Mostrando entradas con la etiqueta Pretorianos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pretorianos. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de agosto de 2016

El fin de la guardia pretoriana


SIGNIFER de la COHORS
SPECVLATORVM
, una unidad creada
por Marco Antonio como guardia
personal durante la guerra civil y
nutrida por veteranos de las legiones
de César. Este tipo de unidad fue el
germen de los pretorianos
Todos hemos leído u oído hablar infinidad de veces acerca de la omnipresencia de los pretorianos durante los comienzos y las primeras décadas del principado; sobre su enorme influencia y poder, que llegaba al extremo de quitar y poner emperadores como quien destituye subsecretarios excesivamente honrados. También hemos tenido noticia de que eran una unidad de élite que ganaba más que un legionario normal, o que su fidelidad se compraba con buenos denarios si uno quería ser bienquisto por estos quisquillosos guardias imperiales. Así mismo, lograron incrustarse de tal forma en los entresijos del poder que sus prefectos, nombrados por los emperadores, acabaron en muchos casos teniendo más poder que ellos o incluso liquidándolos para ponerse ellos. Seguramente, muchos habrán oído hablar del malvado Lucio Ælio Sejano, que actuó como un verdadero valido a la sombra de Tiberio mientras que este se entregaba en cuerpo y alma a sus placeres mundanos y a practicar la pornografía y la pedofilia más repulsivas en  su dorado auto-exilio de Capri. O de Sertorio Macro, que asumió la prefectura cuando el anterior cayó en desgracia y sobre el que aún planea la duda de si mató a Tiberio asfixiándolo con una almohada por orden de Calígula porque tardaba más de la cuenta en palmarla. O de Casio Querea, que apuñaló con saña bíblica al nefando césar porque no soportaba más sus chaladuras ni sus chulerías. O incluso a los que, tras el asesinato del enloquecido Calígula, nombraron emperador a su viejo tío Clau-Clau-Claudio dando por hecho que sería un tipo manejable al que podrían manipular para su beneficio.

Didio Juliano el Brevísimo, que perdió la
cabeza por su afición a las subastas ilegales
Pero esto fue solo el principio ya que, a lo largo del tiempo, los guardias siguieron haciendo y deshaciendo, destronando y coronando y, aunque parezca increíble, incluso subastando el mismo imperio. Este hecho tan surrealista tuvo lugar cuando los mismos guardias, fieles a su inveterada costumbre de enviar al paro definitivo a los césares que por una causa u otra no eran de su agrado, escabecharon al emperador Helvio Pertinax, que por cierto ocupó el cargo tras el asesinato del anterior césar Cómodo a manos, como no, del prefecto pretoriano Quinto Emilio Leto. Tras el magnicidio, los pretorianos se encastillaron en su campamento situado en las afueras de Roma, y dentro de su sancta sanctorum ofrecieron el imperio al mejor postor. El ganador de la subasta fue Didio Juliano, el cual ofreció a cada miembro de la selecta y alevosa unidad nada menos que 25.000 sestercios si bien al final la cosa quedó en agua de borrajas porque Septimio Severo, gobernador de la Panonia, fue nombrado emperador por las legiones del Danubio, tras lo cual se presentó en Roma dispuesto a establecer férreo cerco para adueñarse del trono. Una vez allí le bastó con ofrecer la impunidad a los asesinos de Pertinax para que los pretorianos entregaran al pardillo de Juliano, que no sabía donde se había metido, el cual fue asesinado tras apenas dos meses y tres días de reinado.

Lucio Ælio Sejano, que llegó incluso a
denunciar a cientos de ciudadanos con
tal de apoderarse de su bienes. Todo un
ejemplo de rectitud para un prefecto de
la guardia pretoriana.
En definitiva y por no alargar más esta introducción, los pretorianos han sido la guardia real más paradójica del mundo ya que han sido los que más reyes han matado o derrocado a pesar de ser los custodios de sus personas. Con amigos como estos es evidente que no hacen falta ni enemigos ni cuñados. Puede que algunos se pregunten que cómo era posible que los emperadores no ordenaran disolver esta veleidosa y taimada unidad, pero la respuesta es clara: su respaldo era simplemente imprescindible para obtener el poder, y mucho más para mantenerlo. Si los pretorianos te volvían la espalda ya podías liar el petate y largarte bien lejos porque tu cabeza no valdría ni un mísero as. Sin embargo, la guardia pretoriana tuvo su final- bien merecido por cierto- tras trescientos años mangoneando a su sabor desde su creación en tiempos de Augusto. Nadie pudo imaginar que, lo que en principio era un grupo de guardias de la persona del emperador, se acabaran convirtiendo en árbitros de la política del Imperio, y que su capricho, su vanidad y una insaciable voracidad de prebendas y dineros los convirtieran tanto a ellos como a sus prefectos en, tal como diríamos hoy día, una verdadera mafia. Bien, dicho esto, al grano pues...

Conocida estatua de los tetrarcas elaborada en
pórfido y que se conserva en la catedral de San
Marcos de Venecia. El hecho de que tengan los
cuatro personajes la misma apariencia tanto en lo
físico como la indumentaria es una cuestión
simbólica que pretende mostrar que los cuatro
gobernantes eran como uno solo
Aunque de forma indirecta, podríamos decir que el principio del fin de esta controvertida unidad comenzó a raíz de la implantación de la tetrarquía o gobierno de cuatro. De forma muy abreviada y concisa, ya que no es el motivo de esta entrada, bástenos saber que este sistema de gobierno fue implantado por Diocleciano en el 293, y fue concebido para que al gobernar cuatro personas se eliminaran o, al menos, se redujeran, tanto los abusos por parte de un solo autócrata como las conspiraciones y alevosías para quitar a uno y ponerse otro. De hecho, las constantes luchas por el poder y los conflictos entre los candidatos a ostentar la guirnalda real estaban minando de tal forma los cimientos del Imperio que, o se tomaban medidas drásticas, o todo se derrumbaría como un cuñado hasta las cejas de Jumilla peleón. Es más, incluso la guardia pretoriana veía como se tambaleaba su misma institución, que hasta aquellos tiempos era la única verdaderamente sólida en Roma debido tanto al espíritu de cuerpo como a su incuestionable lealtad a lo que de verdad les unía: el amor por la influencia y las prebendas en forma de dineros. El motivo de esta incipiente desunión no era otro que el hecho de que los mismos guardias acabaron tomando parte por tal o cual aspirante al trono, dando lugar así lugar a pendencias entre ellos ya que el candidato de cada facción se había preocupado de prometerles el oro y el moro a cambio de hacerse con la corona.

Distribución de los territorios en la tetrarquía
Por lo demás, la tetrarquía se basaba en partir el Imperio en cuatro provincias las cuales estarían bajo el mando de dos AVGVSTI y dos CÆSARIS. Los dos primeros nombraban a los segundos, y cuando los CÆSARIS alcanzaban el rango de AVGVSTI debido a la muerte o la abdicación de estos últimos , nombraban a su vez a otros dos nuevos CÆSARIS. Los primeros tetrarcas fueron Diocleciano, como AVGVSTVS de Oriente, y Maximiano de Occidente. Los CÆSARIS fueron Galerio y Constancio Cloro. Sin embargo, este sistema que se prometía eficaz y, sobre todo, capaz de alejar las disputas por el poder, acabó como era de esperar: todos se tiraron a degüello para eliminar a sus tres rivales y quedarse con todo, y eso que para prevenir este tipo de situaciones tan inquietantes el mismo Diocleciano instituyó la figura de la AVCTORITAS SENIORIS AVGVSTI, la Autoridad del Augusto Mayor por la cual el tetrarca de mayor relevancia, en este caso él mismo, tenía potestad para intervenir en las tres provincias restantes. Por cierto que el término "tetrarquía" no fue jamás usado por los romanos, sino que comenzó a ser usado en 1897 por Otto Seeck, un historiador alemán especializado en el Mundo Clásico.

Grabado decimonónico que muestra la muralla norte del
campamento pretoriano en Roma
Así pues, la creación de la tetrarquía conllevó la desmembración de la guardia ya que cada AVGVSTI y cada CÆSARIS se llevó a la capital de su provincia una parte con la misma misión de guardar a la persona regia. Dichas capitales eran Nicomedia, Sirmium, Mediolanum y Augusta Treverorum, y en cada una de ellas fueron acantonadas un número indeterminado de cohortes al mando de un prefecto, dejando un RELIQVATIO o retén destinado en los CASTRA PRÆTORIA de Roma que, además, custodiaban los emblemas y estandartes de las cohortes pretorianas los cuales habían permanecido allí. Se desconoce cómo se llevó a cabo la partición de las diez cohortes que conformaban la guardia en tiempos de Diocleciano, pero algunos autores sugieren que es posible que las provincias bajo el mando de los AVGVSTI dispusieran de contingentes más numerosos ya que eran los tetrarcas de más rango al fin y al cabo. 

Ciudadanos recreacionistas mostrando el aspecto
de la indumentaria de las SCHOLÆ
Pero la tetrarquía no solo supuso un cambio en el sistema de gobierno que, de momento, puso freno a las insaciables ansias de influencia política de los pretorianos. Diocleciano también llevó a cabo una serie de reformas en el ejército que conllevaron, entre otras cosas, la creación de un nuevo tipo de unidad, las SCHOLÆ, compuestas al parecer, al menos inicialmente, por 500 hombres si bien posteriormente el número de efectivos debió ascender hasta el millar. Todas las SCHOLÆ eran unidades de caballería, y se nutrían de los miembros de los diversos pueblos que formaban el Imperio, especialmente de tribus de germanos fieles a Roma. Rápidamente fueron creciendo hasta alcanzar el número de doce, cinco de las cuales fueron destinadas a las provincias de Occidente mientras que las siete restantes fueron enviadas a las de Oriente, y sin saberlo se estaban convirtiendo poco a poco en la fuerza que acabó siendo destinada a la guardia de la persona de los emperadores.

Busto de Majencio, al que le cupo el
honor de haber sido el último emperador
que tuvo a los pretorianos como guardias
de su persona.
Bien, la cuestión es que nos plantamos en el año 312 para ver que la tetrarquía fue un fracaso, y que los aspirantes a hacerse los amos del cotarro eran precisamente los AVGVSTI y los CÆSARIS que, en teoría, deberían salvaguardar la integridad del gobierno. De todo el tinglado solo quedaban dos aspirantes en liza: Majencio, hizo del antiguo AVGVSTVS Maximiano y del CÆSAR Galerio, y Constantino, CÆSAR auto-proclamado AVGVSTVS y dispuesto a echar a patadas a su rival con tal de hacerse con todo el imperio. En un discreto segundo plano estaban los dos AVGVSTI, Maximino y Licinio que, supongo, esperaban a ver como los dos principales enemigos se desollaban bonitamente entre ellos para ver qué partido tomar. Al lado de Majencio estaban las cohortes pretorianas que lo apoyaban y lo habían elevado a la categoría de aspirante al mando supremo. Al parecer, parte del favor de los guardias hacia Majencio se debía al hecho de que este era un pagano aún más feroz con los cristianos que su padre o el mismo Diocleciano, y permitió a los pretorianos cometer todo tipo de desafueros contra ellos ya que, al cabo, los guardias imperiales seguían fieles a sus dioses de toda la vida y veían el cristianismo como una plaga a eliminar.

Las tropas de Constantino empujan a los pretorianos de Majencio hacia el
puente de barcas. Al fondo, aguas arriba, se ve el puente Milvio
Así estaban las cosas cuando el 28 de octubre de 312 los ejércitos de ambos rivales se encontraron en Saxa Rubra, junto al puente Milvio sobre el río Tíber en el que los ingenieros de Majencio habían tendido una pasarela de barcas, al parecer para duplicar la capacidad de vadeo ya que el puente de piedra era demasiado estrecho. Ya sabemos el desenlace de esta famosa batalla: Constantino fue puesto en contacto con el mismísimo Dios, que le dijo aquello de IN HOC SIGNO VINCES, y derrotó bonitamente a Majencio el cual, apoyado hasta el fin por su pretorianos, acabó ahogado junto a un gran número de sus leales guardias cuando la pasarela, incapaz de soportar el peso del ejército en retirada, se fue al garete y se hundió, ahogándose mogollón de gente incluyendo al aspirante al trono y un gran número de pretorianos que, en un gesto heroico, protegieron con gran firmeza y determinación el repliegue de sus compañeros de armas. 

Constantino, al que le cupo el honor de
acabar con tan alevosa unidad que tantos
desmanes cometió.
Al término de la batalla, el mismo Constantino reconoció la bravura de los pretorianos, negándose a masacrar a los supervivientes que se habían quedado atrapados entre sus tropas y la orilla del Tíber. No obstante, tenía claro que no podía mantenerlos cerca de su persona si quería seguir con la cabeza en su sitio pero, por otro lado, es posible que no se atreviese a finiquitarlos de golpe a fin de no ganarse más enemigos de los que tenía en aquel momento. Así pues, optó por la política más eficaz en estos casos: hacerlos caer en el olvido y mandarlos a hacer puñetas bien lejos de casa. Así pues, disolvió la unidad y mandó arrasar los CASTRA PRÆTORIA y derribar la muralla oeste del campamento, procediendo a continuación a destinar a los supervivientes de la batalla del puente Milvio al norte, a las fronteras del Rin y del Danubio, donde se dedicaron a perseguir bandidos y demás amantes de lo ajeno y también donde, seguramente, tendrían cosas más importantes de las que preocuparse que de quitar y poner emperadores con las fieras tribus germanas deseando convertirlos en salchichas para acompañar el sauer kraut. Con todo, y en un gesto políticamente correcto, no abolió el rango de prefecto pretoriano si bien éste ya no tuvo nunca más connotaciones de tipo militar, pasando de ese modo a ser un cargo de tipo civil. En cuando a la guarda de la persona del emperador, pasó a depender de  las SCHOLÆ citadas anteriormente. 

Dos KATAPHRAKTOI de una SCHOLA. De estos ya hablaremos más a
fondo otro día.
Así acabaron los famosos pretorianos, los hombres que de forma indirecta dirigieron los destinos del imperio durante algo más de trescientos años. Los que sobrevivieron a la batalla del puente Milvio se tuvieron que conformar con irse extinguiendo lenta y silenciosamente a miles de kilómetros de su amada Roma, donde eran los reyes del mambo y vendían su fidelidad por fortunas absolutamente fabulosas. Es evidente que Constantino traía la lección aprendida cuando se enfrentó con Majencio, y no dudó en sacudirse de encima a tan veleidosos militares capaces de vender a sus abuelas por una paga extra. Pero lo hizo de la mejor forma, condenándolos al olvido y a ir palmando uno a uno de paludismo, degollados en una emboscada o, simplemente, abrumados por el agotamiento, la artrosis producida por la constante humedad o hastiados de la miserable vida de las guarniciones de la frontera norte del Imperio, añorando a todas horas la vidorra que se daban en los CASTRA PRÆTORIA y paseándose por Roma con aires de manifiesta superioridad.


En fin, nada dura eternamente, solo las hipotecas.

Hale, he dicho



viernes, 20 de mayo de 2016

Asesinatos: Valeria Mesalina


Aunque Valeria Mesalina, quinta mujer del inefable Clau-Clau-Claudio, ha pasado a la historia por ser un pendón desorejado, la realidad es que su perdición fue una mezcla deleznable de lujuria desmedida, ambición insana y maldad insidiosa. En definitiva, que además de ser una puta redomada era un mal bicho cuyas correrías por Roma en busca de placeres adúlteros eran vox populi menos para su pariente y marido, el cual estaba por lo general en Babia o haciendo gala de sus excentricidades. No obstante, seguramente algún feroz defensor de lo políticamente correcto, esa plaga nefasta que tanto se ha propalado en nuestros días, puede que declare con fervor que la pobre Mesalina no fue más que una víctima más de la sociedad patriarcal romana (o sea, machista), y que sus frívolos devaneos no fueron más que la consecuencia de la desatención que recibió por parte del tiránico, maniático, pitopáusico y endeble mental de su marido. Pero antes de entrar de lleno en cómo se consumó el puticidio convendría poner en antecedentes a vuecedes ya que es posible que algunos desconozcan por completo algunos detalles sobre la existencia de esta nefanda hembra.

Recreación de Claudio partiendo de uno de
sus bustos. En su momento ya se dedicó una
entrada a su asesinato a manos de su
archimalvada mujer, Agripina la Menor
De entrada, y a pesar de que en muchas partes aparece como la tercera o cuarta mujer de Clau-Clau-Claudio, en realidad era la quinta, como ya se ha comentado más arriba. Las cuatro anteriores fueron Emilia Lépida, repudiada antes de consumar siquiera el matrimonio, Livia Medulina, que palmó inesperadamente el mismo día en que se celebraría su boda si bien legalmente ya eran marido y mujer; Plaucia Urgulanila, una mujer feroz y desmedida que repudió por llegar a ser incluso sospechosa de asesinato y, finalmente, con Ælia Petina, hija adoptiva de Lucio Ælio Sejano que contrajo nupcias con el futuro césar por orden de Tiberio y peloteo del alevoso prefecto pretoriano ya que éste anhelaba emparentar con la familia imperial para afianzar su poder. Está de más decir que la caída en desgracia de Sejano provocó el inmediato repudio de Petina ya que todos los parientes, amigos y afectos de este deplorable sujeto se convirtieron en apestados de la noche a la mañana. Así pues, tras estas cuatro esposas acabó casado con Valeria Mesalina.

Mesalina sosteniendo en brazos a su hijo Británico.
Esta estatua está datada hacia el 45, por lo que tendría
unos 20 años aproximadamente
Esta mujer, como ya dije antes, tenía cierto grado de parentesco con Claudio ya que era hija de Marco Valerio Mesala Barbato, nieto por parte de madre de Octavia, hermana de Augusto. Al ser Claudio nieto de Livia, mujer de Augusto, estos dos eran primos en tercer grado aunque no de sangre, sino políticos (Druso, el padre de Claudio, era hijo de Livia antes de que esta se casara con Augusto), por lo que Mesalina era sobrina bisnieta de su marido. Qué lío de parentesco, ¿no? Además, era mucho más joven que él ya que nació en el año 25 d.C., por lo que cuando se celebró el matrimonio tenía solo trece o catorce añitos mientras que el feliz consorte ya tenía 48, una edad que hoy día se considera dentro de la madurez pero que en aquellos tiempos era la antesala de la ancianidad. Con todo, aún tuvo energías para engendrarle dos hijos: Octavia y un varón que primero recibió el nombre de Germánico en honor de su hermano homónimo para, posteriormente, ser rebautizado como Británico.

Mesalina en brazos del gladiador, obra de Joaquín Sorolla.
En la realidad, el ambiente sería mucho más sórdido, con
menos flores y con más vicio.
Desde muy jovencita, esta depravada mujer ya hacía gala de sus desórdenes y su insaciable lujuria. Según Juvenal, se vendía como meretriz en los más bajos LVPANARIS (putiferios) de la Suburra bajo el nombre de Licisca (mujer perra o mujer loba) totalmente depilada, con los pezones pintados de oro y los ojos maquillados con un afeite a base de antimonio y carbón para darle más profundidad a su mirada, lo que denota que era una experta en el arte de poner al personal como una moto. En su ejercicio del puterío se ofrecía totalmente desnuda a los gladiadores, legionarios y demás fauna hambrienta de sexo buscando sobre todo que le dieran caña, cosa que al parecer le agradaba en extremo según Suetonio. Por otro lado, es de sobra conocido su desafío al gremio de putas de Roma, que envió a tan singular duelo a la más viciosa de todas, la famosa Escila, y tras derrotarla de forma apabullante quedó, como decía Juvenal en sus SátirasLASSATA VIRIS NONDVM SATIATA RECESSIT, o sea, que se retiró cansada de hombres, pero no saciada. Es normal que se cansara porque se cepilló a mogollón de patricios entre el jaleo y el cachondeo de sus voceras. En definitiva, esta lúbrica inagotable llegó incluso a instigar al memo de su marido a ejecutar a aquellos que, siendo objeto de su deseo, se negaron a acceder a poner los cuernos al emperador, propalando falsas insidias contra ellos. Claudio, que tenía una irritante tendencia a la ira a la par que era un miedoso incurable, no era difícil de convencer por la taimada hembra cuando esta le susurraba que tal o cual noble tramaba algún complot contra su persona.

Mesalina trajinándose a un posible
cliente en la Suburra, uno de los barrios
más populosos de Roma
Pero mientras Mesalina no dejaba ni un solo día de entregarse a sus vicios, Clau-Clau-Claudio permanecía más ciego que un topo, ajeno a los descomunales cuernos que le ponía esta prójima con tal impunidad que era un escándalo en toda Roma, y hasta los historiadores de la época se maravillaban de como en una ciudad en la que los chismorreos corrían como el viento, nada menos que el mismísimo emperador fuera el único que no se enteraba de nada. Su ignorancia sobre las andanzas de su viciosa mujer llegaron al extremo de ordenar a Mnester, un famoso actor, a que accediera a todos sus deseos sin darse cuenta que la traidora adúltera le instigó a ello con el único fin de fornicar con él sin descanso ya que estaba totalmente prendada del cómico. Mnester, que no podía ni imaginar lo imbécil que era Claudio, pensó que era un simple cabrón consentido cuando la realidad es que la taimada Mesalina le había hecho creer que lo que quería de él era su mera compañía para oírle declamar y cosas así.




Mesalina y Silio en pleno
precalentamiento para perpetrar actos
extremadamente cochinos.
Pero no solo estaba enamorada de Mnester, sino también de un noble de familia consular y con una prometedora carrera política por delante. Se trataba de Gaio Silio, elegido cónsul en el 48 y siendo famoso por ser el hombre más apuesto de Roma. Estaba casado con Junia Lépida Silana, a la que Mesalina obligó a repudiar por negarse a compartir al objeto de sus anhelos con ninguna otra mujer. Mesalina perdió la chaveta por Silio, al que no paraba de obsequiar con valiosos regalos y hasta se presentaba en su casa sin más, acción esta inconcebible en una matrona romana. De hecho, no tenía el más mínimo reparo en pasearse por Roma con su amante a la vista de todo el mundo mientras que Claudio seguía en la inopia sin querer enterarse de nada. Silio, que sabía que se estaba jugando la cabeza, por un lado temía que un día el césar se la separase del cuerpo por ponerle los cuernos, pero más temía a Mesalina, que no soportaría que la rechazase e iría con sus insidias a Claudio para provocar su perdición. No sabía el tal Silio donde se había metido.


El impúber Británico, implicado a su pesar
en los líos de su madre.
Mesalina tramó acabar con su atontado cónyuge y, al mismo tiempo, hacer uso de su indudable influencia con los más afamados varones romanos para que la guirnalda imperial fuese a manos de su amante, al cual, para asegurarse de no perder su estatus de emperatriz, convenció de que lo mejor era casarse con ella a pesar de estarlo ya con Claudio y, a continuación, adoptar a su hijo Británico para asegurarle la sucesión. Obviamente, esta trama no tenía ni pies ni cabeza, pero en Roma eran posibles estas absurdas componendas. Sin embargo, no contaba con que algunos de los más encumbrados libertos al servicio del césar no estaban por la labor de permitir aquel desafuero, y no tanto por lealtad a Claudio como por temor a perder sus respectivos chollos si el viejo césar era derrocado. Pero estos tampoco lo tenían fácil ya que temían que el emperador, cegado por la pasión que aún despertaba en él la persona de Mesalina, fuera convencido por ésta de que tramaban el complot de turno y los mandara descabezar, así que su situación eran también bastante delicada. Estos consejeros eran Calisto, Narciso y Palas, los cuales intentaron en primer lugar convencer a Mesalina de que mandara a su amante a hacer puñetas. Pero a la nefanda hembra le resbalaron las amenazas de los libertos, e incluso les hizo ver que para hundirlos bastaría con que se postrase ante su marido rogando clemencia para que la perdonara y, a continuación, provocar la perdición de los tres acusándolos de cualquier cosa.

Una bacanal en toda regla. El bastón que enarbolan varias de
las mujeres era denominado como TIRSO, y constaba de un
palo en cuyo extremo se colocaba una piña y un ramo de
hiedra. Era el atributo del dios Baco
Con todo, las amenazas de Narciso hicieron que Mesalina actuara con prontitud. Aprovechando un viaje del césar a Ostia, donde iba a celebrar unos sacrificios a los dioses, organizó su boda con Silio, para lo cual fueron llamados incluso sacerdotes y augures que realizasen las ceremonias, ritos y sacrificios preceptivos. Mesalina confiaba en que la popularidad de Silio y su influencia personal le dieran el apoyo necesario para llevar a cabo su golpe de estado con el apoyo tanto de los patricios como de los pretorianos, sin el cual sería imposible culminar con éxito su malvado proyecto. Esto acojonó bastante a Calisto y a Palas, que prefirieron mirar para otro lado, pero no a Narciso, que se valió de una astuta estratagema para hacer ver al tornadizo emperador que una gran conspiración se cernía sobre su persona. Así pues, aprovechando el viaje a Ostia sobornó a dos putas que solían acudir a ponerlo contentito durante sus estancias en dicha ciudad para que, como cosa de ellas, contaran a Claudio lo que se estaba cociendo. Las dos meretrices, muy afamadas por cierto entre su clientela, eran Calpurnia y Cleopatra las cuales, bien aleccionadas por Narciso, dieron pelos y señales de lo que ocurría durante su ausencia, y de la infame traición de Mesalina y Silio. Claudio, atónito, pidió a Narciso que le confirmara aquellas noticias, a lo que el liberto accedió pidiendo perdón por no haberle avisado antes, asegurándole que solo deseaba que las cosas volvieran a la normalidad. Pero le advirtió que el pueblo, el senado y los pretorianos ya sabían lo de la boda, y que Silio no tardaría en hacerse con el poder si no se intervenía con rapidez. Claudio, babeando del pasmo y muy, pero que muy acojonado, mandó llamar a sus principales consejeros incluyendo ante todo al prefecto pretoriano Lucio Geta, sin cuyo apoyo podía darse por perdido.

Virgen vestal. Estas mujeres tenían
un enorme poder en Roma, contándose
entre sus privilegios perdonar la vida
de un reo aún habiendo sido
condenado por el Senado o el césar
Y mientras Claudio se debatía muerto de miedo y preguntando constantemente si aún era emperador, Mesalina y Silio celebraban el bodorrio con una bacanal en toda regla. En pleno jolgorio, uno de los asistentes por nombre Vectio Valente se encaramó en un árbol del jardín donde se celebraba la orgía para hacer gala de su agilidad, y cuando le preguntaron qué se divisaba desde allí, respondió que unos negros nubarrones se aproximaban desde Ostia, lo que era una verdad como un templo ya que un piquete formado por pretorianos y miembros de los VIGILES (la guardia urbana) se dirigían hacia la quinta en la que se festejaba la boda. No tardaron mucho en llegar y comenzar una redada en la que se detuvo a todo bicho viviente, siendo arrestados entre los invitados muchos de los más afamados varones romanos y, naturalmente, a Gaio Silio. Mesalina, astuta como una raposa, se retiró a los jardines de Lúculo y ordenó a sus hijos que acudieran al lado de su padre para pedirle clemencia. También pidió a una vestal llamada Vibidia que hiciese lo mismo, sabedora de la gran influencia que tenían estas mujeres. Cuando la redada concluyó, en la casa solo quedaron Mesalina y otras dos personas más con las que decidió dirigirse a Ostia a suplicar el perdón de su marido.

Altorrelieve que representa una boda en Roma.
La novia, en vez de cubrirse con un velo blanco
como se hace actualmente, lo hacía con el
FLAMMEVM, un velo de color naranja o rojo
Mientras tanto, Narciso estaba de los nervios. Temía que Silio convenciera al prefecto pretoriano para que se pusiera de su parte, y por otro lado Claudio solo sabía divagar y soltar frases incoherentes, superado por el miedo y el desengaño. Finalmente, al ver que Claudio no era capaz de decidir nada, lo convenció para que le permitiera tomar el mando durante aquellas horas aciagas, a lo que el emperador accedió totalmente abrumado. Pero, mientras tanto, Mesalina ya se había presentado en Ostia, y encima en plan bravo, dando berridos exigiendo ver a su marido como si se hubiera cometido una injusticia con ella. Narciso le hizo frente como pudo, recordándole su infamante bigamia y agitando en sus narices un puñado de pliegos con informes sobre sus andanzas. Y para culminar el escándalo, la vestal Vidibia exigía también que no fuera condenada sin antes ser oída. Narciso, que sabía que su influencia podría torcer las cosas, despidió a la iracunda vestal dándole su palabra de que la adúltera sería escuchada por el césar y pidiéndole que se dedicara a sus labores religiosas antes de meterse en camisa de once varas. Además de eso, había ordenado que los hijos del matrimonio imperial fuesen encerrados en una dependencia para impedir que pudieran influir en su voluble progenitor. Claudio, mientras tanto, seguía totalmente alelado sin prestar atención a la monumental bronca entre Narciso y Mesalina. Qué dramático, ¿no?

Moneda que nos muestra el rostro de Mesalina
Finalmente, Claudio reaccionó cuando acudió con Narciso a casa de Silio, donde pudo comprobar la enorme cantidad de objetos con que Mesalina le había obsequiado. Los pretorianos de la escolta, airados por aquella vileza, empezaron a dar voces exigiendo un castigo a los culpables, así como los nombres de los cómplices. Solo entonces, cuando el césar vio que la balanza se inclinaba a su favor, pareció bajar del limbo y actuar como debía. Así, mientras Mesalina esperaba la oportunidad de ser recibida por Claudio para hacerle cuatro carantoñas y dando por sentado que eso bastaría para obtener su clemencia, los que habían intervenido en el bodorrio ya estaban siendo juzgados de forma sumaria. Gaio Silio fue el primero en caer y, reconociendo su culpa, fue inmediatamente ejecutado. Vectio Valente, el que se encaramó en el árbol, delató sin más a muchos de los presentes, los cuales fueron también finiquitados incluyendo a Mnester, que estuvo a punto de ser perdonado cuando recordó a Claudio que él se había limitado a obedecer sus órdenes. Sin embargo, Narciso insistió en que era tan culpable como los demás, así que también fue ejecutado.

Claudia Octavia, la
primogénita
Tras los debidos escarmientos y más calmado, Claudio se fue a su casa a darse una de sus habituales comilonas mientras que Mesalina seguía urdiendo la forma de convencer a su marido. Claudio, cuya afición por la bebida iba más allá de una simple cata, cuando se había tomado varias copas de vino empezó a ponerse tierno y a recordar los buenos ratos que había pasado con la hermosa Mesalina, por lo que Narciso empezó a temer que acabase perdonándola, lo que supondría su caída en desgracia porque estaba seguro de que la arpía aquella sabría convencer a Claudio para obtener venganza de los causantes de la muerte de su amado Silio que, además, la habían acusado de adúltera con razón o sin ella. Así pues, y viendo que el tiempo corría en su contra, Narciso ordenó a su liberto Evodo que fuese en busca de Mesalina junto a un tribuno pretoriano y un piquete de guardias y que, sin más demora, la matase. 

Momento en que el tribuno pretoriano se dispone a escabechar a la taimada
mujer ante un satisfecho Evodo. Mientras se consuma la ejecución, Lépida
se aparta ocultando el rostro para no ver la escena.
Evodo encontró a Mesalina en los jardines de Lúculo, donde esperaba sin darse cuenta de que estaba viviendo sus últimos momentos. La acompañaba su madre, Domicia Lépida, la cual le insistía en que, si quería tener un final digno, se diera muerte ella misma porque estaba segura de que no habría perdón. Pero Mesalina no tenía valor para hundirse el puñal en el cuello, y en aquellas terribles dudas andaba cuando Evodo, el tribuno y los guardias entraron en tromba en el jardín insultándola y echando sapos y culebras sobre su indigna persona. Mesalina, espantada, volvió a intentar acabar ella misma con su existencia, pero no fue capaz. El tribuno, al ver que carecía del valor necesario para ello y que solo se limitaba a pronunciar palabras inconexas debido al pánico que sentía, desenvainó su espada y se la hundió en el cuello sin más historias. Luego se marcharon a dar cuenta de la ejecución dejando el cadáver al cuidado de su madre. Cuando Narciso informó a Claudio de que su mujer había muerto este ni se inmutó, y ni siquiera se molestó en preguntar si había muerto por su mano o había sido ejecutada. Simplemente se limitó a proseguir con su pantagruélica cena.

Fotograma de la exitosa serie británica "Yo, Claudio" que
muestra el instante en que el tribuno descabeza a Mesalina,
la cual no parece muy conforme con su merecido destino.
En los días posteriores a la ejecución y ante la total indiferencia de Claudio, el senado dictó que se eliminara todo aquello que recordara la existencia de tan perversa hembra, empezando por las estatuas y las referencias a su persona en las vías públicas. Narciso obtuvo como premio a su labor en momentos tan críticos los atributos de los cuestores, y respiró tranquilo cuando vio que las cosas volvían a su cauce. Tras todo aquel follón, Claudio acabó tan escarmentado del matrimonio que ordenó a Lucio Geta, el prefecto pretoriano, que le dieran muerte si volvía a casarse, cosa que él mismo incumplió cuando, apenas un año después de estos luctuosos sucesos, se desposó con la malvadísima Julia Vipsania Agripina, más conocida como Agripina la Menor y de cuyo ominoso final también se habló largo y tendido en esta entrada. La verdad es que en la Roma imperial palmar de muerte natural era todo un mérito.

Otra versión romanticista del momento fatal en el que Evodo aparece
insultando a Mesalina ante su madre mientras que el pretoriano desenvaina
su espada. Mesalina aparece con la mirada perdida, incapaz de darse muerte.
Estos hechos acontecieron en el año 48, cuando Mesalina apenas contaba con 23 años de edad y tras diez años de matrimonio, pero es que no se puede pretender llegar a vieja siendo tan pendón y tan alevosa. Sus retoños no corrieron mejor suerte ya que Octavia, casada con el enloquecido Nerón, acabó desterrada en la isla de Pandataria, siendo finalmente asesinada por orden suya con apenas 22 años. Británico, con más derechos al trono ya que era hijo legítimo de Claudio, fue mandado envenenar a fin de acabar con un posible obstáculo para Nerón cuando apenas le faltaba un día para cumplir 14 años, edad con la que legalmente se convertiría en un hombre adulto de pleno derecho. 

En fin, así acabó la nefanda Valeria Mesalina. Una prenda de mujercita, ¿que no? Con todo, en los días posteriores a su muerte el memo de Clau-Clau-Claudio aún seguía preguntando por ella cuando llegaba la hora del almuerzo o la cena y veía que no se presentaba. En fin, un desastre de hombre.

Hale, he dicho

domingo, 10 de mayo de 2015

Asesinatos: Clau-Clau-Claudio


Recreación del aspecto de Claudio basada en el busto que se conserva en el Museo Arqueológico de Nápoles




Gaio Calígula, sobrino carnal y antecesor
de Claudio en el trono. Fue nombrado césar
 por los pretorianos cuando, tras el asesinato
de Calígula, lo encontraron escondido tras
una cortina muy acojonado.
Bueno, ya que el otro día hablamos de la alevosa Agripinila, qué menos que dar cuenta del ominoso final que tuvo el que fue su tío y marido, Tiberio Claudio César Augusto Germánico o, simplemente, Claudio, como lo conocía todo el mundo. Este peculiar personaje, que se convirtió en el emperador más famoso de Roma a raíz de las dos magníficas novelas de Robert Graves y la fastuosa serie televisiva posterior (a mi entender, la mejor serie histórica que se ha realizado), ha sido desde entonces motivo de debates que han dado lugar a las opiniones más variopintas. Que si era un tipo listísimo que se hacía el tonto, que si era un memo de solemnidad, que si era un borrachuzo y un glotón impenitente, etc., etc., etc. En lo que a mi respecta, Graves lo idealizó en exceso, y la realidad es que, aunque dotado de inteligencia y de una notable capacidad para el estudio, era de naturaleza colérica y sanguinaria, agarrándose tales cabreos que llegaba incluso a echar espumarajos por la boca. Desmedido con la comida y la bebida hasta límites pantagruélicos, tan menguado y cobarde que veía conspiraciones hasta en el retrete, desconfiado hasta la paranoia y, para colmo, un inope mental que invitaba a su mesa a ciudadanos que dos días antes había mandado ejecutar y, al no presentarse como es obvio, enviaba mensajeros a recordarles que tenían una cita con él y que hacer esperar al césar estaba muy feo. De hecho, hasta llegaba a preguntar donde andaba su penúltima mujer, Valeria Mesalina, a la que ya había mandado matar por adúltera y por traidora.

Antonia la Menor, madre de Claudio.
Lo más cariñoso que le decía era
"monstruo". Como para no crearle
un trauma al pobre hombre.
A todo eso habría que añadir los defectos físicos con los que vino al mundo- cojera y debilidad en las piernas, tartamudez, expresión de tonto de solemnidad que incluso babeaba y moqueaba así como un constante meneo de cabeza- que, añadidos a su peculiar carácter muy alejado del sujeto bondadoso y apacible que retrató Graves en sus novelas, no lo convirtieron precisamente en un emperador ejemplar. Obviamente, su infancia fue una porquería: su madre Antonia, la mujer del gran Druso, lo aborrecía, su abuela Livia apenas le dirigía la palabra y, en todo caso, prefería dirigirse a él mediante notas o escuetos mensajes y, para colmo, era comparado con su hermano Germánico al cual ya mencionamos en la entrada dedicada al asesinato de Agripina. El resultado de la comparación ya podemos imaginarlo.

Ah, y para colmo era un redomado calzonazos que fue manipulado a su antojo por sus mujeres, habiéndose casado nada menos que con seis y por este orden: Emilia Lépida, a la que repudió nada más casarse por orden de Augusto porque su padre cayó en desgracia ante él y no tuvo ni tiempo de consumar el matrimonio; Livia Medulina, que palmó de forma repentina el mismo día del bodorrio; Plaucia Urgulanila, a la que repudió porque era un mal bicho sobre la que pesaba incluso la sospecha de ser una asesina; Elisa Petina, a la que también mandó al carajo por casquivana y golfilla; Valeria Mesalina, que ya sabemos como acabó y que había cometido bigamia y traición al casarse con Gaio Silio, tramando con esto al parecer su derrocamiento; y finalmente, la venenosa e incombustible Agripina la Menor de la que ya hablamos extensamente en la entrada referente a su complicado asesinato. En fin, un desastre de hombre.

En cualquier caso, el tema que nos ocupa hoy es su asesinato o, mejor dicho, las diferentes versiones sobre su asesinato ya que entre los mismos historiadores romanos había, como se dice en los toros, división de opiniones. Así pues, veamos las diversas teorías que hay al respecto. 

Livia Drusila, abuela paterna de Claudio
y digna matriarca del clan. Tenía más
peligro que un alacrán con tos ferina
En primer lugar, debemos recordar que su última mujer, Agripina, hizo lo imposible para emparentar con él con dos fines: el primero, ganar poder e influencia siendo la emperatriz; el segundo, que nombrara heredero a su hijo Nerón en detrimento del varón legítimo que Claudio había tenido con Mesalina por nombre Británico y que, está de más decirlo, no llegó a viejo siendo como era miembro de semejante familia. Así pues, es más que evidente que la malvada Agripina se convirtió en la sospechosa número uno ya que tenía móviles de sobra para finiquitar a su marido. Según Salustio, tras lograr que Claudio firmara su testamento declarando a Nerón heredero del imperio, era evidente que cuanto antes lo liquidaran mejor, no se fuese a arrepentir a la vista del carácter tan extraño y tornadizo que tenía. De hecho, su red de chivatos le advertían constantemente de que Agripina era un mal bicho y tramaba traiciones antes y después del desayuno, por lo que a esta le convenía acelerar el deceso del viejo Claudio. No deja claro donde tuvo lugar el supuesto crimen ya que se limita a decir que había quien afirmaba que se cometió en el Capitolio, durante una comida en la que su PRÆGUSTATOR (catador), un eunuco por nombre Holato, le endilgó alguna porquería. Es evidente que este sujeto no actuó por su cuenta, sino que debió ser sobornado porque, por sí mismo, no obtenía ningún beneficio con la muerte del césar. Por lo tanto, ¿quién salía ganando si Claudio palmaba? Solo hay un candidato: Agripina. Otra teoría que expone Suetonio es que fue ella misma la que lo escabechó con las setas de marras, las cuales por cierto eran uno de sus platos predilectos. Añade que el veneno no lo liquidó allí mismo sino que, tras dejarlo atocinado un rato, vomitó todo lo que había comido tras lo cual tuvieron que meterle más tósigo en el cuerpo en forma de un caldo para, en teoría, asentarle el estómago. También sugiere que incluso se pudo recurrir a una lavativa con la excusa de que debía tener una mala digestión, por lo que era conveniente aliviarle las tripas. Naturalmente que lo aliviaron, qué carajo. Si alguien pensaba que su tocayo, el hermano de Hamlet, había sido el más original asesino vertiendo veneno de tejo por el oído de su hermano, este caso habría sido aún más peculiar, ya que le dieron por el culo a base de bien, y nunca mejor dicho.

Locusta, en plena demostración de sus habilidades, da
cuenta a Nerón del veneno preparado para finiquitar a
Británico en un esclavo. Obra de Joseph-Noël Sylvestre
Más rotundo se mostró Tácito el cual no dudó en acusar sin más a la perversa Agripina, de la que afirmaba que hacía tiempo estaba decidida a aliñar a su marido para, conforme a sus meticulosos planes, hacerse la dueña del cotarro. Para ello recurrió a una famosa envenenadora llamada Locusta, una arpía de origen galo tan hábil en su oficio que tenía como clientel a toda la alta sociedad romana, la cual veía en ella a una experta aliada para eliminar cuñados, parientes o enemigos non gratos. No obstante, temerosa de que el veneno fuese fulminante y quedase delatada, encargó a la tal Locusta que le preparara alguna porquería de acción más retardada para tener tiempo de echarle el muerto a cualquiera o incluso achacar el deceso a causas naturales. Locusta le preparó un tósigo adecuado, el cual le envió hasta con instrucciones para su uso correcto. Pero tras el atracón de setas- que algunos autores sugieren que fueron amanitas phaloides lo cual es absurdo ya que, tras su ingesta, pueden pasar entre 6 y 24 horas antes de que se noten los primeros efectos-, al memo de Claudio le sobrevino una cagalera atroz y empezó a sentirse mejor. Agripina, muy acojonada, recurrió al médico que, además de ser su confidente, era el galeno personal del césar, un sujeto llamado llamado Jenofonte el cual, en un alarde de ingenio, con la misma excusa de aliviarle el estómago hizo como si le provocase el vómito con una pluma, como era habitual en los saraos romanos para poder seguir tragando y bebiendo como fieras para darse un atracón tras otro. Pero la pluma iba untada de un veneno que actuaba de forma instantánea, aliñándolo allí mismo. Otra teoría afirma que el remate lo llevó a cabo dándole unas gachas igualmente emponzoñadas, las cuales le administró con la misma excusa de asentarle el estómago. 

Británico en brazos de su
madre, la nefanda  Valeria Mesalina
Tras comprobar que Claudio ya se había reunido con sus dioses manes, Agripina no dijo ni pío hasta asegurarse las lealtades necesarias para que Nerón fuese el nuevo césar en vez de Británico, que apenas tenía trece años en aquel momento. Naturalmente, hizo su papel de viuda inconsolable llorando a moco tendido y haciéndole muchos mimitos al apesadumbrado Británico, que no podría ni imaginar la que se le venía encima. Así mismo, mandó organizar a su extinto marido unos funerales por todo lo alto y hasta lo divinizaron y todo, pasando a engrosar el multitudinario Panteón romano. Sin embargo, algunos autores sugieren que la muerte de Claudio pudo deberse perfectamente a causas naturales. El día de su deceso era un hombre de 64 años que había abusado enormemente durante toda su vida de la bebida y la comida, y no sería raro pues que le diera un chungo en forma de apoplejía, infarto o cualquier cosa de esas repentinas que te mandan al otro barrio antes de decir ni mú. Pero estando de por medio la dichosa Agripina, dudo que se muriera sin ayuda de nadie, la verdad. En cualquier caso, la opinión generalizada fue, como hemos visto, que su querida sobrina y esposa fue la artífice de su deceso, y cuando el río suena agua lleva.

Servio Sulpicio Galba. Ya hablaremos
de él un día de estos.
En cuanto a los sospechosos del magnicidio, estos corrieron distintas suertes. Agripina ya sabemos como acabó, así que no vamos a repetirlo. El eunuco Holato no vio caer sobre sí sombra de sospecha ya que siguió gozando de puestos de categoría durante el reinado de Nerón, así como de su sucesor Servio Sulpicio Galba. Locusta, que por cierto también preparó el veneno con el que Nerón se quitó de encima a su hermanastro Británico, fue condenada por Galba tras ser acusada de cometer la friolera de 400 asesinatos. Según Apuleyo, su ejecución fue al parecer un tanto surrealista ya que antes de ser echada a los leones fue violada por una jirafa adiestrada para tal fin. Desconozco el tamaño del miembro viril de una jirafa pero, la verdad, se me antoja complicado ese acto de bestialismo. En cuanto al médico, Gaio Stertinio Jenofonte, murió poco después sin que se sepan las causas si bien, al tener la misma edad que Claudio, pudo morirse sin necesidad de ayuda. O quizás se convirtió en un testigo molesto para Agripina, quien sabe...

Grabado decimonónico que muestra una reconstrucción de
la tumba de Augusto, donde fueron depositadas las cenizas
de Druso. Puede que las de Claudio también fueran a parar
en dicho mausoleo.
En fin, así de mal acabó el controvertido Clau-Clau-Claudio, lo cual era por cierto la tónica general entre los emperadores romanos ya que, entre ellos, lo raro era morirse por causas naturales. Añadir solo que, como solía ser habitual entre los supersticiosos romanos, se señalaron varios prodigios  y presagios que tuvieron lugar en los días previos a su muerte, siendo los más relevantes el que un rayo cayera sobre la tumba de su padre Druso y el avistamiento de un cometa. Y no, no fue el Halley. Lo he mirado solo por curiosidad y éste no pasó hasta doce años más tarde de su muerte, en el 66, así que sería otro.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho

Las cosas como son: ¿quién se resistiría aunque sea la misma Agripina quién ofrezca el plato?

viernes, 25 de enero de 2013

Los pretorianos




Hay términos que, a lo largo de la historia, hacen fortuna y acaban aplicándose por sistema a cosas con las que se pretende asemejarlos. Uno de ellos es precisamente éste, pretorianos, que casi siempre por desconocimiento  se asocia a regímenes tiránicos ya que en el imaginario popular están unidos a los emperadores más degenerados y como fríos ejecutores de sus matanzas. Hasta hay libros dedicados a las SS alemanas en los que se asocia al siniestro cuerpo negro con estos guardias palaciegos. Y el cine, como siempre, también ha puesto su granito de arena para causar esta confusión. ¿Quién no recuerda al malvado Tigelino de QVO VADIS, con su anacrónica perilla y haciéndole la pelota a todas horas a Nerón? Pero, en realidad, los guardias pretorianos lograron convertirse por sí mismos en una fuerza determinante en cuestiones políticas y, más que ser cómplices del capricho y las arbitrariedades de determinados emperadores, fueron en muchos casos los causantes y protagonistas de multitud de vicisitudes que influyeron en el curso de la historia, incluyendo el asesinato de no pocos césares.

Octavio Augusto
Sin embargo, el origen de esta unidad no fue la de guardia personal de los emperadores. Al parecer, fue a lo largo del siglo I a.C. cuando se crearon grupos de guardias seleccionados entre los componentes del ejército para proteger a los PRÆTORES, de donde tomaron el nombre. En los difíciles años en que Roma se vio sumida en guerras civiles, no era precisamente una insensatez rodearse de una guardia de hombres fieles. Con todo, fue Augusto el que decidió que ese tipo de unidad era bastante aconsejable de potenciar y mantener para vigilar su palacio y disponer en la ciudad de una fuerza militar selecta para casos de necesidad. Recordemos que, ya desde tiempos de la República, la presencia de tropas armadas dentro del núcleo urbano estaba terminantemente prohibida. 


Constantino


Así pues, los pretorianos formaron parte de la historia de Roma variando el número de cohortes en servicio dependiendo del emperador de turno hasta que Constantino los disolvió en el año 312 tras la batalla junto al puente del río Milvio, en la que derrotó a Majencio y sus pretorianos tras tener una visión celestial que le dijo aquello de IN HOC SIGNO VINCES (Con éste signo vencerás, lo que hizo convertirse al cristianismo al emperador, como todos ya sabrán). Tras su victoria acabó con la controvertida y selecta unidad y mandó derribar la muralla oeste del CASTRA PRÆTORIA, un descomunal campamento amurallado ubicado al nordeste de la población, junto al Campo de Marte.





RECLUTAMIENTO


CASTRA PRÆTORIA
Servir en una cohorte pretoriana era especialmente atractivo ya que, aparte de tener mejor paga que un legionario, no se veían obligados a tener que largarse de Roma durante años o, posiblemente, de por vida. Por otro lado, lógicamente, era mucho más apetecible hacer guardias en palacio a verle la jeta pintada de azul a un britano cabreado que estaba deseoso de rebanar pescuezos romanos. Para acceder a la guardia pretoriana era preciso cumplir los mismos requisitos físicos que para ingresar en el ejército (véase la entrada sobre el reclutamiento), firmando un compromiso de 16 años y con un STIPENDIVM de 720 denarios anuales, o sea, más del triple de lo que ganaba un legionario. Aparte de su paga estaban, como ya se comentó, las gratificaciones o DONATIVVM que les hacían algunos emperadores al llegar al poder para ganarse su fidelidad, o bien cuando las cosas se ponían un poco complicadas y había que aplacar los belicosos ánimos del personal. Por otro lado, la gratificación que recibían al cumplir sus años de servicio también era superior a la del ejército regular, alcanzando los 5.000 denarios contra los 3.000 de un legionario. 

Como ya se puede suponer, había bofetadas para ingresar en el cuerpo, y no sólo por hombres naturales de Roma, sino también de la Hispania, de Etruria, la Umbría, el Lacio, Macedonia, etc. Por lo tanto, era necesario ir muy bien recomendado o pertenecer a un estrato social alto. Una vez admitido pasaba a ser un PROBATVS y debía pasar por el mismo periodo de instrucción que en el ejército, tras lo cual era destinado a una cohorte y empezaba a desempeñar su oficio. 

EL EQUIPO MILITAR


SIGNIFER y CORNICEM pretorianos
Aunque se les suele representar con el yelmo ático y coraza musculada, como se ve en la foto de cabecera, parece ser que esto es más bien producto de una cuestión estética al estilo helenístico, dando así una imagen idealizada de estas tropas cuando se les representaba en monumentos y demás. En realidad, su equipamiento era el mismo que el del ejército, usando el mismo tipo de yelmos, lorigas, etc. que los legionarios. En lo único que se diferenciaban de éstos era en que los SIFNIFERI (abanderados) y los CORNICINES (cornetas) llevaban sobre el yelmo una cabeza de león en vez de las de oso o de lobo habituales en las legiones. Por otro lado, cuando escoltaban al emperador en el interior de la urbe iban vestidos de paisano con la habitual TOGA ALBA, portando una espada discretamente oculta bajo la toga. 



EL SERVICIO

OPTIO y pretoriano
Las perspectivas de ascenso iban en función de los méritos y las influencias de cada cual. A lo primero que podía llegar era a INMVNE, cargo que se lograba tras unos pocos años de servicio. Ser INMVNE implicaba ejercer trabajos de tipo administrativo, olvidándose así de las pesadas guardias y las escoltas. A continuación estaban los grados que podríamos comparar con el de los actuales suboficiales, y cuyo STIPENDIVM era el doble: OPTIO, el ayudante del centurión, TESSERARIVS, el encargado de recibir la contraseña, la cual era dada personalmente por el mismo emperador, SIGNIFER, o PRINCIPALIS. Éstos últimos recibían al término de su compromiso el rango de EVOCATI AVGVSTI, lo que les permitía dos opciones: una, pasar a formar parte del funcionariado civil, desempeñando cargos administrativos en la ciudad. Y la otra, ascender a centurión y ser trasladado a una legión del ejército regular. Como podemos ver, las salidas laborales de los pretorianos eran siempre mucho más jugosas que los miembros de las legiones, por lo que se comprenderá el interés del personal en formar parte de esta elitista unidad.

Insignia de la guardia pretoriana.
El escorpión lo tomaron como
emblema por ser el signo del
zodiaco de Tiberio
Otros, obviamente con muchísima más influencia que el resto, lograban ascender a centurión dentro del mismo cuerpo. Pero el sueño dorado de cualquiera era lograr la prefectura, cargo éste que, además de estar reservado para los hombres más influyentes y con más apoyos de tipo político, era optativo sólo para los EQVITES. Como es lógico, ser el prefecto del pretorio era algo que quedaba reservado para los estamentos superiores, que no era plan de poner a un bárbaro a desempeñar semejante cargo. Sirva como ejemplo Lucio Ælio Sejano que, nombrado por Tiberio, se convirtió prácticamente en el mandamás de Roma cuando el emperador se largó a Capri a bañarse en su piscina con críos a su alrededor. Eso sí, Sejano se pasó siete pueblos y acabó fatal. 



DIPLOMA
Como colofón a éste breve resumen, ya que para ahondar en el tema habría que hablar de las distribución de la guardia pretoriana a lo largo de los mandatos de cada emperador, comentar que a la lista de privilegios que tenían habría que añadir el que, cuando se retiraban, se les entregaba un DIPLOMA, documento comparable a la cartilla militar que te daban al licenciarte, y que consistía en dos láminas de bronce. En dicho DIPLOMA, aparte de la consideración de licenciado, se concedía al poseedor la legalización del matrimonio con su pareja, así como el reconocimiento de los hijos habidos con ella. Recordemos que a los legionarios les estaba vedado casarse, pero los pretorianos, aunque vivían en su campamento, tenían permitido de forma tácita tener familia ya que, además, habitaban en la misma Roma. 

Bueno, ya está.

Hale, he dicho