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miércoles, 31 de julio de 2019

Seppuku. La ceremonia


Honolable samulai pensando si la trae más cuenta salir echando leches o romper a llorar intensamente a ver si cuela y
lo dejan irse a casa con las tripas dentro de la cavidad abdominal

Bien, dilectos lectores, tras el avenate de creatividad que, al final, me ha costado dos docenas de cigalas para dejar a la musa contentita, y una vez ordenada mi pequeña biblioteca que falta le hacía, retomaremos la actividad normal con la última entrada dedicada al seppuku. Como ya recordarán, en artículos anteriores dimos cumplida cuenta de sus orígenes, los rituales e incluso las diversas formas de rajarse la barriga. Estos probos ciudadano orientales, que tienen incluso debidamente configurados los grados de inclinación a la hora de hacer una reverencia, ya sea al mikado, al jefe de personal de la empresa o incluso a los compadres cuando se cruzan por la calle, no iban a largarse de este mundo sin una compleja ceremonia llena de simbología. Total, uno solo puede suicidarse una vez, y ya que se da el paso o se hace en condiciones o no se hace.

Un discreto y apacible suicidio doméstico en el que, como vemos, el
sujeto usa su propio tanto para matarse sin ayuda de un kaishaku y con
su katana junto al tatami. En los suicidios consecuencia de una condena
el entorno sería totalmente distinto
El ceremonial del seppuku fue evolucionando a lo largo del tiempo, pasando a ser desde una mera forma de quitarse de en medio donde a uno buenamente le pillaba a complejos rituales que, en realidad, más que un suicidio como tal eran ejecuciones. Me explico. Una cosa es matarte porque te da la gana, porque no quieres caer prisionero del enemigo o porque no soportas más a tus cuñados, y otra matarte porque te ordenan que te mates, que es en lo que se convirtió el seppuku a partir del período Tokugawa. Por buscarle un símil occidental, sería como esos tribunales de honor de los ejércitos en los que al acusado se le daba la opción de volarse la tapa de los sesos para no verse sometido a la humillación de un proceso público y la posterior condena. Más aún, recordemos que los romanos ya actuaban de una forma similar cuando caían en desgracia ante sus emperadores, optando por la autolisis para evitar juicios, condenas y posterior confiscación de bienes que dejaban a la familia más tiesa que la mojama. Así pues, como hemos dicho, a partir del período citado, que comenzó en el siglo XVII, la mayoría de los suicidios eran en realidad condenas a muerte que, por consideración al rango del sujeto, se le permitía quitarse la vida por su propia mano. Obviamente, si el sujeto se negaba lo iban a liquidar igual, pero con el añadido de la deshonra para él y toda su ralea por los siglos de los siglos, amén.

Bueno, para los que no se acuerden ya de los personajes que intervenían en el suicidio o los que no hayan leído el artículo, pueden refrescar la memoria dando una somera puñaladita aquí. Lean tranquilamente, no hay prisa...

¿Ya? Bien, comencemos pues con el ceremonial...


Seppuku en una dependencia de la casa. En este caso sí vemos la
presencia del kaishaku y no hay ningún arma al alcance del suicida salvo
el cuchillo depositado en el sambo
Una vez que el kenshi comunicaba al condenado que ya podía ir haciendo testamento y despidiéndose de sus cuñados, comenzaba un proceso cuya duración podía ser de apenas unas horas o días, generalmente en base a la gravedad del delito y del rango del reo. No era habitual que se ordenara llevar a cabo el seppuku de forma inmediata para, de ese modo, dar tiempo para prepararse, despedirse de la familia y tal. Además, había que preparar el lugar donde tendría lugar la ceremonia que, aunque lo más frecuente era llevarla a cabo en un espacio abierto, como un patio o un jardín de la casa donde estaba en custodia el condenado, también podía efectuarse en una dependencia si bien este caso solía reservarse a personar de elevado rango. Curiosamente, y teniendo en cuenta que eso de que un fulano se raje la barriga en tu casa tiene connotaciones un poco chungas, pues no era raro que se construyera la dependencia en cuestión para luego derribarla, que eso de decir a las visitas "ahí se destripó mi cuñado Takamoto" no quedaba elegante e incluso era de mal gusto y daba mal rollo


Ilustración extraída de la obra de J.M. Silver "Dibujos de Usos y Costumbres
Japoneses", publicado en Londres en 1867. En la misma vemos el recinto
al aire libre rodeado de una cortina en cuyo interior aparecen todos los que
intervienen en la ceremonia
Cuando el suicidio se cometía en un espacio abierto se disponía una superficie en función de su rango. A título orientativo, para un personaje de rango elevado podía llegar a los 36 shaku cuadrados (12 m²) que se cubrían con paja o arena para no dejar restos de sangre en el pavimento o el suelo de pequeños guijarros primorosamente dibujados con un rastrillo. Conste que esta superficie fue reduciéndose a lo largo del tiempo para quedarse a principios del siglo XIX en la mitad, o sea, 18 shaku cuadrados. Sobre la paja o la arena se colocaban dos tatami formando una T. Si la ceremonia se realizaba en una dependencia interior se cubrían los tatami con cinco capas de tejido de algodón o bien una de fieltro color escarlata con la misma finalidad: no poderlo todo perdido de hematíes y restos de vísceras. El kenshi debía revisar cuidadosamente que todos estos detalles se cumplieran de forma rigurosa y, además, que se preparase un féretro para el suicida- una vez suicidado, naturalmente-, una caja de madera para su cabeza en caso de que esta fuera enviada a su familia y un cubo con agua para limpiarla de sangre. 

Otro suicidio al aire libre. Obsérvese que tras el biombo aparecen el sambo
con el cuchillo, el cubo para lavar la cabeza y demás accesorios 
Para los suicidios al aire libre se fabricaba un recinto cuadrangular formado por cortinas blancas sustentadas mediante cuatro postes, uno en cada esquina, de los que pendían unas banderas con forma de serpentina llamadas mujoki (estandartes de la crueldad), las cuales acompañarían el cuerpo del condenado a la tumba. Este recinto tenía dos accesos, uno mirando al norte o shugyo-mon (puerta ascética) y otro al sur o nehan-mon (puerta del nirvana). El condenado entraría por la shugyo-mon, colocándose en dirección a la nehan-mon, la cual estaba fabricada con troncos de bambú imitando la entrada a un templo. Recordemos que antiguamente el seppuku se solía cometer en templos budistas. Los accesorios como el ataúd, la caja para la cabeza y demás chismes se colocaban tras un biombo fuera de la vista del suicida porque, por norma, en todo momento se procuraba que nada perturbase el ánimo del que iba a morir. Se consideraba que no había necesidad ninguna de poner las cosas aún más difíciles al condenado o de provocarle sufrimientos innecesarios, y no solo por una cuestión de buen gusto, sino para evitar que le diera un avenate e intentara eludir su inmolación, cosa que sucedía veces y que rompía la armonía y el buen rollito de los presentes.

Samurai vistiendo un kamishimo
Una vez que llegaba el día señalado, el reo se bañaba ayudado por sus familiares, se peinaba y, en resumen, se ponía guapo para la ceremonia. Desde ese momento, los encargados de vigilar al reo no le quitaban la vista de encima y solo iban armados con wakizashi que, en vez de llevar colocados en la faja de la manera tradicional, eran anudados a la cintura para impedir que el suicida decidiera mandar a hacer gárgaras la orden del shōgun y saliese de allí matando a todo bicho viviente. Un samurai diestro podía hacer bastante daño con una espada corta, pero si encima podía echar mano a una katana o un tachi, ni te cuento. En todo caso, una vez bañado y peinado se vestía con un kimono que cubría con un kamishimo, una especie de sobretodo provisto de unas amplias hombreras, sin mangas y con la parte inferior abierta por los lados para facilitar el movimiento, sobre todo a la hora de sentarse o arrodillarse. Recordemos que estos probos orientales no usaban sillas en su vida cotidiana, y que toda su indumentaria estaba concebida para hacer los movimientos más fáciles. En resumen, que una vez vestido adecuadamente era acompañado al lugar donde tendría lugar la cena de despedida.

O-zen y tachi-oshiki
La cena estaba cargada de simbología y se llevaba a cabo con el protocolo propio de un banquete fúnebre. Mientras que a sus acompañantes les servían en las o-zen, las típicas mesitas individuales donde comían estos nipones, al condenado le plantaban delante una tachi-oshiki, una bandeja provista de cuatro patas. Al condenado se le servía la cena en platos negros, siendo el principal el mikire, que constaba de tres rodajas de verduras escabechadas. Mikire, que en japonés se traduce como "tres rodajas" también significaba "cortar carne", en evidente referencia a lo que venía después de la dichosa cena. El chuku, la pequeña taza para el sake, se colocaba en el lado izquierdo, al revés de lo habitual, y se vertía hasta el borde en dos veces para que no pudiera haber una tercera que eran las habituales a la hora de servir el vino de arroz. Para rematar la cosa, hasta los palillos eran de madera de anís, que solo se usaban en las cenas funerarias.  Como ven, todo muy poético y descriptivo al mismo tiempo.

Kaishaku preparado para actuar en el momento oportuno. Era habitual que
se descubrieran el hombro derecho para que nada pudiera estorbarles
en el momento supremo y no efectuase la decapitación adecuadamente
Una vez que el banquete terminaba, el kaishaku hacía acto de presencia para informar al condenado que era el que habían designado como asistente, o sea, el que le cortaría la cabeza, y le decía que si necesitaba cualquier cosa o deseaba darle algún tipo de instrucción salvo que le dejara salir corriendo, no dudara en hacérselo saber. Qué gente más educada, carajo... Por lo general, este tipo de instrucciones solían hacer referencia al momento en que debrería descargar el golpe definitivo ya que, en función del carácter, el valor o la entereza del reo podía decirle que esperase a que se hundiera el cuchillo, o que no lo decapitase hasta completar un primer corte, o se que fuera a tomarse un café mientras se masacraba la barriga catorce veces seguidas. En otros casos le rogaba que actuase en el instante en que cogiese el cuchillo. Cualquiera pensará que vaya birria de suicidio si ni siquiera hacía el intento de clavárselo, pero según la mentalidad de estos hijos del sol naciente el hecho de coger el arma ya suponía la voluntad de usarla, por lo que bastaba para que se le considerase un suicida como Buda manda. No obstante, si el kaishaku veía que el sufrimiento del suicida era excesivo tenía potestad para incumplir sus instrucciones y acabar con él porque, como ya hemos dicho, el sufrimiento gratuito no se consideraba adecuado. En el caso de que el condenado fuera un niño- sí, aunque parezca increíble se daban casos de críos condenados por las faltas de los padres- el kaishaku simplemente esperaba a que tocara el cuchillo y lo decapitaba de inmediato.

El suicida se dispone a coger el cuchillo. Tras él, el
kaishaku está listo para asestar el tajo definitivo
Bien, ya tenemos a nuestro suicida cenado y ha impartido al kaishaku sus últimos deseos. Ha llegado el momento decisivo, para lo cual se volverá a cambiar de ropa. Para su actuación postrera se vestirá enteramente de blanco como un símbolo de pureza y de su firme decisión de acabar con su vida. Una vez vestido saldrá fuertemente escoltado hacia el lugar donde tendrá lugar el ritual si bien su escolta se limitará a vigilar que no haga nada que pueda inducir a pensar que intente escapar o algo por el estilo. El suicida entrará en la dependencia privada o, en el caso del recinto al aire libre, por la shugyo-mon, como ya hemos comentado, mientras que el kaishaku lo hará por la puerta opuesta y se colocará detrás suyo, a un metro o poco más y calculando cuidadosamente la distancia para que el golpe sea certero. Se pondrá de rodillas hasta que llegue la hora con la espada a su derecha para mantenerla alejada del reo. Cuando llegue el momento, la extraerá de la vaina y levantará la rodilla derecha, permaneciendo la izquierda en el suelo y esperará el instante supremo. Finalmente se levantará y descargará el golpe.

La higiene ante todo, no se le vaya a infectar la herida al suicida y la
palme de una septicemia
Una vez desenvainada la espada, el kaishaku la colocaba con la curvatura hacia abajo para que un asistente vertiera agua, primero en una cara de la hoja y luego en la otra. Esto, aparte de la evidente connotación relacionada con la purificación, tenía al parecer dos finalidades. Una, porque se pensaba que el agua actuaba como una especie de lubricante que facilitaba a la hoja pasar a través del cuello, una parte del cuerpo especialmente musculosa y con una osamenta importante en la parte trasera. 

Chiburi. Ese brusco movimiento haría salir despedida la sangre que
impregnaría la hoja. A continuación se envainaba a espada
Y otra, porque la sangre se diluía en el agua, impidiendo que perjudicase al acero, cuando se hacía el chiburi (escurrir la sangre), un movimiento característico que habrán visto en las pelis de samurai. Consistía en un movimiento lateral, como si se diera un tajo al vacío, tras lo cual se giraba la espada colocando el filo hacia abajo, se golpeaba suavemente la empuñadura para eliminar todo resto de sangre y, finalmente, se envainaba. Lo cierto es que con esto del chiburi hay al parecer controversia como para hacer una enciclopedia en la que se debate sobre la traducción real, su utilidad práctica, etc. que, en todo caso, no vamos a tratar a fondo. Por lo tanto, nos limitaremos a mencionar que, como era habitual en la esgrima de esta gente, el chiburi era un movimiento previo al envainado del arma.

Escribiendo el yuigon
Pero antes de esto, el reo se inclinaba ante el kenshi, tenía unas palabras de agradecimiento hacia los guardianes y el asistente y se arrodillaba en el futon, un pequeño cojín blanco de unos 30 cm. de lado colocado sobre el tatami. A continuación recibiría la matsugo-nomizu, una taza de agua "del último momento" porque en semejante trance tendría la boca seca como un felpudo. A veces, en vez de agua se servía sake que, al igual que el agua, se servía en una taza sin esmaltar. El sake se servía también al revés, o sea, se sujetaba con la mano izquierda y se vertía con la derecha. Se vertían dos tragos, y luego otros dos que sumaban cuatro ya que cuatro, en japonés, se pronuncia shi, que es también la pronunciación de la palabra muerte. De verdad, el refinamiento y el retorcimiento de esta gente es la descojonación, ¿que no? Finalmente, escribía un yuigon, un breve poema o dedicatoria en plan poético o místico sobre lo banal de la existencia, lo guay que era palmarla por su señor o lo mal que le caía su cuñado.

Un ayudante coloca el sambo con el cuchillo ante el suicida
Bueno, tras toda esta parafernalia llegaba la hora de rajarse porque sino el personal se quedaba dormido de aburrimiento y, además, estas ceremonias se celebraban de noche por lo general. Para no quedar a oscuras, a cada lado del tatami se encendían dos lámparas colocadas sobre postes de bambú que, a su vez, se recubrían con una tela blanca. Igual era para darle un ambiente más cálido y confortable al entorno, quién sabe... El cuchillo era un tanto desprovisto de empuñadura, también para evitar que se arrepintiese y lo usase para escapar. No era frecuente que se permitiera usar el arma propia, privilegio que solo se concedía a personajes de rango muy elevado. El cuchillo para cometer suppuku debía tener una longitud de 0'95 shaku, unos 29 cm. en total contando la espiga de la hoja, y se presentaba envuelto en un trozo de sugihara, papel de seda, atado con un cordel por tres sitio y dejando a la vista solo 1'5 cm. de la punta. Si el crimen por el que el suicida había sido condenado era especialmente grave debía asomar el doble de esa longitud. Obviamente, era una mera cuestión de protocolo, como todo lo visto, porque al final se tendría que meter la hoja entera en las tripas.

El cuchillo se presentaba en un sambo, una pequeña bandeja de ofrendas con el filo hacia el condenado y la punta hacia su izquierda. Según la tradición, el suicida debía despojarse de la ropa dejando el tronco desnudo (ilustración de la derecha) si bien se fue dejando de lado esa costumbre para, simplemente, abrirse el kimono descubriendo solo el abdomen. En ese momento tomaba el  cuchillo y, a partir de ahí, no podía dudar ni un instante si no quería caer en la vergüenza absoluta. Sin la más mínima dilación debía colocar la punta y empujarla hacia el cuerpo como ya se explicó en la entrada dedicada a los tipos de corte. El kaishaku, que había permanecido durante el tiempo de los preparativos sin perder de vista al condenado por si hacía algo raro, levantaba la espada y esperaba a actuar siguiendo sus instrucciones o bien si el suicida decía la palabra "Kaishaku!", indicando que debía golpear sin más demora porque aquello dolía una cosa mala. Ya vimos como un ayudante diestro debía dejar un trozo de piel de la garganta sin cortar para que la cabeza oscilase hacia adelante a modo de postrera inclinación ante el kenshi y su ayudante, que en todo momento habían presenciado el suicidio sentados en sendos taburetes. 

El suicida ha caído hacia adelante, como mandan los cánones. El
kaishaku ya le ha separado la cabeza del cuerpo para proceder a
prepararla y dejarla debidamente aseada
Una vez cortada la cabeza, el kaishaku la separaba por completo del cuerpo y la colocaba sobre un pañuelo blanco doblado en forma triangular formando entre diez y veinte capas para empapar la sangre. Sujetando la cabeza por el pelo con la mano derecha y con la izquierda colocaba debajo del pañuelo, la presentaba al kenshi poniendo buen cuidado de que la punta del triangulo que formaba el puñetero pañuelo quedase mirando hacia el inspector. Si el suicida era calvo y no había por donde agarrarla usaba un kozuka, un pequeño cuchillito que solía acompañar a la katana, introduciéndoselo por el ojo izquierdo para mantener la cabeza en su posición. Una vez que el kenshi corroboraba que, en efecto, la cabeza ya no formaba parte de la anatomía del suicida, se colocaba junto al cuerpo en el ataúd junto con el trozo de papel que, llegado el caso, el kaishaku hubiese usado para limpiar su espada. 

Kozuka

Presentando una cabeza en conserva como muestra de que se ha consumado
el suicidio y el honor había quedado a buen recaudo
En caso de que el suicida fuese un personaje de categoría se enviaba la cabeza a la familia, para lo cual se lavaba, se peinaba y se perfumaba. Se le cerraban los ojos y, caso de que no se pudiera, se cosían los párpados con crin de caballo. Este ritual para preparar la cabeza recibía el nombre de kubi shozoku. Finalmente, se envolvía en una tela blanca y se colocaba en una caja cilíndrica. Por último, se enviaba el cuerpo al templo elegido por el condenado para que se celebrasen las exequias pertinentes.

El suicida ya ha terminado su poema de despedida. Tiene ante sí el sambo
y el cuchillo, así que solo queda darse matarile y adiós muy buenas
Bueno, criaturas, así era grosso modo el ceremonial del seppuku. Y conste que, por no alargarme, he omitido algunos detalles como las diferentes posiciones de la espada del kaishaku mientras esperaba el momento de golpear, que variaban según el rango del reo, o las diversas circunstancias permitidas para descargar el golpe definitivo, que contemplaba hasta diecinueve opciones diferentes que iban desde golpear en el momento en que el reo alargaba la mano para coger el cuchillo o cuando tiraba del sambo hacia él, hasta esperar a que completara los cortes y extraía el cuchillo de su cuerpo. Todo iba en consonancia con la entereza y la testiculina del condenado. Más aún, incluso se tenía en cuenta el tipo de calzado que debía usar el kaishaku según el tipo de suelo del recinto donde tendría lugar el suicidio Francamente, llega a ser mareante la meticulosidad que alcanzaban solo para que un fulano se rajase la barriga. Sin embargo, y como suele pasar incluso con las tradiciones más arraigadas, el seppuku empezó a degenerar en el sentido de que tanto los rituales previos como el mismo acto del suicidio perdieron poco a poco su ancestral rigor. Por citar algunos ejemplos, se llegó a cambiar el cuchillo por un simple abanico que le era presentado al reo en el sambo. En el momento en que éste cogía el abanico no le daba ni tiempo a echarse aire porque el kaishaku lo decapitaba. Esta modalidad de seppuku "light" era conocida como sensu-bara, "kara-kiri del abanico", o sea, una birria de suicidio. Otra variante birriosa era el mizu-bara, el "hara-kiri del agua" mediante el cual se colocaban ante el condenado dos tazas sin esmaltar, una sobre otra, en las que el reo vertía agua. Cuando la taza superior rebosaba y caía el agua sobre la inferior, era decapitado.

Bueno, s'acabó lo que se daba. Una última sugerencia: impriman estos artículos y se los obsequian a sus cuñados, que igual se entusiasman y ponen en práctica todo lo que hemos explicado.

Hale, he dicho

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Ritual del seppuku. Tipos de cortes



lunes, 1 de abril de 2019

Ritual del seppuku. Tipos de cortes


Suicidio de Ōishi Yoshio, karo o consejero de Asano Yakumi-no-Naki, el daimio de Akō que, como vimos en la entrada
anterior, dio lugar a la épica historia de los 47 rōnin. En la ilustración vemos como Oishi se dispone a hundir el tantō en
la barriga en presencia del kenshi y su ayudante, mientras el kaishaku espera el momento de decapitarlo. 

Bien, dilectos lectores, tras haber visto con detalle toda la parafernalia que rodeaba los preliminares de los suicidios rituales con que los probos ciudadanos nipones se daban boleta de este perro mundo, hoy toca empezar a estudiar el momento decisivo, la culminación del avenate, la inmolación unipersonal, o sea, el suicidio en sí mismo. Como hemos ido viendo cada vez que se ha tratado este tema, el seppuku fue evolucionando desde sus orígenes para, de ser una mera forma de inmolación para evitar caer preso, impedir una deshonra o como una expiación por su incompetencia, a ser una forma de ejecución que, por recaer sobre un samurai, se les permitía darse muerte por su propia mano para palmarla de una forma honorable. Del mismo modo hemos ido viendo que no fue hasta el advenimiento del Período Tokugawa en el siglo XVII cuando se empezó a ritualizar el suicidio y a envolverlo en un complejo protocolo que, a medida que fueron pasando los años, se fue complicando cada vez más. 

Antes de que se dictaran normas para llevar a cabo
un complejo ritual, el seppuku se podía cometer
de manera, digamos, más informal, usando tanto
la katana como el wakizashi o el tantō, y el acto
podía tener lugar en cualquier sitio
De hecho, incluso empezaron a aparecer textos o manuales acerca de como llevar a cabo el suicidio con todas la pautas de comportamiento de los que debían tomar parte en el mismo. A principios de 1700 aparecieron dos obras tituladas "Seppuku kaishaku no shidai" ("Sobre el corte de estómago y la decapitación") y "Seppuku mokuroku" ("Principales puntos para el corte de estómago"). En 1772, el samurai Yamaoka Shunmei creó una obra acerca de la tradición en el ritual suicida titulada "Kara-kiri kō" ("Reflexión sobre el corte de estómago"). La creación y divulgación de este tipo de obras perduró hasta tiempos tan próximos como el siglo XIX con "Jijin-roku" ("Relaciones de suicidios con espada") y "Seppuku kutetsu" ("Reglas para el corte de estómago"), escritas en 1840 por Kudō Yukihiro y Usami Tomoharu respectivamente, o una obra anónima datada hacia 1830 y titulada "Kaishiku no shikijō" ("Métodos de decapitación"). Como vemos, no se tomaban a coña estas cuestiones y, a pesar de que el seppuku quedó abolido como método de ejecución en 1873, no faltaron quienes optaron por esta forma de suicidarse en épocas posteriores. Además de los consabidos suicidios cometidos por militares durante y después de la Segunda Guerra Mundial para expiar sus derrotas o su incompetencia, no faltaron personajes que también eligieron esa desagradable forma de matarse hasta tiempos bastante recientes. 

Imagen bastante desagradable del cuerpo decapitado de uno de los
conjurados. A la derecha aparece la cabeza de Morita, y en el centro la de
Mishima, la cual podemos ver en el detalle una vez limpia de sangre
Por lo general, se considera que el último en cometer seppuku fue el controvertido escritor Yukio Mishima, uno de los autores más influyentes del siglo XX e incluso propuesto para el Premio Nobel que intentó un absurdo golpe de estado el 25 de noviembre de 1970 para devolver al emperador sus prerrogativas anteriores a la guerra. Como ya sabemos, y el que no lo sepa puede consultarlo en la red porque hay información sobrada sobre ese luctuoso hecho, acabó cometiendo seppuku en el despacho del comandante Masuda, en el cuartel de Ichigaya de la Fuerza de Autodefensa del Japón ubicado en Tokio. Al ver que nadie le hacía puñetero caso y que nadie estaba por la labor de meterse a golpista se cabreó y se suicidó, habiendo nombrado previamente como kaishaku a Masakatsu Morita, uno de sus discípulos. Morita no fue capaz de rematar a Mishima después de tres intentos fallidos, por lo que también se cabreó y se rajó la barriga. Finalmente, fue otro de los conjurados, Hiroyasu Koga, el que finiquitó a ambos. Fue procesado por ello porque en el Japón moderno ya no estaba bien visto asistir a suicidas, pero solo le cayeron cuatro años que no llegó a cumplir por completo por portarse bien y no dar mucho la murga en la trena.  

Sin embargo, como hemos dicho, Mishima no fue el último en cometer seppuku, como se suele creer. El que ostenta el dudoso honor de haberse desparramado las tripas, y encima con el mérito añadido de no haber contado con asistente que le aliviase su agonía con un certero tajo en el cuello, fue Isao Inokuma, un celebrado judoka que ganó la medalla de oro de su categoría en las Olimpiadas de Tokio de 1965. Tras muchos años vinculado al mundo del deporte compaginando estas actividades con una empresa de construcción fundada por él, la Tokai Kensetsu, debido a los graves problemas de tipo económico por los que estaba pasando optó por largarse de este mundo cuando contaba ya con 63 años el 29 de septiembre de 2001, dejando a sus acreedores con un palmo de narices y al resto del personal preguntándose si no habría sido mejor meter la cabeza en el horno. No obstante, al menos tuvo la decencia de quitarse la vida en vez de hacer como los ladrones de la "sagrada familia", que han robado miles de millones y se van a ir de rositas riéndose de todos los españoles. Así pues, como vemos, eso de abrirse en canal no es en modo alguno cosa del medioevo, sino que permanece vigente en la mentalidad japonesa aunque ahora se haya puesto de moda eso de perderse en el bosque de Aokigahara para palmarla rodeado de paz, sosiego y del canto de los pajaritos.

Bien, en lo tocante al ritual, como ya hemos dicho este era prácticamente inexistente hasta el comienzo del Período Tokugawa. Anteriormente, el que por cualquier motivo deseara poner término a su existencia no necesitaba más que algo que cortase y una barriga donde cortar. No había normas sobre dónde ni cómo llevar a cabo el suicidio, ni tampoco era necesario contar con la ayuda de un asistente. Más aún, ni siquiera se había establecido de forma oficial de qué forma debía abrirse el vientre si bien, al parecer, eso de mostrar las entrañas tenía su contenido simbólico ya que con ello se pretendía mostrar al resto del planeta que nada impuro albergaba en su interior. Esta gente, como otras muchas culturas, creían que el alma se alojaba en el estómago, así que nada mejor que enseñar lo bonito que lo tenía para dejar claro que era un sujeto decente y honorable. Por otro lado, el estoicismo y la indiferencia ante el trance supremo no solo dignificaba el proceso, sino que enaltecía la reputación del suicida aunque este ya no estuviera en el mundo para que le organizaran un homenaje.

Así pues, para poder destriparse de forma que todo el contenido de la cavidad abdominal pudiera ser mostrado al respetable se debía efectuar un jūmonji, que consistía en dos cortes sucesivos. El primero se efectuaba horizontalmente de izquierda a derecha justo por debajo del ombligo para, a continuación, extraer la hoja y hacer otro corte, esta vez en sentido vertical de arriba abajo hasta la ingle tal como vemos en la figura A. Una variante del jūmonji consistía en iniciar el corte vertical más arriba, desde el plexo solar. Como es evidente, cuando más grandes fueran los cortes y más se hiciera uno la puñeta a sí mismo más celebrado era el suicidio por la familia, amigos y demás parientes y afectos, especialmente los cuñados. Un hombre capaz de hacerse semejante burrada sin que se le moviera un músculo de la jeta era considerado, además de honorable, un tipo extremadamente valeroso. 

Conviene aclarar un pequeño detalle que es desconocido para la mayoría de los occidentales, y es que los nipones efectúan los cortes al revés que nosotros. Me explico. En el gráfico de la izquierda tenemos una sección del tronco a la altura del abdomen. Según podemos ver en la figura A, cuando acuchillamos a algún malvado clavamos la hoja hasta el fondo para, a continuación, tirar de ella en la dirección que sea produciendo con ello un corte tras lo cual se extrae la hoja del cuerpo. Estos orientales lo hacían justo al revés, o sea, tal como aparece en la figura B: cortaban mientras clavaban, por lo que cuando el cuchillo llegaba hasta la profundidad deseada ya había abierto la herida. Por otro lado, los suicidas tenían por norma que el corte horizontal, que siempre era el que se hacía primero, no fuera tan profundo como para romper la cavidad abdominal y producir una evisceración antes de que tuviera tiempo de hacerse el segundo corte.

Aclarado este sutil detalle, prosigamos. El jūmonji tenía sus variantes, como no podía ser menos, y al parecer buscando siempre una herida más tremebunda y aparatosa, como pretendiendo con ello demostrar que se tenían más arrestos que nadie. En este caso hablamos de dos formas distintas de efectuar estos dos cortes. Una de ellas era el kagi-jūmonji (fig. A), que consistía en efectuar un corte, como siempre de izquierda a derecha, en sentido oblicuo descendente en dirección hacia la ingle. A continuación se giraba la hoja y se hacía otro corte, en este caso horizontal, siguiendo la misma trayectoria hacia la izquierda. La otra variante, llamada migi-jūmonji que podemos ver en la figura B, era aún más terrorífica ya que se iniciaba el corte de la manera tradicional pero con una diferencia: se hacía un primer corte poco profundo de izquierda a derecha y, una vez llegado al lado derecho del abdomen, se giraba la hoja dentro de la herida y se volvía al punto de inicio, donde nuevamente se giraba para efectuar otro corte, en este caso en dirección ascendente hacia la tetilla izquierda. En fin, el desparramamiento visceral sería apoteósico.

Sin embargo, el corte más habitual y, de hecho, el que la mayoría piensa que es el, digamos, reglamentario, era el ichimonji, consistente en un único tajo horizontal como el que vemos en la figura A del gráfico inferior. El ichimonji se convirtió en la forma habitual de cometer seppuku a partir del Periodo Tokugawa, pero anteriormente era de forma mayoritaria el resultado de un jūmonji  fallido por quedar el suicida sin fuerzas para completar el segundo corte vertical. Debemos tener en cuenta que si el primer corte era lo bastante profundo como para interesar la aorta abdominal, marcada con una flecha en el gráfico de la izquierda, la tremenda hemorragia interna que se producía provocaba un shock hipovolémico casi instantáneo, o sea, que palmaba sin más demora. 

No obstante, el ichimonji como tal tuvo un curioso origen en el suicidio de Yakushiji Yoichi, conocido con el apodo de Motokazu. En 1504, este probo samurai tan creativo se cargó al jefe del clan Hosokawa  por una disputa acerca de una herencia, por lo que fue condenado a cometer seppuku y confinado en Ichingen-in, un templo budista mandado construir por él en Kioto. Al parecer, las sílabas "ichi" y "kazu" que aparecen tanto en su nombre como en su apodo, así como en el nombre del templo, se leen en japonés como "uno", y se representa con una único trazo horizontal. Así pues, para diferenciarse del resto de los suicidas el ingenioso samurai  dijo antes de palmarla: 

- Todos sabéis que tengo cariño por las líneas rectas. Mi nombre es Yakushiji Yoichi, aunque algunos me llaman Motokazu, y el nombre de mi templo es Ichingen-in por lo que cortaré mi estómago con una sola línea

Y fue una pena que el tal Yoichi no patentara el corte, porque fue el que se generalizó de forma mayoritaria y la familia se habría forrado con los derechos de autor. No obstante, surgió una variante que podemos ver en la figura B, consistente en que el corte era en diagonal ascendente hacia el lado derecho. Al parecer, este corte era consecuencia de dar un fuerte tirón hacia ese lado, lo que por la posición natural de la mano derecha con la que el suicida se ayudaba forzaba esa dirección. Debemos tener en cuenta que la mano que empuñaba y dirigía el corte era siempre la izquierda, y la derecha se limitaba a sujetar la empuñadura y ayudar. En todo caso, este corte en diagonal no se consideraba como un error o una forma indecorosa de rajarse la barriga, o sea, que los que palmaban así podían morirse tranquilos que su honra quedaría impoluta. 

Pero no terminaba aquí el extenso surtido de tajos suicidas, porque siempre había quien quería rizar el rizo y ser el más guay destripándose bonitamente. Había otras ingeniosas variantes tanto en sentido vertical como horizontal. En la figura A tenemos el hachimonji, llevado a cabo por primera vez por un tal Kasuya Muneaki y que consistía en dos cortes verticales, uno a cada lado del cuerpo, que convergían hacia el esternón. Ambos cortes formaban el ideograma para el número 8 (ハ), que en japonés se pronuncia hachi. No sabemos por qué Muneaki optó por esta forma. Igual es que tenía ocho cuñados que lo traían por la calle de la amargura y no los soportaba más, vete a saber... El de la figura B era el llamado sanmonji, y consistía en al menos tres cortes horizontales sucesivos, habiendo incluso quien alcanzó los cuatro, que por lo visto era ya digno de que los presentes le hicieran la ola. El suicidio más bestial que se conoce salvo escuchar éxitos de Los Chunguitos hasta que te estalle el cerebelo lo protagonizó durante los años 60 del siglo XIX un samurai muy joven, de apenas 20 años, que tras practicar un hachimonji se hizo a continuación dos cortes verticales, rematando la faena y a sí mismo hundiéndose la hoja en el pecho. Al parecer el aplauso fue memorable, y aunque el respetable clamaba por un "bis" le fue imposible repetir la hazaña.

Dama samurai a punto de acabar sus días.
Obsérvese el fajín rojo con que se sujeta las rodillas,
así como el kaiken del detalle superior
Para concluir con este ilustrativo y cortante tema no debemos dejar de mencionar a las señoras que, como ya podrán suponer, también se suicidaban si bien en estos casos los motivos solían diferir de los hombres. La causa más habitual era evitar caer prisioneras cuando los enemigos tomaban por asalto el castillo de su marido o señor, prefiriendo palmarla antes que verse deshonradas. También podía darse el caso de haber hecho algo que motivase el enojo de su cónyuge, su señor feudal o la esposa/concubina del mismo. En fin, como siempre, temas relacionados con alguna falta en muchos casos posiblemente ridícula bajo nuestro punto de vista occidental, pero imperdonable bajo el estricto código de reglas y normas del Japón. Solo había una diferencia esencial respecto al seppuku masculino, y es que las mujeres no se abrían el vientre, acto que además de ser un poco asquerosillo sería impropio de una dama. Así pues, se finiquitaban cortándose elegantemente el cuello por el lado izquierdo. Un corte en una carótida, arteria situada casi a flor de piel, bastaba para aliñar a la suicida en escasos segundos a causa de la hemorragia, no precisando por ello la intervención de un kaishaku. Para impedir que su cuerpo quedara en una posición indecorosa tenían la precaución de atarse las rodillas con un fajín de forma que cualquier convulsión o espasmo previos a la muerte las dejara despatarradas sobre el tatami. El suicidio lo solían cometer con un kaiken, un pequeño cuchillo de unos 20 cm. de longitud total que toda mujer samurai llevaba oculto en su kimono para defensa personal. Su aspecto envainado era como un simple palo plano, estando desprovisto de tsuba o cualquier otro aditamento que molestara para extraerlo o que delatara su presencia. Por cierto que, debido a un error de traducción por parte de los british (Dios maldiga a Nelson) que formaron parte de las primeras misiones diplomáticas en el Japón a partir de la segunda mitad del siglo XIX, dieron al suicidio femenino el nombre de jigai, que ciertamente significa suicidio en japonés, pero que en sí no se debe interpretar como sinónimo de seppuku. O sea, que una mujer samurai que se quitaba la vida cometía seppuku, no jigai, aunque no se abriese el vientre. 

Bueno, vale por hoy. Para la próxima, el ritual completo el cual deberán imprimir y encuadernar para obsequiárselo a un cuñado a ver si se anima. Está de más decir que vuecedes deberán ofrecerse amablemente para ejercer de kaishaku, pero olviden afilar la katana. Así tendrán que asestar varios golpes para darle boleta. Sí, mi maldad no conoce límites, lo sé...😁😁

Hale, he dicho

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viernes, 29 de marzo de 2019

Seppuku, mitos y ritos


El medido y cuidadoso ritual para que un probo ciudadano se destripara por
sí mismo requería el visto bueno de un inspector que comprobaba que todo
estaba en orden incluyendo hasta las medidas del tatami
Hace cosa de dos años y medio (carajo, como pasa el tiempo y bla, bla, bla...) se publicó un artículo acerca de los orígenes del seppuku o hara-kiri, como prefieran. Ya saben, esa sangrienta, desagradable y extremadamente dolorosa forma de suicidio ritual ideada por lo probos nipones que querían ante todo mantener su honra impoluta y, si era necesario, palmarla por defenderla. El cine, como está mandado, se ha encargado de propalar una imagen en cierto modo poética y con elevadas dosis de estoicismo en las que el suicida se enfrenta a su propia inmolación con una indiferencia similar a la que solemos mostrar cuando leemos las esquelas en el ABC. Como si la cosa no fuera con él, el samurai de turno echa mano al tantō que le han presentado para cometer el suicidio y, sin dudarlo ni un instante, se lo mete por la barriga intentando que en ningún momento pueda parecer que semejante experiencia le desagrada lo más mínimo. El breve ceremonial concluye cuando su asistente le cercena de un certero tajo el cuello para abreviar el trámite ya que, aunque pueda parecer lo contrario, en el acto del suicidio no se contemplaba tener que sufrir de una forma tan espantosa, sino simplemente matarse conforme a unas reglas. De ahí que se considerase necesario abreviar al máximo hasta el extremo, según veremos en su momento, de que se cortaba la cabeza del suicida antes incluso de que llegara a clavarse el tantō en el abdomen. 

Ilustración de mediados del siglo XVIII que muestra
a un samurai a punto de cometer seppuku. En vista
de que, tal como podemos apreciar, se ha despojado
de su armadura, se supone que ha sido derrotado en
batalla y prefiere palmarla antes de verse humillado
Por otro lado, lo que inicialmente era una mera forma de darse matarile sin más historias acabó convertido en un compendio de rituales de una complejidad abrumadora en la que cada movimiento, cada posición e incluso la indumentaria estaban sujetos a unas reglas de protocolo que, para colmo, podían hacer caer en desgracia al que por desidia o simple desconocimiento no las cumpliera literalmente a rajatabla. Y cuando decimos rajatabla nos referimos a cumplirlas hasta el más mínimo precepto. Pero, a pesar de que la imagen que nos ha llegado es, como ya hemos comentado anteriormente, la de un ritual metódico cargado de simbología y en el que los presentes debían guardar en todo momento el hieratismo de una puñetera esfinge, lo cierto es que en modo alguno todos los samurai aceptaban de buen grado eso de abrirse en canal, ni tampoco que se enfrentasen a su propia extinción sin que se les moviera un músculo de la cara. Más aún, el instinto de supervivencia llegó a pesar más que el lavado de cerebro del bushido inculcado desde críos a los miembros de los clanes samurai. Pero bueno, no conviene alargar más esta introducción porque el tema da para mucho y conforme avancemos podremos comprobar que, como en todo, los tópicos y los mitos que han llegado a nosotros han ocultado en muchos casos la realidad del suicidio ritual japonés.

Como ya se comentó en su momento, el seppuku surgió como una mera forma de suicidarse por dos motivos principales: uno, relacionado con la milicia, podía estar relacionado con una derrota o bien para impedir caer en manos del enemigo. La otra, digamos de tipo político, cuando por algún motivo un samurai caía en desgracia de alguien de un rango superior, ya fuese otro samurai investido de más autoridad, un daimio o incluso un shōgun. Sin embargo, lo que empezó como una forma de auto-inmolación voluntaria se convirtió también en una forma de condena a muerte en la que, por consideración al rango del reo, se contemplaba la opción de que se matase él mismo para conservar la honra. Solo en el caso de que el delito fuese por algo verdaderamente grave como asesinatos injustificados, traiciones de las gordas, ser un incendiario (en un país donde todas las casas eran de madera y papel ir de pirómano no era nada recomendable), o practicar el bandolerismo el condenado era decapitado como un criminal más.


El legendario Asano Takumi-no-Naki intentando escabechar a Kira Kozuke-
no-Suke, jefe de protocolo del shōgun Tokunawa Tsunayoshi. El avenate fue
por algo tan simple como indicarle una indumentaria errónea para mofarse de
Asano, que por cierto no logró matar a Kira. Por ello, el shōgun le ordenó
cometer seppuku. Los 47 samurai que estaban a su servicio se convirtieron en
rōnin, los cuales se vengaron en la persona de Kira dando lugar a la épica
historia de los 47 rōnin de la que hasta se han hecho películas y todo 
De hecho, a partir del siglo XVII, con la llegada del Periodo Tokugawa empezaron a ser más frecuentes los suicidios por orden directa de daimio o del shōgun que por cuestiones derivadas de la milicia o por ver afectado el honor personal o del clan. El motivo, por lo general, era la desconfianza patológica que los shōgun albergaban contra la nobleza formada por unos 60 daimio que, de eso estaba seguro, aprovecharían la más mínima oportunidad para levantarse en armas y derrocarlo. De ahí que, para garantizar su lealtad, los daimio no pudieran vivir más de un año seguido en sus posesiones para que no tuvieran tiempo de tramar ninguna alevosía. Además, mientras permanecían en sus dominios tenían que dejar a su familia en Edo, en aquella época la capital del Japón, a modo de rehenes. Esta conducta pretendía además, con proverbial astucia nipona, que los daimio se vieran sometidos a unos gastos enormes para mantener tanto sus posesiones como el tren de vida que su familia debía mantener en Edo conforme a su rango, por lo que apenas les quedaba para reclutar rōnin con los que iniciar la enésima revuelta. Está de más decir que al más mínimo atisbo de sospecha la sentencia era expeditiva: el shōgun ordenaba al daimio Fulano a cometer seppuku sí o sí, y si te pones chulo o te niegas convierto en sushi a toda tu familia además de que tu nombre quedará deshonrado por los siglos de los siglos. Obviamente solo quedaba una opción: rajarse la barriga. 


Suicidio de Asano, daimio de Akō, en abril de 1701. Sentados vemos a los
inspectores que debían presenciar el seppuku, y en primer término a dos de
sus samurai que están a punto de irse al paro junto a sus 45 colegas
Está de más decir que una gente con la mentalidad de los nipones no se limitaban a enviar un "guasa" avisando al infractor que tenía que suicidarse y que para comprobar que había cumplido la orden mandase un selfie destripándose. El suicidio de un samurai debía llevarse a cabo conforme a un complejo ritual en el que se cuidaba hasta el más mínimo detalle y se trataba al aspirante a difunto con la mayor consideración, con todo tipo de miramientos para que su honor permaneciera impoluto. Los esquemas de valores de esta gente concebían que un samurai, fuera cual fuera su rango, pudiera iniciar una guerra civil o desobedecer a un superior, pero eso no era en sí un acto deshonroso. Merecía la muerte por ello, pero había actuado de forma honesta consigo mismo, ergo era un sujeto honorable, y como tal tenía derecho a una muerte digna y solemne. 


Patio del castillo de Himeji destinado a los suicidios. La piedra que se ve
aflorando del suelo era el lugar donde debía colocarse el condenado
El suicidio podía tener lugar en cualquier parte, bien en el propio castillo del infractor, en el de su señor feudal o, como ocurrió a partir de la segunda mitad del Periodo Tokugawa (1600-1868), en templos budistas. Donde estaba totalmente vetado practicar un seppuku era en los templos sintoístas. Recordemos que mientras el budismo veía la muerte como un acto de liberación, el sintoísmo consideraba todo contacto con los difuntos como algo repulsivo y cuya presencia contaminaba el lugar donde se encontrasen. En el caso de los castillos de los daimio se llegó incluso a construir dependencias dedicadas con el único fin de poder cometer seppuku en ellas. En algunos se derribaban una vez concluido el ritual, pero en otros eran zonas permanentes que durante siglos fueron testigos de multitud de destripamientos. Dentro del complejo protocolo, había que tener en cuenta que si el suicidio se llevaba a cabo en el castillo del samurai condenado, no podría efectuarlo mirando hacia el este, lugar por donde sale el sol, ni hacia el norte porque sería una falta de respeto al emperador. Así mismo, si la ceremonia tenía lugar fuera del castillo debía colocarse de espaldas al mismo, y si era en un patio interior dando igualmente la espalda al recinto principal. Como vemos, el tema era más complicado que el manual de instrucciones de un mando a distancia (¿hay alguien que sepa para qué carajo sirven todos los botones?). Solo cuando por la distribución del edificio no quedara más remedio era cuando se toleraba posicionarse de forma contraria a las normas si bien eso tenía que hacerse con el visto bueno del kenshi o inspector, un emisario enviado por el daimio o el shōgun que era el encargado de supervisar que todos los elementos del ritual cumplían las normas. Vamos, que algo tan hispano como darle a uno el avenate y colgarse de una viga del corral, como que no. Para esta gente sería una falta de respeto y una deshonra hacia sí mismos y hacia su familia, que quedaría marcada para siempre.

Bien, creo que con esta introducción podemos hacernos una idea de cómo las gastaba el personal, así que sin más demora vayamos al grano dando cuenta en primer lugar de los personajes que intervenían en el ritual, que no eran pocos por cierto.

El kenshi
  
Sentados frente al suicida vemos al kenshi principal y a su secundario. El
hecho de estar sentados en un taburete y no de rodillas o con las piernas
cruzadas denota su importancia ya que solo los señores de elevado rango,
los generales durante la batalla o los enviados del shōgun podían usar usarlos
El kenshi era el inspector que debía controlar absolutamente todo lo concerniente al ritual desde que el shōgun ordenaba que uno de sus vasallos debía suicidarse. Una vez que la sentencia estaba decidida, un funcionario del gobierno informaba al designado por el shōgun para desempeñar esa misión, lo cual le era comunicado de noche porque se consideraba que las malas noticias no debían contaminar las horas matinales. Al mismo tiempo, se notificaba al rusui-yaku, la persona que tenía bajo custodia al reo, que tal día el kenshi acudiría a su castillo o casa para comunicar la sentencia. A su vez, el custodio informaba al azuraki-nin, el vigilante o carcelero, la noticia. Por lo general, este cargo era asumido por personajes de elevado rango, señores feudales muy cercanos al shōgun. Pero que nadie piense que el kenshi iba él solo a dar cuenta de la sentencia. Antes al contrario, se hacía acompañar de un séquito nutrido por un juez supremo o metsuke, así como de un kenshi auxiliar que a su vez era acompañado por un juez decano más otros dos jueces de rango inferior y una escolta de entre cuatro y seis guardias. Dependiendo del estatus social del condenado los componentes del séquito serían de un rango similar pero, en todo caso, debían ser recibidos con todos los honores tanto en cuanto eran emisarios enviados directamente por el shōgun


El kenshi lee al condenado la sentencia
Y para que todo estuviera preparado, antes de la llegada del kenshi el inspector auxiliar se personaba en el lugar donde el reo estaba bajo custodia para llevar a cabo una inspección preliminar en la que comprobaría el lugar donde se tendría lugar el seppuku, hacer incluso un gráfico con su distribución, orientación y medidas y, además, una lista de las personas que estarían presentes en el acto. Durante esa visita, el vigilante que custodiaba al reo le consultaba quién ejercería de kaiskaku, el asistente que cortaría el cuello del condenado para evitarle una desagradable agonía, pero de este personaje hablaremos más adelante. En el caso de que fuese propuesto alguien próximo al reo o incluso un familiar, el inspector se entrevistaba con él para asegurarse de que cumpliría al pie de la letra el ritual, y se informaría de su habilidad en el manejo de la espada. Solo cuando la inspección concluía de forma satisfactoria era cuando hacía acto de presencia el kenshi con el resto del séquito, los cuales eran recibidos por el custodio, generalmente el daimio a cuyo servicio estaba el condenado, acompañado de su consejero o karo y sus principales servidores haciendo todos una profunda reverencia. Tras lo saludos protocolarios, el séquito era conducido a una sala de espera mientras que el kenshi se dirigía directamente al condenado para leerle la sentencia: 

-Por la presente, declaro el mandato supremo del shōgun. Considerando los cargos que acusan a Fulanito de Tal de haber cometido tal delito, en este acto se le condena a cometer seppuku

Naturalmente, el afectado debía recibir la noticia como si fuera el parte meteorológico del mes que viene, en una actitud respetuosa y sin mostrar la más mínima turbación ya que eso haría caer sobre él la deshonra más deshonrosa. Una vez oída la sentencia, se limitaba a agradecer el honor que recibía por permitírsele suicidarse de una forma honorable. A partir de ese momento, el reo debía prepararse para morir.

El kaishaku

El kaishaku era el asistente encargado de ayudar al condenado a palmarla sufriendo lo imprescindible, e incluso a veces nada según veremos en su momento. En origen, cuando el suicidio solo solía tener lugar cuando, mottu proprio, un samurai decidía matarse para lavar su honor, el kaishaku era un amigo o un familiar que se prestaba a ello. La tradición hizo que, finalmente, durante el shōgunato de Tokugawa Ietsuna (1651-1680) se estableciera formalmente la figura del asistente como parte del ritual del seppuku. Según la mentalidad de estos asiáticos el hecho de sufrir a consecuencia del suicidio carecía de sentido. Para ellos, lo importante era el hecho de quitarse la vida por su propia voluntad como un acto de expiación o bien como consecuencia de una condena a muerte, lo que no era óbice para que se viera deshonrado siendo decapitado como un vulgar delincuente. 


El kaishaku aguarda a que el suicida termine de escribir un breve poema
o mensaje de despedida
Por otro lado, ya fuera designado por el kenshi o por el reo, el kaishaku no podía negarse a cumplir la misión de asistir al suicida, considerándose como una gran deshonra renunciar a formar parte del ritual. Pero que nadie piense que con descargar un contundente tajo en el pescuezo del aspirante a phantasma ya había cumplido, porque el asistente debía reunir una serie de cualidades además de ejercer una labor de vigilancia hacia el condenado durante los preliminares al acto en sí del seppuku. En primer lugar y ante todo debía ser un hombre especialmente diestro en el manejo de la espada. Y no porque cercenar un cuello fuera algo especialmente complicado para un samurai, sino por cómo debía efectuar el golpe. Un kaishaku no debía cortar la cabeza sin más ya que eso supondría una mera decapitación, lo que sería deshonroso para el reo, sino llevar a cabo una compleja técnica que consistía en cercenar el cuello dejando sin cortar una porción de piel de la parte delantera, o sea, de la garganta, de forma que la cabeza quedara colgando hacia adelante como si hiciera una postrera inclinación o reverencia. Ese golpe, denominado como "retener la cabeza", requería de una muy depurada técnica que solo se lograba con un entrenamiento que consistía en cortar las mitades inferiores de las hojas situadas en las ramas más bajas de los árboles para adquirir la puntería y el temple necesarios que permitieran controlar la fuerza que requería cortar un cuello humano. No obstante, si el kaishaku fallaba y cortaba la cabeza no suponía una deshonra en sí mismo, pero sí quedaba cuestionada su destreza y su reputación como esgrimista. 


Ha llegado la hora de la verdad. El suicida se descubre el torso y se dispone
a morir mientras el kaishaku, con la espada dispuesta, espera el momento
decisivo en que deberá descargar el golpe final sobre su cuello
Y en lo tocante a su cometido de vigilar al reo, era más importante de lo que parece ya que, aunque la imagen que tenemos de los suicidas japoneses es de un estoicismo absoluto, muchos se rebelaban ante la perspectiva de rajarse en canal, y en más de una ocasión intentaron arrebatar la espada a alguno de los presentes para escapar. De ahí que, por lo general, todos los asistentes portaran el wakizashi en vez del tachi o la katana, y el mismo asistente aseguraba sus armas con un cordón para impedir que les fueran arrebatadas. 

Por otro lado, para prevenir sorpresas de última hora, el kaishaku observaba constantemente los ojos y los pies del reo ya que, en función de la postura que adoptaba o de las miradas nerviosas que dirigía a todas partes en busca de una salida podía deducir que intentaría escapar de la muerte. En todo caso, y en función del coraje o de la aparente debilidad del suicida, era el asistente el que, salvo haber pactado de forma previa con el reo el momento en que descargaría el golpe, debía actuar para impedir que el ritual se incumpliera. Por último, señalar que como asistente del reo no solo tenía como misión ayudarle a bien morir, sino a proporcionarle cualquier detalle que precisara antes de la ceremonia o incluso hacerle menos penoso el trance previo desviando su atención ante lo que se avecinaba. Del resto de su proceder hablaremos en la parte que se dedicará al ritual en sí.

Bueno, criaturas, con esto terminamos por hoy, que me he enrollado como una persiana. Dejaremos para la próxima entrada todo lo concerniente al ritual desde que el condenado recibía la sentencia hasta que lo mandaban a criar malvas.

Hale, he dicho

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