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jueves, 21 de octubre de 2021

KEMPEITAI

 

Grupo de oficiales nipones. Varios de ellos lucen en el brazo izquierdo el brazalete que los identifica como miembros del Kempeitai, una de las organizaciones policiales más brutales que ha conocido el siglo XX. Las atrocidades que perpetraron tanto en los territorios ocupados como con los prisioneros de guerra les pasaron factura cuando dio término la contienda, naturalmente

Archifamosa foto en la que el sakan Yasuno
Chikao está a punto de descabezar al sargento
Siffleet en Nueva Guinea el 24 de octubre de 1943.
Siffleet, perteneciente a la Unidad Especial M del
SRD australiano, fue capturado junto a otros dos
compañeros que fueron igualmente decapitados

Las cosas claras y el chocolate espeso: los honolables guelelos del mikado tenían las de Caín, pero Caín sería visto como un chavalote travieso comparado con los fulanos del Kempeitai que, curiosamente, se les suele llamar "la Gestapo del Japón" cuando, en realidad, la frase correcta sería que la Gestapo era la Kempeitai de Alemania tanto en cuento este siniestro cuerpo policial data del último cuarto del siglo XIX. Supongo que esto se debe a que en Occidente la Gestapo es mucho más conocida salvo por los desdichados australianos, british (Dios maldiga a Nelson) o gabachos (Al enano corso también) que cayeron en sus garras y que seguramente jamás olvidaron- si es que salieron vivos del brete- el trato recibido por estos sujetos pequeñajos pero con muy mala leche. La verdad es que nunca he podido comprender como un pueblo culto y, sobre todo, refinado como el japonés fue capaz de llevar a cabo las monstruosidades que se vieron en Corea, Manchuria y demás zonas ocupadas por su ejército. Una gente que solo para preparar un puñetero té tiene que llevar a cabo un ritual compuesto de 80 movimientos medidos al milímetro en vez de darle dos meneos a la bolsita y que, por otro lado, fueran capaces de acabar con cientos de miles o, posiblemente, millones de personas (las cifras nunca se sabrán), es algo que no me entra en la cabeza. El sadismo y la crueldad elevados a niveles inimaginables que incluía matar prisioneros a bayonetazos, decapitados, enterrados vivos o simplemente de hambre no casa con esa imagen etérea del japonés apaciblemente sentado en el porche de su casa, rodeado de almendros en flor y escribiendo poemas con su mejor caligrafía. Y a la hora de apretarles las clavijas al personal, sus métodos creo que sorprenderían a los más selectos psicópatas de la Gestapo, y eso  que eran capaces de persuadir a sus cuñados para que se hicieran abstemios y acabaran aborreciendo las gambas y el jamón del bueno.

Pero antes de dar cuenta de los orígenes y la evolución del Kempeitai debemos considerar una serie de detalles que nos permitirán comprender, que no justificar, el comportamiento de estos agresivos ciudadanos ya que, como es de todos sabido, la mentalidad y la idiosincrasia oriental no tiene absolutamente nada que ver con la nuestra. De una gente que se abría en canal por cualquier chorrada y hasta se preocupaba de caer hacia adelante al palmarla porque, de lo contrario, sería una falta de decoro y respeto a su señor puede esperarse cualquier cosa. Por lo tanto, debemos remontarnos un poco en el tiempo para ponernos en el contexto adecuado.

El emperador Meiji (1852-1912)
El 3 de enero de 1868, el Gobierno Imperial declaró abolido el shōgunato por el que el Japón se venía rigiendo desde hacía siglos y que mantenía la figura del tennō (el emperador) como un títere sagrado sin la más mínima influencia ni poder. El shōgunato Tokugawa que gobernaba el país desde 1603 era oficialmente mandado a hacer gárgaras, y el emperador Meiji daba nombre a una nueva era en la que Japón, encerrado en sí mismo desde tiempos inmemoriales, se abría al mundo, un mundo en el que los samurai y las katana ya tenían poco que hacer porque una de las primeras medidas que adoptó el tennō fue la creación en 1872 de un ejército moderno y la implantación del servicio militar obligatorio, así como una remodelación total de la policía. Ojo, que nadie crea que antes del advenimiento del emperador Meiji la policía nipona consistía en cuatro guardias para controlar que los chorizos urbanitas no robaran en los mercados porque, de eso, nada. Durante el Período Edo cada ciudad tenía un machi bugyō (magistrado) perteneciente a la casta samurai que actuaba como fiscal y juez. El machi bugyō  era asistido por una serie de metsuke (inspectores) que actuaban como una especie de policía de asuntos internos y como policía secreta. En el primer caso, su obligación consistía en vigilar las posibles corruptelas o la falta de eficiencia de los funcionarios y demás personal al servicio del gobierno. En el segundo, se encargaban de mantener bajo constante vigilancia a grupúsculos de descontentos o individuos que, por sus ideas, podían ser peligrosos. Por otro lado había un cuerpo de yoriki y otro de doshin, jinetes y peones respectivamente, que se dedicaban a patrullar como nuestros actuales policías de uniforme y que, como sus jefes, eran samurai. Por último estaban los meakashi (detectives), que solían encargarse de hurgar en todas partes en busca de todo tipo de delincuentes. Como sigue ocurriendo en nuestros días, tenían sus soplones, criminales que para no acabar con la cabeza tomando camino por otro lado habían jurado lealtad al shōgun y que informaban a los meakashi de todos los chismes referentes a los chorizos de los barrios. Como vemos, una policía que no tendría nada que envidiar a cualquier cuerpo policial moderno.

Kawaji Toshiyoshi (1834-1879)
No obstante, a pesar de tratarse de un organismo complejo y eficiente, abrirse al mundo implicaba también abrir la puerta a nuevos tipos de delitos y, sobre todo, a la presencia de delincuentes occidentales, lo que obligaba al nuevo gobierno a remozar su policía y, sobre todo, ponerse al corriente de cómo estaba el patio más allá de sus fronteras. Para solventar este tema, en 1872 un nuevo personaje se sumó a la Misión Iwakura, una delegación de diplomáticos y altos funcionarios que se patearon el planeta entre 1871 y 1873 para ver cómo era el mundo moderno. Se trataba de Kawaji Toshiyoshi, un samurai que viajó a varios países europeos para estudiar sus sistemas policiales. Toshiyoshi, considerado como el padre de la policía moderna del Japón, reparó especialmente en la gendarmería francesa y, sobre todo, la Preuβische Geheimepolizei, la policía secreta prusiana fundada en 1848 por el káiser Federico Guillermo IV, cuyos métodos y organización entusiasmaron a Toshiyoshi. A esto se sumó el hecho de que un año antes, en 1871, los antiguos feudos dominados por los daimyo fueron también abolidos, dividiendo el país en ken (prefecturas) y creando en enero de 1874 la Keishicho (Departamento de la Policía Metropolitana de Tokio). Esta unidad estaba dirigida por el mismo Toshiyoshi con el cargo de daikeishi (jefe de policía), con unos efectivos iniciales de 6.000 keisatsu (policías, nombre que conservan actualmente). De forma paralela, el gobierno envió a cantidad de jóvenes oficiales  a aprender cosas chulas de los ejércitos modernos, especialmente de los prusianos que habían dejado embobado a Toshiyoshi.

Buques japoneses dando estopa en el río Amarillo o Yalu, como
prefieran. Fue el primer paso al expansionismo japonés
Bien, este era el contexto político-social en el que surgiría la temible Kempeitai, pero para completarlo debemos conocer otro detalle que, seguramente, muchos desconocen: el racismo superlativo de los japoneses. Si alguien cree que la palma se la llevaba el ciudadano Adolf y sus conmilitones, se equivoca. Lo de esta gente iba más allá, porque mientras que los nazis se arrogaban la pertenencia a una raza superior a nivel humano, los nipones la atribuían a los dioses, y más allá de los dioses no están ni los langostinos de Sanlúcar. A raíz del advenimiento del emperador Meiji se impusieron tres dogmas que justificarían años más tarde la invasión de Manchuria y todo lo que se les puso a tiro en el Extremo Oriente: Indochina, Birmania, Camboya, Sumatra, Nueva Guinea, Filipinas, Java, Malasia y las tropocientas islas situadas entre Hawai y la costa del continente asiático. De haber ganado la guerra, Japón habría formado un imperio en el Pacífico que llegaría desde Hawai hasta la costa del continente asiático, más los territorios que habría ocupado en China aprovechando una hipotética victoria.

Apunte tomado del natural por un corresponsal de prensa occidental
que muestra tropas japonesas masacrando chinos. El mundo no tenía
aún ni idea de adónde eran capaces de llegar
Estos tres dogmas o reglas, por llamarlos de algún modo, retratan de forma palmaria la mentalidad de estos orientales y el elevado concepto que tenían de sí mismos: Ante todo, el Japón era el centro del mundo, gobernado por el tennō de origen divino que descendía de Amaterasu Omikami, la diosa del Sol. Ahí es nada. Por si fuera poco, el Japón estaba bajo la protección directa de los dioses, por lo que tanto el país como sus habitantes eran superiores al resto de los mortales. Y si el ciudadano Adolf pretendía crear un Reich de los Mil Años juntando Alemania con los territorios del este, los japoneses iban aún más allá porque consideraban que el Kodoshugisha, el Camino Imperial, otorgaba al Japón la misión divina de poner a todas las naciones del mundo bajo su dominio, las cuales se verían agraciadas por el inmenso honor de ser gobernadas por el tennō. En resumen, ¿los nazis racistas? Já, já y já. Estos fulanos les echaban la pata sobradamente, y si un SS le volaba la tapa de los sesos a un judío o un untermensch ruso como quien aplasta una cucaracha, un kempei veía al resto de la humanidad como si fueran amebas en un charco de agua pútrida. De hecho, no tardaron mucho en ir del dicho al hecho, porque en julio de 1894 ya hicieron una visita de cortesía a los chinos en la desembocadura del río Amarillo para dejarles claro que en el mar mandaban ellos, mientras que unos meses más tarde, en noviembre para ser exactos, atacaron Port Arthur (actual Lüshunkou) a través de Corea y se pasaron varios días matando chinos. La matanza de Port Arthur, cuyas víctimas se remontan a 60.000 personas según las estimaciones más pesimistas, fue la primera de las muchas que tuvieron que padecer a manos de los honolables guelelos del mikado.

Genki Abe (1894-1989), jefe del Tokkō desde
1932 hasta prácticamente el final de la guerra
En fin, ya vemos cómo era el contexto en el que el Japón se asomaba al mundo y cómo intentaron desde el primer momento avanzar en pocos años los siglos de atraso que llevaban respecto a Occidente. El 4 de enero de 1881, el Consejo de Estado decidió crear el Kempeitai, una unidad de élite dependiente del ejercito formada por 349 hombres y cuya misión inicial era disciplinar a los oficiales que se oponían al servicio militar obligatorio. Está de más decir que su ámbito de actuación no tardó en extenderse, porque de inmediato se recurrió a ellos para echarle el guante a los agricultores que también se negaban a incorporarse a filas. En resumen, eran una policía militar nutrida por hombres jóvenes seleccionados por su incuestionable fidelidad, su fanatismo político y racial y, por supuesto, dotados de una forma física superior a los estándares del ejército. Pero el Kempeitai no hizo el camino en solitario. De forma casi paralela, en 1901 se creó la Tokubetsu Kōtō Keisatsu, la Policía Superior Especial cuyo acrónimo, Tokkō, acabó causando los mismos retortijones repentinos entre el personal que recibía la visita de uno de sus miembros porque, en realidad, eran la vertiente civil del Kempeitai. En este caso, era un departamento policial encargado de controlar a los sospechosos de crímenes políticos- entiéndase en este caso el término crimen como tener una ideología opuesta al gobierno-, así como personal docente o líderes de asociaciones considerados como socialmente peligrosos. De hecho, la Tokkō era llamada coloquialmente como "la policía del pensamiento" porque controlaba las ideologías y hasta lo que pasaba por las mentes del personal.

Burdel del Kempeitai en una población de Corea. Estos locales
servían tanto para sacar información a los clientes como para
usar a las coreanas como esclavas sexuales
Así pues, nos encontramos con un estado policial en el que el Kempeitai dependía del Rikugunsho (Ministerio de Guerra), que a su vez dependía directamente del Cuartel General Imperial, mientras que la Tokkō, asignada al Ministerio del Interior, se dedicaban a hurgar entre cualquiera cuya profesión u oficio lo hiciera susceptible de olvidarse de los mantras dictados por el gobierno y occidentalizarse más de la cuenta si bien, de facto, ambas unidades colaboraban como si se tratase de una sola. No deja de resultar contradictorio que, mientras que por un lado el Japón pretendiera modernizarse, por otro siguiera obsesionado con mantenerse alejados del influjo de la cultura Occidental que podría hacer que los fundamentos del nuevo gobierno se tambaleasen. Así, eran sospechosos los que tuvieran en su poder libros escritos en lengua foráneas e incluso los habitantes de viviendas en las que se hubiera escuchado música de compositores extranjeros. Ni la Gestapo llegó a esos extremos por mucho que el ciudadano Adolf se embelesara con las interminables óperas de Wagner. Y aparte de los mencionados, los principales candidatos a ser acusados de lo que fuera eran los estudiantes, siempre con una irritante tendencia a oponerse al poder establecido, los pacifistas, que obviamente no veían con buenos ojos la política expansionista del gobierno, los trabajadores extranjeros y, por supuesto, los que fuesen conocidos militantes de partidos socialistas, comunistas o que hubiesen mostrado su disconformidad con la figura sagrada del tennō.

Pu Yi (1906-1967), último emperador de China
y emperador títere de Manchukuo desde 1934
hasta 1945 bajo la órbita del Japón. Los del
Kempeitai le controlaban hasta la veces que
iba a mear
En resumidas cuentas, el ambiente tanto en el Japón como en los territorios ocupados debía ser bastante asfixiante porque, ante la escasez de policías normales, se recurrió al Kempeitai para reforzar las prefecturas donde hiciera falta personal. Más aún, en el período comprendido entre 1898 y 1945, fue tejiendo una espesa red que cubría tanto el Dai Nippon Teikoku (el Gran Imperio del Japón, o sea, el territorio metropolitano), como el Dai Toa Kyozonkeu (la Esfera de Co-existencia de la Gran Asia Oriental), o sea, los territorios ocupados, donde se dedicaron a ejercer una represión brutal ante el más mínimo conato de desorden. Finalmente, formaron una rama dentro del Ministerio de Guerra, el Heimu Kyoku (Negociado de la Administración Militar) al mando de un mariscal general que respondía directamente al ministerio. En las zonas en guerra estaban bajo las órdenes de los comandantes de cada zona, mientras que el los territorios ocupados obedecían a los comandantes en jefe de cada territorio, en este caso Manchukuo, Formosa y Corea. En estas zonas, además de su labor de policía política y militar asistían a las autoridades civiles, y reclutaron a paisanos como delatores para perseguir sin descanso el más mínimo conato de rebelión.

Detenido en pleno interrogatorio, experiencia que por norma
era sumamente desagradable
Prueba del poder que llegó a alcanzar el Kempeitai es que, como ocurría en Alemania con las SS o el SD, su presencia era asociada con el brazo visible de la ley, sus celosos guardianes y los vigilantes de los principios políticos y morales que debía seguir la población. De hecho, la presunción de inocencia era inexistente. Cualquier detenido por el Kempeitai era culpable salvo que demostrase lo contrario, y no se les reconocía el derecho a ser asistido por un abogado. Establecieron el kikosaku, la aplicación de severos castigos sin proceso previo en el que el Kempeitai se establecía como juez, fiscal, jurado y verdugo, y todo ello con la autoridad necesaria para aplicar incluso la pena de muerte haciendo caso omiso de cualquier petición de clemencia. En resumen, eran libres de llevarse por delante a cualquiera ante la más mínima sospecha sin tener que dar explicaciones a nadie salvo a los mandamases del Ministerio de Guerra y del Cuartel General del Ejército Imperial. Obviamente, si en el mismo Japón tenían potestad para actuar de forma arbitraria, en los territorios ocupados ni te cuento. 

Dos kempei cacheando chinos en busca de soldados pretendiendo
pasar por civiles para escapar de Manchuria. Los que trincasen
lo tenían más negro que un pavo en Navidad
Y, por supuesto, la tortura como método para obtener confesiones no solo estaba permitida, sino que los miembros del Kempeitai recibían adiestramiento en las más variadas técnicas para apretar las clavijas al personal, todo ello con el beneplácito del ministerio. Pero estos fulanos no recurrían a sutiles tormentos orientales, sino a sistemas más básicos pero no por ello menos persuasivos, algunos de ellos copiados talmente de los usados en Europa como la garrucha o el ahogamiento con la toca. A ello, añadir palizas, flagelaciones, dislocación y/o rotura de dedos y articulaciones, electrochoques, aplicación de hierros candentes o algo tan bestial como meterles un tubo hasta el esófago para llenarles el estómago de agua, la cual se la sacaban a continuación saltando encima de la barriga. Este último método era en realidad muy cuestionable ya que la mayoría de los que lo padecían morían, así que poco podrían sacarles aparte del agua que les habían metido a la fuerza. Pero además de lo que les enseñaban, muchos kempei ideaban sus propios sistemas sin que nadie pusiera freno a su sadismo palmario, especialmente entre los detenidos Occidentales ya que daban por sentado que nunca dirían la verdad sino era bajo tortura, por lo que confesar no les servía de nada tanto en cuanto no los creerían hasta que los dejaran tullidos a palos.

Wilhelm Steiber (1818-1882)
En lo tocante a cuestiones de inteligencia y espionaje, el Kempeitai siguió paso a paso las directrices de Wilhelm Stieber, maestro de espías bajo las órdenes de Bismark y jefe de la Geheimefeldpolizei (Policía Secreta de Campaña). Durante el periplo europeo de la Misión Iwakura, los nipones ávidos de conocimientos aprendieron de Stieber las más modernas técnicas de espionaje, infiltración e incluso la obtención de información a base de chantajes por cuestiones de tipo sexual estableciendo selectos burdeles (¿recuerdan el famoso Salón Kitty de la Gestapo?), donde agentes femeninos se encargaban de sonsacar a los pardillos que acudían al mismo y donde les dejaban sacar a relucir cualquier perversión, cuantas más, mejor. Posteriormente eran debidamente chantajeados para que contaran aún más cosillas interesantes si no querían que sus devaneos salieran a relucir. Obviamente, este método se hacía extensivo a los que en vez de refocilarse con mujeres preferían los hombres o los mocitos. Bien aleccionado, el Kempeitai estableció en Wuhan, antes de que el malvado bicho coronario se escapara de su laboratorio para joder al planeta entero, un putiferio de postín llamado "Salón de los Placeres Deliciosos", donde los políticos y altos funcionarios chinos eran engañados como un ídem para sonsacarles información de todo tipo. Además, tras la fachada del lupanar deleitoso se escondía también el punto de reunión de los agentes del Kempeitai que operaban en Sinkiang y la zona de Asia Central bajo dominio de los rusos. Steiber vendió así a los japoneses sus eficaces métodos que tantos éxitos había cosechado en Europa y que sus entusiastas clientes adaptaron lógicamente a la idiosincrasia y la sociedad oriental. En fin, sirva esta breve semblanza de los inicios del Kempeitai en temas de espionaje e inteligencia, porque a lo largo del tiempo formaron una extensa y compleja red de organizaciones paralelas para tener vigilados hasta a los vendedores de tallarines callejeros.

Dos jotohei en algún lugar de China en 1937
En cuanto al reclutamiento y formación de sus miembros, tenían una jerarquía propia. El rango superior estaba formado por los sakan, oficiales de campo, seguidos por los kashikan, un grado equivalente a suboficial, y los jotohei, soldados superiores. Si hacía falta personal se echaba mano de soldados de primera clase, ittohei, o soldados rasos, nitohei, que eran extraídos de unidades del ejército regular. Por el contrario, la oficialidad se nutría de miembros del Ejército Imperial y permanecían agregados de forma permanente al Kempeitai. En tiempos de paz se aceptaba personal voluntario tras pasar una rigurosa selección para despejar dudas acerca de la solidez de su ideología. Como ya se ha comentado, los principales valores que se tenían en cuenta era su lealtad hacia la figura del emperador y a los valores raciales hasta el extremo de anteponerlos a cualquier tipo de sentimiento o consideración hacia los extranjeros porque, para los nipones, un fulano racialmente idéntico pero que no fuera natural del Japón ya era menos que una boñiga asnal. Los aspirantes debían pasar por una fase de entrenamiento en escuelas de policía militar, así cómo cursos teóricos y prácticos sobre los fundamentos del Kempeitai. Las principales academias estaban en Tokio y Seúl (en aquella época llamada Keijo), aumentándose durante la guerra en dos más ubicadas en Singapur y Manila.

Sōchō (sargento mayor) del Kempeitai luciendo su
brazalete. Como vemos en el detalle, era blanco con
grafías en rojo donde se leía Ken Hei, soldado de la ley
No se llegaba a oficial del Kempeitai de cualquier forma, y alcanzar un puesto en tan elitista unidad era un camino largo y tortuoso, como está mandado. El proceso daba comienzo en la Rikugun Shikan Gakko, la Academia Militar, y duraba nada menos que seis años si bien cuando empezó la guerra la necesidad de personal redujo el período de formación a apenas un año. Los suboficiales, en tiempo de paz, tenían que pasar por un adiestramiento de seis meses. Un oficial del Kempeitai no era un zote sádico que se limitaba a sacar los dientes con unos alicates a los desgraciados que caían en sus garras, sino que recibían una preparación muy superior a la establecida en los estándares del ejército. En 1938, y a la vista de lo que se estaba cociendo en el mundo, se abrió en Kudan el Koho Kimmu Yoin Yoseijo (Centro de Entrenamiento para el Personal de Servicio de Retaguardia) porque lo cierto es que los miembros del Kempeitai casi nunca aparecían en los frentes de batalla. Su trabajo estaba en la retaguardia, donde estaban los derrotistas, los espías, los traidores y los enemigos del estado. En el centro de Kudan los oficiales recibían un extenso adiestramiento en inteligencia militar, espionaje, manejo de explosivos, anti-insurgencia, codificación, robo y hasta de equitación. A todo ello añadían nociones de diplomacia por si eran destinados a una embajada o similar, el arte de disfrazarse y técnicas para pasar de incógnito en cualquier lugar enemigo. Curiosamente, y quizás debido a su fobia hacia todo lo extranjero, no prestaban atención a los idiomas, por lo que debían recurrir a intérpretes en todo momento.

Miembros del Kempeitai en uno de los muchos procesos que se
incoaron para dirimir responsabilidades. Pero la cosa es que
pocos tenían las manos limpias de sangre
En cuanto a sus efectivos, a lo largo de la década de los 30 fueron en constante aumento tanto en cuanto el militarismo imperante, así cómo por el número cada vez mayor de territorios ocupados, hizo necesaria la presencia de cada vez más kempei para vigilar que nadie sacara los pies del tiesto. En 1937, la inteligencia yankee tenía constancia de la existencia de 315 oficiales y 6.000 suboficiales y clases de tropa pertenecientes al Kempeitai. Al final de la guerra, la cifra había aumentado de forma ostensible, hasta los 34.834 efectivos repartidos por todos los territorios bajo el dominio de los honolables guelelos del mikado incluyendo, naturalmente, el mismo Japón, donde paradójicamente eran los segundos más numerosos con un total de 10.679 hombres tras China, quizás para prevenir que los derrotistas, pacifistas, espías, comunistas, socialistas y, en resumen, cualquiera que no estuviese conforme con la política belicista del gobierno, pudiera hacer de las suyas, siendo estrechamente vigilados y, si procedía, detenidos y eliminados. Está de más decir que tras la rendición de Japón los yankees buscaron hasta debajo de las piedras a los responsables de las masacres, malos tratos y ejecuciones arbitrarias que, durante años, habían sembrado el terror en las zonas bajo su dominio. Muchos acabaron delante de un pelotón de ejecución, otros fueron a parar a la horca y otros fueron condenados a largas penas que, incomprensiblemente, fueron posteriormente condonadas, como hicieron con los tedescos quizás en un intento de reconciliación. Los que no tuvieron ocasión de reconciliarse con nadie fueron las víctimas de estos elementos, como suele pasar y como, por desgracia, vemos que pasa en nuestros días, en los que alimañas desalmadas con condenas milenarias no cumplen ni dos años de cárcel por asesinato cometido.

Bueno, con este breve resumen podemos conocer un poco mejor a estos probos psicópatas, posiblemente desconocidos para muchos. Es imposible en una sola entrada abarcar todas las ramificaciones y áreas de influencia del Kempeitai, por lo que este articulillo nos valdrá para irnos haciendo una idea de cómo las gastaban. En sucesivas entradas ya iremos detallando los entresijos de esta siniestra organización incluyendo la tristemente célebre Unidad 731, palabrita del Niño Jesús.

Tennō heika banzai

Hale, he dicho

Miembros del Kempeitai padeciendo la mayor humillación que podía sufrir un honolable guelelo del mikado: rendirse y entregar su espada al enemigo. Muchos optaron por abrirse la barriga, volarse los sesos o apalancarse una bomba de mano contra el pecho. Otros, como los de la foto, prefirieron seguir deshonrados pero vivos. Creo que no imaginaban que tras la rendición vendría el ajuste de cuentas porque, de saberlo, probablemente la mayoría habrían decidido largarse de este mundo por su propia mano antes que por las de un verdugo yankee


jueves, 22 de marzo de 2018

Guardia de Asalto


Guardia de Asalto manteniendo un tenso cambio de impresiones con un probo ciudadano que, al parecer, no se aviene a
desalojar la vía pública a pesar de haber sido invitado a ello.

Acabo de darme cuenta de que, a lo largo del tiempo, hemos hablado de diversos cuerpos o unidades tanto militares como policiales que en el mundo han sido y, sin embargo, nunca hemos dedicado ni un mísero párrafo a las existentes en el suelo patrio, así que ya es hora de hablar de ellos, pobrecitos míos... ¿Que por qué he elegido la Guardia de Asalto? Bueno, quizás por ser bastante desconocidos para la juventud hispana y, por supuesto, para los que me leen allende nuestras fronteras. Al cabo, la Guardia Civil es mucho más famosa, tiene una historia más extensa y es un cuerpo que a diario soluciona con su buen hacer multitud de historias chungas, asesinatos y, faltaría más, vela por la seguridad de todos en estos tiempos tan turbulentos. Y lo mismo digo de la Policía Nacional, cuyo germen es más o menos tan antiguo como el de los entrañables picoletos y que por diversas circunstancias ha ido cambiando de nombre y forma, generalmente políticas. Por otro lado, la Guardia de Asalto ha sido quizás el cuerpo policial más politizado de todos por los motivos que explicaremos más adelante, y su contundencia a la hora de disolver a las masas populares descontentas adquirió rápidamente una merecida fama. No obstante, las unidades anti-disturbios de cualquier país occidental son mucho más expeditivas actualmente, pero también es cierto que las algaradas callejeras también han evolucionado o, mejor dicho, involucionado, a lo largo del tiempo ya que los manifestantes son en ocasiones extremadamente violentos, con conocimientos de lucha urbana y, encima, provistos de material tanto para defenderse como para causar  cuantiosos daños. Veamos pues los antecedentes que llevaron a la creación de esta controvertida unidad que en apenas cuatro años de existencia dio bastante que hablar.

"La carga" (1899), obra de Ramón Casas. El cuadro muestra una contundente
carga de una unidad a caballo de la Guardia Civil en la que, como se puede
apreciar, se usaba el sable de reglamento para forzar al personal a disolverse.
Era imposible que tras una de estas cargas no se produjeran muertos y
heridos de consideración
La evolución de la sociedad tiene sus pros y sus contras. La población crece, diversifica su actividad, las ciudades aumentan de tamaño y, en resumen, la economía marcha mejor. A cambio, surgen ladrones, delincuentes de todo tipo, hay más asesinatos, etc. Y, además, al personal le da por opinar en temas políticos, y mientras que hace 300 años la gente se rebelaba por la subida del grano o por los impuestos, a partir del siglo XIX pasó de montar follones por  el precio del trigo y se dedicó a llevar la contraria al poder constituido, ya fuese en forma de gobierno democrático o autocracias. Esta sociedad, cada vez más compleja, requería de una organización mucho más extensa y preparada para hacer frente a los retos que suponían el mantenimiento del orden, la vigilancia de ciudades y campos, la investigación de crímenes, la detención y custodia de delincuentes, etc. En resumen, una estructura policial tal como la conocemos hoy día, con señores de aspecto normal y corriente que se infiltraban en tugurios y bajos fondos para llevar a cabo sus pesquisas o bien vestidos de uniforme para intimidar con su presencia a los delincuentes y tranquilizar a los probos ciudadanos por saber que alguien velaba por su seguridad.

Pelotón de guardias de Seguridad a principios del siglo XX. Al mando del
mismo vemos a un brigada, con un cabo a su derecha. Están armados con
machete, pistola y tercerola Mauser de calibre 7x57. El brigada lleva sable
y pistola. Los cascos de fieltro estaban inspirados en los típicos salacots
de la policía británica, y eran especialmente detestados por resultar pesados,
incómodos y, según sus propios usuarios, ridículos.
El germen de este nuevo concepto policial surgió en el Real Decreto del 6 de noviembre de 1877 por el que se reorganizaba la policía de la capital del reino, Madrid, a fin de darle la estructura adecuada para combatir el crimen, el mantenimiento del orden público y la seguridad de las personas y los bienes. En dicho decreto se creaba la Policía Gubernativa y Judicial dependiente del gobernador civil que, a su vez, se dividía en dos ramas: el Servicio de Vigilancia y el de Seguridad. Mientras que el primero tenía como misión la investigación y prevención de delitos, así como conocer e indagar los movimientos de los delincuentes habituales, los segundos eran los encargados del mantenimiento del orden en las calles, la libre circulación de personas y cosas, la vigilancia de eventos públicos, etc., o sea, el guardia uniformado de toda la vida. El experimento resultó satisfactorio porque diez años después se extendió a toda España con la promulgación del Real Decreto de fecha 18 de octubre de 1887.

Instante en que hace explosión la bomba lanzada por el anarquista Mateo
Morral en la calle Mayor de Madrid al paso del carruaje regio el 31 de mayo
de 1906. La bomba la arrojó desde el 4º piso de la pensión Iberia en la que
se alojaba, disimulada en un ramo de rosas
La llegada del siglo XX trajo consigo una nueva reforma para hacer frente a las amenazas del momento, especialmente las asonadas que organizaban grupúsculos socialistas y, sobre todo, anarquistas, movimiento éste bastante virulento en aquellos tiempos que se pasaban el día poniendo bombas a mansalva, perturbando la paz y el sosiego del personal. De hecho, hasta le enviaron una de regalo al mismísimo Alfonso XIII el día de su boda camuflada en un ramo de flores que produjo 24 muertos y más de un centenar de heridos. Como dato curioso, una de las reformas que se llevaron a cabo fue la instauración del control de viajeros que se alojaban en fondas, posadas y hoteles que aún perdura, precisamente como complemento a la vigilancia de elementos subversivos tanto nacionales como de procedencia extranjera.

Obsérvese la peculiar morfología de la empuñadura, provista además de una
ranura para pasar por ella un fiador. La vaina era de cuero con brocal y
contera de bronce. Se produjeron en la Fábrica de Toledo
Sin embargo, en lo tocante a las cuestiones relativas al orden público los Guardias de Seguridad, nombre con que eran designados estos probos funcionarios en los años 20, el material disponible era el mismo que 50 años antes: una pistola y un sable, este último cambiado a principios de siglo por un machete como el que vemos en la foto. Esta peculiar arma, denominada simplemente como "machete para fuerzas de seguridad", contaba con una hoja de 70 cm. de largo, 3'3 de ancho y 6 mm. de grosor con falso filo y punta redondeada para evitar en lo posible producir heridas mortales. No obstante, es obvio que si a uno le endilgaban un machetazo en mitad del cráneo podían partirle bonitamente la cabeza. Además, sus guarniciones de bronce, concretamente el gavilán que protegía los dedos, podía venir de perlas para asestar contundente golpes en las jetas de los revoltosos y saltarles los dientes o tritularles sus napias de ácratas irredentos. Pero, como es lógico, esta era un arma disuasoria, es decir, pensada para no tener que usarla y que sólo con desenvainarla bastaría para acojonar el personal. Lo malo era cuando no se acojonaba y había que empezar a dar estopa o, peor aún, verse obligados a sacar las pistolas, con lo que la revuelta podía terminar en una verdadera batalla campal porque entonces se llamaba a la Guardia Civil o al ejército, y esos no sabían nada de contención de masas ni de pedir al personal que se disolvieran pacíficamente. Si se recurría a ellos era para que sometieran a los revoltosos a tiros sin más historias y, si era necesario, plantaban un par de cañones en mitad de la vía pública y aquí paz y después gloria, amén de los amenes.

El general Don Emilio Mola (1887-1937). En el
bolsillo de la guerrera se aprecia el emblema de
Regulares, cuerpo donde hizo su carrera militar.
Encima se ve la escarapela de Enseñanza Militar
y en el lado izquierdo la medalla Militar
Individual ganada en África en 1909
En las postrimerías de la monarquía encarnada en la persona de Don Alfonso XIII se hizo cargo de la Dirección  General de Seguridad el entonces general de brigada Emilio Mola Vidal, el que luego sería el cerebro del golpe de estado de 1936 con el nombre en clave de "El Director", un africanista que, como Franco, labró su carrera en la guerra del Rif logrando ascensos por méritos de guerra gracias a su valor temerario. Pero que nadie se confunda, porque Mola no era ni mucho menos el típico militarote cerril que lo basaba todo en echarle elevadas dosis de testiculina a las cosas. Antes al contrario, era un sujeto bastante capacitado y, de hecho, las reformas que llevó a cabo en la policía durante los escasos meses que estuvo al frente de la misma, desde el 13 de febrero de 1930 hasta el 14 de abril del año siguiente cuando se declaró la república, elaboró un nuevo reglamento promulgado el 25 de noviembre de 1930 que se mantuvo vigente durante nada menos que 45 años. Y una de las modificaciones que llevó a cabo fue la creación de la denominada Sección de Gimnasia, un grupúsculo de apenas 25 hombres al mando de un oficial que eran especialmente seleccionados y adiestrados en las tácticas anti-disturbios más modernas del momento ya que Mola, a pesar de ser militar de carrera, era totalmente opuesto al uso de tropas para la represión de disturbios por las nefastas consecuencias con que solían terminar sus intervenciones. De hecho, las muertes eran cosa común en cualquier manifestación debido a los trastazos propinados con los machetes reglamentarios y algún que otro disparo a manos de guardias que, viéndose superados, no tenían más opción que desenfundar la pistola y disparar contra los agresores para que no los lincharan allí mismo.

Varios miembros de la Sección de Gimnasia al mando de su oficial durante
unos disturbios en las calles de Madrid. Obsérvense las defensas que
empuñan varios de ellos
Para ponerse al corriente solicitó permiso al ministerio de Gobernación, de quién dependía directamente, para contactar con diversos cuerpos policiales extranjeros, especialmente Estados Unidos y Alemania, donde desde hacía tiempo bregaban con masas de civiles cabreados. Los primeros con los temas de los sindicatos y demás, y los segundos a raíz de la revolución surgida tras la derrota de 1918 y los posteriores conflictos que a diario agitaban las ciudades durante la República de Weimar. La idea era proveer a la Sección de Gimnasia de medios para disolver manifestaciones sin llegar a causar daños irreparables entre los asistentes a las mismas, reservando el uso del machete y la pistola reglamentarios solo para casos extremos en que la violencia de los manifestantes no dejara otra opción. 

Defensa con su tahalí de la extinta Policía Armada, los famosos "grises".
Obsérvese la gruesa costura que recorre longitudinalmente la tonfa,
y que era causante de multitud de cortes en la cara y la cabeza de los
que recibían su acariciante tacto.
Así pues, se dio orden de adquirir granadas de gas lacrimógeno a base de cloroacetofenona y las archifamosas porras de cuero que estuvieron en uso en todas las policías españolas, incluyendo las militares, hasta hace pocos años. Estas porras o tonfas, denominadas oficialmente como "defensas", consistían en un tubo de goma en cuyo interior había un cabo de soga del mismo diámetro y longitud. El conjunto era recubierto de grueso cuero vacuno cosido por fuera, y en el extremo había un tope para impedir que saliera despedida al golpear o, simplemente, para impedir que un manifestante se apoderase de ella dando un tirón. Además, estaban provistas de un fiador de cuero. Estas porras quitaban al personal las ganas de seguir intercambiando opiniones con los guardias, y más si recibían un golpe con el lado de la costura ya que producían unos cortes en la piel muy aparatosos, que sangraban profusamente (doy fe) pero que no entrañaban lógicamente tanto peligro como un machetazo en plena jeta. Una vez formada y debidamente adiestrada, la Sección de Gimnasia intervino por primera vez el 24 de marzo de 1931, durante una revuelta estudiantil de las muchas que hubo en las semanas anteriores a la declaración de la república.

Ángel Galarza (1891-1966) con varios oficiales de la
Guardia de Asalto en mayo de 1931
El advenimiento de la república supuso el cese fulminante de Mola por diversas causas que no vienen ahora al caso, pero una de ellas era el recelo que inspiraban a las nuevas autoridades estatales los militares africanistas, generalmente de ideología conservadora y no muy entusiastas con el nuevo régimen. En cualquier caso, la Dirección General de Seguridad fue puesta en manos de un civil, Ángel Galarza Gago, que se limitó a seguir básicamente las estructuras fijadas por Mola, que de eso sabía mucho más que él, quedando bajo las órdenes del ministro de Gobernación del gobierno provisional de la república, Miguel Maura Gamazo, a quien se atribuye la creación de la Guardia de Asalto que, en realidad, no fue más que la consecución del proyecto iniciado por Mola unos meses antes. Así, aparte de cambiarle el nombre por el de Sección de Vanguardia, Galarza se limitó a instaurar y potenciar el nuevo cuerpo aumentándolo a 80 hombres incluyendo al capitán que mandaba la unidad, dos tenientes y cuatro brigadas. Para permitirles llevar a cabo actuaciones fulgurantes se les dotó de camiones descubiertos con bancos longitudinales. De ese modo, cuando llegaban al lugar de la manifestación se bajaban todos a una y se liaban a repartir estopa sin pérdida de tiempo, marchándose de inmediato en cuanto los revoltosos salían por patas a lamerse las heridas. 


Típico camión empleado por la Guardia de Asalto que, como
vemos, facilitaba enormemente el despliegue de la fuerza
policial nada más llegar al escenario de la revuelta
La "presentación en sociedad" de esta nueva unidad policial tuvo lugar a finales de mayo de 1931, y su primera intervención tuvo lugar a primeros de julio, durante una huelga de los empleados de la Telefónica en Madrid. Sin embargo, según dejó constancia Miguel Maura en sus memorias, el estreno lo tuvieron en agosto a raíz de una revuelta de verduleras en la plaza de la Cebada, ocupada por estas briosas ciudadanas que, curiosamente, siempre han sido consideradas como arquetipo de sotas bravías y mal habladas. En cualquier caso, de poco les valió la bravura cuando hizo acto de presencia un camión de guardias atronando el espacio con la sirena. Sin intentar mediar o invitar a disolverse brearon a palos a las verduleras, que se batieron en franca retirada en un periquete ante la contundencia mostrada por los guardias, y se acabó la fiesta. Una vez despejada la plaza se montaron en el camión y se fueron por donde habían venido. El verdadero éxito de la Sección de Vanguardia radicó precisamente en la prontitud con que habían resuelto las movidas en las que intervinieron y, lo más importante, sin que se produjesen entre la población civil nada más que varios moretones a causa de las porras. En octubre de aquel mismo año ya había unos 800 guardias en servicio dando estopa y, sin embargo, no por ello estaban mal vistos por la población, sino todo lo contrario. La ciudadanía, quizás bastante harta de tanta algarada callejera que producían gran malestar e incomodidades entre la población, vio con buenos ojos la presencia de estos fornidos guardias que solventaban los motines y asonadas en menos que canta un gallo, devolviendo la paz a las calles.


Ante la probada eficacia de este tipo de unidad policial, el gobierno de la república decidió aumentar sus efectivos y ampliar las secciones de vanguardia a otras capitales. El 5 de febrero de 1932 se convocaron 2.500 plazas, y cuatro días más tarde se les cambió el nombre primitivo por el que todos conocemos y por el que han pasado a la historia, Cuerpo de Seguridad y Asalto, que dio lugar al oficioso de Guardia de Asalto. Al mando de la nueva unidad se puso al teniente coronel Agustín Muñoz Grandes, otro militar africanista que hizo su carrera en el cuerpo de Regulares y que era bastante conocido por su notable capacidad de organización. Muñoz Grandes, que durante la guerra civil combatió del lado de los nacionales y fue posteriormente el primer comandante de la División Azul, fue capaz en un tiempo increíblemente breve de dar forma a su unidad, así como de proveerla de los medios más eficientes para su funcionamiento. Para ingresar en el cuerpo se exigía una edad de 22 a 28 años (33 según otras fuentes) y una estatura mínima de 1,75 mts. (1,70 según otras fuentes. Para las antiguas Secciones de Vanguardia era según Maura de 1,80), que en aquella época y en una país como España eran hombres verdaderamente altos. De hecho, la talla mínima para pertenecer a los antiguos Guardias de Seguridad era de 1,60 mts., y el programa de entrenamiento físico era digno de atletas. En resumen, los nuevos guardias de asalto eran sujetos altos, cachas y con una forma física envidiable.

Guardia de 1ª clase con el uniforme azul de
invierno. Obsérvense los leguis, que eran
eliminados en el uniforme de verano por un
pantalón largo. Como vemos, su apariencia es
casi idéntica a la de la Policía Armada
La estructura jerárquica del cuerpo consistía en un coronel o teniente coronel al mando, que ostentaría el cargo de Inspector General y estaría directamente a las órdenes del ministerio de Gobernación. Su misión no era otra que la de "...disolver con probabilidades de éxito cualquier grupo relativamente numeroso, restablecer el orden que se hubiese alterado, empleando procedimientos incruentos pero convincentes". En resumen, exactamente lo mismo que los actuales anti-disturbios. El presupuesto inicial para proveer de material a la Guardia de Asalto fue suntuario. Nada menos que 4.680.000 pesetas de la época, un pastizal de los buenos que fueron destinados a la adquisición de vehículos y armamento de todo tipo incluyendo ametralladoras Hotchkiss y morteros Valero de 50 mm. además de pistolas, mosquetones, granadas de mano y lacrimógenas, máscaras antigás y, por supuesto, las defensas que, a la vista de su eficacia, acabaron formando parte del uniforme en sustitución del vetusto machete. Y a todo ello, añadir las pistolas Astra 900 de las que ya hablamos en su momento y que fueron entregadas en dotación a la oficialidad. No está claro cual fue la empleada por los guardias, pero colijo que debieron usar indistintamente Astra 400 o Star 1919, conocida como Sindicalista, ambas de calibre 9 mm. Largo.

Víctimas civiles de la revuelta de Casas Viejas, reprimida de forma brutal
por la compañía de Guardias de Asalto del capitán Rojas. El escándalo fue
mayúsculo, obligando al gobierno a llevar a cabo una investigación que
acabó, entre otras cosas, con una condena de 21 años a Rojas por haberse
pasado siete pueblos a la hora de mandar apretar el gatillo a su gente
Si a alguien le extraña, tras todo lo comentado acerca de la intención de formar policías menos letales que el ejército, que estos dispusieran de armamento militar, la respuesta es simple. Llegado el caso, esta elitista unidad podría también reprimir con contundencia revueltas de todo tipo, como sucedió en Casas Viejas en enero de 1933, pero quizás lo más importante era que la Guardia de Asalto, creada por la república, estaba ideológicamente muy unida a ella, y muchos de sus miembros eran simpatizantes, cuando no militantes, de partidos políticos republicanos de izquierdas. De hecho, cuando estalló la guerra civil alrededor de un 70% de sus efectivos se mantuvieron fieles al gobierno del Frente Popular, y colijo que los que se pusieron del lado de los sublevados fue a causa en su mayor parte del temor a ser fusilados ipso-facto. Por otro lado, la Guardia Civil siempre produjo recelos entre los gobiernos de la república por su tradición monárquica y su vinculación con el ejército a pesar de que siempre se habían mostrado leales con el poder establecido, fuese quien fuese.


Grupo de guardias porra en mano en pleno ejercicio de sus funciones.
Comparados con los actuales anti-disturbios, que van acorazados como un
hombre de armas medieval, estos funcionarios se jugaban literalmente
el pellejo en cada una de sus intervenciones
En todo caso, y volviendo a la época de sus comienzos, bajo la dirección de Muñoz Grandes el cuerpo alcanzó en poco tiempo un número de efectivos nada despreciables. En abril de 1932 de llevó a cabo una nueva ampliación que abarcaba un coronel más, dos tenientes coroneles, 12 comandantes, 57 capitanes, 177 tenientes, 302 suboficiales y 3.896 clases y guardias que, en el mes de septiembre siguiente, fueron aumentados en 2.500 más. Inicialmente se establecieron trece Grupos de Asalto al mando de sus respectivos comandantes cuyas sedes estaban en Madrid, con tres Grupos, y con uno solo Bilbao, Sevilla, Valencia, Zaragoza, La Coruña, Málaga, Oviedo, Badajoz, Valladolid y Murcia. Su estructura era similar a la del ejército. La unidad básica era la escuadra, formada por cinco guardias al mando de un cabo. Tres escuadras formaban un pelotón al mando de un suboficial; tres pelotones, una sección al mando de un teniente, y tres secciones una compañía al mando de un capitán. Tres compañías formaban un grupo al mando de un comandante que, como hemos dicho, eran los que servían en cada una de las capitales citadas salvo Madrid, que disponía de tres por aquello de ser la capital y, por ende, más población y más follones. Lógicamente, con el tiempo se fueron llevando a cabo más ampliaciones a fin de cubrir más ciudades si bien en muchos casos no con un grupo, sino compañías sueltas o simples destacamentos. Con todo, en 1936, antes de estallar la contienda civil, la Guardia de Asalto contaba con unos efectivos de 17.660 hombres entre oficiales (450), suboficiales (543) clases y guardias (16.667). Para establecer una comparativa, las UIP de nuestros días tienen menos de 3.000 efectivos para cubrir todo el territorio nacional con el doble de población que hace 80 años.


El inicio de la guerra fue el comienzo del fin de la Guardia de Asalto. Tras la caída del gobierno de José Giral en septiembre de 1936 se hizo con la presidencia de la república Francisco Largo Caballero, que en diciembre de aquel mismo año decretó la disolución de la Guardia de Asalto para fusionarla junto a la Guardia Civil, que a su vez había sido reciclada en la Guardia Nacional Republicana el mes de agosto anterior. De la fusión de ambos cuerpos surgió el Cuerpo de Seguridad Interior, que fue usado como fuerza paramilitar en todo tipo de cometidos, desde vigilancia y control de presos en retaguardia a misiones en primera línea ya que tanto guardias civiles como de asalto tenían una preparación equiparable a la militar tanto en el manejo de armas como de combate. Como curiosidad final, ahí dejo un cuadro con los sueldos anuales del personal, para que se hagan una idea de lo infame que es la puñetera inflación. Los importes son lógicamente en pesetas, y el concepto de gratificaciones comprendía los servicios en días festivos, guardias de 24 horas y cosas por el estilo.


Camión de la Guardia de Asalto ante la antigua estación de la Plaza de
Armas de Sevilla
En fin, así fue grosso modo la breve pero intensa vida de la Guardia de Asalto. Siempre me han llamado poderosamente la atención porque mi venerable abuelo tuvo que correr bastantes veces, según me decía cuando le daba por contarme batallitas, delante de aquellos atléticos funcionarios. Por desgracia, en aquellos tiempos el ambiente estaba un poco bastante muy tenso en todos los sentidos, la cosa pública increíblemente sensible, que por menos de un pito se liaba parda, y tanto los partidos de extrema derecha como de extrema izquierda dándose de palos e incluso de tiros entre ellos y, ya puestos, contra una república que, a lo que se ve, no contentaba a todos. Sea como fuere, ya sabemos como acabó la historia por obra y gracia de nuestro proverbial cainismo, del que ya los romanos se asombraron y que, a pesar de haber pasado más de 20 siglos, sigue tan vivo y enconado como siempre. 

Bueno, no creo que se me olvide nada, así que me piro, vampiro.

Hale, he dicho


Compañía de guardias haciendo prácticas anti-disturbios para aporrear ciudadanos con orden, eficacia y contundencia. Uno
de ellos incluso practica como darse una costalada con estilo

sábado, 4 de noviembre de 2017

La masacre de las Fosas Ardeatinas 2ª parte




La via Rasella tras el atentado
Retomemos esta truculenta historia en la noche del jueves, 23 de marzo de 1944. Tras pasar gran parte de la tarde debatiéndose cuantos italianos pagarían el pato por el atentado, Kappler tiene ante sí una ardua tarea porque no puede liquidar a quien quiera. Italia sigue siendo un país aliado y no es posible detener a una población entera y pasarla por las armas como pasó con Lídice, o arrasar aldeas enteras como las que borraron del mapa los Einsatzgruppen que actuaban en Rusia, Polonia, etc. Solo era posible recurrir a delincuentes condenados a muerte, y tras la "rebaja" a 10 rehenes por cada alemán muerto la cosa iba por los doscientos y pico largo porque en el hospital aún había alguno que otro con un pie en la fosa, pero sin terminar de dar el paso final. Por otro lado, el general Mälzer le había endosado no solo la elaboración de la lista de ejecutables, sino también la ejecución, lo que se le antojaba asaz complicado porque solo disponía de 60 soldados, un suboficial y una docena de oficiales. Llama al SS-Sturmbannhführer Hellmuth Dobbrick, comandante del 3er. batallón del Bozen al que pertenecía la compañía masacrada en el atentado y le pide que le envíe algunos hombres ya que, al cabo, sus tropas fueron las víctimas, pero Dobbrick se quitó el mochuelo de encima con una excusa de lo más chorra: alegó que los sentimientos religiosos de sus hombres les impedían llevar a cabo ejecuciones a sangre fría, lo que no casa mucho con un regimiento de las SS que, además, estaba formado por veteranos procedentes del Frente Oriental, donde el personal se despachaba a gusto con más impunidad que un cuñado en casa de la familia política. En todo caso, Kappler se tuvo que chinchar. Lo intentó con el coronel Wolf Hauser, jefe del Estado Mayor del XIV Ejército y por ello subordinado directo de von Mackensen, pero también lo mandó a paseo y le dijo que el mismísimo Führer había ordenado que fuese el SD el encargado de llevar a cabo la represalia, de modo que ya podía buscarse la vida pero que no contase con miembros de la Wehrmacht para llevar a cabo la matanza. Total, que Kappler se vio solo para organizarlo todo. Y no era nada fácil porque, a efectos prácticos, solo disponía de unas 16 horas para consumar la venganza germánica.

Cuartel general de la Gestapo en la via Tasso, 145
En todo caso, lo que corría más prisa era reunir los Totenskandidaten, o sea, los candidatos a la muerte. Hay que ver lo que le gusta a los tedescos los palabros siniestros y sentenciosos, carajo... Junto a su ayudante, el SS-Haupsturmführer Erich Priebke, se pusieron a rebuscar en los huéspedes de la cárcel de la vía Tasso, un enorme edificio construido en los años 20 por Francesco Ruspoli, VIII príncipe de Cerveteri, que lo alquiló a la embajada alemana como sede del Centro Cultural Alemán si bien a raíz de la ocupación de Roma en 1943 fue transferido como cuartel general del SD. El caserón, que más bien parecía un edificio de oficinas feo de castigo, se convirtió en uno de los lugares más siniestros de la ciudad, y la sola perspectiva de ir a parar allí provocaba vahídos de terror al personal. Kappler incluso había mandado tapiar las ventanas exteriores para que nada de lo que allí ocurría pudiera ser visto u oído. 

Pietro Caruso durante el proceso al que
fue sometido por su participación en la
represalia por el atentado de via Rasella
Pero aparte de los posibles reos disponibles en la vía Tasso, Kappler pensó en los detenidos en la prisión de Regina Cœli, en el Trastevere, un antiguo convento del siglo XVII reciclado como cárcel donde estaban mezclados tanto los presos por delitos comunes como los políticos. Kappler su puso en contacto con Pietro Caruso, questore de la policía de Roma para que se pringase un poco, logrando que se comprometiera a tenerle preparada a primera hora de la mañana del 24 una lista de 50 nombres. Caruso lo tenía crudo, porque en Regina Cœli solo había detenidos por delitos menores y en ningún caso punibles con la pena de muerte. Aparte de los reclusos disponía de algunos de los transeúntes detenidos tras el atentado, pero con aquellos tampoco podía contar porque no se podía probar, al menos de momento, su implicación en el mismo. De hecho, había incluso un chaval de apenas 15 años que trincaron dirigiéndose a hacer los deberes en casa de un amigo que vivía en la vía Rasella, así como dos mozalbetes de 17. En fin, que Caruso no sabía por donde empezar y, por otro lado, si con una persona en el mundo no quería indisponerse era con Kappler.

Prisión de Regina Cœli actualmente. Su aspecto no ha
variado nada desde la época que nos ocupa
En cuanto a nuestro hombre, tras repasar a todo el personal detenido resulta que solo tenían tres comunistas condenados a muerte, por lo que empezó a perder el aplomo porque se la estaba jugando. Para colmo, ya de madrugada le comunicaron que otros dos heridos se habían largado en brazos de varias walkirias sumamente rubias y pechugonas a la Walhalla, lo que elevaba el número de Totenskandidaten a 320 hombres, y a aquellas horas solo tenía tres reos disponibles. Así pues, cortó por lo sano y optó por arramblar con lo que tenía en la vía Tasso incluyendo a 57 judíos que, como estaban a la espera de ser deportados a cualquier campo de exterminio, al fin y al cabo se les podía considerar condenados a muerte in pectore. A dichos judíos pudo añadir otros 18 que estaban detenidos en diversas comisarías de Roma. También echó mano de 38 militares, cuatro de ellos de elevado rango, detenidos por mostrarse manifiestamente antifascistas, e incluso a un cura, el padre Pietro Pappagallo, que estaba detenido por no estar nada conforme con las opiniones del Duce y, encima, no se privaba de manifestarlo desde el púlpito. En todo caso, y con los sesos echándole humo tanto a él como a Priebke, por fin lograron juntar los 320 Totenskandidaten contando, naturalmente, con los 50 que le había prometido Caruso.

Pietro Koch en sus tiempos gloriosos
Pero Caruso no había sido capaz de completar la maldita lista ni remotamente, así que a primera hora de la mañana llamó a Guido Buffarini Guidi, ministro del Interior, para pedirle instrucciones. Guidi no se complicó la existencia porque conocía el paño y, además, su nombre no figuraría en ninguna parte así que se limitó a decirle: "Tú dáselos, dáselos... Si no, cualquiera sabe lo que harán". Caruso lo tomó como una carta blanca, así que junto a su secretario, Occhetto, y un conocido fascista llamado Pietro Koch, un guaperas de pelo engominado tristemente célebre por ser el jefe de una banda paramilitar llamada Destacamento Especial de la Policía Republicana que dio mucho que hablar en Milán y en Roma (de este elemento ya hablaremos un día de estos), elaboraron una lista totalmente arbitraria, basada más en cuestiones de tipo personal que judicial y, sobre todo, en personas que no tenían sobre sí cargos como para ser sentenciados a muerte. No obstante, como buenos italianos, se lo tomaron con calma porque después de hora y media larga aún no tenían la lista, y Kappler le echó una bronca monumental porque el tiempo apremiaba y quedaban pocas horas para culminar la represalia si no querían ser ellos los represaliados. Caruso le juró por sus muertos que antes de las 14:00 horas la tendría.

Plano de la antigua mina de puzolana, un mineral de
origen volcánico usado para la fabricación de cemento
Mientras se cocía todo lo referente a la selección de los candidatos a la muerte, Kappler tenía que solventar otro tema no menos importante. ¿Dónde llevar a cabo la ejecución de nada menos que 320 hombres sin llamar la atención? Además, ni siquiera disponía de una unidad de ingenieros que le cavase una fosa común lo suficientemente grande que, por otro lado, sería detectada de inmediato. Roma no era el Frente Oriental, donde uno podía cargarse a un millar de probos comunistas y meterlos en un hoyo sin dejar ni rastro. Inicialmente pensó en el fuerte Bravetta, en cuyo interior había un terraplén donde el ejército italiano solía efectuar las ejecuciones mediante fusilamiento, pero la gran cantidad de reos haría interminable el proceso y, por otro lado, era imposible llevarlo a cabo con discreción, así que desechó la idea. Uno de sus oficiales, el SS-Haupsturmführer Köhler, propuso una antigua cantera de puzolana situada en la Vía Ardeatina, cerca de donde, según la tradición, Jesucristo se le apareció a San Pedro cuando este se largaba echando leches del Roma porque el ambiente se estaba poniendo bastante desagradable para los cristianos. Ya saben, lo de QVO VADIS DOMINE y todo eso...  El lugar estaba a apenas 4 km. de distancia de la vía Tasso, en un paraje poco transitado a pesar de estar a algo menos de 2 km. de la Porta de S. Sebastiano, en las afueras de la ciudad. La mina, excavada a principios del siglo XX y ya agotada hacía tiempo, era un dédalo de galerías de unos 3,5 metros de ancho por 4,5 de alto, y con una longitud que oscilaba entre los 30 y los 90 metros de la más larga.  La idea era usar la mina, según palabras de Kappler, como una cámara funeraria natural que, una vez concluidas las ejecuciones, podía ser sellada volando su único acceso. Además, ante la entrada había una amplia explanada donde podrían estacionar los camiones que transportaban a los presos sin ocupar la carretera, y en las cercanías solo había un convento de salesianos, pero ya se encargarían de mantener alejados a los curiosos.

Erich Priebke
En cuanto a la ejecución en sí, Kappler ordenó que todo el personal debía tomar parte en la misma. Reunió a sus hombres y les informó de la misión encomendada, exigiéndoles que nadie dijera una palabra de nada. Encargó a Priebke llevar rigurosamente el control de la lista de Totenskandidaten para que no se escapara ni uno, y al SS-Haupsturmführer Carl Schütz el transporte de los reos desde Regina Cœli y la vía Tasso hasta su destino final, así como del desarrollo de las ejecuciones. Estas se llevarían a cabo en grupos de cinco hombres que serían acompañados por sus respectivos verdugos al interior de la mina, donde se les obligaría a arrodillarse para recibir un único disparo en la cabeza. Kappler, en un alarde de meticulosa precisión germánica, indicó que deberían inclinarles la cabeza hacia adelante para, de ese modo, alcanzar el cerebelo y producir una muerte instantánea, pero absteniéndose de apoyar el cañón del arma en la nuca del reo. Añadió que el proceso no debía durar más de un minuto ya que, de lo contrario, podían pasar horas y horas hasta que terminasen. Tras el discurso ordenó a Köhler que se largara a inspeccionar la mina para corroborar que, en efecto, era adecuada para su siniestro cometido, y que fuese acompañado de un oficial de ingenieros de la Wehrmacht para que, de ser viable el lugar, dispusiera lo necesario para proceder a la voladura de la entrada nada más terminar las ejecuciones.  

Uno de los patios interiores de Regina Coeli
Pero si las cosas no eran bastante complicadas, con el tiempo volando y Caruso sin terminar la maldita lista, hacia las 13:00 horas informaron de un nuevo fallecimiento, el del cabo Vinzenz Haller. Esto obligaba a buscar otros diez desgraciados para sumarlos a la lista que, en total, debería ascender a 330 hombres. A Kappler le iba a dar una alferecía, porque hacía poco rato había llamado al general Mälzer para informarle que todo estaba dispuesto, dando por sentado que Caruso tendría la lista a punto y que solo restaba recoger a los reos en Regina Cœli. Así pues, y no fuese a palmarla alguno más y lo tuvieran allí hasta el Día del Juicio sacando reos de debajo de las piedras, hizo llevar a la vía Tasso a 10 judíos más que habían atrapado en una redada el día anterior. Sin más dilación se ordenó sacar a los Totenskandidaten de las celdas, meterlos en los camiones que ya esperaban su patético cargamento y salieron camino de las Fosas. Eran alrededor de las 14:00 horas, el límite marcado por Caruso para tener dispuestos sus 50 reos. Los de la lista de Kappler procedían tanto de la vía Tasso como del ala 3 de Regina Cœli, destinada a detenidos por la policía alemana. Schütz ordenó maniatarlos espalda contra espalda para impedir fugas y, de acuerdo con las instrucciones de Kappler, no se les dijo una palabra acerca de su destino para que no organizaran un escándalo por el camino. Al cabo eran italianos que serían conducidos al matadero en su propia ciudad, rodeados de paisanos que simpatizaban con ellos.

Recorrido que siguieron los vehículos del SD desde vía Tasso al lugar de ejecución



Don Pietro Pappagallo, ejecutado con
la primera tanda. Para agilizar al
máximo las ejecuciones, Kappler se
negó a prestar auxilio espiritual a los
reos alegando que eso produciría
retrasos intolerables
Cuando los vehículos, cargados con 78 prisioneros cada uno, llegaron a la explanada que había ante la bocamina, los alemanes ya lo tenían todo preparado e incluso las cargas explosivas dispuestas. En el interior se instalaron algunos proyectores para alumbrar las lúgubres galerías donde jamás entraba la luz, y se distribuyeron antorchas para iluminar los pasillos laterales. Priebke, sin perder más tiempo, nombró a los cinco primeros nombres de la lista, que fueron conducidos al interior por Schütz y los cinco hombres que ejercerían de verdugos. Por cierto que en aquella primera tanda estaba el padre Pappagallo que, y esto es un dato para amantes de las supersticiones, había estado en la celda nº 13 de Regina Cœli. Tras la primera ejecución, el mismo Kappler tomó parte en la segunda tanda, y Priebke en la tercera para que todos y cada uno de los miembros del grupo se pringaran. Pero no todos respondieron igual. A un oficial le flaqueó el ánimo, al SS-Obersturmführer Wetjen, al que eso de volarle los sesos a un tipo arrodillado ante él como un cordero lo puso malísimo y con una vomitona importante a causa de su estado de nervios. No obstante, Kappler lo trató con cierta benevolencia apelando al sentido del deber y esas cosas que se dicen cuando el personal se acojona. Finalmente, le ofreció acompañarle si con eso se sentía mejor, a lo que Wetjen accedió, entrando en la mina con el brazo de Kappler rodeándole la cintura y, una vez dentro, logró disparar a su víctima. El único que se escapó sin matar a nadie fue el SS-Untersturmführer Gunther Amonn, que cuando entró en la mina se encontró con unos 200 cadáveres amontonados. Cuando levantó la pistola se quedó totalmente bloqueado, incapaz de apretar el gatillo, horrorizado ante aquella dantesca escena. Uno de sus compañeros se apiadó de él y lo apartó a un lado, matando a la víctima que correspondía al atribulado Amonn.

La controvertida lista de Caruso, que como
se ve está llena de tachaduras y correcciones
Pero en modo alguno fue aquello una matanza de gente inerme ya que muchos se rebelaron y forcejearon o incluso intentaron huir, teniendo que ser introducidos a la fuerza en la mina. Así mismo, a pesar de las instrucciones de Kappler se produjeron bastantes fallos debido seguramente a los nervios, y hubo casos en que la bala no entró por la cabeza sino en el cuello, produciendo una herida más o menos grave, pero no la muerte inmediata. Y mientras tanto, el tiempo pasaba y Caruso no daba señales de vida. Eran ya las 16:30 y no se sabía nada de él, así que envió al SS-Obersturmführer Tunnat y al SS-Untersturmführer Kofler a Regina Cœli con la orden taxativa de no volver sin los 50 Totenskandidaten prometidos. Cuando llegaron, Tunnat se puso hecho un basilisco ante las divagaciones y las excusas de Caruso que, en realidad, solo buscaba ganar tiempo como fuera para no pringarse. Sabía que el plazo dado a Kappler terminaba en breve, y si alguien se vería con un paquete monumental encima sería él, así que se estaba limitando a dejarse ir sin cumplir su parte. No obstante, Koch sí había reunido 30 hombres que le había prometido a Caruso a base de rebuscar entre los más notables antifascistas detenidos en Regina Cœli, así que Tunnat hizo tabula rasa y no se complicó más la vida. Sin dar más explicaciones y con un cabreo de los que hacen época hizo llevar al camión a los 30 reos de Koch, mientras que los 20 restantes fueron señalados por él mismo de forma totalmente arbitraria y al azar ante el espanto del questore, que intentaba hacerle ver que aquellos no tenían nada que ver con la lista. Pero con las prisas, Tunnat seleccionó a 25 en vez de a 20, y Caruso ni se atrevió a llevarle la contraria. Así pues, el furibundo SS se llevó a los 30 reos de Koch diciéndole al questore que incluyese a los que él mismo había seleccionado en la jodida lista, y que volvería cuanto antes a recogerla junto a los prisioneros que faltaban.

Las Fosas Ardeatinas tras la voladura inspeccionada
por los aliados
Ya era de noche cuando Tunnat fue a Regina Cœli a por los últimos reos. Cuando les llegó el turno, Priebke observó que sobraban cinco, los que Tunnat había señalado de más y por los que Caruso no se atrevió a contradecirle. No obstante, Kappler ordenó que fueran también ejecutados. No quería testigos vivos de aquella matanza, así que acabaron sufriendo el mismo destino que el resto. La represalia concluyó hacia las 20:00 horas con un total de 67 tandas que suponían 335 hombres entre los que hubo varios menores de edad, que ni por eso se libraron. A Kappler solo le sobró media hora del plazo fijado, pero pudo concluir la misión encomendada si bien jamás podría imaginar lo carísimos que le saldrían aquellos cinco hombres de más. Una vez terminada la masacre se procedió a la voladura de la bocamina, cuya explosión hizo que los salesianos del monasterio cercano se acercasen a ver qué pasaba. Naturalmente, les bastó ver los uniformes de los SS para que dieran media vuelta a toda velocidad. Con todo, no haría falta el testimonio de los monjes para que todo el mundo supiera lo que se había cocido en las Fosas Ardeatinas aquel viernes, 24 de marzo de 1944.

Una vez que las tropas se retiraron a su acuartelamiento en la Via Tasso, Kappler se presentó en el hotel Excelsior a informar de todo a sus superiores, que por lo visto se pasaban la vida allí. Dio parte de haber ejecutado a 335 hombres, pero la nota que se emitiría aquella misma noche debía haber sido redactada antes de la muerte de Vinzenz Haller ya que solo mencionaba 32 víctimas alemanas. A las 22:55 horas, en las noticias de la radio se emitió el siguiente comunicado por parte de las autoridades alemanas:

"En la tarde del 23 de marzo de 1944, elementos criminales ejecutaron un ataque con bombas contra una columna de la policía alemana que transitaba por la via Rasella. Como resultado de la emboscada, murieron 32 miembros de la policía alemana, y varios resultaron heridos. La vil emboscada fue perpetrada por comunistas badoglianos. Se está realizando una investigación para esclarecer el grado en que se puede atribuir este acto criminal a la incitación anglo-americana. El mando ha decidido acabar con las actividades de estos bandidos villanos. No se permitirá a nadie sabotear con impunidad la recién ratificada cooperación ítalo-germana. El mando alemán, por lo tanto, ha ordenado que por cada alemán muerto se fusilen diez comunistas badoglianos. Esta orden ya ha sido ejecutada."

Familiares de una de las víctimas tras la identificación de la misma
junto a un cura que le imparte las bendiciones oportunas. Lo que quedaba
de ellas eran restos semi-momificados
Como vemos, no solo se ocultaron los diez represaliados por el último fallecido, sino también los cinco de más que liquidó Kappler por su cuenta. Esto se intentó mantener en secreto por razones obvias, pero hubo demasiada gente que estuvo en el ajo, tanto alemanes como italianos, y cuando el avance aliado obligó a evacuar la ciudad salieron a relucir los pormenores de la matanza porque, al final, todo se sabe. Tras la liberación de Roma por los yankees el 4 de junio siguiente se abrió la bocamina y se procedió a la identificación de los cadáveres para que recibieran una sepultura como Dios manda, ya que los alemanes se limitaron a dejarlos donde cayeron muertos. Hubo muchas dificultades para lograr recabar los nombres de todas las víctimas, tardándose años en completar dicha información. 

Posteriormente se construyó un mausoleo donde reposan los restos de todos los desdichados que fueron víctimas de la barbarie alemana, incluyendo diez hombres que estaban a punto de salir libres de cargos de Regina Cœli pero que tuvieron la mala suerte de ser señalados por Tunnat. En fin, el cruel destino es la hostia de cruel. La foto de la izquierda muestra el amasijo de cadáveres que encontraron cuando se procedió a la apertura de la mina. Era una pila de metro y medio de alto de cuerpos amontonados unos encima de otros. Incluso se descubrió que hubo una víctima que no murió durante la represalia. Al parecer, recibió un disparo en el cuello que lo dejó inconsciente. Cuando la bocamina fue volada recuperó el conocimiento y se arrastró como pudo en busca de una salida. Fue encontrado en un extremo de una galería, lejos de los demás cuerpos, y considerando que su herida era un sedal que no había tocado ningún órgano vital a saber cuánto tardó aquel desdichado en morirse, sepultado en vida y rodeado de cadáveres en la oscuridad más absoluta. Vamos, ni de película de terror del más terrorífico.

Bien, así fue la masacre de las Fosas Ardeatinas, la enésima muestra de lo salvajes que podemos ser los humanos si ponemos interés en ello. Como colofón, añadir una breve reseña de qué fue de sus protagonistas para poder rematar a algún cuñado que sobreviva a duras penas al relato:

SS-Obersturmbannführer Herbert Kappler

Kappler con su mujer poco antes de entregar la cuchara
Procesado el 3 de mayo de 1948 por la muerte de los cinco reos de más ya que los 330 restantes no eran responsabilidad suya por obediencia debida, además de otros desmanes cometidos durante su estancia en Roma pero que no vienen al caso. No obstante, lo verdaderamente grave fueron los cinco hombres sobrantes. El 20 de junio siguiente fue condenado a cadena perpetua, así que ya vemos que esos cinco Totenskandidaten extra le costaron muy caros. En 1975 contrae un cáncer que empeora progresivamente sin que el gobierno italiano permita que sea liberado. Sin embargo, el 15 de agosto de 1977 su mujer Anneliese logra sacarlo del hospital militar de Roma metido en una maleta, ya que pesaba solo 47 kilos, y se larga con él a Alemania. El gobierno italiano reclama la devolución de Kappler, pero el gobierno alemán responde que solo ha cumplido con su deber de prisionero de guerra, fugarse. Murió en su casa de Soltau, en la Baja Sajonia, el 9 de febrero de 1978 con 71 años de edad.

Priebke durante su juicio en Italia
SS-Hauptsturmführer Erich Priebke

Tras fugarse del campo de prisioneros donde estaba internado pudo largarse a Argentina tras la guerra con la ayuda de la organización Odessa, estableciéndose en la famosa colonia de nazis fugitivos de Bariloche. No obstante, tras saberse su paradero a raíz de su aparición en un documental contando sus batallitas fue extraditado a Italia en 1995, siendo condenado a cadena perpetua en 1998. Debido a su avanzada edad cumplió la condena en régimen de arresto domiciliario en Roma hasta su muerte en 2013. Tenía 100 años nada menos. Esas cosas pasan por hablar más de la cuenta pensando que los crímenes del pasado habían prescrito.

Generaloberst Eberhard von Mackensen

Procesado en Roma en 1946 por los británicos por crímenes de guerra, fue condenado a muerte. En 1948 le fue conmutada la pena por 21 años de reclusión para, finalmente, ser liberado en 1952. Murió en 1969 con 79 años.

Generalleutnant Kurt Mälzer

Procesado junto a von Mackensen, recibió la misma condena e indulto, si bien no llegó a verse libre porque murió en la prisión de Werl de un ataque al corazón en marzo de 1952. Tenía solo 57 años.

Generalfeldmarschall Albert Kesselring

El 7 de mayo de 1947 fue condenado a muerte por el asunto de las Fosas Ardeatinas. Tanto él como von Mackensen basaron su defensa en que Kappler les había informado de que disponía del suficiente número de condenados a muerte para llevar a cabo la represalia, y que no sabían nada del arbitrario procedimiento seguido para obtener a los reos. Debido a su prestigio militar, el mismo mariscal Alexander intercedió ante Churchill que, a su vez, hizo lo propio ante el primer ministro británico Clement Attle, aduciendo que la condena era excesiva e injusta. Debido a ello, apenas dos meses más tarde le fue conmutada la condena a muerte por la de cadena perpetua. Fue finalmente liberado en octubre de 1952 por problemas de salud, muriendo en julio de 1960 con 74 años.

Fusilamiento de Carusso. Tuvo que ser llevado al lugar de la
ejecución ayudándose con unas muletas
Questore Pietro Caruso

Sus intentos por nadar y guardar la ropa no le valieron para nada. En cuanto se largaron los alemanes intentó huir de Roma, pero tuvo un accidente de tráfico mientras seguía en su vehículo a una columna alemana que sufrió un ataque aéreo, lo que le hizo perder el control del coche. Se partió un fémur, por lo que la huida se quedó en el intento. Durante el proceso echó la culpa a Buffarini diciendo que le había dado carta blanca e intentó compartir la responsabilidad con Koch, pero el tribunal tuvo bastante claro que estuvo metido hasta el pescuezo en el asunto aquel. Fue fusilado el 22 de septiembre de 1944 en el fuerte Bravetta por un piquete de carabineros. Tenía 44 años. 

Buffarini tras ser fusilado
Ministro del Interior Guido Buffarini Guidi

A este tampoco le sirvió de nada hacerse el longuis. El 10 de julio de 1945 fue fusilado en Milán si bien previamente había intentado auto-asesinarse envenenándose sin éxito, lo que no le privó de ser pasado por las armas. Tenía 49 años.

Pietro Koch

Este tampoco se escapó de la quema, pero como fue un mal bicho de mucho cuidado se merece una entrada para él solo, así que ya daremos cuenta de sus andanzas.




Hilera de féretros en una de las galerías con los restos de
las víctimas dispuestas para su identificación, lo que no fue
nada fácil. Hubo que recurrir, cuando fue posible, a los
objetos personales que se conservaban en los cadáveres
En cuanto a los coadyuvadores de la represalia, hubo de todo, desde los que se libraron porque no llegaron a caer en manos de los aliados a los que fueron procesados junto a los protagonistas principales. A Occhetto, el fiel secretario de Caruso, lo aviaron con 30 años de prisión. Junto a Kappler fueron también procesados varios de sus subordinados: Borante Domislaff, Hans Clemens, Johannes Quapp, Carl Wiedmar y Carl Schütz, el encargado del desarrollo de la matanza. Pero todos clamaron eso de "Das Befehl ist Befehl!" (¡Una orden es una orden!), y como según las normas era totalmente cierto e inexcusable, su defensa basándose en la obediencia debida tuvo éxito y todos fueron absueltos.

Del resto del personal que intervino en estos luctuosos hechos no he podido averiguar qué fue de ellos salvo Dobbrick, el comandante del 3er. batallón del Bozen, que palmó en Verona en julio de 1944. O sea, que no sobrevivió más que  tres meses a sus muchachos de la 11ª compañía.

En fin, criaturas, ya'tá.


La Fosas Ardeatinas en la actualidad. En su interior se construyó una cripta que da cabida a todas las victimas de la matanza


Interior del mausoleo