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domingo, 15 de marzo de 2020

SPATHA


Probo ciudadano recreacionista con la equipación
de un legionario del siglo II d.C. Como podemos
ver, en la mano blande una SPATHA que por
aquella época ya se colgaba del costado izquierdo
Aunque es un arma de la que muchos han oído hablar se sabe muy poco de la SPATHA. De hecho, estuve a punto de incluirla en los misterios misteriosos porque, aún siendo tan emblemática, la realidad es que prácticamente no se sabe casi nada de sus orígenes, evolución y tipologías, y eso que es la espada de la que surgió la vikinga que, a raíz de las migraciones, se propaló por toda la Europa. En puridad, podemos afirmar que las espadas que estaban en uso en los siglos X y XI eran SPATHÆ o, mejor dicho, las tataranietas de las SPATHÆ que empezaron a dar guerra a comienzos del Principado un milenio antes. Si les digo la verdad, es un tema más complejo de lo que incluso yo mismo imaginaba antes de zambullirme a fondo en el mismo porque, para colmo, la inmensa mayoría de los ejemplares hallados en enterramientos o en cursos fluviales, arrojados a ellos como exvotos, resulta que proceden del BARBARICVM, o sea, la tierra de los bárbaros más allá del LIMES, la frontera del imperio con lo territorios de los belicosos germanos y demás tribus sumamente irritables. Esto ha complicado y complica enormemente la diferenciación entre tipologías básicamente por dos motivos: uno, el lamentable estado en que se han hallado la mayoría de ellas; y dos, porque al proceder de fuera del imperio es bastante complejo saber su origen, si son de manufactura romana, copias, espadas fabricadas para la exportación por la industria imperial, botín de guerra, etc. como veremos a lo largo del artículo.

En fin, pónganse cómodos, tengan a mano una copita de algún espirituoso y dispónganse a conocer un poco más a fondo estas grandes desconocidas aprovechando que el jodido virus coronario ese nos va a tener a todos enclaustrados como trapenses una temporada, y sin más vamos al grano.

Guerrero celta tatuado de azul y con el pelo
alcalino SPATHA en mano. A pesar de la
evidente ventaja de estar armado con una
espada más larga, esto no fue impedimento
para los legionarios y sus GLADII
En primer lugar veamos la etimología del palabro, porque ni siquiera en eso hay consenso entre los mismos cronistas de la época. La opinión más generalizada es que SPATHA proviene del griego σπάθη (spáthe), que al parecer era un útil usado por los tejedores para tensar la trama. Dicho término aparece en tiempos remotos de la mano de Esquilo (525-456 a.C.). Fue Diodoro Sículo el primero que la menciona como arma en el siglo I a.C. al referirse a los celtas cuando cita que "...como espadas usan un arma larga y ancha llamada SPATHA que cuelgan sobre su muslo derecho con cadenas de hierro o bronce". Sin embargo, otros, como Séneca o Columela, la siguieron relacionando con utensilios para tejer o como designar una espátula, que en latín significa costilla. Pero Isidoro de Sevilla, que redactó sus Etimologías a finales del siglo VI d.C., ofreció una explicación distinta: "Se dice que la SPATHA proviene del griego sufrimiento, ya que παθεον (patheon) es sufrir en griego, y usamos PATIOR para decir "estoy sufriendo" y PATITVR para "está sufriendo". Otros dicen que es SPATA en latín por el hecho de que es espaciosa y larga."(Etimologías, 18,4-6). Cabe pensar que, por razones obvias, se debía sufrir bastante si a uno le hincaban esa cosa en la barriga. En fin, en el caso de Isidoro, que vivió mucho después de que esta espada entrada en servicio, creo que es el que resulta menos acertado, y que en efecto proviene del griego por su mera similitud con el chisme de tejer. No obstante, lo más curioso es que en el ejército no recibió ese nombre hasta aproximadamente el reinado de Adriano, y que anteriormente era denominada de forma genérica como GLADIVS, término usado para referirse a las espadas en general. En una relación datada en el 105 d.C. del inventario de un DECVRIO del ALA SEBOSIANA se especifica que faltaba un GLADIVM INSTITVTVM (espada reglamentaria), y era frecuente hacer uso de otros palabros para referirse a ellas como MVCRO, ENSIS o FERRVM. Así pues, no es hasta aproximadamente mediados del siglo II d.C. cuando se normaliza el uso del término SPATHA. ¿Que por qué tardó tanto? Ni idea. No se sabe. Quizás la razón más probable sea la ancestral reticencia de los militares a cambiar sus costumbres.

Probo ciudadano recreacionista haciendo de bátavo,
tropas de origen germánico que, además de actuar
como caballería auxiliar acabaron formando en
tiempos de Calígula el GERMANI CORPORIS
CVSTODIA,
 la guardia personal de los césares
Bien, ya sabemos de dónde viene la palabra pero, ¿como llegaron a Roma? Como ya sabemos, en tiempos de la República la caballería se nutría por los EQVITES, gente con el suficiente poder adquisitivo para costearse un penco reglamentario. Pero los crecientes conflictos del naciente imperio se quedaron cortos, y ya en tiempos de la 2ª Guerra Púnica (218-201 a.C.) se hizo imperioso reclutar personal entre las tribus bárbaras para poder completar las ALÆ de caballería de cada legión. Inicialmente se recurrió a los galos que, aunque provistos de un armamento defensivo al estilo romano, siguieron haciendo uso de sus propias armas ofensivas, en este caso sus largas espadas de hoja recta. Las dimensiones de estas espadas oscilaban entre los 540 y los 815 mm., que no se diferenciaban mucho de los GLADIVS HISPANIENSIS traídos inicialmente de la Hispania, cuyas hojas medían entre 430 y 770 mm. de largo, por lo que podían ser igualmente válidas para armar a un jinete. Sin embargo, la SPATHA se adaptaba mejor al uso táctico de la caballería de la época, que se limitaba a actuar como merodeadores, escaramuceros, mensajeros y, sobre todo, perseguir y exterminar a los enemigos una vez que sus compañeros de la infantería habían logrado ponerlos en fuga. En ese caso, el ataque más lógico de un jinete era descargar un tajo por la espalda contra el enemigo que huía o bien rematarlo en el suelo en caso de haber caído, para lo cual tenía que inclinarse sobre la silla y propinarle una estocada definitiva. Ojo, el arma principal de estos jinetes eran la lanza y/o las jabalinas, dejando la espada como último recurso incluyendo descabezar a los caídos, costumbre a la que los galos eran muy aficionados.

En puridad, esta caballería foránea no usaba SPATHÆ, sino sus propias armas, unas espadas de filos paralelos o levemente ahusados que terminaban en una punta más redondeada que aguda porque la forma de combatir de estos probos bárbaros se basaba ante todo en el golpe de filo, por lo que obviamente lo tenían fácil a la hora de actuar como mercenarios al servicio de los romanos. Lo habitual era que la llevasen colgada del costado derecho mediante un cinturón en vez el típico tahalí. Podemos colegir que, independientemente de que fuera su forma habitual de portar la espada, a la hora de desenvainarla era más fácil tirar de ella si estaba unida al cinturón ya que, de estarlo de un tahalí, el tirón para sacarla arrastraría la vaina hacia arriba. Recordemos que la mano izquierda no podría sujetar la vaina porque ya tenía bastante trabajo con manejar las riendas y el escudo al mismo tiempo. Por otro lado, los movimientos propios del cuerpo cuando se cabalga harían que la espada bailotease de un lado a otro y que cuando llegara el momento de la acción estuviera en cualquier sitio menos el adecuado. En la imagen de la derecha podemos ver un relieve que representa un auxiliar de caballería cuya espada pende del cinturón.


En cuanto a las tropas de caballería romanas optaron por readaptar el viejo GLADIVS tipo Pompeya, alargando su hoja hasta igualarla con las armas celtas y galas. Sería pues la primera SPATHA tal como las entendemos. Básicamente conservaba en todos los aspectos la apariencia y las proporciones del GLADIVS incluyendo su vaina. Como vemos a la izquierda, estas espadas tenían una hoja de sección romboidal de filos paralelos terminada en una punta triangular muy aguzada, o sea, un arma destinada ante todo a herir de punta. La empuñadura estaba compuesta de la misma forma que las de sus antecesores: tres piezas- guardamanos, empuñadura y pomo- construidos por lo general de materiales orgánicos como madera, marfil, hueso o asta. Para las empuñaduras solían recurrir a huesos metapondiales de vacuno o caballo a los que daban la forma de los dedos. La espiga de la hoja discurría a través del hueco natural donde se encontraba el tuétano cuando el bicho estaba vivo, y el conjunto de las tres piezas se fijaba remachando el extremo de dicha espiga sobre una arandela de hierro o bien un casquillo esférico o con forma de pera que, llegado el caso, podría ser bastante útil para estampárselo en plena jeta a algún enemigo inesperado y tan cercano que no diera opción a colocar el arma en posición de combate. En la base del guardamanos podemos ver una chapa de bronce o hierro destinada a detener el filo de las armas enemigas sin que llegasen a dañar dicha pieza, y se tenía especial cuidado en que el largo de la empuñadura permitiera ajustar perfectamente la mano entre el guardamanos y el pomo. Si era inferior a su anchura el agarre sería molesto, cuando no imposible. Si era demasiado largo espada bailaría en la mano al no proporcionar un agarre firme. Este detalle indicaría que, al menos en lo tocante a las empuñaduras, la fabricación no era en serie, sino que se adaptaba a la fisonomía del que la iba a usar. 


En cuanto al sistema de suspensión del arma, era el mismo que el empleado por las tropas de infantería, o sea, el típico tahalí formado por una estrecha correa cuyos extremos se dividían en dos ramales para asegurar las cuatro anillas de que estaba provista la vaina. Según la moda de la época, dichas vainas consistían en dos mitades de madera forradas de cuero que, a su vez, se completaban con un brocal metálico más o menos elaborado con decoración repujada o calada y una contera triangular a juego que, por norma, consistía en temas relacionados con los dioses más venerados por las tropas, la Victoria, el emperador y cosas por el estilo. En la ilustración de la derecha vemos a un legionario armado con su GLADIVS que pende del tahalí y, si lo observamos, vemos que está bloqueado por el cinturón, precisamente para impedir que se mueva al correr, saltar o, en el caso de los jinetes, cabalgar, aparte de, como comentamos más arriba, no tener que agarrar la vaina en el momento de desenfundar el arma. Por lo demás, a lo largo del siglo I d.C. los herreros que suministraban armas al ejército mantuvieron su técnica de siempre para forjar las SPATHÆ. Hasta aquel momento, el sistema que venían usando con los GLADII consistía en forjar la hoja partiendo de una lámina de acero entre dos de hierro de forma que, finalmente, solo quedaban templados los filos. Pero con la llegada del siglo II tuvieron lugar una serie de cambios en todos los aspectos que aún son y serán tema de estudio durante mucho tiempo porque, a pesar de lo aficionados que eran los romanos a  dejar constancia de todo, ni uno solo de lo cronistas e historiadores militares se tomó la molestia de dejar escritos los motivos de estos cambios.


El más relevante fue el progresivo abandono  por parte de la infantería del GLADIVS que tan buenos resultados había dado en combate durante siglos en favor de la SPATHA. No se sabe qué fue lo que dio pie a esta drástica medida si bien no fue radical ni tampoco partió de una reforma ordenada por algún emperador. Simplemente se fueron tomando el relevo sin prisa pero sin pausa, y da la impresión de que la decisión estuvo más en manos de los legados que mandaban las mismas legiones que de una orden procedente del senado o el césar. Y, por otro lado, que el contacto entre diversas legiones a lo largo del tiempo, cuando se reunían para acometer alguna batalla importante o llevar a cabo la enésima invasión de turno, fue lo que hizo que se vieran las supuestas ventajas de la SPATHA para dejar de lado sus GLADII. Pero, en todo caso, lo cierto es que las SPATHÆ se fueron propalando por todas las legiones del imperio salvo excepciones en el sentido, y esto es una hipótesis, de hombres que prefirieron seguir combatiendo con un arma más corta, dando lugar a la SEMISPATHA. Estas se obtenían por lo general de hojas recicladas de SPATHA, es decir, hojas rotas que tras una breve sesión de forja eran devueltas al servicio activo. Esta teoría se sustenta en el hecho de que se han recuperado algunos ejemplares de este tipo de armas que, como vemos en la ilustración de la izquierda, mostraban como las acanaladuras llegaban hasta el final de la hoja, precisamente por el lugar por donde se habían roto. No había pues tipologías concretas de SEMISPATHA, ya que prácticamente nunca se fabricaron ex-profeso, sino que se limitaron a reutilizar armas deterioradas para los irredentos que se negaron a usar una espada larga. Esta peculiar arma se mantuvo operativa hasta la práctica totalidad del siglo III d.C., y la longitud de su hoja oscilaba alrededor de los 40 cm.


Estado en que apareció un ejemplar de Lauriacum-Hromówka en un
enterramiento en Dobřichov-Pičhora, en la Rep. Checa. Como vemos,
salvo la punta y un fragmento del tercio medio el resto está hecho
una birria
En lo tocante a las SPATHÆ, el tipo Pompeya también acabó sucumbiendo por otros más acordes al uso que querían darle, que podemos colegir que estaba más bien encaminado al corte que a la cuchillada. El creador de las tipologías para las SPATHÆ ha sido el profesor Christian Miks, un probo tedesco especializado en armamento romano del Instituto de Investigación de Arqueología de Leibniz. Como ya comentamos al principio, la labor para llevar a cabo la clasificación de los ejemplares hallados es abrumadora por las diversas circunstancias y lugares en que han aparecido pero, además, debemos tener en cuenta que el origen de cada hoja es tan dispar que dentro de cada tipología hay diversos subtipos, y a su vez en cada subtipo podemos dar con una serie de variantes. Ah, y una advertencia: las dimensiones son aproximadas, pero ni remotamente exactas ya que, como podemos imaginar, la corrosión ha reducido las dimensiones originales de forma totalmente diferente según cada ejemplar, así que no se puede calibrar con precisión las medidas que tenían cuando salieron de la herrería.


Aclarado este punto prosigamos. Como íbamos diciendo, en el siglo II d.C. hubo una verdadera revolución en lo tocante al arma principal de las legiones. El GLADIVS de siempre fue jubilado y, tras la aparición de la SPATHA tipo Pompeya, que casi podríamos decir que fue un apaño de circunstancias, surgieron dos nuevas tipologías con sus tropocientas variedades que fueron básicamente las que marcaron la pauta hasta el siglo IV: la Lauriacum-Hromówka y la Straubing-Nydam, que recibieron esas denominaciones simplemente por ser los lugares donde aparecieron. La más pesada era la Lauriacum-Hromówka, que debe su nombre a un asentamiento surgido junto a CASTRVM de Lauriacum, en la actual Austria. Su hoja, que recuerda bastante al tipo Pompeya, tenía una anchura media de unos 50 mm., y sus longitudes oscilaban entre los 580 y los 795 mm. Sin embargo, contiene una novedad que nunca antes se había visto en un arma romana: las acanaladuras o ALVEVS. Esta técnica, que ya era usada por celtas e íberos hacía más de 400 años, tenía dos ventajas: una, aligeraba de peso la hoja sin por ello restarle resistencia. Y dos, le daba más flexibilidad, lo que las hacía más idóneas para golpear de filo. Ojo, no queremos decir que no fuesen capaces de apuñalar, sino que las que solo apuñalaban, como el GLADIVS, lo tenían mucho peor para cortar. En este caso se han encontrado ejemplares con hasta cinco finas acanaladuras como la que mostramos a solo dos, con secciones en V o U. En lo que sería el recazo vemos un pequeño grabado, que por lo general se aplicaba en caliente, que representaba un dios Marte. Era al parecer una costumbre que se hizo bastante popular con la particularidad de que para verlo correctamente había que empuñar la espada con la punta hacia arriba. Quizás, y esto es una conjetura mía, fuese una especie de talismán o recordatorio a una deidad protectora a la que se dirigía una breve oración mirándola antes de que comenzara la fiesta. Por lo demás, estas espadas podían también fabricarse sin acanaladuras, en cuyo caso las hojas adoptaban una sección hexagonal, o sea, vaciadas a tres caras.


La otra tipología podemos verla a la derecha. La Straubing-Nydam debe su nombre en este caso  a un hallazgo realizado en la población homónima, en el sur de Alemania, donde se encontraba un centro de distribución de material para el ejército. Como vemos, su apariencia es totalmente distinta a la de su colega. Las hojas son mucho más delgadas, ahusadas y con una anchura de entre 34 y 49 mm y la punta generalmente redondeada. La longitud oscilaba entre los 590 y los 777 mm. Se han hallado ejemplares provistos de acanaladuras y otros sin las mismas, en cuyo caso su sección es lenticular. Pero lo que quizás resulte más significativo son las vainas, que compartieron con las Lauriacum ya que en este caso no había distinción fuese el tipo de espada que fuese. Como vemos, son piezas mucho más simples que las de los GLADII, formadas por dos mitades de madera, generalmente tilo, álamo, aliso, sauce y abedul, que se recubrían de cuero con una costura en la parte trasera y, en algunos casos, con una nervadura en la cara anterior repujada en el mismo cuero, generalmente de vacuno. A veces se optaba por reforzar la unión de las dos mitades con cantoneras de bronce o encordados de alambre de cobre o incluso de plata que se distribuían en dos o tres partes de la vaina dando unas pocas vueltas a la misma. En cualquier caso, la pauta más frecuente es la que vemos en la ilustración, careciendo incluso de brocales metálicos que fueron sustituidos por refuerzos del mismo cuero. Durante los siglos II y III se usaron conteras de bronce con forma de pelta más o menos sofisticadas o bien rectangulares, mientras que las discales que vemos en la ilustración se hicieron populares en los siglos III, IV y posteriores. 


Y lo que quizás sea más significativo fue el cambio en el sistema de suspensión, que desterró definitivamente a las anillas de siempre. Consistía en un pasador o presilla fijado en la cara anterior de la vaina que, según se aprecia en los auxiliares de la Columna de Trajano, parece que fue un invento tomado de los pueblos radicados más allá del Danubio, en el este de Europa. Estos pasadores, que han aparecido por toda Europa, consistían en piezas más o menos elaboradas de hierro, aleaciones de cobre e incluso hueso o marfil. Son relativamente frecuentes los que representan lo que parece un delfín saltando fuera del agua. En fin, a la izquierda podemos ver varios ejemplos que nos permitirán hacernos una idea de su aspecto. Su misión consistía en que la vaina quedara bien asegurada al tahalí que, como veremos más adelante, también cambió su morfología de forma radical.


El sistema de fijación era el mismo en todos los casos. Cada pieza llevaba dos tetones que se introducían por sendos orificios practicados en la cara anterior de la vaina. A continuación bastaba doblarlos a martillazos hasta embutirlos en la madera para no dañar la hoja o, si el material no lo admitía, se remachaban sobre dos arandelas de hierro. Algunos autores han sugerido la posibilidad de que se reforzaran mediante un encordado, mientras otros lo niegan en base a que los escasos restos de vainas hallados no han presentado rastros de cordel. Obviamente, sería una verdadera sorpresa dar con trocitos de cáñamo con 1700 años a cuestas, así que no veo por qué lo dan por imposible, y más si tenemos en cuenta que los orificios de la madera irían cediendo con el tiempo y el uso, y llegaría un momento en que el pasador quedaría casi suelto lo que supondría tener que desechar la vaina entera.


En lo tocante a su sistema de fabricación, se introdujo el forjado por láminas juntando varias varillas de hierro que se iban retorciendo a medida que se iba martilleando la pieza, dándole un acabado similar al damasquinado. Esto daba a la pieza una apariencia muy original y las hacía bastante cotizadas y, de hecho, cuando a partir del siglo II la producción pasó de forma mayoritaria a contratistas privados, estos colocaban el cuño de su fábrica, generalmente en la espiga. Según una carta de agradecimiento del godo Teodorico por haber recibido como obsequio unas espadas con este acabado, "...revelan gusanos pequeños y retorcidos dentro de las acanaladuras, donde hay tanta variedad jugando juntos en la sombra que el metal brillante parecía estar entretejido con una variedad de colores". Conviene aclarar que las hojas, al menos las destinadas a personajes de cierto rango, eran pulidas a espejo con piedra pómez, lo que ciertamente les daría un aspecto soberbio. También se pusieron de moda los punzonados como el que mostramos anteriormente (imagen de la izquierda), así como grabados con figuras similares que podían ser desde lo más elaborado a diseños básicos, como si fueran hechos por un crío. Básicamente los motivos eran la Victoria, Marte y la sempiterna águila.


Un apaño de circunstancias, además de la SEMISPATHA, consistía en reponer los antiguos pomos anulares en las SPATHÆ cuyas espigas se habían roto. En esta caso, bastaba desmontar las piezas de la empuñadura original, añadirles la anilla, bien remachada, bien soldada, y una pequeña cruceta metálica que haría las veces de guardamanos. Al quedar la empuñadura más corta se limitaban a colocarle unas cachas de madera o, como hemos recreado en la ilustración, un encordado. La vaina sería la misma que originariamente usase en origen, y este tipo de arma de circunstancias estuvo en uso durante los siglos II y III.


La variante que sucedió a la Straubing-Nydam fue la Ejsbøl (izda.), cuyos primeros ejemplares datan del siglo IV. Su nombre proviene de la ciénaga del mismo nombre, en Dinamarca. Sus hojas tienen una anchura que oscila entre los 42 y los 57 mm., mientras que las longitudes van desde los 650 a los 83o mm. Como vemos, su aspecto es muy similar a su antecesora con la salvedad de que, en este caso, la sección de la hoja es hexagonal. Y como añadido a las tipologías existentes surgió la Illerup-Wyhl (dcha.), datadas desde mediados del siglo III en adelante. Estas espadas eran bastante más masivas y pesadas, con hojas de entre 42 y 57 mm. de ancho y una longitud de entre 620 y 852 mm. Su sección era lenticular y, como vemos, la empuñadura es totalmente distinta. Se trata de un tipo denominado "de reloj de arena", por su similitud con esos ingeniosos chismes que, para darles cuerda, solo hay que voltearlos. Estas empuñaduras solían fabricarse de madera con algún aplique de bronce o incluso formada por sucesivas láminas de este mismo metal dándole la forma de reloj arenoso. A modo de curiosidad, vemos que ya empiezan a tener cierta similitud con las empuñaduras vikingas que surgieron en el Período de las Migraciones.


Y por último tenemos el tipo Osterburken-Kemathen, quizás el más tardío de todos y que se extiende desde el siglo IV hasta el V en línea con las primeras Lauriacum-Hromówka, tal vez la más masiva de todas y, en este caso, básicamente iguales a las espadas vikingas, que colijo tomaron como modelo esta tipología. Hablamos de un arma con una hoja de filos levemente ahusados de entre 66 y 77 mm. de ancho y entre 715 y 885 de largo, recorridos en toda su longitud por una anchísima acanaladura. Esta espada procede de un enterramiento datado hacia el siglo V en Kemathen, concretamente extraída del foso de una antigua fortificación fronteriza abandonada cuando los romanos fueron echados a patadas de la Germania.


Pinchar para ver con más detalle
Y para concluir con esta filípica, el tahalí que se impuso a los anteriores sistemas de suspensión y que ya permaneció inalterable durante el resto del Imperio. Por cierto que, antes de nada, debamos concretar que a partir de la incorporación de la SPATHA a la infantería se cambió la forma de portarla tanto en jinetes como en legionarios, pasando al lado izquierdo. El tahalí en cuestión podemos verlo en el gráfico de la izquierda con los tres tipos de sujeción que se usaron. Básicamente consistía en una correa de cuero ahusada cuya parte delantera podía tener entre 8 y 11 cm. de anchura para irse estrechando de forma que el extremo opuesto no iría más allá de los 2 cm. Su decoración consistía, como vemos, en una placa repujada o calada en el extremo y de la cual pendía mediante una bisagra el remate de la misma. El disco o falera que vemos justo encima era la parte anterior del sistema de enganche cuyo perfil tenemos en la figura D. No era más que un disco más o menos elaborado en cuya trasera llevaba un ojal donde se anudaba el extremo de la correa. En la figura A tenemos la suspensión para una vaina con anillas que, como en los tahalíes antiguos, se divide en dos ramales. La figura B muestra el sistema adoptado inicialmente para las vainas con pasador, que consistía en una pequeña correa que pasaba por detrás de la misma y que se unía a la delantera mediante dos botones de bronce que pasaban por unos ojales. Finalmente, en la figura C vemos el más simple: bastaba con envolver la vaina y llevar el extremo de la correa hasta el ojal donde era anudado. Con todo, imagino que para bloquearlo adecuadamente se haría lo mismo que los modelos antiguos: se pasaría al menos una correa del tahalí por debajo del cinturón, especialmente los jinetes.


Bueno, criaturas, ya me he enrollado bastante. Con todo lo que hemos explicado creo que las SPATHÆ ya no serán un mero nombre más en la larga retahíla de armamento que usaron los romanos. Por lo demás, añadir solo que estas armas estuvieron en realidad operativas hasta el siglo X aproximadamente, cuando se propalaron por toda Europa de la mano de los pueblos del norte aparte de su conservación por parte del Imperio Bizantino que, por razones obvias, mantuvieron la tradición militar romana. De hecho, hay autores que se plantean que, en realidad, no fueron los celtas y los galos los que importaron la espada larga a Roma, sino Roma al resto del mundo debido al enorme número de unidades que exportaron al BARBARICVM y que, finalmente, se volvieron contra ellos, y eso sin contar las espadas de fabricación propia que se manufacturarían en las herrerías de la miríada de tribus que poblaban el norte y el este de Europa y que se limitaron a copiarlas sin más. En la foto vemos a varios probos ciudadanos recreacionistas haciendo el vikingo antes de la barbacoa y, como salta a la vista, sus armas no son más que SPATHÆ con las empuñaduras propias de su cultura.

En fin, creo que no se me ha olvidado nada, y si se me ha olvidado pues ya lo anunciaré. Con este enclaustramiento por obra y gracia del decimonono virus coronario de los cojones habrá tiempo para repasarlo a fondo.

Hale, he dicho

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sábado, 24 de noviembre de 2018

TUNICA MILITAR ROMANA. República y Principado


Probo ciudadano recreacionista vestido con
su túnica reglamentaria. Lo que apoya en el
suelo no es una guitarra eléctrica, sino una
pala
INTROITO

No deja de ser paradójico que se conozca con pelos y señales toda la panoplia de armas usadas por el ejército romano y, sin embargo, algo tan básico como la túnica sea a estas alturas la protagonista de enjundiosos estudios porque, al menos las de la época que nos ocupa hoy, no se sabe con certeza si hubo uno o varios modelos, ni tampoco algo tan elemental como su color. Esto último es objeto de apasionados debates entre los probos ciudadanos recreacionistas que, desde hace unos 30 años, no paran de indagar en ese tema, asacando teorías de lo más variopintas sin que, en realidad, se haya podido dar aún ninguna respuesta a este misterioso arcano. Por este motivo más de uno ha acabado en la bañera emulando al gran Petronio, el refinado ARBITER ELEGANTIARVM que, harto de escuchar a Nerón rascar la lira, decidió poner término a su existencia junto a la deleitosa compañía de la hermosa Eunice si bien, me temo, que en el caso de los indagadores de este misterio cromático no los acompañó en el tránsito más que los berridos de la parienta porque ese mes se le había pasado pagar el recibo del Ocaso, y si palmaba costaría un pastizal la broma. Puede que más de uno se pregunte qué sentido tiene pasarse la vida intentando averiguar algo que, en sí, es bastante irrelevante, pero condición humana es buscar afanosamente lo que desconocemos para, finalmente, si logramos averiguarlo llegar a la conclusión de que no merecían la pena el esfuerzo y el tiempo invertidos. Pero, por suerte o por desgracia, somos así y es lo que hay. Y dicho esto, vamos al tema que el camino es largo.

Hay mucha literatura exponiendo cienes y cienes de teorías sobre las puñeteras túnicas pero, por desgracia, la enorme cantidad de "sin embargos", "no obstantes" y "peros" es tan abrumadora que, al final, acaba uno llegando a una única e inapelable conclusión: te quedas igual que estabas, es decir, sin saber a qué carta quedar. Apenas han aparecido restos textiles de la época que nos ocupa. Una muestra la podemos ver en la foto de la derecha, donde mostramos algunos de los que aparecieron en Masada, la Numancia judía de la que ya hablamos en su día. Sin embargo (este es el primero de mi lista personal), no es posible saber si pertenecían a túnicas militares porque, como era habitual en los campamentos de la época, la presencia de personal civil era frecuente tanto dentro como fuera en forma de individuos dedicados a los cometidos más variopintos, desde putas para aliviar los humores del personal a proveedores de vituallas o tratantes de cualquier suministro para el ejército. Sea como fuere, la cuestión es que con esas muestras de tejido poco se puede saber salvo la calidad del mismo, la urdimbre y el tipo de tinte empleado.

Probo ciudadano recreacionista vistiendo una exomis.
Como vemos, era una prenda amplia que, si se terciaba,
permitía cubrir el hombro derecho cuando no se estaba
trabajando o matando gente
Bien, la cuestión es que las únicas referencias que tenemos acerca del aspecto de la túnica militar son las representaciones artísticas de la época, como estelas funerarias, la Columna de Trajano y alguna que otra procedente de mosaicos y ajuar culinario doméstico. El término TVNICA procede, según el visigodo Isidoro que tiene el gran honor de ser paisano mío, de TONVS, o sea, ruido, ya que era lo que producía al caminar con ella puesta. Por razones que veremos más adelante, al menos en lo que a mí respecta colijo que, como tantas otras cosas, la túnica militar procedía del mundo griego, concretamente de la ἐξωμίς  (exomis), una túnica muy extendida entre los helenos y que los espartanos usaban teñida de color rojo o púrpura usada. Su etimología es bastante descriptiva: ἐξω (exo, fuera) y ωμως (omos, hombro), o sea, la típica túnica que se usaba dejando el hombro derecho libre de ropa para trabajar y/o combatir sin ningún tipo de traba o impedimento. Esta túnica era denominada por los romanos, según Isidoro, como TVNICA RUSSATA en referencia a su color, afirmando que las teñían en ese tono para que la sangre producida por las heridas en combate fuesen menos visibles y no envalentonasen al enemigo (Etimologías, XIX 22, 6-7). 

Aclarado este hipotético origen, la túnica militar era básicamente un rectángulo de lana formado por dos piezas cuyos bordes salían del telar orillados para no tener que cogerles un dobladillo. Aunque el tema del tejido también levanta polémicas, de eso hablaremos más tarde, ciñéndonos de momento a su apariencia. No hay certeza de que se fabricaran en distintas tallas si bien diversos grupos recreacionistas han podido comprobar que tampoco había necesidad de ello. Además, y esto es criterio mío, debemos recordar que para ingresar en el ejército romano se requería una talla mínima y una constitución fibrosa, por lo que no debía haber demasiada diferencia en la estatura y constitución del personal. Su elaboración era extremadamente simple: bastaba coser los costados y la parte superior dejando una abertura para la cabeza y dos para los brazos, siendo una vez vestida ceñida por el CINGVLVS. El tema del cinturón tenía su enjundia porque, por norma, debía estar siempre bien ajustado, siendo síntoma de afeminamiento llevarlo flojo. De hecho, un castigo habitual para faltas menores consistía en obligar a los causantes de la ira de los centuriones a pasearse por el campamento con la túnica puesta, pero sin cinturón, lo que provocaba las burlas de sus compañeros y ser tratado de cobarde y sodomita. En la ilustración superior vemos a un legionario en tan amargo trance y, de paso, podemos ver el aspecto que ofrecía la túnica una vez vestida. Era un saco de patatas, vaya...

Como salta a la vista, era una prenda muy amplia y holgada ya que sabemos las dimensiones de forma muy aproximada. La más exacta nos la proporciona un papiro datado hacia en 138 d.C. en el que figura un pedido de ropa y mantas a una fábrica de tejidos de Filadelfia, en Egipto, para suministrar al ejército de Capadocia. En el papiro se especifican las medidas exactas de una túnica, que debía tener 3,5 codos de largo (155 cm.) por 3 codos y 4 dedos de ancha (140 cm.). Esta desmesurada anchura hacía que los extremos colgasen sobre los brazos cubriendo casi hasta los codos, pero la cuestión es que, en realidad, carecían de mangas. Recordemos que, al igual que pasaba con el cinturón, hasta allá por el siglo III d.C. las mangas también estaban mal vistas y consideradas propias de afeminados, tolerándose solo en críos pequeños y ancianos durante los meses invernales. Así pues, el aspecto que debían presentar las túnicas de la época que nos ocupa sería más o menos el que vemos en la ilustración de la izquierda. Ciertamente, no se puede decir que fuese un traje elaborado por un sastre del Strand (Dios maldiga a Nelson). Como vemos, para compensar la longitud de la prenda se recurría al cinturón, formando una bolsa sobre el vientre más o menos amplia en base a la estatura del sujeto y de forma que quedase por encima de la rodilla para que no estorbase al caminar o al correr. El brazo extendido nos muestra la gran cantidad de tejido sobrante que caía sobre los hombros.

Hay también una controversia (como no) por este tema, asegurando algunos autores que los legionarios disponían de dos túnicas, una para usar cuando no portaban armadura y otra para combatir, siendo esta última de unas proporciones más ajustadas. No hay constancia de esto y, de hecho, se han realizado pruebas que demuestran que precisamente ese exceso de tejido era incluso ventajoso ya que amortiguaba mejor los roces con la loriga. Una de las causas para divulgar esta teoría son las estelas funerarias aparecidas en la Germania, únicas en el mundo militar romano, que muestran al finado vestido con un tipo de túnica totalmente distinto y de las que podemos ver dos ejemplares en la foto de la derecha. La de la izquierda corresponde a Annaio Davezo, un auxiliar de la III COHORTE dálmata cuya túnica forma una amplia curva en su parte inferior llena de pliegues que, además, no coinciden con los de la parte superior, lo que ha hecho pensar que podría tratarse de una especie de SVBLIGACVLVM al estilo de los gladiadores y, en vez de ceñido con un cinturón, con un BALTEVS más ancho que ocultaría que la parte superior era como una especie de camisa corta. En cuanto a la estela de la derecha, pertenece a Plubio Flavoleo Cordo, de la LEGIO XIIII. Muestra un plisado menos complejo, pero mantiene la parte inferior también curvada. Ambas estelas están datadas hacia mediados del Principado, y por los hallazgos disponibles parece ser que esta moda solo estuvo vigente en la primera mitad del siglo II d.C., comenzando a decaer en la segunda. Siendo pues una tipología tan localizada y de tan breve duración, la opinión más extendida es que en realidad se trata de licencias artísticas de los escultores de la zona y, de hecho, se ha intentado imitar ese acabado con prendas tanto de lana como de lino sin que sea viable con ambos tipos de tejidos.

Escena de la Columna de Trajano que muestra a un grupo de legionarios
talando árboles. Algunos llevan el hombro derecho descubierto, mientras que
los marcados con el círculo rojo tienen la prenda recogida en la nuca
Así pues, lo más probable es que el legionario usara un único tipo o modelo independientemente de que tuviera más de una. Hay constancia de cartas en las que se pedía a la familia el envío de una túnica extra, bien por deterioro de la propia o por disponer de otra fabricada con un tejido más ligero o cálido en función del clima, y considerando que durante determinadas épocas el importe del vestuario se detraía del sueldo del personal, pues nunca estaba de más sacarle a papá una túnica gratis por la que el ejército le cobraba en este período unos 6 denarios. Se baraja la posibilidad de que usaran una, bien de lana, bien de lino, en su color natural o blanqueado y otra, la TVNICA RUSSATA mencionada anteriormente por Isidoro, cuando entraban en combate. Tampoco hay constancia de esto, pero es una posibilidad a tener en cuenta. Y retomando el tema de su procedencia griega, en este caso sí tenemos testimonios sobrados en la Columna de Trajano o el sarcófago de Belvedere (c. finales siglo II d.C.), donde se puede ver en varias escenas de la misma al personal trabajando con la túnica colocada de ambas formas, o sea, cubriendo el torso o dejando el hombro al aire. 

También hay infinidad de polémicas con el tema del hombro a pesar de que hay testimonios sobrados de la existencia de este tipo de túnica, más que nada en base a que esta sería, por así decirlo, una prenda de trabajo, existiendo otra que quedase más ajustada al cuerpo. Como vemos a la derecha, el legionario que aparece de espaldas muestra el aspecto de la túnica con el sobrante de tela recogido en una especie de moño con la ayuda de un cordel o una fina correa de cuero. Aunque hay quien afirma que esto debía suponer una incomodidad, la realidad es que no solo no estorbaba para nada cuando se vestía la loriga (se han hecho tropocientas pruebas, como está mandado), sino que incluso protegía el cogote del roce con la amplia ala trasera de la GALEA. En cuando a su cuñado, que aparece de frente, vemos que en efecto el brazo despejado suponía una mayor comodidad para manejar las pesadas dolabras del ejército y ayudaban a soportar mejor los rigores de los climas cálidos de la ribera mediterránea. Para vestirla de forma "reglamentaria" bastaba meter el brazo por su abertura y pedir a un compañero que le recogiera el "moño" de tejido sobrante, cosa que ciertamente podrían incluso hacerse ellos mismos de la misma forma que un melenas se recoge la coleta.

Un aditamento en el que no se suele reparar es la correa que vemos en el relieve de Chatsworth que podemos ver a la izquierda y que hemos sombreado de rojo. Se trata de una estrecha tira de cuero que, al parecer, estaba decorada con tachones de bronce. Como vemos, de ellas no pende ni la espada ni ninguna bolsa, quedando muy ceñidas al cuerpo. La teoría más aceptada es que era para recoger el tejido sobrante que caía sobre los costados y no dificultase la extracción de la espada que, como sabemos, en el caso de los legionarios pendía en el lado derecho del cuerpo. No es ningún dislate pensar que la correa en cuestión no tenía otra finalidad ya que era habitual que los legionarios permaneciesen armados en todo momento, incluso cuando estaban fuera de servicio sin armadura o dedicados a sus faenas cuarteleras. De ese modo, en caso de emergencia, no se verían con el pomo de la espada trabado en la enorme túnica en la que cabía un senador ahíto de tripas de oso confitadas con miel y pastel de lenguas de colibrí.

En lo referente al color, que es lo que produce más espasmos cerebrales en los probos ciudadanos recreacionistas, no hay en modo alguno seguridad acerca del mismo. Aunque tradicionalmente se representa a los legionarios con una túnica roja, actualmente se está imponiendo la teoría de que en realidad usaban una del color natural del tejido o bien blanqueado, independientemente de que Isidoro de Sebiya nos asegure que se vestían una roja para emular a los espartanos y disimular la sangre. Así pues, la opinión más aceptada es que legionarios y suboficiales vestían una túnica en un tono crudo, los tribunos y demás mandos superiores en blanco con las franjas en color púrpura propias de su estatus social, y que solo los centuriones la vestían en rojo para ser más fácilmente identificados. A mí esta teoría me resulta un tanto absurda por dos motivos: un centurión armado dejaba poca túnica a la vista, y para ser identificados en batalla ya usaban la vistosa CRISTA TRANSVERSA, el penacho transversal que era muchísimo más visible que unos pocos centímetros de tela asomando por debajo de las PTERIGES. En lo que a mí respecta, me inclino a pensar que todos vestían del mismo color salvo los mandos superiores para poder hacer más visibles las CLAVI propias de su rango, pero el resto usaban uno u otro color en base a la disponibilidad del mismo.  Por cierto que hay constancia gráfica en algunos retratos procedentes de legionarios que sirvieron en Egipto que muestran que sus túnicas también usaban CLAVI, pero obviamente de otros colores, en concreto rojo y negro sobre túnicas de color claro (v. foto superior). En estos casos no se trataba de tiras de tela cosidas sobre la prenda, sino que eran tejidas al elaborar la pieza. 

El tema de los tintes no era ningún misterio para Roma. De hecho, por todo el imperio había tintorerías cualificadas si bien era en la Galia donde estaban las mejores fábricas por el extenso surtido de colores y tonalidades que obtenían de materias orgánicas y minerales. En todo caso, la mayoría eran de origen vegetal con un mordiente para fijarlos al tejido, por lo general alumbre o sales de hierro que obtenían de algo tan simple como el óxido de los clavos. El alumbre era el preferido para realzar el brillo del color final. Tampoco era ningún secreto para ellos el proceso para blanquear la tela, que ya sabemos que una de las más acendradas tradiciones romanas era usar siempre ropa absolutamente blanca hasta que con la llegada del imperio se empezaron a poner de moda los colores en la vida civil. El rojo lo obtenían de la RVBIA TINCTORVM, vulgo rubia roja, una planta abundante que permitía obtener tinte barato en cantidad sin problemas. Al parecer, solo en la brumosa Albión no se daba esta planta, pero siempre se podía importar liofilizado o bien recurrir a la cuajaleche (GALIVM VERVM). En cuanto a la rubia roja, esta planta ya se usaba en Egipto 2.500 años antes de los tiempos de Cristo, y no revestía ningún problema para su elaboración. Incluso con la adición del mordiente se podían obtener distintas variedades de tono que podían ir desde el amarillo melocotón al marrón.

Solo el púrpura era verdaderamente caro, muy caro, y por ello usado solo por las clases sociales muy pudientes de un estatus social más elevado y, obviamente, los césares y familia. La púrpura solo la sabían elaborar los tintoreros de Oriente Próximo, en especial los de Tiro, donde vivía el crustáceo llamado MVREX BRANDARIS de donde se obtenía el precioso tinte. Como vemos en la foto, no son más que puñeteras cañaíllas como las que nos comemos en el chiringuito de Chipiona o Matalascañas, pero la buena de verdad era la de Tiro. Este tinte, cuyo proceso de elaboración guardaban como oro en paño, costaba en aquella época 100 denarios la libra (273 gramos) el más barato, habiendo variedades que alcanzaban la friolera de 1.000 denarios la libra. Un legionario ganaba en aquella época unos 300 denarios al año, así que ya podemos hacernos una idea del precio del dichoso tinte que solo se podían permitir los legados, procónsules y tribunos de las familias más pudientes. Como dato curioso, añadir que se obtuvo una púrpura falsa tiñendo con añil encima de prendas rojas. Había otro que se sacaba de un liquen fermentado con orina rancia que, supongo, dejarían orear un par de lustros antes de que se le fuese el pestazo de retrete de estación de ferrocarril de los años 60. En todo caso, lo cierto es que la púrpura auténtica era muchísimo más resistente a los lavados y al desgaste, por lo que las prendas teñidas de púrpura falsa daban el cante en seguida. Por todo ello y en base a la facilidad con que los tejidos al uso admiten el tinte se ha propuesto la teoría (sí, otra más) de que la lana, al ser más fácil de teñir era la que se solía usar para estos menesteres, si bien en caso de dejarla en su color natural este podía variar enormemente en base a la raza de la oveja de la que se obtenía el tejido. Mientras tanto el lino, más complicado de fijar los colores, se dejaba en su color natural o se blanqueaba dejándolo al sol. 

Distintos fragmentos de la Columna de Trajano en la que aparecen tropas
auxiliares. Todos visten túnicas muy cortas, prácticamente lo que daría de
sí una camiseta moderna. Obsérvese que no usan el típico cinturón militar
que, en una prenda así, no tendría utilidad alguna
Como colofón, añadir un detalle acerca de la longitud de las túnicas ya que en algunos testimonios de la época, como la Columna de Trajano, se aprecian tropas auxiliares que la usan mucho más corta. Esto no casa con las estelas funerarias de este tipo de tropas que muestran túnicas iguales a las de los legionarios, por lo que surge el enésimo dilema con sus correspondientes teorías al respecto. Una de ellas sugiere que era una mera forma de diferenciar a los ciudadanos de los que no lo eran y facilitar de ese modo su identificación. Eso se me antoja una chorrada ya que los auxiliares no servían mezclados con legionarios y todo el mundo podía identificarlos por sus estandartes, así que tomaría como más lógica la que supone que, simplemente, se trataba de tropas procedentes de territorios en los que su moda particular les hacía usar un tipo de túnica más corto que, por otro lado, facilitaba a los jinetes auparse de un salto en sus caballos (recordemos que aún estaban por inventar los estribos). Vistiendo bajo la túnica el BRACÆ propio de los jinetes podían permitirse usar una túnica corta que les hiciese más fácil moverse.

Reconstrucción realizada por el ilustrador Graham Sumner
basada en el retrato de un féretro de un soldado romano
fallecido en Egipto. En el mismo vemos que viste una túnica
blanca, seguramente de lino, con dos CLAVI rojas a cada lado.
Cruzando le pecho lleva la correa destinada a recoger el
sobrante de tela que mencionamos anteriormente
Bueno, dilectos lectores, como vemos el tema de las puñeteras túnicas daría para 19 tomos, pero con lo que hemos visto ya podemos hacernos una idea del tema aunque, como ha quedado aún más claro, determinados detalles aún no tienen una respuesta concreta. Y colijo que más que a falta de información se debe a que la poca que hay es interpretada por tropocientos historiadores a su manera para tener la razón, costumbre muy irritante entre estos probos estudiosos que, por lo general, en muchas ocasiones suelen anteponer sus egos a los datos disponibles. Sea como fuere, creo que hemos aportado información suficiente para que cada cual se haga sus propias teorías y las añada a las que ya hay, que no son pocas. En una próxima entrada hablaremos de la túnica militar desde el final del Principado hasta el finiquito del Imperio, y en este caso sí se disponen de pruebas contundentes que no dan lugar a tanto "no obstante",  "pero" o "sin embargo" que citamos al comienzo de este artículo.

En fin, se acabó lo que se daba, amén y tal.

Hale, he dicho

Probos ciudadanos recreacionistas emulando legionarios de tiempos de la República. Como salta a la vista, el color de la
túnica prácticamente no puede verse por estar tapada por la loriga. Por otro lado, y contradiciendo a Isidoro, mientras que
los primitivos espartanos no usaban armadura y ciertamente el rojo disimulaba el color de la sangre, en este caso resaltaría
bastante sobre el gris metálico de la cota de malla. 

martes, 16 de mayo de 2017

El gladio II. El gladio de pomo anular


Recreación de un legionario del siglo II d.C. acantonado en el Muro
Antonino, en Escocia, obra del genial McBride. En su costado pende
un gladio de pomo anular como los que estudiaremos en la entrada de hoy
Bien, prosigamos con los gladios. En la entrada de hoy hablaremos de una peculiar variante que, como está mandado, también fue un préstamo de una cultura foránea, en este caso de los belicosos sármatas. Estos fieros ciudadanos surgieron hacia el siglo VII a.C. en las estepas situadas al este del río Don y al sur de los montes Urales, desde donde fueron avanzando hacia el oeste conviviendo de forma más o menos pacífica con los escitas, a los que finalmente atacaron en la estepa póntica, zona situada al norte del mar Negro, y de donde los expulsaron tras dejar aquello convertido en un solar. A comienzos del siglo II d.C. tuvieron una serie de violentos cambios de impresiones con las tropas del emperador Trajano, donde los romanos tuvieron tiempo sobrado no solo de matarse bonitamente con sus enemigos, sino de adoptar una espada que rápidamente se extendió por todo el imperio excepto por las provincias del norte de África y la Península. Así, las Guerras Dacias que tuvieron lugar entre los años 101-102 y 105-106 sirvieron, además de para consolidar las fronteras orientales del imperio, para introducir esta peculiar variante de gladio que, recordemos, era como los hijos de la gloriosa Roma denominaban de forma genérica a las espadas de longitud media-corta. O sea, que no se trataba de una variante de las tipologías que todos conocemos del GLADIVS HISPANIENSIS, sino de una nueva modalidad que estuvo operativa unos cien años mientras que la SPATHA se iba imponiendo de forma progresiva. 

Los sármatas, además de ser un pueblo fiero y extremadamente belicoso, tenían una tecnología armamentística nada desdeñable, superior como es lógico a la romana tanto en cuanto, como ya sabemos, estos no inventaban nada, sino que copiaban lo que les interesaba. Dentro de su amplia panoplia disponían de una espada de tamaño medio cuya hoja, vaciada a dos mesas y de una longitud de entre 50 y 60 cm y raramente de hasta 80, tenía un perfil muy similar al del gladio tipo Pompeya, o sea, una hoja de filos paralelos y punta corta de forma triangular si bien en el caso de la espada sármata los ángulos de dicha punta no eran tan acusados. En la foto podemos apreciar mejor las similitudes y la diferencia citadas comparando la espada de pomo anular que aparece en la parte superior con el gladio tipo Pompeya que vemos debajo. 

Espadas sármatas de diferentes tamaños similares a las que se han ido
hallando en multitud de tumbas en la zona comprendida entre el mar Negro
y las planicies de Hungría
Al parecer, esta tipología surgió hacia el siglo III a.C. como la evolución de una espada de antenas. De hecho, el anillo se supone que no era sino la consecuencia de unir los extremos de dichas antenas si bien se desconocen los motivos para llevar a cabo esta modificación. Por mi parte opino que no sería un disparate suponer que se debió a algo tan simple como impedir los enganchones en la ropa a la hora de desenvainar la espada. Un pueblo que vivía en una zona inhóspita y con un clima extremo en invierno debía ir bien cubierto de ropa y pieles, por lo que un pomo circular era mucho más cómodo en caso de tener que meter mano a la espada. No olvidemos que, por norma, las modificaciones que se llevaban a cabo en las armas obedecían generalmente a cuestiones de tipo práctico, así que complicarse la existencia intentando deducir motivos más enjundiosos no solo carece de sentido, sino que se me antoja una pérdida de tiempo. Por otro lado, la cruceta consistía en una pequeña pieza en forma de prisma cuadrangular rectangular fabricado, al igual que el resto del arma, de hierro.  No contaban con adornos de ningún tipo si bien en algunas espadas procedentes de ajuares funerarios sármatas han aparecido espadas que llevaban una pequeña ristra de abalorios colgando de la anilla. Dichas ristras estaban formadas por cuentas de vidrio. Del mismo modo también se han hallado espadas con piedras semipreciosas como ágatas o calcedonias insertadas en el hueco de la anilla, obviamente como indicativo del estatus socio-económico de su propietario. Estas espadas tuvieron una gran difusión entre las tribus sármatas hasta que a lo largo del siglo II d.C. fue sustituida por una nueva tipología provista de una hoja de mayor longitud.

Estatua de una estela funeraria aparecida
en Aquicum, a las afueras de la actual
Budapest, en la que se aprecia el pomo
anular del gladio que portaba el difunto
Bien, este es grosso modo el origen y la evolución de esta espada que, por cierto, tenía además unas profundas connotaciones de tipo religioso entre la sociedad sármata. Al parecer, era habitual entre esta gente que hundiesen la hoja en el suelo para, a continuación, adorar a su dios de la guerra ante ella, llevando luego a cabo sacrificios con ovejas o caballos para ponerlo contentito y tal. Así pues, y como ya anticipamos, las Guerras Dacias permitieron a los romanos entrar en contacto con estas armas las cuales fueron rápidamente adoptadas. Pero, ¿por qué? ¿Qué vieron los pragmáticos romanos en esta tipología para copiarla sin más? En lo que a mi respecta solo se me ocurre una posibilidad razonable y bastante elemental: la pesada anilla de hierro proporcionaba a la espada un balance mucho más eficiente. Recordemos que el pomo de los gladios, independientemente de su tipología, era de madera o, a lo sumo, de madera forrada con una fina y ligera lámina de metal, así que no sería un dislate pensar que el manejo de la espada mejoró bastante con las guarniciones sármatas porque, de no ser así, podemos tener claro que los romanos no las habrían adoptado.

Recreación del ejemplar hallado en Pevensey (R.U.) datado hacia finales
del siglo II d.C. Su longitud total es de 69 cm., y su peso de 735 gramos.
Por otro lado, este tipo de espadas era especialmente sólido por ser enteramente de hierro, y con un mantenimiento adecuado para protegerlas de la oxidación debían padecer en menor medida las inclemencias del tiempo que, como es lógico, sí se dejaban sentir en un arma cuya cruceta, empuñadura y pomo estaban casi siempre fabricados con madera. Los materiales lignarios, aunque se protegieran con algún tipo de aceite, acabarían sucumbiendo a la humedad y los cambios de temperatura. Según podemos ver en la ilustración superior, estas espadas solo empleaban la madera para las cachas, y debía ser una pauta habitual el empleo de este tipo de material ya que todas las que han ido apareciendo estaban desprovistas de este accesorio, por lo que podemos deducir que no usaban hueso o marfil, materiales que sí habrían llegado a nuestros días sin problema. En cuanto a la sección de la hoja, seguían la misma pauta que en los gladios: romboidal, para hacerla especialmente rígida ya que era lo más adecuado en una espada destinada principalmente a herir de punta.

La difusión de estas armas se extendió por toda la frontera oriental del imperio, desde Alemania hasta Austria, así como por las Islas Británicas. En base a los ejemplares hallados hasta la fecha, el profesor Marcin Biborski, un experto en arqueo-metalurgia de la Universidad Jaguelónica de Cracovia, ha establecido una tipología formada por cinco variantes en función de la longitud y la anchura de la hoja, que va desde los 62-52 cm. del Tipo I, el más grande, a los 38-28 del V, el más pequeño. Con todo, el más abundante es el Tipo II, formado por armas con una longitud total de entre 68 y 55 cm. y una hoja de entre 50 y 40. La espiga, de sección rectangular, acogía la pequeña cruceta para, finalmente, adosarle la anilla bien mediante soldadura- como el ejemplar de la derecha- o bien por remachado. No obstante hay quien sugiere que la citada anilla podría incluso ser forjada directamente partiendo de la espiga, dándole la forma circular y formando así una sólida pieza enteriza que le daría una robustez superior. También hay quien opina a la vista de las mínimas dimensiones de la cruceta que podrían estar desprovista de cachas de cualquier tipo, y que estas fueran sustituidas por tiras de piel envolviendo directamente la espiga de hierro.

En cuanto a los pomos, por norma eran circulares o, en menor grado, con forma de corazón. Más escasos eran los de bronce como el que vemos en la figura de la derecha que, además y al igual que en el caso de los de hierro, podían tener una decoración a base de hilo de bronce incrustado formando dibujos geométricos o florares. Por otro lado, en los ejemplos que vemos en la ilustración podemos apreciar el sistema de unión mediante remachado, que consistía en pomos provistos de una pequeña lengüeta perforada que era unida a la espiga mediante un pequeño remache cuadrangular para impedir que el pomo girase sobre la misma. El conjunto iría recubierto por las cachas.

Otra variante más escasa es la que vemos a la derecha, aparecida en Vimose, Dinamarca. En este caso, las guarniciones están fabricadas de bronce si bien la morfología de las mismas permanece inalterable. Se puede apreciar en la vista de perfil el acusado ensanche que se daba a los pomos, adoptado una forma cuasi romboidal. Aparte de eso, en este caso la espiga penetraba por un orificio en la base de la anilla para, posteriormente, ser remachado de la forma convencional. Según vamos viendo, las diferentes variantes de esta espada se limitaban casi por completo a sus dimensiones y el sistema de unión del pomo ya que la forma de sus guarniciones era muy similar, especialmente en las crucetas.

Una excepción la tenemos en la ilustración de la izquierda, donde hemos recreado un ejemplar datado hacia inicios del siglo II d.C. con una longitud total de apenas 42 cm. Al parecer pudo haber servido en manos de un auxiliar sármata, concretamente un laziges, una tribu derrotada por los romanos hacia el 180 d.C. cuyos miembros optaron por enrolarse en las legiones. Es más que probable que estas tropas siguieran haciendo uso de sus propias armas, y de ahí la diferencia con lo visto hasta ahora, concretamente en la cruceta que, como vemos, es plana en vez de cuadrangular. En este caso, y a la vista de la generosa anchura de la espiga, hemos creído más acertado recrear el arma con una empuñadura formada por tiras de cuero ya que unas cachas de madera habrían resultado demasiado gruesas. Por otro lado, si observamos la morfología de la hoja no se parece a la de un Pompeya, lo que corroboraría el hecho de que, aún habiendo servido en el ejército romano, su origen podría ser enteramente sármata.

Bien, con lo dicho ya podemos hacernos una idea del desarrollo de este tipo de espadas que convivió con los gladios hasta la extinción de estos y el surgimiento de la SPATHA como arma definitiva. Resumiendo, tenemos un arma de características muy singulares que alcanzó una rápida difusión por sus ventajas sobre el tipo Pompeya al uso en aquella época. Pero no solo se impuso la espada, sino también el sistema de suspensión también de origen sármata, desterrando para siempre las tradicionales anillas que vimos en la entrada anterior. En este caso se trataba de una vaina de madera forrada de cuero que, como principal característica, disponía de un pasador por su cara anterior para introducir a través del mismo el tahalí. Según vemos en la ilustración de la derecha, el pasador consistía en una pieza de bronce que se fijaba a la vaina mediante dos abrazaderas del mismo material. La correa del tahalí la rodeaba de la forma que vemos en el dibujo, quedando el arma paralela al cuerpo. En aquella época aún se seguía portando en el costado derecho según la forma tradicional del ejército romano. Este sistema, aunque tomado de los sármatas, era en realidad originario de Extremo Oriente, de donde algunos autores sugieren que también pudieron tomar el pomo anular por su semejanza con el usado en las espadas chinas de la Dinastía Han hacia el siglo III a.C., desde donde viajó a través de las estepas hasta ir a parar al Danubio, donde fue copiado por los sármatas, desechando así la teoría de que fue una mera evolución de la espada de antenas al uso en este pueblo. En esto, como en tantas cosas, nos regimos por hipótesis más o menos fundadas, así que cada cual crea lo que prefiera porque no hay pruebas contundentes que corroboren una teoría u otra.

Siguiendo con los pasadores, en este caso los romanos copiaron la idea, pero la morfología de los mismos fue de diseño propio, así como las conteras de las vainas que, en este caso, tomaron una forma discoidal como la que hemos visto en la ilustración anterior o bien en forma de pelta como las que presentamos en las figuras de la izquierda. En la parte superior vemos tres ejemplos de pasadores de los cuales es quizás el más curioso el que aparece en primer lugar con forma de delfín. Este animalito era un motivo bastante recurrente, y hay testimonios sobrados del mismo por las piezas aparecidas en diversos ajuares funerarios. Estos pasadores estaban provistos en algunos casos de unos tetones destinados a clavarse en la vaina para impedir que se deslizaran hacia arriba o hacia abajo, ayudando así a la sujeción que brindaban las abrazaderas. El sistema debía ser bastante satisfactorio porque siguió empleándose durante mucho tiempo después de que los gladios pasaran a la historia. A estas guarniciones solo nos restaría añadir el típico brocal que, en este caso, no tenían ninguna peculiaridad digna de mención, siendo similares a los usados en las vainas de los gladios al uso.

En fin, poco más queda por explicar. Como hemos visto, esta curiosa variante tuvo mucha más aceptación de lo que podríamos imaginar, y creo que ha merecido la pena dedicarle una entrada para ella solita por ser un tipo un tanto desconocido si lo comparamos con los Mainz y los Pompeya. Por lo demás, no cantemos victoria aún ya que la moribundez no remite y la musa sigue en paradero desconocido.

Bueno, pues ya está.

Hale, he dicho