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domingo, 18 de junio de 2023

LA ARTILLERÍA DE GALERAS

 

Galera aragonesa en pleno crucero. En la corulla vemos las bocas de fuego con que estaba armada la nave. En el centro destaca el cañón de crujía, el más potente de toda la panoplia artillera embarcada

Ataque naval a La Goleta en 1535, en el contexto de la Guerra de
Túnez. Obsérvese como la artillería de las galeras, concentrada en
la proa de las mismas, abre fuego contra las fortificaciones del puerto

Es habitual que, cuando se mencionen las galeras "modernas", uséase, las usadas desde finales del medioevo hasta finales del siglo XVIII, no se suela pensar en la artillería que estas naves llevaban a bordo. Este armamento lo asociamos más a los galeones y, posteriormente, a los poderosos navíos de línea con las bandas erizadas de cañones con los que ofender más y mejor a los enemigos y mandarlos al fondo de abismo con presteza y eficacia. Sin embargo, las galeras no solo estaban artilladas sino que, además, como tantas otras cosas que ignoramos en lo referente de nuestros logros, fueron los reinos peninsulares los que se arrogaron la primicia de fundar las bases de lo que luego sería la artillería naval. Es de todos sabido que en este país de acomplejados e ignaros profesionales no se presta atención a los éxitos patrios ni a nuestros grandes hombres, mientras que se enaltecen los foráneos y se ensalzan a los ajenos. Bueno, al grano...

Xilografía que muestra una galera primitiva armada con un único
cañón emplazado en la crujía de la nave

La primera noticia que se tiene del uso de artillería embarcada data nada menos que de mediados del siglo XIV, concretamente en 1359. El suceso tuvo lugar en el puerto de Barcelona, cuando una escuadra castellana intentó atacar las naves aragonesas ancladas en el mismo. Esto ocurrió en el contexto de la Guerra de los Dos Pedros, que entre 1356 y 1367 enfrentó a Pedro I de Castilla y a Pedro IV de Aragón. Las crónicas no especificaron qué tipo de armas habían embarcado los aragoneses, pero lo importante es que a los castellanos se les puso la jeta a cuadros cuando, en vez de llover virotes y pellas sobre ellos, llovieron bolaños. No obstante, debieron tomar buena nota del invento porque uno de los capitanes de la flota de Castilla, Ambrosio Bocanegra, hijo del entonces Almirante Mayor Egidio Bocanegra, un genovés emigrado a Castilla en 1341, derrotó años más tarde a la flota inglesa (Dios maldiga a Nelson) en la batalla de La Rochelle, librada el 22 de junio de 1372.

Batalla de La Rochelle,  librada en junio de 1372

Bocanegra, que había sido nombrado Almirante Mayor en 1370 por Enrique II de Castilla, fue enviado al mando de una flota de 12 galeras y varias naos para socorrer a las tropas de Bertrand du Guesclin, que mantenían un férreo cerco a la población. Eduardo III hizo lo propio enviando una flota de 36 naves al mando del conde de Pembroke, que sufrió una derrota aplastante por obra y gracia del ingenio de Bocanegra, que aprovechó la bajamar para hacer encallar los barcos enemigos aprovechando su mayor calado- superior al de las galeras- y cañoneándolos con bombardas emplazadas en la corulla de sus naves. La derrota fue tan antológica que los isleños perdieron la totalidad de la flota, bien hundida, bien apresada, e hicieron cautivos a los que salieron con vida del brete, empezando por el mismo Pembroke.

Bien, este articulillo no tiene como objeto narrar la evolución de la galera, que de hecho ya fue descrito en su día, sino la de su artillería. Así pues, estos hechos fueron los inicios de lo que más tarde se convertiría en la artillería naval. El germen de la misma fueron esas bombardas embarcadas que, en realidad, no pertenecían a la marina de guerra, sino a los tiros de artillería terrestres. Para entendernos: las galeras no contaban con una dotación propia de bocas de fuego, sino que, en caso de necesidad, se embarcaban las piezas necesarias junto al maestro artillero y sus ayudantes, que serían los encargados de manejarlas. Una vez retornados a puerto, las bombardas eran desembarcadas y devueltas a su lugar de origen. 

Hasta finales del siglo XV, la artillería embarcada se limitaba a una única bombarda emplazada en la tamboreta. La tamboreta era en espacio triangular situado entre el espolón y la corulla, un espacio que abarcaba desde los dos últimos bancos de la cámara de boga hasta el yugo de proa. Para que su peso no escorase la nave o la quebrase- solo el cañón, sin el afuste, podía superar las 2'5 Tm), se colocaba en la crujía, el angosto pasillo central que discurría de proa a popa y donde el cómitre y sus sotacómitres estimulaban cariñosamente a la chusma para darle con más ímpetu al remo. Para contener el retroceso, la bombarda se emplazaba entre dos maimones, dos gruesos maderos verticales que emergían de las entrañas de la nave. Por lo demás, por su posicionamiento en la cubierta surgió el término "cañón de crujía" en referencia a la pieza de más calibre de la galera. En la ilustración vemos una bombarda al uso montada sobre un afuste fijo. En el detalle podemos apreciar su posición en la nave.

Vista en sección de una alcuza de bombarda. Como podemos
apreciar, estaba reforzada por unos zunchos de hierro para
soportar la presión. Las argollas eran para colocarla y extraerla
ya que, debido a su tamaño y espesor, eran muy pesadas

Estas bombardas, como se explicó en su momento, estaban fabricadas con tiras de hierro que se iban colocando alrededor de un cilindro de madera a modo de mandril, siendo fijadas entre ellas con zunchos. Una vez completa la caña se retiraba el cilindro y se aseguraba en el afuste mediante sogas y/o tirantes de hierro. Su calibre, que en aquella época no estaban normalizados, oscilaba entre las 20 y las 40 libras (9'2 - 18'4 kilos). Eran armas de retrocarga en las que se introducía la pelota de hierro por la recámara para, a continuación, cerrarla con la alcuza, servidor o mascle, donde iba la carga de pólvora en una proporción que decidiría el maestro artillero en base a la distancia del objetivo a batir. La alcuza se sellaba con un taco de madera dejando en el interior una parte vacía para que hubiese suficiente aire como para facilitar la combustión de la pólvora. Finalmente, se aseguraba la alcuza con una cuña de hierro, se cebaba el oído con polvorilla y se prendía la carga con un botafuego, una vara de hierro o bronce donde se enrollaba una mecha. Olviden esa gilipollez de la antorcha que sale en las pelis. En un barco de madera te veían con una antorcha en la mano y te la apagaban metiéndotela por el ano sin dudarlo para, a continuación, cortarte la mano por cretino y, finalmente, colgarte de una entena para escarmiento de los botarates de la tripulación en particular y la flota en general.

Botafuego

Como salta a la vista, emplazar una boca de fuego fija sin posibilidad de variar siquiera el ángulo vertical no daba para virguerías y, aunque el alcance de unos de estos chismes podía llegar a los 800 metros, a efectos prácticos apenas iban más allá de 300 o 400, y si lo que se pretendía era acertar a otra nave, pues había que disparar cuasi a bocajarro, aprovechando el instante en el que el cabeceo de la galera hiciera coincidir la bombarda con el objetivo. Para paliar este inconveniente, que no era moco de pavo, se sustituyó el afuste fijo por uno provisto de dos pequeñas ruedas que permitía correcciones tanto verticales como horizontales (véase ilustración inferior). Al no haberse inventado aún los muñones con los que el cañón podía oscilar sobre la cureña, la regulación del ángulo vertical se realizaba elevando o bajando la parte trasera de la misma, bloqueándola con el travesaño perpendicular que vemos atravesándola de arriba abajo. Este travesaño, en forma cuña, se inmovilizaba propinando un mazazo en la parte superior. Obviamente, antes de abrir fuego había que asegurar la pieza a la cubierta para que no saliese tomando camino por su cuenta.


Por cierto que, por lo general, el maestro artillero no solía disponer de tiempo para realizar más de un disparo antes de llegar al momento supremo de los combates navales de la época: el abordaje. Si ese disparo lograba dañar o incluso abrir una vía de agua importante en la nave enemiga, pues la mitad o todo el trabajo ya estaba hecho. De lo contrario, habría que culminar la aproximación hasta llegar al contacto y esperar a que la gente de guerra embarcada lograse vencer a la tripulación enemiga y adueñarse de la galera. 

No tardaron mucho tiempo en comprobar que eso de poner artillería en la proa era una idea estupenda. ¿Qué por qué no la emplazaban también en las bandas? Pues porque las galeras de aquel entonces aún carecían de corredores sobre los bancos de boga, que ocupaban prácticamente la totalidad del barco. Así pues, se añadieron a ambos lados de la bombarda sendas culebrinas, sacres, moyanas o falconetes, piezas de un calibre muy inferior pero con una caña más larga, lo que les daba más alcance efectivo. Estas piezas eran denominadas como "de caza", y su cometido era ofender a las naves enemigas a distancia, procurando causarles daños que le dificultaran o impidieran la maniobra, como desarbolarlas, dañar el timón o destruir los remos (o también a los que remaban). Si lo lograban, la galera quedaría a merced de la perseguidora, que rematarían el trabajo cañoneándola con el cañón de crujía y hundirla sin tener que arriesgarse a un abordaje que, por bien que fuera, siempre concluiría con bajas propias. En la ilustración de la izquierda podemos ver una galera del segundo cuarto del siglo XVI en la que podemos observar como se había potenciado la artillería de a bordo. A los lados del cañón de crujía se han emplazado dos culebrinas, y en los maimones cañones de pivote, artillería ligera destinada a ofender a los tripulantes de la nave enemiga. Luego los veremos con más detalle.

Ya a mediados del siglo XV surgieron los cañones de fundición, mucho más resistentes y fiables que los anteriores. Esta nueva técnica no solo facilitaba la construcción de las cañas sino también, hacia mediados del siglo XVI, la adición de muñones que, como comentamos más arriba, permitía hacer correcciones en el ángulo de tiro vertical. Ayudándose con espeques manejados por los ayudantes del maestro artillero, este apuntaba el cañón contra el objetivo, fijándolo con una cuña de madera que se deslizaba bajo la culata del arma. Abajo tenemos un ejemplo que nos permitirá verlo con detalle.



La miniatura nos muestra los dramáticos
efectos de un reventón, que ha dejado bastante
perjudicado a uno de los artilleros
Como salta a la vista, el sistema de retrocarga usado por las bombardas fue eliminado y ya hablamos de artillería de avancarga, que perduró hasta las postrimerías del siglo XIX. Puede que alguno se pregunte por qué se suprimió un sistema de recarga más cómodo y, en teoría, rápido ya que, disponiendo de varias alcuzas, la cadencia de tiro podría ser más elevada que teniendo que cargar metiendo por la boca de fuego una cuchara con la pólvora, atacarla, meter la pelota y añadir otro taco más para sellar la carga. Bueno, el problema de la retrocarga de la época radicaba ante todo en que el ajuste de la alcuza con la recámara era muy deficiente, lo que implicaba una notable pérdida de presión que reducía el alcance del proyectil. A ese defecto habría que añadir el riesgo que se corría cuando, por un pico de presión o un sobrecalentamiento, la alcuza estallaba. El hierro no se deformaba o se agrietaba, sino que saltaba en pedazos de forma similar a las bombas de mortero de la época, matando a todo aquel que pillase cerca empezando por el maestro artillero y su gente. Por otro lado, hacia 1520 se empezaron a fabricar cañones de bronce, un material mucho más adecuado por varios motivos, a saber: ante todo, el bronce, al ser más elástico, no reventaba en pedazos, sino que se herniaba o se rajaba, reduciendo en grado sumo el riesgo para sus servidores. Por otro lado, a igual pieza, la de bronce tenía alrededor de un 10% menos de peso. Esto se traducía en que, por ejemplo, un cañón de crujía de 3.000 kilos vería su peso reducido a 2.700. Si sumamos toda la dotación artillera de la galera, hablamos de mogollón de kilos menos que disminuían el cabeceo de la nave y el riesgo de quebranto de la misma.

Y a toda esta serie de ventajas, una no menos importante: el salitre del mar no ataca al bronce, mientras que las piezas de hierro requerían un mantenimiento constante para no verlas cubiertas de orín a los dos días. No olvidemos que la pólvora negra es muy higroscópica, por lo que si no se mantenían las ánimas perfectamente limpias, sin residuos y bien lubricadas, la costra de óxido que se formaría en pocos días inutilizaría el arma. La fundición en bronce solo tenía una pega: era mucho más cara que la de hierro, por lo que no siempre había disponibilidad de piezas de este material, carencia esta que afectó a la artillería de las naves hispanas hasta prácticamente la desaparición de la artillería naval de avancarga.

Así pues, tenemos que durante la primera mitad del siglo XVI las galeras estaban armadas con su cañón de crujía para batir en proximidad a la nave enemiga, una o dos piezas menores en cada banda para hostigarla durante la aproximación y varias piezas de pivote fijadas en los maimones de la corulla con la misión de producir el mayor número de bajas posible antes del abordaje. Hablamos de falconetes, esmeriles, pedreros y morteretes, si bien debemos tener en cuenta que, hasta la normalización de la artillería en tiempos de Carlos I, tanto denominaciones como calibres formaban un amasijo interminable de tipologías bautizadas a veces la misma con siete nombres. 

Bueno, ya se me ha terminado el fuelle por hoy. Mañana o pasado actualizo el articulillo.

Hale, he dicho


domingo, 30 de enero de 2022

BUCANEROS

 

Probos canallas carne de horca según un grabado obra de Howard Pyle aparecido en 1887 en la Harper's Magazine bajo el título "El saqueo de Panamá", "gloriosa gesta" perpetrada por estos indeseables que hicieron del latrocinio pseudo-legal su modo de vida

Por lo general, cuando salen a relucir temas sobre piratas que no estén relacionados con políticos y demás entes parasitarios, los términos bucanero, filibustero y corsario también salpican el debate como si fueran todos sinónimos. Bueno, pues no. Estos ciudadanos lo que tenían en común era básicamente que llevaban a cabo sus fechorías en el mar o en ciudades costeras, pero ahí acaban las coincidencias. Un pirata no es lo mismo que un bucanero, y un corsario no es lo mismo que un filibustero. Los únicos que podrían abarcar todas las categorías son los trepas que nos chupan la sangre desde el congreso, los parlamentos de las taifas, diputaciones, ayuntamientos y demás patios de Monipodio, pero el artículo de hoy no va de ladrones de guante blanco, sino de mangantes marítimos. Así pues, acomódense, sírvanse una copita de algún destilado de su elección y tomen buena nota de quiénes eran los bucaneros para, cuando echen por la caja tonta alguna peli de esas de los años 50 donde el capitán pirata es un guaperas que se lleva de calle a todas las chicas que secuestra, puedan planchar a sus cuñados con sus extensos conocimientos sobre ladrones navales con 3ª fase de hepatopatía alcohólica, vulgo cirrosis irreversible y, por ende, mortal.

Captura y posterior ejecución del pirata Eustaquio el Monje frente
a las costas de la isla de Sandwich a manos del almirante Hugh
de Burgh en 1217. Como vemos, la piratería no era nada nuevo

Si tomamos el término pirata como genérico para todo aquel que ejerce su vil latrocinio en el mar, entonces podemos decir que la piratería es más antigua que los balcones de palo. Desde hace siglos, estos chorizos náuticos han hecho de las suyas aprovechando que las naves cargadas de mercaderías estaban más indefensas que un ciudadano honrado en el congreso de los diputados. Eran presa fácil ante una tripulación nutrida por despojos humanos ávidos de riquezas sin tener que doblar el lomo para ganarlas como si de un ministro cualquiera se tratase, y aprovechaban la impunidad que otorga la inmensidad del mar para robar a su sabor, arrojar al agua a los atribulados mercaderes y los marinos de la nave expoliada y en el juzgado nos veremos dentro de un trillón de años. Los ladrones de secano siempre lo han tenido más difícil por razones obvias, y muchos acababan ejecutados a los dos minutos de haber caído en las garras de la autoridad. Hasta el gran César fue capturado por unos malvados acuáticos cuando tuvo que salir de naja de Roma por sus desavenencia con Lucio Cornelio Sila, teniendo que pagar un suntuoso rescate para ser liberado. En resumen, el atraco naval ha sido, y aún es como vemos que ocurre en aguas del cuerno de África, un modo de obtener jugosas ganancias con relativa facilidad.

Galeón español. Estas naves fueron las que durante mucho tiempo
nos dieron la supremacía marítima en todo el mundo
Sin embargo, hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo la piratería tenía un campo de acción más limitado tanto en cuanto las zonas para ejercerla eran más reducidas. Pero la expansión de España y, posteriormente, de Inglaterra, Francia y Holanda (Dios maldiga a ese trío de bellacos) hacia la tierra donde manaba leche, miel y, sobre todo, oro y plata, permitió la proliferación de piratas hasta el extremo de dar lugar a una auténtica edad de oro del atraco acuático entre la segunda mitad del siglo XVII y principios del XIX, cuando el acoso de las armadas de las potencias de la época y la expulsión de sus otrora reductos cuasi inexpugnables les acabó presionando hasta que, finalmente, la carrera de pirata tenía menos salidas laborales que la de un biólogo con un doctorado en los hábitos de apareamiento del gorgojo. Sin embargo, esa época dorada que hemos mencionado no surgió por las buenas, sino como consecuencia de una serie de factores que iban más allá del mero afán de latrocinio de unos cuantos ladrones alcoholizados. El hecho palmario es que podrían haber sido enviados al fondo del mar en un periquete si el trío de bellacos antes mentado no los hubieran usado como instrumento para expoliar y minar el poder del creciente imperio español, y la infestación en las aguas del Caribe por parte de piratas de todo tipo fue apoyada descaradamente por las monarquías inglesa y francesa más la república de la Provincias Unidas de los Países Bajos, vulgo Holanda, para facilitar la implantación de colonias que les facilitasen tomar su parte del inmenso pastel que suponía el continente americano para las depauperadas arcas europeas, llenas de aire a causa de las interminables guerras que mantenían todos contra todos con tal de ser el que llevase la voz cantante.

Las islas del Caribe, donde durante décadas se coció el liderazgo
naval de España, Francia e Inglaterra

A medida que la expansión española por Tierra Firme, como los conquistadores llamaban al continente, fue aumentando, las islas caribeñas fueron dejadas de lado poco a poco. Al cabo, lo que importaba eran las minas de oro y plata para alimentar las menguadas arcas hispanas que, sobre todo tras la Guerra de los Treinta Años, estaban llenas de aire. Los continuos conflictos bélicos con Francia e Inglaterra, las revueltas en Flandes y el esfuerzo por mantener las posesiones de la corona de los Habsburgo en Italia contra el expansionismo gabacho costaban verdaderos ríos de oro. Por ello, aunque el descubrimiento colombino e inmediata ocupación se llevó a cabo en las Antillas, este cúmulo de islas no reportaban beneficios a la corona y su dominio implicaba un enorme gasto que, en aquel momento, España no podía arrostrar. De hecho, Cuba y Puerto Rico fueron a efectos prácticos las únicas que se conservaron en todo momento bajo control español y, en lo posible, bien guarnicionadas. Sin embargo, otras de menor tamaño o importancia como Jamaica, La Española, Bahamas y todo el archipiélago de las Antillas Menores habían sido abandonadas aunque su posesión nominal seguía siendo española... de momento. La realidad es que esas islas eran improductivas, solo valían para algunos tipos de cultivos, especialmente caña de azúcar y tabaco, y donde estaba de verdad la enjundia era en Tierra Firme con las inagotables minas de oro y plata de Méjico, Perú, etc.

Un boucannier con su mosquete y sus chuchos de caza

El fragante aroma de los metales preciosos llegó a Europa en menos tiempo que un cuñado pela un gamba, y no tardaron en acudir aspirantes a probos colonos huyendo de las guerras y la miseria del Viejo Continente. De ahí que durante el primer cuarto del siglo XVII comenzara un flujo, lento pero constante, de gente en busca de un lugar donde asentarse, y nada mejor para ello que estas islas desechadas por España donde no había otra ley que la que ellos quisieran imponerse, libres de servir como carne de cañón en los ejércitos de sus respectivos países y de verse libres de impuestos para alimentar el inmenso agujero negro que eran los erarios de sus monarcas, siempre endeudados para pagarse sus inacabables guerras. Naturalmente, tampoco faltaban los aventureros de todos los pelajes, fugitivos, y demás canallería europea con las cabezas pregonadas que veían más atrayente vivir en una isla mohosa que en una mazmorra para, finalmente, acabar siendo protagonista de cualquiera de los brutales sistemas de ejecución de la época o, en el mejor de los casos, simplemente colgados en cualquier encrucijada como aviso a los mangantes de la comarca.

Dos bucaneros despiezando unos cerdos salvajes cuya
carne ahumarán en el boucan que aparece en la imagen

Así pues, la población de estas islas se componía de desertores, marineros hartos de sentir el chasquido del rebenque en sus lomos, esclavos fugados y criminales de todo tipo. Uséase, un vecindario de lo más recomendable. Inicialmente se limitaban a ganarse la vida de forma pacífica plantando tabaco que luego introducían de contrabando en Cuba o Tierra Firme o, más frecuentemente, cazando los animalitos de la isla cuya carne ahumaban para venderla a las tripulaciones que pasasen por allí, obviamente gabachos, ingleses o cualquier otro que no fuera español ya que los hispanos, celosos propietarios de las islas, llevaban a cabo alguna que otra incursión para dejarles claro que el título de propiedad era nuestro, y que su presencia no solo era indeseable, sino también tóxica. Pero si los expulsaban, pues se mudaban a otra isla o volvían cuando pasaba el peligro ya que, como hemos dicho, España carecía de medios para mantener un control eficaz sobre tanta isla. De estos cazadores nómadas surgieron los bucaneros, palabro procedente de la lengua arawak usada por los nativos del Caribe, América Central y la parte septentrional de Sudamérica. Tras filetear a sus presas ahumaban su carne colocándola sobre una especie de caseta a modo de ahumadero llamada boucan, que los gabachos afrancesaron como boucannier por ser ellos los primeros en generar esta forma de vida cuando se asentaron en La Española, emblemática isla que, a pesar de ser la primera posesión castellana en el Nuevo Mundo, fue abandonada salvo algunos asentamientos en la costa sur junto a otras, como ya se ha explicado. La Española fue rebautizada por los gabachos como Santo Domingo y actualmente cohabitan en ella la República Dominicana y Haití.

Plantación de tabaco en una colonia francesa. El acoso español
obligó a muchos de estos colonos a abandonar los cultivos o la
caza para dedicarse al pillaje a tiempo completo

La existencia de los boucanniers era bastante básica. Cuando avistaba algún barco de bandera que no fuese española, montaban sus chiringuitos playeros de carne ahumada en las playas, donde los tripulantes llegaban para reponer víveres y hacer aguada. Su economía se ceñía ante todo al trueque ya que en una isla mohosa no hay donde gastar dinero, así que a cambio de su carne aceptaban armas y municiones con las que, además de cazar, intentaban de alguna forma defenderse de las incursiones españolas, otro tipo de alimentos como queso o salazones y, especialmente, ron, destilado sin el cual un probo canalla carne de horca se siente un poco bastante desamparado. Como vemos, la vida de los bucaneros no era especialmente apacible. Las poblaciones de estas pseudo-colonias estaban formadas casi exclusivamente por hombres, y no precisamente de lo más selecto de las sociedades de sus respectivos países. Ya podemos suponer que la necesidad de hembra con la que desfogar los humores viriles debía ponerlos especialmente irritables, y las reyertas y broncas serían bastante habituales. Si a eso sumamos el acoso a que los sometían las tropas españolas cada vez que les hacían una visita, es evidente que su existencia en sus lugares de origen debía ser asquerosísima para preferir la vida asquerosa que tenían que arrostrar.

Vista de la isla de Tortuga en la que podemos ver la posición del
fuerte de Rocher. Artillado con 40 bocas de fuego, convertían el
puerto en un lugar inaccesible para cualquier nave enemiga
No obstante a finales de la década de 1620 empezaron a hartarse de vegetar en La Española / Santo Domingo, roídos de miseria y viendo como su magras ganancias se iban al garete cada vez que un galeón español pasaba por allí, desembarcaban un contingente de infantes de marina y los obligaban a abandonar sus bohíos y escasos enseres para ocultarse en la selva hasta que se largaban con viento fresco tras meterle fuego a todo. Defender la isla de las visitas non gratas era misión imposible porque había demasiadas calas donde podían desembarcar sin problemas, y carecían del número de hombres suficientes para mantenerlas bajo vigilancia y, más aún, para su defensa. Era el momento de liar el petate y buscar un asentamiento más seguro. Este no estaba lejos, a apenas 7 km. al norte de La Española. Era la isla de Tortuga, un pedrusco abrupto y alargado que emergía del mar con una superficie de apenas 180 km² pero que ofrecía una ventaja superlativa a la hora de resguardarse: su costa norte era totalmente inaccesible ante un intento de desembarco, y solo había un puerto en el lado sur donde recalar. A partir de 1640, este puerto estaba defendido por el fuerte de Rocher construido por Jean le Vasseur, un ingeniero militar enviado por el gobernador de San Cristóbal. Por lo tanto, la orografía de la isla la convertía en una fortaleza natural donde los bucaneros podían dormir sus comas etílicos apaciblemente sabiendo que con sus escasas fuerzas podrían repeler las incursiones españolas, que por otro lado eran cada vez más escasas debido a la necesidad de tropas y dinero para sus guerras en la añeja y caduca Europa, donde no sabían vivir sin matarse unos a otros sin solución de continuidad.

Isla de La Española. La presencia hispana se limitaba a algunos
asentamiento en la costa sur. El resto pasó a manos de los bucaneros
hasta que lograron apoderarse de todo el territorio

Los bucaneros no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de un detalle que podía cambiarles la vida de cazadores y contrabandistas al ver que gran parte del tráfico mercante español circulaba precisamente por las aguas situadas entre Cuba y Florida, un canal denominado el Paso de los Vientos. Por allí circulaban los barcos procedentes de San Agustín, Veracruz, Portobelo y Cartagena camino de La Habana, punto de partida hacia la Casa de Contratación de Sevilla, que por aquella época tenía el monopolio del tráfico con las posesiones de Ultramar y por donde pasaba hasta la última onza de oro y plata provenientes del Nuevo Mundo. Esos barcos, cargados hasta las trancas de lingotes de metales preciosos, de especias, maderas tropicales y mil y un artículos que eran importados por los mercaderes de la metrópoli, se convertirían en la nueva fuente de ingresos de estos probos canallas carne de horca. Obviamente, esa imagen de los bucaneros tripulando un poderoso galeón erizado de cañones es el enésimo camelo propalado por el cine. Los bucaneros, al menos en sus comienzos, no disponían de naves de porte para perpetrar sus latrocinios, así que optaron por medios a su alcance que, aunque aparentemente escasos, acabaron resultando más eficaces de lo que podamos imaginar.

Pinaza inglesa

Básicamente, la táctica usada por los bucaneros consistía en aprovechar la sorpresa, actuando con nocturnidad y alevosía contra los galeones mercantes que se les pusieran a tiro. Por lo general, formaban pequeños grupos embarcados en canoas o, a lo sumo, en pinazas provistas de artillería ligera en forma de cañones de pivote y poco más. Las pinazas eran embarcaciones muy marineras, capaces de alcanzar elevadas velocidades que les permitieran escapar de posibles perseguidores y sumamente maniobrables. Sus bodegas tenían capacidad para dar cabida a lo más suculento de los botines que trincaban de sus presas, y sus buenas cualidades en el mar les facilitaban salir echando leches hacia puerto seguro antes de que algún buque de guerra de la armada española pudiera ponerlos en aprietos. No obstante, lo más habitual era recurrir a pequeñas flotas de canoas a remo que, fácilmente, se aproximaban a los mercantes y, de forma inopinada, abordarlos, reducir a los tripulantes y saquear a fondo. Luego cargaban los bienes robados y se iban por donde habían venido o, si les interesaba, se apoderaban del galeón entero, lanzando sus víctimas al mar y artillándolo adecuadamente para usarlo en sus rapiñas navales. Lógicamente, a medida que los bucaneros iban capturando barcos también pudieron mejorar el potencial de sus flotas con naves de más tonelaje y mejor armadas para enfrentarse incluso a barcos de guerra.

A partir de ese momento se estableció una peculiar simbiosis entre los bucaneros y los gobernadores enviados por Francia y Holanda a sus pequeñas colonias en La Española / Santo Domingo y San Cristóbal (Saint Kitts según los gabachos) en el caso de los primeros, y la isla de San Martín en el de los segundos, ambas situadas en el extremo septentrional de las Antillas Menores. En el mapa inferior podemos ver la posición de estas islas, así como el reducto bucanero de Tortuga y Jamaica, que se convirtió en el primer asentamiento inglés en el Spanish Main, nombre que daban estos isleños a las posesiones caribeñas españolas.

Esas cuatro islas birriosas tuvieron en jaque a las posesiones españolas debido a la falta de medios para defenderlas adecuadamente. Solo cuando se pudieron trasladar hombres y armas al Nuevo Mundo se pudo poner coto a la tropelías de los bucaneros


Robert Venables (c.1613-1687)

Oliver Cromwell, el abyecto puritano que hizo rodar la cabeza de Carlos I y que ejerció una dictadura de manual bajo el ambiguo título de Lord Protector entre 1653 y 1658, apenas se hizo con el poder ya puso los ojos en las posesiones españolas de Ultramar. En 1655 envió una flota al mando del general Robert Venables para hacerse un hueco en el Caribe con vistas a que ese asentamiento fuese la cabeza de puente que serviría de trampolín a posteriores invasiones. El objetivo inicial fue La Española, de donde fueron rechazados. A continuación se dirigieron a Jamaica, una isla prácticamente abandonada, sin defensas adecuadas y cuya mínima población no podía hacer frente a los invasores, que se apoderaron de ella sin problemas. Una vez consumada la conquista de Jamaica, Venables volvió a Inglaterra dejando al mando de la isla a su inmediato subordinado, Robert Fortescue, que apenas tuvo tiempo de disfrutar del cargo porque palmó a los tres meses. Le sucedió Edward D'Oyley, que tras ostentar inicialmente el mando militar fue nombrado por Cromwell gobernador de la colonia, cargo que fue refrendado por Carlos II tras la restauración de la monarquía en 1660.

Un convoy de la Flota de Indias. Como salta a la vista, nadie se
atrevería a enfrentarse a ellos

Obviamente, D'Oyley tampoco se puede decir que estuviera en una posición privilegiada, rodeado de enemigos y asentado en una isla cuya ocupación no era nada rentable salvo por el hecho de estar en una posición de igualdad con los sempiternos enemigos de España: Francia y Holanda, formando así el trío de malvados envidiosos ávidos de apoderarse de los territorios que con tanto esfuerzo ganamos. Pero lo que estaba claro es que ellos tampoco disponían de tropas para atreverse a presentar batalla en Tierra Firme y a lo más que podían aspirar era a hostigar las naves que trasladaban mercancías a hacia España, porque las escuadras que transportaban los tesoros que generaban las minas continentales, o sea, la Flota de Indias, partía formando un convoy de naves mercantes fuertemente protegidas por galeones que las hacía prácticamente invulnerables, y solo algún barco despistado por una tempestad podía ser capturado por los buques enemigos que merodeaban por el Caribe. Sin embargo, sí podían capturar barcos civiles o atacar poblaciones costeras mal defendidas, esquilmarlos como a borregos y retornar a sus puertos en cualquiera de sus islas, donde se sabían a salvo de la armada española. ¿Y quiénes podían ser los más indicados para perpetrar estas fechorías? Exacto, los bucaneros.

Henry Morgan (1635-1688), uno de los bucaneros más famosos.
A pesar de su innoble oficio llegó a ser lugarteniente del
gobernador de Jamaica

Aunque Inglaterra, Francia y Holanda tampoco estaban precisamente en buenas relaciones y llevaban ya tropocientas guerras entre ellos, los unía un enemigo común, España, y la mejor forma de contar con la colaboración de estos probos canallas carne de horca era darles un leve barniz de legalidad a sus rapiñas concediéndoles patentes de corso que los convertían de facto en colaboradores de los gobiernos de sus respectivos países. La patente de corso o, como también se les llamaba, cartas de represalia, permitía a estos bellacos a hacer de las suyas y, a cambio de un porcentaje de lo obtenido en sus botines, les ofrecían protección en sus puertos. Obviamente, un bucanero gabacho no podría atacar una nave de los british, ni un british podía robar en un barco holandés, pero todos podían asaltar a mansalva los barcos que iban por sistema repletos de mercaderías valiosas, los españoles. De ese modo surgieron dos grupos principales de bucaneros. Por un lado, los gabachos asentados en Tortuga y en la zona occidental de La Española y, por otro, los british de Jamaica, concretamente en Port Royal, donde eran bienvenidos por los mercaderes y traficantes isleños cuando volvían de perpetrar alguna de sus fechorías.

No obstante, y a pesar de gozar de los privilegios que les daban las patentes de corso, los bucaneros nunca aceptaron la autoridad de nadie que no fuera ellos mismos. Los frères de la côte gabachos o brethren of the coast (hermanos de la costa en ambos idiomas) tenían sus propias reglas y, de hecho, solo aceptaban de buen grado la autoridad de los capitanes en cuyos barcos se enrolaban. Durante dos décadas, el Caribe se vio infestado por estos mangantes navales que no pararon de abordar barcos y saquear poblaciones, siempre amparados por las patentes de corso que les darían refugio para gozar de lo ganado y preparar nuevas incursiones. Pero no les duró mucho el chollo porque la existencia de los bucaneros estaba supeditada a la política de los países que los protegían, y si hay algo cambiante en este mundo son las filias y las fobias de los gobernantes, que giran como veletas cuando el viento favorable cambia de dirección. 

Saqueo de Veracruz a manos de bucaneros gabachos en 1683
Los bucaneros ingleses se vieron en el paro tras la firma en 1670 del Tratado de Madrid por el que España reconocía la posesión inglesa de las islas de Jamaica y las Caimán, acordando que ningún navío de ambas potencias se adentraría en aguas ajenas salvo en caso de necesidad y, por supuesto, se daban por terminadas las agresiones en uno u otro sentido. Los más renombrados capitanes bucaneros ingleses como Henry Morgan, John Coxton o Edmond Cooke se la tuvieron que enfundar porque Port Royal le cerró las puertas, así que solo les quedaban dos opciones: ponerse al servicio de los gabachos o hacer un máster de piratería, oficio que empezaría a ganar popularidad entre esta gentuza que no sabían ganarse la vida honradamente y, en este caso, no se veían limitados a robar solo a España, sino a todo bicho viviente. Los gabachos, gracias a las malas relaciones entre Francia y España, pudieron alargar su vida operativa un par de décadas más en las que los gobernadores de Santo Domingo no dudaron en seguir usándolos para saquear a mansalva los principales puertos caribeños como Maracaibo, Veracruz o Campeche. Pero, al igual que sus colegas ingleses, vieron la llegada de su ocaso en 1697 tras la firma del Tratado de Ryswick, que permitió que las potencias europeas pudieran descansar un poco de tanta matanza. Obviamente, los bucaneros gabachos vieron también cómo se les terminaba el momio, así que tuvieron que cambiar sus privilegios de corsarios por la ajetreada vida de piratas. Resumiendo: los bucaneros ya eran historia.

Bueno, sirva este articulillo para desmontar mitos y leyendas sobre estos fulanos que, como hemos visto, tuvieron en realidad una existencia bastante más breve de lo que se suele imaginar, apenas 70 años de los cuales solo 50 fueron de verdadera expansión para, finalmente, desaparecer en el momento en que las mismas potencias que los ayudaron a crecer les retiraron su apoyo. Como ya sabemos, su siguiente paso fue la piratería, pero eso ya es otra historia, y en ese caso el enemigo no era solo España, sino todas las potencias coloniales de la época ya que sus barcos podían ser abordados en cualquier parte del mundo, y ningún mercante estaba a salvo de ser víctima de estos perros del mar, como los llamaban los españoles.

En fin, ya sabemos quiénes eran los bucaneros, cómo surgieron y cómo fue su ocaso. En otro artículo ya entraremos en más detalles sobre las andanzas de estos personajes. Debo decir que me ha costado la propia vida dar término a esta historia porque hace unos días me provoqué un desgarrón muscular en el bíceps izquierdo que me ha puesto el brazo como el de Chuarcheneguer en sus mejores tiempos de "Acabator" y aún duele de cojones, así que igual me demoro un poco para continuar esta entrada hasta que termine de recomponerse la parte afectada, que luce un hematoma como nunca en mi vida he visto, juro a Cristo.

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho

Pinaza francesa. Estos pequeños pero ágiles y veloces barcos eran ideales para abordar mercantes desarmados. De hecho, la mayoría de las fechorías perpetradas por esta gentuza fueron llevadas a cabo con naves de este tipo, de la misma forma que los piratas somalíes actuales se apoderan de un mercante de varias decenas de miles de toneladas con una lancha provista de un motor fuera borda y media docena de melaninos armados con AK-47

jueves, 2 de septiembre de 2021

DISCIPLINA NAVAL. PENAS Y CASTIGOS

 

- Cuñao, ehtoy cagaíto, ehto tié mu mala pinta...
- Ya te lo dije, so mamón... Quitarle er güifi y loh móvile no era la mejó solusión
- ¿Qué pueo jasé...?
- ¿Tú llegahte a aprendé a nadá? Po vete preparando...
- Quién me mandaba a mí meterme a marino con lo a guhto que ehtaba yo en Siudá Reá, que é má de secano que un alacrán...

Celebración de un consejo de guerra en la cubierta de un barco.
Generalmente, el acusado no tenía derecho a un defensor
Bien, ya hemos visto cómo estaba el tema disciplinario en la edad de oro de la navegación, así como los motivos que impulsaron a las potencias navales a establecer una serie de normas que, de forma minuciosa, establecían todas y cada una de las posibles faltas o delitos punibles, así como los castigos que había que imponer a los faltones para hacerles ver que no era nada recomendable saltarse a a torera las reglas establecidas. De forma genérica, los capitanes tenían autoridad para imponer castigos salvo en el caso de delitos graves que, llegado el caso, eran los consejos de guerra los que debían decidir al respecto. Sin embargo, eran precisamente los capitanes los que menos interés tenían en que llegara la sangre al río porque la convocatoria de un consejo de guerra era un arma de doble filo. 

Cuando la tripulación flaqueaba o la moral se
venía abajo en pleno combate, de la autoridad y
la entereza del capitán dependía todo, incluyendo
su misma reputación si no era capaz de detener
la incipiente rebelión
El hecho de que un marinero o incluso un guardiamarina o un oficial perpetrara un delito grave podía volverse contra el capitán ya que tanto sus iguales como sus superiores podrían poner en tela de juicio su capacidad para el mando, así como su misma autoridad. Por poner un ejemplo, un marinero que se cargaba a otro en una reyerta a bordo era obviamente un tema chungo. El marinero tenía todas las papeletas para acabar colgado del pescuezo, pero las consecuencias de la reyerta iban más allá del simple acto homicida. ¿Cómo es que el capitán no mantenía una férrea disciplina en su nave? ¿Cómo permitió que su gente llegara a esos extremos sin que nadie lo impidiera? Y ya puestos, ¿y si fue la mano del capitán la que guió al asesino porque tenía entre ceja y ceja a la víctima? La lista de suposiciones que ponían en entredicho al capitán era tan larga que a este le entraban sudores fríos si, llegado el caso, el consejo de guerra le pedía más explicaciones de la cuenta, y si los testigos no afirmaban rotundamente que todo fue consecuencia de un avenate por cualquier chorrada, se le podían poner las cosas bastante chungas hasta el extremo de que lo mejor que podía pasarle era ser expulsado de la armada antes de entrar en más profundidades. Siempre podía trabajar en la marina mercante, donde los capitanes de la marina de guerra estaban bien cotizados. Pero no nos adelantemos que las prisas son malas. Veamos paso a paso los delitos punibles y los castigos que se aplicaban.

Pero, ante todo, una advertencia: obviamente, no podemos reproducir las interminables retahílas de artículos que detallan de forma minuciosa los posibles delitos o faltas, así cómo la forma de reprimirlos o castigarlos. Sirva de ejemplo el hecho de que el reglamento de 1648 de la Armada española, en su Título Cuarto contempla nada menos que 80 artículos, y los que estaban vigentes en Francia o Inglaterra eran igualmente de enjundiosos, así que tendremos que sintetizar un poco estas cuestiones. 

Los capitanes no lo tenían fácil ya que, además de mantener
la disciplina, prácticamente tenían vetado rendirse salvo
contadas excepciones, como quedarse sin munición, ver su
nave a punto de hundirse o enfrentarse a una fuerza tan
superior que sería imposible enfrentarse a todos
Como ya pueden imaginar, los delitos más graves eran los que atañían a la rebelión, los motines, las agresiones físicas a los superiores con o sin armas en la mano, la desobediencia en combate o la sodomía, pecado nefando especialmente perseguido. Todos eran susceptibles de ser castigados con la pena de muerte tras ser sometido a un consejo de guerra el o los culpables. Pero, como ya se ha comentado, no solo la marinería, los suboficiales o los guardiamarinas y oficiales subalternos podían verse ante un tribunal. De forma genérica, cualquier capitán debía dar cuenta de su actuación en cualquier circunstancia, desde un simple naufragio a una rendición indecorosa. La pérdida de un buque de guerra no era ninguna tontería, y si el consejo de guerra acababa dictando que se había debido a una negligencia de su capitán, la cosa podía acabar muy mal. Tan mal como ser pasado por las armas, vaya... En España, los consejos de guerra eran presididos por el Comandante General del Departamento donde estuviera asignado el buque, el cual convocaba a una serie de oficiales que no podían ser menos de siete ni más de trece, no pudiendo negarse a participar en el consejo de guerra salvo motivos justificados. De lo contrario sería suspendidos de empleo. 

Verse colgado de un penol fue el final de muchos marineros
Las penas, dependiendo por lo general del delito, podía ser muerte por ahorcamiento o fusilamiento, dependiendo también si el reo era marino- en cuyo caso lo habitual era la horca- o pertenecía a la gente de guerra del buque, o sea, un infante de marina que sería pasado por las armas. Si uno se libraba de ser ejecutado tampoco es que acabase muy bien parado. Por poner algún ejemplo, según el artículo XIII del Título Cuarto "el que en qualquiera ocasion amotinare la gente de su navío, ocasionando desobediencia o excitando a resistir a los oficiales, será ahorcado; y el que echare mano a las armas a bordo, o en tierra, para favorecer el motín, se cortará la mano sea individuo de guerra o de mar". Como vemos, no se andaban con tonterías. 

Las galeras del rey, otra forma de muerte en vida
En el artículo siguiente se detalla que si un infante de marina o un artillero mete mano a su arma contra un centinela, será fusilado, mientras que el marinero que agrediera a un centinela, sargento o cabo de escuadra "... será condenado a diez años de galeras, y a muerte si hiciera armas contra ellos". Ser enviado a darle al remo, como ya explicamos en su día, era casi una muerte segura por las infames condiciones de vida en esas naves, en las que pocos forzados lograban licenciarse tras cumplir la condena. No obstante, cuando las galeras pasaron a la historia se cambió la pena por trabajos forzados en los astilleros, donde en vez de remar echaban el bofe realizando las tareas más pesadas y asquerosas, y por cierto que el Reglamento español contenía infinidad de delitos punibles con penas de galeras, presidio en África o trabajos forzados de entre 4 y 10 años. En cuanto al fusilamiento, se procedía de la siguiente forma: toda la tripulación debía subir a las jarcias y las vergas, mientras que la gente de guerra se reunía en el alcázar. De este modo, la cubierta quedaba totalmente despejada, ocupada solo por los centinelas de rigor. El reo era conducido a cubierta custodiado y puesto de rodillas ante la tropa, momento en que el escribano le leía la sentencia. Una vez concluida la lectura se le llevaba al castillo de proa, donde era atado a la serviola y se le vendaban los ojos antes de ser pasado por las armas. En caso de ahorcamiento, se procuraba que se ejecutase en puerto a la vista del mayor número de tripulantes posibles. En este caso, la sentencia la ejecutaba un verdugo civil si bien, en caso de no haber posibilidad de poder llevarse a cabo el ahorcamiento, se fusilaba. 

Fusilamiento por la espalda de un traidor
Los gabachos (Dios maldiga al enano corso) actuaban de una forma similar y, evidentemente, por delitos similares, que en eso prácticamente todas las armadas se regían por los mismos baremos. En este caso, los consejos de guerra  eran presididos por un general de la flota, tres capitanes de navío, dos tenientes de navío y un alférez de navío, todos obligatoriamente mayores de 30 años. En cuanto a las penas, eran similares: fusilamiento, horca o galeras, que entre estos ciudadanos eran denominados como galériens o forçats que, con la llegada de la Revolución eran enviados por parejas encadenados uno al otro a trabajos forzados en los puertos. Donde sí se establecía una pequeña diferencia era en el fusilamiento: en caso de ser reo de traición o cobardía era fusilado por la espalda. La ejecución se llevaba a cabo en la nave, izando previamente una bandera roja y disparando un cañonazo para advertir a los demás buques anclados en el puerto que se iba a proceder a la ejecución. Para que sirviera de escarmiento, todas las tripulaciones debían formar en cubierta tras lo cual sus respectivos capitanes anunciaban el motivo por el que el fulano iba a ser pasado por las armas en breve. El reo era conducido al castillo de proa, donde según su delito sería colocado mirando hacia el pelotón o de espaldas y palmaría en un periquete.

Fusilamiento del almirante Byng
Entre los british (Dios maldiga a Nelson) los consejos de guerra eran más complicados de organizar ya que requerían un mínimo de cinco y un máximo de trece oficiales superiores, o sea, capitanes o almirantes que, caso de que el delito se hubiera cometido en cualquier colonia del planeta, ya podrán imaginar que no era fácil reunirlos. Por otro lado, los Artículos de Guerra no eran tan minuciosos como el Reglamento español, que daba pelos y señales de cada posible delito. En este caso, la pena se aplicaría "como se considerase que merece el consejo de guerra", por lo que el mismo delito podía ser castigado de distintas formas en base a una serie de factores. Por ejemplo, se tenía en consideración si el capitán era un veterano o, por el contrario, un hombre inexperto, o si el que se había rendido era el capitán o, por el contrario, un joven oficial que había tomado el mando porque todos los que estaban por delante de él habían palmado en combate. Sea como fuere, las penas de muerte se ejecutaban mediante fusilamiento en el caso de oficiales y de ahorcamiento para la tropa o marinería. Pero ojo, esta aparente flexibilidad no significaba que los consejos de guerra no fuesen inexorables a la hora de aplicar la pena capital si consideraban que el culpable había faltado a su deber, y más si por su rango tenía más responsabilidad. El caso más famoso fue el del almirante John Byng, fusilado el 14 de marzo de 1757 en la cubierta del HMS Monarch como reo de cobardía por haber perdido la isla de Menorca a manos de los gabachos. Fue un tema polémico porque, a pesar de que hubo muchas voces pidiendo la conmutación de la pena, se dijo que fue el chivo expiatorio del Almirantazgo por la derrota sufrida. En todo caso, y por consideración a su rango, fue ejecutado de rodillas sobre un cojín y se le permitió dar la orden de abrir fuego al piquete de infantes de marina que lo liquidó dejando caer un pañuelo.

En cuanto a las ejecuciones por ahorcamiento (véase grabado de la izquierda), eran básicamente iguales en todas partes. La soga se pasaba por una polea en un penol y se colocaba el dogal en el cuello del reo. A una señal, un grupo de marineros tirarían con fuerza de la soga para procurar partirle el cuello, evitando así una muerte más lenta por estrangulamiento. Hubo casos de reos que, a la vista del panorama, optaban por arrojarse desde la cubierta al mar para, con la caída, desnucarse y partir de este mísero mundo en un santiamén. Por cierto que, en caso de que el delito cometido fuese de extrema gravedad, como un conato de motín o cobardía, el capitán podía actuar por su cuenta y mandar colgar al que fuese sin necesidad de encerrar al fulano en la bodega a la espera de tocar puerto. Ante la necesidad de imponer la disciplina en momentos en que la supervivencia de todos dependía de la disciplina, era preferible mancar ahorcar a los cabecillas y engrilletar al resto, que serían juzgados al llegar a puerto, y ya daría el capitán las explicaciones oportunas al consejo de guerra sobre los motivos que le impulsaron a ejecutar a los sediciosos. Obviamente, con el testimonio de los oficiales y los tripulantes que habían permanecido leales a su capitán bastaba y sobraba para dar por bueno el ahorcamiento de los amotinados.

Bien, así se cumplían las penas capitales y las penas para delitos chungos que cambiaban una muerte rápida por una lenta currando varios años hasta deslomarse o palmar de cualquier enfermedad en los arsenales, astilleros o presidios que España, Francia o Inglaterra tenían repartidos por todas partes. Veamos a continuación el resto de castigos del extenso catálogo disponible en los reglamentos de la época.

PASAR POR LA QUILLA

Este castigo, inventado al parecer por los holandeses, era una pena de muerte de facto. El reo era amarrado con una soga que previamente se había pasado por debajo del barco de costado a costado. A la orden del capitán, era arrojado al agua mientras que un grupo de marineros tiraba de la soga para que pasase por debajo del casco. Puede parece una chorrada, pero era un castigo despiadado. Toda la fauna parasitaria pegada al casco, mucha de ella en forma de moluscos con afiladas conchas, producían cientos de cortes al desdichado mientras que tiraban de él. Si jalaban más rápido los cortes serían más profundos, y si lo hacían despacio se ahogaría. Lo habitual era que cuando se le sacaba a la superficie, el hombre se había convertido en comida para gatos, y generalmente salía muerto del agua o, a lo sumo, moría al poco tiempo. Este brutal castigo fue suprimido entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX. En Francia en concreto se abolió en 1848 pero, al igual que en otras armadas, hacía ya muchos años que no se practicaba por lo cruento del mismo. Total, el merecedor de ser pasado por la quilla podía ser fusilado o ahorcado y acababan antes.

AZOTES

El famoso gato de nueve colas
Era el castigo más habitual para los delitos que, dentro de la gravedad, se solían cometer con más frecuencia: faltas de respeto, no cumplir las órdenes con la debida diligencia, ser negligente en el cumplimiento del servicio, emborracharse, meter mujeres en el barco, pasar la noche fuera del barco estando en puerto, encender fuego o fumar sin permiso o en el sitio inadecuado y, en resumen, una lista tan larguísima que harían falta tropocientos párrafos para enumerarlas. En estos casos, hasta los guardiamarinas estaban expuestos a ser castigados con una pena que, además de dolorosa, era humillante, pero así se metía en cintura el personal aunque, curiosamente, se daban bastantes casos de reincidencia a pesar de que una tanda de azotes te dejaban los lomos, según testigos de la época, como "
carne asada quemada casi negra ante un fuego abrasador". La cantidad de azotes habitual era una docena, que ya eran suficientes para dejarle a uno las costillas al aire. Para más cantidad era en teoría necesario que lo autorizase un consejo de guerra pero, ante la imposibilidad de convocarlo ya que hablamos de delitos cometidos en el mar, muchos capitanes recurrían a una sutil estratagema: no castigaban por un delito, sino por varios, por lo que el reo recibiría tantas tandas de latigazos como faltas cometidas. 

Flogging round the fleet, el más bestial de los castigos.
En la chalupa va el reo medio muerto de las palizas recibidas
llegando a otro buque donde recibirá su ración de latigazos
propinados por el contramaestre que lo espera en la mesa
de guarnición mientras la tripulación contempla el castigo
En España, al reo se le sujetaba a un cañón y se le daba estopa si bien, pero en caso de que el castigo pusiera en peligro la vida del marinero se suspendía. Pero ojo, suspender no era condonar, y si habían quedado pendientes cuatro latigazos pues se le completaba la tanda cuando se recuperase de la paliza anterior. Los british eran bastante más cafres en este tema. El archifamoso gato de nueve colas dejaba las espaldas convertidas en una masa de carne picada, y se dieron casos de reos condenados a decenas de latigazos que, obviamente, acabaron con sus miserables vidas. El gato en cuestión era un mango de unos 60 cm. provisto de nueve cuerdas con varios nudos separados uno 8 cm. y que, obligatoriamente, debían descargarse con toda la fuerza posible. De hecho, si el capitán se percataba de que el contramaestre- eran los encargados de ejecutar este castigo- no se empleaba a fondo, este podía verse sustituyendo al reo en el enjaretado donde el sujeto era inmovilizado para recibir el castigo. El capitán más brutal fue al parecer un tal Hugh Pigot, que durante su mandato en el HMS Success entre el 22 de octubre de 1794 y el 11 de septiembre de 1795 ordenó 85 flagelaciones que sumaron un total de 1272 golpes, lo que sale a una media de 15 latigazos por hombre si bien las tandas no fueron lógicamente iguales. Al parecer, algunos llegaron a recibir 48 latigazos, cuatro veces más de lo permitido para un capitán. 

El castigo, como se ha dicho, se impartía inmovilizando al reo en un enjaretado colocado verticalmente junto a la escalerilla del castillo de popa. El capitán y los oficiales, así como toda la tripulación debían presenciar el castigo que aplicaba el contramaestre, depositario del puñetero gato que guardaba en una bolsa de tela roja. Una variante extrema de la flagelación entre los british era el flogging round the fleet, flagelación alrededor de la flota. Era un castigo reservado para delitos graves que, de hecho, era una pena de muerte de lo más sanguinaria. Se aplicaba cuando el buque donde servía el reo estaba en puerto, y consistía en inmovilizarlo en un trípode colocado en un bote que recorría todos los navíos anclados en el mismo. Cuando llegaba ante uno de ellos lo esperaba toda la tripulación formada y el contramaestre con el gato de nueve colas preparado. El capitán daba lectura a la sentencia y recibía la cantidad de latigazos dictada por el consejo de guerra, y así hasta completar el recorrido por la última balandra o cañonera. De ese modo, un tal Thomas Young recibió 300 latigazos por haber desertado, y ya podemos imaginar cómo acabó el fulano este.

Guardiamarina castigado por sus propios compañeros
En cuanto a los pajes y grumetes, no se libraban de estos castigos debido a su corta edad, si bien no se aplicaban con un látigo, sino con una vara y nunca más de una docena de golpes. Lo habitual era ponerlos boca abajo sobre un cañón y, cómo los niños malos, endilgarles los varazos en el culo. Ojo, que una vara de ratán de un dedo de gruesa te produce un verdugón suntuario, y para mantenerlas flexibles y que el golpe abarcara más superficie los colgaban encima de los fogones para que el vapor impidiera que se pusieran rígidas. Otra opción eran las ramas de abedul, que se sumergían en vinagre o salmuera con la misma finalidad. En cuanto a los guardiamarinas, en vez del infamante látigo se recurría a la vara o al rebenque, que también era cosa fina pero, al menos, "solo" te dejaba doce hematomas bestiales y alguna costilla fisurada. Por cierto que los british llamaban "besar a la novia del artillero" lo de colocar al reo sobre un cañón.

LA CARRERA DE BAQUETAS

Una carrera de baquetas. La paliza podía
ser mortífera si se juntaba una tripulación
de varios cientos de hombres
Este era un castigo típicamente militar que, como muchos sabrán, consistía en formar dos filas por las que el reo debía pasar mientras recibía golpes de baqueta en la espalda. Como es evidente, no podía pasar al galope, ya que se lo impedía un soldado que se colocaba delante con el fusil con la bayoneta calada mirando hacia atrás mientras caminaba parsimoniosamente para que el reo recibiese el mayor número de baquetazos que, no lo olvidemos, eran propinados con las baquetas de acero al uso en las armas militares, no las de madera propias de las armas de uso civil. Por lo general se aplicaba a los ladrones, delito muy mal visto ya que suponía faltar a la confianza que todos los tripulantes depositaban en sus compañeros, por lo que el castigo lo ejecutaban ellos mismos a modo de venganza hacia el chorizo que había faltado a uno de los más importantes principios que debía regir en un buque de guerra.  
En la Armada española, este castigo se practicaba solo con la gente de guerra y pudiendo alcanzar hasta las seis carreras, mientras que a la marinería les reservaban por sistema los latigazos. Además, en caso de que el bien robado no apareciese, al ladrón se le detraía de la paga el valor del mismo, el cual le era entregado a la víctima del robo. Y ojo, que si el contramaestre o el marinero encargado por este de impartir el castigo se negaban, también pasaban a recibir su paliza reglamentaria por ser tan compasivos.

Sin embargo, los british aplicaban la carrera de baquetas (running the gauntlet, según estos isleños) indistintamente tanto a unos como otros. En su caso, sentaban e inmovilizaban al reo en un balde que a su vez se colocaba sobre un enjaretado. Antes de empezar la sesión, el contramaestre le calentaba el lomo con una docena de latigazos y, a continuación, se tiraba de un cabo para deslizar el enjaretado entre las dos filas de marineros que esperaban al mangante provistos de sendas cuerdas formadas por tres cordeles trenzados y con un nudo en el extremo. Para impedir que el reo se inclinase o intentara esquivar los golpes, delante del mismo caminaba un maestro de armas con la espada apuntándole al pecho. En la marina francesa también se aplicaban las carreras de baquetas (châtiment de baguettes), pero solían ser más aficionados a 

LAS ZAMBULLIDAS

Colgando de un penol vemos al reo en plena sesión de
zambullidas. Al rededor, las tripulaciones de otros navíos
contemplan el castigo para que sepan lo que vale un peine
Este castigo se aplicaba por delitos similares a los merecedores de azotes, si bien variaba la forma de ejecutarlo. Los gabachos le daban el nombre de cale (literalmente, ahogamiento), y para ejecutarlo pasaban una soga por una polea de un penol y colocaban al final una barra del cabrestante, en la cual se sentaba el reo. Para aumentar el castigo se solía lastrar la barra con una bala de 30 libras. Una vez inmovilizado el reo en la barra se le izaba hasta el penol y se le dejaba caer de golpe al agua. El lastre contribuía a que la caída fuese más violenta, ergo más dolorosa (hablamos de caer desde una altura de 10 o 15 metros), y a hundirse más profundamente, por lo que la extracción duraba más tiempo aumentado así la sensación de asfixia. En la marina francesa no se podía exceder de tres zambullidas. Una variante especialmente dolorosa era la llamada cale seche (ahogamiento seco), que consistía en detener bruscamente la caída antes de tocar el agua, lo que provocaba que la soga se clavase en la carne. Si la zambullida se ejecutaba en puerto, el buque izaba una señal y anunciaba el castigo con un cañonazo, convocando a todas las naves presentes incluyendo las civiles a presenciar el castigo. Si había muchas, formaban un semicírculo alrededor del navío protagonista de la fiesta para que nadie se la perdiera. 

En la marina española también se practicaban las zambullidas, que podían llegar hasta seis según la gravedad del delito, mientras que los british ejecutaban este castigo de forma similar. En ambos casos también se lastraban a los reos con balas de cañón o palanquetas, pero en vez de sentarlos en una barra de cabrestante eran simplemente colgados con una soga por los sobacos.

LA MORDAZA

Marinero engrilletado y amordazado
Este era un castigo que podría parecer chorra, pero que a alguno que otro le costó la vida, muriendo asfixiado. La mordaza la aplicaban los british y los gabachos a los que insultaban o faltaban el respeto a los superiores, mientras que los españoles hacían lo mismo, pero aumentando el abanico de opciones aplicando el castigo a los blasfemos. Como ya comentamos en la entrada anterior, con el tema religioso no se pasaba ni una, y a los reincidentes no dudaban el atravesarles la lengua con un hierro al rojo, con lo cual no solo no podrían blasfemar más, sino que apenas podrían balbucear su nombre durante el resto de sus vidas. La mordaza consistía en abrir la boca del reo y colocarle un perno de hierro en la misma firmemente sujeto a la cabeza con cuerdas. La duración del castigo quedaba al arbitrio del capitán, y podía dejarlo así tantas horas como le diese la gana. Obviamente, mantener la boca forzada durante horas podía producir unos dolores horribles en la cara y la cabeza, e incluso provocar la muerte como hemos dicho.  Los british, siempre tan creativos, añadían un extra a este de por sí doloroso castigo: obligaban al reo a permanecer en cuclillas con los pies apoyados en sendos cañones y vigilado por un guardia para que no variase de postura, por lo que al dolor de jeta se sumaban los calambres que empezaría a sentir en las piernas al cabo de un rato en tan incómoda posición.

IR AL CARAJO

Un guardiamarina al que han mandado al carajo
Aunque se da por sentado que este castigo consistía en mandar al reo a morirse de asco en un mastelero, lo cierto es que el término carajo no aparece en los diccionarios navales de la época. No sabemos si era un palabro tomado de otro idioma, una corrupción fonética o una forma familiar de denominar una parte del mástil. Sea como fuere, lo cierto es que ser enviado a lo más alto de un palo mayor no era ninguna tontería. Con buen tiempo, pasarse varias horas en un sitio así podía ser incluso agradable hasta que el sol empezaba a achicharrarte, pero con marejada o en plena tempestad sería infernal. Los bandazos de la nave se multiplicaban en amplitud, la hipotermia no tardaba mucho en presentarse, y si no se quería acabar estampado contra la cubierta o zambullido en el mar había que atarse al mastelero y esperar la orden para bajar. Este castigo, del que no se libraban los guardiamarinas, los pajes y los grumetes, podía durar hasta 24 horas o más en las cuales el reo no podía bajar a comer o beber salvo que algún gaviero compasivo se molestase en subirle algo para aliviarle la sed y el hambre. Si le pillaba la noche, para poder descansar algo se bajaban de la mesa del mastelero donde se sustentaban (eran cuatro tablones cruzados por parejas) y se tumbaban como podían en la cofa, donde había más espacio. En resumen, que ser mandado al carajo no era precisamente un premio. Por cierto, una variante española de ser mandado al carajo consistía en sentar al reo en un estay con los tobillos lastrados con palanquetas, por lo que el dolor de culo al cabo de un rato sería simplemente fastuoso. Permanecer sentado en un cable durante horas no debía ser nada aconsejable para las hemorroides, y si le fallaban las fuerzas se caía sobre cubierta poniéndolo todo perdido de vísceras desparramadas.

SPREAD EAGLE

Literalmente, despatarrado. Este castigo era exclusivo de los british, y consistía en inmovilizar al reo en los obenques apoyado sobre un flechaste tal como vemos en la imagen, o sea, abierto de brazos y piernas, y a una determinada altura sobre las batayolas. Este castigo también podía durar varias horas y, tampoco era ninguna chorrada por una sencilla razón: el agua salpicaba constantemente al reo, lo que en caso de mal tiempo suponía un elevado riesgo de hipotermia o agarrar una pulmonía antológica. En determinadas latitudes, la ropa empapada podía helarse y matar al hombre en cuestión de minutos. Aparte de eso, los bandazos del barco lo zarandeaban, clavándole las ligaduras en muñecas y tobillos. Y si el tiempo era bueno, pues igual de malo porque al cabo de un rato el sol hacía sus efectos, y en zonas tropicales la insolación estaba asegurada, aparte de verse con el torso achicharrado. Como vemos, lo que en apariencia son castigos poco mortificantes, al cabo de varias horas podían convertirse en un verdadero suplicio. Todo el peso del cuerpo reposando sobre un delgado flechaste, las ligaduras que lo mantenían inmovilizado a los obenques y el constante balanceo, más el frío gélido o el calor achicharrante podían convertir este castigo en algo que el reo no olvidaría en su vida. Curiosamente, a pesar de los severos correctivos las reincidencias no eran raras, lo que hace suponer que a mucha de esta gente le importaba todo tres leches y la disciplina se la tomaban a su aire.

STARTING

Como ya anticipamos en la entrada anterior, el starting (sobresalto o susto) era una práctica habitual en la Royal Navy con la que se estimulaba continuamente al personal para que trabajasen con la mayor diligencia posible. Se aplicaba con varas de ratán o rebenques que los contramaestres y guardiamarinas no dudaban en emplear sobre todo aquel que, con o sin motivos, considerasen que debía ser advertido de que no rendía adecuadamente. No era un castigo propiamente dicho, sino que se consideraba un mero estímulo sin más, pero el caso es que un varazo en plena jeta o un golpe de rebenque en la espalda no eran ninguna tontería, y más de un marinero reaccionaba al castigo como podemos imaginar, o sea, dándole dos hostias al guardiamarina de 15 años que acababa de provocarle un hematoma serio a un marinero veterano con varios años de travesía. Pero el problema era que en la Royal Navy, soltarle un guantazo a un niñato aprendiz de oficial era una agresión a un superior, cuando no un conato de motín, por lo que la víctima se convertía en victimario y tendría que verse las caras con el capitán, que no duraría ni medio segundo en mandar al contramaestre que le dejara una docena de firmas en la espalda como recuerdo. 

GRILLETES, CEPOS Y PRISIÓN

Condenados a grilletes y encierro en la bodega mientras
estén libres de servicio
Estos eran los castigos menores que se aplicaban en cualquier armada contra faltas de escasa relevancia como la falta de higiene, arrojar inmundicias por la borda, pillar una cogorza y chorradas por el estilo. Los grilletes se debían llevar un determinado número de días en los que debía efectuar sus labores con los mismos, lo que obviamente era una molestia notable, y más en un cascarón que no paraba de moverse. El cepo era similar, pero fabricado de madera, y según los deberes del reo, se le liberaba del mismo mientras durase su servicio para, a continuación, volver a colocárselo. Los british también usaban un cepo colocado en el cuello que, para más recochineo, se lastraban con balas de cañón. Estos castigos solían ir acompañados de acortamiento de raciones, un determinado número de días a pan y agua, restricciones de vino o grog, multas y retenciones de la paga. Además, durante el tiempo que durase el castigo, el tiempo libre lo pasaría encerrado en la bodega. En cuanto a la prisión, era un tema complicado porque en un barco era necesario que hasta el último hombre estuviera operativo, por lo que mantenerlo encerrado era para el reo unas vacaciones en las que se pasaba el día sin dar ni golpe hasta que tocasen puerto. De ahí a que se optara por imponerle los grilletes y que currase el tiempo que le tocara, y cuando arribaban a su destino era entregado a las autoridades para que fuera conducido a prisión, donde cumpliría su pena sin que la tripulación se viese mermada ya que, lógicamente, el reo era de inmediato sustituido por otro hombre.

Meter mujeres en los barcos era quizás el delito
más frecuente cuando tocaban puerto por razones
obvias. Los que no podían desembarcar por estar de
servicio optaban por meter las que pudieran de
tapadillo para aliviar sus humores reprimidos
durante meses y meses de travesía
Bueno, criaturas, como vemos, los temas relacionados con la disciplina no eran cosa de risa. Nadie, absolutamente nadie estaba a salvo de recibir un castigo, la lista de faltas y delitos punibles era más larga que la de políticos corruptos, y los castigos que se infligían acabamos de enumerarlos, y ninguno de ellos era para tomarlo a broma porque absolutamente todos suponían un maltrato físico bastante importante, cuando no mortal si se aplicaban en exceso. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que, de no haber existido esa férrea disciplina y el temor reverencial a los mandos, las tripulaciones habrían hecho lo que les hubiera dado la gana, para no hablar de los hombres secuestrados por la leva que estaban deseando aprovechar la mínima ocasión para tomar las de Villadiego. Y solo esa disciplina era la que hacía posible que miles y miles de hombres arrostrasen los innumerables peligros que acechaban a los que se aventuraban a embarcarse en una época en que eso de los botes salvavidas estaban por inventar, no había forma de que te rescataran en caso de hundimiento y las batallas navales eran verdaderas carnicerías donde, al contrario que en las terrestres, no había la posibilidad de huir entre otras cosas porque largarse le suponía al capitán acabar delante de un piquete de ejecución. En el mar, cuando se combatía solo había dos opciones: vencer o morir, y ante esa perspectiva solo hombres muy disciplinados tenían una posibilidad de salir vivos del brete.

En fin, ya he tecleado en demasía, y sus cuñados recién llegados de las vacaciones estarán deseosos de contarles alguna chorrada naval porque los pasearon media hora en una lancha neumática, así que aprovechen para clavar un clavo más en sus ataúdes de pino barato.

Hale, he dicho

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A la vista de lo visto, dudo que hubiese cola para enrolarse en las marinas europeas