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domingo, 26 de septiembre de 2021

ÓRGANOS DE STALIN. EL BM-13

 

Pseudo-apocalipsis a pequeña escala y en formato económico

Ante todo, hay un detalle que debe quedar bien claro: el padrecito Iósif no sabía tocar el órgano. Más aún, durante su estancia en el seminario de Tiflis no solo no aprendió a tocarlo, sino que se convirtió en un marxista irredento. Además, la música sacra ortodoxa no hace uso de ese instrumento, de modo que dudo que alguna vez estuviera cerca de uno de ellos. Para los que lo desconozcan el mote de Stalinorgel lo crearon los tedescos debido a la semejanza de los lanzadores con los tubos de los órganos, así como por el siseante y siniestro silbido que emitían cuando se disparaban. Aclarado este sutil detalle semántico, procedamos:

Ya en su día dedicamos algún que otro artículo a los cohetes Congreve y su uso tanto terrestre como naval a principios del siglo XIX. Por otro lado, ya sabemos que estos chismes eran usados por los chinos hace la torta de años para sus masacres, así que hablamos de un arma con siglos de antigüedad. Solo el perfeccionamiento de la artillería en lo referente al alcance y, sobre todo, a la precisión, envió al baúl de los recuerdos a un arma en apariencia tan prometedora. Sin embargo, y a pesar del atraso endémico en lo tocante a tecnología por aquella época, Rusia introdujo estas armas en su arsenal en 1827, dándoles un extenso uso durante la Guerra Ruso-Turca entre 1828 y 1829, llegando a producir un lanzador remolcable para seis proyectiles. Sin embargo, como hemos dicho, el imparable avance de la artillería convencional  relegó al olvido a los cohetes, que se vieron limitados a su uso como bengalas y permanecieron en estado latente unos añillos hasta que, curiosamente, fueron resucitados por los mismos rusos. 

V. A. Artemiev (1885-1962) y N. K. Tichomírov (1859-1930)

El resucitador fue Vladímir Andréevich Artemiev , que ya en 1908 y con apenas 23 años andaba investigando con cohetes de bengalas en la fortaleza de Brest-Litovsk. Este probo ingeniero fue enviado en 1919 al Laboratorio de Dinámica de Gases (Gazodinamicheskoy laboratorii para el que quiera fardar ante sus cuñados), donde se puso en contacto con otro sesudo cohetero, Nikolái Ivánovich Tichomírov, con la intención de desarrollar cohetes de combustible sólido. La solución vino de la mano del por aquel entonces coronel Ivan Platonovich Grave, que en 1916 había inventado un propelente a base de polvo de piroxilina mezclado con trinitrotolueno, lo que daba como resultado una combustión potente y estable. La patente le fue confirmada en 1924 y consistía en barras compactadas de 70 mm. de diámetro que fueron fabricadas en la Fábrica de Pólvora de Shlisselburg. Hasta aquel momento se había usado como propulsor pólvora negra, pero su rendimiento era obviamente muy inferior al del nuevo compuesto. Este se probó por primera vez el 3 de marzo de 1928 tras haber pasado tropocientas pruebas hasta dar con las proporciones adecuadas, alcanzando el cohete una distancia de 1.300 metros. Este chisme fue la base de partida para la posterior creación de los cohetes disparados por los dichosos órganos.

G. E. Langemák (1898-1938)
Pero encontrar el propulsor adecuado era solo parte del problema porque, en realidad, lo que aún estaba por solucionar era la forma de dar al proyectil la estabilidad y la precisión adecuadas. Recordemos que los cohetes de Congreve usaban una simple varilla como estabilizador, y que no fue hasta 1844 cuando William Hale desarrolló una pieza helicoidal que hacía girar el cohete, pero la precisión obtenida no se consideraba la idónea para un arma moderna. Artemiev se dedicó a ir probando sistemas de guiado, lo que le llevó varios años de investigación porque hasta mediados de 1933 no pudo probar algo con un éxito aceptable. Se experimentó con dos diseños, el RS-82 y el RS-132 (RS = Rakietnyi Snariad, misil cohete, para los que insistan en fardar ante sus cuñados), de 82 y 132 mm. de calibre y provistos de estabilizadores de aletas con los que obtuvo una trayectoria razonablemente precisa a distancias comprendidas entre los cinco y seis mil metros, si bien estaban muy lejos de la precisión de cualquier pieza de artillería. En este diseño participó Geórgi Érijovich Langemák, un ingeniero militar de origen alemán de los más cercanos a Artemiev que, cómo no, acabó sus días víctima de la purga de 1937 con la que el psicótico padrecito Iósif eliminó de un plumazo a la mayoría del personal que tenía más de dos dedos de frente. De hecho, aunque el desarrollo del proyecto inicial era de Artemiev, Langemák es considerado como el padre del órgano staliniano que, en realidad, en Rusia era conocido de forma mayoritaria como Katyusha (Катюша en cirílico, por si aún no se han quedado contentos y quieren seguir chinchando a sus cuñados), aunque del origen del mote ya hablaremos al final del artículo. 

Fuego de saturación producido por una salva de Katyusha. Al
impactar sobre una zona relativamente pequeña, sus efectos eran
demoledores
Bien, en vista de que de momento no era posible obtener una precisión que permitiese que un cohete acertara en el objetivo como el proyectil de un cañón, se optó por la posibilidad de hacer fuego mediante salvas, o sea, disparando al unísono mogollón de cohetes para batir una determinada zona. Es lo que se conoce como fuego de saturación. Para los que nunca hayan oído ese término, el fuego de saturación es un concepto por el que un área relativamente pequeña es sometida a un bombardeo breve, pero de una intensidad devastadora que la artillería convencional no puede alcanzar. Pongamos un ejemplo: los informes del frente nos dicen que en tal zona el enemigo ha concentrado un regimiento entero para iniciar una ofensiva. 

Y estas eran las herramientas para lograr la saturación. Mientras que
un cañón convencional podía disparar un proyectil cada cinco o
diez segundos, un Katyusha disparaba una docena o más-
dependiendo del modelo- en el mismo tiempo
Si abrimos fuego con la artillería disponible, imaginemos que una docena de bocas de fuego con una cadencia de tiro de seis proyectiles por minuto, implicaría que en cinco minutos de bombardeo caerían sobre el enemigo 360 proyectiles. Obviamente, las tropas enemigas no se iban a quedar como pasmarotes esperando a ser machacados, sino que nada más oírse el silbido de la primera andanada saldrían corriendo como conejos en busca de refugio. Esa primera andanada sería lógicamente la más efectiva, mientras que las restantes pillarían a la mayor parte del personal a cubierto, pudiendo salir razonablemente indemnes del susto. Sin embargo, una batería formada por 12 lanzacohetes con capacidad para 24 proyectiles, solo en la primera salva dejaría caer sobre las atribuladas cabezas de los enemigos 288 cohetes de golpe. Y si los lanzadores eran de 48 cohetes, la cifra se elevaría al doble: 576 proyectiles de una tacada y sin que a los pardillos de turno les de tiempo a buscar un hoyo donde meterse. Y no solo produciría gran cantidad de bajas, sino que una parte importante de su material también sería destruido sin posibilidad de ponerlo a salvo. En resumen, es un concepto táctico tan eficaz que hoy día sigue totalmente vigente, y no hay guerra en la que no hagan acto de presencia vehículos provistos de lanzadores que, eso sí, están armados con cohetes mucho más potentes y precisos que los usados por los rusos si bien no son raros de ver en algunos de los interminables conflictos de Oriente Medio lanzadores de la época soviética que aún siguen operativos.

Bien, estos son los antecedentes del Katyusha que, en puridad, fue el cohete en sí ya que el soporte para los lanzadores no fue el mismo a lo largo de su vida operativa. Se recurrió a camiones rusos, así como a americanos obtenidos gracias a la Ley de Préstamo y Arriendo, chasis de carros de combate, trineos, trenes blindados, vehículos sobre orugas e incluso se instalaron en barcos, pero de la amplia variedad de medios sobre los que funcionaron estos chismes hablaremos con detalle en otra ocasión para no alargarnos demasiado. De hecho, incluso se llegaban a disparar cohetes sustentados sobre bastidores colocados directamente sobre el suelo, e incluso simplemente dentro de un armazón colocado dentro de un hoyo que les permitiera orientarlos en dirección a donde en teoría estaba el enemigo. Un alarde de tecnología, vaya... Con todo, su uso masivo- el fuego de saturación, ya saben- los hizo bastante eficaces, y donde caían solo quedaba una extensión de terreno calcinada y los restos achatarrados de los vehículos que hubiese en el mismo aparte de cachos dispersos del personal a los que no dio tiempo de escabullirse.
 En la ilustración de la derecha tenemos un ejemplo del variopinto uso que se podía dar a estos artefactos: dos guripas soviéticos ocultos tras unas ruinas se disponen a lanzar un M-31 de 300 mm. colocado dentro de un armazón (metálico o de madera) sustentado sobre unos ladrillos.

Ferviente hija del padrecito Iosif instalando cohetes RS-82 bajo
las alas de un avión. Obsérvense las peculiares hélices para el
armado de las espoletas
En cuanto a la vida operativa de estos cohetes, curiosamente no comenzó sobre los lanzadores que estamos hartos de ver en fotos, sino instalados en aviones. Su estreno en una acción de guerra tuvo lugar en el río Jaljin Gol, que marcaba los límites de China con la URSS, durante un breve conflicto con los honolables guelelos del mikado entre mayo y septiembre de 1939 por cuestiones fronterizas entre la república soviética de Mongolia y las tropas japonesas que ocupaban Manchuria. En esta ocasión se armaron inicialmente en los Polikarpov I-16 de una escuadrilla de cinco aparatos al mando del capitán Nikolái Ivánovich Zvonarev, agregada al 22º Rgto. de Cazas del mayor  Grigory Panteelevich Kravchenko, instalándose bajo las alas ocho raíles (4 en cada ala) para otros tantos cohetes RS-82. Además, no fueron usaros como armamento aire-tierra, sino para abatir aviones enemigos. 

I-16 armado con ocho cohetes RS-82

N. I. Zvonarev (1911-1986)
El grupo de Zvonarev, que actuó entre los días 19 de agosto y 16 de septiembre, realizó 85 salidas, participando en 14 acciones de combate en las que lograron alcanzar 13 victorias, las cuales se debieron principalmente a que atacaron formaciones cerradas de aparatos nipones, lo que facilitó su derribo ya que la precisión de los RS-82 estaba aún un poco lejos de la de un Sidewinder. Bueno, no nos engaños, el RS-82 estaba en el neolítico cohetero aire-aire, pero al menos tuvieron la primicia. Ojo, ya en la Gran Guerra se habían empleado contra dirigibles y globos de observación, pero obviamente estos artefactos eran un poco más grandes que un caza japonés, el primero de ellos muy lento, y el segundo totalmente estático, así que tampoco había que tener un prodigio de precisión para acertarles. En cualquier caso, el padrecito Iósif, celoso de que la existencia y, sobre todo, los detalles de esta nueva arma cayeran en manos enemigas, ordenó que todo lo concerniente a su manejo y uso fuera llevado con el máximo secreto, hasta el extremo de que los pilotos que tomaron parte en la escuadrilla de Zvonarev eran miembros especialmente seleccionados del NKVD cuya fidelidad al padrecito Iósif y al partido estaba por encima de cualquier comentario. 

G. I. Kravchenko (1912-1943)
Los mentados pilotos fueron, (por si aún desean hundir más en la miseria a sus cuñados) los tenientes I. Mikhailenko, S. Pimenov, V. Fedosov y T. Tkachenko. Más aún, ante el temor que de alguno de los I-16 fuera derribado y cayese en manos enemigas, Kravchenko había recibido la orden, que a su vez transmitió a Zvonarev, de que bajo ningún concepto se involucraran en combates aéreos contra los aparatos de los honolables guelelos del mikado, superiores en velocidad y armamento. Por lo tanto, su misión era localizar al enemigo, abalanzarse contra ellos, dispararles la salva de cohetes a una distancia de entre 1.500/850 metros aproximadamente y salir echando leches antes de que los nipones se recuperasen del susto. Por cierto que el uso de cohetes aire-tierra se propaló de forma increíble durante la 2ª Guerra Mundial. En el caso de los yankees, hicieron gran uso de ellos desde sus cazas Corsair y Mustang principalmente para ataques a tierra, y los tedescos perpetraron fastuosas escabechinas con los R4M que armaban los Me-262, con los que derribaron cantidad de bombarderos B-17. En fin, ya sabemos que el uso de cohetes aire-aire y aire-tierra son actualmente la principal arma de que disponen los aviones modernos para hacer la puñeta al enemigo, ya vaya volando o dándose un paseo por una carretera.

Vista trasera de un ZIS-5 con el lanzador cargado
Con todo, y a pesar de que la escuadrilla de Zvonarev salió de aquella guerrita indemne y con varios derribos en su haber, lo cierto es que fueron necesarios una media de 24 cohetes por derribo, lo que no se puede decir que fuese especialmente rentable cuando se podía lograr lo mismo con un par de docenas de cartuchos de ametralladora que costaban bastante menos dinero, así que estaba claro que el verdadero potencial de estas armas era como cohete tierra-tierra. De forma paralela a su uso como arma aire-aire, en octubre de 1938 y bajo la dirección del Instituto de Innovación para Propulsión a Chorro Nº 3 (Reaktivnyy nauchno-issledovatel'skiy institut, Реактивный научно-исследовательский институт en cirílico y más conocido por sus siglas РНИИ3 y a partir de 1937 НИИ3 (NII3), por si les apetece impulsar a sus cuñados a una autolisis definitiva) se creó un prototipo de lanzador instalado sobre el chasis de un camión ZIS-5, un vehículo de 3 Tm. y dos ejes de diseño moderno ya que su producción había comenzado en 1933. El lanzador consistía en un bastidor colocado de forma transversal, mirando hacia el lado derecho del vehículo para que los chorros de fuego no afectaran la cabina del camión si bien la ventanilla del copiloto estaba provista de una chapa de blindaje. Sobre dicho bastidor iban 24 raíles que permitirían disparar una salva de otros tantos cohetes del modelo M-13 de 132 mm. El M-13 era un modelo derivado del RS-132 con una carga explosiva de 4'9 kilos, y tenía un alcance de unos 8-8'5 km. aproximadamente.

Vista lateral del MU-1 sobre un ZIS-6. En el extremo de la
caja se aprecia el mecanismo para regular el ángulo de tiro,
así como la ventanilla blindada
Sin embargo, este prototipo salió un churro por varios motivos. En primer lugar, los lanzadores eran el mismo modelo usado en los aviones, por lo que la carga de los cohetes se efectuaba por la parte delantera de los mismos, lo que retrasaba enormemente el proceso. Por otro lado, la posición fija del lanzador obligaba a apuntar moviendo el camión hasta situarlo en una posición más o menos aproximada hacia el objetivo y, finalmente, la escasa sustentación que ofrecía daba como resultado un churro de precisión. Además, la elevada temperatura que alcanzaban los chorros de los cohetes, entre los 1.100-1.200º, dañaba al vehículo, especialmente a los neumáticos traseros que recibían la primera llamarada de lleno. En vista del éxito obtenido, cambiaron de vehículo, usando un ZIS-6 de tres ejes con un lanzador de 24 raíles, pero dando unos resultados igual de pésimos porque, en realidad, el problema estaba en la posición del lanzador, no en la plataforma que lo sustentaba. No obstante, a esta versión se le añadió un mecanismo para regular el ángulo de tiro vertical que demás permitía un pequeño giro horizontal lo que, aunque ya suponía un adelanto, no solucionaba el problema. Este prototipo recibió el nombre de MU-1 (МУ-1, механизированная установка, mekhanizirovannaya ustanovka = instalación mecanizada nº 1).

En vista de que el MU-1 resultó un fiasco, estaba claro que había que ver la forma de diseñar un MU-2 que funcionase si no querían acabar todos metidos en un vagón de ganado camino de un gulag en el quinto pino, así que se pusieron las pilas y vieron que solo había que cambiar la posición del lanzador, colocándolo en sentido longitudinal al vehículo. Al disponer de menos espacio a lo ancho hubo que reducir el número de raíles del lanzador a ocho, si bien para compensarlo en cada raíl se podían colocar dos cohetes, uno arriba y otro abajo. El bastidor sobre el que reposaban era una estructura un poco más compleja a base de tubos con una capacidad de giro horizontal de 10º a cada lado (20º en total), y la elevación vertical podía regularse entre los 15º y 45º, lo que permitía un alcance mínimo de 3 km. y un máximo de 9 km. En el gráfico de la derecha vemos el mecanismo de elevación (fig. A) y el horizontal (fig. B) mediante un tornillo sin fin. Además, se acopló en el lado izquierdo del bastidor un visor de artillería convencional, por lo que ya no era preciso estar una hora maniobrando el camión hasta colocarlo más o menos mirando al objetivo. Con estas mejoras solo había que situarlo en dirección al blanco, ajustando la puntería moviendo el lanzador hacia donde fuera preciso.

También se añadieron dos gatos hidráulicos en la parte trasera de la caja para proporcionar una base estable en el momento del disparo que, como veremos a continuación, no se producía mediante una salva simultánea, sino con un intervalo de medio segundo. Así mismo, la puesta en batería se acortaba de forma notable, requiriendo solo entre 5 y 1o minutos, siendo el tiempo de carga de otros 5 minutos más. Para completar la lista de mejoras, como la nueva disposición del lanzador haría que las llamaradas de los cohetes dieran de lleno en la cabina, se instalaron chapas sujetas mediante bisagras para poder bajarlas cuando se entraba en acción. Cuando llegaba la hora de largarse bastaba plegarlas sobre el techo. Ambos accesorios podemos verlos en las fotos de la izquierda.

BM-13 sobre un camión ZIS-6. Obsérvese la posición de los gatos
traseros cuando no estaba en posición de tiro, así como las
perforaciones de los raíles del lanzador para aligerarlos de peso
Tras las pruebas pertinentes y corroborar que, finalmente, el arma funcionaba como Lenin manda, el MU-1 pasó a convertirse en el BM-13 (Boyovaya Maszina 13 = vehículo de combate 13), del que se fabricaron cinco unidades para ir adiestrando a sus futuros servidores. Además se construyó un lanzador extra que fue enviado a Sebastopol para ser instalado en una patrullera y probar su rendimiento como arma embarcada. El Comité de Defensa del Estado quedó sumamente satisfecho con los resultados de las pruebas, por lo que en la primavera de 1941, cuando el ciudadano Adolf ya estaba a punto de dar la orden para iniciar la Operación Barbarroja, se comenzó la producción en serie. Con apenas tiempo para disponer de cantidades aceptables de la nueva arma, cuando los tedescos entraron en la Santa Madre Rusia sin molestarse ni en llamar a la puerta apenas se habían fabricado siete unidades que, junto con 3.000 cohetes M-13 habían sido enviados a Moscú. El mismo día en que dio comienzo la invasión, el 22 de junio de 1941, se comenzaron a fabricar tanto camiones como cohetes en la fábrica Komintern de Voronezh, seguida de los talleres Kompressor de la capital soviética. En octubre, y ante el peligro de verse desbordados, la producción se trasladó a Chelyábinsk, remota población situada en los Urales que quizás recuerden de cuando hablamos de los carros de combate rusos. 

El capitán Flerov (1905-1941). Palmó como los
buenos el 6 de octubre sin llegar a disfrutar de
los laureles de la victoria, durante una refriega
en Bogatyri tras una breve pero muy intensa
vida operativa
Estas siete unidades formaron la primera batería operativa de BM-13 al mando del capitán Ivan Andreevich Flerov, que entró en servicio el 28 de junio, apenas seis días después del comienzo de la invasión. Cada vehículo tenía una dotación de siete hombres: un artillero jefe, un artillero, un encargado de manejar los mandos de regulación del lanzador y cuatro cargadores. Dichas dotaciones fueron seleccionadas entre el personal de la Escuela de Artillería Feliks Dzierzynski, anteponiendo ante todo que fuesen miembros del partido. Al padrecito Iósif no se le quitaba de la cabeza lo de mantener a ultranza el secreto sobre la existencia de la nueva arma, hasta el extremo de que el término "BM-13" no se pudo usar en el papeleo administrativo hasta después de la guerra, cuando hasta el Tato ya sabía de qué iba la cosa. Más aún, poco después del inicio de la guerra se obligaba al personal a firmar una declaración por la que se comprometían a, en caso de peligro, destruir los vehículos para impedir que cayeran en manos enemigas, así como a escapar como fuese para no caer prisioneros y ser obligados a dar información sobre los mismos, llegando si era preciso a suicidarse. Chungo, ¿qué no? Para que no hubiera dudas al respecto, en una orden emitida por el padrecito Iósif el 1 de octubre de 1941 se dejaba bien claro que los BM-13 "...deben ser protegidos como tecnología de alto secreto del Ejército Rojo. Por este motivo, estas máquinas y la munición para ellas no deben caer en ningún caso en manos del enemigo. Este material debe mantenerse bajo una constante y particularmente severa vigilancia en todo momento. La responsabilidad de la preservación de estos secretos recaerá sobre los comandantes de los frentes y los ejércitos." En resumen, que si no te pegabas un tiro ya se encargaría el NKVD de hacerlo por ti, y si los tedescos te echaban el guante toda tu familia se iría de vacaciones a Siberia solo con billete de ida. Incluso se ordenó de forma explícita que, para un mejor aprovechamiento del material, jamás se emplearan los BM-13 contra objetivos pequeños o de poca importancia, debiendo reservarse solo para neutralizar el avance de grandes formaciones de infantería o carros de combate, para romper las líneas enemigas en caso de participar en una ofensiva y sobre concentraciones de tropas. Además, nunca debía hacerse uso de los lanzadores sobre objetivos situados a una distancia relativamente lejana, en la que su escasa precisión restaría eficacia, delegando esos cometidos para la artillería convencional.

BM-13 de la primera serie preparado para abrir fuego en Stáyara
Russa, en septiembre de 1941
El estreno del BM-13 tuvo lugar el 14 de julio, tras ocupar los tedescos la ciudad de Orsha, nudo ferroviario de vital importancia. La batería de Flerov se trasladó al sector y se dispuso para lanzar la primera salva, que tuvo tugar a las 15:15 horas. Hay varias versiones sobre esta acción de guerra, alguna incluso asegurando que, en realidad, no tuvo lugar hasta dos días más tarde debido a que los ingenieros tedescos tenían que adaptar el ancho de las vías para sus trenes (las rusas eran más estrechas) pero, en todo caso, en lo que sí coinciden todos es que el estreno supuso una escabechina fastuosa ya que los cohetes alcanzaron vagones cargados de munición, con las consecuencias que podemos imaginar. El BM-13 se mostró como un arma indudablemente eficaz, y aunque tenía sus ventajas también presentaba una serie de inconvenientes.

Cargando un M-13 en su raíl. Para realizar
esta operación bastaban escasos segundos
Entre las ventajas, la principal era su obvia contundencia. La batería de Flerov, con apenas siete lanzadores, podía dejar caer sobre los enemigos 112 cohetes cargados con casi 5 kilos de alto explosivo en menos de diez segundos, lo que no dejaba prácticamente tiempo para reaccionar. Su recarga era relativamente rápida, y con dotaciones bien entrenadas el tiempo podía reducirse a un par de minutos o poco más. Los raíles, al contrario que las cañas de los cañones, que debían ser sustituidas cada un determinado número de disparos, tenían una vida operativa ilimitada, y cada lanzador era acompañado por dos camiones cargados con más cohetes para que la fiesta no terminase en seguida. En cuanto a los inconvenientes, el principal era, aparte de que la precisión nunca llegó a ser la deseable, la descomunal humareda que producía cada salva, localizable a kilómetros de distancia. Esto obligaba a que, salvo que la batería estuviera en una posición protegida por elevaciones que la ocultaran de la vista del enemigo, nada más realizar los disparos tenían que salir echando leches y cambiar de emplazamiento antes de que la artillería enemiga los machacara con fuego de anti-batería, y esos sí tenían precisión de sobra para acertarles de lleno sin problemas. Con todo, la posibilidad de moverse con rapidez de un sitio a otro llegó a convertirse en una ventaja ya que despistaba totalmente a los observadores tedescos, que se veían incapaces de ubicar en los mapas de dónde habían salido los disparos.

Bien, con todo lo que hemos visto ya conocemos la gestación, el nacimiento y los primeros pasos de estas emblemáticas armas. De sus distintas versiones, los diferentes vehículos que se usaron como plataforma y la variedad de proyectiles que fueron surgiendo durante la guerra ya hablaremos otro día, que en esta ocasión ya me he explayado en demasía. Solo nos resta ver los entresijos del cohete B-13, así como su sistema de disparo y el origen del sobrenombre "Katyusha".

En primer lugar, el cohete. En el gráfico de la derecha tenemos una vista en sección del mismo para ver con detalle la distribución de su interior. Como podemos apreciar, el cohete se dividía en tres partes: la cabeza de guerra, que contenía la espoleta, el detonador y  la carga explosiva que, en este caso, era de 4,9 kilos de trinitrotolueno o de termita si se quería usar como arma incendiaria. También se estudió usarlo como proyectil de guerra química, pero eso lo veremos más adelante. A continuación tenemos el cuerpo que contiene la carga de propelente, formada por siete barras de polvo de piroxilina perforados longitudinalmente por el centro. Su distribución la vemos en la figura F'. El propelente se iniciaba con dos cartuchos piro-eléctricos como el que vemos en la figura E', colocados a ambos lados del tetón de enganche delantero. Estos cartuchos se iniciaban mediante una descarga eléctrica que inflamaba la carga de pólvora que llevaban en su interior y que, a su vez, iniciaba el propelente del cohete. Por último tenemos los escapes por donde salía el gas producido por la combustión del propelente, que se realizaba de adelante hacia atrás. 

El proceso de carga era muy simple. Bastaba deslizar los dos tetones de fijación por la ranura del raíl hasta que quedasen bloqueados en su posición, para lo cual se accionaba hacia la derecha la palanca marcada con la flecha roja. El bloqueo debía asegurarse antes de elevar el lanzador si no querían ver como los 16 cohetes caían uno tras otro al puñetero suelo. En el círculo vemos el terminal eléctrico que llevaba cada raíl en cada costado, y que contenían los bornes que daban la corriente necesaria para iniciar los cartuchos piro-eléctricos. Una vez que se completaba la carga del lanzador, el artillero realizaba los ajustes de altura y deriva y todo el personal se retiraba a una distancia prudencial para no quedarse convertidos en torreznos soviéticos o verse asfixiados por la enorme temperatura que desprendían los cohetes, así como la densa polvareda de humo tóxico que desprendían. A partir de ahí solo había que abrir fuego, de lo cual se encargaba el artillero jefe accionando el cuadro de mandos colocado delante del asiento del copiloto.

A la derecha podemos verlo. Se trataba de una pequeña caja conectada mediante la manguera G a una batería auxiliar situada sobre el chasis, de donde tomaba la corriente. De ahí partían dos cables: uno conectado a la carrocería para hacer masa, y el otro se dividía en ramales que iban a las cajas de cada raíl. En primer lugar, se cerraba el circuito accionando el interruptor de cuchillas F. A continuación se introducía y giraba la llave A en la caja de conexión C para establecer el contacto, tras lo cual se encendía el chivato D para comprobar que todo estaba en orden. A partir de ahí, el arma estaba lista para abrir fuego, para lo que se giraba el disco del disparador a razón de dos vueltas por segundo durante 17 veces. De ese modo no se producía una descarga al unísono, sino escalonada con una escasa diferencia de tiempo. La duración de la andanada dependía del número de cohetes, pero en este caso sería de unos 15 segundos como mucho. La verdad es que presenciar una salva de uno de estos chismes debía ser algo sobrecogedor.

A medida que el artillero giraba a toda pastilla el disco, la corriente eléctrica iba llegando a los raíles, produciéndose una chispa en el contacto entre la superficie del raíl y el tapón del contenedor de los cartuchos piro-eléctricos. En ese momento, se inflamaba el contenido e iniciaba el propelente del cohete, saliendo disparados a una velocidad de unos 350 m/seg., o sea, similar a la de una bala de 9 mm. Parabellum, lo que no es ninguna tontería para semejante trasto. Los cohetes podían armarse con espoletas de impacto o de proximidad, dependiendo del objetivo, y su dispersión al caer sobre el terreno elegido como blanco formaba una densa cadena de explosiones casi simultáneas. Para hacernos una idea, la batería del capitán Flerov, formada por siete lanzadores de 16 cohetes permitía arrojar sobre las atribuladas testas tedescas nada menos que 112 cohetes en un intervalo de diez segundos. Por lógica, para conseguir lo mismo con artillería convencional harían falta 112 cañones. Con todo, algunas versiones posteriores que podían disparar hasta 48 cohetes, si hablamos de una batería convencional formada por cuatro lanzadores hablamos de nada menos que 192 proyectiles, y como ya podrán imaginar una batería no solía actuar en solitario. Podían juntarse varias y, con ello, disparar cientos de cohetes de golpe sobre un enemigo que no sabría dónde leches meterse para escapar del fin del mundo a escala reducida.

Lidiya Ruslanova cantando ante las ruinas del Reichstag de
Berlín el 2 de mayo de 1945
Bueno, con esto no creo que queden dudas acerca del sistema de disparo. En cuanto al mote, hay tropocientas versiones, aparte de más apodos que ya iremos desgranando. En esta ocasión nos quedamos con el más conocido, Katyusha, que era el título de una canción que, como está mandado, narra como una jovencita llamada así echa de menos a su amado que está haciendo el servicio militar. La canción fue compuesta en 1938 con música de Matvéi Blanter y letra de Mijáil Isakovski, e interpretada por primera vez por Lidiya Andreevna Ruslanova, una famosa cantante floclórica de la época. Katyusha es el diminutivo de un diminutivo, o sea, el diminutivo de Katya que, a su vez, lo es de Yekaterina, Catalina. Por lo tanto, Katyusha sería lo mismo que si en español decimos Catalinita. La teoría más aceptada es que, debido al secretismo que impedía denominarlos como BM-13, en la documentación oficial se les asignó la letra K, correspondiente a la fábrica Komintern de Voronezh, donde comenzó la producción del arma, por lo que se recurrió, como es habitual en todos los ejércitos del mundo, a ponerle un mote que coincidiera, en este caso, con la inicial extra-oficial del BM-13. Puede que, cuando la oigan, a más de uno le suene la música. Es la del "Casatschok", una pegadiza canción que puso muy de moda el cantante francés Georgie Dann en 1969, pero cuya letra no tiene nada que ver con la original. De hecho, este fulano se tiró la torta de tiempo forrándose con sus cancioncillas que, año tras año, eran declaradas "la canción del verano" y se escuchaban en todas las verbenas, ferias, tómbolas y hasta en los bailes juveniles de la época. Ahí pueden escucharla.


En fin, espero que les haya resultado interesante. Como ya he dicho, más adelante y con suerte antes de que acabe el año seguiremos con el tema. Mientras tanto, vayan provocando arcadas en sus cuñados y primos lejanos contemplando cualquier documental sobre el tema. 

Hale, he dicho

La batería del capitán Flerov lista para abrir fuego y sembrar muerte y destrucción más IVA sobre los malvados tedescos

jueves, 19 de septiembre de 2019

Curiosidades: el obús secreto de Shuvalov


Rarito, ¿verdad?

Piotr Ivánovich Shuvalov (1710-1762) en
el cenit de su gloria. Su brazo reposa en un cañón
como clara referencia a su vinculación con estas
armas tan resolutivas
El creador de esta especie de trabuco transversal fue Piotr Ivánovich Shuvalov, miembro de una familia de terratenientes muy cercana a los círculos del poder gracias a su hermano mayor Alexander y, ante todo, un trepa de tomo y lomo que logró alcanzar una notabilísima influencia en la zarina Elizavéta Petróvna Románova, Isabel I de Rusia para los amigos. Su incuestionable capacidad para colarse por los tortuosos recovecos que conducían a lo más alto fue en realidad lo que le permitió dar a conocer su faceta como inventor ya que, de lo contrario, hubiese sido uno más entre la miríada de militares que se pasaban las horas muertas ideando chismes raros que les permitiesen medrar en la archiclasista sociedad rusa y, por supuesto, en el aún más elitista cuerpo de oficiales del ejército, donde si no tenías un apellido pintabas menos que un sujeto honrado y trabajador en el Congreso. No nos extenderemos en la vida y milagros de este sujeto ya que, aunque es bastante desconocido por estos lares, hay información sobrada en la red para todo aquel que quiera saber más sobre su persona. Nosotros nos limitaremos a plasmar una breve semblanza para que los perezosos que pasen de buscar quién fue el ciudadano Shuvalov se puedan poner en contexto.


Mavra Yegorovna Shelepeva (1708-1759)
Su adolescencia y primera juventud la pasó haciendo el gamba en la corte- de jovencito había servido como paje durante los últimos años del reinado del zar Pedro I, aquel bicharraco de más de dos metros que no dudó en ejecutar a su primogénito tras una tormentosa relación paterno-filial-, viendo pasar un mandatario tras otro (el tema sucesorio entre la muerte de Pedro I y el ascenso de Elizavéta es para hacer un culebrón) hasta el derrocamiento en 1741 de Ivan VI cuando apenas era un bebé de un año. Shuvalov, que se puso de parte de la aspirante al trono, Elizavéta Petróvna- era hija del controvertido Pedro I-, tuvo claro que favorecería más a sus intereses decantarse por la hija del difunto zar antes que por un crío que, obviamente, sería manipulado hasta su mayoría de edad. En 1742 fue cuando comenzó su meteórico ascenso gracias a su ventajoso matrimonio con Mavra Yegorovna Shepeleva que, además de ser tres años mayor, por los retratos que han llegado a nosotros debía ser prima hermana de Gambrinus. Pero lo importante no es que fuera feilla y tal, sino que pertenecía a una linajuda familia de nobles boyardos y, más importante aún, que desde 1719 era dama de honor de la gran duquesa Anna Petrovna Románova, hermana mayor de la zarina Elizavéta y que palmó muy jovencita la pobre, con apenas 20 años, de fiebre puerperal tras parir en 1728 al que sería el futuro zar Pedro III. No obstante, el infausto suceso no supuso a la Shepeleva verse despedida de la corte, sino todo lo contrario. Más aún, la antigua dama de honor de la difunta tsesarevna se convirtió en la principal amiga y confidente de Elizavéta, así que matrimoniarse con ella era la mejor forma de dar el gran salto hacia el poder.


Imperatritsa i Samoderzhitsa Vserossiskaya
Elizavéta Petróvna Romanova, dicho en cristiano católico,
la emperatriz y autócrata de todas las Rusias Isabel I
(1709-1761)
Su apoyo a la nueva zarina le valió de entrada el rango de chambelán interino, que posteriormente fue mejorado con un ascenso a teniente de la Guardia y, más tarde, a mayor general, además de ser galardonado con las Ordenes de Santa Ana- creada en recuerdo de la difunta hermana de la zarina- y San Alexander Nevski y el puesto de senador por Livonia. En 1746 obtuvo el título de conde, lo que le permitió mangonear a su sabor, y en 1756 el grado de General Feldzeichmeister, una graduación de origen tedesco adoptada por Pedro I que en Rusia equivalía al comandante supremo de la artillería, siendo el primer militar que lo ostentó Alexander Archilovich Imeretinsky en 1699. Como es lógico, la obtención de este rango favorecería aún más la propalación de su invento, presentado tres años antes como un medio para renovar el vetusto parque artillero ruso que hacía más de 20 años que no se modernizaba. Además, el estallido de la Guerra de los Siete Años ya se mascaba en el ambiente, por lo que era recomendable no dormirse en los laureles y adecuarse al moderno armamento de sus enemigos empezando por Prusia, que bajo el mando de Federico II empezaba a escalar puestos entre la élite militar de la Europa toda. Bueno, con esto creo que podemos hacernos una idea acerca del personaje en cuestión, así como del contexto histórico en que se movió. 


Planos del "obús secreto" junto a los distintos tipos de munición
que disparaba.
La primera mención acerca de esta peculiar arma se remonta al 2 de julio de 1753, cuando Shuvalov presentó en el Senado su proyecto como una pieza especialmente ideada para mejorar la eficacia de los botes de metralla. Como es de todos sabido, tanto los botes como las polladas, racimos y demás municiones de este tipo formaban un cono a partir de su salida por la boca del cañón, lo que hacía que gran parte de los proyectiles se desperdiciara. Unos irían a parar al suelo sin causar el menor daño al enemigo, y otra pasaría sobre sus cabezas. Así pues, y por dar una cifra, digamos que solo un tercio de la munición lograría impactar en los asquerosos cuerpos de los asquerosos enemigos. Por lo tanto, la idea consistía en algo tan simple como que el bote de metralla no formara ese cono, sino que ayudado por la boca de fuego elíptica se distribuyera horizontalmente formando un letal abanico. 


Ojo, Shuvalov no inventó la paella porque se conservan piezas datadas en fechas anteriores basadas en el mismo principio si bien estaban concebidas para disparar pelotas convencionales, lo que no quita que, llegado el caso, se pudiera usar metralla. Esta peculiar pieza que vemos a la derecha y que se conserva en el Museo Histórico de Artillería, Ingenieros y del Cuerpo de Señales de San Petersburgo, aparece catalogada como cañón experimental de hierro fundido de 3 libras, y se fabricó en Olonets en 1722, o sea, cuando nuestro probo trepa apenas contaba con 12 años. El cañón, que tiene el ánima con la misma forma que la boca, se cargaba tres pelotas de 3 libras envueltas en una pieza de lino colocadas sobre una bandeja de madera. La verdad es que el invento no tiene mucho sentido ya que su única peculiaridad radicaba en la posibilidad de disparar tres proyectiles al mismo tiempo, cosa que se podía hacer, y con mayor cantidad de proyectiles, con un cañón convencional cargado con una pollada. En todo caso, lo que sí parece claro es que este chisme se quedó en fase experimental y santas pascuas.


Comparativa del radio de acción de un cañón normal (arriba) y el
producido por el obús de Shuvalov (abajo)
Así pues, aunque el concepto de dispersión basado en un ánima más ancha que alta ya existía, el invento de Shuvalov estaba orientado a disparar metralla de la forma que explicamos anteriormente, buscando de ese modo una mayor eficacia en cada disparo. Una vez presentado el proyecto en el Senado recibió el visto bueno, que para eso la parienta del influyente Shuvalov estaba todo el día chismorreando con la imperatritsa y a ver quién era el guapo que contristaba al aspirante a todo lo aspirable. Los planos fueron entregados al mayor general Mikhail Tolstoi, de la Cancillería Principal de Artillería y Fortificación, con la orden de que "se fundieran de inmediatos dos obuses de la forma más secreta" para llevar a cabo las pruebas pertinentes. Ambas piezas se fabricaron en el arsenal de Moscú bajo la dirección de Tolstoi, la colaboración del mayor Musin-Pushkin y el maestro Stepanov. El 10 de noviembre de 1753 se llevaron a cabo las pruebas de tiro real en presencia de miembros del Senado, de la Academia Militar y diversos mandamases que no se querían perder la fiesta. Para ello se colocaron dos blancos: uno, de 26 brazas (55,38 metros) de ancho y 3 arshins (2,13 metros) de alto a una distancia de 100 brazas (213 metros). El segundo, de 26 brazas de ancho y 4 arshins (2,8 metros) de alto, a una distancia de 125 brazas (266 metros). La braza rusa se había establecido en tiempos de Pedro I como equivalente a 7 pies ingleses, o sea, 2,13 metros. El arshin equivalía a 71 cm.


Una de las piezas que se conservan. Obsérvese su recargada decoración
En el informe que se redactó tras la prueba se afirmaba que el nuevo obús era mucho más eficiente que las piezas reglamentarias en aquel momento, y que su radio de acción era 21 brazas más amplio en sentido horizontal. La verdad, teniendo en cuenta la influencia de nuestro hombre cabe preguntarse si los elogios dedicados al invento eran reales o, por el contrario, un mero peloteo para no contristarlo. Me temo que nunca lo sabremos, pero lo que sí es cierto es que el Senado decidió adoptar el obús, realizándose un pedido inicial de 69 unidades por un importe de 64.439 rublos, más una dotación de otros 11.380 anuales en concepto de gastos de mantenimiento de las piezas. El calibre en boca era de 95 x 207 mm., o sea, que el calibre real era de 95 mm. o, según el sistema de la época, ½ pud (el pud equivalía a 16,4 kilos). La longitud de la caña era de 162 cm. con un peso de 491 kilos que, sumados a la cureña, hacían un total de 848 kilos. Su alcance eficaz se fijó entre 400 y 500 metros, y se asignó a cada pieza una dotación de 150 proyectiles, principalmente botes de metralla de hojalata con 168 balas de mosquete o bien con 48 bolas de mayor calibre. Cada obús estaría servido por siete hombres: un jefe de pieza/tirador y seis artilleros.


Vista trasera que nos permite apreciar la cuña y,
señalada con una flecha, la ubicación de la
pequeña concha donde se encontraba el oído
Los obuses fueron inicialmente distribuidos en tres compañías cuyos componentes debían efectuar un juramento por el que se comprometían bajo pena de muerte a no informar absolutamente a nadie de las peculiaridades de estas piezas las cuales, según escribió en sus memorias el comandante Mikhail Vasilyevich Danilov en 1771, cuando el obús secreto lo conocían hasta las comadres de Berlín, que "...el obús fue llamado secreto y no se permitió a nadie que lo viera, y estaba cubierto con tapas de cobre y bloqueado con un candado. Y los sirvientes que los disparaban, los oficiales y los soldados asignados a tal arma, hicieron un juramento especial para que no mostraran a nadie el cañón del obús secreto, aunque muchos ya lo conocían". Dicho juramento venía a decir más o menos: "Yo, Fulano Ivanóvich,  prometo y juro por el gran Dios y ante su Sagrado Evangelio que estoy decidido a servir con los obuses secretos. Lo juro por el juramento general ordinario, por lo que siempre será mi deber mantener el secreto, y lo que veo y sé no lo comunicaré a nadie ni conversaré sobre el mismo". Y no iban de coña. Como se te escapara una sola palabra te ponían delante de un pelotón de fusilamiento en menos que canta un gallo porque, de hecho, la obsesión por mantener el misterio llegó al extremo de que, cuando no estaban en servicio- léase disparando en plena batalla- ya vemos lo que nos cuenta Danilov con lo de los cubrebocas de cobre. Finalmente, el número inicial de obuses se redujo a 50 unidades por considerarlas suficientes para empezar, y se integraron en un Cuerpo de Bombarderos formado por cuatro compañías al mando del teniente coronel Kalistrat Musin-Pushkin. Al parecer, para tener al personal contentito y tal se les concedió una paga más elevada e incluso preferencia en el escalafón a la hora de obtener ascensos. En cuanto a los obuses, como hemos visto en el plano expuesto más arriba, tenían una larga recámara cilíndrica con el oído situado en una concha en la parte superior de la lámpara. La regulación de la altura se llevaba a cabo por el método tradicional: dos servidores elevaban la pieza con sendos espeques mientras que el artillero la apuntaba y la bloqueaba con una cuña de madera. 


Vista en sección de los dos tipos de ánimas. En la figura superior vemos
la del modelo de 1753 con la recámara cilíndrica, y debajo la del modelo
de 1758 con la recámara cónica
No obstante, en 1758 se sustituyó la recámara cilíndrica por una cónica- más adecuada para disparar proyectiles de metralla- y la cuña por un tornillo que permitía más precisión a la hora de apuntar y prescindir de los servidores con los espeques. Además, la imperatritsa decretó la fabricación de otras 30 unidades con el calibre modificado. Al parecer solo se llegaron a fabricar tres muestras, dos de las cuales se encuentran en el museo de San Petersburgo y la otra en el Museo de la Flota del Mar Negro en Sebastopol. Una es de 65 x 130 mm., otra de 70 175 y otra, la mayor de todas, de 120 x 235 mm. Así mismo y tras intentar disparar pelotas y granadas, se llegó a la conclusión de que aquellos chismes solo eran válidos para los distintos tipos de proyectiles de metralla a pesar de que se fabricó una bala con forma de melón que, al parecer, fue un fracaso rotundo. Imagino que si sus cualidades balísticas eran similares a la impredecible trayectoria de un balón de rugby no debían ser especialmente eficaces. Por lo visto, se conserva algún ejemplar en el Museo de Armas Polonia en Kołobrzeg, pero me ha sido imposible dar con una foto, y eso que cuando me pongo a buscar puedo pasarme horas intentándolo, pero no ha habido forma. Si alguien la consigue, se agradecerá que nos la facilite. 


Ejemplar conservado en Sebastopol. Obsérvese que se prescindió de la
recargada ornamentación del modelo anterior. Se cambió también la
posición del oído al primer cuerpo de la caña, o sea, la ubicación habitual
En cuanto al bautismo de fuego de los obuses secretos tuvo lugar en la batalla de Groβ-Jägersdorf, librada el 30 de agosto de 1757 contra los prusianos, que fueron pseudo-derrotados porque el mariscal Apraksin, que mandaba el ejército ruso, decidió largarse tras la victoria por motivos no del todo aclarados. La actuación de los obuses secretos parece que fue satisfactoria, y para no delatar su presencia en el campo de batalla fueron combinados con piezas convencionales de 3 libras a razón de 4 a 1. Según informó el mismo Apraksin, los disparos de estas armas no permitieron a la infantería prusiana romper las filas propias, siendo especialmente mortíferos contra la caballería enemiga. Con todo, y a pesar del secretismo que se quería imponer a toda costa, parece ser que sus disparos eran perfectamente diferenciables por su sonido y porque despedían un humo oscuro. A saber por qué, porque la combustión de la pólvora negra emite un humo blanco, pero la cosa es que los que vivieron la batalla dejaron claro que "...pudimos verlos y distinguirlos claramente de los disparos de otros cañones por su sonido especial y por su humo negro y espeso". En fin, un misterio misterioso... Por cierto que dos piezas fueron destruidas por la acción de la artillería enemiga.


Una vista general que nos permite ver la pieza completa con su cureña
Pero tras su aceptable estreno sobrevino el desastre. Justo un año más tarde, el 25 de agosto de 1758, tuvo lugar la batalla de Zorndorf, que en esta ocasión enfrentó al mismísimo Federico II con el conde Villim Villimovich Fermor, que había reemplazado a Apraksin tras ser relevado por la imperatritsa a causa de su inexplicable retirada tras haber ganado la batalla. En esta ocasión la victoria se decantó por los prusianos, pero lo peor fue que estos lograron echar el guante a 17 obuses secretos. Según el mayor general Borozdin, que fue el encargado de informar a Shuvalov (por esas fechas ya era el mandamás de la artillería), se recurrió incluso a húsares y cosacos a los que se prometió una jugosa prima si lograban recuperar los obuses, pero no pudieron hacer nada. El secreto acababa de irse al carajo si bien los prusianos se quedaron con las ganas de saber qué tipo de munición disparaban porque cuando se apoderaron de los obuses estos ya habían agotado su dotación de municiones, y los que aún conservaban algunos proyectiles volaron los avantrenes antes de que cayeran en manos enemigas. Sea como fuere, la cosa es que las piezas fueron llevadas inicialmente a Kyustrin y, posteriormente, a Berlín, donde fueron exhibidas ante el público con un letrero donde se informaba en tono de burla: "El gran secreto de los rusos". Tras la muestra se conservaron tres como trofeos y el resto fueron enviados a la fundición. Supongo que Shuvalov se agarró un cabreo de antología.


Primer plano del interior del obús. Al fondo vemos la recámara cilíndrica.
Su ánima elíptica hacía que el suministro de munición fuese un quebradero
de cabeza ya que no podían usar los botes de metralla convencionales
A pesar de los elogiosos informes que se fueron redactando en las diversas acciones en las que los obuses secretos tomaron parte, la realidad es que su eficacia era similar a la de los cañones normales. Un bote de metralla disparado por una de estas piezas eran tan letal como si lo disparase un cañón mondo y lirondo o un unicornio, otro invento de Shuvalov que, en esta ocasión, si se mostró notablemente superior a otras piezas de la época. Pero no mezclemos churras con merinas, que de los unicornios ya hablaremos otro día. La cuestión es que, como decimos, el obús secreto no aportó nada en realidad, y su elevado costo de producción, la lentitud de su recarga, sus limitaciones respecto a los tipos de munición que podía disparar así como lo complejo de su fabricación hicieron que fueran quitados de en medio en el momento en que el probo trepa entregó la cuchara en 1762, apenas diez días después de su querida imperatritsa. Eso sí, en agradecimiento por los servicios prestados, el nuevo zar lo nombró mariscal de campo, siéndole llevado el bastón de mando propio de su rango al lecho del dolor para que palmase contentito. Con todo, Shuvalov había previsto que sus queridos y arcanos obuses fueran también desplegados como artillería de plaza en las fortificaciones que defendían las fronteras, así como la fabricación de diez unidades para dotar las fortificaciones de Siberia. 


Por cierto que, a pesar de que el prusiano se había cachondeado vilmente de los obuses parece ser que intentaron hacer algo similar, como se puede ver en este ejemplar que se conserva en el museo de San Petersburgo si bien se asemejan más al cañón experimental que vimos al principio ya que toda su ánima es rectangular con un calibre de 5x4 pulgadas. En la decoración del primer cuerpo queda clara su procedencia: en el centro vemos el anagrama del monarca prusiano, FR, Fridericus Rex, y sobre el mismo el lema que se aprecia en la cartela, VLTIMA RATIO REGIS (El último argumento de los reyes), aforismo que adoptó inicialmente Luis XIV y, más tarde, Federico de Prusia, que ordenaron que en las piezas fundidas durante su reinado apareciese esta frase. En las fotos podemos ver el aspecto de la criatura. En la imagen de la derecha aparece el anagrama regio, así como el lema anteriormente citado. La flecha señala un tetón perforado donde se fijaría una llave de chispa para disparar el arma.


Y aún hay otro pseudo-obús secreto que, por lo que vemos, era un secreto a voces. En este caso se trata de un ejemplar que se conserva, magníficamente por cierto, en un museo de Copenhague del que solo se ofrece una escueta información: está datado en 1700, lo que creo se trata de un error, y que es un modelo experimental de 3 libras, o sea, lo mismo que el cañón de ánima rectangular que vimos al principio. Colijo pues que más bien se trata de una versión de esa pieza que, como comentamos, estaba destinada a disparar andanadas de tres proyectiles cosa que, por cierto, ya se hacía desde mucho tiempo antes en los cañones normales simplemente superponiendo tres pelotas delante de la carga de proyección.


Otra vista en primer plano de la boca de fuego
En fin, esta es la breve historia de estos curiosos obuses. No hay unanimidad en el número de piezas fabricadas, como está mandado. Mientras que unos afirman que solo se produjeron los 50 obuses aprobados inicialmente, otros aumentan la cifra hasta los 70. Según V. Otochkin, en los registros de artillería de Moscú figura que se llegaron a fabricar 72 unidades de las que 13 fueron enviadas a sus aliados austriacos. Christopher Duffy reduce el préstamo a solo cuatro unidades enviadas al mariscal Daun, las cuales fueron probadas en agosto de 1759 para ser devueltas en febrero del año siguiente agradeciéndoles la gentileza y tal porque, en realidad, fueron desechadas al comprobar que el alcance era insuficiente y las cureñas excesivamente pesadas. Respecto al número total de ejemplares fabricados, este mismo autor aumenta aún más la cifra ya que, a las unidades en servicio, añade 181 más destinadas a sustituir los cañones de 3 libras en servicio. En fin, en este tema el secreto aún perdura porque no hay consenso. 


De izda. a dcha., Fermor y Saltykov, los dos probos quejicas que le
echaron valor al enfrentarse al todopoderoso Shuvalov
En todo caso, lo que si parece claro es que, tal como hemos comentado ya varias veces, la vida operativa de estas piezas estuvo ligada a la de su creador a pesar de los elogiosos informes que llegaban sobre su actuación en combate. Obviamente, no vas a mandarle un informe al jefe supremo de la artillería diciéndole que sus criaturas no valen un pimiento, y menos en una país y en una época en la que bastaba un susurro al oído de la imperatritsa para que, al cabo de media hora, te vieras engrilletado y camino de Siberia para no volver en muchos años, si es que volvías. No obstante, todo hay que decirlo, el comandante Danilov comentaba en sus memorias que el conde Fermor y el mariscal Piotr Semyonovich Saltykov no se andaron con chorradas y manifestaron abiertamente las carencias del invento, y que solo la influencia de Shuvalov permitió que siguieran en servicio. Sea como fuere, la cuestión es que en 1762, cuando el probo trepa empezaba a enfriarse en su tumba, los obuses secretos fueron retirados de servicio, figurando en los inventarios del ejército hasta la década de los 80.

Bueno, hijos míos, ya me he enrollado bastante. Y aprovechen para dejar a sus cuñados in albis con lo de estos obuses, porque me juego una caja de Vega-Sicilia Único de la añada que prefieran a que no saben una papa sobre este tema, así que leña al mono.

Hale, he dicho

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