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domingo, 11 de febrero de 2018

Curiosidades: ¿Cómo funciona un proyectil de bazooka



Al hilo de la entrada anterior, creo que esta quedaría incompleta si no se explicase como funciona el proyectil que disparan esos chismes porque, indudablemente, quedaríamos a la altura del betún si el cuñado al que acabamos de apabullar con nuestros conocimientos sobre los bazookas se revuelve y, a modo de dentellada postrera como si se tratase de una bestia herida de muerte, nos pregunta acerca de los entresijos de los cohetes anticarro. Así pues, con lo que viene a continuación podremos asestarle el golpe de gracia definitivo, se dará de baja en la tele por cable y, con un poco de suerte, hasta es posible que decida que su existencia no tiene sentido tras visionar más de 13.200 documentales inútiles y se meta en la bañera con agua calentita para, finalmente, dejar caer dentro el secador. El secador enchufado, naturalmente. Si no lo está lo más que puede pasar es que se estropee el motor con el chapuzón y tenga que comprarse otro. Bueno, vamos al grano, pero antes de nada un poco de historia para ponernos en antecedentes...

Coronel Leslie Skinner (1900-1978)
El padre de la criatura fue el entonces capitán Leslie Alfred Skinner, un inquieto e ingenioso ciudadano que sentía pasión por los cohetes desde su más tierna infancia. Llegaba a tanto su afición por esos chismes que ya de adolescente empezó a realizar sus propios diseños y a construir cohetes si bien, como podemos imaginar, con unos resultados un tanto mediocres, cuando no francamente desastrosos. Uno de ellos acabó prendiendo fuego a la techumbre del hospital donde su venerable progenitor, a la sazón médico cirujano militar, recomponía las maltrechas vísceras del personal o extirpaba sus malvados apéndices antes de que degenerasen en un fatídico cólico miserere. Tras graduarse en West Point prosiguió motu proprio con sus investigaciones sobre los dichosos cohetes, llegando incluso a desarrollar algunos diseños para usarlos como propulsores de aviones. En fin, que este probo cohetero había nacido para ser el creador del arma anticarro por antonomasia.

Cañón anticarro M3 de 37 mm. Con un peso de casi media tonelada y entre
4 y 6 servidores más un vehículo de tracción, sus prestaciones eran inferiores
a las de un simple bazooka manejado por un solo hombre
En 1933, el ejército empezó a mostrar cierto interés por el uso bélico de los cohetes pero sin tener aún claros los conceptos tácticos bajo los que habría que desplegarlos en un hipotético campo de batalla futuro. Con todo, se creó un departamento dedicado a su estudio dependiente del arma de artillería del que, como no podía ser menos, formaba parte el entonces teniente Skinner, que tuvo que esperar a 1939 para que, con el comienzo de la guerra, los mandamases empezaran a plantearse seriamente como destruir los poderosos vehículos acorazados tedescos. Tras la lección aprendida en el conflicto anterior, los alemanes pusieron en liza carros de combate muy distintos al A7V y, sobre todo, les dieron un uso táctico totalmente revolucionario, la Blitzkrieg, que obligaría a todos los ejércitos a aumentar de forma ostensible el número de piezas anticarro en los campos de batalla. La rapidez con que se movían hacía que los cañones convencionales no pudieran estar donde eran necesarios en cada momento, y su escasa potencia complicaba aún más las cosas a la hora de hacer frente a las unidades acorazadas tedescas, que eran capaces de penetrar en las líneas enemigas como un cuchillo al rojo en el hígado de un cuñado.

Lanzagranadas británico PIAT. Esta fue la solución planteada por los
british que, contrariamente al bazooka, conservaba el concepto ya obsoleto
de granada de espiga. Además de ser mucho más pesado y tener menos
alcance que el bazooka, su retroceso era brutal
Inicialmente, y como ya anticipamos en la entrada anterior, la idea fue diseñar una granada de fusil con capacidad para destruir un carro de combate. De ese modo, las unidades de infantería no tendrían que depender de la llegada de los cañones anticarro para hacer frente a las oleadas de blindados, y de la misma forma que durante la Gran Guerra un simple soldado se convertía en un mortero de trinchera con su fusil y una caja de granadas, con este nuevo concepto se podría metamorfosear igualmente en un cañón anticarro. Así pues, en 1940 el ejército hizo un requerimiento para la creación y desarrollo de un arma de este tipo. Sin embargo, los fusiles normales no eran un soporte adecuado para una granada semejante. El retroceso era brutal, y si se apoyaba el arma contra el suelo como era preceptivo en un lanzamiento de granadas de fusil, simplemente se rompían. Probaron con armas más pesadas, pero el resultado seguía siendo una birria, así que replanteó el tipo de proyectil y el lanzador para el mismo, que llegaron a la conclusión debía ser sin retroceso. Para cumplir ese requerimiento solo había una opción: los cohetes, y aquí vuelve a entrar en escena nuestro hombre.

Pillar box instalado en un buque de la armada. En este caso, los cohetes eran
de 3 pulgadas de calibre. Posteriormente se usaron con bastante profusión
para abatir las V-1 que cruzaban el Canal camino de Londres
Para no dilatar el tiempo de estudio y diseño de una nueva arma, en septiembre de 1940 optaron por comprar a los british (Dios maldiga a Nelson) una serie de unidades de cohetes de 2 pulgadas que usaban desde tiempo atrás para armar barcos mercantes y proveerlos así de un arma antiaérea eficaz y que no requería de personal muy cualificado para su manejo, ya que se disparaban en lanzadores de 20 cohetes denominados pillar box. Sin embargo, estos proyectiles estaban concebidos para alcanzar distancias muy superiores a las habituales en un combate terrestre. De hecho, estaban provistos de una espoleta que los hacía detonar a los 4.500 pies (1.371 metros) de altura, por lo que su propelente se quemaba a una velocidad excesivamente lenta para un arma destinada a viajar unos cientos de metros a lo sumo antes de alcanzar el blanco. Por otro lado, se pudo comprobar que para lograr una precisión adecuada para su uso como arma anticarro el propelente debía arder por completo cuando aún estaba dentro del tubo, lo que evitaría posibles desvíos en la trayectoria a causa del viento, defectos en la combustión o cualquier otro factor externo. Además, si una vez fuera del tubo el propelente seguía ardiendo podía dejar al dueño del tubo convertido en un chicharrón como es lógico. Así pues, la pauta en lo tocante al "motor" del cohete quedó clara: debía contener un propelente capaz de arder de forma casi instantánea, como si fuera la pólvora de un proyectil convencional.

Charles E. Munroe (1849-1938)
Con todo, el concepto de arma usado por los british era bastante aproximado a lo que buscaba Skinner, así que llevó a cabo un diseño basado en un cohete de encendido eléctrico que pudo presentar en diciembre de aquel mismo año a Gregory Kessenich, jefe de la Sección de Patentes del Departamento de Artillería. Ya tenían el propulsor, así que solo quedaba acoplarle la cabeza de guerra adecuada. En abril de 1941, Kessenich hizo llegar a Skinner lo que sería la solución al problema, la granada de alto explosivo M-10, un chisme que se estaba probando también como granada de fusil pero que, finalmente y como hemos comentado antes, fracasó por completo. La M-10 estaba basada en el invento de un ingeniero de origen suizo llamado Wolfdieter Hans-Jochen Mohaupt, que cuando se nacionalizó yankee se cambió el nombre por Henry a secas. Este ingeniero tan ingenioso fue, según algunos autores, el primero en desarrollar el uso bélico de las cargas huecas inventadas en 1888 por el químico yankee Charles Edward Munroe. De hecho, el diseño de Mohaupt lograba aumentar en 40 veces la potencia de una explosión a igualdad de carga explosiva. No obstante, conviene aclarar que la primicia del descubrimiento está compartida con el doctor Franz Thomanek, del Instituto de Investigación Aeronáutica de Braunschweig que, al decir de otros, fue el primero en diseñar una carga hueca tal como la conocemos. Sea como fuere, en las paternidades tanto de la granada como del invento hay bastantes divergencias, debido sobre todo a cuestiones derivadas de la reserva mantenida durante años a causa del secreto militar, así que tampoco vamos a entrar en muchas profundidades a este respecto porque habría material para cienes y cienes de entradas sobre este asunto. Bástenos saber que el mentado Mohaupt fue el que dio pie a la granada M-10 y que Munroe fue el creador del principio conocido como "efecto Munroe" mediante el cual se podía concentrar toda la energía de una explosión en un solo punto.

Tal que así era la carga explosiva ideada
por Munroe
Este sujeto trabajaba como profesor de química en el Colegio de Guerra y en la Estación de Torpedos Navales ubicados en Rhode Island desde 1886 cuando, en uno de sus experimentos, tuvo la ocurrencia de unir varios cartuchos de dinamita alrededor de un tubo de hojalata. El resultado fue que la energía producida por la explosión se acentuaba de forma notable en dirección hacia el tubo en vez de expandirse, lo que lograba obviamente aumentar los efectos de la misma. Pero al probo químico no se le ocurrió la vertiente bélica del descubrimiento, y lo dejó pasar como una mera curiosidad científica. Años más tarde, en 1910, otro químico, esta vez alemán y de nombre Egon Neumann, retomó las experiencias de Munroe para perfeccionarlas y mejorar substancialmente el hallazgo. Sus estudios demostraron que si la carga detonante estaba situada a una determinada distancia del objeto, concretamente entre dos y tres veces el diámetro del tubo, los efectos eran aún más potentes. Además, dicho tubo formaba un cono metálico dentro de la cabeza explosiva, lo que daba lugar a la carga hueca que todos conocemos y que hizo que muchos denominasen el principio como "efecto Neumann" en vez de Munroe. En todo caso, el segundo puso las bases y el primero las perfeccionó y, también en esta ocasión, el descubridor no se preocupó en ver el uso militar de sus investigaciones. Los primeros en darse cuenta de las posibilidades bélicas de la carga hueca fueron, como no, los tedescos, pero no para perforar corazas, sino como arma de demolición para vulnerar las casamatas y fortificaciones fronterizas con Bélgica y Francia. De hecho, las cúpulas del fuerte Eben Emael, tomado por los paracaidistas alemanes en mayo de 1940, fueron destruidas con este tipo de cargas explosivas.

Bueno, esta es grosso modo la historia de como se gestó y desarrolló el primer proyectil de carga hueca destinado a freír bonitamente los carros de combate tedescos que, a medida que avanzaba la guerra, eran cada vez más potentes y disponían de mayor blindaje. Dicho esto, para explicar como funcionaban estos cohetes pondremos como ejemplo el M6A1 que, según se explicó en la entrada anterior, entró en servicio junto al lanzagranadas M1A1. Según se comentó en dicha entrada, este chisme estaba destinado a sustituir el primero de la serie, el M1, y al que se eliminó la caja de contacto por unos muelles donde se envolvía directamente el cable que salía del cohete.




Para impedir que las partículas producidas por el rebufo del propelente
causasen daños al tirador, al M1A1 se le instaló un deflector de fina malla
de alambre que atrapaba dichas partículas sin impedir la visibilidad
Bien, en la ilustración superior tenemos el proyectil en cuestión, un trasto de 55 cm. de largo, 60 mm. de calibre y un peso de 1.587 gramos. Aunque su alance máximo estaba calculado en unas 700 yardas (640 metros), su precisión real no iba más allá de las 300 (275 metros). Una vez completado el proceso de carga que se detalló en la entrada anterior en el que, además, se removía el pasador de seguridad que bloqueaba el percutor, el tirador solo tenía que apretar el gatillo para cerrar el circuito eléctrico que hacía saltar la chispa que inflamaba el iniciador del propelente. Según vemos en la ilustración, del iniciador salen dos cables: uno de masa unido a un estabilizador que hacía contacto con la pinza de bloqueo del lanzagranadas, y el de contacto propiamente dicho que iba a uno de los muelles situados a ambos lados del tubo. El iniciador inflamaba a su vez el propelente, compuesto por cinco barras de balistita de 9,1 mm. de diámetro y 105 mm. de largo, con un peso total de 61,5 gramos. Como vemos en el gráfico, el propelente estaba precedido por un tubo separador de cartón de 2 cm. de largo que mantenía la carga separada del bloque del percutor. Para cerrar el tubo del cuerpo del cohete se colocaba una anilla perforada por donde saldrían los gases producidos por la combustión de la balistita que, en condiciones normales, debía producirse íntegramente en el interior del lanzador ya que, en caso contrario, podría causar quemaduras en la cara y las manos del tirador. En teoría, el tiempo de combustión era de entre 0,02 y 0,03 segundos.


Secuencia de disparo en la que vemos desde la ignición del propelente hasta que el cohete impacta en el objetivo.
Como se puede apreciar, el retroceso del arma es prácticamente inexistente

Secuencia del impacto de un cohete M6A1 que recoge el momento en que
el chorro de plasma entra dentro del vehículo blindado
Cuando el cohete salía del lanzagranadas estaba armado ya que al remover el pasador de seguridad el percutor quedaba liberado para detonar el proyectil. De hecho, bastaba dejarlo caer desde apenas una altura de 1,2o metros contra el suelo para que la inercia venciera la resistencia del muelle que lo mantenía separado del detonador y explotase. Cuando el cohete impactaba contra el objetivo el percutor golpeaba la cápsula fulminante del detonador, el cual se componía de tres capas de diferentes substancias destinadas a iniciarse progresivamente de menos a más potente. En este caso la cápsula fulminante detonaba una carga de 0,06 gramos de azida de plomo, un compuesto empleado como iniciador de explosivos, que a su vez hacía lo propio con una carga de 0,08 gramos de nitramina y que, finalmente, detonaba la tercera carga compuesta por 0,12 gramos también de nitramina. Esta actuaba sobre la carga explosiva de 220 gramos de pentolita 50/50, es decir, formada por un 50% de pentrita y un 50% de trinitrotolueno. La pentrita es uno de los explosivos más potentes que existen, con un factor de efectividad relativa de 1,66 (recordemos que el baremo que se toma como unidad es el trinitrotolueno, que tiene factor 1).


PzKpfw. IV Ausf. H alcanzado por tres proyectiles de bazooka cuyo rastro,
como se puede ver, es mínimo. Era habitual que los carros alcanzados por
estos chismes apenas mostrasen daños externos, mientras que el interior
estaba totalmente calcinado incluyendo a sus tripulantes
Cuando se produce finalmente la explosión, la ojiva hace que la energía de la misma se concentre en un mínimo punto, licuando la envuelta metálica y formando un chorro de plasma con una temperatura de "solo" 20.000º que sale a una velocidad de "apenas" 32.500 km/h. O sea, que lo que hace una carga hueca es fundir en una fracción de segundo la coraza de un vehículo blindado y permitiendo que entre en su interior ese chorro "cálido" mezclado con partículas metálicas incandescentes que achicharrará por completo a la tripulación y, caso de que los armarios de munición no estén debidamente protegidos, hará que esta explote. Esas imágenes que se conservan de carros de combate en los que la torreta, que pesa varias toneladas, ha salido disparada y la vemos volcada cerca del carro son precisamente consecuencia de la deflagración de los proyectiles que almacenaba en su interior. 


La capacidad perforante de esta granada era de 76 mm. en un blindaje de acero en ángulos de hasta 30º y, naturalmente, era aún más efectiva contra objetivos como fortificaciones de fábrica o madera, material este que podía penetrar hasta 23 cm. Por otro lado, el alcance del chorro de plasma era de unos 25 metros, si bien al impactar contra el suelo, y más si era con un ángulo acusado, sus efectos se veían minimizados, siendo comparables a los de una granada convencional de artillería de 75 mm. Precisamente para aminorar los devastadores efectos de las cargas huecas los tedescos, siempre tan creativos, idearon una solución de circunstancias que se mostró bastante eficaz, los Schürzen, que no eran más que unos faldones formados por chapas o mallas metálicas sustentadas mediante unos soportes y colocadas a una determinada distancia del vehículo para que, al impactar la carga hueca contra ellas, el chorro de plasma no afectara al mismo. Lógicamente, esto no era la panacea, pero al menos evitó la destrucción de muchos vehículos ya que los Schürzen protegían los laterales que, obviamente, eran el lugar preferido para hacer blanco.

Bueno, con esto terminamos. En otra entrada hablaremos de los distintos modelos de bazookas que estuvieron operativos por si algún cuñado especialmente correoso resiste estoicamente todo lo detallado en esta ocasión. Y como va siendo hora del yantar, pues me piro a llenar el buche porque, como siempre afirmo, SPIRITV SINE CORPORE FORTIS NIHIL ESSE, amén y tal.

Hale, he dicho 

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¿Cómo funciona un bazooka?

martes, 6 de febrero de 2018

Curiosidades: ¿Cómo funciona un bazooka?



Juraría por mis sacrosantas barbas que hasta los críos saben lo que es un bazooka incluso antes de salir por el útero materno a este valle de lágrimas. Los hemos visto en tropocientos mil documentales, películas y hasta los fabrican de juguete para que los nenes vayan aprendiendo sus rudimentos por si un mal día tienen que echar mano de esos chismes para combatir a algún enemigo. Sin embargo, y a pesar de que cualquiera es capaz de identificar estas armas por su característico aspecto, colijo que son pocos los que conocen su manejo más allá de que un ciudadano soldado lo empuña mientras otro introduce por detrás un proyectil para, a continuación, darle unos golpecitos en el casco para indicarle que está cargado. Cierto es que podría contar primero como se gestó la creación de estas peculiares armas anticarro, pero he preferido dar cuenta primero de su funcionamiento ya que, de ese modo, cuando veamos como surgió y evolucionó este invento tendremos más claro cómo y por qué alcanzaron rápidamente tanta difusión hasta el extremo de que los tedescos, siempre celosos de la calidad de su armamento, no dudaron en copiarlo sin más. Con todo, daremos cuenta de forma muy concisa de sus antecedentes para que a nadie le suene a chino el motivo de lanzar un cohete a través de un tubo similar a una simple cañería.

Espectaculares efectos del rebufo de un bazooka. Si te
pillaba detrás te podía producir cuanto menos una jaqueca
fastuosa... en lo que quedase de tu cabeza, claro
La idea surgió a raíz de la imposibilidad de disparar un proyectil anticarro como si de una granada de fusil se tratase. A comienzos de la 2ª Guerra Mundial y a la vista de que las corazas de los carros de combate tedescos eran inquietantemente gruesas para los cañones anticarro disponibles, de entre 37 y 50 mm. por lo general, se planteó el uso de cargas huecas (de estas ya hablaremos más despacio en su momento) cuyos proyectiles eran excesivamente gruesos para la artillería del momento. Pero, del mismo modo, también eran demasiado grandes y pesados para lanzarlos como una granada de fusil, habiéndose planteado usar una ametralladora de calibre .50  e incluso el fusil anticarro británico Boys para ello. Sin embargo, ninguna de esas opciones se mostró viable, así que hubo que esperar a que un sesudo yankee, el entonces teniente Edward Uhlm, se le ocurriera meter el cohete diseñado por el capitán Leslie Skinner en un tubo cogido de una chatarrería para crear el bazooka ("basuka" pronuncian los yankees) allá por 1942. Pero de esta historia ya hablaremos largo y tendido más adelante, así que de momento estos datos nos bastarán para ponernos en antecedentes.

Bob Burns con su bazooka junto a un soldado con su M1 en Fort Hood
Con todo, y como más de uno se preguntará de donde viene eso de llamar de forma tan extraña a un arma, sepan que el término bazooka no era en modo alguno el reglamentario, como ya podrán imaginar. El primero en entrar en servicio era denominado como 2,36" M1 Antitank Rocket Launcher, que traducido en un idioma propio de cristianos significa lanza-cohetes anticarro M1 de calibre 2,36 pulgadas (60 mm.). Lo de bazooka surgió cuando, a raíz de una demostración llevada a cabo en mayo de 1942, el Jefe del Departamento Técnico de Suministros, general de brigada Gladeon Barnes, comparó a modo de chiste el arma con un instrumento musical creado en 1905 por un cómico y músico llamado Bob Burns, apodado "El Viajero de Arkansas". El instrumento, que sonaba y funcionaba como un trombón de varas, consistía en un chisme formado por dos tubos telescópicos, uno dentro de otro, procedentes de una tubería de gas y de un embudo de whisky. Para prevenir plagios incluso patentó nombre e instrumento en 1920, pero lo que nadie supo nunca es de donde leches sacó ese palabro tan extraño. En cualquier caso, el M1 tuvo más motes aparte de bazooka, pero eso lo dejamos para otro día. 

Bien, ya tenemos unas breves nociones del invento, así que veamos como funcionaba. Observemos las imágenes de la derecha, donde hemos señalado las partes más importantes del M1. Bueno, las más importantes y casi las únicas, porque esos trastos tenían menos mecanismos que un chupete. Pero la madre del cordero estaba en la culata de madera, donde vemos la existencia de un chivato de corriente. Y es que este artefacto funcionaba a pilas. Sí, el chiste de la foto de cabecera no es un chiste. Los bazookas funcionaban a pilas, y se se quedaban sin pilas se quedaban sin lanzagranadas. Obviamente, llevaban de repuesto, pero si por el motivo que fuese se agotaban y no quedaban más, adiós muy buenas.

Antes de nada, el tirador comprobaba si en efecto se disponía de corriente eléctrica. Para ello pulsaba el gatillo tal como vemos en la foto superior, y si se encendía el chivato es que había carga. Caso de haberse agotado la batería se abría la tapa inferior de la culata según se aprecia en la foto central. En el interior de la misma había dos alojamientos para sendas pilas. El de la izquierda era el que daba corriente, y el de la derecha para la pila de repuesto. En la foto inferior podemos ver su aspecto. Eran baterías Eveready 791-A fabricadas con cubierta de cartón. Estas pilas serían equivalentes a las actuales tipo C, las que todos conocemos como "pilas medianas" que usan mogollón de chismes, desde una linterna a un aparato de radio o el vibrador que usan las damas insatisfechas. Si no se disponía de ese modelo de baterías, cada una de ellas podía ser sustituida por dos del tipo BA-42. En el interior de la empuñadura estaba el contacto que daba paso a la corriente eléctrica y que iniciaba la carga propelente del cohete. En la foto del soldado que empuña su M1 del párrafo anterior vemos como sale un cable desde la culata hacia la caja de contacto, que era la que permitía disparar el lanzagranadas.

Una vez que el servidor introducía la granada solo tenía que quitar el seguro del disparador, que era la palanca que vemos en la foto inferior. Cuando estaba hacia abajo era la posición de seguro, y cuando se subía era la posición de fuego. Cada vez que se disparaba, esta palanca bajaba sola, poniendo el arma en seguro de forma automática. El cargador siempre debía permanecer a un lado respecto al tirador, sin despistarse ni un solo instante porque si, por un descuido o por lo que fuese, quedaba situado detrás en el momento del disparo quedaría más achicharrado que un torrezno bien pasadito. Como mostramos en una foto anterior, el fogonazo del cohete tenía además potencia de sobra para arrancarle la cabeza de cuajo, y más de uno que estaba en babia pagó las consecuencias teniendo que recoger sus colegas lo que quedaba de su extremidad superior con una gamuza húmeda para añadirla al resto de su anatomía. En fin, algo muy desagradable.

La corriente llegaba a la granada de la siguiente forma: en la foto A vemos una banda de cobre situada en el extremo de la misma, que era donde hacía contacto la descarga que partía de la caja. De esa banda de cobre partía un cable que recorría todo el proyectil y que vemos señalado con una flecha en la foto B, que muestra los estabilizadores del mismo. En el culote entraba a través de un orificio y quedaba unido a la carga de proyección, que iniciaba mediante un simple chispazo. Dentro del círculo rojo vemos las muescas que tenían los estabilizadores que, además de servir para bloquear la granada dentro del tubo, hacían contacto con la pinza del retén, que actuaba como masa. De ese modo se obtenía la chispa que iniciaría la carga de proyección. Por cierto que estos chismes carecían de retroceso, por lo que podían tirarse horas disparando sin quedar con el hombro hecho polvo. Además, el proceso de recarga era muy rápido. A un equipo bien entrenado le bastaban unos pocos segundos para ello, por lo que podían desplegar una potencia de fuego muy considerable, de entre 4 y 6 disparos por minuto como mínimo.

El proceso de carga en cuestión era de una simpleza absoluta. Una vez que el tirador daba la orden de cargar, el servidor extraía la granada de su contenedor. Se llevaban en bolsas de lona para tres unidades, una a cada costado. Cuando introducía la cabeza del proyectil procedía a soltar el cordel que vemos en la foto A, procurando que este quedase fuera del tubo una vez introducido totalmente. Una vez introducida la granada daba un tirón y sacaba el pasador de seguridad. Previamente, y según vemos en la foto B, encajaba las ranuras de los estabilizadores con la pinza del retén, y con eso quedaba concluido el proceso. Entonces le daba los golpecitos en el casco y el tirador abría fuego. Bueno, en realidad daba la voz de cargado, o preparado, pero lo de los golpecitos quedaba más molón y, además, en plena vorágine y rodeados de explosiones sería más práctico, digo yo...

En julio de 1943 se llevaron a cabo una serie de modificaciones, entre ellas el sistema de disparo por el que se eliminaba la caja de contacto. El motivo fue debido a que, por un mal funcionamiento de la palanca de seguro, a más de uno le estalló la granada en plena jeta, quedando en un lamentable estado de pulverización total. La cuestión es que hubo casos en que, aunque la palanca estaba en posición de seguro en realidad pasaba corriente, por lo que en el momento en tocaba el contacto explotaba sin estar introducida del todo, matando a los dos hombres que servían el arma. Por ello se optó por un sistema que, aunque requería un paso más en el proceso, aseguraba el proyectil de forma que era imposible que detonase hasta que no estuviera totalmente introducido en el tubo. En la foto A vemos en qué consistía el cambio en cuestión, que no era otra cosa que sustituir la dichosa caja por dos pivotes con un muelle situados a ambos lados del tubo para que el cargador pudiera manejarlos dependiendo de que estuviera a la derecha o a la izquierda del tirador. Estos muelles recibían la corriente de la batería, que a su vez era transmitida directamente al proyectil por un cable que salía del culote. En la foto B podemos ver como el cargador conecta dicho cable al muelle, donde quedaba aprisionado con solo una vuelta al mismo. A partir de ahí ya estaba el arma lista para abrir fuego.

Por último, y siempre sin salirnos del tema del funcionamiento, comentar que en noviembre de 1942 se cambió el sistema de alimentación por pilas por uno de magneto alojado en la empuñadura, dando lugar al M9. Según informes procedentes del frente, las baterías presentaban a veces falta de potencia, por lo que no producían la chispa necesaria para la ignición. Además, a medida que bajaban las temperaturas perdían aún más potencia, quedando inservibles por debajo de los 10º bajo cero. Por eso motivo, las tropas tenían que guardar las dichosas pilas en los bolsillos interiores para darles algo de calor corporal. Aparte de eso, en situaciones de clima húmedo el cartón de la envuelta se echaba a perder y/o criaban hongos. Para acabar con ese problema se recurrió al magneto antes mencionado, que consistía en una bobina con imanes que producían corriente al apretar el gatillo y, además, de mayor intensidad que la de las pilas. Por otro lado, ese sistema eliminaba la dependencia de tener que llevar encima baterías de repuesto, y no se veía afectado ni por la temperatura ni la humedad ambiental. Añadir que, como vemos en la foto superior, se añadió un botón de seguro para evitar accidentes ya que si con las prisas se apretaba el gatillo mientras el cargador conectaba el cable el susto sería de los gordos. Dicho gatillo, que ofrecía más resistencia que el modelo antiguo porque había que generar corriente al apretar, estaba moleteado para poder presionarlo con dos dedos y hacer más fuerza. En el detalle vemos el magneto en cuestión.

Bueno, criaturas, así es como funcionaba un bazooka. Imagino que pocos o ningún cuñado debe estar al tanto de los entresijos de estos artefactos, de modo que aprovechen y háganles ver que se han gastado una pasta en la tele por cable para ver nada más que documentales cutres que no explican cosas chulas. 

Y vale por hoy, que para ser martes me he prodigado en demasía, juro a Dios.

Hale, he dicho

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