Al hilo de la entrada anterior, creo que esta quedaría incompleta si no se explicase como funciona el proyectil que disparan esos chismes porque, indudablemente, quedaríamos a la altura del betún si el cuñado al que acabamos de apabullar con nuestros conocimientos sobre los bazookas se revuelve y, a modo de dentellada postrera como si se tratase de una bestia herida de muerte, nos pregunta acerca de los entresijos de los cohetes anticarro. Así pues, con lo que viene a continuación podremos asestarle el golpe de gracia definitivo, se dará de baja en la tele por cable y, con un poco de suerte, hasta es posible que decida que su existencia no tiene sentido tras visionar más de 13.200 documentales inútiles y se meta en la bañera con agua calentita para, finalmente, dejar caer dentro el secador. El secador enchufado, naturalmente. Si no lo está lo más que puede pasar es que se estropee el motor con el chapuzón y tenga que comprarse otro. Bueno, vamos al grano, pero antes de nada un poco de historia para ponernos en antecedentes...
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| Coronel Leslie Skinner (1900-1978) |
El padre de la criatura fue el entonces capitán Leslie Alfred Skinner, un inquieto e ingenioso ciudadano que sentía pasión por los cohetes desde su más tierna infancia. Llegaba a tanto su afición por esos chismes que ya de adolescente empezó a realizar sus propios diseños y a construir cohetes si bien, como podemos imaginar, con unos resultados un tanto mediocres, cuando no francamente desastrosos. Uno de ellos acabó prendiendo fuego a la techumbre del hospital donde su venerable progenitor, a la sazón médico cirujano militar, recomponía las maltrechas vísceras del personal o extirpaba sus malvados apéndices antes de que degenerasen en un fatídico cólico miserere. Tras graduarse en West Point prosiguió motu proprio con sus investigaciones sobre los dichosos cohetes, llegando incluso a desarrollar algunos diseños para usarlos como propulsores de aviones. En fin, que este probo cohetero había nacido para ser el creador del arma anticarro por antonomasia.
Para no dilatar el tiempo de estudio y diseño de una nueva arma, en septiembre de 1940 optaron por comprar a los british (Dios maldiga a Nelson) una serie de unidades de cohetes de 2 pulgadas que usaban desde tiempo atrás para armar barcos mercantes y proveerlos así de un arma antiaérea eficaz y que no requería de personal muy cualificado para su manejo, ya que se disparaban en lanzadores de 20 cohetes denominados pillar box. Sin embargo, estos proyectiles estaban concebidos para alcanzar distancias muy superiores a las habituales en un combate terrestre. De hecho, estaban provistos de una espoleta que los hacía detonar a los 4.500 pies (1.371 metros) de altura, por lo que su propelente se quemaba a una velocidad excesivamente lenta para un arma destinada a viajar unos cientos de metros a lo sumo antes de alcanzar el blanco. Por otro lado, se pudo comprobar que para lograr una precisión adecuada para su uso como arma anticarro el propelente debía arder por completo cuando aún estaba dentro del tubo, lo que evitaría posibles desvíos en la trayectoria a causa del viento, defectos en la combustión o cualquier otro factor externo. Además, si una vez fuera del tubo el propelente seguía ardiendo podía dejar al dueño del tubo convertido en un chicharrón como es lógico. Así pues, la pauta en lo tocante al "motor" del cohete quedó clara: debía contener un propelente capaz de arder de forma casi instantánea, como si fuera la pólvora de un proyectil convencional.
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| Charles E. Munroe (1849-1938) |
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| Tal que así era la carga explosiva ideada por Munroe |
Bueno, esta es grosso modo la historia de como se gestó y desarrolló el primer proyectil de carga hueca destinado a freír bonitamente los carros de combate tedescos que, a medida que avanzaba la guerra, eran cada vez más potentes y disponían de mayor blindaje. Dicho esto, para explicar como funcionaban estos cohetes pondremos como ejemplo el M6A1 que, según se explicó en la entrada anterior, entró en servicio junto al lanzagranadas M1A1. Según se comentó en dicha entrada, este chisme estaba destinado a sustituir el primero de la serie, el M1, y al que se eliminó la caja de contacto por unos muelles donde se envolvía directamente el cable que salía del cohete.
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| Secuencia de disparo en la que vemos desde la ignición del propelente hasta que el cohete impacta en el objetivo. Como se puede apreciar, el retroceso del arma es prácticamente inexistente |
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| Secuencia del impacto de un cohete M6A1 que recoge el momento en que el chorro de plasma entra dentro del vehículo blindado |
La capacidad perforante de esta granada era de 76 mm. en un blindaje de acero en ángulos de hasta 30º y, naturalmente, era aún más efectiva contra objetivos como fortificaciones de fábrica o madera, material este que podía penetrar hasta 23 cm. Por otro lado, el alcance del chorro de plasma era de unos 25 metros, si bien al impactar contra el suelo, y más si era con un ángulo acusado, sus efectos se veían minimizados, siendo comparables a los de una granada convencional de artillería de 75 mm. Precisamente para aminorar los devastadores efectos de las cargas huecas los tedescos, siempre tan creativos, idearon una solución de circunstancias que se mostró bastante eficaz, los Schürzen, que no eran más que unos faldones formados por chapas o mallas metálicas sustentadas mediante unos soportes y colocadas a una determinada distancia del vehículo para que, al impactar la carga hueca contra ellas, el chorro de plasma no afectara al mismo. Lógicamente, esto no era la panacea, pero al menos evitó la destrucción de muchos vehículos ya que los Schürzen protegían los laterales que, obviamente, eran el lugar preferido para hacer blanco.
Bueno, con esto terminamos. En otra entrada hablaremos de los distintos modelos de bazookas que estuvieron operativos por si algún cuñado especialmente correoso resiste estoicamente todo lo detallado en esta ocasión. Y como va siendo hora del yantar, pues me piro a llenar el buche porque, como siempre afirmo, SPIRITV SINE CORPORE FORTIS NIHIL ESSE, amén y tal.
Hale, he dicho
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