detalle, podemos verlo. Como se puede apreciar, el mismo tiro acoge los humos de dos chimeneas situadas en plantas superpuestas. En la foto tenemos el remate de dos tiros, uno a ras del suelo y otro un poco más elevado, si bien cabe suponer que ambos tenían la misma altura en su día. Son bastante estrechos pero muy largos. Eso indica que el tamaño de los hogares era bastante generoso. El ser tan estrecho facilita el tiro, que coge impulso hacia arriba, e impide que revoque el humo.


Lucerna de hierro como las usadas en
Edad Media. Un Clipper da más luz.
En fin, como vemos no se explayaban demasiado en la estética calorífica y, lo que es peor, esta gente respiraba más monóxido de carbono que el fogonero de un acorazado. Bien, visto este tema, pasemos a una de las mínimas comodidades que ofrecían estas torres y que, debido a ello, eran al mismo tiempo posadero del personal durante horas y horas, y más en los días de invierno en que el meteoro impedía salir de la torre a aspirar un poco de aire fresco: los tabucos ventaneros.




Seguro que los que me leen asocian este término con sitios angostos y de reducido tamaño. En este caso es completamente cierto, ya que los tabucos ventaneros no eran precisamente un prodigio de espaciosidad. A la derecha tenemos un ejemplo que podemos contemplar en la Torre de Belem, en Lisboa. Como se aprecia a la perfección, era la mejor ubicación de la cámara para disponer del máximo de luz. En esos fríos bancos de piedra o mármol, apalancados sobre un cojín a lo sumo, estos tabucos eran, por así decirlo, la salita de estar de nuestros días. Ahí se pasaban las horas charlando, bordando, tejiendo o, simplemente, mirando al infinito. La luz era muy tamizada ya que el cristal era raro y caro en aquella época, por lo que se usaba en su lugar pergamino o láminas muy finas de alabastro. Pero mejor eso que la mortecina y maloliente luz de una lucerna de sebo como la de la foto de arriba, ¿no?


No eran precisamente cómodos y confortables, pero era lo que había. Por norma, estos tabucos disponían de dos bancos enfrentados que, como vemos en esta otra imagen, no eran nada anchos, pero el espacio disponible tampoco daba para mucho más. Las ventanas que vemos actualmente son, como es lógico, modernas. En su día eran dos hojas gruesas y macizas que giraban sobre dos goznes encastrados en unas ranguas. En muchos casos no disponían de "cristalería" de pergamino o alabastro, así que si hacía frío solo había dos opciones: abres, tienes luz y te congelas o cierras, estás más calentito pero no ves la luz hasta primavera. Una perspectiva de lo más estimulante, ¿no?

En fin, dilectos lectores, como hemos visto, los estereotipos habituales se alejan bastante de la realidad. ¿Qué nos ha llevado a imaginar esas cosas tan irreales? Pues el cine, los pintores del romanticismo, etc. Un buen ejemplo lo tenemos a la derecha. Se trata de un cuadro de Waterhouse, en concreto el tercero de una trilogía artúrica dedicada a la dama de Shalott. Éste en concreto se titula "I'm half sick of shadows, said the Lady of Shalott", y fue pintado en 1916. La dama en cuestión se entretiene tejiendo en un entorno que, como hemos visto más arriba, no tiene absolutamente nada que ver con la cruda realidad. Los castillos medievales no tenían solerías jaqueladas sino toba de barro en el mejor de los casos, y tampoco sugerentes ventanas circulares, sino tabucos como los vistos para no dejarse la vista tejiendo. Y si hacía frío, pues con un brasero bien cerca para no quedarse más tieso que la mojama. Como término, planteo a vuecedes una reflexión: si la nobleza vivía en unas condiciones semejantes, ¿cómo sería la existencia de la plebe, hacinados en pallozas con una techumbre de brezo que en muchas ocasiones se venía abajo con el peso de la nieve? Chungo, ¿que no?

En fin, es la sacrosanta hora de la merienda.

Hale, he dicho


Tres tabucos ventaneros diferentes en diversos castillos. El de la izquierda es tan pequeño que solo
admite un poyete para sentarse. El del centro es aprovechado como cámara de tiro provista de una tronera de orbe y palo.