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jueves, 25 de agosto de 2022

TROPAS OBSOLETAS DE LA GRAN GUERRA. LA CABALLERÍA ALEMANA

 

Ulano alemán, distinguible de otras unidades por su característico tschapka y su casaca con dos hileras de botones. Hasta la unificación del ejército alemán, eran las únicas unidades de caballería que usaban lanza

En los albores del siglo XX y al igual que en todos los estados mayores de Occidente, en Alemania aún se tenía claro que la caballería era un arma de vital importancia en cualquier ejército decente. En sus juegos de guerra librados en las salas de banderas, la caballería era más polivalente que una navaja suiza: podía irrumpir de forma inesperada al inicio de la batalla y sembrar el desconcierto en las filas enemigas, podían realizar fulgurantes maniobras envolventes para atacar de flanco a la infantería o cortar sus líneas de abastecimiento, podía- y ese era quizás su principal cometido- llevar a cabo labores de exploración cuyo resultado sería determinante a la hora de decidir el despliegue táctico de las tropas propias y, por supuesto, podían y debían perseguir al enemigo en fuga para exterminarlos bonitamente y para que los supervivientes contaran a sus cuñados el mal rato que habían pasado, y que lo más sensato era largarse con viento fresco. Está de más decir que todas esas teorías se fueron al garete en agosto de 1914, cuando las nuevas armas dejaron claro que la época de las cargas gloriosas y de la gallarda caballería acababa de entrar en un ocaso que, sin prisa pero sin pausa, daría término al arma más temida y decisiva en los campos de batalla durante siglos.

Tras la Unificación de Alemania en 1871, una veintena de estados residuo del antiguo Sacro Imperio acordaron formar una nueva y poderosa nación bajo la égida del reino más importante de todos, Prusia, que además era el que traía consigo la tradición militar de mayor peso. Con el nuevo país surgió un nuevo ejército que, por razones obvias, había que reorganizar de cabo a rabo bajo un solo mando y con el mismo reglamento y armamento para todos. A la derecha podemos ver la gran extensión del nuevo imperio, que se vio aumentado por la anexión de Alsacia y Lorena tras la aplastante derrota que infligieron a los gabachos (Dios maldiga al enano corso) en la breve Guerra Franco-Prusiana, en la que a los tedescos les bastaron diez meses para poner las peras a cuarto al en teoría mejor ejército de Europa. Tras la Gran Guerra perdieron parte de Silesia y parte de Prusia, y tras la 2ª Guerra Mundial vieron como las dos terceras partes de Prusia Oriental fueron a parar a manos de los polacos.

De izquierda a derecha, los cuatro tipos de jinetes del ejército
alemán: Coracero, ulano, dragón y húsar. Todos conservaron sus
uniformes, distintivos y demás zarandajas, pero tanto el armamento
como su despliegue en el campo de batalla sería idéntico para todos
El nuevo Ejército Imperial traía tras de sí una larga y gloriosa tradición en lo concerniente a la caballería. Desde tiempos de los reitres en el siglo XVII, en todas las guerras que estos belicosos homínidos mantuvieron por toda la Europa dejaron bien claro que sus habilidades ecuestres no tenían nada que envidiar a las del resto del continente incluyendo la formidable caballería del enano corso (Dios lo maldiga una vez más) durante el nefasto período en que semejante mini-psicópata ostentó el poder, llevando consigo la muerte y la destrucción a todas partes. Y, como las demás naciones de la época, disponía de regimientos de caballería de línea formados por coraceros y ulanos, así como de caballería ligera con dragones y húsares. Los primeros estaban destinados ante todo a llevar a cabo cargas en orden cerrado armados con espadas y lanzas respectivamente contra cuadros de infantería, mientras que a los segundos se les confió la misión de acudir velozmente a prestar ayuda a unidades comprometidas, echando pie a tierra y combatiendo con armas de fuego, y a los húsares la exploración, labores como mensajeros y persecución del enemigo. Sus armas eran el sable y la tercerola. Por lo demás, siendo la caballería el arma aristocrática por excelencia, su oficialidad procedía principalmente de la nobleza tedesca, a la que eso de luchar a pie se le antojaba una vulgaridad y tal. 

Sin embargo, en 1890 los mandamases dieron un giro radical al concepto táctico de la caballería. A partir de aquel momento, todos los regimientos serían válidos para cumplir cualquier misión, ya fuese propia de caballería de línea o de caballería ligera, y todos estarían dotados del mismo armamento. Así pues, mientras que los demás ejércitos seguían manteniendo el uso táctico tradicional de cada unidad y sus respectivas panoplias, los tedescos optaron por unificar toda la caballería. La idea, que en sí era totalmente revolucionaria, permitía no depender de la presencia de tal o cual regimiento para una misión concreta, sino que cualquiera de ellos podría desempeñar cualquier acción sin problema. Y para ello, nada mejor que dotar a sus regimientos de una panoplia más extensa posible, con la lanza como arma principal y la espada y la carabina como secundarias. ¿Qué por qué la lanza, un arma casi olvidada por aquella época que solo seguían usando los regimientos de ulanos? Ahora lo veremos.

Tres Jäger a principios de la guerra. En la espalda portan sus carabinas
Mauser 1898AZ, y como prenda de cabeza usan sus característicos
tschako. Sus uniformes, como era tradicional, eran de color verde
en vez del gris de campaña del resto del ejército
En todo caso, la cuestión es que el nuevo concepto pergeñado por las eminencias grises del Ejército Imperial, la caballería "... debe buscar resolver sus misiones de manera ofensiva, y solo cuando la lanza esté fuera de lugar se recurrirá a la carabina." A esa agresiva doctrina habría que añadir que "ningún escuadrón debe esperar a ser atacado, sino que siempre debe atacar al enemigo primero". No obstante, el entrenamiento de los jinetes para combatir a pie y al uso de armas de fuego iba poco más allá de lo testimonial, centrándose ante todo en el manejo de la lanza y de la espada. Como complemento en el caso de precisar de tropas de apoyo a pie se agregó a cada división de caballería un batallón de Jäger (cazadores), tropas de uso mixto que ya eran usadas desde mucho tiempo atrás por todos los ejércitos de Europa y cuyo uso táctico consistía en emplear sus pencos para trasladarse rápidamente donde fuera necesario y, una vez allí, descabalgar y combatir como si de infantería se tratase. O sea, que se podría decir que en realidad eran infantería a caballo que usaban a estos animalitos para tener más flexibilidad y rapidez de movimiento.

Atípica imagen de un grupo de húsares con lanzas durante la
Kaisermanöver celebrada en 1913, en la que los tedescos, en vista
de que la cosa se estaba poniendo calentita, quisieron mostrar a los 
observadores militares foráneos que estaban preparados para la fiesta
Bien, la cuestión es que, como hemos dicho, la lanza se convirtió en el arma principal de la caballería. Esto convertía a todos los regimientos en unidades de ulanos independientemente de que conservaran sus uniformes y demás atributos, pero el uso de la lanza fue impuesto por Prusia conforme a su nueva doctrina de crear una caballería todo-uso, la Einheitskavallerie (literalmente, unidad de caballería), considerando la lanza como un arma mucho más eficiente de cara al tipo de combate planteado en los manuales y que, al menos en teoría, daría una clara ventaja contra tropas a caballo armadas con espadas o sables, así como de infantería con fusiles y bayonetas. Para ello se introdujo un nuevo modelo que mandó al trastero de las maestranzas militares todos los modelos que estaban en servicio hasta el momento, dando lugar a la Stahlrohrlanze 1890 (lanza de tubo de acero 1890), una soberbia pieza obtenida de un tubo sin soldaduras de una sola pieza como la que posteriormente adoptó el ejército español, precisamente basado en este modelo. En la foto inferior podemos ver el resultado de las modificaciones efectuadas en 1893, que fue la que se convirtió en el arma definitiva:



En la parte superior tenemos una vista general de la lanza, que tenía una longitud total de 320 cm., de los que 12'6 correspondían a la moharra con forma de pirámide cuadrangular, lo que la hacía especialmente sólida. Su peso era de 2'12 kg., y en la parte central del asta se aprecia un encordado de cáñamo para facilitar el agarre, así como un disco que actuaba como tope para la mano. Sin embargo, este tipo de punta estaba más bien concebida para penetrar en corazas de jinetes y, al carecer de filos, no resultaba tan eficaz como pueda parecer contra una infantería cuya ropa y correajes podían desviarla. Con todo, es evidente que un lanzazo de lleno en el cuerpo a toda velocidad convertía al enemigo en un pinchito moruno. Más abajo podemos ver la punta y los cáncamos para fijar el gallardete- seis inicialmente y luego reducidos a cuatro- que se fijaba mediante unos ojales y una corregüela consistente en un simple cordón anudado en los extremos, como podemos observar en el detalle de la izquierda. Por último, en la parte inferior tenemos un primer plano de la punta. Los gallardetes, aunque tradicionalmente se usaban en combate, a aquellas alturas habían quedado relegados a las paradas y entrenamientos. A la hora de batirse el cobre eran desmontados. Por otro lado, los cáncamos resultaron ser en todo momento un inconveniente ya que actuaban como un arpón al penetrar en el cuerpo de los enemigos, dificultando en muchos casos la extracción del arma que, a plena carrera, podía significar perderla o verse con el hombro dislocado. Por lo demás, la lanza estaba provista de un regatón que durante las marchas reposaba en uno de los dos porta-regatones fijados en cada estribo (foto A), mientras el brazo reposaba en el portalanza (foto B). Debajo vemos las distintas banderolas de diversas unidades que, como los uniformes e insignias, siguieron conservando durante todo el conflicto.

La lanza no era en sí un arma más letal que una espada. Al cabo, producía una herida punzante similar con la diferencia de que, en el caso de la lanza, no se producía la temible curvatura de la hoja de la espada que, al penetrar en el cuerpo de la víctima, producía unos destrozos tremebundos en el interior del cuerpo. Por lo tanto, en puridad, una estocada era de facto incluso más mortífera que un lanzazo. Sin embargo, la lanza tenía dos ventajas: era un arma más sólida y con un alcance mayor. Su desventaja principal salía a relucir cuando los jinetes se veían envueltos en una mêlée, bien con infantería, bien con otros jinetes, pero en ese momento siempre se podía mandar la lanza a hacer puñetas y meter mano a la espada.

Las nuevas Einheitskavallerie de los tedescos se olvidaron de los sables y adoptaron únicamente espadas si bien se emplearon dos modelos. A los coraceros se les asignó la Pallasch modelo 1883 (foto A), un arma con una hoja de 82 cm. provista de dos acanaladuras que se extendían hasta la punta de la misma. La longitud total era de 110 cm. Su empuñadura de bronce (foto superior izqda.) estaba provista de tres generosos gavilanes para proteger la mano del jinete, y para facilitar su agarre estaba fabricada de cuero encordado con un torzal de alambre. Disponía de una lazada de cuero para asegurar el dedo índice, y un guardapolvo de ante en la parte inferior de la empuñadura. La vaina, fabricada enteramente de acero pavonado, tenía una única abrazadera con una argolla.



Al resto de unidades- dragones, húsares y ulanos- las equiparon con la formidable Kavalleriedegen 1889 (espada de caballería, foto B), un arma de aspecto masivo con una hoja de 82 cm., una longitud total de 95 cm. y un peso de 900 gramos, pero provista de una peculiar hoja con la punta en forma de pluma, especialmente concebida para estoquear sañudamente al personal. La empuñadura (foto de la izquierda), estaba fabricada de baquelita y se fijaba mediante dos tornillos pasantes. La espiga iba remachada en la monterilla. Las guarniciones eran de acero, formando una cazoleta con el águila prusiana decorando el conjunto. Tenía un apoyo para el pulgar y en la empuñadura un rebaje para afianzar el dedo índice, y en las guarniciones se colocaba el fiador formado por una cinta de lona beige con seis listas marrones rematada por una borla blanca. Su misma morfología, con esa acusada curvatura, indica que estaba diseñada para enfilarla hacia los enemigos sin tener que forzar la muñeca. Por lo demás, en la base de la empuñadura vemos el guardapolvo. La vaina era igual a la del otro modelo. 

Cuando no se llevaba colgando del prendedor del uniforme, la espada era asegurada en un tahalí en la montura. En la foto de la derecha podemos ver su aspecto. Tras ella se ve perfectamente la bolsa de herrajes habitual en los pertrechos de la caballería, conteniendo herraduras de repuesto y los clavos para las mismas.

Sin embargo, y a pesar de que su uso como arma secundaria hacía a la espada en teoría un arma recomendable, lo cierto es que su uso fue tan residual que a partir de julio de 1915 empezaron a ser retiradas del servicio. La cuestión es que las espadas, aunque inmejorables a la hora de llevar a cabo una carga en masa, no eran especialmente útiles cuando se formaba una mêlée, donde era más fácil descargar tajos cuando los enemigos estaban literalmente encima. Una estocada era más difícil de propinar por falta de espacio, mientras que un sablazo de arriba abajo sobre la cabeza del infante pegajoso era definitivo. De hecho, parece ser que muchas unidades optaron por afilar sus espadas sin más historias. Por otro lado, muchos jinetes procuraban agenciarse una pistola que, aunque no formaba parte de su armamento reglamentario, a la hora de verse comprometidos en un combate cerrado era un arma mucho más adecuada y resolutiva: un balazo en plena jeta y a otra cosa, mariposa. 

Ulano empuñando su espada modelo 1889. Tras su muslo vemos
la carabina enfundada y protegida por una cubierta que impedía
tanto la entrada de agua o suciedad como que se cayera por algún
motivo. La soga que la rodea es la cuerda de amarre propia de
las unidades de caballería para que los pencos no se largaran con
viento fresco en cuando les quitaban el cabezal y el bocado
En cuanto al arma de fuego auxiliar, inicialmente se adoptó la carabina Mauser modelo 1888 en calibre 8x57 mm. (abajo, foto superior), un arma derivada del fusil que fue la primera arma de repetición alemana. Con una capacidad de 5 cartuchos, fue introducida en noviembre de 1891 como carabina para unidades de caballería tras la fusión de todas las unidades de dicha arma. El sistema de carga era mediante clips que, una vez agotados, caían por la parte inferior del cargador de forma similar al Carcano 1891, y su diseño estaba claramente indicado para ser usado por jinetes. Su longitud era de 94'5 cm., y el cañón quedaba totalmente oculto por un guardamanos que se prolongaba hasta la boca del mismo. La palanca del cerrojo carecía de la típica bola, y tenía una forma aplanada para evitar enganchones a la hora de manejar el arma a caballo. Era transportada en una funda de cuero en el lado derecho de la silla, si bien este accesorio fue desapareciendo hasta que lo habitual era ver al personal con la carabina terciada a la espalda, para lo cual disponían de una correa que permitía ajustarla al cuerpo y no fuese golpeando los lomos. El jinete llevaba seis cartucheras con capacidad para cuatro clips, lo que suponía una dotación de 120 cartuchos.


Dos jinetes del Landwehr patrullando en algún lugar de la
retaguardia. Ambos muestran sendas carabinas modelo 88
La sustitución del modelo 1888 por el mucho más eficiente Geherh 1898 supuso la introducción de la carabina 1898 AZ (arriba, foto inferior), acrónimo de algo tan absolutamente impronunciable como Aufpflanz und Zusammensetzvorrichtung, que traducido sin que a uno se le colapse la lengua viene a querer decir "con raíl para bayoneta y gancho de apilar". En este caso, apilar quiere decir formar pabellones. La bayoneta de dotación era el modelo 1884/98 que vemos debajo del arma. Esta carabina, de donde luego surgió la archifamosísima a nivel galáctico KAR 98 K, tenía una longitud de 109 cm., un peso de 3'5 kg. y se alimentaba mediante peines de 5 cartuchos del mismo calibre que el modelo anterior. No obstante, la carabina 88 no desapareció del mapa. A lo largo de todo el conflicto, muchas unidades de segundo escalón, del Landwehr, el Landsturm y la Ersatz la siguieron manteniendo en dotación, que las más modernas eran para los que estaban en el frente, como está mandado. Por cierto, para aquellos a los que esos palabros les suenen a chino o, mejor dicho, a alemán, el Landwehr era la milicia nacional nutrida por reservistas, el Landsturm lo formaban unidades de segundo escalón, o sea, algo así como el batallón de los torpes hispanos, y la Ersatz se nutría de hombres en edad militar pero que por cuestiones de tipo familiar, económico o lesiones que no eran totalmente incapacitantes quedaban como reserva.

Un Zug del 1er. Rgto. de Dragones de la Guardia en el campo
de maniobras
Bien, esta era la caballería con que contaba Alemania en 1914. Cuando empezó la fiesta, el Ejército Imperial disponía de 146 regimientos de los que 110 estaban operativos, 33 de reserva, 2 pertenecían al Landwehr y uno de Ersatz. De los 110 regimientos en activo, 66 se distribuyeron para formar 33 brigadas de caballería que, a su vez, formaron 11 divisiones bajo la denominación de Höerer Kavallerie-Kommandeur (Comando Superior de Caballería) que, obviamente, carecían de unidades de apoyo convencionales, por lo que se les agregaron a cada una un batallón de Jäger como fuerza de apoyo de infantería con una compañía de ametralladoras, una Artillerie Abteilung (Sección de Artillería) formada por tres baterías de seis cañones de campaña de 7,7 cm. cada una más las unidades habituales de apoyo de cualquier unidad moderna: transmisiones, ingenieros, transportes, etc. En cuanto a los efectivos por regimiento, eran de 36 oficiales, 688 suboficiales, clases y tropa, 709 caballos y otros 60 para tirar de toda la impedimenta, que iba desde un carro médico a los destinados al forraje para darle a los pencos gasofa en forma de paja y grano. Cada regimiento estaba formado por cuatro escuadrones en activo más uno que permanecía acantonado en Alemania para cuestiones administrativas y de instrucción. Cada escuadrón estaba formado por cuatro Züge (pelotones), siendo pues la unidad básica el Zug formado por entre 22 y 24 hombres al mando de un teniente. El escuadrón lo mandaba un rittmeister ( capitán de caballería. Literalmente, experto en caballos).

Escuadrón de dragones aprendiendo a partirse la crisma con estilo.
El dominio de la hípica era tan importante como el de las armas, y
los jinetes practicaban continuamente para saltar obstáculos, zanjas
o desenvolverse subiendo o bajando terraplenes
En cuanto al personal, como ya comentamos más arriba, la oficialidad se nutría ante todo de hombres pertenecientes a la aristocracia. De hecho, la caballería y la marina de guerra acaparaban la mayor parte de los jóvenes de la nobleza deseosos de palmarla como auténticos y verdaderos héroes germanos. Recordemos que, por ejemplo, el archifamoso freiherr Von Richthofen era rittmeister de un regimiento de ulanos, y siempre lució su uniforme con dos hileras de botones aunque trocase su corcel de carne y hueso por un Pegaso de madera y tela. El resto- suboficiales, clases y tropa- procedían de los quintos que, por razones obvias, eran seleccionados entre los hombres criados en ambientes rurales porque los capitalinos no sabían ni por qué lado del caballo había que auparse, con lo que se ahorraban tiempo de adiestramiento. La edad para ingresar a filas era a partir de los 20 años y la duración del servicio de tres, o sea, uno más que en cualquier otra arma o cuerpo. El motivo era evidente: el período de adiestramiento de un jinete era superior al de un infante o un artillero, por lo que su aprovechamiento debía extenderse para que fuese rentable. Tras licenciarse quedaba agregado durante otros cuatro años en la reserva, y finalmente eran incluidos en el Landwehr que le correspondiese hasta los 45 años.

Un jinete alemán hacia 1917. Como vemos, ya no lleva espada,
y la funda de la carabina ha sido eliminada
Cuando empezó la fiesta, la caballería tenía asignado un protagonismo de primera clase en el Plan Schlieffen. Basándose en su potencia y movilidad, su misión consistía en flanquear por el ala izquierda al ejército gabacho penetrando por Bélgica con la intervención de cuatro Höerer Kavallerie-Kommandeur. Lo malo es que cuando el sesudo Alfred, graf Von Schlieffen trazó su minucioso plan para barrer del mapa a los odiados y odiosos gabachos aún no se concebía que la guerra tradicional estaba a punto de pasar a la historia. De hecho, Schlieffen palmó año y medio ante de empezar la guerra, así que solo podía transmitir cambios en su plan invocando su belicoso espíritu con una ouija de esas que aún estaban por inventar. Las acciones de guerra de la caballería como tal fueron menguando a medida que avanzaba el tiempo, y al decir avanzar el tiempo hablamos de meses. Poco a poco, tal como ocurrió con la caballería gabacha, los gallardos jinetes fueron apeados de sus pencos, les plantaron en el cráneo un casco que no tenía nada que ver con sus elegantes tocados de coraceros, ulanos y húsares, y los metieron en zanjas fangosas a pegar tiros. El resto, cada vez menos, fueron destinados a misiones de exploración, mensajería, vigilancia en la retaguardia, conducción de prisioneros y, en resumen, nada que ver con eso de pinchar enemigos con sus magníficas lanzas.

Un regimiento de coraceros parte hacia el frente en agosto
de 1914 jaleados por la multitud, que los animaba a convertir
a los gabachos en brochetas. No habría muchas más despedidas
similares, y los caballos acabarían en muchos casos en las
cocinas de los regimientos para suplir la falta de carne
En fin, los jinetes tedescos sufrieron el mismo destino de sus colegas de otros ejércitos. No obstante, se resistieron heroicamente a pasar a la historia por mucha artillería y muchas ametralladoras que se desplegaran en los campos de batalla, y en la siguiente matanza mundial aún tuvieron ocasión de probar su valor en no pocas ocasiones. Pero la caballería ya estaba condenada a la extinción. Para curar a un caballo hace falta un veterinario, mientras que para reparar un camión solo hace falta un manitas si la avería no es muy chunga. Un caballo necesita forraje, grano y cuidados, y un vehículo se conforma con gasofa y echarle aceite de vez en cuando. En fin, que los animales ya iban sobrando, y tardaron en desaparecer de los ejércitos el tiempo que tardó la tecnología en buscarles un sustituto.

Hale, he dicho

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domingo, 28 de junio de 2020

Las condecoraciones en el ejército romano. CORONA MURALIS y CORONA VALLARIS

Como vemos, las fortificaciones de hace 20 o 22 siglos no tenían nada que envidiar a las medievales, y tomarlas por asalto
era igual de complejo y peligroso tanto en cuanto los medios para ello no variaron en siglos. O sea, que se valieron de
escalas o bastidas tanto en el siglo II a.C. como en el XV. Los ascensores y montacargas estaban aún por inventar


El fuerte de Tre'r Ceiri, en Gales, construido hacia el 200 a.C. Como vemos,
la complejidad de su estructura, las barbacanas y antemuros y sus murallas,
de más de 4 metros posiblemente, no casa con la imagen de un poblado
rodeado por cuatro palos medio podridos que se tiene de los "bárbaros".
En su época de esplendor albergó más de 150 casas y unos 400 habitantes
Antes de comenzar, un par de comentarios, a saber. Uno: como ya recordarán, en su día se comenzó una serie monográfica sobre las DONA MILITARIS, uséase, las condecoraciones en el ejército romano que, como es habitual en mí, interrumpí sin más hace ya algo más de cuatro años. No, esta no vez ya no diré lo de "carajo, cómo pasa el tiempo... etc." sino "cómo pasa el tiempo, carajo... etc." Bueno, la cuestión es que me he acordado que está incompleta aún, ergo lo que procede es ir añadiendo las que faltan aunque tarde otros cuatro años. Dos: es habitual, cuando no cuasi algo generalizado, que la gente tenga un concepto totalmente erróneo de los sistemas de castramentación de los pueblos enemigos de Roma. Sólo leer el título de este artículo ya creo que está claro que se trataba de distinciones relacionadas con los asedios, tanto de castillos o cercas urbanas como de fortificaciones de materiales lignarios. Por todo esto, como indicaba antes, colijo que más de uno se ha creído las afirmaciones de sus cuñados sobre el tema, y dan por sentado que los celtas, iberos, germanos, etc. no sabían fortificar, y que sus poblaciones eran defendidas por una empalizada birriosa que no aguantaba ni el embate de media docena de legionarios canijos. Pues va a ser que nones.

Construcción de la rampa para alcanzar la imponente fortaleza de Masada,
en Judea. El asalto se pudo llevar a cabo con una bastida provista de un
ariete. Solo el acarreo de tierra y cascotes ya mereció 100 coronas colectivas
para las sufridas tropas del legado Lucio Flavio Silva. Dos mil años
después, la rampa aún sigue donde mismo la dejaron los romanos
De hecho, los enemigos de Roma construían unas murallas igual de sólidas que estos probos imperialistas, a base de piedra de la buena y con la altura y el grosor necesarios para resistir la acción de máquinas de asedio. ¿O acaso el gran César montó el asedio que montó en Alesia para reducir una mísera valla de jardín? ¿Y lo de Masada, no lo recuerdan? ¿Y Jerusalén? ¿Y Numancia? ¿Acaso los hititas, los asirios y los egipcios no construían unas fortificaciones formidables cuando Roma no era más que un prado donde pastaban tanto las ovejas como sus pastores? Tomar esas ciudades supuso un esfuerzo militar de primera clase, comprometer en dichos asedios a miles de hombres y lo más granado de la ingeniería militar y los mejores expertos en poliorcética y tormentaria del ejército. Y no solo sabían fortificar enclaves de gran importancia, sino meros poblados. Los iberos y celtas peninsulares encerraban sus poblaciones u OPPIDA tras gruesas murallas de mampuesto coronadas posiblemente por empalizadas de troncos. Los pictos y celtas de Britania aprovechaban el terreno para fortificar los poblados con varios cinturones de murallas formando terrazas y, en resumen, bastaba con que se juntara una docena de casas para que sus habitantes las rodearan con fuertes empalizadas que no eran precisamente fáciles de superar, y más si las defendían varias decenas o incluso centenas de ciudadanos extremamente belicosos y muy indignados por la visita de aquellos extranjeros dispuestos a dejarlos con lo puesto o, peor aún, a esclavizarlos.

Dicho esto, y como ya podrán imaginar, coronar el primero una muralla o una empalizada era ganarse todas las papeletas para palmarla como un auténtico y verdadero héroe, y qué menos que, si el osado que lo lograba salía vivo del brete, pues premiarlo por su arrojo. Ya sabemos que las condecoraciones se inventaron para estimular al personal y que sirvieran de acicate a los demás cuando, si las fuerzas flaqueaban, no dieran media vuelta y se dieran de baja por depresión. Bien, con este introito creo que queda bastante claro el motivo de la existencia de estas dos distinciones de las que hablaremos hoy, así que, sin más dilación, vamos al grano.

CORONA MVRALIS

Un eficaz método para expugnar murallas era
formar rampas con los escudos. De ese modo,
los asaltantes podían llegar arriba sin exponerse
como lo harían usando solo escalas
La alusión más temprana a este premio proviene de un pasaje de Polibio en el que comentaba que se entregaba al primero que, sin distinción de rango, lograba coronar la muralla de una fortificación enemiga. No hizo alusión alguna a su aspecto o su nombre, sino solo que se trataba de una corona de oro. Si tenemos en cuenta la época en que vivió este probo historiador, entre el 200 y el 118 a.C., ya vemos que no se trataba de un premio inventado durante el Principado, sino mucho antes. El nombre por el que la conocemos proviene del muy posterior Aulo Gelio (125-180 d.C.), que explicaba que los comandantes de los ejércitos daban una CORONA MVRALIS al primero que lograse traspasar por la fuerza el parapeto de una muralla enemiga. Obviamente, entre el relato de Polibio y el de Gelio, con más de dos siglos por medio, pudo haber inicialmente un período en el que estas distinciones carecían de un nombre específico, pero de momento nos quedaremos con las ganas de saber si fue así o si desde el primer momento ya recibió la designación de CORONA MVRALIS aunque Polibio no la mencionase, bien por desconocimiento o porque no le dio la gana. 

Según Aulo Gelio, la corona tenía forma de muralla almenada formando un círculo que se asentaba sobre una especie de burelete o rosco acolchado para ajustarla a la cabeza. La muralla estaba perfectamente definida, mostrando tanto el relieve de la sillería como la merlatura, las ventanas y la puerta de acceso. Han llegado a nuestros días algunos testimonios gráficos gracias a la costumbre de estos probos homicidas de rellenar sus cipos funerarios con sus condecoraciones para dejar constancia a la posteridad de sus elevadas dosis de testiculina. El ejemplo más preclaro lo tenemos en el de Sexto Vibio Gallo, PRIMVS PILVS de la LEGIO XIII GEMINA y jubilado como PRÆFECTVS CASTRORVM, que debió ser una especie de Rudel a la romana por la enorme cantidad de distinciones que alcanzó y que vemos en la ilustración de la derecha.  Sus condecoraciones las obtuvo sirviendo bajo Domiciano y Trajano en el Rin y el Danubio. En la cara izquierda presenta dos CORONÆ VALLARE, una ARMILLA, cinco HASTIS PVRÆ y un VEXILLVM. En la cara de la derecha vemos otro VEXILLVM y tres CORONÆ MURALE. Y para que no quedase duda de cuál era cada una, hasta mandó grabar el nombre junto a cada condecoración. Debió ser todo un personaje porque, en las otras dos caras, en una se dan pelos y señales en latín y en griego, y en la otra se ve a nuestro hombre cabalgando sobre sus enemigos derrotados .

Y no es este el único ejemplo. A la izquierda vemos la estela funeraria de Sulpicio Celso que, por su armadura musculada, la posición del gladio en el costado izquierdo y su empuñadura con cabeza de águila podemos deducir que, cuando menos, era un centurión de cierto rango. Sobre la armadura vemos a la izquierda una torque con cabezas zoomorfas, y a la derecha una CORONA MVRALIS  sobre lo que podría ser una HASTA PVRA. Este caso también guarda bastante similitud con la descripción de Gelio ya que la corona muestra su forma circular, los merlones y las ventanas.

Así pues, tenemos constancia de su aspecto y, ante su escasez, lo que sí está claro es que no debía ser fácil dirimir quién era el que llevaba a cabo la proeza, y más si tenemos en cuenta que un asalto nunca se llevaba a cabo con una sola escala, sino varias. ¿Quién o quiénes eran los que lograban alcanzar la cima? ¿Cómo podía saberse cuando es evidente que más de uno se arrogaría la proeza? Colijo que solo en casos en que el asalto se efectuase con una bastida podría saberse con exactitud si bien en ese caso el riesgo no era el mismo por razones obvias. Cuando descendía la sambuca y las tropas entraban en tromba hacia el adarve no se corría el mismo riesgo que encaramarse por una tambaleante escala mientras los enemigos le arrojaban de todo. En resumen, no era un acto en el que desde el primer momento quedaba claro que lo había llevado a cabo un hombre de forma totalmente individual, como el caso de la CORONA CIVICA. Si salvas la vida a tu compadre no hay dudas al respecto, y más si tanto el compadre como sus cuñados testifican ante el legado que, en efecto, le salvaste el pellejo justo cuando un germano iba a filetearlo. 

Recreación de una CORONA
MVRALIS
según Connolly
De hecho, solo hay constancia de un caso de disputa entre dos hombres reclamando la primicia muraria. Fue durante el cerco a Cartago Nova por Escipión Africano, concretamente un centurión y un marinero de la flota. Como no podía ser menos, la cosa empezó por la reclamación y acabó con una bronca en la que llegaron a las manos los infantes del centurión y los demás marineros, que apoyaban de forma incondicional a su candidato. Escipión los aplacó proponiendo un arbitraje con tres jueces, que decidirían para quién sería la puñetera corona que, como ya podrán imaginar, fue concedida EX ÆQVUO para impedir que aquello no acabara en un motín en toda regla, con la infantería y la marinería matándose a puñaladas. Puede que fuese este el motivo por el que, con el paso del tiempo, la CORONA MVRALIS fuese una distinción rara y difícil de obtener y que, poco a poco, fuese cada vez más exclusiva.

Escena de la Columna de Trajano que muestra a legionarios y auxiliares
intentando un asalto. En la escena se aprecian tres escalas, mientras que
los dacios que defienden la fortaleza les hacen ver amablemente que su
presencia no es grata. Como podemos imaginar, no debía ser fácil dirimir
quién era el primero el coronar la muralla, y más en unos momentos en los
que el personal estaba pendiente de que no lo mataran, y no en ver lo que
hacían sus colegas
Con la llegada del Principado no cambiaron las cosas y, según Suetonio, Augusto la concedió en contadas ocasiones siempre y cuando el mérito quedara demostrado. Sin embargo, la llegada al poder del depravado Gaio Calígula hizo que esta preciada condecoración empezase a perder, digamos, prestigio, porque empezó a concederse solo a oficiales de elevado rango, raramente a centuriones y nunca a legionarios. El primer ejemplo de esto fue la concesión de la CORONA MVRALIS a un tal Anicio Maximo, que ostentaba el rango de PRÆFECTVS CASTRORVM de su legión. Francamente, es más que cuestionable que el tercero en la escala de mando de una legión se arriesgara a encabezar un asalto y palmarla en el mismo. Y no porque le faltasen arrestos para ello, sino porque sería una grave irresponsabilidad. Si el legado moría o era puesto fuera de combate, el mando recaería sobre el tribuno laticlavio, que igual tenía dos meses de experiencia militar, por lo que tendría que delegar de forma soterrada en el PRIMVS PILVS si no quería verse un año dando explicaciones de por qué no supo mantener la disciplina y tal. En resumen, que no sería raro que este probo ciudadano obtuviera su corona como una especie de "premio a toda su trayectoria", o tal vez porque fue el que ordenó el asalto o lo controló desde cerca.

Poco a poco, la CORONA MVRALIS perdió su verdadero simbolismo para pasar a ser una mera distinción con la que permitir a los EQVITES volver a casa con alguna medallita tras su periplo militar, que siempre venía bien iniciar el CVRSVS HONORVM mostrando a la plebe que uno los tenía bien puestos y que se había jugado el pellejo por el senado y el pueblo de Roma aunque lo más cerca que estuviese del asalto fue en un cerro, sosteniendo la copa de tinto aguado del legado cuando este se cabreaba al ver como sus tropas no acababan de penetrar en las defensas enemigas. O sea, algo similar a la Cruz de Hierro de 1ª clase, que por norma solo se obtenía de oficial para arriba, mientras que los que caían como moscas y se jugaban de verdad el pellejo, soldados, clases y suboficiales, como mucho obtenían la de 2ª clase salvo contadas excepciones. Mención aparte merecen las distinciones que aparecen en los SIGNI usados por los pretorianos como el que vemos en la ilustración de la derecha y que está basado en el relieve de la estela funeraria de Marco Pompeyo Asper, centurión de la III COHORTE y que está datada en el siglo I d.C. El SIGNVM muestra las distinciones obtenidas por los miembros de su unidad, y en el mismo podemos ver, además de varias CORONÆ  CIVICA y retratos de emperadores, una CORONA MVRALIS.  De ese modo, cada cohorte podía fardar de tener entre sus miembros a ciudadanos bragados, y cuantos más chismes pusieran en el SIGNVM, mejor. Parece ser que este privilegio solo lo tenían los pretorianos, que para eso eran la élite militar o, mejor dicho, político militar hasta que Constantino se hartó de ellos y los vaporizó lentamente hasta su extinción.

Bien, poco más podemos aportar al respecto porque no disponemos de datos acerca del tiempo que esta distinción permaneció en uso pero, a la vista de que quedó relegada a una mera condecoración honoraria, perdió su valor en el momento en que ya no la daban por protagonizar un acto de heroísmo, sino para poner contentitos a los EQVITES que quería hacer carrera y alcanzar el rengo senatorial.

CORONA VALLARIS

Si asaltar una fortaleza de piedra no era precisamente fácil, hacer lo propio con una erigida sobre un terraplén y rematada por una empalizada de gruesos troncos tampoco era moco de pavo. Sí, una empalizada no tenía la altura de una muralla de piedra, pero para eso las construían sobre elevaciones, naturales o artificiales, muy complejas para la aproximación. Los taludes eran generalmente recubiertos con tepes para impedir corrimientos de tierra, y el césped constantemente mojado en los climas húmedos de la brumosa Albión o de Europa Central no hacía fácil encaramarse por sus empinadas y resbaladizas pendientes. Una buena muestra la tenemos a la derecha. Es una recreación de la empalizada de Alt Clut, en Escocia, un reducto usado por los pictos que, con el tiempo, se convirtió en el castillo de Dumbarton, el más antiguo de Gran Bretaña (Dios maldiga a Nelson). Como vemos, el acusado desnivel lo solventaban con gruesos maderos, rellenando el espacio vacío con piedras. Sobre la plataforma construían un parapeto de madera.  Encaramarse ahí no debía ser nada fácil, y menos con los defensores dejando caer hasta los meados de sus cuñados para contagiarles alguna porquería.

Asalto nocturno de los galos de Alesia a la línea de contravalación romana.
Como vemos, superar el talud rematado por afiladas estacas y defendido por
la empalizada y las torres no era nada fácil. Obviamente,este tipo de
fortificación lignaria era factible para cualquier nación de la época
Bien, ya vemos que obtener una CORONA VALLARIS era tan complicado como una MVRALIS. Por cierto, VALLARIS proviene de VALLVM, que significa empalizada, parapeto o valla. Polibio no la menciona, quizás porque en su época la CORONA MVRALIS valía para todo lo que fuera asaltar una fortificación, ya estuviera construida de piedra o de madera. Sin embargo, Aulo Gelio sí menciona una CORONA CASTRENSIS, que hace referencia de forma indudable a una fortificación de campaña, o sea, protegida por una empalizada. Esto indica que sí se diferenció entre ambas coronas y, además, tenemos el testimonio de nuestro archicondecorado Sexto Vibio Gallo, que ganó dos de ellas. Livio menciona que entre las tropas que participaron en el triunfo del dictador Lucio Papirio Cursor tras derrotar a los samnitas en 293 a.C. había hombres que lucían CORONÆ MVRALES y VALLARES, por lo que podían ser tan antiguas la una como la otra independientemente de que Polibio, que al parecer no se explayó en este tema, ni se molestase en mencionarlas. 

Reducto costero picto. A lo escarpado del emplazamiento se suma una
base de mampuesto con troncos trabados rematada por una espesa empalizada
También las menciona Valerio Máximo, un escritor contemporáneo de Tiberio, que narra como, al igual que el centurión y el marinero se disputaban el haber coronado en primer lugar la muralla de Cartago Nova, en este caso hubo dos candidatos a hacer lo propio en un campamento de los brucios- al sur de Italia, en la actual Calabria- en 283 a.C. Los reclamantes no obtuvieron respuesta a su petición, por lo que sus compañeros, supersticiosos a rabiar como buenos romanos, dedujeron que no tenían méritos para lograr la distinción porque, en realidad, habían logrado su hazaña ayudados por Marte, el dios de la guerra. Sea como fuere, lo cierto es que la CORONA VALLARIS siguió el mismo proceso que la MVRALIS, o sea, que con la llegada del Principado fue una recompensa reservada a los hombres de rango más elevado si bien parece ser que la MVRALIS gozaba de más categoría ya que, en este caso, era más habitual que le fueran entregadas a los centuriones. 

En cuando a su morfología, recuperemos la imagen de la colección de medallas del valeroso Sexto Vibio Gallo. Según vemos, su aspecto es muy similar a la CORONA MVRALIS si bien en este caso su forma es cuadrangular. Se supone que dicha forma obedecía a su similitud geométrica con los CASTRA romanos, o quizás la hicieran así simplemente para poder diferenciar una de otra.  Sin embargo, la apariencia de sus muros no son los de una empalizada, sino de sillería convencional. Se teoriza, que ya es echarle imaginación a mi entender, que en realidad no pretenden representar sillares, sino bloques de tepes como los que las tropas romanas cortaban para asentarlos en los taludes cuando construían un CASTRVM para pasar una invernada o más tiempo acantonados en el mismo lugar. En mi opinión, si hubieran querido representar una empalizaba habrían puesto postes, no rectángulos, así que solo me cabe la explicación de que ambas coronas llevaban lo que para ellos era el símbolo de una fortificación, la piedra, independientemente de con qué estuviera construida, y solo la forma, circular o cuadrada, las diferenciaba. Por lo demás, ambas coincidían en el burelete acolchado para ajustarla a la cabeza.

Asalto al templo de Jerusalén, donde hasta el sanedrín
en pleno se sumó a los defensores. Otra ocasión para
ganar una CORONA MVRALIS pero, ¿quién subió el
primero?
Mi conclusión personal es que este tipo de condecoración acabó siendo relegada a mera quincallería militar porque, simplemente, era imposible saber quién puso pie en primer lugar en el adarve de la fortaleza sitiada. Nunca se lanzaba una sola escala, y cuando se lanzaban subían por todas al mismo tiempo. Habría que poner una "photo finish" de esas para ver quién se adelantaba aunque fuera un centímetro, o sea, imposible. Colijo que en sus inicios las obtuvieron hombres que formaban parte de contingente más reducidos, donde sí se veía quién era el que subía cuando se lanzaban dos o tres escalas, o incluso podría tratarse de asaltos por sorpresa en los que, obviamente, participaban pocos hombres para no alarmar al enemigo. Luego, si lograban entrar y abrir la puerta, sus colegas harían el resto. Así, lo que en un inicio pretendía premiar e incentivar el arrojo en el asalto acabó siendo una distinción de la que todos pasaban porque era absurdo reclamarla. Se podían premiar actos llevados a cabo de forma individual, pero en un asalto precisamente la individualidad no traía cuenta, y cuantos más tomasen parte en el mismo mejor.

CORONA VALLARIS según Connolly
Bueno, con esto terminamos. Por cierto que nunca entenderé la relación entre la CORONA MVRALIS y la república, que por no usar la corona real echó mano de esa que, como hemos visto, no tenía ninguna connotación política, sino militar. Para no usar la corona real mejor no poner nada, digo yo... ¿O no?

En fin, ya seguiremos.

Hale, he dicho





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EL ASEDIO DE MASADA, LA NUMANCIA JUDÍA


Recreación del asedio de Avaricum a manos de César. Obsérvese la magnitud de las obras para asaltar la murallas, a base
de plataformas, vineas, bastidas, etc. Igual echaban a suertes quién daría el primer paso, porque con miles de asaltantes
atacando por varios sitios a la vez se me antoja complicado saber quién fue el primero

domingo, 15 de marzo de 2020

SPATHA


Probo ciudadano recreacionista con la equipación
de un legionario del siglo II d.C. Como podemos
ver, en la mano blande una SPATHA que por
aquella época ya se colgaba del costado izquierdo
Aunque es un arma de la que muchos han oído hablar se sabe muy poco de la SPATHA. De hecho, estuve a punto de incluirla en los misterios misteriosos porque, aún siendo tan emblemática, la realidad es que prácticamente no se sabe casi nada de sus orígenes, evolución y tipologías, y eso que es la espada de la que surgió la vikinga que, a raíz de las migraciones, se propaló por toda la Europa. En puridad, podemos afirmar que las espadas que estaban en uso en los siglos X y XI eran SPATHÆ o, mejor dicho, las tataranietas de las SPATHÆ que empezaron a dar guerra a comienzos del Principado un milenio antes. Si les digo la verdad, es un tema más complejo de lo que incluso yo mismo imaginaba antes de zambullirme a fondo en el mismo porque, para colmo, la inmensa mayoría de los ejemplares hallados en enterramientos o en cursos fluviales, arrojados a ellos como exvotos, resulta que proceden del BARBARICVM, o sea, la tierra de los bárbaros más allá del LIMES, la frontera del imperio con lo territorios de los belicosos germanos y demás tribus sumamente irritables. Esto ha complicado y complica enormemente la diferenciación entre tipologías básicamente por dos motivos: uno, el lamentable estado en que se han hallado la mayoría de ellas; y dos, porque al proceder de fuera del imperio es bastante complejo saber su origen, si son de manufactura romana, copias, espadas fabricadas para la exportación por la industria imperial, botín de guerra, etc. como veremos a lo largo del artículo.

En fin, pónganse cómodos, tengan a mano una copita de algún espirituoso y dispónganse a conocer un poco más a fondo estas grandes desconocidas aprovechando que el jodido virus coronario ese nos va a tener a todos enclaustrados como trapenses una temporada, y sin más vamos al grano.

Guerrero celta tatuado de azul y con el pelo
alcalino SPATHA en mano. A pesar de la
evidente ventaja de estar armado con una
espada más larga, esto no fue impedimento
para los legionarios y sus GLADII
En primer lugar veamos la etimología del palabro, porque ni siquiera en eso hay consenso entre los mismos cronistas de la época. La opinión más generalizada es que SPATHA proviene del griego σπάθη (spáthe), que al parecer era un útil usado por los tejedores para tensar la trama. Dicho término aparece en tiempos remotos de la mano de Esquilo (525-456 a.C.). Fue Diodoro Sículo el primero que la menciona como arma en el siglo I a.C. al referirse a los celtas cuando cita que "...como espadas usan un arma larga y ancha llamada SPATHA que cuelgan sobre su muslo derecho con cadenas de hierro o bronce". Sin embargo, otros, como Séneca o Columela, la siguieron relacionando con utensilios para tejer o como designar una espátula, que en latín significa costilla. Pero Isidoro de Sevilla, que redactó sus Etimologías a finales del siglo VI d.C., ofreció una explicación distinta: "Se dice que la SPATHA proviene del griego sufrimiento, ya que παθεον (patheon) es sufrir en griego, y usamos PATIOR para decir "estoy sufriendo" y PATITVR para "está sufriendo". Otros dicen que es SPATA en latín por el hecho de que es espaciosa y larga."(Etimologías, 18,4-6). Cabe pensar que, por razones obvias, se debía sufrir bastante si a uno le hincaban esa cosa en la barriga. En fin, en el caso de Isidoro, que vivió mucho después de que esta espada entrada en servicio, creo que es el que resulta menos acertado, y que en efecto proviene del griego por su mera similitud con el chisme de tejer. No obstante, lo más curioso es que en el ejército no recibió ese nombre hasta aproximadamente el reinado de Adriano, y que anteriormente era denominada de forma genérica como GLADIVS, término usado para referirse a las espadas en general. En una relación datada en el 105 d.C. del inventario de un DECVRIO del ALA SEBOSIANA se especifica que faltaba un GLADIVM INSTITVTVM (espada reglamentaria), y era frecuente hacer uso de otros palabros para referirse a ellas como MVCRO, ENSIS o FERRVM. Así pues, no es hasta aproximadamente mediados del siglo II d.C. cuando se normaliza el uso del término SPATHA. ¿Que por qué tardó tanto? Ni idea. No se sabe. Quizás la razón más probable sea la ancestral reticencia de los militares a cambiar sus costumbres.

Probo ciudadano recreacionista haciendo de bátavo,
tropas de origen germánico que, además de actuar
como caballería auxiliar acabaron formando en
tiempos de Calígula el GERMANI CORPORIS
CVSTODIA,
 la guardia personal de los césares
Bien, ya sabemos de dónde viene la palabra pero, ¿como llegaron a Roma? Como ya sabemos, en tiempos de la República la caballería se nutría por los EQVITES, gente con el suficiente poder adquisitivo para costearse un penco reglamentario. Pero los crecientes conflictos del naciente imperio se quedaron cortos, y ya en tiempos de la 2ª Guerra Púnica (218-201 a.C.) se hizo imperioso reclutar personal entre las tribus bárbaras para poder completar las ALÆ de caballería de cada legión. Inicialmente se recurrió a los galos que, aunque provistos de un armamento defensivo al estilo romano, siguieron haciendo uso de sus propias armas ofensivas, en este caso sus largas espadas de hoja recta. Las dimensiones de estas espadas oscilaban entre los 540 y los 815 mm., que no se diferenciaban mucho de los GLADIVS HISPANIENSIS traídos inicialmente de la Hispania, cuyas hojas medían entre 430 y 770 mm. de largo, por lo que podían ser igualmente válidas para armar a un jinete. Sin embargo, la SPATHA se adaptaba mejor al uso táctico de la caballería de la época, que se limitaba a actuar como merodeadores, escaramuceros, mensajeros y, sobre todo, perseguir y exterminar a los enemigos una vez que sus compañeros de la infantería habían logrado ponerlos en fuga. En ese caso, el ataque más lógico de un jinete era descargar un tajo por la espalda contra el enemigo que huía o bien rematarlo en el suelo en caso de haber caído, para lo cual tenía que inclinarse sobre la silla y propinarle una estocada definitiva. Ojo, el arma principal de estos jinetes eran la lanza y/o las jabalinas, dejando la espada como último recurso incluyendo descabezar a los caídos, costumbre a la que los galos eran muy aficionados.

En puridad, esta caballería foránea no usaba SPATHÆ, sino sus propias armas, unas espadas de filos paralelos o levemente ahusados que terminaban en una punta más redondeada que aguda porque la forma de combatir de estos probos bárbaros se basaba ante todo en el golpe de filo, por lo que obviamente lo tenían fácil a la hora de actuar como mercenarios al servicio de los romanos. Lo habitual era que la llevasen colgada del costado derecho mediante un cinturón en vez el típico tahalí. Podemos colegir que, independientemente de que fuera su forma habitual de portar la espada, a la hora de desenvainarla era más fácil tirar de ella si estaba unida al cinturón ya que, de estarlo de un tahalí, el tirón para sacarla arrastraría la vaina hacia arriba. Recordemos que la mano izquierda no podría sujetar la vaina porque ya tenía bastante trabajo con manejar las riendas y el escudo al mismo tiempo. Por otro lado, los movimientos propios del cuerpo cuando se cabalga harían que la espada bailotease de un lado a otro y que cuando llegara el momento de la acción estuviera en cualquier sitio menos el adecuado. En la imagen de la derecha podemos ver un relieve que representa un auxiliar de caballería cuya espada pende del cinturón.


En cuanto a las tropas de caballería romanas optaron por readaptar el viejo GLADIVS tipo Pompeya, alargando su hoja hasta igualarla con las armas celtas y galas. Sería pues la primera SPATHA tal como las entendemos. Básicamente conservaba en todos los aspectos la apariencia y las proporciones del GLADIVS incluyendo su vaina. Como vemos a la izquierda, estas espadas tenían una hoja de sección romboidal de filos paralelos terminada en una punta triangular muy aguzada, o sea, un arma destinada ante todo a herir de punta. La empuñadura estaba compuesta de la misma forma que las de sus antecesores: tres piezas- guardamanos, empuñadura y pomo- construidos por lo general de materiales orgánicos como madera, marfil, hueso o asta. Para las empuñaduras solían recurrir a huesos metapondiales de vacuno o caballo a los que daban la forma de los dedos. La espiga de la hoja discurría a través del hueco natural donde se encontraba el tuétano cuando el bicho estaba vivo, y el conjunto de las tres piezas se fijaba remachando el extremo de dicha espiga sobre una arandela de hierro o bien un casquillo esférico o con forma de pera que, llegado el caso, podría ser bastante útil para estampárselo en plena jeta a algún enemigo inesperado y tan cercano que no diera opción a colocar el arma en posición de combate. En la base del guardamanos podemos ver una chapa de bronce o hierro destinada a detener el filo de las armas enemigas sin que llegasen a dañar dicha pieza, y se tenía especial cuidado en que el largo de la empuñadura permitiera ajustar perfectamente la mano entre el guardamanos y el pomo. Si era inferior a su anchura el agarre sería molesto, cuando no imposible. Si era demasiado largo espada bailaría en la mano al no proporcionar un agarre firme. Este detalle indicaría que, al menos en lo tocante a las empuñaduras, la fabricación no era en serie, sino que se adaptaba a la fisonomía del que la iba a usar. 


En cuanto al sistema de suspensión del arma, era el mismo que el empleado por las tropas de infantería, o sea, el típico tahalí formado por una estrecha correa cuyos extremos se dividían en dos ramales para asegurar las cuatro anillas de que estaba provista la vaina. Según la moda de la época, dichas vainas consistían en dos mitades de madera forradas de cuero que, a su vez, se completaban con un brocal metálico más o menos elaborado con decoración repujada o calada y una contera triangular a juego que, por norma, consistía en temas relacionados con los dioses más venerados por las tropas, la Victoria, el emperador y cosas por el estilo. En la ilustración de la derecha vemos a un legionario armado con su GLADIVS que pende del tahalí y, si lo observamos, vemos que está bloqueado por el cinturón, precisamente para impedir que se mueva al correr, saltar o, en el caso de los jinetes, cabalgar, aparte de, como comentamos más arriba, no tener que agarrar la vaina en el momento de desenfundar el arma. Por lo demás, a lo largo del siglo I d.C. los herreros que suministraban armas al ejército mantuvieron su técnica de siempre para forjar las SPATHÆ. Hasta aquel momento, el sistema que venían usando con los GLADII consistía en forjar la hoja partiendo de una lámina de acero entre dos de hierro de forma que, finalmente, solo quedaban templados los filos. Pero con la llegada del siglo II tuvieron lugar una serie de cambios en todos los aspectos que aún son y serán tema de estudio durante mucho tiempo porque, a pesar de lo aficionados que eran los romanos a  dejar constancia de todo, ni uno solo de lo cronistas e historiadores militares se tomó la molestia de dejar escritos los motivos de estos cambios.


El más relevante fue el progresivo abandono  por parte de la infantería del GLADIVS que tan buenos resultados había dado en combate durante siglos en favor de la SPATHA. No se sabe qué fue lo que dio pie a esta drástica medida si bien no fue radical ni tampoco partió de una reforma ordenada por algún emperador. Simplemente se fueron tomando el relevo sin prisa pero sin pausa, y da la impresión de que la decisión estuvo más en manos de los legados que mandaban las mismas legiones que de una orden procedente del senado o el césar. Y, por otro lado, que el contacto entre diversas legiones a lo largo del tiempo, cuando se reunían para acometer alguna batalla importante o llevar a cabo la enésima invasión de turno, fue lo que hizo que se vieran las supuestas ventajas de la SPATHA para dejar de lado sus GLADII. Pero, en todo caso, lo cierto es que las SPATHÆ se fueron propalando por todas las legiones del imperio salvo excepciones en el sentido, y esto es una hipótesis, de hombres que prefirieron seguir combatiendo con un arma más corta, dando lugar a la SEMISPATHA. Estas se obtenían por lo general de hojas recicladas de SPATHA, es decir, hojas rotas que tras una breve sesión de forja eran devueltas al servicio activo. Esta teoría se sustenta en el hecho de que se han recuperado algunos ejemplares de este tipo de armas que, como vemos en la ilustración de la izquierda, mostraban como las acanaladuras llegaban hasta el final de la hoja, precisamente por el lugar por donde se habían roto. No había pues tipologías concretas de SEMISPATHA, ya que prácticamente nunca se fabricaron ex-profeso, sino que se limitaron a reutilizar armas deterioradas para los irredentos que se negaron a usar una espada larga. Esta peculiar arma se mantuvo operativa hasta la práctica totalidad del siglo III d.C., y la longitud de su hoja oscilaba alrededor de los 40 cm.


Estado en que apareció un ejemplar de Lauriacum-Hromówka en un
enterramiento en Dobřichov-Pičhora, en la Rep. Checa. Como vemos,
salvo la punta y un fragmento del tercio medio el resto está hecho
una birria
En lo tocante a las SPATHÆ, el tipo Pompeya también acabó sucumbiendo por otros más acordes al uso que querían darle, que podemos colegir que estaba más bien encaminado al corte que a la cuchillada. El creador de las tipologías para las SPATHÆ ha sido el profesor Christian Miks, un probo tedesco especializado en armamento romano del Instituto de Investigación de Arqueología de Leibniz. Como ya comentamos al principio, la labor para llevar a cabo la clasificación de los ejemplares hallados es abrumadora por las diversas circunstancias y lugares en que han aparecido pero, además, debemos tener en cuenta que el origen de cada hoja es tan dispar que dentro de cada tipología hay diversos subtipos, y a su vez en cada subtipo podemos dar con una serie de variantes. Ah, y una advertencia: las dimensiones son aproximadas, pero ni remotamente exactas ya que, como podemos imaginar, la corrosión ha reducido las dimensiones originales de forma totalmente diferente según cada ejemplar, así que no se puede calibrar con precisión las medidas que tenían cuando salieron de la herrería.


Aclarado este punto prosigamos. Como íbamos diciendo, en el siglo II d.C. hubo una verdadera revolución en lo tocante al arma principal de las legiones. El GLADIVS de siempre fue jubilado y, tras la aparición de la SPATHA tipo Pompeya, que casi podríamos decir que fue un apaño de circunstancias, surgieron dos nuevas tipologías con sus tropocientas variedades que fueron básicamente las que marcaron la pauta hasta el siglo IV: la Lauriacum-Hromówka y la Straubing-Nydam, que recibieron esas denominaciones simplemente por ser los lugares donde aparecieron. La más pesada era la Lauriacum-Hromówka, que debe su nombre a un asentamiento surgido junto a CASTRVM de Lauriacum, en la actual Austria. Su hoja, que recuerda bastante al tipo Pompeya, tenía una anchura media de unos 50 mm., y sus longitudes oscilaban entre los 580 y los 795 mm. Sin embargo, contiene una novedad que nunca antes se había visto en un arma romana: las acanaladuras o ALVEVS. Esta técnica, que ya era usada por celtas e íberos hacía más de 400 años, tenía dos ventajas: una, aligeraba de peso la hoja sin por ello restarle resistencia. Y dos, le daba más flexibilidad, lo que las hacía más idóneas para golpear de filo. Ojo, no queremos decir que no fuesen capaces de apuñalar, sino que las que solo apuñalaban, como el GLADIVS, lo tenían mucho peor para cortar. En este caso se han encontrado ejemplares con hasta cinco finas acanaladuras como la que mostramos a solo dos, con secciones en V o U. En lo que sería el recazo vemos un pequeño grabado, que por lo general se aplicaba en caliente, que representaba un dios Marte. Era al parecer una costumbre que se hizo bastante popular con la particularidad de que para verlo correctamente había que empuñar la espada con la punta hacia arriba. Quizás, y esto es una conjetura mía, fuese una especie de talismán o recordatorio a una deidad protectora a la que se dirigía una breve oración mirándola antes de que comenzara la fiesta. Por lo demás, estas espadas podían también fabricarse sin acanaladuras, en cuyo caso las hojas adoptaban una sección hexagonal, o sea, vaciadas a tres caras.


La otra tipología podemos verla a la derecha. La Straubing-Nydam debe su nombre en este caso  a un hallazgo realizado en la población homónima, en el sur de Alemania, donde se encontraba un centro de distribución de material para el ejército. Como vemos, su apariencia es totalmente distinta a la de su colega. Las hojas son mucho más delgadas, ahusadas y con una anchura de entre 34 y 49 mm y la punta generalmente redondeada. La longitud oscilaba entre los 590 y los 777 mm. Se han hallado ejemplares provistos de acanaladuras y otros sin las mismas, en cuyo caso su sección es lenticular. Pero lo que quizás resulte más significativo son las vainas, que compartieron con las Lauriacum ya que en este caso no había distinción fuese el tipo de espada que fuese. Como vemos, son piezas mucho más simples que las de los GLADII, formadas por dos mitades de madera, generalmente tilo, álamo, aliso, sauce y abedul, que se recubrían de cuero con una costura en la parte trasera y, en algunos casos, con una nervadura en la cara anterior repujada en el mismo cuero, generalmente de vacuno. A veces se optaba por reforzar la unión de las dos mitades con cantoneras de bronce o encordados de alambre de cobre o incluso de plata que se distribuían en dos o tres partes de la vaina dando unas pocas vueltas a la misma. En cualquier caso, la pauta más frecuente es la que vemos en la ilustración, careciendo incluso de brocales metálicos que fueron sustituidos por refuerzos del mismo cuero. Durante los siglos II y III se usaron conteras de bronce con forma de pelta más o menos sofisticadas o bien rectangulares, mientras que las discales que vemos en la ilustración se hicieron populares en los siglos III, IV y posteriores. 


Y lo que quizás sea más significativo fue el cambio en el sistema de suspensión, que desterró definitivamente a las anillas de siempre. Consistía en un pasador o presilla fijado en la cara anterior de la vaina que, según se aprecia en los auxiliares de la Columna de Trajano, parece que fue un invento tomado de los pueblos radicados más allá del Danubio, en el este de Europa. Estos pasadores, que han aparecido por toda Europa, consistían en piezas más o menos elaboradas de hierro, aleaciones de cobre e incluso hueso o marfil. Son relativamente frecuentes los que representan lo que parece un delfín saltando fuera del agua. En fin, a la izquierda podemos ver varios ejemplos que nos permitirán hacernos una idea de su aspecto. Su misión consistía en que la vaina quedara bien asegurada al tahalí que, como veremos más adelante, también cambió su morfología de forma radical.


El sistema de fijación era el mismo en todos los casos. Cada pieza llevaba dos tetones que se introducían por sendos orificios practicados en la cara anterior de la vaina. A continuación bastaba doblarlos a martillazos hasta embutirlos en la madera para no dañar la hoja o, si el material no lo admitía, se remachaban sobre dos arandelas de hierro. Algunos autores han sugerido la posibilidad de que se reforzaran mediante un encordado, mientras otros lo niegan en base a que los escasos restos de vainas hallados no han presentado rastros de cordel. Obviamente, sería una verdadera sorpresa dar con trocitos de cáñamo con 1700 años a cuestas, así que no veo por qué lo dan por imposible, y más si tenemos en cuenta que los orificios de la madera irían cediendo con el tiempo y el uso, y llegaría un momento en que el pasador quedaría casi suelto lo que supondría tener que desechar la vaina entera.


En lo tocante a su sistema de fabricación, se introdujo el forjado por láminas juntando varias varillas de hierro que se iban retorciendo a medida que se iba martilleando la pieza, dándole un acabado similar al damasquinado. Esto daba a la pieza una apariencia muy original y las hacía bastante cotizadas y, de hecho, cuando a partir del siglo II la producción pasó de forma mayoritaria a contratistas privados, estos colocaban el cuño de su fábrica, generalmente en la espiga. Según una carta de agradecimiento del godo Teodorico por haber recibido como obsequio unas espadas con este acabado, "...revelan gusanos pequeños y retorcidos dentro de las acanaladuras, donde hay tanta variedad jugando juntos en la sombra que el metal brillante parecía estar entretejido con una variedad de colores". Conviene aclarar que las hojas, al menos las destinadas a personajes de cierto rango, eran pulidas a espejo con piedra pómez, lo que ciertamente les daría un aspecto soberbio. También se pusieron de moda los punzonados como el que mostramos anteriormente (imagen de la izquierda), así como grabados con figuras similares que podían ser desde lo más elaborado a diseños básicos, como si fueran hechos por un crío. Básicamente los motivos eran la Victoria, Marte y la sempiterna águila.


Un apaño de circunstancias, además de la SEMISPATHA, consistía en reponer los antiguos pomos anulares en las SPATHÆ cuyas espigas se habían roto. En esta caso, bastaba desmontar las piezas de la empuñadura original, añadirles la anilla, bien remachada, bien soldada, y una pequeña cruceta metálica que haría las veces de guardamanos. Al quedar la empuñadura más corta se limitaban a colocarle unas cachas de madera o, como hemos recreado en la ilustración, un encordado. La vaina sería la misma que originariamente usase en origen, y este tipo de arma de circunstancias estuvo en uso durante los siglos II y III.


La variante que sucedió a la Straubing-Nydam fue la Ejsbøl (izda.), cuyos primeros ejemplares datan del siglo IV. Su nombre proviene de la ciénaga del mismo nombre, en Dinamarca. Sus hojas tienen una anchura que oscila entre los 42 y los 57 mm., mientras que las longitudes van desde los 650 a los 83o mm. Como vemos, su aspecto es muy similar a su antecesora con la salvedad de que, en este caso, la sección de la hoja es hexagonal. Y como añadido a las tipologías existentes surgió la Illerup-Wyhl (dcha.), datadas desde mediados del siglo III en adelante. Estas espadas eran bastante más masivas y pesadas, con hojas de entre 42 y 57 mm. de ancho y una longitud de entre 620 y 852 mm. Su sección era lenticular y, como vemos, la empuñadura es totalmente distinta. Se trata de un tipo denominado "de reloj de arena", por su similitud con esos ingeniosos chismes que, para darles cuerda, solo hay que voltearlos. Estas empuñaduras solían fabricarse de madera con algún aplique de bronce o incluso formada por sucesivas láminas de este mismo metal dándole la forma de reloj arenoso. A modo de curiosidad, vemos que ya empiezan a tener cierta similitud con las empuñaduras vikingas que surgieron en el Período de las Migraciones.


Y por último tenemos el tipo Osterburken-Kemathen, quizás el más tardío de todos y que se extiende desde el siglo IV hasta el V en línea con las primeras Lauriacum-Hromówka, tal vez la más masiva de todas y, en este caso, básicamente iguales a las espadas vikingas, que colijo tomaron como modelo esta tipología. Hablamos de un arma con una hoja de filos levemente ahusados de entre 66 y 77 mm. de ancho y entre 715 y 885 de largo, recorridos en toda su longitud por una anchísima acanaladura. Esta espada procede de un enterramiento datado hacia el siglo V en Kemathen, concretamente extraída del foso de una antigua fortificación fronteriza abandonada cuando los romanos fueron echados a patadas de la Germania.


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Y para concluir con esta filípica, el tahalí que se impuso a los anteriores sistemas de suspensión y que ya permaneció inalterable durante el resto del Imperio. Por cierto que, antes de nada, debamos concretar que a partir de la incorporación de la SPATHA a la infantería se cambió la forma de portarla tanto en jinetes como en legionarios, pasando al lado izquierdo. El tahalí en cuestión podemos verlo en el gráfico de la izquierda con los tres tipos de sujeción que se usaron. Básicamente consistía en una correa de cuero ahusada cuya parte delantera podía tener entre 8 y 11 cm. de anchura para irse estrechando de forma que el extremo opuesto no iría más allá de los 2 cm. Su decoración consistía, como vemos, en una placa repujada o calada en el extremo y de la cual pendía mediante una bisagra el remate de la misma. El disco o falera que vemos justo encima era la parte anterior del sistema de enganche cuyo perfil tenemos en la figura D. No era más que un disco más o menos elaborado en cuya trasera llevaba un ojal donde se anudaba el extremo de la correa. En la figura A tenemos la suspensión para una vaina con anillas que, como en los tahalíes antiguos, se divide en dos ramales. La figura B muestra el sistema adoptado inicialmente para las vainas con pasador, que consistía en una pequeña correa que pasaba por detrás de la misma y que se unía a la delantera mediante dos botones de bronce que pasaban por unos ojales. Finalmente, en la figura C vemos el más simple: bastaba con envolver la vaina y llevar el extremo de la correa hasta el ojal donde era anudado. Con todo, imagino que para bloquearlo adecuadamente se haría lo mismo que los modelos antiguos: se pasaría al menos una correa del tahalí por debajo del cinturón, especialmente los jinetes.


Bueno, criaturas, ya me he enrollado bastante. Con todo lo que hemos explicado creo que las SPATHÆ ya no serán un mero nombre más en la larga retahíla de armamento que usaron los romanos. Por lo demás, añadir solo que estas armas estuvieron en realidad operativas hasta el siglo X aproximadamente, cuando se propalaron por toda Europa de la mano de los pueblos del norte aparte de su conservación por parte del Imperio Bizantino que, por razones obvias, mantuvieron la tradición militar romana. De hecho, hay autores que se plantean que, en realidad, no fueron los celtas y los galos los que importaron la espada larga a Roma, sino Roma al resto del mundo debido al enorme número de unidades que exportaron al BARBARICVM y que, finalmente, se volvieron contra ellos, y eso sin contar las espadas de fabricación propia que se manufacturarían en las herrerías de la miríada de tribus que poblaban el norte y el este de Europa y que se limitaron a copiarlas sin más. En la foto vemos a varios probos ciudadanos recreacionistas haciendo el vikingo antes de la barbacoa y, como salta a la vista, sus armas no son más que SPATHÆ con las empuñaduras propias de su cultura.

En fin, creo que no se me ha olvidado nada, y si se me ha olvidado pues ya lo anunciaré. Con este enclaustramiento por obra y gracia del decimonono virus coronario de los cojones habrá tiempo para repasarlo a fondo.

Hale, he dicho

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