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sábado, 27 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Las obras exteriores


Vista aérea de las impresionantes obras exteriores del fuerte de Bourtange, en Holanda. Por cierto que, para un amante
de este tipo de edificios, lograr adquirir una casita de esas que se ven dentro del fuerte debe suponer un orgasmo mortífero

Plaza fuerte de Theresienstadt (Chequia) rodeada por sus obras exteriores.
Situada a orillas del río Ohre y a apenas 2,5 km. de la confluencia de este con
el Elba, disponía para su defensa de la Kleine Festung (la pequeña fortaleza)
y dos pequeños bastiones, quedando patente la complejidad del conjunto.
Y sí, en el Kleine Festung es donde estuvo el tristemente célebre campo
de exterminio, y es donde fue encerrado Gavrilo Princip.
Bien, tras el receso producido por el pequeño examen fortificado, prosigamos con las fortificaciones pirobalísticas. No obstante, creo oportuno antes de seguir estudiando los diversos tipos de obras exteriores que defendían estas fortalezas explicar qué sentido tenían las mismas. O sea, para qué se invertían sumas ingentes en fortificar decenas o incluso centenares de metros alrededor de una plaza fuerte que, de por sí, tenía la suficiente potencia de fuego y las tropas necesarias para hacer frente a cualquier ataque. Seguramente, muchos se habrán hecho esa pregunta, y más cuando hayan observado los planos y vistas cenitales que se han ido presentando en las diversas entradas que se han publicado sobre ese tema. En ellas se pueden ver, como ya comentaba en la entrada anterior, intrincados laberintos geométricos cuya misión no era que el enemigo se perdiese en semejante dédalo, sino intentar controlar al máximo posible el terreno circundante para prevenir la aproximación de la artillería y las tropas de los sitiadores. Porque, ante todo, debemos considerar un aspecto que, aunque es de una evidencia palmaria, no siempre lo solemos tener en cuenta. No es otro que la orografía del terreno, imposible de adaptar en la mayoría de los casos al ideal de la defensa ya que no siempre el lugar donde había que edificar el fuerte de turno era llano como el electroencefalograma de un político o bien no disfrutaba de una posición dominante en kilómetros a la redonda.

Coracha del castillo de Buitrago sobre el río Lozoya. Este
tipo de obra exterior no solo permitía abastecerse de agua,
sino también controlar el paso de los ríos
Si nos remontamos a la entrada dedicada a los padrastros, vemos que ya en la Edad Media había que tener en cuenta el entorno de un castillo a la hora de construirlo. Pequeñas elevaciones o incluso cerros en toda regla a unas distancias peligrosamente cercanas- en aquellos tiempos no más de 200 o 300 metros-, podían poner en serio peligro la integridad del recinto ya que bastaría emplazar en esa altura un fundíbulo para ir demoliendo poco a poco las murallas a golpe de bolaño. Ese problema no desapareció con la aparición de las fortalezas de traza italiana, sino que incluso se vio aumentado ya que un cañón tenía más alcance que un fundíbulo, así que había que poner especial cuidado en la elección del lugar ya que la distancia de seguridad, por denominarlo de alguna forma, se ampliaba bastante. Del mismo modo, muchas veces se hacía necesario controlar el paso a los distintos accesos de una fortaleza, o bien los cursos de agua cercanos como se explicó en la entrada dedicada a las corachas. Y, por otro lado, también existían depresiones en el terreno que, al quedar fuera del ángulo de tiro de la artillería del fuerte, permitirían al enemigo emplazar sus morteros para bombardear la plaza a su sabor, o bien acuartelar en ellas tropas de cara a un asalto sin que los defensores se enterasen de ello por quedar fuera de su vista. Por poner un ejemplo que nos permita verlo con más claridad, veamos a foto inferior, la cual nos muestra una panorámica del impresionante complejo fortificado de Alarcón, en Cuenca.



La flecha blanca señala la Torre del Campo, distante apenas 300 metros de la ciudad. La roja marca la Torre de Alarconcillo, que corona el cerro de la pequeña península formada por un meandro del río Júcar. Al fondo, en amarillo, tenemos la Torre de Cañavate. Como se puede ver, son obras exteriores destinadas a diversos cometidos que veremos mejor en la foto cenital inferior.


Los círculos tienen el mismo color que las flechas de la imagen anterior, de modo que podemos situarnos perfectamente en esta foto en la que además se aprecia que Alarcón es prácticamente una isla con un único acceso controlado por la Torre del Campo, la cual no solo cerraba el paso a posibles agresores sino que, además, impedía la aproximación o el emplazamiento de máquinas o artillería en la meseta que se extiende en dirección NE. Por otro lado tenemos la Torre de Cañavate, que cerraba el paso a la pequeña península situada al norte de la población y, por si esta caía en manos enemigas, aún quedaba la Torre de Alarconcillo para impedir que dicha península fuese empleada como padrastro por los enemigos.

Como vemos, esto de las obras exteriores data de bastante tiempo atrás, pero fue con la aparición de las fortalezas de traza italiana cuando ganaron en complejidad ya que evolucionaron en una época en que el enemigo no empleaba fundíbulos, manganas o bombardas, sino una eficaz artillería de sitio en forma de cañones, morteros y, posteriormente, obuses, con un alcance efectivo de varios kilómetros y una precisión acorde al mismo. Era pues necesario disponer de fortificaciones capaces de repeler o, al menos, alejar al máximo posible las bocas de fuego de los sitiadores para impedir sus demoledores efectos sobre la población. Un ejemplo de la necesidad de fortificar todo aquel terreno susceptible de ser empleado de forma ventajosa por el enemigo lo tenemos en Elvas, en el famoso fuerte de Graça (foto superior) del que tanto hemos hablado ya. Dicho fuerte se construyó simplemente porque el cerro donde se yergue, situado al norte de la ciudad, fue empleado por las tropas de don Luis de Haro en 1658 para bombardearlos bonitamente, así que aprendieron la lección y fortificaron tan peligroso padrastro para que nunca más se pudiera aprovechar. Como vemos, desde la cima del monte da Graça al centro de Elvas hay poco más de 1.600 metros, distancia que un cañón o un mortero de aquella época cubría de sobra.

Pero tan peligroso era un accidente geográfico situado a una cota igual o superior a la de la fortaleza como si era inferior. En una tipología en la que precisamente para ofrecer el menor blanco posible se eliminaron las altivas murallas de antaño, el ángulo visual sobre la campaña se veía también muy mermado. De ahí que fuese necesario fortificar esos sectores para impedir que fuesen aprovechados por el enemigo de la forma que se comentó más arriba. Veamos un ejemplo para comprenderlo mejor. A la derecha tenemos una foto cenital del fuerte de Santa Luzia, en Elvas. Está situado a un altura de 315 metros sobre el nivel del mar. A su espalda, a una cota más elevada, está la plaza fuerte de Elvas, y ante él, el fortín de São Mamede a una cota 15 metros por debajo. Si observamos la imagen vemos que el terreno va descendiendo en dirección SE de forma que a solo medio kilómetro ya pierde otros 30 metros más.

Vista del fortín de São Mamede en dirección sureste
La cuestión es que precisamente en esa dirección se encuentra a poco más de 7 kilómetros el río Guadiana, 150 metros por debajo del fuerte de Santa Luzia, y formando en ese sector una depresión notable que vemos en la foto de la izquierda sombreada de rojo. Esa amplia vega queda totalmente fuera del ángulo visual del fuerte, lo que hizo necesario construir el fortín que se anticipase a la llegada de una fuerza invasora. Dicho fortín estaba unido al fuerte principal mediante un camino cubierto para que la guarnición pudiera replegarse en caso de necesidad, pudiendo sumarse a la de Santa Luzia. Así mismo, si era ocupado podía ser bombardeado por la zaga desde su posición dominante.

Porque, eso sí, todas las obras exteriores estaban totalmente indefensas por la espalda para permitir que, en caso de caer en manos del enemigo, esos carecieran de defensa posible salvo que andasen listos y se preocupasen de acarrear a toda velocidad fajinas y demás pertrechos para fabricar un parapeto de circunstancias. Veámoslo en el gráfico inferior:


En A tenemos el recinto principal situado en la cota más elevada. Separado por un foso tenemos B, una primera línea de obras exteriores que, como mostramos, está bajo el ángulo de tiro de las bocas de fuego emplazadas en A. Al tener la gola totalmente desprovista de defensas, los enemigos que ocupen esa obra están muertos si no se largan de allí a toda velocidad. Y lo mismo ocurre en C, que queda bajo el fuego de los cañones y la fusilería de la guarnición de B. De ese modo, las obras exteriores permitían una muy efectiva defensa en profundidad que solo podía expugnarse con santa paciencia, abriendo trincheras de aproximación y dedicando días y días a bombardearlas hasta que, finalmente, se intentaba un asalto si la guarnición había sido barrida del terreno, sus cañones desmontados a tiros o bien se lograba abrir una brecha.

En fin, básicamente este era el motivo de las obras exteriores. Como vemos, no era una cuestión baladí ya que de su buen diseño podía depender el mantener o perder una plaza fuerte, así que ahora puede que muchos se expliquen el motivo de estas extensas, complejas y onerosas obras. 

En fin, ya tá.

Hale, he dicho

domingo, 21 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Tenazas


He aprovechado estos días en que tengo el cerebro gasificado por la puta caló para echar un vistazo a algunas entradas antiguas. Varias de ellas, con más de cinco años de antigüedad, la verdad es que han envejecido peor que un cuñado repudiado por todo el clan y privado de gorronear a mansalva, especialmente en lo tocante a los gráficos e ilustraciones. Sirva de excusa el hecho de que fueron elaboradas en los albores del blog y, para más inri, con el Paint, programa este que no da para muchas virguerías, la verdad. Por otro lado, los textos, aunque correctos, pecan de cierta brevedad y son un tanto escuetos, así que no estaría de más llevar a cabo una re-edición de estas entradas que, al fin y al cabo, son la esencia del blog. Recordemos que la temática primigenia de Castra in Lusitania son las fortificaciones tanto medievales como pirobalísticas, así que colijo debo mantener en buen estado las entradas dedicadas a esos temas. Es más, la intención es mejorar de forma sensible estas entradas antiguas a fin de que su contenido esté al nivel de calidad deseable.

Vista aérea de Valença do Minho (Portugal). Cada una de esas obras tiene
un nombre y una función específicos
Por otro lado, en un intercambio epistolar con uno de los probos castilleros con los que suelo cambiar impresiones sobre estos asuntos pétreos, me di cuenta de que la morfología y los distintos tipos de construcciones de estas fortificaciones suelen ser bastante desconocidas por lo general tanto en su denominación como en las funciones que desempeñaban. Estos fuertes, que vistos desde el aire o en un plano parecen un laberíntico  galimatías geométrico, constaban de diversas obras exteriores- algunas tan complejas que cuesta trabajo "descifrarlas"- que, casi siempre, no sabemos diferenciar o ni siquiera sabemos por qué están ahí. Así pues y sin enrollarme más, vamos a comenzar con una más concienzuda actualización de este tipo de fortificaciones a fin de que podemos formar un glosario lo más completo posible sobre las mismas. Sí, ya sé que a la mayoría de los que me leen les molan más otras temáticas como las entradas dedicadas a curiosidades, al armamento o a como se despedazaban nuestros ancestros, pero, repito, el origen del blog son las fortificaciones, y con ellas fue como me di a conocer. 

Así pues, al grano. Comenzaremos por la actualización de una de las obras exteriores más ensalzada en los manuales de fortificación de la época tanto por su sencillez como por su efectividad: la tenaza.

Grabado que muestra la población de Verrua, en el Piamonte. Sombreado en
rojo podemos ver la falsabraga que defendía el lado suroeste de la muralla
El origen de este tipo de obra se debió al parecer a la necesidad de sustituir o, en caso de fortificaciones ex novo, prescindir de la falsabraga. Las falsabragas tenían como finalidad en este caso aumentar la potencia de fuego de la fusilería ya que los ocupantes de la misma se sumarían a los del recinto principal situado a sus espaldas. Al parecer, fueron  los ingenieros holandeses los más proclives al empleo de este tipo de obra que pronto demostró su inutilidad ya que las falsabragas no eran sino la versión modernizada de los añejos antemuros medievales, y perdieron la razón de su existencia debido precisamente a la proliferación de la artillería de sitio. Porque mientras que en una fortaleza medieval el antemuro era una eficaz protección para impedir o dificultar tanto los asaltos mediante el lanzamiento de escalas como la posibilidad de adosar máquinas de batir- arietes o trépanos- o de aproximación- bastidas, tolenos, etc.-, en las fortificaciones pirobalísticas se podían convertir en un medio que facilitase al enemigo entrar por una brecha o, simplemente, perder su utilidad debido al derrumbe de la cortina  o el baluarte que defendía. El gráfico inferior nos permitirá comprenderlo mejor.


A la izquierda tenemos una fortificación B precedida por una falsabraga A. Como vemos, la cortina está siendo bonitamente cañoneada con la finalidad de abrir una brecha en la misma. Los escombros que caigan sobre la falsabraga obligará a sus ocupantes a desalojar la zona porque una cosa es morir heroicamente de un balazo en el cráneo, y otra palmarla con la cabeza aplastada como un higo bajo pezuña burrera a causa de un cascote. En una situación real, los disparos contra la cortina del recinto principal se alternarían con los efectuados contra la falsabraga a fin de abrir en la misma otra brecha que permita la escalada, por lo que ese sector quedaría totalmente desguarnecido. Una vez abierta la brecha, tal como vemos en la figura de la derecha, los mismos escombros servirían para facilitar el asalto. Así pues, como queda patente, las falsabragas podían convertirse en una trampa fatal para los defensores, por lo que eliminarlas era imprescindible de cara a presentar ante los enemigos unas obras exteriores lo más eficaces posibles.

Pero había algún que otro elemento defensivo que también precisaba de una revisión a fondo porque su utilidad era más que cuestionable. Observemos en el gráfico inferior la figura A, donde aparece el espaldón de un baluarte con una casamata baja. La artillería enemiga está cañoneando la parte superior para abrir una brecha, por lo que los escombros caerán ante la tronera, cegándola y neutralizando así su capacidad defensiva. Debido a ese evidente punto flaco, las casamatas se eliminaron en favor de las plazas bajas, de las que ya se habló en su momento y que vemos representadas en la figura B. Se daba por sentado que al estar separadas del espaldón podrían seguir activas aún en el caso de que el baluarte fuese bombardeado. Pero, obviamente, pretender que los servidores de las bocas de fuego emplazadas en una plaza baja permanecieran impasibles mientras que les llovían los cascotes y su reducido espacio disponible se llenaba de los mismos era absurdo, por lo que su utilidad también era más que cuestionable.


Así pues y a la vista de toda esta serie de inconvenientes, era preciso crear un nuevo tipo de obra que permitiese defender las cortinas de una fortificación y, al mismo tiempo, que sus defensores pudieran actuar sin más trabas que el fuego enemigo, que ya era bastante. Al mismo tiempo, esa nueva obra debería defender la gola de las obras que las precediesen- revellines, hornabeques o bonetes, todos ellos en sus distintas versiones-, pero también cubrir la retirada de las guarniciones de los mismos en caso de ser desalojados por los enemigos y, además, batir a estos por la zaga si se llegaban a apoderar de esas defensas. La solución a todo ello era algo tan asombrosamente simple y, a la par, tan eficiente como la tenaza.

La impresionante ciudadela de Lille. Sombreadas en rojo se
aprecian las cinco tenazas que defendían las cortinas de la
muralla principal
Según qué tratadista, este tipo de obra exterior tuvo un padre diferente. Lucuze afirma que el creador de la tenaza fue un ingeniero boloñés, concretamente el capitán Francesco de Marchi (1504-1576), mientras que el coronel Noizet Saint-Paul, en su obra "Elementos de fortificación" asegura, como no, que fue su ilustre paisano el marqués de Vauban. El general prusiano Heinrich von Zastrow también se inclinaba por la autoría de Vauban, e incluso añade que las primeras tenazas fueron construidas en la ciudad francesa de Lille. Pero en esto, como en tantas otras cosas, los gabachos pecan de un chovinismo feroz y nos quiere colar la paternidad del invento al marqués el cual, sin negarle su incuestionable genio militar, no inventó tanto como muchos creen sino que, más bien, supo hacer un uso muy inteligente de las obras escritas por tratadistas españoles, italianos y franceses anteriores a él. 

Francesco de Marchi
En todo caso, parece ser que, ciertamente, el invento fue producto del ingenio del tal Marchi si bien Lucuze comete un fallo en la datación del mismo ya que afirma que salió a la luz en 1599, cuando nuestro hombre llevaba ya 23 años de nada criando malvas. Pero, sea como fuere, lo cierto es que en la obra del abate Ercole Corazzi (editada en Bolonia el 2 de enero de 1720) "L'architettura militare di Francesco Marchi" se menciona como creación del boloñés una "cortina en ángulo entrante" así que, quizás, la idea de Marchi fuera un nuevo tipo de cortina, y fue Vauban el que tuvo la feliz ocurrencia de adaptar ese diseño como obra exterior posiblemente al ilustrarse en su obra "Della architettura militare". Bien, esto es lo que tenemos acerca del origen de esta obra pero, ¿en qué consistía? Lo veremos mejor en el gráfico inferior.

La tenaza, tenallón o tenazón consistía en un talud colocado en el hueco entre los flancos de dos baluartes, quedando de ese modo situado ante la cortina que unía los mismos. Estaba conformada por un terraplén invertido situado dentro del foso ante dicha cortina, con una altura igual a la del camino cubierto, el revellín o cualquier otra obra situada ante ella. Para defensa de su guarnición estaba provista de parapeto y banqueta para la infantería, de modo que pudieran disparar a pecho cubierto. En la figura A tenemos una tenaza simple, cuyo parapeto, como salta a la vista, forma una pequeña cortina entrante tal como sugería Marchi. Su ángulo seguían el mismo trazado que el de las caras de los baluartes que la flanquean. En la figura B aparece una tenaza doble la cual ofrecía un frente fortificado aún más eficiente ya que presentaba una cortina, dos caras y dos flancos, como si de un pequeño hornabeque se tratase. En ambos casos, estas obras estaban separadas no menos de 7 varas (5,9 metros) del recinto principal, por lo que no le afectaban los derrumbes producidos por la artillería tal como se explicó más arriba.


Con la vista en perspectiva de la izquierda podremos hacernos una idea más clara de la efectividad de la tenaza. Delante de la misma hemos colocado un revellín, el cual tiene la misma altura. Desde la tenaza se impedirá que los enemigos que avancen por el foso puedan acceder a dicho revellín ya que los contendrán con fuego de fusilería y, caso de que logren apodarse del mismo, estarían a merced de la guarnición de la tenaza. Recordemos que, por norma, todas las obras exteriores de las fortificaciones pirobalísticas estaban construidas de forma que las golas carecían de defensas para, caso de ser ocupadas, impedir al enemigo hacerse fuerte en ellas. Por otro lado, la tenaza permitiría a la guarnición del revellín replegarse con seguridad sin quedar a merced del enemigo, sumándose al contra-ataque de esa fortificación junto a los ocupantes de la tenaza. Por último, caso de ser imposible mantener el sector, solo restaría largarse echando leches por una poterna o por las generalmente laberínticas obras exteriores de que disponía cualquier fortaleza medianamente importante.


Puede que alguno se pregunte qué necesidad había de tanta obra exterior cuando desde el recinto principal podía repeler impunemente a la infantería enemiga. La respuesta la tienen en el gráfico de la derecha. Como se puede ver, A es el recinto principal cuyo terraplén está a varios metros por encima del nivel del suelo. La artillería emplazada en el mismo carece de ángulo de tiro para distancias cortas, de forma que los fusileros enemigos pueden aproximarse impunemente en el momento en que las bocas de fuego no puedan disparar más hacia abajo. Además, el grosor del parapeto no permitía abrir fuego a corta distancia ni a la guarnición a causa del espesor del parapeto, de tres o cuatro metros o incluso más. Sin embargo, desde la tenaza B, situada a una cota inferior, sí había ángulo de tiro para disparar a todo lo que se moviera por el foso C, o bien por el camino cubierto, revellín u hornabeque D. Y aprovechando que en este gráfico se puede apreciar mejor, comentar que, además de todas las ventajas señaladas acerca de este tipo de obras, su altura permitía que pequeños grupos de defensores salieran de la fortaleza por una poterna y, protegidos por la tenaza mientras se agrupaban, iniciar un ataque por sorpresa contra los atacantes que pudiera haber en el foso o intentando apoderarse de cualquier obra exterior. 

Bien, ya hemos visto como fue el origen de este tipo de fortificación, así como las cualidades que la caracterizaban y que la hicieron, según todos los tratadistas de la época, imprescindible en cualquier fortaleza. Sin embargo, la evolución de la tenaza no se quedó en las dos tipologías que hemos estudiado hasta ahora, la simple y la doble, sino que fueron surgiendo otras para fortificar determinadas zonas sensibles más allá de la mera defensa de una cortina. En este caso sí fue Vauban el que empleó las tenazas para combinarlas con otro tipo de obras para mejorar la defensa de los recintos principales sin necesidad de emplear muchos y costosos elementos. En el gráfico superior tenemos una tenaza flanqueada por dos contraguardias A y B (no confundirlas con los revellines), presentando así un amplio frente ante la fortaleza. Desde estas obras se podía controlar el camino cubierto o cualquier otro tipo de construcciones y, al mismo tiempo, estarían fuera del ángulo visual de los atacantes ya que se encontraban dentro del foso. Solo con bombas de mortero o un ataque en masa de infantería podría desalojarse a los defensores, los cuales verían aumentado su número en caso de repliegue de las guarniciones de las obras precedentes. Los espacios libres entre las tenazas y las contraguardias permitían una retirada rápida y, al mismo tiempo, dificultaba a los enemigos el acceso al la escarpa del foso.

En fin, esto es lo que da de sí este tipo de obra. No obstante, la tenaza evolucionó según qué circunstancias para fortificar determinados sectores especialmente sensibles como, por ejemplo, elevaciones en las que los enemigos podrían emplazar su artillería, o en zonas por las que convenía cerrar el paso ante un hipotético asalto. Pero eso lo veremos en otra entrada porque ya me he enrollado más de la cuenta y no tengo ganas de darle más a la tecla.

Hale, he dicho

sábado, 18 de julio de 2015

Acciones de guerra: las escaladas


Escalada a las murallas de Badajoz el 6 de abril de 1812 llevada a cabo por el ejército anglo-portugués al mando del
general Wellesley para desalojar a los 5.000 gabachos que ocupaban la plaza. La broma se saldó con más de 6.000
bajas entre ambos bandos en apenas unas horas, lo que indica lo sangriento de este tipo de acciones.

Si alguien piensa que los asaltos mediante escalas vieron su final con el ocaso de los castillos medievales está tan equivocado como si creyera que los políticos son gente honorable. De hecho, aunque las tácticas para realizarlos variaron a fin de adaptarse a las fortificaciones pirobalísticas, las escaladas se mantuvieron en esencia igual que los lanzamientos de escalas de la Edad Media que ya vimos en una entrada anterior. Aparte de eso, el término "escalada" será el que emplearemos en este caso ya que es como se designaba a este tipo de acción de guerra en los tratados de la época.

El gráfico muestra la terminología de las principales partes del fuerte que trataremos en esta entrada


Pero antes de entrar en detalles, conviene enumerar las distintas circunstancias con que los asaltantes se podían encontrar en cada caso, así como las dificultades que entrañaba rebasar las defensas de ambos tipos de fortificaciones. 

La de mayor relevancia la tenemos a la derecha, donde vemos el espacio disponible en las murallas tanto para defensores como atacantes. En la foto superior tenemos la muralla de un castillo medieval típico con su parapeto y su angosto adarve. Esto era un arma de doble filo para la guarnición ya que apenas había sitio para acumular tropas capaces de contener una tromba de atacantes procedentes de una bastida pero, al mismo tiempo, era una dificultad añadida para los invasores ya que ese mismo adarve que impedía a sus enemigos agrupar fuerzas para ofenderles facilitaba a estos el cerrarles el paso. Es de todos sabido que cuanto más estrecho sea un vano o pasillo más fácil es defenderlo y, por otro lado, la muralla podía tener las torres de flanqueo dispuestas de forma que cortasen el adarve, impidiendo así el paso a los atacantes así como hostigarlos a virotazos desde las azoteas de las mismas. En la foto inferior tenemos el camino cubierto de una fortificación pirobalística la cual permitía acoger a un elevado número de defensores pero, al mismo tiempo, también facilitaba a los atacantes circular con total libertad una vez superado el parapeto. Así pues, como vemos, las dificultades no desaparecían sino que cambiaban de forma por lo que, como ya anticipamos, las escaladas requerían nuevas tácticas para culminarlas airosamente.

En segundo lugar y no por ello menos importante tenemos los obstáculos que precedían a las fortificaciones en función de cada época. Como ya se ha ido estudiando en las diversas entradas dedicadas a la morfología de las mismas, los castillos medievales apenas disponían de defensas exteriores. De hecho, la inmensa mayoría de ellos no tenían ninguna, convirtiéndose la muralla en el único obstáculo que separaba a los defensores de los asaltantes. Otros contaban con antemuros y/o fosos, casi siempre secos por la dificultad que entrañaba inundarlos salvo que dispusieran de una abundante fuente de agua en las cercanías que permitieran cavar un canal para tal fin. En la foto superior de la izquierda podemos ver un castillo medieval famoso por su poderío, el castillo de la Mota, en Medina del Campo (Valladolid), cuyas murallas estaban precedidas de un talud y un amplio y profundo foso que complicaba bastante el lanzamiento de escalas. Sin embargo, esta era la excepción más que la regla, y no es fácil ver castillos con fosos de semejante envergadura. Por contra, en la imagen inferior tenemos el no menos conocido fuerte de Gracia, en Elvas (Portugal), rodeado de tal cúmulo de obras exteriores- sobre todo por la zona norte, la más accesible- que llegar al reducto principal era prácticamente imposible mediante escaladas debido a la gran cantidad de obstáculos que debían superar los asaltantes, incluyendo en este caso la enorme altura de las murallas del reducto, inabordables con escalas.

A la hora de escalar una muralla, la indefensión de los asaltantes era
la misma o incluso inferior a la de los que lanzaban escalas en la Edad
Media ya que estos, al menos, disponían de escudos con los que protegerse
En tercer lugar tenemos el número de efectivos que componían las guarniciones. Un castillo medieval apenas contaba con unas decenas de hombres para defenderlo a los que, llegado el caso, se podrían añadir los civiles refugiados en el mismo y que, siendo razonablemente diestros en el manejo de las armas, podían sumarse a la defensa. Por ello, los asaltantes no requerían un elevado número de efectivos en su mesnada para llevar a cabo un asalto de forma exitosa si bien, como ya podemos suponer, había castillos y castillos, y no era lo mismo asaltar una pequeña fortaleza fronteriza que una ciudad amurallada provista además de un poderoso castillo y en la que entre militares y civiles podían juntar cientos de hombres para contener a los asaltantes. Sin embargo, esto no era nada para los efectivos que eran precisos a la hora de hacer frente a una plaza fuerte o, peor aún, plazas de guerra que contaban con guarniciones de miles de hombres y decenas o centenares de bocas de fuego. Por esa razón, los ejércitos atacantes debían reunir miles de efectivos y cantidades enormes de artillería y pertrechos si querían intentar un asedio con un mínimo de posibilidades de éxito. Para hacernos una idea, el asedio de Badajoz mencionado en la ilustración de cabecera requirió un ejército de 27.000 hombres para reducir a una guarnición de solo 5.000 efectivos y, aún a pesar de su ventaja de cinco contra uno, las pérdidas sufridas por los asaltantes fueron casi inasumibles. 

Y por último, no debemos dejar de mencionar un detalle a tener en cuenta: una vez alcanzada la muralla, los castillos medievales podían defender mejor la muralla durante el lanzamiento de escalas gracias a las torres de flanqueo ya que, desde ellas, los defensores podían efectuar un devastador fuego cruzado a base de flechas y/o virotes que diezmaban a los que encabezaban el asalto y, además, los parapetos permitían hostigarlos permaneciendo a cubierto y lanzarles piedras, arena caliente, vinagre o brea hirviendo, etc. Sin embargo, las fortificaciones pirobalísticas, concebidas para una defensa basada en mantener a distancia al enemigo, no disponían de torres de flanqueo y sus parapetos eran de tal grosor que los defensores tenían que encaramarse en los mismos si querían repeler a los atacantes. No obstante, algunas fortalezas disponían de casamatas en los flancos de los baluartes para barrer con metralla a los asaltantes que intentaran escalar la muralla. Un ejemplo lo podemos ver en la foto superior, que corresponde al fuerte de Santa Luzia (Elvas, Portugal). La flecha señala el buzón de la casamata que, pegada al ángulo con la cortina, albergaría una boca de fuego capaz de aniquilar a los que se acercaran a la muralla. A ello habría que añadir en este caso el talud de la escarpa que obligaba a usar escalas aún más largas para alcanzar el parapeto.

Así pues, la mejor opción que se solía presentar era intentar la escalada por el sitio menos expuesto al fuego de los defensores, y este no era otro que las caras de los baluartes. En el gráfico de la derecha lo podremos ver con  más claridad. Las flechas señalan la cara de uno de los baluartes que defienden este fuerte. Tras cruzar el camino cubierto (en marrón) y el foso (en verde), los asaltantes lanzan sus escalas de forma que solo podrán hostigarles las guarniciones del baluarte en cuestión más la del situado a su izquierda, estos últimos amontonándose en el ángulo del mismo (óvalo amarillo) para poder disponer de un mínimo campo de tiro para poder flanquear a los enemigos. En cuanto a una hipotética casamata como la que vimos en el párrafo anterior, esta queda invalidada ya que solo muestra su efectividad en el caso de que los atacantes intenten la escalada por una cortina, o sea, la muralla que se extiende entre dos baluartes. De esta forma, los componentes de la primera oleada solo tendrían como principal obstáculo los defensores del baluarte en el que lanzan las escalas, los cuales les estarían esperando en lo alto del parapeto para abatirlos a tiros y bayonetazos.

Asalto al fuerte de San Felipe, en Mahón, Menorca, llevado a cabo por
tropas gabachas al mando de duque de Richelieu en junio de 1756. El
fuerte, defendido por una guarnición inglesa (Dios maldiga a Nelson)
de 2.800 hombres, fue finalmente desbordada por el ejército gabacho,
el cual contaba con 15.000 efectivos.
 
Bien, este sería básicamente el escenario y las circunstancias que se solían presentar a la hora de intentar una escalada contra fortificaciones pirobalísticas pero, ¿qué factores en concreto había que considerar a la hora de planificarla?

1. La hora del ataque. Por norma, en estos casos se intentaba de noche ya que el resultado de la acción dependía en gran parte del factor sorpresa. Llevarlo a cabo a plena luz del día era tener todas las papeletas para que los defensores se prepararan a fondo para repeler el ataque si bien era conveniente que, una vez que los primeros asaltantes lograran ocupar el baluarte y comenzara el avance hacia el interior de la plaza, ya hubiera la suficiente luz como para no perderse en el recinto. De ahí que, por sistema, se recomendara iniciar la escalada una o dos horas antes de despuntar el día.

2. Los efectivos a emplear. El comandante del ejército atacante debía recurrir a las tropas más selectas, gente bragada a los que no se les arrugara el ombligo así como así. A estos se les podían sumar carpinteros y cerrajeros para, una vez dentro de la fortaleza, abrir las puertas y rejas que les cerraran el paso. Del mismo modo debía tener en cuenta disponer de una serie de tropas preparadas para cubrir la retirada de sus compañeros en caso de que fueran rechazados, así como de otras para llevar a cabo ataques de diversión por diversos puntos del recinto para dividir las fuerzas de los defensores.

Asalto a Chapultepec, en septiembre de 1847. en el que 13.000  yankees
 lograron tomar el fuerte defendido por unos 5.000 mejicanos incluyendo
823 cadetes de entre 12 y 18 años. Como vemos, para acabar de forma
exitosa una escalada era preciso disponer de una notable superioridad
en efectivos, en este caso de 3 a 1.
3. Las armas. Al armamento personal de cada infante se añadían petardos y granadas. Los primeros estaban destinados a echar abajo puertas, rastrillos, órganos y puentes levadizos en caso de que los cerrajeros no lograran abrirlos. No obstante, se intentaba buscar el acceso a las casamatas donde se encontraban los mecanismos de los puentes, rastrillos y órganos para apiolar a sus servidores y, para evitar sorpresas, los hombres seleccionados para ello intentarían bloquear las acanaladuras y los tornos de puentes y rastrillos mediante tacos de madera o cualquier cosa que valiese para tal fin.

Los pozos eran una dificultad añadida a la hora de intentar
la escalada. Su densidad, así como la profundidad de los
mismos, hacían muy difícil asentar las escalas, y más siendo
de noche.
4. Las escalas. Estas eran transportadas en carros hasta el glacis, en las cercanías del camino cubierto, donde eran descargadas en el mayor silencio. Tras superar el camino cubierto, los atacantes, previamente divididos en grupos por escalas, bajaban al foso bien haciendo uso de estas o bien mediante las escaleras que solía haber en las contraescarpas. Tras cruzarlo se esperaba la señal de ataque ya que, a fin de disminuir en lo posible el número de defensores en la zona a atacar, previamente se iniciaban las acciones de diversión en diversos puntos de la fortaleza. Toda esta serie de operaciones había que llevarlas a cabo en el silencio más absoluto a fin de no alarmar a los escasos defensores que quedasen en el baluarte, los cuales debían ser prontamente degollados por los primeros asaltantes que lograran coronar el parapeto para que no se pusiesen a berrear como posesos.

5. La disciplina. Una vez que se había logrado introducir en la fortaleza el número de hombres necesario para iniciar el ataque, en todo momento debían permanecer atentos a las órdenes de sus mandos, y no abrir fuego salvo que se les ordenara ya que, como es lógico, los disparos darían la alarma. Cuando se ordenaba finalmente avanzar, los cerrajeros eran los encargados de intentar abrir la puerta más cercana que permitiera al resto del ejército entrar en el recinto. Así mismo, era de vital importancia que el personal no se desmandara e intentaran iniciar el saqueo por su cuenta ya que esto podría disminuir notablemente el número de atacantes hasta el extremo de hacer fracasar la escalada. De hecho, se castigaba con la muerte a los que se separaran del grupo para saquear, incendiar o meter ruido. Esta situación era especialmente proclive a darse cuando lo que se asaltaba era una ciudad fortificada, donde los dineros, los objetos de valor, los víveres y, naturalmente, las mujeres del vecindario hacían muy goloso eso de pasar de combatir y ponerse morado de trincar pasta gansa y violar mocitas.

Fuerte de Santiago da Barra, en Viana do Castelo (Portugal). Aunque en
la Península son muy escasas las fortalezas con fosos inundados, en
algunos fuertes costeros como este aprovechaban el reflujo
de las mareas para ello.
6. Foso seco, foso inundado. En el primer caso no había problemas en cruzarlo. Pero en el segundo caso se podían presentar dos opciones: si había agua en cantidad había que recurrir a pontones sobre los que apoyar las escalas. Ello implicaba un notable inconveniente, por lo que era preferible intentar la escala si, siendo invierno, el agua del foso se había congelado. Ello permitiría cruzarlo y lanzar las escalas como si se tratase de un foso seco. De ahí que los gobernadores de las plazas provistas de este tipo de fosos tomaran la precaución de hacer romper la capa de hielo cada vez que esta se formara para, de ese modo, poner las cosas difíciles a los atacantes. Para ello no hacía falta hacer salir a nadie, sino que bastaba con arrojar granadas al foso.

Bueno, si esta serie de factores se mantenían bajo el control de los atacantes, las probabilidades de rematar con éxito la jornada eran bastante elevadas. Sin embargo, se podían presentar inconvenientes, como es lógico:

Cuando se coronaba el parapeto, ambas partes se enzarzaban en un
inquietante intercambio de opiniones a base de bayonetazos, culatazos,
sablazos y todos los "azos" habidos y por haber. Al poder concentrar
muchos efectivos en el terraplén, las escabechinas eran superiores a las
que tenían lugar en los adarves medievales.
1. El centinela que debía estar dormido como un tronco está despierto como un mochuelo porque la cena le ha sentado como un tiro y tiene una cagalera atroz. Da la alarma. ¿Qué hacemos? Pues agilizar aún más la escalada. En un recinto tan grande y con el grueso de la guarnición entretenida en la otra punta del mismo con las maniobras diversivas del enemigo, era más viable subir a toda prisa, enviar al Más Allá al centinela tras curarle la cagalera rebanándole el gañote y aprestarse a la defensa para que el resto de los compañeros puedan subir al parapeto. Para ello se podía recurrir a los pertrechos presentes en el terraplén del baluarte a fin de formar barricadas e incluso a las bocas de fuego caso de poder apoderarse de las mismas.

2. La guarnición intenta retirarse en buen orden a la ciudadela que hay dentro de la plaza fuerte. Pues hay que cerrarles el paso como sea ya que, si logran encastillarse, podrán hacerse fuertes en ella y retrasar la rendición de la plaza. 

3. La guarnición no solo se da cuenta de que el enemigo inicia la escalada, sino que encima disponen de efectivos para intentar rechazarlos. Pues chungo, porque entonces se trata de subir a pecho descubierto. Obviamente, los atacantes cuentan con que sus compañeros hostigarán con fuego de fusilería a los defensores que, encaramados en los parapetos y por ende expuestos al fuego enemigo, intenten rechazar a los ocupantes de las escalas a culatazos y bayonetazos. Además, ya saben que arrojarán granadas al foso para ir diezmando a los que esperan su turno al pie de las escalas. Qué desagradable, ¿no?

4. A estas tres dificultades podemos añadir mil más de lo más variopintas las cuales, aunque fuesen de lo más extrañas o fortuitas, podían hacer fracasar la escalada. En todo caso, era el comandante del ejército asaltante el que debía devanarse los sesos y buscar la solución más adecuada con la máxima prontitud si no quería ver rechazadas a sus tropas y, lo que era peor, verse delatado ante el enemigo y, por ello, imposibilitado de volver a intentar la escalada ya que los defensores estaría sobre aviso.

En fin, como ya hemos visto, las escaladas fueron mucho más allá del medioevo. De hecho, en épocas tan tardías como la última mitad del siglo XIX aún se contemplaba esta acción de guerra como un método válido para apoderarse de una fortaleza. Un buen ejemplo lo tenemos en el grabado inferior, que muestra unas maniobras llevadas a cabo por el ejército inglés en el fuerte Amherst, en Medway, una fortaleza que defendía los astilleros de Chatham de una hipotética invasión gabacha. Cuando su utilidad estratégica dejó de tener vigencia fue usado como campo de prácticas para el ejército de la forma que vemos en el grabado, datado en 1871, en el que las tropas entrenan la escalada en el baluarte del Príncipe Henry. Como se puede apreciar, mientras que la primera oleada se encarama sobre el parapeto, los que les siguen bajan por la contraescarpa del foso y lo cruzan rápidamente. Para cubrir a los asaltantes se han distribuido tiradores a lo largo del borde de la contraescarpa de forma que puedan hostigar a los defensores con fuego de fusilería.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho


jueves, 4 de junio de 2015

Partes del fuerte: los traveses o cortaduras




Hace ya una bestialidad de tiempo que no se dedica ninguna entrada a las fortificaciones pirobalísticas, así que tiempo es de retomarlas porque en modo alguno se ha hablado sobre ellas todo lo que había que hablar. La entrada de hoy la dedicaremos a los traveses o cortaduras, unas obras defensivas de vital importancia que, por lo general, suelen pasar desapercibidas cuando se visita alguna de estas fortificaciones porque, en muchos casos, el personal desconoce su utilidad. En alguna que otra ocasión han salido a relucir en el contexto de entradas sobre obras exteriores, pero hasta ahora no se les ha dedicado un artículo en exclusiva, así que ahí va eso:

Según Almirante, el término través proviene del latín TRANSVERSVM, o sea, atravesado u oblicuo, lo que ya nos da una pista bastante clara sobre el cometido de estos elementos defensivos. Los define como "...todo abrigo, resguardo, defensa contra el tiro de través, es decir, de enfilada, de flanco, de revés, de rebote...". Para aclararnos, eran parapetos de diversos tamaños según la zona que debían proteger y que podían estar construidos con los materiales más diversos, desde obra a simples taludes de tierra o incluso con salchichones, fajinas y/o cestones. Tenían tres misiones claramente señaladas, a saber:


1. Servir como segunda línea de defensa para las guarniciones de baluartes, caballeros, revellines, hornabeques, bonetes, plazas de armas, etc. que se viesen desbordados en caso de que el enemigo lograra acceder a los mismos, bien por haber logrado abrir una brecha o bien mediante una escalada.

2. Actuar como muro de contención en los caminos cubiertos que, al igual que en el caso anterior, hubieran caído en manos del enemigo, pudiendo de ese modo desalojarlos del mismo o, al menos, detener su avance.

3. Proteger las piezas de artillería y a sus servidores en caso de que los proyectiles enemigos alcanzaran el emplazamiento de la batería.

Y como una imagen vale más que mogollón de discursos, veamos algunas de ellas que nos permitirán comprender mejor este tema. Esto es especialmente valioso a la hora de explicarlo a un cuñado durante una visita a un fuerte ya que ellos, al carecer de estas fotos tan ilustrativas, se quedarán in albis y sufrirán lo indecible al no poder contradecirnos. Bueno, al grano...


En las imágenes superiores tenemos un ejemplo de traveses que defienden un baluarte, en este caso el de Santa Isabel, en el fuerte de Santa Luzia (Elvas, Portugal).

Foto A: Muestra una imagen cenital del baluarte en cuya gola se yerguen dos traveses. En cada uno de ellos hay una cañonera para emplazar dos bocas de fuego cuya misión, obviamente, era defender el recinto en caso de que el baluarte cayera en manos enemigas. Sombreado en rojo y en blanco vemos el cono de fuego de ambas piezas que, al cruzarse, harían prácticamente imposible el avance por el terraplén del baluarte so pena de quedar convertidos en comida para gatos a base de metralla. En marrón vemos la parte que queda abierta entre ambos traveses, la cual podía ser bloqueada mediante caballos de frisia o cualquier otro dispositivo móvil de circunstancias y ser usado como parapeto para los fusileros.

Foto B: La imagen ofrece una panorámica de ambos traveses vistos desde el interior del fuerte. Como se puede apreciar, tanto la altura como el grosor de los mismos es notable: unos cuatro metros de espesor y más de tres de altura. En ambos se ven igualmente las troneras para emplazar las bocas de fuego.

Foto C: Los mismos traveses pero vistos desde el baluarte, apreciándose en este caso el acusado abocinamiento de ambas cañoneras que les permitiría efectuar un devastador fuego cruzado sobre posibles asaltantes. En definitiva, solo en caso de que el fuego enemigo aniquilase a los servidores de esos cañones o los desmontasen con tiros de rebote bien afinados los asaltantes podrían  rebasar el baluarte, si bien desde el reducto central los estarían esperando para hacerles un recibimiento triunfal a base de botes de metralla pero, en fin, al menos ya habrían ganado algo de terreno.


El ejemplo anterior lo podemos encuadrar en lo que se denominaba como través activo, o sea, concebido para efectuar desde ellos una defensa contra los enemigos, y no como unos simples parapetos destinados a detener la metralla de las bombas que cayeran en el interior del baluarte como es el caso de las fotos de arriba, que serían en este caso traveses defensivos. La de la izquierda pertenece a la plaza fuerte de Valença do Minho, mientras que el de la derecha es de Almeida, ambas en Portugal. Como vemos, en este caso los traveses consistían en taludes de tierra que partían en dos el terraplén del baluarte con la finalidad de que, en caso de estallar una bomba en el mismo, su metralla no barriera la totalidad su superficie aniquilando a su guarnición, protegiendo al menos a la mitad de la misma ya cayera a un lado o a otro. Así mismo, este tipo de través era especialmente útil para detener las balas de tiro de rebote, el cual era bastante eficaz para "limpiar" de defensores las obras defensivas de este tipo de fortificaciones y, sobre todo, para desmontarles las bocas de fuego.


Este tipo de traveses defensivos no solo se construían en los baluartes, sino también en revellines, plazas de armas o en fortines y reductos como el de la imagen superior. En este caso se trata del fortín de Santo Domingo, en Elvas, el cual disponía de tres traveses destinados a proteger las bocas de fuego emplazadas en el flanco sur del mismo. Por otro lado, en vez de simples taludes de tierra en esta ocasión se trata traveses construidos de obra a base de paramentos de mampuesto rellenos de tierra colmatada, lo que los hace especialmente resistentes a los tiros directos ya que, al estar este tipo de fortificaciones a una cota mucho más baja que los baluartes, eran más susceptibles de recibirlos. Y, naturalmente, venían de perlas para que si estallaba una bomba o una carcasa en el interior del recinto no aliñase de una tacada a todos sus ocupantes.


En algunos casos, como el que se muestra en la imagen superior, los traveses se podían convertir en verdaderas ratoneras que dejaban a los asaltantes literalmente vendidos ya que, desconocedores de los entresijos del fuerte, podían encontrarse con la desagradable sorpresa de que, tras asaltar de forma exitosa un baluarte o cualquier obra exterior, esta contase con un través desde el que no solo les dispararían a mansalva, sino que les cerraba totalmente el paso, resultando prácticamente imposible avanzar ni un metro más allá. El ejemplo que hemos puesto para este caso lo tenemos en el hornabeque del fuerte de Gracia, en Elvas. Como vemos, marcados en rojo se encuentran los dos traveses que cortan de forma oblicua los medios baluartes del mismo. En azul están los pañoles de munición, en verde los fosos que rodean esta obra defensiva y, dentro de sendos círculos rojos, los accesos a unas galerías inferiores desde las que se puede hostigar a los enemigos que circulen por los fosos a través de las troneras fusileras que se pueden apreciar en la foto de la derecha. Marcados con unas flechas en las dos fotos se ven los únicos accesos que permitían el paso: un estrecho corredor de menos de un metro de ancho (de hecho, solo se puede circular por ahí caminando de medio lado y no es precisamente apto para personas con vértigo). Obviamente, bastaba bloquear el paso con un par de cestones para que nadie pudiera ir más allá del través o, como era este caso, con una reja actualmente desaparecida. Así pues, nos encontramos de nuevo con un través activo cuya finalidad no era defender a los servidores de las bocas de fuego sino cortar el paso de forma contundente a los asaltantes ya que, además, cada uno de ellos disponía de tres cañoneras.


Por último solo nos resta mencionar los traveses destinados a cortar el paso en los caminos cubiertos, o sea, en lo que sería como el adarve de un castillo medieval, pero en una fortificación pirobalística. Estos traveses eran quizás los más útiles de cara a detener posibles asaltantes tanto en cuanto la muralla principal era, como podemos suponer, el primer punto a batir por un ejército enemigo. En caso de que los asaltantes lograran acceder al camino cubierto, la única forma que tenían de salir del mismo para poder seguir avanzando era recorrerlo hasta encontrar alguna escalera que bajase hasta el foso. Saltar era suicida ya que hablamos de alturas de ocho o diez metros, por lo que no quedaba otra que avanzar a lo largo de la muralla a la espera de dar con alguna escalera que les permitiera bajar.  Pero, ¡oh, sorpresa!, se topaban con un través que les podía cerrar el paso de diversas formas. Los más básicos eran traveses de circunstancias fabricados con cestones y dejando un paso de alrededor de un metro de ancho entre los mismos y el parapeto, o incluso de obra con su banqueta para los fusileros. 

Pero no eran precisamente infrecuentes los de obra que vemos en las fotos superiores, ambas pertenecientes al fuerte de Gracia. El de la izquierda corta el paso desde el camino cubierto al revellín de entrada al recinto desde el cual se puede acceder tanto a la puerta principal como al foso. Como vemos, se trata de un muro de obra con varias troneras fusileras desde las que se podía hostigar al enemigo que avanzase hacia el revellín. Para impedir el paso contaba con una puerta o una reja hoy desparecidos y, en este caso, no había corredor entre el través y el borde de la contraescarpa del foso como vimos más arriba. O sea, o se pasaba por la puerta o allí mismo se entregaba la cuchara. En cuanto al través que vemos en la foto de la derecha, es aún más mortífero que el anterior: se trata de un túnel que disponía de una puerta de hierro corredera con dos hojas las cuales, una vez cerradas, bloqueaban totalmente el paso. Según pude observar en su día en las acanaladuras que servían de guía a dichas puertas, estas no quedaban totalmente cerradas sino que dejaban una abertura a través de la cual se podía abrir fuego tanto con mosquetes como con un cañón de pequeño calibre, lo que ayudaría obviamente a expulsar a los enemigos del camino cubierto y convencerlos de que intentar proseguir el avance era la forma más segura de dejar el pellejo en el envite.

En fin, con estos ejemplos supongo que habrá quedado bastante claro en qué consistían estas obras defensivas. A medida que la artillería fue evolucionando, el uso de traveses defensivos se extendió cada vez más debido a la precisión y la efectividad que iban alcanzando los cañones de la época, por lo que se llegaron incluso a fabricar traveses de campaña para defender las baterías emplazadas en campo abierto, de forma que cada pieza quedase separada de las demás a base de cestones o taludes de tierra. 

Bueno, ya está.

Hale, he dicho

Traveses del fuerte de Zambujal, uno de los muchos que conformaban el sistema defensivo denominado Linhas de
Torres Vedras creado a partir de 1809 por Wellington para detener el avance gabacho hacia Lisboa. Al tratarse de
fortificaciones de circunstancias construidas con tierra, a fin de mejorar en lo posible la defensa de su guarnición
se compartimentó todo el interior del recinto con traveses que separaban incluso las dependencias del mismo.