Mostrando entradas con la etiqueta Garrote vil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Garrote vil. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de agosto de 2018

GARROTE VIL. Tipos y funcionamiento


IN ICTV OCVLI


Lo prometido es deuda, así que ahí va la entrada en la que hablaremos detenidamente de las distintas tipologías de garrote que funcionaron en España desde su implantación hasta la abolición de la pena de muerte. Ojo, ciudadanos especialmente sensibles quedan advertidos de que es un tema un tanto desagradable. Sirva pues de aviso y, sin más historias, vamos al tema.

Cultos y avanzados ciudadanos europeos enrodando a un reo. Ese tipo de
suplicio jamás se usó en España. Como se puede apreciar por la indumentaria
del personal, la escena no tiene lugar en la Alta Edad Media precisamente
Desde tiempos inmemoriales, a los españoles se nos ha considerado como un pueblo extremadamente cruel. La "leyenda negra" nos retrató ahorcando, quemando y descuartizando indios, e incluso matando a sus críos volteándolos y estrellando sus cabezas contra un árbol. Sin embargo, la realidad es que no exterminamos tribus enteras ofreciéndoles mantas contaminadas con la viruela. Tampoco metimos en cámaras de gas a millones de personas, ni permitimos jamás que millones de compatriotas o de pueblos bajo nuestro dominio murieran de hambre. Tampoco desencadenamos tormentas de fuego en las ciudades enemigas ni arrojamos bombas atómicas. A la hora de ejecutar reos los ahorcamos, los decapitamos o los estrangulamos, pero jamás los sometimos a los atroces y sádicos métodos que se emplearon hasta el siglo XVIII en las avanzadas y cultas Inglaterra, Francia o Alemania, en donde se enrodaba, se abría en canal, se destripaba, se castraba, se cegaba y se mutilaba al reo, pero procurando mantenerlo con vida durante todo el tiempo que duraba el suplicio ante el regocijo de los avanzados y cultos ingleses, franceses y alemanes, que debían ser muy aficionados a las clases de anatomía en directo. Antes al contrario, en España se guardaba cierto respeto al condenado, el suplicio solía estar envuelto con una extraña mezcla de pompa, solemnidad y morbosidad y, sobre todo, se procuraba aliñar al reo con prontitud, evitando todo tipo de excesos ya que se consideraba que bastante desgracia tenía con ser apiolado.

Virgen de Nuremberg, ingenioso artefacto introducido
por los tedescos hacia el siglo XVI, estuvo en uso hasta
el siglo XIX
Puede que alguno de los que me leen salten con lo de la Inquisición, pero ya se explicó en su día que hasta en eso nos achacaron de ser extremadamente crueles mientras que en la culta Inglaterra se perseguía a muerte a los católicos, en la educada y civilizada Suiza se quemaba a todo el que se le pusiera entre ceja y ceja a Calvino, y en la refinada y cosmopolita Francia se tiraron décadas matándose entre unos y otros por cuestiones religiosas y, de paso, masacrando en una noche a más hugonotes que los relapsos que fueron enviados a la hoguera en España en años. Y, por supuesto, en la avanzada Alemania, el Sacro Imperio en aquellos tiempos, los seguidores de Lutero también tuvieron su inquisición para imponer sus dogmas y eliminar a la competencia, así que no me vale lo del Santo Oficio porque la religión fue la principal causa de muerte en toda Europa desde la Edad Media hasta el siglo XVII, solo superada por la peste.  

Nuestros queridos vecinos del norte practicando su modalidad de
enrodamiento. Como vemos, la escena tampoco tiene lugar en la Edad Media
Así pues, y volviendo al tema que nos ocupa, mientras que más allá de los Pirineos las ejecuciones eran una verdadera orgía de sangre que haría palidecer a un gladiador, en la atrasada e inculta España se procuraba cumplir la sentencia lo más rápidamente posible, intentando que el reo no sufriera en exceso y, quizás lo más importante, sin humillarlo. Esto, lógicamente, no quiere decir que determinadas ejecuciones, como las de un sanguinario asesino o un famoso bandolero, se convirtieran en un espectáculo para una sociedad ávida de venganza y para la que la contemplación de la muerte en directo no suponía ningún quebranto emocional. Ojo, al decir en directo debemos añadir en vivo ya que nosotros, tan sensibles y tan solidarios, presenciamos diariamente en los noticieros de la televisión o en la red infinidad de asesinatos a cual más cruel, desde la decapitación de un desgraciado a manos de un yihadista a como un dron o un helicóptero vaporiza a un grupo de insurgentes de un misilazo. 

Última ejecución pública en Francia en la persona de Eugen Weidmann
el 17 de junio de 1939. En España se suprimieron a principios del siglo XX
Por otro lado, la ejecución tenía incluso su vertiente educativa, siendo habitual que los padres obligaran a sus nenes a presenciar el suplicio para, una vez finiquitado el reo, endilgarle dos hostias al retoño mientras le decían eso de "¡Para que aprendas!". Obviamente, muchos no aprendieron, pero colijo que a muchísimos más no se les borró de la memoria en su vida la visión de tal asesino o del famoso bandido colgando de una soga con cuatro dedos de lengua fuera o con el pescuezo roto y los ojos muy abiertos. En resumidas cuentas, esta introducción no pretende ser un alegato ni a favor ni en contra de la pena de muerte, ni siquiera una comparativa entre los distintos sistemas de ejecución empleados en Europa, sino solo dejar claro a los acomplejados de siempre que no hemos sido tan crueles como nos han pintado nuestros enemigos. 

"Garrote vil" (1884), de Ramón Casas. La escena muestra la ejecución de
Aniceto Peinador el año anterior en Barcelona. El ambiente no es
precisamente el mismo de las ilustraciones anteriores.
¿Que por qué he dedicado cuatro párrafos a explicarlo? Pues simplemente para hacer ver que el ancestral y españolísimo garrote vil- que por cierto ni siquiera inventamos nosotros- no era ese cruel e inhumano método de tortura que proclaman los buenistas de turno, que por cierto no se paran nunca a dar detalles de lo que suponía ser ejecutado  con artificios tan modernos como la cámara de gas o la silla eléctrica, para no hablar del chute de porquerías que actualmente te meten en vena los "líderes del mundo libre" para escabechar a sus reos de muerte y que se ha demostrado que ni remotamente es instantáneo ni tampoco indoloro. Pero, por desgracia, el principal defecto de los españoles o, al menos, de una gran parte, son sus complejos, que hacen que tomen como artículo de fe los infundios, camelos, mentiras y embustes que cuentan de nosotros, y en vez de indagar para ver si son verdad o mentira pues prefieren creérselo todo, seguir en la inopia y, lo que es peor, aumentar aún más sus complejos. 

En la Francia de Voltaire y Moliere se publicaban en la prensa las fotos
de las cabezas de los reos dando fe de la ejecución
Como colofón a este introito, una curiosidad: la tolerante, garantista, super guay y europeísta Bélgica, refugio de terroristas y golpistas siempre y cuando procedan de España, no abolió la pena de muerte hasta 1996, y no quedó prohibida por su constitución hasta el 2005. En la malvada y represiva España se abolió en 1978 salvo para la jurisdicción militar, quedando definitivamente suprimida en 1995. Así pues, que esos soplapollas protagonistas de todos los chistes de tontos de pueblo que se cuentan en Francia vayan de adalides de los derechos humanos mirándonos por encima del hombro solo hace que me entren ganas de enviar de nuevo a aquellos lares al duque de Alba, pero esta vez con carta blanca para demostrarles la mala leche que podemos llegar a tener los españoles llegado el caso con los perros malsines y los bellacos. 


Los "líderes del mundo libre" demostrando que son los más guays de la galaxia


De izquierda a derecha, Anatole Deibler y Albert Pierrepoint
Y un apunte final para que quede constancia de lo malos malosos que somos los españoles y lo guays y enrollados que son en otras partes. Esto ya se comentó en una entrada anterior, pero lo pongo para los que no la leyeron en su día. Anatole Deibler, verdugo de la refinada y culta Francia entre los años 1899 y 1939 ejecutó a un total de 299 reos. Si añadimos los aliñados durante los 17 años en los que actuó como ayudante entre 1882 y 1899, la cifra ascendería hasta los 395 reos. En la moderna y avanzada Inglaterra, Albert Pierrepoint llevó a cabo 435 ejecuciones, aumentando algunas fuentes la cifra a las 600 si bien ahí están incluidos los condenados por crímenes de guerra alemanes en la inmediata posguerra. Operó como asistente entre 1932 y 1941, y como verdugo jefe hasta su retiro en 1956. Sin embargo, nuestra última generación de verdugos, los denominados "de la promoción de 1948" por ser la última vez que se convocaron candidatos para ocupar tres plazas, ni remotamente se acercaron a semejantes cifras, y eso que en aquella época los tribunales no eran precisamente dados a imponer condenas flojitas, y los indultos no eran habituales. Estas son sus cifras: 



Bernardo Sánchez Bascuñana (foto 1), verdugo titular de la Audiencia de Sevilla, activo entre los años 1949 y 1972, ejecutó a 19 reos.
Antonio López Sierra (foto 2), verdugo titular de la Audiencia de Madrid, activo entre los años 1949 y 1975, ejecutó a 17 reos.
Vicente López Copete (foto 3), verdugo titular de la Audiencia de Barcelona, activo entre 1953 y 1974, ejecutó a 12 reos.
Habría que añadir a la lista a José Monero Renomo, que sustituyó a Sánchez Bascuñana tras su fallecimiento en 1972. Con todo, su vida operativa fue un tanto breve ya que solo ejerció una vez para ejecutar a Heinz Ches en Tarragona el 2 de marzo de 1974. Con escasos minutos de diferencia se llevó a cabo la del anarquista Puig Antich en Barcelona por López Sierra. Estas fueron las últimas ejecuciones mediante garrote en España.

Así pues, entre 1949 y 1975 se ejecutaron por la justicia ordinaria un total de 49 reos. Lógicamente, en esta cifra no se incluyen los ejecutados por la represión de la inmediata posguerra ni los terroristas de ETA y FRAP fusilados tras ser sentenciados en consejos de guerra, pero en lo tocante a reos culpables de delitos comunes la diferencia es abrumadora, y ni en Francia ni en Inglaterra habían tenido una guerra civil. Por cierto que en Francia habría que incluir, ya puestos, los ejecutados por colaboracionismo con los alemanes que serían equiparables a los represaliados en España, pero no dispongo de datos y, además, tampoco viene al caso. Sea como fuere, la diferencia entre los asesinos, violadores, etc. condenados a muerte en los tres países es abismal, y que cada cual piense lo que quiera. No obstante y para no pecar de chovinista, añadiremos que el verdugo más prolífico de España fue José González Irigoyen, verdugo titular de la Audiencia de Zaragoza que, tras 56 años de servicio, mandó al Más Allá a 192 reos, siendo su última actuación con nada menos que 81 años. Y dicho esto, vamos al ajo, que el camino es largo.

El garrote mecánico apareció durante la primera mitad del siglo XVII. Anteriormente se había usado un simple torniquete, o sea, una cuerda y un palo que permitía estrangular al reo de forma razonablemente rápida. Este sistema, como dejó testimonio Berruguete en su obra "Auto de fe presidido por Sto. Domingo de Guzmán" (c. 1495), se empleaba con los herejes que, ya en la hoguera y acojonados en grado sumo ante la perspectiva de ser convertido en un torrezno, clamaban su arrepentimiento y mandaban a paseo sus heréticas creencias. En ese caso y aunque ya de nada le valía echarse atrás- bastantes ocasiones habían tenido de hacerlo antes de llegar a ese extremo-, pues en un gesto de piedad se ordenaba al verdugo que los estrangulara antes de meter fuego a la hoguera. Por cierto que la escena que muestra esta obra es totalmente anacrónica ya que durante la vida del famoso fundador de la Orden de los Predicadores aún no se celebraba este tipo de eventos justiciero-religiosos. En todo caso, en el fragmento que mostramos se pueden ver a dos herejes con el garrote en el cuello.

Así pues, como decíamos, a lo largo del siglo XVII se fue extendiendo el uso de este chisme, si bien quedaba al arbitrio del juez. Con todo, ya en aquellos tiempos era considerado como un sistema menos agónico que la horca, que se aplicaba subiendo al reo a una escalera y, tras colocarle el dogal en el cuello, se le dejaba colgando sin más. Obviamente, esto no producía una rotura instantánea del cuello, por lo que la muerte no llegaba hasta pasados varios interminables minutos en los que el desgraciado pataleaba mientras se le iba poniendo la jeta morada por la falta de aire y el bloqueo de la sangre venosa que, por la presión de la soga, no podía volver al corazón. Algunos verdugos, bien motu proprio o bien porque la familia del reo les pagaban por ello, abreviaban el horripilante trance sentándose a horcajadas sobre sus hombros o tirándole de las piernas. Así, con el peso añadido, se lograba finiquitar al condenado con bastante más rapidez. En todo caso, no era un espectáculo agradable, mientras que el garrote daba a la ejecución un matiz de solemne consumación justiciera porque el reo palmaba sentado, sin patalear en el aire, con su cura al lado reconfortándolo y tal para que se largase de una puñetera vez al cielo y hasta acompañado por señorones de las cofradías de caridad que solían participar en estos eventos y que se hacían cargo del cadáver y los gastos de enterramiento en caso de que nadie reclamara el cuerpo del condenado.


El famoso bandolero Diego Corrientes.
Según las leyes de la época, su cuerpo
fue cuarteado y decapitado para exponer
sus cachos en los lugares donde había
cometido sus fechorías, pero
previamente fue agarrotado
Fue Felipe V el primero que estableció el garrote como sistema de ejecución, pero solo para la nobleza, que para eso era una forma menos desagradable y más cómoda de ser ejecutado. Así pues, en una real pragmática firmada en febrero de 1734 se iniciaba oficialmente la vida operativa del método que desde entonces quedaría unido de forma indeleble a España en el magín de todo el planeta, sin tener en cuenta que ya lo usaban los chinos desde hacía mucho tiempo o que en otros países de Europa también se había empleado, si bien de forma poco relevante ya que, como eran más cultos y avanzados que nosotros, preferían seguir enrodando y descuartizando vivos al personal. No obstante, el garrote tenía en sí mismo un defecto de difícil solución. Dicho problema consistía en que, para que resultase verdaderamente eficaz, dependía por entero de la destreza y la fuerza del verdugo. Para ahorcar a alguien solo hacía falta ponerle una soga al cuello y dejar que la ley de la gravedad actuase por sí misma, pero apretar un collarín y lograr vencer la resistencia de los músculos y huesos del reo con la debida celeridad era otra cosa, por lo que la rapidez o lentitud de la consumación de la condena dependían totalmente del que la aplicaba.


Garrote de alcachofa de la Audiencia de Sevilla
El garrote fue aprobado como método de ejecución de la justicia ordinaria por el ladrón impuesto como rey títere por el enano corso (Dios lo maldiga un trillón de veces), o sea, su hermano Pepe Botella allá por 1809. Cuando el ladrón se largó en buena hora con una caravana de cientos de carros atestados de tesoros robados a España, las cortes de Cádiz corroboraron el empleo del garrote hasta la llegada del rey felón que se pasó la Constitución de 1812 por el forro, por lo que la horca volvió a convivir con este nuevo sistema al arbitrio de los jueces ya que no fue hasta 1832 cuando fue nuevamente instituido como único método en todos los dominios españoles. Ya desde antes del siglo XIX el garrote al uso era el denominado como garrote de alcachofa, del que podemos ver un ejemplar en la foto de la derecha. Lo de la alcachofa era en referencia al disco dentado que vemos al final del tornillo y que permitía afianzarlo contra el poste al apretarlo. Como vemos, era un aparato bastante simple formado por dos tirantes que sujetaban el corbatín- también llamado collarín- que apretaba el cuello del reo, y una manivela giratoria que accionaba el husillo. El husillo es un tornillo ideado para apretar mordazas, bancos de trabajo, etc. que, al tener un paso de rosca con muy pocas entradas, le permitía efectuar un rápido avance girando apenas la manivela, lo que en teoría abreviaría el trámite. Pero en la realidad no era tan simple. Veamos las siguientes láminas...


A la derecha vemos un garrote de alcachofa con un hipotético reo ya preparado para su ejecución. Ha sido inmovilizado al poste con una gruesa correa y el verdugo ha colocado su cuello dentro del corbatín. En la transparencia podemos apreciar como las uñas de la alcachofa se han clavado en el poste. En teoría, este sistema no requeriría regular previamente la altura del aparato en función de la estatura del reo, pero parece ser que los verdugos tenían en cuenta este detalle y lo colocaban al nivel adecuado apoyando los tirantes en unos clavos. Esto le permitiría tener las manos libres para los preliminares a la ejecución. Aparte de esto, observemos que la cabeza no permite apoyar la nuca en el poste, por lo que una vez se empiece a apretar el tornillo la presión del corbatín se ejercerá en su totalidad contra la parte delantera del cuello. Por otro lado, el garrote de alcachofa no disponía inicialmente de ningún sistema de retenida, por lo que el verdugo no podía dejar de apretar para que no cediera la presión. 


En la siguiente figura vemos como el tornillo empieza a hacer retroceder el corbatín, presionando cada vez más la tráquea pero sin que ni remotamente pueda hacer llegar sus efectos a las vértebras cervicales. Ojo, tengamos en cuenta que lo que aquí estamos detallando paso a paso era un proceso que duraba apenas unos segundos, así que nadie piense que una ejecución de este tipo se desarrollaba a cámara lenta porque no era así. De hecho, y según testigos de la época, era "...un instrumento ingenioso con que a dos vueltas de tornillo, en un abrir y cerrar de ojos, se está en la otra vida". Ni tanto ni tan calvo. Como decimos, la rapidez radicaba en la fuerza y la destreza del verdugo, que debía colocar el cuello en el lugar exacto y apretar con la energía y la decisión necesarios.


En esta tercera figura se ha completado el proceso. Por la presión, la cabeza del reo se ha visto empujada hacia adelante, logrando que el cuello quede apoyado en el poste. A esas alturas, el hierro del corbatín ha aplastado la tráquea, el hioides, ha cerrado el paso de la sangre que fluye al cerebro y, con suerte, ha logrado dislocar las primeras vértebras cervicales (marcadas en rojo), en cuyo caso la médula espinal habría sido seccionada causando una muerte fulminante. No obstante, y aunque esta última lesión no se hubiese logrado, el aplastamiento de la tráquea y la anoxia bastaban para acabar con la vida del reo. Los efectos del garrote eran rotundos. Al decir de los que lo tuvieron que ver, el diámetro del cuello se reducía de forma asombrosa en los pocos segundos que duraba todo el proceso. 


Casimiro Municio Águeda (1874-1938), verdugo
de la Audiencia de Madrid entre 1915 y 1930
aproximadamente. Fue uno de los ejecutores menos
capacitados de los que se tiene constancia
Con todo, repetimos, la rapidez radicaba siempre en el verdugo, y más de una y más de dos fueron un completo desastre en los que hasta los presentes abuchearon al verdugo como si fuera un tenor que desafina dando el do de pecho o incluso tuvieron que pedir ayuda para poder finiquitar al reo porque, por el motivo que fuera, no eran capaces de rematar la faena ellos solos. Se registraron casos en los que, bien por indecisión, bien por debilidad, por las dos cosas o incluso por tener el condenado un cuello robusto en demasía, como el caso de Jarabo, fue imposible dar término al lance con la brevedad adecuada, demorándose el deceso incluso un cuarto de hora o veinte minutos. Este fiasco en concreto lo protagonizó Antonio López Sierra que, aparte de no ser precisamente un Sansón, solía presentarse en las ejecuciones hasta las cejas de alpiste para soportar el difícil trance, lo que lo debilitaba aún más. Por cierto que lo que ningún testigo ha dejado constancia es de si esos 15 o 20 minutos transcurrieron con los reos debatiéndose durante todo el tiempo estando plenamente conscientes o si, por el contrario, aún les latía el corazón pero habían perdido el conocimiento. Sea como fuere, lo cierto es que cuando se proveyó a estas máquinas de un sistema de trinquete se facilitaron las cosas ya que, al menos, una vez que se apretaba el manubrio el verdugo no tenía que mantener la presión por sí mismo. Este mecanismo surgió en algún momento a lo largo del último cuarto del siglo XIX, y no se sabe quién lo introdujo ya que, en sí, no había un modelo oficialmente establecido y, dentro del tipo de alcachofa, un verdugo podía modificarlo si lo estimaba oportuno para perfeccionarlo o mejorar su rendimiento. En todo caso, lo del trinquete fue toda una innovación muy celebrada por el honorable cuerpo de verdugos. Como decía Vicente López Copete, "...se le da a la manivela, (...) se le echa el trinquete y ya puede uno irse tranquilamente, porque eso queda hecho".


No deja de llamar la atención que todos los testigos que aparecen en la foto
sean críos, llevados a presenciar las ejecuciones con fines educativos. Hoy
día ardería Troya ante algo semejante pero, sin embargo, nadie apaga la tele
cuando salen en las noticias escenas infinitamente peores. ¿O no?
Como conclusión a este tipo de garrote, en la foto de la derecha se pueden ver sus efectos. Se trata de la ejecución de José Foliá (a) el Chato y Miguel Vilaplana, acaecida en Vich (Barcelona) en 1890 por el llamado crimen de Manlleu. Si amplían la imagen pinchando en la misma podrán observar, sobre todo en Foliá, situado en segundo término, la posición de la cabeza y el grado de hundimiento del corbatín en el cuello, que se le debió quedar del diámetro de un macarrón. Estos dos prendas asaltaron una posada para robar y, aprovechando la coyuntura, no dudaron en asesinar a la dueña de la misma. Quien mal anda, mal acaba... Bueno, eso era antes, ahora hay asesinos que cumplen menos de un año de cárcel por crimen. En fin, prosigamos.


Garrote de corredera junto a sus "complementos": la silla de nea donde se
sentaba el reo y las dos robustas correas que lo inmovilizaban al poste. Como
salta a la vista, era un mamotreto mucho más grande y pesado que el garrote
de alcachofa de siempre
La otra versión más moderna del garrote surgió en algún momento a principios del siglo XX, aunque no se sabe cuándo ni quién fue el que lo diseñó si bien podría haber sido una variante del garrote que fabricó Gregorio Mayoral y con el que, según él, "bastaban dos segundos" para escabechar al reo. Hablamos del denominado como garrote de corredera, una tipología más pesada, robusta y mecánicamente más compleja que el de alcachofa. Inexplicablemente, este garrote no se hizo reglamentario, y hasta la abolición de la pena de muerte coexistió con el de alcachofa. Por ejemplo, los tres garrotes disponibles en la Audiencia de Sevilla siguieron siendo del modelo antiguo mientras que en otras, como la de Madrid, el garrote disponible era el moderno. En aquella época, cuando los verdugos ya no eran los poseedores de su herramienta de trabajo sino que debían actuar con el de la Audiencia a la que pertenecían, pues era una siniestra lotería el ser ejecutado por un verdugo en cuyo destino tuvieran el modelo de corredera que, al menos, era mucho más eficaz. Una concreción: al haber tres verdugos para toda España, como es lógico debían desplazarse llegado el caso fuera del ámbito de su jurisdicción, pero el garrote que usaban no era el de la Audiencia de destino, sino el de la de origen. Por ejemplo, José Monero tuvo que viajar desde Sevilla hasta Tarragona con dos garrotes de la Audiencia de Sevilla en vez de usar el que hubiera disponible en aquellos lares. Bien, veamos como funcionaba ese chisme.


A la derecha tenemos un gráfico con la vista en planta de este aparato. Constaba de dos partes separables, una corredera (fig. A) formada por una pieza en forma de U en cuyo extremo se cerraba el corbatín que, como vemos, tiene un resalte en forma de media luna para favorecer la presión sobre la tráquea. Esta pieza se deslizaba por un armazón (fig. B) en cuya parte delantera tenía una protuberancia de sección semicircular que se encargaba de presionar las cervicales. El armazón se fijaba al poste con dos tornillos conforme a la altura del reo. Finalmente vemos el husillo con su manivela, que podía ser de dos brazos o, como la que hemos reflejado en la ilustración, un gran manubrio curvado para imprimir más fuerza. Además, el husillo tenía una velocidad de avance mucho mayor, bastando poco más de media vuelta para que el corbatín retrocediera a tope.  En la parte superior vemos el garrote completo, y para facilitar su manejo estaba provisto de un trinquete que impedía que se aflojara la presión. Podía ser, como en este caso, una rueda dentada que giraba dentro de una carcasa, o bien una cremallera colocada junto al husillo. 


Cuando se accionaba la manivela, la corredera se deslizaba hacia atrás empujando el cuello del reo contra la protuberancia que anteriormente vimos en el armazón. O sea, que con este modelo la presión se ejercía por ambas partes, delante y detrás, aplastando la tráquea y dislocando las cervicales. En este caso, y ya que la cabeza del reo quedaba más separada del poste, el verdugo podía ajustar la altura de forma que dicha protuberancia estuviese al nivel de la base del cráneo. De ese modo se dislocaría la vértebra axis y cortaría la médula. Si el ejecutor daba el golpe de manivela con decisión y energía la muerte del reo era prácticamente instantánea ya que las dos primeras cervicales carecen de menos masa muscular que las rodee, ergo son más vulnerables. Ahí es donde radicaba el principal defecto del garrote de alcachofa, que cuando finalmente se apoyaba el cuello contra el poste lo hacía con las cervicales más inferiores, mucho más resistentes y con más músculos alrededor. Sin embargo, como ya comentamos anteriormente este tipo de garrote no se instauró de forma oficial, y solo algunas Audiencias disponían del mismo no se sabe por qué, aunque quizás solo haya una explicación: que el verdugo de turno se preocupó de que se fabricara uno de estos garrotes porque, al cabo, le facilitaba el trabajo. En otras, por el contrario, siguieron conservando los viejos garrotes de alcachofa cuya eficacia, como hemos visto, estaba muy lejos del modelo de corredera.

Parece ser, aunque tampoco se sabe a ciencia cierta, que la idea podría haber partido de Gregorio Mayoral que, como ya narramos en la entrada anterior, se hizo construir uno diseñado enteramente por él mismo hacia el año 1890. Jocosamente le daba el nombre de "la guitarra", porque cuando finiquitaba a un reo soltaba siempre la misma frase: "¡Con la música a otra parte!", en referencia a lo rápido que había sido el proceso y lo aún más rápido que podía largarse de allí si bien tenía que esperar una hora antes de la puesta de sol para retirar los hierros. Recordemos que el reo debía permanecer expuesto hasta ese momento, que era cuando legalmente era liberado del garrote y su cadáver entregado a la familia o a la cofradía de caridad de turno para su entierro. 


Nicomedes Méndez (izqda.) y Gregorio Mayoral (dcha.), entre los que hubo
una peculiar competencia por ser el más eficiente y rápido en su oficio
Al parecer, Mayoral era un sujeto perfeccionista que, bien por el empeño en hacer su trabajo lo mejor posible, bien por buscar la forma de evitar al reo sufrimientos innecesarios o por ambas cosas, durante sus comienzos en su carrera verduguil empezó a darle vueltas al tema y a ir perfeccionando un modelo exclusivamente suyo, mucho mejor y más eficaz que el garrote de alcachofa. Además, existía incluso una curiosa competencia entre los verdugos de distintas Audiencias de la misma forma que las ha habido siempre entre determinadas figuras del toreo. Esto quedaba patente cuando se llevaban a cabo ejecuciones múltiples en las que, por ley, no se podía dar garrote a los reos de uno en uno, sino todos al mismo tiempo. Para ello se construía un patíbulo de las dimensiones necesarias y se colocaban tantos postes como reos. Lógicamente, para este menester se requería a más de un verdugo, momento en que, como si de un mano a mano entre Belmonte y Joselito el Gallo se tratase, cada cual hacía gala de su habilidad y destreza, siendo  luego comidilla para el vulgo lo bien o mal que había "actuado" Fulano o Mengano. Aunque parezca algo surrealista, esto pasaba en España y pasaba en todas partes. Recordemos como el personal jaleaba a Charles-Henri Sanson cuando descabezaba a algún aristócrata de peluca empolvada. 


Bien pues el invento de Mayoral podemos verlo a la derecha. Estaba formado por dos partes. Una trasera, donde estaba el husillo con su manivela, y otra delantera con unos tirantes en los que se alojaba el corbatín y unas guías por donde se deslizaba una pieza que, unida al husillo, actuaba justo al revés que los garrotes convencionales, es decir, no tiraba del cuello del reo hacia el poste, sino que lo empujaba por la nuca hacia adelante. De ese modo se presionaba sobre la parte que debía ser lesionada en primer lugar, las cervicales, y al mantener la cabeza alejada del poste no había ningún impedimento para que la presión dislocara la axis "en dos segundos", según Mayoral, quedando el reo literalmente fulminado y, también según sus palabras, "sentados como estando de visita", aludiendo a la típica posición erguida y apoyado en el borde de la silla que antes se consideraba como la correcta en personas educadas. En la figura A vemos el garrote con el corbatín abierto, preparado para recibir al reo. Obsérvese que el husillo atraviesa el poste, teniendo al otro lado la pieza que desnucaba al reo. En la figura B lo vemos apretado a tope, lo que se conseguía con solo tres cuartos de vuelta. La protuberancia del corbatín habría aplastado la tráquea, mientras que la barra trasera habría dislocado la axis y seccionado la médula en un instante. 


En esa vista de perfil podemos apreciar que era mucho más liviano y simple que el posterior modelo de corredera. Se pueden ver las ranuras por las que se deslizaba la barra, y lo separada que queda la cabeza del poste. Una vez que el verdugo girase la manivela avanzaría aún más, quedándose el reo, como ya hemos dicho, erguido y separado del poste, pero con el cuello roto antes de darse cuenta. Por desgracia para los que tuvieron que pasar por el horrible trance de ser ejecutados, el garrote ideado por Mayoral murió con él. La administración de Justicia parecía no querer contaminarse estudiando la eficiencia de tal o cual modelo, y obviamente los que cortaban el bacalao jamás tenían que pasar el mal trago de ver a un reo agonizando durante varios minutos porque el verdugo no había sabido manejar su instrumento de muerte con eficiencia. De hecho, tras el fiasco de la ejecución de Jarabo, que en realidad se debió ante todo al hercúleo cuello del reo- era un atleta, cinturón negro de judo y asiduo cliente de gimnasios-, así como al estado de embriaguez de López Sierra, una comisión de médicos elevaron un informe para mejorar el modelo de corredera, resultando un nuevo garrote que fue fabricado en la Fábrica Nacional de Toledo. Sin embargo, los mismos verdugos aseguraron que las mejoras no servían para nada, y que preferían seguir con los modelos de siempre.  En cualquier caso, como ya hemos dicho, nunca hubo unanimidad al respecto, cada Audiencia siguió usando el modelo que le dio la gana sin preocuparse por introducir mejoras y así transcurrió el tiempo hasta que fue abolida la pena de muerte. Aún existen garrotes en los sótanos de algunas Audiencias Provinciales que, guardados en sus cajas de madera como si fueran genios perversos encerrados, siguen ahí porque nadie quiere ni acercarse a ellos.


En fin, dilectos lectores, con esto terminamos, que ya le he dado a la tecla a base de bien. Imagino que con todo lo dicho a nadie le quedarán dudas acerca de los distintos tipos de garrote que se emplearon, así como su funcionamiento. He omitido el llamado garrote catalán porque ya se hizo referencia al mismo en una entrada anterior y tampoco tiene mucho que contar salvo que, por lo visto, era denominado así por ser el que usaba Nicomedes Méndez, verdugo de la Audiencia de Barcelona entre 1877 y 1912. Este garrote requería de una especial pericia ya que si la puya que en teoría debería desnucar al reo no coincidía exactamente en su sitio exacto la ejecución podía convertirse en una matanza. Por lo demás, una vez que Méndez cesó en el cargo este tipo de garrote pasó a la historia. A modo de conclusión, a la derecha vemos lo que parece una procesión de Semana Santa, con sus nazarenos, sus estandartes y demás parafernalia. Sin embargo, el personaje que se ve a la derecha no es el santo sobre unas andas, sino Isidro Mompart, ejecutado en Barcelona por Nicomedes Méndez el 16 de enero de 1892 por haber matado a puñaladas a dos crías de 5 y 11 años en la casa donde entró a robar. A ver en qué país te sacan una procesión para ayudar a bien morir a un hijo de la gran puta, y luego dicen que somos crueles. ¡Unos santos es lo que somos, qué carajo!

Bueno, ya'tá

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:

La guillotina Berger

Métodos de decapitación. La guillotina. Su origen

La mannaia

La doncella de Escocia

El patíbulo de Halifax

La rueda

Curiosidades: el garrote vil


SIC TRANSIT GLORIA MVNDI

martes, 14 de agosto de 2018

Asesinatos. Cánovas del Castillo


Archifamoso grabado obra de V. Ginés que muestra el instante en que el anarquista italiano Michele Angiolillo dispara
sobre Antonio Cánovas. Para su elaboración el autor se basó en una recreación del crimen realizada por la policía

Acabo de darme cuenta de que hace un trillón y medio de eones que no dedicamos una entrada a algún asesinato decente, así que aprovechando que estamos en el inmundo mes de agosto, cuando el puñetero infierno sube a la tierra para mortificarnos a base de bien con la joía caló, pues narraremos el alevoso atentado que acabó con la vida del eximio don Antonio Cánovas del Castillo, de cuyo deceso se cumplió el pasado día 8 el centésimo vigésimo primer aniversario. Veamos pues...

Retrato de Cánovas obra de Madrazo, realizado un año antes
de su muerte. 
Don Antonio era un político a la antigua usanza. Es decir, era un hombre culto, educado y polifacético que, además de dedicarse a la cosa pública, era un buen escritor, historiador, ensayista, conferenciante y, lo más importante, un patriota. Es decir, todo lo opuesto a los actuales trepas e indeseables sin oficio ni beneficio que han convertido la política en el oficio más ruin, indigno y abyecto de cuantos se conocen y que, para colmo de males, por lo único que miran es por robar a calzón quitado aún a costa de arruinarnos a todos y de vender la sacrosanta Patria al mejor postor. Pero, además, Cánovas no dudaba en actuar con la resolución necesaria en una época en que la plaga del anarquismo estaba entregada por entero a sembrar el terror en la Europa toda. Sus orcos ávidos de sangre no paraban de cometer desmanes y actos terroristas contra la población civil, políticos e incluso monarcas con la sempiterna milonga tan repetida por esa chusma que afirmaban luchar por la libertad. La libertad de matar a mansalva a todos los que no pensaban como ellos, naturalmente. En fin, hay información sobrada sobre la vida de nuestro hombre así como los movimientos libertarios de la época, de modo que bástenos esta brevísima semblanza para poner en antecedentes a los que, por el motivo que sea, desconozcan la existencia de este personaje.

Grabado que muestra el instante en que detonó la bomba en plena procesión
del Corpus. Ya se estaban pasando siete pueblos los anarquistas con tanta
bomba y tanto terrorismo
El desencadenante del atentado que acabó con la vida de Cánovas fue la represión llevada a cabo tras el acto terrorista perpetrado por los anarquistas en Barcelona el 7 de junio de 1896, para más recochineo durante la procesión del Corpus Christi, evento este de gran importancia para los católicos y que, en aquella época, congregaba en las calles de cualquier ciudad a cientos y cientos de probos ciudadanos. Un hideputa anarquista puso una bomba que mató a 20 personas e hirió de mayor o menor consideración a unas 70 más, lo que era una preclara muestra de la alevosía y la bellaquería de estos "luchadores por la libertad" que Dios confunda. En fin, la ETA o la yihad del siglo XIX. El gobierno, presidido por Cánovas, no dudó en aplicar mano dura porque en aquellos tiempos eso del buen rollito, del diálogo con terroristas y de las soplapolleces de la reinserción aún no habían contaminado la política, así que la policía llevó a cabo mogollón de redadas para echar el guante a cientos de anarquistas y meterlos en el castillo de Montjuich para ponerles las peras a cuarto a aquella gentuza. 

El castillo de Montjuich
Al parecer, la policía se entregó a fondo para averiguar quiénes fueron los autores materiales del atentado, así como sus fautores. Las denuncias por torturas y malos tratos empañaron la investigación lo que, como está mandado, hizo que mucha gente pusiera en entredicho el resultado del proceso. Del consejo de guerra celebrado para depurar responsabilidades salieron 28 condenas a muerte, de las que finalmente se conmutaron 23 y se consumaron solo cinco, y 59 condenas a cadena perpetua que se quedaron en 20. A muchos de los investigados, aunque no se pudo probar su relación con el atentado, los mandaron por si acaso a hacer puñetas a Río de Oro, al sur de lo que posteriormente sería el Sáhara Español. Está de más decir que los anarquistas no perdonaron a Cánovas el revolcón que les acababa de dar.

Michele Angiolillo
El vengador sería un italiano llamado Michele Angiolillo, un sujeto natural de Foggia, en la Apulia, donde había nacido enhoramala el 5 de junio de 1871 en el seno de una humilde familia en la que el cabeza de familia, sastre de oficio, tendría que darle a la aguja a base de bien para sacar adelante a su prole de seis retoños, tres varones y tres hembras incluyendo al criminal este. Sus andanzas como anarquista debieron empezar desde muy jovencito, y según su propio testimonio ya había sido procesado en rebeldía en Lucera, no lejos de su ciudad natal, por haber publicado un manifiesto socialista. La pena impuesta fue de 18 meses de cárcel que, obviamente, no cumplió porque previamente había puesto tierra de por medio, largándose a Marsella y de allí a Barcelona, donde llegó en diciembre de 1896. Hay cierta confusión en lo referente a sus andanzas durante aquella época ya que otras fuentes lo sitúan en la ciudad condal en noviembre de 1895 para, a continuación, viajar por Francia, Bélgica y Londres, retornando a Madrid en marzo del año siguiente. Sea como fuere, la cuestión es que llegó a su destino final bien recomendado por sus conmilitones, y rápidamente pudo colocarse en una imprenta ubicada en la calle Santa Margarita bajo el nombre de José Souto debido a que figuraba en los archivos de la policía como un elemento bastante peligroso.

La reina regente Dª María Cristina
De hecho, Angiolillo se había introducido sin problemas en el ambiente anarquista de Barcelona a pesar de su carácter introvertido, nada comunicativo y desconfiado como una serpiente. Al parecer, solo con un reducido número de compañeros de partido se mostraba más abierto. Respecto a la planificación del atentado, este prenda se llevó a la tumba el secreto. Al día de hoy aún se plantean teorías de todo tipo, desde la más extendida que afirma que fue cosa suya a la que sugiere que detrás de todo estaba la siniestra mano de los yankees y los rebeldes cubanos que veían en la persona de Cánovas el más serio obstáculo para lograr sus abyectos propósitos. En cualquier caso, lo cierto es que, ya estuviesen o no los yankees y los rebeldes detrás del atentado, la desaparición de don Antonio supuso un duro golpe para España, y que apenas un año más tarde perdimos los últimos restos de nuestro otrora inmenso imperio.


Vista del balneario de Santa Águeda. Tras su cierre fue convertido en un
hospital psiquiátrico
Bien, así estaban las cosas cuando el sábado, 7 de agosto de 1897, Cánovas terminaba de despachar con doña María Cristina de Habsburgo-Lorena, a la sazón reina regente durante la minoría de edad de don Alfonso XIII, que veraneaba en San Sebastián, ciudad que en aquella época era junto a Santander el destino estival tanto de la realeza como de la aristocracia española. Tras atender sus asuntos de gobierno se marchó de vuelta al balneario de Santa Águeda, en Mondragón, donde estaba alojado desde hacía pocos días junto a su mujer. Este tipo de establecimiento estaba muy de moda por aquel entonces entre la alta sociedad. Para los que no lo sepan, eso de "tomar las aguas" consistía en pasar unos días de asueto en estos balnearios cuyos manantiales tenían una serie de propiedades para aliviar determinados tipos de males, y cada cual acudía al que mejor se ajustaba a sus dolencias, V. gr., piedras en la vesícula, en el riñón, problemas gástricos, reuma, etc. Pero, además, servían de punto de encuentro para cotillear a diestro y siniestro y ponerse al tanto de los últimos chismes acerca de los personajes más relevantes de la sociedad, la política e incluso la milicia, hoy día denominados con los ridículos términos de "celebrities" o "influencers", como si en la lengua española no tuviésemos las palabras celebridad e influyente. Hay que ser patético, paleto y cursi para usar términos foráneos teniendo los propios, ¿que no?

Galería donde tuvo lugar el atentado. Cánovas estaba sentado en el banco
que aparece junto a la puerta. Al fondo a la derecha se encontraba el comedor
No sabemos cómo tuvo noticia el asesino de que Cánovas pasaría unos días en Santa Águeda, pero es más que probable que obtuviera la información de sus colegas, que en aquellos tiempos estaban infiltrados en todas partes. De hecho, llegó al balneario cinco días antes del crimen, así que sabía perfectamente dónde iba, y que dispondría de tiempo para estudiar los movimientos de la víctima a fin de elegir el momento óptimo para perpetrar el atentado. Se registró bajo el nombre de Emilio Rinaldi y, según decía en la tarjeta de visita que presentó en la recepción del establecimiento, era tenedor de libros, o sea, contable. Sin embargo, prefirió identificarse como corresponsal del diario italiano "Il Popolo", si bien no se especificó en su momento a qué "Il Popolo" se refería, si a "Il Popolo Italiano", un periódico genovés fundado aquel mismo año que apenas duró hasta 1899 o, con más probabilidad, al "Il Popolo Romano", un diario de más categoría que se estuvo publicando entre 1890 y 1922. Sea como fuere, cabe suponer que registrarse como corresponsal de un periódico le ayudaría a no levantar sospechas ya que, como se ha dicho, al ser los balnearios lugar de encuentro de personalidades no llamaría la atención la presencia de periodistas para rellenar las secciones de cotilleos.

Cama en la que falleció Cánovas
Sin embargo, Angiolillo representó penosamente su papel de corresponsal. Desde su llegada llamó la atención de todos los huéspedes por su distanciamiento, su desinterés por trabar conocimiento con nadie y mucho menos por arrimarse a las tertulias que se organizaban en los confortables salones del establecimiento. Por otro lado, aunque su aspecto y su indumentaria eran correctos, no casaban con la apariencia de un corresponsal cosmopolita habituado a moverse en ambientes selectos, así que su paso por el balneario rápidamente fue la comidilla de todo el mundo. Sin embargo, de forma inexplicable el inspector jefe de la escolta presidencial, un tal Puebla, que junto a ocho policías tenía encomendada la vigilancia de la persona de Cánovas, no hizo ni caso del alevoso italiano a pesar de que, a la vista de como estaba el patio, antes de partir hacia Mondragón el gobernador civil de Madrid había insistido a Puebla en que no bajase la guardia en ningún momento. Es más que evidente que en aquellos tiempos no había tantas paranoias con la seguridad como ahora, pero también es cierto que los anarquistas llevaban ya muchos desmanes cometidos y, peor aún, estaban tan fanatizados que les importaba un bledo arrostrar con las peores consecuencias con tal de salirse con la suya. Así pues, y a pesar de los recelos que levantó la presencia de este personaje en el balneario, Puebla no se molestó siquiera en indagar acerca de Angiolillo, un personaje extraño, que nadie había visto nunca por allí y que encima era extranjero. De haberlo hecho, seguramente habría podido evitarse el atentado ya que era sobradamente conocido por la policía judicial de Barcelona pero, en fin, es evidente que el destino ya había sellado el devenir de los acontecimientos.

EL ATENTADO

Foto tomada el día del atentado en la que aparecen Cánovas, en el centro
con traje oscuro, y su mujer al salir de misa. Dos horas después ya estaría
muerto
A las 11 de la mañana del domingo, 8 de agosto, Cánovas fue con su mujer a oír misa, al parecer seguido por su asesino. Angiolillo lo acechaba como una raposa a un gazapo porque, según declararon algunos testigos, dos días antes lo había seguido mientras paseaba a la cercana ermita de Ntra. Sra. de la Esparanza, si bien no vio la ocasión para perpetrar el asesinato. Al término de la misa volvieron al balneario para cambiarse de ropa (en aquella época había una indumentaria para cada ocasión) y subieron a su habitación situada en el primer piso. Hacia las 12:30 bajaron para dirigirse al comedor situado en la planta baja. Para llegar al mismo había que cruzar una galería porticada ante la que se extendía un amplio jardín. En la escalera se encontraron con una conocida y, como mandan los cánones, ambas señoras se quedaron en el descansillo dándose palique mientras que Cánovas pasaba del cotorreo mujeril y bajó a la galería. Allí se sentó en un banco situado junto a la puerta y se puso a leer "La Época" mientras su señora ejercitaba las cuerdas vocales. Angiolillo, que no había parado de vigilar, vio que era la ocasión propicia.

Recreación del atentado en el lugar de los hechos
Sin dudarlo ni un momento sacó un revólver Bulldog y, según testimonio de los que presenciaron el asesinato, se agarró con la mano izquierda a la hoja de la puerta acristalada como para asegurar la puntería a pesar de que el disparo fue efectuado prácticamente a bocajarro. Cánovas, sumido en la lectura, no se dio ni cuenta de lo que se le venía encima, por lo que no hizo ningún movimiento defensivo. Todo fue tan rápido que ni siquiera los que presenciaban la escena tuvieron tiempo de dar una voz de alarma. El anarquista disparó contra la cabeza de su víctima, penetrando la bala por la sien derecha y saliendo por la izquierda, casi encima del ojo. Curiosamente, en vez de desplomarse, Cánovas se levantó dando un respingo para, a continuación, caer al suelo. En aquel momento solo había cuatro personas más en la galería: el conde de Soto-Ameno, un abogado llamado Ignacio Suárez, un ingeniero apellidado Aspiazu y el redactor del diario madrileño "La Correspondencia de España", un tal Torres que, por cierto, fue el primero en telegrafiar a Madrid a dar cuenta del suceso. Al sonar el primer disparo, Torres y Aspiazu se abalanzaron contra el asesino, pero Angiolillo no pensó en huir, sino solo en rematar al caído a pesar de que un disparo así sería mortal de necesidad. Tras empujar a un lado a Aspiazu efectuó un segundo disparo que le alcanzó en el pecho y le salió por la espalda (otras fuentes dicen que le acertó en el cuello), y añadió un tercero más para asegurarse, esta vez en la espalda ya que el cuerpo de Cánovas había girado quedándose boca abajo.

Doña Joaquina se había casado con
Cánovas en noviembre de 1887, cuando
él tenía ya 59 años y ella solo 32. Además
de bragada era al parecer excesivamente
altiva y de carácter muy fuerte
Al oír los disparos su mujer, doña Joaquina de Osma y Zavala, dejó de chismorrear con su amiga y bajó las escaleras para encontrarse con la terrible escena: su marido tirado en el suelo en mitad de un charco de sangre y, al lado, su matador tan campante empuñando aún la pistola y poniendo jeta de ángel vengador el muy hideputa. Doña Joaquina, que al parecer era brava como un alano español, se abalanzó contra el asesino hecha una fiera para sacarle los ojos. A la derecha podemos verla en su juventud con atuendo propio de su rango ya que era hija de los marqueses de Sotomayor y La Puente.

-¡Asesino! ¡Asesino!- le gritó mientras algunos huéspedes que acudieron alarmados por los disparos intentaban sujetarla no fuera a darle al cabronazo del italiano por liquidarla también.

-A usted la respeto porque es una señora honrada- le replicó Angiolillo sin inmutarse en un correcto español con apenas un poco de acento-, pero yo he cumplido con mi deber y estoy tranquilo. He vengado a mis hermanos de Montjuich.

Grabado hecho sobre una foto tomada por el conde de
Aldama que muestra a Cánovas en su cama ya muerto.
Se puede ver perfectamente el orificio de salida de la bala
que le atravesó la cabeza encima del ojo izquierdo
Los policías también acudieron al lugar del crimen- a buenas horas mangas verdes- y redujeron a Angiolillo, que no opuso la más mínima resistencia en plan héroe que ve consumado su elevado destino en la vida. De hecho, hasta aquel momento seguía plantado en mitad de la galería mirando con aire altivo y desafiante a los pasmados testigos del atentado. Se lo llevaron dándole de collejas para ponerlo a buen recaudo en una habitación de la oficina de telégrafos del balneario mientras que a Cánovas, que aún respiraba a pesar de los tres balazos, lo trasladaron al cercano despacho del administrador donde fue atendido por el médico del establecimiento. Pero poco pudo hacer salvo constatar que las heridas eran mortales de necesidad y que la suerte de la víctima estaba echada, por lo que recomendó que se llamara rápidamente a fray Fernando Argüelles, el dominico que había impartido misa aquella misma mañana, para que le echara el santóleo antes de que se muriera. Cánovas fue trasladado a su habitación, donde expiró a las 13:35 sin haber recuperado el conocimiento.

EL DÍA DESPUÉS

Habitación de la oficina de telégrafos del balneario donde estuvo preso
Angiolillo hasta el día siguiente al atentado, cuando fue trasladado
a la cárcel de Vergara
A las 8 de la mañana del día 9, Angiolillo fue trasladado a la cárcel de Vergara en un coche celular escoltado por un teniente de la Guardia Civil y cuatro números, dos en el coche y dos a caballo. Tras el registro efectuado en su habitación, la nº 110, solo se encontraron dos cepillos, un peine, un par de botas y varios pañuelos. En cuanto al asesino, solo llevaba encima un billete de 25 pesetas y una moneda de 5. Está de más decir que el personal reunido ante el balneario le dedicaron un amplio surtido de denuestos, además de cuestionar seriamente de decencia de su madre y la honorabilidad de su padre en cuanto lo vieron salir hacia el coche celular. Con todo, en ningún momento perdió su aplomo, y pasó por el corrillo escoltado por la Guardia Civil mirando a los presentes con más ínfulas que un infante de León. Total, que lo metieron en el coche y se lo llevaron a Vergara, distante apenas 15 Km. al norte de Mondragón. Según comentaron algunos que pudieron hablar con él tras su detención, tenía asumido que de aquel brete no saldría con vida, por lo que debía hacerle ilusión eso de convertirse en mártir de la causa. Posiblemente le habría gustado más que lo hubieran dejado seco allí mismo, junto al cuerpo de su víctima, pero en los países serios hay que incoar proceso a los hijos de puta aunque los pillen in fraganti. En todo caso, Angiolillo era carne de patíbulo y lo tenía asumido sobradamente.

Traslado del féretro con el cadáver de Cánovas desde el balneario a la
estación de Zumárraga para su traslado a Madrid
Por lo demás, no creo que haga falta dar detalles sobre el cirio que se formó en cuanto se supo la noticia. Solo señalar que doña Joaquina, que indudablemente tenía dos ovarios, no consintió en separarse del cadáver de su marido ni siquiera cuando le practicaron la autopsia hacia las doce del día siguiente al atentado, presenciando incluso como los médicos le extraían la masa encefálica hecha puré como consecuencia del disparo. El 11 de agosto, el gobierno acordó proponer a la reina regente que se le concediese el título de duquesa de Cánovas del Castillo con grandeza de España de 1ª clase, y que se votase en las cortes concederle una pensión de 30.000 pesetas anuales, que en aquella época era un pastizal ganso. Está de más decir que se la concedieron sin problemas, que para eso había tenido que ver a su marido acribillado por el mierdecilla del italiano.

Respecto al arma homicida, parece ser que la adquirió durante su breve estancia en Londres. Se trataba, como hemos dicho, de un revólver British Bulldog de calibre .44 Webley fabricado por la firma Webley & Son,  de Birmingham. Este arma, como puede que algunos recuerden, también fue utilizada por el chalado de Charles Guiteau para aliñar al presidente Gardfield. Tras el proceso, el arma fue entregada al Capitán General del Norte, don Basilio Augustín Dávila, cuyos descendientes lo donaron la Diputación Foral de Álava en 1966, conservándose actualmente en el Museo de Armería de dicha ciudad. A lo tonto a lo tonto, con el mismo modelo ya había caído dos presidentes, que es un siniestro récord a tener en cuenta. Por cierto que cuando se le incautó a Angiolillo solo le quedaba un cartucho, por lo que solo lo había cargado con cuatro ya que el tambor era para cinco. En la foto podemos verlo tal y como se conserva en el museo, con su placa informando a los ciudadanos que, en efecto, se trata del arma con la que el alevoso Angiolillo dio boleta al ilustre don Antonio Cánovas.

En cuanto al cadáver del extinto presidente, se le concedieron honores de general con mando en plaza. El traslado hasta Madrid se llevaría a cabo en un vagón con escolta militar permanente hasta su llegada a la residencia familiar en el palacio de La Huerta, donde se instalaría la capilla ardiente. El día 13 de agosto, a las 3 de la tarde- una hora espléndida para organizar un entierro en pleno verano- se levantó el féretro del túmulo erigido en la capilla ardiente y fue colocado en una carroza de ébano tirada por ocho caballos negros con penachos del mismo color. Como podemos ver en la foto, el cortejo fúnebre fue simplemente regio, con mogollón de gente importante, políticos, militares, tropas a caballo, varios coches atestados de coronas de flores y todo Madrid contemplando la lúgubre procesión con una mezcla de preocupación y respeto. Una curiosidad y una paradoja a propósito de la teoría de que los yankees estaban en el ajo: el primer embajador que transmitió su pésame por la muerte de Cánovas fue el de los Estados Juntitos, y en los años 50 se edificó la embajada de dicho país en una parte del solar donde había estado el palacio de La Huerta. Curioso, ¿que no?

EL CONSEJO DE GUERRA

Habitación nº 110 en la que se alojó Angiolillo. Para cometer
el atentado se calzó unas alpargatas, dejando las botas en la
habitación
Ni el gobierno ni la Justicia estaban por la labor de demorar mucho el proceso a Angiolillo. Por otro lado, tampoco había mucho que investigar ya que hubo testigos del crimen y él mismo no negó en ningún momento que fuese el asesino. Si acaso, lo más sensato habría sido no tener tanta prisa y sacarle al italiano información que habría sido vital para, no solo saber quién más podría haber estado tras un supuesto complot, sino también para recabar datos acerca de los anarquistas de Madrid y Barcelona, así como de su organización y tal. Pero me temo que, en esta ocasión, primó ante todo las ansias de vengar la muerte de Cánovas, así que se dejaron de historias e incoaron el proceso a toda velocidad. Y para ir rápido nada mejor que poner el asunto en mano de los militares. Para ello se procedió a la inhibición de la jurisdicción civil en base a la analogía del crimen de Angiolillo con el atentado del Corpus Christi, formándose un consejo de guerra cuya composición era la siguiente:

Presidente: teniente coronel Eduardo Eleceigui
Vocales: capitanes José Carreras, Antonio Fernández Landa, Juan Cerez0 Melgarejo, Francisco Rodríguez González, Alejandro Landa Videgain y Atanasio Díez Martín
Fiscal: teniente auditor Carlos Escosura
Defensor: teniente primero Tomás Gorria, nombrado de oficio y al que intuyo no debió hacerle nada de gracia tener que defender a semejante bicho sabiendo además que era más culpable que un cuñado de vaciar de un trago el malta de 24 años que guardamos como oro en paño.

Angiolillo durante el consejo de guerra
El día 15 de agosto comenzó el consejo de guerra, que duró lo suficiente como para escuchar a los testigos cuyas declaraciones todos se sabían de memoria. La cosa estaba clarísima: Angiolillo era más culpable que Caín de matar a Abel. El fiscal calificó el atentado como asesinato con premeditación y alevosía contra una autoridad constituida y sin apreciar ningún tipo de atenuante o eximente, por lo que pidió la pena de muerte como no podía ser menos. El defensor, muy en su papel, alegó que su defendido había perdido la chaveta, que estaba como un cencerro y que por ello era incapaz de calibrar el alcance de sus actos. Finalmente, se permitió al acusado ejercer su derecho a decir la última palabra. Angiolillo se levantó, dio las gracias al defensor por defender lo indefendible y, con voz pausada, empezó a contar historias chorras, asegurando que no había tenido nada que ver con los procesados de Montjuich, los mismos a los que con voz altanera dijo haber vengado el día de autos, y a soltar historias sobre el anarquismo que no venían al caso, por lo que el presidente del consejo de guerra lo cortó en seco diciéndole que eso no tenía nada que ver con los motivos por los que estaba siendo juzgado. Pero el italiano siguió con la misma monserga, empezando incluso a hablar acerca de los rebeldes cubanos y filipinos. El presidente acabó retirándole el uso de la palabra porque aquello olía a libelo anarquista, y no estaba por la labor de permitirlo.

-Necesito justificarme- alegó Angiolillo, que era cansino de cojones.

-Eso no es justificarse, y además no convencerá Vd. a nadie con esas doctrinas- replicó el teniente coronel Eleceigui.

Angiolillo intentó seguir con su discurso, pero ya no le permitieron más historias. El presidente del consejo de guerra dejó el caso visto para sentencia y ordenó despejar la sala. Los dos guardias que lo escoltaban le pusieron los grilletes y se lo llevaron en custodia hasta que el consejo de guerra deliberase. No tardaron mucho. A las 14:15 se dictó sentencia conforme a la petición del fiscal, disponiéndose que se aplicara al reo el Código Penal Ordinario. Esto significaba que, aunque había sido juzgado por un consejo de guerra, la pena no se consumaría por fusilamiento, sino mediante garrote vil.

El día 18, la sala de justicia del Supremo de Guerra y Marina se constituyó a las 8 de la mañana presidida por el general Gamir para dar el visto bueno a la sentencia. En una hora se había completado la lectura del proceso y, tras retirarse a deliberar, poco antes de las 11 dieron la conformidad a la petición del fiscal. Solo mediante un indulto por parte de la reina regente o si la tierra se tragaba al italiano se podría impedir la ejecución, y no ocurrió ninguna de las dos cosas.

LA EJECUCIÓN

Gregorio Mayoral Sendino
Tras la confirmación de la pena de muerte por parte del Supremo de Guerra solo restaba llevarla a cabo. El día 19 se levantó un cadalso en un patio interior de la cárcel de Vergara ya que el alcalde de la población se negó a que, como era costumbre, la ejecución fuera pública y se paseara al reo montado en un borrico desde la cárcel al patíbulo. Bien para prevenir desórdenes, bien para impedir que, en un momento dado, algún grupo de anarquistas intentara salvar al reo, la cosa es que se prefirió proceder a su ejecución en sitio seguro si bien la escasa altura del muro permitía contemplarla desde el exterior. Para acabar con la vida de Angiolillo se requirió la presencia de Gregorio Mayoral Sendino, verdugo titular de la Audiencia de Burgos.  El patíbulo, como vemos en las fotos del párrafo siguiente, debió ser levantado a toda prisa porque no presenta un aspecto muy cuidado que digamos. Por otro lado, siendo la ejecución en el interior de la cárcel no habría hecho falta, pero sin el siniestro entarimado no habría sido posible que el vecindario hubiese podido presenciar la ejecución que, por cierto, tampoco tuvo al parecer mucho público

Hacia las 11 de la mañana, el reo fue conducido al patíbulo donde lo esperaba Mayoral con su garrote, un artefacto perfeccionado por él mismo que resultaba mucho más eficiente que el tradicional garrote de alcachofa usado hasta entonces. Como ya narramos en su momento, cada Audiencia Provincial tenía su propio garrote que era recogido por el verdugo antes de la ejecución y entregado tras la misma, pero en este caso era el mismo Mayoral el que se paseaba de un lado a otro con sus hierros metidos en un maletín negro. A la derecha tenemos dos imágenes de la ejecución, en las que podemos ver que apenas hubo testigos salvo algunos militares y civiles, estos últimos fuera de encuadre porque no subieron al patíbulo. En la imagen superior se aprecia al reo, vestido con hopa y birrete negros, con Mayoral sujetándolo al poste. La imagen inferior muestra el momento supremo en el que el verdugo voltea con ímpetu el manubrio del garrote. Según Mayoral, bastaban tres cuartos de vuelta, y en menos de dos segundos desnucaba al reo dejándolo en el sitio sin que sintiera "... ni un pellizco, ni un rasguño, ni nada".

Y así, con mucha más pena que gloria, el criminal Angiolillo pasó del Más Acá al Más Allá con las cervicales y la traquea aplastadas a manos de un burgalés bajito y rechoncho que, tras apiolarlo bonitamente sin que se le moviera un músculo de la cara, le tapó la jeta con un trapo negro. A continuación, un funcionario colgaría de una ventana de la cárcel una bandera negra según era costumbre cuando tenía lugar una ejecución y, conforme al procedimiento legal, el cuerpo del reo permaneció en el patíbulo hasta las 6 de la tarde, para a continuación bajarlo y meterlo en una fosa común del cementerio de Vergara, donde se convertiría en pasto para una legión de gusanos libertarios. Y, mira por donde, dos días después apareció en el New York Times, un periódico que nunca se ha distinguido por su aprecio a España, el titular que vemos a la derecha ensalzando al memo del italiano como si fuera un héroe víctima de la maldad hispana. Colijo que como las cosas entre los yankees y España ya estaban calentitas, los cagapoquito del periódico ese se preocuparon de caldearlas aún más. Para los que desconozcan la abominable lengua de los anglosajones, el panfleto viene a decir:


ANGIOLILLO MURIÓ VALIENTEMENTE
Las notificaciones del correo dicen que se mantuvo
sereno y habló desde el patíbulo de Vergara 
ESPAÑA CENSURA LAS NOTICIAS
El asesino pronunció claramente la palabra "Germinal" antes de morir,
después de vestirse él mismo con la bata negra (la hopa) y la gorra (el birrete)


Capilla ardiente instalada en el vagón de la Dirección General de Obras
Públicas durante el traslado del cadáver a Madrid. A la izquierda vemos a
Dª Joaquina, que solo se separó de su marido cuando lo metieron en el hoyo
La chorrada esa de "germinal" hacía referencia entre los anarquistas a algo así como "otros nacerán". Era como una consigna o un grito de guerra alusivo a que si ellos morían otros seguirían sus pasos. Pero ni Angiolillo dijo una palabra ni España censuró nada. Simplemente lo sentaron en una silla de nea, el verdugo le ajustó el collarín de hierro en el pescuezo y, en menos que un cuñado se ventila una cigala, estaba listo de papeles. En todo caso, ya vemos que eso de las "fake news" últimamente tan de moda son más antiguas que el hilo negro, y que los yankees ya eran bastante diestros en eso de mentir como bellacos de la misma forma que mintieron echándonos la culpa del hundimiento del "Maine". Bien nos pagaron los muy hideputas la ayuda que España les prestó para obtener su independencia de la maldita Albión (Dios maldiga a Nelson) pero, al cabo, ¿qué se puede esperar de un anglosajón? 

Bueno, con esto concluimos, que bastante me he enrollado hoy. Por cierto que la próxima entrada la dedicaremos a las diferencias entre los garrotes convencionales y el ideado por Mayoral. Sí, es un tema asaz escabroso, pero me consta que al personal le chiflan estas cosas y, además, no deja de tener su interés histórico de la misma forma que lo tuvo la guillotina.

Hale, he dicho

Entradas relacionadas:



Sepulcro de Cánovas en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, obra de Agustín Querol. El sepulcro no fue terminado
hasta 1906, por lo que inicialmente fue sepultado en el panteón familiar de su mujer