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viernes, 13 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. 6 curiosidades curiosas 6


Más o menos así sería la trampilla que localizó de forma fortuita el
sargento Green en Cu Chi
Bien, dilectos lectores, con este artículo terminamos esta ilustrativa monografía vietnamita. En el mismo veremos además algunas piezas de su equipo que se mencionaron de pasada y no nos detuvimos a analizarlas un poco más a fondo. Al grano pues...

1. La primera vez que los yankees tuvieron constancia física de la existencia de los túneles fue el martes, 11 de enero de 1966 en el contexto de la Operación Crimp, en Cu Chi. El "afortunado" descubridor fue el sargento Stewart Green, perteneciente al 1er. batallón del 28º Rgto. de Infantería al mando del teniente coronel Robert Haldane. Green era un sujeto canijo y reseco de apenas 58 kilos que, agotado de ver como los charlies aparecían y desaparecían como por ensalmo sin que nadie pudiera perseguirlos o hacerles frente, se echó un rato a descansar junto a sus compañeros. De repente, notó que algo le pinchaba en la espalda, y dando por sentado que se trataba de alguno de los bichos que poblaban la zona y que tenían más mala leche que los vietcongs, se levantó rápidamente para buscarlo y chafarlo de un pisotón. Pero, cual no fue su sorpresa cuando vio que no había bichos, y que lo que le había "picado" en la espalda era un clavo que sobresalía de una pequeña trampilla de madera llena de agujeros de ventilación. Era la primera vez que se encontraba uno de esos túneles de los que tanto habían oído hablar pero que, hasta el momento, permanecían más invisibles que la lista de gastos de las tarjetas black de los políticos. 

Un rata saliendo de un túnel. Generalmente ofrecían el mismo
aspecto: sudorosos, sucios y con la mirada extraviada
Tras informar a Haldane, Green y algunos hombres más se internaron en el túnel. De inmediato encontraron una enfermería con suministros médicos que fueron llevados a la superficie por uno de los hombres del grupo y entregados al capitán Kennedy, de la Unidad de Inteligencia. Mientras que bicheaban el hallazgo, las demás neo-ratas tuneleras salieron echando leches por el boquete aquel. El último en salir fue Green, que informó que en un pasadizo lateral se habían topado con unos 30 charlies que, al igual que ellos, se quedaron con la jeta a cuadros. Se asustaron tanto unos como otros y cada cual dio media vuelta y salieron zumbando en direcciones opuestas. Kennedy ordenó a Green, que ya debía estar maldiciendo la hora en que descubrió el puñetero túnel, que volviera con un intérprete para conminar a los charlies a rendirse, de lo que podemos deducir que el tal Kennedy no debía estar en Inteligencia, sino pegando sellos en una estafeta militar porque los vietcongs no se iban a rendir porque se lo pidiera un paisano acompañado por un sargento yankee birrioso. En cualquier caso, al poco rato salieron con Green dándole collejas al intérprete porque, según aseguraba, se había negado a decir una palabra. El vietnamita se defendía alegando que le faltaba el aire, que no podía respirar y que por eso no pudo hablar. Obviamente, a aquellas horas los vietcongs estaban ya en Birmania por lo menos.

Evacuando a un rata herido
Haldane ordenó entonces verter un poco de gasofa y arrojar varios botes de humo rojo en el túnel para obligar a salir a los malvados enemigos. Cual no fue la sorpresa de los presentes cuando, al cabo de pocos minutos, vieron emerger del suelo mogollón de fumarolas rojas. Era los respiraderos del túnel, por lo que aquel día también tuvieron conocimiento de que aquellas ratoneras eran más complejas de lo que habían imaginado. A la vista de lo visto ordenó arrojar granadas de CS, pero sin resultado porque lo que no sabía era que el complejo tenía miles de metros de galerías. Finalmente, Green, que se consideraría  gafe entre los gafes, tuvo que entrar una vez más para guiar al equipo de demolición encargado de destruir el túnel. Cuando la entrada fue colapsada Haldane puso jeta de satisfacción ante el deber cumplido, pero en realidad lo único que había conseguido era echar abajo una ínfima parte del complejo. La historia de los ratas de túnel acababa de empezar, y durante casi una década tendrían que enfrentarse con los peores miedos del ser humano: la oscuridad absoluta, la asfixia, ser enterrado vivo o verse rodeado de los bichos y sabandijas más asquerosos que se pueda uno imaginar.

Trampa con estacas punji para visitas non gratas. Son fáciles de preparar y,
sobre todo, baratas. No estaría de más instalar una en el recibidor  de casa
para defender el sacrosanto hogar de la familia política.
2. Las dos trampas más habituales que un rata se podía encontrar eran pozos con estacas punji y granadas accionadas por un hilo. En realidad, prácticamente eran las únicas que podían funcionar en un túnel. No creo que ninguno que los que me leen desconozcan las malvadas estacas esas. Los vietcongs las ponían por todas partes y de las formas más variopintas: en senderos, en vados de ríos o canales, plantadas en el fondo de un pozo, en pasarelas basculantes, en rodillos... En fin, la lista sería interminable. En los túneles no era preciso que el pozo tuviera mucha profundidad ya que el rata iría gateando, por lo que no debería exceder de más de la mitad de la longitud de un brazo. De ese modo, al plantar la mano en el suelo este se hundiría y se vería con una o más estacas atravesándosela en base a la densidad de palos que hubieran plantado en el fondo. 

Malvados y alevosos vietcongs preparando un pozo con estacas punji
en un sendero que era el paso habitual de sus cuñados
Preparar una de estas trampas era tan básico que hasta un político aprendería en dos minutos. Bastaba cavar el pozo, plantar varias hileras de finos troncos de bambú afilados en bisel- en algunos casos les daban a la punta forma de arpón para dificultar su extracción-, lo cubrían con una fina estera de palma o tiras de bambú y esta a su vez la ocultaban con tierra. Si una de esas estacas se clavaba lo más sensato no era intentar extraerlas in situ, sino cortarla y evacuar al herido fuera del túnel para ser trasladado a un hospital. Como añadido al evidente destrozo que podía causar en los tendones, los vietcongs las solían untar con excrementos o substancias venenosas. Por lo demás, el término punji parece ser de origen birmano, y aunque este tipo de trampas ya debían usarlas los hombres primitivos, no fue hasta 1872, con la llegada de los british (Dios maldiga a Nelson) a Extremo Oriente, cuando se tuvo constancia de ellas. Cabe suponer que, originariamente, se usaban ante todo para cazar animales. Con todo, aunque este tipo de heridas puede dar bastante repeluco, en realidad no albergaban complicaciones para un equipo médico yankee. Bastaba abrir la herida, extraer la estaca, limpiar y comprobar que no quedasen restos y coserla. Le metían un chute de antitetánica,  lo tenían cinco días a base de penicilina y estreptomicina y santas pascuas. Peor era un balazo de un Kalashnikov, obviamente.

La otra trampa era más chunga por razones obvias, pero no parece ser que se cobrase muchas vidas. Consistía en algo tan simple como una lata embutida en la pared del túnel. Dentro se colocaba una granada de mano, por lo general de origen ruso o chino si bien no eran despreciadas las de procedencia yankee que caían en manos del Vietcong. Como vemos en el detalle, tenemos una granada F1 rusa metida en la lata con el pasador de seguridad extraído. Un finísimo hilo atado a la granada se tendía hacia la pared opuesta de forma que si el rata no lo veía tiraba del mismo, sacando la granada de la puñetera lata. En ese momento la palanca saltaría, explotando entre los 32 y 42 segundos habituales en el retardo de las granadas comunistas. Obviamente, al rata no le daba tiempo de poner tierra de por medio, por lo que si la bomba explotaba adiós muy buenas. Sin embargo, como decíamos al principio, no era un tipo de trampa que funcionase bien en ese entorno ya que el hilo era detectado con cierta facilidad al brillar con la luz de la linterna. Caso de ser detectada, el rata sacaba cuidadosamente la granada de la lata y le colocaba un pasador de seguridad, de los que iba bien provisto. El pasador yankee ajustaba perfectamente en las granadas soviéticas y chinas, así que conjuraba el peligro y seguía adelante. Donde sí eran verdaderamente peligrosas estas trampas era en el exterior, cuando la maleza hacía invisibles los hilos, pero de eso ya hablaremos otro día. Bueno, no quiero mentir, un mes de estos. O un año de estos, seamos realistas...

3. Como hemos comentado, los yankees disponían de un amplio surtido de granadas para perjudicar severamente a los enemigos. A la derecha podemos verlas. La A es una granada de fragmentación M26 "Lemon", por su evidente forma de cítrico. Estaba cargada con 575 onzas (164 gramos) de Compuesto B y una espoleta de retardo de 5 segundos. La B es la M67, otra granada de fragmentación. Estaba cargada con 180 gramos de compuesto B y una espoleta de retardo entre 4 y 55 segundos. La C es una granada ofensiva Mk 3A2, cargada con 8 onzas (226 gramos) de trinitrotolueno. Ese chisme era devastador, con un radio de acción mortal de 2 metros. Pero donde se mostraba más eficaz era en los espacios cerrados debido a la gran onda expansiva que desarrollaba el explosivo. Por último, la D es una M34 "Willie Pete", una granada con una carga de 430 gramos de fósforo blanco activada por un retardo de 4 segundos. Su radio de acción era de unos 30 metros, así que arrojada dentro de un túnel podía ser algo fastuoso. Sin embargo, estas monerías solo podían usarse para despejar la entrada antes de que el rata se aventurase en el interior del túnel, eliminando posibles enemigos y/o activando trampas explosivas. Sin embargo, una vez dentro el rata no podía hacer uso de ellas ni siquiera lanzándolas contra una cámara lateral o un recodo. La onda expansiva lo dejaría hecho un despojillo, por lo que no le quedaba otra que confiar en su pistola. No disponía de otra arma ya que, como vemos, las granadas podían volverse contra él.

4. Ahí tenemos el teléfono TA-1/PT del que tanto hemos hablado pero que aún no hemos visto. En la parte superior vemos el estuche del aparato. En cuanto al teléfono, tenía un peso de 125 kilos y un potencia para emitir hasta una distancia de 4 millas (64 km.). Lo que parece un enchufe son en realidad los bornes de presión donde se metían los cables. En la base está el regulador de volumen. Entre el receptor y el emisor aparece la luz de aviso de llamada. Se encendía cuando desde superficie querían hablar. Y en los costados aparecen dos teclas, la de abajo había que mantenerla pulsada mientras se hablaba, y la otra, que apenas se ve, se pulsaba cuando se quería transmitir, avisando a superficie.  En la parte trasera llevaba un clip para sujetarlo al cinturón o el correaje. Ese chisme era de vital importancia para el rata ya que bajo tierra los aparatos de radio funcionaban menos que un cerebro en plena siesta tras devorar tres platos de lentejas con chorizo. Como es obvio, se empleaban dos aparatos, uno el rata y otro en superficie.

5. El cordón umbilical que unía ambos teléfonos era el cable WD-1, que se distribuía en estos casos en la bobina MX-306A/G, con una capacidad de media milla (804 metros). El cable iba saliendo por el orificio central y, aunque no lo pueda parecer, cuando se llevaban varias decenas de metros fuera era bastante engorroso tener que ir tirando del mismo, y más cuando se habían dejado atrás varios recodos en los que invariablemente se quedaba un poco pillado. En caso de que el rata fuera con un hombre de apoyo, era este el que iba cargando con el puñetero teléfono y tirando del dichoso cable. Eso sí, en base al cable extraído de la bobina al menos se podía saber con bastante exactitud la distancia recorrida hasta que el rata decidía dar media vuelta y salir del hoyo.

6. La compañera inseparable del rata era la linterna en ángulo recto MX-991/U. Estaba fabricada de plástico y era estanca, así que podía usarse sin problema en los asquerosamente húmedos, cuando no chorreantes túneles. Como vemos, tenía un clip para sujetarla al correaje, y a partir de 1973 el interruptor estaba protegido por unas solapas para impedir apagones repentinos por error o en caso de caerse. En la parte inferior está el interruptor en sí, y encima un pulsador para emitir en morse. Estaba alimentada por dos baterías BA-10. Dentro de la tapa tenía una bombilla de repuesto y varios filtros, dos rojos, uno azul, uno blanco y otro blanco difuso. Estas lentes se usaban para emitir distintos tipos de señales. Con todo, algunos ratas preferían usar linternas rectas, si bien eran los menos.

Bueno, imagino que con estas seis curiosidades curiosas podrán chinchar bonitamente al cuñado que se compró los fascículos esos de "Nam", que salieron hace la torta de años. En cualquier caso, creo que con todo lo explicado hemos podido aprender y comprender la penurias de estos probos exploradores subterráneos cuando "corrían el hoyo" y se veían en el "black echo", el eco negro, como denominaban a esos túneles infinitos donde solo había tinieblas impenetrables.

En fin, es la sacrosanta hora de merendar, así que me piro, vampiro.

Hale, he dicho

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RATAS DE TÚNEL (Serie completa de artículos)

Sacando a un rata de un pozo. Algunas entradas no estaban configuradas en forma de suave pendiente, sino como
pozos de varios metros de profundidad en los que, a veces, había varios accesos perpendiculares  a distintos niveles.
Ya los veremos en su momento

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. Demolición de túneles


Preparando una voladura con dos cargas de demolición
M37, que junto a la M183 eran las más habituales
Bueno, criaturillas, este artículo es el penúltimo de la pentalogía sobre los insignes roedores de las procelosas profundidades indochinas. Ya hemos visto cuáles fueron sus orígenes, como asesinaban y como gaseaban a los enemigos, así que solo nos resta detallar como inutilizaban sus intrincadas ratoneras para chincharles a base de bien. La última entrada que completará esta ilustrativa monografía la dedicaremos a dar cuenta de algunas curiosidades curiosas para rematar cuñados ahítos de ver como Forrest... Forrest Guuummp se mete en un túnel sin dudarlo ni un instante cuando se lo ordena el controvertido y exaltado teniente Dan (por cierto, este mes se cumple nada menos que un cuarto de siglo del estreno de esta fantástica película. Carajo, como pasa el tiempo, blablabla, etc...). 

Bien, ya vimos como se recurría a expulsar o gasear cual moscas cojoneras a los inquilinos de los túneles, tras lo cual se procedía a su demolición a base de meter explosivos como para poner en órbita a una docena de cuñados. Los miembros de las unidades de ingenieros que eran enviados como apoyo de superficie se encargaban de dictaminar la cantidad necesaria y el tipo de carga más adecuado para mandarlo todo a hacer puñetas si bien, como ya comentamos, en caso de tener ante ellos un complejo de categoría se tenían que limitar a colapsar las entradas que se habían podido localizar, así como los respiraderos. De ahí la importancia de esas bocas de túneles como la que mostramos situada bajo el agua, ya que de ese modo la mayor parte del complejo quedaba indemne y se podían reabrir las entradas que habían sido voladas. Total, si habían sido capaces de excavar decenas o incluso centenares de metros, podían volver a rehacer uno o más túneles de 10 o 20 metros para recuperar los accesos colapsados por los explosivos.


Sonriente vietcong cavando uno de los túneles
de Cu Chi. Obsérvese la peculiar textura del
terreno que, una vez seco, adquiriría la
consistencia de una puñetera roca. Un día de estos
ya dedicaremos algunas entradas al proceso de
construcción de esas fortificaciones subterráneas
No debía ser fácil demoler estos túneles. Es posible que, a pesar de que hayan visto mogollón de fotos de ratas de túnel no se hayan percatado de un detalle: nunca se ven entibados. La naturaleza del terreno no los hacía necesarios porque en muchas zonas de Vietnam era a base de laterita, una tierra arcillosa rica en hierro- de ahí su característico tono rojizo- que cuando está seca es dura como el hormigón. Solo se ablanda con la humedad, por lo que generalmente cavaban los túneles en la época de lluvias que era cuando se podía trabajar con relativa facilidad. Pero en época seca, que era cuando se llevaban a cabo la mayoría de las operaciones de búsqueda y destrucción porque cuando se habla de "época de lluvias" en Vietnam hablamos de lluvias torrenciales durante días y días, la tierra de los túneles estaba dura como si fuera granito, ergo había que meter estopa en cantidad para echarlos abajo.

Dicho esto, el ingeniero encargado de llevar a cabo la voladura se basaba principalmente en la profundidad y la longitud del túnel. Básicamente, el cálculo era el siguiente: para una profundidad de tres metros o menos se requerían 2 libras (900 gramos) de explosivo por cada 30 cm. de longitud. Haciendo una sencilla regla de tres sabríamos que, por ejemplo, para un túnel de solo cinco metros, que equivalen a 16 pies, serían necesarios aproximadamente 15 kilos de explosivo. ¿Que no se hacen una idea de a qué equivale esa cantidad? Pues una mera orientación: era casi la misma carga de la bomba alemana SC50, en este caso concreto 16,4 Kg., así que con esto podemos calcular lo que hacía falta para acabar con un túnel birrioso. Lógicamente, a medida que aumentaba la profundidad la proporción aumentaba: entre tres y seis metros había que duplicar la carga, por lo que un túnel similar requeriría 30 kilos, y entre seis y nueve metros se triplicaba, uséase, 45 kilos de nada. Está de más decir que para los líderes del mundo libre y de la democracia planetaria eso no suponía ningún problema, pero no por ello el dato no deja de ser interesante ya que nos aclara puntos curiosos como la ausencia de entibado y la correosa resistencia del suelo vietnamita, que permitió que gran cantidad de complejos quedaran cuasi intactos aunque se colapsaran las bocas y pozos de acceso a los mismos.


Mochila M85 y bloques de C4 M112 y M5A1 (no están a escala)
El ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, principalmente a base del archiconocido C4, dinamita, trinitrotolueno, nitrato de amonio y B4 para diversos dispositivos ideados para cometidos muy concretos. De este amplio abanico solo se emplearon los que se adaptaban mejor a la destrucción de los túneles y, llegado el caso, para despejar zonas de maleza circundante a las entradas. Veamos los más usados. Las cargas de demolición que alcanzaron más difusión eran las denominadas como satchel carges, cargas de mochila o macuto, que no eran más que determinadas cantidades de paquetes de explosivo contenidos en un macuto M85. Aunque inicialmente se llenaban con paquetes de TNT, este explosivo quedó relegado a la gran cantidad de gases tóxicos que producían al explotar. Fue sustituido por el mucho más versátil y manejable C4 en las cargas de mochila M37, que contenía ocho bloques M5A1 de 2,5 libras (1,1 kilos, o sea, 8,8 kilos en total). Cada bloque estaba envasado en plástico traslúcido blanco, y en las tapas de los extremos traían ya previstos dos orificios para perforar el bloque e introducir los detonadores. Los bloques M5A1 fueron reemplazados por los M112, de 1,25 libras (566 gramos, 9 kilos en total) de C4 dando lugar a la carga de mochila M183, que contenía 16 bloques M112 envueltos en Mylar de color verde con un respaldo adhesivo. El Mylar es como se conoce en USA al PET, uséase, el plástico con que se fabrican las botellas de agua, refrescos, etc.


En una solapa interior de la mochila M85 ya traía la mecha o el cordón detonante más los detonadores necesarios para llevar a cabo la voladura. En el caso de la M37 llevaba 1,5 metros de mecha convencional con un detonador M7 en cada extremo. Estos detonadores consistían en una simple cápsula de aluminio que contenía una pequeña carga de ignición que se activaba con la mecha y que, a su vez, detonaba una carga principal de RDX que era la que producía la explosión del C4. Veamos la secuencia de fotos que nos muestra todo el proceso a seguir para preparar la carga.

1. Ahí tenemos la mochila, en la que aparece escrito el tipo de carga que contiene. Era una bolsa de lona que se cerraba con cintas y provista de un asa para transportarla. 

2. Esta foto muestra la mochila abierta y los dos paquetes de cuatro bloques en que se dividía el explosivo. Ayudado con el punzón de la tenaza M2, el ingeniero está practicando un orificio para introducir uno de los detonadores M7. A continuación hará lo mismo en uno de los bloques del otro paquete. En el detalle podemos ver el bloque M5A1.



En la foto vemos más cerca como el ingeniero engarza el
detonador M7. En el detalle tenemos una tenaza M2 como
la que tiene en la mano. La primera muesca engarza el
detonador, la segunda corta la mecha. El punzón superior del
mango es para perforar el C4, y el inferior es un destornillador
3. El ingeniero muestra el metro y medio de mecha que acompaña al kit explosivo. Esta mecha era convencional, o sea, no funcionaba con detonadores eléctricos lo que no quiere decir que, si se deseaba, se pudiera sustituir por cordón detonante, que siempre era preferible ya que permitía controlar el momento exacto de la explosión.

4. El ingeniero introduce los detonadores en los orificios practicados en cada bloque de C4

5. Aquí vemos como prepara la mecha que unirá a la de la carga. En función del retardo deseado será más o menos larga. Estas mechas eran un simple cordón de fibra con un núcleo de pólvora negra, todo ello dentro de una funda de plástico para impermeabilizarlo. En el extremo de la mecha ha colocado un detonador M7 que activará la mecha de la carga. En la foto vemos como lo engarza con la tenaza M2.

6. Une la mecha de la carga con el detonador de la mecha principal con cinta aislante. 


Para introducir la mecha se aflojaba un poco el casquillo del
extremo derecho y se removía el tapón de seguridad. Se metía
la mecha y se enroscaba el casquillo para fijarla al iniciador.
7. En el extremo de la mecha principal coloca el iniciador M60 (foto de la derecha) que prendía la mecha. Esta se consumía a una velocidad de 40 segundos por cada 30 cm., o sea, que había tiempo de ir a tomarse unas birras llegado el caso. En la secuencia que hemos mostrado, el ingeniero ha usado unos dos metros de mecha principal más el metro y medio de mecha secundaria, o sea, 2,75 metros por paquete ya que la mecha secundaria está dividida en dos. Traduciendo: 9 pies de mecha, a 40 segundos por pie serían 360 segundos, que es lo mismo que 6 interminables minutos. Obviamente, esta secuencia está filmada durante unas prácticas, y en situaciones reales el largo de la mecha sería muy inferior. 

8. Introduce la carga en el túnel


9. Activa el iniciador. Para ello retiraba el pasador de seguridad, tiraba de la anilla colocada en el extremo, la soltaba y un muelle helicoidal en el interior lanzaba un percutor contra el pistón que, al detonar, prendía la mecha. A partir de ahí solo restaba ponerse a cubierto y esperar a que la mecha se consumiera. Por cierto que, caso de no disponer de iniciadores, con una simple cerilla se podía prender el cordón de la forma que mostramos en el gráfico.

10.¡BOOOMMM! Al carajo el túnel.


Con la carga M183 el proceso era básicamente el mismo pero con dos diferencias: en vez de una mecha secundaria con dos detonadores se usaban dos tramos de cordón detonante y cuatro detonadores que, en este caso, se activaban mediante un detonador eléctrico. El cordón detonante era en la práctica igual que la mecha, pero en vez de contener pólvora negra llevaba un núcleo de pentrita que, además de ser un potente explosivo, era muy adecuado para usar en ambientes muy húmedos o incluso bajo el agua ya que no es soluble en la misma. Veamos la secuencia de fotos porque una imagen vale más que dieciocho discursos.


Tras proceder a colocar los detonadores y el cordón detonante de forma similar a lo descrito en el caso anterior, ya solo queda preparar la detonación.

A. El ingeniero une el cable eléctrico al detonador. Bastan un par de vueltas en cada borne y apretarlos.

B. Prepara la llave que al girar producirá la corriente eléctrica que iniciará los detonadores.

C: Media vuelta a la llave y adiós muy buenas.

D:¡BOOOMMM! Otro túnel al carajo. Como es evidente, este sistema era más fiable, cómodo y garantizaba un control total sobre la detonación porque aquí no había que andar midiendo mechas ni calculando el tiempo que tardaría en explotar la carga. Con los detonadores eléctricos solo se producía la explosión cuando se activaba el mismo, ni antes ni después. Por cierto, había otros detonadores que en vez de llave usaban una tecla de presión, en este caso muy usados en las minas Claymore que se distribuían alrededor de los campamentos para convertir en comida para gatos a los enemigos que se acercaran con aviesas intenciones.


Preparando la voladura de un árbol con un par
de bloques de C4
Como hemos dicho, el ejército disponía de un extenso surtido de cargas de demolición, pero aunque podían ser válidas para volar túneles, su diseño estaba destinado ante todo a acabar con fortificaciones de hormigón o para abrir cráteres de gran tamaño capaces de inutilizar carreteras o pistas de aterrizaje, así que las obviaremos tanto en cuando se salen del tema que nos ocupa. Si acaso, mencionar que cuando se localizaba un túnel ubicado entre una espesa fronda se recurrían a bloques sueltos de C4, TNT o dinamita para despejar la zona de arboleda o, caso de encontrarse en el interior de masas de arbustos o bambú, se empleaban los conocidos torpedos Bangalore (sí, los de "Salvar al soldado Ryan"), diseñados originariamente para destruir alambradas. Y si eran capaces de destruir alambradas, pues también bambúes, naturalmente. De hecho, incluso se llegaron a usar para destruir tramos de túneles ya que estaban diseñados de forma que podían empalmarse unos tramos con otros hasta un total de 60 metros nada menos. El Bangalore M1A2 tenía una longitud de 1,5 metros, 8,2 cm. de diámetro y una carga de 10'5 libras (4,7 kilos) de Compuesto B4. El B4 contiene un 60% de RDX, un 39,5% de TNT y un 0,5% de silicato de calcio. Como carga de iniciación y refuerzo lleva en cada extremo media libra (226 gramos) de Compuesto A3, formado por un 91% de RDX y un 9% de cera, esta última destinada a recubrir, insensibilizar y unir las partículas de RDX.


Los Bangalore se suministraban en cajas de madera con diez unidades más sus correspondientes manguitos de empalme y un manguito delantero redondeado para facilitar el avance cuando se empujaba el torpedo entre zonas pedregosas, con vegetación, etc. Como vemos en el gráfico de la derecha, los manguitos de empalme estaban ranurados para encajar sólidamente los extremos de cada torpedo. En la parte inferior vemos el proceso de empalme de dos torpedos, que se repetiría las veces que fuera necesario hasta obtener la longitud necesaria. Al final de cada torpedo tenemos el iniciador/refuerzo de Compuesto A3 que podía ser detonado de cualquier forma: con detonador de mecha convencional, eléctrico o incluso con cordón detonante, para lo cual bastaba con envolver el iniciador de A3 con ocho vueltas de cordón, pero ni una más ya que podría romper el tubo y separar el iniciador del cuerpo principal, separándolo e impidiendo así que explotase todo el conjunto. Por lo demás, los Bangalores también podían usarse, llegado el caso, para despejar campos de minas, abriendo un sendero libre de ellas por donde las tropas podían avanzar sin problema. No obstante, los charlies carecían de medios para minar grandes áreas de terreno, por lo que eran más dados a llenar la jungla de trampas más primitivas y, por ende, mucho más difíciles de detectar aunque no por ser más rudimentarias eran menos eficaces. Un simple cartucho de escopeta o de calibre .50 podía hacerle picadillo el pie al que lo pisara, pero de esas putaditas ya hablaremos en mejor ocasión.  


Para concluir no quisiera dejar de citar un par de sistemas de voladura un tanto peculiares y poco usados pero que nos vendrán muy bien para sorprender a algún cuñado que se haya ilustrado sobre el tema. Uno de ellos consistía en aparcar cerca del túnel un helicóptero cargado con bombonas de acetileno que podían inundar hasta 9 m³ de túnel cada una. Con el compresor del helicóptero se insuflaba el acetileno, que actuaría en combinación con las cargas de demolición depositadas previamente. Cuando se procedía a detonarlas, el acetileno se inflamaba y alcanzaba una temperatura de unos 2.700º; esta letal combinación de gas y explosivos convertía en un horno crematorio los túneles situados hasta unos 6 metros de profundidad, que era más de lo habitual en la mayoría de ellos. 


Otro método similar, pero sin necesidad de helicópteros era el equipo de demolición XM-242 a base de nitrometano (foto A), un combustible líquido con una potencia superior incluso al trinitrotolueno y que se usaba para destruir túneles de hasta 150 metros de largo y tres metros de profundidad sin verse limitados por recodos o pozos interiores ya que se introducía mediante una manguera de plástico blando que se adaptaba al recorrido sin problemas. Para ello se recurría a dos bidones con 55 galones (208 litros) de nitrometano cuyo contenido era introducido mediante la citada manguera en cuyo extremo se hacía un simple nudo para hacer de tapón (foto B). El líquido era impulsado por una bomba de gasolina. Una vez que el rata había llevado la manguera hasta el lugar deseado, para producir la explosión del nitrometano se colocaba una lámina de C4 de media libra (227 gramos) y media pulgada de grosor (1,27 cm.) envolviendo la manguera (foto C), junto con dos detonadores accionados por electricidad. Una vez que la manguera y el explosivo estaban dispuestos se procedía a llenarla con los 416 litros de combustible de los dos bidones. Una sonda indicaba cuando estaban vacíos, momento en que se procedía a la voladura (Foto D). Los efectos debían ser fastuosos, porque más de 400 litros de una porquería más potente que el TNT en el interior de un angosto túnel no eran para tomarlos a broma. No obstante, a pesar de su indudable contundencia parece ser que este sistema no tuvo excesiva difusión, llevándose la palma las mochilas explosivas detalladas anteriormente. Es evidente que, al cabo, primó lo más manejable sin por ello perder poder destructivo, y en la puñetera jungla no era fácil transportar e instalar los dos pesados bidones con su compresor o despejar la zona para que aterrizase un helicóptero para meter acetileno como para soldar la chapa de un acorazado.

Bueno, con esto podemos terminamos. Como hemos visto, el tema de las demoliciones requería una notable inversión de tiempo y material, aparte del personal cualificado para ello porque hasta para determinar la colocación de los paquetes de explosivos había que saber lo que se hacía. No bastaba con colocarlos junto a la entrada o en mitad de un túnel, sino buscando los lugares donde la demolición sería más eficaz e hiciese más complicado para el Vietcong excavar de nuevo el túnel o buscar su trayectoria original. Para ello, se ubicaban en los recodos, en las entradas de las cámaras laterales y a intervalos determinados de forma precisa en caso de querer demoler trayectos de túneles demasiado largos. 

En fin, no creo que se me olvide nada, así que s'acabó lo que se daba, amén.

Hale, he dicho

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Una choza arde tras haber sido descubierta en su interior la entrada a un túnel y ser volada con una carga de demolición.
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eran tontos y acabaron aprendiendo muchos de sus ingeniosos trucos para ocultarlos

lunes, 9 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. Gaseado de túneles


Rata de túnel con la máscara M17. El cable que se ve en el suelo es
el del teléfono TA-1/PT con el que podrá mantenerse en contacto
con el personal de superficie
Bueno, dilectos lectores, ya hemos visto el parco surtido de armas con que estos probos exploradores de las catacumbas bélicas aliñaban a los taimados vietcongs, así como de los escasos intentos llevados a cabo por el ejército para dotarlos de material específicamente diseñado para acometer su inmunda y arriesgada misión. Como continuación, hoy veremos el proceso más habitual para eliminar u obligar a salir a los ocupantes de los túneles como paso previo a la destrucción de los mismos. Recordemos una vez más que el cometido principal de los ratas de túnel no era entrar a matar comunistas canijos, sino inspeccionar el túnel para obtener material de inteligencia, requisar los pertrechos de guerra y las provisiones depositados en el mismo y levantar un plano, caso de que por sus dimensiones fuera conveniente, para que los fulanos de los estados mayores intentaran establecer patrones de construcción, cosa que jamás hubo, y tener constancia de su distribución para saber por dónde empezar en caso de que se tuviera noticia de que el puñetero túnel había sido puesto en servicio de nuevo.

Así mismo, no debemos olvidar que cuando un rata se percataba de que el túnel era más grande de lo habitual no se complicaba la vida, daba media vuelta y se procedía a expulsar o matar a los ocupantes del complejo e intentar averiguar las posibles salidas secundarias y respiraderos que hubiese. Ojo, había ocasiones en que este proceso se llevaba a cabo antes de que el rata entrase en el túnel para, a continuación, proceder a explorarlo, pero eso quedaba al arbitrio del comandante de su unidad o de la información obtenida a través de los Kit Carson Scouts, los vietnamitas que colaboraban de buen grado o, como está mandado, dándole al jefe de la aldea las dos hostias reglamentarias. Finalmente se procedía a la voladura del complejo.

Un Mity Mite en funcionamiento. El humo que vemos es el producido por
el motor, no es gas ni nada semejante.
El primer oficial que se preocupó de desarrollar métodos de búsqueda y destrucción de túneles fue el capitán Herbert Thornton, del 9º destacamento químico de la 25ª División de Infantería. Este eficiente sujeto vio claramente que era materialmente imposible inspeccionar complejos de túneles que, a veces, tenían tal cantidad de ramificaciones, niveles y cámaras que necesitarían semanas para completar el trabajo, y no era plan de perder el tiempo jugando al gato y al ratón bajo tierra con los charlies. Por lo tanto, y ya que disponían de tecnología de la buena, mejor hacer uso de ella y liquidar el trabajo cuando antes. Lo primero era averiguar la situación de las posibles salidas y respiraderos del túnel, para lo cual se usaban botes de humo de colores o humo blanco. Para distribuir el humo y forzarlo a salir por cualquier resquicio se usaba el ventilador Mity Mite, un chisme procedente del mercado civil para fumigar cosechas y demás usos agrícolas que el ejército adquirió por millares bajo la denominación de "Dispensador de Agentes para Control de Disturbios M106". Este aparato funcionaba con un motor de dos tiempos y estaba provisto de un depósito de combustible de 1 galón (3,8 litros), lo que le daba una autonomía de una hora. Sobre el motor vemos el depósito de 3 galones (11,3 litros) para el pesticida líquido, que en este caso se sustituía por 10 libras (4,5 kilos) de polvo de CS. 


Máscara M17. La funda se llevaba en el costado izquierdo,
con la abertura mirando hacia adelante
Así pues, una vez detectada la entrada de un túnel podían pasar dos cosas: una, que el rata de turno entrase a echar un vistazo y, caso de ser de poca monta, volarlo sin más con una carga de demolición. Y dos, que si veía que podía ser más grande de la cuenta salía y se procedía a detectar las salidas secundarias y demás con botes de humo para, a continuación, gasear todo el complejo para obligar a salir a los inquilinos (este método sería muy viable para aplicarlo a los actuales "okupas" que pretenden vivir por la cara sin pagar hipoteca). Pero no con porquerías venenosas porque, de ser así, el proceso posterior de limpieza para que entrasen los ratas sería complicado y pondría en peligro sus vidas, así que se optó por algo menos maligno pero no por ello menos eficaz: el CS, un micropolvo a base de clorobenzilideno malononitrilo introducido a principios de los años 60 para hacer ver a los manifestantes  patrios de que, si no querían verse llorando como Jeremías y moqueando a lo bestia, lo mejor era alejarse de esa porquería.


Mujeres y críos saliendo a toda leche de un escondite a consecuencia del
humo blanco usado para detectar las salidas del complejo de túneles en la
aldea de Thu Xuan en 1966
Sus efectos son, además de increíblemente rápidos, irritantes a más no poder. El CS es inodoro, y solo se detecta su presencia si es empleado lanzando granadas o botes que, para conseguir su propagación, contienen una substancia que lo hace arder. El sujeto que se ve bajo sus efectos siente de inmediato una irritación extrema en los ojos, la nariz, la garganta y los pulmones. Siente que los ojos le van a echar a arder, lacrimea de forma masiva, y cuando más se restriega más se reparte el finísimo polvo de CS, aumentando así sus efectos. Prácticamente no puede abrir los ojos porque la quemazón es terrible, así que queda totalmente cegado durante un periodo de tiempo más o menos largo en función de la cantidad que haya caído sobre él. Del mismo modo, al inhalar el CS siente dificultad al respirar, moqueará como si tuviera un catarro fuerza 5, salivará como un chucho en una sauna, y para terminar de arreglarlo todas las partes de su cuerpo que estén húmedas se irritarán también, axilas e ingles sobre todo. Eso, en una región donde la humedad ambiental hace sudar al personal como pollos, facilita que los efectos del CS también se hagan notar en el cuerpo en forma de irritación y picor. Y a todo esto, sumarle su capacidad para adherirse al terreno y la vegetación, motivo por el que los ratas, según se comentó en una entrada anterior, también notaban estos efectos tan enojosos al entrar en los túneles sudando a base de bien. Porque aunque el aire estuviera ya limpio de esa porquería una parte de ella se había quedado pegada al suelo y las paredes, durando sus efectos unos seis o siete días dependiendo del grado de humedad ambiental. Afortunadamente para los vietcongs, cuanta más humedad hubiese, menos duraba.


Inicialmente se empleaban granadas como las usadas por la policía para mandar a casa a los revoltosos callejeros patrios pero, lógicamente, bajo denominación militar. Básicamente había dos tipos que podemos ver en la foto de la derecha. En primer lugar vemos una M7A3, una versión mejorada de la M7A2 que, simplemente, tenía un poco de más capacidad. La A2 contenía 100 gramos de CS en cápsulas de gelatina para favorecer su difusión cuando ardía, lo que se llevaba a cabo con una mezcla de combustión de 155 gramos. La A3 contenía 127 gramos de CS y 211 gramos de mezcla de combustión. En la parte superior del bote tenía cuatro agujeros y uno en la inferior para permitir la salida del CS ardiendo, proceso que duraba unos 20 segundos de media. El peso total de estas granadas era de 396 y 439 gramos respectivamente, y su funcionamiento era como el de cualquier granada convencional: se extraía el pasador de seguridad, se arrojaba, saltaba la palanca que activaba el multiplicador e iniciaba la mezcla de combustión. Se fabricó una versión especial con un retardo de 8 a 12 segundos, la M226, ideada para arrojarla desde helicópteros y dar tiempo a que tocaran tierra antes de empezar a arder. En cuanto al ejemplar de la derecha es una M25A2, una granada con forma de pelota de béisbol con cuerpo de plástico y un contenido de 227 gramos de CS en forma de aerogel de sílice para extender mejor el contenido. Tenía un pequeño retardo de entre 1,4 y 3 segundos antes de empezar a soltar porquería.  Pero estas granadas solo valían para túneles cortos con una o dos cámaras laterales. Si el rata se encontraba con algo de más envergadura hacía falta algo más contundente y capaz de llevar el CS a todos los recovecos.


Para eso tenía que actuar el Mity Mite, capaz de mover unos 13 m³ de aire por minuto. El proceso para inundar el complejo tanto de humo como de CS podemos verlo en la secuencia de fotos de superior.

A: En función del tamaño se arrojaban los botes de humo necesarios y, tras detectar las salidas secundarias y respiraderos, se sellaban con tierra, barro, sacos terreros o lo que hubiera a mano. A continuación se vertía CS en la entrada principal en la cantidad que se estimaba oportuna, bien como aparece en la foto o bien directamente desde el depósito del Mity Mite. 

B: En esta secuencia vemos el sellado de la entrada principal, para lo que se usaba un simple poncho. El tubo corrugado del ventilador se introducía por la abertura de la capucha, se ajustaba con el cordón y, si la había disponible, se sellaba con cinta aislante o cinta americana. Los bordes del poncho se cubrían con tierra para impedir fugas.

C: En esta foto vemos con detalle el tubo introducido por la capucha del poncho. Recordemos que tanto el humo como el CS expulsaban el aire del interior del complejo, por lo que los vietcongs que pudiera haber dentro no solucionaban nada aunque tuviesen máscaras antigás. Estas protegen de las porquerías, pero si no hay oxígeno palmas asfixiado sí o sí.

D: Una vez preparado todo el dispositivo, se ponía en marcha el ventilador, que generalmente solía necesitar una hora para inundar el complejo. Obviamente, a más grande más tiempo. Una vez que se consideraba que el CS había llegado hasta a los confines de los hormigueros  se removían los sellados y se insuflaba aire para limpiar el interior y permitir a los ratas hacer su trabajo, lo cual solía llevarse otra hora como mínimo.


Por lo general, estos solían colocarse la máscara M17 para curarse en salud por si había quedado alguna bolsa de CS o la limpieza no había sido lo suficientemente satisfactoria. Para asegurarse de que estaba bien colocada se procedía como vemos en las fotos de la derecha. En la foto A vemos al yankee tapando el emisor de voz mientras aspira para comprobar que no entra aire. En la foto B tapa con ambas manos los filtros laterales exhalando con fuerza, obligando a que el poco aire que haya dentro de la máscara salga despedido por el borde inferior. De ese modo, la siguiente bocanada de aire que tomase estaría debidamente filtrado. Esto tenía como finalidad impedir que, caso de verse repentinamente bajo la acción de un agente químico, ser afectado por el que hubiese quedado dentro de la máscara mientras se la colocaba. De no tomar esta precaución, podría bastar el poco gas atrapado en el interior para hacer su efecto. Con el CS, aunque no era letal en ningún modo, había que tomar todas las precauciones posibles, porque verse dentro de un hoyo donde apenas se puede uno mover y que de repente empiecen a picar los ojos, a llorar y moquear y sin saber donde estás debe ser una experiencia increíblemente siniestra.


Con todo, los charlies aprendieron rápidamente como impedir el avance del humo o el CS en sus complejos de túneles. No les resultó nada complicado. Bastaba con distribuir a los largo de los túneles sifones o esclusas que, una vez inundados de agua, impedían el paso de cualquier substancia ya fuera gaseosa, como el humo de colores, o el micropolvo del CS. Otra solución consistía en sellar estas esclusas con esteras de palma o bambú (flechas rojas) y sellarlas con barro o incluso con plásticos procedentes de los despojos yankees a los que tanto provecho les sacaban. Tal como vemos en el gráfico de la izquierda, todo el personal que evacuase el túnel y se colocara a continuación del sifón de agua o de la esclusa sellada no sentiría los efectos del gaseado y, obviamente, tampoco serían delatadas las salidas y respiraderos situados a partir de esa zona.


Otra solución para, por ejemplo, túneles que solo disponían de una única salida auxiliar consistía, si estaban cerca de un río o un canal, abrir dicha salida por debajo del nivel del agua. De ese modo no solo se impedía que el humo inyectado delatase su presencia, sino que sería materialmente imposible de localizar salvo que el nivel del agua descendiera. Como vemos, estos canijos no tenían un pelo de tontos, y con unos medios propios de la Edad de Piedra si los comparamos con los de los yankees, ya vemos como fueron capaces de evitar ser vilmente gaseados en muchas ocasiones.  


En fin, como vemos los líderes del mundo libre gastaron cantidades industriales de CS para desalojar los puñeteros túneles, lo que conseguían siempre y cuando los fanáticos canijos comunistas no hubiesen puesto en marcha algunos de sus básicos pero eficaces métodos de sellado. Con todo, de poco servía evitar ser gaseado si no se ponía tierra de por medio para escapar de lo que venía detrás: decenas de kilos de C4 que convertirían el complejo en una tumba una vez que se colapsaban todas las entradas. Si para un rata la perspectiva de palmarla enterrado en vida era terrorífica, para un vietcong tampoco debía ser nada atrayente, y más si tenemos en cuenta que en sus redes de túneles tenían hospitales y escuelas con heridos, enfermos, mujeres y críos. Un ejemplo lo tenemos a la izquierda, donde podemos ver un...¿hospital? junto a un lote de suministros médicos incautados por los ratas de túnel durante la operación Junction City, entre febrero y mayo de 1967. Lo de Vietnam fue una guerra bastante asquerosilla, para qué negarlo...

Bueno, vale por hoy.

Hale, he dicho

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RATAS DE TÚNEL (Serie completa de artículos)

viernes, 6 de septiembre de 2019

Ratas de túnel. Armamento y equipo


Rata de túnel con un revólver provisto de supresor.
Estas armas eran bastante apreciadas por su fiabilidad
Prrrrrosigamossssss... Hoy toca hablar del armamento y demás utensilios necesarios para que estos probos homicidas subterráneos pudieran cumplir su cometido con propiedad, enviando si era necesario a posibles habitantes del subsuelo al paraíso comunista de forma eficiente y, sobre todo, contundente. Porque uno de los problemas que se suelen presentar cuando se lucha contra enemigos especialmente fanatizados, ya sean por motivos religiosos o políticos, es que no tienen inconveniente en vender muy caras sus miserables envolturas carnales y palmarla sin pestañear si de ese modo pueden llevarse por delante a uno o más adversarios, así que para acabar con ellos era recomendable recurrir a medios lo suficientemente expeditivos como para dejarlos en el sitio sin darles tiempo a accionar alguna trampa explosiva, arrojar una granada o, simplemente, soltar una postrera ráfaga de su Kalashnikov mohoso pero que siempre funciona. Sin embargo, y según iremos viendo a lo largo del artículo, el ejército yankee (Dios maldiga a Hearst) tampoco mostró lo que se dice un interés especial en dotar a sus abnegados topos guerreros con armas adecuadas a su peculiar oficio considerando el medio en el que debían desenvolverse: angosto, oscuro, húmedo, asqueroso y con la opción de poder usar solo una mano ya que la otra debía sujetar la linterna, el teléfono, la sonda, la bayoneta o la figurita vudú llena de alfileres con cabeza negra del cuñado que le recomendó ir voluntario porque le aseguró que podría elegir destino y quedarse en una base Hawai tocándose el escroto o disfrutando de la compañía de frondosas y complacientes señoritas hippies hasta las cejas de farlopa.

En los albores del conflicto, cuando los yankees pudieron corroborar que sus corruptos e inútiles aliados de la RVN no habían hecho los deberes y tenían todo su territorio con más agujeros que la contabilidad de un partido político, el "kit" para ratas de túnel se limitaba a lo que vemos en la foto de la izquierda: la pistola Colt 1911A1, la linterna MX-991/U y la bayoneta M7 o un K-Bar. Con eso se tenían que aviar porque no había otra cosa disponible. Pero, aunque parezca más que suficiente para adentrarse en las entrañas de la arcillosa tierra vietnamita, este mínimo equipo adolecía de ciertos inconvenientes, sobre todo la pistola. No vamos a entrar en detalles sobre ella porque nos sabemos de memoria cada pieza de la misma, pero sí en su funcionalidad para combatir en un angosto túnel. Por un lado, es innegable que el calibre .45 ACP era y es óptimo para neutralizar a cualquier agresor con un solo disparo. Me retrotraigo a lo comentado en el párrafo anterior, cuando mencionaba que a los enemigos fanáticos hay que dejarlos literalmente en el sitio para impedir que mueran matando. La bala de 240 grains que disparaba esa pistola tenía la suficiente energía cinética como para, caso de no impactar en la cabeza o el corazón, producir un shock que dejase momentáneamente aturdido o sin conocimiento a la víctima, dando al agresor la opción de rematarlo sin temor a que hiciese una postrera puñetería y lo matase antes de estirar la pata. Vervi gratia, finiquitarlo con un certero disparo en el cerebro o, si no se quería hacer más ruido, metiéndole la bayoneta por el plexo solar y filetearle el músculo cardíaco.

Pero cuando se dispara un arma de ese tipo en un sitio cerrado, el sonido se magnifica enormemente al rebotar contra las paredes, de forma que lo deja a uno medio sordo y con un pitido en los oídos que tarda un rato en desaparecer (doy fe). En algunos casos puede incluso producir una perforación del tímpano con las consecuencias que podemos imaginar. Así pues, aparte de la molesta y dolorosa sensación que produce el sonido del disparo, incapacitaba durante un breve pero vital tiempo la capacidad auditiva del rata, que podía no escuchar como el cuñado del difunto vietcong se aproximada por el siguiente recodo para abrasarlo a tiros. Ante algo tan palmario, los mandamases decidieron actuar en consecuencia introduciendo diversas armas para darle al personal la opción de defenderse sin quedarse sordo o, peor aún, palmarla en el hoyo por no haber podido oír como se le echaba encima un enemigo. 

Las cosas como son: dedicarse a rata de túnel no estaba
pagado con nada. ¿Se imaginan en el lugar de ese sujeto?
Por otro lado, a medida que se iban descubriendo complejos cada vez más grandes quedó claro que también había que mejorar los medios para que el rata que actuaba en solitario sin hombre de apoyo pudiera mantener el contacto con la superficie sin tener que ir cargando con el pesado teléfono TA-1/PT con la mano que le quedaba libre para sujetar la linterna o tantear el suelo con la bayoneta o la sonda, porque la pistola como que era mejor no soltarla ni para mear. Y todo ello teniendo en cuenta que, salvo contadas excepciones, la escasa altura de los túneles obligaba al rata a avanzar gateando, lo que dificultaba aún  más su movilidad y su capacidad para manejar varios objetos al mismo tiempo. En realidad, lo raro es que unos pijos armamentísticos como los yankees, que hasta formaban comisiones de estudio e invertían un pastizal para diseñar un simple abrelatas, no hubiesen dedicado más medios y atención a solventar un problema tan grave ya que, y ellos eran plenamente conscientes, incluso tenían túneles a escasas decenas de metros de sus bases con mogollón de vietcongs paseándose bajo ellos como Pedro por su casa.

A medida que las bajas por sordera aumentaban mientras que el ejército tomaba cartas en el asunto, algunas unidades se agenciaron revólveres Smith & Wesson modelo 10 (foto superior) o Colt Police Positive Special (foto inferior) que solían ser los que se distribuían entre los pilotos. Ambas armas estaban recamaradas para disparar munición del .38 Sp. y tenían el mismo largo de cañón, 4 pulgadas. El .38 Sp. es un calibre muy extendido para uso policial y defensa personal, con una potencia similar o algo inferior al 9 mm. Para., o sea, inferior en cualquier caso al poderoso .45 ACP de la Colt reglamentaria. Pero, a cambio, ofrecían una ventaja innegable: los revólveres nunca se encasquillan, motivo sobrado para tenerlos en cuenta por alguien que se jugaba literalmente el pellejo si el arma le fallaba en el momento supremo. Lo más que podía pasar era que un cartucho fallase, en cuyo caso bastaba con apretar nuevamente el gatillo para que el tambor girase y, con él, un nuevo cartucho. Por otro lado, eran armas menos sensibles a la suciedad por tener menos mecanismos en movimiento que una pistola, y con sus seis cartuchos de capacidad no es que fuesen sobrados de munición- la Colt llevaba 7 + 1-, pero no era habitual que se formase un tiroteo dentro de un túnel.

Por fin, en 1966 se distribuyeron para ser probados sobre el terreno media docena de "Tunnel Exploration Kit", o sea, Equipo para Exploración de Túneles, diseñado por el Limited Warfare Laboratory. Este equipo estaba ideado para que el rata pudiera tener más libertad de movimientos, disponer de un arma eficaz y, al mismo tiempo, que no le dejase los tímpanos convertidos en comida para peces. Porque los supresores que ya han visto en más  de una foto no estaban destinados para actuar de forma taimada y silenciosa, sino para no dejar sordo a medio ejército. El kit en cuestión estaba formado por un revólver Smith & Wesson modelo 10 como el que hemos visto en el párrafo anterior, pero provisto de un generoso supresor y una luz de puntería sobre el armazón; un foco de minero que se colocaba sobre la gorra del uniforme de faena y un sistema de comunicaciones. Veamos cada pieza paso a paso...

Fotograma de una película de alta velocidad que muestra con toda claridad
la fuga de gases que se produce entre el tambor y la recámara en el momento
del disparo. Esa fuga tiene lugar antes incluso de que la bala salga del cañón
El revólver. El arma en sí era perfectamente válida, pero como ya sabemos, y al que no lo sepa yo se lo digo, los supresores no son totalmente efectivos en un revólver. El motivo es el siguiente: cuando se efectúa un disparo en realidad oímos tres sonidos producidos prácticamente al unísono: el estampido del pistón que inicia la carga, los gases de la pólvora, que salen por la boca de fuego a velocidad supersónica, y la bala rompiendo también la barrera del sonido si supera los 330 m/seg. de Vo.  teniendo en cuenta que la velocidad del sonido no es un valor exacto ya que varía en función a una serie de factores. Como sabemos, los revólveres no son estancos. Hay una pequeña ranura entre el tambor y la recámara por donde escapa una parte de esos gases supersónicos. Es ínfima, cuasi despreciable, pero lo suficiente como para que la supresión del sonido del disparo no sea tan efectiva como en una pistola. Por otro lado, la excesiva longitud del supresor desequilibraba el arma y lo hacía poco manejable en la angustiosa estrechez de los túneles. En cuanto a la luz, prácticamente no servía de nada porque el foco era tan potente que la anulaba. La pieza más peculiar era la enorme funda que, como ya podemos imaginar, era totalmente inútil e incluso molesta y engorrosa cuando se arrastraban por un túnel.

El foco. Era un trasto alimentado con una pila de 6 voltios que se encendía y se apagaba mordiendo esa especie de chupete que lleva en la boca el fulano de la foto. De ese modo no tenía que usar la mano libre para ese menester. En sí no era una idea nada mala, pero el problema es que, al parecer, fallaban más que las promesas de un político. Por otro lado, el peso del foco hacía que se volcase hacia adelante, o que la visera de la gorra le restase eficacia o que en túneles especialmente angostos sufriese golpes constantemente contra el techo. En resumen, un churro de foco que, además, pesaba horrores. La batería la llevaba a la espalda, en la bolsa que vemos a la izquierda y cuyo cable de alimentación era susceptible de engancharse en todas partes.

Un primer plano del engorroso sistema de comunicaciones, el foco, el
revólver con el supresor y la luz de puntería. Salta a la vista que no debía
ser nada cómodo, y la jeta sonriente del yankee en camiseta lo dice todo
El equipo de trasmisiones. Constaba de un micrófono de alta sensibilidad de conducción ósea  que se colocaba en la parte trasera de la gorra en contacto con la cabeza. Para los que lo desconozcan, este sistema recoge la voz que se transmite por la osamenta del cráneo. Para que me entiendan: si se tapan los oídos y hablan siguen oyendo su propia voz, pero con una frecuencia más baja aunque con más nitidez. Es lo que hacen muchos cantantes que, imagino, habrán visto alguna vez, que se tapan al menos un oído para escuchar su voz con más claridad cuando cantan a coro. Bien, pues este era el sistema ideado para transmitir la voz del rata aunque, la verdad, podrían haber recurrido a un laringófono como los que usaban los carristas y los aviadores desde hacía la torta de años con excelentes resultados, pero en fin... Y para transmitir, el rata se colocaba un micrófono en la oreja, claro está. Los cables- demasiados cables ya- iban a una bobina que colgaba del cinturón (la que vemos en el lado derecho), e iba soltando hilo a medida que avanzaba. En teoría era más cómodo que ir tirando de decenas o centenas de cable de la bobina situada en superficie. En este caso, en vez del teléfono TA-1/PT el cable era conectado a un TA-312/PT.

A la izquierda podemos ver el teléfono en cuestión con sus partes más importantes. 

A: Regulador de volumen de recepción del auricular.

B: Alojamiento para dos baterías BA-10 (las mismas que usaban los bazookas, ¿las recuerdan?)

C: Bornes de conexión para baterías externas.

D: Conector del cable telefónico

E: Tecla de llamada. Cuando se quería hablar había que mantenerla presionada, y soltarla para recibir. O sea, no era bidireccional como los teléfonos normales, en los que dos personas pueden insultarse simultáneamente sin problemas. Aquí hay que esperar a que la parte opuesta termine para poder darle la réplica.

F: Manivela de llamada. Cuando el operario del teléfono quería contactar con el rata debía avisarlo girando esa rueda. El rata solo tenía que hablar para que su voz se escuchase, aunque para ello había que tener descolgado el auricular.

Y aparte de todo lo mencionado, con cada equipo se adjuntaba un juego de tapones para los oídos que, en teoría, no harían falta si se usaba el supresor, pero ya en origen daban por sentado que la eficacia del mismo no era la deseable. De hecho, para lograr una disminución notable del ruido del disparo había que usar una munición especial con carga reducida que hacía que la bala saliera a velocidad subsónica y la fuga de gases fuese menos escandalosa pero, cosas de yankees, ese tipo de munición nunca estuvo disponible, así que tuvieron que emplear la normal para ese tipo de armas. 

El 6 de enero de 1967 se elaboró un informe con las conclusiones tras las pruebas efectuadas por los cuatro grupos a los que se distribuyó el equipo. Dichas conclusiones acerca del dichoso kit ratonil no eran para tirar cohetes, sobre todo en lo referente al foco. No obstante, parece ser que se distribuyeron 250 equipos de los que no se sabe nada, ni siquiera si llegaron a usarse. Imagino que al poco de llegar a destino los mandarían a hacer puñetas y se quedaron solo con los revólveres, que estaban más cotizados a pesar de que el supresor no funcionaba como debía pero, al menos, eran armas sólidas, fiables y jamás lo dejarían a uno tirado a la hora de la verdad. 

De hecho, hubo ratas que optaron por usar revólveres que, aunque anticuados, no habían perdido su vigencia para este tipo de guerra asquerosa. El rata de la foto superior empuña un Smith & Wesson M1917 de 5'5 pulgadas y calibre .45 ACP. Al carecer la vaina de reborde, era necesario engarzarlos en unos clips con forma de media luna para tres cartuchos como los que vemos en la foto de la derecha. Una vez disparados las vainas servidas se extraían de los clips. Este sistema permitía llevar en el bolsillo varios de ellos ya preparados para recargar con más rapidez que mediante el sistema habitual, introduciendo los cartuchos uno a uno en el tambor.

Como vemos, el tema del arma idónea no acababa de solucionarse y, de hecho, algunos ratas incluso optaban por las opciones más dispares y extrañas: escopetas con cañones recortados o carabinas M1 con el cañón y la culata recortados adaptándole un pistolete, algo similar a lo que vemos en la foto de la izquierda. Obviamente, estas armas tenían una contundencia más que sobrada para aliñar a un vietcong canijo, pero si disparar un .45 en un túnel ya era un sacrificio imaginemos un postazo de calibre 12 o un disparo de un .30 Carabina. En fin, cada cual se buscaba la vida como podía si bien las armas más usadas seguían siendo las Colt reglamentarias y los revólveres con o sin silenciador, y si se te chingaban los tímpanos pues mejor para ti porque así te mandaban a casa aunque tuvieras que usar un audífono de por vida, pero mejor sordo que muerto y, total, para las chorradas que hay que escucharle a la gente mejor se desconecta el aparatito y santas pascuas. 

Tras el fiasco del "Tunnel Exploration Kit" y en un nuevo un intento por dar con la solución al problema, en 1967 el Comando de Asistencia Militar empezó a devanarse un poco el cerebro a la vista de los informes que les llegaban del frente. En sus conclusiones finales dedujeron que los ratas de túnel necesitaban un arma totalmente silenciosa, muy manejable, fiable y sin posibilidad de interrupciones y que no precisara de una munición devastadora, sino que su capacidad letal cumpliera para acabar con cualquier fulano que se encontrasen dentro de un túnel y que, por razones obvias, no estaría a más de 8 o 10 metros de distancia. Y para asegurar el disparo, lo más adecuado no era que el cartucho contuviera un único proyectil, sino varios, como si de un cartucho de escopeta se tratase. Obviamente, de ahí solo podía salir un engendro, pero ya sabemos que los yankees no dudan en llegar a donde sea si creen que van en la dirección correcta aunque al final se caigan por un precipicio. El ejército puso el proyecto en manos de una firma particular, la Aircraft Armaments Inc. de Baltimore, que llevaba tiempo trabajando en un tipo de munición basado en la proyección de los proyectiles mediante un émbolo interno para la NASA y la industria aeroespacial. Igual era por si había que ir a matar marcianos, vete a saber...

En realidad, el invento no era el arma, sino la munición, para la cual solo hubo que adaptar un arma que se ajustase a sus características. El cartucho consistía en una vaina de acero en cuyo interior se encontraba la carga de propelente, la cual empujaría un émbolo que a su vez haría lo mismo con un sabot que contenía 15 pequeñas bolas de Mallory, una aleación de acero al tungsteno más dura que la jeta de un cuñado. Cuando se producía el disparo, la vaina quedaba sellada en todo momento por lo que el ruido era mínimo, así que se podía prescindir de silenciadores y demás incordios. De hecho, la denominación oficial del arma era Quiet Special Purpose Revolver (QSPR), o sea, Revólver Silencioso para Usos Especiales. Para entenderlo mejor veamos los siguientes gráficos...

Ahí tenemos el cartucho. Se trata de una vaina de acero de calibre .52 cromada en negro, y con una longitud de 47'4 mm. La figura A es el yunque que golpeaba el martillo del arma. Este yunque percutía a su vez en el pistón B. El motivo de esta peculiaridad en vez del método convencional por el que se golpea el pistón directamente era para sellar la parte trasera de la vaina. La figura C es el émbolo en cuyo interior vemos la carga de pólvora. La figura D es el sabot de calibre .40 que contiene 15 sub-municiones de 3'5 mm. de calibre y 7'5 grains de peso cada una. Estas postas o como queramos llamarlas no eran en realidad esféricas, sino que presentaban el aspecto de una bola con una pequeña banda o faja alrededor. Esto se debía a su proceso de fabricación, consistente en obtenerlas mediante troquelado. Por último, la figura E muestra un paso de rosca cuya finalidad no era otra que frenar el émbolo para impedir que se saliera de la vaina, con lo cual se anularía el efecto de supresión de sonido deseado.

En esta ilustración tenemos el momento del disparo. El martillo del revólver golpea el yunque, este hace lo propio con el pistón y se inicia la carga de pólvora, cuyos gases empujarán el émbolo hacia adelante, y este a su vez empujará el sabot. Como vemos, el sellado de la parte trasera no permite ningún tipo de fuga, y el único sonido que se ha producido en ese momento es el de la detonación del pistón, que queda bastante apagado por estar dentro de una vaina de acero de gruesas paredes. 

El émbolo sigue empujando el sabot, que comienza a salir por la boca de la vaina y se introduce en el cañón del revólver. Como se puede apreciar, los gases del propelente en plena combustión permanecen dentro de la vaina ya que el émbolo la mantiene completamente sellada. Su ajuste es absoluto, así que no hay ninguna fuga que produzca un ruido anormal. El sabot pasa limpiamente a través del paso de rosca que detendrá al émbolo.

Y, finalmente, el sabot sale por la boca del revólver. Se abre en tres pétalos dejando salir los 15 proyectiles a una velocidad de 228 m/seg., o sea, muy inferior a la velocidad del sonido, por lo que tampoco se producirá el estampido habitual cuando es una bala supersónica. Como podemos ver, el émbolo es frenado progresivamente por los hilos de rosca hasta llegar casi a la boca de la vaina, y los gases de la deflagración empiezan a enfriarse. Como mucho, solo algunas chispas de poca intensidad a causa de alguna pequeña fuga entre el émbolo y los hilos de rosca delatarán el disparo, pero no producirán ningún ruido. De hecho, las mediciones efectuadas dieron entre 110 y 120 decibelios a un metro de la boca de fuego, que es algo menos del ruido que hace un arma de calibre .22 LR con supresor. Al decir de algunos que probaron este revólver, era similar al de esas pistolas de juguete con mixtos. 

Obsérvense los orificios del culote de la vaina, destinados
al útil que permitía atornillar la pieza donde se alojaba el
yunque
El arma elegida fue el Smith & Wesson modelo 29 de calibre .44 Magnum (el de Harry el Sucio) por ser la única con el tamaño suficiente para acoger unas vainas de semejante tamaño.  Las recámaras del tambor tuvieron que ser recalibradas hasta las 0'528 pulgadas que, aunque lo dejaron con las paredes demasiado finas, no suponía ningún peligro por dos motivos: uno, porque la vaina de acero ya era por sí sola una recámara, y dos, porque la carga era muy reducida. El cañón fue desenroscado y sustituido por un simple tubo de 3'5 cm. de longitud de calibre de .40", que era el diámetro del sabot. El ánima era lisa. Finalmente, se eliminó el alza ya que no tenía ninguna utilidad, dejando solo una muesca para puntería instintiva. Por otro lado, se reforzó el muelle real para que el martillo golpease con más fuerza ya que, no lo olvidemos, no caía sobre el pistón directamente, sino sobre un yunque de acero. Posteriormente hubo que reforzarlo aún más porque en las pruebas se detectaron un 18% de fallos de ignición por este motivo, y además hubo que sustituir el percutor original por otro de mayor dureza. Como vemos en la foto superior, el resultado fue un arma rechoncha y fea de castigo, que alcanzaba un peso cargada de 1.075 gramos.

Un QSPR en su sobaquera. Delante vemos las cananas para la munición de
reserva. Un arma pequeña y manejable era lo más deseado entre los ratas
En julio de 1969, la Aircraft Armaments Inc. había preparado diez armas más una que se quedaron ellos de muestra y que fueron enviadas a Vietnam para ser probadas en combate con los 992 cartuchos que acompañaron a los revólveres. El lote se dividió en dos, enviándose cinco QSPR's y 496 cartuchos a la 1ª y 25ª Divisiones de Infantería para testarlas durante tres meses. Los resultados fueron bastante aceptables y en algunos casos incluso elogiosos. Su capacidad letal quedó demostrada hasta aproximadamente los 10 metros, no siendo preciso hacer puntería ni nada similar. Bastaba el tiro instintivo para meter unos cuantos proyectiles en un charlie por muy canijo que fuera. Obviamente, no tenían ni de lejos el poder de parada de una bala normal, pero se mostraron suficientes para dejar malheridos o matar al sujeto. Se consideraba que sus efectos eran similares a los de una escopeta de cartuchos de calibre .410. Se comprobó que podían atravesar una tabla de madera contrachapada de 2 cm. de grosor a 4'5 metros, más que suficiente para que penetrasen en lo más profundo de las negras almas comunistas de los vietcongs. 

Caja de munición para las QSPR. En sí eran las mismas que
usaba el ejército para otras municiones salvo por el refuerzo interno
Con todo, esta munición se mostró especialmente peligrosa ya que cada vaina era en sí un cañón, y si se producían disparos fortuitos por golpes o aumento anormal de la temperatura, podía tener lugar una escabechina entre el personal cercano. Para almacenar esta munición sin tener que llevarse un susto gordo se reforzaron las cajas de munición con un revestimiento de 3 mm. de acero para impedir que, en caso de un accidente, salieran las postas disparadas en todas direcciones. Pero cuestiones de seguridad aparte, para aumentar el número de hombres que probasen la nueva arma, el 22 de agosto la 1ª División envió sus cinco QSPR y 125 cartuchos a la 23ª División de Infantería para que pudieran aportar sus conclusiones y sugerencias aprovechando el tiempo que quedaba de prueba. Al final de las mismas, la impresión general fue buena, e incluso pudieron disponer de estas armas tropas convencionales destinadas a operaciones de búsqueda y destrucción que se mostraron muy satisfechos por su rendimiento, sobre todo de noche ya que la ausencia de fogonazo no delataba su posición, y su mínimo ruido era apenas audible en el fragor nocturno de la jungla. Sin embargo, la renuencia de muchos ratas de túnel, muy apegados a sus armas de siempre aunque no fueran las ideales y, por otro lado, el empeoramiento de la situación política en USA a partir de comienzos de lo 70 por el rechazo a la guerra hizo que el proyecto quedara relegado al olvido. 

Y para terminar con el tema del armamento, mencionar dos pistolas que, en este caso, sí tenían una gran demanda aunque su disponibilidad era escasa. Ante todo, estaba la High Standard modelo HD, una pistola de calibre .22 LR con un cargador para diez cartuchos. Aún más golosa era la modelo HDM (foto de la derecha), una versión diseñada en 1943 para la OSS y provista de un silenciador integrado. Era la típica arma de asesinato destinada a escabechar enemigos en operaciones de infiltración y similares. La HDM tenía, como decimos, el supresor integrado, o sea, formaba parte del arma sin que pudiera desmontarse. Su vida útil era de unos 200 disparos, tras lo cual habría que enviarla a fábrica para cambiarle el relleno del supresor. En la foto de la derecha podemos ver el arma que, como salta a la vista, era un trasto de generosas dimensiones. En el detalle superior podemos ver un corte en sección de la envuelta que permite ver el cañón perforado con la envuelta de fibra que absorbía los gases. 

No obstante y a pesar de ser una pieza codiciada, la High Standard tenía sus inconvenientes, que no eran pocos. De entrada, era muy larga, o sea, todo lo contrario a lo que se venía predicando desde el primer momento. Por otro lado, un calibre .22 LR mata poco, pero al menos podían efectuarse varios disparos en una secuencia rápida por su escaso retroceso y meterle al charlie el cargador entero en el cuerpo si era necesario. Para cambiarlo se accionaba una pequeña pestaña situada en el talón de la empuñadura. En cualquier caso, la cuestión es que, como decíamos anteriormente, eran armas escasas que, además, estaban muy solicitadas por las unidades de Boinas Verdes que se infiltraban en lo más profundo de la jungla en busca de vietcongs que asesinar con premeditación y alevosía, cuando no cruzaban la frontera de Camboya o Laos para hacer alguna visita al extranjero. Otra pistola que tuvo cierta difusión fue la Ruger Mk I (foto superior), un arma del mismo calibre y misma capacidad de cargador muy fiable, robusta y precisa. Yo tuve una con cañón pesado para tirar "Pistola Standard" (una modalidad de tiro deportivo) y puedo dar fe de que iba de maravilla, no se encasquillaba jamás de los jamases, y su precisión no tenía nada que envidiar a otras armas que costaban cuatro veces más. Solo tenía un inconveniente: era complicada de desmontar para su limpieza.  En todo caso, tampoco logró una amplia difusión, imagino que más bien por cuestiones burocráticas ya que no era un arma reglamentaria que cada unidad tendría que adquirir a título particular. 

Bueno, criaturas, con esto vale de momento. En la próxima entrada seguiremos estudiando con detalle el material de estos sufridos y abnegados homicidas del subsuelo.

Hale, he dicho

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