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martes, 24 de febrero de 2026

ARMAMENTO DE FRANCOTIRADORES EN LA 2ª GUERRA MUNDIAL. JAPÓN

 

Honolable guelelo del mikado encaramado en un árbol buscando algún yankee para enviarlo con sus antepasados. Como vemos, está desprovisto de cualquier tipo de camuflaje. Le basta con la frondosidad de su apostadero.

PAX VOBISCVM, abnegados lectores. Sí, tengo esto un poco bastante abandonado, pero ya saben que, cuando se me pasa el avenate y me invade uno de mis ataques de molicie, no me mueve ni una horda de cuñados zombificados ávidos de vísceras. Y bien, dadas estas breves explicaciones, vamos al grano que para luego es tarde.

Fotograma de la magnífica cinta "Las flores de la Guerra"
(2011), que nos muestra un tirador chino armado con un
Mauser. En la cabeza lleva un casco alemán mod. 1935
Es justo reconocer que no solemos asociar la imagen de los francotiradores con los honolables guelelos del mikado. Seguramente, la neutralidad del Japón en la Gran Guerra los mantiene alejados de nuestros magines, y solemos asociarlos más bien con los siniestros ocupantes de un búnker en alguna isla del Pacífico tras una ametralladora picando carne anglosajona durante algún desembarco, o bien atacando en plan suicida una posición enemiga porque eso de palmarla por el emperador era lo más guay y honolable del mundo. Sin embargo, el ejército nipón contaba con tiradores selectos y armas destinadas a finiquitar enemigos a distancia desde que, a raíz de la Guerra Sino-Japonesa en 1937, sintieron en sus carnes la eficacia de los francotiradores chinos. 

Tropas chinas dándose un garbeo al norte de Pekín en 1937
Antes de 1934, el general Chiang Kai-shek se había preocupado de formar un ejército decente para darse estopa con otros señores de la guerra del Celeste Imperio, contando con unos efectivos nada despreciables que alcanzaron la cifra de 380.000 probos homicidas y una oficialidad procedente de forma mayoritaria de la Academia Militar de Whampoa, ubicada en la ciudad de Cantón. Además, el honolable genelal había 
adquirido a los tedescos cantidades importantes de armas y equipo, entre los que había fusiles Gewehr 98 provistos de las magníficas ópticas germanas y, lo más importante, los chinos habían recibido adiestramiento por parte de los veteranos combatientes de la Gran Guerra, con lo que su eficacia resultó bastante contundente. Los honolables guelelos del mikado tomaron buena nota y, como es habitual en estos orientales, se pusieron manos a la obra de inmediato para solventar esa carencia en su ejército.

Sin embargo, y a pesar de que a nivel tecnológico Japón no tenía nada que envidiar a Occidente, la solución que adoptaron para proveer a su ejército de armas para francotiradores fue un tanto peculiar, y no precisamente muy acertada que digamos. Bueno, lo cierto es que fue una birria de solución, pero no esperemos que el cerebro de un nipón funcione igual que el de un señor de Zamora. Así pues, echaron mano del fusil reglamentario de infantería, el Tipo 38, en uso en aquella época. El Tipo 38, Año 38 de la Era Meiji, o sea, 1905, entró en servicio al año siguiente. Era un arma de excelente calidad y estándares de acabado muy altos. Su acción, diseñada por el capitán Kijiro Nambu, estaba basada en la acción 98 alemana. Lo más peculiar de este diseño era la cubierta de acero que protegía el cerrojo de polvo y mugre, lección que traían aprendida de la Guerra Ruso-Japonesa. Esta cubierta se deslizaba por dos acanaladuras fresadas a ambos lados del cajón de mecanismos, avanzando y retrocediendo junto al cerrojo. En la foto de la izquierda podemos ver el peculiar aspecto de este accesorio que, como resulta obvio, impedía la entrada de porquería en el cerrojo. Podemos observar además los dos orificios situados a la altura de la recámara para permitir la fuga de gases en caso de un problema con la munición, impidiendo así que reventase el cañón y provocando graves lesiones al tirador. El arma mantuvo el alza de corredera convencional, graduada de 400 a 2.400 metros con incrementos de 100 metros. La palanca del cerrojo era recta.

En cuanto a la munición, disparaba el cartucho 6'5 x 50SR, el cual no era especialmente poderoso pero, al menos, tenía un retroceso menos violento que el 8 x 57 tedesco o el 30-06 yankee. Con una energía en boca de 2.600 julios, estaba bastante lejos de los 3.800 y 3.900 de los antes mencionados para una bala de peso similar. No obstante, esta carencia de potencia se solventó más tarde, cuando llegó la hora de liquidar anglosajones que estaban más fortachones que los chinos, introduciendo el 7'7 x 58 mm. Arisaka, pero de ese hablaremos más adelante. Por lo demás, y c
omo era habitual en casi todos los fusiles de la época, el arma disponía de un almacén para cinco cartuchos en clips que se colocaban en una ranura situada en la parte trasera del cerrojo (véase foto de la derecha). Era habitual sellar el fulminante y el gollete con laca para impedir la entrada de humedad, que en aquellas latitudes se cuela por todas partes. El color de la laca permitía identificar el tipo de munición: verde para la trazadora, negra para la perforante y rojo para los cartuchos destinados específicamente a los tiradores.

Fusil Tipo 38. Se calcula que se fabricaron alrededor de 2.998.000 unidades desde su entrada en servicio hasta principios de los 40 en los arsenales de Tokio, Kokura, Nagoya, Jinsen (Corea) y Mukden (Manchuria). Obviamente, el grueso de la producción se llevó a cabo en Japón


Vista parcial del Arsenal de Kokura. El complejo era
un conjunto descomunal de factorías
Bien, así era grosso modo el germen para el primer fusil de francotirador del Japón. Sí, un arma de serie sin más cuentos. Como hemos visto en otros artículos sobre este tema, lo de diseñar armas específicas para finiquitar primates a distancia aún no estaba de moda, y los ejércitos se limitaban a echar mano de lo disponible y, a lo sumo, hacerle algunas mejoras para obtener unas prestaciones más adecuadas. Así pues, en 1935 se empezaron a realizar pruebas con el Tipo 38, para lo cual se designó al coronel Namio Tatsumi, de la Academia Militar de Toyama. Para ello se dispuso de 700 unidades fabricadas en el arsenal de Kokura, importante ciudad que concentraba una gran cantidad de la industria militar japonesa y que por dos veces estuvo considerada como objetivo principal en los dos ataques nucleares yankees. Como ya vimos en su día, la espesa capa de nubes que cubría la población en los días 6 y 9 de agosto de 1945 la libraron de sufrir los destinos de Hiroshima y Nagasaki. 

El coronel Tatsumi no se complicó mucho la vida. De hecho, las armas destinadas a francotiradores ni siquiera eran seleccionadas entre las más precisas de un lote, como solían hacer otros ejércitos. Y como mejoras, pues tampoco se devanó el magín. Para facilitar la puntería se acopló un monópode formado por una simple varilla de acero fijada a una abrazadera y que se mantenía plegado mediante dos flejes situados en la parte interna de la pieza. En la foto podemos ver el monópode desplegado, y podemos observar que su aspecto no parece especialmente sólido. En todo caso, a medida que avanzaba el conflicto se fue prescindiendo de ella.

La palanca del cerrojo fue alargada y curvada como, por ejemplo, se hizo con el Mosin-Nagant ruso para poder accionarlo sin golpear el visor. La bola se sustituyó por otra con forma ovoide, lo que permitía su manejo sin necesidad de hacer un rebaje en la madera de la culata. En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto del arma, a la que hubo que eliminarle la cubierta protectora del cerrojo para adaptarle el visor. Y es precisamente en el tema de la óptica donde nos encontramos con la "mejora" más mejorable del arma.

El visor era una pieza extremadamente básica derivada de un modelo comercial, concretamente el Nikko modelo 11. Tenía 2'5 aumentos y un campo de visión de 10º, y se fijaba al arma mediante un tornillo y un fleje a una placa base unida al cajón de mecanismos con una cola de milano, lo que proporcionaba un conjunto sólido que no se moviera con el maltrato propio de un arma militar. Porque la cuestión es que, si el visor se desajustaba, el tirador no podía corregir el tiro de la forma convencional, sino que había que enviarlo a fábrica para ser puesto a punto de nuevo.

Sí, suena bastante esotérico, pero viniendo de unos ciudadanos que para hacer el té tienen que hacer 80 movimientos, ni uno más ni uno menos, puede esperarse todo. Y es que los visores eran montados y centrados en la fábrica, sin que hubiera posibilidad de realizar ningún ajuste por parte del tirador. Más aún, ni siquiera se podía regular el foco, de modo que el puñetero visor era lo mínimo que se despachaba. ¿Qué cómo se las aviaba el tirador para afinar la puntería si el visor carecía de retículo convencional y de mecanismos para ajustarlo? Pues con lo que ven en la foto. Ambos retículos eran fijos, y en el vertical vemos las distancias con las que el tirador se ayudaba para apuntar al objetivo. Esta retícula estaba graduada desde 100 hasta 1.500 metros, y el honolable flancotiladol se tenía que estrujar la retina para calcular la distancia a la que se encontraba el ciudadano enemigo. Para corregir o calcular la deriva, bien por haber viento cruzado, bien por estar el blanco en movimiento, tenemos el retículo horizontal. Si por un golpe o cualquier otro motivo el visor se desajustaba, apaga y vámonos. Solo en la fábrica se podía volver a poner punto en blanco, o sea, a 100 metros. Por toda esta serie de inconvenientes, el visor recibía el mismo número de serie del arma donde iría instalado.

Este fusil fue renombrado como Tipo 97 o, más concretamente 
九七式狙撃銃, indescifrables dibujitos que, trasliterados, sonarían como kū-nana-shiki sogekijū, o sea, “fusil de puntería Tipo 97”. Al quedar el visor situado a la izquierda se pudieron conservar las miras abiertas, lo que, viendo el problema de la falta de mecanismos de ajuste, permitiría seguir usando el arma mientras llegaba el momento de remitirla a la fábrica. Además, había tiradores que optaban por usarlas cuando las condiciones lumínicas no permitían hacer puntería con el visor. En la foto de la derecha tenemos el alza desplegada. Para tiro a corta distancia se plegaba y se usaba un tablón con una muesca en V graduada a 100 metros. El punto de mira, que según el fabricante podía estar protegido por un túnel abierto, se fijaba al cañón mediante una base con una cola de milano, y también según el fabricante con un tornillo o dos pasadores. El punto carecía de corrección lateral, así que había que recurrir a la intuición de un buen tirador. Se fabricaron alrededor de 8.000-9.000 unidades en el Arsenal de Kokura entre los años 1938 y 1939, y 14.500 en el de Nagoya entre 1938 y 1943, lo que hacen un total aproximado de 22.500 - 23.500 unidades en total. 

Pero el Tipo 97 no fue el único fusil de francotirador en servicio, pero del siguiente seguiremos hablando mañana porque ya me duele la cabeza. Bueno, mañana o pasado, ya veremos...

Hale, he dicho






martes, 28 de octubre de 2025

CURIOSIDADES CURIOSAS SOBRE CARROS DE COMBATE SOVIÉTICOS

 

T-34/85 provisto de un bastidor para sujetar un barreminas

PAX VOBISCVM, sufridos, abnegados y siempre bien ponderados lectores que, a pesar de la desidia que me atocina últimamente, hacen gala de una paciencia equiparable a la de Job a la espera de un nuevo articulillo. Bueno, pues hoy la musa se ha dignado hacerme una breve visita, de modo que procedo a dar cuenta de una relación que, aunque poco enjundiosa, les permitirá humillar a los miserables de sus cuñados con algunas curiosidades curiosas sobre los carros de combate con los que el padrecito Iósif hizo frente al ciudadano Adolf.

Colijo que los aficionados a estas máquinas de muerte habrán visto tropocientas fotos de las mismas y, del mismo modo, infiero que más de una vez y más de dos se habrán hecho mil preguntas acerca de tal o cual accesorio, pieza, etc. de las mismas. Bien, pues a continuación podrán ver aclaradas algunas de sus cuitas y poder resoplar de satisfacción sabiendo que no palmarán llevándose la duda a la fosa. Veamos pues...

CURIOSIDAD 1.

Observen la foto de la derecha, donde aparece un BT-5, un carro ligero que se mantuvo operativo durante todo el conflicto aunque el protagonismo se lo llevó el omnipresente T-34. Como ven, no lleva cadenas, y es que la serie BT (Bystrohodnyi tank, tanque ligero) estaba equipada con un tren de rodaje que podía funcionar con o sin las mismas. Este sistema tenía sus ventajas ya que, cuando había que circular sobre carreteras o caminos compactos, en menos de una hora se podían desmontar las cadenas, estibarlas sobre el casco y circular como un vehículo convencional. Esto proporcionaba un mayor confort de marcha y alcanzar más velocidad. Para ello, el piloto disponía de un volante convencional, que se conectaba a la dirección de forma que las ruedas delanteras girasen como las de un automóvil, como vemos en la rueda marcada de rojo. Cuando se colocaban las cadenas, el carro circulaba con las dos palancas de siempre. ¿Qué por qué no se usó ese sistema en el T-34, que usaba la misma suspensión Christie? Fácil: la cadena del T-34 pesaba unos cientos de kilos más, lo que requeriría horas para efectuar el cambio.

CURIOSIDAD 2.

¿Nunca se han preguntado qué leches es esa barandilla que se ve en las torretas de algunos carros? Bueno, pues no es una barandilla, es la antena de la radio. Rarita, ¿no? Pozí, pero tenía su razón de ser, aunque era tan chorra que se acabó suprimiendo. Con esa antena circular se pretendía que no fuera visible, como podría ocurrir con una antena convencional. En realidad, una antena apenas se distingue en la lejanía, de modo que acabaron eliminando la pseudo-barandilla. Pero observen que, de todos los carros de la foto, solo lleva la antena el primero. El resto no. ¿Por qué? Pues porque la escasez de equipos de radio obligó a que solo los carros de mando de las compañías estuvieran equipadas con las mismas hasta bien avanzada la guerra. ¿Y cómo se comunicaban con los demás carros de la unidad? Ahora lo vemos...

CURIOSIDAD 3:

La carencia de radios había que suplirla con el sistema antiguo: a base de banderas. Observen el fulano de la foto. En cada mano lleva una bandera, una blanca y otra colorá. Así pues, cuando el comandante de la compañía tenía que dar órdenes a sus carros tenía que asomarse por la escotilla con sus banderitas y ponerse a menearlas, dando por sentado que los jefes de carro de la unidad estarían pendientes de sus indicaciones. Si alguno estaba en Babia, pues se liaba parda. Obviamente, éste sistema no era en absoluto fiable, pero era lo que había. Por el contrario, los sofisticados carros de los malvados tedescos sí estaban provistos de radios cojonudas para no tener que asomar medio cuerpo por la escotilla y arriesgarse a que una ráfaga de ametralladora lo friese bonitamente.

CURIOSIDAD 4.

Precisamente para poder asomarse sin que les endilgasen un balazo, las escotillas de muchos carros soviéticos se abrían al revés. Cuando lo habitual era hacia atrás o hacia un lado, las de los T-26, los BT y los T-34 se abrían hacia adelante. Aunque en la foto anterior podemos observarlo, en ésta queda más claro. La imagen muestra tres T-34 modelo 41/42, provistos de una única escotilla que actuaba como un auténtico escudo para los tripulantes de la torreta. Pero la protección les costaba ver dificultada la visión hacia adelante, como queda claro en la foto. En todo caso, la escotilla permitía al comandante de una compañía agitar sus banderitas sin que un francotirador le metiera una bala en el cráneo.

CURIOSIDAD 5.

Otro detalle en el que posiblemente hayan reparado: las asas distribuidas en el casco y la torreta, en éste caso de un T-34. Y no, no eran para estibar equipo extra, sino probos homicidas. No había estándares en cuanto a su forma o distribución sobre el vehículo y, de hecho, ni siquiera se colocaban en las fábricas, sino a nivel de unidad. De ahí que la mayoría sean lo que vemos en la foto: redondos burdamente curvados, soldados y colocados al antojo del personal. Ojo, solo verán éste accesorio en los carros soviéticos. En los de otros ejércitos no aparecen. ¿Por qué? Pues ahora lo vemos...

CURIOSIDAD 6.

Una de las máximas de los manuales del Ejército Rojo era que los carros no debían atacar sin apoyo de la infantería. Sí, puede parecer una chorrada que los poderosos carros de combate necesiten el apoyo de mogollón de probos homicidas canijos y llenos de piojos para no ser destruidos, pero todo tiene su explicación. Un carro es como un rinoceronte, que es una bestia imparable pero ve menos que un gato de escayola. Ante un ataque en masa, los malvados enemigos se apostaban en pozos de tirador o escondrijos que les permitían pasar desapercibidos para, llegado el momento, endilgarles una mina magnética o un chupinazo con un Panzerfaust. Precisamente para evitarlo, los carros iban acompañados de infantería cuya misión era neutralizar a los enemigos mientras que los rinocerontes arrollaban las líneas tedescas. Y para poder trasladar hasta el campo de batalla su dotación de defensores servían esas asas a fin de no irlos perdiendo por el camino que, por lo general, no tenía precisamente la superficie uniforme de una autovía. En la foto vemos un T-34 atestado de infantería trepando por una pendiente camino del matadero. Por lo general, la dotación reglamentaria de infantes de cada carro era de seis hombres, aunque en modo alguno se respetaba a rajatabla.

CURIOSIDAD 7.

Puede que más de uno haya reparado en que no son raras las fotos en las que aparece un KV-1 o su hermano mayor, el KV-2, con las cadenas flojuchas, colgando de los rodillos de retorno como el de la foto. Esto no se ve en los carros con suspensión Christie, pero sí en las convencionales. El motivo de aflojar la tensión de la cadena era que la acumulación de fango las sacase de las ruedas tractoras o tensoras. En un territorio como el ruso, en el que las lluvias o la nieve convertían el terreno en inmensos cenagales, era un problema bastante serio, y ver un batallón de carros inmovilizado y expuesto al fuego enemigo por culpa del barro asaz enojoso. Pero la madre del cordero la tenemos en el detalle de la foto, un accesorio invisible y que nadie conoce salvo que sepa de su existencia: es una cuña soldada al casco junto a la rueda tractora que actuaba como una cuchilla para eliminar la plasta de barro adherida a la cadena. Si a eso sumamos que el bailoteo de los rodillos de retorno facilitaba escupir el fango, pues tenemos que era menos probable ver como una cadena de una tonelada de peso se saliese de su sitio, dejando el carro vendido al enemigo.

CURIOSIDAD 8.

Otra imagen bastante recurrente es la que vemos a la derecha: carros soviéticos cubiertos por parrillas bastante cutres fabricadas de forma artesanal con malla sobre bastidores metálicos o incluso somieres de camas robados de casas alemanas. Pero, ojo, este accesorio solo aparece en las postrimerías del conflicto, cuando los combates se desarrollaban en muchas ocasiones en el interior de las ciudades y había que luchar casa por casa. En éstos casos, el enemigo no eran veteranos homicidas de la Wehrmacht o las SS, sino fanáticos nenes de las Hitlerjugend ávidos de palmarla por su amado ciudadano Adolf o vetustos abuelos del Volkssturm ávidos por perder de vista de una vez al ciudadano Adolf. En estos casos, los probos homicidas del padrecito Iósif se preocuparon bastante al ver como desde cualquier ventana, montaña de escombros o respiradero de un sótano salía el cohete de un Panzerfaust y aniquilaba el carro que encabezaba la formación por una calle, dejándola bloqueada y a sus cuñados expuestos a ser también víctimas de los lanzagranadas enemigos. Con esa solución de circunstancias pudieron evitar que las cargas huecas no alcanzaran el casco o la torreta de sus carros, salvando así a muchos de ellos de ser destruidos y a sus tripulantes de verse reducidos a la condición de momias carbonizadas.

CURIOSIDAD 9.

Es posible que ésta la conozca más de uno, pero como es posible que haya más de dos que no tengan ni idea, pues la pongo. Hablamos de los troncos estibados en los guardabarros. Y esto no solo lo vemos en los carros soviéticos, sino en casi todos. Y no, no eran para reforzar el blindaje, ni para hacer fuego ni para liarse a palos con el enemigo si se acababan las municiones, sino para usarlos cuando el carro se atascaba en el barro, o sea, algo similar a las planchas que actualmente usan los todoterrenos cuando se ven en circunstancias similares. Si el fango atrapaba y cegaba las orugas, se echaba mano del tronco y se ponía debajo de las cadenas para que estas tuvieran donde agarrarse. Algo primitivo, pero bastante útil, la verdad...

CURIOSIDAD 10.

Otra imagen bastante recurrente es la de los depósitos de combustible externos. En la foto podemos ver un T-34/85 con la configuración habitual de dos depósitos en el costado derecho y uno en el izquierdo, lo que proporcionaba un total de 270 litros extra. No obstante, podían añadirse más, eliminarlos todos o colocar otros dos de forma cuadrangular en la parte trasera. Los dos cilindros que vemos en esta foto y que aparecen sobre los tubos de escape no son depósitos de gasofa, sino de fumígeno para crear una nube de humo a lo bestia si las cosas se ponían chungas y había que salir echando leches. Curiosamente, ésta solución de los depósitos externos solo la emplearon los hijos del padrecito Iósif, mientras que en los carros tedescos o aliados aparecen en la parte trasera mogollón de jerrycans de 50 litros para reponer gasofa.

En fin, criaturas, con estas diez curiosidades curiosas tienen para chinchar a sus cuñados diez veces antes de que les dejen la botella de Hennessy XO llena de aire. Si a pesar de todo las curiosidades no les hacen efecto, pues viertan un poco de lejía en el brandy. Sí, ya sé que es una infamia, pero todo sea por acabar con el miserable.

Bueno, vale de momento.

Hale, he dicho


viernes, 9 de diciembre de 2022

MÉTODOS DE EJECUCIÓN. EL POSTE AUSTRIACO

 

Ejecución mediante ahorcamiento en poste de Ferenc Szálasi el 12 de marzo de1946 en la cárcel de Budapest. Este pájaro, líder del partido Cruz Flechada y mandamás títere de los nazis en Hungría, fue apiolado junto a Gabor Vajna, Károly Beregfy y József Gera. Muestran el pecho desnudo tras haber sido auscultados por el médico para comprobar que habían pasado definitivamente a la historia

Una gente que se lo pasa divinamente bailando valses y jaleando con una sonrisa de oreja a oreja la Marcha Radetzky tooooooodos los primeros de año como si fueran parvularios contentitos, no pueden estar a favor de la pena de muerte. Y la cosa viene de tiempo atrás, cuando Viena se rendía ante el genio de Mozart y las óperas de Salieri. Ya por aquel entonces y, a pesar de que no era oro todo lo que relucía, eso de ejecutar malvados criminales no estaba bien visto. Ciertamente, las condiciones para aplicar el castigo supremo estaban bastante bien definidas, pero la tónica habitual era conmutar la pena por largas temporadas en la trena salvo para casos en los que el delito fuera especialmente horripilante. Ya en 1781, el emperador José II dictó una norma por la que todas las sentencias de muerte debían pasar por sus manos, y no se podrían aplicar sin su firma. Apenas seis años más tarde, la pena capital fue abolida... de momento. Hasta aquel entonces tampoco se puede decir que el método de ejecución estuviera minuciosamente detallado en las leyes en vigor. No había verdugos oficiales, por lo que la ejecución la llevaba a cabo cualquier ciudadano, bien porque se ofrecía para ello, bien por servir en la casa del noble en cuyos dominios se había perpetrado el crimen y le tocaba pasar el mal trago o incluso por policías. En resumen, la cosa ejecutoria no la tenían especialmente atendida, como sí ocurría en otros países.

Abramos un paréntesis para detallar de forma somera cómo estaba el tema judicial en aquella época. Ante todo, lo más significativo es que, como hemos dicho, no había un método de ejecución reglamentado. Como en muchos países de la época, la forma de acabar con el reo quedaba al arbitrio del juez, que obviamente solía aplicar la pena más cafre o más compasiva según el delito cometido. Así, las opciones eran por lo general el enrodado, la decapitación o la horca. Dichas ejecuciones no se efectuaban en el interior de las ciudades, sino a extramuros y en un lugar elevado- una loma o colina cercana- donde poder dejar al reo colgando para servir de pasto a la volatería carroñera de la comarca y, por supuesto, como escarmiento, que la letra con sangre entra. En otros casos se limitaban a enterrar al difunto allí mismo. Debido a su ubicación, los emplazamientos para las ejecuciones recibían el nombre de Galgenberg, que literalmente significa "monte de la horca", siendo usado el término horca en este caso como sinónimo de patíbulo, o sea, el lugar donde se aliñaba al personal indeseable para la sociedad. En la xilografía de la derecha podemos ver una representación de estos lugares de ejecución hacia el siglo XVI si bien la costumbre perduró bastante tiempo. Como se puede apreciar, en primer término aparece la horca, y detrás una rueda sobre un poste, que era como se exponían tras aplicar la sentencia a los desdichados que habían sufrido tan tremendo castigo. La horca, como vemos, es de suspensión, aún hoy día vigente en países donde los piadosos clérigos mahometanos y demás seres de luz aplican de forma implacable sus leyes medievales. En este caso, el reo era subido por la escalera, donde lo esperaba el verdugo. Tras colocarle el dogal en el cuello se limitaba a empujarlo y ahí te pudras. Luego hablaremos de los efectos del ahorcamiento. Cerramos paréntesis.

"Catálogo" de instrumentos de suplicio y muerte
que se podían ver en un Galgenberg. Entre ellos
vemos la picota

Bien, como decíamos, José II mandó al baúl de los recuerdos la pena capital, pero no se tardó mucho en tener que reinstaurarla porque, al cabo, el miedo al castigo es lo que tiene a raya a los malvados. Los disturbios que se desencadenaron tras la muerte del emperador y la entronización de su hermano y sucesor, Leopoldo, obligó a implantarla nuevamente para castigar los delitos de traición, si bien poco después se amplió a otros crímenes ordinarios. Leopoldo no duró mucho en este mundo, siendo sucedido por su hijo Francisco- segundo de su nombre- en 1792. Este hombre consideró que lo más sensato era mantener la pena capital. Al cabo, siempre convenía tener una herramienta persuasiva para meter las cabras en el corral a los criminales más criminales de todos los criminales. No obstante, los delitos susceptibles de ser castigados con la muerte quedaron relegados a los más execrables y perversos. Por aquella época ya debía practicarse el ahorcamiento en el poste, si bien no hay constancia de cuándo hizo su aparición. Por aportar una teoría de cosecha propia, pudo tener su origen mucho antes en la Pranger (picota) o Gack, donde se aplicaban los castigos físicos y, llegado el caso, se podría colgar a algún reo de uno de sus ganchos. En este caso, se le daba el nombre de schnellgalgen (horca rápida), y ciertamente no debían tardar mucho en poner un dogal en el pescuezo y dejar al reo colgando como una longaniza.

Sea como fuere, la cosa es que en 1870 se estableció el ahorcamiento como forma de pena capital, eliminando los refinados y cruentos métodos que aún perduraban incluyendo la rueda y dejando la decapitación para sus primos tedescos. Así mismo, se designaron cinco prisiones donde llevar a cabo las ejecuciones, que serían efectuadas por verdugos profesionales que cobraban 800 florines anuales más una prima de 25 por trabajo cumplido. Dichos verdugos estarían destinados a las cárceles de Viena, Praga, Budapest, Osijek y Graz. Tras la Gran Guerra, la pena capital fue nuevamente abolida para ser reinstaurada una vez más por el canciller Engelbert Dollfuss el 11 de noviembre de 1933. El primer reo no tardó mucho en ser ejecutado, concretamente el 1 de enero del siguiente año. Se trataba de un tal Peter Strauss, condenado por incendiario y finiquitado por el nuevo verdugo, Johann Lang, sobrino de Josef y seguidor de la saga verduguil de la familia.

El instrumento original era un chisme más básico que la sesera de un político, y con los mismos mecanismos que un chupete. Consistía en un poste de alrededor de 2'20-2'50 metros de alto por unos 30 cm. de ancho y unos 15 de grosor en cuyo extremo había un gancho o un pivote donde enganchar la cuerda y nada más. El reo era colocado dando la espalda al poste y se le subía en un taburete o una pequeña plataforma. A continuación, el verdugo se encaramaba en una escalera de mano o un estrado de dos o tres escalones y se colocaba tras el poste. Colocaba el dogal en el cuello del reo y enganchaba el extremo opuesto en el poste. A su señal, sus ayudantes aupaban al reo y quitaban el taburete, para a continuación soltarlo. La caída era de apenas 15 o 20 cm. Generalmente, su propio peso era suficiente para cerrar el dogal y cortar en seco el riego sanguíneo al cerebro, como ya hemos explicado en otra entrada. Para ello, se usaban cuerdas de escaso diámetro fabricadas de cáñamo hervido, un material muy poco o nada flexible para impedir que amortiguase la caída. Algunos verdugos, como Josef Lang, el titular de la plaza de Viena entre 1900 y 1918, engrasaban y enjabonaban la cuerda para que corriera sin trabas por el nudo y se cerrase contra el cuello rápidamente. Más adelante, y para acelerar la muerte del reo, los ayudantes tiraban de él hacia abajo agarrándolo por los hombros o bien tirando de una soga que, previamente, le había sido anudada a los tobillos y pasada por un perno que vemos en la parte inferior del poste.

Todo esto provocaba la consabida anoxia cerebral que dejaba al reo inconsciente casi al instante, sobreviniendo la muerte al cabo de cuatro o cinco minutos, cuando el cerebro muere definitivamente por falta de oxígeno. Durante ese tiempo el sujeto no se daba cuenta de nada (se supone, porque ninguno volvió para contarlo), y los escasos movimientos que hacía eran espasmos involuntarios. En contadas ocasiones, la constitución física del reo podría alargar un poco más el proceso. Un hombre enjuto y de poca masa corporal podría no quedar inconsciente de momento, así que le tocaba pasar un muy mal rato mientras que las vías respiratorias y los vasos sanguíneos se iban bloqueando. Con todo, según los testimonios de la época, en el peor de los casos no solían tardar más de un minuto en perder el conocimiento. Eso sí, el minuto sería eterno. Una vez que el verdugo constataba que el reo ya había palmado lo indicaba al médico, que era el encargado de certificar oficialmente el deceso. En la foto superior podemos ver el resultado de una ejecución en poste, llevada a cabo en la persona de Fabio Filzi en julio de 1916 a manos de Lang. No debe extrañarnos la presencia de tanto militar ya que la horca se incluyó en el repertorio ejecutor del ejército junto al fusilamiento. Además, Filzi, junto a Cesare Battisti fueron condenados por alta traición por haberse alistado en el ejército italiano cuando, en aquel momento, por su lugar de nacimiento eran austriacos.

En todo caso, el verdugo podía acelerar la muerte del reo rompiéndole el cuello a mano. En la foto vemos dos secuencias de la ejecución de Ferenc Szálasi que nos muestran el momento en que los ayudantes lo aúpan mientras que el verdugo asegura el dogal al poste. Tras soltarlo una vez retirada la plataforma, el verdugo agarra la cabeza de Szálasi para finiquitarlo con prontitud. Por cierto que, como se puede ver, estos probos homicidas no seguían la moda tedesca a base de chisteras y levitas. Van vestidos con ropa de calle corriente y moliente, y nada en su aspecto podía hacer suponer cuál era su siniestro oficio. Finalmente, tras quedar claro que el reo había muerto le sería descubierto el pecho para que el médico lo corroborase. Fin de la historia.

Por lo demás, cuando había que efectuar varias ejecuciones no se usaba el mismo poste para todas, sino que se plantaban tantos como reos. Como vemos en la foto, perteneciente a los preparativos del ajusticiamiento que vemos en la imagen de cabecera, se erigieron cuatro postes para otros tantos reos, los cuales no eran ejecutados de forma simultánea, sino uno tras otro. Tras la desaparición del imperio austro-húngaro, los nuevos países surgidos de su antiguo territorio o área de influencia siguieron usando el poste, pero con variaciones en el proceso de la ejecución. En Serbia, por ejemplo, los reos que esperaban su turno no podían presenciar el ahorcamiento del que les precedía, mientras que en Hungría tenían que contemplar como sus compañeros de suplicio palmaban uno tras otro. Tras certificarse la muerte se les cubría el rostro con una capucha y se les dejaba una hora colgando para evitar resurrecciones inesperadas.

Posteriormente se hicieron diversas modificaciones en el poste para hacerlo más eficaz a la hora de acabar con el reo con la máxima prontitud. Como vemos en la ilustración, el gancho pasó al frontal del poste, mientras que en la parte superior se instaló una polea. Otra similar iba situada en el extremo inferior, embutida en una mortaja practicada en el poste, que también vio aumentada su altura hasta los 3 metros. La posición del verdugo también cambió de lugar, pasando de atrás al lado derecho, hacia donde se había desplazado el gancho. En este modelo, la preparación del reo era un poco más larga, pero sus efectos eran fulminantes y de eso hay testimonios cinematográficos obtenidos de las ejecuciones de diversos mandamases nazis a los que ajustaron las cuentas tras la derrota. El proceso era como sigue: el reo era colocado de espaldas al poste, momento en que se le ataban los tobillos con una soga que era pasada hacia atrás por la polea inferior. A continuación se le ceñía al pecho un ancho cinturón de cuero o lona abrochado con una hebilla situada bajo la axila izquierda; el cinturón estaba a su vez unido a otra soga que se pasaba por la polea superior. Una vez preparado, los ayudantes lo izaban. Veamos la secuencia completa con el temible SS-Obergruppenführer Karl Hermann Frank como protagonista, al que los checos enviaron al puñetero infierno a hacer compañía a su predecesor, el aún más temible Reinhard Heydrich. La ejecución tuvo lugar el 22 de mayo de 1946 en la prisión de Pankrác, donde tantos checos habían padecido la tiranía nazi...


Foto 1: Uno de los ayudantes del verdugo ata los tobillos de Frank y pasa la cuerda hacia atrás.

Foto 2: A continuación se le ciñe el cinturón al pecho, y la cuerda se pasa por la polea superior. Los ayudantes tiran de ella y suben al reo hasta el extremo del poste.


Foto 3: El verdugo, en este caso un policía, pasa el dogal por el cuello del reo y sujeta el extremo al gancho. Como vemos, lleva puestos unos guantes blancos.

Foto 4: Llega el momento decisivo. El verdugo empuja hacia arriba la cabeza de Frank y, en ese instante, sus ayudantes sueltan la soga. El reo cae bruscamente, descendiendo alrededor de medio metro. En la filmación se aprecia claramente el frenazo en seco. Los ayudantes agarran la soga inferior y tiran con fuerza para acelerar la dislocación de las vértebras y la asfixia.

Foto 5: El verdugo no deja de empujar la cabeza hacia arriba. Aunque parezca que, en realidad, le está tapando la boca y la nariz para impedirle respirar, esta maniobra tiene otro cometido: favorecer el dislocamiento de las cervicales. De hecho, en un momento se ve como mueve la cabeza a ambos lados. Frank levanta un poco el brazo izquierdo, pero el tiempo transcurrido desde la caída hasta la inmovilidad absoluta apenas dura 10 segundos, y en ningún momento se aprecian gestos de dolor o espasmos en el reo. La pérdida de conocimiento ha sido prácticamente instantánea.


Foto 6: Frank ha palmado sin decir ni pío. El verdugo suelta el cinturón y lo deja colgando de la soga. 

Foto 7: Vemos como los ayudantes (uno de ellos permanece oculto tras el poste) siguen tirando con fuerza de la soga inferior. El verdugo se quita los guantes, que a continuación arrojará delante del poste.


Foto 8: Por último, el médico comprueba que el reo está más muerto que Carracuca. Primero le ausculta el pecho, y luego le toma el pulso. Frank ha palmado definitivamente,

Foto 9: En esta foto vemos la conclusión del ahorcamiento de otro nazi de postín, el SS-Obergruppenführer Kurt Daluege, liquidado también en Pankrác el 24 de octubre de 1946. El fotograma muestra el momento en que el verdugo arroja los guantes al suelo con cierto aire de desprecio. Los ayudantes siguen tirando de la soga inferior, por si las moscas.

Ejecución de László Endre en Budapest
el 29 de marzo de 1946. La foto muestra
como el verdugo disloca el cuello del reo
mientras que sus ayudantes tiran con fuerza
de la soga. La flecha marca el perno donde
estaba situada
En fin, así funcionaba el poste austriaco. Tras los ajustes de cuentas con los malvados nazis y sus lacayos de Hungría, Checoslovaquia, etc., este método fue recuperado una vez que terminaron los procesos llevados a cabo por los aliados. En Austria, el último reo en pasar por el poste fue Johann Trnka, ajusticiado el 24 de marzo de 1950 en Viena por haberse cargado a dos abuelitas candorosas a las que quería robar. La pena de muerte en Austria fue abolida en febrero de 1968. En Yugoslavia, se siguió empleando junto al fusilamiento hasta 1959. En Checoslovaquia perduró hasta 1954, cuando fue sustituido por una horca más convencional formada por un travesaño entre dos postes. El reo era colocado sobre una trampilla que era accionada desde una habitación contigua a la cámara de ejecución. Donde más tiempo estuvo operativo el poste fue en Hungría. La última ejecución con este método se efectuó el 14 de julio de 1988 en la persona de Ernő Vadász, un mal bicho condenado a muerte por torturar y asesinar a un hombre. También fue el último reo ejecutado en ese país, donde fue abolida la pena capital dos años más tarde.

Y, finalmente, la cuestión acerca de cómo muere un reo por ahorcamiento. Como es evidente, los estudios realizados se basan en hipótesis que, salvo que se invente como resucitar a los difuntos, no podrán ser corroboradas de forma fehaciente. Con todo, las autopsias realizadas en los cadáveres, así como la observación del proceso hasta comprobar la muerte del sujeto, permiten al menos establecer una base bastante sólida para hacernos una idea.

Ante todo, nos ceñiremos al ahorcamiento en suspensión. Los de caída media o larga seguido por los anglosajones no entran en esta cuestión ya que, en esos casos, salvo que ocurra algo raro el deceso se produce por dislocación de las cervicales y rotura de la médula espinal. En el caso que nos ocupa, a pesar de que la caída  es mínima o casi nula, el dogal se cierra como un cepo sobre el cuello debido al mismo peso del reo. Se ha calculado que basta una fracción de segundo (algo tan mínimo como 0'02") para que la cuerda apriete una cosa mala. Se supone que el reo podría sentir un agudo dolor por el estiramiento de las vértebras, así como por la acumulación de sangre en la cabeza, siempre y cuando no se produzca una rotura de la médula espinal. Sin embargo, ese dolor apenas duraría medio segundo antes de que el sujeto perdiera el conocimiento. Y ojo, no debemos confundirnos cuando nos dicen que un ahorcado palma en 5 minutos, pensando que durante ese tiempo permanecería totalmente consciente y sufriendo una indescriptible agonía. El cerebro tarda un tiempo en apagarse, como ya se ha explicado. Durante ese tiempo, algunas funciones vitales seguirán funcionando, y el corazón puede seguir latiendo, pero el proceso es imparable y el reo ni siente ni padece porque su sistema nervioso se ha ido al garete. De hecho, ahí tienen al ciudadano Frank en la mesa de autopsias. Observen su rostro amoratado por la acumulación de sangre venosa en la cabeza. No muestra signos de dolor, sino más bien de un sueño placentero. La profunda marca del dogal nos demuestra que la presión que ejerció sobre el cuello bastó para apiolarlo de inmediato, a lo que colaboró el verdugo dislocándole las vértebras. Resumiendo, la horca es bastante más eficaz y rápida que métodos más modernos como la cámara de gas, la silla eléctrica y, por supuesto, la controvertida inyección que ha dado ya mucho que hablar por el sufrimiento que produce, aparte del interminable proceso de preparación del reo desde que entra en la cámara de ejecución hasta que le inyectan las porquerías esas. Nada que ver con los escasos segundos que Pierrepoint tardaba en colgar a un condenado, o los que se tomaba Reichhart para descabezar a un cuñado enemigo del estado.

Bueno, ya me he enrollado bastante. S'acabó lo que se daba.

Hale, he dicho

"Mártires de Arad", obra de Thorma János. La escena representa el ahorcamiento del primero de los nueve oficiales del ejército austriaco que fueron condenados por traición y ejecutados el 6 de octubre de 1849. Otros cuatro habían sido fusilados poco rato antes. Como vemos, cada poste espera a su usuario, los cuales aguardan su turno junto a los curas un poco bastante acojonados

martes, 29 de noviembre de 2022

JOHANN REICHHART, EL VERDUGO POLIVALENTE

Ciertamente, las ideologías tóxicas manchan todo lo que tocan. Por ejemplo, cuando se habla del ejército alemán de la 2ª Guerra Mundial el cuñado de turno suelta la perla de "el ejército nazi", como si todos sus componentes fueran fervientes seguidores del ciudadano Adolf. Lo mismo ocurre con nuestro probo ejecutor protagonista de este articulillo por lo que, cuando sale a relucir, de inmediato se le considera como un eficiente verdugo nazi. Sin embargo, Reichhart ya ejercía su siniestro oficio cuando el ciudadano Adolf no era más que un ex-combatiente que bicheaba en los tugurios tedescos en busca de elementos subversivos, y el NSDAP no era más que el DAP a secas dirigido por Anton Drexler, e incluso lo siguió ejerciendo cuando el ciudadano Adolf se había convertido en un torrezno carbonizado a medias y su Reich de los Mil Años ya era historia. De hecho, nuestro hombre tenía la mentalidad propia de un funcionario que da por sentado que su oficio es absolutamente necesario para mantener el orden social y culminar los procesos judiciales. No era un sádico que se regodeaba ejecutando reos y, de hecho, durante toda su carrera y tras su jubilación padeció numerosas depresiones precisamente porque la conciencia le pesaría más que un elefante bien criado. Reichhart, al igual que sus colegas foráneos Pierrepoint o Deibler, no se veía a sí mismo como un homicida a secas, sino como el último eslabón de la justicia, que era la que había puesto al reo en sus manos. Él no lo mataba por placer ni porque le diera la gana, sino porque un juez así lo había decidido. Por lo tanto, no se consideraba responsable de la muerte del condenado, sino un mero brazo ejecutor del estado. Otra cosa es el motivo que lleve a alguien a sacar la carrera verduguil, y más de uno dirá que, como nadie les obligó a ejercer semejante oficio, pues eran unos malvados intrínsecos. Lo que no piensan a la hora de juzgarlos es el contexto social, familiar o económico que les tocó vivir y, como es habitual hoy día, lo ven todo bajo el prisma de nuestra época y no de hace 100 años, cuando estos hombres decidieron convertirse en "ejecutores de sentencias", como se intitulaba nuestro verdugo patrio Bernardo Sánchez Bascuñana, verdugo de la Audiencia de Sevilla desde 1949 hasta que palmó en 1972.

Guillotina Mannhardt modificada que se usó en
la prisión de Stadelheim, en Múnich. Como se
puede ver, carece de tablero basculante. La chapa
del bastidor se añadió para ocultar la cuchilla de
la vista del reo
Por lo tanto, debemos despojarnos de nuestros prejuicios y de la moralina que muchos sacan a relucir cuando se tratan estos temas y, antes de tachar a Reichhart como un nazi sanguinario, detenerse a indagar un poco sobre su trayectoria laboral y vital. Así, más de uno puede que se sorprenda cuando le diga que se preocupó de modificar su herramienta de trabajo para abreviar al máximo el momento supremo, de forma que el reo apenas tuviese tiempo de enterarse de nada. Para ello, suprimió la tabla basculante en la que se inmovilizaba al reo (véase el artículo sobre la Fallbeil), lo que conllevaba un tiempo que hacía la espera absolutamente terrorífica. Para agilizar el trance, en cuanto se descorría la cortina negra que ocultaba la máquina mientras se leía la sentencia y demás chorradas protocolarias, los dos ayudantes cogían en volandas al reo, lo tumbaban boca abajo y cerraba el cepo que le aprisionaba el cuello. En ese instante, Reichhart liberaba la cuchilla y se acabó lo que se daba. Cuando, con voz solemne, anunciaba que "la sentencia se ha cumplido", no habían transcurrido ni cinco segundos. Del mismo modo, incluso llegó a proponer la implantación de la horca anglosajona, lo que fue rechazado porque a los picatostes del ministerio de Justicia, que esos sí que eran nazis diplomados o lo disimulaban muy bien, les parecía un sistema menos humillante y compasivo para el reo. Por lo tanto, prefirieron mantener el método aparentemente brutal de colgarlo de un gancho como si se tratara de una res en el matadero. Para los que desconozcan esta forma de ejecución, quizás convenga abrir un paréntesis y detallarla.

Fotograma de la cinta "13 minutos para matar a Hitler" (2015), donde
nos muestran con crudo realismo la ejecución del ex SS-Gruppenführer
Arthur Nebe en la cárcel de Plötzensee el 21 de marzo de 1945 por su
implicación en el atentado contra el ciudadano Adolf el 20 de julio
del año anterior 
Los ahorcamientos llevados a cabo en las cárceles tedescas eran burdos, primitivos, aún más siniestros que los que se realizaban en la isla mohosa de Albión (Dios maldiga a Nelson), en sus antiguas colonias de ultramar o cualquier otro país donde se tuviera la horca como sistema penal. De hecho, ni siquiera se usaba un patíbulo, y la ejecución tenía lugar en una sala vacía en la que se habían dispuesto uno o varios ganchos similares a los de los mataderos. El reo era llevado a dicha sala y, sin más historias, era aupado por el ayudante del verdugo, en estos casos seleccionados entre homicidas especialmente forzudos. Entonces, el verdugo, que esperaba en una pequeña escalera, ponía en el cuello del sujeto un dogal hecho con una cuerda de piano o un cable de acero, tras lo cual el forzudo soltaba al reo. En teoría, al no haber caída y, por ende, dislocamiento de cervicales, el sujeto palmaba a causa de un estrangulamiento que se prolongaría lo suficiente como para causar una muerte terriblemente agónica. 

Secuencia de la película anterior en el que vemos al médico
comprobando que Nebe ya ha causado baja definitiva
Pero, en realidad, la tremenda presión ejercida en el cuello por el dogal cortaba de inmediato la circulación sanguínea al cerebro, haciendo que el reo quedase inconsciente casi al instante y muriendo por anoxia en tres o cuatro minutos en los que, obviamente, no se daría cuenta de nada. Así pues, la "horca nazi" no era más cruel en sí misma, sino más humillante. El reo quedaba colgado como una longaniza mientras los asistentes esperaban un tiempo prudencial hasta que el médico presente certificaba que el músculo cardíaco del desdichado se había gripado definitivamente. A continuación era descolgado y enviado a la facultad de medicina para ser objeto de estudio. Sí, en la Alemania del ciudadano Adolf los reos de muerte eran por ley enviados para satisfacer la demanda de cuerpos con los que los estudiantes de medicina aprendían los entresijos del organismo, y solo si la familia lo solicitaba se les entregaba el cuerpo. Los reos de traición y los enemigos del estado solo podían ser retirados previa autorización de la Gestapo.

Bien, creo que tras este introito habrá quedado claro que Reichhart no tenía más vinculación con el nazismo que el hecho de haberse afiliado al partido en 1937, como hicieron mogollón de funcionarios por la cuenta que les traía. Al cabo, y nos guste o no, el ciudadano Adolf era el canciller legalmente establecido, y todo aquel que currase para el estado tenía que ceñirse a lo que el estado disponía porque no era plan de verse puesto en entredicho en una época y un país donde eso podía costarle a uno serios disgustos. Y dicho esto, vamos al grano...

Hasta la introducción de la guillotina, los útiles para decapitar en
los estados germanos eran el hacha y, sobre todo, la espada. Como
vemos en el grabado, el reo se iba de este mundo cómodamente
Johann Baptist Reichhart aterrizó en este atribulado mundo el 29 de abril de 1893 en Wichenbach, una pequeña aldea situada entre Wörth an der Donau y Tiefenthal, en Baviera, a orillas del Danubio. Sí, uno de esos parajes que te dejan embobado y que tanto salen en las edulcoradas pelis de Sissi. Desde el siglo XVIII, su familia venía ejerciendo de Scharfrichter, que en cristiano significa verdugo. Como complemento a su oficio, ya que cobraban por ejecución consumada e igual ganaban un pastizal al año que no veían un duro, compaginaban dicho oficio con el de Wasenmeister (literalmente, maestro de los prados), un trabajo cuyo cometido era eliminar las reses muertas en las granjas, así como los bichos que aparecían en los caminos y ciudades para impedir la propagación de enfermedades. El Wasenmeister se los llevaba para enterrarlos o incinerarlos ya que su carne no se consideraba apta para el consumo humano, pero no sin antes aprovechar todo lo aprovechable del animal, desde la piel a la grasa para fabricar jabón o el pelo para fabricar fieltro. Al ser ambos unos oficios tenidos por degradantes, los verdugos y su complemento laboral solían ser trabajos muy endogámicos que pasaban de padres a hijos, e incluso se matrimoniaban entre personas con cierto parentesco porque el personal no quería relacionarse con esta gente tan siniestrilla.

El tío Franz (a la izquierda) cuando eran ayudante del verdugo
oficial de Baviera, Joseph Kisslinger, en la cárcel de Würzburg
Cuando Johann nació, su tío Franz Xaber ya ejercía como Nachrichtergehilfe (ayudante del verdugo) del Reino de Baviera. Era un personaje curioso el tío Franz... Con jeta de tedesco bonachón y orondo, era un ciudadano sumamente piadoso y con una profunda fe hasta el extremo de que, cuando palmó en 1934, legó todo su patrimonio a la Iglesia y costeó la construcción de la pequeña capilla ubicada en un paraje llamado Monte de los Olivos, en Falkenstein. Más aún, era tan pío que, después de una ejecución, encendía una vela por el difunto y pagaba de su bolsillo una misa para que el infierno le fuera razonablemente soportable. El tío Franz, que ejerció como verdugo entre 1894 y 1924, con 73 tacos a cuestas y 58 cabezas cortadas decidió que era hora de dar de mano y retirarse, no sin antes ofrecerle el puesto a su sobrino Michael, el hermano mayor de Johann. Pero a Michael no le iba eso de descabezar ciudadanos por muy malas personas que fuesen, así que la oferta recayó en el joven Johann que, con 31 años, estaba ansioso por alcanzar una estabilidad familiar y económica. Tras haber servido como soldado raso durante la Gran Guerra y haber vuelto a casa entero e ileso, se buscó la vida como hostelero, vendedor ambulante de libros e incluso como profesor de baile. Sin embargo, la crítica situación en que había quedado Alemania tras la guerra no le permitió tener éxito en ninguno de los proyectos emprendidos, por lo que prefería asegurarse el futuro con un trabajo fijo.

Reichhart en sus inicios, vistiendo la indumentaria exigida a los
verdugos: chistera, levita y corbata de pajarita. Un ejecutor debía
vestir acorde a la tenebrosa solemnidad del momento
Así pues, por recomendación del tío Franz, nuestro hombre firmó su contrato verduguil con el 1er. fiscal del Tribunal Regional de Múnich I el 27 de marzo de 1924, no sin antes aprender todo lo aprendible acerca de su nuevo trabajo, practicando incluso con cadáveres. Apenas cuatro meses más tarde, el 24 de julio siguiente, Reichhart se estrenó como verdugo en la cárcel del distrito de Landshut descabezando a Rupert Fischer, un malvado parricida que se había cargado a la parienta en un avenate, seguido de Andreas Hutterer, su cómplice. En aquella época, los verdugos aún no tenían un salario fijo, sino solo un estipendio por ejecución que ascendía a 150 marcos más otros 10 al día en concepto de dietas más el transporte. Por otro lado, en toda Baviera había una sola máquina, la misma Mannhardt empleada por el tío Franz y que permanecía en la cárcel muniquesa de Stadelheim, por lo que cuando sus servicios eran requeridos en otra ciudad había que transportarla desmontada en ferrocarril. 

Guillotina Mannhardt. Obsérvese la
fijación de la cuchilla a la máquina
La máquina, cuidadosamente embalada en sólidas cajas de madera, era inspeccionada a fondo antes de partir, y se comprobaba que no faltase ni un tornillo. Junto a las piezas viajaba un juego de cuchillas que eran seleccionadas por el verdugo cuando veía la constitución del reo. Al parecer, Reichhart era especialmente intuitivo en ese aspecto, y siempre supo elegir la cuchilla más adecuada, la cual había que cambiar en caso de tener que ejecutar a más de un reo en el mismo día si bien esta operación no era nada complicada ya que la Mannhardt solo necesitaba aflojar cuatro tuercas para remover la cuchilla. Una vez en destino, se montaba la máquina y se comprobaba que funcionaba a la perfección. El debut de nuestro hombre salió a pedir de boca. No titubeó, no se acojonó, y sus ayudantes funcionaron como una máquina bien engrasada junto a la Mannhardt. Cuando la cabeza de Fischer cayó al recipiente, anunció que "la sentencia se ha cumplido" y todos contentos. El fiscal le dio varias palmaditas en el lomo y le auguró un gran porvenir. Y, ciertamente, parecía que por fin llegaba la seguridad económica y laboral que tanto anhelaba nuestro hombre, que veía cómo su país no salía del hoyo en el que había caído como consecuencia de la guerra y del nefasto Tratado de Versalles que los había empujado a la miseria más miserable.

Reichhart (a la derecha) en sus comienzos junto a sus
ayudantes y la Mannhardt de la prisión de Stadelheim.
Obsérvese al fondo la cortina negra que ocultaba la
máquina al reo hasta que llegaba el momento supremo
Los comienzos eran de lo más prometedores ya que en 1924 realizó siete ejecuciones, y nueve en 1925, pero a partir de ese año comenzaron a disminuir hasta el extremo de que en 1928 solo tuvo lugar una decapitación. El gobierno de la República de Weimar había decidido adoptar una política de benevolencia, supongo que para aliviar la enorme tensión social que se respiraba en Alemania. Obviamente, Reichhart vio sus ingresos reducidos prácticamente a cero, por lo que solicitó de las autoridades una remuneración que le permitiera al menos calentar el puchero. La última ejecución había tenido lugar el 20 de enero de aquel año, y para su sustento y el de su familia- su mujer y tres hijos- necesitaba un mínimo de entre 50 y 70 marcos semanales. El ministerio de Justicia comprendió el estado de penuria del verdugo estatal, así que le concedieron un pago especial de 500 marcos más la autorización para tener un oficio secundario que le permitiera ganarse la vida con un mínimo de dignidad. Así pues, decidió largarse a La Haya, en Holanda, donde montó una verdulería que comenzó a funcionar bastante bien, compaginando su vertiente comercial con viajes a su jurisdicción cada vez que era requerido para descabezar algún reo. Sin embargo, y a pesar de que mantenía su verdadero oficio en el más absoluto secreto, alguien se fue de la lengua y se supo quién era y a qué se dedicaba. Está de más decir que comprar hortalizas y frutas a un tendero que ejecutaba gente y, para colmo, era alemán, se hizo muy cuesta arriba a sus clientes. Reichhart pensaría que lo había mirado un tuerto, porque por mucho interés que ponía no había forma de lograr una posición estable. Así pues, a principios de 1933 decidió volver a Múnich para reiniciar por enésima vez su vida. No debía tenerlo fácil ya que tenía que alimentar cuatro bocas: la de la parienta y su prole, dos varones y una hembra llamados Heribert, Marianne y Hans, nacidos en 1922, 1925 y 1927 respectivamente.

Sin embargo, la mudanza coincidió con el ascenso al poder del ciudadano Adolf, y las cosas cambiaron radicalmente cuando, en junio de aquel mismo año, el estado le aseguraba unos ingresos anuales de 3.000 marcos, aparte del estipendio correspondiente por cada ejecución  consumada. Además, aunque nunca pudo alcanzar la condición de funcionario estatal, dejó de depender del estado bávaro para pasar a formar parte del personal del Ministerio de Justicia del Reich, que parecía dispuesto a aumentar de forma substanciosa los todeskandidaten que deberían pasar por las manos de nuestro hombre. El cambio de patrón le supuso además un aumento de 720 marcos a su salario, y su ámbito de trabajo se extendió a Sajonia.

Recreación de la cámara de ejecuciones de Stadelheim hacia 1943.
En este reino particular de Reichhart vemos la guillotina que permanecía
oculta tras la cortina negra de la imagen inferior. Una vez leída la
sentencia y cumplidos los trámites protocolarios, se descorría y el
reo era entregado al verdugo. Una vez consumada la ejecución, el
cuerpo era sacado por la puerta del fondo
Por otro lado, el perfeccionismo innato de Reichhardt y su escrupuloso sentido del deber causó muy buena impresión en sus nuevos jefes, que vieron en él un elemento de primera clase para desarrollar su política de represión contra los nuevos enemigos del estado. Esto hizo que, posteriormente, Reichhart fuera visto como un furibundo nazi cuando, en realidad, solo era un cumplidor obsesivo de su trabajo que no se preguntaba los motivos por los que cada reo había sido condenado, y le daban dos higas germánicas que fuera por asesinato, violación o, simplemente, por poner a caldo al ciudadano Adolf en plena calle. Él se consideraba un ejecutor de la justicia, y en aquel momento la justicia era la que dictaban los nazis. De hecho, sus antecedentes no eran precisamente los de un nacionalsocialista de primera generación ya que, durante la guerra, se sumó a la Liga Espartaquista, un movimiento revolucionario de ideología marxista que estuvo operativo entre 1914 y 1919. Así pues, nuestro hombre era en realidad un instrumento fiel y obediente que, de la misma forma que se puso al servicio de la República de Weimar, pues cuando cambiaron las tornas hizo lo propio con los nazis. En resumen, aunque no era un funcionario tenía la mentalidad de un funcionario que, para dar muestras de su entusiasmo y fidelidad, no dudó en apuntarse al NSDAP en mayo de 1937, posiblemente sin tener ni puñetera idea de qué iba la cosa. Reichhart solo tenía claro que los nazis le daban por fin trabajo en cantidad, y para él era lo único importante.

Tribunal Popular presidido por Freisler (en el centro). Este mismo
pájaro fue el que mandó a las horcas de Plötsensee a los implicados
en la Operación Walkiria, y a la guillotina de Stadelheim a los hermanos
Scholl y a Christoph Probst, ejecutados por Reichhart en febrero de 1943
El índice de condenas a muerte fue aumentando de forma notable por obra y gracia del Volksgerichtshof, el Tribunal Popular instaurado en 1934 que, además de juzgar delitos comunes, se hizo cargo de todo lo referente al derrotismo, subversión o para combatir a cualquier ideología que pudiera suponer un peligro para el estado nazi, especialmente los movimientos de izquierdas. Su más conocido miembro fue el furibundo Roland Freisler, que no dudaba en mandar a la muerte a jóvenes que apenas habían sobrepasado la mayoría de edad o, si hacía falta, a adolescentes. Un mal bicho era Freisler, ciertamente. En cuanto a Reichhart, el panorama se presentaba por fin de lo más alentador. El 25 de agosto de 1937, el Ministerio de Justicia del Reich reorganizó tanto el cuerpo de verdugos como su jurisdicción, creándose tres plazas de ejecutores y otros tantos territorios. Además, para facilitarles el trabajo se instalaron guillotinas en cada centro de ejecución, por lo que nuestro hombre pudo prescindir del Opel Blitz que, en un primer momento, le habían facilitado para que pudiera transportar su máquina de un lado a otro con más comodidad.

Ejecución en una Mannhardt. El proceso de inmovilización del reo
a la tabla basculante era tan angustioso para todos que, como ya se
ha dicho, Reichhart lo eliminó hacia 1939, colocando al sujeto
directamente sobre el banco
Así pues, el cuerpo de verdugos de Reich quedó constituido de la siguiente forma: Reichhart siguió ejerciendo en Baviera, con su "sede central" en Múnich, en la prisión de Stadelheim, además de las de Dresde y Weimar. A Ernst Reidel se le asignaron Plötzensee, Breslau y Königsberg, y a Friedrich Hehr, Hamburgo, Hannover, Colonia y Butzbach. Tras el Anschluss se agregaron Frankfurt y Viena a Reichhart. La prima por decapitación era de 40 marcos para los verdugos y de 30 para los ayudantes. En caso de tener que realizar varias ejecuciones en el mismo día se añadía un plus de 30 marcos por cabeza amputada y, caso de que tuvieran que desplazarse a más de 300 km. de su domicilio se añadían 60 marcos más. Está de más decir que se forraron por obra y gracia del afán decapitador del régimen, que hizo que Reichhart ganara solo en 1942 su salario anual más la friolera de 35.790 marcos extras por las 764 ejecuciones que llevó a cabo. Al año siguiente, esta cifra aumentó hasta los 41.748 marcos. Una... pasta... gansa.

Ejecución del SS-Haupstrumführer Heinrich
Jöckel por ahorcamiento de caída corta. Fue
liquidado en la prisión de Litomerice por los
"méritos" acumulados tras su desempeño como
comandante del campo de Theresienstadt
El período comprendido entre 1940 y 1945 fue fastuoso para nuestro hombre, que no daba abasto. En ese tiempo liquidó nada menos que a 2.805 reos que, ojo al dato, no fueron todos condenados por cuestiones políticas. Por la cámara de ejecuciones pasaban tipos de todos los pelajes incluyendo, además de enemigos del régimen, asesinos, contrabandistas, violadores, falsificadores, etc. Además, nuestro hombre tocaba todos los palos ya que, cuando el trabajo llegó a desbordarles, se recurrió a la horca para agilizar el ritmo de ejecuciones ya que los meticulosos funcionarios del Ministerio de Justicia sufrían episodios de ansiedad ante la perspectiva de que se acumulasen los cumplimientos de sentencias o que se demorasen. Así pues, nuestro hombre tuvo que ejercer de ahorcador cuando hizo falta, superando los 50 reos eliminados por este sistema. De ahí surgió, como comentamos anteriormente, el interés de Reichhart por establecer la horca de caída larga británica, que fue desechada por ser excesivamente humanitaria. Y, para completar sus habilidades, cuando se le sumaron las prisiones austríacas a sus dominios tuvo que efectuar las ejecuciones con el sistema propio del país, el ahorcamiento de caída corta en poste propio de Austria y países del antiguo imperio. A lo largo de su vida operativa, Reichhart acabó con la vida de 3.165 reos, de los cuales 2.805 lo fueron entre 1940 y 1945. Por cierto, en otro articulillo hablaremos con más detalle de todos los procesos seguidos en las ejecuciones, así como de los homicidas dedicados a estos menesteres.

Prisión de Plötzensee, en Berlín, sin duda, la cárcel que más se
identifica con el terror implantado por los nazis
Apenas faltaban días para que la guerra terminase y con los hijos del padrecito Iósif aporreando la puerta cuando las ejecuciones se seguían efectuando con implacable meticulosidad germánica. Un condenado debía sufrir su castigo sí o sí, de modo que nuestro hombre se vio prácticamente hasta el final dándole al manubrio de su máquina. De hecho, se tiene constancia de que el 16 de abril de 1945 aún se seguían practicando ejecuciones en la prisión de Plötzensee, donde Wilhelm Rottger, otro ejecutor sumado a la nómina del ministerio en 1940, se había convertido en una máquina de matar por mérito propio. Ya hablaremos de este prenda, descuiden...

Cámara de ejecución de Stadelheim cuando estaba a pleno
rendimiento. Por ahí pasaron más de 1.200 personas
El 30 de abril de 1945, los yankees ocuparon Múnich, y al Reich de los Mil Años se le terminaron las pilas de golpe. Reichhart optó por largarse a su casa en Gleiẞental, muy cerca de la capital, donde decidió quedarse quietecito a la espera de acontecimientos. Nuestro hombre tenía claro que, en sí, no había cometido ningún crimen ya que él se había limitado a cumplir su trabajo, pero ya sabemos que los aliados estaban muy irritados con los alemanes en general y los relacionados de alguna forma con su maquinaria política en particular. Y él, mal que le pesase, había formado parte de esa maquinaria. No andaba muy equivocado, porque unos días más tarde se presentó en su casa un piquete para arrestarlo y llevárselo a la prisión de Stadelheim que había sido su feudo durante tantos años. Sin embargo, su estancia en la misma apenas duró una semana. Su pecado, como el de millones de alemanes, se limitaba a haber pertenecido al NSADP, pero no encontraron nada para meterle un paquete, así que lo dejaron ir.

Patíbulos de Lansdberg
Sin embargo, la carrera verduguil de Reichhart aún no había concluido. Los yankees, a la vista de su expediente, consideraron que les vendría de perlas para echar una mano y colaborar con la extensa lista de criminales de guerra que, con seguridad, acabarían condenados a muerte en los procesos que se estaban cociendo. Así pues, se lo llevaron a la prisión de Landsberg, donde se habían construido dos patíbulos en los que, alternativamente, se iban ejecutando hornadas de nazis de segundo orden, mayoritariamente médicos de los campos de exterminio, así como comandantes y guardianes especialmente malvados de los mismos. En Landsberg, nuestro hombre compartió cartel con el sargento mayor Woods, y parece ser que fue el que instruyó al yankee en el arte del ahorcamiento porque, como ya narramos en su día, Woods inició su andadura como verdugo sin tener ni puñetera idea de qué iba la cosa. 

Reichhart deteniendo el balanceo de la soga que sujeta al reo
que acaba de caer por la trampilla
Y no crean que le faltó el trabajo a nuestro hombre, porque ejecutó a nada menos que 165 reos de todos los pelajes, mayoritariamente los SS que habían servido en los campos. No creo que Reichhart tuviera algún tipo de reparo a la hora de enviar al otro mundo a hombres que era pública y notoria su mala leche, y parece ser que incluso se llegaron a plantear designarlo para ejecutar a los mandamases condenados en Nuremberg. Sin embargo, el "honor" fue cedido a Woods, supongo que porque preferirían que fuera uno de los suyos el que acabara con la vida de los más elevados jerarcas del nazismo. Sea como fuere, la cuestión es que esta colaboración permitió a nuestro hombre subsistir en un momento en que a sus paisanos se les hacía muy cuesta arriba llevarse un mendrugo a la boca. Los yankees le pagaban sus servicios generalmente con comida enlatada, tabaco y bebidas alcohólicas, que en aquel momento eran artículos con más valor que los billetes de banco.

Un avejentado Reichhart durante el proceso. En esa foto
apenas tenía 51 años
Pero parecía que Reichhart no iba a poder disfrutar de un retiro apacible con los jugosos beneficios obtenidos durante su prolija carrera bajo el nazismo. En mayo de 1947 fue nuevamente arrestado por los yankees, siendo enviado al campo de Moosburg an der Isar, donde tenían a buen recaudo a personajes de segundo orden y a algunas de las parientas de los gerifaltes nazis por si aún conservaban algún tipo de nostalgia por el extinto ciudadano Adolf. El 13 de diciembre del año siguiente fue procesado en Múnich por su desempeño como verdugo, lo cual no dejó de causarle bastante perplejidad tanto en cuanto, como hemos dicho, él se consideró siempre un engranaje más de la maquinaria estatal cuyo cometido era culminar la actuación judicial. En su alegato afirmó rotundamente que "he ejecutado sentencias de muerte en la firme convicción de que sirvo al estado con mi trabajo y que cumplo con las leyes legítimas. [...] En el futuro, que los jueces ejecuten ellos mismos las sentencias de muerte". Y tenía más razón que un santo, qué carajo...

Reichhart durante el juicio. Lo cierto es que se le ve bastante
desmejorado, ¿no?
El 29 de noviembre de 1949 concluyó la vista y, sin embargo, sus razones no fueron suficientes para que el tribunal lo exonerase, así que le endilgaron dos años de trabajos forzados y la confiscación del 50% de sus bienes. La apelación de rigor dejó la cosa en un año y medio y la confiscación del 30% de sus bienes, así que lo soltaron porque la condena ya la había cumplido mientras permaneció arrestado. Y, por si fuera poco, le cayó una inhabilitación para ejercer cualquier cargo público, derecho al sufragio y hasta le prohibieron tener permiso de conducir y un vehículo propio, y como guinda del pastel tuvo que pagar los 26.000 marcos de las costas procesales. Total, lo dejaron tieso. Y por si el hombre no tenía bastante con quedarse en la ruina, su mujer lo mandó a paseo y su hijo menor Hans se suicidó en 1950, con apenas 23 años, bastante deprimido por haberse visto señalado durante toda su vida como el hijo del cortacabezas y por el siniestro oficio desempeñado por su padre durante tantos años.

Reichhart al final de sus días con uno
de sus chuchos
A partir de ahí, ya pueden imaginar que la vida de Reichhart no fue precisamente grata. Solo le quedó una modesta pensión de 220 marcos al mes como veterano de la Gran Guerra. Se instaló en Disendorf, cerca de Múnich, donde montó un criadero de Schnauzers. Llevó una vida solitaria y aislado de todos porque, como era habitual, nadie quería trabar amistad con un verdugo, y menos con uno que había trabajado para los nazis aunque, como ya sabemos, su carrera empezó antes de la llegada de los nazis al poder y concluyó precisamente ahorcando nazis. A sus miserias habría que añadir alguna que otra estancia en centros psiquiátricos a causa de las depresiones que venía arrastrando desde hacía años. Solo salió brevemente de su letargo en 1963 a raíz de la creación de la "Verein zur Wiederein einführung der Todesstrafe", una asociación a favor de la reintroducción de la pena de muerte en Alemania Occidental, donde había sido abolida en 1951, como consecuencia de una oleada de asesinatos que cabrearon bastante la gente. Sin embargo, su membresía en dicha asociación fue meramente testimonial y, probablemente, impulsada por algunos aprovechando su fama de eficiente verdugo. Pero, aparte de esta momentánea aparición, el resto de su vida transcurrió en un anonimato casi absoluto, rechazado por la sociedad a la que había servido.

En fin, criaturas, esta fue la vida de Johann Reichhart, tachado aún hoy día como un sanguinario y sádico nazi por los becarios que se dedican a elaborar artículos sensacionalistas que solo buscan lecturas en la prensa en línea. Sin embargo, como hemos ido viendo a lo largo del relato, nuestro hombre se limitó en todo momento a cumplir el trabajo encomendado, y hasta buscó la forma de reducir en lo posible la angustia de los reos para que afrontasen sus últimos instantes de la forma más rápida posible. Reichhart palmó el 26 de abril de 1972, cuando apenas le faltaban tres días para cumplir los 78 años. Murió en una modesta residencia para ancianos en Dorfen, siendo incinerado el 5 de mayo siguiente en el cementerio de Ostfriedhof, en Múnich. Sus cenizas fueron depositadas en el panteón familiar que vemos a la izquierda, donde también reposan los restos del tío Franz y los de sus tres hijos.

Bueno, aquí termina la historia. Espero que les resulte amena y, sobre todo, letal para sus cuñados.

Hale, he dicho

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Reichhart al comienzo de su andadura como verdugo junto a sus ayudantes y su herramienta de trabajo en un patio de la prisión de Stadelheim, donde llevó a cabo la mayoría de sus ejecuciones. Obsérvese la pulcra indumentaria de los tres hombres, especialmente la del verdugo jefe