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lunes, 17 de abril de 2023

CINE "HISTÓRICO": MEDIEVAL

 

Hacía ya algún tiempo que no disponía de material para elaborar un articulillo sobre cine histórico a ver si, de una puñetera vez, encuentro alguna película que sea histórica de verdad. Tras el monumental desengaño de "Sin novedad en el frente", cuya pésima calidad ha quedado patente al recibir nada menos que cuatro premios Oscar incluido el de "Mejor película extranjera" (¿cómo serían las demás aspirantes?) y candidata a varios más, como el de "Mejor guion adaptado" (un momento, que me da la risa floja... 😂😂😂) de lo que se deduce que el guionista no leyó la novela y se limitó a buscar los personajes en la Wikipedia esa, me he encontrado con esta producción checa que, a la vista de su elenco, parecía prometer. Además, siempre he pensado que el cine europeo se ha visto por lo general más libre de los estereotipos y chorradas de obligado cumplimiento entre los yankees, así que decidí dedicarle un articulillo. En fin, veamos...

Se trata de una película dirigida en 2022 por un tal Pter Jákl, al que no tengo el gusto de conocer. Con un presupuesto de algo más de 20 millones de pavos, es por lo visto la más cara del cine checo hasta la fecha. Algo así como nuestra eximia "Oro", a la que dedicamos un articulillo para comprobar que, como es habitual, tiraron el dinero haciendo un zurullo monumental que pasó con más pena que gloria. La película pretende mostrar los comienzos belicosos de Jan Žižka, un probo héroe nacional bohemio perteneciente a la baja nobleza, fiel seguidor de Jan Huss e inventor del uso táctico de los famosos carros husitas que le permitieron ganar mogollón de batallas a los cruzados y teutones que pretendieron convencerlos de que ser un hereje estaba muy feo. La vida de este hombre, al menos hasta  que cumplió los 40 tacos, es más bien un misterio misterioso porque apenas hay rastro de sus hechos, por lo que imagino que sus primeras décadas en el planeta las dedicó a llevar una vida todo lo apacible que permitían aquellos turbulentos tiempos. 

Una de las muchas estatuas dedicadas a Žižka a lo largo y
ancho de la actual República Checa
Žižka nació hacia 1360, y no fue hasta ya iniciado el siglo XV cuando empezó a dar guerra, nunca mejor dicho. Por lo tanto, tendría unos cuarenta y pocos años en la época en la que se sitúa la acción de la película, edad que casa más o menos con la del actor que lo representa, Ben Foster. Sin embargo, antes de empezar ya nos advierten de que está "basada en hechos reales", frase comodín que permite a guionistas y directores echar mano a un personaje real para hacerlo protagonista de una historia más ficticia que verídica. Uséase, empezamos mal...

La acción tiene inicio en Italia, en 1402. Una voz en off nos informa de que el emperador del Sacro Imperio Carlos IV ha palmado (palmó 24 años antes, en 1378, pero bueno, como está basada en hechos reales...), y que por ello reina el caos. Su hijo Wenceslao, rey de Bohemia, tiene que ir a Roma a ser coronado emperador, pero en ese momento hay dos papas, el romano y el de Aviñón. Por otro lado, para caotizar más el caótico estado del estado, "lord" Rosenberg (sí, "lord", en Bohemia), que en realidad es Jindřich Rožmberka o, para entendernos, Enrique III de Rosenberg, burgrave mayor del reino, pone las peras a cuarto al aspirante a emperador, el en ese momento monarca de Bohemia Wenceslao de Luxemburgo. Sin embargo, las licencias cinematográficas permiten que el Rosenberg siga activo en esa época cuando, en realidad, ya se había retirado de sus movidas y politiqueos en 1402. Ciertamente, la cosa estaba complicadilla por aquel entonces. Tanto, que el hermano del monarca, Segismundo, a la sazón rey de Croacia y Hungría, aparece apoyando a su hermano para que pueda llegar a Roma para ser coronado emperador, cuando en realidad lo había mantenido preso hasta 1403. Parece ser que hicieron las paces, aunque luego se ve que es de mentirijillas y que es un alevoso de tomo y lomo. Por cierto que, en este caso, Rosenberg no miente cuando dice que Wenceslao y Segismundo son medio hermanos. El primero era hijo de Ana Swidnika, tercera mujer de Carlos IV, y el segundo, de Isabel de Pomerania, la cuarta cónyuge imperial. Tuvo en total cuatro mujeres, por lo que hubo un intento de declararlo héroe nacional, pero el hembrismo rampante lo hizo imposible alegando que, en realidad, era un machista franquista heteropatriarcal y blablabla... Bueno, este es más o menos el contexto en el que se desarrolla la película. Ciertamente, la historia medieval de Europa Oriental es bastante desconocida por los de Europa Occidental, y debo decirles que merece la pena estudiarla, aunque sea por encima.

Bien, a lo que vamos... Apenas tardan dos minutos en endilgarnos la primera coz que vulnera el mínimo de rigor histórico exigible. Una cosa es "inspirada en hechos reales" y otra no tener ni idea de nada. Vean:


Mogollón de atribulados villanos se agrupan en una iglesia para rogar a Nuestro Señor que dejen de hacerles la puñeta, pero el director artístico olvidó quitar los bancos, porque en las iglesias medievales nadie se sentaba. El espacio permanecía totalmente despejado, y el personal o se arrodillaba o permanecía en pie. Pero hay más gazapos. Vean las cabezas de algunas mujeres, que aparecen descubiertas. Hasta hace pocas décadas, las mujeres debían acceder a los templos con la cabeza pudorosamente cubierta, aunque fuese por un mínimo velo. Para más recochineo, vemos hombres cubiertos. En fin, cabe suponer que en la Bohemia medieval regían otras normas. Y, por último, vemos que los atribulados villanos escuchan devotamente al cura que se vislumbra en el púlpito, al fondo a la izquierda. El director artístico tampoco sabría que el espacio entre el altar y el coro estaba reservado a la nobleza, ergo vedado a los atribulados villanos que, en realidad, ni siquiera veían al cura mientras oficiaba ya que se colocaban tras el coro o, si acaso, en las naves laterales si la iglesia las tenía. Para llevar dos minutos justos de película, la cosa promete.

En cualquier caso, se insiste especialmente en lo caótico del caos reinante en el reino y en que los probos villanos son puteados bonitamente por todo quisque. Para que nadie ponga en duda lo mal que estaba el patio, nos ofrecen una vista de pájaro desoladora:


Aldeas arrasadas, cadáveres por doquier y las humaredas habituales que no se sabe de qué incendio proceden, porque de una ciudad arrasada tiene un pase, pero esas fumarolas campestres como que no tienen mucho sentido. Pero, cuando apenas han pasado unos segundos tras el espectáculo eclesial, nos encontramos con el siguiente gazapillo:


En la imagen principal tenemos un time lapse de esos (¿por qué carajo no dirán "salto en el tiempo"?) , en el que aparece el cortejo de un personaje ficticio, un tal "lord" Boresh al que da vida un siempre convincente Michael Caine. Lo escolta una pequeña tropa liderada por Žižka, y se dirigen al castillo de Křivoklát, un edificio que, aunque originario del siglo XII, a lo largo del tiempo ha sufrido, como es habitual, mogollón de reformas. De hecho, el actual se parece muy poco al que existía hace 300 años, y más si consideramos que un incendio lo perjudicó bastante en 1826. En el detalle pueden ver una foto de principios de los 60 del pasado siglo que muestra cómo la torre principal está rodeada de andamios a causa de las obras llevadas a cabo para su reconstrucción... tardía. En Chequia hay mogollón de castillos con un aspecto más medieval, pero eligieron este no sé por qué. En todo caso, con este dato ya pueden darle la tarde a sus cuñados por si se animan a ver la peli, que creo que la distribuye Necflisss.

Antes de llegar al castillo, el cortejo de "lord" Boresh se cruza con más atribulados villanos que contemplan atemorizados la presencia de hombres de armas por si estos vienen a rematar a los pocos que quedan vivos. Y aquí, en el minuto 02:37, me llevo el primer sobresalto importante:


Díganme si son figuraciones mías, pero creo que no. ¿Qué carajo pinta ahí ese probo recogemuertos melanino? Porque su piel no concuerda con la de los bohemios del siglo XV, ¿verdad? ¿O es un inmigrante ilegal? Dudo que nadie emigrase a una Europa caótica, y menos para recoger carroña humana. En fin, soy benevolente y concedo el beneficio de la duda. Seguro que el probo recogemuertos melanino es un esclavo proveniente del imperio otomano, y aceptamos también a los pulpos como animales de compañía.

Apenas un minutillo más tarde y tras el caótico introito para ponernos en contexto, nos informan que la acción comienza en Italia (que no existía en aquella época), en 1402. La escena del castillo se supone que es la siguiente a la batallita que va a tener lugar, por lo que en vez de en carros y caballos debían viajar en un cohete para llegar tan pronto desde Italia (se supone que la del norte de la actual Italia, cerca del Tirol) a Bohemia, más concretamente a Praga. Y empiezan la sucesión de cagaditas majestuosas:


Ahí tenemos al protagonista, Jan Žižka, remojándose la jeta a pesar de que, por la indumentaria del personal, no parece que haga calorcillo. Y ya podemos comprobar que los expertos en indumentaria medieval brillan por su ausencia y han sido sustituidos por auténticos "expertos" que se dejan llevar por los estereotipos cinematográficos de siempre: las muñequeras que jamás se ven en una sola ilustración medieval, esos mitones que tampoco nadie ha visto jamás y, por supuesto, el cacho de armadura sujeto al hombro en plan gladiador romano. Curiosamente, algo similar a lo que vimos en "Oro". Solo tienen verosimilitud la brigantina y el brazal izquierdo, que en esa época formaba parte de las armaduras y consistía en una pieza de cuero hervido protegido por unas pletinas de hierro que impedían que un tajo diese con el brazo en el suelo.

Pero la cosa no queda ahí, no... Observen el careto del pseudo-Žižka. ¿Cuántos ojos tiene? Dos, dirán sus cuñados, dando por sentado que tener más daría repeluco aparte de ser bastante inusual. Pero, en este caso, la cosa es que en aquella época Žižka tenía ya solo uno. De hecho, cuando se desarrolla la acción, nuestro hombre llevaba ya unos 30 años tuerto, a pesar de lo cual no se supo hasta 1910 qué ojo era el averiado. Los escasos datos sobre su persona solo afirmaban que le faltaba un ojo, pero no decían cuál. Por ese motivo, en las representaciones gráficas de todas las épocas aparece indistintamente tuerto del derecho como del izquierdo. Sin embargo, en la fecha citada apareció en una cripta de la iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Časláv, una pequeña ciudad situada en Bohemia Central, la parte superior de un cráneo que, tras ser estudiado, se aceptó que pertenecía a Žižka. Al parecer, tras su muerte a causa de peste bubónica en octubre de 1424, su cadáver fue trasladado a esta ciudad, donde permaneció sin que nadie lo supiera hasta el hallazgo.

La calva de Čáslav
Tras realizarse un examen forense del cacho de cabeza y viendo que, en efecto, el arco superciliar mostraba restos de una lesión en vida, se consideró que no podía ser de otro que el de Žižka. La čáslavské kalvy (calva de Časláv) permitió comprobar que dicha lesión se produjo a una edad muy temprana, antes incluso de que el desarrollo físico del sujeto hubiese concluido. Se concretó que el percance lo sufrió entre los 10 y los 14 años, y que se debió a una herida producida con un arma blanca que, aparte de chingarle el ojo, le desplazó la órbita del mismo unos 3 mm. hacia abajo y le desvió la nariz hacia el lado izquierdo de la cara. Por lo demás, la vida "activa" de Žižka empezó un poco más tarde, hacia 1407, cuando se enroló en la pequeña mesnada de un tal Matěj vůdce (Mateo el líder), que no era sino una banda de forajidos o algo así, motivado por sus escasos medios económicos de hidalgo venido a menos. Anteriormente, lo que se sabe de él es poca cosa, limitándose a algunas referencias en documentos de propiedad y su matrimonio con una tal Kateřina, con la que debió casarse hacia 1384. Bueno, el que quiera saber más sobre la vida y obras de este fulano, pues que rebusque y se ilustre. Aquí nos limitaremos a señalar los gazapos peliculeros, que no son pocos. Prosigamos.

Tras una breve pero sangrienta batallita inicial, de esas tan de moda donde se hace un gran despliegue de violencia y de sangre salpicando a la lente de la cámara, podemos admirar la fidelidad histórica de la indumentaria de sus alegres y feroces homicidas. Véase:


Más de lo mismo. Arriba tenemos al fiero energúmeno cascarrabias que siempre empuña un arma descomunal, en este caso un berdiche, y que va vestido con una especie de casaca sin mangas forrada de chapitas. Y, por supuesto, con unas muñequeras molonas que siempre son bien recibidas. Debajo tenemos a otro, este sin chapitas ni leches pero, como no podía ser menos, con las sempiternas muñequeras ajustadas a sus poderosos antebrazos con unas correítas. Es algo que me supera. Hay miles de testimonios gráficos de la época para saber con toda exactitud cómo vestían los BELLATORES de la Europa toda, hay infinidad de grupos de probos ciudadanos recreacionistas que se entregan en cuerpo y alma a conocer con el más mínimo detalle hasta el color de los gayumbos medievales, pero los diseñadores de vestuario cinematográficos siguen en la inopia con los mismos cánones de hace décadas y no los mueven ni un milímetro. Conclusión: no saben un carajo de nada.

Otra perpetración histórica la tenemos en la persona de "lady" Katherin. Es esa gentil señorita aupada a horcajadas en un penco con pinta de moribundo. Supongo que no tuvieron tiempo de caer en la cuenta de que las mujeres montaban a la amazona, y por lo general en mulas, más mansas y dóciles que los caballos.


Esta "lady" Katherin, pseudo-hija del rey de Francia, es la prometida de Rosenberg, que es el fulano que vemos junto a ella. Sin embargo, la única hija llamada Catalina de la abundosa prole de Carlos VI, el rey de Francia por aquel entonces, había nacido en 1402, y fue emparentada en 1420 con Enrique V de Inglaterra. En todo caso, como la peli está basada en la realidad, cuando ve que su pseudo-prometido Rosenberg es peor que un cuñado y tiene las de Caín, pues se enamora de 
Žižka, pero el cruel destino les impide culminar sus amoríos porque ella palma tras arrojarse a un río y darse una severa costalada en un risco antes de llegar al agua. Žižka la rescata, pero debió quedarse bastante perjudicada porque muere en sus brazos. En fin, un pseudo-idilio similar al de Isabel de Francia con William Wallace en "Braveheart". Poner en las pelis un amor imposible siempre hace derramar alguna lagrimilla al personal, y eso motiva mucho. En todo caso, ya hemos dicho que Žižka estaba casado con una tal Kateřina, de la que imagino habrán sacado el personaje ficticio. Rosenberg tuvo en realidad dos cónyuges, Barbora de Schaunberg y Eliška de Kravař, y pasó a mejor vida apenas diez años después de la época en que transcurre la trama. Por cierto, el tipo que aparece a la izquierda lleva en su cota de armas el blasón de los Rosenberg, una rosa roja en campo de plata. Aquí, al menos, se han preocupado de bichear en San Google.

En fin, había transcurrido apenas un cuarto de hora desde que comenzó la película y ya sentía como severos sarpullidos me empezaban a provocar una irritante picazón. Pero todo lo visto, incluyendo al pseudo-otomano o lo que fuera, se quedaba en nada ante esto:


Sí, más melaninos, y uno de ellos con un corte de pelo extremadamente exótico, como una especie de punky medieval. Según comenta el malvado Rosenberg, se trata de "reclutadores" del rey Segismundo, que contrata personal a la fuerza para nutrir la escolta que deberá proteger a su hermano Wenceslao cuando pueda partir hacia Roma. Y digo yo, ¿quién se sentiría seguro con una escolta formada por atribulados villanos obligados a servir como guardias? En fin, esto me superó. 

¿Se puede tachar a alguien de racista solo por caracterizarse de
una determinada raza? Cansa ya tanto ofendidito...
La obsesión por meter ciudadanos de otras razas en contextos donde no pintan absolutamente nada, obligados por la abyecta corrección política que nos tiraniza a diario, es más de lo que puedo soportar. Eso sí, nadie exige ni protesta porque en una peli ambientada en el Egipto faraónico no aparezcan ciudadanos rubios de ojos azules, pero ahora te meten un negro hasta en la sopa. Me expliquen: ¿qué leches pinta un negro en la Bohemia del siglo XV? De verdad, esto ya pasa de castaño oscuro. Ponen a Denzel Washington haciendo de MacBeth y nadie dice ni pío, pero a un profesor de literatura yankee lo pusieron de patitas en la calle por proyectar durante una clase el "Otelo" que filmó Laurence Olivier en 1965 y donde, por razones obvias, se maquilló para darle a su jeta el aspecto de un negro porque el "moro Otelo" era un probo melanino subsahariano, antes negro a secas. Los orcos de la nueva secta lo tacharon de racista, fascista y xenófobo de inmediato, y no pararon hasta que lograron que lo echaran. Y menos mal que pararon ahí y no les dio por exhumar los restos del eximio actor y esparcirlos o echarlos a los perros. Por cierto, Orson Welles también hizo de Otelo en una cinta anterior, rodada en 1951, y también se caracterizó como "moro", pero en esta se notaba menos porque se rodó en blanco y negro.

En fin, ahí lo dejé. Siento no poder continuar, pero me negué en redondo a auto-inmolarme con el visionado de este bodrio de dos horas que, según las críticas, tiene un guion más inconsistente que una ameba con diarrea. Solo añado una fotillo más, de una secuencia que pillé poco antes del final para ver los créditos y tomar nota de los perpetradores del cagarro. En la misma podemos ver un vozová hradba, literalmente "muro de vagones", los famosos carros husitas de los que ya hablamos en su día y que tanto éxito tuvieron. 


Y ahora, los irredentos de turno se rasgarán las vestiduras y me pondrán a caldo por ser tan mijitas y no pasar la más mínima licencia pero, como siempre afirmo, el cine debe ser una herramienta para cultivar a la gente, no para desinformar, y se puede cultivar sin tener que destrozar la historia y más cuando, como en este caso, no hace falta destriparla porque ya fue de por sí apasionante. Mucha gente, más de la necesaria, toman como artículo de fe todo lo que ven en una pantalla, y si su ignorancia no les permite distinguir lo falso de lo verdadero, jurarán por sus muelas que en Bohemia había negros en el siglo XV o que Žižka perdió el ojo pasados los cuarenta. Que sí, que hablamos de un producto de divertimento, pero entonces que no digan "basado en hechos reales", sino "historia inventada de cabo a rabo usando personajes reales", y así pierden también la oportunidad de hacer una película que ilustre al personal, que falta le hace.

En fin, criaturas, se siente, pero si 15 minutos me han dado para rellenar esta filípica, imaginen lo que serán ocho veces 15 minutos. Como para vaporizarle el cerebro a un escarabajo, vaya. 

Bueno, s'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

Captura tomada de San Google donde vemos a Žižka dándose estopa con el malo maloso. Observen que, además de una maza barrada, empuña una daga de detener, una rompe-espadas como las que mostramos en su día, cuando se habló de la Verdadera Destreza inventada en España un par de siglos más tarde. Tras él, una belicosa "lady" Katherin empuñando un puñal no sé con qué aviesas intenciones. Y, por cierto, ni Žižka, ni ninguno de los miembros de su alegre banda de homicidas, ni, en resumen, ningún personaje masculino del bodrio usan calzas. Todos llevan unos pantalones de cuero molones que aún estaban por inventar. Y luego me preguntan que, si me gusta tanto el cine, por qué no piso ni uno hace más de veinticinco años



martes, 29 de noviembre de 2022

JOHANN REICHHART, EL VERDUGO POLIVALENTE

Ciertamente, las ideologías tóxicas manchan todo lo que tocan. Por ejemplo, cuando se habla del ejército alemán de la 2ª Guerra Mundial el cuñado de turno suelta la perla de "el ejército nazi", como si todos sus componentes fueran fervientes seguidores del ciudadano Adolf. Lo mismo ocurre con nuestro probo ejecutor protagonista de este articulillo por lo que, cuando sale a relucir, de inmediato se le considera como un eficiente verdugo nazi. Sin embargo, Reichhart ya ejercía su siniestro oficio cuando el ciudadano Adolf no era más que un ex-combatiente que bicheaba en los tugurios tedescos en busca de elementos subversivos, y el NSDAP no era más que el DAP a secas dirigido por Anton Drexler, e incluso lo siguió ejerciendo cuando el ciudadano Adolf se había convertido en un torrezno carbonizado a medias y su Reich de los Mil Años ya era historia. De hecho, nuestro hombre tenía la mentalidad propia de un funcionario que da por sentado que su oficio es absolutamente necesario para mantener el orden social y culminar los procesos judiciales. No era un sádico que se regodeaba ejecutando reos y, de hecho, durante toda su carrera y tras su jubilación padeció numerosas depresiones precisamente porque la conciencia le pesaría más que un elefante bien criado. Reichhart, al igual que sus colegas foráneos Pierrepoint o Deibler, no se veía a sí mismo como un homicida a secas, sino como el último eslabón de la justicia, que era la que había puesto al reo en sus manos. Él no lo mataba por placer ni porque le diera la gana, sino porque un juez así lo había decidido. Por lo tanto, no se consideraba responsable de la muerte del condenado, sino un mero brazo ejecutor del estado. Otra cosa es el motivo que lleve a alguien a sacar la carrera verduguil, y más de uno dirá que, como nadie les obligó a ejercer semejante oficio, pues eran unos malvados intrínsecos. Lo que no piensan a la hora de juzgarlos es el contexto social, familiar o económico que les tocó vivir y, como es habitual hoy día, lo ven todo bajo el prisma de nuestra época y no de hace 100 años, cuando estos hombres decidieron convertirse en "ejecutores de sentencias", como se intitulaba nuestro verdugo patrio Bernardo Sánchez Bascuñana, verdugo de la Audiencia de Sevilla desde 1949 hasta que palmó en 1972.

Guillotina Mannhardt modificada que se usó en
la prisión de Stadelheim, en Múnich. Como se
puede ver, carece de tablero basculante. La chapa
del bastidor se añadió para ocultar la cuchilla de
la vista del reo
Por lo tanto, debemos despojarnos de nuestros prejuicios y de la moralina que muchos sacan a relucir cuando se tratan estos temas y, antes de tachar a Reichhart como un nazi sanguinario, detenerse a indagar un poco sobre su trayectoria laboral y vital. Así, más de uno puede que se sorprenda cuando le diga que se preocupó de modificar su herramienta de trabajo para abreviar al máximo el momento supremo, de forma que el reo apenas tuviese tiempo de enterarse de nada. Para ello, suprimió la tabla basculante en la que se inmovilizaba al reo (véase el artículo sobre la Fallbeil), lo que conllevaba un tiempo que hacía la espera absolutamente terrorífica. Para agilizar el trance, en cuanto se descorría la cortina negra que ocultaba la máquina mientras se leía la sentencia y demás chorradas protocolarias, los dos ayudantes cogían en volandas al reo, lo tumbaban boca abajo y cerraba el cepo que le aprisionaba el cuello. En ese instante, Reichhart liberaba la cuchilla y se acabó lo que se daba. Cuando, con voz solemne, anunciaba que "la sentencia se ha cumplido", no habían transcurrido ni cinco segundos. Del mismo modo, incluso llegó a proponer la implantación de la horca anglosajona, lo que fue rechazado porque a los picatostes del ministerio de Justicia, que esos sí que eran nazis diplomados o lo disimulaban muy bien, les parecía un sistema menos humillante y compasivo para el reo. Por lo tanto, prefirieron mantener el método aparentemente brutal de colgarlo de un gancho como si se tratara de una res en el matadero. Para los que desconozcan esta forma de ejecución, quizás convenga abrir un paréntesis y detallarla.

Fotograma de la cinta "13 minutos para matar a Hitler" (2015), donde
nos muestran con crudo realismo la ejecución del ex SS-Gruppenführer
Arthur Nebe en la cárcel de Plötzensee el 21 de marzo de 1945 por su
implicación en el atentado contra el ciudadano Adolf el 20 de julio
del año anterior 
Los ahorcamientos llevados a cabo en las cárceles tedescas eran burdos, primitivos, aún más siniestros que los que se realizaban en la isla mohosa de Albión (Dios maldiga a Nelson), en sus antiguas colonias de ultramar o cualquier otro país donde se tuviera la horca como sistema penal. De hecho, ni siquiera se usaba un patíbulo, y la ejecución tenía lugar en una sala vacía en la que se habían dispuesto uno o varios ganchos similares a los de los mataderos. El reo era llevado a dicha sala y, sin más historias, era aupado por el ayudante del verdugo, en estos casos seleccionados entre homicidas especialmente forzudos. Entonces, el verdugo, que esperaba en una pequeña escalera, ponía en el cuello del sujeto un dogal hecho con una cuerda de piano o un cable de acero, tras lo cual el forzudo soltaba al reo. En teoría, al no haber caída y, por ende, dislocamiento de cervicales, el sujeto palmaba a causa de un estrangulamiento que se prolongaría lo suficiente como para causar una muerte terriblemente agónica. 

Secuencia de la película anterior en el que vemos al médico
comprobando que Nebe ya ha causado baja definitiva
Pero, en realidad, la tremenda presión ejercida en el cuello por el dogal cortaba de inmediato la circulación sanguínea al cerebro, haciendo que el reo quedase inconsciente casi al instante y muriendo por anoxia en tres o cuatro minutos en los que, obviamente, no se daría cuenta de nada. Así pues, la "horca nazi" no era más cruel en sí misma, sino más humillante. El reo quedaba colgado como una longaniza mientras los asistentes esperaban un tiempo prudencial hasta que el médico presente certificaba que el músculo cardíaco del desdichado se había gripado definitivamente. A continuación era descolgado y enviado a la facultad de medicina para ser objeto de estudio. Sí, en la Alemania del ciudadano Adolf los reos de muerte eran por ley enviados para satisfacer la demanda de cuerpos con los que los estudiantes de medicina aprendían los entresijos del organismo, y solo si la familia lo solicitaba se les entregaba el cuerpo. Los reos de traición y los enemigos del estado solo podían ser retirados previa autorización de la Gestapo.

Bien, creo que tras este introito habrá quedado claro que Reichhart no tenía más vinculación con el nazismo que el hecho de haberse afiliado al partido en 1937, como hicieron mogollón de funcionarios por la cuenta que les traía. Al cabo, y nos guste o no, el ciudadano Adolf era el canciller legalmente establecido, y todo aquel que currase para el estado tenía que ceñirse a lo que el estado disponía porque no era plan de verse puesto en entredicho en una época y un país donde eso podía costarle a uno serios disgustos. Y dicho esto, vamos al grano...

Hasta la introducción de la guillotina, los útiles para decapitar en
los estados germanos eran el hacha y, sobre todo, la espada. Como
vemos en el grabado, el reo se iba de este mundo cómodamente
Johann Baptist Reichhart aterrizó en este atribulado mundo el 29 de abril de 1893 en Wichenbach, una pequeña aldea situada entre Wörth an der Donau y Tiefenthal, en Baviera, a orillas del Danubio. Sí, uno de esos parajes que te dejan embobado y que tanto salen en las edulcoradas pelis de Sissi. Desde el siglo XVIII, su familia venía ejerciendo de Scharfrichter, que en cristiano significa verdugo. Como complemento a su oficio, ya que cobraban por ejecución consumada e igual ganaban un pastizal al año que no veían un duro, compaginaban dicho oficio con el de Wasenmeister (literalmente, maestro de los prados), un trabajo cuyo cometido era eliminar las reses muertas en las granjas, así como los bichos que aparecían en los caminos y ciudades para impedir la propagación de enfermedades. El Wasenmeister se los llevaba para enterrarlos o incinerarlos ya que su carne no se consideraba apta para el consumo humano, pero no sin antes aprovechar todo lo aprovechable del animal, desde la piel a la grasa para fabricar jabón o el pelo para fabricar fieltro. Al ser ambos unos oficios tenidos por degradantes, los verdugos y su complemento laboral solían ser trabajos muy endogámicos que pasaban de padres a hijos, e incluso se matrimoniaban entre personas con cierto parentesco porque el personal no quería relacionarse con esta gente tan siniestrilla.

El tío Franz (a la izquierda) cuando eran ayudante del verdugo
oficial de Baviera, Joseph Kisslinger, en la cárcel de Würzburg
Cuando Johann nació, su tío Franz Xaber ya ejercía como Nachrichtergehilfe (ayudante del verdugo) del Reino de Baviera. Era un personaje curioso el tío Franz... Con jeta de tedesco bonachón y orondo, era un ciudadano sumamente piadoso y con una profunda fe hasta el extremo de que, cuando palmó en 1934, legó todo su patrimonio a la Iglesia y costeó la construcción de la pequeña capilla ubicada en un paraje llamado Monte de los Olivos, en Falkenstein. Más aún, era tan pío que, después de una ejecución, encendía una vela por el difunto y pagaba de su bolsillo una misa para que el infierno le fuera razonablemente soportable. El tío Franz, que ejerció como verdugo entre 1894 y 1924, con 73 tacos a cuestas y 58 cabezas cortadas decidió que era hora de dar de mano y retirarse, no sin antes ofrecerle el puesto a su sobrino Michael, el hermano mayor de Johann. Pero a Michael no le iba eso de descabezar ciudadanos por muy malas personas que fuesen, así que la oferta recayó en el joven Johann que, con 31 años, estaba ansioso por alcanzar una estabilidad familiar y económica. Tras haber servido como soldado raso durante la Gran Guerra y haber vuelto a casa entero e ileso, se buscó la vida como hostelero, vendedor ambulante de libros e incluso como profesor de baile. Sin embargo, la crítica situación en que había quedado Alemania tras la guerra no le permitió tener éxito en ninguno de los proyectos emprendidos, por lo que prefería asegurarse el futuro con un trabajo fijo.

Reichhart en sus inicios, vistiendo la indumentaria exigida a los
verdugos: chistera, levita y corbata de pajarita. Un ejecutor debía
vestir acorde a la tenebrosa solemnidad del momento
Así pues, por recomendación del tío Franz, nuestro hombre firmó su contrato verduguil con el 1er. fiscal del Tribunal Regional de Múnich I el 27 de marzo de 1924, no sin antes aprender todo lo aprendible acerca de su nuevo trabajo, practicando incluso con cadáveres. Apenas cuatro meses más tarde, el 24 de julio siguiente, Reichhart se estrenó como verdugo en la cárcel del distrito de Landshut descabezando a Rupert Fischer, un malvado parricida que se había cargado a la parienta en un avenate, seguido de Andreas Hutterer, su cómplice. En aquella época, los verdugos aún no tenían un salario fijo, sino solo un estipendio por ejecución que ascendía a 150 marcos más otros 10 al día en concepto de dietas más el transporte. Por otro lado, en toda Baviera había una sola máquina, la misma Mannhardt empleada por el tío Franz y que permanecía en la cárcel muniquesa de Stadelheim, por lo que cuando sus servicios eran requeridos en otra ciudad había que transportarla desmontada en ferrocarril. 

Guillotina Mannhardt. Obsérvese la
fijación de la cuchilla a la máquina
La máquina, cuidadosamente embalada en sólidas cajas de madera, era inspeccionada a fondo antes de partir, y se comprobaba que no faltase ni un tornillo. Junto a las piezas viajaba un juego de cuchillas que eran seleccionadas por el verdugo cuando veía la constitución del reo. Al parecer, Reichhart era especialmente intuitivo en ese aspecto, y siempre supo elegir la cuchilla más adecuada, la cual había que cambiar en caso de tener que ejecutar a más de un reo en el mismo día si bien esta operación no era nada complicada ya que la Mannhardt solo necesitaba aflojar cuatro tuercas para remover la cuchilla. Una vez en destino, se montaba la máquina y se comprobaba que funcionaba a la perfección. El debut de nuestro hombre salió a pedir de boca. No titubeó, no se acojonó, y sus ayudantes funcionaron como una máquina bien engrasada junto a la Mannhardt. Cuando la cabeza de Fischer cayó al recipiente, anunció que "la sentencia se ha cumplido" y todos contentos. El fiscal le dio varias palmaditas en el lomo y le auguró un gran porvenir. Y, ciertamente, parecía que por fin llegaba la seguridad económica y laboral que tanto anhelaba nuestro hombre, que veía cómo su país no salía del hoyo en el que había caído como consecuencia de la guerra y del nefasto Tratado de Versalles que los había empujado a la miseria más miserable.

Reichhart (a la derecha) en sus comienzos junto a sus
ayudantes y la Mannhardt de la prisión de Stadelheim.
Obsérvese al fondo la cortina negra que ocultaba la
máquina al reo hasta que llegaba el momento supremo
Los comienzos eran de lo más prometedores ya que en 1924 realizó siete ejecuciones, y nueve en 1925, pero a partir de ese año comenzaron a disminuir hasta el extremo de que en 1928 solo tuvo lugar una decapitación. El gobierno de la República de Weimar había decidido adoptar una política de benevolencia, supongo que para aliviar la enorme tensión social que se respiraba en Alemania. Obviamente, Reichhart vio sus ingresos reducidos prácticamente a cero, por lo que solicitó de las autoridades una remuneración que le permitiera al menos calentar el puchero. La última ejecución había tenido lugar el 20 de enero de aquel año, y para su sustento y el de su familia- su mujer y tres hijos- necesitaba un mínimo de entre 50 y 70 marcos semanales. El ministerio de Justicia comprendió el estado de penuria del verdugo estatal, así que le concedieron un pago especial de 500 marcos más la autorización para tener un oficio secundario que le permitiera ganarse la vida con un mínimo de dignidad. Así pues, decidió largarse a La Haya, en Holanda, donde montó una verdulería que comenzó a funcionar bastante bien, compaginando su vertiente comercial con viajes a su jurisdicción cada vez que era requerido para descabezar algún reo. Sin embargo, y a pesar de que mantenía su verdadero oficio en el más absoluto secreto, alguien se fue de la lengua y se supo quién era y a qué se dedicaba. Está de más decir que comprar hortalizas y frutas a un tendero que ejecutaba gente y, para colmo, era alemán, se hizo muy cuesta arriba a sus clientes. Reichhart pensaría que lo había mirado un tuerto, porque por mucho interés que ponía no había forma de lograr una posición estable. Así pues, a principios de 1933 decidió volver a Múnich para reiniciar por enésima vez su vida. No debía tenerlo fácil ya que tenía que alimentar cuatro bocas: la de la parienta y su prole, dos varones y una hembra llamados Heribert, Marianne y Hans, nacidos en 1922, 1925 y 1927 respectivamente.

Sin embargo, la mudanza coincidió con el ascenso al poder del ciudadano Adolf, y las cosas cambiaron radicalmente cuando, en junio de aquel mismo año, el estado le aseguraba unos ingresos anuales de 3.000 marcos, aparte del estipendio correspondiente por cada ejecución  consumada. Además, aunque nunca pudo alcanzar la condición de funcionario estatal, dejó de depender del estado bávaro para pasar a formar parte del personal del Ministerio de Justicia del Reich, que parecía dispuesto a aumentar de forma substanciosa los todeskandidaten que deberían pasar por las manos de nuestro hombre. El cambio de patrón le supuso además un aumento de 720 marcos a su salario, y su ámbito de trabajo se extendió a Sajonia.

Recreación de la cámara de ejecuciones de Stadelheim hacia 1943.
En este reino particular de Reichhart vemos la guillotina que permanecía
oculta tras la cortina negra de la imagen inferior. Una vez leída la
sentencia y cumplidos los trámites protocolarios, se descorría y el
reo era entregado al verdugo. Una vez consumada la ejecución, el
cuerpo era sacado por la puerta del fondo
Por otro lado, el perfeccionismo innato de Reichhardt y su escrupuloso sentido del deber causó muy buena impresión en sus nuevos jefes, que vieron en él un elemento de primera clase para desarrollar su política de represión contra los nuevos enemigos del estado. Esto hizo que, posteriormente, Reichhart fuera visto como un furibundo nazi cuando, en realidad, solo era un cumplidor obsesivo de su trabajo que no se preguntaba los motivos por los que cada reo había sido condenado, y le daban dos higas germánicas que fuera por asesinato, violación o, simplemente, por poner a caldo al ciudadano Adolf en plena calle. Él se consideraba un ejecutor de la justicia, y en aquel momento la justicia era la que dictaban los nazis. De hecho, sus antecedentes no eran precisamente los de un nacionalsocialista de primera generación ya que, durante la guerra, se sumó a la Liga Espartaquista, un movimiento revolucionario de ideología marxista que estuvo operativo entre 1914 y 1919. Así pues, nuestro hombre era en realidad un instrumento fiel y obediente que, de la misma forma que se puso al servicio de la República de Weimar, pues cuando cambiaron las tornas hizo lo propio con los nazis. En resumen, aunque no era un funcionario tenía la mentalidad de un funcionario que, para dar muestras de su entusiasmo y fidelidad, no dudó en apuntarse al NSDAP en mayo de 1937, posiblemente sin tener ni puñetera idea de qué iba la cosa. Reichhart solo tenía claro que los nazis le daban por fin trabajo en cantidad, y para él era lo único importante.

Tribunal Popular presidido por Freisler (en el centro). Este mismo
pájaro fue el que mandó a las horcas de Plötsensee a los implicados
en la Operación Walkiria, y a la guillotina de Stadelheim a los hermanos
Scholl y a Christoph Probst, ejecutados por Reichhart en febrero de 1943
El índice de condenas a muerte fue aumentando de forma notable por obra y gracia del Volksgerichtshof, el Tribunal Popular instaurado en 1934 que, además de juzgar delitos comunes, se hizo cargo de todo lo referente al derrotismo, subversión o para combatir a cualquier ideología que pudiera suponer un peligro para el estado nazi, especialmente los movimientos de izquierdas. Su más conocido miembro fue el furibundo Roland Freisler, que no dudaba en mandar a la muerte a jóvenes que apenas habían sobrepasado la mayoría de edad o, si hacía falta, a adolescentes. Un mal bicho era Freisler, ciertamente. En cuanto a Reichhart, el panorama se presentaba por fin de lo más alentador. El 25 de agosto de 1937, el Ministerio de Justicia del Reich reorganizó tanto el cuerpo de verdugos como su jurisdicción, creándose tres plazas de ejecutores y otros tantos territorios. Además, para facilitarles el trabajo se instalaron guillotinas en cada centro de ejecución, por lo que nuestro hombre pudo prescindir del Opel Blitz que, en un primer momento, le habían facilitado para que pudiera transportar su máquina de un lado a otro con más comodidad.

Ejecución en una Mannhardt. El proceso de inmovilización del reo
a la tabla basculante era tan angustioso para todos que, como ya se
ha dicho, Reichhart lo eliminó hacia 1939, colocando al sujeto
directamente sobre el banco
Así pues, el cuerpo de verdugos de Reich quedó constituido de la siguiente forma: Reichhart siguió ejerciendo en Baviera, con su "sede central" en Múnich, en la prisión de Stadelheim, además de las de Dresde y Weimar. A Ernst Reidel se le asignaron Plötzensee, Breslau y Königsberg, y a Friedrich Hehr, Hamburgo, Hannover, Colonia y Butzbach. Tras el Anschluss se agregaron Frankfurt y Viena a Reichhart. La prima por decapitación era de 40 marcos para los verdugos y de 30 para los ayudantes. En caso de tener que realizar varias ejecuciones en el mismo día se añadía un plus de 30 marcos por cabeza amputada y, caso de que tuvieran que desplazarse a más de 300 km. de su domicilio se añadían 60 marcos más. Está de más decir que se forraron por obra y gracia del afán decapitador del régimen, que hizo que Reichhart ganara solo en 1942 su salario anual más la friolera de 35.790 marcos extras por las 764 ejecuciones que llevó a cabo. Al año siguiente, esta cifra aumentó hasta los 41.748 marcos. Una... pasta... gansa.

Ejecución del SS-Haupstrumführer Heinrich
Jöckel por ahorcamiento de caída corta. Fue
liquidado en la prisión de Litomerice por los
"méritos" acumulados tras su desempeño como
comandante del campo de Theresienstadt
El período comprendido entre 1940 y 1945 fue fastuoso para nuestro hombre, que no daba abasto. En ese tiempo liquidó nada menos que a 2.805 reos que, ojo al dato, no fueron todos condenados por cuestiones políticas. Por la cámara de ejecuciones pasaban tipos de todos los pelajes incluyendo, además de enemigos del régimen, asesinos, contrabandistas, violadores, falsificadores, etc. Además, nuestro hombre tocaba todos los palos ya que, cuando el trabajo llegó a desbordarles, se recurrió a la horca para agilizar el ritmo de ejecuciones ya que los meticulosos funcionarios del Ministerio de Justicia sufrían episodios de ansiedad ante la perspectiva de que se acumulasen los cumplimientos de sentencias o que se demorasen. Así pues, nuestro hombre tuvo que ejercer de ahorcador cuando hizo falta, superando los 50 reos eliminados por este sistema. De ahí surgió, como comentamos anteriormente, el interés de Reichhart por establecer la horca de caída larga británica, que fue desechada por ser excesivamente humanitaria. Y, para completar sus habilidades, cuando se le sumaron las prisiones austríacas a sus dominios tuvo que efectuar las ejecuciones con el sistema propio del país, el ahorcamiento de caída corta en poste propio de Austria y países del antiguo imperio. A lo largo de su vida operativa, Reichhart acabó con la vida de 3.165 reos, de los cuales 2.805 lo fueron entre 1940 y 1945. Por cierto, en otro articulillo hablaremos con más detalle de todos los procesos seguidos en las ejecuciones, así como de los homicidas dedicados a estos menesteres.

Prisión de Plötzensee, en Berlín, sin duda, la cárcel que más se
identifica con el terror implantado por los nazis
Apenas faltaban días para que la guerra terminase y con los hijos del padrecito Iósif aporreando la puerta cuando las ejecuciones se seguían efectuando con implacable meticulosidad germánica. Un condenado debía sufrir su castigo sí o sí, de modo que nuestro hombre se vio prácticamente hasta el final dándole al manubrio de su máquina. De hecho, se tiene constancia de que el 16 de abril de 1945 aún se seguían practicando ejecuciones en la prisión de Plötzensee, donde Wilhelm Rottger, otro ejecutor sumado a la nómina del ministerio en 1940, se había convertido en una máquina de matar por mérito propio. Ya hablaremos de este prenda, descuiden...

Cámara de ejecución de Stadelheim cuando estaba a pleno
rendimiento. Por ahí pasaron más de 1.200 personas
El 30 de abril de 1945, los yankees ocuparon Múnich, y al Reich de los Mil Años se le terminaron las pilas de golpe. Reichhart optó por largarse a su casa en Gleiẞental, muy cerca de la capital, donde decidió quedarse quietecito a la espera de acontecimientos. Nuestro hombre tenía claro que, en sí, no había cometido ningún crimen ya que él se había limitado a cumplir su trabajo, pero ya sabemos que los aliados estaban muy irritados con los alemanes en general y los relacionados de alguna forma con su maquinaria política en particular. Y él, mal que le pesase, había formado parte de esa maquinaria. No andaba muy equivocado, porque unos días más tarde se presentó en su casa un piquete para arrestarlo y llevárselo a la prisión de Stadelheim que había sido su feudo durante tantos años. Sin embargo, su estancia en la misma apenas duró una semana. Su pecado, como el de millones de alemanes, se limitaba a haber pertenecido al NSADP, pero no encontraron nada para meterle un paquete, así que lo dejaron ir.

Patíbulos de Lansdberg
Sin embargo, la carrera verduguil de Reichhart aún no había concluido. Los yankees, a la vista de su expediente, consideraron que les vendría de perlas para echar una mano y colaborar con la extensa lista de criminales de guerra que, con seguridad, acabarían condenados a muerte en los procesos que se estaban cociendo. Así pues, se lo llevaron a la prisión de Landsberg, donde se habían construido dos patíbulos en los que, alternativamente, se iban ejecutando hornadas de nazis de segundo orden, mayoritariamente médicos de los campos de exterminio, así como comandantes y guardianes especialmente malvados de los mismos. En Landsberg, nuestro hombre compartió cartel con el sargento mayor Woods, y parece ser que fue el que instruyó al yankee en el arte del ahorcamiento porque, como ya narramos en su día, Woods inició su andadura como verdugo sin tener ni puñetera idea de qué iba la cosa. 

Reichhart deteniendo el balanceo de la soga que sujeta al reo
que acaba de caer por la trampilla
Y no crean que le faltó el trabajo a nuestro hombre, porque ejecutó a nada menos que 165 reos de todos los pelajes, mayoritariamente los SS que habían servido en los campos. No creo que Reichhart tuviera algún tipo de reparo a la hora de enviar al otro mundo a hombres que era pública y notoria su mala leche, y parece ser que incluso se llegaron a plantear designarlo para ejecutar a los mandamases condenados en Nuremberg. Sin embargo, el "honor" fue cedido a Woods, supongo que porque preferirían que fuera uno de los suyos el que acabara con la vida de los más elevados jerarcas del nazismo. Sea como fuere, la cuestión es que esta colaboración permitió a nuestro hombre subsistir en un momento en que a sus paisanos se les hacía muy cuesta arriba llevarse un mendrugo a la boca. Los yankees le pagaban sus servicios generalmente con comida enlatada, tabaco y bebidas alcohólicas, que en aquel momento eran artículos con más valor que los billetes de banco.

Un avejentado Reichhart durante el proceso. En esa foto
apenas tenía 51 años
Pero parecía que Reichhart no iba a poder disfrutar de un retiro apacible con los jugosos beneficios obtenidos durante su prolija carrera bajo el nazismo. En mayo de 1947 fue nuevamente arrestado por los yankees, siendo enviado al campo de Moosburg an der Isar, donde tenían a buen recaudo a personajes de segundo orden y a algunas de las parientas de los gerifaltes nazis por si aún conservaban algún tipo de nostalgia por el extinto ciudadano Adolf. El 13 de diciembre del año siguiente fue procesado en Múnich por su desempeño como verdugo, lo cual no dejó de causarle bastante perplejidad tanto en cuanto, como hemos dicho, él se consideró siempre un engranaje más de la maquinaria estatal cuyo cometido era culminar la actuación judicial. En su alegato afirmó rotundamente que "he ejecutado sentencias de muerte en la firme convicción de que sirvo al estado con mi trabajo y que cumplo con las leyes legítimas. [...] En el futuro, que los jueces ejecuten ellos mismos las sentencias de muerte". Y tenía más razón que un santo, qué carajo...

Reichhart durante el juicio. Lo cierto es que se le ve bastante
desmejorado, ¿no?
El 29 de noviembre de 1949 concluyó la vista y, sin embargo, sus razones no fueron suficientes para que el tribunal lo exonerase, así que le endilgaron dos años de trabajos forzados y la confiscación del 50% de sus bienes. La apelación de rigor dejó la cosa en un año y medio y la confiscación del 30% de sus bienes, así que lo soltaron porque la condena ya la había cumplido mientras permaneció arrestado. Y, por si fuera poco, le cayó una inhabilitación para ejercer cualquier cargo público, derecho al sufragio y hasta le prohibieron tener permiso de conducir y un vehículo propio, y como guinda del pastel tuvo que pagar los 26.000 marcos de las costas procesales. Total, lo dejaron tieso. Y por si el hombre no tenía bastante con quedarse en la ruina, su mujer lo mandó a paseo y su hijo menor Hans se suicidó en 1950, con apenas 23 años, bastante deprimido por haberse visto señalado durante toda su vida como el hijo del cortacabezas y por el siniestro oficio desempeñado por su padre durante tantos años.

Reichhart al final de sus días con uno
de sus chuchos
A partir de ahí, ya pueden imaginar que la vida de Reichhart no fue precisamente grata. Solo le quedó una modesta pensión de 220 marcos al mes como veterano de la Gran Guerra. Se instaló en Disendorf, cerca de Múnich, donde montó un criadero de Schnauzers. Llevó una vida solitaria y aislado de todos porque, como era habitual, nadie quería trabar amistad con un verdugo, y menos con uno que había trabajado para los nazis aunque, como ya sabemos, su carrera empezó antes de la llegada de los nazis al poder y concluyó precisamente ahorcando nazis. A sus miserias habría que añadir alguna que otra estancia en centros psiquiátricos a causa de las depresiones que venía arrastrando desde hacía años. Solo salió brevemente de su letargo en 1963 a raíz de la creación de la "Verein zur Wiederein einführung der Todesstrafe", una asociación a favor de la reintroducción de la pena de muerte en Alemania Occidental, donde había sido abolida en 1951, como consecuencia de una oleada de asesinatos que cabrearon bastante la gente. Sin embargo, su membresía en dicha asociación fue meramente testimonial y, probablemente, impulsada por algunos aprovechando su fama de eficiente verdugo. Pero, aparte de esta momentánea aparición, el resto de su vida transcurrió en un anonimato casi absoluto, rechazado por la sociedad a la que había servido.

En fin, criaturas, esta fue la vida de Johann Reichhart, tachado aún hoy día como un sanguinario y sádico nazi por los becarios que se dedican a elaborar artículos sensacionalistas que solo buscan lecturas en la prensa en línea. Sin embargo, como hemos ido viendo a lo largo del relato, nuestro hombre se limitó en todo momento a cumplir el trabajo encomendado, y hasta buscó la forma de reducir en lo posible la angustia de los reos para que afrontasen sus últimos instantes de la forma más rápida posible. Reichhart palmó el 26 de abril de 1972, cuando apenas le faltaban tres días para cumplir los 78 años. Murió en una modesta residencia para ancianos en Dorfen, siendo incinerado el 5 de mayo siguiente en el cementerio de Ostfriedhof, en Múnich. Sus cenizas fueron depositadas en el panteón familiar que vemos a la izquierda, donde también reposan los restos del tío Franz y los de sus tres hijos.

Bueno, aquí termina la historia. Espero que les resulte amena y, sobre todo, letal para sus cuñados.

Hale, he dicho

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Reichhart al comienzo de su andadura como verdugo junto a sus ayudantes y su herramienta de trabajo en un patio de la prisión de Stadelheim, donde llevó a cabo la mayoría de sus ejecuciones. Obsérvese la pulcra indumentaria de los tres hombres, especialmente la del verdugo jefe

lunes, 6 de diciembre de 2021

EL SUICIDIO DE HERMANN GÖRING

 

Grupo de gerifaltes nazis posando para la posteridad ante el hotel Palace, en Mondorf-les-Bains, el famoso Campo Ashcan donde eran internados a medida que eran atrapados por los aliados. En el centro de la primera fila, en una posición indiscutiblemente dominante, Hermann Göring

El castillo de Mauterndorf, penúltimo alojamiento decente del
ciudadano Hermann. Hoy día se usa como centro de
convenciones y restaurante
El 7 de mayo de 1945, cuando el ciudadano Adolf y señora llevaban ya una semana convertidos en momias calcinadas o, según los conspiranoicos de nuestros días, viajando en un submarino camino de Argentina, el otrora todopoderoso Reichsmarschall Hermann Göring las estaba pasando putas. Repudiado por el extinto Führer y, por otro lado, con los hijos del padrecito Iósif aproximándose peligrosamente, no tenía otra opción que rendirse a los yankees si quería seguir vivo... de momento. Tras haber puesto tierra de por medio, se había alojado en el castillo de Mauterndorf, una fortaleza chulísima de la muerte construida hacia mediados del siglo XIII por el obispo de Salzburgo. El motivo de elegir ese escondite obedecía al hecho de que, en su día, su padre, Heinrich Göring, había trabado una íntima amistad con el que en aquel momento era el propietario del castillo, Hermann Epstein, ritter von Mauternburg, un probo galeno de familia conversa que incluso sujetó en la pila bautismal al bebé Hermann cuando aún era totalmente imprevisible que se convertiría en el segundo hombre más poderoso de Alemania. De hecho, el castillo era en aquel momento de su propiedad ya que la viuda del viejo ritter se lo había dejado en testamento a su muerte de 1939, así que se puede decir que estaba en su casa.

Castillo de Fishhorn, postrero alojamiento decente del ciudadano
Hermann. Hoy día es propiedad privada
Obviamente, eso no iba a librarlo de la quema aunque cerrara el castillo a cal y canto, así que aquella misma tarde contactó con el Cuartel General del 7º Ejército yankee, acantonado en Fitzbühel, una pequeña población tirolesa, haciéndoles saber que deseaba rendirse a ellos, concretando como punto de encuentro el castillo de Fischhorn, en Zell am See, al noroeste de Mauterndorf. Este castillo, cuyo aspecto difería totalmente del original debido a un incendio acaecido en 1920, había sido confiscado por los nazis en 1943 y usado desde entonces como centro de remonta, escuela de equitación de las SS y campamento subsidiario de campo de exterminio de Dachau. Le esperaba un buen paseo al ciudadano Hermann y familia, porque desde Mauternford hasta Zell am See había- y hay- 108 km. de distancia que, por las carreteras de montaña de la zona, no permitirían muchas prisas. Desde Zell am See hasta Kitzbühel el recorrido era justo la mitad, 54 km.

John Ernest Dahlquist (1896-1975)
El mayor general John Ernest Dahlquist, comandante de la 36ª División de Infantería, se puso extremadamente contentito al saber que la pieza más codiciada del catálogo de fugitivos nazis deseaba rendirse a su división, por lo que delegó en su ayudante, el brigadier general Robert Ignatius Stack, para que se largara de inmediato a tomar posesión del ilustre personaje, lo que imagino también le haría dar palmitas de contento porque así pasaría a la historia con toda seguridad. De hecho, el palmarés de ilustres fugitivos que cayeron en manos de la 36ª División no fue baladí: el Generalfeldmaschall Gerd von Rundstedt, el Generalfeldmarschall Hugo Sperrle, el Generalfeldmarschall Robert, ritter von Greim, sucesor de Göring al mando de la Luftwaffe, el Reichsminister de Polonia Hans Frank, el Reichsleiter für die Presse der NSDAP (Jefe de Prensa del NSDAP para el Reich) Max Amman, antiguo compañero de armas del ciudadano Adolf durante la Gran Guerra y uno de los más encumbrados gerifaltes del partido, la cineasta Leny Riefenstahl, que además de realizar sus estupendos documentales de la UFA era una ferviente nazi y, finalmente, el almirante Miklós Horthy, regente de Hungría.

Robert Ignatius Stack (1896-1988)
Al día siguiente, 8 de mayo, Stack partió hacia el castillo de Fischhorn junto a su ayudante, el teniente Harold Bond, y una escolta de hombres de 636º Batallón de Cazacarros. No creo que tardasen ni una hora en llegar, y cuando lo hicieron se encontraron la ciudad y el castillo ocupados por tropas de la 8ª SS-Division Florian Geyer, que informaron a Stack de que el ex-Reichsmarschall había sido retenido en un control de carreteras. Aunque de facto los tedescos se habían rendido, seguían manteniendo el control militar de las zonas donde aún había unidades que no habían depuesto las armas a cualquier contingente aliado. Tras varias horas de espera, Stack pasó de demorar más el encuentro con Göring, así que prosiguió su camino acompañado solo por su ayudante y un mayor del ejército alemán que se ofreció para que no tuvieran problemas con las tropas que aún pululaban por la comarca y los controles de carreteras que habían establecido por todas partes, no sé para qué porque, total, la guerra ya había acabado y ya solo les quedaba la opción de largarse en dirección oeste para no caer en manos de los bolcheviques, que estaban ávidos de tomarse cumplida venganza contra todo aquel que oliera, aunque solo fuese levemente, a esencia de esvástica.

Göring nada más apearse del vehículo que lo condujo a Kitzbühel.
Desde ese instante, su destino estaba sellado de forma inexorable
Obviamente, Stack se la jugó bien jugada, porque por el hecho de que la rendición se hubiera firmado no dejaba de estar rodeado de tedescos que, en un momento dado, podrían volarle la tapa de los sesos y si te vi no me acuerdo. Finalmente encontraron el coche de Göring con su mujer y su hija dentro y acompañado de una pequeña escolta militar. Estaba detenido en la carretera cerca de Radstadt, a unos 50 km. del castillo de Mauterndorf. El orondo ciudadano Hermann se apeó trabajosamente del coche, porque su superávit de arrobas no le permitían moverse con agilidad y se dirigió al militar yankee, que también se había bajado de su vehículo. Stack le preguntó si podía entenderle, a lo que Göring respondió que "yes, very good", por lo que el yankee le informó de que aceptaba su rendición y que lo llevaría al punto de encuentro pactado, el castillo de Fischhorn, donde pernoctarían para, al día siguiente, proseguir hasta Kitzbühel, donde lo esperaban ansiosisisisimos. Göring no pareció muy satisfecho ante la perspectiva de pasar la noche en un castillo ocupado por tropas de las SS sabiendo que, antes de palmarla, el ciudadano Adolf había ordenado su arresto y ejecución, orden que Martin Bormann se encargó de mantener vigente a pesar del deceso del Führer y aunque también se lo hubiese tragado la tierra unos días antes. Por otro lado, Stack tampoco estaba por la labor de que unos SS irredentos le arrebataran su preciado trofeo, así que permitió que cuatro hombres armados de la escolta de Göring vigilaran en la antecámara donde se alojó con su familia. Al resto de su escolta se les conminó a entregar sus armas.

Göring departiendo con los generales Dahlquist y Stack minutos
después de su llegada a Kitzbühel. Obsérvese que el ciudadano
Hermann aún conserva sus medallas y su arma que, tras ser
obligado a entregar, paradojas de la vida, vieron que se trataba de
un revólver Smith & Wesson modelo 10
A las 10:00 horas del día siguiente y tras ordenar a su escolta, que había permanecido en Fischhorn, desarmar a los SS, Stack se largó a Kitzbühel, donde los esperaba el general Dahlquist. Cuando el ciudadano Hermann llegó al Cuartel General, fue recibido con cierta cordialidad e incluso se le ofreció una copichuela de consuelo para, a continuación, compartir mesa y mantel con el general y su ayudante. Al cabo, el preso era todo un personaje, un mariscal del Reich, y lo trataron conforme a su rango. Esto le valió a Dahlquist una bronca monumental porque lo que Dahlquist no había acabado de entender era que no había capturado a un militar de elevado rango, sino a un futuro reo de cuatro cargos gravísimos y que, además, había sido uno de los cofautores de la guerra que acababa de terminar y del genocidio que en aquellos momentos aún estaban asimilando tras la liberación de los campos de exterminio. Por otro lado, Göring pronto pudo constatar que el cortés recibimiento ofrecido por Dahlquist no era más que un espejismo, que los aliados tenían otros planes muy distintos, y que ya podía despedirse de su vida de sátrapa rodeado de lujos, de sus suntuosas cacerías y de su colección de arte rapiñada por toda Europa. En resumen, se le acabó el momio.

Portada del "The Houston Cronicle" del miércoles,
9 de mayo de 1945 en la que aparece la noticia de que
un "Texas Outfit" (grupo de tejanos) había
capturado a Göring. Lo del grupo era en referencia a
la 36ª División, que fue creada en la Gran Guerra con
gente de Oklahoma y, especialmente, de Tejas
El siguiente destino de Göring fue el Campo Ashcan, donde llegó el 21 de mayo. Desde aquel momento ya debió tener claro que los aliados estaban dispuestos a incoar un controvertido proceso creando para ello una serie de leyes AD HOC con efectos retroactivos que, jurídicamente hablando, carecían de todo precedente. El ciudadano Hermann no era precisamente tonto, y colijo que rápidamente se dio cuenta de que su suerte estaba echada. Tanto él como sus conmilitones iban a ser los primeros en pagar la onerosa factura que el nazismo había acumulado a lo largo de los años. En fin, así fue como Göring cayó en manos de los aliados, pensando quizás que sería tratado como un mero prisionero de guerra según los usos de siempre y que, tras un breve período de reclusión, se le permitiría retornar a Alemania donde, como pensaban muchos de sus compadres, formaría un gobierno destinado a hacerla resurgir una vez más de sus cenizas. Pero esa tarea recaería sobre otros porque, como dijo Von Schirac ante más de 400 periodistas cuando lo liberaron al concluir su pena en Spandau el 30 de septiembre de 1966, "das mit der Nazizeit ist vorbei" (la era nazi ha terminado). En realidad había terminado 21 años antes, pero en aquel momento hasta Himmler, que optó por una rápida autolisis el 23 de mayo de 1945 a la vista de lo negro que se le estaba poniendo el panorama, daba por sentado que los yankees y los british (Dios maldiga a Hearst y a Nelson) no tardarían en recurrir a las SS para mantener a los soviéticos a raya y, justo es reconocerlo, en cierto modo no andaba muy desencaminado.

Bien, sirva este introito para ponernos al corriente de las andanzas del orondo Hermann antes de caer en manos de sus enemigos. Ahora quizás convenga detallar una breve reseña sobre su personalidad antes de entrar a fondo en el meollo de la cuestión.

Por lo general, la visión que se tiene de este personaje es la de un gordinflón vanidoso, amante del lujo, la buena vida y, para colmo, un morfinómano empedernido, obviando otra serie de facetas de su carácter mucho más relevantes y que estudiaremos en esta breve semblanza. Ciertamente, Göring era un tipo fatuo, arrogante y con una afición desmedida por el lujo. Sus fastuosos uniformes, diseñados por él mismo sin atenerse a los reglamentos del ejército, su pechera cuajada de medallas y hasta el detalle de aparecer calzando espuelas, complemento totalmente prescindible en un mariscal de la fuerza aérea y que fue causa de mofa y befa por parte de sus enemigos en particular y del pueblo alemán en general, hicieron que pasara a la historia como un sujeto banal, idiotizado por las drogas y un incompetente de tomo y lomo como consecuencia de la derrota de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra y su fallida promesa de que ningún avión british sobrevolaría Berlín. En la foto de la izquierda podemos verlo con sus espuelas junto a Keitel y Dönitz. La rechifla que provocó esta chorrada alcanzó tal magnitud que se ordenó que las fotos destinadas a la prensa fueran retocadas para eliminar las puñeteras espuelas. Sin embargo, casi nadie recuerda que durante la Gran Guerra fue un as de la Luftstreitkräfte con 22 victorias en su haber, poseedor de la ansiada Orden Pour le Mérite más las Cruces de Hierro de 1ª y 2ª clase, y que fue además el último jefe de la legendaria Jagdgeschwader 1, el Circo Volante de Von Richthofen. Por otro lado, aunque arrogante y altivo, era un tipo carismático, el típico fanfarrón que, si quería, se convertía en un sujeto capaz de atraer las simpatías de la gente, ser divertido y mordaz y, sobre todo, con una capacidad de liderazgo indiscutible. Más aún, mientras que la opinión más generalizada incluyendo la de sus mismos enemigos era que se trataba de un simple vividor que solo pensaba en qué chorrada más añadir a su ya abundante quincallería militar, la realidad es que Göring tenía un carácter frío y calculador. En resumen, digamos que tenía engañado a la mayor parte del planeta. De hecho, cuando su cuantioso equipaje con un guardarropa digno del atrezzo de un teatro fue registrado, digamos que "dejó" que le encontraran la ampolla de cianuro que los aliados sabían que muchos gerifaltes llevaban consigo para escapar de su justicia con efectos retroactivos. Hallada la ampolla, se alejó el temor de un suicidio, pero pensar que alguien como Göring no tendría varios ases en la manga dejando que le quitaran una de sus ampollas venenosas es que no lo conocía.

Tras ser desarmado y privado de sus medallas. Su
rostro y su expresión no requieren comentarios

Por otro lado, aunque su faceta de morfinómano hace que se le mire como un simple drogadicto, lo cierto es que empezó a consumir morfina como consecuencia de una herida en la ingle recibida durante el fallido Putsch de Múnich de 1923 que le producía constantes y agudos dolores, y en aquella época el tema de los analgésicos no funcionaba como ahora. Obviamente, a medida que pasó el tiempo tuvo que ir aumentando progresivamente la dosis de forma que, cuando cayó en manos de los yankees, su ración diaria era de entre 3 y 4 gramos de dihidrocodeína, un opiáceo menos potente que la morfina que incluso se usa como antitusígeno. Si a eso añadimos su obesidad mórbida- 118 kg. para un hombre de 1'78 según su ficha de detención- y su siniestra gestión en cuestiones relacionadas con la Solución Final, nos encontramos con que los méritos que pudiera haber acaparado durante su vida se vieron sepultados por sus errores, que fueron muchos. Así pues, los yankees se vieron ante un gordinflón de rostro demacrado, cerúleo y facciones abotagadas, medio atontolinado por la morfina y un poco bastante apabullado porque, tras haber sido el alter ego del ciudadano Adolf, se vio con la cabeza puesta a precio y repudiado por el partido al que había servido fielmente durante más de 20 años.

Este Göring redivivo, cuyo aspecto es totalmente distinto al
de la foto anterior, mostró su verdadera personalidad y su
indudable inteligencia
Sin embargo, el controvertido Hermann aún les depararía más de una sorpresa. Tras una intensa cura de desintoxicación para limpiarle la sesera de opiáceos y un régimen que le hizo perder casi 30 kilos, cual Ave Fénix, Göring resurgió de sus cenizas. Nada más empezar el proceso se convirtió en el líder del resto de los acusados, lo que no era moco de pavo tanto en cuanto él había sido considerado como un apestado cuando aún detentaba el poder el ciudadano Adolf, y en el estrado se sentaban hombres poderosos como Dönitz- nombrado por el Führer como su sucesor- Frick, Keitel, Speer o Von Ribbentrop. Pero, en honor a la verdad, ninguno de ellos tenía el carisma y la arrolladora personalidad de Göring, que tras recuperarse de sus miserias convirtió los interrogatorios en un suplicio para los fiscales, incluyendo al tenaz Robert Jackson, al que más de una vez dejó en evidencia ante la rechifla, no solo de sus conmilitones, sino incluso del público asistente en la sala. De hecho, Göring no era ningún paleto. Cuando lo trincaron los yankees, entre otras pruebas médicas  le hicieron un test de inteligencia que dio como resultado un C.I. de 138, por lo que nos encontramos con un superdotado que, además, dominaba el inglés y podía anticiparse a los traductores para preparar unas réplicas mordaces y agudas que ponían en un brete a los acusadores.

Ficha de detención de Göring, tomada apenas siete semanas después de su detención. Ya debía haberle empezado a hacer efecto la cura de desintoxicación y el régimen de adelgazamiento porque, aparte de lucir un rostro menos abotagado, su mirada penetrante da a entender que los vapores de la dihidrocodeína se habían empezado a disolver en su sesera. El verdadero Göring estaba emergiendo

Göring saliendo del ascensor que comunicaba la
galería de prisión con el estrado de los acusados
durante el proceso
Y no solo puso en apuros al colegio fiscal, sino al mismo tribunal tanto en cuanto su liderazgo sobre sus conmilitones llegó al extremo de influir en sus declaraciones, por lo que se le prohibió dirigirse a ellos durante las sesiones del juicio y se le privó de comer junto a sus antiguos colegas, por lo que el rancho carcelario le era servido en su celda. Su agudeza mental sorprendió a todo el mundo, y hasta el mismo sir William Birkett, juez sustituto de sir Geoffrey Lawrence, presidente del tribunal, dejó escrito que "...Göring demuestra ser un hombre habilísimo, capaz de intuir el íntimo significado de cada pregunta casi en el mismo momento en que le es formulada. (...) Ciertamente, Göring no es el hombre acabado que todos esperaban o profetizaban." Todo lo dicho por Brikett lo pudo constatar Jackson, el presidente del colegio fiscal, que se reservó para sí la principal presa del proceso, y salió escaldado más de una vez a manos del sutil y taimado pico de oro del ex-Reichsmarschall. Cuando se supo que la sentencia a muerte implicaba ser ahorcado, Göring, Keitel y Jodl solicitaron que, como militares, fuesen pasados por las armas. Intento vano porque antes incluso de iniciar el proceso el método de ejecución ya estaba decidido: se regiría mediante el sistema anglosajón, por lo que las ejecuciones serían mediante la horca.

Göring devorando su magra pitanza carcelaria en su celda, castigado
al ostracismo por mandón. Obsérvese como tras el foco, el PM de
guardia no quita el ojo de encima tanto al preso como al fotógrafo
Bien, tras este resumen nos trasladaremos a la celda nº 5, dónde el ciudadano Hermann mantiene un debate teológico con el pastor luterano, el capitán castrense Henry Gerecke en la víspera del 16 de octubre, día señalado para llevar a cabo las ejecuciones. Göring, aunque con el temor reverencial de alguien educado en el luteranismo, en realidad pasa del tema religioso por lo de Gerecke, viendo que sus exhortaciones son inútiles, hace un último intento informándole de que Keitel, Ribbentrop, Sauckel, Raeder, Speer, Fritsche y Von Schirach no solo han comulgado, sino que incluso se han mostrado muy arrepentidos por haber sido malos malosos. Pero Göring lo tiene claro y le dice en tono enigmático que se arriesgará a afrontar su final a su manera. Gerecke se da por vencido y se larga con viento fresco. A continuación, Göring se recuesta en el catre y pasa cosa de media hora leyendo. Solo se levanta para ir al servicio que, como recordaremos, estaba en el único ángulo de la celda que quedaba fuera de la vista de los guardianes. Se supone que orinó y luego volvió al catre, se quitó las botas y se calzó unas zapatillas. Según informaron los guardias, estaba inquieto. A las 21:15 horas se quitó su ajado uniforme de mariscal, se puso su pijama de seda azul y se metió en la piltra, tapándose con la manta y poniendo las manos sobre el pecho. A las 21:30 horas, según el reglamento, se apagaron las luces de la galería y se atenuó la intensidad de las de las celdas, que nunca permanecían en la oscuridad. Göring, que había permanecido casi inmóvil y limitándose a frotarse la frente con una mano, se giró hacia la pared. Había llegado la hora de hacerle un corte de mangas a sus captores.

Bueno, hasta aquí llegamos con los preliminares, o sea, la detención de Göring y un pequeño resumen sobre su carácter. Para los que no hayan leído el artículo sobre las ejecuciones derivadas del proceso de Nuremberg, retomaremos la parte en la que el ciudadano Hermann decide tomar camino al Más Allá por su cuenta sin pasar por el cadalso nº 1 del gimnasio de la cárcel de Nuremberg en la madrugada del 16 de octubre de 1945, dos semanas después de haberse dictado sentencia y tras haber sido recibidas por el tribunal las negativas a las apelaciones que los condenados dirigieron a diversas instancias para escapar de la soga. 

Un suboficial de la PM inspecciona la celda nº 5 con
el foco. Encima del postiguillo se puede ver la mirilla
que usaban para inspecciones rutinarias. Sobre todo
aparece una etiqueta con el nombre del huésped,
H. Goering. Los yankees prescindían de la diéresis
sobre la letra O
A las 22:47, el soldado de 1ª clase Harold Johnson, encargado de vigilar la celda 5 donde se encontraba Göring, echó el enésimo vistazo del día para controlar sus movimientos, pero lo vio tumbado de espaldas a la puerta y, de repente, ponerse rígido mientras emitía resoplidos y daba muestras de ahogo. Jonhson salió echando leches y llamó al suboficial de guardia, el sargento Tymchyshyn (vaya apellido, carajo), que acudió al galope. Sin abrir la puerta, vieron al ex-mariscal bastante perjudicado, con espasmos y convulsiones que no auguraban nada bueno precisamente. El sargento, que prefirió pasarle la patata caliente a otro, no se complicó la vida y dio aviso al teniente Norwood Croner, el oficial de la prisión, y al capellán Gerecke. Croner pensó que sería un ataque cardíaco o algo por el estilo, así que se largó en busca del doctor Ludwig Pflücker, un galeno alemán que en aquel momento permanecía como prisionero de guerra. Cuando llegó, el capellán había entrado junto a otro oficial, el teniente Arthur McLinden, que contemplaban la escena alumbrados por el foco que sujetaba el soldado Johnson. Pflücker tomó el pulso a Göring, que se estaba poniendo de un preocupante color azulado, exclamó que el reo estaba muriéndose y pidió que avisaran al teniente Charles Roska, oficial médico de la prisión y encargado de certificar la muerte de los reos durante las ejecuciones. Pflücker, que como alemán no quería comerse solo aquel marrón, prefería que hubiera presente un yankee para dar cuenta de lo sucedido por si a alguien se le ocurría culparle de negligencia o algo similar.

El capellán castrense luterano, capitán
Henry Gerecke (1893-1961)
Mientras Roska llegaba, Pflücker apartó la manta para auscultar al moribundo y vio que tenía un sobre en la mano. Sin atreverse a tocarlo sin testigos le pidió al capellán que recordara que había cogido el sobre de la mano de Göring para revisar su interior. Dentro había una vaina con un tapón y tres hojas de papel. Abrió la vaina y vio que dentro no había nada. Recordando el final de Himmler, en cuanto apareció Roska le pidió que revisara la boca del moribundo por si veía astillas de vidrio. Roska le tomó nuevamente el pulso y le miró el interior de la boca. En efecto, había restos de vidrio muy fino, el corazón de Göring se acababa de gripar para siempre, y un penetrante olor a almendras amargas salía de las fauces del ex-mariscal cuyo rostro, como divirtiéndose por haber gastado una postrera broma de mal gusto, se había quedado congelado esbozando una leve sonrisa con un ojo medio abierto y otro cerrado a modo de siniestro guiño. Eran aproximadamente las 23:00 horas, y el reo que debía inaugurar el patíbulo nº 1 acababa de palmarla sin que nadie pudiera imaginar de dónde leches había sacado el puñetero veneno, y más si consideramos que se realizaban a diario minuciosos registros que volvían literalmente las celdas como un calcetín. 

La cápsula de vidrio con su contenedor fabricado a partir de una
vaina de fusil de calibre 8x57 mm. El envase medía 4'6 cm. Lo
que vemos en la foto de la izquierda es la cápsula y el envase de
reserva de Göring. Obsérvese que el culote de la vaina conserva
el pistón picado por el percutor, lo que indica que había sido usada
Cuando Andrus fue informado del suceso casi le da un chungo y se larga a hacerle compañía al ciudadano Hermann. Ya se le había escapado otro preso de primera clase: Robert Ley, que se ahorcó de la cisterna de su celda con una toalla hacía un año justo, antes siquiera de empezar el proceso. Y ahora, nada menos que Göring se escaqueaba de la quema y, para colmo, él quedaba como un incompetente porque, a pesar de sus constantes registros, inspecciones y el rigor disciplinario impuesto a los presos, no había sido capaz de evitar que el astuto Hermann lograse introducir una ampolla de cianuro para largarse de este mundo haciéndole dos higas. Muy sumamente bastante cabreado, ordenó una inspección a fondo en las celdas de los demás reos por si alguno más tenía prevista una despedida inesperada, y mientras sus policías militares cacheaban hasta a las moscas que habitaban en las mismas, una Junta de Investigación convocada a toda prisa y formada por el coronel Hurless, el teniente coronel Tweddy y el mayor Rosenthal entraron en la celda nº 5 para constatar que, en efecto, el ciudadano Hermann ya no figuraba en la lista de vivos. Su piel había adoptado un tono gris azulado propio de una cianosis, y se tiraron nada menos que dos horas registrando un cuchitril de menos de 6 m² para no encontrar absolutamente nada sospechoso. Quién y/o cómo había sido introducido el veneno era de momento un misterio.

Andrus informa a los ocho periodistas seleccionados para presenciar
las ejecuciones que el ciudadano Hermann ha hecho mutis por el foro
Andrus estaba con un cabreo de antología. No solo había ordenado un registro minucioso de las celdas del resto de los presos, sino que incluso se les hizo un examen anal, por si acaso, y permanecer con la mano izquierda esposada a uno de sus guardianes mientras que llegaba la hora de comenzar las ejecuciones. Totalmente desbordado ante el escándalo que supondría la noticia de que el principal reo acababa de matarse en sus propias narices, hasta llegó a plantearse informar a la prensa de que Göring solo había sufrido un desvanecimiento y colgar su cadáver, como si la ejecución se hubiese llevado a cabo con todas las de la ley. Obviamente, esto pasaba ya de castaño oscuro, así que se resignó a dar cuenta de lo sucedido a los ocho periodistas que, mediante sorteo, habían sido seleccionados para presenciar los ahorcamientos en el gimnasio y que esperaban desde las 20:00 horas en una sala sin ventanas el momento en que les fuera permitido acceder al lugar de las ejecuciones. A las 23:30, Andrus les informó del suceso, pero les advirtió que ni se les ocurriera buscar la forma de divulgar la noticia si querían salir de aquella dependencia. Más aún, ordenó a los PM que vigilaban la sala de prensa del Palacio de Justicia que absolutamente ninguno de los más de cien periodistas que esperaban el momento de informar a sus editores se acercase a las ventanas, y que caso de no ser obedecidos de inmediato estaban autorizados a abrir fuego contra él o los infractores. Como vemos, Andrus estaba un poco bastante desbordado por aquello.

Fragmento de la soga que, según aparece en la etiqueta, debió
usarse para ahorcar a Göring. Sin embargo, el turno se corrió a
Von Ribbentrop, y sería absurdo quitar una soga sin usar para
colgar al siguiente reo. En fin, igual Woods cortó dos trozos de
la misma soga, que debía haber servido para Göring y finalmente
se usó con Von Ribbentrop. La pieza pertenece a la colección
Lattimer, poseedor de mogollón de reliquias nazis
Bien, así se desarrollaron los acontecimientos. Como ya se explicó en la entrada anterior, las ejecuciones comenzaron a las 01:11 horas del 16 de octubre en la persona de Joachim von Ribbentrop y terminaron con la de Arthur Seyss-Inquart a las 02:59 horas. Doce minutos más tarde, el cadáver de Göring fue trasladado al gimnasio de la cárcel de Nuremberg en una camilla para que diversos testigos pudieran dar fe de que estaba más tieso que un bacalao, y mientras los cuatro fotógrafos del ejército hacían la sesión de tétricos retratos, el sargento Woods se entretuvo en cortar como recuerdo trozos de 2 pulgadas de cada una de las sogas empleadas. Finalmente, los cadáveres fueron introducidos en sus respectivos féretros junto a las sogas para ser trasladados a Dachau, donde serían incinerados y sus cenizas esparcidas en las aguas del Isar. Aquí terminaba la historia del proceso de Nuremberg, pero acababa de empezar la investigación para averiguar cómo leches pudo obtener el astuto Göring la puñetera ampolla de cianuro que le había permitido escaquearse de la justicia humana. Obviamente, surgieron diversas teorías de lo más variopinto y que, por razones de espacio, omitiremos, quedándonos solo con las que de una forma u otra se puedan acercar más a la verdad, no sin antes dejar bien claro que jamás se supo, ni creo que a estas alturas se sepa nunca, quién, cómo y cuándo facilitó el veneno al pícaro Reichsmarschall.

Contenedor de la cápsula hallado sobre el cuerpo de Göring.
Obsérvese el estriado para facilitar su apertura, así como la
fina acanaladura que permitía cerrar el envase a presión. A la
derecha vemos la ampolla de reserva que se extrajo del bote
de crema para su análisis
Para ello debemos remontarnos hacia finales de 1943 o principios de 1944. En aquel momento, aunque nadie se atrevía a reconocer que la guerra no iba tan bien como aseguraba la propaganda empezando por los más encumbrados mandamases, se encargó la fabricación de 950 contenedores para las cápsulas de cianuro. Para ello, como ya se ha dicho, se usaron vainas de fusil calibre 8x57 mm. a las que se fresó un estriado en el culote y otro en el tapón para facilitar su apertura. Obviamente, alguien que se va a quitar la vida tendría las manos temblorosas y cubiertas de sudor, así que había que hacer lo más fácil posible la extracción de la ampolla por todos los medios. Estos contenedores se elaboraron en los talleres del campo de Sachsenhausen y enviados a la Cancillería del Reich para ser distribuidos entre aquellos que, por su estatus en el partido o el ejército, estuvieran decididos a no permitirse caer en manos de los aliados, especialmente de los hijos del padrecito Iósif y su tenebrosa NKVD, al mando por aquel entonces de uno de sus más selectos psicópatas, Lavrenti Pávlovich Beria. Como dato curioso y según se pudo comprobar por los punzones del culote en la vaina-contenedor de Göring, estas habían sido fabricadas en agosto de 1939 por la Finower Industrie GmbH de Brandeburgo que, cómo no, había usado mano de obra esclava, en este caso mujeres procedentes del campo de Ravensbrück.

Ludwig Pflücker (1880-1955)
Cuando Göring se entregó a los yankees de la 36ª División, se le practicó el registro de rigor y, como se ha mencionado, se le encontró un contenedor con su correspondiente cápsula en una lata de café, por lo que estos pardillos dieron por sentado que ya habían conjurado el peligro de un envenenamiento. Estaban convencidos de que el gordo y amorcillado Reichsmarschall ya no tenía más veneno encima. Obviamente se equivocaban, porque nuestro hombre guardó otras dos ampollas que permanecieron ocultas a lo largo de su periplo carcelario, primero en el Campo Ashcan y luego en Nuremberg. Esto era un hecho palmario porque, a pesar de las cien hipótesis que se barajaron, nadie pudo haberle facilitado el veneno a lo largo del proceso. Los abogados tenían prohibido tocar a sus defendidos, los registros en las celdas eran arbitrarios y sorpresivos, e incluso se les cambió de celda en alguna ocasión para prevenir que, si alguno tenía algo escondido, lo dejara atrás. De hecho, hasta se consideró la posibilidad de que hubiese sido su mujer Emmy la que, en un postrero beso de despedida, se la pasase de boca a boca. Pero no. Las cápsulas siempre habían estado de alguna forma a la mano. Göring solo esperaba saber si las necesitaría o no. Volvamos por un instante al momento en el que el médico alemán, el Dr. Pflücker, destapó a Göring y encontró "un sobre", y entrecomillo sobre porque a lo largo de la investigación se mencionaron unas veces uno y otras veces dos, uno de ellos abierto por una esquina y que obviamente era el que había contenido el veneno, y otro en el que había tres cartas. Son bastante sugerentes.

Gustave Gilbert (1911-1977)
Las cartas, todas escritas en alemán, estaban fechadas el día 11 de octubre, cuando los reos aún no sabían que sus apelaciones habían sido rechazadas. De hecho, para evitar intentonas desesperadas el mismo Andrus había decidido no informar a los presos hasta la víspera de las ejecuciones. Sin embargo, ese mismo día ya se supo por la prensa a la que los huéspedes de Nuremberg no tenían acceso, y Gilbert, cometiendo una evidente imprudencia, se lo dijo a Göring para "estudiar su reacción" y, de paso, hacerle saber que su petición de ser fusilado también había sido denegada. Göring no era tonto y sabía que sus apelaciones eran papel mojado, así que para lo único que sirvió el aviso de Gilbert fue para tener tiempo para organizar su autolisis. Si se hubiera enterado en la víspera del día 16, casi con seguridad no habría podido preparar nada. O sea, que cabe la posibilidad de que las cartas halladas junto a su cadáver hubiesen sido escritas posteriormente aunque con fecha del día 11. ¿Por qué? Fácil. Si durante un registro se las leen, lo que decía en ellas ya era motivo sobrado para sospechar que tenía preparado su final y, por otro lado, datarlas unos días antes del aviso oficial de la denegación de las apelaciones ponía en evidencia el rigor profesional de Gilbert, la celosa vigilancia ejercida sobre los presos y, sobre todo, a Andrus.

Dichas cartas habían sido guardadas en una caja fuerte por orden de la Comisión de Investigación, y fue lo mejor que hicieron para evitar el ridículo porque, cuando salieron a la luz pasado el tiempo, los textos de las mismas eran bastante elocuentes. Una de ellas iba dirigida al capellán, el capitán Derecke, y a su mujer. O sea, un primer párrafo estaba dedicado al pastor luterano y, aparte de darle explicaciones, le rogaba que se la hiciera llegar a Emmy Göring. La carta decía:

 "Perdóneme, pero tuve que hacerlo así por razones políticas.(...) Hubiera dejado que me fusilaran". 

Sobran las interpretaciones. En esta nota ya dejaba claro que no estaba dispuesto a acabar ahorcado. Era un mariscal del Reich y no iba a arrostrar semejante humillación. El texto que venía a continuación, más extenso, estaba dirigido a su mujer, Emmy, y era aún más explícito: 

"...he decidido quitarme la vida y así no permitir que mis enemigos me ejecuten. Siempre habría aceptado una muerte por fusilamiento, pero un Reichsmarchall de la Gran Alemania no puede permitir que lo ahorquen. (...) ...quiero morir en silencio y fuera de la vista del público. (...) Él [Dios] me permitió los medios para liberarme de esta envoltura mortal, y que dichos medios nunca hayan sido descubiertos.

No hay que ser un lince para darse cuenta que había decidido matarse, que tenía a su disposición el veneno y, lo más importante, que siempre lo había tenido sin que nadie hubiera sido capaz de descubrir las cápsulas de cianuro. Pero por si a alguien le queda alguna duda, reproduciremos íntegra la carta destinada a Andrus, con la que evidentemente pretendía regodearse por haber sido capaz de sortear la estricta vigilancia de su carcelero. 

Nuremberg, 11 de octubre de 1946

Al comandante

Siempre he tenido la cápsula de veneno conmigo desde que me encarcelaron. En el momento de mi llegada a Mondorf (se refiere al Campo Ashcan, en Mondorf-les-Bains) tenía tres cápsulas. Dejé la primera en mi ropa (o la lata de café, da lo mismo) para que la encontraran al inspeccionarla. Puse la segunda debajo del perchero cuando me desnudé y la recuperé cuando me vestí. La oculté tan bien en Mondorf y aquí en la celda que, a pesar de las frecuentes y minuciosas inspecciones, nadie la pudo encontrar. Durante las audiencias del proceso la guardé conmigo en mis botas altas de montar.

La tercera cápsula todavía está en mi pequeño neceser, en el bote redondo con crema para la piel. Podría haberlas usado dos veces en Mondorf si lo hubiera necesitado.

Ninguno de los encargados de las inspecciones tiene la culpa, ya que habría sido casi imposible encontrar las cápsulas. Habría sido por pura casualidad.

P.D. El Dr. Gilbert me dijo que el Consejo de Control se ha negado a modificar el método de ejecución por fusilamiento.

Sala de equipajes. En la balda superior se encuentran los enseres
de Göring. La flecha señala el neceser donde guardaba el bote
de crema
Obviamente, esta carta arruinaba la reputación de Andrus como carcelero a pesar de haber sido elegido personalmente por Eisenhower, pero además ponía en evidencia a Gilbert, que se tenía que haber callado la boca y no lo hizo. La posdata en la que afirma que fue él mismo el que le puso al corriente de la negativa a ser fusilado deja claro que esa entrevista tuvo lugar. Sin embargo, hay un matiz que también es bastante revelador: la exoneración del personal de vigilancia. Eran sus enemigos, ¿qué más le daba que les metieran un paquete por no haber descubierto sus ampollas de veneno? Quizás porque pretendía proteger al que se lo facilitó, que no podía ser otro que un militar americano. Aquella carta, que en esencia lo único que pretendía era regodearse con el fracaso de Andrus, tenía más enjundia de lo que aparentaba. En cuanto a la tercera carta, dirigida al Consejo de Control Aliado, se limitaba a soltarles una altiva parrafada diciéndoles que consideraba una falta de consideración negarle la muerte mediante un pelotón de fusilamiento y que le daban dos higas arias la justicia de sus enemigos. Básicamente, esta misiva no contenía nada relevante para la investigación, así que la obviaremos. La madre del cordero estaba en la carta dirigida a Andrus.

Nota de Göring solicitando su cuaderno de notas azul y determinados
objetos de su neceser de aseo. Nunca le facilitarían el neceser completo
porque contenía unas tijeras y una lima de uñas, pero sí artículos
concretos como el bote de crema, en apariencia totalmente inofensivo.
Obsérvese que firmaba sus notas como "Reichsmarschall", no con su
nombre y apellido
En teoría, esta mordaz misiva habría bastado para dar carpetazo al asunto. Göring afirmaba que la cápsula mortal siempre estuvo en su poder y que la de reserva la tenía guardada en un bote de crema en su neceser depositado en la sala de equipajes, como así se pudo comprobar. El bote contenía una crema para aliviarse una dermatitis que padecía y que por su densidad y color obviamente ocultaría cualquier cosa salvo que alguien metiera los dedos dentro, cosa que nadie hizo. En teoría, repetimos, todo era correcto y se ceñía a lo dicho en la carta. Pero eso de "ninguno de los encargados de las inspecciones tiene la culpa" no acababa de cuadrar. ¿Por qué exonerar de una posible complicidad a uno o varios de sus guardianes? En este caso es perfectamente aplicable el aforismo latino: EXCVSATIO NON PETITA, ACCUSATIO MANIFESTA. Cuando se da una explicación que nadie ha pedido es que admite una culpa, y los mandamases asumieron de inmediato que Göring había recibido ayuda para sus manejos,

Inodoro de una de las celdas de Nuremberg. Obsérvese que
carece de tapa y cisterna, por lo que registraron el reborde
inferior del conducto del agua. Por otro lado, las celdas
carecían de lavabos. Por cierto, no logro adivinar como
Göring conseguía incrustar su corpachón en ese tabuco
Pero, ¿cómo y por quién? Göring no podía arriesgarse a que una de sus dos cápsulas fuera hallada. En cualquier registro podía ser descubierta, por lo que la vigilancia habría sido férrea desde ese momento, y la posibilidad de recuperar su última ampolla anulada. Se barajaron diversas opciones al respecto que fueron tenidas en cuenta inicialmente, aunque fueron desechadas por improbables, cuando no imposibles. En primer lugar, que de forma puntual la guardaba en el recto. Sin embargo, en el análisis del contenedor no se encontró ni rastro de materia fecal. Por otro lado, a todos nos han puesto alguna vez un supositorio y sabemos que cuesta la propia vida retenerlo hasta que se disuelve en el recto, cuanto más una vaina de latón que hay que retener como sea y que puede escaparse en cualquier momento. La otra era la posibilidad de tenerla oculta en el reborde interior del inodoro, y para llevar a cabo una inspección a fondo la Comisión en pleno se personó el día 24 de octubre en la celda nº 5. Como saben, la salida del agua de la cisterna la conduce por presión por todo el contorno del grueso reborde interior de la taza para que caiga por todas partes. Obviamente, sería bastante arriesgado quitar el envase con la cápsula cada vez que tiraba de la cisterna (que por cierto no estaban en las celdas, sino fuera, para impedir precisamente ocultar nada dentro). Por otro lado, esta opción entrañaba dos riesgos más: uno, que podía caerse en cualquier momento sin darse cuenta; y dos, que Andrus podía ordenar de forma repentina un intercambio de celdas, como ya había hecho anteriormente, por lo que perdería su cápsula. También se consideró la posibilidad de que Göring se hubiese hecho una especie de bolsillo en la piel del ombligo para poder guardarla, pero el examen que se hizo de su cadáver desechó esa opción. También se pensó en el mismo sistema usado por Himmler, oculta en una muela, pero igualmente se comprobó que no era posible.

Tras desechar todas las opciones que permitirían haber mantenido al menos una cápsula en su poder durante meses, la conclusión final era evidente: ambas cápsulas habían estado siempre en la sala de equipajes. Pero, ¿cómo acceder a ellas? Veamos este asunto...

Jack G. Wheelis (1913-1954) junto a Göring. En el reverso de esa
foto hay una dedicatoria del mariscal
De entrada, todos los oficiales con autorización para acceder a la sala fueron interrogados y debieron firmar una declaración jurada de que no habían dejado entrar a nadie en la misma. Esa declaración era una gilipollez porque, por razones obvias, de haberlo hecho ninguno iba a reconocerlo. Pero la cosa es que ni siquiera hacía falta permitir el acceso a personas que lo tenían vetado. Ellos mismos podían haber sido el vehículo para sacar lo que fuera de la dichosa sala. Para ello, bastaba pasar una nota a los oficiales encargados de la custodia de la sala solicitando tal prenda o tal objeto. No había nada raro en pedir un moquero, un par de calcetines o una libreta de notas, así que se los entregaban sin más. Por otro lado, si necesitaban alguna medicina pasaban una nota que se enviaría al médico de la cárcel y le facilitaría la dosis necesaria. Göring en concreto solía pedir analgésicos contra el dolor de cabeza con cierta frecuencia. Por lo tanto, si el veneno estaba en la sala de equipajes, era imperioso planificar una táctica que le permitiera sacar de ella cualquier cosa sin levantar sospechas. Por un lado, debía hacerlo con cierta regularidad para que esas peticiones se convirtieran en algo habitual, ergo carente de interés. Por otro, debía buscar un militar proclive a convertirlo en su aliado sin que se diera ni cuenta, y en eso el ciudadano Hermann era un maestro consumado. El elegido fue el teniente Jack G. Wheelis.

Göring escribiendo una nota con la pluma Mallat que
vemos en la foto inferior. La Montblanc ya la tendría
Wheelis a buen recaudo
Wheelis era un joven oficial tejano de 33 años, un gigantón de casi dos metros que había sido jugador de fútbol americano y que era, mira por donde, un apasionado de la caza. ¿Y qué cazador del mundo se resistiría a charlar nada menos que con el Reichsjägermeister que no solo había cazado en los mejores cotos de Europa, sino que podía narrarle mil lances venatorios a cual más emocionante? Wheelis fue literalmente abducido por el incuestionable encanto personal que Göring sabía sacar a relucir cuando le interesaba, y con su pico de oro y su arrolladora personalidad se lo metió en el bolsillo. Para afianzar su amistad con Wheelis no dudó en hacerle algunos obsequios ciertamente valiosos. Uno fue una pluma estilográfica de oro de la firma Montblanc con su nombre grabado en la misma. Para que se hagan una idea, una Montblanc "corriente" de hoy día puede salir por más de 1.000 pavos, por lo que una de oro y encima firmada por el Reichsmarchall costaría un riñón solo por su valor histórico. Göring, que de todos los presos era el que más cartas y notas escribía, se conformó con otra más modesta, una Mallat modelo 150 fabricada en París en 1936. Pero la "inversión" merecía la pena, obviamente. Tener a Wheelis contentito era tener la llave de la sala de equipajes.

Y aquí vemos el reloj Genève. Tras la muerte de Wheelis, su viuda
lo puso a la venta junto con la pluma Montblanc
Y por si la pluma no era bastante, le obsequió con un magnífico cronómetro de pulsera, un Genève Universal de aviador con su firma grabada en la caja. Nuevamente, aparte del valor crematístico de la pieza, su precio como pieza de colección podía alcanzar cifras suntuarias. Sin embargo, Wheelis mantuvo semiocultos estos regalitos. Y decimos semiocultos porque, aunque no se privó de lucirlos, no los eliminó del inventario de objetos personales de cada preso, por lo que Andrus nunca tuvo noticia de estos regalos que, obviamente, le habrían hecho sospechar. Y a todo ello añadió además un precioso par de guantes hechos a medida con piel de primerísima calidad. Ya sabemos de la afición de Göring por los lujos, así que los puñeteros guantes serían una pasada. 

El par de guantes que también fueron a parar a manos,
nunca mejor dicho, de Wheelis
Con esto, nuestro astuto y orondo mariscal tenía prácticamente garantizado sacar lo que quisiera de la sala de equipajes. Pero ojo, Göring no iba a ser tan memo para decirle a su amigo Wheelis "¡Oye, Jack, mete los dedos en el bote de crema y me sacas una de las ampollas de cianuro, que estoy depre y quiero darme boleta!". La petición de Göring tuvo que ser una que le habría hecho mogollón de veces sin dar lugar a sospechas: "Porfa, mi querido amigo, tráeme el bote de crema, que con la jodida dermatitis llevo dos horas rascándome como un macaco". Wheelis le llevaba el bote, Göring se administraba una cantidad razonable para no gastarla y la devolvía. ¿Quién iba a sospechar que dentro había dos vainas de fusil recicladas en envases con sendas ampollas de cianuro potásico en su interior? Obviamente, nadie.

Wheelis con el reloj de Göring en su muñeca
izquierda. Nunca se preocupó de ocultarlo, sino
más bien lo contrario
Bueno, llegamos al día 11 de octubre. Gilbert informa a Göring de que su apelación no ha sido aceptada, que será ahorcado y que la ejecución tendrá lugar en pocos días. Ha llegado el momento decisivo. Oficialmente, Göring aún no sabe nada, así que se hace el longuis y, una vez más, ruega a Wheelis que le haga llegar su bote de crema. La inversión había sido rentabilizada al cien por cien porque durante la primera quincena de octubre el responsable de la sala de equipajes era el capitán Starnes, que no pondría pegas a su compañero para facilitarle la crema. Sabía que la pedía con frecuencia y, aunque en teoría la petición debería haberla dirigido a él, también era consciente de la buena relación entre el mariscal y Wheelis. De hecho, en la declaración jurada que todos los investigados tuvieron que firmar, Starnes añadió una curiosa coletilla: "...puedo afirmar que personalmente no di a Göring nada de la sala de equipajes". Da que pensar, ¿no? Él estaba encargado de la sala ese día, jura que no dio nada a Göring, pero no dice que no dio nada a nadie, ergo no cometió perjurio al no mencionar que, aunque no había dado nada "personalmente" a Göring, si habría facilitado un objeto al mariscal a través de su compañero, el teniente Wheelis. Así pues, Göring saca uno de los envases con su ampolla dentro y devuelve el bote de crema a la sala de equipajes con la otra ampolla en su interior. Guardarla tres o cuatro días sería el desafío final. ¿Ordenaría Andrus un intercambio de celdas? ¿Un registro a fondo? Parece ser que no. Cuando Andrus supo del fracaso de las apelaciones y la inminencia de los ahorcamientos, permitió cierta relajación. Se diría que, total, para cuatro días de vida que les quedaban tampoco era plan de ponerse borde. No obstante, el riesgo era importante. Si se descubría la cápsula, adiós muy buenas, porque lo mantendrían con 18 centinelas alrededor las 24 horas del día, y ni Wheelis ni nadie le podría hacer llegar su cápsula de reserva. ¿Cómo asegurarse?

Göring durante una entrevista con su abogado. Como vemos, la
sala de visitas era un sitio imposible: un cristal, una tupida rejilla
y un PM encima del acusado hacían imposible cualquier cambalache
En teoría solo cabe una opción: la guardó en la caña de la bota, como afirmaba en su carta, o en cualquier sitio que hubiese ido preparando para, llegado el momento, tener un escondite eficaz. Una vez terminado el juicio ya solo salían de las celdas la hora de recreo para estirar las piernas, así que podría mantener su cápsula consigo salvo que ordenasen un exhaustivo registro de última hora. Así pues, ya tenemos a Göring con su cápsula de veneno dispuesto a usarla durante la víspera de la ejecución, antes siquiera de que Andrus procediera a notificar a los presos el rechazo de sus apelaciones, la confirmación de las sentencias y a que se dispusieran a palmarla en breve. Solo nos queda pues un elemento que podría complicar la despedida del ciudadano Hermann: las cartas. Si se descubrían, era obvio que su intención era suicidarse, y que además disponía de los medios para ello. Por lo tanto, esa postrera chulería podría costarle muy cara, pero alguien como Göring no estaría dispuesto a dejar de cachondearse de sus carceleros. Podría haber escrito una simple carta de despedida a su mujer, una nota de agradecimiento al capellán y otra a Andrus cagándose en sus muertos, aunque sin mencionar para nada su intención de quitarse la vida por su propia mano, pero su orgullo le pudo, y necesitaba darle de collejas simbólicas al personal. ¿Cómo hacerlo sin arriesgarse?

Göring con su sempiterno uniforme de mariscal y
sus botas altas. ¿Pudieron ser el escondite? Ah...
Solo tenemos dos opciones: una, meterlas entre el abundante papel que siempre tenía en su celda y rogar porque nadie las leyera. Ya hemos dicho que no paraba de enviar cartas y notas, así que ningún guardia sospecharía por verle escribir, y menos por bichear en sus cartas. De hecho, otros presos se entretenían escribiendo ensayos o incluso sus memorias sin levantar sospechas. La otra opción era la seguridad total, y aquí entra en escena el hombre que primero puso la mano encima al cadáver, el médico alemán, el Dr. Ludwig Pflücker. Recordemos que los primeros en entrar en la celda del mariscal moribundo fueron el capellán Gerecke y el teniente McLinden, mientras que el teniente Croner iba en busca de Pflücker. Fue éste el que destapó el cadáver y halló el o los sobres (ya hemos dicho que en la investigación no se aclaró este hecho), y en vez de cogerlos sin más quiso tener un testigo de que estaban sobre el cadáver y lo iba a coger para entregárselo al capellán. Pflücker no corría en realidad ningún riesgo. Si en el maremagno de la celda tenía la oportunidad de dejarlos sobre el cuerpo, lo haría. Sino, con mantenerlos ocultos estaba al cabo de la calle. Göring se quedaría sin enviar sus despedidas, pero tampoco iba a hundirse el mundo por ello.

Edda Göring (1938-2018). Nos dejó con las ganas
de saber quién fue el ángel guardián de su padre
En fin, así se desarrollaron los hechos, esas fueron las teorías que se plantearon y que cada cual se quede con la que prefiera. En la conclusiones de la investigación quedaron claras dos cosas: una, que de alguna forma imposible de averiguar, Göring había tenido acceso al veneno de una forma u otra; y dos, que indudablemente había tenido la complicidad de un oficial americano, por lo que lo más prudente era echar tierra al asunto para no hacer más el ridículo, sobre todo de cara a sus aliados que les habían confiado la custodia de los presos. Las fotos menos relevantes y sus negativos fueron destruidos, remitiéndose el resto del material de la investigación al Consejo de Control en Berlín. Todos los que intervinieron en la investigación incluyendo el intérprete que tradujo las cartas juraron por sus muelas que jamás dirían una palabra al respecto, y del material enviado a la comisión no se hizo una sola copia: ni de las fotos, ni de los informes, ni de las cartas, ni de nada. SILENTIVM EST AVRVM.

Charles H. Bewley (1888-1969)
Años más tarde, cuando las aguas se calmaron, Charles Henry Bewley, antiguo embajador irlandés en Berlín entre 1933 y 1939 y amigo personal de la familia Göring, reveló en una biografía sobre el mariscal publicada en 1956 que "un no alemán en la prisión lo había ayudado a conseguir la cápsula en la noche de su ejecución". Emmy Göring conocía la identidad de dicho militar, pero jamás la reveló. Dejó su nombre en una carta a su hija Edda, la cual fue depositada en el despacho del abogado de la familia con instrucciones de no abrirla hasta el fallecimiento del hombre. Sin embargo, tras combatir en la guerra de Corea con el grado de capitán, Wheelis palmó con apenas 41 años de un fallo cardíaco sin que nadie dijera nada. Edda Göring murió en diciembre de 2018 y seguimos en la inopia, así que igual la carta desapareció o, simplemente, optó por ordenar que se destruyera. Sea como fuere nunca lo sabremos, si bien una cosa sí está clara: si en efecto Wheelis fue el que facilitó el veneno a Göring, casi con total seguridad lo hizo de forma totalmente inconsciente. En todo momento, Wheelis se limitó a facilitarle un bote de crema. No considero justo cuestionar la honorabilidad de un militar ante lo que sería un acto de traición por el hecho de haber aceptado regalos por parte de un preso con el que hizo química por aficiones comunes.

Pero la historia no acaba aquí. Unos años después surgieron dos candidatos a cómplices con explicaciones que me limito a plasmar, y que cada cual considere su credibilidad.

Erich von dem Bach-Zelewski (1899-1972)
Una provino del ex SS-Obergruppenführer Erich von dem Bach-Zelewski, que tras ser detenido por los yankees el 1 de agosto de 1945 fue enviado a Nuremberg junto a otros tantos mandamases. A pesar de sus múltiples masacres en el Frente Oriental, curiosamente fue liberado en 1949 sin cargos. No obstante, dos años después le llegó a hora de rendir cuentas y pasar de un proceso a otro hasta que acabó sus días en la cárcel de Múnich en 1972 sin haber podido recobrar nunca más la libertad. Bien, la cuestión es que Bach-Zelewski, no se sabe por qué, se arrogó haber sido el que facilitó el veneno a Göring durante su estancia en Nuremberg, concretamente en un momento en que se cruzaron en un pasillo. Según aseguró, el envase de la ampolla estaba dentro de una pastilla de jabón que había vaciado en parte para, luego, rellenar el hueco con el mismo jabón. Según él, para disimular la marca se lavó varias veces las manos hasta que el uso borró todo rastro, lo que se me antoja complicado porque las celdas carecían de lavabos. Por otro lado, veo esta teoría bastante improbable porque dudo mucho que los guardias, que vigilaban constantemente al personal a través de mirillas, no se dieran cuenta del cambalache en pleno pasillo. Y a todo ello, añadir que no explicó cómo obtuvo y ocultó el veneno el tiempo necesario hasta tener la oportunidad de entregárselo a Göring. En todo caso, esta declaración no se considera verídica actualmente.

Herbert Lee Stivers (1926-2018)
El último capítulo de este culebrón lo protagonizó un tal Herbert Lee Stivers, un soldado raso que sirvió como PM en la 1ª División de Infantería y que figuraba entre los encargados tanto de la vigilancia de los presos en la Sala 600 durante las sesiones como en la galería de la cárcel. Stivers, con apenas 19 años y jeta de seminarista, no tenía precisamente pinta de feroz policía militar. Su declaración llegó un poco tarde, nada menos que en 2005 ya que, según dijo, tenía miedo de haber sido inculpado por haber servido, aunque de forma involuntaria, de instrumento para el suicidio de Göring. En una entrevista concedida a "Los Angeles Times" cuando tenía ya 78 tacos, Stivers aseguraba que un día se le aproximó una chica muy mona que decía llamarse Mona. En aquella época era habitual que muchas mujeres jóvenes se arrimasen a los militares yankees o british para sacarles algo de comida o, con suerte, un casorio que las alejase de las escombreras donde malvivían. Le chica mona le preguntó por su vida en la ciudad, así que Stivers, como buen pardillo rebosante de hormonas, quiso darse pisto y le respondió que era uno de los que vigilaban a los malvados criminales nazis que estaban siendo juzgados en el Palacio de Justicia. La mona Mona le replicó que un mozalbete con pinta de testigo de Jehová repartidor de biblias como él no se veía acorde a una misión tan importante, así que el tontolaba este picó como un barbo y le aseguró que se lo demostraría al día siguiente.

Stivers cuando concedió la entrevista. Se le nota
un poco cambiado respecto a la foto anterior, ¿no?
Cuando acudió a la cita con la mona Mona le plantó ante la jeta un autógrafo del mismísimo Göring, que según él había conseguido cuando lo escoltaba a la sala del tribunal. Mona se hizo la sorprendida, y le presentó a dos amigos llamados Erich y Mathias, los cuales le rogaron que le hicieran llegar al mariscal una pluma conteniendo una nota. Le aseguraron que no era nada malo, sino una forma de contactar con él ya que padecía una grave enfermedad que no le estaban tratando en la cárcel. Imagino que Stivers no sería tan imbécil como para tragarse un camelo tan burdo, por lo que colijo que la mona Mona fue la que se encargaría de convencerlo, ya me entienden... En realidad, aquello parecía ser una prueba para ver si Stivers era capaz de hacer llegar la pluma al mariscal. Tras otro intento más con otra supuesta nota, hubo una tercera que, según el tal Erich, contenía la medicina que Göring necesitaba con urgencia, o sea, el tósigo mortal. Cuando el guripa se percató de los efectos de la "medicina" tuvo la inquietante sensación de que le había tomado el pelo y, simplemente, se habían aprovechado de su juvenil ignorancia, por lo que optó por cerrar la boca para que no le entrasen moscas. Total, nadie lo había acusado y nadie sabía nada de sus tejemanejes con la mona Mona. Está de más decir que cuando se supo que Göring había pasado a mejor vida, la mona Mona y sus compinches desaparecieron para siempre. Ahí termina la historia de Stivers. ¿Fue verdadera o un simple camelo de un jubilado con ganas de salir en los periódicos? Nunca lo sabremos, porque Stivers palmó en mayo de 2018 con 91 tacos, así que dudo que pueda añadir nada a su historia. En todo caso, ahí la dejo.

Bueno, criaturas, con esto terminamos esta extensa y detallada historia sobre la autolisis del controvertido ciudadano Hermann. Como colofón y para ahorrar a mis lectores pedirme que manifieste mi opinión al respecto, pues la digo ya:

El ciudadano Hermann sale a estirar las piernas con un mayor
yankee y, de paso, aprovechar la peli para la propaganda en
USA. Fue tomada en Kitzbühel, antes de su traslado al
Campo Ashcan
Göring siguió un plan minuciosamente trazado desde el mismo día en que se entregó a los aliados. De hecho, puede que desde mucho antes tuviera más o menos un boceto de cómo actuar según fuesen sucediendo los acontecimientos. El veneno siempre estuvo en su poder o en un lugar accesible, bien por él mismo, bien mediante un cómplice que, en este caso, creo que es innegable que se trató de Wheelis. A Göring le costaría media hora de palique para ganárselo, y cuando le plantó delante de la jeta su magnífico reloj de pulsera quedaría literalmente rendido. Al cabo, el que le estaba regalando su reloj había sido el segundo hombre más importante de Alemania, un personaje de talla mundial, as de la aviación durante la Gran Guerra, y él, un provinciano tejano, había sido agraciado por el gran hombre para compartir algunos ratos de asueto y ser su confidente cuando le narraba sus lances de caza. En muchas revistas anteriores a la guerra salían publicadas fotos de Göring como Reichsjägermeister ante piezas por las que un entusiasta cazador vendería a su abuela ¿Quién podría resistirse? Wheelis, desde luego, no.

Finalmente, recordar de nuevo que este suceso marcó a Andrus el resto de su existencia. Como recordarán, en la entrada anterior sugería que quizás su último pensamiento antes de palmarla fue para Göring. Bueno, pues fue un hecho verídico. Momentos antes de morir a causa de una leucemia, cuando los delirios previos al momento supremo se apoderan de la mente, le espetó a su hijo mientras palpaba a su alrededor buscando su uniforme: "¡Me acaban de decir que Göring se ha suicidado! ¡Debo ir a ocuparme del asunto!" Increíble, ¿no?

En fin, espero que les haya resultado interesante, y me juego una docena de botellitas de Hennessy X.O. a que sus cuñados no saben un carajo de esta historia salvo que el inefable Göring se trincó un chute de cianuro que lo dejó listo de papeles, así que no duden en masacrarlos de forma inmisericorde.

Hale, he dicho

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¿Imaginaría el ciudadano Hermann en ese momento que acabaría sus días petado de cianuro, que por cierto debe saber a rayos, tapado con una manta cuartelera y enchiquerado en la gélida celda de una prisión? Al final, de una forma u otra, acabamos pagando por nuestros actos. A todo esto, observen que aquí también aparece con espuelas. Sería para espolear al personal, porque nunca apareció desfilando en un penco, ni siquiera en un percherón capaz de aguantar sus buenas arrobas